Un reloj de pared atestigua la habilidad del relojero que lo ha construido, asà como âlos cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manosâ (Salmo 19:1). âMirad las aves del cielo⦠Considerad los lirios del campo⦠â, invita el Señor Jesús (Mateo 6:26, 28). ¡Desgraciadamente, cuántos continúan ciegos ante esas bellezas de la naturaleza, no sabiendo discernir âsu eterno poder y deidadâ! (Romanos 1:20). Los incrédulos han procurado reemplazar esos versÃculos tan claros con sus propias teorÃas sobre los orÃgenes del universo y de la vida. Pero no temamos a las especulaciones del espÃritu humano ni a los descubrimientos geológicos, pues jamás harán vacilar la más mÃnima declaración divina. Recordemos que en esta esfera no es la Ciencia la que puede instruir, ni la inteligencia la que puede comprender. La Palabra es la que instruye y la fe es la que comprende (leer Hebreos 11:3).
¡Qué contraste hay entre el versÃculo 2 y el 31! Donde reinaban las tinieblas, Dios hace resplandecer la luz. De una escena de desolación, hace un mundo ordenado y habitable. Pero la tierra está aún vacÃa. Y Dios, âque formó la tierra⦠no la creó en vano, para que fuese habitada la creóâ (IsaÃas 45:18). Mediante un último acto soberano, crea al hombre y lo hace a su imagen, su representante, jefe de toda la creación.
âEn seis dÃas hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo dÃa cesó y reposó (encontró alivio)â (Ãxodo 31:17).
Ãl mismo encuentra satisfacción en el gozo que ha preparado para su criatura. En la creación admiramos la potestad de Dios, quien es capaz de disponer millones de estrellas en la inmensidad del cielo, de imponer lÃmites al mar, de controlar las fuerzas del relámpago y del viento, como también de formar un hombre con un puñado de polvo (Salmo 8:3). Admiramos igualmente su sabidurÃa, la cual midió el tiempo y las estaciones, estableció un equilibrio en toda la naturaleza, dio leyes a las plantas e instintos a los animales (Salmo 104:24). Pero también admiramos su misericordia. Hizo los cielos, extendió la tierra sobre las aguas, estableció grandes lumbreras⦠âporque para siempre es su misericordiaâ (Salmo 136). Con la ternura de una madre que ha preparado de antemano todo lo necesario para el niño que va a dar a luz, Dios pone al hombre en unas condiciones ideales. Lo instala en un jardÃn de delicias en el cual no tendrá más que gozar del reposo de su Creador. Al soplar en su nariz âaliento de vidaâ (v. 7), Dios hace de él (a diferencia del animal) un alma viviente e imperecedera, responsable ante Ãl.
Dios puso al hombre en el centro de su bella creación para que la administrara como un gerente. Le prohibió una sola cosa: comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Esta prueba de su obediencia corresponde a su posición de criatura responsable. El hombre no está sometido, como el animal, a impulsos irracionales. Fue creado libre y, por lo tanto, debe obedecer a su Creador. Asistimos al primer acto de la administración de Adán: dar nombres a los seres vivientes. Ãstos están para servir al hombre, pero, cualquiera que sea su grado de inteligencia, ninguno corresponde a las facultades superiores de él, y tampoco a las necesidades Ãntimas de sus afectos. Ahora bien, la soledad no convenÃa al hombre; éste necesitaba a alguien con quien compartir sus pensamientos, que gozara con él de los dones divinos y diera gracias con él a Aquel que los habÃa otorgado. El amor de Dios comprendió esta necesidad y respondió dando al hombre una esposa, ayuda inteligente y dotada de afectos como él.
Al mismo tiempo tenemos aquà el misterio de Cristo, quien entró en el sueño de la muerte, y luego recibe a la Iglesia âsu Esposaâ de manos de Dios para sustentarla y cuidarla (Efesios 5:29-32). âGrande es este misterioâ, exclama el apóstol, porque âsomos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesosâ.
La felicidad del hombre en Edén será de corta duración. El diablo, en forma de una serpiente, se introduce en el jardÃn y se gana la confianza de la mujer, al mismo tiempo que insinúa la desconfianza hacia Dios. Ãste no los ama âsugiereâ puesto que los priva de una ventaja tan grande. No solamente no morirán, sino que serán âcomo Diosâ (v. 5). El engañador siembra asà el orgullo y la envidia en el pobre corazón humano (en contraste leer Filipenses 2:6).
âLa concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecadoâ¦â (Santiago 1:15). Desgraciadamente el hombre fue engañado, pues el conocimiento del bien y del mal no le dio ninguna fuerza para hacer el bien ni para evitar el mal. Su primer efecto fue hacerle tomar conciencia de su desnudez: lo que es por naturaleza, un estado del que tiene vergüenza. El delantal de hojas de higuera que se confecciona no hace más que ilustrar los vanos esfuerzos de la humanidad por esconder su miseria moral. Pero âtodas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuentaâ (Hebreos 4:13). â¿Dónde estás tú?â (v. 9). â¿Has comido del árbolâ¦?â (v. 11). â¿Qué es lo que has hecho?â (v. 13). Todas estas preguntas son terribles y excluyen cualquier excusa.
Dios juzga la responsabilidad de cada uno de los culpables y anuncia su triple sentencia. A la serpiente le dice que âla simienteâ de la mujer (Cristo), le herirá la cabeza, o sea que destruirá su potencia. Tan pronto como el pecado entra en el mundo, Dios hace conocer el remedio que tenÃa ante Ãl. A la mujer le quedan reservados los sufrimientos de la maternidad; en cuanto al hombre, el trabajo penoso será su parte hasta que se cumpla para unos como para otros la sentencia inevitable: âPorque la paga del pecado es muerteâ (Romanos 5:12; 6:23). La fe en el Redentor prometido permite a Adán responder a esta condenación de muerte llamando a su mujer Eva: vivir. A su vez, Dios responde a esta fe substituyendo el delantal de los recursos del hombre por túnicas de pieles; esto nos enseña una verdad capital: la única justicia con la que el hombre se puede ataviar es aquella con la que Dios mismo lo vistió. Pero, asà como esta túnica era la piel de una vÃctima, la justicia con la cual Dios cubre al pecador es la de Cristo, el Cordero sacrificado.
¡Cuán consolador es comprobar que Dios no expulsa al hombre del jardÃn antes de haberle revelado bajo una forma figurada sus pensamientos de gracia y salvación!
Desde el principio de la humanidad, dos razas se perfilan. CaÃn, primer hombre nacido en la tierra, es el antepasado de todos los que se apoyan en su propia justicia. Satisfecho de él mismo y de sus obras, inconsciente del pecado y de sus consecuencias, se presenta ante Dios con el fruto de su propio trabajo, fruto de una tierra maldita. ¿Cómo podrÃa Dios apreciarlo? Abel, el segundo hombre, es el fundador de la descendencia de la fe; encabeza la lista de honor del capÃtulo 11 de la epÃstola a los Hebreos (v. 4). El sacrificio que ofrece es âmás excelenteâ que el de CaÃn porque lo ha presentado con la inteligencia del pensamiento de Dios.
Después del pecado del hombre contra Dios (capÃtulo 3), tenemos aquà su pecado contra su prójimo. CaÃn mata a su hermano. Y la Palabra, la cual discierne los pensamientos y las intenciones del corazón, revela el motivo de su acción: los celos. â¿Por qué le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justasâ (1 Juan 3:12). Cuando más tarde el Señor Jesús vino a la tierra, los judÃos le mataron por el mismo motivo. Su perfección hacÃa resaltar las malas obras de ellos. Derramaron la sangre del verdadero Justo y el castigo de ellos es actualmente el de CaÃn: están dispersos y son perseguidos en la tierra.
CaÃn, condenado a ser vagabundo, trata de evitar el destino que Dios le ha asignado y se instala en el mundo cómodamente. Construye una ciudad para él y sus descendientes, y cada uno de ellos encuentra una ocupación a su gusto. Pero el «progreso social» no corrige la naturaleza humana. La raza de CaÃn se parece a su jefe de fila. La violencia y el espÃritu de provocación del primer homicida de la historia se reproducen en su descendiente Lamec. Esta escena nos ofrece un resumen del mundo actual que dio muerte a Jesús, el verdadero Abel. Todo continúa como si nada hubiese pasado, como si la crucifixión del Señor no hubiese existido. Se ha organizado para vivir en la tierra lo más agradablemente posible. Nada falta: ciencias, artes, industria e incluso religión. Sólo Jesús casi siempre está ausente.
Pero, paralelamente a la descendencia de CaÃn, otra raza hace discretamente su aparición al final del capÃtulo. Set toma el lugar de Abel y entonces se empieza a invocar el nombre de Jehová. La vida del justo, al que han matado, se perpetúa en figura en la descendencia de la fe, mostrándonos cómo Cristo, el segundo Hombre, adquirió una familia, que lleva su nombre y vive en el temor de Dios. Lector, ¿a cuál de las dos razas pertenece usted?
Después del fracaso de la descendencia de CaÃn, es como si Dios retomara la historia del hombre desde el comienzo (v. 1, 2). Tenemos aquà la sucesión de los nombres que forman lo que ha sido llamado «el hilo de oro de la fe», el que a través de las generaciones conducirá hasta el MesÃas: la âsimienteâ de la mujer prometida después de la caÃda. En esta familia no se ve mucha actividad, como en la de CaÃn. El paso del hombre de Dios por la tierra deja pocos rastros. No contribuye mucho al progreso del mundo y la historia no tiene gran cosa que decir de él. Nace, sirve humildemente a su Dios, tiene hijos y muere. SÃ, la muerte, consecuencia del pecado, está presente; el breve resumen de la larga vida de cada uno de esos patriarcas termina con estas palabras inexorables: ây murióâ (repetido ocho veces). Satanás, el mentiroso, habÃa afirmado: âDe seguro que no moriréisâ (3:4; V.M.), pero Dios ordenó: âAl polvo volverásâ (3:19), y este capÃtulo 5 nos da una solemne confirmación de ello. Sin embargo, Adán y sus primeros descendientes alcanzaron edades extraordinarias. Dios lo permitió para que, mientras apareciera la Escritura, la verdad se transmitiese oralmente por la menor cantidad posible de intermediarios (apenas siete entre Adán y Moisés).
Este capÃtulo contiene una excepción extraña y notable a la ley de la muerte. Enoc vive 65 años, camina luego con Dios durante 300 años, y le lleva Dios. No nos es dado ningún detalle sobre esta marcha con Dios ni sobre su arrebatamiento, el que es, después de todo, el último paso. Pero, ¡qué bello resumen de una vida! ¿Sabemos lo que es andar con Dios, aunque sólo sea un dÃa? Por su conducta de fe, Enoc tiene lugar en la lista de los brillantes testigos del capÃtulo 11 de la epÃstola a los Hebreos (v. 5). Su nombre significa «instruido» y, como los demás, enseñado por Dios, ve más allá de las cosas presentes. Por la fe contempla al Señor que viene a reinar âcon sus santas decenas de millaresâ (Judas 14), y esta visión lo mantiene separado de aquellos que van a ser juzgados. Pronto, como Enoc, todos los creyentes vivos serán arrebatados de la tierra sin pasar por la muerte, cuando el Señor Jesús venga a buscar a los suyos (1 Tesalonicenses 4:17). Y usted, querido lector, ¿está instruido en esta verdad, bienaventurada para aquellos que están preparados, pero solemne para los que no lo están? Observemos que Dios no envÃa su juicio sobre el mundo sin haber dado primeramente promesas de bendición: Noé significa consolación y reposo.
Pedro, al igual que Judas, hace alusión al tiempo anterior al diluvio en el cual hubo ángeles que âno guardaron su dignidadâ o que âpecaronâ y que sufren las consecuencias (2 Pedro 2:4; Judas v. 6 y 7). Los hombres se han multiplicado en la tierra al igual que el mal en sus dos formas: corrupción y violencia (v. 11). La humanidad, ¿es mejor en nuestra época? Todo nos muestra que no. Y la Escritura nos previene: âLos malos hombres⦠irán de mal en peorâ (2 Timoteo 3:13). Hoy dÃa, como entonces, la gloria de los hombres valientes y de renombre (final del v. 4) âtrátese de héroes, campeones deportivos, artistasâ¦â puede ir a la par con la peor corrupción. Pues Dios mira el corazón de los hombres y no sus proezas (1 Samuel 16:7). El versÃculo 5 nos da a conocer el resultado trágico de este examen: el designio de sus pensamientos no es más que maldad de continuo. âEl corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vidaâ (Eclesiastés 9:3; ver también JeremÃas 17:9).
Entonces Dios se arrepiente de haber hecho al hombre. No hace falta decir que Dios jamás se equivoca. Pero la maldad del hombre lo obliga a cambiar de disposición. Dios decide, pues, quitar de la tierra a su criatura, excepto a Noé (y su familia), el único que camina con Ãl.
Aunque Noé sea llamado un hombre âjustoâ, âperfectoâ, comparado con los demás hombres de su tiempo (v. 9), no es su mérito, sino únicamente la gracia la que lo preservará (v. 8). Para Dios ha llegado el momento de hacerle conocer Sus pensamientos y de darle Sus instrucciones. Es fácil hacerse comprender por alguien que camina con uno. Noé responde a esas comunicaciones por la fe. âPor la fe Noé, cuando fue advertido por Dios⦠con temor preparó el arca en que su casa se salvaseâ (Hebreos 11:7). No tiene sino la palabra de Dios para saber que el juicio va a llegar. Pero ésta le es suficiente. Construye el arca y por medio de ella condena al mundo. Cada golpe de su martillo anuncia a sus contemporáneos que el juicio se acerca. Mientras dura la construcción, la paciencia de Dios espera (1 Pedro 3:20). Pero, ¿cuántos la aprovechan? Fuera de la familia del patriarca, ¡nadie! Las fieles advertencias del âpregonero de justiciaâ no tuvieron más respuesta que indiferencia y burlas. Hoy también, numerosos son los burladores que no creen en la venida del Señor ni en el juicio (2 Pedro 2:5; 3:3-6). Ignoran voluntariamente lo que la Biblia dice del diluvio y consideran este relato como una leyenda.
Noé obedeció no solamente construyendo el arca, sino también haciéndola, en todos los detalles, conforme a lo que Dios le mandó (cap. 6:22). Ahora obedece para entrar en el momento en que la orden le es dada (v. 5). En la obediencia a Dios reside nuestra seguridad. Noé, hombre piadoso, va a hacer literalmente la experiencia del Salmo 32:6.
El versÃculo 16 nos recuerda que otra puerta âla de la graciaâ está abierta todavÃa hoy, pero ¿por cuánto tiempo? âY se cerró la puertaâ, anuncia solemnemente Mateo 25:10. Lector: ¿de qué lado de esta puerta estará usted? ¿Dentro, con Jesús y los suyos? ¿O fuera, con todos los que llamarán en vano y a los cuales el Señor deberá responder: âNo sé de dónde soisâ? (Lucas 13:27). Observemos que Dios mismo cierra la puerta del arca tras Noé, los suyos y todos los animales. Aunque lo hubiera querido, Noé ya no podÃa abrirla más, a quienquiera que fuese. Ahora que Dios ha proporcionado un medio de salvación, puesto a los suyos al abrigo y cerrado la puerta del arca, puede abrir las ventanas de los cielos (MalaquÃas 3:10).
Bajo el aspecto profético, Noé y su familia representan al residuo de Israel que, después del arrebatamiento de la Iglesia (simbolizado por el de Enoc), atravesará sano y salvo la gran tribulación final y será introducido en el mundo nuevo del milenio.
La larga paciencia de Dios ha llegado a su término. El raudal de su juicio se vierte sobre la tierra. Si no fuera por el arca que se construÃa, nada lo dejaba prever. Todo parecÃa ir bien. El mundo continuaba su curso feliz. ComÃan y bebÃan, se casaban y daban en casamiento. No entendieron nada âdice el Señorâ hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos (ver Mateo 24:37-39). Un destino tan terrible que alcanzó súbitamente a todos aquellos que no respondieron a los llamamientos de la gracia. Y este relato consignado en la Palabra de Dios constituye, de la misma boca del Señor, la más solemne de todas las advertencias para ponerse en regla con Dios. Hoy cada uno está invitado a tomar lugar en el arca o, dicho de otra forma, a encontrar en Cristo un refugio contra la ira de Dios. Pero, si poseemos en él este lugar de perfecta seguridad, jamás olvidemos que él atravesó, en nuestro lugar, las terribles aguas del juicio divino. âTodas tus ondas y tus olas han pasado sobre mÃâ (Salmo 42:7).
En medio de ese cataclismo que jamás tuvo igual, Noé y los suyos gozan de una perfecta paz. Asà las aguas crezcan o disminuyan, el arca no naufragará⦠como tampoco el creyente que permanece en Cristo.
Sin medio de propulsión y sin timón, el arca que Dios conduce con mano segura se posa sobre los montes de Ararat. Parece que Noé podrÃa salir. Pero espera muchos dÃas. Asà como entró en el arca bajo el mandato de Dios, no quiere salir sin antes recibir la nueva orden divina. La paloma que no se puede posar en ninguna parte y que vuelve al arca es una imagen del EspÃritu de Dios, quien no tiene lugar en un mundo juzgado. Pero, más tarde, cuando Jesús aparezca, el EspÃritu podrá posarse sobre Ãl bajo la forma pura de una paloma (Mateo 3:16). Asà es también hoy dÃa para el creyente, poseedor del EspÃritu Santo: en este mundo no encuentra ningún alimento, ni nada para satisfacer su corazón. Por el contrario, el hombre natural se encuentra a su gusto, a semejanza del cuervo, ave impura según LevÃtico 11:15, que se alimenta de carne corrompida. A la orden de Jehová, Noé sale por fin del arca. Lo primero que hace es ofrecer un sacrificio. A Dios le pertenecen los primeros derechos sobre esta tierra lavada de su mancilla, y hacia Ãl sube un olor agradable. Nosotros también, ¿no hemos conocido frecuentemente en nuestra vida pequeñas o grandes liberaciones? ¡No olvidemos jamás dar gracias! Y en primer lugar por âuna salvación tan grandeâ (Hebreos 2:3).
La tierra ha sido barrida de las consecuencias del pecado. Pero la fuente del mal sigue estando ahÃ, en ese corazón humano al que toda el agua del diluvio no podÃa limpiar.
Dios bendice al patriarca y a su familia, y les confÃa el gobierno de la tierra. ¿Cómo responderán sus descendientes a esta bondad divina? ¡De la misma manera que CaÃn en el capÃtulo 4: vertiendo sangre! Dios lo anuncia: la violencia reaparecerá. SÃ, la propia sangre del Hijo de Dios será vertida, y únicamente ella podrá lavar al corazón humano.
La tierra es entregada al hombre, quien desde entonces la domina con dureza. Bajo su yugo âtoda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahoraâ (Romanos 8:22). Como signo de su alianza, Dios da el arco (arco iris) en las nubes. Su aparición en el momento de un chaparrón es aun hoy dÃa una señal de su gracia, un recuerdo de la promesa del versÃculo 15.
En el sentido espiritual, asà es para el cristiano. En medio de todas las tempestades que se presentan en esta vida, tiene el privilegio de elevar los ojos de la fe hacia un Dios fiel a sus promesas. La presencia de Cristo sentado a Su diestra (Hebreos 9:12; 10:12), que nos habla mejor que el arco iris, es el constante recuerdo de que un juicio más terrible que el diluvio ha pasado definitivamente para el hijo de Dios.
Las más bellas experiencias de la potestad y del amor de Dios no tienen poder para mejorar al hombre (cap. 8:21). Establecido por Dios para gobernar la tierra, Noé da la prueba de que no sabe gobernarse a sà mismo. Cam, quien âescarnece a su padreâ (Proverbios 30:17) y se divierte con el pecado, como el mundo lo hace actualmente, atrae la maldición sobre sus descendientes, los cananeos. Varias naciones nacidas de Cam y mencionadas en este capÃtulo se convertirán en enemigos del pueblo de Dios: Babilonia (Sinar), Egipto (Mizraim), Ninive, los filisteos y los cananeos, cuyo paÃs será dado por heredad a Israel. Sem y Jafet honraron a su padre y prosperarán en la tierra (Efesios 6:2, 3).
Este capÃtulo 10 nos revela el origen de las naciones del mundo (leer Deuteronomio 32:8). Para conocer y apreciar una cosa bajo su verdadero carácter, es necesario remontarse a su origen. Babel (Babilonia) y Assur (Asiria) tienen como principio el reino de Nimrod. Este nombre significa «rebelde», lo que se ve confirmado por sus actos. En él vemos al hombre que comienza a asolar la tierra, haciendo reinar el miedo y el sufrimiento al matar, por placer y para afirmar su poder, a los animales que Dios habÃa dado para alimento (cap. 9:3).
Aquà asistimos a la fundación de Babel (o Babilonia), la que a través de toda la Escritura representa al mundo con su orgullo y codicia. También discernimos en ella las pretensiones de unificación que tendrá la Babilonia religiosa, la falsa Iglesia de Apocalipsis 17 y 18. El hombre quiere hacer frente a Dios uniendo sus fuerzas, quiere trabajar para su propia gloria. âHagámonos un nombreâ¦â (contraste con Salmo 148:13). Mas veamos en otra ocasión la respuesta de Dios a la provocación ridÃcula de los hombres unidos contra Ãl: âEl que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellosâ (Salmo 2:4; ver también IsaÃas 8:9). Jehová confunde la lengua de los hombres de Babel y los esparce (v. 7, 8).
En contraste, el Nuevo Testamento nos presenta âla Iglesia del Dios vivienteâ, fundada por Cristo y formada por el EspÃritu Santo (1 Timoteo 3:15; Mateo 16:18). En Pentecostés, a los apóstoles les fue dado hablar en lenguas para hacer entender, por gracia, a todas las naciones en una forma rápida y eficaz, âlas maravillas de Diosâ (Hechos 2:11). Y, en el capÃtulo 5 del Apocalipsis, la multitud de los rescatados que rodean el trono del Cordero está compuesta âde todo linaje y lengua y pueblo y naciónâ.
Los versÃculos 10 a 26 establecen la descendencia de Sem, la que volvemos a encontrar en la genealogÃa del Señor Jesús (Lucas 3:36).
En el tiempo posterior al diluvio, la idolatrÃa progresó tremendamente (leer Josué 24:2). Esta vez Dios deja que el mal siga su curso, pero llama a un hombre a separarse de ese mal. âPor la fe Abraham, siendo llamado, obedecióâ¦; y salió sin saber a dónde ibaâ (Hebreos 11:8). «Abraham salió con los ojos cerrados, pero el Dios de gloria lo conducÃa por la mano» (J.G.B. â Véase también Hechos 7:3). La orden de Dios, acompañada de una séptupla promesa (v. 2, 3), le es suficiente para ponerse en camino. Obedecer nos es naturalmente contrario, incluso cuando conocemos la razón de lo que se nos pide. Pero, para obedecer sin comprender, para salir sin conocer el destino, hace falta la fe, o dicho de otra manera, una confianza absoluta en aquel que ha dado la orden. Abraham es en la Escritura el modelo de la fe. Lo que caracteriza a ésta es el abandono de las cosas visibles por un objeto invisible (2 Corintios 4:18). En oposición a los constructores de ciudades en la tierra (CaÃn, los hombres de Babel), Abraham dirige sus miradas hacia la Ciudad celestial, âcuyo arquitecto y constructor es Diosâ (Hebreos 11:10). Y esta espera hace de él un extranjero en la tierra. No tendrá en lo sucesivo más que su tienda y su altar (v. 8), atestiguando el doble carácter de peregrino y adorador que tiene el hombre de fe en todos los tiempos.
Abram entra en el paÃs de Canaán con Lot, su sobrino. Pero el hambre sobreviene y, sin esperar esta vez las instrucciones divinas, el patriarca desciende a Egipto. Observemos en lo que acaba su falta de dependencia: niega a su mujer y se pone, por su mentira, en una situación crÃtica. Merced a esta triste página de su historia conocemos de qué es capaz el creyente más piadoso cuando abandona el lugar en el cual Dios lo ha puesto. Puede ser llevado a negar su relación con el Señor. Pedro hizo esta penosa experiencia. Al buscar la compañÃa de los enemigos de su Señor, habÃa perdido todo valor para confesar su nombre (Mateo 26:69 a 75). Y nosotros, rescatados por el Señor ¿no nos da vergüenza algunas veces decir que le pertenecemos? (comp. 2 Timoteo 2:12, 13).
Para el hombre de Dios, su conducta equivoca es desastrosa, pero ¿es provechosa para el mundo? ¡Tampoco! La presencia de Sarai en el palacio de Faraón no atrae sino plagas sobre este último y sobre su pueblo. Después de que el mundo le ha lanzado un âveteâ muy diferente de aquel que Jehová le habÃa dirigido en el versÃculo 1, Abram vuelve a Canaán, a su punto de partida. Vuelve a encontrar su altar o, dicho de otra manera, sus relaciones con Dios, de las cuales no habÃa podido gozar durante su estancia en Egipto.
El tiempo que Abram pasó en Egipto fue perdido y las riquezas que adquirió se convierten en una causa de preocupación para él. Ellas lo conducen a separarse de Lot. Estas contiendas entre âhermanosâ se dan en presencia de los habitantes del paÃs, los cananeos (v. 7), lo que es particularmente lamentable para el testimonio (leer 1 Corintios 6:6; Juan 13:35). Abram deja escoger a Lot el lugar al que quiere ir. ¡Qué espÃritu de mansedumbre y de renunciamiento muestra aquÃ! Ojalá pudiésemos imitarlo cada vez que queremos hacer valer nuestros derechos. Lot escoge lo que le gusta, lo que atrae su corazón mundano (la llanura del Jordán se parece a Egipto â v. 10). En cambio, Abram deja a Jehová decidir por él (Salmo 47:4). Dios no defrauda jamás a aquellos que confÃan en él. âNuestros padres⦠confiaron en ti, y no fueron avergonzadosâ (Salmo 22:4, 5). En efecto, la posesión del paÃs de la promesa es ahora confirmada a Abram. Dios le dice: âAlza ahora tus ojosâ (v. 14), y también: âLevántate, vé por la tierraâ (v. 17). Canaán es para nosotros una figura del cielo, el cual Dios nos invita no solamente a contemplar, sino también a recorrer por la fe. Y ¿cómo mediremos âlo largo y lo anchoâ de la propiedad celestial? Sondeando y meditando las maravillas de la divina Palabra.
En contraste con Abram, el hombre de fe, Lot es el ejemplo de un creyente que anda por vista. HabÃa seguido mucho tiempo a su tÃo, imitándolo, como hacen muchos jóvenes que se apoyan en la fe de sus padres o de otras personas maduras.
Puesto a prueba, Lot manifestó lo que habÃa en su corazón. Después de haberse acercado progresivamente a Sodoma (cap. 13:12), ahora habita allà (v. 12). Una vez que tomamos voluntariamente un camino resbaladizo, ya no somos dueños de detenernos. Como consecuencia de esta falsa posición, Lot se ve mezclado en una guerra que no le concierne y es llevado prisionero con los habitantes de Sodoma. La frecuentación de personas que no temen a Dios expone a un hijo de Dios a perder su libertad y, además, tal compañÃa siempre será causa de dificultades y de tormentos para su alma. 2 Pedro 2:8 menciona esos tormentos de conciencia cotidianos que, para Lot y para todo creyente mundano, son el resultado inevitable de una doble marcha. Al ser presa de esos conflictos interiores y exteriores, semejante hombre no puede ser más que desgraciado. Por el contrario, Abram, en la montaña, ignora esas complicaciones. Es extraño al mundo y a todo lo que lo agita. ¿Nos parecemos a Lot o a Abram?
Hasta ahora Abram se ha abstenido de intervenir y de tomar parte en un conflicto que no le concierne (Proverbios 26:17). Pero, tan pronto como sabe que su sobrino ha sido capturado, nada lo retiene para ir a socorrerlo. HabrÃa podido invocar, para mantenerse neutral, la debilidad de sus medios frente a una coalición de reyes victoriosos o el hecho de que Lot habÃa merecido lo que le acontecÃa. Pero no, su amor por su âhermanoâ, su fe y su perseverancia consiguen la victoria y liberan al cautivo. Mas he aquà un adversario más peligroso que los cuatro reyes, aunque también haya sido vencido: el rey de Sodoma. Se acerca y, mediante regalos, quisiera hacer de Abram su deudor, pues supone que Abram, al igual que la mayorÃa de los hombres, es atraÃdo por los bienes terrenales. No obstante, Dios vela y, para fortalecer a su siervo, le envÃa en ese instante, antes de este encuentro, un visitante misterioso: Melquisedec. Ãste es rey y sacerdote al mismo tiempo; es una figura del Señor Jesús (Hebreos 7:1-10). Abram, alimentado y bendecido por Melquisedec, rehúsa firmemente las propuestas del rey de Sodoma. Un corazón saciado por Cristo es el secreto para resistir a las ofertas de Satanás. Lot, por el contrario, no tendrá en cuenta la lección divina; vuelve a Sodoma para vivir allà y hará una experiencia aún más trágica.
Al rechazar las ofertas del rey de Sodoma, Abram no perdió nada. ¡Al contrario! Dios le aparece y le declara: âYo soy tu escudo, y tu galardónâ (v. 1; V.M.). No le dice qué quiere darle, sino qué quiere ser para él. Poseer al dador es más que poseer sus dones. La fe de Abram se adueña de la promesa que Dios le hace respecto a una descendencia celestial (v. 5). Da âgloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que habÃa prometidoâ (Romanos 4:20, 21). Creer a Dios (y no solamente creer en Dios) es suficiente para ser declarado justo (v. 6). Este versÃculo capital es citado tres veces en el Nuevo Testamento (Romanos 4:3; Gálatas 3:6; Santiago 2:23).
Una vez que Dios se ha comprometido asÃ, la alianza debe ser sellada con sacrificios (v. 9, 10). La muerte de Cristo es el único medio por el cual Dios puede cumplir lo que ha prometido. Aves de rapiña buscan apoderarse de algunos trozos de los animales, lo que es imagen de los esfuerzos de Satanás para arrebatarnos algún resultado de la muerte de Cristo. Pero nuestra fe, como la de Abram, debe estar activa para alejarlo.
El final del capÃtulo muestra que el hombre de Dios ha adquirido una visión mucho más extensa de la heredad prometida. Asà ocurre siempre después que la fe ha sido puesta a prueba.
¡Qué pena! Después de las bellas pruebas de fe de Abram, encontramos un nuevo desfallecimiento en la vida del patriarca. Quiere, por asà decirlo, ayudar a Dios a cumplir su promesa. En lugar de esperar con paciencia que le sea dado el hijo anunciado, escucha a Sarai su mujer. Y Agar, la sierva, probablemente traÃda de Egipto después de la primera falta de Abram, será la madre de Ismael.
Después de haber sido objeto de tristes querellas en la casa del hombre de Dios, Agar huye lejos de su dueña. Pero Dios tiene cuidado de la pobre sierva. La encuentra en el camino que ella habÃa tomado por su propia voluntad y se convierte para ella en el Dios que se revela (v. 13). En el Ãngel de Jehová podemos reconocer al Señor Jesús mismo. Querido lector, ¿ha tenido usted este encuentro decisivo? ¿Dios se ha revelado a usted como viviente? Ãl se da a conocer en Cristo (Juan 8:19; 2 Corintios 4:6). Y junto a ese Salvador viviente encontramos en abundancia el agua viva de la gracia (Juan 4:14), de la cual nos habla el pozo del Viviente-que-me-ve. Observemos lo que el ángel dice a Agar: âVuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo su manoâ (v. 9). La humillación, la confesión de nuestros pecados, es lo primero que el Señor nos pide cuando se ha revelado a nuestra alma.
Dios aparece otra vez a Abram, le reitera Su promesa de una innumerable descendencia y le cambia su nombre por el de Abraham. Un cambio de nombre en la Biblia es siempre el signo de una nueva relación con aquel que lo da. A partir de este momento nuestro patriarca no es solamente el hombre de fe, sino también el padre de todos los hombres de fe (Romanos 4:11). Al darle este nombre: âpadre de muchedumbre de gentesâ, Dios ya pensaba con interés y amor en esa muchedumbre de creyentes de los cuales Abraham serÃa considerado como cabeza de linaje, de los cuales esperamos que nuestros lectores formen parte. Y a través de los reyes que descenderÃan de Abraham (v. 6), Dios veÃa con antelación al âHijo de Davidâ, el Rey que regirá a Israel y al mundo. Con la genealogÃa de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham, comienza el Nuevo Testamento.
Al mismo tiempo que un nombre, Dios da a Abraham otra señal: la circuncisión, la que corresponde, en cierta medida, al bautismo de hoy dÃa y representa a la vez la separación para Dios y la desconfianza en la carne (Filipenses 3:3-4).
El final del capÃtulo nos muestra a Sara recibiendo también su nuevo nombre, Isaac anunciado, y Abraham obedeciendo a la orden que Dios le ha dado.
Dios concede a Abraham el honor de llamarlo su amigo (2 Crónicas 20:7; IsaÃas 41:8; Santiago 2:23). En esta calidad lo visita y quiere ponerlo al corriente de sus intenciones, tanto en lo concerniente a él (v. 9-15) como acerca del mundo (v. 20, 21; ver Juan 15:15). El patriarca responde con una confiada libertad, la que no excluye el más profundo respeto. La diligencia gozosa con la que recibe a sus celestiales invitados revela el estado de su corazón; conoce a su Dios; ha gustado la benignidad del Señor (1 Pedro 2:3). El Nuevo Testamento menciona a algunas personas que han tenido el privilegio de recibir al Señor Jesús en sus casas: LevÃ, Marta, Zaqueo (Lucas 5:29; 10:38; 19:5-6) y nos enseña bajo qué condición podrÃamos también gozar de la misma intimidad: la obediencia a la palabra del Señor es la llave que le abre nuestro corazón (Juan 14:23). Abraham, modelo en la comunión, lo es también en el ejercicio de la hospitalidad. El cristiano es exhortado a practicarla sin murmuraciones (1 Pedro 4:9; Romanos 12:13; Hebreos 13:2). ¡Qué buena nueva espera a Abraham y Sara: el anuncio del heredero tan deseado! Sara duda y rÃe. Nosotros tenemos la ocasión de escuchar una magnÃfica afirmación: â¿Hay para Dios alguna cosa difÃcil?â (v. 14).
âLa comunión Ãntima de Jehová es con los que le temenâ¦â (Salmo 25:14; leer también Amós 3:7). Abraham es uno de ellos. âPorque yo le he conocidoâ (v. 19; V.M.), puede decir Dios, ¿le esconderé lo que voy a hacer? El conocimiento de los pensamientos de Dios es inseparable de una marcha fiel. Dios sabe que el único efecto de sus comunicaciones consiste en producir en el corazón del hombre de Dios sentimientos idénticos a los Suyos: la compasión, el deseo de arrebatar del espantoso juicio a aquellos a quienes él ama.
Queridos amigos cristianos, nosotros que conocemos por la Palabra de Dios la condenación del mundo y la inminencia de su juicio, ¿estamos motivados por esos sentimientos, pensando en el terrible destino de innumerables almas perdidas por la eternidad? En nuestras familias, entre nuestros compañeros o colegas de trabajo hay personas inconversas. ¿Qué podemos hacer por ellas? Sin duda, advertirlas, pero también interceder con insistencia, como Abraham lo hace por Sodoma, donde se encuentra Lot, su hermano (comp. JeremÃas 5:1). 1 Timoteo 2 nos invita a suplicar por todos los hombres, dirigiéndonos a Aquel que por experiencia conocemos con el bello nombre de âDios nuestro Salvadorâ, que âquiere que todos los hombres sean salvosâ.
¡Qué contraste entre la feliz visita que los ángeles hicieron a Abraham a mediodÃa y la penosa misión que al atardecer del mismo dÃa les lleva a Sodoma! ¡Y cuánta dificultad para aceptar la invitación de Lot por solicita que ésta sea! (v. 2). ¿Cómo podrÃan tener comunión con ese creyente que se encuentra en una posición errónea? Entran en su casa sólo para protegerlo y liberarlo. Además, Lot nunca estuvo a gusto en esa ciudad pervertida. No lo habrÃamos sabido si el Nuevo Testamento no nos lo hubiese revelado. Pero Dios, quien conoce los corazones, nos dice que Lot era un justo y que, lejos de acomodarse en el mal, âafligÃa cada dÃa su alma justa viendo y oyendo los hechos inicuos de ellosâ (2 Pedro 2:8).
Iniquidad que los hombres de Sodoma no tienen vergüenza de ostentar durante esa noche dramática (comp. IsaÃas 3:9). De modo que Jehová, quien habÃa dicho: âY si noâ âes decir, si no es verdadâ lo sabréâ (cap. 18:21), no tiene necesidad de otra prueba, porque esos hombres atestiguan contra ellos mismos.
Lot no es tomado en serio, ni siquiera por sus yernos. Cuando un creyente, durante algún tiempo, ha andado con el mundo, carece de autoridad para hablarle de juicio. No lo escuchan.
La liberación de Lot es la respuesta a la oración de Abraham del capÃtulo precedente (v. 29). Ãste habÃa creÃdo que para salvar a su hermano era necesario que Sodoma fuese salvada de la destrucción. Ahora bien, Dios no responde siempre de la manera que nosotros pensamos. Pero responde.
Desgraciadamente, el corazón de Lot se ha ligado profundamente a todo lo que ahora debe dejar tras sÃ; tarda en marcharse. Los ángeles tienen que arrastrarlo por la fuerza con su mujer y sus dos hijas. Queridos rescatados del Señor, si hoy tuviésemos que marcharnos al cielo, ¿lo harÃamos con gozo, o como Lot, nos dolerÃa abandonar las cosas de esta tierra, de las cuales nuestros corazones se han prendado?
Sodoma y Gomorra son «reducidas a cenizas», solemne ejemplo de lo que espera a los impÃos (2 Pedro 2:6; Judas 7). En cuanto a la mujer de Lot, ella también permanece en la Palabra de Dios como un monumento, un signo de lo que cuesta unir nuestro destino a un mundo condenado. Esta mujer habÃa compartido exteriormente la vida del pueblo de Dios durante mucho tiempo. Pero no formaba parte de él. El mundo estaba en su corazón y ella pereció con él. ¡SÃ, recordemos a la mujer de Lot! (Lucas 17:32). Por lo que concierne a Lot, su fin será vergonzoso y su descendencia maldita.
Por segunda vez Abraham niega a su mujer y recibe justamente los reproches del mundo (ver cap. 12). Con frecuencia es necesario que Dios repita sus lecciones hasta que un mal sea juzgado de raÃz y confesado. Aquà era una media mentira (v. 12, 13). Es algo serio e instructivo para nosotros ver a un hombre privilegiado, que goza de tan gran intimidad con Dios, perder conciencia de su relación y flaquear en cuanto al testimonio. ¡Cuánto más grave es la falta de un hombre piadoso! Escuchemos las tristes palabras de Abraham a Abimelec: âDios me hizo salir errante de la casa de mi padreâ (v. 13). ¡Pobre lenguaje para un creyente! ¿Es todo lo que puede decir del llamamiento del âDios de gloriaâ hacia la ciudad celestial? ¡Desgraciadamente, con mucha frecuencia nos parecemos a él! De tanto frecuentar a los incrédulos, un cristiano llega a hablar como ellos. Pero aun durante el tiempo en que Dios enseña a los suyos una lección necesaria, continúa velando afectuosamente por ellos. âNo consintió que nadie los agraviase, y por causa de ellos castigó a los reyes. No toquéis, dijo, a mis ungidosâ (Salmo 105:14, 15). Dios mantiene la dignidad de Abraham como su representante, el profeta que habla en su nombre (v. 7) y el intercesor a cuyas oraciones responde (v. 17).
La promesa de Dios se cumple. âEn el tiempo que Dios le habÃa dichoâ nace Isaac, quien es figura de Cristo con el carácter de Hijo y de Heredero (Hebreos 1:2). Después de la risa incrédula de Abraham (cap. 17:17) y de Sara (cap. 18:12), seguida de la risa gozosa y agradecida de esta última, acción que da nombre a Isaac (v. 3, 6), oÃmos la risa burlona de Ismael (v. 9), figura del hombre âsegún la carneâ, el que no puede comprender los consejos de Dios cumplidos en Cristo. Ismael, el hijo de la sierva, representa al hombre bajo la servidumbre de la ley, quien no tiene ningún derecho a las promesas ni a la heredad.
Lo que Sara hace parece inhumano; Abraham lo encuentra mal. Pero Dios lo aprueba, queriendo mostrar asà en figura que la heredad pertenece sólo a Cristo y que, basándose en las obras, el hombre no posee ninguna parte. Como lo explica la epÃstola a los Gálatas, los creyentes son âhijos de la promesaâ. Como han recibido la adopción, ya no son más esclavos, sino hijos y, por consiguiente, herederos (Gálatas 4:6, 7, 28).
La gracia actúa, no obstante, en favor de Agar y de su hijo. Cuando el agua del odre âsÃmbolo de los recursos humanosâ se acaba, el Viviente que se habÃa revelado a ella en el capÃtulo 16 repite su liberación. Ãl oye incluso la voz de un niño (v. 17).
En el capÃtulo 20, las relaciones de Abraham con Abimelec habÃan sido bastante pesadas. El patriarca habÃa recibido un serio y justificado reproche por parte del rey de Gerar. Pero ahora las relaciones se reanudan bajo un nuevo orden. Esto es figura de la supremacÃa futura de Israel cuando las naciones digan: âIremos con vosotros, porque hemos oÃdo que Dios está con vosotrosâ (ZacarÃas 8:23). âDios está contigo en todo cuanto hacesâ, comprueba el rey filisteo (v. 22). Y se esfuerza por obtener una alianza con el hombre de Dios. Por eso, ahora, es este último quien amonesta a Abimelec con la autoridad moral que le confiere su relación con el âDios eternoâ (v. 33). Abraham le manifiesta su gran apego al pozo en el desierto, que los siervos de Abimelec quisieron robarle.
¿No es para nosotros, este pozo, una figura de la Palabra, la cual debe refrescar cada dÃa nuestras almas? Si algunos buscan nuestra compañÃa, mostrémosles lo antes posible el valor que tiene para nosotros la Palabra de nuestro Dios. Los que tengan sed de la verdad, de paz, de gozo, serán conducidos a buscarlos en ese Libro precioso, si ven que nosotros los obtenemos allÃ.
Sabemos que esta escena es una imagen de la cruz. ¿Quién es el Hijo, el Ãnico, aquel a quien el Padre ama, si no el Señor Jesús? DebÃa ser ofrecido en holocausto. El lugar es visto de lejos en los consejos eternos de Dios. Es el monte Moriah, donde más tarde David ofrecerá el sacrificio expiatorio y donde el templo será edificado (2 Crónicas 3:1). Ese lugar del sacrificio es al mismo tiempo el de la adoración (v. 5). ¡Cuántos motivos encontramos ahà para adorar al Padre y al Hijo, yendo ambos juntos o, dicho de otra manera, no teniendo más que un solo y mismo pensamiento para realizar la obra de la salvación! La obediencia de Isaac nos recuerda la del Señor en GetsemanÃ: âMas no lo que yo quiero, sino lo que túâ (Marcos 14:36). Pero, en contraste con Isaac, quien solamente se somete, el Hijo se presentó voluntariamente: âHe aquà que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntadâ (Hebreos 10:9). En contraste una vez más con Isaac, quien no sabÃa lo que su padre iba a hacer, nos es dicho: âJesús, sabiendo todas las cosas que le habÃan de sobrevenir, se adelantóâ (Juan 18:4).
En contraste, por último, con la voz del Ãngel que detiene la mano de Abraham, ninguna voz se escuchó en el Gólgota para apartar la espada que debÃa herir al Hijo de Dios.
Dios se proveyó de un Cordero para el holocausto. Cuando el Señor Jesús apareció en medio del pueblo, a la orilla del Jordán, Juan el Bautista dijo: âHe aquà el Cordero de Diosâ (Juan 1:29). Era la respuesta divina a todos los pecados que acababan de ser confesados. De modo que el gran misterio âdel cual tenemos un reflejo en este capÃtuloâ es ahora revelado. ¡Y qué seguridad continúa dando ese âJehová-jirehâ (Jehová proveerá) a todos aquellos que están atormentados por el peso de sus pecados!
Isaac es, en figura, resucitado (Hebreos 11:19); Cristo lo es en realidad, con todas las consecuencias para Ãl y para nosotros. A Ãl, una esposa le será dada, razón por la cual encontramos a Rebeca mencionada en el versÃculo 23. Nosotros recibiremos las bendiciones celestiales de las cuales tenemos una imagen en los versÃculos 17 y 18.
La fe de Abraham ha sido mostrada por medio de esta obra (Santiago 2:21). Dios conocÃa el corazón de Abraham y sabÃa que poseÃa esta fe, pero era necesario que ésta fuese manifestada públicamente. En lo que nos concierne, si hemos podido confesar: «Creo en el Señor Jesús», tarde o temprano nos será dada la ocasión de demostrarlo. Las pruebas de los cristianos no tienen otra finalidad que poner en evidencia la realidad de la fe que hay en ellos.
Un sepulcro es todo lo que Abraham poseerá de ese paÃs de Canaán que, sin embargo, le ha sido prometido. Al comprar el campo y la cueva de Macpela para enterrar a Sara, el hombre de Dios confirma su firme espera de la resurrección. Para él, Sara vive una vida divina. Es necesario, pues, asegurarse todos los derechos sobre el lugar donde será depositado su cuerpo que debe resucitar. La totalidad del precio pagado por la cueva y por el campo nos recuerda los derechos adquiridos definitivamente por la cruz de Cristo, la derrota de la muerte, la certeza de la próxima resurrección de todos los creyentes.
Asà como en el capÃtulo 14 lo hemos visto rehusar la propuesta del rey de Sodoma, aquà también se niega a ser deudor de quienquiera que sea. Insiste en pagar el valor del campo, sin regatear. Un cristiano se da a conocer en todas sus relaciones con la gente del mundo por su rectitud y su perfecta honradez. En el Nuevo Testamento somos exhortados a no deber nada a nadie (es decir, no contraer deudas sin tener garantÃa â Romanos 13:8), a âque os conduzcáis honradamente para con los de afueraâ (1 Tesalonicenses 4:12), y aun a procurar âhacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombresâ (2 Corintios 8:21; ver también Romanos 12:17).
La muerte de Sara sugiere que Israel (pueblo del cual desciende el verdadero Isaac) es puesto de lado después de la resurrección del Señor (cap. 22). Para asegurar la descendencia de la promesa, Abraham, el âpadre de muchedumbre de gentesâ, tiene un gran designio cuya realización nos es contada ampliamente: dar una esposa a su hijo. Pero una tercera persona interviene entonces: el criado más viejo de su casa, su intendente, notable figura del EspÃritu Santo enviado a la tierra con el fin de reunir a aquellos que constituirán la Iglesia, la Esposa de Cristo. Asà el Padre, el Hijo y el EspÃritu Santo, quienes han trabajado juntos en la obra de la Creación, tienen también una actividad común en la elección, el llamamiento y la reunión de los rescatados que están unidos a Cristo resucitado. Esta esposa será buscada en un paÃs lejano. Dios eligió y llamó compañeros para su Hijo de entre aquellos que estaban lejos (Efesios 2:13).
¡Qué modelo de dependencia tenemos en ese criado de Abraham! En casa de su amo aprendió a conocer a Jehová, con quien ahora tiene que tratar personalmente. Presenta su oración ante Ãl (Salmo 5:3). Antes de emprender cualquier cosa, no olvidemos hablar primeramente al Señor acerca de ello.
El criado de Abraham no ha terminado de formular su oración cuando llega la respuesta: Rebeca con su cántaro. En IsaÃas encontramos una promesa correspondiente: âAntes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oÃdoâ (cap. 65:24).
Si el criado nos enseña la dependencia, Rebeca es, por su parte, un modelo de abnegación y diligencia. Hace más de lo que se le pide, pues da de beber también a los camellos, y lo hace con agrado y prontitud (v. 18, 20). He aquà dos cualidades que podemos observar e imitar en nuestros pequeños servicios de cada dÃa en casa. Sacar agua es refrescar al prójimo, darle alivio. Existen mil maneras de comunicar a aquellos con los que nos relacionamos las bendiciones que nosotros mismos hemos obtenido en la Palabra de Dios. Y, asà como el criado observaba a Rebeca, recordemos que Alguien considera con atención todo lo que hacemos. Al ver cómo la joven ejecuta ese trabajo simple, el criado comprende que ésta serÃa para Isaac una mujer afectuosa, activa y virtuosa como aquella que describe el capÃtulo 31 de Proverbios.
Lo primero que hace es prosternarse ante Jehová y darle gracias.
Dios condujo, como de la mano, al criado de Abraham en su entrevista con la familia de su amo. Ãste le habÃa hecho prometer que no tomarÃa para su hijo una mujer de entre las hijas de los cananeos (v. 3). Queridos jóvenes que conocen a Jesús, incluso si el matrimonio se presenta ante ustedes como una lejana eventualidad, no es demasiado pronto para retener firmemente la enseñanza de la Palabra sobre ese tema: âNo os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque⦠¿qué parte (tiene) el creyente con el incrédulo?â (2 Corintios 6:14, 15). Un hijo o hija de Dios no debe casarse más que dentro de la familia de la fe, es decir, con otro hijo o hija de Dios. Aquellos que no tuvieron en cuenta este precepto debieron confesar más tarde, con mucha tristeza, que la unión con un inconverso no es solamente una desobediencia formal a la Palabra del Señor, sino también una fuente de penas y sufrimientos para toda la vida.
¡Qué testimonio da el criado de Abraham acerca de su amo, al cual está orgulloso de pertenecer! (v. 34 a 36). Lo llama grande, rico, padre de un hijo, quien es heredero de todo cuanto le pertenece. Asà el EspÃritu Santo, cuando es recibido en un corazón, hace conocer al Padre y al Hijo; asimismo nosotros, rescatados del Señor, deberÃamos saber hablar de Ãl.
Las palabras con las cuales el criado de Abraham describió a su amo y las riquezas de las que dio algunas muestras conmovieron el corazón de Rebeca. Está decidida: âSÃ, iréâ, responde (v. 58).
Usted, que con frecuencia ha oÃdo hablar del Señor, que ha gozado de los tesoros de su gracia en casa de sus padres, ¿se ha decidido por él? La pregunta le es hecha hoy: ¿Irá usted? El EspÃritu de Dios no le incita a hacerlo dentro de algunos dÃas, o mañana, sino hoy.
Entonces comienza para Rebeca la larga marcha a través del desierto. Ha dejado todo para seguir al criado que la conduce hasta Isaac. Asà la Iglesia, Esposa de Cristo, continúa en este mundo âun desierto para ellaâ su camino de pena y fatiga, pero también de gozo porque el EspÃritu Santo la ocupa del Muy Amado, al que no ha visto, pero que viene a su encuentro. «¡Qué momento solemne para tu santa asamblea, cuando la introduzcas en los lugares celestiales!», dice un cántico. ¡Qué momento también para el Señor Jesús! Rebeca fue mujer de Isaac y él la amó a partir de ese momento. Pero Cristo ya ama a su Asamblea. Y su corazón, mucho más que el nuestro, espera ese bendito momento para la eterna satisfacción de su divino amor.
El final de la vida de Abraham termina con un vasto cuadro profético: capÃtulo 21: el nacimiento del Hijo; capÃtulo 22: la cruz y la resurrección del verdadero Isaac; capÃtulo 23: el alejamiento de Israel (la muerte de Sara); capÃtulo 24: el llamamiento de la Iglesia y su unión con Cristo en la gloria; capÃtulo 25: la introducción del reino de mil años, durante el cual las naciones de la tierra, representadas por los hijos de Cetura, serán bendecidas en relación con Isaac. A este último, Abraham le da todo lo que posee. Isaac representa a Cristo con el carácter de Heredero universal. âJehová me ha dicho: Mi hijo eres tú⦠PÃdeme, y te daré por herencia las nacionesâ (Salmo 2:7-8). Hacia ese glorioso futuro se dirigen los pensamientos de Abraham por la fe. Más allá de Isaac, contempla a Aquel en quien las promesas tendrán su realización. âAbraham se gozó de que habÃa de ver mi dÃaâ âdirá Jesús a los judÃosâ ây lo vio, y se gozóâ (Juan 8:56). Muere en la fe, âsin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándoloâ (Hebreos 11:13). Por eso Abraham es uno de esos hombres de los cuales Dios no tiene vergüenza, a tal punto de unir su nombre al Suyo propio, llamándose a sà mismo: âDios de Abrahamâ. ¿Puede Ãl también llamarse su Dios?
La fe de Isaac y de Rebeca es probada de la misma manera que la de Abraham y Sara: por la esterilidad. Esto da a Isaac ocasión de orar con insistencia a Dios, y Ãste le responde (v. 21; comp. 1 Crónicas 5:20). Nacen dos hijos gemelos, tan diferentes por su aspecto fÃsico como por el estado de sus corazones. La escena que se desarrolla más tarde entre los dos hermanos manifiesta este estado. Jacob, a pesar de actuar de manera inoportuna, muestra que aprecia el lugar de primogénito en la familia, la parte de la herencia que corresponde a ese lugar y, sobre todo, las promesas divinas hechas a Abraham y a su descendencia. Nada de eso tiene valor para Esaú. Concluye su trato, come, bebe, se levanta y se va, inconsciente de la incalculable pérdida que ha sufrido en un instante. Su conducta no solamente es insensata ââpor una sola comidaâ (Hebreos 12:16) sacrificó todo su porvenirâ sino que, además y sobre todo, es un insulto a Dios; es decirle: tus dones más preciosos no tienen más valor que esas pocas lentejas para calmar mi hambre.
La primogenitura es una figura de su privilegio, jóvenes amigos que han sido educados en una familia cristiana. Dios quiera que ninguno de ustedes desprecie la herencia celestial.
Isaac no sacó provecho de las tristes experiencias de su padre en los capÃtulos 12 y 20. Puesto a prueba por el hambre, también él va y habita en Gerar; allÃ, por temor, niega a su mujer y engaña asà a Abimelec. Las compañÃas mundanas nos exponen a las mismas consecuencias: falta de valentÃa para confesar nuestra relación con Cristo, miedo del oprobio, falso testimonio ante el mundo. Pero, en seguida, leemos una bella página de la historia del patriarca. Para ponerse al abrigo del hambre junto con su familia, siembra, cosecha y Dios bendice su trabajo. Su prosperidad provoca el celo de los filisteos (v. 14). Como en tiempos de Abraham, estos últimos procuran despojar al hombre de Dios del agua necesaria para la vida (cap. 21:25). Ãsta es provista por los antiguos pozos, figura de la Palabra y de las fuentes de refrigerio espiritual de las cuales gozaron las generaciones que nos precedieron, y de las cuales nosotros mismos tenemos que extraer y beber. Esos filisteos malvados, quienes tapan los pozos con tierra, nos hacen pensar en el enemigo de nuestras almas. Se esfuerza por llenar nuestras vidas con las cosas de la tierra, produciendo cada vez nuevas necesidades en nuestros corazones. De este modo nos despoja de la Palabra divina que nos es indispensable para lograr nuestra prosperidad espiritual.
Isaac vuelve a excavar uno tras otro los pozos de Abraham, tapados por los filisteos. Pidamos al Señor la misma energÃa, la misma perseverancia para apoderarnos de las verdades de las cuales han vivido nuestros predecesores, a fin de que, por una «excavación» personal, ellas vengan a ser nuestra propiedad. A cada esfuerzo del enemigo para desposeerlo de los frutos de su trabajo, Isaac responde cavando en otra parte, sin desanimarse. Pero se abstiene de disputar, ilustrando la exhortación de 2 Timoteo 2:24. Su gentileza puede ser conocida de todos (Filipenses 4:5). Soporta la injusticia, no amenaza, sino que se encomienda a Aquel que juzga justamente (1 Pedro 2:23). Al mismo tiempo, da un testimonio de su fe. La herencia le pertenece; ¿para qué apoderarse de ella por la fuerza? Dios ha prometido âtodas estas tierrasâ a su descendencia (v. 4). Isaac espera en Ãl para recibirlas cuando llegue el momento.
Los versÃculos 34 y 35 nos muestran cómo Esaú desprecia una vez más la voluntad divina escogiendo sus mujeres entre las cananeas, pueblo que Dios apartó de Israel (cap. 24:3 y 37). Esto causa una pena profunda a Isaac y a Rebeca. ¡Qué contraste con su propia historia vivida en la confianza y la dependencia de Dios! Que nuestros jóvenes lectores sepan sacar provecho de la experiencia de sus padres creyentes.
La escena relatada en este capÃtulo es bastante dolorosa. He aquà una familia en la cual Dios es conocido y, sin embargo, las concupiscencias, los fraudes y las mentiras se muestran muy tristemente. Isaac se enceguece fÃsica y espiritualmente. Ha perdido el discernimiento en tal grado que una comida sabrosa cuenta más para él que el estado moral de sus hijos. Sin buscar el pensamiento de Dios, se dispone a bendecir a su hijo preferido. Rebeca, por su lado, aconseja a Jacob que despoje a su hermano de esta bendición, engañando a su padre. Solamente Esaú podrÃa parecernos simpático en esta familia. Pero Dios conocÃa su corazón profano y, a través de esta aparente injusticia, Su voluntad se cumplÃa. Isaac tendrá que reconocerlo (v. 33, final).
Jacob consigue sus propósitos. Con la complicidad de su madre obtiene la bendición a la cual daba tanto valor. Pero, si para recibirla hubiese confiado en Dios en lugar de obrar con engaño, ¿no la habrÃa recibido igualmente? ¡Sin ninguna duda! Dios, quien habÃa declarado: âel mayor servirá al menorâ (cap. 25:23), no podÃa contradecir su palabra ni permitir ningún error. Y Jacob se hubiera evitado muchas penas y mucho tiempo perdido. El camino del Señor para nosotros siempre es sencillo, pero ¡cuántas veces lo complicamos con nuestras desatinadas intervenciones! (Salmo 27:11).
Hebreos 12:16-17 relaciona esta escena con la del capÃtulo 25. Esaú, el profano, desea ardientemente heredar la bendición, pero es rechazado a pesar de sus lágrimas; antes la habÃa despreciado y ahora es demasiado tarde (Proverbios 1:28-31). El mundo está lleno de personas que, como este hombre, venden su preciosa alma a cambio de algunos placeres pasajeros. Su dios es el vientre y sólo piensan en lo terrenal (Filipenses 3:19). Son de esta tierra, tienen su porción en esta vida (Salmo 17:14). Un terrible despertar les espera cuando «más tarde» reconozcan su locura. Las lágrimas que derramarán en el lugar espantoso, donde será el lloro y el crujir de dientes, serán vanas, como las de Esaú, para obtener la bendición perdida a causa de ellos mismos. Para Jacob empiezan las dificultades. El odio de su hermano, excitado por el rencor y los celos, lo obliga a dejar a los suyos. No volverá a ver a su madre, pese a que ésta habÃa previsto una separación de sólo algunos dÃas (v. 44). Rebeca también sufrirá las consecuencias del engaño que ambos habÃan perpetrado.
La Escritura, al dar un gran lugar al relato de la vida de Jacob, nos permite admirar el largo y paciente trabajo de la gracia de Dios para con uno de los suyos.
Jacob abandona la casa paterna, pero Dios le hará conocer Su propia casa (Bet-el significa: âcasa de Diosâ). En medio de las dificultades y lejos de la seguridad que brinda el techo familiar, es cuando a veces se presenta la ocasión de encontrar al Señor. Los que tienen padres creyentes no necesitan abandonar el hogar para hallar al Señor, pero es necesario que este encuentro tenga lugar y que el Dios de sus padres venga a ser también su Dios.
¡Sueño extraño el de Jacob! ¿Qué nos enseña esta escalera por la cual los ángeles suben y bajan? Ella habla de las relaciones entre el cielo y la tierra, y pensamos en Aquel que las ha establecido para nosotros al bajar a esta tierra y al subir a la gloria (Juan 3:13, 31; Efesios 4:10). Al pecador cansado, la gracia de Dios le muestra la puerta del cielo (v. 17) y le comunica sus promesas gloriosas. â¡Cuán terrible es este lugar!â, exclama el viajero al despertarse. Una conciencia culpable no puede estar confiada, ni siquiera en la presencia del Dios de gracia (comp. Lucas 5:8). Jacob, en el extraño trato que tiene la pretensión de hacer con Jehová, pone condiciones a las firmes promesas de Dios y ofrece servirle a cambio de los beneficios que reciba. Muchos, como él, dudan apropiarse, mediante la fe, del don gratuito de Dios y piensan que sus esfuerzos deben merecerle Su favor.
âTe guardaré por dondequiera que fueres⦠porque no te dejaréâ, habÃa prometido Jehová a Jacob durante la noche pasada en Bet-el (cap. 28:15). Cuánto consuelo da pensar que el ojo de Dios sigue continuamente a los suyos, incluso cuando ellos descuidan mirarle (Salmo 32:8). Estos providenciales cuidados conducen a Jacob a la familia de su madre, junto a su tÃo Labán. Asistimos de nuevo a un encuentro cerca de un pozo, quizás el mismo del capÃtulo 24. Pero esta vez no oÃmos ninguna oración de la boca del viajero, ni para pedir a Dios que le proporcione un encuentro feliz, ni para darle gracias por haber hecho prosperar su viaje. Tampoco vemos a la joven dar de beber al visitante cansado. ¡Qué diferencia también en la casa de Labán! Jacob cuenta âtodas estas cosasâ (v. 13), pero no oÃmos en su relato ninguna mención del nombre de Jehová, ni de la manera en que Ãl ha bendecido a su familia (comp. cap. 24:35), ni nada sobre su encuentro en Bet-el. ¿Cuáles son nuestros temas habituales de conversación cuando nos encontramos con un pariente o un amigo cristiano? ¿Aprovechamos para conversar sobre temas edificantes? ¿Es el Señor el centro? Para que asà sea, es necesario que nuestros corazones estén continuamente con Ãl.
La historia de Jacob es la de la disciplina o, dicho de otra manera, la escuela por la cual Dios hace pasar a los suyos. Es a menudo una escuela penosa, pues Hebreos 12:11 afirma ây nuestra experiencia lo confirmaâ âque ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristezaâ. Pero la finalidad de Dios es guiarnos a âlo que nos es provechoso, para que participemos de su santidadâ (v. 10). La clase en la cual entra Jacob durará veinte años, los que pasará en una condición cercana a la esclavitud. ¿Y cómo le enseñará Dios sus lecciones? Permitirá que le hagan lo mismo que él ha hecho a otros. Jacob, cuyo nombre significa «el que suplanta» y que estaba bien justificado, será a su vez robado y despojado. ¡HabÃa engañado a su padre, él, el más joven, haciéndose pasar por el mayor! ¡Tiene que enfrentarse ahora a un padre que lo engaña haciendo pasar a su hija mayor por la más joven! Cuántas veces descubrimos la molestia y la maldad de nuestros actos sólo cuando a nuestra vez los sufrimos de parte de los otros (Jueces 1:7; IsaÃas 33:1, final). El único tema feliz del cual nos habla este capÃtulo es el amor devoto de Jacob por Raquel. Pensamos en el amor de Aquel que, para adquirirnos, vino a ser el Siervo perfecto.
Estos versÃculos nos presentan la familia de Jacob. ¡Página importante del Antiguo Testamento, puesto que los doce hijos del patriarca llegan a ser a su vez doce patriarcas (Hechos 7:8) y darán sus nombres a las tribus de Israel! A través de ellos se cumplirán las promesas hechas a Abraham y a Isaac, como también a Jacob durante la noche pasada en Bet-el. De los descendientes de Levà saldrán los sacerdotes, de Judá los reyes y el mismo MesÃas.
La familia de Jacob, a excepción de José, es la imagen de su jefe: intereses egoÃstas, rivalidades, recursos dudosos la caracterizan. A pesar de esos extravÃos, Dios tiene sus ojos puestos en ella y quiere bendecirla. Igualmente hoy las familias de los creyentes son preciosas para el corazón del Señor. Nos conoce a todos por nuestro nombre y desde nuestros primeros pasos nos prepara para el servicio al cual nos destina. ¿Y cuál es el llamamiento glorioso de los creyentes ahora? ¿No es de ser âreyes y sacerdotes para Dios, su Padreâ? (Apocalipsis 1:6). El nacimiento de José, tipo de Cristo, anuncia para la familia de Jacob el fin de su servidumbre y el retorno al paÃs de la promesa (v. 25). Espiritualmente siempre es asÃ: a partir del momento en que Cristo toma su lugar en nuestras casas y en nuestros corazones estamos en condición de experimentar la liberación y la bendición celestial.
El pobre Jacob se agita, especula, rivaliza en astucia y engaño con Labán, procurando enriquecerse mediante su propia inteligencia y esfuerzos. Cuán triste es ver a un creyente luchando con las gentes del mundo por los bienes terrenales. Isaac habÃa dado un ejemplo muy diferente a su hijo Jacob (cap. 26:15-22).
En 1 Timoteo 6:6-10, el apóstol pone en contraste el deseo de enriquecerse con la piedad, la cual, con el contentamiento, es una gran ganancia. He aquÃ, pues, la doble ganancia, las verdaderas riquezas que se deben buscar: 1. La piedad, es decir, las relaciones con Dios, de las cuales nos hablan los altares. Pero, en su destierro, Jacob no tiene altar, no tiene relación consciente con Dios. 2. El contentamiento que los patriarcas ponÃan en práctica viviendo en tiendas, y que incluso Jacob mismo habÃa practicado (cap. 25:27). El apóstol Pablo aprendió personalmente a estar contento en cualquier circunstancia en que se encontrara (Filipenses 4:11). ¡Cuán difÃcil es estar siempre contento! Sin embargo, el mejor testimonio que podrÃamos dar a nuestro alrededor ¿no es mostrar que estamos satisfechos con lo que Dios nos ha dado? Pues nos ha dado nada menos que a su propio Hijo y todas las cosas con él (Romanos 8:32).
A pesar de lo desagradable que es la forma de comportarse de Jacob, reconozcamos su paciencia. Soporta sin quejarse las fatigas y las privaciones, al igual que todas las injusticias de las cuales es objeto por parte de Labán. Lo que lo sostiene es el recuerdo del paÃs dado por Dios a Abraham y a su descendencia. No ha olvidado la promesa que Dios le hizo en Bet-el en cuanto a hacerlo volver al paÃs de sus padres. Esta esperanza se mantiene viva en su corazón, y por fin llega el momento de cumplirse. Cristianos, extranjeros en la tierra, ¿no tenemos, nosotros también, una promesa por parte del Señor acerca de la Patria celestial en la cual nos hará entrar pronto? Esta esperanza deberÃa darnos toda la paciencia y el ánimo necesarios para soportar las dificultades e incluso las injusticias.
Aun obedeciendo al mandamiento de Jehová (v. 3), Jacob permanece tristemente fiel a su carácter astuto: engaña a Labán al huir de él a escondidas. ¿No es al mismo tiempo una falta de confianza en Dios? Aquel que le daba la orden de ponerse en camino no podÃa permitir que Labán lo retuviese (v. 24). Y este último no habrÃa podido hacer sino someterse, reconociendo como antaño: âDe Jehová ha salido estoâ (cap. 24:50).
Avisado de la huida de Jacob, Labán sale en su persecución y lo alcanza. Como hombre del mundo astuto e hipócrita, emplea palabras lisonjeras mientras su corazón está lleno de envidia y celos. Finge gran afecto por sus hijas y nietos en tanto que sus propios intereses son los que siempre le guiaron (v. 15). Finge temer a Dios (v. 29, 53) mientras busca activamente a sus dioses falsos.
Es triste ver la importancia que Raquel da a esos Ãdolos. En cambio, podemos estar seguros de que Rebeca de buen grado habÃa dejado atrás esos objetos cuando se marchó con el siervo de Abraham. Estos dioses corresponden a las cosas del mundo que no nos decidimos a abandonar y que creemos poder llevar con nosotros en el camino hacia nuestra Patria. Nos es posible esconderlos durante cierto tiempo en lo más profundo de nuestro corazón. ¡Pero quiera Dios, quien todo lo ve, ayudarnos a saber discernir y rechazar resueltamente todo lo que, en nuestros afectos, toma el lugar del Señor Jesús! ¡Son Ãdolos!
Jacob y Labán se separan finalmente. El montón de piedras o majano constituirá una frontera entre ellos. No hay terreno común entre el creyente y el hombre del mundo, incluso cuando pertenezcan a la misma familia. Jacob ofrece un sacrificio (v. 54); conocÃa su lugar y dignidad ante Dios.
Hebreos 1:14 nos enseña que los creyentes se benefician con el servicio de los ángeles, muchas veces sin que lo sepan. Pero, cuando Jacob se marchó de Canaán, Dios en cierto modo quiso presentarle a aquellos a quienes iba a emplear para cuidar de él durante su exilio (cap. 28:12). Ahora, en el momento de su regreso, los ángeles de Mahanaim le dan la bienvenida al paÃs de la promesa. Pero Jacob no está en condiciones de regocijarse por la bondad del Dios que le otorgaba su voto de antaño (cap. 28:20, 21). En efecto, su corazón no está liberado del temor del hombre. Si no tiene tras él a Labán, tiene ante sà a Esaú y tiembla ante la perspectiva de encontrarlo. Recurre a la oración (v. 9 a 12), pero inmediatamente después toma todas las precauciones imaginables, como si verdaderamente no creyese a Dios capaz de liberarlo. ¿No nos parecemos a él algunas veces? Veamos también la actitud servil de Jacob (v. 18 y 20), pese a que la bendición de su padre habÃa hecho de él el amo de sus hermanos. Finalmente estemos convencidos de que, en lugar de toda esta «puesta en escena», de todos estos prudentes arreglos, hubiera sido mejor que Jacob pasara a la cabeza de su gente y, confiando en Dios, pidiera con valentÃa perdón a su hermano ofendido.
Una segunda noche memorable se inscribe en la historia de Jacob. Ese combate con el Ãngel es como el resumen de toda su vida anterior. Siempre habÃa buscado la bendición por sus propios esfuerzos; en eso se habÃa opuesto a Dios. Ahora comprueba que la energÃa del hombre no puede vencer y prevalecer. Con un gesto de Dios (v. 25) ella es aniquilada. Entonces Jacob se ve en la obligación de cesar de confiar en sà mismo. Aprende esta verdad básica para la vida del creyente: âCuando soy débil, entonces soy fuerteâ (2 Corintios 12:10). Y en ese momento triunfa al declarar por fe: âNo te dejaré, si no me bendicesâ (v. 26; Oseas 12:4). ¡Victoria de la oración! Obtiene la bendición bajo la forma de ese nombre de Israel, tan grande en los consejos de Dios, en la Escritura y en la Historia, ese nombre que nos habla de Cristo, el Vencedor, el PrÃncipe, el verdadero Israel de Dios.
Queridos cristianos, Dios quiere hacer de nosotros vencedores. Si nos detiene en nuestra marcha dirigida por nuestra propia voluntad y nos quita nuestra energÃa carnal, es con el fin de darnos su poder.
Jacob recordará a Peniel. Su bastón se lo rememorará continuamente. Su cadera ha sido descoyuntada, pero su alma ha sido liberada (Romanos 7:24, 25).
Después que Dios hubo cambiado el nombre a Abraham, su antiguo nombre de Abram desapareció definitivamente. Pero el nombre de Jacob subsiste hasta el final, y el nuevo nombre de Israel no alternará con él hasta mucho tiempo después de Peniel, signo de que el viejo Jacob, el suplantador, no habÃa terminado de manifestarse. Sin embargo, la gracia divina era evidente para con él y los suyos. Dios habÃa respondido a su oración del capÃtulo 32:11 inclinando el corazón de Esaú (v. 4). Y, para recalcar que era la obra de Dios, que los regalos preparados cuidadosamente por Jacob no influÃan para nada en las buenas disposiciones de su hermano, el versÃculo 8 muestra que este último ni siquiera habÃa comprendido su finalidad. No obstante, vemos reaparecer los temores del pobre Jacob. A Esaú, que querÃa protegerlo, hubiera podido darle testimonio de su confianza en la protección del Dios Omnipotente; en lugar de eso, se evade con una mentira, pues dice que va a Seir, y va a Sucot. Después de lo cual âtodavÃa peorâ se edifica una casa (v. 17) y compra un campo (v. 19), renegando doblemente de su carácter de extranjero. Las consecuencias no tardan: siguen relaciones que ocasionan la deshonra de su hija y la venganza odiosa de dos de sus hijos, triste tema del capÃtulo 34.
Después de los vergonzosos acontecimientos ocurridos en su familia, Jacob está turbado, desanimado (cap. 34:30). Pero Dios no quiere dejarlo en ese estado y se dirige a él una vez más: âLevántate y sube a Bet-el, y quédate allÃ; y haz allà un altarâ. Bet-el, casa de Dios, es el lugar de Su presencia. La misma voz divina invita al cristiano, cada primer dÃa de la semana, a cesar de ocuparse en los asuntos de la tierra y trasladarse al lugar donde el Señor ha prometido su presencia, y allà adorarlo en espÃritu y en verdad. Pero, antes de poder obedecer, Jacob sabe bien que una cosa es indispensable. Sus tiendas esconden objetos que no convienen a la santa presencia de Dios, aunque sólo sean los Ãdolos de Labán en la tienda de Raquel. Esos âdioses ajenosâ, mucho tiempo tolerados, deben ser desechados en el momento de presentarse ante Jehová. Sólo después de esto Jacob puede subir a Bet-el, un lugar al que ya no encuentra âterribleâ; allà edifica un altar, recuerda con agradecimiento las bendiciones recibidas y oye de parte de Dios la confirmación de todas sus promesas. Una vez que hubo juzgado y abandonado lo que era incompatible con su elevado servicio, el adorador es colmado en la presencia de Dios de múltiples y preciosas bendiciones (Oseas 14:4-8).
¡Nueva etapa en la vida de Jacob! Mientras está en camino sobrevienen simultáneamente el nacimiento de BenjamÃn y la muerte de Raquel. El camino del cristiano también está sembrado de alegrÃas y tristezas. Como Jacob, puede «erigir pilares» (v. 14, 20).
Cada uno de los dos nombres dados al niño nos hablan del Señor Jesús. Benoni, hijo de mi tristeza, es el nombre de Aquel sobre quien Israel se afligirá âcomo quien se aflige por el primogénitoâ (ZacarÃas 12:10), de aquel que fue afligido en la tierra, un hombre de dolores, sometido al sufrimiento. Pero, al mismo tiempo, es el verdadero BenjamÃn, el Hijo de la diestra del Padre, a quien Dios dijo: âSiéntate a mi diestraâ (Salmo 110:1; varias veces citado en el Nuevo Testamento). Los dos nombres son inseparables, llevados por la misma persona. Nos recuerdan que los sufrimientos y las glorias de Cristo no pueden ser disociados (1 Pedro 1:11).
Otro nombre en nuestra lectura nos hace pensar en Jesús: Belén (v. 19), donde nacerá el Salvador. El sepulcro de Raquel se erige ahÃ, lugar de lágrimas mencionado al principio del evangelio de Mateo (2:18), pero también lugar donde será anunciado el tema de gozo más grande de todos los tiempos (Lucas 2:10).
Con el nacimiento de BenjamÃn la familia de Jacob ahora está completa (cap. 35:22-26). Paralelamente, la familia de Esaú prospera. Cuenta con numerosos jefes, incluso reyes (v. 35-39). Ciertos jóvenes ambicionan llegar a ser jefes, pero ¡cuánto mejor es obedecer al Señor y servir a los que Le pertenecen que tener autoridad sobre otras personas! El Señor lo enseña a sus discÃpulos: âSabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas⦠Pero no será asà entre vosotros, sino que el que⦠de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todosâ (Marcos 10:42-44).
Entre los hombres notables mencionados aquÃ, uno encontrará manantiales de agua caliente en el desierto, imagen de todas las decepciones de este mundo, de lo que no apaga la sed (v. 24 - N.C. y otras versiones). Otro, Amalec, llegará a ser el más acérrimo enemigo de Israel, y este último tendrá que enfrentarse con él a lo largo de su historia.
El final del versÃculo 8 nos recuerda: ¡âEsaú es Edomâ! El nombre de Jacob, el suplantador, ha sido cambiado por Israel: PrÃncipe de Dios; mientras que Esaú llega a ser llamado Edom (cap. 25:30), que significa: «rojo», «potaje». ¡IronÃa terrible! Este hombre y su descendencia, de generación en generación, han sido condenados a llevar como nombre el del plato cambiado por la primogenitura.
Empezamos ahora la bella historia de José. Probablemente no exista en toda la Escritura un personaje que represente en «figura» al Señor Jesús de una manera más completa. José, objeto del amor particular de su padre, es al mismo tiempo vÃctima del odio y de la envidia de sus hermanos, los hijos de Israel (comp. Juan 3:19; Mateo 21:38). Da testimonio contra ellos de la maldad que los caracteriza (v. 2) y ante ellos de su exaltación futura, la cual rehúsan creer. Asà también Cristo, centro de las profecÃas respecto a la tierra (v. 7) y al cielo (v. 9), fue el testigo fiel y verdadero contra el mundo y sus malas obras (Juan 7:7) y, para con el mundo, de Sus propias glorias futuras (Mateo 26:64). Jacob vistió a José con una túnica de diversos colores, marca visible de su favor y que nos recuerda que Jesús ha sido designado públicamente como el objeto de las delicias del Padre (Mateo 3:17; Hechos 2:22). José es, para cada uno de nosotros, un modelo de obediencia. âHeme aquÃâ, responde cuando su padre lo envÃa a visitar a sus hermanos, quienes, no obstante, lo aborrecen (v. 13). ¡Pero en Jesús tenemos un modelo más grande! Se presentó con una obediencia perfecta cuando el Padre quiso enviarlo: âHe aquÃ, vengo⦠El hacer tu voluntad, Dios mÃo, me ha agradadoâ (Salmo 40:7, 8).
El largo camino seguido por José en busca de sus hermanos recuerda el que recorrió el Hijo de Dios para buscar y salvar a los que estaban perdidos. Primeramente camino de despojamiento: siendo Dios, se hizo hombre. Luego, camino de humillación hasta la muerte, sÃ, hasta la muerte de cruz (Filipenses 2:7, 8).
Después viene el crimen cuyos detalles hablan de la cruz de Cristo: sus hermanos urden ruines conspiraciones para matar a aquel que habÃa venido a servirles (Salmo 109:5; JeremÃas 11:19; Juan 11:53); âse juntan contra la vida del justo, y condenan la sangre inocenteâ (Salmo 94:21). Lo despojan de su vestido (Salmo 22:18) y lo echan en la cisterna, imagen de la muerte. Todos esos sufrimientos fueron en su plena realidad la parte del Salvador.
Finalmente venden a José como esclavo por veinte piezas de plata a unos extranjeros. Aquel que es más grande que José fue vendido por treinta piezas, hermoso precio en el que fue estimado por ellos (ZacarÃas 11:13), y luego fue entregado por los judÃos a Pilato. ¡Qué desamparado debió sentirse José! ¡Y cuánto más grande fue la angustia de Aquel de quien José no es más que una débil imagen, cuando tuvo que pasar por todos esos dolores, por una muerte verdadera y por el abandono de Dios, por amor a usted y a mÃ!
El capÃtulo 38 está intercalado en la historia de José como para mostrarnos, por el ejemplo de su hermano Judá, qué graves pecados y desórdenes en la familia podemos cometer cuando ponemos de lado a Cristo, el verdadero José. En contraste, en el capÃtulo 39 volvemos a encontrar a José en Egipto, joven temeroso de Dios que se guarda puro y separado del mundo. Por eso Dios, bendiciendo de manera evidente toda la actividad de su fiel testigo, se complace en mostrarnos que tal piedad le es agradable. Cuando la tentación se presenta, José la rechaza (v. 8), no escucha (v. 10), huye (v. 12; qué contraste con lo que le ocurrió a Sansón en Jueces 16:16, 17).
Creyentes jóvenes, sin duda un dÃa tendrán que dejar la casa paterna para residir en un ambiente hostil y peligroso, por ejemplo el del servicio militar. Que este ejemplo de José, quien también estaba lejos de su familia, sea para ustedes un estÃmulo en los combates que inevitablemente tendrán que librar. â¿Con qué limpiará el joven su camino?ââpregunta el salmistaâ; âcon guardar tu palabraâ, se responde inmediatamente. Asà se armó para el dÃa de la tentación: âEn mi corazón he guardado tus dichos (tu palabra), para no pecar contra tiâ (Salmo 119:9, 11). La cosa más preciosa, en el lugar más apropiado, para lograr el mejor objetivo.
Una vez más, José es objeto de una horrible injusticia. Bajo un falso testimonio, es condenado y encerrado en la cárcel con otros prisioneros. El Salmo 105, versÃculo 18, describe sus sufrimientos fÃsicos y morales: âLastimaron sus pies con grillos; su persona (en hebreo: su alma) fue puesta en hierrosâ (V.M.). Y una vez más esos sufrimientos anuncian los del Salvador. Pusieron las manos sobre Jesús (Marcos 14:46), se reunieron contra él testigos falsos (Mateo 26:59, 60), âfue contado con los inicuosâ (Marcos 15:28), él, quien ningún mal habÃa hecho (Lucas 23:41).
La cárcel estaba llena de prisioneros culpables. ¡Cuán conmovedor es ver a José en medio de ellos, sin estimarse superior a causa de su inocencia, sin sublevarse en modo alguno, sin desanimarse tampoco, sino sirviendo sin cesar! Nuestros pensamientos se dirigen hacia el Hombre perfecto que vino a participar de nuestra condición miserable y desesperada para servirnos con amor. âAnduvo haciendo bienesâ, dice Pedro (Hechos 10:38), y añade: âPorque Dios estaba con élâ. Ãsta será también para José, tanto en la cárcel como en casa de Potifar (cap. 39:3, 21, 23), su consolación y el secreto de su prosperidad. ¡Quiera Dios que siempre y en todas partes podamos hacer la misma feliz experiencia!
En estos dos siervos del rey de Egipto, el copero y el panadero, tenemos una muestra de toda la humanidad. âPorque no hay diferencia, por cuanto todos pecaronâ, declara la Escritura (Romanos 3:23). Todos pecaron contra Dios, todos merecÃan su ira, su castigo. Pero después viene la diferencia. Unos aceptan por fe la buena nueva de la salvación por gracia. Y ante los otros es puesta la perspectiva de la horrorosa segunda muerte. No existen en el mundo otras alternativas sino estas dos: salvado o perdido. ¿A cuál de ellas pertenece usted?
A diferencia del panadero que ya no podÃa escapar del juicio del rey, hoy dÃa todavÃa es posible, si se recibe el Evangelio de la gracia, pasar de la condición de pecador perdido a la de rescatado por Cristo.
Los dos malhechores en la cruz ilustran aun mejor esas dos clases que dividen a la humanidad. Uno permanece insensible y muere en sus pecados. Pero el otro, en respuesta a su oración (âSeñor, acuérdate de mÃâ), obtiene esta maravillosa respuesta: âHoy estarás conmigo en el paraÃsoâ (Lucas 23:42, 43). Asà como aquà José es el mensajero de la gracia soberana, Jesús es el primero en anunciar la salvación y âlas buenas nuevas de pazâ (Efesios 2:17).
La oración del malhechor nos ha sido recordada anteriormente: âAcuérdate de mÃâ (Lucas 23:42). En el capÃtulo 40:14 es José quien pide al copero, cuando éste va a ser liberado: ¡âAcuérdate, pues, de mÃâ! Es triste leer en el versÃculo 23 del mismo capÃtulo: âEl jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidóâ. En lo que nos concierne, rescatados del Señor, beneficiarios de su gran salvación ¿no somos frecuentemente ingratos al olvidar a aquel que nos ha salvado? Aunque todo lo debemos a Jesús, descuidamos hablar de él a aquellos que no tienen el privilegio de conocerle. Como el Señor sabÃa que nuestros corazones son olvidadizos, cuando instituyó la Cena, dio a los suyos el pan y la copa pidiéndoles: âHaced esto en memoria de mÃâ (Lucas 22:19).
Después del sueño de Faraón, el copero recuerda. Debió de costarle decir: âMe acuerdo hoy de mis faltasâ (v. 9). Pero no podÃa hablar de José sin decir dónde y por qué lo habÃa encontrado. Igualmente, para dar testimonio de Jesús, Salvador nuestro, no temamos reconocer en qué estado de miseria y de pecado nos encontrábamos cuando nos hizo conocer la liberación.
Como Faraón, turbado por un sueño, los hombres están hoy dÃa atormentados, ansiosos. El futuro les inquieta. Se sienten a la merced de imprevisibles catástrofes. No obstante, la Biblia contiene todo lo que el hombre puede saber respecto al porvenir. Pero las profecÃas son incomprensibles para aquellos que no tienen el EspÃritu de Dios. En vano Faraón consulta a los más sabios de su reino. Ante Dios toda la sabidurÃa humana fracasa. Entonces aparece José. Le son abiertas las puertas de la cárcel y, con la sabidurÃa de lo alto viene a traer âuna respuesta de pazâ a Faraón. No deja de aclarar que esta respuesta viene de Dios y no de él mismo (comp. Daniel 2:28).
Un cristiano que conoce la Biblia sabe más sobre el porvenir del mundo que los hombres polÃticos más listos. Por el EspÃritu Santo, Dios ânos ha dado entendimientoâ (leer Juan 16:13; 1 Juan 2:20 y 5:20). Espiritualmente hablando, nuestra época corresponde a un perÃodo de abundancia. Para el mundo será seguida por un tiempo de hambre anunciado por los profetas, âno hambre de pan, ni sed de agua, sino de oÃr la palabra de Jehováâ (Amós 8:11). El tiempo de la gracia habrá terminado. Lector, ¿está usted preparado?
Una gran página de la historia de José ha dado vuelta. Después de los sufrimientos vienen las glorias (comp. Lucas 24:26). El que otrora fue afligido, echado en la cisterna, esclavizado en un paÃs extranjero y encarcelado, llega a ser el señor del paÃs (cap. 42:30), el salvador del mundo, aquel ante quien todas las rodillas se doblan (ver nota, v. 43). Cada uno de esos tÃtulos nos habla de Aquel que, después de haber sido humillado y despreciado, será honrado por todos y por siempre. A Jesús, el Nazareno, Dios le elevó a lo sumo y le coronó de gloria y de honra (Hebreos 2:7). Y, como complemento supremo de todas esas glorias, a José le es dada una esposa, imagen de la Iglesia, tomada de en medio de las naciones (Efesios 1:20-23). Los nombres de sus hijos evocan el penoso trabajo del alma del salvador. Manasés (v. 51): trabajo olvidado. EfraÃn (v. 52): para gustar fruto en abundancia (comp. IsaÃas 53:11).
El Salmo 105:16 a 21, ya citado, resume esta historia magnÃfica. Dios, antes de enviar a la tierra el hambre que ya habÃa decretado, preparó a José (tipo de Cristo) por medio de sus aflicciones, para desempeñar el papel de salvador y sustentador de la vida para el mundo y para la familia de Israel (EfraÃn = doble fertilidad). Nosotros también podemos exclamar con admiración, respecto a Jesús: â¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste?â (v. 38).
Lo que el Señor anuncia se cumple infaliblemente. Asà ocurre con la palabra de José, que era la de Dios mismo. Los siete años de abundancia pasan y después comienza el hambre.
Dios ensaya todos los medios para volver hacia Ãl los pensamientos de los hombres. Por eso en el mundo se suceden la paz y la guerra, la abundancia y las privaciones, al igual que en la vida de cada ser humano se suceden las alegrÃas y las pruebas. Desgraciadamente, los hombres casi no piensan en dar gracias al Señor por el gozo que les otorga y generalmente tampoco acuden a Ãl para encontrar el socorro en sus pruebas. Sin embargo, asà como Faraón mandaba: âId a Joséâ, el EspÃritu de Dios apremia a los hombres para que se vuelvan hacia el Salvador, y Ãl mismo llama: âVenid a mÃâ (Mateo 11:28). SÃ, vayamos al Ãnico que da en abundancia lo que nuestras almas necesitan para ser alimentadas. Sepamos también aprovechar las épocas de abundancia espiritual, las reuniones o lecturas edificantes por ejemplo, para llenar los âgranerosâ de nuestra memoria y de nuestros corazones (Proverbios 10:5). En los momentos de necesidad, de soledad, de desaliento, lo que hayamos reservado nos dará fuerza y gozo en el Señor. Sobre todo, no olvidemos el final del versÃculo 55: âHaced lo que él os dijereâ (comp. Juan 2:5).
Mientras esos sucesos se desarrollaban en Egipto, la familia de Jacob fue dejada de lado en el texto inspirado. Fue como si Dios hubiese dicho: «Después de vuestro crimen, y ahora que José ya no está en medio de vosotros, ya no tengo ningún interés en contar lo que os concierne». Asà ocurre con la triste historia del hombre ây en particular con la de Israelâ después de haber rechazado al Salvador. Dios no tiene nada más que decir de ese pueblo. Pero, en su paciencia infinita, no ha olvidado al objeto de sus fieles promesas. Espera solamente el momento favorable para restablecer las relaciones. Y ese momento favorable es el hambre. Si Dios permite, incluso en los suyos, pruebas como las privaciones y la enfermedad, es frecuentemente para que Cristo, el verdadero José, tome o vuelva a tomar todo el lugar en sus vidas. No pensemos que el tiempo puede borrar el más mÃnimo pecado; cada uno de ellos está siempre presente ante los ojos del Señor, incluso si nosotros lo hemos olvidado, y tarde o temprano será necesario habérselas con Ãl respecto a ese tema.
âSomos hombres honradosâ (v. 11), se atreven a afirmar esos hermanos criminales cuando se presentan ante aquel que puede probar lo contrario y confundirlos con sólo revelar su nombre. Pero, después de tres dÃas y otra conversación entre José y sus hermanos, la conciencia de ellos empieza a hablarles.
La intención de José al recibir duramente a sus hermanos no es vengarse, lo comprendemos bien. Pero por experiencia conoce la maldad de sus corazones, y su finalidad es llevarlos a un verdadero arrepentimiento. Para ello emplea sucesivamente la severidad y la benevolencia, los sobresaltos y los estÃmulos, las acusaciones y los festines. Todo es dirigido con la sabidurÃa más grande; esto nos muestra, por comparación, cómo el Señor obra cuando quiere despertar nuestra conciencia y nuestro corazón. Es necesario que algunas veces nos hable âduramenteâ.
Las acusaciones de José son injustas. Sus hermanos no son espÃas. Pero sienten que Dios les habla y recuerdan su común pecado, su propia injusticia en cuanto a su hermano.
A veces padecemos injusticias, pero en lugar de irritarnos y procurar justificarnos, preguntémonos lo que Dios quiere enseñarnos por ese penoso medio.
Para Jacob todo conduce a su bien, aunque diga en el versÃculo 36: âContra mà son todas estas cosasâ. Deberá aprender que si Dios está por él, nada puede estar contra él, y que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28, 31). En efecto, de esta manera Dios le devolverá a José.
Los hermanos de José están llenos de temor. Es un signo de que sus conciencias no se sienten bien. Deben volver a José y darle explicaciones sobre el dinero que han encontrado en sus sacos. ¿Cómo van a ser recibidos? No nos quedemos lejos del Señor cuando tengamos un peso sobre nuestra conciencia. Vayamos enseguida a Ãl para confesarle todo. El versÃculo 8 traza el camino que debe seguir todo pecador: levantarse, ir y vivir (comp. Lucas 15:18).
Los hombres han podido convencer a su padre para que BenjamÃn los acompañe y, finalmente, se ponen en camino llevando consigo un presente: el mejor producto del paÃs (v. 11). Pero el poderoso José, aquel cuyos graneros están llenos, ¿tiene necesidad de algo? El hombre siempre ha tenido la pretensión de llevar algo a Dios. Pero de Su parte todo es gratuito. No puede aceptar nada, ni siquiera lo mejor que produzca el hombre. Miel, especias, nueces, almendras, son productos de lujo, insuficientes para alimentar a aquellos que no tienen trigo. Lo que hace falta a nuestros corazones es el trigo celestial, el alimento de lo alto, el único que puede calmar el hambre de nuestras almas. El mundo nos presentará algunas golosinas, pero el Señor Jesús, el verdadero José, sólo podrá darnos el trigo del paÃs celestial, presentándose Ãl mismo a nuestros corazones.
¡Cuánto les cuesta a los hermanos de José poner de lado sus propios recursos! No obstante, es necesario que acepten el hecho de que su deuda ha sido pagada. Podemos estar seguros de que las cuentas del mayordomo de José estaban en orden, puesto que afirma: âYo recibà vuestro dineroâ (v. 23). El gran José habÃa pagado personalmente por sus hermanos. Asà Cristo ha corrido con todos los gastos de nuestra paz. Nuestra deuda ha sido pagada enteramente y sólo Ãl conoce la importancia de su monto. Sin embargo, mientras el mal no es juzgado y confesado, el gozo de la comunión no puede ser gustado. La comida que toman juntos es imagen de esta comunión, la cual implica un perfecto acuerdo, un reparto, una conversación común entre todos los participantes. ¿No sucede asà en la Mesa del Señor, en la cual los creyentes, todos juntos, piensan en Sus sufrimientos? Pero aquÃ, a causa del pecado que erige una barrera entre ellos, José come aparte de sus hermanos (v. 32).
Al leer estos capÃtulos podemos ver llorar a José varias veces (cap. 42:24; 43:30; 45:2, 14; 46:29; 50:1, 17 final). ¡Cosa admirable: no le vemos llorar en la cisterna ni en la cárcel! Las que derrama siempre son lágrimas de amor. Ãstas nos hacen pensar en las del Señor Jesús (Juan 11:35; Lucas 19:41).
La red se estrecha alrededor de los hermanos de José. Circunstancias imprevisibles, pero dirigidas por una mano fiel, les obligan a volverse atrás y a comparecer ante aquel que todo lo sabe. Ahora la conciencia de ellos ha sido conmovida. â¿Qué diremos⦠con qué nos justificaremos?â (v. 16). Moralmente, ¡cuánto camino han recorrido desde el momento en que pretendÃan ser gente honrada! (cap. 42:11). Por eso la liberación se aproxima.
Como toda la historia de José, estas escenas tienen un alcance profético. Israel, provisionalmente puesto de lado como consecuencia del rechazamiento de Cristo âel verdadero Joséâ será llevado a reconocer su crimen. Verá en el Nazareno al que despreció y crucificó, a aquel a quien Dios ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36), su MesÃas y, al mismo tiempo, el Hijo del Hombre que debe reinar sobre el universo entero. No obstante, para llegar a ese trabajo de conciencia, todavÃa hace falta que Israel, y especialmente la tribu de Judá, atraviese un tiempo de profundas pruebas, llamado la âgran tribulaciónâ (Apocalipsis 7:14). La angustia de los hermanos de José hasta que confiesan su crimen evoca la que soportará el pueblo judÃo antes de reconocer y de honrar a su MesÃas.
La finalidad de José era llevar a sus hermanos a pensar en el momento en que, veinte años atrás, junto a la cisterna, habÃan permanecido insensibles a su angustia cuando pedÃa piedad (cap. 42:21), asà como al dolor de su anciano padre cuando le habÃan anunciado cruelmente su muerte. Y José quiere ver si ahora son capaces de comprender el sufrimiento de un joven hermano y el de su padre. Pues bien, ¡al final logra conmover sus corazones! ¡Cuán conmovedor es escuchar a Judá hablar de su anciano padre y de su joven hermano, hijo de su vejez!
¡Qué lecciones aprendemos nosotros también! Ponernos en el lugar de los demás para comprender sus alegrÃas y sobre todo sus penas. Y aún más: entrar de corazón en los afectos del Padre a propósito de su Hijo, en su dolor cuando vio a su Muy Amado en las manos de hombres malvados y oyó su grito sin poderle responder. Finalmente, penetrar aunque sea un poco en los sufrimientos del Hijo cuando llevó el peso de nuestros pecados ante la justicia divina y, cuando en la angustia infinita de su alma, experimentó el abandono de Dios por nosotros. Con frecuencia, ¿no somos tristemente insensibles a esos temas que el EspÃritu quiere que consideremos?
Llega el momento que José esperaba desde hacÃa mucho tiempo. ¡Qué paciencia necesitó! Si se hubiese hecho conocer demasiado pronto, sus hermanos lo habrÃan honrado por obligación, como el manojo de su sueño, pero el corazón de ellos hubiese permanecido frÃo y temeroso.
Los hermanos se enteran, pues, de que el gobernador de Egipto, a quien pertenece toda esa gloria, no es otro que aquel a quien ellos habÃan odiado y rechazado. No solamente está vivo, sino que todas las cosas le son sujetas (Hebreos 2:8). Sus acciones criminales han sido precisamente el medio por el cual los sueños se cumplieron. ¡Qué desconcierto puede llenar sus corazones al comprobar la noble gracia de la cual José da prueba! ¡No se ha vengado; no les hace ningún reproche; no desea más que la felicidad de ellos! Y su propio corazón, ¿no está lleno de gozo, un gozo semejante al del Pastor que encontró a la oveja perdida? Ahora los hermanos llevan un feliz mensaje, una buena nueva: deben ir hasta su padre y contarle la gloria de aquel que les perdonó. Esa es también nuestra misión, queridos rescatados del Señor: anunciar a los demás, empezando por nuestros parientes, lo que hemos encontrado en Jesús, y contar a Su Padre âtoda su gloriaâ, en las reuniones de culto.
Devolver bien por mal: eso es lo que José hace con sus hermanos. Es lo que el Señor nos enseña (Mateo 5:44), en fin, es la mejor forma de ganar el corazón de alguien.
Los hermanos creÃan llevar lo mejor de lo que tenÃan (cap. 43:11): un poco de bálsamo, un poco de miel. Pero ahora pueden ver la insignificancia de ello. Faraón personalmente les promete lo mejor del paÃs, diciéndoles al mismo tiempo: âNo os preocupéis por vuestros enseresâ (v. 20). La presencia del Señor y el goce de sus glorias están ante nosotros. Las cosas de la tierra que tengamos que abandonar por Ãl carecen de valor en comparación con aquello (Marcos 10:29, 30). Tenemos una prueba de que Jesús está vivo, glorioso y nos espera en el cielo: nos ha enviado el EspÃritu Santo, prenda o garantÃa de nuestra herencia (Efesios 1:14). Observemos que José no solamente da a sus hermanos un paÃs donde morar, sino también lo necesario para el camino que les conduce a él. ¿Carros? Jesús se hace cargo de nosotros. ¿Alimentos? Su Palabra es nuestra comida. ¿Vestidos? Cristo puede y debe ser visto en nosotros (Gálatas 3:27). Por último, la exhortación de aquel que conoce muy bien a sus hermanos: ¡âNo riñáis por el caminoâ! (v. 24). ¿Tenemos nosotros menos necesidad de ella?
Más que sus glorias y sus riquezas, hemos considerado el amor de José por sus hermanos y la grandeza de su perdón. Para aquellos de entre nosotros que viven en familia, con hermanos y hermanas, ¿no es ocasión para aprender una conmovedora lección de amor y de paciencia? Pero el amor de José por su padre Jacob, su consideración, sus atenciones, su prisa por verlo, su diligencia para ponerse a su disposición, también son un modelo para nosotros. ¿Amamos y respetamos asà a nuestros padres?
La familia de Israel se pone en camino, y ¡pasa por Beerseba, pozo del juramento! Allà las promesas son confirmadas a Jacob por un Dios fiel: âNo temas de descender a Egiptoâ, le dice (v. 3; comp. IsaÃas 41:14). ¡Qué cambio se produce en Jacob! Antes era conducido por su propia voluntad, ahora teme dar un paso sin Dios. Por eso Dios lo estimula prometiéndole descender con él. ¿Puede el Señor acompañarnos siempre a todos los sitios donde vamos?
Luego tiene lugar el conmovedor encuentro con su muy amado hijo, quien todo lo ha preparado con abnegación para la felicidad de los suyos. âVoy, pues, a preparar lugar para vosotrosâ âprometió el Señor Jesúsâ âpara que donde yo estoy, vosotros también estéisâ (Juan 14:2, 3).
El gran José hubiera podido avergonzarse de esta familia de simples pastores venidos a mendigar trigo porque tenÃan hambre, de esos extranjeros sospechosos de ser espÃas y ladrones. ¡Eso serÃa no conocerlo! Ante todos los reconoce como sus hermanos. Y para Faraón es suficiente que sean hermanos de José para que la gloria del salvador de Egipto se proyecte sobre ellos. En eso también volvemos a encontrar a Jesús. No le da vergüenza llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11). Y a causa de Ãl, Dios nos recibe con favor, pues hemos sido hechos aceptos en el Amado (Efesios 1:6). José presenta su padre a Faraón. ¡Escena conmovedora y llena de belleza! Un pobre anciano encorvado sobre su báculo bendice al potente monarca. De los dos, según la apreciación divina, el hombre de Dios es más excelente (Hebreos 7:7).
Generalmente los que ocupan altos cargos se distancian de los demás; pero en José, su gloria no atenúa en nada su cariñosa solicitud hacia los suyos y sus familias. Los bienes que distribuye son medidos âsegún el número de los hijosâ (v. 12). ¡Figura admirable de nuestra relación con Cristo y de todo lo que resulta de ella! Desde ahora poseemos la mejor parte (v. 11). Nuestra fe puede faltar, pero Su gracia fiel jamás faltará.
El cumplimiento del sueño de Faraón era inseparable de la persona de José. Primero la abundancia y luego el hambre hicieron que José fuera reconocido como el sustentador de la vida, el salvador del mundo (v. 25).
Cristo es el centro de las profecÃas. Pronto poseerá el dominio universal. Todas las familias de las naciones se postrarán ante Ãl (Salmo 22:27). Pero, para pertenecerle y rendirle homenaje, los creyentes no esperan hasta ese momento. Jesús realiza un trabajo en ellos. Empieza por saciar a aquellos cuyas almas tienen necesidades (Salmo 107:9). Después, como José con los egipcios, hace que poco a poco todo se encuentre sometido a Dios. Aceptar los derechos del Señor sobre nuestros dÃas, bienes, cuerpos y corazones, tal es el secreto de una entera liberación. El Señor no se contenta con un sacrificio cualquiera de nuestra parte. Nos reclama por entero en virtud del derecho que adquirió sobre nosotros. Nos ha comprado a gran precio para Dios (1 Corintios 6:19, 20). Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que hemos llegado a ser los felices siervos de Dios y del Señor Jesucristo (comp. Santiago 1:1), con todas las consecuencias que eso acarrea. En adelante dependemos enteramente de Ãl, no solamente para ser provistos de todo, sino también para que en nuestra vida haya frutos para su gloria.
La larga vida de Jacob está a punto de terminar. El patriarca ha reconocido ante Faraón que sus dÃas fueron cortos y malos (cap. 47:9). Ha pasado por experiencias penosas y, por su culpa, ha perdido muchos años. Su carrera no ha alcanzado el nivel espiritual de la de Abraham o Isaac. ¿Por qué, entonces, no sabemos nada de los últimos momentos de esos patriarcas y, en cambio, el fin de Jacob nos es contado con detalles? Precisamente porque su triunfante fin subraya y glorifica la gracia de Dios para con él; ésta es el coronamiento de Su paciente trabajo de disciplina; era necesario que nosotros pudiésemos admirar el fruto. Jacob recuerda el camino de su vida y evoca las etapas: Luz âes decir, Bet-elâ, donde Dios se le dio a conocer; Efrata y la muerte de Raquel. Consideremos nosotros también el camino recorrido. Todas nuestras miradas hacia atrás harán sobresalir la misericordia de Aquel que, con el mismo amor, nos ha dirigido, soportado, reprendido, consolado. Ahora Jacob se inclina a la cabecera de la cama (cap. 47:31), donde, como lo traduce Hebreos 11:21, adora, apoyado sobre el extremo de su bordón de peregrino. Sin esperar nuestro último dÃa de vida, ¡quiera Dios que ésta sea nuestra respuesta al amor del Señor Jesús!
âPor la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de Joséâ (Hebreos 11:21). Al conferir al más joven la bendición del mayor e inversamente, su pensamiento debió trasladarse a la triste escena del capÃtulo 27. Ahora está ciego, como lo estaba entonces Isaac. Pero sabe discernir el pensamiento de Dios. Se ha observado que Jacob nunca habÃa andado tan bien como cuando cojeaba y que nunca habÃa visto tan claro como cuando se quedó ciego. Invoca al âDios que ha sido el Pastor mÃo desde que existo hasta el dÃa de hoyâ (v. 15; V.M.). ConocÃa por experiencia las actividades y las penas de un pastor (cap. 31:38-40). Ahora toma el lugar de una oveja y mide los pacientes cuidados de los cuales ha sido objeto por parte de su Pastor. Como Jacob, David también aprendió junto al rebaño, pues âera pastor de las ovejasâ (1 Samuel 17:34). Más tarde fue llamado para que apacentara a Israel (2 Samuel 7:7, 8). Y, sin embargo, es él quien compuso el Salmo 23: âJehová es mi pastorâ. Cada uno de nosotros conoce el nombre bondadoso con el cual el Señor Jesús se designa: âYo soy el buen Pastorâ (Juan 10:11, 14). Nombre que justificó al dar su vida por sus amadas ovejas, y también cuidando de ellas y conduciéndolas como Dios cuidó de Jacob, incluso sin que lo supiera, durante toda su vida. Pero, ¿puede cada uno de nosotros decir como Jacob y David: Ãl es mi Pastor?
Nos encontramos de nuevo ante un capÃtulo con carácter profético. En las últimas palabras de Jacob a sus hijos, toda la historia del pueblo de Israel se encuentra trazada y resumida de antemano. Bajo el gobierno de los jueces y los reyes, Israel se corrompió, tal como lo hizo Rubén (cap. 35:22); abandonó a Jehová para ir tras los Ãdolos. Después, como Simeón y Levà en el capÃtulo 34, la violencia se manifestó al rechazar a los profetas y al mismo MesÃas, provocando la dispersión del pueblo judÃo entre las naciones. Cristo es representado por Judá, su tribu de nacimiento. A Ãl pertenecen el cetro del reino y el poder. Luego encontramos a Israel dispersado bajo el juicio de Dios, desplegando una actividad comercial y al mismo tiempo estando bajo el yugo de las naciones. Es el perÃodo actual, personificado por Zabulón e Isacar. En cuanto a Dan, representa al Anticristo, personaje judÃo que en un futuro próximo será recibido por Israel como su MesÃas. âSerpiente junto al caminoâ, figura terrible de las potencias satánicas que obrarán entonces sin moderación. Ante esta horrorosa perspectiva, el residuo fiel no podrá contar más que con la liberación de lo alto: âTu salvación esperé, oh Jehováâ (v. 18). Esta esperanza es el tema de los Salmos 130 y 131. Y nosotros, ¿estamos esperando al Señor?
Cuando la Iglesia sea quitada de esta escena, âla hora de la pruebaâ vendrá âsobre el mundo enteroâ (Apocalipsis 3:10). Un residuo creyente de Israel atravesará esta gran tribulación. Lo podemos reconocer en las palabras dirigidas por Jacob a Gad. BenjamÃn nos habla del rey (Cristo) que inaugura su reinado después de la destrucción de sus enemigos, mientras que Aser y Neftalà representan al pueblo que por fin será bendecido por el establecimiento del reino.
Aun sabiendo que en ese momento ya no estará en la tierra, el hijo de Dios (el creyente) se interesa por estos temas y se regocija pensando que el verdadero José, Cristo, quien fue odiado y rechazado, tendrá el poder supremo y será una bendición para el mundo entero. âRama fructÃfera es José⦠cuyos vástagos se extienden sobre el muroâ (v. 22), más allá de los lÃmites de Israel. La bendición se extenderá a las naciones ajenas a las promesas. Asà Jesús, el verdadero José, fue âapartado de entre sus hermanosâ (literalmente: nazareno) (v. 26). Antes âle causaron amargura⦠y le aborrecieronâ (v. 23); ahora Dios âle exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombreâ (Filipenses 2:9, 10). Lector, este nombre puesto aparte, este nombre de Jesús, Dios salvador, ¿es grande para usted?
El Génesis contiene todos los grandes acontecimientos relativos a la familia humana: nacimiento, boda, pérdida de una esposa, de una madre, de un padre, y nos muestra la fe en actividad para atravesarlos. El fin de Jacob es muy hermoso. El buen paÃs de Gosén, donde habÃa pasado los últimos diecisiete años de su vida, no le habÃa hecho olvidar el de Canaán ni las promesas que Jehová le habÃa hecho en Beerseba (cap. 46:4). Y mostró a sus hijos el precio que le atribuÃa al darles órdenes formales para su sepultura. DebÃa reposar en la cueva de Macpela, donde los miembros de la familia de la fe esperan el dÃa de la resurrección. El precio fue pagado en otro tiempo para asegurarle el derecho.
Los funerales del patriarca se realizan con gran solemnidad. De una manera general, en el Antiguo Testamento vemos que el entierro de un hombre corresponde a su fidelidad. La sepultura de Joiada y la de EzequÃas también honraron la piedad de ellos (2 Crónicas 24:16; 32:33). Hoy dÃa, el hecho de que un creyente deje este mundo no da lugar a grandes ceremonias. Para el hijo de Dios, la muerte ha perdido su terrible poder; ésta es asimilada a un simple sueño que terminará con la resurrección (1 Tesalonicenses 4:13, 14). Pero, si bien la muerte ha perdido su aguijón, jamás olvidemos lo que le costó a su Vencedor.
Después de la muerte de su padre, a José todavÃa le está reservada una pena. Sus hermanos dudan de su amor. Piensan que, desaparecido Jacob, ahora José se va a vengar. ¡Con qué ternura los tranquiliza, les explica el pensamiento de Dios y les confirma su promesa de sustentarlos, junto con sus nietos! Muchos cristianos se parecen a los hermanos de José. No se atreven a creer que están enteramente perdonados (1 Juan 4:18). De una manera general, ¿no ponemos en duda el amor del Señor, del cual, sin embargo, nos ha dado tantas pruebas? Su corazón es infinitamente sensible a esa falta de confianza. Es como si nos dijese: â¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?â (Juan 14:9).
Al terminar el estudio del Génesis comprobamos que casi todos los misterios de Dios se encuentran bosquejados. Pero, antes de que el libro se termine, oÃmos el ciertamente de la fe (v. 24). âDios ciertamente os visitaráâ son las últimas palabras de José a sus hermanos, el único de todos sus actos que nos es relatado en Hebreos 11:22. Aún en medio de la abundancia y del bienestar de Egipto, considera la salida de sus hermanos y el traslado de sus huesos a Canaán. ¡Imitemos la fe de José!
Las circunstancias han cambiado mucho en Egipto entre Génesis y Ãxodo. Lo que caracteriza ahora al Faraón y a su pueblo es que no conocen a José (v. 8; Hechos 7:18). ¡Aquel que salvó a Egipto y conservó la vida a todo un pueblo ha sido olvidado totalmente! Asà procede el mundo actual, del que Satanás es el prÃncipe. Jesús, el Salvador, no ocupa ningún lugar en la mente y el corazón de los hombres. Y, a la par con el acto de ignorar a Dios y a su Hijo, las almas están sometidas a una dura esclavitud bajo la cual algunos gimen, pero de la que la mayor parte es inconsciente. Esta esclavitud en la que Satanás mantiene a los hombres es representada de una manera conmovedora por la despiadada servidumbre a la cual están sometidos aquà los hijos de Israel (v. 13). Pero el tema del libro del Ãxodo es la redención: la liberación del pueblo de Dios arrancado a ese terrible poder. Esto exige previamente una descripción de su estado trágico.
El malvado rey ordena la muerte de todos los niños recién nacidos de los israelitas (comp. Mateo 2:16). Pero Dios se vale de las mujeres que le temen ây que, por el contrario, no temen las órdenes del reyâ para deshacer los designios del enemigo. ¡Cuán preciosos son para Dios todos los signos de fidelidad en medio de esta escena en la cual reina Satanás!
En su gracia, Dios no quiso dejar a los suyos sometidos a la esclavitud. Les dio un salvador: Moisés, figura de Cristo, cuya historia nos es relatada varias veces en las Escrituras (Hechos 7:20â¦; Hebreos 11:23â¦). En la arquilla preparada por la madre de Moisés tenemos una imagen de los cuidados que tienen los padres cristianos para proteger a sus hijos contra las influencias perniciosas del mundo exterior. Pero esos cuidados no son suficientes. También se necesita la fe: ¡la arquilla debe ser puesta en el agua! Y Dios responde a esta fe con una liberación providencial. Detrás de la escena, Ãl lo dirige todo, valiéndose incluso de las lágrimas del niño. Finalmente, el decreto de Faraón sólo servirá para preparar en su propia casa un redentor para Israel.
Moisés, ya grande, muestra una fe tan excepcional como la de sus padres. Hebreos 11:24-26 subraya cómo rehúsa el brillante porvenir que se presenta ante él; escogeâ¦, estimaâ¦, y ¿cuál es su secreto?: tenÃa puesta la mirada en el galardón. Gran ejemplo para todos los que tarde o temprano somos puestos ante esta elección: ¡el mundo con su gloria y sus placeres o âel vituperio de Cristoâ! Moisés se presenta para liberar a su pueblo. Pero su fracaso también nos instruye. Por muy grande que sea el afecto, no se puede seguir a Cristo con una energÃa natural (v. 12; comp. Juan 18:10-11).
Moisés renuncia a su tÃtulo y a sus riquezas para visitar a sus hermanos oprimidos. Desconocido y rechazado por ellos, huye a un paÃs extranjero. AllÃ, después de haberse manifestado como aquel que libera y sacia la sed (v. 17), toma una esposa y se convierte en pastor. Todos esos rasgos nos hacen pensar en Jesús, el Hijo de Dios, quien se despojó de su gloria para visitar y salvar a su pueblo Israel. Pero como los suyos no lo recibieron (Juan 1:11), ahora está lejos del mundo, como el gran pastor de las ovejas y el Esposo de la Iglesia redimida por su gracia y partÃcipe de su rechazamiento.
Cuarenta años han pasado para Moisés. Dios se le va a revelar en una âgran visiónâ. Para Agar, Dios habÃa escogido un pozo, para Jacob una escalera y para Moisés escoge una misteriosa zarza. ¿Puede decir usted dónde y cómo ha encontrado al Señor?
Dios quiere mostrar a Moisés su gracia hacia su querido pueblo. En medio de la hoguera de Egipto, Israel era como esa zarza, probado pero no destruido por el fuego. Lo mismo ocurre ahora con los que hemos sido rescatados por el Señor. El fuego de la prueba no tiene otra finalidad que la de destruir el mal no juzgado que subsiste en nosotros. Solamente en Cristo el fuego divino no encontró nada que consumir (Salmo 17:3).
Durante los largos años de esclavitud en el âhorno de hierroâ de Egipto (Deuteronomio 4:20), Dios no era indiferente a los sufrimientos de su pueblo. Se acordaba de sus promesas hechas a Abraham (Génesis 15:13-14), a Isaac (Génesis 26:3) y a Jacob (Génesis 46:4). Llega el momento en que va a darse a conocer a los suyos, por medio de Moisés, como el Dios de sus padres y al mismo tiempo como el Dios que los ama y quiere liberarlos. ¿No es asà como también pueden conocerlo todos aquellos que sufren bajo el peso de sus pecados? El estado de miseria y de perdición de su criatura no ha dejado a Dios insensible, asà como tampoco lo fue en aquel tiempo, sino que vio la aflicción de Israel y oyó su clamor y sus suspiros. Pero él no se conforma con conocer âsus angustiasâ (v. 7). Añade: âHe descendido para librarlosâ.
Asimismo Dios descendió hasta nosotros en Jesús y por medio de Ãl nos liberó. ¿Se detuvo allÃ? No; quiso, además, hacer de nosotros su pueblo, relacionarnos con Ãl y enriquecernos (v. 22). Dios revela su nombre a Moisés. Ãl es âYo SOYâ, aquel que llena la eternidad con su presencia. Ãl existe, Ãl es, todo lo demás procede de Ãl (IsaÃas 43:11, 13 y 25).
En la corte de Faraón, Moisés habÃa sido instruido en toda la sabidurÃa de los egipcios. Pero no habÃa aprendido a conocer a âYo SOYâ. Los años pasados en el palacio real tampoco habÃan podido hacer de él un instrumento calificado para la liberación del pueblo. El asesinato del egipcio manifestó más bien lo contrario. Después de los cuarenta años pasados en la escuela de Faraón, hacen falta otros cuarenta en la escuela de Dios, en lo apartado del desierto. Como resultado, Moisés no tiene nada más de qué prevalerse. En otro tiempo era âpoderoso en sus palabras y obrasâ (Hechos 7:22), pero ahora afirma no tener ninguna elocuencia y pone de lado toda su capacidad personal. Pero, si bien ha cesado justamente de tener confianza en sà mismo, todavÃa no tiene plena confianza en Dios. Debe aprender que, cuando el Señor asigna un servicio, al mismo tiempo da los recursos para cumplirlo.
La vara que se transforma en serpiente muestra que, aunque Dios permite que Satanás obre por un momento, Dios siempre está por encima del diablo para anular su poder. En la cruz, Cristo triunfó sobre las potestades de maldad (Colosenses 2:15). La mano que luego de ser introducida en su seno (el corazón, fuente del mal) es retirada leprosa y después vuelta a sanar, ilustra la potestad de Dios para quitar la mancha del pecado.
Moisés habÃa actuado antaño sin haber sido enviado por Dios. Ahora que Jehová lo envÃa, presenta todas las objeciones posibles para declinar el llamamiento: su incapacidad (3:11); su ignorancia (3:13); su falta de autoridad (4:1), de elocuencia (v. 10) y de aptitud para cumplir su misión, deseando que otro sea encargado de ella (v. 13); el fracaso de su primera tentativa (5:23) y la incomprensión manifestada por sus hermanos (6:12). Con frecuencia, ¿no invocamos nosotros tales motivos para no obedecer? Los versÃculos 24 a 26 nos recuerdan que antes de ponerse en camino para realizar un servicio público, es necesario que el siervo de Dios ponga orden en su propia casa. Hasta aquÃ, bajo la probable influencia de su mujer, Moisés no habÃa circuncidado a su hijo, figura de la condenación de la carne. Dios lo exigÃa (Génesis 17:10-14), y con más razón en la casa de su siervo, ¡bajo pena de muerte!
Los versÃculos 27 y 28 nos indican dónde son llamados a encontrarse los hermanos (en la montaña de Dios) y cuál es el tema de este encuentro (la Palabra del Señor y sus maravillas).
Al principio del capÃtulo Moisés decÃa: âHe aquà que ellos no me creeránâ. Pero Jehová ha preparado los corazones. Los hijos de Israel creen (v. 31; compárese con 2 Crónicas 29:36). Incluso antes de la liberación se prosternan y adoran.
Egipto ofrece una sorprendente ilustración del mundo o, dicho de otra manera, de la sociedad humana organizada sin Dios. Pero, al mismo tiempo que rehúsa la autoridad de Dios, el mundo se ha buscado un amo: Satanás, llamado el prÃncipe de este mundo (Juan 16:11). Es un prÃncipe duro y exigente del cual el cruel Faraón constituye una notable imagen. Y cuando la conciencia de alguien empieza a despertar y a suspirar por la liberación (como Israel en este capÃtulo), Satanás se esfuerza por retenerlo y atarlo mediante el aumento de sus ocupaciones (v. 9). Lo distrae con un torbellino de actividad para apartar tales pensamientos de su espÃritu e impedir que encuentre el tiempo para atender las necesidades de su alma.
SÃ, nosotros también hemos conocido lo que es gemir bajo el yugo de Satanás, como âesclavos del pecadoâ (Romanos 6:17), âesclavos de concupiscencias y deleites diversosâ (Tito 3:3), incapaces de liberarnos por nuestros propios esfuerzos. ¿Se encuentra usted todavÃa en ese terrible estado? La Palabra nos anuncia una liberación ya conseguida. Cristo, más grande que Moisés, no se limitó a anunciar esta redención, sino que la realizó. Arrancó nuestras almas de la horrorosa servidumbre del diablo, del mundo y del pecado.
Faraón no cede nada; al contrario, exige cada vez más. En vano se quejan ante él (v. 15-18). Satanás no solamente desconoce lo que es la misericordia, sino que encuentra placer en la miseria de sus esclavos. ¡Ah!, quizá ya hayamos hecho la experiencia: el pecado es un tirano que no se modera ni desarma. Apenas es satisfecha una codicia cuando ya la otra se hace apremiante e imperiosa. Sólo Cristo puede sosegar total y definitivamente un corazón. A veces Dios permite que la liberación tarde para que el hombre, sintiendo todo el peso del yugo del enemigo, sea preparado para reconocer que sólo Dios puede liberarlo.
Pese al desaliento de sus siervos (v. 23), Dios no les hace ningún reproche. Por el contrario, se vale de la ocasión para darles una nueva revelación de Ãl mismo. âJehováâ es el nombre que Dios toma en sus relaciones con Israel. Para los patriarcas era el âDios AltÃsimo, poseedor de los cielos y de la tierraâ (Génesis 14:19 V.M.). Ahora, como quiere hacer una cosa nueva, Dios toma también un nombre nuevo. Jehová es Aquel que no cambia y que es fiel a su pacto. Para nosotros, creyentes del tiempo de la gracia, tiene un nombre mucho más precioso todavÃa: el de Padre, ese nombre que Jesús vino a hacernos conocer (Juan 17:26).
En los versÃculos 6 a 8, Dios ha desplegado ante Moisés todo su proyecto de salvación derivado del nuevo nombre (Jehová) que ha tomado para Israel. Y ese proyecto de salvación está garantizado una vez más por su firma: âYo Jehováâ (v. 8). âYo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mà mismoâ, confirmará Dios en IsaÃas 43:25. Es muy triste comprobar que Israel, âa causa de la congoja de espÃrituâ (en nota V.M.: impaciencia), no escucha. Es la primera manifestación de incredulidad de ese pueblo, desgraciadamente seguida, como lo veremos, de una larga lista de otras semejantes (Salmo 106:7).
Moisés, por su lado, está nuevamente inquieto y desalentado. Le cuesta hacer suyo el nombre y las promesas de Jehová. Sin embargo, Dios pone su mirada sobre los suyos. Aunque están mezclados con extranjeros, su vista les distingue y se place en recordar sus nombres. âConoce el Señor a los que son suyosâ (2 Timoteo 2:19). Recordemos también ese versÃculo tan estimulante para los creyentes de todos los tiempos: âLos ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oÃdos al clamor de ellosâ (Salmo 34:15; 1 Pedro 3:12).
Tenemos aquà los nombres de varios miembros de la familia de Levà que tendrán, para bien o para mal, un papel importante en la historia de Israel: Coré y sus hijos, los cuatro hijos de Aarón, Fineesâ¦
En el Salmo 90 (oración de Moisés, varón de Dios), Moisés menciona la edad de ochenta años como lÃmite de vida para un hombre vigoroso. No obstante, a esta edad él mismo va a comenzar su ministerio (v. 7). Cuando Dios llama a un siervo, empieza por anular su fuerza natural; enseguida le da nuevas fuerzas, las que vienen de Ãl.
Jehová ha hecho conocer de antemano sus pensamientos a Moisés y Aarón. Lo que constituirá plagas para los egipcios (9:14) se llaman señales para el pueblo de Dios (v. 3) y tienen para él una enseñanza moral. Asà instruye Dios a los cristianos a propósito del mundo, de Satanás y de sus pobres vÃctimas. Su Palabra hace conocer los âgrandes juiciosâ que caerán sobre los hombres que no se arrepientan. También nos dice cómo hará salir a su pueblo rescatado fuera del mundo para introducirlo en la patria celestial (v. 4). AsÃ, queridos amigos cristianos, advertidos acerca de todas esas cosas, ¡cómo no andar en santa y piadosa manera de vivir! (2 Pedro 3:11).
Las señales anunciadas en el capÃtulo 4 son hechas por Moisés y Aarón en presencia de Faraón y sus siervos. Al hablar ellas de victoria sobre Satanás (la serpiente) y el pecado (la lepra), podemos ver que son como un resumen del Evangelio.
Si los egipcios no escuchan las dos primeras señales âhabÃa dicho Jehová a Moisésâ, entonces habrÃa una tercera muy solemne: la del agua convertida en sangre. El agua nos habla de lo que refresca y da la vida, mientras que la sangre derramada es la muerte. La Palabra ha sido dada al hombre para hacerlo vivir. Pero, si él no la recibe, si no la cree, la misma Palabra llegará a ser para él juicio y muerte (leer Juan 12:48). Hoy dÃa ella proclama la gracia, pero también el juicio para aquellos que no la reciben. Cada uno tendrá que habérselas con ella de una u otra manera, ¡ahora para vida o más tarde para muerte!
Lo que Jehová ha dicho se cumple para los egipcios. El Nilo, arteria vital de su paÃs, del cual habÃan hecho un dios, se convierte en un objeto de asco y aversión. La sangre llena el rÃo, los arroyos, los estanques y hasta las vasijas. Todas las fuentes en las que el mundo bebe son pestilentes y mortales (v. 18). ¡Cuidémonos de beber de ellas! Esta vez todavÃa los hechiceros hicieron lo mismo por medio de sus encantamientos. Por el poder de Satanás imitan lo que produce la muerte, teniendo como único resultado el aumento de la miseria de su pueblo. HabrÃan manifestado más su poder cambiando la sangre en agua. Pero de eso eran incapaces.
Bajo la orden de Jehová, Aarón extiende su mano y ahora suben ranas que invaden el paÃs. Moisés ha dejado de discutir las órdenes de Dios. Muestra una plena seguridad en Aquel que lo ha enviado y se compromete al decir a Faraón: âDÃgnate indicarme cuándo debo orar por tiâ (v. 9).
âAuméntanos la feâ, pidieron los apóstoles al Señor (Lucas 17:5). Ãsta deberÃa ser también nuestra oración.
Después de las ranas, los piojos (o mosquitos, N.C.) llenan el paÃs de Egipto. Los hechiceros âquienes por dos veces habÃan imitado a Aarónâ esta vez no pueden hacerlo. Su locura es hecha manifiesta. 2 Timoteo 3:8 nos da sus nombres: Janes y Jambres. Representan a los cristianos que sólo lo son de nombre, aquellos que tienen la forma de la piedad sin la fe verdadera. Para ser cristianos no es suficiente imitar lo que hacen los verdaderos hijos de Dios. Podemos asistir a las reuniones, leer la Biblia, hacer muchas obras buenas⦠y no ser cristianos en absoluto. Nada es más fácil que fingir que pertenecemos al Señor, engañando a los demás y quizás engañándonos a nosotros mismos. Amigo, ¿tiene usted la verdadera fe o sólo su apariencia? Su destino eterno depende de ello.
La cuarta plaga es de moscas molestÃsimas. Sus enjambres entran en las casas y arruinan a Egipto, con excepción del paÃs de Gosén. Moralmente estas moscas molestÃsimas nos hacen pensar en las maledicencias, en los celos, en todas las fuentes de irritación que envenenan las relaciones domésticas y sociales de las gentes del mundo, pero que no deben encontrar lugar en las casas de los hijos de Dios.
Faraón está dispuesto ahora a otorgar algunas concesiones: âAndad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierraâ (v. 25). Pero eso era imposible. Jehová habÃa mandado ir camino de tres dÃas por el desierto (3:18). Tres dÃas: el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro entre su muerte en la cruz y la mañana de su resurrección. Pues bien, el enemigo quiere quitarnos esas verdades que recuerdan su derrota, y al contrario, un culto sin el recuerdo de la cruz y la resurrección no lo incomoda para nada. El mundo admira la vida de Jesús y honra a las personas de bien. Tiene su propia religión y ve con agrado que nosotros también tengamos la nuestra. Pero la cruz y la presencia de un Cristo vivo en el cielo, fundamentos de nuestro culto, condenan al mundo y nos separan absolutamente de él (Gálatas 6:14).
Una plaga âgravÃsimaâ cae ahora sobre el ganado. Dios guarda los rebaños de Israel porque necesitarán corderos para la Pascua y más tarde para ofrecer otros sacrificios. Además, una úlcera hace erupción en los hombres y las bestias. El corazón del rey permanece insensible, pese a que las plagas ânotémoslo bienâ son enviadas a su corazón (v. 14). ¿Cómo explicar este encarnizamiento de Faraón contra Israel? Satanás sabe que de ese pueblo debe nacer un dÃa el MesÃas, uno mucho más grande que Moisés, que vendrá a liberar a los hombres de su yugo y será su vencedor. Por eso retiene a Israel en esclavitud el mayor tiempo posible. Pero esta obstinación no consigue más que hacer resaltar el poder de Dios y publicar Su nombre en toda la tierra (v. 16, citado en Romanos 9:17).
Puesto en presencia de la potestad de Dios, pero también de su misericordia âporque sucesivamente retiró las ranas, los piojos (o mosquitos) y las moscasâ, el orgulloso Faraón voluntariamente endurece cada vez más su corazón y rehúsa arrepentirse.
Cuántas personas endurecen sus corazones en presencia del milagro más grande de la gracia: el Hijo de Dios quien murió para salvar a los hombres perdidos.
Una séptima plaga es anunciada: el granizo. Por primera vez vemos que algunos egipcios temen la palabra de Jehová y ponen sus ganados al abrigo. La finalidad de las catástrofes que Dios permite es recordar a los hombres su presencia. Hoy dÃa nos sentimos muy orgullosos de todos los progresos cientÃficos por medio de los cuales el hombre cree asegurar el control de las fuerzas de la Naturaleza. Entonces, para hacer recordar quién es el dueño del mundo, Dios permite cataclismos naturales, calamidades imprevisibles (terremotos, epidemias, invasiones de insectos) que muestran a la criatura su pequeñez y que humillan su orgullo (Job 38:22-23). Dios procura por todos los medios que los hombres vuelvan sus pensamientos hacia Ãl. En efecto, frecuentemente tales llamados de atención les lleva a reflexionar y a preocuparse por su destino eterno. ¡Cuántas almas sumidas en la angustia han encontrado en Jesús el abrigo, no solamente contra las tempestades de este mundo, sino contra el juicio eterno!
Dios mide con cuidado la intensidad y la duración de la prueba. Ãsta no irá más lejos de lo que Ãl permita. El lino y la cebada fueron destrozados, pero no el trigo y el centeno (v. 31-32). En cuanto a sus amados, éstos gozan durante el curso de la tempestad de una maravillosa protección (v. 26).
Faraón reconoce: âHe pecadoâ (9:27). ¿Es ése un verdadero arrepentimiento? No; apenas cesa el granizo continúa pecando (v. 34) y voluntariamente endurece su corazón. Entonces, a partir de ese momento, será Jehová quien endurezca el corazón del rey (v. 1). ¡Cuán solemne es esto! Dios habla una vez, dos veces (Job 33:14) y con frecuencia más. Pero su paciencia tiene un lÃmite. Lector, ¿cuántas veces le ha hablado Dios? He aquà las langostas que amenazan a un Egipto ya arruinado. José habÃa salvado al paÃs y Faraón lo arruina. Igualmente Satanás arrastra al mundo a su perdición.
Ahora se le hace a Moisés una nueva proposición: sólo los adultos irán a celebrar la fiesta. Los niños se quedarán en el paÃs. De igual manera Satanás procura retener las almas por medio de los afectos naturales, los lazos familiares. Pero volvamos a leer la bella e importante respuesta de Moisés en el versÃculo 9. Ningún miembro de la familia de la fe, aunque sea pequeño, debe quedar en poder del enemigo. No piensen, queridos jóvenes amigos, que el cristianismo es asunto de sus padres solamente. El hogar cristiano forma un todo; por eso se les pide a ustedes que sigan los principios de él, que observen sus costumbres y sus abstenciones, incluso si aún no han comprendido personalmente el valor y la necesidad de todo ello.
Todo lo que el granizo habÃa dejado es destrozado ahora por las langostas. ¡Una plaga terrible! âHe pecadoâ, repite Faraón con evidente mala fe, con la única finalidad de que le sean quitadas las langostas. De Dios no podemos burlarnos. Faraón ha dejado pasar el momento del perdón (JeremÃas 46:17) y Jehová endurece de nuevo el corazón del rey. Luego vienen las tinieblas, ¡tres dÃas enteros de espesas tinieblas! Era un signo particularmente notable para los egipcios. El sol, fuente de luz, de calor, de vida, al que adoraban como un dios (Ra), se muestra sin poder ante el Creador del universo. Pero en las moradas de todos los hijos de Israel hay luz. âYo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mà no permanezca en tinieblasâ, declara el Señor Jesús (Juan 12:46). Y también: âYo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vidaâ (Juan 8:12). En medio de un mundo sumido en las tinieblas del pecado, el creyente puede disfrutar la presencia de la luz: Cristo, quien hace âmorada con élâ (Juan 14:23). De donde resulta que para él todo esté claro: el estado del mundo, su futuro, el estado de su propio corazón. Sabe dónde posar los pies. Lo que hace puede ser visto por todos (Lucas 11:36).
Nueve plagas se han sucedido en el paÃs de Egipto. Falta la décima, más terrible que todas las anteriores. Está precedida por una nueva propuesta de Faraón: âId, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacasâ (v. 24). Eso equivalÃa a impedir al pueblo que ofreciera sacrificios y holocaustos. En esa propuesta reconocemos bien los esfuerzos de Satanás para privarnos del que fue el Sacrificio perfecto. Intenta impedir que gocemos de Cristo, en particular cuando acudimos al culto para presentarlo al Padre. Desgraciadamente, con frecuencia consigue su fin. Entonces se produce una pérdida para nosotros, pero, lo que es peor, Dios se ve privado de la preciosa ofrenda que esperaba de sus redimidos. Y, de una manera más general, la respuesta de Moisés nos recuerda que Dios tiene derechos no solamente sobre nosotros, sino también sobre todo lo que poseemos.
Moisés sale âmuy enojadoâ (v. 8). Repetidas veces veremos asà a este varón de Dios, quien, sin embargo, era âmuy manso, más que todos los hombres que habÃa sobre la tierraâ (Números 12:3; ver Ãxodo 16:20; 32:19; LevÃtico 10:16; Números 16:15; 31:14). Pero en ese momento se trataba de la gloria de Dios y del bien de su pueblo. Nuestras cóleras, ¿tienen con frecuencia este motivo?
Llegamos, con el relato de la Pascua, a uno de los capÃtulos más importantes del Antiguo Testamento. La redención anunciada se va a cumplir al mismo tiempo que el más terrible de los juicios caerá sobre Egipto. El pecado merece la muerte, y todos han pecado, tanto los israelitas como los egipcios. Pero, para los que pertenecen al pueblo de Dios, un cordero va a morir en su lugar. Clara y conmovedora imagen de Jesús, âun Cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundoâ y muerto en el momento fijado por Dios (1 Pedro 1:19). Nosotros hacemos nuestro ese sacrificio; eso es lo que significa comer la pascua (1 Corintios 5:7-8). El cordero asado al fuego es figura de Cristo al experimentar el ardor del juicio divino. Las hierbas amargas corresponden al sentimiento que experimentamos al pensar que Sus dolores se debieron al hecho de que nuestro pecado le condujo allÃ. El cordero se comÃa en familia. Los padres, los hijos, cada uno en casa tenÃa su parte. Querido lector, usted también, personalmente, ¿ha âcomido la pascuaâ? ¿Por la fe se apropió de la muerte expiatoria del Señor Jesús? El momento de la conversión es una fecha inolvidable, pues señala la lÃnea de partida de la verdadera vida, el nuevo nacimiento del hijo de Dios (v. 2).
La levadura, figura del mal, debÃa ser quitada con gran cuidado (comparar con 1 Corintios 5:7-8). No podemos aceptar la obra de Cristo y gozar plenamente de ella mientras no hayamos confesado y abandonado todo pecado del cual tengamos conciencia.
Al israelita le quedaba por hacer lo que Jehová ordena a Moisés en los versÃculos 7 y 22: debÃa mojar un manojo de hisopo en la sangre del cordero y teñir el dintel y los dos postes de la puerta de la casa. Para hacer eso, el jefe de la casa debÃa creer dos cosas: primeramente, que Jehová iba a herir; después, que la sangre tendrÃa el poder de protegerlo juntamente con los suyos.
Quizá podamos preguntarnos, como los hijos de los israelitas: ¿Qué significa para nosotros este rito? (v. 26). ¿No es la figura de la preciosa sangre de Cristo amparándonos del juicio? âVeré la sangreâ, habÃa afirmado Jehová (v. 13), pero el israelita, de dentro, no la veÃa. Nuestra salvación no depende de cómo apreciamos la obra de Cristo, ni la intensidad de nuestros sentimientos al respecto. No, depende de cómo la estima Dios, y para Ãl esa sangre es plenamente eficaz para quitar el pecado. Por eso, descansemos con confianza en la obra perfecta realizada por Jesús y aceptada por Dios (1 Juan 1:7, al final).
Mientras en cada una de sus casas los israelitas comen la pascua bajo la protección de la sangre del cordero, afuera, de noche, reinan el terror y la desolación. El destructor pasa hiriendo a los primogénitos, de forma que un gran grito de desesperación llena todo Egipto. Es la décima y última plaga, imagen de un juicio infinitamente más solemne, aquel al que la Palabra llama la segunda muerte, reservada para aquellos que no se hayan puesto al amparo que ofrece la sangre del Cordero de Dios.
No hay diferencia entre el cautivo que está en la prisión y el mismo Faraón (v. 29). Tampoco la habrá cuando, ante el gran trono blanco mencionado en el capÃtulo 20 del Apocalipsis, comparezcan todos los muertos, âgrandes y pequeñosâ.
Para los hijos de Israel ha llegado el momento de la partida. Han comido la pascua de prisa, teniendo los lomos ceñidos, las sandalias en sus pies y el bastón de peregrino en la mano (v. 11), mostrando asà que forman parte de un pueblo separado, extranjero, preparado para partir. ¿No lo somos nosotros también? A través de nuestro celo, de nuestro desapego por las cosas de esta tierra, de nuestra sobriedad, en suma, de toda nuestra conducta, deberÃa verse que, habiendo sido redimidos por la sangre del Cordero, estamos dispuestos a salir de un instante a otro hacia nuestra patria eterna.
Dios hace que todo comience el dÃa de la redención (12:2; 1 Reyes 6:1). Instituye la pascua como un estatuto perpetuo. El pensamiento del enemigo a propósito del Cordero es âque no haya más memoria de su nombreâ (JeremÃas 11:19). Pero Dios, para quien la obra de su Hijo tiene gran precio, vela para que ese recuerdo sea perpetuado. âEs noche de guardarâ, proclama Ãl (v. 42), y más adelante: âTened memoria de este dÃaâ (13:3). El Señor Jesús, sustituyendo con el memorial de la Cena al de la Pascua, ha invitado a los suyos a hacer esto en memoria de Ãl (1 Corintios 11:24-25). ¿Ha respondido usted a ese deseo del Señor?
En el capÃtulo 13 Jehová proclama sus derechos sobre el alma que acaba de redimir (cap. 12). Ciertos creyentes, particularmente hijos de padres cristianos, se contentan con su salvación y no tienen en cuenta la consagración que debe seguirle. Pero la misma voz que ha dicho: âVeré la sangre y pasaré de vosotrosâ (12:13), ordena ahora: âConságrame todo primogénito⦠MÃo esâ (13:2). A la fiesta de la Pascua estaba estrechamente asociada la de los panes sin levadura. Esto nos muestra que, para un hijo de Dios, estar puesto al abrigo que ofrece la sangre de Cristo y la necesidad de una vida santa son dos verdades inseparables (leer también Tito 2:14).
âLo contarás en aquel dÃa a tu hijoâ, prescribe el versÃculo 8. Pero aquÃ, en el versÃculo 14, está previsto que los hijos preguntarán a sus padres. Es una acertada actitud la de los hijos que, viendo a sus padres comportarse de manera distinta al mundo, les hacen preguntas. ¡Jamás teman hacerlas!
El versÃculo 19 es el cumplimiento del juramento hecho a José (Génesis 50:25). Los huesos del patriarca acompañarán al pueblo de Dios durante su peregrinación. ¡Figura de Cristo en el poder de su muerte, llevado con nosotros para atravesar el desierto! (2 Corintios 4:10).
Los hijos de Israel se han puesto en camino. Más tarde Dios recordará ese dÃa en que los tomó de la mano âpara sacarlos de la tierra de Egiptoâ (JeremÃas 31:32). Tendrán que hacer un gran recorrido (v. 17-18) para tener tiempo de aprender las lecciones que Dios quiere enseñarles, asà como a nosotros. Pero Dios no solamente traza el itinerario de su pueblo. Quiere acompañarlo personalmente bajo la forma de columna de nube durante el dÃa y de columna de fuego durante la noche. ¡Qué gracia! Ãl está presente a la vez para guiarlo paso a paso y para protegerlo. De igual manera Jesús hizo esta promesa a los suyos: âYo estoy con vosotros todos los dÃasâ (Mateo 28:20).
Israel creÃa haber terminado con sus enemigos, los egipcios. Pero éstos, llevados por una energÃa de error, se recuperan y empiezan la persecución contra el pueblo. Este último parece haber caÃdo en una trampa. Delante está el Mar Rojo; detrás viene Faraón con sus carros y capitanes. ¡Qué terror, qué grito de desamparo! Pero el pueblo debe aprender que para Jehová no existe dificultad demasiado grande. Al contrario, cuanto más intensa es la dificultad, más ocasión tiene Dios de hacer admirar su poder.
¡Qué lección para nosotros también! Cuando se presenta un obstáculo, una prueba que parece no tener salida, ¿cómo reaccionamos? Frecuentemente con inquietud o agitación. Pero, ¿qué dice Moisés a Israel? Comienza por tranquilizarlos: âNo temáisâ, y seguidamente les anuncia la liberación: âJehová peleará por vosotrosâ¦â.
Al final les da instrucciones fáciles de seguir âpero que a veces nos resultan muy difÃcilesâ: âEstad firmes⦠vosotros estaréis tranquilosâ (v. 13-14). Permanecer tranquilo significa no hacer nada y a la vez guardar su espÃritu de toda agitación. Este combate no concernÃa al pueblo; era entre Jehová y los egipcios. Aquel que habÃa puesto a su pueblo fuera de la acción del ángel destructor, ¿no serÃa capaz, con mayor razón, de liberarlo de la mano de los hombres?
El pueblo ha comprobado que es incapaz de liberarse por sà mismo. Su posición es desesperada⦠Ahora Dios puede obrar. âQue marchenâ, ordena a Moisés. ¡Cómo!, el mar está ante ellos ¿y Jehová les ordena avanzar? Pero la fe obedece y cuenta con Dios. El ángel de Dios viene con la columna de nube y se pone entre el campamento de Israel y el de los egipcios. Entonces, ¿qué puede temer el pueblo? Recordemos que Dios siempre quiere ponerse como una pantalla entre nosotros y nuestras dificultades. De dÃa y de noche sus cuidados se ejercen apartando peligros que, frecuentemente, incluso no conocemos.
¡Eso es la liberación! Encontramos las fases de ella en tres versÃculos del Salmo 136: âDividió el Mar Rojo en partes, porque para siempre es su misericordia (v. 13); hizo pasar a Israel por en medio de él, porque para siempre es su misericordia (v. 14); y arrojó a Faraón y a su ejército en el Mar Rojo, porque para siempre es su misericordiaâ (v. 15). La muerte no solamente carece de poder sobre los creyentes, sino que, además, se ha hecho su aliada, su arma y su fortaleza. Por su muerte, Cristo hizo impotente âal que tenÃa el imperio de la muerte, esto es, al diabloâ y liberó âa todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbreâ (Hebreos 2:14-15).
¿A qué corresponde ese paso del Mar Rojo en la historia de los redimidos del Señor? Siempre corresponde a la obra de Cristo y a nuestra liberación. Asà como la Pascua presenta el lado de la liberación del juicio de Dios, y a Dios contra el pecado, el Mar Rojo ilustra la liberación del poder de Satanás, y a Dios a favor del pecador. La muerte es vencida; el pueblo de Dios, a partir de entonces, es desarraigado del âpresente siglo maloâ, es resucitado con Cristo, está del otro lado de la muerte. Cristo no solamente es aquel que libera, sino también el que comienza la alabanza en medio de la Asamblea (Salmo 22:22; Hebreos 2:12).
âEntonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cánticoâ¦â. Es el primero de la Escritura. El pueblo ¿cómo hubiera podido cantar bajo las cargas de los egipcios? (comparar con el Salmo 137:4). Pero ahora la felicidad llena el corazón de todos los redimidos. Conducidos por Cristo, verdadero Moisés, tienen el privilegio de alabar a Aquel que les ha liberado de las potentes olas de la muerte y del poder del adversario. A través de toda la historia de Israel ây para nosotros durante toda la eternidadâ será celebrada la gloria de Aquel que secó el mar, las aguas profundas del gran abismo, y que convirtió en âcamino las profundidades del mar para que pasaran los redimidosâ (IsaÃas 51:10).
Hasta el versÃculo 16, el cántico de los hijos de Israel celebra lo que Jehová acaba de hacer por su pueblo. Los versÃculos 17 y 18 proclaman lo que hará. Los frutos de la victoria son vistos por fe: Dios se ha preparado: 1) una heredad; 2) una habitación; 3) un santuario; 4) un reino. En su primera epÃstola, Pedro nos muestra la nueva forma que toman esas bendiciones bajo la dispensación cristiana (leer 1 Pedro 1:4; 2:5 y 9).
El pueblo, ya redimido, está en camino hacia la tierra prometida. Del mismo modo, nuestra carrera cristiana comienza con la conversión y su meta es la gloria. Pero, entre ambos extremos están las experiencias del desierto. La primera de esas grandes lecciones es Mara. Al igual que esas aguas amargas, el Señor permite que en nuestro camino encontremos circunstancias penosas y decepcionantes. Pero, desde el momento en que comprendemos que esas contrariedades son permitidas para nuestro bien, en cuanto nos apropiamos del poder de la cruz de Cristo, sin que esas circunstancias hayan cambiado, dejan de tener un gusto amargo, e incluso encontramos felicidad y consuelo (leer Romanos 5:3â¦; 2 Corintios 12:9). Entonces estamos en condiciones de apreciar lo que es Elim, ese lugar de refrigerio y reposo, imagen de la reunión de los creyentes en el lugar en que Dios da la bendición (Salmo 133:3).
¡Murmuración antes de cruzar el Mar Rojo (cap. 14:11-12), en Mara (cap. 15:24), en el desierto de Sin (cap. 16:2) y seguidamente en Refidim! (cap. 17:3). ¡Desgraciadamente, es la fiel imagen de nuestro corazón, tan diligente para olvidar la misericordia de Dios que es para siempre! (Salmo 136). Pocos dÃas antes, ese pueblo cantaba el cántico de la liberación. Ahora murmura contra Moisés y Aarón. Sus quejas, en realidad, son contra Dios (v. 8). Queridos redimidos del Señor, acordémonos de que si estamos descontentos con los demás, o con las circunstancias en las cuales nos encontramos, en realidad es de Dios de quien no estamos satisfechos.
¿Y la inquietud por las cosas de la vida? ¿No es una ofensa hacia Aquel que ha dicho: âNo os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beberâ. âBasta a cada dÃa su propio malâ? (Mateo 6:25 y 34; ver también el Salmo 23:1). Ãl mismo supo lo que era estar en el desierto y tener hambre. Pero, con una sumisión perfecta, rechazó las sugerencias del tentador. Esperaba de Dios, con entera confianza, la respuesta a sus necesidades.
¡Qué paciencia por parte de Jehová! En lugar de castigar a su pueblo, comienza por mostrarle Su gloria (v. 7 y 10 al final) y se compromete a saciarlo.
âNuestros padres comieron el maná en el desiertoâ¦â, recordará la multitud al Señor Jesús. Pero él les responderá que Ãl mismo es âel verdadero pan del cieloâ (Juan 6:31-33). Cristo es el alimento del creyente; da la nueva vida y la sustenta. Al respecto, este capÃtulo nos proporciona varias instrucciones prácticas de gran importancia: 1) La cantidad de maná recogido estaba en relación con el apetito de cada uno (v. 18). Gozamos de Cristo solamente en la medida en que lo deseamos. ¡Y jamás lo desearemos demasiado! (Salmo 81:10). 2) El maná respondÃa a las necesidades del dÃa, no a las del dÃa siguiente. Cristo debe ser mi alimento, mi fuerza para las necesidades del dÃa. Si, por ejemplo, hoy tengo particular necesidad de paciencia, la encontraré inspirándome en la perfecta paciencia de Jesús. 3) Por último, los hijos de Israel tenÃan que recoger su porción de maná cada mañana antes de que éste se derritiese con el calor del dÃa. Alimentémonos de la Palabra del Señor desde la mañana, antes de que las ocupaciones del dÃa hayan hecho perder la ocasión de hacerlo. No pasamos un dÃa sin alimentar nuestro cuerpo. Entonces tampoco privemos a nuestra alma del único alimento que la hace vivir y prosperar: Jesús, el pan de vida.
âToma una vasija y pon en ella un gomer de manáâ¦â (v. 33). Era la parte de Dios. «El maná escondido, Cristo descendido del cielo como hombre, después resucitado y vuelto a subir al cielo con su glorioso cuerpo, formaba parte de las delicias de Dios» (H.R.), delicias que Ãl comparte con los vencedores (Apocalipsis 2:17).
Después del hambre, la sed da ocasión para que ese pueblo vuelva a murmurar. Pero nuevamente la gracia de Dios se vale de esa necesidad para revelarnos un misterio precioso, cuya explicación se encuentra en 1 Corintios 10:4: âTodos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebÃan de la roca espiritual que los seguÃa, y la roca era Cristoâ (comparar con Juan 7:37-39). Pero, para dar su agua (la vida que otorga el EspÃritu), hacÃa falta que la roca fuese herida, como Cristo lo fue en la cruz por la mano de Dios mismo. No obstante, observemos bien que es el pecado del pueblo, sus murmuraciones, sus rebeliones, los que dan ocasión para herir la roca. âPor la rebelión de mi pueblo fue heridoâ, dice el profeta (IsaÃas 53:8). Asà como el maná es la imagen de un Cristo venido del cielo, la roca herida nos habla de un Cristo crucificado y el agua viva representa al EspÃritu Santo, poder de vida que el Salvador muerto y resucitado da a todos aquellos que creen en Ãl.
Después de ser alimentado y una vez saciada su sed, el pueblo está preparado por Jehová para realizar una nueva experiencia: la del combate con Amalec. Sólo después de ser fortalecidos âen el Señor, y en el poder de su fuerzaâ, los creyentes pueden resistir a sus enemigos (Efesios 6:10-13). En el Mar Rojo, Jehová combatÃa por los suyos y ellos permanecÃan tranquilos (14:14). La cruz fue el combate del Señor solo. Nosotros no podÃamos luchar por nuestra salvación. Pero, después de la conversión empiezan los combates (Gálatas 5:17). Como un ejército, nuestras antiguas faltas vuelven a hostigarnos, a hacernos la guerra (1 Pedro 2:11). ¿No podremos contar con el Señor en esto? ¡Por supuesto que sÃ! En la cruz Ãl combatÃa por nosotros, en nuestro lugar, pero ahora Ãl, el verdadero Josué, combate con nosotros. Sin embargo, únicamente en la cumbre del monte se decide la victoria. Cristo, a la vez verdadero Moisés y verdadero Aarón, desde su resurrección y su ascensión está en el cielo intercediendo por los suyos. Y sus manos no se cansan jamás (Romanos 8:34 y 37; Hebreos 7:25). El resultado de la batalla no depende de la fuerza de los combatientes sino de su fe y de las oraciones del Señor Jesús. En este relato Josué nos enseña a combatir y Moisés a orar (Salmo 144:1-2).
Volvemos a encontrar aquà a Jetro, suegro de Moisés. Personifica a las naciones de la tierra que, en un tiempo futuro, se regocijarán con el pueblo de Israel por la liberación de la cual éste habrá sido objeto y darán gloria a Dios. Al mismo tiempo observamos que Séfora y sus hijos âque personifican a la Iglesia, como lo vimos en el capÃtulo 2â no participaron de las pruebas de Israel ni en su liberación. La Iglesia habrá sido alzada de la tierra cuando tengan lugar las tribulaciones y el restablecimiento del pueblo judÃo.
El nombre de Gersón nos recuerda que Cristo, como Moisés, fue extranjero en esta tierra y que la Iglesia también es extranjera en este mundo. Pero, en esta difÃcil posición, el socorro de Dios le está asegurado. Eso es lo que significa el nombre de Eliezer. En el versÃculo 8 Moisés da testimonio de todo lo que Dios ha hecho por los suyos. Es un bello ejemplo para nosotros ¿no le parece? No temamos contar a otros, empezando por los miembros de nuestra familia, cómo hemos sido rescatados. La consecuencia de ese testimonio aparece en el versÃculo 11: Jetro reconoce la grandeza de Jehová, le da gloria, ofrece sacrificios y al final come o, dicho de otra manera, experimenta la comunión, con el pueblo rescatado, en la presencia de Dios.
Jetro aconseja a Moisés para que delegue a otros una parte de su servicio. Este consejo tiene apariencia de sabidurÃa, pero ¡en realidad desconoce el poder del EspÃritu de Dios! Es uno de los principios fundamentales de la institución de clérigos. Unos hombres son designados e investidos por otros, según una jerarquÃa, como intermediarios entre Dios y los simples «fieles». Pero la Palabra de Dios no reconoce para la Iglesia más que un solo Jefe (Efesios 4:5), plenamente suficiente para encargarse de todo lo que concierne a los suyos. Y Jesús no atiende solamente âasuntos gravesâ. Nada de lo que nos concierne es demasiado pequeño ni demasiado insignificante para Ãl. Jamás temamos dirigirnos directamente a Ãl (leer 1 Pedro 5:7).
Bajo su aspecto profético, este capÃtulo nos muestra que Jesús no estará solo para ejercer la administración del reino (Mateo 19:28). Cuando venga del cielo acompañado por la multitud de sus rescatados será establecido un orden con responsabilidades diferentes, para la plena gloria de Dios. Mientras el pueblo de Dios prosigue su camino por el desierto, Jetro vuelve a su paÃs (v. 27). La vida de fe, la posición de extranjero y de peregrino no tienen atractivo para él. Desgraciadamente, ¡cuántos cristianos se le parecen!
Después del desierto de Shur (15:22) y el de Sin (16:1), el pueblo llega al desierto de SinaÃ. Llevado sobre alas de águilas (sÃmbolo de poder â v. 4), ha llegado ahora al lugar donde Jehová le va a hacer sus revelaciones y enseñarle de qué manera quiere ser servido (10:26). En Egipto, como lo hemos visto, ningún culto era posible. En cambio, desde que la redención se cumplió, desde que Dios separó a los suyos, espera de ellos el servicio de la alabanza. âVosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santaâ, declara Ãl en el versÃculo 6. âPara que anunciéis las virtudes de aquel que os llamóâ¦â, completa 1 Pedro 2:9.
Este capÃtulo comienza, pues, una nueva parte del libro. Hasta aquà hemos considerado lo que Jehová, en gracia, hizo por su pueblo. A partir de ahora vamos a encontrar lo que en reciprocidad espera de ese pueblo. Dios siempre empieza por dar antes de exigir algo. Desgraciadamente, el pobre pueblo no se conoce a sà mismo, a pesar de Mara y Meriba. Responde con esta loca promesa que Dios no le pedÃa: âTodo lo que Jehová ha dicho, haremosâ (v. 8). No le necesitará mucho tiempo para manifestar su incapacidad de cumplirla.
Cuando un niño se cree capaz de una hazaña imposible (por ejemplo, levantar un saco de cincuenta kilos), ¿qué le dice su padre?: «¡Prueba!» Y solamente cuando el pequeño comprueba, por su fracaso, que su padre tenÃa razón, está dispuesto a confiarle esa tarea.
Ãsta es la lección que Israel deberá aprender al pie de la montaña de SinaÃ. Cree poder hacer todo lo que Jehová pida. Entonces le son presentadas Sus santas exigencias.
El capÃtulo 12 de la epÃstola a los Hebreos, refiriéndose a esta escena (v. 18-29) establece el contraste entre el âmonte que se podÃa palparâ y el de Sion (el de la gracia), al cual somos invitados a acercarnos. El mediador ya no es Moisés en la montaña, sino Jesús, quien está en el cielo intercediendo por nosotros. Asà que, âtengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverenciaâ (Hebreos 12:28). El temor de desagradar al Señor no es para nosotros la consecuencia de mandamientos rigurosos, ni de compromisos temerarios que hayamos hecho, ni, como aquÃ, de una muestra solemne del poder de Dios. Ese temor es la respuesta de nuestros corazones a su inmensa gracia hacia nosotros (Salmo 130:4).
He aquÃ, pues, la ley que Jehová da a su pueblo. Ella pone en evidencia la maldad del hombre, su inclinación a hacer todo lo que aquà está prohibido. El hecho de que tales mandamientos le sean necesarios manifiesta abundantemente la perversidad de su naturaleza (leer 1 Timoteo 1:9â¦). Los cuatro primeros mandamientos conciernen a las relaciones del hombre con Dios: un Dios único, Santo, quien es EspÃritu, pero también es grande en bondad, ya que ha preparado un reposo para los suyos. Después de Dios, según el quinto mandamiento, los padres son los destinatarios del honor. Además, cuatro mandamientos tratan de las relaciones con nuestro prójimo en la vida en sociedad. Finalmente, el último nos concierne a nosotros mismos, puesto que sondea nuestro corazón para descubrir nuestros deseos más Ãntimos, aquello que no decimos a nadie. De hecho, el resumen de la ley es el amor. Pablo escribe a los romanos: âEl que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismoâ (Romanos 13:8-9; comparar con Mateo 22:34-40).
Esta escena (v. 18-26) es recordada en Hebreos 12:19 para mostrar la diferencia que hay entre la ley y la gracia bajo la cual está el creyente. A éste ya no se le pide que haga algo, sino que crea en Jesús, quien lo ha hecho todo. Por lo demás, el final del capÃtulo no nos muestra al hombre en la posición de alguien que haya hecho obras, sino en la de un adorador. Está claro que el Sinaà no es el lugar donde Dios y el pecador pueden encontrarse (v. 24). El versÃculo 25 nos enseña que las obras y las ordenanzas de los hombres no tienen ningún lugar en el culto según Dios. Por último, el versÃculo 26 enseña que ninguno debe elevarse por encima de sus hermanos, porque entonces su carne se hará visible para su vergüenza.
Bajo la imagen del siervo hebreo (21:2-6) reconocemos al Señor Jesús (comp. con ZacarÃas 13:5-6). Hombre obediente, el único que cumplió la ley, ese perfecto Siervo habrÃa podido salir libre y subir al cielo sin pasar por la muerte. Pero habrÃa estado solo. En cambio, en su infinito amor, Cristo querÃa la compañÃa de una Esposa. Entonces pagó el precio necesario. Su sangre vertida y sus heridas son la prueba de ello; proclamarán durante la eternidad el despojamiento voluntario de Aquel que tomó âforma de siervoâ (Filipenses 2:7) y que, hasta en la gloria, se complacerá en servir a los suyos (Lucas 12:37).
Si comparamos estos versÃculos con el capÃtulo 5 de Mateo, a partir del versÃculo 17, comprobaremos que el fiel Siervo de Jehová vino no solamente para cumplir la ley, sino también para introducir lo que la sobrepasa. La ley ordenaba: âno matarásâ, pero Jesús declara que si alguien dice solamente âlocoâ (versión Nacar-Colunga) a su hermano, ya queda expuesto al infierno de fuego. El Señor quiere que comprendamos más profundamente cada dÃa la gran maldad de nuestro corazón. Y quiere que conozcamos su propio corazón, el cual llegó infinitamente más lejos de lo que pedÃa la ley, la que decÃa: âAmarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigoâ (Mateo 5:43-44; ver Romanos 5:7, 8 y 10; comparar igualmente Ãxodo 22:1⦠con el Salmo 69:4 al final). ¿Dónde estarÃamos si la orden inflexible de âojo por ojo, y diente por dienteâ nos hubiese sido aplicada? Dios habrÃa hecho desaparecer de la tierra a la humanidad culpable de haber crucificado a su Hijo. Pero, en lugar de esto, en la misma cruz el Señor Jesús pone perfectamente en práctica lo que ha enseñado: âPadre, perdónalos, porque no saben lo que hacenâ (Lucas 23:34). Y el versÃculo 32 fija el precio de un siervo: el mismo en que fue estimado el Hijo de Dios (Mateo 26:15).
Desde el capÃtulo 21 hasta el final del capÃtulo 23 se suceden mandamientos que completan la ley. En su perfecta sabidurÃa, Dios prevé todo lo que puede acontecer y penetra en las circunstancias más ordinarias de la vida de los suyos: la prenda de un pobre, el encuentro con un buey extraviado⦠Lo vemos tomar la defensa de los débiles, ponerlos bajo su protección.
Nosotros, los cristianos, tenemos en la inagotable Palabra de Dios, junto con las verdades fundamentales respecto a nuestro Salvador y nuestra salvación, instrucciones para nuestra vida diaria. Pero, a diferencia del pueblo de Israel, el EspÃritu Santo nos ha sido dado. Ãl habita en el creyente y le hace conocer la voluntad de Dios para todos los detalles de su vida diaria. Le abre su inteligencia, le muestra lo que debe hacer y de lo que debe abstenerse. La Biblia es algo muy distinto de una compilación de reglas o una sucesión de prohibiciones y autorizaciones. Ella revela a un Dios de amor, a un Padre cuyo carácter somos invitados a reproducir. âSoy misericordiosoâ, dice de sà mismo al final del versÃculo 27. âSed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordiosoâ, enseña el Señor Jesús (Lucas 6:36).
Jehová se ve en la obligación de decir a su pueblo: âNo matarás al inocente y justoâ, orden que, desgraciadamente, se verá más que justificada, porque más tarde matarán âal Santo y al Justoâ (Hechos 3:14-15). El extranjero también es objeto de recomendaciones. No debÃa ser oprimido ni maltratado (v. 9; 22:21; ver JeremÃas 22:3). LevÃtico 19:34 va mucho más lejos: se le debÃa amar como a sà mismo. En el Nuevo Testamento el Señor Jesús declara que cuidar del extranjero es recogerlo a Ãl mismo (leer Mateo 25:35 al final). Por lo demás, ¿no fue Jesús el extranjero celestial que vino a visitar a los hombres? ¡De qué manera su corazón infinitamente sensible fue herido por la ingratitud de aquellos a los cuales vino por amor! SÃ, estamos invitados a comprender âcómo es el alma del extranjeroâ (v. 9), el corazón del Salvador.
Recuerda que tú también fuiste extranjero, añade Jehová. ¡Ponernos en el lugar de los otros es el secreto del amor! En los versÃculos 10 a 13, Dios nos muestra el cuidado que tiene de toda su creación: los animales, las plantas e incluso la tierra. Aprendamos nosotros mismos a respetar todo lo que pertenece a nuestro Padre celestial.
Con respecto al culto, subrayemos el final del versÃculo 15: âNinguno se presentará delante de mà con las manos vacÃasâ (Deuteronomio 26:2).
Jehová no solamente da mandamientos a Israel. También le prodiga cuidados, le proporciona un conductor: su Ãngel, el que irá delante de él para conducirlo y, a la vez, para dirigir sus combates. Por otra parte, lo instruye acerca del final de su peregrinaje. Amplios lÃmites han sido ya trazados para recibirlo (v. 31).
De la misma manera, Dios ha provisto hoy para el pueblo cristiano en la tierra un compañero de viaje: el EspÃritu Santo. La recomendación hecha a Israel en el versÃculo 21: âGuárdate delante de élâ, puede compararse con las exhortaciones hechas en el Nuevo Testamento en cuanto a no entristecer al EspÃritu Santo de Dios (Efesios 4:30). En su gracia, Dios quiere que los suyos también conozcan el final de su viaje: la bella heredad que su amor ha preparado para ellos en el cielo, junto a Jesús.
Sin embargo, entre los cuidados de Dios hay algunos a los que estamos menos dispuestos a comprender y aceptar. Esto se ve particularmente en la orden dada a su pueblo para que permanezca estrictamente separado de las naciones que lo rodean. Pero Dios no exige esta separación para privar de algo a los suyos. Por el contrario, lo hace por amor, con el fin de preservarlos de caer en una trampa (v. 33).
El primer pacto es inaugurado solemnemente y sellado con sangre (leer Hebreos 9:18â¦). Además, Jehová muestra un poco del resplandor de su gloria a los ancianos de Israel. Ven âdebajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno (o en su pureza)â (v. 10; comparar con Ezequiel 1:26). Sus pies⦠esta expresión sugiere el glorioso sendero del Hijo de Dios, tal como los evangelios nos lo presentan, un sendero «como el mismo cielo en purezaâ¦Â». Cristo no solamente âdescendió del cieloâ y âsubió al cieloâ, sino que de una manera permanente, Ãl es âel Hijo del Hombre, que está en el cieloâ (Juan 3:13). En los pasos de Cristo aquà abajo, en todas sus perfecciones morales, puede ser admirada la gloria de Dios (Salmo 68:24). âEl que me ha visto a mÃ, ha visto al Padreâ, dice Jesús a sus discÃpulos (Juan 14:9). El versÃculo 11 es la prefiguración de la santa libertad y de la comunión, de las cuales gozan actualmente los rescatados por el Señor Jesús. Sobre la base de la obra cumplida por Cristo y de su presencia a la diestra de Dios, ellos están en la gloria como en su hogar.
Pensamos también en Moisés sobre otro monte: el de la transfiguración, donde será testigo, junto con ElÃas y tres de los discÃpulos, de la gloria del Señor Jesús (Lucas 9:28-36).
Con nuestro capÃtulo empiezan las instrucciones respecto al culto. El tabernáculo, âfigura y sombra de las cosas celestialesâ (Hebreos 8:5) nos presenta con todo detalle, bajo forma de sÃmbolos, las condiciones en las que: 1) el Dios santo puede permanecer en medio de los suyos; y 2) nosotros, que somos pecadores, podemos acercarnos a ese Dios santo. Trata las verdades básicas de nuestra salvación y el lugar que ocupan en el orden divino.
Cuando queremos describir una casa, no empezamos por los muebles. AquÃ, sin embargo, el arca ocupa el primer lugar porque ella representa a Cristo, centro de todos los consejos de Dios. Ella era de madera de acacia (árbol de suelos áridos, incorruptible, figura de la humanidad de Cristo â IsaÃas 53:2) recubierta de oro, emblema de Su deidad. El propiciatorio de oro puro que servÃa de cubierta al arca nos habla de un Dios hecho propicio, satisfecho por la sangre que era presentada (leer Romanos 3:25), quien puede aceptar al pecador en su presencia (v. 22). En cuanto a los âquerubines de gloriaâ, cuyos rostros estaban vueltos hacia el propiciatorio (Hebreos 9:5), nos hablan de los profundos y divinos misterios que allà se encuentran, âcosas en las cuales anhelan mirar los ángelesâ (1 Pedro 1:12).
Mientras el arca evoca a Cristo, por medio de quien fueron perfectamente mantenidos los derechos de Dios, la mesa representa a Cristo llevando continuamente a los suyos ante la presencia de Dios. De la misma composición que el arca (madera de acacia cubierta de oro), con una cornisa y una moldura âlas que respectivamente hablan de gloria y protecciónâ, la mesa estaba destinada a llevar, en primer lugar, los doce panes de la proposición (LevÃtico 24:5-6), imagen de la totalidad del pueblo de Dios, y luego los utensilios de oro puro del versÃculo 29, dándonos seguridad de que Cristo nos sustenta en nuestro servicio (Marcos 16:20). De una manera simbólica, todo el pueblo de Dios está ahÃ, en el santuario, llevado por el Señor y mantenido por Ãl en la luz de Dios. Eso nos lleva al candelero de oro puro, emblema de Aquel que fue âla luz del mundoâ. El candelero tenÃa siete lámparas de oro, figura del testimonio según Dios que corresponde hoy a la Asamblea (Apocalipsis 1:12 y 20). Ãsta es responsable de alumbrar durante la noche de este mundo por medio de la energÃa del EspÃritu Santo (el aceite). âVosotros sois la luz del mundoâ âdijo Jesús a los suyosâ durante el tiempo de su ausencia (Mateo 5:14). Pero, para mantener el resplandor de las lámparas, es necesario el empleo de despabiladeras (v. 38), imagen de los continuos cuidados de nuestro Sumo Sacerdote.
Después de estos tres objetos (el arca, la mesa y el candelero) viene la descripción del tabernáculo propiamente dicho. Era un conjunto de tablas que formaban tres paredes, por encima de las cuales estaban extendidas cuatro cubiertas sobrepuestas, cada una constituida por varias cortinas. La primera cubierta, llamada el tabernáculo, estaba puesta debajo y formaba el techo. Sólo se podÃa contemplar desde el interior del santuario. Estaba tejida con hilos de diferentes colores, semejantes a los que encontramos en el velo (v. 31) y en el efod del sumo sacerdote (cap. 28:5). Cada uno de esos colores subraya una gloria particular de Cristo. El lino torcido ilustra siempre su humanidad perfecta, el azul su carácter celestial, la púrpura su gloria universal, el carmesà su realeza sobre Israel. Las lazadas de azul y los corchetes de oro que unÃan las cortinas nos recuerdan los vÃnculos celestiales y divinos que unen a los rescatados. La segunda cubierta (la tienda), de pelo de cabra, la tercera de pieles de carneros y la cuarta de pieles de tejones, sugieren respectivamente la separación, la consagración (cap. 29:27) y la vigilancia. Dios halló esas virtudes en la vida de Jesús en este mundo y desea que ellas sean igualmente visibles ahora en la vida de los suyos.
Los tres lados del tabernáculo estaban constituidos por anchas tablas de madera de acacia cubiertas de oro, puestas de pie sobre basas de plata. Figura de los rescatados, firmemente establecidos sobre la redención de la cual siempre nos habla la plata, y que la justicia divina (el oro) ha revestido, de forma que es ese carácter divino el que ahora debe brillar. Pero, para que las tablas se mantuvieran juntas y resistieran el embate del viento del desierto, hacÃan falta las barras, las que nos hacen pensar en todo lo que une a los hijos de Dios. Por ejemplo, los agradables vÃnculos del afecto fraterno. ¡Qué apoyo es para un joven creyente tener un hermano o un amigo con el que pueda hablar de sus dificultades y ponerse de rodillas para elevar a Dios sus plegarias! Por encima de todo, âun solo EspÃrituâ une a todos los rescatados por el Señor, de manera que forman un cuerpo âbien concertado y unido entre sÃâ, en condiciones para resistir a âtodo viento de doctrinaâ y a los esfuerzos que el enemigo hace para derribarlos (Efesios 4:2-4 y 14-16; ver también 1 Corintios 10:12). Observemos, por último, lo que caracterizaba a las tablas de las esquinas: estaban perfectamente unidas âpor su altoâ (v. 24 â ver Juan 17:21 y 1 Corintios 1:10). Un común afecto por el Señor es lo que estrecha âperfectamenteâ los vÃnculos de la comunión de los cristianos entre sÃ.
Yendo del interior hacia el exterior âel camino de Dios hacia el pecadorâ, el tabernáculo contaba con un lugar santÃsimo inaccesible, en el que se encontraba sólo el arca del testimonio (v. 33); luego tenÃa un lugar santo, separado del lugar santÃsimo por un velo. Este velo representaba la humanidad de Cristo (Hebreos 10:20), ese conjunto de glorias y perfecciones del que dan una idea los materiales utilizados. Los querubines bordados nos recuerdan a aquellos que prohibÃan al hombre el acceso al árbol de la vida (Génesis 3:24). Pero, a la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó, quedando asà abierto al hombre un camino hasta la misma presencia de Dios.
Ante el velo estaba puesta la mesa y el candelero (v. 35), asà como el altar de oro (cap. 30:6). La misma tienda estaba cerrada con una cortina, obra de recamador, pero sin querubines, pues los sacerdotes estaban autorizados a penetrar para cumplir su servicio. Finalmente, ante la tienda estaba erigido el altar de bronce. De grandes dimensiones, cuadrado, ese altar nos habla de la cruz y de la eficacia de ella. Era de madera de acacia (Cristo hecho hombre para poder sufrir y morir) y estaba cubierto de bronce (a fin de que pudiera atravesar la prueba del fuego del juicio divino contra el pecado). ¡Gloria a nuestro perfecto Redentor!
En torno al tabernáculo propiamente dicho se extendÃa el atrio, una especie de gran patio cerrado donde todos los israelitas estaban autorizados a entrar con sus sacrificios (Salmo 96:8). Estaba cercado con cortinas de lino torcido sostenidas por columnas, las que descansaban sobre basas de bronce. Esas cortinas de lino torcido inmaculado (conformes a la inmaculada humanidad de Cristo) nos hablan del testimonio práctico de pureza que los rescatados están llamados a dar frente a un mundo ignorante y hostil. Este testimonio está acompañado por sufrimientos a causa de la justicia; por eso todo descansa sobre basas de bronce, de igual naturaleza que el altar del sacrificio donde, en figura, Cristo sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo⦠(1 Pedro 2:21). Al brillar bajo el sol del desierto, el recinto del atrio debÃa ser visto desde muy lejos, proclamando que Dios estaba ahÃ. Que el Señor nos conceda darle colectivamente un testimonio sin mancha ante el mundo.
El final del capÃtulo nos recuerda cuál es la fuente y el poder interior de tal testimonio: el EspÃritu Santo. Para que las siete lámparas del candelero alumbraran continuamente debÃa ser traÃdo el aceite puro de olivas machacadas, imagen de un incesante ejercicio por parte de los creyentes para dejar al EspÃritu de Dios el lugar que le corresponde.
Aarón es un tipo de Cristo bajo su carácter de Sumo Sacerdote. Ãl era el portavoz del pueblo ante Jehová, como Cristo lo es ahora ante Dios, el representante de los que le pertenecen. Sus vestiduras nos hablan en figura de todo lo que se refiere al oficio que Cristo desempeña en el cielo en favor de sus rescatados. ¡Que el EspÃritu Santo nos llene de sabidurÃa (v. 3) para poder examinar las diferentes partes de esas vestiduras! En efecto, ellas ilustran, al mismo tiempo que los atributos gloriosos del Sumo Sacerdote, verdades que nos conciernen muy estrechamente.
El efod, especie de túnica sin mangas, era el elemento principal y caracterÃstico. Como el velo, estaba tejido y bordado con hilos de varios colores, a cuyo significado ya nos hemos referido. Lo completaban dos hombreras, cual broches que juntaban la parte delantera del efod con la trasera, y sobre ellas habÃa piedras de ónice encajadas en engastes de oro (v. 11) que llevaban como memorial, grabadas de una manera imborrable, los nombres de las doce tribus de Israel. Bella imagen de la manera en que Cristo sostiene y lleva a sus rescatados. Son conocidos por su nombre y siempre están presentes en su pensamiento (comparar con Lucas 15:5). Además, forman parte de su gloria, honra y hermosura (v. 2).
Por encima del efod, en la parte delantera, el pectoral estaba firmemente atado. Ãste llevaba doce piedras preciosas engastadas en oro, cada una con el nombre de una tribu, las que asà se encontraban constantemente sobre el corazón de Aarón. Ãsta es una conmovedora imagen del lugar que ocupamos los redimidos del Señor. Estamos sobre sus potentes hombros, pero también sobre su corazón, ya que somos el objeto de su incesante ternura (comp. con Juan 13:23). Los nombres estaban escritos âcomo grabaduras de selloâ (Cantares 8:6; Hageo 2:23).
âContinuamenteâ es una palabra que debe subrayarse en este capÃtulo (al final de los v. 29, 30 (âsiempreâ) y 38). Al igual que estas piedras fijadas de manera inconmovible, nada puede hacer que los rescatados por el Señor se vean privados de Su fuerza (ver Juan 10:28) o de Su amor (Romanos 8:35).
Las piedras eran de diferente color, de modo que cada una reflejaba de manera particular la luz del mismo candelero. Asà los rescatados del Señor reflejamos diferentes rasgos morales de Jesús. Y cada uno es precioso para Su corazón. Cuando estemos a punto de criticar a un hermano, acordémonos de que el Señor lo ama. Finalmente, para reflejar bien la luz del santuario, todas esas joyas âlos creyentesâ tenÃan que ser labradas y pulidas, lo que constituye el paciente trabajo del EspÃritu Santo.
El manto azul que Aarón debÃa llevar bajo el efod nos habla del carácter celestial de nuestro Sumo Sacerdote. Cristo ha sido hecho más sublime que los cielos (Hebreos 7:26) en tanto que un testimonio le es dado en la tierra por estos âhermanos juntos en armonÃaâ, quienes, sostenidos por Su sacerdocio en el cielo, constituyen como âel borde de sus vestidurasâ (Salmo 133:1-2). Las campanillas nos hacen pensar en lo que debemos oÃr en la vida de los hijos de Dios. Su tintineo era la prueba de que el sacerdote estaba vivo. ¿Mostramos a nuestro alrededor que Cristo está vivo? Las granadas representan el fruto: lo que se debe ver en la vida de los santos si están vinculados a la «vestidura» del Hombre celestial (comparar con Juan 15:5). Observemos que las campanillas y las granadas estaban en igual número, lo que significa que las palabras y los hechos deben ir a la par en la vida de cada hijo de Dios. Pero, si en ese testimonio y ese servicio nos sentimos sin fuerzas e imperfectos, tenemos un remedio: Cristo ante Dios en su absoluta santidad, quien tiene sobre su frente la lámina de oro fino con la inscripción âSantidad a Jehováâ. Si lo consideramos, no estaremos pendientes de nuestras debilidades, sino de sus perfecciones (Salmo 84:9).
Las vestiduras de los hijos de Aarón nos hacen pensar en la promesa del Salmo 132:16.
Solo, Aarón representa a Cristo; como tal es ungido aparte y la sangre no es necesaria (v. 7). Acompañado de sus hijos, vemos a Cristo con los suyos. En virtud de su relación con Jesús, Sumo Sacerdote en el cielo, los creyentes están asociados a Cristo para presentar la alabanza a Dios. Pero, antes de poder ejercer su oficio, Aarón y sus hijos tenÃan que cumplir ciertas condiciones. Algunos sacrificios estaban preparados para ellos. DebÃan acercarse a la entrada de la tienda y ser lavados con agua (observemos que no podÃan hacerlo ellos mismos). A continuación recibÃan las nuevas vestiduras descritas en el capÃtulo 28. Moralmente, las mismas operaciones son indispensables antes de iniciar cualquier servicio cristiano. Es preciso que vayamos a Dios con el sacrificio excelente que expÃa nuestros pecados. Luego es necesario ese lavado âcon aguaâ efectuado por la Palabra (Hebreos 10:22; Tito 3:5). Finalmente, nuestro cuerpo limpio requiere vestiduras limpias. ZacarÃas 3:3-5 nos muestra un sacerdote, Josué, al que Jehová viste de ropas de gala en lugar de sus âvestiduras vilesâ. Nuestra conducta exterior debe ser pura para que corresponda a la purificación interior de nuestra conciencia. Sólo vistiéndonos del Señor Jesucristo podremos realizarlo (Romanos 13:14).
La ceremonia continuaba. En efecto, los hijos de Aarón no habÃan sido purificados para que luego hicieran lo que quisieran. Estaban consagrados, dedicados al servicio de Jehová. En Israel, únicamente la familia de Aarón ejercÃa el sacerdocio, mientras que ahora todos aquellos que forman parte del pueblo de Dios son llamados a ejercer esta noble función. Amigos creyentes, si Dios nos ha salvado a causa de su gran amor, es para que, desde ahora, le estemos enteramente consagrados. La sangre sobre la oreja y los pulgares de la mano y del pie (v. 20) muestran que esas partes del cuerpo âlas que respectivamente nos hablan de obediencia, acción y marchaâ quedaban santificadas para ser puestas a disposición de Dios por medio del poder del EspÃritu Santo (el aceite sobre la sangre).
Observemos bien que la expresión traducida por «consagrar» significa literalmente «llenar las manos». También, lejos de ver en la consagración âcomo lo hacen algunosâ un acto por medio del cual nos ofrecemos nosotros mismos al Señor (¿acaso podemos darle lo que ya le pertenece?), entendemos en cambio que nuestras manos âo más bien nuestros corazonesâ tienen necesidad de ser llenos por Dios antes de poder âmecerâ la ofrenda (Cristo) ante Ãl (v. 24). âTodo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damosâ, dirá David (1 Crónicas 29:14).
El carnero de las consagraciones debÃa ser primeramente ofrecido y después comido por los sacerdotes. Para servir a su Dios, el rescatado debe alimentarse de Aquel que hasta en la muerte se consagró a Dios. El apóstol nos exhorta a andar âen amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sà mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fraganteâ (Efesios 5:2). Los sacerdotes debÃan comer la carne del carnero de las consagraciones a âla puerta del tabernáculo de reuniónâ, es decir, antes de servir en el santuario. A cada uno de los siete dÃas de la semana le correspondÃa un sacrificio, lo que para nosotros viene a ser el producto de ejercicios espirituales y afectos renovados de dÃa en dÃa.
El final del capÃtulo nos habla de los sacrificios que debÃan ser ofrecidos âcontinuamenteâ, âpor vuestras generacionesâ (ver Números 28:3, 6, 10â¦; Esdras 3:5), para magnificar constantemente ante Dios la obra de la cruz. Una vez santificado el tabernáculo, el altar y la familia sacerdotal, Dios podÃa habitar en medio de los suyos en un orden de cosas que convenÃa a su gloria (v. 44-45). El apóstol Pablo establece la misma relación entre la actual habitación de Dios en los creyentes âpor medio de su EspÃrituâ y la santidad que debe caracterizar a éstos (leer 1 Corintios 3:16-17 y 6:19).
Una vez efectuada la obra que permitÃa al sacerdote acercarse, se nos presenta otro altar, cubierto de oro, sobre el cual Aarón y sus hijos debÃan quemar el incienso. El primer altar nos habla de Cristo y del valor de su sangre; el segundo también es figura de Cristo y de la eficiencia de su intercesión. El altar de oro era inseparable del altar de bronce. Jesús fue primeramente el sacrificio y después el sacerdote. Como ofreció en la cruz la sangre que purifica, ahora puede presentarse vivo por los suyos, en los lugares santos.
Ninguna vÃctima era ofrecida en el altar de oro, ya que Cristo no tiene que sufrir ni morir más. La obra está acabada. Ahora Ãl es, en el cielo, el tema, «la esencia» del culto. Por medio de Cristo el rescatado también se acerca a su vez y ofrece al Padre el perfume de la adoración y la oración (Salmo 141:2). Porque el culto consiste, ante todo, en presentar a Dios las perfecciones de su Hijo amado.
Los versÃculos 11-16 hablan del rescate. Ãste es estrictamente personal. Por otra parte, era idéntico para el rico y el pobre. Dios no hace diferencia entre los pecadores (Romanos 2:11) y ofrece a todos el mismo medio de salvación. ¡Una salvación gratuita! Pero ¡cuánto le costó a Aquel que pagó nuestro rescate!
TodavÃa faltaba un utensilio para que el culto pudiera tener lugar. Era la fuente de bronce. Ella debÃa estar puesta en el atrio, entre el altar de bronce y el tabernáculo propiamente dicho, en el camino del sacerdote que, yendo a ejercer su oficio, se lavaba las manos y los pies. Este acto es figura del juicio de uno mismo bajo el efecto de la Palabra (el agua) que purifica al adorador de las manchas contraÃdas en su marcha en medio del mundo (Juan 13:10).
Después del agua que limpia âlas inmundicias de la carneâ (1 Pedro 3:21) (lado negativo), encontramos el aceite de la unción (el EspÃritu) que confiere un carácter santo. Los ingredientes que entraban en su composición expresaban las diversas gracias y glorias de Cristo. Estaba prohibido verter el aceite santo sobre la carne del hombre (servirse de los dones del EspÃritu para vanagloriarse) y fabricar otro semejante (imitar las manifestaciones del EspÃritu Santo). El Salmo 133 (v. 2) nos muestra este precioso aceite derramado sobre la cabeza de Aarón y que baja por su barba hasta el borde de sus vestiduras; magnÃfica imagen de los rescatados que gozan, por medio del EspÃritu, de las perfecciones de su Jefe glorificado y que participan de la misma unción. Por el contrario, el buen olor del incienso subÃa constantemente hacia Dios para presentarle en detalle toda la excelencia de su Amado.
Observemos en nuestro pasaje la sucesión de los verbos: he llamado por nombre, he llenado del EspÃritu de Dios, he puesto (o dado) con él a Aholiab, he puesto sabidurÃa, te he mandado. Todo lo que concierne al servicio es dirigido desde arriba, por Dios mismo. Ni siquiera Moisés estaba calificado para escoger a los obreros. En el libro de los Hechos vemos que es el EspÃritu Santo quien designa a Bernabé y a Saulo para efectuar la obra a la cual Dios les llamaba (Hechos 13:2). Con más razón, no pertenece al obrero decidir lo que debe hacer. Dios es quien lo designa y lo llena de la sabidurÃa necesaria. Dios ha dado a cada uno una inteligencia. ¿Para qué empleamos la nuestra? Quizá para hacer buenos estudios o para ganarnos bien la vida. Pero el Señor quiere que, bajo la acción de su EspÃritu, todas nuestras facultades estén puestas a su servicio.
Por último, también es Dios quien, con el servicio, da el descanso necesario a sus siervos. El Evangelio nos muestra al Señor llamando a sus discÃpulos, enviándolos y, finalmente, al regresar ellos, conduciéndolos aparte para que descansen un poco (Marcos 6:7 y 31). Aquà el descanso toma la forma del dÃa de reposo. âEl dÃa de reposo fue hecho por causa del hombreâ, dice el Señor Jesús (Marcos 2:27). Sepamos dar gracias a Dios por el descanso que nos concede.
DesearÃamos poder pasar directamente de la descripción del tabernáculo (capÃtulo 31) a su construcción (capÃtulo 35). Desgraciadamente, entre los dos hechos se intercala un episodio oscuro de la historia de ese pobre pueblo. Mientras Dios, en la montaña, daba la ley a Moisés, en la llanura el pueblo ya transgredÃa los dos primeros mandamientos. Y mientras Jehová daba a su siervo las instrucciones relativas a su culto, Israel establecÃa un culto idólatra. ¡Cuán grande es la perversidad del hombre, su ingratitud, su rapidez para olvidar las bondades de Dios! (Salmo 78:11; 106:19-23). âLa idolatrÃaâ no es solamente el pecado de Israel o de los paganos. Al recordar esta escena, el apóstol Pablo se ve en la obligación de advertir a los cristianos (1 Corintios 10:7 y 14). Un Ãdolo es todo lo que toma en nuestro corazón el lugar que pertenece a Jesús. Puede ser semejante al becerro de oro: 1) a imagen de los dioses del mundo (los egipcios adoraban al buey Apis); 2) fundido en molde o, dicho de otra manera, llevando la huella de las concepciones del espÃritu humano; 3) dándole forma con buril, es decir, ser el fruto de nuestros propios esfuerzos (IsaÃas 44:10 y 12). Todo eso ocurre cuando se ha perdido de vista el regreso de nuestro Mediador, Cristo, actualmente en el cielo, asà como Moisés estaba en la montaña.
âTu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompidoâ anuncia Jehová a Moisés (v. 7). «No, âresponde Moisésâ es âtu puebloâ que tú sacaste⦠(v. 11). Por consiguiente, no puedes destruirlo.» Jesús, al orar en favor de los suyos dice al Padre: âtuyos sonâ (Juan 17:9).
Aquà Moisés es un abogado hábil. En otro tiempo habÃa dicho que él no era un hombre elocuente, que era âtorpe de lenguaâ (4:10). Pero ahora su corazón se siente conmovido por Israel y, a causa de la abundancia de su corazón, ¡qué bien sabe, por el EspÃritu, abogar en favor del pueblo de Dios! No obstante, todo el favor de Moisés no podÃa impedir que Jehová destruyese a Israel si la ley que lo condenaba le era presentada en ese momento. De esas dos cosas, la ley y el pueblo culpable, una tenÃa que desaparecer. En su gracia, Dios permite que la ley sea retirada, de forma que Moisés, acorde con el pensamiento de Dios, rompe las dos tablas de piedra al pie de la montaña.
Cuando el Señor Jesús vino a este mundo culpable, no fue para abolir la ley. Por el contrario, Ãl la cumplió perfectamente antes de sufrir en la cruz su maldición (Mateo 5:17-18; Gálatas 3:13).
La indignación se ha apoderado de Moisés. anteriormente se habÃa mostrado celoso por el pueblo ante Jehová; ahora se muestra celoso por Jehová ante el pueblo. Moisés reprende a Aarón, el cual se excusa en lugar de humillarse. Además, un terrible deber es impuesto a los hijos de Levà para mostrarnos que la gloria de Dios siempre está antes que los vÃnculos familiares o amistosos. Los hijos de Levà son fieles, y Jehová lo tendrá en cuenta al confiarles más tarde el servicio del tabernáculo (Deuteronomio 33:9-10). Dios no nos empleará a su servicio sin haber puesto a prueba nuestra fidelidad.
Por último, volvemos a encontrar a Moisés en la posición de intercesor. Expone los hechos âcontrariamente a Aarónâ sin esconder nada. Pero quiere hacer propiciación por el pueblo y se ofrece para ser castigado en su lugar. Se parece en eso al apóstol Pablo, quien deseaba ser separado de Cristo, por amor a sus hermanos, los que eran sus parientes según la carne (Romanos 9:3). Pero este sacrificio no es posible. La Escritura declara que ningún hombre âpodrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescateâ (Salmo 49:7), y que âcada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sÃâ (Romanos 14:12). Sólo Cristo pudo hacer propiciación por el pecador, porque Ãl mismo era sin pecado.
Animado por una ira santa, Moisés destruye el becerro de oro y ordena el castigo. En seguida informa al pueblo que Jehová no subirá con ellos. Entonces hace algo inesperado: levanta para él una tienda fuera del campamento, lejos de éste. ¿Ha dejado de amar al pueblo? No, por el contrario, acaba de dar la prueba más grande y conmovedora al pedir ser borrado del libro de Jehová en lugar del pueblo. Su motivo es muy diferente. A causa del pecado cometido, la nube no puede posarse más en el campamento. Por eso, para volver a encontrar esta preciosa columna, figura de Cristo, Moisés y otros con él dejan el campamento de Israel.
Hebreos 13:13, al aludir a este pasaje hace oÃr el llamado: âSalgamos, pues, a él (Cristo), fuera del campamentoâ. Para obedecer a esta prescripción, muchos rescatados se han separado de religiones formalistas y de iglesias organizadas en la cristiandad, y han buscado sencilla y únicamente la presencia del Señor Jesús (Mateo 18:20). ¡Veamos a Josué! Aunque todavÃa era joven, comprendÃa que su felicidad consistÃa en no abandonar la presencia de Dios. Imagen de una continua comunión, pero también del gozo que nos espera en el lugar donde el Señor ha prometido su presencia.
Fuera del campamento Moisés puede hablar cara a cara con Jehová (v. 11) ¿Cuál es el tema de conversación? Como siempre, el pobre pueblo. Moisés es figura de alguien más grande que él: el Hijo que hablarÃa a su Padre de aquellos que le serÃan dados de en medio del mundo (Juan 17:9).
âTe ruego que me muestres ahora tu caminoâ, pide el varón de Dios. Además, ruega que Dios vaya con ellos. Comparemos esas peticiones con la doble petición del salmista: âHazme saber el camino por donde ande⦠Tu buen EspÃritu me guÃe a tierra de rectitudâ (Salmo 143:8 y 10). SÃ, sube tú mismo con nosotros, reclama el fiel intercesor. No nos podemos privar de tu presencia. Y Dios se deja conmover. Como ya lo hemos observado, Ãl nunca considera que la fe sea demasiado atrevida. Regocijamos su corazón pidiéndole cosas difÃciles. Se suele decir: una fe pequeña recibe una respuesta pequeña, pero una fe grande recibe una respuesta grande.
Al final, Moisés hace una tercera petición a Jehová, más audaz todavÃa: que le sea permitido ver Su gloria. Sólo la verá âpor detrásâ (dicho de otra manera, en las huellas que Su amor ha dejado). Pensamos en la petición de Jesús a su Padre, a fin de que, ahà donde Ãl está, los suyos también estén, para que vean su gloria⦠(Juan 17:24). Tal es su más ansiado deseo. ¿Es también el nuestro?
Cuando Moisés pidió a Jehová que le mostrara Su gloria, sin duda esperaba tener una visión resplandeciente, como la descrita en el capÃtulo 24:10. Pero Dios le va a revelar algo mucho más precioso: âLa gloria de su graciaâ (Efesios 1:6). Se da a conocer a su siervo como el Dios misericordioso y hacedor de gracia (v. 6). Es como si Dios dijera: Llevo un nombre que me obliga a dispensar gracia. Pero notemos dos condiciones que nos permitirán aprovecharla.
1a. âPrepárate, pues, para mañana, y sube de mañanaâ, ordena Jehová a Moisés. ¡El Señor nos dé cada mañana esta disposición del corazón, tan necesaria para gustar su gracia! (Salmo 63:1-3).
2a. El hombre de Dios debe mantenerse en la hendidura de la peña, imagen de un Cristo herido, quien ahora dice a los suyos: âPermaneced en mÃâ (Juan 15:4). Pero la gracia de Dios no debe hacernos olvidar su gobierno. En el mismo versÃculo 7 aprendemos que Ãl perdona la iniquidad (por gracia), pero de ningún modo tendrá por inocente al malvado.
Jehová habÃa declarado en el capÃtulo 33 (v. 3): âYo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cervizâ. Precisamente por ese motivo Moisés reclama su presencia (v. 9). Después de la revelación de tan grandes glorias divinas: misericordioso, perdonador, es como si Moisés contestase: «El pueblo precisamente necesita un Dios como tú».
Por segunda vez Moisés está con Jehová en la montaña durante cuarenta dÃas. Como consecuencia de lo que ha sucedido, Dios se da a conocer como un âDios celosoâ (v. 14), deseoso de ser el único objeto de la adoración de su pueblo. No porque los Ãdolos le causen el más pequeño perjuicio. ¿Qué rivalidad puede existir entre el Creador de los mundos y los dioses de oro, de piedra o de madera, obras de manos de hombres? Pero es âcelosoâ porque sabe que la felicidad de los suyos consiste en no amar a nadie más que a Ãl, y que los Ãdolos siempre los desilusionarán. También lo es porque el débil amor de ellos tiene gran valor para su corazón. La primera epÃstola de Juan, la que más nos habla del amor divino, termina haciendo esta exhortación: âHijitos, guardaos de los Ãdolosâ.
Los moradores del paÃs te serán un tropezadero, previene Jehová, quien conoce a la vez la trampa y nuestra tendencia a caer en ella (v. 12). Añade: âY te invitaránâ (v. 15). Tengamos valor para rehusar las invitaciones de compañeros o colegas del mundo. Mejor aun: manifestemos una conducta tal que los que deseen invitarnos sepan primero quiénes somos (1 Reyes 1:9-10).
Con relación a sus derechos, Jehová repite aquà algunas de las instrucciones de los capÃtulos 21 a 23.
No es posible estar en contacto con Dios y gozar de sus revelaciones de gracia sin que eso se traduzca exteriormente. El rostro de Moisés resplandece, aunque él mismo no lo sabe. Con un rostro feliz, cada hijo de Dios deberÃa mostrar sin esfuerzo, a quienes lo rodean, la felicidad que él posee. SÃ, ¡que el mundo pueda ver en nosotros algunos reflejos del amor de Jesús! Pablo explica a los corintios por qué Moisés ponÃa un velo sobre su rostro. Antes de que el Señor viniera, ni siquiera el reflejo de la gloria divina podÃa ser soportado por el hombre pecador, y debÃa ser escondido. Pero el velo âpor Cristo es quitadoâ. Cuando Jesús vino, Dios pudo finalmente ser visto en Cristo en toda la gloria de su gracia. De forma que ahora, por la fe, contemplamos al Señor Jesús a cara descubierta y progresivamente somos transformados en su misma gloriosa imagen moral (2 Corintios 3:14 y 18).
Otro privilegio de Moisés era que podÃa âhablar con Ãlâ. La expresión se repite tres veces en esos versÃculos. ¡Qué honor para este hombre de Dios y qué demostración de intimidad! ¿No existe una relación entre el hecho de conversar habitualmente con el Señor y un rostro que resplandece? ¡Quiera Dios que podamos experimentar una y otra cosa!
El tabernáculo va a ser construido. Con tal motivo, sus diferentes elementos son enumerados por segunda vez, como para recordarnos que conocer es una cosa, pero hacer es otra. Sin embargo, antes de que el trabajo empiece, se recuerda otra vez el dÃa de reposo (v. 1-3). Antes de emprender cualquier servicio, es necesario estar en la presencia del Señor, «sentado» a sus pies, espÃritu y alma descansados con el sentimiento de nuestra dependencia. A los pies de Jesús, MarÃa habÃa aprendido a servir a su Señor con inteligencia (Lucas 10:39). Por eso ella supo, en el momento conveniente, traer su perfume (comparar con el v. 8) y derramarlo a los pies del Maestro.
Observemos la variedad de lo que los israelitas tenÃan que traer: desde el oro y las piedras preciosas hasta las estacas y las cuerdas que contribuÃan a sostener la tienda (a sostener la verdad). En esta larga lista, cada uno podÃa encontrar algo que ofrecer. Y usted también, amigo que conoce al Señor, puede contribuir de alguna manera a edificar la Iglesia. Un servicio hecho discretamente, como el ejercicio gozoso de la misericordia (Romanos 12:8) y las oraciones diarias por el testimonio, están al alcance de cada uno. Y ello es agradable al Señor.
Los israelitas sólo pudieron traer lo que no habÃan dado para el becerro de oro (cap. 32:3). Sólo podremos poner al servicio del Señor aquello que no hayamos empleado para el mundo. No desperdiciemos nuestra juventud. ¿Quiénes eran los que daban? âToda persona a quien su corazón le impulsó, y todo aquel cuyo espÃritu le movió a liberalidadâ (V.M.). Amar al Señor, a la Iglesia, a nuestro prójimo es la condición principal, tanto para ejecutar un trabajo como para llevar una ofrenda. Lo que no procede del amor, generalmente no está bien hecho.
Ciertos trabajos podÃan hacerse en el hogar, en la esfera familiar; por ejemplo: hilar. No pensemos que trabajar para el Señor consiste necesariamente en convertirse en evangelista o misionero en paÃses lejanos. Observemos el servicio de las mujeres. Si algunas no eran sabias como las del versÃculo 25, o no tenÃan la destreza para hilar como las del versÃculo 26, todas podÃan tener un espÃritu de liberalidad, al igual que los hombres (v. 29), y ser impulsadas por su corazón (v. 26) a dar o ejecutar alguna cosa para el santuario (Tito 2:5).
A unos, Dios les ha puesto en el corazón la tarea de enseñar (v. 34). ¡Quiera él poner también en el corazón de otros la disposición a escuchar! Asà podrá ofrecerse, con la colaboración de todos, un servicio inteligente.
En una corta parábola del evangelio según Marcos, el Señor se presenta como un amo que ha dejado su casa después de haber asignado trabajo a sus siervos. Ha dejado âa cada uno su obraâ¦â (Marcos 13:34). La naturaleza de esa obra no es precisada, excepto la del portero. En su ausencia, el Señor preparó una tarea para cada uno de los suyos, según su edad y sus capacidades. En otra parábola âla de los talentosâ vemos que el amo, a su regreso, pide cuentas a sus obreros. Algunos recibirán una recompensa y otros serán avergonzados (Mateo 25:14-30). ¿Cada uno de nosotros habrá hecho lo que el Señor esperaba de él?
La lectura de hoy nos enseña que muchas ofrendas llegaron demasiado tarde. El momento de cumplir un servicio, de llevar una ofrenda, habÃa pasado. Lo que no hacemos inmediatamente, con frecuencia ya no sirve en el momento en que por fin nos decidimos a hacerlo: es demasiado tarde; se ha perdido la ocasión. ¡Ãsta es una importante lección para nosotros!
âQuedó formado un tabernáculoâ, concluye el versÃculo 13, âun cuerpoâ, afirma Efesios 4:4. A pesar de la división de la cristiandad en múltiples denominaciones, asà es cómo Dios considera a su Iglesia.
Una vez reunidos los materiales y designados los obreros, la construcción del tabernáculo va a empezar. Tendremos ocasión de señalar algunas imágenes e instrucciones nuevas.
Las cubiertas son nombradas en primer término. La primera, hecha con las diez cortinas descritas en los versÃculos 8-13, se veÃa únicamente desde el interior, a la luz del candelero, cuando el sacerdote estaba en el lugar santo. AsÃ, las variadas glorias de Jesús sólo pueden ser vistas y apreciadas a la luz que da el EspÃritu Santo y en la presencia de Dios. Por el contrario, bajo su cuarta cubierta, hecha de rudas pieles de tejones, el tabernáculo, a diferencia de los templos de la antigüedad (y de muchos edificios religiosos modernos), no tenÃa exteriormente nada que atrajese las miradas. Nos recuerda a Aquel que no tenÃa ningún parecer ni hermosura y que jamás hizo nada para agradar a los hombres (IsaÃas 53:2; Juan 5:41). Quiera Dios preservarnos de los ataques del mundo y de su forma de pensar, guardarnos de desear sus fugitivas glorias y de querer brillar más de lo que brilló nuestro Maestro.
Sólidamente sujetas sobre sus basas de plata, las tablas, imagen de los rescatados, nos hacen pensar en esta exhortación del apóstol: âEstad asà firmes en el Señor, amadosâ (Filipenses 4:1).
El magnÃfico velo que separa el lugar santo del lugar santÃsimo está sostenido por cuatro columnas. La humanidad de Cristo, tal como nos la presentan los cuatro evangelios, es un tema inagotable de admiración y adoración. Ãl es el MesÃas de Israel (Mateo), el Siervo obediente (Marcos), el Hijo del hombre (Lucas), el Hijo de Dios que vino del cielo (Juan). Cada hilo: de azul, de púrpura, de carmesà o de lino torcido, cada aspecto de su humanidad, perfecto en sà mismo, es cuidadosamente hilado, unido a los otros, de manera que asà se constituya ese maravilloso conjunto que es la vida de nuestro Señor Jesucristo. Pero esa vida, por bella que haya sido, no podÃa conducirnos a Dios. Por el contrario, ella subrayaba, a causa del contraste, la profundidad de nuestra miseria moral. Fue necesaria su muerte. Y como signo de ello, en el mismo momento en que el Salvador dejaba su vida en la cruz, Dios rasgó el velo, abriendo al adorador un âcamino nuevo y vivoâ hacia Ãl (Hebreos 10:20).
El arca y la mesa son confeccionadas a continuación. Las barras que servÃan para transportarla a través del desierto nos hacen pensar en la marcha del Señor en este mundo. Cubiertas de oro puro, nos recuerdan ese versÃculo de IsaÃas 52:7: â¡Cuán hermosos⦠son los pies del que trae alegres nuevasâ¦!â
Se hace también el candelero de oro puro, con su pie de oro labrado a martillo, al igual que sus copas, sus manzanas y sus flores, las cuales âsalÃan de élâ. A Dios le agrada repetir, detallando el número siete de los frutos, toda la plenitud de belleza que tenÃa ese candelero, figura de Cristo, quien no debe a nadie ninguna de sus glorias. Pero no olvidemos que el candelero era de oro labrado a martillo y que estaba alimentado con aceite puro de olivas machacadas (27:20), adjetivos que hacen pensar en los sufrimientos de Aquel que vino como la verdadera luz en medio de las tinieblas y no fue recibido. Pese a haber sido rechazado, resplandece ahora en el Santuario, donde los suyos podemos contemplarlo por medio de la fe.
El altar de oro, que también estaba en el lugar santo, ante el velo, es otra imagen de Aquel que es el objeto central del culto, en Nombre de quien nos acercamos a Dios para adorar e interceder. El incienso que era ofrecido, si nos atenemos al capÃtulo 30 (v. 34-38), estaba compuesto âsegún el arte de perfumista, sazonado con sal, puro y santoâ (V.M.). Las diversas esencias que lo constituÃan nos hablan de las perfecciones del Hijo de Dios y del valor que ellas tienen para el Padre, a quien las presentamos.
El aceite santo de la unción está igualmente preparado según las instrucciones del capÃtulo 30.
El altar de bronce nos recuerda que Dios respondió por medio de la cruz a nuestro estado de pecado. Muchos creyentes a menudo suelen verse turbados a causa de los pecados cometidos después de su conversión. ¿Pueden éstos hacerles perder su salvación? No, ¡bendito sea Dios! Como Jesús lo dice a Pedro: âEl que está lavadoâ âes lo que tuvo lugar una vez para siempre a favor del creyente (ver cap. 29:4)â âno necesita sino lavarse los piesâ (Juan 13:10). Ese lavado de los pies después de la marcha, y el lavado de las manos para el servicio se hacÃan en la fuente de bronce. Fue hecha del mismo material que el altar para enseñarnos que los pecados cometidos después de nuestra conversión le costaron tan caro, a Aquel que los expió, como nuestros pecados precedentes. Pero podemos y debemos confesarlos a Dios, quien es fiel y justo para perdonarlos a causa de la obra de Jesús (1 Juan 1:9).
Del versÃculo 9 hasta el 20 se refiere a la instalación y al arreglo del atrio. Hacemos notar la dimensión de la puerta (v. 18): veinte codos, es decir, casi diez metros. Esta puerta es imagen de la de la gracia, abierta de par en par a los pobres pecadores, como asà también del fácil acceso que el Evangelio ofrece a todos para acercarse a la cruz (el altar de bronce). Todos nuestros lectores ¿han pasado por esta puerta?
Dios hace consignar, por medio de los levitas, el inventario exacto de todo lo que se ha hecho y dado para su casa. No olvida nada; recuerda hasta la menor estaca y el corchete más pequeño, sabiendo lo que le ha costado a cada uno el material que ha traÃdo. El Señor Jesús, sentado frente al tesoro del templo, miraba cómo la multitud echaba sus ofrendas en el arca, y apreció mucho las dos blancas de una viuda pobre, pues esta moneda significaba para ella un completo renunciamiento: era âtodo su sustentoâ (Marcos 12:41-44).
La fuente de bronce mencionada anteriormente tiene el mismo lenguaje. Ella habÃa sido hecha con los espejos de las mujeres que habÃan salido tras Moisés para velar a la puerta del tabernáculo de reunión (v. 8). En la presencia de Dios y a causa del interés que sentÃan por Su casa, su corazón les habÃa llevado a renunciar a ocuparse de ellas mismas, tal como lo sugieren los espejos (Mateo 16:24-25). Eso Dios también lo aprecia y lo menciona en su Palabra. La plata de los empadronados ha servido para fundir las basas de plata de las tablas y los capiteles. Todo reposa sobre la gloriosa redención de la cual la plata es figura (ver Números 3:48); sobre ella también se apoya individualmente cada rescatado por medio de la fe para mantenerse en pie.
A la descripción de las santas vestiduras de Aarón, el versÃculo 3 le añade un detalle que no da el capÃtulo 28: hilos de oro debÃan ser bordados entre los hilos con que estaba tejido el efod. La gloria divina de nuestro Sumo Sacerdote brilla en medio de todos los caracteres de su santa humanidad. Contemplémosle en los evangelios. Duerme sobre un cabezal, pero un instante después impone silencio al viento y al mar. Llora en la tumba de Betania, pero eso sucede inmediatamente antes de resucitar a Lázaro. Paga el impuesto, pero con una moneda encontrada en la boca de un pez creado por Ãl. A cada instante el oro de su divinidad aparece en las circunstancias más ordinarias de su vida de hombre, y de hombre de dolores. Este carácter inseparable de las glorias de Jesús es subrayado por los cordones en forma de trenza, los engastes de oro, los anillos que unÃan entre sà firmemente todos esos vestidos. No se puede quitar o poner en duda una verdad concerniente a la bendita persona de Cristo sin que, en cierta medida, le despojemos enteramente. Por desgracia, la historia de la Iglesia da cuenta de muchos ejemplos de gente audaz que no ha temido hacerlo. ¡Quiera Dios ayudarnos a reconocer con inteligencia y adoración todas las perfecciones morales, oficiales y personales de las que está vestido el Señor Jesús!
En estos capÃtulos 39 y 40, una expresión se repite continuamente: âComo Jehová lo habÃa mandado a Moisésâ. Nada habÃa sido dejado a la imaginación de aquellos que hacÃan la obra. Lo mismo ocurre hoy dÃa con el culto de los cristianos. La Biblia nos enseña todo lo que necesitamos para saber cómo Dios quiere ser adorado. Añadir algo a sus instrucciones o sustituirlas por lo que nosotros estimamos mejor serÃa pura desobediencia, ¿no es cierto? ¡Y al mismo tiempo una pretensión! ¿Con qué derecho decidiremos nosotros acerca de lo que conviene a Dios? ¡Observemos las religiones cristianas, sus clérigos, sus organizaciones, sus ostentosas ceremonias! Dios no ha âmandadoâ esas cosas y, por consiguiente, el creyente que conoce la Palabra no puede asociarse a ellas.
En contraste con todos los preceptos del Antiguo Testamento âalgunos de los cuales hemos examinado en este libro del Ãxodoâ el culto de los âverdaderos adoradoresâ del Padre debe ser âen espÃritu y en verdadâ (Juan 4:23-24). Las formas exteriores de una religión carnal y las ceremonias están puestas de lado y sustituidas por la acción del EspÃritu Santo. Ya no son las figuras e imágenes las que forman parte de nuestro culto, sino la realidad de las cosas eternas.
Moisés debe hacer levantar el tabernáculo y disponer su contenido el primer dÃa del primer mes, imágenes de las nuevas relaciones que Dios establece con su pueblo. Todas las cosas son hechas nuevas, y es Jehová mismo quien lo ha previsto todo. Ahora hace falta que se acerquen los sacerdotes: âllevarásâ a Aarón y a sus hijos (v. 12 y 14). Pensamos en aquel hombre que hizo una gran cena y envió a su siervo a decir a los convidados: âVenid, que ya todo está preparadoâ (Lucas 14:16-17). El santuario ha sido preparado para el adorador; ahora es necesario que el adorador sea preparado para el santuario: âLos lavarás⦠los vestirás⦠los ungirásâ. Lavados, justificados, perfeccionados, entramos en el lugar santo, dice un cántico. Y, para el sacerdote, van a empezar sus funciones santas en sus sucesivas etapas: el altar de bronce, la fuente, la entrada en el lugar santo, la ofrenda del perfume sobre el altar de oro. ¿Nos quedaremos atrás cuando Dios mismo dice: âLlevarás a Aarón y a sus hijosâ, cuando nuestro Sumo Sacerdote, verdadero Aarón que introduce a sus hijos en el santuario celestial, puede declarar: âHe aquÃ, yo y los hijos que Dios me dioâ? (Hebreos 2:13).
Hasta en los menores detalles el santuario y los objetos del culto han sido preparados y colocados cada uno en su lugar. âAcabó Moisés la obraâ (v. 33). Nos recuerda a Aquel que dijo a su Padre: âHe acabado la obra que me diste que hicieseâ (Juan 17:4). Pero la fidelidad de Moisés sobre toda la casa de Dios, evocada en Hebreos 3:2â¦, palidece al lado de la del Hijo, âfiel al que le constituyóâ (Hebreos 3:2). Ãl reveló al Padre, santificó a sus hermanos, edificó el verdadero tabernáculo del cual ha llegado a ser el Sumo Sacerdote; un nuevo orden de cosas (ya no más visibles y materiales) en el que Dios puede ser conocido, hecho cercano y servido. El maravilloso tabernáculo, cuyo estudio terminamos con el libro del Ãxodo, nos ha ilustrado múltiples aspectos de la obra de Cristo y sus consecuencias. La primera de esas consecuencias es que Dios desciende en gloria para habitar en medio de este pueblo (v. 34-35). Del mismo modo en Pentecostés, sobre la base de la concluida obra de Cristo, Dios como EspÃritu Santo descendió para habitar en la Iglesia, formada según Efesios 2:22 para ser âmorada de Dios en el EspÃrituâ. Desde entonces, incluso en medio de la ruina, está como GuÃa divino conduciendo y dirigiendo al pueblo de Dios, tal como lo hacÃa con Israel la nube que cubrÃa el tabernáculo.
LevÃtico es un libro cerrado para quien no posee la âllaveâ divina del mismo. Esta llave es Cristo, a quien hallamos allà en todos los aspectos de su sacrificio y de su sacerdocio. El creyente posee un solo sacrificio, ofrendado âuna vez para siempreâ, plenamente suficiente (Hebreos 10:10). Pero para describirlo en sus diversos aspectos, el EspÃritu de Dios nos da unas imágenes variadas y complementarias.
El holocausto se nombra primero porque representa la parte de la obra de Cristo que es para Dios. Ãsta se expresa en el Nuevo Testamento en pasajes como Juan 10:17; Efesios 5:2; Filipenses 2:8. Queridos amigos cristianos, cuando pensemos en la cruz, en vez de ver en ella primeramente nuestra salvación, empecemos por considerar la satisfacción que Dios ha encontrado en la Persona y obra de su santo Hijo.
Se podÃan presentar tres clases de vÃctimas. En la manera de ofrecerlas se aprecian algunas diferencias. Por ejemplo, sólo las ofrendas de ganado se cortaban en trozos o piezas que luego se colocaban sobre el altar. Pero en cada caso se trataba de un âolor grato para Jehováâ. Tal fue el efecto del fuego del juicio que sufrió la VÃctima santa en la cruz: hacer resaltar hasta en los mÃnimos detalles la excelencia de la ofrenda âsin manchaâ (Hebreos 9:14).
Si el holocausto evoca el olor grato de Cristo en su muerte, la ofrenda vegetal corresponde a las perfecciones de su vida como hombre en la tierra. Este sacrificio no incluye, en efecto, ni vÃctima ni sangre, sino tan sólo harina, aceite, incienso y algo de sal. âLa humanidad del Señor: el grano de trigo finamente molido; ânacido y bautizado por el EspÃritu Santo: machacado y ungido con aceite; âpuesto a prueba por el sufrimiento de modo visible u oculto: el ardor del horno, de la sartén o de la cazuela, fue para el Padre un perfume del más alto precio. El creyente presenta a Dios esta vida perfecta de Jesús y hace de ella su propio alimento. Consideremos a este maravilloso hombre en los evangelios. Su dependencia, paciencia, confianza, dulzura, sabidurÃa, bondad y entrega que no variaron a través de todos sus sufrimientos, son algunos de los temas admirables que corresponden a la ofrenda vegetal espolvoreada con incienso. Era âcosa santÃsimaâ (v. 3, 10). La levadura, imagen del pecado, no entraba en ella, como tampoco la miel, sÃmbolo de los afectos humanos. Por el contrario, la sal, sÃmbolo de separación para Dios, que guarda de la corrupción, caracterizó la vida de Jesús, y nunca deberÃa faltar en la nuestra (Marcos 9:50; Colosenses 4:6).
Siempre es la misma obra de Cristo la que presenta el sacrificio de paz. Pero esta vez es considerada bajo el aspecto de la comunión, del gozo y de la paz que proporciona. Jesús no vino solamente para glorificar al Padre en su vida (la ofrenda vegetal), en su muerte (el holocausto) y para expiar los pecados (los sacrificios del cap. 4). También vino para colocarnos en una relación nueva de comunión con Dios. Nuestro querido Salvador no se conformó sólo con liberarnos del juicio eterno. Quiso hacernos felices y eso desde ahora. Como en los otros sacrificios, la grosura se guardaba para Jehová y se quemaba sobre el altar. Es emblema de la energÃa interior, de la voluntad que gobierna al corazón. En Jesús esta energÃa era enteramente para Dios. Su voluntad era hacer exclusivamente aquello que complacÃa a su Padre (Juan 6:38; 8:29). Semejante sacrificio no podÃa ser sino de olor grato, sumamente agradable para Dios (v. 5, 16). ¡Qué privilegio para nosotros que conocemos a Jesús compartir con el Padre un mismo âpanâ (v. 11, 16) y estar invitados a su mesa para compartir su gozo y sus pensamientos con respecto a su muy amado Hijo! âNuestra comunión âdice el apóstol Juanâ verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristoâ (1 Juan 1:3).
El sacrificio por el pecado pone fin a la lista de las santas ofrendas. Si el holocausto nos enseñó lo que a Dios le agradó en la obra de Cristo, el sacrificio por el pecado atañÃa a las necesidades del pecador. Pero es normal que nosotros hagamos el camino inverso. Antes de conocer la paz y el gozo del sacrificio de paz, antes de comprender lo que Jesús fue para Dios en su vida y en su muerte, empezamos por vérnoslas con Aquel que sufrió y murió en la cruz para expiar nuestros pecados. La sangre se introducÃa en el tabernáculo como para dar a Dios una prueba de la obra acabada, y al pecador una seguridad de su aceptación. La grosura ardÃa y humeaba sobre el altar, señal de la satisfacción que Dios hallaba en la obediencia de la vÃctima. En fin, mientras la carne del holocausto debÃa humear sobre el altar y la del sacrificio de paz era comida por aquel que la presentaba, el cuerpo de los animales ofrecidos por el pecado se quemaba fuera del campamento. A causa de nuestros pecados, con los que se cargaba, Jesús sufrió âfuera de la puertaâ, lejos de la presencia del Dios santo. El verbo quemar (v. 12), diferente de hacer arder o humear (v. 10), empleado para las grosuras y los inciensos, traduce el ardor del juicio que consumió a nuestro Sacrificio perfecto (Hebreos 13:11).
Muchas personas no se consideran culpables de sus faltas inconscientes; parten del principio de que Dios no puede reprocharles su ignorancia y que tomará en cuenta su «buena voluntad». ¡Funesta ilusión! Si Dios previó un sacrificio por los pecados cometidos por error, ello es la prueba de que el pecador, aun ignorante, es culpable ante Ãl. Además nuestras leyes también aplican el mismo rigor; la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento. Una infracción del código, aun involuntaria, me expone a una multa. A los ojos del Dios santo, el pecado cometido permanece; no queda disculpado por mi indiferencia. Pero sé que para todo pecado, si bien hay condenación, también hay un sacrificio que lo perdona. Fue necesaria la inmensa obra de la cruz para borrar lo infinito de la ofensa perpetrada contra Dios por mis pecados, voluntarios o no, tanto los que recuerdo como los que he olvidado desde hace mucho tiempo.
Al colocar su mano sobre la cabeza de la vÃctima, aquel que la presentaba hacÃa pasar su pecado a ella. ReconocÃa que era culpable y merecÃa la muerte, pero que el animal ofrendado lo remplazaba para cargar con ese pecado y morir en su lugar. Eso fue lo que Jesús, nuestro perfecto Sustituto, hizo por nosotros.
Por su pecado, un sumo sacerdote debÃa ofrendar un becerro (v. 3), un prÃncipe o jefe debÃa ofrecer un macho cabrÃo (v. 22-23) y una persona cualquiera del pueblo sólo tenÃa que ofrecer una cabra o un cordero (v. 27-28, 32). Quienes deben dar el ejemplo tienen una responsabilidad más grande, expresada por la importancia del animal ofrendado. Pero ante Dios todos los hombres han pecado y están destituidos de Su gloria (Romanos 3:22-23). El que se encuentren arriba o abajo en la escala social, que sean honrados o despreciados por sus semejantes, grandes pecadores o considerados como gente honrada, la verdad es que todos forman parte de una sola clase: la de los pecadores perdidos. Sin embargo, en su insondable misericordia, Dios ha creado una nueva categorÃa: la de los pecadores perdonados. Encerró a todos los hombres en la desobediencia, a fin de hacer misericordia a todos (Romanos 11:32).
Subrayemos la expresión de los versÃculos 23, 28 (V.M): âSi se le hiciere conocer el pecado que ha cometidoâ. Es una alusión al servicio delicado de âlavar los piesâ, que consiste en ayudar a otro creyente a descubrir y a juzgar sus faltas (Juan 13:14).
âY será perdonadoâ, concluye cada uno de estos párrafos. ¡Respuesta que Dios puede dar al pecador arrepentido, en virtud de la obra de su amado Hijo!
Los versÃculos 1 a 4 ofrecen ejemplos de las faltas que debÃan expiarse mediante un sacrificio. Se trata de actos cuya gravedad quizá no hubiéramos discernido si la Palabra, divina medida de la conciencia, no los hubiera condenado: por ejemplo, dejar de dar un testimonio, tener un contacto pasajero con lo impuro, proferir palabras ligeras. Hasta se puede ser culpable guardando silencio (v. 1) o, al contrario, hablando demasiado (v. 4). En todos estos casos se imponÃa la confesión (v. 5), luego, era necesario recurrir al sacrificio (v. 6). Ãste sigue siendo el camino que 1 Juan 1:9 ordena al creyente que ha fallado, con la diferencia de que el sacrificio no debe ofrendarse una segunda vez. La sangre de Jesucristo ya está ante Dios en nuestro favor, de modo que basta la confesión; Dios es entonces âfiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldadâ.
Los versÃculos 6 al 13 muestran que existÃan diferencias de recursos entre los que traÃan su ofrenda. Uno ofrecÃa un cordero, otro dos tórtolas, otro tan sólo un puñado de harina. No todos los hombres tienen igual capacidad para apreciar en un mismo grado la obra de Jesús. Lo que cuenta es el valor perfecto que ella tiene para Dios.
Un israelita escrupuloso siempre podÃa temer que algún pecado cometido por error se le hubiera olvidado. Y apenas acababa de traer un costoso sacrificio cuando una nueva infidelidad podÃa exigir otro. Hoy dÃa, a pesar de las certidumbres de la Palabra de Dios, muchos cristianos todavÃa viven con el mismo temor. Creen que su salvación depende de sus propios y sinceros esfuerzos para apaciguar a Dios, mediante limosnas y penitencias, pero nunca están seguros de que esto sea suficiente. ¡Hasta qué punto eso es desconocer la plenitud de la gracia divina! Pero qué felicidad cuando tenemos la seguridad de que Jesús lo ha hecho todo por nosotros.
Este pasaje distingue los pecados contra Dios (v. 15, 17) de los pecados cometidos contra el prójimo (cap. 6:2-3). A menudo nos preocupamos menos de aquellos que de éstos. TendrÃa que ser lo contrario. Además, en lo concerniente al mal hecho a un prójimo, no sólo era cuestión de compensarlo; también se debÃa traer un sacrificio a Jehová (v. 6; véase Salmo 51:4). Y a la inversa, no bastaba ponerse bien con Dios. El dÃa que el culpable arrepentido ofrecÃa su sacrificio por el delito, también debÃa poner en orden su situación para con los hombres (v. 6 fin). Los cristianos de Ãfeso, en otro tiempo adictos a la magia y al espiritismo, después de su conversión se apresuraron a quemar sus libros de magia (Hechos 19:19).
Se ha notado la concordancia que hay entre los cuatro grandes sacrificios y el aspecto bajo el cual cada uno de los cuatro evangelios presenta la obra de Cristo. En Juan, Jesús es el santo holocausto, Aquel que el Padre ama porque puso su vida de sà mismo (cap. 10:17-18). Lucas nos hace admirar la vida del Hombre perfecto del cual habla la ofrenda vegetal. Marcos nos muestra al Siervo de Dios representado por el sacrificio de consagración o de paz. Finalmente Mateo, más que los otros, lo presenta como Aquel que âsalvará a su pueblo de sus pecadosâ (1:21). Los capÃtulos 6 y 7 toman estas cuatro clases de sacrificios para dar la ley de ellos, es decir, la manera cómo el sacerdote habÃa de ofrecerlos. El holocausto debÃa ser continuo (v. 13), la ofrenda vegetal era âestatuto perpetuoâ (v. 18). Ayer mencionamos los temores del israelita que nunca estaba seguro de ser hecho perfecto mediante los mismos sacrificios ofrendados continuamente. Pero el capÃtulo 10 de Hebreos nos muestra al sacerdote, quien asimismo nunca terminaba, pues estaba âdÃa tras dÃa ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios...â. Luego presenta a Jesús quien, âhabiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio, se ha sentado a la diestra de Diosâ (Hebreos 10:1, 11-12).
La epÃstola a los Romanos nos enseña que Dios tuvo que ocuparse de dos cuestiones: la de los pecados (cap. 1 a 5:11) y la del pecado (cap. 5:12 a 8). Tuvo que condenar al árbol tanto como a los frutos, esto es, al pecado en nuestra naturaleza como a los actos producidos por ella. Al exigir una ofrenda por la culpa (el acto cometido) y otra por el pecado (la fuente de este acto), Dios nos enseña que la obra de Cristo responde a estas dos necesidades del pecador.
La ley del sacrificio de paz ilustra las condiciones necesarias para que se realice la comunión cristiana. Se trataba de una ofrenda en acción de gracias (v. 12; 1 Corintios 10:16), de carácter voluntario y gozoso (v. 16; 2 Corintios 8:4), exenta de todo contacto con lo inmundo (v. 21). Se ofrecÃan los sacrificios por el pecado porque uno no estaba puro. Muy distinto era el caso de las ofrendas de paz; sólo participaban en ellas los israelitas que estaban limpios (v. 19). Quienquiera que tocase la carne del sacrificio por el pecado se volvÃa santo (cap. 6:27), mientras que inversamente toda impureza manchaba la ofrenda de paz. Tenemos cuidado con la limpieza de nuestros alimentos. Velemos aún más para que ninguna impureza de nuestra mente llegue a interrumpir la comunión simbolizada por esta ofrenda.
Figura de la comunión del rescatado con Dios y con sus hermanos, la ofrenda de paz era la única de la cual cada uno recibÃa su porción. Dios tenÃa la suya, a saber, la grosura y la sangre que recordaban sus derechos sobre nosotros. Aarón y sus hijos recibÃan el pecho mecido y la espalda elevada (v. 34), imagen de los afectos y de las fuerzas del rescatado, los cuales pertenecen a Cristo y a los suyos. En fin, el mismo adorador hallaba su alimento. Notemos que la comida de los sacerdotes dependÃa de las ofrendas de paz. La energÃa espiritual que el creyente pueda emplear al servicio del Señor depende de la comunión que haya cultivado con él. Las dos epÃstolas a los Corintios son la confirmación de ello. La primera trata de la comunión, la segunda tiene como tema el ministerio. Nuestro servicio no será útil y bendecido sino en la medida en que seamos nutridos por la perfecta Ofrenda de paz y, según su ejemplo, hayamos entregado nuestro cuerpo como âsacrificio vivo, santo, agradable a Diosâ (Romanos 12:1). Este es el secreto para poder discernir, según el mismo capÃtulo, âcuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfectaâ (v. 2) y cumplirla seguidamente con gozo (v. 3-8).
En los siete primeros capÃtulos consideramos el tema de las ofrendas; ahora llegamos al del sacerdocio. Si el pecador necesita una ofrenda, el creyente por su parte precisa de un sacerdote para ejercer el servicio que se le ha encomendado. Pues bien, en Cristo tenemos tanto lo uno como lo otro. Ãl es Aquel que se ofreció a sà mismo, cual vÃctima perfecta, para ponernos en relación con Dios, y ahora también es Aquel que desempeña las funciones de sumo sacerdote para mantenernos en esa relación. Era, pues, necesario que primero fuera ofrenda antes de ser sacerdote.
En Ãxodo 29 encontramos las instrucciones dadas por Jehová a Moisés para la consagración de Aarón y sus hijos. Ahora ha llegado el momento en que esta ceremonia puede celebrarse. Toda la asamblea de Israel es convocada frente a la entrada del tabernáculo de reunión para que presencie y contemple a Aarón revestido de sus vestiduras de gloria y hermosura. Cuánto más grande es la visión que la epÃstola a los Hebreos, llamada âla epÃstola de los cielos abiertosâ, ofrece a las miradas de nuestra fe. Nos invita a considerar âal apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesúsâ, revestido de los atributos gloriosos de su sacerdocio (Hebreos 3:1).
Al hallar a Aarón y sus hijos juntos en este capÃtulo, nuestro pensamiento se eleva hacia Aquel que no se avergüenza en asociarnos a él, llamándonos sus hermanos. Que Dios nos guarde de avergonzarnos ante el mundo de nuestra relación con Jesús (2 Timoteo 2:12-13).
En estos capÃtulos a menudo se habla de ofrendas mecidas. Hacer girar sobre sà mismo un objeto permite mostrarlo bien bajo todas sus facetas. Se nos invita a presentar asà a Dios todos los aspectos del excelente sacrificio que traemos ante él, hablándole de Jesús en sus variadas glorias, y de su obra en sus diferentes caracteres.
El pecho del carnero de consagración, porción especial de Moisés, también era mecido. En ello podemos admirar, por sus múltiples lados, los afectos de Cristo, que eran la fuente y el poder de su consagración a Dios. âAmo al Padre âdecÃa Jesúsâ, y como el Padre me mandó, asà hagoâ (Juan 14:31). La misma causa en nuestra vida producirá el mismo efecto. El amor suscitará una consagración verdadera, dicho de otro modo, el profundo sentimiento de que el Señor Jesús tiene todos los derechos sobre nuestro corazón. El versÃculo 24 extiende esos derechos a nuestras orejas, a nuestras manos, a nuestros pies, sÃmbolos respectivamente de la obediencia, la actividad y la marcha.
La epÃstola a los Hebreos nos presenta al sumo sacerdote que nos convenÃa, âsanto, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores...â (Hebreos 7:26). Qué contraste con Aarón, el sacerdote âtomado de entre los hombresâ, mencionado en la misma epÃstola, quien estaba obligado a ofrecer sacrificios por los pecados, y no solamente por los del pueblo, sino también âpor sà mismoâ (Hebreos 5:1-3). Esto es lo que lo vemos hacer aquÃ. Antes de ocuparse de las faltas del pueblo, Aarón tiene que arreglar ante Dios la cuestión de sus propios pecados. Es un principio general cuya importancia el Señor recuerda en lo que se suele llamar «el sermón del monte». Para poder quitar la paja del ojo de nuestro hermano, primero debemos sacar la viga que hay en nuestro propio ojo (Mateo 7:3-5).
El final del capÃtulo nos muestra cómo, hecha la propiciación y arreglada la cuestión del pecado, la bendición puede venir sobre el pueblo por medio de aquel que ha sido su autor, la gloria de Dios puede manifestarse y el gozo puede expresarse libremente. Tales son hoy en dÃa para el pueblo de Dios las bienaventuradas consecuencias de la cruz de Cristo. Que Dios nos enseñe a admirarlas y a responder de la misma manera.
En el capÃtulo 9 se nos recordó que los sacerdotes âtomados de entre los hombresâ podÃan pecar. No hemos tenido que ir muy lejos para verificarlo, desgraciadamente. Cada vez que Dios coloca al hombre en una nueva relación, éste demuestra que no tiene capacidad para hacerle frente. Hasta aquà cada detalle habÃa sido ejecutado âcomo Jehová lo habÃa mandadoâ (expresión repetida catorce veces en los capÃtulos 8 y 9). Pero ahora Nadab y Abiú, hijos mayores de Aarón, hacen lo âque a ellos no les habÃa mandado hacer (v. 1; V.M). Apenas consagrados, presentan ante Jehová un fuego no procedente del altar. El solemne y fulminante castigo nos recuerda lo serio que resulta sustituir las instrucciones de la Palabra de Dios por nuestra voluntad (compárese con 2 Samuel 6:3... el arca colocada sobre un carro nuevo, seguido de la muerte de Uza). Tanto los pensamientos de la carne como lo que excita los sentimientos (bebidas fuertes), no son tolerados para rendir culto a Dios. Despreciar abiertamente las verdades conocidas lleva al transgresor a caer bajo la disciplina de Dios. Por el contrario, tal como lo muestra el final del capÃtulo, el Señor está lleno de indulgencia hacia los ignorantes, asà como hacia aquellos que se doblegan bajo su disciplina.
Tal como lo explica el Señor Jesús, no son las cosas que entran en el hombre las que lo contaminan, sino más bien las que salen de él (Marcos 7:15). La distinción entre animales puros e impuros no tiene más que una aplicación espiritual para el cristiano. En este capÃtulo se toman en consideración cuatro grupos de animales: cuadrúpedos, peces, aves y reptiles. Para ser puros, los primeros debÃan reunir dos condiciones: rumiar y tener la pezuña hendida. La pureza del creyente depende tanto de la manera de comer (estudiar la Palabra) como de caminar (obedecer la Palabra).
De los peces también se requerÃan dos atributos: aletas y escamas. Sin aletas, ¿cómo avanzar?, ¿cómo luchar contra la fuerza de la corriente? Y sin escamas el cuerpo queda desprotegido. Resistir a la incitación del mundo, a sus formas de pensar y a sus comodidades es la manera para que un joven creyente pueda mantenerse puro.
Las aves carnÃvoras y omnÃvoras eran impuras. Esto nos enseña que si nutrimos nuestra mente con lo que viene de la carne, o aceptamos sin distinción toda lectura y espectáculo que se nos ofrece, inevitablemente quedaremos contaminados. Finalmente se hallan los reptiles y los animales que se les asemejan. Figura del poder del mal. ¡Es cosa abominable! âAborreced lo malo,â prescribe Romanos 12:9.
Al observar a los reptiles y a los animales que pululan sobre la tierra, reconozcamos ciertos rasgos y peligros morales de los que debemos desconfiar. La comadreja (el topo, V. M.) y el ratón, por ejemplo, perjudican a las plantas jóvenes destruyendo sus raÃces; el camaleón evoca a aquellos que siempre se adaptan al color de su medio ambiente: se comportan como cristianos cuando están entre los cristianos, y como mundanos cuando están acompañados de la gente del mundo.
Los versÃculos 32 a 40 muestran cómo las cosas mejores y más útiles pueden ser estropeadas por lo que viene de la âserpienteâ. Que el Señor nos enseñe a vigilar y a hacer uso de la provisión inalterable que él nos ha preparado: una fuente, una cisterna o cualquier lugar de recopilación de aguas, imágenes de la Palabra divina, que siempre quedaban limpias. âEn mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra tiâ, dice el salmista (119:11). Un israelita piadoso se guardaba cuidadosamente de todo alimento impuro o inmundo (Hechos 10:14). Tengamos una conciencia sensible para distinguir entre lo que es espiritualmente puro o impuro, entre lo que es susceptible de nutrir nuestra alma y lo que es un veneno para ella. La razón profunda de esta separación rigurosa la encontramos en el versÃculo 45: Dios es santo, y nosotros somos pueblo suyo.
Como para mostrarnos que los recursos divinos se han adelantado a la aparición del pecado, LevÃtico considera a los sacrificios y al sacerdote antes de considerar al pecado mismo. El capÃtulo 11 nos enseña a velar para no ser contaminados por la impureza exterior. Pero el mal no sólo está a nuestro alrededor, también se halla en nosotros; el enemigo está dentro de la plaza, por asà decirlo. El capÃtulo 12 nos hace tomar conciencia de su carácter hereditario. âHe aquÃ, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madreâ (Salmo 51:5). La naturaleza pecaminosa de Adán se ha transmitido a toda su raza; un niño recién nacido es un pecador en potencia antes de haber cometido algún acto culpable; por lo tanto necesita, igual que un adulto, del sacrificio de Cristo.
Los capÃtulos 13 y 14 hablan de la lepra, que siempre representa al pecado en su carácter de mancha. La lepra, ¡esta enfermedad que carcome, contagiosa e incurable, repugnante a la vista, que suprime la sensibilidad! A los ojos de Dios el pecado presenta estos diferentes rasgos. Se traduce en actos y palabras, incluso en los creyentes, ¡bien lo sabemos! Por ejemplo, en MarÃa se manifestó la maledicencia (Números 12:10); en Giezi la codicia y la mentira (2 Reyes 5:27); en UzÃas el orgullo espiritual (2 Crónicas 26:20).
Para que la lepra sea diagnosticada, el enfermo debe presentar dos sÃntomas. El pelo blanco hace pensar en una decadencia espiritual que tiene su fuente en la pérdida de la comunión con el Señor. La mancha más hundida que la piel indica que no se trata de un defecto superficial y revela un mal profundo. Pero, cosa paradójica y difÃcil de comprender, mientras que una sola mancha bastaba para establecer la impureza del leproso, a partir del momento en que éste se halla enteramente cubierto de la enfermedad, ¡se le puede declarar limpio! Sin embargo es asÃ. Tal como el pobre leproso que durante largo tiempo se ha esforzado en tapar sus llagas hasta que ya no puede disimular más, cuando un hombre se ve forzado a reconocerse totalmente manchado, Dios puede declararlo limpio en virtud de la obra de Cristo. âMi pecado te declaré, y no encubrà mi iniquidad... Y tú perdonaste la maldad de mi pecadoâ (Salmo 32:5). Pero toda muestra de carne viva volvÃa otra vez a la persona impura, porque ella es la imagen de los vanos esfuerzos de la vieja naturaleza para mejorarse. En Lucas 5:12-14 un âhombre lleno de lepraâ se acerca a Jesús y le pide que, si quiere, lo sane; el Señor lo sana y luego lo invita, para dar testimonio de ello, a cumplir con las instrucciones del capÃtulo 14 de nuestro libro.
Ciertas manchas y enfermedades de la piel podÃan inducir a un error. Entonces el enfermo era encerrado durante siete dÃas y luego era examinado para comprobar si se trataba o no de una llaga de lepra. ¡Nunca juzguemos con precipitación! Ejercitémonos en presumir el bien en los otros antes de juzgarlos. El amor âno hace nada indebidoâ (1 Corintios 13:5). Notemos que el enfermo no daba su opinión. Era el sacerdote quien veÃa y luego declaraba la naturaleza de la llaga. Poco importaba lo que el hombre pensara de sà mismo. PodÃa no sentir nada y creerse rebosante de salud, estando gravemente enfermo al mismo tiempo.
Cuántas personas ignoran que padecen la enfermedad llamada pecado. Nunca han considerado su estado a la luz de la Palabra de Dios; no se han presentado ante el Sacerdote. Ãl es quien establece la culpabilidad del hombre y lo declara irremediablemente perdido. â¿Dejaos del hombre... porque ¿de qué es él estimado?â (IsaÃas 2:22). Pero el Sacerdote que comprueba asà nuestro estado es también Aquel que se ocupa de ello en gracia, actuando como el gran Médico que ha dado a nuestras almas una curación total (Lucas 5:31).
La condición del leproso era terrible en Israel: echado del campamento sin ninguna esperanza de volver al mismo, separado de los suyos, obligado a proclamar su estado de miseria: â¡Inmundo! ¡inmundo!â Excluido de la congregación, es una imagen de lo que éramos nosotros, gentes de entre las naciones, âalejados de la ciudadanÃa de Israel... sin esperanza...â. Pero ahora el apóstol anuncia que hemos âsido hechos cercanos por la sangre de Cristoâ (Efesios 2:12-13), lo que nos conduce a la obra de la purificación descrita en el capÃtulo 14. El evangelio nos muestra a varios de estos leprosos que imploraban la piedad del Maestro. Y Jesús, lleno de compasión, puso las manos sobre ellos y los sanó, mas él no se manchó por este contacto. Cristo no sólo podÃa, sino que en su amor querÃa hacerlos perfectamente limpios (Mateo 8:1-3; ver también Lucas 17:11...). Del mismo modo, este querido Salvador puede y quiere, todavÃa hoy, purificar de todos sus pecados a quien se reconoce impuro.
La lepra en un vestido (v. 47-59) representa el mal que se puede insinuar en nuestras costumbres y en nuestro testimonio. ¡Que el Señor nos conceda vigilar para descubrir, y valor para âquemarâ, dicho de otro modo, para juzgar el mal en cuanto aparezca!
Llegado el dÃa de la purificación del leproso, éste era llevado al sacerdote. Fijémonos en el papel eficaz pero indispensable que desempeña el amigo que lo conduce a aquel que le va a anunciar la curación. Es precioso ser empleado por Dios para traer a los pecadores al Señor Jesús. Es un servicio que incluso puede cumplir un joven cristiano (Juan 1:42, 46).
Pero si el sacerdote hubiera permanecido en el tabernáculo o en el campamento, el leproso, ahuyentado del mismo, nunca se hubiera podido encontrar con él. El sacerdote salÃa, pues, del campamento (v. 3). Para ir al encuentro del pecador, Jesús dejó la gloria. Somos incapaces de dar un solo paso hacia Cristo; por lo tanto él ha hecho todo el camino para llegar hasta nosotros. ¿Cómo podrÃa el hijo pródigo entrar sucio y harapiento en la casa de su padre? Ãste sale a su encuentro y manda vestirlo con el traje más hermoso, mientras todavÃa está afuera. Siguen los detalles de la purificación. Las dos avecillas juntas nos hablan del remedio divino aplicable al pecado de todo hombre. La muerte del Señor: a la primera avecilla se le degollaba; su resurrección: la segunda avecilla levantaba el vuelo, marcada con la sangre que llevaba consigo hacia el cielo para colocarla simbólicamente bajo la mirada de un Dios satisfecho.
âSerá limpioâ, concluyen los versÃculos 9 y 20. Aquà tampoco se trata de la opinión del leproso sanado. Dios declara puro y santo al pecador regenerado, para quien esta palabra debe bastar, aun si no experimenta ninguna emoción especial. âHabéis sido lavados... santificados... justificados en el nombre del Señor Jesúsâ, afirma 1 Corintios 6:11.
Con respecto a las avecillas, imagen de la obra de Dios por nosotros, hacÃan falta dos cosas, figura de su obra en nosotros: el agua, poder purificador de la Palabra, y la navaja. El leproso rapaba su cabeza, su barba, sus cejas. Todo lo que recordaba la fuerza del hombre era puesto a un lado. Este trabajo del EspÃritu, que nos conduce a juzgar lo que produce nuestra vieja naturaleza, se llama liberación.
La sangre del sacrificio se aplicaba en la oreja, en la mano y en el pie derecho del leproso sanado, exactamente como se hizo con el sacerdote el dÃa de su consagración (Ãxodo 29:20). De igual modo sucedÃa con el aceite. Luego se ungÃa al leproso con el resto del aceite (v. 18). Era el único en Israel, juntamente con los reyes y sacerdotes, que recibÃa esta santa unción correspondiente a la obra del EspÃritu Santo en el corazón del rescatado (1 Juan 2:20). De unos pecadores manchados, pero lavados en su sangre, Cristo ha hecho un reino de âreyes y sacerdotes para Dios, su Padreâ (Apocalipsis 1:6).
La lepra en la casa es imagen del pecado en la asamblea, o incluso en aquello que lleva el nombre de Iglesia, la cristiandad en general. Mirando de cerca la asamblea de Ãfeso, en el capÃtulo 2 de Apocalipsis, discernimos âo más bien lo hace el Señor, el gran Sumo Sacerdote cuyos ojos son semejantes a una llama de fuegoâ una pequeña mancha: el abandono del primer amor. Todo lo demás parece ser bueno: obras, trabajo, paciencia. Pero veamos lo que llega a ser este pequeño principio: una verdadera lepra en Pérgamo. Allà ciertas piedras de la casa están contaminadas con la âdoctrina de Balaamâ, y otras con la de los nicolaÃtas. Luego, el mal se desarrolla como una levadura en Tiatira, en Sardis, en Laodicea, la que representa el estado final de la Iglesia responsable, hasta que el Señor se ve obligado a anunciar: âTe vomitaré de mi bocaâ (cap. 3:16). La âcasa grandeâ de la cristiandad profesante será rechazada, derribada.
El capÃtulo 15 prosigue con el tema de la contaminación. Bajo la imagen del âflujoâ nos muestra todo lo que, en nuestra vida diaria, nuestro detestable carácter natural es capaz de manifestar para envenenar tanto nuestro entorno como a nosotros mismos. Gracias a Dios existe el remedio para purificarnos de ello: el sacerdocio ejercido en nuestro favor por el Señor Jesús (v. 15 y 30).
Aquà Aarón recibe instrucciones para una ocasión especial: la del dÃa de expiación (véase cap. 23:27). A esta escena hace alusión el capÃtulo 9 de Hebreos (v. 7, 12, 25). Una vez al año, después de presentar una ofrenda por sà mismo, el sumo sacerdote ofrecÃa una vÃctima por todos los pecados del pueblo cometidos durante el año. Luego llevaba la sangre de este sacrificio detrás del velo y la rociaba sobre el propiciatorio, cuyo nombre asà quedaba explicado. La sangre que hace expiación por el alma (cap. 17:11) se llevaba allÃ. HacÃa que Jehová fuese propicio a su pueblo. No era que la sangre de un macho cabrÃo tuviera poder para borrar ni siquiera uno de los pecados que ese pueblo hubiera cometido durante un año. Sino que por adelantado ello hablaba a Dios de la sangre preciosa de su Cordero.
Contrariamente a lo que nosotros hubiésemos pensado, no era en sus magnÃficas vestiduras cómo Aarón debÃa presentarse ante Jehová. TenÃa que despojarse de toda su gloria frente a la gloria de Dios, y allà no podÃa mantenerse de pie si no era revestido de lino fino blanco, sÃmbolo de la justicia práctica (v. 4; Apocalipsis 19:8).
El olor grato del incienso acompañaba a Aarón detrás del velo, como Cristo ha entrado en el lugar santÃsimo, ofreciendo a Dios el pleno perfume de sus excelentes glorias.
El sacerdote pasaba detrás del velo, envuelto en una nube de incienso, mientras el pueblo temeroso esperaba afuera. ¿AceptarÃa Jehová el sacrificio? Si algo no estaba en orden, ¿no perecerÃa Aarón igual que sus dos hijos mayores? ¡Qué alivio cuando volvÃa a salir, cumplido su servicio! Proféticamente esta escena se cumplirá cuando, viniendo en gloria para Israel, Cristo âaparecerá por segunda vez... para salvar a los que le esperanâ (Hebreos 9:28).
Faltaba ocuparse del macho cabrÃo vivo. El primero, cuya suerte cayó por Jehová (v. 9), habÃa sido sacrificado y quitaba el pecado de delante de Dios. El segundo, el macho cabrÃo âpor Azazelâ, quitaba el pecado de la conciencia del pueblo. Por eso todos los pecados se confesaban sobre su cabeza y él se los llevaba para siempre a una tierra deshabitada (leer Salmo 103:12 y Hebreos 8:12, citado de JeremÃas 31:34). El primer macho cabrÃo servÃa para hacer expiación: era para todos. El segundo nos habla de sustitución: una vÃctima llevando los pecados de muchos (Hebreos 9:28), de aquellos que, confesando sus pecados (v. 21), por la fe se apropian el valor de la vÃctima. El sacrificio de Cristo tiene este doble carácter.
Veamos cuán grande y delicado era para el sacerdote y sus ayudantes el trabajo de quitar los pecados. Y todo ese servicio sólo tenÃa validez por un año. En efecto, la fuente de los pecados, el corazón de los hombres, no estaba purificada por ello, y este malvado corazón no podÃa dejar de producir malas acciones a lo largo del nuevo año. Siempre harÃa falta renovar estos sacrificios; los sacerdotes se sucedÃan de padre a hijo, âdebido a que por la muerte no podÃan continuarâ (Hebreos 7:23).
¡Cuán grande es la obra de Cristo en toda su realidad, en todo su alcance! ¡Exigió su propio sacrificio! Para quitar el pecado del mundo y anular todas sus consecuencias, pero también para alcanzar la fuente de maldad: el corazón del hombre, y purificarlo, Jesús estuvo completamente solo. Nadie más podÃa participar en ello. ¿Qué hacÃa el pueblo durante ese gran trabajo del sacerdote? No podÃa ni debÃa hacer nada, sino afligir su alma. A su favor se cumplÃa una obra en la cual descansaba. Pues bien, ¡eso es todo lo que nosotros tenemos que hacer! Debemos apoyarnos en la suficiente y perfecta obra del Señor Jesús.
Dios se reserva el derecho y dominio sobre la sangre (cap. 7:26-27). Bajo su mirada, en el lugar santÃsimo, veremos renovada cada año la sangre de los sacrificios (cap. 16). Y esa sangre, indispensable para mantener las relaciones del pueblo con Dios, habla constantemente a Dios de la obra de su muy amado Hijo.
Varios pasajes de las Escrituras establecen las virtudes de la sangre de Cristo: âpara hacer expiación⦠por vuestras almasâ (v. 11). Purifica de todo pecado (1 Juan 1:7). La menor falta cometida sólo puede ser borrada por esa sangre. Por ella hemos sido redimidos para Dios de entre todas las naciones (Apoc. 5:9), rescatados (1 Pedro 1:18-19), lavados (Apoc. 1:5), justificados (Romanos 5:9), reconciliados (Colosenses 1:20), santificados (Hebreos 13:12), acercados (Efesios 2:13). Por ella se ha abierto un camino nuevo y vivo para entrar âen el Lugar SantÃsimoâ (Hebreos 10:19). Por ella también nos ha sido dada la victoria (Apoc. 12:11).
¡Preciosa sangre de Jesús! Su virtud y eficacia son piedra de tropiezo para quienes no la aceptan por la fe, pero para los redimidos es motivo eterno de alabanza y adoración. âAl que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Aménâ (Apocalipsis 1:5-6).
Las ordenanzas contenidas en estos capÃtulos tienen como objetivo la santidad práctica del pueblo de Dios. Se refieren a la misericordia (cap. 19:10), la honestidad y la verdad (v. 11-12), la justicia (v. 13-15), la benevolencia y el amor (v. 16-18). Resulta humillante volver a encontrar las mismas advertencias dirigidas a los cristianos en epÃstolas como las enviadas a los efesios o a los colosenses. Esto prueba que la vieja naturaleza en un hijo de Dios no es mejor que la del israelita de antaño. âNo haréis como hacen en la tierra de Egipto...â, empieza diciendo el capÃtulo 18, antes de enumerar las impurezas de la carne que Dios abomina. âEsto, pues, digo... que ya no andéis como los otros gentiles... los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia...â (Efesios 4:17, 19; comp. también los v. 25 y 28 con LevÃtico 19:11). âAndad en amorâ, concluye el apóstol (Efesios 5:2), y es también el resumen que propone el versÃculo 18: âAmarás a tu prójimo como a ti mismoâ. El Señor Jesús citó este versÃculo y él mismo lo ilustró perfectamente. Por esta razón Santiago lo llama: âla ley real (la del Rey), conforme a la Escrituraâ (Lucas 10:28-37; Santiago 2:8).
Esta sección del libro, constituida por los capÃtulos 19 y 20, comienza y termina especificando que Israel habÃa de ser el pueblo santo de un Dios santo. Y casi cada uno de los mandamientos de estos capÃtulos viene puntualizado por este llamado: âYo Jehová vuestro Diosâ. Con cuanta más razón, los que hoy forman parte de la familia de Dios deben manifestar la santidad del âPadre santoâ, de quien son hijos (Juan 17:11). Pedro cita el versÃculo 2 del capÃtulo 19: âComo aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santosâ (1 Pedro 1:15-16). No es solamente: âporque yo soy santoâ, sino âcomoâ. ¡Qué medida se nos da allÃ!
El versÃculo 32 llama la atención sobre el respeto que se debe a los ancianos, respecto a lo cual el joven cristiano nunca deberÃa fallar. En todo nuestro comportamiento debe leerse nuestro cristianismo, no sólo en la abstención de algunos pecados horrorosos que Dios se ve obligado a denunciar en su Palabra, sino en los mil detalles en los que pueden ejercerse el amor y la justicia practica (v. 34-36). Nunca olvidemos que el bendito nombre de Cristo ha sido invocado sobre nosotros (Santiago 2:7), de tal manera que nuestra conducta, según sea, honra o deshonra este precioso nombre.
Asà como el sólo hecho de pertenecer a la familia de Aarón otorgaba el tÃtulo de sacerdote, todos los redimidos del Señor son hoy en dÃa adoradores (1 Pedro 2:5). En cambio, si se trataba de ejercer su servicio, un sacerdote podÃa ser descalificado. El contacto con la muerte, un casamiento no según Dios o un defecto natural incorregible privaba a los hijos de Aarón de sus santas funciones. PodÃan alimentarse con el pan de Dios, exactamente como sus hermanos (v. 22), pero no conocÃan el gozo de servirle. Desgraciadamente, ¡hoy hay muchos creyentes en el mismo estado! Los que son ciegos en el sentido de 2 Pedro 1:9, o cojos según Hebreos 12:13, conservan su tÃtulo y privilegio de hijos de Dios, pero no pueden cumplir como deberÃan su servicio de adoradores. Y ello supone una gran pérdida, no sólo para ellos sino primeramente para el Señor.
Si nuestro Sumo Sacerdote soporta con indulgencia los defectos y las imperfecciones de los suyos (cap. 21, lo que nos confirma Hebreos 4:15), no puede tener comunión con lo que, en el capÃtulo 22, en ellos es la imagen de un pecado positivo: un flujo o una lepra (v. 4). La impureza en un creyente no le permite gozar de las âcosas santasâ.
Desde el capÃtulo 21:1 hasta el capÃtulo 22:16 Dios vela sobre el mantenimiento de un sacerdocio sin mancha, mientras que en los versÃculos 17 a 33 se ocupa de la calidad de las ofrendas. ¿No es verdaderamente triste que deba especificar: no me ofrendaréis bestia enferma o que tenga defecto? A pesar de estas recomendaciones que parecen innecesarias, el profeta MalaquÃas dice que el pueblo solÃa traer semejantes ofrendas. Obrar asà era doblemente inicuo. En primer lugar porque era despreciar a Jehová. Lo que uno no se atreverÃa a presentar a un prÃncipe o gobernante (MalaquÃas 1:8), lo que ni siquiera servÃa para vender, se ofrecÃa como algo bueno para Dios. En segundo lugar porque todos estos sacrificios, al hablar de Cristo, vÃctima perfecta, debÃan ser sin defecto. Queridos cristianos, ¿qué apartamos para el Señor de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas, de nuestra inteligencia, de nuestro dinero? ¿Lo mejor, o solamente lo que nos sobra, aquello con lo que no sabemos qué hacer?
A diferencia de los sacrificios por el pecado, que eran necesarios y obligatorios, aquà se trata de las ofrendas de paz, âvoluntariasâ, facultativas. A nosotros Dios tampoco nos impone nada por la fuerza, no nos exige nada. Pero cuanto más el amor de Jesús tenga influencia en nuestro corazón, tanto más exigentes seremos con lo que le ofrecemos.
Este capÃtulo constituye el calendario de âlas fiestas solemnes de Jehováâ, dicho de otro modo, de las fiestas que se repetÃan cada año. Eran siete, sin contar el sábado, dÃa de descanso semanal del cual se habla en primer lugar. Se ha podido constatar que estas fiestas, en su orden sucesivo, despliegan ante nuestros ojos la historia de Israel desde la cruz, los designios de Dios con respecto a este pueblo, sus propósitos concernientes a la Iglesia (aunque de manera más velada) y sus designios referentes a su Hijo. Todo se inicia en la pascua. El punto de partida de las bendiciones de Israel y de la Iglesia, como también de la felicidad de todo hombre, es la cruz. Después de la pascua aparece la fiesta de los panes sin levadura, la cual evoca a Aquel que no ha conocido pecado y cuya separación del mal debe reproducirse en la marcha de la Asamblea, esto es, de cada redimido. La âvieja levaduraâ debe quitarse, porque somos ânueva masa, sin levaduraâ, recuerda Pablo a los corintios (1 Corintios 5:7).
A continuación viene la fiesta de las primicias. Esta primera gavilla mecida es una vez más Cristo en su resurrección triunfante, primogénito de entre los muertos, presentado a Dios según los diversos aspectos de sus glorias, âpara que seáis aceptosâ (v. 11).
Cincuenta dÃas separaban la fiesta de las primicias de la fiesta de las semanas o Pentecostés. Ambas tenÃan lugar el dÃa siguiente al sábado, esto es, el primer dÃa de la semana. Sabemos que después de su resurrección, antes de subir al cielo, el Señor apareció varias veces a sus discÃpulos para consolarlos, animarlos y enviarlos a anunciar el Evangelio. Luego, el capÃtulo 2 del libro de los Hechos nos muestra cómo el EspÃritu Santo descendió del cielo el dÃa de Pentecostés para morar en la Asamblea. Los dos panes mencionados en el versÃculo 17 son un sÃmbolo de esta Iglesia, compuesta de cristianos judÃos y âgentilesâ. Pero los que la constituyen todavÃa están en la tierra; por eso la levadura, imagen del pecado, está presente en estos panes (1 Juan 1:7-9). Ãstas son âlas primiciasâ de la obra de la cruz presentadas a Dios por el Sacerdote. Y Jesús, al hablar de sà mismo como del âgrano de trigoâ que debÃa caer al suelo y morir, podÃa añadir: âsi muere, lleva mucho frutoâ (Juan 12:24). La gavilla de las primicias era las arras de una rica cosecha (v. 22). Cristo, hombre resucitado, no quedará solo en la gloria. Volverá con alegrÃa, trayendo sus gavillas (Salmo 126:6).
Históricamente nos encontramos en el perÃodo que sigue al Pentecostés. Israel está puesto a un lado. Es el tiempo de la Iglesia, durante el cual el Señor Jesús reúne en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52). Sin embargo, viene el dÃa cuando todo Israel a su vez será reunido. Después del arrebatamiento de la Iglesia, la âconmemoración al son de trompetasâ o fiesta de las trompetas (Números 29:1), convocará al pueblo y lo reunirá en su paÃs con motivo de la gran aflicción de la sexta fiesta: el dÃa de expiación, que corresponde a las ceremonias del capÃtulo 16. Israel, angustiado, esperará que aparezca para su salvación y liberación Aquel que ahora está en el santuario, juntamente con los suyos (Hebreos 9:28). Por último llegamos a la fiesta de los tabernáculos. Ella prefigura el reinado de justicia y de paz sobre la tierra, que se suele llamar el milenio. Contemos las veces que se repite en este capÃtulo: âNingún trabajo haréis en este dÃaâ. En todo el maravilloso plan de gracia que va desde la cruz hasta la gloria, Dios se ha reservado el privilegio de trabajar él mismo. El hombre y sus esfuerzos no tienen nada que ver con eso. Es obra divina. âGloria y hermosura es su obraâ (Salmo 111:3).
HabÃa, pues, en el transcurso del año unas ocasiones especiales de reunión y de fiesta para los hijos de Israel. Su servicio sólo tenÃa lugar periódicamente. Por el contrario, el servicio en favor de ellos nunca cesaba. Las lámparas estaban preparadas continuamente (v. 3). ¡Qué felicidad pensar que aun cuando estamos demasiado ocupados en los asuntos de la vida para pensar en el cielo, cuando nuestra comunión eclipsa, la luz de Cristo, el divino candelero, no deja de brillar ante Dios en toda su luminosidad! Y, ¿qué es lo que ilumina? Precisamente a los doce panes ordenados sobre la mesa, los que representan al pueblo de Dios en su totalidad, reunido en un orden perfecto en el santuario santo.
El episodio del blasfemo y su castigo nos enseña cómo, a pesar de estar en un lugar privilegiado, la apostasÃa hará su acto de presencia en medio del pueblo, y tendrá una terrible sanción. âEl Nombreâ por excelencia fue blasfemado cuando el Hijo de Dios venido a la tierra fue insultado, rechazado y crucificado. Y lo será también en un futuro cercano cuando âel hombre de pecadoâ, el anticristo, se levante contra todo lo que se llama Dios. Mas el Señor Jesús lo âdestruirá con el resplandor de su venidaâ (2 Tesalonicenses 2:8).
Dios, quien ha dado el sábado al hombre, piensa también en su creación. Cada siete años los trabajos de los campos debÃan interrumpirse para dejar reposar la tierra. Y después de siete veces siete años, cada cincuenta años, en Israel resonaba la trompeta anunciando el jubileo, el restablecimiento de todas las cosas. Ninguna transacción, ninguna compra inmobiliaria se efectuaba sin pensar en la fecha del jubileo que iba acercándose; era necesario tenerla en cuenta siempre. Queridos hijos de Dios, esa trompeta cuya señal todos los israelitas esperaban ây de modo especial los oprimidosâ ¿no nos hace pensar en la última trompeta, al sonido de la cual el Señor bajará del cielo para recoger a todos cuantos le pertenecemos? (1 Corintios 15:52). ¡SÃ, el Señor viene, no lo olvidemos! Vivamos con esta perspectiva. No demos a las cosas de la tierra más que un valor relativo. Tienen un carácter efÃmero, nuestro disfrute de ellas sólo es por un tiempo. Fijemos nuestras miradas más allá, en las cosas que no se ven y que son eternas (2 Corintios 4:18). ¡Quiera Dios que nuestras decisiones y proyectos, lo que nos brinda satisfacción como también nuestras pruebas, siempre lleven el sello de «provisional» que les confiere nuestra bienaventurada esperanza!
âLa tierra mÃa esâ ârecuerda Dios a su puebloâ; âpues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigoâ (v. 23). Asà como un jefe de familia se responsabiliza por sus invitados, Dios se compromete a sustentar a los suyos y a darles de manera milagrosa, cada sexto año, una cosecha triple que permita respetar el año sabático. El cristiano tampoco es propietario en esta tierra. Si siempre tuviésemos presente el pensamiento de que nada es nuestro, sino que todo pertenece al Señor, ¿no habrÃa menos codicias y disputas entre nosotros? Es en el cielo y no en la tierra donde poseemos verdaderas riquezas, aquello que es nuestro (Lucas 16:11-12).
En todo este capÃtulo Dios se complace desplegando su magnÃfica gracia al liberar a los suyos. Se ocupa de su reposo, de su gozo, y vela para que no sean vÃctimas de la dureza de sus hermanos o de su propia inconsciencia. Nos invita a usar frente a otros la misma misericordia de la cual nosotros mismos somos objeto (v. 35-38). Esto nos brinda la ocasión de mostrar al Señor que apreciamos su gracia y no hemos olvidado lo que él hizo por nosotros (comp. con Mateo 18:32-33).
Al resonar la trompeta de la liberación, el esclavo volvÃa a hallar su libertad, el pobre su posesión, las familias se reconstituÃan, cada heredad volvÃa a su verdadero propietario. Aquello era una restauración, un gozo general, imagen del que conocerá Israel y el mundo cuando Satanás sea atado y la creación sea desligada de su servidumbre. Hasta ahora la tierra padece y sufre âdolores de partoâ, pero entonces gozará la libertad gloriosa de los hijos de Dios bajo el reinado de Cristo (Romanos 8:21). Semejante a ese pobre que se vendió al extranjero (v. 47), el pueblo de Israel, que por su falta perdió su herencia, la volverá a recuperar definitivamente de manos de Aquel que lo ha redimido: Cristo, el verdadero Booz (Rut 4).
Si Dios tiene la última palabra en lo concerniente a su creación, tengamos la certeza de que quiere también libertar plenamente a aquellos que le pertenecen. Un cristiano puede haber dejado que se le arrebate el disfrute de su herencia y estar empobrecido espiritualmente. Pero el pensamiento del Señor es restaurarlo en gracia, borrando todo el pasado, (no habla de los motivos por los cuales este hermano ha llegado a empobrecerse) y hacerlo gozar nuevamente de las riquezas celestiales.
Hay dos principios divinos que siempre van juntos: uno es la gracia soberana, cuyo despliegue admiramos en el capÃtulo 25. Otro es el gobierno, tema de este capÃtulo 26. En efecto, si por una parte Dios da sin condiciones, por otra hace que cada uno coseche lo que ha sembrado. Dios se toma la molestia de advertir a su pueblo las consecuencias negativas o positivas que tendrá su conducta, según haya obrado. Y como siempre considera en primer lugar el bien, empieza, no por las amenazas, sino por unas promesas alentadoras: la exposición de las bendiciones que resultarán para Israel merced a un andar en obediencia. Por cierto, son bendiciones terrenales, a diferencia de las del cristiano; éste es bendecido âcon toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristoâ (Efesios 1:3). Pero una de esas promesas del Señor, muy preciosa, es común tanto al pueblo terrenal como al celestial: âAndaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi puebloâ (v. 12), citado por Pablo a los corintios. Ella encierra la misma responsabilidad para el cristiano y para Israel: estar enteramente separado de toda idolatrÃa (v. 1; comp. con 2 Corintios 6:16).
Una vez más el Señor habÃa advertido a su pueblo contra la idolatrÃa (v. 1). Pero, desgraciadamente, faltarÃa una palabra del profeta Amós (cap. 5:25-27), citada por Esteban (Hechos 7:42-43), para que nosotros lo supiéramos: ya en el desierto, Israel rindió homenaje a los Ãdolos que se habÃa fabricado, en particular al abominable Moloc (LevÃtico 20:1-5). Por tal razón todas estas amenazas, cada vez más severas, se ejecutaron más tarde sobre el pueblo culpable. ¡Cuán duro es el corazón del hombre! Para quebrantarlo, Dios se ve obligado a asestar golpes cada vez más fuertes. ¡Asà tiene que obrar a veces con nosotros! Empieza por corregirnos suavemente pero, si no escuchamos, su voz se vuelve cada vez más imperiosa. Proverbios 29:1 nos advierte: âel hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicinaâ. Aprendamos, pues, a reconocer la voz del Señor y a no rechazar su reprensión (Salmo 141:5). Ãl nos ama y nunca nos castigará más de lo necesario para que aprendamos la lección. Porque es fiel, insistirá hasta que todo este paciente trabajo haya hecho volver hacia él nuestros corazones.
De una u otra manera, es preciso que los derechos de Dios sean respetados. Si el pueblo no observa los años sabáticos prescritos en el capÃtulo 25, Jehová lo echará a la fuerza de su paÃs. Israel, por asà decirlo, no habrá cumplido frente a su propietario las condiciones de arrendamiento. Y ello será una de las causas de su deportación a Babilonia. Los 70 años de cautiverio corresponden a los años sabáticos no respetados durante todo el perÃodo de los reyes (2 Crónicas 36:20-21).
Las consecuencias de la iniquidad de Israel son terribles. Dios se muestra más severo con este pueblo que hacia las demás naciones. Su responsabilidad es, en efecto, mucho más grande. Se le han confiado los oráculos divinos. Está en relación con el verdadero Dios cuyo nombre, por su culpa, no dejarÃa de ser blasfemado entre las naciones (Romanos 3:2 y 2:24). Ahora bien, si Dios ha sido más exigente con Israel que con las naciones paganas, ¿no tiene más razón para ejercer aún mayor severidad hacia los que, como nosotros, tenemos su Palabra? âA todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandaráâ (Lucas 12:48).
Notemos también que para lograr la restauración, se debe confesar la iniquidad (v. 40) y aceptar el correspondiente castigo (v. 43).
Este capÃtulo trata de los votos que podÃan realizar los hijos de Israel y la manera cómo el sacerdote debÃa estimarlos. En Ãxodo 30 (v. 11-16) vemos que el precio del rescate era idéntico para todos. AquÃ, por el contrario, las estimaciones varÃan de uno a otro caso. En efecto, ya no se trata de lo que representa nuestra salvación, sino más bien de las capacidades que posee cada cual. Redimidos con el mismo precio âla sangre preciosa de Jesúsâ todos los hijos de Dios no tienen el mismo nivel espiritual, la misma aptitud para el servicio. El sacerdote tenÃa que intervenir para apreciar la obra de cada uno: âConforme a la estimación del sacerdote, asà seráâ (v. 12). Si estamos inclinados a criticar lo que hacen o no hacen los demás creyentes, recordemos que quien juzga es el Señor, y que en el Cuerpo de Cristo cada miembro tiene su importancia y su función particular (1 Corintios 4:4-5).
Las personas, bestias o casas, todo podÃa consagrarse a Jehová. Ciertamente, no tenemos nada más precioso para dedicar al Señor que nuestra propia persona. Eso era lo que habÃan hecho los macedonios de quienes habla el apóstol: âa sà mismos se dieron primeramente al Señorâ. Y todo su servicio, espontáneo, abundante en gozo, emanaba de ese don inicial (2 Corintios 8:1-5).
Dejemos al Señor la tarea de apreciar y estimar lo que hacen los demás. Tampoco nos preocupemos por buscar el favor de los demás, o por querer hacer nuestros los méritos de otro; no esperemos de los hombres más de lo que recibió Aquel que fue âevaluado por ellosâ en treinta piezas de plata (ZacarÃas 11:12-13; V.M). Que cada uno de nosotros se esfuerce más bien en presentarse âa Dios aprobadoâ (2 Timoteo 2:15).
Hemos considerado al sacerdote y sus funciones en este libro de LevÃtico, cuyo estudio estamos terminando. Estudio a veces algo arduo, pero que nos ha permitido dirigir nuestras miradas a Jesús, ¡nuestro Sumo Sacerdote! También hemos podido comprobar su intervención en todos los aspectos de la vida de los suyos. Para la salvación: entró en los lugares santos con su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna. Para la marcha: vela a fin de apartar toda lepra. Finalmente, para el servicio: es Aquel que lo aprecia todo según su propia medida. Cosa triste: existen cristianos que aceptan la salvación, pero luego prefieren que el Señor no se ocupe de sus asuntos. A ellos quizá les falte pasar por experiencias tristes, como las del capÃtulo 26, para que sus afectos sean despertados. ¡El Señor nos dé una plena confianza en su Persona y en su obra!
Las instrucciones de LevÃtico conciernen al culto y a la comunión. A su vez, Números reanuda la historia del pueblo de Israel a través del desierto para hablarnos de otros aspectos de la vida cristiana: la marcha y el servicio. Jehová empezó por el censo (Números) de las tribus de Israel: soldados, levitas y sacerdotes. Cada uno tenÃa que declarar su filiación (v. 18). Más tarde, en el tiempo de Esdras, los que subirÃan del exilio tendrÃan que probar su ascendencia israelita. Y ciertos sacerdotes fueron excluidos de su servicio por no haber podido, por negligencia, hallar su âregistro de genealogÃasâ (Esdras 2:59-62). Queridos amigos, cada uno de nosotros debe saber si es o no es un hijo de Dios. Y debe estar dispuesto a declararlo ante los demás (Romanos 10:9). Pero, ¡cuidado!, israelitas eran todos aquellos cuyos padres pertenecÃan a una de las doce tribus. Mientras que hoy, una persona sólo puede ser cristiana cuando personalmente cree en el Señor Jesucristo. Entonces pasa a formar parte de ese pueblo celestial, del cual Dios en su «registro civil» o libro de la vida tiene la relación perfectamente al dÃa. Si usted viene a Jesús hoy, su nombre se escribirá allÃ. Porque âa todos los que le recibieron⦠les dio potestad de ser hechos hijos de Diosâ (Juan 1:12).
En ciertos paÃses, veinte años todavÃa es la edad en la que los jóvenes deben cumplir su servicio militar. Al ser declarado apto para llevar las armas, el recluta se debe a su patria. Tiene que renunciar a su independencia y someterse a determinados deberes colectivos; aprende el respeto a sus superiores, el sentido de la disciplina, del deber, del honor; recibe entrenamiento para combatir⦠(Lucas 7:8). ¿Acaso esa âllamada a filas bajo la banderaâ no tiene su aplicación espiritual para cada joven cristiano? Sin duda, no es al siguiente dÃa después de su conversión que un ârecién nacidoâ en Cristo está listo para âsalir a la guerraâ. La familia de Dios se compone de âhijitosâ, de âjóvenesâ y de âpadresâ (1 Juan 2:13). Y aunque todos son hijos de Dios, como en toda familia, cuenta con hijos de diferentes edades y con un desarrollo distinto; están unidos por una misma vida y tienen derechos idénticos, pero poseen capacidades y responsabilidades diversas. Sin embargo, debe producirse un crecimiento (comp. con Lucas 2:40, 52). Llega un momento cuando el niño debe convertirse espiritualmente en un joven fuerte, con capacidad para vencer al maligno (1 Juan 2:14), luego en un hombre maduro según Hebreos 5:14. ¿Ya hemos llegado a ese nivel, o hemos progresado poco desde nuestra conversión?
Todos los hijos de Israel censados en este capÃtulo habÃan atravesado el Mar Rojo el año anterior. HabÃan sido âbautizados a Moisés en la nube y en el marâ, habÃan participado de todos los privilegios vinculados a la calidad de pueblo de Dios: el maná, el agua de la roca (1 Corintios 10:2-4; V.M.). Pero de los más de seiscientos mil contados del versÃculo 46, ¿cuántos llegarÃan al paÃs? Dos solamente, en quienes Dios pudo hallar su agrado porque tuvieron fe (comp. con 1 Corintios 10:5 y Hebreos 11:6). En la multitud de los que hoy llevan el nombre de cristianos, sólo el Señor sabe cuántas almas le pertenecen de verdad (2 Timoteo 2:19). Repitámoslo, no es el bautismo el que hace de alguien un miembro del pueblo de Dios, sino la fe en Jesucristo.
Los hijos de Levà no eran contados entre los hombres de guerra (v. 47). Esto nos enseña que la fuerza y el poder humanos no cuentan para el servicio del Señor. Sin embargo, notemos que en la actual dispensación el creyente debe asumir ambas funciones a la vez: la de soldado y siervo. Tiene que ser como Timoteo, apto para pelear âla buena batalla de la feâ (1 Timoteo 6:12), y al mismo tiempo como el joven Arquipo: listo para cumplir el ministerio que ha recibido del Señor (Colosenses 4:17).
Los creyentes no son llamados a atravesar el âdesiertoâ aisladamente. Para hacerlos conscientes de que son un pueblo, una familia, el Señor los reúne en torno suyo. Imaginémonos el campamento de Israel. Jehová ocupaba el centro del mismo; allà estaba el arca; la nube de su gloria permanecÃa sobre el tabernáculo. Alrededor de éste, cada uno tenÃa su sitio asignado. Primero los levitas y luego, sin orden de preferencia, acampaban las doce tribus en grupos de tres, bajo una misma bandera en los cuatro puntos cardinales. Dios no es Dios de confusión, sino de orden (1 Corintios 14:33). En su soberana sabidurÃa âha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo (de Cristo), como él quisoâ (1 Corintios 12:18). Ha determinado el sitio en donde quiere que cada uno de los suyos esté. ¡Que él nos conceda ocuparlo! Muchos creyentes han alzado banderas a su capricho o a su conveniencia. El nombre de un hombre, de una institución o de una doctrina les sirve de bandera, como señal de reunión que los distingue de los demás. Dios no reconoce esas denominaciones, esos pendones desplegados por el hombre. No reconoce más que el centro establecido por él mismo: Jesús, el âverdadero tabernáculoâ que reúne a los hijos de Dios dispersos, âel señalado entre diez milâ, literalmente: alzado como pendón (Cantares 5:10).
Dios separó a los hijos de Levà para hacerlos servidores del santuario. Cuando se les puso a prueba en el juicio que siguió a lo del becerro de oro, fueron hallados fieles (Ãxodo 32:26-29; MalaquÃas 2:4-6), por eso ahora son escogidos para el servicio de Aarón y de toda la Asamblea. Es una figura del privilegio que tiene cada creyente: servir tanto al Señor como a la iglesia, ¡lo uno no se puede separar de lo otro! Es de señalar que la palabra traducida por servicio en los versÃculos 7 y 8 también significa guarda, esto es, vigilancia. La atención y la vigilancia forman parte del servicio para el Señor. Esta palabra caracteriza precisamente la actividad del centinela en IsaÃas 21:8, quien está allà montando su guardia todas las noches. ¡Que el Señor nos conceda ser de los que saben velar por y sobre el pueblo de Dios! Notemos además que en el capÃtulo 4:3 otra palabra traducida por âservirâ también significa labor, sufrimientos, guerra.
En los versÃculos 12 y 13 Jehová recuerda cuándo y cómo adquirió a los levitas. La noche de la Pascua âla cruz para nosotrosâ señaló su separación (leer 2 Corintios 5:15). Pero, además, estos servidores son âenteramente dadosâ a Aarón y a sus hijos (v. 9). ¿No es asà como nuestro Sumo Sacerdote designa a sus queridos discÃpulos dirigiéndose a su Padre? Habla de âlos que me disteâ (Juan 17:9, 12, 24â¦).
Asà como nadie tenÃa derecho a escoger la ubicación de su tienda, ningún levita podÃa decidir qué servicio querÃa cumplir. Lo que debemos hacer no es necesariamente aquello que más nos agrada, lo que parece responder a nuestras capacidades o lo que en un momento dado se presenta ante nosotros. Es lo que el Señor quiere que hagamos. âHay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismoâ, afirma 1 Corintios 12:5. Ãl es el verdadero PrÃncipe establecido sobre todos los cargos (v. 32), y sólo él tiene la facultad para escoger la función de cada cual en la asamblea (Efesios 4:11-13), cuando se considera el conjunto de actividades que se desarrollan. Imaginemos lo que sucederÃa en una lÃnea de ferrocarril si un buen dÃa el guarda agujas decidiese cambiar de empleo o si el guarda barreras abandonara su paso a nivel. ¡Qué desorden, qué catástrofes resultarÃan de ello!
De todos modos, cualquiera que fuera la actividad de los levitas, cada una de las tres familias acampaba junto al tabernáculo (v. 23, 29, 35). Pensamos en esos obreros en el tiempo de David: âmoraban allá con el rey, ocupados en su servicioâ (1 Crónicas 4:23). «Quien está más cerca de Cristo, mejor le servirá y, sin esta proximidad no se le puede servir» (J.N.D.).
Al contrario de los demás hijos de Israel, los levitas eran censados desde la edad de un mes. Pensemos en el pequeño Samuel, en Juan el Bautista (Lucas 1:15), en JeremÃas (1:5). La puesta aparte precede al llamado para servir al Señor. El joven IsaÃas, en cuanto oyó la buena noticia: âes quitada tu culpa, y limpio tu pecadoâ, estuvo dispuesto a responder espontáneamente al llamado del Señor: âHeme aquÃ, envÃame a mÃâ (IsaÃas 6:7-8). Desde su visión en el camino a Damasco, Saulo aprendió de boca del Señor que estaba designado para ser âministro y testigoâ (Hechos 26:16). Ningún redimido pertenece a sà mismo. Si por gracia se ha vuelto de los Ãdolos a Dios, como en el caso de los Tesalonicenses, es âpara servir al Dios vivo y verdaderoâ¦â (1 Tesalonicenses 1:9). La misma enseñanza se desprende del final de nuestro capÃtulo. Los levitas sustituÃan a los primogénitos de Israel, esto es, a aquellos que la gracia divina habÃa guardado de la muerte en virtud de la sangre del cordero. Dicho de otro modo, cada redimido viene a ser siervo de Aquel que lo ha salvado de la muerte, que lo ha arrancado del poder del mundo y de Satanás. ¿Acaso no somos nosotros âprimogénitosâ en la familia de Dios por la abundancia de los privilegios recibidos? Que el Señor nos haga conscientes de sus derechos sobre nuestra vida (leer 2 Crónicas 29:11).
Aunque diferentes las unas de las otras, todas las funciones de los coatitas, los gersonitas y los meraritas se relacionaban con el tabernáculo. DebÃan desmontarlo, transportarlo y volver a montarlo etapa tras etapa a través del desierto. Si bien hay âdiversidad de ministeriosâ (1 Corintios 12:5), todos ellos se relacionan con Jesús nuestro Señor, y cada creyente tiene, de hecho, el mismo cargo: presentar a Cristo al pasar por el mundo y manifestar las diferentes glorias morales. En palabra y en obra, los siervos del Señor son responsables de mantener viva e intacta la enseñanza cristiana. Durante sus desplazamientos a través del desierto, la mayor parte de los utensilios iban ocultos bajo la humilde piel de tejón; esto nos recuerda que los creyentes poseen su tesoro âCristoâ âen vasos de barroâ (2 Corintios 4:7). Una excepción: el arca estaba cubierta con un paño azul, sÃmbolo del carácter celestial del Hombre-Dios caminando en este mundo. El candelero se llevaba sobre unas parihuelas y era visto por todos, figura del testimonio rendido en el mundo por Aquel que es la luz del mismo (Juan 8:12). El altar de bronce bajo su paño de púrpura (v. 13) le recuerda constantemente al redimido, mientras atraviesa el mundo, los sufrimientos de Cristo y las glorias que siguen.
Se han encontrado analogÃas entre las atribuciones respectivas de las tres familias de los levitas con las formas principales del ministerio en la Iglesia: profetas, pastores, maestros⦠(Efesios 4:11). Los primeros (coatitas) presentan a Cristo en relación con las necesidades del desierto, los segundos (gersonitas) velan sobre el montaje de las cortinas, dicho de otra manera, cuidan de la asamblea como testimonio práctico âlo que se veâ, y los últimos (hijos de Merari) son responsables de las âestructurasâ, de los fundamentos de la verdad. Para que el edificio quedara completo, era indispensable la colaboración de las tres familias. Un coatita podÃa estar empleado en llevar el arca, mientras que un gersonita probablemente sólo se ocupaba de unas simples cuerdas. Pero no es la importancia ni la aparente nobleza de un trabajo lo que cuenta a los ojos del Señor, sino la fidelidad (1 Corintios 4:2). Con dos como con cinco talentos, el siervo fiel en pocas cosas será establecido sobre mucho (Mateo 25:20-23). Abstengámonos de envidiar o de subestimar el servicio de otro. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar âal criado ajenoâ? (Romanos 14:4). Sólo el verdadero Aarón tiene facultad para poner âa cada uno en su oficio y en su cargoâ (v. 19). ¡Qué seguridad suponÃa esto para el levita! Guiado por el sacerdote, sabÃa qué hacer y cómo hacerlo.
El primer censo de los levitas en el capÃtulo 3 abarcaba a todos los varones de un mes arriba. Este segundo censo sólo toma en cuenta a los hombres de treinta a cincuenta años. El Señor espera que le reservemos los mejores años de nuestra vida. Ya no se trata de la edad fÃsica, sino de la madurez espiritual, fruto de la experiencia adquirida poco a poco. A un joven que haya sido âfiel en lo muy pocoâ, el Señor podrá, llegado el momento, encomendarle âlo másâ (Lucas 16:10).
Se hallaron 8.580 levitas en edad para servir. Tomando en cuenta el volumen y peso del tabernáculo, ninguno iba sobrecargado; uno podÃa relevar a otro. ¿Por qué entonces el Señor se ve obligado a comprobar con tristeza que, para su gran cosecha, dispone de pocos obreros? (Mateo 9:37). ¡Ay!, porque muchos âno se prestaron para ayudar a la obra de su Señorâ (NehemÃas 3:5). ¡Situación humillante que deberÃa hablar a cada uno de nosotros!
El censo de los levitas se ha acabado. âSe le asignó a cada uno su oficio y a cada uno su cargaâ (v. 49; V.M.). La palabra carga o servicio (carga es la traducción literal) nos recuerda que quien sirve al Señor y a los suyos no puede hacerlo sin sentir espiritualmente el peso, sin estar comprometido de corazón (2 Corintios 11:28).
El campamento de Israel debÃa guardarse de toda impureza, y esto por una razón primordial: en él habitaba Jehová (v. 3). El apóstol invoca el mismo motivo para invitar a cada hijo de Dios a mantenerse limpio de toda mancha: su cuerpo es templo del EspÃritu Santo (1 Corintios 6:19). Al hombre que padecÃa de lepra (el pecado) o de un flujo (la incapacidad de reprimir las manifestaciones de la carne) se le debÃa alejar del campamento hasta su curación.
A partir del versÃculo 11 se trata de la prueba de los celos. Ãsta nos sugiere el cuidadoso y frecuente examen de nuestros afectos. ¿Sigue siendo Cristo el objeto de ellos? Si amamos al mundo, la Palabra nos aplica el terrible calificativo de adúlteros. Aun si exteriormente todo parece estar en orden, hemos llegado a ser enemigos de Dios, hemos traicionado al Señor (Santiago 4:4; 1 Corintios 10:22). SÃ, mantengámonos ante él, como lo hiciera la mujer bajo sospecha ante el sacerdote, y dejemos que la Palabra (el agua santa) penetre nuestra conciencia y descubra nuestros sentimientos más Ãntimos. âExamÃname, oh Dios, y conoce mi corazón âpide el salmistaâ; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mà camino de perversidad, y guÃame en el camino eternoâ (Salmo 139:23-24).
Al lado de los levitas, cualquier hombre o mujer perteneciente a las demás tribus podÃa consagrarse a Jehová y hacer el voto de nazareo. Pero a diferencia de los hijos de LevÃ, su consagración era individual y facultativa. El israelita era libre para hacer o no hacer este voto, pero una vez hecho, cesaba su libertad; su vida privada y pública quedaba sometida a unas obligaciones muy estrictas, asà como en un ejército el recluta voluntario está sujeto a la misma disciplina que las tropas movilizadas obligatoriamente. Las condiciones del nazareato eran tres: 1. Abstenerse de todo lo producido por la viña, sÃmbolo de los goces del mundo; 2. Dejarse crecer el cabello, imagen de la puesta a un lado del âyoâ, lo que debe caracterizar al discÃpulo de Cristo; 3. Huir de todo contacto con la muerte, salario y prueba del pecado. En principio cada hijo de Dios lleva este triple carácter. Ha muerto al mundo, al âyoâ y al pecado (Gálatas 6:14; 5:24; 2:17-20). Pero para tener la fuerza necesaria a fin de mantenerse firme en esta posición difÃcil y contraria a nuestra naturaleza, es preciso que su consagración sea total para Cristo, que sea el resultado de una gozosa decisión de su corazón. Los versÃculos 9 a 12 recuerdan cuán fácil es, por falta de vigilancia, perder el carácter de nazareo, y cuán difÃcil es volverlo a encontrar.
Las Escrituras mencionan algunos nazareos: Sansón, Samuel, AmasÃas (2 Crónicas 17:16), Juan el Bautista. Pero el nazareo por excelencia fue Jesús. Separado para Dios desde antes de su nacimiento, ocupado en las cosas de su Padre a los doce años, su consagración a Dios fue total hasta su muerte en la cruz. Venido al mundo, no era âdel mundoâ, y se mantuvo alejado de sus fiestas y sus goces (Juan 7:8; 17:14). Nunca permitió que las circunstancias familiares entorpecieran su ministerio (Lucas 8:20-21). Su dependencia fue continua (Juan 5:19). Ninguna suciedad pudo alcanzarlo (1 Pedro 2:22). ¡Qué modelo es para nosotros ese querido Salvador! Su camino fue de una entrega total. Camino difÃcil pero en cuyo final lo aguardaba ese gozo del cual es imagen el vino, gozo que quiere compartir con aquellos que aquà en la tierra hayan participado de su oprobio (v. 20 final; Hebreos 12:2; Mateo 26:29; 25:21).
Al finalizar el perÃodo de su voto, el nazareo ofrecÃa todos los sacrificios. El haber tomado posición aquà abajo junto al perfecto Nazareo, permite entrar de modo práctico en los diversos aspectos de su obra en la cruz.
Los versÃculos 22 a 27 ponen el broche final a este capÃtulo como para mostrarnos que la consagración al Señor es el camino seguro a la bendición.
Este largo capÃtulo está consagrado a las ofrendas de los doce prÃncipes. Las primeras, seis carros y doce bueyes destinados a los levitas, nos hablan de la ayuda práctica que podemos brindar a los siervos del Señor a fin de facilitar su ministerio: hospitalidad, desplazamientos, etc. Por ejemplo, este servicio se puede realizar encaminando a los siervos de Dios (Romanos 15:24; 1 Corintios 16:6, 11; 3 Juan 5-8).
Esas ofrendas entregadas a los levitas, âa cada uno conforme a su ministerioâ (v. 5), recuerdan que el Señor siempre provee a los suyos los medios para cumplir la tarea que les ha encomendado. Luego venÃan las ofrendas para la dedicación del altar. Servir a los hermanos y ayudarlos materialmente no es todo. Estos platos, jarros y cucharas rebosantes nos hablan de las perfecciones y del perfume excelente de Cristo, y corresponden al culto de los verdaderos adoradores. Los diversos sacrificios también formaban parte de las ofrendas y evocan los variados aspectos de la obra de la cruz. Pero, ¿por qué consagra Dios tanto espacio a esas ofrendas cuando todo podrÃa quedar resumido en un párrafo? Comprendámoslo: da su pleno valor a lo que cada uno trae y no omite nada de lo que se hace para él.
El versÃculo 89 nos revela el secreto de Moisés, varón de Dios (Salmo 90). Es la oración. Considerémoslo bajo el peso de las responsabilidades que lo agobiaban, acosado por las murmuraciones del pueblo, retirándose a la sombra y al silencio del tabernáculo para hablar con su Dios. Escuchaba âla vozâ y luego âle hablabaâ. Pensemos en Jesús quien, mucho antes del alba o llegada la noche, después de las fatigas del dÃa, solÃa retirarse solo a un lugar apartado para orar (Marcos 1: 35; 6:46).
¿Por qué vuelve a hacer mención del candelero al principio del capÃtulo 8, entre la ofrenda de los bienes en el capÃtulo 7 y la consagración de los levitas en los versÃculos siguientes? ¿No es para mostrar que la luz divina sondea y aprecia tanto al don como al dador, e igualmente al servicio como a quien lo cumple? Dios sabe lo que vale nuestra entrega, de la que habla la escena de consagración. Los levitas eran presentados por Aarón como ofrenda mecida, como para dejar que esta luz divina alumbrara continuamente en ellos, sin dejar nada en la oscuridad. Si hubiese quedado la menor mancha en sus vestiduras, se habrÃa notado inmediatamente. Cuán importante es mantenernos siempre en la presencia de Dios para servirle (1 Reyes 17:1).
Antes de ser presentados como ofrenda mecida, los levitas eran purificados, se ofrecÃan sacrificios por ellos, hacÃan pasar la navaja por todo su cuerpo (v. 7) y lavaban sus vestiduras. Estas imágenes también las encontramos en la consagración de los sacerdotes y en la purificación de los leprosos. No corresponden a la conversión, sino al trabajo que el EspÃritu Santo hace por medio de la Palabra para que los creyentes se mantengan puros. La navaja es imagen del juicio que hemos de aplicar a todo lo que la carne produce. En el servidor, el orgullo particularmente crece rápido si no está a mano la ânavajaâ para vigilar sus apariciones. Por otra parte, cuando nos lavamos, no nos gusta usar nuevamente las ropas sucias. Y, para servir al Señor, necesitamos no solamente una buena conciencia, sino también una conducta exterior irreprochable.
Sólo después de esto el levita podÃa cumplir su servicio (v. 22.) ¡Importante lección! Cualquier oficio implica un aprendizaje, un perÃodo de preparación. Con mayor motivo el servicio del Señor. Antes de empezar apresuradamente un trabajo para Cristo, dejémoslo hacer lo que, por su gracia, él quiere hacer en nosotros.
Ha transcurrido un año desde la salida de Egipto. Jehová comunica a Moisés sus instrucciones para celebrar este gran aniversario. La cristiandad celebra todos los años el nacimiento y la muerte del Señor. Pero después muchos no piensan más en ello hasta el año siguiente. Los redimidos del Señor, por el contrario, tienen el privilegio de recordar juntos sus sufrimientos y su muerte cada primer dÃa de la semana, al participar en la Cena que él instituyó.
En Israel la gracia daba un recurso para aquel que estuviera impuro o de viaje. El Señor conoce las circunstancias de los suyos y responde a ellas por su misericordia, pero no cambia nada de su propia medida. Aun en el segundo mes, la fiesta debÃa celebrarse según los estatutos de la pascua (v. 12). Asà como era necesaria la confesión de las faltas (v. 7), la Palabra invita al creyente a que se juzgue, que se pruebe a sà mismo antes de tomar la Cena del Señor (1 Corintios 11:28). Participar de ella hoy dÃa no es una obligación a la que hemos de someternos so pena de muerte, como en el tiempo de la pascua (v. 13). ¿Acaso por eso el deseo del Señor tiene menos valor para el corazón del redimido? Con el pretexto de que ya no es una obligación, ¿resulta menos grave abstenerse cuando el Señor dijo al dar la copa a los suyos: âBebed de ella todosâ? (Mateo 26:27).
Israel no tenÃa que hacerse ninguna pregunta referente a las etapas a través del desierto. Cada puesta en marcha y cada alto se verificaba por âmandato de Jehováâ. ¿Se levantaba la nube? Entonces tenÃan que ponerse en marcha, incluso si acababan de llegar o si les gustara el lugar de estancia. ¿Y si se posaba sobre el tabernáculo? Era menester acampar sin ir más lejos. Tan indispensable era la dirección divina para acampar como para partir, fuera de noche o de dÃa. Hermosa figura de la dependencia constante que conviene a los redimidos del Señor, y que él mismo vivió perfectamente. A pesar del mensaje que recibió de las hermanas de Lázaro y del amor que sentÃa por los miembros de esa familia, Jesús no fue a Betania sino dos dÃas más tarde, cuando conoció la voluntad de su Padre (Juan 11).
Cuando la voluntad de Dios era revelada, las trompetas de plata de los sacerdotes daban la señal de los diversos movimientos del pueblo. Resonaban para llamar a las reuniones (v. 3-4), a las salidas (v. 5-6), a las batallas (v. 9) o a las fiestas solemnes (v. 10). Estas trompetas nos hablan del testimonio de Dios, dado tanto en la reunión de los santos como en su marcha, en sus combates, en su culto. En medio de un mundo enemistado, la Palabra nos exhorta: âNo te avergüences de dar testimonio de nuestro Señorâ (2 Timoteo 1:8).
Cuando la nube se alzaba para salir, las trompetas resonaban, el pueblo se reunÃa, los levitas desmontaban el tabernáculo y cada uno se ponÃa en orden de marcha. Luego la trompeta volvÃa a tocar âalarmaâ y las tribus reanudaban su viaje según el orden de sus banderas.
Los cristianos de hoy aguardan la señal de la gran partida. El Señor volverá âcon trompeta de Diosâ para arrebatar a su Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16). Pero ésta no puede olvidar a los que todavÃa quedan atrás. Con el EspÃritu, ella se vuelve hacia el mundo diciendo: âel que tiene sed, vengaâ (Apocalipsis 22:17). Es lo que parece decir Moisés a Hobab: ven a disfrutar con nosotros el bien que Dios ha prometido hacer a los suyos. Pero, ¿por qué le pide luego su ayuda para dirigir al pueblo a través del desierto? No lo juzguemos con demasiada severidad, pues a menudo estamos dispuestos a confiar más en los consejos humanos que en las indicaciones del Señor. Como para recordar quien es el que conduce a los suyos, el versÃculo 33 muestra el arca tomando la delantera para asegurar al pueblo un âlugar de descansoâ. El camino de tres dÃas por el cual Cristo pasó al atravesar la muerte por nosotros, abre âun camino nuevo y vivoâ a un pueblo resucitado marchando hacia el reposo celestial.
En su ingratitud el pueblo se queja y Jehová lo castiga. Pero esta lección no basta. La codicia, condenada por el décimo mandamiento de la ley, se enciende en medio del pueblo influenciado por la gran multitud de âgente extranjeraâ salida de Egipto con Israel (v.4; Ãxodo 12:38). ¿Dónde están los alimentos que comÃamos de balde en Egipto? El pobre pueblo ha olvidado los ladrillos, la paja y lo caro que el opresor le cobraba lo poco que le daba. Esos manjares de Egipto: puerros, cebollas, ajos, etc., por lo general tienen un sabor fuerte que excita el apetito, pero no son nutritivos, y a veces indigestos. La gente de este mundo, ¿de qué alimenta su espÃritu? De lecturas y espectáculos a menudo frÃvolos, atractivos para la carne pero sin beneficio para el alma, los cuales, al contrario, ¡hacen mucho daño!
Israel recuerda aquellos alimentos porque para él el maná ha perdido su exquisito gusto a âhojuelas con mielâ (Ãxodo 16:31). Ahora tan sólo es una torta con sabor a aceite; pronto lo llamarán abiertamente un pan liviano (21:5). Queridos amigos, si se nos tienta con los âmanjaresâ del mundo, hagámonos cada uno la siguiente pregunta: ¿No será que la Palabra ha perdido su sabor para mÃ? âEl que a mà viene, nunca tendrá hambreâ, prometió el Señor Jesús (Juan 6:35).
¡Aquà vemos a Moisés desanimado! Reprocha a Dios el peso de todo ese pueblo (v. 11), él, que al final del capÃtulo anterior hablaba triunfalmente de los âmillares de millares de Israelâ. Es cierto, Moisés no podÃa cargar solo con ese pueblo, ¡pero precisamente no estaba solo! Jehová mismo llevaba a Israel âsobre alas de águilasâ (Ãxodo 19:4) y en sus brazos paternales (Deuteronomio 1:31).
El Salmo 106 evoca este triste episodio: âBien pronto olvidaron sus obras⦠Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto⦠y él les dio lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellosâ (v. 13-15). Esto encierra una verdad muy seria. Cuando insistimos en obtener lo que Dios no quiere darnos, puede suceder que finalmente nos lo conceda, pero acarreando consigo unas consecuencias desastrosas; asà sucedió con Israel (v. 19-20, 33). En el Salmo 106 algunas versiones traducen âflaqueza en sus almasâ por âmortandadâ. La flaqueza (consunción), según el diccionario, es un adelgazamiento y debilitamiento progresivos. Un debilitamiento de nuestras almas, ¿no es más serio incluso que una enfermedad? Que Dios nos ampare de esas codicias âque batallan contra el almaâ (1 Pedro 2:11), enseñándonos a contentarnos con lo que él nos da y con lo que, en su conocimiento perfecto, ve bien en negarnos.
Según su petición, Moisés es relevado de una parte de sus responsabilidades, las cuales pasan a manos de setenta ancianos. Ya, en el capÃtulo 4 de Ãxodo, Aarón le habÃa sido designado como auxiliar para âservirle en lugar de bocaâ. Resulta humillante pensar que a veces nuestra falta de fe obliga al Señor a dar a otros una parte de nuestro trabajo. Los ancianos son convocados a reunirse junto a la tienda, donde el EspÃritu viene sobre ellos. Allà se enteran de que dos de estos hombres, Eldad y Medad, se han quedado en el campamento y están profetizando. Josué quisiera impedÃrselos (comp. con Lucas 9:49). Pero para Moisés esto es motivo de gozo. Pablo también se regocijaba al ver que el evangelio era predicado, aunque algunos lo hacÃan âpor envidia y contiendaâ (Filipenses 1:15-18). Si Dios nos ha mostrado el camino de separación âfuera del campamentoâ religioso de la cristiandad, guardémonos de juzgar con un espÃritu de superioridad a los creyentes quizá más piadosos y entregados que nosotros, quienes no han comprendido esta separación. Todo cuanto poseemos o conocemos lo debemos a la pura gracia de Dios.
Uno puede imaginar lo que rápidamente llegó a ser del montón de codornices bajo el sol del desierto. Gálatas 6:8 nos advierte que âel que siembra para su carne, de la carne segará corrupciónâ.
La lengua, dice Santiago, es âun mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortalâ (Santiago 3:8â¦). Una vez más comprobamos sus estragos. Ya no en forma de quejas y murmuraciones en medio del pueblo influenciado por âgente extranjeraâ (cap. 11), sino de crÃticas y maledicencias que contaminan a los miembros más honrados de la familia de los conductores del pueblo: Aarón el sumo sacerdote y MarÃa la profetisa. Sus palabras malévolas quizá se habÃan susurrado âal oÃdoâ, en el mayor secreto (Lucas 12:3). Pero âlo oyó Jehováâ (v. 2 final; comp. con cap. 11:1). Nunca olvidemos que nuestras palabras más confidenciales tienen un oyente en el cielo. Moisés calla. Cuando se trata de un atentado contra los derechos de Jehová, su ira se enciende con justicia, mientras que para su propia defensa, su extremada mansedumbre se traduce en silencio. Por eso Dios toma la defensa de su siervo. Convoca a los tres involucrados al tabernáculo de reunión y allà llama a los dos culpables. La gravedad del castigo hace resaltar la del pecado cometido. MarÃa se vuelve leprosa. Por primera vez Moisés abre la boca e intercede por su desgraciada hermana, quien se restaurará.
¡Quiera el Señor guardarnos de âenvidias, y toda suerte de maledicenciasâ! (1 Pedro 2:1; V.M.).
El pueblo va acercándose a la tierra prometida. Moisés envÃa a doce hombres con la misión de explorar el paÃs y volver trayendo informes y frutos de allÃ. Son necesarios cuarenta dÃas para realizar este reconocimiento. Los espÃas suben a Hebrón, lugar que ya conocemos; allà Abraham compró la cueva de Macpela para sepultar a Sara. Vuelven trayendo un racimo de uvas tan pesado que se necesitan dos hombres para cargarlo en un palo.
El cielo es la tierra prometida para nosotros. Como Israel, nosotros todavÃa estamos en el desierto, imagen de este mundo. No hemos visto la herencia en la cual Dios quiere introducirnos. Pero hay quien la conoce y puede hablarnos de ella: el EspÃritu Santo, que nos ocupa con las cosas celestiales. Asà como el racimo de uvas aportaba una prueba palpable de la riqueza del paÃs, el EspÃritu nos da las âarrasâ, esto es, el sabor anticipado de los goces del cielo. Nos hace conocer las cosas de Dios (1 Corintios 2:12). Toma de lo que es de Cristo y nos lo comunica (Juan 16:14). Aunque todavÃa estemos en el mundo que moralmente es un desierto para el alma, podemos ocuparnos con Aquel que no hemos visto, pero a quien amamos (1 Pedro 1:8).
HabÃan salido doce exploradores: uno por cada tribu. Cuando se pusieron en camino nada distinguÃa a los unos de los otros. Pero los cuarenta dÃas de viaje pusieron a estos hombres a prueba (el número 40 en la Biblia habla de una puesta a prueba). De regreso cada uno muestra lo que hay en su corazón. ¿Cuál es el resultado? Diez son incrédulos; sólo dos, Josué y Caleb, confÃan en Dios. La fe conoce al Señor y aprecia las circunstancias desde el punto de vista de Dios; la incredulidad, por el contrario, las mide según dimensiones humanas y se detiene ante obstáculos visibles. Los gigantes, hijos de Anac, no eran imaginarios, como tampoco lo eran las altas murallas. Pero el error de los espÃas incrédulos era fijarse en su propia pequeñez y preocuparse por lo que esos enemigos pensaran de ellos (v. 33 final). Era a Jehová a quien debÃan mirar. Josué y Caleb no tienen vergüenza de declarar su fe ante todos. Aprecian la herencia prometida e instan a sus hermanos a que se apoderen de ella. Hermoso ejemplo, ¿no es verdad? ¿Formamos parte de los que recomiendan âel paÃsâ o de quienes desaniman a las almas para que no sigan a Jesús?
No estar de acuerdo con la mayorÃa siempre es difÃcil y a veces peligroso. El pueblo quiere apedrear a los dos hombres (v. 10), pero ellos tienen a Dios de su parte.
Este pueblo me ha despreciado, declara Jehová (v. 11, 23). Al desprestigiar âla tierra deseableâ (13:32; comp. con Salmo 106:24), en realidad desprecian a Dios mismo. ¿Cómo, pues, hemos de calificar la actitud de tantas personas que desprecian una dádiva que es el cielo mismo, y a un donante que es Dios mismo?
Nuevamente interviene Moisés, como en el caso del becerro de oro. Esta vez tampoco se deja tentar por la oferta de hacerlo jefe de una nueva raza (v. 12; Ãxodo 32:10 final). Desarrollando un argumento irrefutable, recuerda a Jehová que la grandeza de su nombre está en juego ante las naciones. Luego, valiéndose de lo que ha aprendido a conocer de Dios y retomando sus propias palabras (Ãxodo 34:6-7), le recuerda que él es lento para la ira y grande en misericordia; también le sugiere que precisamente es el momento de perdonar la iniquidad y la transgresión. Donde no existe falta, el perdón no tiene razón de ser. Pero el pecado del hombre, el mÃo y el suyo, ha ofrecido a Dios la ocasión de desplegar su gracia. Hijos de Dios, ¿conocemos a este Dios que perdona? Ãl es nuestro Padre y tenemos a su lado un abogado lleno de amor: Jesús, nuestro Salvador (1 Juan 2:1).
En medio de esta triste escena, cuánto consuela poder considerar a Josué y Caleb. En ellos âhubo otro espÃrituâ (v. 24, 30). Por tanto, no perderán su recompensa. De toda su generación, sólo ellos entrarán en el paÃs. Hasta allà tendrán que compartir la suerte del pueblo culpable: vagar cuarenta años por el desierto. Pero durante este largo peregrinaje, continuamente serán alentados por el recuerdo de la tierra que han visitado y cuyo fruto ya han probado.
Moisés anuncia la desagradable nueva. ¿Cómo reacciona el pueblo? Cuando Caleb exhortaba a que subieran osadamente y tomaran posesión de la tierra, habÃan querido volver a Egipto y hablaban de perecer en el desierto (cap. 13:30; 14:2). Ahora que el juicio los ha condenado a volver sobre sus pasos, camino del Mar Rojo, y que Dios anuncia que morirán en el desierto, quieren sustraerse al castigo y responden: âHenos aquà para subirâ (v. 40). El corazón del hombre nunca está de acuerdo con Dios, principalmente cuando se trata de reconocer las faltas cometidas, de doblegarse bajo la disciplina y aceptar con humillación las consecuencias de sus pecados. A pesar de que Moisés les dice: âNo subáisâ, se empeñan en hacerlo y sufren una cruel derrota.
Después de las trágicas escenas del capÃtulo 14, uno podrÃa pensar que la incredulidad y la rebelión del pueblo le ha hecho perder todos los derechos a la tierra de Canaán. Por eso, inmediatamente después Dios habla de la tierra prometida, mostrando con ello que nada podrá disuadirlo de cumplir sus propósitos de gracia. En este capÃtulo también menciona los diferentes sacrificios: holocaustos, ofrendas voluntarias (v. 3) y por el pecado (v. 24), juntamente con las ofrendas de flor de harina y libaciones, como para recordar que Dios dispone de recursos para las peores fechorÃas, lo que para el cristiano equivale a su único recurso que es, bajo sus múltiples aspectos, la obra de Su muy amado Hijo. De ésta sube, por enojoso que sea el estado del pueblo, un âolor grato a Jehováâ (expresión enunciada cinco veces). Presentada en figura bajo sus aspectos más variados, la obra de Cristo se despliega también en favor del mayor número de personas. El estatuto del extranjero era idéntico al del israelita por nacimiento; se le permitÃa ofrendar los mismos sacrificios y las mismas libaciones, lo cual prefigura una gracia que se extiende más allá de Israel, un evangelio predicado en toda la creación (Colosenses 1:23).
Los versÃculos 17 a 21 tratan de las primicias y nos recuerdan que el Señor tiene los primeros derechos sobre todo lo que poseemos (Mateo 6:33).
La Palabra, que discierne las intenciones del corazón, establece cuidadosamente la distinción entre los pecados âpor ignoranciaâ, que resultan del desconocimiento de la Palabra o por despiste, y los pecados âcon soberbiaâ, (v. 30) cometidos adrede y con desprecio a la voluntad divina. Para éstos no habÃa previsto ningún recurso, tal como lo demuestra el castigo del hombre que no hizo caso del sábado (v. 32-36). â¿Quién podrá entender sus propios errores? LÃbrame de los que me son ocultosâ, pide el salmista. Pero consciente de su debilidad, añade: âPreserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mÃâ¦â (Salmo 19:12-13).
Con respecto al mal, el israelita tenÃa además un medio preventivo: la franja fijada en el borde de su vestido mediante un cordón azul, recuerdo de sus lazos con Jehová y permanente advertencia para no manchar su vestidura. ¡Hermoso sÃmbolo de nuestro carácter celestial que jamás deberÃamos olvidar! Asà seremos guardados de pecar y de mirar âen pos de nuestro corazón y de nuestros ojosâ (v. 39).
âBuscad las cosas de arriba⦠Poned la mira en las cosas de arribaâ¦â, prescribe Colosenses 3:1-2. Allà Cristo âque debe ser suficiente para nuestros corazonesâ está sentado a la diestra de Dios.
A la sombrÃa historia del pueblo en el desierto se añade ahora otra página funesta. La epÃstola de Judas le da como tÃtulo âla contradicción de Coréâ (Judas 11.) Este relato muestra hasta dónde puede conducir el âorgulloâ del que se habla en el capÃtulo 15: una verdadera sublevación contra Dios. Coré es un levita de la familia de Coat. No contento con su noble servicio, ambiciona el sacerdocio que Jehová encomendó a Aarón y su familia. Desempeñar el servicio del tabernáculo y estar âdelante de la congregación para ministrarlesâ (v. 9) no bastaba a Coré y sus cómplices. Puede suceder que ciertos cristianos tampoco se contenten con el servicio que el Señor les ha encargado. Quieren ser importantes, estar por encima de los demás. El apóstol Juan se ve obligado a denunciar a un tal Diótrefes, a quien le gustaba ser el primero en la iglesia (3 Juan 9-10). Un perfecto contraste con Aquel que âno vino para ser servido, sino para servirâ¦â (Marcos 10:45)
En cuanto a Datán y Abiram, se atreven a aplicar a Egipto la expresión que designa al paÃs de Canaán: âuna tierra que destila leche y mielâ (v. 13). Y el señorÃo de Moisés les parece insoportable (v. 13 final). Estos hombres son figura de la rebelión civil, mientras que Coré personifica la apostasÃa religiosa.
Coré se enalteció en su pensamiento (v. 1-2). Mas escrito está: âCualquiera que se enaltece, será humilladoâ (Lucas 14:11). Los Proverbios confirman esta regla tan frecuentemente verificada en la historia de los hombres: âAntes del quebrantamiento es la soberbia...â (Proverbios 16:18). Para los insurrectos, esta ruina no se hace esperar. ¡Qué escena más espantosa! La tierra misma se abre bajo sus pies; son tragados vivos con todas sus pertenencias. Moisés habÃa advertido: âApartaos ahora de las tiendas de estos hombres impÃosâ (v. 26), y fue lo que evidentemente hicieron los hijos de Coré. Supieron tomar partido por Dios más bien que por su padre, reconociendo asà en él a un hombre malo. En efecto, el capÃtulo 26:11 nos informa que âlos hijos de Coré no murieronâ. Más tarde los encontramos como cantores y compositores de salmos, por ejemplo, el Salmo 84 donde su historia se da como resumen: âEscogerÃa antes estar a la puerta de la casa de mi Dios (los coritas eran también porteros del templo), que habitar en las moradas de maldadâ (v. 10). ¡Incluso si esas tiendas eran las de su propio padre!
Somos hijos de una raza culpable, pero si hemos creÃdo, también seremos guardados de un juicio aún más terrible. ¡Cuán grande es la gracia de Dios!
No sólo âcontra Moisés y Aarónâ, ni âcontra Jehováâ (v. 3, 11), pecaron Coré y sus hombres. También lo hicieron âcontra sus almasâ (v. 38). Asà mismo ocurre con los incrédulos: ¡serán vÃctimas de ellos mismos eternamente! Un castigo repentino acaba de caer sobre estos cabecillas, y Dios vela para que no sea olvidado. Sus incensarios, fijados en el altar, son como señal para los hijos de Israel (v. 38). A pesar de esto, al siguiente dÃa todo el pueblo se junta y murmura nuevamente contra sus dos conductores. Primero se levantó un dirigente: Coré, juntamente con Datán y Abiram. Luego se unieron a ellos doscientos cincuenta hombres. Ahora se subleva toda la asamblea (v. 41). ¡Cuán influenciable es el corazón humano! Ya vimos cómo diez espÃas fueron suficientes para arrastrar a todo el pueblo (cap. 13). Por eso en Gálatas 6:7 se nos advierte: âNo os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segaráâ.
El castigo va a empezar. Como ocurrió en el versÃculo 4, Moisés y Aarón se postran sobre sus rostros; no pierden ni un minuto. Aarón, que habÃa sido envidiado, insultado e injustamente acusado, hace propiciación por el pueblo con el único incensario válido. ¡Hermosa figura de Cristo, el supremo Intercesor!
Fulminando a los doscientos cincuenta rebeldes, Jehová mostró a quien habÃa designado para ejercer el sacerdocio. Sólo Aarón fue aceptado con su incensario. Otra prueba confirma la elección divina, y esta vez habla de vida. De entre las doce varas presentadas por los prÃncipes, una sola, la de Aarón, da una extraordinaria prueba de vitalidad: en una sola noche reverdece, florece y produce almendras. Imagen admirable de la resurrección de Cristo, âdando fe a todosâ de la gloria de Jesús y la eficacia de su obra (Hechos 17:51). Muchos impostores han pretendido recibir una misión divina. Pero han muerto y jamás han resucitado. Cristo, único hombre que pasó por la muerte âsegún el poder de una vida indestructibleâ (Hebreos 7:16), actualmente ejerce en lo alto su santo sacerdocio en favor de los suyos. Además, el fruto producido en cada uno de los que le pertenecen constituye hoy âpodrÃamos decir, fuera de temporadaâ el testimonio visible hacia un Salvador viviente, aunque todavÃa oculto.
Luego se coloca la vara de Aarón en el arca (v. 10; Hebreos 9:4), como para recordarnos que la fuente de vida sólo se halla en Cristo.
Mediante la vara que floreció, Dios acaba de confirmar la dignidad de la familia de Aarón. Por esta razón el capÃtulo 18 vuelve a hablar del sacerdocio y enuncia sus privilegios. Primeramente los hijos de Levà quedan unidos (el significado del nombre LevÃ) a los sacerdotes. Les son dados a éstos por Jehová como un regalo para el servicio en el tabernáculo (v. 6): imagen del ministerio de la Palabra que instruye al adorador. El capÃtulo 8 de NehemÃas nombra a algunos levitas que enseñan la Palabra al pueblo y bendicen a Jehová juntamente con Esdras. El segundo de estos dones es el servicio mismo (v. 7 final). Lejos de ser un mérito para aquel que lo ejerce, todo servicio es una gracia que Dios nos concede. Pensemos en que somos siervos inútiles (Lucas 17:10). Si el Señor consiente en emplearnos, no es porque nos necesite, sino porque quiere concedernos el gozo de trabajar para él. Finalmente los versÃculos 8 a 18 enumeran las diversas ofrendas que corresponden a las âcosas santasâ traÃdas por los hijos de Israel. Una vez más somos llamados a nutrirnos y a gozarnos con las diversas ofrendas, figura de Cristo. Eso es a la vez âlo más escogidoâ y âlas primiciasâ (v. 12), recordándonos el designio de Dios de âque en todo (Cristo) tenga la preeminenciaâ (Colosenses 1:18).
A todos los dones que acaba de hacer a Aarón y su familia (v. 1-19), Jehová añade el más excelente: se da a sà mismo a los suyos. âYo soy tu parte y tu heredadâ, dice en el versÃculo 20. âJehová es la porción de mi herencia y de mi copaâ. âMi porción es Dios para siempreâ, responden respectivamente David y Asaf (Salmo 16:5 y 73:26). El primero de todos los dones que Dios nos ha dado, ¿no es su propio Hijo? Comprendamos juntamente con los levitas que no tenemos otra herencia, otra posesión verdadera en este mundo. Por el contrario, lo tenemos todo en el cielo, puesto que allà se halla Jesús, a quien poseemos. El israelita tenÃa obligación de dar el diezmo de su renta para el servicio del santuario (LevÃtico 27:30). Estos diezmos subvenÃan a las necesidades de los levitas que no tenÃan ni era, ni lagar (v. 30), ni heredad que hacer producir. Mas no por eso quedaban privados del privilegio de dar parte de sus bienes. A su vez ellos daban el diezmo de todo lo que recibÃan. En NehemÃas 10:37-38 estas instrucciones vuelven a tener vigencia merced a un fiel hombre de Dios.
Con mucho gusto resumimos este capÃtulo 18 citando un hermoso versÃculo del Nuevo Testamento: âTodo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Diosâ (1 Corintios 3:22-23).
El sacrificio de la vaca alazana ocupa un sitio aparte en medio del libro del desierto, porque precisamente sólo está previsto en figura para las necesidades del mismo. Como los otros sacrificios, éste representa en ciertos aspectos la persona y la obra de Cristo. Esta vaca alazana, perfecta, sin ningún defecto, y que nunca habÃa llevado yugo, evoca a Aquel que fue la vÃctima sin mancha y no conoció, como nosotros, el terrible yugo del pecado. Cuando la vÃctima habÃa sido degollada fuera del campamento, se hacÃa aspersión de su sangre delante del tabernáculo de reunión (v. 4). Luego era quemada totalmente. La grosura no se ofrecÃa a Jehová y el sacerdote no comÃa porción alguna. Por el contrario, las cenizas se recogÃan y proporcionaban una abundante provisión de agua de purificación, suficiente para lavar todos los pecados de todos los israelitas durante toda la estancia en el desierto. Este sacrificio no corresponde, como los de LevÃtico 4, a las necesidades de los inconversos, sino a las de los creyentes cuando estos hayan fallado. La obra de Jesús, cumplida una sola vez, es suficiente para purificar de sus pecados y mantener en la comunión a sus redimidos expuestos a la contaminación. El EspÃritu Santo aplica por la Palabra (el agua) el recuerdo de los sufrimientos de Cristo (las cenizas) a la conciencia y al corazón del creyente caÃdo.
La virtud del agua que contenÃa las cenizas de la vaca respondÃa a las múltiples ocasiones de contaminarse al caminar en el desierto. Tocar un muerto o un simple hueso humano corresponde, para nosotros, al contacto con la corrupción y la violencia de este mundo. La carne puede exteriorizarse en la familia (la tienda: v. 14) y entonces, ¡cuidado con los hijos, estas âvasijas abiertasâ, fácilmente escandalizados! (v. 15; Lucas 17:2). Ella puede aparecer fuera, en nuestro trabajo (los campos: v. 16). Un pequeño fraude, una maledicencia, una palabra insensata o un chiste indecoroso (Efesios 5:4) pueden formar una lista de esos âhuesos humanosâ, manifestaciones carnales sobre las cuales a menudo pasamos sin prestarles la menor atención. ¡Pues bien!, el creyente se mancha por medio de semejantes faltas. Ãstas no parecen ser muy graves a ojos de los que no conocen a Jesús. Pero nosotros que lo amamos las tomamos en serio porque sabemos que, para expiar tan sólo la más mÃnima de ellas, fueron necesarios sus sufrimientos y su muerte. En cada ocasión debemos renovar aquello que corresponde a ese largo trabajo de purificación: juzgarnos a nosotros mismos a la luz de la Palabra de Dios y experimentar la eficacia de la obra de Cristo.
¡Nada de agua! Vuelven las murmuraciones. El pueblo se junta nuevamente y contiende como lo hizo en Meriba (Ãxodo 17). ¿Realmente no ha hecho ningún progreso desde el comienzo de su experiencia en el desierto, a pesar de las manifestaciones del amor de Dios? â¿Por qué⦠y por quéâ¦?â (v. 4-5). ¿No hay agua? Sin embargo, la roca sigue estando allÃ. Jehová se ve obligado a recordárselo incluso al mismo Moisés. Pero no son los â¿por qué?â los que pueden hacer fluir el agua. A esta roca hay que hablarle. Ello es una hermosa figura de la oración, ¿no le parece? Dios podrÃa darnos todo lo que nos es necesario sin esperar a que carezcamos de ello. Pero desea que se lo pidamos para recordarnos que dependemos de él. Aquà Moisés tiene una actitud equivocada. En vez de hablar a la roca, como se lo habÃa mandado Jehová, la golpea lleno de impaciencia. Es un gesto aparentemente de poca importancia, ¡pero muy grave por lo que significa! Ya se habÃa asestado un golpe a la roca en Horeb (Ãxodo 17:6), y eso no debÃa repetirse más. Asà mismo Cristo en la cruz recibió una vez para siempre los golpes del juicio divino. En adelante ya no tiene que sufrir ni morir. Su obra basta para dar en abundancia agua viva a los suyos a lo largo del desierto. Pero tenemos que hablarle. ¿Lo hacemos?
Para trasladarse del desierto a las llanuras del Jordán, rodeando el Mar Muerto, es necesario atravesar Seir, la tierra de Edom. Recordando su afinidad con ese pueblo (Esaú, antepasado de Edom, fue hermano de Jacob), Israel le pide permiso para pasar. Pero Edom responde seca y amenazadoramente. ¡Qué dureza de corazón! La fatiga de su hermano (v. 14) lo deja insensible. El egoÃsmo y el temor a ser molestado pueden más que cualquier otro sentimiento. Edom con su rey representan al mundo y su prÃncipe; éstos quieren impedir que los hijos de Dios alcancen el cielo, su morada.
¡Es bella la petición de Israel! Atestigua su condición de antaño y lo que Dios ha hecho por él. Dice a Edom que no necesita nada; tan sólo pasará âa pieâ sin pedir nada a nadie. Ni los campos, ni las viñas (para nosotros, los asuntos de la vida y los goces del mundo), ni los pozos de Edom pueden atraer ni desviar a un pueblo que va camino a su patria, ya que ha vuelto a encontrar la roca.
Tal como Jehová lo habÃa anunciado en el versÃculo 12, Aarón muere antes de entrar en Canaán, y su sucesión es asegurada por su hijo Eleazar.
La victoria de Horma se obtiene cuarenta años después de la derrota que lleva el mismo nombre (cap. 14:45). Es triste comprobar que inmediatamente después surge el desánimo: âNo hay pan ni aguaâ (v. 5). El maná no escasea, pero es despreciado. La roca ha sido golpeada, pero se olvida hablarle. ¡Imagen clara de lo que se produce cuando descuidamos tanto la Palabra como la oración! No utilizar estos recursos es hundirse en el desánimo y en las quejas, es exponerse a los ataques de Satanás. La mordedura de las serpientes lleva a Israel a sentir y a confesar sus pecados. Moisés intercede una vez más y Jehová prescribe un remedio: la serpiente de bronce colocada en un asta. Una sola mirada hacia ella traÃa la curación. El Señor Jesús, en su charla con Nicodemo, explica el alcance espiritual de este episodio del desierto. La serpiente de bronce levantada por Moisés es el Hijo del Hombre levantado en la cruz, es Cristo hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), asimilado al poder del mal para sufrir la condenación del mismo. ¡Tal es la medida del amor de Dios por el mundo! (Juan 3:14-16). Querido amigo que lee estas lÃneas, ¿ha dirigido su mirada de fe hacia la obra del Salvador hecha en la cruz? ¿Tiene la vida eterna?
Al mandato de Jehová, el pueblo se reúne en torno al pozo Beer. PrÃncipes y nobles cavan y el agua brota de unas fuentes profundas para refrescarlos a todos. Es una figura de los tesoros de la Palabra que los siervos de Dios han sacado a la luz para enriquecernos a nosotros. Nos sentimos beneficiarios del ministerio escrito que nos han dejado esos conductores. Hombres de labor fecunda (los que trabajan están a la cabeza, o nos presiden en el Señor, según 1 Tesalonicenses 5:12), âprÃncipes del puebloâ, tales como los de Berea âmás nobles que los de Tesalónicaâ (Hechos 17:11), se dedicaron al estudio de las Escrituras. Esa es la nobleza que la Biblia reconoce y propone, porque cada hijo de Dios es invitado a escudriñar las Escrituras (Juan 5:39). El refrigerio espiritual saboreado en torno al pozo ha regocijado el corazón del pueblo. â¿Está alguno alegre? Cante alabanzasâ (Santiago 5:13). Israel canta. Desde el Mar Rojo, cuarenta años atrás, no vemos que lo haya hecho (aparte de los cantos y bailes profanos en torno al becerro de oro). Las murmuraciones por fin cedieron lugar a la alabanza. Juntamente con el gozo, Israel también halló fuerzas (NehemÃas 8:10 final), las cuales despliega librando sus primeras batallas contra Sehón y Og; en éstas obtiene brillantes victorias.
Dejemos un momento a Israel para ver lo que sucedÃa entre sus enemigos. AsustadÃsimos, la gente de Moab y su rey Balac vieron cómo Israel subÃa del desierto, cubriendo la tierra y acampando frente a ellos. Temen por sus cosechas y desprecian a este pueblo que podrÃa lamer su tierra âcomo lame el buey la grama del campoâ. Moab no debe temer, porque cuando el maná, el Pan de vida, es apreciado por el pueblo de Dios, lo que el mundo posee no lo atrae para nada. Para vencer a Israel, Balac tiene la idea de emplear medios sobrenaturales. Pide ayuda al adivino Balaam, de cuya reputación está enterado. Ãste personifica a un clérigo complaciente que se deja alquilar âpor lucroâ (Deuteronomio 23:4; Judas 11). Balaam se halla en un dilema, por un lado, desea merecer las riquezas y los honores prometidos por los embajadores de Balac y, por el otro, siente que no puede ir más allá de la voluntad del Dios soberano, a quien teme. Dios visita a Balaam de noche y le declara tajante y categóricamente: âNo vayas⦠ni maldigas al pueblo, porque bendito esâ (v. 12). Esperando poder inducir a Jehová para que se retracte de su declaración, el profeta infiel olvida que Dios no cambia (comp. cap. 23:19). Y cuando la segunda comitiva llega, se le permite ir adonde su corazón codicioso lo empuja.
Balaam aparejó su asna y salió con el corazón alegre calculando de antemano su salario de iniquidad. Pero ante Dios, su camino es perverso (v. 32), conduce a la perdición. Balaam finge obedecer a Dios cuando en realidad es tentado por âsu propia concupiscenciaâ (Santiago 1:14). Dios quiere dárselo a entender y le habla de manera milagrosa por medio de su asna. ¡Trabajo inútil! Entonces el Ãngel se deja ver y lo reprende (leer 2 Pedro 2:15-16). Más loco y más ciego que su misma asna, Balaam se obstina y Jehová lo deja seguir adelante. ¿A veces no ocurre que, para detenernos, Dios se opone en el camino de nuestra propia voluntad? Suscita obstáculos, trabas que tienen su propio lenguaje, si es que sabemos escuchar. Son tantas ocasiones que sirven para que nos preguntemos si el Señor no se está oponiendo a un proyecto que desaprueba.
El Nuevo Testamento menciona âel camino de Balaamâ (2 Pedro 2:15), luego su âerrorâ (Judas 11) y finalmente su âdoctrinaâ (Apocalipsis 2:14). La propia voluntad extravÃa cada vez más.
Ahora Balac y Balaam se han unido para su obra malévola. Juntos estos dos cómplices son figura del malvado rey llamado âla bestiaâ, y del falso profeta o anticristo, quienes en los tiempos apocalÃpticos se verán empujados por Satanás contra Israel y contra Dios (Apocalipsis 13).
Balaam, que ya ha obtenido libertad para ir adonde querÃa, desearÃa que Dios le permitiera decir lo que él quiere decir. Pero a pesar suyo, y a la ira de Balac, sus cuatro discursos sentenciosos se cambian por gloriosas bendiciones. Tal es también el efecto final de las presentes acusaciones de Satanás contra los redimidos del Señor (Apocalipsis 12:10). Tal como nos lo enseña la historia de Job, Dios permite que semejantes ataques se conviertan en bien para los suyos. Notemos que todo sucede en el monte, mientras el pueblo que está en la llanura lo ignora; desconoce tanto las intenciones funestas del enemigo como la manera en que Dios las hace fracasar.
âEste pueblo habitará soloâ (v. 9; V.M.); éste es el primer carácter de Israel, a saber, ser un pueblo separado para Dios. Lo mismo sucede con la verdadera Iglesia y con cada creyente. El cristiano está moralmente separado de un mundo juzgado. Está separado para el Señor. âMuera yo la muerte de los rectos, y mi postrimerÃa sea como la suyaâ, desea Balaam (v. 10). Pero para morir como los hombres justos es preciso haber vivido la vida de los mismos. Ahora bien, Balaam, como muchos otros, es un hombre de doble ánimo que intenta servir a dos amos. Profesa temer a Jehová y ofrece el número perfecto de sacrificios, pero al mismo tiempo se deja llevar por las concupiscencias de su propio corazón.
â¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?â (Romanos 8:33-34). Como para burlarse del acusador, Dios hace proclamar al mismo Balaam, desde lo alto de la montaña, que él no ha ânotado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israelâ. Al leer el versÃculo 21, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Cómo puede Dios afirmar lo que tan manifiestamente se ve desmentido por los hechos? ¿Acaso ha olvidado las murmuraciones, las codicias, la idolatrÃa, la rebelión? El versÃculo 23 nos da la respuesta: âA su tiempo será dicho de Jacob y de Israel: ¡Mirad lo que ha hecho Dios!â (V.M.). Mientras el pueblo iba acumulando pasos en falso en el desierto, Jehová cumplÃa la obra necesaria a fin de hacerlo apto para entrar en el paÃs. Se habÃa ocupado de todos los pecados de los suyos dando los sacrificios, el sacerdocio, la serpiente de bronce y otras tantas imágenes de la obra de Jesús. De manera que si Dios habla asÃ, no es por falta de memoria ni por pasar con indulgencia sobre el mal. Es porque al contemplar a su pueblo, ve su propia obra. Constantemente tiene ante sus ojos la obra de su Hijo, y no serÃa fiel y justo hacia este perfecto Salvador si todavÃa imputase la menor falta a aquellos, a quienes él ha lavado con su sangre (1 Juan 1:9).
Para pronunciar su tercera profecÃa, Balaam se abstiene de los anteriores agüeros (v. 1). Hombre entregado al espiritismo, instrumento habitual de los demonios, se ve forzado a pronunciar los oráculos que Dios pone en su boca. Y cuanto más se obstina Balaam, tanto más bendecido es el pueblo. El versÃculo 5 constata no solamente la ausencia de iniquidad en Jacob (la gracia), sino la admirable belleza de las tiendas de Israel (la gloria). En medio de estas tiendas se alzaba la de Jehová mismo, la morada de su gloria, de manera que todo el campamento era hecho partÃcipe de esta gloria.
La Iglesia sigue en el desierto, pero Dios ya la contempla según su relación con su muy amado Hijo. Ella es la Esposa de Cristo; a sus ojos está revestida con todas las perfecciones de su Esposo divino. Dios nos invita a mirar a la iglesia y a cada hermano o hermana individualmente desde âla cumbre de las peñasâ (cap. 23:9), es decir, del mismo modo que él los ve desde el cielo. Entonces tendremos de ellos una visión completamente distinta. Veremos brillar la belleza del vestido de justicia con el cual el Señor ha revestido a los suyos. Notaremos en ellos unos reflejos de las glorias de Jesús. Y si hay situaciones penosas, porque tampoco podemos evitar verlas, ello será otra ocasión más para admirar la grandeza de la paciencia y del perdón divinos.
Esta última profecÃa del adivino Balaam comienza por un oráculo sobre sà mismo. ¡Cuán responsable es ese hombre! Según sus propias declaraciones, oyó los dichos de Jehová, sabe la ciencia del AltÃsimo. ¡Vio la visión del Omnipotente! Muchos que profesan ser cristianos dirán: âSeñor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?...â (Mateo 7:22-23). Pero compartirán la suerte final de Balaam, porque el conocimiento de las verdades bÃblicas no habrá tenido ningún efecto sobre sus conciencias. Tener âabiertos los ojosâ, es decir, la capacidad para ver a Jesús, pero no querer hacerlo âahoraâ, conllevará a tener que mirarlo mas âno de cercaâ en un futuro. ¡Qué porvenir trágico! Eso le sucedió al hombre rico de la parábola que contemplaba atormentado la felicidad de los elegidos (Lucas 16). âTodo ojo le veráâ (Apocalipsis 1:7), pero no en las mismas condiciones. ¿Cuándo y cómo verá usted al Señor?
Ante Balaam, el hombre âcaÃdo en éxtasisâ (v. 16, V.M.), se desarrolla todo un panorama profético. Una estrella brillante lo ilumina: Cristo, el rey de gloria. Su aparecimiento corresponderá al juicio sobre las naciones vecinas de Israel: en primer lugar Moab mismo. Jesús es esta espléndida Estrella de la mañana que anuncia al alba (Apocalipsis 2:28; 22:16 final). TodavÃa invisible para el mundo, ya ha salido en el corazón del redimido (2 Pedro 1:19 final).
Cuando lleguemos al capÃtulo 31:16 comprenderemos mejor lo que sucede en este pasaje. En la mente de Balaam, a quien se le ha escapado la recompensa tan ansiada, se va germinando una idea diabólica. Ãl mismo habÃa anunciado que Dios no percibÃa iniquidad ni injusticia en Israel (cap. 23:21). ¡Pero no importa, se dice a sà mismo, hay que inducir a este pueblo a pecar! De esta manera Dios se verá obligado a maldecirlo. ¿Acaso no es una nación que debe morar sola y confiada? (cap. 23:9). Pues bien, incitémosla a que se mezcle con los demás pueblos. Asà Balaam enseña âa Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los Ãdolos, y a cometer fornicaciónâ (Apocalipsis 2:14). De esta tenebrosa maquinación resulta el triste y humillante asunto de Baal-peor. Esto nos muestra que las invitaciones del mundo son más peligrosas que sus maledicencias. El pueblo cae en la trampa tendida por Moab y su aliado Madián. Es necesario el celo de Finees para apartar la ira de Jehová y detener la mortandad. Su actitud recibe inmediatamente una recompensa. ¡Cuán agradable es para el Señor cuando un joven, en medio de la decadencia moral generalizada, ha mantenido puro su camino y valerosamente ha tomado posición por Cristo!
Cuarenta años han transcurrido desde el censo del capÃtulo 1. Jehová hace tomar nuevamente el censo, esta vez por familias, âde toda la congregación de los hijos de Israelâ. La comparación de estos dos censos, al principio y al final del desierto, pone en evidencia las consecuencias desastrosas e irremediables de las faltas cometidas. La tribu de Simeón, más culpable que las otras en el asunto de Baal-peor (cap. 25:14), quedó diezmada. Es, pues, necesaria una reducción proporcional de la herencia en Canaán ya que, según las instrucciones que Jehová da a Moisés: âA los más darás mayor heredad, y a los menos menorâ (v. 54). Esa verdad nos habla a todos: una marcha desfalleciente conlleva una pérdida eterna y puede privar a un cristiano de su âcoronaâ (Apocalipsis 3:11). Desde Rubén hasta NeftalÃ, el censo se hace en el mismo orden que la primera vez, según las banderas de las tribus (cap. 2). El total, casi idéntico (v. 51; cap. 1:46), hace resaltar el poder de la gracia de un Dios que se ocupó de este inmenso ejército de seiscientos mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños, durante cuarenta años a través del desierto. Dios nunca se ha sentido sobrecargado por las necesidades de los suyos, y cuidará de cada uno de nosotros hasta nuestro último dÃa en este mundo.
Ayer vimos que se debÃa hacer el censo de los hombres únicamente. Sin embargo, he aquà algunas mujeres a las que se les dedica todo un párrafo y, más adelante, todo el capÃtulo 36. ¿Qué tienen de notable esas cinco hijas de Zelofehad para que se hable tanto de ellas? PodrÃan parecernos descaradas por atreverse a presentarse ante Moisés, Eleazar, los prÃncipes y toda la asamblea, para reclamar una parte de la herencia. ¿No se tratarÃa otra vez de murmuraciones como las que tan a menudo se habÃan oÃdo en medio del pueblo? ¡En absoluto! Las murmuraciones expresaban el pesar que se sentÃa por la pérdida de lo que se dejaba atrás, en Egipto, mientras que la petición de estas mujeres surge por el apego que tienen hacia lo que hay por delante: la tierra prometida. Por eso el mismo Jehová lo aprueba abiertamente. Como respuesta a Moisés, quien âllevó su causa delante de Jehováâ, declara: âBien dicen las hijas de Zelofehadâ. ¡Qué ejemplo dan ellas a quienes han tenido padres cristianos! Preguntémonos si âla herencia de nuestros padresâ, lo que era el objeto y la ferviente expectación de las generaciones precedentes, posee el mismo atractivo y tiene el mismo precio para nuestro corazón (comp. con 1 Reyes 21:3).
En este pasaje Jehová habla con su siervo Moisés sobre el final de su carrera. A causa del error que Moisés cometió junto a las aguas de Meriba, no le será permitido introducir al pueblo en la tierra prometida. Lo que enseguida inquieta al siervo de Dios, es que Israel podrÃa quedar sin conductor. En lugar de pensar en sà mismo, intercede nuevamente en favor del pueblo pidiendo que éste no sea cual rebaño sin pastor (v. 17). El mismo pensamiento ocupaba el corazón del Señor Jesús. Contemplémosle en Mateo 9:36: âTuvo compasiónâ por las multitudes que lo rodeaban, âporque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastorâ. Sin embargo, ¿no estaba él, el buen Pastor, en medio de ellas? SÃ, pero no lo querÃan.
Como respuesta a la petición de Moisés, Jehová designa a Josué, âhombre en quien está el EspÃrituâ (v. 18, V.M.). En el interior de la tienda, fuera del campamento, desde su juventud Josué habÃa aprendido a conocer a Jehová (Ãxodo 33:11). Más tarde cumplió con fidelidad una misión de alta confianza: la exploración de la tierra prometida. En fin, como Moisés en su tiempo, Josué también fue formado durante cuarenta años en la escuela del desierto, la larga escuela de la paciencia. Solamente entonces Dios lo llama para el servicio que le tiene reservado, el de introducir al pueblo en Canaán.
En los capÃtulos 28 y 29 los sacrificios no vienen clasificados según su significado, sino según las ocasiones en las cuales se debÃan presentar. Ejercitémonos, queridos hijos de Dios, en hacer de toda circunstancia una ocasión para dar gracias (1 Tesalonicenses 5:18).
En el capÃtulo 29 se habla de las ofrendas del séptimo mes y, a partir del versÃculo 12, vemos que dÃa a dÃa disminuÃa el número de becerros ofrendados. Ello sugiere aquellos perÃodos de nuestra vida durante los cuales la persona de Jesús puede, si no velamos, perder poco a poco su valor para nuestras almas. Proféticamente, este capÃtulo 29 se cumplirá durante el reinado de mil años. Muchos no se someterán a la autoridad del Señor Jesucristo sino por la fuerza (Salmo 18:44), de manera que un ocaso general en la apreciación de las glorias de Cristo conducirá a la sublevación de Gog y Magog (Apocalipsis 20:7-10).
Observemos el contraste que hay entre el sitio ocupado por el holocausto (trece becerros, catorce corderosâ¦) y el del sacrificio por el pecado: solamente un macho cabrÃo. El énfasis se hace, en efecto, sobre la plena y continua satisfacción que Dios halla en Cristo: Ãl es su ofrenda, su pan en olor grato (cap. 28:2).
Después de los sacrificios necesarios de los capÃtulos 28 y 29 encontramos aquà los votos por los cuales un israelita se comprometÃa espontáneamente con Jehová. Cuando un hombre hacÃa un voto, obligatoriamente tenÃa que cumplirlo. Eso se llamaba pagar sus votos (Salmo 22:25; 116:14, 18). Una mujer no era tan responsable si vivÃa con su padre o con su marido. Ãstos podÃan anular el voto que desaprobaban.
Este capÃtulo recuerda con qué presunción Israel se colocó bajo la ley, comprometiéndose a hacer todo lo que Dios habÃa dicho. âMejor es que no prometas âaconseja el predicadorâ, y no que prometas y no cumplasâ (Eclesiastés 5:5). De modo general, cuán importante es que todo lo que decidimos pueda ser confirmado en el cielo, aprobado por el Señor. Santiago nos enseña a subordinar todos nuestros proyectos a esta reserva: âSi el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquelloâ (Santiago 4:15). Y en cuanto a los juramentos mencionados en el versÃculo 3, el mismo escritor prescribe: âNo juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sà sea sÃ, y vuestro no sea noâ¦â (cap. 5:12; ver también Mateo 5:33-37).
Por incitación de Balaam, las mujeres de Moab y Madián lograron arrastrar a Israel a adorar sus Ãdolos. Mas ha llegado la hora del castigo. La venganza sobre los madianitas es despiadada; este pueblo queda casi aniquilado. Para nosotros ello es imagen de la diligencia con la cual somos llamados a cortar y a echar lejos de nosotros todas las ocasiones de caer (Mateo 5:27-30). Si sentimos, por ejemplo, que el trato con alguien encierra un peligro para nuestra alma, no vacilemos en cortarlo por lo sano, no importa lo que piense dicha persona.
Los versÃculos 25 a 54 sugieren los felices resultados que podemos esperar al âexterminarâ lo que sirve de lazo para nuestras almas. Lejos de empobrecernos (no falta ni un solo combatiente), podemos adquirir un gran botÃn espiritual, del cual se beneficia âtoda la congregaciónâ (v. 27), y Dios también recibe su porción en forma de acciones de gracia.
Balaam también murió a filo de espada (v. 8). No conoció âla muerte de los rectosâ (25:10), ni disfrutó mucho tiempo de la recompensa por la cual habÃa vendido su alma. Tal es el fin de un camino perverso, de un camino que conduce a la perdición. âPorque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?â (Mateo 16:26).
Llegados a la frontera de Canaán, los hijos de Rubén y de Gad se presentan ante Moisés y los prÃncipes con una triste petición: âNo nos hagas pasar el Jordánâ (v. 5). Moisés, indignado, inmediatamente piensa en Cades-barnea, cuarenta años antes. ¿Será una vez más la incredulidad, el miedo que les infundan los gigantes y las ciudades fortificadas lo que haga retroceder a estas dos tribus? ¡No!, hay otra razón inesperada: ¡sus rebaños! La victoria sobre los madianitas les otorgó un botÃn considerable (cap. 31). Rubén y Gad tienen âuna muy inmensa muchedumbre de ganadoâ. Por eso sus ojos se dirigen hacia los ricos pastos de la tierra de Galaad y quieren establecerse allÃ.
A estas dos tribus se añade también âla media tribu de Manasés hijo de Joséâ (v. 33). Para ellos, una instalación inmediata en unas condiciones ventajosas y cómodas tiene más atractivo que la tierra prometida por Jehová. Asà son muchos cristianos, ¿nos damos cuenta de ello? Sin duda alguna son salvos; forman parte del pueblo de Dios. Pero las cosas de la vida diaria les interesan más que la eternidad. Tienen un cristianismo terrenal, un corazón dividido. Para ellos el cielo no tiene valor presente. ¿No es esto mostrar poco amor hacia Aquel que se halla allÃ?
Ofreciéndose para ayudar a sus hermanos en la conquista de la tierra de Canaán, los hijos de Rubén y de Gad dan muestras de celo, de valentÃa e incluso de abnegación. Pero eso no reemplaza, a los ojos de Jehová, el amor hacia él y por el paÃs que les ha dado. Los guerreros de estas dos tribus conocerán la tierra prometida y pasarán el Jordán para ayudar a sus hermanos. Pero sus mujeres y sus niños jamás entrarán en ella. Por su culpa, éstos no gozarán de la promesa de Jehová (cap. 14:31). Recordemos también que en otro tiempo el Faraón intentó impedir que los niños saliesen de Egipto (Ãxodo 10:10). Ahora los propios padres obstaculizan la llegada de sus hijos a Canaán. âDejad a los niños venir a mà âordena el Señor Jesúsâ, y no se lo impidáisâ (Marcos 10:14). ¡Desgraciadamente existe más de un medio para impedir que un niño se acerque a Jesús!
En el territorio de Galaad, indiscutiblemente los rebaños prosperarán, pero no ocurrirá lo mismo con las familias; éstas decaerán, tal como lo demuestra la historia de estas tribus.
Queridos amigos, ¿qué es más importante: la prosperidad de nuestros negocios o la de nuestra alma? Ellas casi nunca pueden ir juntas.
Llegados a la frontera del paÃs, Moisés y los hijos de Israel son invitados a mirar hacia atrás. ¡Cuánto camino han recorrido desde la gran noche de la pascua! Al lado de unas felices y hasta gloriosas etapas âPi-hahirot y el paso del Mar Rojo, Elim con sus fuentes y sus palmerasâ, cuántos nombres sonaban dolorosamente: Sin y sus murmuraciones, Refidim y sus altercados, el Sinaà con el becerro de oro, Kibrot-hataava con las codicias y el triste asunto de las codornices⦠Estas etapas jalonan miserablemente el trayecto del desierto como lecciones necesarias para enseñar a Israel ây a cada uno de nosotrosâ a conocer poco a poco su malvado corazón. Sin duda, el pueblo hubiese deseado borrar algunos de estos nombres de su itinerario. Moisés hubiese tenido razones personales para silenciar lo de Cades, con las aguas de Meriba. ¡Pero eso no era posible! No podemos hacer desaparecer nuestra historia, incluyendo las faltas pasadas, como tampoco podemos volver atrás para retomar una sola hora de nuestra existencia. Lo que sà podemos hacer es recordar las lecciones aprendidas en el camino, la paciencia y la misericordia de Aquel que nos ha perdonado todo.
Desde hace mucho tiempo el viento del desierto ha borrado las pisadas del largo peregrinaje. Pero en el Libro de Dios cada paso ha sido anotado: âSalieron⦠y acamparon⦠salieron⦠y acamparonâ. Unos pocos versÃculos rápidamente leÃdos resumen cuarenta años y un número igual de etapas, de las cuales muchas no son mencionadas sino aquÃ. Pero aunque no sepamos nada más, a Dios le pareció bien inscribir cada nombre en su santo Libro, como para recordarnos este versÃculo conmovedor: â¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos?â (Job 31:4).
Para nosotros también, el tiempo ha borrado el recuerdo de la mayor parte de nuestro pasado. ¿PodrÃamos contar todo lo que hicimos ayer sin olvidar ni el más mÃnimo detalle? Ciertamente no, pero el Señor lo sabe todo. Nada se le ha escapado. Existe como una especie de pelÃcula de nuestra vida. En el âtribunal de Cristoâ (2 Corintios 5:10) ésta será proyectada ante nuestros ojos en la plena luz de Dios. ¡Qué pensamiento más serio! Si ello sucediera ahora, ninguno de nosotros podrÃa soportarlo. Pero estando cerca de Jesús, no conoceremos la vergüenza ni tendremos temor de ningún juicio. Allà sólo habrá sitio para el sentimiento indecible de la grandeza de su gracia, fuente de una eterna adoración.
Después de haber mirado hacia atrás juntamente con Israel, Jehová lo invita a volver su mirada hacia adelante, a la meta de su largo viaje. Ciertas personas se ocupan incesantemente del pasado. Lamentan una y otra cosa, o bien, se jactan de lo que ellas han hecho. Mas lo que debe ocupar al creyente es lo que Dios ha hecho. Puede, en su corazón, dar mil respuestas a la inquietud de Balaam: â¡Lo que ha hecho Dios!â (cap. 23:23). Pero al mismo tiempo mira hacia adelante, en dirección de su patria. Los lÃmites de la herencia estaban trazados para Israel por la misma mano divina que habÃa dirigido su viaje.
Para nosotros, hijos de Dios, la casa del Padre ha sido preparada. El Señor no nos deja en la incertidumbre; de no ser asÃ, él nos lo hubiera dicho. Hay muchas moradas en la casa de su Padre, a donde ha ido a prepararnos un lugar (Juan 14:2).
A Israel, Jehová sólo indica el contorno, las fronteras de su tierra. Y el cristiano por su parte apenas sabe más sobre su patria celestial. La Biblia no nos describe el cielo con muchos detalles, pero lo que sabemos nos basta. Es la casa del Padre, la de nuestro Padre. Allà se halla el Señor Jesús, y con él estaremos siempre.
En la tierra de Canaán, dentro de los lÃmites que se acaban de trazar, cada tribu recibirá su posesión, excepto los hijos de LevÃ. Según la profecÃa de Jacob, éstos debÃan ser dispersados en Israel a causa de la mala conducta de su padre (Génesis 49:7). Pero, por la gracia de Dios, este castigo se convertirá en bendición. Cuarenta y ocho ciudades repartidas en todo Israel serán atribuidas a los hijos de LevÃ. Cada tribu deberá darles algunas en proporción con su herencia. Asà esos levitas, siervos de Jehová y de sus hermanos, encargados particularmente de enseñar la ley, serán llevados a ejercer un ministerio en beneficio de todo el pueblo.
A continuación se habla de las ciudades de refugio para el homicida. La ley en todo su rigor exigÃa la sangre por la sangre, independientemente de que ésta hubiese sido derramada intencionalmente por odio o, al contrario, involuntariamente. Pero para responder a este último caso, Jehová habÃa dado, junto con la ley, una promesa (léase Ãxodo 21:12-13). Se habÃa comprometido a proveer un asilo en el que el responsable de la muerte de otra persona fuera autorizado a huir para salvar su vida. Bella ilustración del refugio que Dios ofrece al pecador culpable. Ello nos recuerda que âel fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que creeâ (Romanos 10:4).
Bajo el aspecto profético, la ciudad de refugio para el homicida protege al pueblo judÃo que crucificó a su MesÃas sin medir el alcance de su crimen (Lucas 23:34). Desde entonces, es guardado providencialmente por Dios lejos de su herencia, hasta el final del perÃodo actual, esto es, mientras Cristo es sacerdote según el tipo de Aarón.
De hecho, toda la humanidad es culpable de la muerte del Hijo de Dios. Pero, en su infinita misericordia, Dios ha dado al hombre un refugio contra su propia ira, y este refugio no es otro que la vÃctima misma. Jesús es Aquel âquien nos libra de la ira venideraâ (1 Tesalonicenses 1:10).
Cristo, representado en este capÃtulo a la vez por la vÃctima y por la ciudad de refugio, también lo es por el sumo sacerdote, cuya muerte señalaba el momento del retorno del homicida a la tierra de su posesión en plena seguridad (v. 28).
El versÃculo 31 afirma que ningún rescate, por elevado que fuese, podÃa sustituir, para el homicida, al medio de salvación que Jehová habÃa provisto. Ni dinero, ni oro (1 Pedro 1:18), como tampoco las buenas obras (Efesios 2:9) pueden reemplazar para el pecador la cobertura que halla en Jesucristo. âEn ningún otro hay salvaciónâ¦â (Hechos 4:12).
Aquà volvemos a encontrar a las cinco hijas de Zelofehad. Los jefes de la tribu de Manasés hablan nuevamente a Moisés y a los prÃncipes sobre esta cuestión hereditaria aparentemente de poca importancia. ¿De qué se trata? Cada tribu debÃa poseer su propio territorio. Pero en un caso como éste, en el que una mujer recibÃa una parte, su casamiento con un hombre de otra tribu habrÃa hecho pasar la herencia a la tribu de su marido. Mas no debÃa ser asÃ. Moisés arregló este problema de parte de Jehová. Los casamientos se formarÃan entre personas de una misma tribu. Jóvenes, chicos y chicas que pertenecen al Señor, ¡esta instrucción les concierne! El matrimonio puede hacerles perder el disfrute de su herencia celestial. Si la persona a la que piensa unirse un dÃa no comparte su fe, ¡por nada del mundo se comprometa en semejante camino!
Resulta interesante que este libro del desierto se clausure con una nota concerniente a la herencia. En efecto, aún no se habÃa pasado el Jordán. ¿Acaso no tendrÃan suficiente tiempo para pensar en ello? Asà no es el pensamiento de Dios. Ãl nos ocupa desde ahora con nuestra patria celestial, porque su deseo es que nuestro corazón se llene de ello.
Deuteronomio, el último libro de Moisés, parcialmente vuelve a tomar los relatos y enseñanzas de los libros precedentes. Al final de su carrera, el fiel conductor recuerda a la nueva generación los acontecimientos del desierto y sus lecciones para Israel. Los hombres que habÃan salido de Egipto perecieron en el camino, de modo que es necesario advertir y enseñar a la joven generación. En este concepto, la lectura de Deuteronomio será particularmente provechosa para los creyentes jóvenes. Como para invitarlos a no perder más tiempo, el libro comienza con un elocuente contraste. Once jornadas habrÃan bastado, según el versÃculo 2, para conducir al pueblo desde Horeb hasta Canaán. Pero ¡fueron necesarios cuarenta años! (v. 3). Varios de entre nosotros reconocen con tristeza haber perdido muchos años. No es necesario, en absoluto, esperar hasta una edad madura o la vejez para entrar en plena posesión de los âlugares celestialesâ. Desde el comienzo de nuestra vida cristiana, el EspÃritu Santo quiere enseñarnos las verdades y los principios de la Palabra.
Los versÃculos 13-18 nos recuerdan nuestra triste tendencia a reñir âpor el caminoâ (Génesis 45:24) y las medidas que el Señor se ve obligado a tomar desde que su pueblo da los primeros pasos en el desierto.
Desde Horeb, su punto de partida, Israel se dirige hacia Canaán, a través del âgrande y terrible desiertoâ. Y la triste escena de Cades-barnea se presenta nuevamente ante nuestros ojos. Aquà vemos que fue a petición del pueblo que los hombres fueron enviados a explorar la tierra (v. 22), lo que no especificaba el capÃtulo 13 de Números. La raÃz del mal estaba allÃ, en la falta de confianza en Dios. QuerÃan comprobar sus declaraciones. Y cuando andamos âpor la vistaâ y no âpor la feâ, el enemigo se apresura a hacernos retroceder colocándonos obstáculos que parecen insalvables (v. 28).
A causa de su incredulidad, toda esa generación cayó en el desierto, excepto Josué y Caleb. La epÃstola a los Hebreos se sirve de este ejemplo para advertir a todos los que en la actualidad todavÃa endurecen sus corazones al oÃr la Palabra de Dios. Ãsta de nada sirve cuando no viene âacompañada de feâ (Hebreos 4:2).
âPorque Jehová nos aborreceâ (v. 27), gime el miserable pueblo. ¿Cuál es el aspecto más triste de la incredulidad? Que se atreva a dudar de un amor que, sin embargo, ha sido comprobado, el amor de un Dios que no perdonó en la cruz a su propio Hijo (Romanos 8:31-32).
El desierto era grande y terrible. Pero, ¿cómo lo habÃa atravesado Israel? En los brazos de Jehová (v. 31). A la siguiente declaración, que manifiesta la más negra ingratitud: âPorque Jehová nos aborrece, nos ha sacado de tierra de Egiptoâ (v. 27), escuchemos lo que Dios responde por boca de Moisés: âDios te ha traÃdo, como trae el hombre a su hijoâ. ¡Qué ternura en esta comparación! El capÃtulo 13 de los Hechos (v. 18) lo completa: âPor un tiempo como de cuarenta años los soportó en el desiertoâ. Poderoso amor de un padre, profunda ternura de una madre. ¡Dios quiere ser todo para los suyos! (véase también Salmo 103:13; IsaÃas 66:13). ¿Y qué pide él como respuesta a semejante amor? Nada, excepto la confianza total de un niño que se deja llevar en los brazos de su padre. Otra prueba de la fidelidad de Dios era la manera en que habÃa iniciado la marcha de su pueblo, reconociendo los lugares y guiándolo etapa por etapa (v. 33). Enviar a unos exploradores (v. 22), ¿no era desconfiar de esos diligentes cuidados?
Los incrédulos temores dan lugar a la ligereza y a la presunción, actitud que inevitablemente conduce a la derrota y hace derramar abundantes y amargas lágrimas (v. 45).
El Señor Jesús, cual verdadero Moisés, desea que recordemos el desierto, no solamente como el lugar donde hemos multiplicado los pasos en falso (cap. 1:32-46), sino para evocar Su inagotable bondad y paciencia a lo largo del camino transitado. âJehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltadoâ (v. 7). â¿Os faltó algo?â âpreguntó Jesús a sus discÃpulosâ. âY ellos dijeron: Nadaâ (Lucas 22:35). Es asà como la presencia del Señor con nosotros todos los dÃas, según su fiel promesa (Mateo 28:20), es la garantÃa de que conoce nuestras necesidades y responderá a ellas valiéndose de sus propios recursos. âÃl sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltadoâ. El Señor conoce la anchura del desierto como también el tiempo necesario para atravesarlo. Y lo que da está en proporción con ello.
Mas llega el momento cuando se deja oÃr la voz de Dios, diciendo: âBastante habéis rodeado este monteâ (v. 3).
Querido hermano, pronto oiremos el llamado que pondrá fin a nuestro peregrinaje por este mundo: âEl Señor mismo con voz de mando... descenderá del cieloâ, y nosotros iremos a su encuentro âen el aireâ (1 Tesalonicenses 4:16-17). ¡Qué perspectiva más feliz!
El largo peregrinaje de Israel por el desierto era el justo castigo por su incredulidad. Pero la duración del viaje también tenÃa otro motivo. Contando con valerosos guerreros, el pueblo corrÃa el peligro de atribuir a sus propias fuerzas la conquista de la tierra. Fueron, pues, necesarios treinta y ocho años para que pereciese esa generación de hombres de guerra (v. 14). El capÃtulo 5 de Juan relata la historia de un lisiado al que Jesús sanó junto al estanque de Betesda. Fue también al cabo de treinta y ocho años que este infeliz renunció a cualquier socorro humano y reconoció: âNo tengo quienâ¦â. Entonces el Señor hizo que caminara.
Ahora que los adultos que salieron de Egipto han muerto, los que eran niños en aquel momento, de quienes el pueblo habÃa dicho que serÃan presa, son los que van a entrar en el paÃs (cap. 1:39; comp. con Números 14:3). Llevados en los brazos de Jehová, son más fuertes que los guerreros. Cuando las fuerzas del hombre han desaparecido, llega la hora de Dios (cap. 32:36). Ãl ha preparado unas victorias brillantes y manda decir al pueblo: âLevantaos, salid, y pasad el arroyo de Arnón⦠comienza a tomar posesión de ella, y entra en guerra con élâ (v. 24). Dios se encarga de todo lo demás.
En Génesis 15:16 vemos que Jehová habló a Abraham sobre la iniquidad de los pueblos cananeos (véase también Deuteronomio 9:5). Pero todavÃa no habÃa âllegado a su colmo la maldadâ de estos pueblos. Fueron necesarios cuatrocientos años para que su mal madurara. ¡Cuán grande es la paciencia de Dios! Soporta desde hace casi dos mil años a un mundo que crucificó a su Hijo.
Las naciones que ocupan los dos lados del Jordán acaban de oÃr hablar de lo que Jehová ha hecho por Israel, mas no se han arrepentido. Entonces tiene que consumarse el juicio y no hay perdón para nadie. Los niños también perecen. Pero sabemos que si un niño muere, va al cielo (Mateo 19:14), de manera que se les ahorra una suerte mucho más espantosa que la muerte. Tenemos sobrados motivos para pensar que llegando a la edad adulta esos niños hubieran seguido las pisadas culpables de sus padres, las cuales los habrÃan conducido a la perdición.
Esas naciones eran enemigas de Dios y el pueblo debÃa destruirlas a causa de la gloria de Dios. El cristiano no es llamado, como Israel, a combatir contra los hombres. Lo que sà debe imitar es la amabilidad con la que Israel da aquà su testimonio (v. 26-29).
Cuando el enemigo sale al encuentro del pueblo, Jehová empieza por animar y tranquilizar a Moisés: âNo tengas temor de élâ (v. 2). Luego se describe la victoria: âAl cual derrotamos hasta acabar con todos⦠tomamos entonces todas sus ciudadesâ¦â. Las ciudades amuralladas hasta el cielo (cap. 1:28) habÃan parecido invencibles al Israel incrédulo. Mas aquà Moisés les recuerda: âNo hubo ciudad que escapase de nosotrosâ (cap. 2:36). ¿Y qué sucedió con los gigantes que los habÃan llenado de espanto? Dios recordará más tarde: âYo destruà delante de ellos al amorreo, cuya altura era como la altura de los cedros, y fuerte como una encinaâ (Amós 2:9). Og, rey de Basán, uno de esos terribles gigantes, es entregado con todo su pueblo en manos de Israel, tal como lo fue Sehón. Dios demuestra asà su poder y lo despliega en favor de los suyos. ¡Es un pensamiento apto para animarnos cuando el poder de Satanás quiere asustarnos! âTodo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra feâ (1 Juan 5:4). La fe triunfa porque se fundamenta en Aquel que es más poderoso que el mundo. âConfiad, yo he vencido al mundoâ (Juan 16:33).
Algunas personas lamentan toda la vida no haber mostrado suficiente interés por sus estudios en la época escolar. Y los padres, a quienes no siempre se escucha, advierten a sus hijos para que trabajen, pues unos estudios mediocres también corren el riesgo de ser sancionados por una carrera mediocre, lo cual pone en juego su porvenir. ¿No ocurre lo mismo en el caso de un cristiano? Con la diferencia que toda la vida de éste está formada por sus años escolares. Si es un alumno perezoso, un aficionado que carece de una sana ambición, si âtiene la vista muy cortaâ, no le será dada una âamplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristoâ, y sufrirá una pérdida eterna (2 Pedro 1:9, 11). A este respecto los hijos de Rubén y Gad nos dan una lección. No por recibir primero la herencia se obtiene la mejor parte. ¡Muy al contrario! âAquella tierra buenaâ y âaquel buen monteâ se hallan más allá del Jordán (v. 25). Moisés lo sabe bien. ¡Qué contraste hay entre el querido conductor cuyo corazón está más allá del Jordán, pero a quien no le es permitido entrar, y estas dos tribus y media que sà podrÃan entrar en Canaán pero no tienen el menor deseo de hacerlo! Y su corazón, querido amigo, ¿dónde está? ¿En el cielo, junto a Jesús, o en la tierra, ocupado con las cosas visibles y pasajeras? (Lucas 12:34).
Una sola desobediencia privó a Moisés de entrar en la buena tierra prometida por Jehová. Está, pues, en mejor posición para exhortar al pueblo a obedecer las ordenanzas de Jehová âpara que âdiceâ ...entréis y poseáis la tierraâ¦â (v. 1). Es como si les hubiera dicho: ¡Que no les suceda como a mÃ; escuchen y obedezcan los mandamientos de Jehová! âPorque esta es vuestra sabidurÃa y vuestra inteligenciaâ, recalca el hombre de Dios (v. 6). Haciendo la voluntad de Dios, ponemos a un lado nuestra propia voluntad y cedemos el lugar a la sabidurÃa que viene de lo alto, la cual sustituye a la nuestra (Santiago 3:17). Guardar la Palabra es al mismo tiempo guardar nuestra alma âcon diligenciaâ (v. 9).
La autoridad de esta Palabra divina queda confirmada; Moisés recuerda en qué condiciones y con qué solemnidad ha sido comunicada.
âNo añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ellaâ (v. 2 y también cap. 12:32). Muchas personas que dicen ser cristianas añaden tradiciones, supersticiones y opiniones humanas a las Escrituras. Otras suprimen las páginas que les molestan o las que no entienden. Hacer lo uno es tan culpable como hacer lo otro (léase Apocalipsis 22:18-19).
En medio de los pueblos circundantes, Israel debÃa distinguirse por su sabidurÃa e inteligencia (cap. 4:6). SabidurÃa e inteligencia que consistÃan en conocer al único Dios verdadero, en escucharlo y someterse a su autoridad. Los pueblos vecinos adoraban a los Ãdolos. Y como consecuencia, âsu necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptilesâ (Romanos 1:21-23). Hoy en dÃa, salvo en los paÃses paganos, apenas se encuentra esa forma grosera de idolatrÃa. Pero el Nuevo Testamento da este nombre a otros pecados: la codicia, por ejemplo, y nos advierte solemnemente que ningún idólatra heredará del reino de Dios (Efesios 5:5; 1 Corintios 6:9-10).
Al mismo tiempo que advierte a Israel, Dios no le oculta lo que sucederá: el pueblo se corromperá y servirá a las divinidades paganas. La Palabra de Dios nunca nos deja ninguna ilusión sobre lo que nuestros corazones naturales son capaces de hacer.
Moisés menciona a los nietos (v. 25). Uno de los suyos, llamado Jonatán, precisamente llegó a ser, en los tiempos de los jueces, sacerdote de una imagen de escultura (Jueces 18:30).
La cristiandad, aún más responsable que Israel, no ha respondido mejor que este pueblo a lo que se esperaba de ella. Desde los tiempos apostólicos, su decadencia está anunciada. Pero en medio de la ruina de la Iglesia profesante, Dios tiene trazado un sendero para el creyente: la obediencia individual. Notemos que al hablar de la decadencia lo expresa en plural: vosotros (v. 25-28). He ahà lo que haréis como conjunto responsable. Pero para el avivamiento (v. 29-31) lo hace en singular: tú. Incumbe a cada cual oÃr esa voz que se dirige a él personalmente. Asà habló Pablo a Timoteo en los dÃas aciagos de su segunda epÃstola. Dijo: Esto ha llegado a ser la cristiandad en su conjunto, âpero persiste tú en lo que has aprendidoâ (2 Timoteo 3:14). Dios se esmera en recordarnos lo que hemos âaprendidoâ. âPor esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáisâ¦â, escribe Pedro (léase 2 Pedro 1:12-13; 3:1-2). No nos sorprendamos al hallar en la Biblia numerosas repeticiones. En Deuteronomio encontramos muchas, empezando por la ley misma, la cual se vuelve a dar en el capÃtulo 5 y justifica el nombre de este libro (Deuteronomio significa reiteración de la ley o segunda ley).
Ahora para Israel es cuestión de escuchar, aprender y poner en práctica los estatutos y las ordenanzas de Jehová (v. 1). Verbos muy significativos para cada uno de nosotros en relación con las Escrituras enteras. A la cabeza de las instrucciones dadas a Israel está naturalmente la ley. Ãsta pone en evidencia, por una parte, la perfección de Cristo, quien la cumplió en su totalidad, y, por otra parte, la maldad del hombre, que es capaz de hacer todo lo que ella prohibe (léase 1 Timoteo 1:9). Si Dios tiene que decir: âNo matarás⦠no hurtarásâ, es porque estas inclinaciones hacia el mal están en nosotros. Por eso la ley tiene, sobre todo, un carácter negativo. No recalca: âharásâ, sino: âno harásâ. La vida cristiana también conlleva unas abstenciones y prohibiciones. En 1 Pedro 1:14 y 2:1, 11 se exhorta al hijo de Dios a que rechace toda malicia, engaño, hipocresÃa, envidia, que se abstenga de las codicias carnales⦠Pero el cristianismo también es rico en mandamientos positivos, ya que el creyente posee una vida nueva capacitada para cumplirlos. Y si Dios nos exige apartarnos de las diversas codicias, es porque nos ha dado una persona, al Señor Jesucristo, quien es apto para satisfacer nuestros corazones, lo que la ley no hacÃa.
La ley ha sido dada. Jehová no tiene nada más que añadir a ella. Ahora al pueblo le toca responder con un fervor verdadero y espontáneo. ¡Cuán precioso es para Dios ese primer amor! ¡âQuién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los dÃas todos mis mandamientosâ!, lo confirma a su siervo (v. 29). Más tarde, en el tiempo de JeremÃas, evoca ese dÃa feliz: âMe he acordado de ti... del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mà en el desiertoâ. Y con cuánta tristeza tiene que añadir: âPero mi pueblo se ha olvidado de mà por innumerables dÃasâ (JeremÃas 2:2, 32).
SÃ, el pueblo habló bien; âbien está todo lo que han dichoâ (v. 28). Pero Dios no se conforma con palabras. Nos juzgará según nuestros hechos. âMirad, pues, que hagáisâ (v. 32). Roguemos para que el Señor obre en nosotros âasà el querer como el hacerâ (Filipenses 2:13).
Ha sido trazado un camino del que uno no debe apartarse âa diestra ni a siniestraâ. ¡Cuán fácil damos un paso fuera del camino de la obediencia, atraÃdos por algún objeto extraño o asustados por cualquier obstáculo! Imitemos a JosÃas, ese joven rey, cuya piedad brilla en medio de las tinieblas de la idolatrÃa contemporánea. Fue el único que âanduvo en los caminos de David su padre, sin apartarse a la derecha ni a la izquierdaâ (2 Crónicas 34:2).
El amor de Dios no admite un corazón dividido ni comprometido con terceros. Es exclusivo en el sentido de que exige de nosotros una entrega total: corazón, alma, fuerzas; todo nuestro ser debe sentirse atraÃdo por él. Ningún momento de nuestra vida debe escaparse de su influencia. En casa y fuera de ella, en la mesa, al levantarnos, al acostarnos y, en fin, cada instante de nuestra vida, nuestro querido Salvador deberÃa poder ser el objeto de nuestros pensamientos y conversaciones (Salmo 73:25). ¡Pero cuán lejos estamos de ello! Sin embargo, el Evangelio nos presenta a Jesús, el modelo perfecto, en quien todo era para Dios. OÃmos a Jesús citar âel primero y grande mandamientoâ con la autoridad de Aquel que fue el único que lo cumplió perfectamente: âAmarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu menteâ (Mateo 22:37-38). La Palabra de Dios estaba constantemente ligada a su corazón, de manera que cuando el enemigo se presentó en el desierto, ella fue en sus manos la espada segura para responderle. Con los versÃculos 13 y 16 Jesús tapó dos veces la boca a Satanás. De ahà la importancia de saber esos versÃculos de memoria. âAprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obraâ, declara el capÃtulo 5:1. El diablo no puede hacer nada en contra de las Escrituras cuando las citamos con el objeto de vencerle.
Tentar a Dios es pedirle que dé prueba de lo que dice. Y esto no es sino incredulidad. En Masah el pueblo querÃa comprobar si realmente Jehová estaba en medio de ellos (Ãxodo 17:7). Pero Jesús no tuvo ninguna necesidad de echarse desde el pináculo del templo para saber que las órdenes sobre su protección habÃan sido dadas a los ángeles (Mateo 4:6).
Según el versÃculo 7, los padres eran responsables de enseñar las palabras de Jehová a sus hijos. El versÃculo 20 prevé que los hijos interrogarán a sus padres acerca de los decretos del Señor. Tales preguntas son presentadas en otras tres ocasiones. En Ãxodo 12:26 con respecto a la pascua, (¿cuál es el medio de salvación?). En Ãxodo 13:14 a propósito de la consagración de los primogénitos, (¿por qué esta continua separación del mundo?). Y en Josué 4:6 con respecto a las doce piedras sacadas del Jordán y erigidas en Canaán (cuestiones relativas a la posición celestial del creyente y a la unidad de la Iglesia, el cuerpo de Cristo). Cada vez las respuestas se refieren a la liberación de la que el pueblo fue objeto (v. 21-25).
Israel no debÃa perdonar nada de los cananeos ni de sus dioses. No para satisfacer el espÃritu belicoso y dominador que generalmente suele animar a los pueblos conquistadores, sino porque era un pueblo santo, consagrado a Jehová (v. 6).
Usted y yo estamos dispuestos a amar a las personas que nos aman, a las que nos parecen simpáticas, amables (Lucas 6:32). El amor de Dios es totalmente distinto. Se manifestó hacia Israel cuando aún estaba en Egipto, débil y miserable nación que no lo buscaba, âel más insignificante de todos los pueblosâ (v. 7-8). Se ejerció para con nosotros cuando éramos débiles, impÃos, pecadores, enemigos (Romanos 5:6, 8, 10). El hombre ama cuando halla en otra persona motivos para semejante sentimiento; es un amor condicionado. Mas todos los motivos que Dios tenÃa para amarnos se encontraban en su propio corazón, de modo que este amor se extiende a todas sus criaturas sin distinción alguna. El amor que Dios espera del hombre no es sino la justa respuesta al suyo: âNosotros le amamos a él, porque él nos amó primeroâ (1 Juan 4:19). Y tiene una consecuencia para nosotros: la obediencia (v. 9). A esta obediencia el corazón de Dios vuelve a responder, pero por un sentimiento particular, el del versÃculo 13, que en el Nuevo Testamento corresponde a la promesa del Señor Jesús: âEl que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amaráâ (Juan 14:23; 1 Juan 5:3). Que Dios nos conceda experimentarlo ricamente.
¡âTe acordarás⦠acuérdateâ! Es como el hilo conductor de este libro. Porque el corazón de Israel, como el nuestro, está pronto a olvidar a Dios, sus liberaciones, sus promesas, sus mandamientos (comp. con Marcos 8:18â¦). Jehová habÃa traÃdo a su pueblo âcomo trae el hombre a su hijoâ (cap. 1:31). Aquà lo castiga âcomo castiga el hombre a su hijoâ (v. 5). El ser traÃdo y corregido son dos privilegios del hijo de Dios (Hebreos 12:5â¦). Lo segundo es más difÃcil de aceptar que lo primero. Pero, ¿cuál es el propósito de Dios al permitir las experiencias del desierto? Esto se repite tres veces: âpara afligirteâ (v. 2, 3, 16). El hombre que padece necesidades se halla más dispuesto a volverse hacia su Creador, y es justamente allà donde Dios lo espera, porque la prueba nunca es una meta en sÃ, sino un medio âpara a la postre hacerte bienâ (v. 16). ¡Qué contraste hay entre el desierto que Israel acaba de atravesar, tierra âde sed, donde no habÃa aguaâ (v. 15), y la âbuena tierraâ llena de arroyos, de fuentes y de aguas profundas, en la cual va a entrar! ¡Qué contraste también entre los alimentos de Egipto (Números 11:5) y los ricos y sustanciales frutos del paÃs de Canaán que dispensan fuerzas, gozo, salud, dulzura, y que evocan los frutos del EspÃritu detallados en Gálatas 5:22!
Para describir la fuerza de los enemigos de Israel, Moisés emplea los mismos términos usados por los hombres incrédulos que habÃan atemorizado el corazón del pueblo (cap. 1:28). Porque ese poder del enemigo era real. Y no era cuestión de minimizarlo, sino de confiar en un poder más grande. Jehová irÃa delante de ellos para combatir y destruir dicho poder.
Contrariamente a los criterios humanos âbasados en la cantidad y la calidadâ, la intervención de Dios en favor de Israel no está determinada por el número de guerreros (cap. 7:7) ni por las buenas disposiciones naturales de ese pueblo (v. 6). âPor tanto, sabe que no es por tu justicia ârecuerda Moisésâ que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarlaâ. Al igual que Israel, el hijo de Dios no tiene justicia propia que hacer valer. âNo por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordiaâ (Tito 3: 5). Y para que el pueblo no caiga en la tentación de atribuir la elección de Dios a sus méritos personales, Moisés les recuerda el episodio vergonzoso y humillante del becerro de oro. Asà como continuamente debemos recordar la fidelidad del Señor (cap. 8), también es necesario que no olvidemos cuán débil es nuestro corazón (v. 7; Ezequiel 16:30).
Invitado a no olvidar sus faltas pasadas, Israel podÃa asociar a ello otro recuerdo: el del fiel abogado que se habÃa mantenido en la montaña intercediendo por él. Moisés es mencionado de modo especial en el Salmo 99:6 entre aquellos que invocaban a Jehová y él les respondÃa. ¡Qué suplicas más fervientes hizo subir hacia Dios, tanto por el pueblo como por Aarón su hermano! He aquà dos temas urgentes de oración para nosotros: por una parte la asamblea, y por la otra los miembros de nuestra familia. El mismo Salmo 99 confirma la eficacia de la oración de fe: âTú les respondÃas; les fuiste un Dios perdonadorâ (v. 8; Santiago 5:16). Regocijémonos al comprobar cómo en este Salmo también se nombra a Aarón. A él no sólo le fue perdonada su grave falta, sino que también pudo llegar a ser, a su vez, un intercesor (Números 16:47). Cuando hemos aprendido una lección por nuestra propia experiencia, somos capaces de ayudar a los demás. Asà sucedió con Pedro. Cuando le anunció que habÃa orado por él, el Señor añadió estas palabras: âY tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanosâ (Lucas 22:32).
¡Qué felicidad, amados hermanos, poder contar con la presencia de un intercesor divino que se dirige al Padre en favor de cada uno de nosotros!
Las dos primeras tablas, apenas estuvieron en las manos de Moisés, fueron rotas para que el juicio no entrase juntamente con ellas en el campamento idólatra. Por eso esta vez Jehová manda colocar inmediatamente las nuevas tablas en el arca, tipo de Cristo, garante de la integridad de la ley. Según sus propias palabras, Jesús no vino para abolir la ley, sino para cumplirla. ¡No hubo una jota ni una tilde de la ley que el Señor no cumpliera a la perfección! Por esto también será el más grande en el reino de los cielos (Mateo 5:17-19).
2 Corintios 3 compara los diez mandamientos inscritos antiguamente en tablas de piedra con la âcarta de Cristoâ, grabada âen tablas de carne del corazónâ. Ãsta se resume en un nombre: Jesús, el que el EspÃritu Santo imprime en el corazón de sus redimidos. Pero no para dejarlo escondido. Una carta se escribe para que sea leÃda. El nombre de Cristo, inscrito en nuestros corazones, debe ser leÃdo por aquellos que nos conocen. En nuestro entorno son muchos los que nunca leen la Biblia. De modo indirecto se les puede obligar a hacerlo si la conducta que observan en nosotros es conforme a sus enseñanzas y refleja a Jesús (1 Pedro 3:1-2).
En los versÃculos 12 y 13 se presenta un hermoso programa ante los hijos de Israel. Amigo cristiano, el Señor no pide otra cosa âde tiâ, sino tu temor, fidelidad, amor, abnegación y obediencia. Miqueas 6:8 formula la misma pregunta y, como respuesta, invita a obrar con rectitud, bondad, humildad. Todo esto se requiere para nuestro bien, âpara que tengas prosperidadâ (v. 13), y no es sino una justa respuesta al amor divino. ¡Felices lazos recÃprocos! â⦠de tus padres se agradó Jehová para amarlosâ (v. 15). âA él solo servirás, a él seguirásâ (v. 20).
Se exige la circuncisión del corazón. No basta una señal exterior como prueba de que se tiene una religión. En el corazón debe haber un sello para indicar que se han juzgado las pretensiones de la carne y que se pertenece a Dios.
Dios es el sostén de los que se hallan solos en la vida. El huérfano, la viuda y el extranjero son particularmente objetos de sus cuidados. Este âDios grande, poderoso, y temibleâ (v. 17), que ha hecho âestas cosas grandes y terriblesâ (v. 21), también es un Dios lleno de ternura, un Padre para los huérfanos y un Juez que hace justicia a las viudas (Salmo 68:5). âÃl es el objeto de tu alabanzaâ (v. 21). No solamente lo que ha hecho, sino su Persona misma es un tema continuo de adoración para el corazón y los labios del rescatado.
El pueblo de Dios es llamado a hacer como el agricultor que, para alinear su surco, marca unos puntos de referencia detrás y delante de sÃ. A fin de enderezar sus caminos, Israel debe mirar primero hacia atrás para recordar la salida de Egipto y su penosa marcha a través del desierto (v. 2-7; JeremÃas 2:23); luego tiene que mirar hacia adelante para contemplar por la fe la tierra prometida (v. 10-12). Nuestros extravÃos deben servirnos de advertencia y hablar a nuestra conciencia, mientras la perspectiva de la herencia celestial es propia para estimular nuestro corazón. Siempre confrontado con un pasado jalonado por la gracia y con un porvenir glorioso, nuestro caminar tenderá a ser recto.
¡Qué contraste hay entre la tierra prometida y Egipto, figura del mundo! Para tener agua, aun hoy en dÃa, los egipcios deben transportarla por unos canales mediante norias, una clase de molinos primitivamente accionados con el pie (v. 10). En cambio, en la tierra de Canaán la lluvia de los cielos provee un agua gratuita y abundante. ¡SÃ, qué contraste entre los pobres esfuerzos del hombre del mundo por alcanzar él mismo su felicidad y el bendito terreno sobre el cual se halla ahora el redimido del Señor, quien recibe todo de la gracia de su Dios!
âPondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra almaâ (v. 18). âSi permanecéis en mÃ, y mis palabras permanecen en vosotros...â, dijo el Señor Jesús a sus discÃpulos. Si permanecemos en él, sabremos cómo orar (Juan 15:7), cómo hablar de él (Salmo 45:1; Mateo 12:34), cómo huir del mal (Salmo 119:11). En cada instante del dÃa pensaremos en estas palabras y en Aquel que las pronunció. Nuestras charlas, nuestros actos y nuestro andar llevarán su impresión. Hasta en nuestro rostro podrá leerse la felicidad que nos producen. En nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestras idas y venidas en todo adornaremos âla doctrina de Dios nuestro Salvadorâ (Tito 2:10).
Luego viene la conclusión de todas las exhortaciones a la obediencia: âHe aquà yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldiciónâ (v. 26). Estos dos caminos se abren ante cada uno de nosotros. Uno es el sendero estrecho de la obediencia al Señor, el otro el camino ancho de nuestra propia voluntad. Pero en este cruce, Dios ha colocado postes indicadores. El camino de la obediencia conduce a la bendición; el de la propia voluntad a la maldición. ¿Cuál quiere escoger y seguir usted?
Hasta el final del capÃtulo 3 el pueblo es invitado a sacar lecciones del pasado. Desde el capÃtulo 4 hasta el 11 Moisés insiste sobre la necesidad de obedecer a Jehová. Ahora llegamos a la tercera parte del libro en la cual Israel recibe instrucciones para el momento en que habite en la tierra prometida. La primera concierne al establecimiento de un lugar para rendir culto a su Dios. El israelita debÃa comenzar por purificar la tierra de las abominaciones cananeas, y luego buscar âno escogerâ el sitio donde el culto deberÃa celebrarse. Al cristiano tampoco le corresponde decidir dónde o cómo rendir la alabanza a Dios. Su deber es inquirir cuidadosamente y buscar, según las Escrituras, el lugar dónde el Señor ha prometido su presencia. Si tiene dudas, puede imitar a los dos discÃpulos enviados por el Maestro para preparar la pascua, quienes le preguntaron: â¿Dónde quieres que la preparemos?â (Lucas 22:9).
El israelita debÃa traer los diversos sacrificios, comer, y regocijarse con toda su casa en el lugar escogido por Jehová (v. 7, 12, 14). ¡Es una figura de lo que venimos a hacer y recibir en la presencia del Señor Jesús cuando nos reunimos en torno a él! (Mateo 18:20).
Por boca de Moisés, Jehová acaba de recordar que es él quien primeramente tiene derecho al servicio de los suyos. Pero nunca es deudor de ellos. En cuanto le hayan rendido lo que le corresponde, se revela como un Dios lleno de bondad, que les da su sustento y entra con ternura en las circunstancias de su vida diaria. ¡Esto no autoriza a los creyentes a obrar a su antojo! âSi, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Diosâ (1 Corintios 10:31). El Nuevo Testamento ratifica que el hijo de Dios debe abstenerse de consumir sangre y mantenerse alejado de las contaminaciones de los Ãdolos (leer Hechos 15:20). Estas prohibiciones forman parte de los cuidados de Dios para con su pueblo. Tengamos la seguridad de que si el Señor nos prohibe algo, no es para privarnos de ello arbitrariamente, sino para que no tropezcamos (v. 30). Este mismo versÃculo también nos enseña que el primer paso en el camino de la idolatrÃa a menudo es la curiosidad. âNo preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servÃan aquellas naciones a sus dioses...â. Interesarse por el mal es señal de que nuestra conciencia no ha sido profundamente alcanzada y nos hace entrar desarmados en el territorio de Satanás.
Un falso profeta es particularmente peligroso cuando se levanta de en medio del pueblo de Dios. Los apóstoles nos previenen contra esos propagadores de doctrinas perversas que âcon suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuosâ (Romanos 16:18; 2 Pedro 2:18; 1 Juan 2:19; Judas 4). âNo darás oÃdoâ¦â, ordena el versÃculo 3. Por el contrario: âEn pos de Jehová vuestro Dios andaréis⦠y escucharéis su vozâ (v. 4). La seguridad para las ovejas del buen Pastor consiste en conocer su voz (Juan 10:4-5). Entonces no tienen ninguna dificultad para distinguir la voz de un extraño y huir de él. Un segundo peligro no menos sutil es al que nos exponen las malas influencias, tanto más temibles por cuanto provienen de alguien cercano. âNo erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbresâ (1 Corintios 15:33). Tengamos el valor de romper con las relaciones que tienden a alejarnos del Señor (Lucas 14:26). Finalmente el mal puede tomar un carácter colectivo: toda una ciudad podÃa contaminarse con el mismo. El creyente fiel es llamado a apartarse de cualquier medio religioso en el cual, a la luz de la Palabra de Dios, se haya descubierto la presencia de iniquidad y no exista el deseo de arrepentirse (2 Timoteo 2:19).
Los hijos de Jehová (v. 1) constituÃan un âpueblo santo a Jehováâ (v. 2). A tal posición debÃan corresponder con una conducta santa y una piedad que los versÃculos siguientes nos muestran cómo manifestar. La Biblia es la única medida que nos permite distinguir entre lo puro y lo impuro. Los mamÃferos puros poseÃan a la vez dos caracterÃsticas. Los que, como el camello, rumiaban pero no tenÃan la pezuña hendida (mucho conocimiento sin la marcha correspondiente), e inversamente aquellos que, como el puerco, dejaban una huella impecable pero no tenÃan una buena manera de alimentarse, debÃan rechazarse. Los fariseos ilustraban esta segunda categorÃa. Exteriormente estaban separados del mal, pero interiormente no eran gobernados por la Palabra de Dios. JeremÃas es el ejemplo de un hombre que reunÃa los dos caracteres. âFueron halladas tus palabras, y yo las comÃâ¦â, declara. ¡Eso es ârumiarâ! Y en el versÃculo siguiente dice: âNo me senté en compañÃa de burladoresâ¦â (JeremÃas 15:16-17). Se refiere al andar separado del mal.
Todo lo que se arrastraba siendo dotado de alas era impuro (v. 19). Dios no reconoce la mezcla de lo celestial (provisto de alas) con lo terrenal (los reptiles).
El servicio religioso puro y sin mancha ante Dios Padre (Santiago 1:27) incluye dos aspectos: âVisitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundoâ. Ayer consideramos el aspecto personal: mantenerse puro individualmente. Hoy tenemos ante nosotros el otro aspecto: servir con amor a los que sufren y padecen necesidad: el huérfano, la viuda (v. 29), el levita, el extranjero y el pobre. âDad limosna; haceos bolsas que no se envejezcanâ¦â, dijo el Señor Jesús (Lucas 12:33). Sin duda alguna, Dios no necesita nada; sin nuestra ayuda puede saciar de pan âa sus pobresâ (Salmo 132:15). Si nos invita a compartir lo que poseemos, no es por necesidad, sino para enseñarnos a dar. Ãl sabe que por naturaleza somos egoÃstas, que sólo nos preocupamos por nuestras propias necesidades y que somos poco sensibles en cuanto a las de nuestro prójimo. Y el Dios de amor se complace en reconocer en los suyos esta primicia de la vida divina: el amor en sus múltiples manifestaciones. SÃ, su corazón de Padre se regocija al comprobar en sus hijos alguna semejanza con su muy amado Hijo, con Aquel que por amor a nosotros âse hizo pobre, siendo ricoâ (2 Corintios 8:9).
Dar es fuente de gozo no solamente para el que recibe, sino particularmente para el que da. âMás bienaventurado es dar que recibirâ (Hechos 20:35). Gozo del cual Dios, el âPadre de las lucesâ, de quien desciende âtoda buena dádiva y todo don perfectoâ, es el primero en disfrutar (Santiago 1:17). Y, con el propósito de que los suyos compartan ese gozo, coloca ante ellos muchas ocasiones de dar. ¡Qué contradicción si su corazón se entristece al hacerlo! (v. 10). No olvidemos nunca que âDios ama al dador alegreâ (2 Corintios 9:7).
âPorque no faltarán menesterosos en medio de la tierraâ (v. 11). âA los pobres siempre los tendréis con vosotrosâ, dijo el Señor Jesús (Juan 12:8). La ocasión para experimentar el gozo de dar, aunque sólo sea una palabra de verdadera simpatÃa, siempre se presenta. Quizás está a nuestra puerta, como lo estuviera Lázaro a la puerta del hombre rico (Lucas 16:20), pero cerramos los ojos para no verla, nos falta un corazón abnegado para aprovecharla. âEl ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigenteâ (Proverbios 22:9). El ejemplo del siervo hebreo, figura de Cristo, nos recuerda que todo lo que hagamos por amor al más pobre o más pequeño que nosotros, es para Jesús que lo hacemos.
De las siete fiestas mencionadas en LevÃtico 23, este capÃtulo sólo nos habla de las tres principales: la pascua, mucho más detallada aquÃ, la fiesta de las semanas o de pentecostés y, finalmente, la de los tabernáculos. En estas tres grandes ocasiones cada israelita debÃa subir al lugar que Jehová escogiera para morar allÃ. Lucas 2:41-52 nos muestra a José y a MarÃa en compañÃa del niño Jesús camino a Jerusalén para celebrar la pascua. Y Lucas 22:14-15 relata la última pascua preparada para el Señor. Ella era una verdadera necesidad para su corazón. â¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!â, dijo a sus amados discÃpulos.
Esos dÃas solemnes se celebraban anualmente, sin embargo Dios querÃa que cada uno de los suyos recordara todos los dÃas de su vida su salida de Egipto (v. 3) y que allà habÃa sido esclavo. En la actualidad, no es sólo una vez al año, ni siquiera una vez por semana âel domingoâ cuando el redimido recuerda de dónde fue sacado por gracia. Debe recordarlo y agradecerlo todos los dÃas. Ese recuerdo lo guardará de toda ligereza. Pero el cristiano también es llamado a saborear de antemano el gozo del cielo. âEstarás verdaderamente alegreâ (v. 15). âRegocijaos en el Señor siempreâ, escribe el apóstol (Filipenses 4:4; 1 Tesalonicenses 5:16).
Hasta el final del capÃtulo 18 se habla de los diferentes grupos de personas responsables en Israel: jueces, reyes, sacerdotes, levitas y profetas.
Los primeros que se nombran son los jueces y los oficiales. Ãstos debÃan juzgar al pueblo âcon justo juicioâ, obrar sin parcialidad y no dejarse sobornar (v. 18-19; Proverbios 17:23; 18:5; 24:23). Santiago hace énfasis muy particularmente en las relaciones sociales del creyente: los deberes para con el prójimo, las relaciones con respecto al rico y al pobre. Denuncia la discriminación de personas, la parcialidad (2:1â¦), el egoÃsmo, la dureza de corazón (2:15-16), la avaricia y la opresión (5:1â¦). Y para que nunca olvidemos hasta dónde puede rebajarse la injusticia, recuerda: âHabéis condenado y dado muerte al justoâ (5:6). Israel no solamente no ha seguido âla justiciaâ (v. 20), sino que rechazó y crucificó al âjusto y perfectoâ (Job 12:4).
La necesidad de dos o tres testimonios para establecer una acusación o un hecho cualquiera subraya cuán falibles somos y qué distancia nos separa de Cristo, el único âtestigo fiel y verdaderoâ (Apocalipsis 3:14; Juan 8:14).
Una sentencia dictaminada por el sacerdote o por el juez era definitiva y debÃa acatarse. Pablo confirma que âno hay autoridad sino de parte de Dios⦠De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resisteâ (Romanos 13:1-2; 1 Pedro 2:13-17). Pero quien ostenta la autoridad es responsable ante Dios de la manera cómo la ejerce. Varias recomendaciones importantes fueron hechas a los reyes: no debÃan tener para sà muchos caballos (el orgullo), ni tomar para sà muchas mujeres (la concupiscencia de la carne), ni amontonar para sà plata y oro (la concupiscencia de los ojos); tampoco debÃan enseñorearse sobre sus hermanos (eran sus hermanos, no sus súbditos). DebÃan tener la ley divina como su única guÃa. Salomón, el rey más brillante de la historia de Israel, infringió todos estos mandamientos (1 Reyes 10:22-28; 11:1, 4: 12:4). En cambio JosÃas, uno de sus últimos sucesores, se distinguió por el honor que rindió al libro de Dios que volvió a encontrar, y por los efectos prácticos que la Palabra tuvo en su vida (2 Crónicas 34:14â¦). Poseer un ejemplar del santo Libro, tenerlo a nuestro lado y leerlo todos los dÃas nos enseña a temer al Señor y a conocer sus mandamientos âpara ponerlos por obraâ (v. 19).
Este capÃtulo nos presenta a las personas que asumen una posición religiosa. Los profetas en particular son hombres que cumplen la función de hablar en nombre del Señor. ¡Qué extravÃo tan terrible cuando no son fieles! Porque fiándonos de ellos corremos el peligro de tomar por palabra de Dios lo que no es más que mentira (véase 1 Reyes 22:22).
Los versÃculos 9-12 ponen al pueblo de Dios sobre aviso contra la actividad de los astrólogos, magos, adivinos, espiritistas y, en fin, contra todas las formas del ocultismo. Hoy en dÃa, más que nunca, multitud de personas corren tras esas prácticas abominables. Dios siente horror por ellas; que él nos ayude a sentir como él y a apartarnos.
Israel conoció sucesivamente el perÃodo de los jueces, de los reyes y de los profetas. Unos y otros demasiado a menudo fueron pastores infieles. Entonces, para pastorear a su pueblo, Dios envió a Aquel que, entre otros tÃtulos de gloria, es llamado el Juez justo, el Rey de reyes, el Profeta mencionado en el versÃculo 15, al cual Israel esperaba. Pedro, al predicar el Evangelio a los judÃos, podÃa apoyarse en estos versÃculos para anunciarles al Señor, quien es la Palabra misma. Escuchémoslo en todo cuanto pueda decirnos (v. 15; Hechos 3:22; 7:37).
âNo hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mÃâ, proclama el Señor (IsaÃas 45:21). Por ser Justo condena al criminal (v. 11-13). Por ser Salvador protege al homicida involuntario. Deben designarse las tres primeras ciudades que servirán de asilo, figura del refugio que hallamos en Cristo contra la justa ira de Dios. ¿Qué necesitamos para beneficiarnos de ello? Sencillamente la fe en ese único medio preparado por Dios para la salvación del pecador, quien es culpable, junto con toda la humanidad, de haber derramado la sangre inocente de su muy amado Hijo (v. 10-13). Pablo parece recordar la ciudad de refugio cuando habla de âganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia... sino la que es por la fe de Cristo (Filipenses 3:8-9; leer también Hebreos 6:18 final).
La violencia no es el único medio para perjudicar al prójimo; uno puede, por ejemplo, remover los linderos de los vecinos (v. 14), abrirse paso para obtener a sus expensas una situación mejor en el mundo. Al cristiano se le enseña a estar contento con lo que posee (Hebreos 13:5), a ser sobrio (1 Pedro 5:8) y al mismo tiempo a no luchar por sus derechos, para que su mansedumbre sea conocida por todos los hombres (Lucas 6:29-31; Filipenses 4:5).
Los sacerdotes y los jueces debÃan desenmascarar y castigar a los falsos testigos (v. 18; Proverbios 19:5, 9). El colmo de la iniquidad se produjo cuando Jesús compareció ante los miembros del SanedrÃn, ¡éstos buscaron falsos testimonios contra él para hacerlo morir! (Mateo 26:59). Esteban, también ante el concilio, fue acusado por falsos testigos (Hechos 6:13).
El capÃtulo 20 habla sobre la guerra. ¿Quién tenÃa a su cargo la preparación de la guerra y la movilización de los soldados? PodrÃamos pensar que los oficiales eran los más indicados para ello. Pero no, eran los sacerdotes y los jueces. Lo que efectivamente hay que apreciar no es la fuerza ni el armamento de los soldados, sino la fidelidad y la entrega a Jehová. El versÃculo 5 y siguientes enumeran los motivos que eximÃan a un hombre de incorporarse para tomar parte en la guerra. Hacen pensar en las pésimas excusas que invocaban los invitados a la gran cena de la parábola: âHe comprado una hacienda⦠Acabo de casarmeâ¦â (Lucas 14:18-20). Pero escuchemos la opinión basada en la experiencia de alguien que habÃa peleado la buena batalla: âNinguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldadoâ. Con esta condición cada uno de nosotros podrá ser âbuen soldado de Jesucristoâ (2 Timoteo 2:3-4; 4:7).
Los hijos de Israel estaban autorizados para concertar la paz con las ciudades lejanas. Pero no debÃan tener piedad con las poblaciones próximas, las cuales les impedÃan entrar en posesión de su paÃs. En lo concerniente a nosotros los cristianos, tenemos que hacer una distinción entre las cosas de las cuales nos podemos servir legÃtimamente y las que resueltamente debemos rechazar porque nos impedirÃan disfrutar nuestra herencia celestial. A nosotros nos corresponde discernirlas.
El israelita debÃa respetar los árboles fructÃferos y no utilizarlos para hacer la guerra. ¡Advertencia que puede tener una aplicación espiritual! Se ven a cristianos manifestando un celo ciego y sectario, al condenar situaciones y esgrimir como arma de guerra lo que tal vez Dios haya dado para refrescar y alimentar a los suyos. Los versÃculos 19 y 20 nos ponen sobre aviso contra el despilfarro. Pensemos en el ejemplo que Jesús mismo nos dio. Siendo él el Creador que podÃa multiplicar los panes hasta lo infinito ây que acababa de dar la prueba de elloâ, tuvo el cuidado de hacer recoger las sobras en unas cestas, âpara que no se pierda nadaâ (Juan 6:12).
¡He aquà nuevamente los jueces ante un caso embarazoso! Imaginémonos a Israel en su tierra, viviendo en sus ciudades. Un dÃa se descubre un cadáver en un campo. ¿Quién asesinó a esta persona? Nadie lo sabe. Por consiguiente, ¡no es cuestión del vengador de la sangre, como tampoco de la ciudad de refugio! Sin embargo, debe haber un responsable, porque toda sangre derramada debe ser vengada (Génesis 9:6). Entonces los ancianos y los jueces, midiendo, determinan cuál es la ciudad más cercana. Y sobre ella recae la culpabilidad. ¿Habrá que destruirla? ¡De ningún modo! La gracia de Dios provee un sacrificio en virtud del cual con justicia puede perdonar. En esto tenemos una figura de Cristo, de su sacrificio, de su muerte. Jerusalén es la ciudad culpable, â¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!â (Mateo 23:37). Su crimen más grande fue el haber crucificado al Hijo de Dios. ¡Maravillosa gracia! ya que esta muerte llegó a ser el medio justo por el cual Dios puede perdonar. Efectivamente, en el sacrificio de la novilla también se nos presenta a Jesús. Aquel que nunca conoció el yugo del pecado (v. 3) descendió al valle de la muerte desde donde en adelante fluye para nosotros el torrente que no se agota: la gracia eterna del Dios salvador (v. 4).
El privilegio del hijo mayor era grande en Israel (v. 17). ¿Pero qué decir de nuestras ventajas, si somos hijos de padres cristianos, criados según las enseñanzas de la Palabra? ¿No nos entristece comprobar que a pesar de tener unos privilegios tan grandes, muchos han seguido el camino del hijo contumaz y rebelde? Semejante camino llevaba al joven israelita a la muerte sin remisión. Sus propios padres debÃan denunciarlo para que fuese apedreado. Esta historia del hijo insensato, borracho y libertino la volvemos a encontrar en Lucas 15, pero allà acaba de una manera muy diferente. El hijo pródigo no era mejor que el hijo rebelde de nuestro capÃtulo. Pero la gracia lo halló y obró en su corazón, llevándolo al arrepentimiento. Entonces, en vez de la acusación del padre, éste va a su encuentro con los brazos abiertos; en vez de la inflexible condena, hay un pleno perdón; en vez de la muerte, se le abre la casa paterna, halla el festÃn, el gozo.
Los versÃculos 22 y 23 evocan otra muerte terrible. ¡Y ésta la sufrió en nuestro lugar el Hijo muy amado, el Hijo obediente! âMaldito todo el que es colgado en un maderoâ, nos recuerda Gálatas 3:13. ¡Misterio insondable de la cruz! Allà Cristo fue hecho maldición para que la bendición de Abraham nos alcanzase por la fe (Gálatas 3:14).
Dios no condena solamente el mal notorio y grosero (cap. 21), sino que también reprende toda forma de egoÃsmo. Perder un buey o un asno es señal de falta de vigilancia (1 Samuel 9:3). No obstante, Dios se vale de ello para enseñarnos que no tenemos ningún derecho a permanecer indiferentes ante lo que sucede con nuestro prójimo. Nos recuerda que éste es nuestro hermano y nos invita a ocuparnos de lo suyo con tanto cuidado como si fuera nuestro. Sin su carnero para el sacrificio, su buey para arar y su asno para cargar sus bultos, ¿cómo podÃa un israelita servir a Jehová y subsistir? No nos parezcamos a los creyentes en quienes Pablo tenÃa que deplorar la ausencia de espÃritu de servicio: âTodos buscan lo suyo propioâ¦â (Filipenses 2:21; leer también 1 Corintios 10:24).
El versÃculo 5 cobra todo su valor en el mundo moderno donde la mujer tiende a hacerse igual al hombre. Ello es invertir el orden divino en la creación. De todas formas, incluso si no comprendemos el alcance de tales instrucciones, guardémonos de ser âcontenciososâ (1 Corintios 11:16). Los versÃculos 9-11 nos recuerdan que Dios no quiere confusión ni mezcla de las realidades divinas con los principios de este mundo en la vida y en el testimonio de sus hijos.
Contemplemos a Jesús enseñando a los discÃpulos y a las multitudes. Por medio de los mandamientos de Moisés, los que los fariseos respetaban al pie de la letra, querÃa darles a entender el pensamiento de Dios, su sabidurÃa, su amor. Asà lo hizo, por ejemplo, cuando sus discÃpulos arrancaban espigas un sábado, o cuando lo interrogaron maliciosamente con respecto al divorcio (Mateo 12:1-8; 19:3-12). Al leer estos capÃtulos, esforcémonos en descubrir la misma sabidurÃa divina, el mismo amor. Al lado de una justicia absoluta, brilla una bondad perfecta. Los derechos de los propietarios se mantienen, sin que los deberes fraternales de la caridad pierdan nada por ello. Sólo Dios puede establecer semejante equilibrio, y es muy importante constatarlo en este mundo que siempre está pronto a caer por un lado u otro. Al hijo de Dios no le compete escoger los diferentes sistemas polÃticos, económicos o sociales. Para él estas cuestiones han sido resueltas de antemano. No tiene otra doctrina que la sumisión al pensamiento de su Padre, y este pensamiento no lo puede descubrir en los periódicos ni en los libros de los hombres, sino en âla palabra de Dios que vive y permanece para siempreâ (1 Pedro 1:23).
Dios es luz; Dios es amor (1 Juan 1:5; 4:8), y se revela de esta doble manera en los mandamientos aparentemente más Ãnfimos. Como luz: condena al ladrón, vela para descubrir cualquier brote de lepra (figura del pecado), exige justicia de parte del prestamista y del empresario, aprecia la medida de responsabilidad de cada pecador. Como amor: tiene los ojos puestos en todos los oprimidos, deudores, pobres, extranjeros, viudas, huérfanos, siervos; los clamores de éstos llegan hasta sus oÃdos. Asà lo declara Santiago con respecto a los ricos que detenÃan fraudulentamente el jornal de los trabajadores que habÃan segado sus campos (Santiago 5:4).
El mundo admira a la gente poderosa y rica, mas por los débiles y los pequeños sólo muestra un mediocre interés. Hijos de Dios, vigilemos para no dejarnos ganar por tal manera de obrar. Nuestro Maestro atravesó este mundo como siervo, forastero y pobre. Jesús de Nazaret no fue objeto de consideración. Fue âdespreciado y desechado entre los hombres... menospreciado, y no lo estimamosâ (IsaÃas 53:3). Habéis âafrentado al pobreâ, hace constar Santiago (2:6). Mientras que el Salmo 41 empieza asÃ: âBienaventurado el que piensa en el pobreâ.
Incurrir en ciertos delitos exponÃa al israelita al castigo corporal, pero mesuradamente. Hebreos 12:9 precisa que el castigo es una prerrogativa de la disciplina paternal, la cual contribuye a inculcar el respeto (véase Proverbios 23:13-14). Dios toma el castigo de la vara como ejemplo de la disciplina que él mismo ejerce para con sus hijos; nos recuerda que âazota a todo el que recibe por hijoâ (Hebreos 12:6). Pero en su sabidurÃa y conocimiento sobre la crueldad del corazón humano, fijó un lÃmite; el culpable no podÃa recibir más de cuarenta latigazos. Para estar seguros de no sobrepasar este número, los judÃos tenÃan por costumbre dar cuarenta golpes menos uno. En su odio contra el Evangelio, los judÃos hicieron pasar a Pablo por ese inicuo castigo cinco veces (2 Corintios 11:24).
Otro versÃculo de nuestra lectura (v. 4) evoca los trabajos del apóstol (1 Corintios 9:9). Por último, la instrucción concerniente a los deberes del cuñado sirvió a los saduceos para tender una trampa al Señor Jesús con respecto a la resurrección. Pero él les respondió: âErráis, ignorando las Escriturasâ¦â (Mateo 22:29). El medio para no extraviarnos es conocer bien la Palabra de nuestro Dios y apoyarnos en ella.
Entre todas las experiencias humillantes del desierto, todavÃa hay una que Israel debÃa recordar, y nosotros juntamente con él. Amalec cobardemente se habÃa aprovechado de la fatiga del pueblo para destruir a los débiles y los atrasados. El diablo apenas si se atreve a arremeter contra los cristianos cuyo caminar es confiado y seguro, mientras que los ârezagadosâ son presas fáciles para él. Sabemos lo que sucedió con Pedro cuando seguÃa a Jesús de lejos (Lucas 22:54).
El capÃtulo 26 nos vuelve a introducir en el paÃs. Pero no por eso el pasado queda olvidado. El israelita, bendecido en sus cosechas, debÃa ir al lugar escogido por Jehová y recordar a la vez su origen miserable y el poder divino que lo habÃa liberado para introducirlo en esta buena tierra. Entonces, como prueba de la bondad de su Dios, debÃa presentarle una canasta con las primicias de todos los frutos sacados de la tierra que Jehová le habÃa dado y postrarse ante él con el corazón lleno de gozo y gratitud. Bella ilustración del culto que los redimidos ofrecen para recordar su gloriosa salvación y ofrendar a Dios âfruto de labios que confiesan su nombreâ (Hebreos 13:15). Como si dijera al Señor con adoración: âToda suerte de dulces frutas, nuevas y añejas, que para ti, oh amado mÃo, he guardadoâ (Cantar de los Cantares 7:13).
La invitación de Hebreos 13:15 a ofrecer continuamente a Dios sacrificios de alabanza viene seguida de esta exhortación: âDe hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéisâ. Aquà también hallamos el tema de las ofrendas para los hombres, tratado inmediatamente después del de las ofrendas de primicias a Jehová (v. 1-11). Los diezmos formaban parte del culto en Israel, y el versÃculo 11 nos enseña el por qué. Era necesario que el levita y el forastero se regocijaran juntamente con el israelita. Somos invitados a compartir nuestros bienes, no para obtener algún reconocimiento por ello, sino para que aquel a quien damos también dé gracias al Señor con nosotros por los bienes que disfrutamos juntos (2 Corintios 9:12). En el cielo la beneficencia ya no tendrá razón de ser, pues toda necesidad habrá desaparecido. Pero en la tierra, el EspÃritu de Dios vincula este servicio a la alabanza como para brindarnos la ocasión de probar nuestro amor al Señor de una manera diferente a las palabras. Y no olvidemos el conmovedor motivo que deberÃa bastarnos: ¡âPorque de tales sacrificios se agrada Diosâ! (Hebreos 13:16). Una sola cosa elevaba a Israel âpara loor y fama y gloriaâ sobre todas las naciones: la obediencia a los mandamientos de su Dios (v. 18-19).
Las palabras de la ley se debÃan escribir âmuy claramenteâ en piedras grandes revocadas con cal, deslumbrantes de blancura, y colocarlas en un lugar visible sobre una montaña, como testimonio para todo Israel. Nadie podrÃa alegar no conocerla. Nosotros que tenemos la Biblia entera a nuestro alcance somos aún más responsables.
Este monumento para glorificar la ley nos hace pensar en el magnÃfico Salmo 119 que despliega en sus 176 versÃculos las maravillas de la Palabra de Dios y lo que ésta es para el fiel. Este salmo empieza por proclamar la bendición de âlos que andan en la ley de Jehováâ. âPondrás la bendición sobre el monte Gerizim, y la maldición sobre el monte Ebalâ, habÃa sido ordenado (cap. 11:29). ¡Ay!, nunca oÃmos a las tribus pronunciar la bendición. En efecto, el pueblo se hallaba âbajo la leyâ, y âtodos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldiciónâ (Gálatas 3:10). Maldito⦠maldito⦠maldito⦠fue la sentencia que Israel tuvo que oÃr doce veces (v. 15-26). Pero el mismo pasaje de Gálatas anuncia que âCristo nos redimió de la maldición de la leyâ al tomarla sobre sà (cap. 3:13). Desde entonces, ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6:14).
Este capÃtulo coincide con el capÃtulo 26 de LevÃtico. Juntos constituyen un doble y solemne testimonio al advertir a Israel sobre las consecuencias de su obediencia o desobediencia (Job 33:14). âSi oyeresâ¦â (v. 1-2, 13). En este libro muchas veces ha resonado el llamado: âOye Israelâ. ¡Que cada uno de nosotros ponga su propio nombre en lugar del de Israel y preste oÃdo a los mandamientos del Señor! âHabla, porque tu siervo oyeâ, contestarÃa el joven Samuel (1 Samuel 3:10). Y Cristo mismo dirÃa por el EspÃritu de profecÃa: âJehová el Señor⦠despertará mi oÃdo para que oiga como los sabiosâ (IsaÃas 50:4). El hecho de escuchar la Palabra, de guardarla y ponerla en práctica siempre estará ligado a la bendición del Señor (Apocalipsis 1:3). Ella nos regocijará y enriquecerá nuestras almas en todo tiempo y lugar: âen la ciudad, y⦠en el campoâ. Nuestra vida familiar y âtodo aquello en que pusieres tu manoâ llevará su impresión (v. 8). Iremos de victoria en victoria (v. 7). Finalmente esta sobreabundancia de prosperidad espiritual (v. 11) no podrá pasar desapercibida; su origen será evidente para todos: viene del Señor a quien pertenecemos y cuyo nombre será asà glorificado (v. 10).
Desde aquà hasta el final de este largo capÃtulo Jehová enumera todas las maldiciones que vendrán sobre Israel si no escucha. ¡Ay! Las Escrituras, como también la historia de este pueblo, confirman que en efecto âteniendo oÃdos no oÃsâ (Marcos 8:18). Y como consecuencia le sobrevinieron todas estas pruebas. En cuanto a nosotros que estamos bajo la gracia, nuestra responsabilidad es aún más grande; por eso se nos dice: âMirad que no desechéis al que hablaâ (Hebreos 12:25). Pues no sólo desecharÃamos unas cuantas palabras, sino a la Persona que las ha pronunciado.
Entonces, si no queremos escuchar su buena Palabra, él se verá obligado a emplear otro lenguaje infinitamente más penoso y severo: el de las pruebas. Si persistimos en el camino de nuestra propia voluntad, la voluntad del Señor necesariamente obrará en contra nuestra. Aprendamos a discernirla detrás de los instrumentos de su disciplina. ¡Y que el Señor nos guarde de hacer toda clase de enojosas experiencias antes de comprender que no podemos ser felices lejos de él! El hijo pródigo de la parábola nos enseña esta lección sin que tengamos necesidad de seguirlo a âuna provincia apartadaâ para aprenderla (Lucas 15).
âSe multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro diosâ (Salmo 16:4). Este versÃculo, que proféticamente se aplica al culto del anticristo, puede servir de tÃtulo para los versÃculos 15-68 de nuestro capÃtulo. El que habla en el Salmo 16 es Cristo, quien contrariamente a Israel nunca dejó de confiar en Dios, de tenerlo presente. Por eso pudo contar con Dios para ser guardado, para conservar su porción, para no resbalar (Salmo 16:1, 5, 8). Jesús es nuestro modelo en el camino de la fe. Pero Dios se ve obligado a mostrarnos también el ejemplo inverso y sus consecuencias bastante trágicas. La espantosa amenaza del versÃculo 53 se cumplió literalmente en la historia de Israel (2 Reyes 6:29). En cuanto a su libertad, prácticamente la perdió desde los dÃas de su deportación a Babilonia.
âServid a Jehová con alegrÃaâ, dice el Salmo 100:2. Precisamente Israel no sirvió a su Dios âcon alegrÃa y con gozo de corazónâ (v. 47), exponiéndose asà a cargar con el yugo de hierro de sus enemigos. Moralmente, asà ocurre siempre. Al negarnos a servir al Señor, nos colocamos prácticamente bajo la servidumbre de Satanás y del pecado (Juan 8:34). ¡Que Dios nos enseñe a servirle gozosamente, imitando a Aquel que hallaba sus delicias en hacer la voluntad de Dios! (Salmo 40:8).
Todo Israel está reunido para oÃr las palabras del pacto. El poder y el amor de Dios han obrado grandes milagros. El pueblo los habÃa visto (v. 1), pero no con los ojos del corazón (v. 4; Efesios 1:18). Las señales cumplidas a su favor no tuvieron ningún efecto moral sobre su conciencia. Otro tanto sucedió durante el tiempo que el Señor Jesús estuvo en la tierra. âMuchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacÃa. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellosâ¦â (Juan 2:23-24). Corremos el riesgo de parecernos a ellos cada vez que nos contentamos con un conocimiento meramente intelectual de la verdad.
Sin embargo, el versÃculo 4 afirma que hasta ese dÃa Dios no habÃa dado a Israel oÃdos para oÃr. En tal caso, ¿el pueblo será culpable por no haber escuchado? ¡Desde luego que sÃ! El apóstol Pablo lo hace responsable de haber cerrado voluntariamente sus oÃdos para no oÃr y en consecuencia convertirse (Hechos 28:27-28). âSabed, pues, âprosigue diciendoâ que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oiránâ. El Señor permita que fuera recibida y que hoy ninguno endurezca su corazón (Hebreos 3:7, 15; 4:7). Fijémonos en la frecuente repetición de la palabra âhoyâ a lo largo de los últimos capÃtulos de este libro.
Hasta aquà se trató del pueblo en su conjunto. Los versÃculos 18-21 se dirigen individualmente al hombre o mujer que se aparte de Jehová. El ajenjo (v. 18 final) es una planta de jugo amargo y tóxico que crece en tierras no cultivadas. Si, espiritualmente, nuestro corazón se halla en estado salvaje, no debe extrañarnos que en él se desarrollen semejantes raÃces de amargura, que envenenan nuestro espÃritu con toda clase de resentimientos, celos y animosidades. El remedio preventivo, según Hebreos 12:15, es no dejar de disfrutar la gracia de Dios.
Este capÃtulo termina con un versÃculo consolador. Nuestra historia, como la de Israel, comprende un lado visible: el de nuestra responsabilidad, y un lado oculto: el de la gracia, del cual sólo Dios tiene pleno conocimiento. Ciertos tejidos se bordan al revés. Mientras dura el trabajo, en el cañamazo sólo se ven nudos e hilos embrollados; únicamente el artesano sabe orientarse y trabajar bien en tan aparente confusión. Pero una vez terminada la obra, al darse la vuelta a la pieza bordada, aparece el dibujo en toda su perfección y belleza. âLas cosas⦠reveladasâ corresponden al lado visible del trabajo divino. Las pruebas, los fracasos y la disciplina a veces nos parece que van en contra del plan de Dios. Pero pronto, en la magnificencia del lugar Santo, admiraremos la otra cara y comprenderemos todo su amor.
La gracia de Dios guarda algunas âcosas secretasâ (cap. 29:29), de las cuales se ocupa este capÃtulo. «Dios no sólo recogerá, multiplicará y obrará con poder en favor de Israel, sino que ejecutará en él una poderosa obra de gracia mucho más valiosa que cualquier otra prosperidad exterior» (C.H.M.). En un tiempo futuro, Dios actuará sobre el corazón de su pueblo para producir en ellos la obediencia y el amor hacia él (Hebreos 8:10). Desde hace mucho tiempo lo está invitando: âSi te volvieres⦠vuélvete a mÃâ (JeremÃas 4:1; léase Oseas 14:1-2). Pues bien, ¡todo ese laborioso trabajo no será en vano! âY tú volverásâ¦â (v. 8).
El capÃtulo 10 de Romanos cita los versÃculos 11-14 aplicándolos a âtodo aquel que en él creyereâ. Cristo, la Palabra viviente, vino desde el cielo, lugar al cual el hombre no podÃa subir, a fin de revelarnos el corazón de Dios, quien quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4). Amigo, no diga que esta salvación es demasiado maravillosa y usted demasiado miserable (v. 11). Por muy lejos que usted esté, Jesús está cerca de usted. ¡Ãbrale ahora mismo su corazón!
En cuanto a nosotros, cristianos, no olvidemos que si la Palabra está en nuestra boca o en nuestro corazón, es para que lleve fruto, para que sea puesta en práctica (v. 14; léase Juan 13:17).
He aquà una vez más la encrucijada encontrada en el capÃtulo 11:26. Sólo dos caminos se abren ante Israel, lo mismo que ante todo hombre: uno lleva a la vida y a la felicidad; consiste en amar a Dios, escuchar su voz y seguirlo (v. 20). Tal es el secreto de una vida feliz estando aún en la tierra. El otro, quizá lleno de atractivo al principio, conduce a la muerte y a la desgracia (v. 15, 19; comp. con JeremÃas 21:8). La elección es nuestra. Escuchemos la voz amiga que murmura a nuestros oÃdos: âEste es el camino, andad por élâ (IsaÃas 30:21).
Moisés ya tiene ciento veinte años. Ochenta años atrás, él también habÃa tenido que elegir. HabÃa rehusado los honores, las riquezas y los placeres de la corte del Faraón, âescogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios... y teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristoâ (Hebreos 11:25-26). Con la seguridad de que no se habÃa equivocado, puede ahora exhortar a Israel y con él a todos los que aún no se han decidido: âMira⦠escoge, pues, la vidaâ. Jesús es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Escoger la vida es escogerlo a él mismo. Después él se encargará de nuestra felicidad. Querido amigo, escoja la vida, ¡escoja a Jesús! El futuro no le pertenece.
Después de exhortar a todo Israel a fortalecerse y a mantenerse firme (v. 6), Moisés dirige las mismas palabras a Josué (v. 7). La fuente del ánimo era la misma en ambos casos: âJehová tu Dios es el que va contigo... él estará contigoâ.
Moisés redactó la ley, pero es necesario que sea leÃda. Por lo tanto da una última instrucción relativa a la lectura habitual de los mandamientos divinos ante todo Israel reunido: hombres, mujeres y niños. ¿Con qué propósito? âPara que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta leyâ (v. 12). Por estos mismos motivos nos reunimos como asamblea y leemos y meditamos la Palabra de Dios. El versÃculo 12 nos muestra que los niños también tienen su sitio juntamente con los padres. No descuidemos estas reuniones âcomo algunos tienen por costumbreâ (Hebreos 10:25).
¿Por qué, después de haber prometido no abandonar a Israel (v. 6), Jehová le anuncia: âLos abandonaré, y esconderé de ellos mi rostroâ? (v. 17). Porque el pueblo abandonará a su Dios y quebrantará su pacto (v. 16 final). Sin embargo, por boca del profeta Oseas se formulará una última promesa: âYo sanaré su rebelión, los amaré de pura graciaâ (Oseas 14:4).
Una misma frase anuncia las bendiciones que Jehová tiene reservadas para su pueblo y la incalificable traición de éste al volverse tras otros dioses (v. 20). Advertido sobre el sombrÃo porvenir que se está preparando Israel, Josué, no obstante, es exhortado a fortalecerse (v. 23). Porque no obtendrá su fuerza del pueblo, sino de Jehová. Queridos jóvenes, sin duda alguna descubrirán muchas debilidades y faltas en los cristianos que conocen. Los mayores distan mucho de dar siempre un buen ejemplo. Las reuniones que ustedes frecuentan a veces les brindan muy poca edificación. ¿Acaso no hay motivos para desanimarse? Mirando a las personas no puede ser de otra manera. Pero si sus miradas están fijas en Jesús, pueden estar seguros de que no se decepcionarán. En él se hallan inagotables provisiones de gracia y de perfección capaces de suplir todas nuestras carencias.
Moisés, Josué y Pablo sabÃan cómo seguirÃa su obra en este mundo. âPorque yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis y os apartaréis del caminoâ, dice Moisés (v. 29). âYo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapacesâ, anuncia Pablo (Hechos 20:29). Pero también sabÃan en quién habÃan creÃdo, y descansaban en su poder (2 Timoteo 1:12).
Tal como se lo ha ordenado Jehová, Moisés se dispone a enseñar un cántico a los hijos de Israel. Tomando por testigos a los cielos y a la tierra, exalta la palabra de Dios que desciende âcomo la llovizna sobre la grama (la juventud), y como las gotas sobre la hierbaâ (v. 2). Atribuye a Dios la grandeza, celebra lo que él es: fiel, justo y recto (v. 4). Su nombre es la Roca; asegura refugio, morada, sombra bienhechora, agua viva, miel y aceite para los suyos (v. 13; Salmo 31:2; 71:3; IsaÃas 32:2, etc.). Luego el cántico exalta lo que Dios hace: ¡una obra perfecta! Su despliegue a favor de Israel se expone en los versÃculos 8-14. Lo ha escogido (v. 9), hallado, guardado (v. 10), llevado (v. 11), conducido (v. 12) y exaltado (v. 13). â¿Qué más se podÃa hacer⦠que yo no haya hecho?â, preguntará más tarde Jehová a propósito de Israel (IsaÃas 5:4). Con cuanta más razón, hijos de Dios, tenemos el derecho de exclamar: âÃl es la Roca, cuya obra es perfectaâ (v. 4). âPorque a los que antes conoció, también los predestinó⦠llamó⦠justificó⦠glorificóâ (Romanos 8:29-30).
El cántico que Moisés enseña a los hijos de Israel por desgracia tiene más que una estrofa. La que aprendimos ayer con el pueblo exalta a Dios, excepto el versÃculo 5. ¡Veamos ahora el lado del hombre! Las riquezas que Jehová dio a su pueblo, enumeradas en el versÃculo 14, sólo las aprovecharon para engordarse a sà mismos (v. 15). En vez de adherirse más a la âRoca de su salvaciónâ, de ofrecerle la grasa de los corderos y las libaciones de vino (v. 14), Israel la abandonó, despreció, provocó y finalmente la olvidó (v. 15-16, 18). ¡Qué negra ingratitud! Sin embargo, ¿a veces nosotros mismos no nos parecemos a ese pueblo tan miserable? Gustosos nos engordamos con la abundancia que nuestro Padre nos prodiga. Somos prosperados en nuestros negocios terrenales y olvidamos dar al Señor el lugar que le pertenece en nuestra vida. âA los ricos de este sigloâ se les ordena que no âpongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemosâ (1 Timoteo 6:17). Si los hijos de Israel hubiesen obrado sabiamente, habrÃan considerado su fin (v. 29). ¡Que el Señor nos dé sabidurÃa para administrar sus dones, pues tendremos que rendirle cuenta de su gestión en el momento de su retorno!
El final del cántico de Moisés recuerda que Dios es soberano, que es âel mismoâ, y por consiguiente sabemos que tiene la última palabra. ¿Cuál es esta palabra? La venganza sobre sus enemigos cuyo castigo no han recibido en mucho tiempo, pero también el perdón para su pueblo con el cual las naciones se regocijarán durante el milenio (v. 43).
Moisés termina sus enseñanzas haciendo una última exhortación a la obediencia: âAplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy... a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta leyâ, porque ella âes vuestra vidaâ (v. 46-47; IsaÃas 55:3; Proverbios 4:13; 7:2). Hay quienes creen que para vivir su âvidaâ deben liberarse de toda tutela y sobre todo de la de Dios. Estos versÃculos afirman, y nuestra experiencia confirma, que doblegarse bajo el bendito yugo del Señor en realidad es echar âmano de la vida eternaâ (1 Timoteo 6:19).
Se han terminado las instrucciones de Moisés. Como mediador veraz, Moisés ha hablado del pueblo a Jehová y de Jehová al pueblo. Ahora va a dejarlo. Hebreos 13:7 nos exhorta a acordarnos de los fieles conductores que nos han anunciado la Palabra de Dios, muchos de los cuales ya no están. Pero, añade el autor de la epÃstola: âJesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglosâ (comp. v. 39).
A punto de separarse del pueblo, el hombre de Dios deja hablar a su corazón lleno de afecto. Ya no es hora de exhortaciones; se despide de aquellos que ama, y su último mensaje es una bendición (comp. Lucas 24:50). Moisés es el digno representante de un Dios que ama âa su puebloâ, y todos sus santos están âen su manoâ (v. 3). Seguridad completada por la promesa del Señor Jesús: âNadie las puede arrebatar de la mano de mi Padreâ (Juan 10:29).
Comparando la bendición de Moisés con la de Jacob en Génesis 49, percibimos algunas diferencias llenas de instrucción para nosotros. Según el testimonio de su propio padre, Levà era un hombre violento y cruel. Pero Dios, a causa de la fidelidad de sus hijos (Ãxodo 32:26), hace de él un âsiervo favorecidoâ y le confÃa las tareas del santuario. BenjamÃn era âlobo arrebatadorâ (Génesis 49:27), mas por gracia llega a ser âel amado de Jehováâ; y ese âloboâ ocupará el lugar de la oveja extraviada, porque dice: âEntre sus hombros moraráâ (v. 12; Lucas 15:5). ¡Asà de completa es la transformación que el Evangelio produce en aquel que lo recibe! Ãsta fue la experiencia de Saulo de Tarso, quien precisamente pertenecÃa a la tribu de BenjamÃn y pasó de ser un apasionado perseguidor a un fiel testigo y siervo del Señor (1 Timoteo 1:12-13).
Todo âlo mejorâ debe ser para José, figura de Cristo. Cinco veces hallamos esta expresión. Pero no hay nada âmejorâ para el Señor Jesús que el amor de su Iglesia, de sus redimidos. âApartado de entre sus hermanosâ (Génesis 49:26) es âprÃncipe entre sus hermanosâ (v. 16). Por causa de sus sufrimientos en la cisterna y en la prisión, y luego de su gloria en Egipto, José ocupa con pleno derecho este lugar particular. Es el de Jesús. Nadie podÃa acompañarlo en el terrible camino del Calvario. Estuvo solo en la cruz. Por eso Dios le ha dado eternamente un lugar privilegiado; lo ha ensalzado hasta lo sumo, le ha dado âun nombre que es sobre todo nombreâ; lo ha ungido âcon óleo de alegrÃa más que a tus compañerosâ (Filipenses 2:9; Salmo 45:7).
Como en un cuadro espléndido, el reinado milenario de Cristo es evocado por las bendiciones de las tribus. Contrariamente a lo pronunciado por Jacob, no contienen ninguna censura, ninguna restricción. Sin embargo, en esta segunda lista hay un ausente, ¿lo ha notado usted? Se trata de Simeón, antiguamente asociado con Levà en una misma condenación (Génesis 49:5). LevÃ, objeto de la gracia, es ricamente bendecido. Pero Simeón, ¿dónde queda? ¡Es una pregunta bastante seria! Y su nombre, amigo lector, ¿está en el libro de la vida?
Moisés habÃa pasado cuarenta años en casa de Faraón, cuarenta años en casa de Jetro en la escuela de Dios, y por último cuarenta años en el desierto, conduciendo a Israel. Al principio habÃa tenido esa âgrande visiónâ de la zarza (Ãxodo 3:3). Luego, por la fe, se habÃa mantenido firme âcomo viendo al Invisibleâ (Hebreos 11:27). Con unos ojos que nunca se oscurecieron (v. 7), el hombre de Dios, al acabar su carrera, contempla el admirable panorama de la tierra de Emanuel.
Luego llega el momento cuando, según sus propias palabras en el Salmo 90:3 (V.M.), por orden de Dios el hombre vuelve al polvo. Pero Jehová honra a su querido siervo ocupándose personalmente de su sepultura (v. 6). Desde entonces Moisés forma parte de los testigos de la fe que esperan la gloria prometida, al tiempo que gozan ya de la presencia de Aquel que es su perfecta âremuneraciónâ (Mateo 17:3). Y ¿qué es la pérdida de la tierra en comparación con tal ganancia? ¡Que cada uno de nosotros, al finalizar el estudio de los cinco libros de Moisés (o Pentateuco), haya progresado en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. âDe mà escribió élâ (Moisés), dirá Jesús a los judÃos (Juan 5:46). Y, en efecto, ¿no lo hemos descubierto a él mismo a través de tantas sombras y figuras en esta rica porción de la Palabra de Dios?
El libro de Josué nos hace entrar con Israel en el paÃs de la promesa para tomar posesión del mismo. Un nuevo conductor reemplaza a Moisés: Josué, un hombre joven, a quien ya hemos visto combatiendo (Ãxodo 17: 9-10), aprendiendo (Ãxodo 33:11), sirviendo (Números 11:28), dando testimonio (Números 14:6â¦). Formado durante los largos años de travesÃa por el desierto, ahora es llamado a llevar grandes responsabilidades. En el momento de enfrentarse a ellas, Jehová vuelve a infundirle ánimo (v. 6-7, 9); también lo hacen sus hermanos (v. 18): âNunca se apartará de tu boca este libro de la ley (para nosotros la Palabra de Dios), sino que de dÃa y de noche meditarás en élâ. Tal será el secreto de su prosperidad espiritual⦠y de la nuestra (v. 8).
El libro de Josué ilustra las verdades desarrolladas en la epÃstola a los Efesios. Asà como los hijos de Israel debÃan combatir para conquistar el paÃs de Canaán, los cristianos tenemos combates espirituales que librar por la posesión de los lugares celestiales. Y se nos dice como a Josué: âFortaleceos en el Señor⦠Estad, pues, firmesâ¦â (Efesios 6:10, 14). Moisés representaba a Cristo conduciendo a los suyos fuera del mundo. Josué personifica al EspÃritu de Jesús (el nombre de Jesús en griego es el equivalente a Josué en hebreo, y significa Jehová es salvación) introduciéndolos en el cielo con él.
Dos grandes obstáculos impiden la entrada del pueblo en Canaán. En primer lugar el Jordán, que constituye la frontera. Luego, en la otra ribera, la imponente fortaleza de Jericó. Josué envÃa allá a dos espÃas. Su misión parece limitada a la visita a Rahab y a conocer no el poder del enemigo sino el poder de Dios que obra en el corazón de esa mujer. Rahab ha oÃdo lo que Dios habÃa hecho por su pueblo Israel. Creyó en él, y aquà se muestra activa, porque âla fe sin obras es muertaâ. A esa miserable cananea, Santiago la toma como ejemplo de esta verdad, juntamente con Abraham (Santiago 2:25). A los ojos de los hombres la acción de esta mujer âuna traiciónâ es absolutamente reprensible. Pero eso mismo resalta mejor la diferencia que hay entre una obra de fe, agradable a Dios, y una «buena obra» alabada por los hombres. Lo que hace un creyente no siempre es comprendido y aprobado por el mundo.
La fe de Rahab le dio un sitio de honor en dos listas notables del Nuevo Testamento: la genealogÃa de Jesucristo (Mateo 1) y la enumeración de los fieles testigos de Hebreos 11 donde ella es la única mujer nombrada juntamente con Sara.
El hecho de que Rahab fuese no solamente una enemiga sino una persona poco recomendable subraya la profundidad de la gracia divina. Asà como ocurrió en el caso de otra cananea en los tiempos del Señor, la fe de ésta la hace participar, espiritualmente hablando, de las âmigajasâ que caen de la mesa de los hijos de Israel (Mateo 15:22-28). El medio por el cual su casa será protegida nos recuerda la pascua y la sangre del cordero en las puertas, y hace de Rahab una verdadera hija de Israel. Previendo el juicio que caerá sobre Jericó, ella y los suyos son invitados a colocarse bajo la protección del cordón escarlata. Notemos que éste es atado a la ventana inmediatamente. Rahab nos enseña a colocarnos al amparo de la sangre redentora lo antes posible, si todavÃa no lo hemos hecho, porque asà como el juicio cayó sobre Jericó, también alcanzará al mundo. Esta mujer proclama su certidumbre de que el Dios de Israel ganará la victoria y confÃa en su promesa.
El informe de los dos espÃas es muy diferente del de los diez exploradores de Números 13. âJehová ha entregado (no entregará) toda la tierra en nuestras manosâ (v. 24). Este versÃculo es el cumplimiento textual de lo que declaró cuarenta años antes el cántico del mar Rojo (Ãxodo 15:15 final).
El mar Rojo cerraba el paso a Israel en la salida de Egipto, ahora el Jordán le cierra el acceso a Canaán. El paso a través de ese rÃo nos enseña una nueva verdad de gran importancia: nuestra muerte con Cristo. Desde ahora al hijo de Dios se le invita a tomar posesión del cielo y a disfrutar del mismo por la fe. A eso corresponde la entrada en Canaán. Pero asà como para entrar allà era necesario cruzar el Jordán, el rÃo de la muerte, un cristiano no puede tomar posesión del cielo y probar actualmente sus goces sin haber comprendido que está muerto con Cristo. La cruz en la que mi Salvador entregó su vida golpea y condena mi natural voluntad corrompida, ese viejo hombre que continuamente quiere volver a tomar el control de mi vida; sin embargo, no tiene ningún derecho a entrar en el dominio celestial. ¡Cuántos tormentos me ocasiona! Mis esfuerzos para corregirlo resultan ineficaces. ¿Cómo neutralizarlo para que no pueda hacer daño? ¿Cómo hacerlo morir? ¡Reconociendo con gozo que eso se cumplió una vez para siempre en la cruz y que me basta aceptarlo tan sencillamente como el perdón de mis pecados! No solamente Cristo fue crucificado por mÃ, sino que yo también estoy juntamente crucificado con él (Gálatas 2:20). Ãstas son las maravillas que Dios ha hecho a nuestro favor (v. 5).
El arca es la primera en penetrar en las aguas y abre el paso para el pueblo. La entrada de Cristo en la muerte nos abrió un camino por el cual no habÃamos âpasado antesâ, un âcamino nuevo y vivoâ (v. 4; Hebreos 10:20). Antes de la cruz, nadie habÃa salido definitivamente de la muerte después de haber entrado en ella. Pero Cristo sà lo hizo, de modo que ahora la atravesamos juntamente con él sin conocer su amargura. âPor el rÃo pasaron a pie; allà en él nos alegramosâ (Salmo 66:6). Vemos que el arca permaneció en el lecho del rÃo hasta que toda la nación acabó de pasar (v. 17). ¡Qué garantÃa más maravillosa para la seguridad del pueblo! La muerte no nos puede alcanzar. Cristo estuvo allà en nuestro lugar. Pensemos en lo que ello significó para el PrÃncipe de la vida, tener que entregar él mismo su alma a la muerte. En el libro de Jonás se mencionan las terribles ondas que pasaron sobre él. âLas aguas me rodearon hasta el almaâ (2:5; véase también el Salmo 42:7). ¡Qué Salvador tan amado! Ãl soportó el sufrimiento y la muerte; nosotros gozamos la liberación, la vida, la felicidad. Las aguas no pudieron apagar y el rÃo no pudo sumergir el amor fuerte como la muerte que lo habÃa conducido hasta esas aguas para arrancarnos de ellas (Cantar de los Cantares 8:6-7).
Por orden de Jehová Josué manda sacar doce piedras del Jordán y hace con ellas un monumento en Gilgal (v. 20). Dentro del Jordán también coloca doce piedras más que permanecen sumergidas (v. 9). â¿Qué significan estas piedrasâ para nosotros? (v. 6). La epÃstola a los Romanos traduce su lenguaje. Representan a los creyentes identificados con Cristo en su muerte (en el fondo del rÃo) y en su resurrección (en la ribera, Romanos 6:5). Por medio de esas doce piedras (doce tribus), que constituyen un solo monumento, se proclama la unidad del pueblo. Porque esta poderosa obra ha sido realizada en favor de todos los redimidos, aun cuando muchos no estén conscientes de ello. El doble memorial lo atestigua para siempre.
Asà la cruz nos ha dado tres grandes liberaciones ilustradas por la pascua, el mar Rojo y el Jordán. La pascua nos enseña que hemos sido liberados del juicio de Dios. El mar Rojo nos muestra que hemos sido liberados de nuestros enemigos exteriores: Satanás y el mundo. Finalmente el Jordán nos anuncia que debemos tener por muerta a la carne, este tiránico enemigo interior. Las dos primeras verdades son captadas por el entendimiento en el momento del nuevo nacimiento. La tercera corresponde a lo que se llama la liberación.
Henos aquà en la orilla de la resurrección. ¿Qué descubrimos allÃ? ¡Un penoso hecho! Primeramente, los enemigos exteriores han vuelto a hacer acto de presencia. Pero, ¡tengamos ánimo! No tienen fuerzas (v. 1), ya han sido vencidos por Cristo en la cruz (Colosenses 2:15). El enemigo interior, la carne, también está allÃ. ¿Luego ésta no ha sido declarada muerta, enterrada en las profundidades del Jordán? ¡Por supuesto que sÃ! Ese es su sitio a los ojos de Dios. Pero es necesario que nosotros mismos nos tengamos por muertos al pecado (Romanos 6:11), no concediendo a la carne ningún derecho de manifestarse. La circuncisión corresponde a este juicio que hemos de aplicar a cada reaparición de la carne en nosotros. Cuando esto se pone en práctica, descubrimos los recursos y los goces que nos esperan en la «orilla» de los lugares celestiales. En primer lugar el producto de la tierra prometida reemplaza al maná: imagen de un Cristo resucitado y glorificado, del cual se nutre el redimido. Luego viene la pascua; ésta se puede celebrar bajo las mismas murallas de Jericó. âAderezas mesa delante de mà en presencia de mis angustiadoresâ (Salmo 23:5). Finalmente he aquà el Ãngel prometido por Jehová desde los primeros dÃas del Ãxodo (cap. 23:23). Es una figura de Jesús, quien está por nosotros en el cielo y dirigirá nuestros combates si le confiamos su dirección.
Cual guardián terrible que vela en la entrada de Canaán, se alza imponente la poderosa fortaleza de Jericó cerrando el paso al pueblo. ¡Qué obstáculo más terrorÃfico! ¿Qué representa esto para nosotros? Cuando un recién convertido, alguien que acaba de pasar de la muerte a la vida, se dispone a vivir su fe, en seguida Satanás se las ingenia para asustarlo. Coloca delante de él grandes dificultades: un testimonio que rendir ante compañeros burladores, el abandono de alguna costumbre, una confesión o excusas que presentar a alguien que se ha ofendido. Y mucho más todavÃa, pues en algunos paÃses quienes declaran ser cristianos se enfrentan con verdaderas persecuciones. ¿Cómo enfrentar tales reacciones inevitables de parte del enemigo? Dejando que el Señor dirija todo a su manera. A nosotros nos exige plena confianza en él, celo (nótese como Josué se levanta temprano) y un testimonio claro al cual corresponden las siete trompetas. Y además, ¡la perseverancia! ¡Siete dÃas, y el séptimo dÃa siete veces! La paciencia debe tener su obra perfecta (Santiago 1:4). Y finalmente la condición principal: es preciso sentir la presencia del Señor con nosotros en nuestro andar cotidiano. De esto nos habla el arca que habÃa sostenido a Israel en el Jordán y que aquà lo acompaña para darle la victoria (v. 6).
Seguramente a los habitantes de Jericó les parecerÃa irrisoria e inofensiva la ronda de esos trompetistas en torno a sus murallas. ¿Se habÃa visto alguna vez un asedio emprendido de esa manera? ¡Las burlas no habrán faltado! Pero âlo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerteâ (1 Corintios 1:27). Al lado de los poderosos medios visibles de que se sirve el hombre, la fe obra a su manera invisible. Conforme a la promesa del Señor, si tenemos fe como un grano de mostaza, Dios quitará de nuestro camino los obstáculos más espantosos (Mateo 17:20). âLas armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezasâ (2 Corintios 10:4). Hagamos uso de la oración, esa arma invencible. Si hay âJericóâ en nuestro camino, aprendamos como Israel a darle la vuelta con el Señor (el arca) levantando nuestras voces a Dios. Cuando llegue el momento designado por él, veremos caer las murallas, asà como cayeron las de Jericó el séptimo dÃa.
Israel ha recibido una instrucción oÃda por todos: la ciudad será anatema, esto es, maldita. Sólo Rahab, en respuesta a su fe, es perdonada juntamente con los suyos. El cordón escarlata, fácil de localizar durante las trece vueltas alrededor de la ciudad, estaba en su sitio.
Después de Jericó, Israel debe combatir a Hai, una ciudad aparentemente insignificante. Parece fácil tomarla sin molestar a todos los hombres de guerra; con tres mil bastará. Pero contrariamente a lo esperado, Israel es vencido. Entonces el corazón del pueblo desfallece, asà como habÃa desfallecido anteriormente el corazón de sus enemigos (cap. 5:1). Josué, desanimado, se postra sobre su rostro y se lamenta. Pero Jehová lo invita a levantarse y conocer el porqué de la derrota. El anatema, es decir, el pecado, impide que Dios luche en favor de los suyos. ¡Ãsta es una gran lección para cada uno de nosotros! Nuestra conciencia es como el campamento de Israel. Una falta que ocultamos, que rehusamos confesar a los hombres y a Dios, nos priva de su comunión, sin la cual un cristiano está vencido de antemano. Y más grave todavÃa: se trata del gran nombre que llevamos (v. 9), el de Cristo, quien es deshonrado por nuestra falta. â¿Qué harás tú a tu grande nombre?â, es una oración inteligente. El que habla asà sabe dar la gloria a Dios antes que defender sus propios intereses. âAyúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y lÃbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombreâ, pide Asaf en el Salmo 79:9.
Tanto para el juicio como para el combate, Josué se levanta temprano (v. 16). El asunto tiene que arreglarse cuanto antes. Cuando Dios ha esclarecido nuestra conciencia, debemos ponerles orden a las cosas inmediatamente. Al echar suertes, la red se va estrechando en torno al culpable. Finalmente el dedo de Dios lo señala. âFue tomado Acánâ (v. 18). ¿Hay algo más terrible que ser desenmascarado asà por Dios mismo? En el curso de la última cena con sus discÃpulos, Jesús les señaló al traidor, ofreciendo a Judas el pan mojado (Juan 13:26).
âHijo mÃo, da gloria a Jehováâ, le dice Josué. La gloria de Dios siempre exige la verdad absoluta. Entonces Acán cuenta su triste historia. Es la de todas las codicias, cuyo funesto engranaje nos muestra Santiago (1:14-15): primero los ojos, luego el corazón y, finalmente, las manos para agarrar y esconder. âHe pecadoâ, reconoció Acán. âPues vi entre los despojos... lo cual codicié y tomé; y he aquÃâ¦â. El hermoso manto babilónico, la plata y el oro estaban bien escondidos en la tienda donde sólo Dios los habÃa visto.
Pero no olvidemos la conclusión: âel pecado, siendo consumado, da a luz la muerteâ. Y el penoso juicio ha de ejecutarse: el malo debe ser quitado de en medio de la asamblea de Israel (comp. con 1 Corintios 5:13).
Israel fue derrotado principalmente a causa del pecado oculto. Pero dicha derrota tenÃa, además, otro motivo: la victoria sobre Jericó manifiestamente habÃa dado al pueblo confianza en sà mismo. Y esto es aún más sorprendente por cuanto se trataba de un milagro. ¿Cuál fue la parte de Israel en la destrucción de dicha fortaleza? ¡Y cuántas veces nosotros mismos nos parecemos a ese pueblo! Cuando el Señor nos ha liberado de una situación difÃcil, en vez de seguir apoyándonos en él para la siguiente prueba, creemos poder prescindir de su ayuda. ¡Y eso significa la caÃda! Por otra parte, nuestro corazón está hecho de tal manera que si para las grandes dificultades estamos dispuestos a confiar en Dios, para las pequeñas muchas veces pensamos que podemos salir bien librados sin su ayuda. La historia de Hai nos enseña que continuamente necesitamos del Señor.
¡Y qué trabajo le costará a Israel alcanzar la victoria! En vez de los tres mil soldados previstos, necesitarán diez veces ese número y una maniobra bastante complicada. La restauración a menudo supone una larga y difÃcil operación. En Jericó el pueblo debÃa aprender a conocer el poder de Dios; en Hai tiene que experimentar su propia debilidad.
â¿Qué harás tú a tu grande nombre?â, habÃa preguntado Josué a Dios (cap. 7:9). Ahora que el pecado ha sido quitado, Israel espera en Dios y Dios le responde dándole la victoria. Y el artÃfice de esta victoria, aquel cuyo nombre suena una y otra vez en nuestro relato, es Josué, nuevamente figura de Cristo, quien conduce a los suyos en sus combates. Mediante su lanza extendida hacia Hai, por orden de Jehová, Josué muestra quién dirige la maniobra y recuerda que existe un plan de conjunto, una estrategia de la cual sólo Ãl tiene pleno conocimiento. Pues bien, ¡eso es Jesús para nosotros! Ãl es quien conoce el papel que cada soldado ha de desempeñar, quien coloca a cada cual en su puesto y finalmente nos da la señal para cada movimiento. Al mirar a Cristo, tal como lo hiciera el combatiente cuando miraba la bandera de su jefe, sabemos lo que tenemos que hacer, cobramos valor. Y recordémoslo bien, no estamos solos en la batalla; tenemos hermanos que sostienen las mismas luchas. Sin embargo no se trata, como en los tiempos de Josué, de combates públicos, gloriosos y espectaculares. Nuestras victorias, generalmente, serán logradas de rodillas en nuestra habitación, y sólo el Señor será testigo de ellas.
Hai es conquistada y luego quemada, sus habitantes son masacrados, su rey ahorcado y su botÃn conservado para beneficio del pueblo, âconforme a la palabra de Jehová que le habÃa mandado a Josuéâ (v. 27). Después de haber pagado un alto precio por ejercer su propia voluntad, esta vez Josué e Israel cumplen estrictamente las instrucciones divinas. Deuteronomio 21:22-23 prohibÃa dejar el cadáver de un ahorcado colgado en el madero durante la noche; Josué también obedece en esto (v. 29), prueba de que considera que la tierra ya es de ellos. Apliquémonos a justificar nuestro comportamiento por las Escrituras. Qué fuerza tendrÃa nuestro testimonio si a cualquier pregunta relativa a nuestra conducta pudiésemos responder: es lo que pide el Señor, lo que me pide en su Palabra. Contemplemos a Jesús en la cruz. En el último instante de su vida de hombre obediente, aún podÃa decir, âpara que la Escritura se cumpliese: Tengo sedâ (Juan 19:28).
La escena que sigue (v. 30-35) también responde a las instrucciones de Deuteronomio (cap. 11:29; 27:11â¦). Hombres, mujeres y niños estaban reunidos, incluyendo al extranjero (Rahab seguramente se encontraba allÃ), en el lugar designado para escuchar la ley. El centro de esta reunión era el arca santa, tipo de Cristo. La adoración y el gozo se expresan por el ofrecimiento de holocaustos y sacrificios.
Mientras el pueblo de Dios obtiene su fuerza mediante la dependencia del Señor, el mundo busca la suya en la asociación. Su proverbio «la unión hace la fuerza» es la base de toda clase de agrupaciones, incluidas las religiosas. Observemos cómo en este caso todos los pueblos enemigos se concertan âpara pelear contra Josué e Israelâ (v. 2). Cuando se trata de combatir la verdad, hombres circunstancialmente enemistados se unen para resistirla. Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se reconciliaron y se unieron contra Jesús âcon los gentiles y el pueblo de Israelâ (Lucas 23:12; Hechos 4:27).
Mientras se forma la conjuración, absorbiendo la atención de Israel, el enemigo lo sorprende mediante un hábil engaño. Cuando Satanás no logra sus fines ejerciendo la fuerza brutal, ensaya otros artificios. A menudo caemos en la trampa de las ventajas o los halagos, cuando descuidamos consultar al Señor (v. 14). El enemigo, detrás de sus agentes, ve con buenos ojos una cooperación con los hijos de Dios y sabe ser amable para engañarlos en cuanto a sus verdaderas intenciones (Esdras 4:2). Estemos alerta, porque semejante alianza es en primer lugar una desobediencia y luego una puerta abierta a muchas infidelidades (Ãxodo 34:12, 15-16).
Anteriormente, frente a Hai, el pueblo se consideraba bastante fuerte. En presencia de los gabaonitas también se creÃa bastante sabio. No sentÃa la necesidad de consultar a Jehová (v. 14).
¡Qué confusión cuando, demasiado tarde, se descubre la verdad! En adelante tendrán que soportar a esos cananeos; más tarde los volveremos a encontrar lamentablemente ligados a la historia de Israel (2 Samuel 21). Los gabaonitas explican por qué han obrado asÃ. Y quizá nos preguntamos qué más hubieran podido hacer, excepto dejarse exterminar por los israelitas. Pues bien, el ejemplo de Rahab prueba que todavÃa estaban a tiempo para acercarse con fe, reconociendo su condición de enemigos, y colocarse bajo la protección del Dios de Israel, de cuyo nombre habÃan oÃdo hablar (v. 9). Pero la gente de este mundo se asemeja a esos gabaonitas. Esperan librarse del juicio eterno vinculándose exteriormente al pueblo de Dios. Sin confesar su estado pecaminoso, sin valerse del beneficio de la pura gracia de Dios, quieren escapar de la ira divina que se acerca y obtener una seguridad para la muerte que temen. Asà es como a diferencia de Rahab, quien llegó a ser la esposa de Salmón, prÃncipe de Judá (Mateo 1:5), los gabaonitas permanecen en la esclavitud: leñadores y aguadores.
Surgen nuevos enemigos. Ãstos tienen por jefe al rey de Jerusalén, Adonisedec (señor de justicia). Qué diferencia hay entre este personaje y uno de sus predecesores: Melquisedec (rey de justicia), rey de Salem (Génesis 14:18-20). Este último habÃa bendecido a Abram y luego al Dios AltÃsimo que habÃa entregado a sus enemigos en sus manos. Adonisedec, por el contrario, se pone a la cabeza de los enemigos de Israel, descendiente de Abraham. Reúne a sus aliados en contra de Gabaón quien, por su lado, apela a su nuevo aliado. ¡Lamentable consecuencia de la infidelidad del capÃtulo 9! Teniendo a Jehová con él, ¿qué necesidad tenÃa Israel de otra alianza? Ãsta no hace más que aumentar el peligro.
Pero a pesar de eso Dios le dará la victoria. Israel parte de Gilgal, lugar de la circuncisión, figura del juicio sobre la carne. La epÃstola a los Colosenses nos muestra su alcance espiritual. Como muertos y resucitados con Cristo, también debemos hacer morir nuestros miembros (cap. 2:20; 3:1, 5). A eso corresponde el retorno a Gilgal, que es el gran secreto de la victoria. Para triunfar, el combatiente de la fe primeramente debe darse cuenta de que no tiene fuerzas. Asà se halla preparado para dejar obrar sólo a Dios. Jehová mismo combate desde el cielo en favor de su pueblo Israel.
A raÃz de la oración de Josué, Jehová detiene el sol y la luna aproximadamente durante un dÃa. Asà muestra a esos pueblos paganos quién es el Dios que lucha por Israel, y al mismo tiempo enseña a los suyos hasta dónde puede responder sus oraciones (Marcos 9:23). Pero, ¿acaso no es un milagro mucho más grande que Dios prolongue desde hace dos mil años el dÃa de la gracia? Y no es, como aquÃ, para permitir el juicio y la venganza, sino que su propósito actual es la conversión de los pecadores. Dios tiene paciencia con el mundo (¿quizá con usted?) y âhace salir su sol sobre malos y buenosâ (Mateo 5:45). Esto puede parecernos muy natural, pero reflexionemos al ver despuntar un nuevo dÃa en esta larga paciencia de Dios.
Al no ponerse el sol, los enemigos huyen de la luz para refugiarse en las tinieblas, tratando de esconderse (v. 16; Juan 3:19-21; Apocalipsis 6:15-17). Israel gana la batalla y los cinco reyes son sacados de la cueva.
âAcercaos, y poned vuestros pies sobre los cuellos de estos reyes... No temáisâ, dice Josué a sus capitanes (v. 24-25). Es la señal del triunfo, una anticipación del momento cercano cuando el Dios de paz quebrantará a Satanás bajo sus pies (Romanos 16:20; Salmo 110:1).
Esas formidables ciudades caen una tras otra, âciudades grandes y amuralladas hasta el cieloâ (Deuteronomio 1:28). Sus reyes, sus gigantes y todos sus habitantes son destruidos por âJosué, y todo Israel con élâ. Fijémonos en la constante repetición de esta última expresión. Evoca la unión indisoluble que existe entre Cristo y los suyos. Ãsta implica que nuestros enemigos son también, y en primer lugar, Sus enemigos. Nadie puede meterse conmigo sin tener que vérselas con mi Jefe. Dejándolo pasar adelante, sólo puedo ser vencedor. Mas, contrariamente, si no lo tengo a él, ya he perdido la batalla. Por eso el enemigo quiere privarnos del contacto (o de la comunión) con nuestro Salvador. Sabe bien que separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5), algo que a menudo olvidamos. ¡Qué página más triunfante se inscribe aquÃ! ¡Quiera Dios que en la historia de cada una de nuestras vidas como cristianos haya una lista parecida de victorias ganadas secretamente con el Señor! Victoria en favor de la verdad, en pro de la pureza, victoria sobre una u otra tentación. Jóvenes, ustedes están en la edad en la cual se presentan más luchas. ¿Forman parte de aquellos a quienes el apóstol Juan puede escribir: âOs escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al malignoâ? (1 Juan 2:13).
En Gabaón la confederación de los reyes del sur fue hecha trizas (cap. 10). Ahora el norte del paÃs se reúne en torno a JabÃn rey de Hazor, un pueblo innumerable, para pelear contra Israel. âTodos estos reyes se unieronâ (v. 5). âSe levantarán los reyes de la tierra, y prÃncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungidoâ, anuncia el Salmo 2:2 hablando de los tiempos venideros.
Mas, ¿qué dice Jehová a Josué? âNo tengas temor de ellos⦠entregaré a todos ellos muertos delante de Israelâ (v. 6). Y la victoria es seguida por una destrucción que no perdona a nadie. Nos cuesta entender esos terribles juicios. ¿No somos los discÃpulos de un Maestro que nos recomienda: âAmad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecenâ¦â? (Lucas 6:27). ¿No somos los hijos de un Padre que exhorta: âSi tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beberâ? (Romanos 12:20). Pero si hay un tiempo para la gracia (que es el nuestro), habrá igualmente un tiempo para la ira. Ãsta última alcanzará a todos los que hayan rechazado la gracia. El juicio sobre los cananeos, ocurrido después de siglos de paciencia por parte de Dios (Génesis 15:16; Deuteronomio 9:5), es una solemne ilustración de ello.
Los enemigos que Israel acaba de combatir y de vencer representan a aquellos que hacen la guerra contra los cristianos, dicho de otra manera, Satanás y sus ángeles. Nuestra lucha es âcontra principados⦠contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestesâ (Efesios 6:12). Muchas personas se imaginan que actualmente el diablo y los demonios están en el infierno. Pero la Biblia nos muestra a Satanás aún en alguna parte del cielo o paseándose en la tierra para fastidiar a los hombres (Job 1:6-7). Sin duda alguna, si somos creyentes, el enemigo no puede arrebatarnos nuestra salvación (Juan 10:28). Pero se esfuerza haciéndonos la guerra para impedir que disfrutemos nuestras bendiciones celestiales; intenta quitarnos el terreno que anteriores victorias nos han permitido ocupar. Por eso el mismo capÃtulo 6 de Efesios nos exhorta no solamente a combatir y a sobrellevarlo todo, sino también a mantenernos firmes. Además, en semejantes momentos la Palabra nos recuerda que somos los muy amados del Señor. Ella afirma que ni los principados, ni las potestades podrán separarnos del amor de Dios. âAntes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amóâ (Romanos 8:37-39).
El libro de Josué se divide en dos partes, cada una de las cuales contiene doce capÃtulos. La primera, que terminamos hoy, describe la conquista de Canaán por Israel; la segunda (cap. 13-24) relata principalmente el reparto de la tierra entre las tribus. La conclusión de la primera parte: ây la tierra descansó de la guerraâ (cap. 11: 23), es seguida en el capÃtulo 12 por una larga relación de los reyes abatidos. Dos de ellos cayeron antes del Jordán: Sehón y Og, pero treinta y uno fueron vencidos dentro del paÃs. Anima ver que Dios mismo ha hecho esta recapitulación, lo cual prueba que no ha olvidado ninguna victoria lograda con él y sabe que cada una de ellas representa esfuerzos y renuncias. ¡Tengamos ánimo, soldados de Jesucristo! En nuestros combates un Ãrbitro soberano anota los puntos sin error posible: el rey de Hebrón: uno, el rey de Jarmut: uno, el rey de Laquis: unoâ¦
¡Que el Señor nos conceda la gracia de estar cada uno en su puesto, cual fieles combatientes! Pronto llegará el momento de deponer las armas y disfrutar junto a Jesús el reposo celestial. SÃ, que nos sea permitido decir como el apóstol: âHe peleado la buena batallaâ, y recibir la corona prometida âal que venciereâ (2 Timoteo 4:7; Apocalipsis 2 y 3).
Jehová recuerda a Josué que aún hace falta tomar posesión de mucha tierra. Las fronteras ya le habÃan sido indicadas (cap. 1:4). Ãstas son fáciles de recordar. Hacia el sur: un gran desierto; al norte: una gran montaña, el LÃbano; al oriente: un gran rÃo, el Eufrates; y al occidente: un mar grande, el Mediterráneo. El paÃs a ocupar por la fe también tiene sus fronteras, que son las del mundo tal como se presenta para nosotros: es árido, sin fruto para Dios (el desierto); está lleno de orgullo y vanidad (la montaña); es próspero y activo (el rÃo); es impetuoso y agitado (el mar, Judas 13; IsaÃas 57:20). Guardémonos, queridos hijos de Dios, de cruzar esas fronteras. Muchos lo han hecho, dejándose llevar al mundo, o por mera curiosidad, y la mayorÃa nunca ha vuelto. En cambio, dentro de los lÃmites âqueda aún mucha tierra por poseerâ. Los tesoros inagotables de la Palabra, las riquezas insondables de Cristo están a nuestra disposición para asirlos, âa fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristoâ (Efesios 3:17-19). ¡Cristianos, he ahà las dimensiones infinitas de nuestra herencia en él!
Los hijos de Rubén, de Gad y la media tribu de Manasés han recibido su parte de la herencia antes que todos sus hermanos. Esta porción, como bien lo recordamos, la escogieron ellos mismos sin esperar que Dios se las diera (Números 32). ¡Importante lección para cada uno de nosotros! Cuántas veces, como ellos, no hemos sabido esperar. Nos hemos dejado guiar por las circunstancias (la región de Basán y de Galaad era propia para la ganaderÃa, y estas tribus poseÃan rebaños). Hemos escogido la solución más fácil o, por prudencia, la primera que se nos ha presentado, mientras que con un poco de paciencia hubiésemos obtenido una mejor parte: la que Dios habÃa preparado para nosotros.
Los rubenitas y los gaditas nos enseñan también otra lección. Al escoger ellos primero lo que mejor les parecÃa (como en el caso de Lot con Abraham, Génesis 13), muestran su egoÃsmo frente a sus hermanos: ¡Yo primero! Asà que recibieron la parte de su herencia antes que los demás. Pero distaba mucho de ser la mejor parte, como ellos se habÃan imaginado. Los primeros serán los últimos. Lo mejor siempre es lo que Dios nos da, incluso si para recibirlo tenemos que esperar un poco.
Jehová habÃa designado por sus nombres a los que tendrÃan la responsabilidad de repartir la tierra entre las tribus (Números 34:16-29). Aquà los hijos de Judá se adelantan para recibir su porción, y Caleb toma la palabra. Estuvo esperando este momento durante más de cuarenta años. Sin quejarse por un castigo que él personalmente no habÃa merecido, anduvo por el desierto con el pueblo, sostenido por su esperanza. Se habÃa apoyado en las promesas de Dios y ahora las recuerda a Josué. âDame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehováâ (v. 12). ¡Qué ejemplo más estupendo de la perseverancia en la fe! Pero además hay otra cosa que admirar en ese hombre: âTodavÃa estoy tan fuerte como el dÃa que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahoraâ, dice (v. 11). Su fuerza no ha menguado. A los ochenta y cinco años es tan fuerte como a los cuarenta. ¿Cuál era su secreto? IsaÃas 40:31 nos lo revela: âLos que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas⦠caminarán, y no se fatigaránâ. Mediante esta fuerza divina, Caleb, por su edad un anciano, mas por su vigor un hombre joven, tomará a Hebrón y abatirá la fuerza humana de los famosos anaceos, aquellos gigantes que en el pasado habÃan espantado tanto al pueblo. SÃ, âbienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas⦠Irán de poder en poderâ (Salmo 84:5-7).
Después de la adjudicación de la porción de Judá, he aquà otro ejemplo de una fe atrevida y valiente. Ocurre nuevamente en el seno de la familia de Caleb. A su lado, Otoniel su sobrino y Acsa su hija habÃan recibido un buen ejemplo. DÃa tras dÃa, durante los numerosos años pasados en el desierto, habÃan podido oÃrlo, aplicando la instrucción de Deuteronomio 6:7, hablar del buen paÃs que habÃa visitado, del excelente fruto que de allà habÃa traÃdo. DÃa tras dÃa también, habÃan podido ver su fidelidad y perseverancia en la marcha y en sus luchas para poseer ese paÃs. Tales palabras y tal ejemplo han producido sus frutos. Otoniel y Acsa poco a poco han aprendido a amar a ese paÃs de Canaán, centro de los pensamientos y afectos de su padre. Y, llegado el momento, aparece la fe. La de Otoniel se manifiesta tomando a Quiriat-sefer; la de Acsa, reclamando una porción suplementaria de la tierra de Canaán. Qué gozo para Caleb, quien habÃa dicho a Josué: âDame este monteâ (cap. 14:12), oÃr a su hija pedirle: âConcédeme⦠dame tambiénâ (v. 19; comp. con Mateo 11:12). Con una formación tal y una mujer digna de él, Otoniel se calificará para ejercer más tarde las funciones de juez en Israel (Jueces 3:9-11).
El momento tan esperado ha llegado; Israel puede tomar posesión de su herencia. Judá es el primero en recibir su porción. Ciudad por ciudad, está detallada como para subrayar el interés que Jehová atribuye a cada parcela de su paÃs. Quiera Dios que nosotros también tengamos una visión cada vez más amplia del pueblo de Dios, en particular para abarcarlo en nuestras oraciones.
¡Ay, desgraciadamente al final de cada delimitación vamos a encontrar una restricción, un pero! La victoria no es completa. Judá no logra arrojar a los jebuseos (v. 63). Hasta el reinado de David, éstos conservarán una plaza fuerte en Jerusalén: la fortaleza de Sion (2 Samuel 5:6). EfraÃn no muestra más capacidad para desposeer al cananeo en Gezer (cap. 16:10). Sometidos a pagar un tributo servil, estos vencidos ¿no serán inofensivos? Todo lo contrario, tal como lo ha anunciado Moisés, constituirán trampas en medio de Israel, lo arrastrarán al mal y a la idolatrÃa. Y nuestros propios corazones, queridos hijos de Dios, ¿por quién laten? ¿Toleramos en ellos a ciertos âenemigosâ que no nos parecen peligrosos? Quizás incluso nos hemos acostumbrado a su presencia. ¡Que el Señor nos dé la suficiente valentÃa para juzgarlos, a fin de que él sea el único que reine en nuestro corazón! (Romanos 6:12-14).
Manasés recibe su parte y en seguida vuelven a hacer acto de presencia las cinco hijas de Zelofehad con su hermosa tenacidad. Apoyándose en el mandamiento que Moisés recibió de Jehová, reivindican la herencia largamente esperada. La mitad de su tribu habÃa optado por el otro lado del Jordán, pero a ellas ni se les ocurre semejante cosa. Su herencia se halla en Canaán, en medio de sus hermanos. Y ya que hablamos de esto, es bueno recordar que aunque las mujeres cristianas no son llamadas a ciertos servicios públicos, tales como la predicación, su parte celestial, su disfrute de las bendiciones celestiales no son inferiores a las de sus hermanos.
De modo general, observemos con qué cuidado Jehová dibuja los lÃmites de cada tribu. Una tras otra, cada una recibe su porción, primero con la indicación del contorno y luego con la relación de las ciudades que se hallan dentro de la misma. Dios espera de los suyos, en cambio, diligencia para apropiárselas. Ahora bien, ¡veamos a EfraÃn! El monte que le corresponde no le gusta; le exige demasiados esfuerzos. Reclama otra porción, no por fe sino por pereza. ¡Cuántas pérdidas sufrimos, como esta tribu, por falta de energÃa, especialmente en el campo de la oración!, porción que siempre nos es atribuida (Santiago 4:2).
Siete tribus faltan por recibir su herencia. Josué ordena hacer la cuenta catastral del paÃs y distribuye las parcelas por sorteo. Naturalmente Dios dirige la suerte según su voluntad. El azar no existe, y un cristiano nunca deberÃa invocar la suerte o la mala suerte.
En el Salmo 16 oÃmos a alguien (Cristo mismo) que declara: âLas cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocadoâ (v. 6). Ejercitémonos en descubrir la belleza y riqueza de todo cuanto Dios nos ha dado en Cristo. ¡Y seamos agradecidos! (Colosenses 3:15). Josué, que pertenece a la tribu de EfraÃn, da el ejemplo a sus hermanos escogiendo su herencia en el monte que ellos habÃan despreciado (cap. 17:16). Y esa herencia lleva un nombre significativo: Timnat-sera quiere decir «porción abundante».
Las largas listas de ciudades nos recuerdan que nosotros, cristianos de entre las naciones, estábamos âalejados de la ciudadanÃa de Israelâ. Pero ahora hemos âsido hechos cercanos por la sangre de Cristoâ, hemos llegado a ser âconciudadanos de los santosâ (Efesios 2:12-13, 19). âNuestra ciudadanÃa está en los cielosâ (Filipenses 3:20). Pronto habitaremos la ciudad celestial.
Al otro lado del Jordán habÃan sido establecidas por Moisés tres ciudades de refugio para el homicida (Deuteronomio 4:41-43). Aquà son establecidas otras tres dentro del paÃs mismo: Cedes en el norte, Siquem en el centro y Hebrón en el sur. Cada una de ellas estaba ubicada sobre una montaña (v. 7), lo cual nos recuerda esta palabra del Señor Jesús: âUna ciudad asentada sobre un monte no se puede esconderâ (Mateo 5:14). Vista por todos y especialmente por el infeliz culpable que corrÃa para refugiarse en ella, la ciudad de refugio era un recuerdo constante de la gracia de Dios. La primera de estas ciudades se hallaba en Galilea, región amada por todo hijo de Dios. Allà Jesús de Nazaret vivió durante treinta años, allà sirvió, sanó y enseñó a los discÃpulos y a las multitudes. Siquem, en EfraÃn, frecuentemente se identifica con esa âciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo Joséâ (y por este hecho incluida en la porción de EfraÃn hijo de José: Josué 24:32). También evoca al divino Caminante que se sentó un dÃa junto a su pozo (Juan 4:5â¦) Finalmente tenemos a Hebrón, ciudadela de la muerte vencida, que viene a ser lugar de asilo, de alto refugio.
El capÃtulo 21 se consagra a la porción de los levitas. Se les otorgan cuarenta y ocho ciudades, repartidas en los territorios de las otras tribus.
En contraste con los levitas cuya porción era Jehová mismo, volvemos a encontrar a las dos tribus y media fuertemente adheridas a sus bienes terrenales. Colmadas con los tesoros tomados del enemigo y bendecidas por Josué, parece que todo irá bien para los hombres de Rubén, Gad y Manasés. ¡Pero no! Sufrirán una gran pérdida al volver a pasar el Jordán que antiguamente habÃan atravesado de manera tan notable. Esta vez no tienen el arca para acompañarlos. Ãsta permanece en Canaán. Tal vez se diga: ¿Y qué más pueden hacer? ¡Sus familias están al otro lado!
El versÃculo 19 del capÃtulo 22 prueba que aún habÃa tiempo para introducirlas a ellas también en el paÃs. Además, dice el Señor Jesús: âEl que ama a hijo o a hija más que a mÃ, no es digno de mÃâ (Mateo 10:37). Desgraciadamente, muchos jóvenes cristianos después de haber empezado y luchado bien, se han alejado del Señor y del pueblo de Dios. Y con frecuencia ha sido por causa del hogar que han establecido siguiendo su propia voluntad, sin respetar los derechos de Dios. Nos parece oÃr la pregunta más bien triste que formula el Señor Jesús a sus discÃpulos: â¿Queréis acaso iros también vosotros?â (Juan 6:67). Querido lector, si él le hiciera la misma pregunta, ¿contestarÃa como lo hizo Pedro?
âCompartid con vuestros hermanos el botÃnâ, ordena Josué a los que se marchan (v. 8). Trátese de verdades bÃblicas o de experiencias cristianas, el Señor nos invita a compartir con otros las riquezas espirituales adquiridas en la tierra de la promesa. Asà como esos hombres podrÃan relatar a sus familias el traslado memorable a través del Jordán y las gloriosas victorias de Josué, un hijo de Dios podrá hablar de las âmaravillasâ hechas por el Señor a su favor o descubiertas en su Palabra (cap. 3:5).
Después de separarse, los guerreros de Rubén, Gad y Manasés erigen en la ribera del Jordán âun altar de grande aparienciaâ. En seguida sus hermanos de las otras tribus, preocupados por ellos, están a punto de intervenir. ¿Qué significará esa acción? ¿Acaso un desafÃo contra Jehová? ¿Una proclamación de independencia? Sea lo que fuere, he ahà una primera dificultad que nunca hubiese surgido si esas tribus hubieran entrado en Canaán. La encuesta es dirigida por Finees, sacerdote que en otra hora crÃtica de la historia del pueblo habÃa dado prueba de su celo. Ardiendo en celo por causa de Jehová (Números 25:11), unió su amor por Dios con su amor por sus hermanos. ¡Dos sentimientos que son inseparables! (1 Juan 4:20-21).
Los hijos de Rubén, Gad y Manasés exponen sus intenciones con respecto al altar, y sus hermanos reconocen su sinceridad. Pero, ¿de qué sirve ese altar imponente? ¿Acaso no existe ya junto al Jordán un monumento mucho más significativo: el montón de doce piedras, sÃmbolo de la unidad del pueblo en su posición celestial? (Josué 4). Pero precisamente las dos tribus y media han perdido (como es el caso de tantos cristianos) el pleno disfrute de sus privilegios.
En la cristiandad se han edificado muchos âaltaresâ de gran apariencia. Erigidos según planes ideados por la imaginación humana, en vez de testificar sobre la unidad de la Iglesia, proclaman su fragmentación. Y la legÃtima indignación de las nueve tribus y media nos muestra cuán en serio debemos tomar la división del pueblo de Dios. Erigir e insistir en grandes principios, aun si éstos son conforme a las Escrituras, no puede reemplazar la realidad del disfrute del âpaÃsâ. El creyente que ha experimentado dicho disfrute no siempre puede ofrecer a los demás muchas explicaciones. Pero sà puede invitarlos: âVenid y vedâ (Juan 1:39, 46). âSi es que habéis gustado la benignidad del Señor âdice el apóstol Pedroâ. Acercándoos a él⦠sed edificados como casa espiritualâ¦â (1 Pedro 2:3-5).
A su vez Josué termina su carrera. âEsforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escritoâ¦â, dice a los jefes del pueblo (v. 6). Esas mismas palabras, Jehová se las habÃa dicho a él al principio (cap. 1:7), Moisés las habÃa repetido muchas veces. Y esa es también la enseñanza que hoy nos conviene. Hay muchas personas que encuentran el Evangelio bastante anticuado, pasado de moda. Tienen âcomezón de oÃrâ novedades (2 Timoteo 4:3). Demos gracias al Señor por habernos dado unos siervos que no se cansan de repetir las mismas verdades y exhortaciones. âA mà no me es molesto escribiros las mismas cosas âafirma Pablo a los Filipensesâ, y para vosotros es seguroâ (Filipenses 3:1). ¡No nos cansemos, pues, de escucharlas!
El sólo hecho de mencionar los dioses de las naciones es el primer paso que conduce a jurar por ellos, a servirles y finalmente a postrarse ante ellos (v. 7). Por eso la epÃstola a los Efesios nos exhorta a ni siquiera nombrar las cosas impuras, locas y de mal gusto del mundo, âcomo conviene a santosâ (cap. 5:3-4). Quizá no siempre vigilamos cuidadosamente nuestro lenguaje. ¡Quiera Dios que por medio de éste nos reconozcan como discÃpulos de Jesús! (Mateo 26:73 en contraste con el v. 74).
Por boca de Josué, Jehová previene a los jefes del pueblo de las consecuencias desastrosas que ocasionarÃa cualquier alejamiento (v. 12). En el versÃculo 13 varias imágenes sugieren los peligros que amenazan a los que se mezclan con el mundo. El lazo o la red empieza por hacer caer; el tropiezo (o la trampa) atrapa y retiene; el azote simboliza la servidumbre. Finalmente las espinas en los ojos son la cruel ceguera. Sansón, después de caer en la trampa, perdió sucesivamente, junto con su nazareato, sus fuerzas, su libertad, su vista y su vida.
Josué convoca a todo Israel y comienza por recordar los grandes momentos de su historia (cap. 24). Se remonta hasta un pasado lejano, no solamente hasta Abraham, a quien con mucho gusto Israel ensalzaba en su memoria como su antepasado (Juan 8:33, 39), sino hasta el padre de éste, Taré, que habÃa servido a los Ãdolos. Con esto Josué querÃa decirles que la idolatrÃa no era privativa de las poblaciones que los rodeaban, sino que estaba en su misma naturaleza, que ellos no eran mejores que los demás. Una vez más dejemos que la epÃstola a los Efesios (2:1-3) nos hable: âEstabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo⦠y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demásâ.
Si nos hemos reconocido entre aquellos miserables que se hallaban âal otro lado del Jordánâ, sirviendo a los Ãdolos de este mundo, volvamos a leer y admiremos ahora lo que Dios, âque es rico en misericordiaâ, ha hecho por los suyos (Efesios 2:4â¦). Porque sondearemos las profundidades de la gracia de Dios en la medida en que entendamos hasta qué punto necesitábamos de ella. La despedida de Josué hace pensar en la despedida de Pablo de los ancianos de la asamblea de Ãfeso (Hechos 20:17â¦). El fiel apóstol también recuerda la gracia y el poder de Dios que da una herencia a todos los santificados (v. 32). Subraya la responsabilidad que ello encierra y exhorta a que se ande con cuidado, que se vigile (v. 28, 31). Puede invocar su propio ejemplo: sirvió al Señor (v. 19) y sólo desea acabar ese servicio recibido de él (v. 24). Esa es también la conclusión de Josué. Su ministerio parece haber terminado. âPero yo y mi casa serviremos a Jehováâ, declara exteriorizando una inquebrantable decisión de corazón. Josué habla en nombre de su familia: âYo y mi casa serviremosâ ¡Qué felicidad cuando el creyente y los suyos pueden servir al Señor juntos! Romanos 16:3-11 menciona unos ejemplos: âSaludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús... a los de la casa de Aristóbulo... a los de la casa de Narciso, los cuales están en el Señorâ.
A la exhortación y al ejemplo que Josué da personalmente, Israel responde con una inmediata profesión de fe. Se compromete a servir a Jehová. Pero no bastan las buenas intenciones. El versÃculo 16 muestra su ceguera, porque los dioses extranjeros siguen estando allà (v. 23), de modo que Josué se ve obligado a decirles que mientras las cosas sigan asÃ, no podrán âservir a Jehováâ (v. 19). âNingún siervo puede servir a dos señoresâ, confirma el Señor (Lucas 16:13).
Las buenas disposiciones de Israel durarán mientras haya conductores piadosos: Josué, Eleazar, Finees⦠(comp. con 2 Crónicas 24:2). Es la ocasión de preguntarnos una vez más: ¿Estamos vinculados a Cristo gracias a una fe viva y personal? O bien, ¿nos hemos contentado con dejarnos llevar por quienes nos han enseñado? En ese caso, ¿qué haremos cuando éstos nos sean quitados?
Josué termina su carrera. Cual fiel conductor, anduvo en el desierto según el caminar por la fe. Luego combatió la batalla de la fe. Hemos reconocido en él algunos rasgos del gran Conductor, del Vencedor del mundo, del Jefe, autor y consumador de la fe. Pidamos a Dios que nos enseñe, tanto en la marcha como en el combate, a fijar los ojos en Jesús (Hebreos 12:2).
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With the prayerful desire that the Lord Jesus Christ will use this God-given ministry in this form for His glory and the blessing of many in these last days before His coming. © Les Hodgett
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Antes de que existiera algo del universo actual, Dios, quien no tiene principio, está presente. Y nos permite asistir al desarrollo de su trabajo de creación. Cuando nosotros queremos fabricar un objeto cualquiera, tenemos necesidad, primeramente, de cierto material. Pero a Dios le basta con hablar para que todo se haga a partir de nada. Dice, y he aquÃ, aparecen el cielo, la tierra, la luz, las nubes, los mares, âlo secoâ, el firmamento con sus lumbreras: el sol, la luna, las innumerables estrellas, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, la prodigiosa variedad de plantas y animales. Este relato, tan majestuoso como simple a la vez, da una respuesta definitiva a la gran pregunta que los hombres, desde siempre, no han cesado de hacerse: â¿Quién midió las aguas⦠los cielos con su palmo⦠y pesó los montesâ¦? ¿Quién creó estas cosas?â (IsaÃas 40:12, 26; Proverbios 30:4). SÃ, ¿quién dibujó la forma perfecta de los cristales de nieve, quién construyó la extraordinaria estructura del insecto más ordinario, quién escogió el color y el perfume de la flor más común? Hebreos 1:2, 3 nos da la respuesta: Jesús, el autor de nuestra salvación, es también el Creador de todas esas maravillas (ver también Proverbios 8:27-31).