Apenas comenzando el libro de los Jueces, nos hallamos ya frente a una decadencia tan triste como rápida. ¿Cuál es la causa principal? Haberse olvidado de la presencia de Jehová. No se habla más de Gilgal, lugar del juicio de uno mismo y donde se hallaba el Ãngel de Jehová (cap. 2:1). ¿Cuál es la consecuencia de ello? Se teme el poder del enemigo, y sus carros de hierro son objeto de espanto (Proverbios 29:25). Puede haber una aparente semejanza con los tiempos de Josué. La toma de la ciudad de Luz hace pensar en la de Jericó. Pero aquà no es cuestión de fe ni por parte de los hijos de José ni del hombre que revela la entrada a la ciudad. Rahab habÃa sido protegida a causa de su fe. Ahora todo es diferente en el caso del traidor de Luz, quien, en lugar de vivir con el pueblo, va a reconstruir su ciudad a otra parte. Una victoria que no sea el fruto de la confianza en Dios, nunca será duradera.
Si bien la decadencia es general, cada tribu en particular se caracteriza por tolerar o soportar con más o menos resistencia la presencia de enemigos en su territorio.
También en la Iglesia, el relajamiento colectivo es el resultado del relajamiento individual. Preguntémonos, usted y yo: ¿cuál es mi actitud? ¿Cuál ha sido mi testimonio desde el dÃa de mi conversión?
Dios tenÃa muchos motivos para exigir la total destrucción de los enemigos de Israel. En particular, querÃa proteger a su pueblo de la influencia de la idolatrÃa, propia de los cananeos. Moralmente, el mismo peligro existe para nosotros. Una parte de nuestro tiempo transcurre en contacto con personas inconversas: compañeros de trabajo, a veces ciertos miembros de nuestra familia. En general, no podemos evitar esas relaciones; pero debemos procurar que no ejerzan ninguna influencia sobre nuestra vida espiritual. Cuidémonos de las malas compañÃas (1 Corintios 15:33). Es necesario huir de ciertas personas, aun cuando se burlen de nosotros. De lo contrario no tardarán en acosarnos âhasta el monteâ, como lo fueron los hijos de Dan (Jueces 1:34), impidiéndonos gozar apaciblemente de lo que Dios nos dio.
El Ãngel de Jehová, PrÃncipe de su ejército (Josué 5:14), aguardó que Israel volviera a Gilgal, punto de partida de las gloriosas victorias de antaño; ¡pero ha esperado en vano! Entonces sube a Boquim, lugar de lágrimas.
Al comparar la actual debilidad de la Iglesia con su glorioso comienzo ¿no deberÃamos asumir una actitud de humillación?
Al pasar los años, vemos que se levanta en Israel âotra generación que no conocÃa a Jehová, ni la obra que él habÃa hechoâ¦â (v. 10). Esa generación no habÃa experimentado la fidelidad de Dios que sus padres experimentaron en el desierto ni el poder que manifestó en el propio Canaán. Entonces, se alejan de Jehová para ir tras otros dioses (v. 12).
Es un serio ejemplo que debemos considerar los que formamos parte de una nueva generación del pueblo de Dios. Si somos hijos de padres creyentes, hemos oÃdo hablar de las maravillas que Dios hizo a través de las generaciones precedentes; pero quizá no conocemos al Señor por medio de una experiencia personal.
¡Ay, qué triste!, el brillante despertar del siglo pasado se fue cuesta abajo. Los âancianosâ, de cuyo fiel y poderoso testimonio oÃmos hablar, se fueron uno tras otro. âAcordaos de vuestros pastoresâ (o conductores) recomienda Hebreos 13:7. Nos dejaron su ministerio por escrito y su ejemplo. Ante todo, imitemos su fe. Y si bien ellos ya partieron, el Señor permanece con nosotros. Su presencia es suficiente ¡aun para un tiempo de debilidad como el de hoy!
Y si el Señor nos deja todavÃa algunos años, los más jóvenes de entre nosotros, a su turno, tendrán que asumir sus responsabilidades.
En el libro de los Jueces vemos reproducirse constantemente el mismo ciclo: el pueblo empieza por dejar a Jehová. Entonces Dios emplea enemigos para despertar su conciencia. Finalmente, el pueblo clama a Dios quien, lleno de compasión, lo libera dándole un juez (véase también Salmo 107:6, 13, 19 y 28). ¡Ay! demasiado a menudo se repite este ciclo en la vida de cada uno de nosotros. Cuando, olvidando al Señor, nos dejamos influir por el mundo, a veces Ãl se sirve de la adversidad del mismo mundo para despertarnos. El versÃculo 2 nos recuerda de qué manera Dios mantiene ese estado de alerta y nos ejercita para el combate. Deja subsistir enemigos expresamente para este fin. Una preparación militar necesariamente implica ejercicios y maniobras, sin los cuales un soldado serÃa inepto para la guerra. Pelear la buena batalla de la fe es una exhortación permanente para el cristiano (1 Timoteo 6:12). La fe posee una doble certidumbre: la primera, que el mundo es un enemigo; la segunda, que el mundo es un enemigo vencido. âYo he vencido al mundoâ fueron las últimas palabras dichas por el Señor Jesús a los suyos antes de ir a la cruz (Juan 16:33). Nuestra fe debe apoderarse de ellas para triunfar en el momento preciso (1 Juan 5:4-5).
La vara que Dios emplea ahora para disciplinar a su pueblo es Moab. En otros tiempos, Jehová habÃa impedido que esta misma nación maldijera a Israel por boca de Balaam. Dieciocho años transcurren antes de que el pueblo se vuelva a Jehová; anteriormente, ocho años habÃan bastado (v. 8). En su misericordia Dios le suscita un salvador: Aod, benjamita.
Aod tiene una âpalabra de Diosâ (v. 20) para Eglón, rey de Moab. Esa solemne palabra no es sino su puñal de doble filo que significa la muerte para el malo. La epÃstola a los Hebreos compara la Palabra de Dios viva y eficaz con una espada de dos filos (Hebreos 4:12). Hoy en dÃa, esa Palabra es bienhechora para aquel que se deja sondear por ella, pero condena y hará perecer a los que no hayan creÃdo (Apocalipsis 19:13-15). El arma de Samgar también es la Palabra de Dios, pero esta vez como la ve el mundo: un instrumento sin valor aparente. Sin embargo, esa arma tiene un gran poder y basta para liberar a Israel otra vez.
Debilidad del hombre (Aod era zurdo), debilidad del instrumento (la aguijada de Samgar): una y otra hacen resaltar el poder de Dios que libera a los que le claman.
Al norte del paÃs, el enemigo de otros tiempos vuelve a restituirse, bajo el mismo nombre: JabÃn, y con la misma capital, es decir, Hazor (véase Josué 11:1), y oprime a Israel durante veinte años. Cuidémonos de no perder el fruto de la victoria de nuestros predecesores. Es, pues, necesario volver a combatir. Jehová emplea a Débora, una mujer profetiza, una âmadre en Israelâ (Jueces 5:7), para juzgar y liberar al pueblo. Hermanas, jóvenes creyentes, no piensen que se las pone a un lado en los servicios de la Asamblea. Por cierto, no conviene que la mujer ejerza âdominio sobre el hombreâ ni que tome la palabra en público (1 Timoteo 2:12; 1 Corintios 14:34). No obstante, ¡cuántas cristianas obtuvieron notables liberaciones, sólo por sus oraciones!
Débora llama a Barac, pero a éste le falta valor. Necesita apoyarse en alguien. Su confianza en Dios no es suficiente como para prescindir de todo socorro humano (léase Salmo 146:3 y 5). Nuestra valentÃa siempre depende de la confianza que tengamos en el Señor. Si ella nos falta, hagamos como los apóstoles en el capÃtulo 4 de los Hechos: piden a Dios que les conceda hablar de Su Palabra con âtodo denuedoâ (v. 29), lo cual les es concedido mediante el EspÃritu Santo (v. 31).
SÃsara huyó a pie; sus novecientos carros de hierro no le sirvieron de nada. Creyó hallar asilo en la tienda del ceneo; pero encontró la muerte por mano de Jael, una mujer de fe. Esa familia del ceneo es interesante. En otros tiempos, Hobab, su antepasado, habÃa rehusado acompañar a Israel (Números 10:29-30). Pero más tarde, sus descendientes siguieron al pueblo (cap. 1:16) y en nuestro capÃtulo toman parte en sus luchas y su triunfo.
Al llegar, Barac halla a su enemigo muerto a manos de una mujer, perdiendo asà una parte del honor de la victoria, como se lo habÃa anticipado Débora.
Pese a todo, Dios distingue la fe donde nosotros no la vemos brillar, pues el nombre de Barac figura en la lista de los fieles testigos del capÃtulo 11 de Hebreos, en el versÃculo 32. ¡Qué gracia! Lo poco que hacemos para el Señor, a menudo mezclado con sentimientos humanos, tiene un precio para él y él lo recordará.
Cuán lejos está el dÃa en que todo el pueblo cantaba en la orilla del mar Rojo. En estos tiempos de debilidad oÃmos sólo dos voces, la de Débora y la de Barac, un hombre y una mujer de fe. Pero su cántico no es menos triunfante. Empieza por alabar a Jehová a quien corresponde la gloria de la victoria.
Si el cántico de Débora y Barac atribuye justamente el honor de la victoria a Jehová, cada tribu involucrada en el asunto también debe recibir la alabanza o la reprobación según corresponda. Algunas de esas tribus tomaron una parte activa en los combates. Por ejemplo, Zabulón y Neftalà expusieron sus vidas (comp. con Romanos 16:4 y Filipenses 2:30). Otras, al contrario, por cobardÃa o pereza, no se comprometieron. Entre ellas, dos tribus y media: Rubén, a pesar de sus âresoluciones de corazónâ y vacilaciones, se quedó con sus rebaños que le fueron piedra de tropiezo al incitarle a establecerse al otro lado del Jordán (Números 32). Lo mismo ocurrió con Galaad (Gad y Manasés; Jueces 5:17). Dan y Aser, retenidos por sus negocios y sus quehaceres, no dejaron ni los barcos ni los puertos. El Señor no puede valerse de los indecisos, como tampoco de la gente demasiado ocupada. En un momento u otro tenemos la oportunidad de mostrar lo que es prioritario en nuestra vida: ¿son los intereses del pueblo de Dios, el bien de la Asamblea? ¿O nos parecemos a aquellos de quienes el apóstol Pablo debÃa decir con tristeza que buscaban âlo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesúsâ? (Filipenses 2:21).
Al comparar nuestro versÃculo 12 con el Salmo 68:18 citado en Efesios 4:8, discernimos en él a Cristo vencedor, liberando a los prisioneros de Satanás y luego subiendo triunfante al cielo.
Israel vuelve a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, quien esta vez se sirve de Madián para disciplinarlo de la manera anunciada en Deuteronomio 28:33. Cada año, después de la siembra, ese pueblo subÃa como una invasión de langostas, se apoderaba de los vÃveres y del ganado, saqueaba y devastaba todo el paÃs.
¿Qué hace Satanás para debilitar al creyente, para âempobrecerleâ espiritualmente? Se esfuerza en quitarle su alimento. ¿Notó usted cómo a veces todo parece confabularse contra nosotros para impedir que leamos la Biblia o para privarnos de una reunión de edificación? Es la obra del diablo, no lo dudemos. Ãl conoce la fuerza que podemos hallar allà y teme a esta fuerza.
Muchos jóvenes sueñan con hacerse fuertes, con ser campeones. ¡Deben imitar a Gedeón! Ãste es un hombre valiente (v. 12), enérgico, que se esfuerza para asegurar su subsistencia y para proteger a su familia de la escasez. ¡Fuertes y valientes! Por supuesto, no se trata de nuestros músculos, sino del ánimo y de la decisión de corazón para con el Señor; Dios mira (v. 14) y considera si mostramos esa virtud en nuestra vida diaria.
Al mirarse a sà mismo, Gedeón no encuentra esa fuerza de la cual le habló el ángel. ¡Por el contrario! Ãl pertenece a una tribu pobre y es además el menor de su casa. Pero como el apóstol Pablo más tarde, como usted y yo muy a menudo en nuestra vida, Gedeón tiene que aprender la siguiente lección: âCuando soy débil, entonces soy fuerteâ (2 Corintios 12:10), y âTodo lo puedo en Cristo que me fortaleceâ (Filipenses 4:13).
La fuerza de Gedeón (v. 14) era la de Dios mismo; âel poder que Dios daâ (1 Pedro 4:11) y que âse perfecciona en la debilidadâ del servidor.
¡Precioso encuentro con el ángel de Jehová, figura del encuentro que es necesario que tengamos alguna vez con el Señor, con base en el sacrificio de la cruz! La consecuencia de ese encuentro no es la muerte, lejos de ello, es la paz (v. 23). Y Gedeón edifica un altar en homenaje a ese Dios de paz que se le dio a conocer. Luego, debe aprender que hay cosas que se tienen que derribar, destruir y cortar. ¿No nos es preciso también encarar destrucciones si queremos ser fuertes? ¿Cómo podrÃa habitar un Ãdolo en nuestro corazón al mismo tiempo que el EspÃritu Santo, del cual nuestro cuerpo ha venido a ser templo? (1 Corintios 6:19).
Gedeón goza ahora de la paz interior, sin desconocer, al mismo tiempo, los combates que se van a desatar. En primer lugar, es necesario que asuma una posición clara en la casa paterna. ¿Dónde comienza nuestro testimonio? En casa, en nuestra familia, mostrando a los que mejor nos conocen el cambio que Dios ha operado en nosotros (Marcos 5:19). En muchos casos tal toma de posición causa realmente el gozo de nuestras familias. Pero, para muchos jóvenes convertidos en los paÃses totalitarios o musulmanes, por ejemplo, acarrea consecuencias terribles.
Es evidente que Gedeón, antes de obedecer, sufrió muchas angustias en su espÃritu, pues sabÃa a qué riesgos se exponÃa (v. 30) aun obrando de noche. Pero Dios lo protege, cambiando las disposiciones de Joás, y las de los hombres de la ciudad.
Después de haber obrado en Gedeón, Jehová puede también obrar por medio de él. Su trompeta reúne a los combatientes. ¡Pero vea usted!, todavÃa le falta confianza. Necesita una señal y Jehová consiente en dársela: es la doble señal del vellón. Dios siempre es paciente para con nosotros y nos muestra claramente su voluntad si se lo pedimos con rectitud.
Al lado de las multitudes de Madián, Amalec y âlos del orienteâ, el pequeño ejército de treinta y dos mil israelitas parecÃa desempeñar un triste papel. Uno se puede imaginar la perplejidad de Gedeón cuando Jehová le dijo en dos ocasiones: âEl pueblo es muchoâ (v. 2 y 4). Pero, es necesario que éste no pueda atribuirse el honor de la victoria. Se hace una primera selección: los cobardes y medrosos se vuelven, según Deuteronomio 20:8. Quedan diez mil hombres, pero el test del agua todavÃa va a reducir su número. Unos se ponen a sus anchas para beber. Otros rápida y cautelosamente llevan el agua a la boca con la mano. Ãstos últimos, sólo trescientos, son aptos para el combate. Saben postergar la búsqueda de sus comodidades para después de obtener la meta que persiguen. Es una lección para nosotros, quienes tenemos una meta celestial. âSi alguno quiere venir en pos de mà âadvierte el Señor Jesúsâ niéguese a sà mismoâ (Lucas 9:23).
¿No es él digno de toda nuestra entrega? Ãl también bebió âdel arroyo en el caminoâ (Salmo 110:7), hallando aquà y allá algún refresco para su corazón, pero sin perder de vista ni por un instante la meta que perseguÃa: el triunfo de la cruz y la gloria de Dios su Padre (Lucas 9:51 y 12:50).
Hay un último aliento para Gedeón: el sueño del madianita explicado por su compañero. Al mismo tiempo aprende una nueva lección: él no tiene más valor que un pan de cebada. Entonces, puede empezar el combate. En la noche, tres pequeñas tropas se distribuyen alrededor del campamento enemigo, cada una en su lugar. Observemos bien cuáles son las armas de esos extraños soldados: una tea encendida en el interior de un cántaro. En la otra mano una trompeta, como en Jericó. Ninguna espada o lanza: Jehová es quien combate âpara que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotrosâ, explica 2 Corintios 4:6-7. Este mismo pasaje compara a los creyentes con vasos de barro, cuya voluntad necesita ser quebrantada para que el tesoro resplandeciente (Cristo en ellos) pueda iluminar hacia fuera.
Con el estridente toque de las trompetas en la noche y el fantástico resplandor en la falda de la montaña, todo el campamento se despierta asustado. Presas del pánico, los hombres se matan unos a otros o huyen a donde pueden. Y empieza la persecución, acrecentada aún por otros israelitas que se unen a los trescientos.
La historia de Israel registra esta gloriosa página (Salmo 83:11). La peña de Oreb con el lagar de Zeeb recordarán a las generaciones venideras la liberación que allà obró Jehová.
Las lecciones de humildad que Dios enseñó a Gedeón han llevado su fruto: está dispuesto a reconocer la parte que otros tomaron en la victoria. La ira de los hombres de EfraÃn se aplaca ante la respuesta de Gedeón, llena de mansedumbre, la que subraya la importancia de lo que ellos habÃan hecho (v. 2 y 3). Hacer resaltar el trabajo de los demás, valorizar sus cualidades en lugar de insistir en nuestro trabajo y nuestras cualidades son el fruto de la vida divina, la cual no tiene nada en común con la hipócrita diplomacia humana. Pedro nos recuerda que un espÃritu afable y apacible es de gran estima delante de Dios (1 Pedro 3:4).
Dios escogió bien a los trescientos combatientes. Ahora, éstos no toman en cuenta su cansancio, como tampoco se habÃan preocupado por sus comodidades, ni por calmar su sed junto al agua (cap. 7). Tienen una meta y la persiguen (v. 4). âUna cosa hago âdeclara Pabloâ⦠prosigo a la metaâ (Filipenses 3:13-14). âDerribados, pero no destruidosâ âdice él en otra parteâ (2 Corintios 4:9). Como Gedeón con los hombres de Sucot y Peniel, el apóstol deberá pasar por la penosa experiencia del abandono (2 Timoteo 4:16). Pero, ¡qué contraste con la dura venganza de Gedeón! Como verdadero discÃpulo de su Señor, Pablo puede agregar: âNo les sea tomado en cuentaâ.
Después de la victoria, una serie de sutiles peligros todavÃa amenazan al siervo de Dios. Ya vimos los celos de EfraÃn a los cuales Gedeón responde con mansedumbre. Ahora, he aquà los halagos del mundo. Pero esos cumplidos de los dos reyes, Zeba y Zalmuna âque Gedeón âparecÃa hijo de reyâ, no impiden que éste los mate. Se le arma otra trampa, pero esta vez es de parte de los israelitas. âSé nuestro señor âle dicenâ tú y tu hijo, y tu nieto; pues que nos has libradoâ. Su respuesta es hermosa: âJehová señoreará sobre vosotrosâ (v. 22-23). Con respecto a las almas, un siervo de Dios debe cuidarse de ocupar el lugar que le corresponde al Señor, y los fieles deben abstenerse de halagar a los siervos de Dios (Mateo 23:8-10).
Después de las victorias de Gedeón, encontramos una última trampa (v. 27) en la cual desgraciadamente va a caer. Para recordar su victoria hace un efod (objeto de oro en relación con el sacerdocio), y manda que se coloque en la ciudad de Ofra. De ello resulta que todo Israel viene a admirarlo, olvidando que el único centro del sacerdocio estaba en Silo, donde se hallaba el arca (Josué 18:1). Después, Gedeón muere⦠¡y el pueblo vuelve a los Ãdolos!
Este triste capÃtulo describe los rápidos y espantosos progresos de la decadencia. En otros tiempos, Gedeón sabiamente habÃa rechazado para él y para su hijo el dominio que se le propuso; pero después, rehaciéndose la carne, él dio al hijo de su concubina el nombre de Abimelec, es decir: mi padre es rey (cap. 8:31). Con astucia y violencia, éste se adueña del poder. En contraste, consideremos a Jotam, el más joven de los hijos de Gedeón, el único que se salvó de la horrible masacre de Siquem. No teme decir la verdad y da testimonio a oÃdos de toda la ciudad, tal como su padre habÃa hecho cuando, tiempos atrás, construyó su altar y derribó el de Baal.
La parábola del rey de los árboles es instructiva para nosotros. Subraya tres cosas que no hemos de dejar de lado sino que debemos guardar con cuidado: 1) el aceite del olivo, figura del EspÃritu Santo, único poder del cristiano; 2) la dulzura y el buen fruto de la higuera, dicho de otro modo, las obras de la fe; 3) el mosto que alegra a Dios y a los hombres, imagen de los goces de la comunión con Dios y con los hermanos. Aceptar reinar aquà abajo, o sea ocupar un lugar eminente e inquietarnos por cuestiones mundanas, serÃa necesariamente abandonar estos excelentes privilegios. ¡El Señor nos guarde a todos de ello!
Este capÃtulo confirma la declaración de IsaÃas a propósito de tales hombres: âSus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminosâ (IsaÃas 59:7, citado en Romanos 3:15-19).
Hoy en dÃa, ¿han cambiado las cosas en el mundo? ¡En absoluto! La polÃtica de los hombres sigue estando caracterizada por la violencia, la mentira y la agitación. â¿Iré a agitarmeâ por ellos? (v. 9, 11 y 13; versión francesa de J.N. Darby). Era la pregunta hecha por Jotam en su parábola. HabrÃa podido tomar partido contra Abimelec, para vengar a sus hermanos asesinados. ¡Pero se cuida de hacerlo! Lejos de los disturbios y de las intrigas, espera apaciblemente en Beer la liberación de Jehová (v. 21; véase Números 21:16). Y asà como vimos a los enemigos matarse unos a otros en el campamento de Madián, ahora Abimelec y los hombres de Siquem se destruyen mutuamente. El uno es para el otro como fuego devorador. Asà se realiza lo que Jotam habÃa predicho (v. 20) y, al mismo tiempo, se cumple lo que se ha comprobado en toda la historia humana: âTodo lo que el hombre sembrare, eso también segaráâ (Gálatas 6:7; véase también 5:15).
Se nombran dos jueces al principio de este capÃtulo: Tola y Jair, hombres estimados. Después, la decadencia prosigue aún más. En su extravÃo Israel se afana por servir a los dioses de los otros pueblos. Entonces, como antes, Jehová emplea enemigos para castigarlo. Esta vez, son los filisteos y los hijos de Amón. El haber adorado a los Ãdolos de estas dos naciones no es de ningún provecho para Israel. Notemos que las primeras vÃctimas son las tribus del otro lado del Jordán (v. 8). Son literalmente quebrantadas. Por fin viene la confesión: âNosotros hemos pecadoâ¦â Sabemos que es siempre «el santo y seña» para volver al Señor.
Y, sin embargo, Dios responde con severidad, digamos, hasta con ironÃa: âAndad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellosâ (v. 14).
¡Ah, pues no basta la confesión! También es necesario quitar los Ãdolos (comp. Génesis 35:2). Es la piedra de toque de un verdadero trabajo de conciencia y el pueblo lo entiende. Entonces oÃmos esta expresión de consuelo: âY él fue angustiado a causa de la aflicción de Israelâ (v. 16). ¡Qué ternura la de Dios por su pueblo miserable! ¿SentirÃa él ahora menos por sus hijos?
Jehová es âDios perdonador, clemente y misericordiosoâ (NehemÃas 9:17, V.M). Nuevamente librará a su pueblo, esta vez, por mano de Jefté. La historia de este juez es al principio similar a la de Abimelec. Pero Jefté, en lugar de rebelarse y vengarse de sus hermanos, renuncia a sus derechos y se retira al paÃs de Tob, donde Dios sabe hallarlo llegado el momento.
Jefté, privado de su herencia, echado fuera por sus hermanos y exiliado en un paÃs extranjero, de donde vuelve como libertador es, en este aspecto, una figura del Señor Jesús. El salvador del pueblo imperativamente debe ser también su jefe y capitán (Jueces 10:18; 11:8, 9 y 11). ¿Es Cristo uno y otro para usted? Después de haber sido rechazado por su pueblo Israel, que no quiso reconocer Sus derechos, subió al cielo. Ahora está ausente; pero volverá con poder y gloria (véase Lucas 19:12-14).
Delante de los enemigos de Israel, Jefté es muy valiente. ¿Cómo responde a sus reclamos y a su mentira? Recordándoles las verdades del principio y apoyándose en las bendiciones de otrora. Es necesario conocer bien los principios de la Palabra que condujeron a los creyentes de las pasadas generaciones y mantenerlos con firmeza (2 Tesalonicenses 2:15).
Jefté se cree obligado a pagar a Jehová, mediante un sacrificio, su victoria sobre los hijos de Amón. ¡Esto es no conocer bien a Dios! Ãl se complace en bendecir a los suyos y, a cambio, sólo espera que le amemos. Ãl nos salva gratuitamente.
Consideremos la locura de la promesa que hace este hombre. ¡A veces Dios nos deja soportar las consecuencias de lo que decidimos precipitadamente! Cuidemos, pues, muy de cerca nuestras palabras, porque las promesas hechas a la ligera pueden tener graves consecuencias (Proverbios 20:25).
Si por un momento la fe le faltó a Jefté, ahora brilla en su hija, que âera sola, su hija únicaâ, querida por su padre. Su sumisión nos hace pensar en la del Señor Jesús (Juan 8:29). No considera su vida como preciosa y se regocija por la victoria que Jehová dio a Israel. Es obediente hasta la muerte por amor a Jehová, a su padre y a su pueblo. Es una conmovedora figura de Cristo, si bien va lejos en la retaguardia de Aquel a quien representa.
Si la hija de Jefté merecÃa ser recordada de año en año, ¡nuestro Señor es infinitamente más digno de ser exaltado ahora y por la eternidad!
En el capÃtulo 8, versÃculos 2-3, Gedeón habÃa experimentado que âla blanda respuesta quita la iraâ. Ahora, a sus expensas, Jefté va a aprender la continuación de ese versÃculo: ââ¦mas la palabra áspera hace subir el furorâ (Proverbios 15:1). Tropieza con los varones de EfraÃn, susceptibles, siempre prontos a disputar (Jueces 8:1 y Josué 17:14), quienes esperan recoger frutos de la victoria sin haber combatido y están celosos del éxito de los demás, cuando en realidad tendrÃan que haberse regocijado con ellos por la liberación de Jehová. También reprochan a Jefté no haberlos llamado al combate. Observemos el lugar que tiene el yo en su respuesta (v. 2-3). Y esta vez se desencadena la guerra. ¡Qué triste, una guerra entre hermanos! No obstante, ¡las disputas en nuestras familias tienen el mismo carácter en un sentido más Ãntimo! Y las causas son idénticas: egoÃsmo, celos, susceptibilidad. Pensemos en el gran mandamiento del Señor: âComo yo os he amado, que también os améis unos a otrosâ (Juan 13:34-35; 15:12 y 17), repetido por el apóstol Juan (1 Juan 3:23; 4:7, 11 y 21).
Finalmente otros jueces, escogidos entre diferentes tribus, gobiernan a Israel. ¡Tiempos de paz! Sepamos aprovecharlos para fortalecernos y no para dormirnos.
Una vez más Israel se entrega a la maldad, de nuevo Jehová lo disciplina por mano de los filisteos⦠¿Llevó fruto la prueba? ¡Desgraciadamente no! Cuarenta años transcurren. En vano Dios espera⦠presta oÃdo⦠¡Esta vez ningún clamor sube hacia él! El pueblo se ha acostumbrado a su miserable estado de servidumbre. Sin embargo, aquà y allà algunos testigos son fieles y temen a Jehová. Entre ellos, Dios nos presenta a Manoa y a su mujer, un piadoso matrimonio de la tribu de Dan, que no tiene hijos. Un dÃa, un celeste visitante se aparece a la mujer. Tiene un feliz mensaje para ella: será madre de aquel que comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos. Esta escena nos traslada al comienzo del evangelio de Lucas, en el cual el ángel Gabriel anuncia a MarÃa la gloriosa venida del Salvador.
Pero, tanto la madre como el hijo tienen que cumplir ciertos requisitos. Según Números 6, como nazareo el niño deberá ser apartado para Dios y abstenerse de ciertas alegrÃas que son habituales en los demás hombres (representadas aquà por el fruto de la vid). Es un carácter no siempre fácil ni agradable de poner en práctica en nuestras familias, pero⦠es el que Dios desea ver en las casas de los suyos (comp. JeremÃas 35:6-10).
No es a los poderosos de Israel a quienes Jehová da a conocer sus pensamientos para la liberación de su pueblo, sino a dos pobres israelitas de Dan, la más débil de las tribus (cap. 1:34). Actualmente, ¿a quién revela Dios su plan de salvación y al propio Salvador? A los niños y a los que se asemejan a ellos en la sencillez de su fe (Mateo 11:25). Durante esa segunda visita del ángel, notamos el holocausto, la ofrenda y la peña. Otras tantas imágenes de Cristo que nos son familiares. Pero el ángel mismo, ¿quién es y cuál es su nombre? Manoa, quien habÃa anhelado conocerlo personalmente, y no sólo por intermedio de su mujer, obtiene esta única respuesta: â¿Mi nombre? Es admirableâ o âmaravillosoâ (v. 18, V.M.) No es necesario que diga más para que nosotros lo reconozcamos. Abramos nuestras Biblias en IsaÃas 9:6: âSe llamará su nombre Admirableâ (âmaravillosoâ). Y por cuanto es maravilloso, sólo puede obrar âmaravillosamenteâ (v. 19, V.M.), hecho por el cual también le reconocemos. El ángel que sube en la llama del holocausto, y Jesús, quien, después de acabada su obra, âfue recibido arriba en el cieloâ (Marcos 16:19), son una sola y misma Persona.
Para Sansón fue un gran privilegio haber nacido en una familia en la que Dios era personalmente conocido y temido. ¿Tenemos este mismo privilegio? ¡Entonces prestemos atención a la historia de este hombre! Empieza bien (cap. 13:24-25). Pero, en el momento de tomar mujer, la escoge de entre los filisteos, en contra del parecer de sus padres. ¡Qué amarga experiencia! Cuántos jóvenes cristianos hacen lo mismo. Emprenden el camino del matrimonio con la persona que les âagradaâ (v. 3), sin preocuparse por saber si primero agrada al Señor.
Para comprender bien la historia de Sansón es necesario recordar lo siguiente: cuando el hombre actúa por sà mismo, ¡cuán triste es! Pero cuando Dios obra por medio de él (valiéndose aun de sus faltas: es el sentido del versÃculo 4) ¡cuán glorioso es! Y lo que Dios hace a través de Sansón, ese hombre fuerte puesto aparte para liberar a Israel, más de una vez evoca a Jesús, el verdadero Nazareo, el gran vencedor de la cruz. Satanás, el león rugiente, se presentó en el camino de Cristo y éste lo venció. De manera que el terrible adversario ahora no tiene más fuerza contra el creyente, quien halla su fortaleza apoyándose en el Señor.
Las victorias del creyente, en lugar de cansarle y debilitarle, le proporcionan alimento y dulzura. Esto es lo que significa la miel hallada en el cuerpo del león muerto. El poder de Satanás es anulado por la muerte de Cristo (Hebreos 2:14). Pero, es un secreto que el mundo no puede comprender, porque halla sus propias alegrÃas más bien en las fiestas (v. 10). Para el hombre inconverso, allà hay un misterio: ¿cómo un cristiano puede encontrar placer y alimento para su alma en lo que él sólo discierne como terror y muerte? (el león rugiendo, cap. 14:5). Sansón propone su enigma a los filisteos, quienes, sin la traición de su mujer, no habrÃan podido explicarlo. Un poco más tarde, lo traiciona su suegro (cap. 15:2). El mundo siempre engaña, siempre decepciona. Si como a Sansón se nos ocurre confiar en él o mezclarnos con sus alegrÃas, conoceremos amargas decepciones.
Dios guarda a su siervo librándolo de ese matrimonio con una filistea. Pero, si hubiese escuchado a sus padres habrÃa evitado el tormento y toda esa inquietud. Y Dios no habrÃa dejado de proveerle otra âocasión contra los filisteosâ (cap. 14:4).
Israel ha caÃdo muy bajo. En absoluto sufre a causa de la dominación de los filisteos, sino que le molesta el libertador que Dios le dio. Los hombres de Judá suben con el propósito de atar a Sansón y deshacerse de él. Le dicen: â¿No sabes tú que los filisteos dominan sobre nosotros?â Eso es como decir: «Estamos satisfechos de como están las cosas. ¿Por qué nos traes dificultades?»
Pero esto brinda una oportunidad a Sansón: rompe las cuerdas nuevas y, por su propia mano, consigue una brillante victoria. Como la aguijada de Samgar (cap. 3:31), la quijada de asno es un arma despreciable, lo cual hace resaltar que la victoria viene sólo de Dios.
Una vez terminado el combate, Sansón hace la experiencia de que le hace falta el agua que Dios da. En respuesta a su oración, ella brota de la cuenca (o peña), esa roca que nos habla siempre de Cristo (1 Corintios 10:4). Asimismo, si se lo pedimos, Dios nos dará los frescos y vivificantes recursos de su Palabra que el EspÃritu adapta a nuestras necesidades.
La victoria sobre el león habÃa procurado a Sansón alimento; después de ésta, Dios le da de beber. Las victorias que el Señor nos otorgue, si confiamos en él, siempre serán la ocasión para fortalecer y refrescar nuestras almas, gozando de Su amor.
Sansón es un hombre lleno de contrastes: fÃsicamente muy fuerte, moralmente débil, acostumbrado a ceder a todos sus caprichos. Exteriormente, es apartado para Jehová; su larga cabellera lo muestra. Pero interiormente, su corazón está dividido. La prueba de ello es que ama a una enemiga de su pueblo. Preguntémonos si lo que manifestamos exteriormente corresponde realmente al estado de nuestro corazón. Es cierto que el ejercicio corporal es útil; sin embargo, lo que tiene valor para el Señor, no son las proezas deportivas que estimulan el orgullo, sino las secretas victorias sobre nuestras codicias. Por medio de su cabello sin cortar, una joven creyente muestra exteriormente su obediencia. ¡Pero es necesario que esa obediencia se cumpla igualmente en el corazón!
Regocijémonos al encontrar en nuestra lectura también una imagen del que âquebrantó las puertas de bronce, y desmenuzó los cerrojos de hierroâ (Salmo 107:16). Sansón, al arrancar y llevar sobre sus poderosos hombros las puertas de Gaza, nos hace pensar en Cristo, quien quebrantó las ataduras de la muerte y libró asà âa todos los que por el temor de la muerte estaban⦠sujetos a servidumbreâ (Hebreos 2:15). Luego resucitó con poder, con las llaves de la muerte y del Hades (Apocalipsis 1:18).
ExistÃan secretos en la vida de Sansón: su enigma en el capÃtulo 14 y aquà su nazareato. Pero, no supo guardar ni uno ni otro. El redimido tiene secretos propios con su Salvador: ciertas experiencias hechas con él, de las cuales quizá no pueda hablar con nadie. Naturalmente, nuestra conversión es algo que se debe saber. En cambio, no siempre podemos explicar a otros por qué hacemos o no tal o cual cosa (Daniel 3:16). Este motivo, que implica apartarnos para Dios, es nuestro ânazareatoâ, del cual depende nuestra fuerza espiritual. âSeparados de mà nada podéis hacerâ, dijo el Señor Jesús (Juan 15:5). Entonces, si el mundo consigue descubrir en qué consiste nuestra separación, también sabrá hacérnosla perder.
Dalila, seductora, dÃa tras dÃa acosa al pobre Sansón. Ãste, importunado y reducido âa mortal angustiaâ, termina por ceder. âElla hizo que se durmieseâ, agrega el relato. ¡Sueño fatal! (léase 1 Tesalonicenses 5:6).
Vencedor de un león, en dos ocasiones el hombre fuerte no supo guardar su lengua (cap. 14:17 y 16:17). âToda naturaleza de bestias⦠ha sido domada por la naturaleza humanaâ âdeclara Santiagoâ; âpero ningún hombre puede domar su lenguaâ (Santiago 3:7-8). Para conseguirlo, es necesario el socorro de Dios y él sólo lo otorga a los que le obedecen (1 Juan 3:22).
¡Pobre Sansón! He aquà el fin de su solemne historia: ciego, prisionero, es objeto de la burla de los enemigos de Dios y de su pueblo. Y lo que es más grave: su vergüenza recae sobre Dios mismo, ya que el Ãdolo parece más poderoso que el campeón de Jehová. Pero Dios pone término a tal presunción del adversario. Una última victoria se otorga a Sansón, quien muere junto con 3000 filisteos.
AsÃ, pues, Sansón perdió sucesivamente su fuerza, su libertad, su vista y finalmente su vida. Meditemos en este relato, nosotros que fuimos criados en el conocimiento del Señor Jesús. Recibimos mucho; nuestra posición es privilegiada. Es verdad que estamos obligados a un ânazareatoâ: una separación del mundo y de la mayorÃa de sus placeres.
Pero ¡qué compensación tenemos!: la fuerza del EspÃritu Santo, una fuerza sobrenatural, de fuente divina, está a nuestra disposición; y en el camino de la voluntad de Dios, nada resiste a ella. Es de desear que seamos y sigamos siendo de aquellos a quienes se dirige el apóstol Juan: âOs he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al malignoâ (1 Juan 2:14).
Encontramos aquà una triste familia, muy diferente a la de Manoa. El hijo roba, la madre maldice, luego, con la misma boca (véase Santiago 3:10), bendice a su hijo en lugar de hacerle sentir la gravedad de su falta. Finalmente hace fabricar para él imágenes de talla. Se deja, pues, completamente a un lado la ley que prohibÃa esas prácticas, aunque el nombre de Jehová esté mezclado con las palabras de esa mujer. âEste pueblo de labios me honra âdirá el Señorâ; mas su corazón está lejos de mÃâ (Mateo 15:8; IsaÃas 29:13 y 46:6). Es una advertencia para cada uno de nosotros. Pronunciar el nombre del Señor exige que nos retiremos del mal (2 Timoteo 2:19). Llamar a Jesús nuestro Señor significa reconocer su autoridad. AquÃ, al contrario, cada uno hace lo que bien le parece.
Es el caso de MicaÃa, de su madre y también de ese joven levita de Belén, a quien MicaÃa establece como sacerdote, consagrándolo sin tener el derecho de hacerlo. ¡Ay de la memoria de Moisés: ese joven era su nieto! (cap. 18:30). ¿Qué habrÃa pensado el que habÃa dado a conocer la ley, destruido el becerro de oro y enseñado el solemne cántico (Deuteronomio 32), al ver a su propio nieto llegar a ser sacerdote de una imagen de talla?
Los descendientes de un hombre de Dios no están exentos de un naufragio espiritual.
La propia voluntad y el espÃritu de idolatrÃa manifestados en la casa de MicaÃa contaminaron una tribu entera, como lo relata nuestro capÃtulo. Siempre es asÃ. Antes de extenderse y turbar al pueblo de Dios, el mal empieza a germinar en las familias.
En aquellos dÃas la posesión de los danitas aún no les habÃa tocado en suerte, nos dice el versÃculo 1 (véase Números 26:55, 56; 33:54). Entonces, en lugar de consultar a Jehová y confiar en él, impacientemente, deciden escoger ellos mismos su herencia.
¡Qué espÃritu de independencia! Además, se elige una fácil solución. Recordemos que los hijos de Dan se habÃan dejado repeler hacia la montaña (cap. 1:34). En lugar de apoderarse de lo que les estaba destinado y a su alcance, pero que exigÃa la energÃa de la fe, emprenden una expedición al otro lado del paÃs. Quizás actuamos como ellos más veces de lo que pensamos. El Señor nos ha preparado un servicio en nuestro entorno; pero retrocedemos ante los ejercicios de fe y las luchas que requerirÃa este servicio, y preferimos una acción más espectacular en la dirección que nosotros mismos escogemos.
La toma de la ciudad de Lais no tiene nada en común con las conquistas de fe del tiempo de Josué. ¿Qué vemos en Dan? Codicia por todo lo âque haya en la tierraâ (v. 10), confianza en su propia fuerza, al mismo tiempo que cobardÃa, ingratitud, robo, mala fe y, para colmo de males, el establecimiento de un culto idólatra. Hecho muy solemne, Jonatán, nieto de Moisés (Jueces 18:30), confirmó, pues, lo que habÃa profetizado su abuelo en Deuteronomio 4:25 y 26.
El capÃtulo 19 presenta un terrible cuadro de la corrupción moral de Israel. Este mal lleva a la guerra (cap. 20) y a causa de esto una tribu casà desaparece (cap. 21).
Llegamos al último versÃculo del libro (repetición del capÃtulo 17:6): âCada uno hacÃa lo que bien le parecÃaâ (21:25). Esta frase resume el estado de Israel en tiempo de los jueces. Tristemente, resume también el de la cristiandad en la actualidad. Si bien el libro de Josué ha sido comparado con la epÃstola a los Efesios, la que más se parece al libro de Jueces es la segunda a Timoteo (en particular, el capÃtulo 3). Pero, esa sucesión de altibajos, de caÃdas y restauraciones ¿no es también a menudo nuestra historia? Guardémonos de hacer lo que es bueno a nuestros ojos, de los cuales no nos podemos fiar y, más bien, dediquémonos a hacer lo que es agradable al Señor (Efesios 5:10; Hebreos 13:21).
Como un rayo de luz después de las sombrÃas páginas del libro de los Jueces, Dios nos presenta la historia de Rut. Este hermoso relato nos enseña que la fe personal puede existir en todos los tiempos y en todos los pueblos, y que Dios siempre está pronto a hacer grandes cosas para responder a esa fe.
En el tiempo en que los jueces ejercÃan sus funciones, un hombre, Elimelec, hizo como cada uno de los israelitas âlo que bien le parecÃaâ. Dejó la herencia del Señor y fue a establecerse con los suyos en los campos de Moab, es decir, en medio de los enemigos de su pueblo. No se gana nada con alejarse de Dios. ¿Qué resultó de aquella decisión para esa familia? ¡La muerte, las lágrimas, la miseria y la amargura!
Y ahora Noemi, viuda, y sus dos nueras, viudas también, se hallan camino de vuelta. ¿Triste regreso? SÃ, pero feliz retorno para quien, habiendo agotado sus recursos, vuelve hacia Dios sus pensamientos y sus pasos. AsÃ, el hijo pródigo, en el paÃs lejano, al acordarse del lugar donde puede hallar pan en abundancia, se levanta y vuelve a la casa paterna (comp. el v. 6 con Lucas 15:17). Esto se llama conversión; lo sabe el lector. Pero, ¿ha hecho de ello su experiencia personal?
Orfa no vacila mucho tiempo. De un lado: la viudez, la pobreza en compañÃa de una mujer vieja y triste, en medio de un pueblo y un Dios desconocidos. Del otro: su propio pueblo, el afecto de los suyos, sus Ãdolos familiares. Sus lágrimas pronto secadas nos recuerdan a aquel joven rico que âse fue tristeâ, porque preferÃa sus riquezas, en lugar de seguir al Señor (Mateo 19:22). âTe seguiré adondequiera que vayasâ dijo otro hombre a Jesús. Pero el Señor le previno: âEl Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabezaâ (Mateo 8:20; véase también Lucas 14:25 y siguientes).
Rut, en cambio, lo ha pesado todo; ha calculado los gastos. Su decisión es irrevocable, pues es la elección de la fe. Se ha apegado a NoemÃ, y ante todo, a su pueblo y a su Dios. Sin mirar atrás, ni dejarse detener por los temores en cuanto al porvenir, resuelve ir con su suegra y llega a Belén. Este nombre significa «casa del pan», el refugio por excelencia contra el hambre espiritual. AllÃ, con el permiso de NoemÃ, sale a buscar su sustento y Dios, con mano segura, la conduce a los campos de Booz, el hombre preparado por Ãl mismo para darle consuelo y reposo.
Rut sólo habÃa tenido que ver con los criados de Booz. Ahora encuentra a ese âamigo⦠hombre poderoso en riquezasâ (v. 1, V.M.), figura particularmente hermosa del Señor Jesús. Booz evoca para nosotros al Amigo supremo, bondadoso y compasivo, Aquel de quien Dios pudo decir en el Salmo 89:19: âHe puesto el socorro sobre uno que es poderosoâ.
Lo vemos en la ciudad de Belén, (la misma en que el Salvador debÃa nacer) bendiciendo y dirigiendo a sus segadores, cuidando de todo, notando a la pobre espigadora y usando de una gracia llena de delicadeza que da confianza a la temerosa joven. La invita a acercarse, habla a su corazón y la consuela.
La experiencia que Rut vivió, es necesario que cada uno de nosotros la viva también. No basta conocer a los siervos del señor (pastores, doctores (o maestros) evangelistas) y obtener de ellos algunas enseñanzas sacadas de la Palabra. Es menester estar en directa relación con Jesús. Entonces él mismo hablará a nuestro corazón. Ãl nos dará a conocer lo que soportó cuando vino a la tierra para sufrir y morir. En el versÃculo 14, Booz da a la joven âgrano tostadoâ (V.M.), sÃmbolo de los sufrimientos de Cristo. Ãl nos saciará con los tesoros de su amor.
Hay un amigo celestial,
Mejor que todo terrenal;
De Dios es Hijo, y a la vez
Es mi Señor, sÃ, mÃo es.
En Israel, cuando se segaba, los rincones del campo debÃan ser dejados al pobre, al extranjero o a la viuda que llegaran a espigar (LevÃtico 23:22; Deuteronomio 24:19). Rut tiene, por consiguiente, un triple tÃtulo para aprovechar esa disposición de la gracia.
Espigar nos habla de la actividad necesaria para que nuestra alma sea alimentada de lo que el Señor nos da. A menudo esto ocurre por medio de siervos de Dios que nos ayudan a comprender mejor sus pensamientos. Esto exige cierto esfuerzo, pero el Señor, el verdadero Booz, es dadivoso y dará âmedida buena, apretada, remecida y rebosandoâ¦â (Lucas 6:38). Rut desgrana su cosecha y la trae a casa. Dejemos que los nuestros aprovechen lo que el Señor nos ha hecho gozar en su Palabra.
Hemos notado la abnegación de Rut con respecto a NoemÃ. ¡Admiremos ahora su sumisión a ella! Jóvenes cristianas, ¡qué ejemplo les da Rut! Ella hace todo lo que le aconseja NoemÃ, quien, por su lado, piensa en el descanso y la dicha de su âhijaâ (cap. 3:1). ¿Dónde hallar ese reposo y esa felicidad sino a los pies de Booz, figura de uno más grande que él? ¡Cuántos han venido a Jesús, cansados y cargados y han hallado âdescanso para sus almasâ! (Mateo 11:28-29).
âNo hay ninguno âafirma Jesús a sus discÃpulosâ que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, por causa de mÃ⦠que no reciba cien veces más ahora en este tiempoâ¦â (Marcos 10:29-30; véase también Hebreos 6:10). Rut no se habÃa equivocado al hacer su elección. Por eso, no perdió su recompensa. Booz, quien habÃa pedido para ella la bendición del Señor, diciendo: âJehová recompense tu obra y tu remuneración sea cumplidaâ (cap. 2:12), va a ser él mismo el premio que recompensará su fe.
Ocurre lo mismo con el Señor Jesús respecto a los suyos. âLo he perdido todo âescribe el apóstolâ para ganarâ¦â ¿qué? ¿una recompensa? No; âpara ganar a Cristoâ (Filipenses 3:8).
Pero primeramente es necesaria una cosa. Rut debe ser redimida. Sin demora, Booz se ocupa del asunto ya que el más cercano pariente, pese a su deseo, no lo podÃa hacer (v. 6). Ãste nos hace pensar en la ley y en su incapacidad para salvar a los hombres o introducirlos en las bendiciones de Dios. En Booz, por el contrario, tenemos la divina gracia. Cuando ya no queda otro recurso, ella se revela en la persona de Jesús el Redentor, es decir, el que redime mediante pago.
âCon tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y naciónâ (Apocalipsis 5:9).
Los nombres en la Biblia a veces tienen un interesante significado. Asà ocurre en este libro de Rut. Tenemos a NoemÃ: placentera, quien llegó a ser Mara: amarga (cap. 1:20). Mahlón, primer marido de Rut, significa: desfallecimiento, gran flaqueza; en tanto que Booz, su segundo esposo, quiere decir: en él está la fuerza (1 Reyes 7:21). Finalmente, Rut puede traducirse (entre otras) por satisfecha. ¡Qué magnÃfico nombre!
Sujeto, por naturaleza, a un estado de miseria y de total debilidad, el pecador es introducido, por gracia, en una relación con Cristo, el Hombre celestial, en quien está la fuerza y el único capaz de satisfacerlo plenamente. Y esta gracia está aún subrayada por el hecho de que el moabita no tenÃa derecho a entrar âen la congregación de Jehováâ (Deuteronomio 23:3). Rut no sólo es introducida en Israel, sino que formará parte de la familia de los prÃncipes de Judá. Siendo la madre de Obed, que significa el que sirve, llegará a ser la bisabuela de David y tomará su lugar en la genealogÃa del Señor Jesús. Hoy, esta misma gracia hace que un pecador, sin derecho alguno, entre en la familia de Dios a través del Redentor.
Cristo, tu gracia ilimitada,
Tan pura y grata ya para mÃ,
Hace que mi alma quede extasiada
Cuando a tus pies te adora a Ti.
Abordamos ahora los libros de Samuel. La época de los jueces todavÃa no ha terminado y veremos aún a dos más, Elà y Samuel, antes de comenzar el perÃodo de los reyes. Como lo hizo con Sansón, Dios nos presenta la familia en la cual va a nacer Samuel. Elcana, levita, habitaba en el monte de EfraÃn (1 Crónicas 6:33-38). TenÃa dos mujeres: Penina y Ana, lo que no era según el pensamiento de Dios. Observemos, pues, las consecuencias en esa casa: continuas disputas, al punto que se llama a Penina la ârivalâ (o enemiga) de Ana (v. 6). En lugar de consolarla porque no tiene el hijo que desea, no deja de irritarla. ¿Enemigos en una familia? ¡Qué tristeza! ¿Qué tal andan nuestras relaciones con nuestros hermanos y hermanas?
Cada año, Elcana subÃa con su familia a Silo, lugar en que Jehová habÃa puesto la memoria de Su nombre. Allà se hallaban el arca y los sacerdotes. Esta vez, Ana trae su aflicción y la expone a Dios en oración (v. 10). ¿No era lo mejor que podÃa hacer? Imitémosla en lugar de responder a los que nos causen tristeza. Nos oirá el âDios de toda consolaciónâ (2 Corintios 1:3).
Dios no contesta las oraciones que tienen como objeto nuestra propia satisfacción (Santiago 4:3). Por el contrario, cuando nuestro blanco es su gloria, nunca dejará de concedernos lo que pedimos (Juan 14:13).
Es el caso de Ana. Pidió un hijo, no para guardarlo egoÃstamente junto a ella, sino para que fuese un siervo de Dios âtodos los dÃas de su vidaâ (v. 11). El más grande deseo de los padres cristianos debe ser que sus hijos, desde su niñez, sean consagrados al Señor Jesús. Sin duda, para varios de ustedes, jóvenes lectores, fue ésta la oración de sus padres desde antes de su nacimiento. Pero, la respuesta depende también de su deseo personal. Si, como Samuel, usted tiene una piadosa madre que dÃa tras dÃa le presentó al Señor, posee un gran privilegio, pero igualmente una responsabilidad.
Ana expuso su petición a Dios âen toda oración y ruegoâ como exhorta Filipenses 4:6. Y también cumplió con el versÃculo anterior al contestar gentilmente a ElÃ, quien la acusó de estar ebria. Su rostro ya no es el mismo (v. 18). La paz de Dios llena su corazón (Filipenses 4:7) aun antes de obtener la respuesta, la que no tardará.
âPedido a Diosâ será, pues, el nombre del pequeño Samuel (v. 20).
Según Filipenses 4:6, pasaje citado en la página anterior, la acción de gracias es el indispensable complemento de nuestras oraciones. Ana no deja de agradecer a Aquel que le concedió su pedido. Nosotros tampoco olvidemos hacerlo cada vez que Dios nos conteste. Ana va más lejos todavÃa. Para ella, es la ocasión de alabar a Jehová con un hermoso cántico. ¿Cuáles son los motivos de su alabanza? La santidad de Dios (v. 2), su sabidurÃa (v. 3), su poder (v. 6), su justicia (v. 10). Mas, por encima de todo, exalta la gracia, como lo indica su nombre (Ana significa gracia), de la cual ella es objeto. Esta gracia levanta al pobre miserable (usted y yo) del polvo, imagen de la muerte, y del âmuladarâ del pecado, para darle una parte con Jesús en su gloria y en su reinado.
Finalmente, las últimas palabras de este cántico hacen referencia al poderoso Rey, al âUngidoâ: el Señor Jesús. ¿Nos alegramos de tal salvación, como lo hace Ana? (v. 1), ¿de tal Salvador? Es instructivo comparar las palabras de MarÃa en Lucas 1:46-55 con el cántico de Ana. Ella también se regocija, no sólo en Dios su Salvador, sino también en lo que el poder y la gracia de Dios hicieron por todo Israel (v. 54).
Como lo habÃa prometido, Ana se separó de su pequeño hijo quien, desde ahora, habita con Elà en Silo, en la presencia de Jehová. Notemos el contraste entre este niño que sirve y los hijos de ElÃ, ya adultos, cuya mala conducta era un escándalo para el sacerdocio. ¡Qué triste ejemplo ofrecÃan éstos a todo el pueblo y en particular al pequeño Samuel, quien los veÃa todos los dÃas! Ustedes, los mayores, cuiden el ejemplo que dan a los más pequeños que están a su alrededor. Recuerden estas serias palabras del Señor: âCualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mÃ, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del marâ (Mateo 18:6). Y en cuanto a los más jóvenes, no se dejen influir por la mala conducta de ciertas personas mayores o de quienes, si bien se dicen cristianos, con su mal comportamiento niegan a Cristo. ¡Miren al Señor Jesús!
Por medio de la hermosa historia de Samuel comprobamos que incluso un niño puede servir al Señor, y que también puede parecerse a Jesús (comp. v. 26 con Lucas 2:52).
Para el pueblo, la mala conducta de los hijos de Elà era un escándalo. Y, sobre todo ante Dios, ¡qué deshonra para su nombre! Ofni y Finees (aunque éste último lleva el mismo nombre que un fiel sacerdote: Números 25:11) habÃan sido educados en la proximidad del santuario, en contacto con las verdades divinas. ¡Grande es su responsabilidad con relación al resto del pueblo! ¡Grande también es nuestra responsabilidad si tuvimos los mismos privilegios al ser instruidos en el conocimiento de Dios!
ElÃ, pese a que fuese piadoso, no supo reprender a sus hijos. Es cierto que les habÃa hecho algunas amonestaciones (v. 23); no obstante, le faltó firmeza. A veces, a ciertos hijos les parece que sus padres son demasiado severos. En los hijos de Elà se ven las consecuencias de una educación con poca firmeza. Y para Elà mismo, estas consecuencias son dramáticas: su casa privada del sacerdocio y sus hijos eliminados. Un profeta fue el encargado de traerle este triste mensaje. El Nuevo Testamento confirma que si los hijos de un siervo de Dios no son sumisos y disciplinados, eso puede quitar todo poder al ministerio del padre (1 Timoteo 3:4-5).
Quizás, esta advertencia concierne a uno u otro de nuestros jóvenes lectores.
Desde su niñez, Samuel pertenecÃa a Jehová y le servÃa. Pero, le faltaba el conocimiento personal del Señor y la comunicación de su palabra (v. 7). Se puede poseer la salvación, gozar de ella y, sin embargo, no tener una relación personal con el Salvador. Fue el caso de Job: âDe oÃdas te habÃa oÃdo; mas ahora mis ojos te venâ (Job 42:5). Es probablemente el caso de muchos jóvenes cristianos; por eso deben pedir al Señor Jesús que se les dé a conocer cada vez mejor.
¡Dios nos habla! Ya no en visiones, sino por medio de la Santa Biblia, se dirige a cada uno en particular. Leámosla como si hubiese sido escrita sólo para nosotros. La actitud de Samuel es la que debemos tomar cada vez que abrimos nuestra Biblia: âHabla, porque tu siervo oyeâ (v. 10). Pero es necesario estar dispuesto a hacer lo que el Señor nos diga.
SÃ, esta hermosa respuesta de Samuel nos invita a ponernos a entera disposición del Señor, pidiéndole, como lo hizo Saulo inmediatamente después de su conversión: â¿Qué haré, Señor?â (Hechos 22:10).
Elà escucha todas las solemnes palabras que el joven siervo le transmite fielmente; y, con sumisión, dice: âJehová es; haga lo que bien le pareciereâ (v. 18).
El pueblo, en su triste estado, va a necesitar una nueva disciplina de parte de Jehová. Los filisteos serán los instrumentos de Dios para enseñarles duras lecciones. Israel sube contra ellos, sin consultar a Jehová. ¿Qué habrÃa contestado Dios si se le hubiese interrogado? «¡No subáis! No puedo daros la victoria a causa de vuestros pecados. Empezad por humillaros».
Es lo que habÃa ocurrido en el momento de la toma de Hai. Pero ahora el pueblo de ningún modo se preocupa por lo que piense Jehová. Aun la primera derrota no les enseña nada. Al contrario, se preguntan: ¿nos hirió Jehová? ¡Qué vamos a hacer! Si él no viene, entonces lo vamos a llevar con nosotros; asà estará obligado a sostenernos.
Tantas personas llamadas cristianas creen que pueden disponer de Dios a su antojo. Hacen su propia voluntad y al mismo tiempo apelan al Señor con bastante estrépito (véase Mateo 7:21). Pero un dÃa el Señor dirá: âNo os conozcoâ (Mateo 25:12). AsÃ, Dios está muy lejos de aprobar cualquier cosa que se hace en Su nombre en la cristiandad. El hermoso nombre de Cristo está a menudo asociado a un mal conocido, pero del cual uno no desea apartarse.
Los cálculos fueron erróneos. La presencia del arca en medio del pueblo calamitoso no impide el desastre. El arca es tomada (véase Salmo 78:60-61). ¡Qué vergüenza para un regimiento cuando el enemigo captura su bandera!, y aun más para Israel, ya que se trata del propio trono de su Dios! ¿Cómo celebrar el dÃa de expiación (LevÃtico 16:14-15) sin el propiciatorio, al cual se debe traer la sangre? Y también, ¿cómo hacerlo sin los descendientes de Aarón para cumplir las ordenanzas? Porque, al mismo tiempo, el sacerdocio es herido de muerte: Ofni y Finees mueren.
Elà habrÃa tenido un medio para detener, quizás, el castigo divino sobre Israel. Según Deuteronomio 21:18-21, él debÃa entregar a sus hijos al pueblo para que fuesen apedreados a causa de su mala conducta. Sin embargo, no tuvo el ánimo para hacerlo. Asà que no sólo perecen Ofni y Finees, sino también 34.000 hombres con ellos. El arca santa, la gloria de Israel, se ha ido. Esta última noticia mata al anciano. Tomaba más a pecho el arca que a los suyos, y ocurre lo mismo con su nuera. Al llamar a su hijo Icabod (esto es, sin gloria), anuncia la oración fúnebre de su pueblo.
Jehová permitió que el arca cayera en manos de los filisteos. Sin embargo, es necesario que ellos sepan que si Israel fue derrotado, no fue a causa de la superioridad del dios filisteo, sino porque él, Jehová, asà lo decidió. Entonces Dios muestra a los enemigos de su pueblo que ellos tienen consigo âel arca de su poderâ (Salmo 132:8). Dos veces su Ãdolo se derrumba ante el Dios de Israel. Luego, como sucedió en Egipto, las plagas hieren a los enemigos de Israel, y su poder queda demostrado mediante los juicios.
Observemos aún el egoÃsmo del corazón humano. Cada uno busca deshacerse de ese objeto tan peligroso, enviándolo a los demás.
Apartemos ahora nuestra mirada de esas tristes circunstancias y pongamos los ojos en Jesús, de quien el arca siempre es la hermosa imagen. En el capÃtulo 18 de Juan, procuran apoderarse de él. Al oÃr las palabras: âYo soyâ, los hombres retroceden y caen a tierra, como aquà la estatua de Dagón. Jesús se deja prender; le envÃan de Anas a Caifás, de Herodes a Pilato (lo mismo que el arca, de Asdod a Gat y de Gat a Ecrón). Pero los que disponen asà de él, ultrajándolo y condenándolo, deben enterarse, por boca del mismo Señor, que verán âal Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cieloâ (Mateo 26:64).
En lugar de rechazar a su impotente Ãdolo para, de ahà en adelante, temer y servir a Jehová, los filisteos tienen sólo un pensamiento: deshacerse lo más pronto posible de un Dios tan temible. Esto nos recuerda una escena del evangelio de Marcos: el poder del Señor acaba de librar a Legión, el endemoniado, en el paÃs de los gadarenos. Ãstos han tenido el inestimable privilegio de una visita del Hijo de Dios. No obstante, enceguecidos por sus intereses, sólo consideran la pérdida de sus cerdos. En lugar de alegrarse y recibir a Jesús, le ruegan que se vaya de sus alrededores (Marcos 5:17). El mundo no pudo soportar la presencia del Señor, porque Su perfección lo juzgaba. Entonces quiso deshacerse de él.
Los filisteos reconocen el indiscutible poder del Dios de Israel. En su ignorancia, le honran a su manera. Y el arca vuelve a la tierra de Israel, después de haber demostrado nuevamente su poder. En efecto, pese a la ausencia de un conductor, el carro que la lleva se dirige en lÃnea recta hacia la frontera con Israel, tirando de él unas vacas que contrariamente a los instintos naturales, se alejan de sus crÃas.
Los habitantes de Bet-semes tienen el honor de recibir el arca. Sin embargo, se permiten levantar el propiciatorio (la tapa) y Dios los castiga severamente (comp. Números 4:20). Es una advertencia para nosotros, en cuanto al santo respeto debido a la persona de Jesús. Dios no tolera ninguna curiosidad profana respecto a él.
¡Ay!, frente al castigo, los bet-semitas reaccionan como los filisteos, deseando deshacerse del arca por considerarla demasiado santa para ellos.
Ciertos cristianos se parecen a estos hombres. Antes de juzgarse y poner en orden sus asuntos, prefieren alejar al Señor de su pensamiento y de su vida. Su presencia les molesta. ¿No es triste?
Pero ahora Dios nos presenta a los que, por el contrario, están felices de recibirle. Los habitantes de Quiriat-jearim acogen el arca y la colocan en la casa de Abinadab, situada en un collado.
Otra vez, nuestros pensamientos van a Jesús. Mientras su pueblo le rechazaba âno tenÃa âdonde recostar la cabezaâ (Mateo 8:20)â en cierta ocasión âuna mujer llamada Marta le recibió en su casaâ (Lucas 10:38). La casa de Abinadab, la casa de Betania: ¡gozo y bendición para el que abre su puerta, como asimismo para el divino Huésped a quien se honra allÃ! (Apocalipsis 3:20).
âPasaron muchos dÃas, veinte añosâ (v. 2). ¿Para quién es largo este tiempo? ¡No para el pueblo que no parece sufrir por ello! ¡Ni para Abinadab y los suyos, sin duda felices por la presencia del arca en su casa! Pero Dios, esperando, contó esos veinte largos años.
Finalmente, el trabajo de conciencia se produce: el pueblo se lamenta. Y Samuel le habla de parte de Jehová. Se trata de quitar los Ãdolos, para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9). Israel obedece y, entonces, Samuel puede hablar a Jehová a su favor.
Pero la reunión del pueblo de Dios no conviene al enemigo, que lo considera como una provocación. Los filisteos avanzan⦠y Jehová da la victoria a Israel; es la respuesta a la humillación del pueblo arrepentido y a la intercesión del fiel mediador. Eben-ezer (piedra de ayuda): âHasta aquà nos ayudó Jehováâ (v. 12). Cada uno de nosotros, ¿puede decirlo también con gratitud? Son felices experiencias que glorifican la gracia divina y es necesario que las recordemos.
Samuel va a ser el último de los jueces (Hechos 13:20). Al mismo tiempo que cumple sus funciones para con el pueblo, mediante su altar sigue en comunión con Jehová, ante quien habÃa aprendido a prosternarse desde muy joven (cap. 1:28, V.M.)
Los hijos de Samuel, como los de ElÃ, no anduvieron en los caminos de su padre. Todos los hijos de padres creyentes deben considerar esto muy seriamente. Para gozar del favor de Dios no basta, como lo pensaban los judÃos, tener a un Abraham por padre (Mateo 3:9).
Ahora los ancianos de Israel se acercan al profeta con un pedido que lo aflige profundamente. Quieren un rey, como todas las naciones. Querer ser semejante a todo el mundo: en el fondo, a menudo también es nuestro deseo, porque no nos gusta diferenciarnos. No comportarnos como los que nos rodean, generalmente atrae burlas, incomprensión y acusaciones de orgullo. Sin embargo, si âahora somos hijos de Diosâ (1 Juan 3:2), esto establece entre nosotros y nuestro entorno mundano una fundamental diferencia, una diferencia que conlleva muchas otras: el inconverso no acepta la autoridad de Dios, mientras que el creyente reconoce a Jesucristo como su amo y Señor.
Samuel es el encargado de advertir al pueblo que Jehová era un soberano justo, misericordioso, generoso; pero, el rey deseado será exigente y su régimen severo.
Aquà comienza un nuevo perÃodo de la historia de Israel. Es el de la realeza. El pueblo siente la necesidad de una organización exterior tal como el ser humano la ama: una monarquÃa pomposa (Hechos 25:23), un poderoso ejército y, finalmente, un rey de quien poder sentirse orgulloso. Dios va a darle exactamente lo que desea. ¡He aquà a Saúl, hijo de Cis, joven de lo más distinguido del pueblo, el más hermoso y alto de todo Israel! ¿No es el más indicado?
El padre de Saúl lo manda a buscar sus asnas. Ãl obedece, pero la búsqueda resulta inútil. âVolvámonosâ propone Saúl a su compañero. Pensamos en ese necesario cambio de dirección en la vida de todo hombre: la conversión.
Cuando se experimenta cuán inútil y decepcionante resulta ser la búsqueda de las cosas de la tierra, entonces es necesario âvolver en sÃâ (Lucas 15:17) y retornar a la casa del Padre. El compañero de Saúl le da un sabio consejo: Vamos a ver al vidente, él nos declarará el camino. El representante de Dios para nosotros es Jesús. Volverse a él para conocer el camino es ir en la dirección correcta.
Samuel cuenta con Jehová para designar al rey que ha sido pedido. Y todo está divinamente planeado para que pueda encontrarlo. Invitado al festÃn, Saúl oirá al âvidenteâ declarándole âtodo lo que está en su corazónâ (v. 19; 1 Corintios 14:25). ¿Cuál es el deseo que habita en el fondo de nuestro corazón? ¿El de ser «alguien», de hacer grandes cosas? ¿O más bien el humilde deseo de agradar al Señor Jesús?
Siguiendo las instrucciones de Samuel, el cocinero reserva la mejor porción para Saúl, la espaldilla, imagen de la fuerza que hace falta para conducir al pueblo. Notemos que contrariamente a la doble porción de los sacerdotes (véase LevÃtico 7:31-32), él no recibe la parte del pecho, imagen de los afectos necesarios para amar a Jehová y a su pueblo. ¿Estarán ausentes del corazón de Saúl?
Al dÃa siguiente, Samuel se las arregla para tomar aparte al futuro rey y decirle: âEspera tú un poco para que te declare la palabra de Diosâ (v. 27). Esa orden puede estar dirigida al pecador que sigue el camino de su propia voluntad, para invitarle a aceptar a Cristo ahora. Pero también es para el creyente. Saber detenernos un momento para escuchar al Señor cuando nos habla, es necesario, particularmente en la agitada vida de hoy.
Samuel cumple fielmente el acto que pone fin a su servicio como juez: derrama el aceite de la unción real sobre la cabeza de Saúl. Luego le indica el camino, como el criado lo habÃa esperado (cap. 9:6). Ya no se trata de ir por las asnas; éstas fueron halladas. Ahora Saúl debe recorrer el camino que lo preparará para ocupar el trono. Primero irá al sepulcro de Raquel: la muerte, fin del hombre natural y de todas sus ventajas, es la primera gran lección para todo cristiano. Pero, la tumba de Raquel se hallaba en el lugar donde nació BenjamÃn, a cuya tribu pertenecÃa Saúl. BenjamÃn, âhijo de la mano derechaâ del padre (Génesis 35:18, nota), es figura de Cristo, de quien el redimido puede gozar cuando considera muerto al viejo hombre. El segundo encuentro, en Bet-el (la casa de Dios), nos habla de la adoración, a la cual se invita a tomar parte al joven creyente, junto con los dos o tres testigos. Finalmente, en presencia de los enemigos y en compañÃa de los profetas, se ha de dar un testimonio por el poder del EspÃritu Santo.
Saúl parece cursar esas lecciones sin aprenderlas, como nos lo mostrará la continuación de su historia. Es la prueba de que uno puede hallarse âentre los profetasâ (v. 11, 12) y participar de todas las bendiciones de los hijos de Dios, sin ser uno de ellos verdaderamente.
Ahora que Dios ha dado a conocer al rey, a quien otorga a su pueblo, Samuel convoca a Israel para presentárselo. Sin embargo, es necesario probar que esta elección proviene de Jehová y ello es confirmado delante de todos por medio del sorteo. Saúl es designado y el pueblo lo aclama con alegrÃa, diciendo: ¡Viva el rey! ¿DÃa de fiesta y de alegrÃa? ¡Ah, más bien triste dÃa en la historia de Israel! âVosotros habéis desechado hoy a vuestro Diosâ, declara el profeta (v. 19). Esta escena nos transporta a muchos siglos más tarde, cuando ese mismo pueblo rechaza al Hijo de Dios al afirmar a Pilato: âNo tenemos más rey que Césarâ (Juan 19:15); o también, según la parábola de Lucas 19:14: âNo queremos que éste reine sobre nosotrosâ. No es sobre un trono, sino sobre una cruz donde Israel elevará a su MesÃas, una cruz que llevará esta inscripción: âJESÃS NAZARENO, REY DE LOS JUDÃOSâ (Juan 19:19). Pero este rey, despreciado, ultrajado, coronado de espinas, pronto aparecerá como el Rey de gloria (Salmo 24 y muchos otros pasajes).
Decirle no a Dios es dar pruebas de una osadÃa poco común. Tres veces el pueblo pronunció esta pequeña palabra en contra de Dios (1 Samuel 8:19; 10:19 y 12:12). Hoy en dÃa, ¿no hay muchas maneras y oportunidades en las que corremos el riesgo de hacer lo mismo?
En ocasión de una victoria sobre los enemigos del pueblo, la autoridad de Saúl como rey va a afirmarse. Son enemigos muy conocidos: ¡los hijos de Amón! Bajo sus amenazas arrogantes y crueles, los habitantes de Jabes de Galaad están en una situación trágica y casi desesperada. No los vemos volverse hacia Jehová; al contrario, querÃan hacer alianza con el enemigo. No obstante, teniendo misericordia, Dios va a liberarlos por mano de Saúl. Estos habitantes de Jabes ilustran de manera impactante el terror, el oprobio y, finalmente, la miserable esclavitud que aguarda a los que se alian con el mundo y su prÃncipe (véase Hebreos 2:15). Saúl, al vencer, muestra algunas cualidades positivas de su carácter; además de celo y valentÃa, hay en él nobleza, generosidad y clemencia (v. 13) asà como cierta modestia. Con razón atribuye la victoria a Jehová. ¡Tiene un buen arranque! ¡Y cuántos jóvenes tuvieron, como él, un brillante inicio! Luego tropezaron con el primer obstáculo puesto en su camino para probar su fe. ¿Por qué? ¡Sencillamente porque esa fe⦠probablemente no existÃa en absoluto!
Por tercera vez, Samuel reúne al pueblo. Lo junta en Gilgal para renovar allà la realeza. Al mismo tiempo, va a abdicar de sus funciones como juez, desempeñadas fielmente, como lo testifica el pueblo. Podemos comparar sus palabras con las del apóstol Pablo a los ancianos de Ãfeso, en el capÃtulo 20 de Hechos (v. 26-27 y 33-35). No están destinadas a glorificar al que las pronuncia, sino a poner a quien las oye ante su propia responsabilidad. E igualmente por tercera vez, Samuel hace sentir a Israel lo que ha perdido al pedir un rey. Subraya su ingratitud y su falta de confianza en Jehová (v. 9-12).
Los versÃculos 14 y 15 nos muestran que el pueblo es sometido a prueba nuevamente. Sin la ley como bajo la ley, en el desierto o en el paÃs, con o sin jueces (o sacerdotes), siempre el pueblo habÃa fallado abandonando a Jehová para volver a sus codicias y a sus Ãdolos. Ahora, es como si Dios les dijera: «¿Quieren un rey? ¡Bueno! ¡Veamos si quizá les vaya mejor con un rey!» Y, en su condescendencia, permite esta nueva experiencia.
La lluvia que Samuel pide en plena época de siega (tiempo en que nunca llueve en esas regiones; Proverbios 26:1), era un milagro destinado a probar al pueblo que el profeta hablaba de parte de Jehová. ¿Qué más les dice? Después que se humillaron, de manera conmovedora los exhorta a apartarse de las vanidades, que no aprovechan, para servir a Dios âcon todo su corazónâ (v. 20-21; comp. con Tito 2:12-14). El servicio de Samuel como juez ha terminado. Pero él guarda toda su actividad de intercesor (1 Samuel 12:23), tanto como de profeta, para enseñarles de parte de Jehová âel camino bueno y rectoâ. En la persona de Samuel, la gracia divina les mantiene este doble recurso: la oración y la Palabra. Queridos hijos de Dios, tenemos una Persona mucho más excelente todavÃa: Jesús; él nunca cesa de orar por cada uno de nosotros. Y para trazarnos el camino recto y bueno en la tierra, nos da su EspÃritu y su Palabra. Con tales recursos, somos mucho menos excusables que Israel si no andamos en su honor.
El reinado de Saúl ha comenzado. Después de dos años, acordándose Saúl de la orden expresa del profeta (cap. 10:8), reúne al pueblo en Gilgal, frente a sus enemigos, los filisteos.
La situación no podrÃa ser más crÃtica. Los filisteos, numerosos como la arena, suben (v. 5); ocupan las plazas fuertes y destacan patrullas que devastan al paÃs (v. 17). Frente a ellos, en Israel, sálvese quien pueda. Sólo unos cuantos centenares de hombres todavÃa siguen a Saúl temblando; pero ni siquiera tienen armas para defenderse, ¡ya que el pueblo depende del enemigo para forjarlas! Por su parte, el rey se inquieta. Samuel, quien lo habÃa citado en Gilgal (cap. 10:8), tarda en llegar, pese a que ya es el séptimo dÃa de espera, o sea, el dÃa fijado. Durante ese tiempo, el pueblo desalentado abandona a Saúl y se dispersa; el número de los combatientes disminuye. El rey pierde la paciencia. Con todo, ¡no importa que Samuel no haya llegado; él mismo ofrecerá el holocausto! Apenas acabado el acto profano, el profeta se acerca. â¿Qué has hecho?â, exclama consternado. En vano Saúl procura justificarse. âLocamente has hechoâ, responde Samuel, y le da a conocer la decisión de Jehová: Saúl no fundará una dinastÃa; su hijo no subirá al trono después de él. Conocemos bien la impaciencia; es el movimiento de la carne que no soporta esperar. Al contrario, la fe es paciente; espera hasta el final el momento elegido por Dios (Santiago 1:4).
En el capÃtulo 13, consideramos lo que la carne puede hacer, o más bien, lo que no puede hacer: esperar el momento elegido por Dios. En contraste, este capÃtulo va a mostrarnos lo que la fe es capaz de obrar. Todos los recursos humanos se hallan del lado de Saúl. Oficialmente, el poder de Israel está allÃ, debajo del granado de Gabaa (v. 2). No obstante, la fe, una fe individual, está del lado de Jonatán y su compañero. Para ellos, el socorro está en Dios, su Salvador (v. 6). Doble imagen que nos hace pensar en la cristiandad actual. Ciertas religiones llamadas cristianas pretenden tener por sà solas la autoridad espiritual y se consideran como las necesarias intermediarias entre Dios y las almas. Pero el Señor, quien conoce a los suyos, les brinda apoyo, otorgándoles la comprensión de Sus pensamientos y el gozo de Su presencia, fuera de las organizaciones controladas por los hombres. Humanamente hablando, la expedición de Jonatán es una loca aventura. Los filisteos, sintiéndose fuertes, ocupan los puntos estratégicos. Jonatán cuenta con Dios, esperando de él una señal para arremeter. Una vez más, ¡qué contraste con su propio padre, y qué hermoso ejemplo para nosotros!
Desde su puesto fortificado en la cima del peñasco, los vigÃas filisteos ven a los dos jóvenes israelitas, y no dejan de burlarse de ellos. âSubid a nosotrosâ (v. 12), les gritan con desprecio, sin sospechar que asà dan a los valientes la señal que ellos esperan de parte de Jehová, la señal para la destrucción de los filisteos.
La fe no sólo sabe esperar, sino también avanzar y combatir cuando Dios le da la orden para ello. Llenos de intrepidez, nuestros dos combatientes escalan el peñasco y llegan a su cima. No piensan en el peligro que corren, sino en el poder divino. Ãste hace caer ante ellos a los enemigos de Israel. Las burlas del momento precedente dan lugar al espanto que, progresivamente, gana todo el campamento de los filisteos. Ãstos, en una ciega locura, se destruyen recÃprocamente, mientras los hebreos dispersados vuelven a tener ánimo y se juntan nuevamente. Un pequeño comienzo, cuando es producido por la fe, puede tener un gran resultado e igualmente, si somos fieles, Dios podrá valerse de nuestras pequeñas victorias para alentar y afirmar a los cristianos que nos rodean.
La derrota de los filisteos es total. El pueblo se une a Saúl para perseguirlos y destruirlos. Sin embargo, no posee la energÃa que, en una circunstancia similar, habÃan desplegado Gedeón y sus compañeros. Aquéllos seguÃan a Madián âcansados, mas todavÃa persiguiendoâ, porque se habÃan refrescado antes de ir a la batalla (Jueces 7:6 y 8:4). AquÃ, al contrario, Saúl prohibe al pueblo tomar alimento durante todo el dÃa, pese al rudo esfuerzo que deben realizar (v. 24-26). Tal interdicción legal, fruto de la imaginación, ¡nos hace pensar en otras invenciones humanas en materia de religión! Ãsta sólo acarrea lamentables consecuencias: primero, la derrota de los filisteos es menos grande que lo que hubiera sido con un ejército en plena posesión de sus recursos. Por otra parte, llegada la noche, cuando el pueblo por fin tiene la libertad para comer, está tan hambriento que prepara su carne matando animales sin derramar sangre, cometiendo asà un pecado mortal (LevÃtico 17:10-14). ¿No era mucho más grave desobedecer a Jehová que transgredir la ordenanza carnal de Saúl?
Tengamos cuidado con nuestras palabras y, particularmente, con las promesas que hagamos. Ya vimos las desdichadas consecuencias del irreflexivo juramento que Saúl habÃa pronunciado. Debilitó inútilmente a su ejército, impidió el final de la persecución, llevando al pueblo a transgredir el mandamiento relativo a la sangre. Una última consecuencia que, al igual que las precedentes, no abrirá los ojos del pobre rey, será la de condenar precisamente al único hombre de fe: el valiente Jonatán. Ahora éste se halla en peligro de muerte, no por la espada de los filisteos, ¡sino por su propio padre! Detrás de todo esto vemos obrar al mismo Satanás. Por ese medio, procura deshacerse de este hombre de Dios; sin embargo, Jehová no lo permite y se sirve del pueblo para liberar a Jonatán. Esta escena es similar a la descrita después de la derrota de Hai (Josué 7). Pero aquà todas las faltas están del lado de Saúl, cuya locura y ciega soberbia se manifiestan a los ojos de todos. Y, de ahà en adelante, lejos de contar con Jehová, quien habÃa dado la victoria, el rey sigue apoyándose en la carne, movilizando a los hombres fuertes y valientes para su guardia personal, un reclutamiento muy diferente al que realizará David más tarde (cap. 22:2).
Este capÃtulo es importante desde dos puntos de vista. Contiene, primero, el castigo divino contra Amalec y, segundo, la prueba final del rey Saúl.
Amalec, adversario cobarde y cruel, habÃa atacado a Israel por sorpresa a la salida del pueblo de Egipto. Esa maldad no podÃa serle perdonada. âRaeré del todo la memoria de Amalecâ, habÃa dicho Jehová (Ãxodo 17:14). Cuatrocientos años habÃan transcurrido, pero Dios no lo habÃa olvidado. âEl cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaránâ, declara el Señor (Mateo 24:35). Israel tampoco habrÃa tenido que olvidarlo: âAcuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salÃas de Egiptoâ, habÃa recomendado Moisés. âBorrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvidesâ (Deuteronomio 25:17-19).
Tampoco olvidemos nosotros a los enemigos que nos sorprendieron en el pasado. ¿Cómo se llaman? Ira, mentira, impureza⦠o cualquier otro tipo de pecado. Si nuestra vigilancia mengua respecto de esos frutos de la carne, podrÃamos tener que volver a aprender una lección que ya hemos pagado caro. No nos tratemos con indulgencia, sino que juzguemos sin piedad todas las manifestaciones de la vieja naturaleza.
Samuel acaba de pasar una noche de angustia que debió recordarle aquella en que le fue anunciado el castigo de la casa de Elà (cap. 3:11).
Saúl no consumó el aniquilamiento de Amalec y, por consiguiente, debe ser rechazado como rey. Un rey desobediente sólo puede conducir a su pueblo a la desobediencia; se le debe apartar del poder.
âObedecer es mejor que los sacrificiosâ (cap. 15:22). La más brillante acción de toda nuestra vida no tiene valor si no se la cumple por obediencia a Dios. Este versÃculo se aplica a todas las obras mediante las cuales la cristiandad procura en vano satisfacer a Dios, en lugar de escuchar y recibir sencillamente su Palabra.
AquÃ, obedecer es mejor que los sacrificios. Pero se dice lo mismo de la misericordia y del conocimiento de Dios (Oseas 6:6; Mateo 9:13), de la justicia y de la equidad (o juicio) (Proverbios 21:3), del espÃritu quebrantado (Salmo 51:16-17) y del amor (Marcos 12:33). En cambio, veamos lo que la carne, además de la desobediencia, produce en Saúl: la jactancia (v. 20), la mentira, atribuir la falta al pueblo (v. 15 y 21), la obstinación, un falso arrepentimiento y, con todo esto, la búsqueda de un vano prestigio (v. 30). ¡En verdad, un cuadro muy triste!
El rey según la carne es puesto a un lado en los pensamientos de Dios, aunque su reinado todavÃa se prolonga cierto número de años. Se introduce otro rey, aquel de quien Samuel habÃa dicho: âJehová se ha buscado un varón conforme a su corazónâ (cap. 13:14). Es David, figura de Cristo, cuyo nombre significa «Amado», el que perfectamente complace el corazón de Dios. Samuel no está preparado para reconocerlo, porque, pese a la experiencia hecha con Saúl, aún mira la apariencia. Somos demasiado propensos a juzgar por lo que vemos y a dejarnos impresionar por las cualidades (y los defectos) exteriores. Pero âDios no hace acepción de personasâ (Gálatas 2:6). ¡Ãl mira el corazón! Todas las apariencias, mediante las cuales podamos engañarnos y engañar a los demás, no le ocultan a Ãl el verdadero estado del corazón.
Samuel visita a la familia de IsaÃ. El joven pastor de ovejas, a quien se habÃa omitido llamar a la fiesta, es ungido âen medio de sus hermanosâ como rey para Jehová (v. 13). Esta unción de aceite (figura del EspÃritu Santo) nos recuerda cómo el Amado del Padre fue señalado a Juan el Bautista en el Jordán: âSobre quien veas descender el EspÃritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el EspÃritu Santoâ (Juan 1:33; comp. 1 Samuel 16:12, fin del versÃculo).
El EspÃritu de Dios vino sobre David (v. 13) y se apartó del desdichado Saúl, dando lugar a un espÃritu que ahora lo atormenta. Dios se sirve de este medio para introducir en la corte, en calidad de tocador de arpa al joven David, músico experimentado, quien, más tarde, llegará a ser âel dulce cantor de Israelâ (2 Samuel 23:1). En esta oportunidad se da de él un hermoso testimonio (v. 18); asà vemos que en la misma corte del rey habÃa quienes conocÃan al ungido de Jehová. Filipenses 4:22 nos habla de un hecho análogo: en la casa de César, es decir, en el entorno del emperador romano, también habÃa cristianos. Dios se provee de testigos en todos los medios.
Más de un detalle relaciona a David con aquel del cual es figura: Cristo, verdadera âvara del tronco de IsaÃâ, de quien está escrito: âReposará sobre él el EspÃritu de Jehová; espÃritu⦠de conocimiento y de temor de Jehováâ (IsaÃas 11:1-2). Ante el mundo, ¿qué testimonio damos de nuestro Amado?
âYo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses prÃncipe sobre mi pueblo, sobre Israelâ, dirá Jehová más tarde (2 Samuel 7:8). Al atender a sus ovejas, David fue preparado para «apacentar» fielmente al pueblo de Israel (véase Salmo 78:70-72).
Nuevamente se juntan los filisteos contra Israel. Esta vez, disponen de una magistral ventaja: un extraordinario paladÃn, de unos tres metros de estatura, vestido con una armadura de setenta y cinco kilos. Es un coloso tan formidable que basta verlo, para que sus enemigos se aterroricen. ¡Es Goliat! Lleno de orgullo, avanza entre las lÃneas enemigas y desafÃa a quien quiera oponerse a él en duelo. No sólo ningún adversario se presenta, sino que los israelitas huyen con temor; en cada oportunidad, el gigante tiene la ocasión de ultrajar a los ejércitos de Jehová y, por consiguiente, a Jehová mismo. Goliat nos recuerda lo que se dice del leviatán: âCuando se levanta, se espantan los poderosos; y a causa de los terrores están fuera de sÃâ (Job 41:25, V.M.) Y ante todo, nos hace pensar en ese âhombre fuerteâ, de quien nos habla el Señor Jesús (Marcos 3:27): Satanás mismo que, por temor a la muerte, ejercita una cruel dominación sobre los hombres, buscando hacer de ellos sus esclavos para siempre (v. 9).
Durante este tiempo, David va y viene, de su rebaño a la corte del rey, a sus anchas tanto aquà como allá. ¡Qué hermosa imagen de Jesús en su humildad y su incansable abnegación!
Enviado por su padre, como José en otros tiempos para buscar noticias de sus hermanos (Génesis 37:13), David es la imagen de Aquel que dejó el cielo para visitar al mundo y traerle la gracia. Entonces, David oye el cotidiano desafÃo, el ultraje hecho a Israel por el paladÃn filisteo. Consternado, se informa (v. 26). Eliab le oye y le reprende por su curiosidad (v. 28). A veces ocurre que los mayores regañan injustamente y sin miramientos a sus hermanos más jóvenes.
Aunque habÃa asistido a la unción de David, Eliab no lo toma en serio. Nos recuerda a los hermanos de Jesús, quienes no âcreÃan en élâ (Juan 7:5).
Cuarenta dÃas pasaron (v. 16). En toda la Escritura, cuarenta es el número que corresponde a una completa puesta a prueba. ¡Ay!, es necesario reconocerlo: ¡frente al filisteo no hay nadie, nadie para liberar a Israel! Ni Eliab, pese a su grande estatura (cap. 16:7) âdeberÃa haber tenido vergüenza de su cobardÃa delante de Davidâ; ¡ni aun Saúl! (el más alto de todo el pueblo y, por consiguiente, el más indicado para defenderlo), porque Jehová lo habÃa abandonado. Sin embargo, para la fe de David, Goliat no es más que un filisteo como los demás, vencido de antemano porque se permitió insultar âa los escuadrones del Dios vivienteâ (IsaÃas 37:23 y 28).
David se presenta ante Saúl y le da a conocer su proyecto. âNo podrás tú ir contra aquel filisteoâ, le responde el rey. Empero, impresionado por la resolución y la firme confianza del joven, está dispuesto a ayudarlo: trae su armadura; se la presta a David, quien sintiéndose incómodo y paralizado en sus movimientos, no puede valerse de ella. No, sus armas serán los humildes utensilios del pastor. Ãstos, sin valor a los ojos de los hombres, tanto más harán resaltar el poder de Jehová.
La armadura de Saúl nos habla de todos los recursos y las precauciones de la sabidurÃa humana; ¡la fe los considera como trabas!
Formado por Dios en lo secreto para el servicio al cual estaba destinado (como lo fueron tantos servidores y Jesús mismo en Nazaret), David aparece ahora en público, listo para el combate. Y, para demostrar el poder de Jehová, relata una experiencia hecha en esa «escuela del desierto». Mató, sin testigos, un león y un oso para liberar una oveja. Pensemos en otro Pastor dando su vida por las ovejas y liberándolas del cruel Adversario (Juan 10:11; 17:12 y 18:8-9). ¡Qué inmenso valor tiene un solo cordero para el corazón de este buen Pastor!
Una vez más, el filisteo sale de las filas con su actitud provocativa. Pero, ¿quién viene a su encuentro? ¿Es éste el campeón que le opone Israel, un jovencito con sus armas irrisorias: un palo y una honda de pastor? ¿Se burlan de él? Mira de arriba abajo a este miserable adversario, indigno de medirse con él, y lo insulta con desprecio. Pero David no se conmueve, y más tarde escribirá: âJehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?â (Salmo 27:1). Con gesto seguro, lanza la piedra; ésta penetra en la frente del gigante, quien se desploma. David corre y le corta la cabeza con la propia espada de Goliat. Entonces, estallan gritos de victoria en el campamento de Israel, en tanto que la confusión y la derrota reinan en el de los filisteos. ¡Qué escena memorable! Ilustra el poder de la fe, esa fe que permite al creyente obtener, de rodillas, semejantes victorias. Pero sabemos que tiene un alcance infinitamente más grande. Figura de Cristo, David triunfó sobre Goliat, imagen de Satanás, al utilizar su propia espada: la muerte. Es la victoria de la cruz, inagotable tema de eterna alabanza.
Como vencedor, David es llevado otra vez ante el rey, teniendo en la mano la cabeza del gigante. Con sorpresa, comprobamos que Saúl no recuerda más de quién es hijo. Con respecto al Señor Jesús se manifiesta un enceguecimiento semejante. Los judÃos no lo conocen, ni a él ni a su Padre (Juan 8:19). Y todavÃa es asÃ, aun en nuestros paÃses cristianos: muchas personas no reconocen verdaderamente a Jesús como el Hijo de Dios (1 Juan 4:14-15).
En cambio, Jonatán no se formula preguntas respecto a David (1 Samuel 20:13-15). El que acaba de dar a Israel esta extraordinaria liberación sólo puede ser el ungido de Jehová. Su alma se apega a él, no sencillamente por agradecimiento o admiración, sino por un vÃnculo de Ãntimo y verdadero amor. Es un hermoso ejemplo para el creyente que no sólo goza de su salvación sino que ama a aquel que le salvó. Ahora bien, el amor es un sentimiento que se manifiesta. Por David, el amado, Jonatán se despoja de lo que produce su fuerza y su gloria. ¿Estamos dispuestos a hacer otro tanto? ¿Hemos reconocido a Jesús, nuestro Salvador, como Aquel que tiene derechos sobre nuestro corazón y sobre todo lo que nos pertenece?
Tan profundo es el amor de Jonatán por David como violento el odio de Saúl por él. Esto comienza con la irritación (v. 8) acompañada de celos, luego el deseo de asesinato llena su corazón; el odio aumenta: una primera tentativa de matar a David será seguida por muchas otras en los próximos capÃtulos. Esto es exactamente lo que la Escritura llama âel camino de CaÃnâ (Judas 11). Ãste empezó por estar muy irritado⦠y terminó por matar a su hermano. Irritación y celos son, pues, nada menos que los primeros pasos en ese terrible camino (Santiago 3:14 y 4:1).
El rey habÃa prometido su hija al que venciera al filisteo. Pero no cumple su palabra (v. 19). Luego, valiéndose de su hija menor, Mical, procura hacer caer a David en las manos de sus enemigos. Sin embargo, habrÃa podido sospechar que el vencedor de Goliat triunfarÃa aún más fácilmente sobre filisteos menos temibles que aquél. Además, conoce el secreto que da la fuerza a David y es precisamente lo que le asusta: âJehová estaba con élâ (v. 12, 14, 28). âNo temeré mal alguno, porque tú estarás conmigoâ, confirma David en el Salmo 23:4.
¿Conocemos este secreto? ¿Hemos experimentado el aliento que puede darnos? (2 Timoteo 4:17).
Jonatán se ha apegado mucho a David. Ahora ha llegado el momento en que debe dar testimonio ante su padre a favor de su amigo.
Si amamos al Señor Jesús, no nos avergonzaremos de hablar de él, en primer lugar, ante nuestra familia. Sin temor confesaremos a Aquel que es sin pecado, el que hirió al gran Enemigo y por quien Dios obró una maravillosa liberación (comp. v. 4-5).
En respuesta a la intervención de Jonatán, Saúl jura en nombre de Jehová que no hará morir a David, ¡promesa que pronto se desvanece! En el mismo momento en que David está ocupado en aliviar al rey, éste renueva su criminal acción. ¡Cuán grande es la ingratitud del corazón humano y, muy especialmente, hacia su Salvador de quien David es una imagen! (Salmo 109:4-5). Luego, el miserable rey, dominado por los celos, persigue a su propio yerno hasta su casa y en su cama (véase el tÃtulo del Salmo 59). Mical protege a su marido, pero no lo hace como su hermano Jonatán por medio de una valiente confesión: emplea la mentira y el disimulo.
David huye por la ventana. En Damasco, Pablo, objeto del odio de los judÃos, escapa por el mismo medio (Hechos 9:25; 2 Corintios 11:32-33).
Hasta aquà David se ha abierto camino: yerno del rey, oficial superior, héroe popular⦠al parecer, no le queda más que esperar tranquilamente el momento de suceder a Saúl en el trono. ¡Pero, no! El plan de Dios con respecto a él preveÃa años difÃciles, destinados a prepararle para ocupar el trono. Las pruebas del creyente tienen el mismo objetivo: formarle aquà abajo para reinar más tarde con Jesús.
AsÃ, David debe dejarlo todo: hogar, situación y recursos. Pero, antes de las tribulaciones que le aguardan, pasa algunos dÃas en compañÃa de Samuel en Naiot. Para este joven, es un privilegio recibir, al principio de su carrera, las enseñanzas y exhortaciones del anciano que llega al final de la suya.
¡Jóvenes creyentes, les aconsejamos que también busquen la compañÃa de cristianos de más edad! Aprovechen su experiencia. Timoteo se formó al lado del apóstol Pablo. Las enseñanzas que reciban de esta manera no los eximirán de vivir después, como David, sus propias experiencias personales. Pero pueden y deben prepararles para que las atraviesen sin perjuicio.
Es conmovedor ver la confianza de David en tales circunstancias: âYo cantaré de tu poder, y alabaré de mañana tu misericordiaâ (Salmo 59:16).
La llegada de Saúl a Naiot provoca la huida de David. No obstante, éste guarda alguna esperanza de volver a tomar su lugar en la corte y regresa para pedir consejo a su amigo Jonatán. âEn todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustiaâ (Proverbios 17:17). Compañeros en los dÃas felices, David y Jonatán van a sentir cuán precioso y consolador es su afecto en el momento de la prueba.
Con más razón será asà en nuestra relación con el Amigo supremo. ¿PodrÃamos conocer su perfecta simpatÃa, si nunca la necesitáramos? (Hebreos 4:15-16).
Aparentemente, David no es más que un pobre proscrito, para quien las promesas divinas de la realeza están anuladas. Pero la fe de Jonatán sigue viendo en él a aquel que infaliblemente debe reinar, a aquel cuyos enemigos serán eliminados, inclusive su propio padre (a quien por loable respeto evita nombrar). Notemos cómo habla del porvenir con plena certeza. Asà los redimidos de Jesús disciernen sus admirables glorias por la fe y saben que su Salvador, hoy en dÃa odiado y rechazado por el mundo y su prÃncipe, pronto aparecerá como el rey de gloria, teniendo a todos sus enemigos bajo sus pies.
¿Cómo se explica el recÃproco amor de David y Jonatán? Entre ellos existÃa este estrecho vÃnculo: una misma fe. Tanto el uno como el otro habÃa mostrado esa fe al obtener a solas una victoria de Jehová sobre los filisteos.
Porque tienen en común âuna fe igualmente preciosaâ, los creyentes se reconocen y se aman (2 Pedro 1:1). Recordémoslo cuando elijamos nuestros amigos. Para nosotros, hijos de Dios, no puede haber verdadera y profunda amistad fuera de una misma fe en el Señor Jesucristo (Salmo 119:63).
De nuevo, y no sin riesgos, Jonatán es el abogado de David frente a su padre Saúl. Incrédulo, éste finge ignorar la sentencia de Dios (1 Samuel 13:13-14) y, pese a ella, quisiera asegurar los derechos de la sucesión real a su hijo (v. 31). En apariencia, Jonatán obra en contra de su propio interés. Es la señal del verdadero amor (véase 1 Corintios 13:5). Aun después que Saúl procurara matarlo a él también, si tiene dolor, es a causa del ultraje hecho a David y no por sà mismo (v. 34).
Queridos amigos, ¿qué nos aflige más? ¿el ultraje hecho al Señor Jesús por el mundo o los prejuicios que éste nos cause?
Comienza la vida errante de David. Primero se dirige a Nob, al sacerdote Ahimelec.
El Señor recordará esta escena a los judÃos para probarles que todo (inclusive la ley) debe estar sujeto al MesÃas, de quien David es figura (Marcos 2:25-26).
Antes de enfrentar nuestras dificultades, antes de emprender lo que sea, vayamos a Jesús, nuestro gran Sacerdote. Como David, pidámosle la comida y la espada. Su Palabra, con tal que le entendamos y recibamos, nos proveerá a la vez la una y la otra.
¡Ay!, de la boca de David debemos oÃr una mentira (v. 2); luego, comete una nueva falta: busca refugio en los enemigos de Israel y finge estar loco delante de Aquis, prÃncipe de los filisteos (v. 10-15). ¡Qué triste cuadro! ¿No es él el ungido de Jehová, el vencedor de Goliat, en otros tiempos, la imagen del Señor Jesús?
También es un triste espectáculo cuando un creyente, olvidando que es representante de Cristo, obra delante del mundo como un insensato.
Pero es consolador ver que, después de haber dado ese paso en falso, David es restaurado y puede componer mediante el EspÃritu este notable cántico: âBendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi bocaâ (Salmo 34:1).
La cueva de Adulam viene a ser el refugio de David. Pero, en realidad, Jehová es su refugio, asà lo afirma un salmo compuesto en esa cueva: âTú eres mi refugioâ (Salmo 142:5, V.M.; véase también Salmo 57:1). Después agrega: âMe rodearán los justos, porque tú me serás propicioâ (Salmo 142:7). ¿Los justos? ¿Puede tratarse de esos hombres del versÃculo 2, aparentemente tan poco recomendables, sospechosos, deudores marginales, verdaderos desechos de la sociedad? SÃ, Dios da este nombre a los que aman a su ungido y le reconocen como jefe. Desde el momento en que acuden a David, ya no es cuestión de su triste pasado.
AsÃ, hoy en dÃa, los que se reúnen alrededor de Jesús han cambiado su miseria moral, su inmensa deuda para con Dios, la amargura de su alma (v. 2) por Su justicia. En cuanto comprenden que en sà mismos ellos no tienen nada de valor y que el mundo no puede satisfacerlos, hallan en Jesús un Jefe y un objeto para sus afectos.
¿Qué podÃa ofrecer David a sus compañeros? Para el presente, ¡nada más que sufrimientos! Pero para el porvenir, podrÃan compartir su gloria real. ¡Tal es la parte del creyente! ¡Qué contraste con la gente del mundo que, como los siervos de Saúl en el versÃculo 7, recibe todas sus ventajas y sus bienes en la vida presente!
Mientras David, el futuro rey, se halla errante y proscrito con sus fieles, Saúl trama siniestros proyectos contra él. Al mismo tiempo, sus celos le impelen a la matanza de los sacerdotes de Jehová. Y lo que no ejecutó contra Amalec, enemigo del pueblo, al perdonarle la vida a Agag y al ganado, no teme hacerlo a la ciudad de Nob, pasándola por entero a cuchillo. Para cumplir su venganza, Saúl se vale del mismo traidor, Doeg, un edomita, terrible figura del Anticristo, quien en un tiempo venidero, se levantará contra el Señor y contra Israel (véase el tÃtulo del Salmo 52).
Consideremos ahora, en cambio, un cuadro lleno de gracia: Abiatar se reúne con el ungido de Jehová. âQuédate conmigo âle recomienda Davidâ, quien buscare mi vida, buscará también la tuyaâ (v. 23). âSi el mundo os aborrece, sabed que a mà me ha aborrecido antes que a vosotrosâ, recuerda Jesús a sus discÃpulos. âSi a mà me han perseguido, también a vosotros os perseguiránâ (Juan 15:18 y 20). Esta persecución, este odio del mundo, ¿es motivo de temor para nuestros corazones? Entonces, escuchemos como viniendo de boca del Señor esta preciosa promesa nunca desmentida: ¡âConmigo estarás a salvoâ! (v. 23; véase Juan 18:9).
Al ser informado del ataque de los filisteos a Keila, David habrÃa podido decir: «Es asunto de Saúl proteger al paÃs». ¡Pero, no! Pese al riesgo que corre, el que en otros tiempos liberaba a sus ovejas del león y del oso, auxilia a la ciudad en peligro. Si bien David obra asà como el verdadero rey, no omite preguntar primero a Dios lo que piensa de ello (v. 2). No nos olvidemos nunca de hacerlo, aun cuando emprendamos algo que nos parece bien. Esto se llama ¡dependencia!
Los hombres de David tienen miedo. Nos hacen recordar a los discÃpulos del Señor quienes âse asombraron, y le seguÃan con miedoâ (Marcos 10:32).
Para alentar a su gente, David vuelve a consultar a Jehová, quien le responde de manera más precisa aún. Y se consigue la victoria. No obstante, David sabe que los que fueron liberados son capaces de entregarle a Saúl sin vacilar; no tiene confianza en ellos. ¿No era lo mismo con el Señor? HabÃa venido a liberar a su pueblo; sin embargo, âno se fiaba de ellos, porque conocÃa a todos⦠pues él sabÃa lo que habÃa en el hombreâ (Juan 2:24-25). También conoce cada uno de nuestros corazones.
Enceguecido y endurecido, Saúl se habÃa atrevido a decir de David: âDios lo ha entregado en mi manoâ (v. 7). No sin ironÃa, el versÃculo 14 restablece la verdad: âDios no lo entregó en sus manosâ (comp. Salmo 37:32-33). Sin embargo, el âamadoâ, el rey âconforme al corazón de Diosâ debe conocer la amargura y sufrir esta injusta situación al margen de la sociedad. Es necesario que experimente la maldad humana manifestándose contra él: odio, celos, ingratitud, y hasta la traición. Esos zifeos, ¿no nos hacen pensar en Judas vendiendo a su Maestro? SÃ, Jesús, el Rey rechazado conoció aún más que David ese desenfreno de maldad, esa âcontradicción de pecadores contra sà mismoâ (Hebreos 12:3). Su corazón, infinitamente sensible, sufrió por ello de la manera más profunda.
Lo que David experimentó entonces, podemos comprenderlo por medio de ciertos salmos compuestos en ese desierto de Judá (Salmos 54, 63, etc.) La visita de Jonatán le alienta y dirige su pensamiento hacia el porvenir. Pero, el mismo amigo fiel âse volvió a su casaâ (v. 18; comp. con Juan 7:53), mientras que David, imagen de uno más grande que él, continúa su camino de rechazo con los que lo dejaron todo para seguirle.
David y sus compañeros hallaron abrigo en otras cuevas: los lugares fuertes de En-gadi. Hebreos 11:38 nos habla de esos hombres de fe, âde los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierraâ. Saúl, ârespirando aún amenazas y muerteâ (como su homónimo en Hechos 9:1), y persiguiendo a David, fortuitamente penetra en la cueva en que éste se ha escondido. Es la mano de Dios, piensan sus hombres: «Jehová te da la ocasión de acabar con tu enemigo y de tomar su lugar en el trono» (v. 5). Pero David no lo hace. Honra al âungido de Jehováâ pese a su maldad (1 Pedro 2:17). También pone en práctica la exhortación de Romanos 12:19: âNo os venguéis vosotros mismos, amados mÃosâ. Quizás David habla de esta experiencia cuando dice: ââ¦He libertado al que sin causa era mi enemigoâ (Salmo 7:4). Su nobleza y su mansedumbre, por cierto nos hacen pensar en Aquel que no se vengó de sus enemigos, sino que, al contrario, oró por ellos: âPadre, perdónalosâ (Lucas 23:34).
Confundido (véase Salmo 35:4) y aparentemente humillado, Saúl debe reconocer los derechos de David en cuanto al reino de Israel (v. 20).
Samuel muere y con él cesan las oraciones que hacÃa subir fielmente a favor del pueblo (cap. 12:23). Moisés y Samuel son dos grandes ejemplos de la intercesión (JeremÃas 15:1). Siempre es solemne cuando Dios retira un hombre o una mujer de oración, cuando una voz calla⦠tal vez, después de haber orado mucho por nosotros. Empero, la del Señor no se interrumpirá. Ãl está âviviendo siempreâ para interceder por nosotros (Hebreos 7:25).
David, el verdadero rey, el salvador de Israel, está en medio de su pueblo como un fiel pastor. Cuida los rebaños del rico Nabal tan atentamente como otrora a sus propias ovejas. Ahora envÃa a sus jóvenes con palabras de paz para la casa de ese hombre (v. 6; comp. con Lucas 10:5). Pero Nabal no conoce a David y le desprecia (v. 10). Se parece a esos fariseos que decÃan de Jesús: âRespecto a ése, no sabemos de dónde seaâ (Juan 9:29). Rechaza tanto al verdadero rey como a sus mensajeros. Es también lo que el Señor anunciaba a sus discÃpulos: âEl que a vosotros oye, a mà me oye; y el que a vosotros desecha, a mà me desechaâ (Lucas 10:16).
Además, como el rico âinsensatoâ de Lucas 12:16-20, Nabal habla de lo que Dios colocó en sus manos como si fuera suyo: mi pan, mi agua⦠(v. 11).
âMe devuelven mal por bienâ, dice David en el Salmo 35, versÃculo 12. Es lo que hace Nabal. Igual habÃa hecho Saúl, como él mismo lo confesó en el capÃtulo precedente: âMe has pagado con bien, habiéndote yo pagado con malâ (cap. 24:17). Pero esta vez, David no devuelve el bien. En un momento de irritación, el jefe ofendido ciñe su espada para vengarse. Ha dejado de parecerse al perfecto Modelo, âquien cuando le maldecÃan, no respondÃa con maldición; cuando padecÃa, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamenteâ (1 Pedro 2:23).
En la casa de Nabal cohabitan la sabidurÃa y la locura. La locura se manifestó por boca de Nabal, el incrédulo (su nombre significa loco, ayer lo comparamos con el rico insensato de Lucas 12:16-21). La sabidurÃa interviene a su turno por medio de la piadosa Abigail, mujer de âbuen entendimientoâ (v. 3). Con sus presentes va al encuentro de aquel a quien reconoce como el ungido de Jehová. Se prosterna, confiesa su indignidad y exalta las glorias actuales y futuras que su fe discierne en el rey según Dios. Comprobamos que la locura y la incredulidad van juntas, asà como la verdadera sabidurÃa es inseparable de la fe.
Mientras Nabal festeja como un rey (después de haber rechazado y ultrajado al verdadero rey), Dios mismo lo hiere. No perdemos nada al dejar que el Señor obre en nuestro lugar.
Abigail, mujer de fe, se distinguió por su buen entendimiento, su prontitud (v. 18, 23 y 42), su humildad y su abnegación. âCuando Jehová⦠te establezca por prÃncipe⦠acuérdate de tu siervaâ, habÃa pedido ella (v. 30-31; comp. con la petición del malhechor en Lucas 23:42).
La respuesta supera todas sus esperanzas: ahora David la hace su esposa (v. 42). Sin pesar, esa mujer abandona las riquezas de la tierra para compartir la suerte del rey rechazado en las cuevas y los desiertos. Unida anteriormente a un insensato, llega a ser la feliz compañera del âamadoâ, ¡ahora en los sufrimientos, pero más tarde en el reinado! Es una hermosa figura de la Iglesia, la Esposa de Cristo, compartiendo la posición de su Señor, hoy no reconocida y rechazada por el mundo, como lo fue Ãl mismo; pero, ¡mañana vendrá a reinar con él en gloria! âSi sufrimos, también reinaremos con élâ, recuerda 2 Timoteo 2:12. Somos âherederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificadosâ (Romanos 8:17).
La generosidad de David en el capÃtulo 24 pareció tocar por fin el corazón de Saúl. Sin embargo, no se trataba de un verdadero arrepentimiento. La cobarde denuncia de los zifeos, quienes buscan ser bien mirados, pone al rey malo en campaña contra aquel que, un dÃa, deberá tomar su lugar. El Salmo 54, escrito en esa oportunidad, nos permite medir lo doloroso que fue para David ese hecho infame de los hombres de Zif. Implora el socorro de Dios contra los hombres violentos que buscan su vida: âNo han puesto a Dios delante de sÃâ (Salmo 54:3); pero él le invoca, y en respuesta a su oración, Dios lo protege y le brinda una nueva ocasión de mostrar la pureza de sus intenciones para con Saúl. Una expedición nocturna pone en manos de David la lanza con la cual, en dos oportunidades, el rey criminal quiso traspasarlo. Una palabra bastarÃa para que David fuera liberado de su perseguidor: Abisai la espera. Pero, una vez más, la misericordia detiene su brazo (v. 9).
¿No es asà como obró nuestro perfecto Modelo? (véase también Lucas 9:54-55). PonÃa en práctica lo que habÃa enseñado anteriormente a sus discÃpulos: âAmad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen⦠Sed, pues, misericordiosos⦠no juzguéis⦠no condenéisâ (Lucas 6:27, 36-37). ¡Es de desear que demos más cumplimiento a estas palabras del Señor Jesús!
Tal vez nos sea difÃcil comprender el carácter de Saúl. ¿Cómo conciliar sus pesares, sus promesas y sus demostraciones de afecto con el renovado encarnizamiento para perseguir a David y destruirlo? Nunca confundamos la fe con la sentimentalidad. Ãsta última es capaz de derramar abundantes lágrimas y repetir sin verdadera convicción: âHe pecadoâ (cap. 15:30 y 26:21); incluso puede tomar los más solemnes compromisos. Con todo, la conciencia no es tocada y la prueba de ello es que los frutos no son durables. Saúl es un hombre superficial, capaz de mucha emoción, pero sin fuerza para ejecutar sus buenas resoluciones, porque no tiene fe.
¡Qué dignidad conserva David pese a su humillación! Es perseguido como âperdiz por los montesâ (v. 20); sin embargo, todo muestra que él es dueño de la situación. Reprende a Abner y firmemente formula a Saúl preguntas que éste no puede contestar (v. 18).
Otra vez, nuestros corazones se dirigen hacia Aquel que, después de haber sido humillado, menospreciado y rechazado, âserá engrandecido y exaltado, y será puesto muy en altoâ. Además, se agrega: âLos reyes cerrarán ante él la bocaâ (IsaÃas 52:13 y 15).
La primera visita de David a Aquis, rey de Gat, habÃa terminado en la completa confusión de David (cap. 21:10-15). Mas, a pesar de esto, vuelve allà por temor a Saúl. No reconocemos a aquel que en el capÃtulo 26, versÃculos 6 a 12, descendió sin miedo al mismo campamento de su adversario para tomar la lanza que se hallaba a su cabecera. Menos aún reconocemos al vencedor de Goliat en aquel que va a buscar refugio junto a los filisteos. ¡Ay! ¿No ocurre a menudo que ya no se nos reconoce como discÃpulos de Jesús? Quizá, con su socorro habÃamos obtenido alguna victoria. Como David, habÃamos mostrado confianza en Dios y firmeza en nuestro testimonio delante de los hombres. HabÃan podido verse en nosotros algunos rasgos de la gracia. Luego, de un momento a otro, nada más parece subsistir. Nos hallamos nuevamente del lado del mundo, de acuerdo con los enemigos del Señor.
SÃ, en Gat, David olvidó la derrota del filisteo. ¡Queridos hermanos, nunca olvidemos la cruz! Como una barrera, nos separa del mundo que crucificó a Jesús. Más bien, imitemos a Pablo, quien dice: âLejos esté de mà gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mÃ, y yo al mundoâ (Gálatas 6:14).
Mientras David está en Gat, en una situación equÃvoca y peligrosa, Saúl se encuentra en una posición más peligrosa aún. Delante de los filisteos que inician una nueva guerra, su corazón se turba en gran manera, porque ya nada lo sostiene. Por haber abandonado a Jehová, ahora es Jehová quien lo abandona. Saúl intenta buscarle por todos los medios; sin embargo, es trabajo perdido: ¡Dios permanece sordo! Es una solemne ilustración de Proverbios 1:24-28. Pero, acordémonos de que incluso un creyente no puede esperar conocer la voluntad del Señor cuando su conciencia está en mal estado.
TodavÃa hoy, ciertas personas pretenden ser capaces de evocar a los espÃritus de los muertos, y el diablo se sirve de ellas para extraviar a pobres almas supersticiosas. Ãstas últimas se comunican, pues, no con los muertos sino con los demonios.
Hermanos en Cristo, ¡no tengamos siquiera curiosidad por estas cosas! A los ojos de Dios son abominación (Deuteronomio 18:10-12; LevÃtico 19:31). Saúl lo sabÃa; en tiempos mejores, habÃa tenido el cuidado de quitarlas de Israel (v. 3). Hombre inconstante, carnal, hele aquà en su desconcierto recurriendo a una vidente de Endor.
¡Espantosa escena! La misma mujer clamó en alta voz, porque Samuel no apareció a consecuencia de sus encantamientos. Ni ella, ni Satanás su amo tenÃan el poder para hacerlo. Por un instante, la mano de Dios entreabrió la puerta de la morada de los muertos e hizo subir a su siervo Samuel a la escena.
Lo que el profeta declara al rey caÃdo es similar al mensaje que, siendo muy joven, fue encargado de decir a Elà (cap. 3:11-13). Es una terrible confirmación de la sentencia de Jehová. Sólo falta un dÃa y será ejecutada; el reinado quitado a Saúl será dado a David y el rey y sus hijos irán a encontrarse con Samuel en el lugar en que los muertos aguardan la resurrección: para vida o para juicio.
Es muy solemne el fin de ese hombre, quien habÃa empezado con tan buena disposición. Queridos amigos, recordemos bien esto: las más hermosas cualidades, en ausencia de la nueva vida, conducen al castigo eterno tan seguramente como los más groseros pecados. Jesús da esa vida divina a todos los que se la pidan. ¿La posee usted?
Mientras no habÃa guerra declarada entre Israel y los filisteos, la posición de David en medio de extranjeros podÃa, tal vez, disculparse: el odio de Saúl de veras lo empujaba al exilio. Pero ahora, en vÃsperas de la batalla, esta situación se hace insostenible; y David habrÃa tenido que darse cuenta. Mas, persevera en su doble juego, mostrándose dispuesto a tomar las armas contra Israel al lado de los filisteos. En su gracia, Jehová se vale de la desconfianza de los prÃncipes para librar a David de la trampa que él mismo habÃa fabricado. Recordemos bien que, para el mundo, el creyente no sólo es extranjero, sino enemigo. Es tan peligroso por sus muestras de interés y sus cumplidos âlos de Aquis a David (v. 6 y 9)â como por sus manifestaciones de violencia.
El hombre renombrado por haber herido a diez mil filisteos quizás haya olvidado sus propias victorias. En cambio, sus enemigos guardaron de ellas un punzante recuerdo (v. 5; cap. 21:11). Y cuando olvidamos la cruz y nuestro precedente testimonio, el mundo siempre sabe señalarnos: «¿Es éste el cristiano que pretendÃa ser mejor que nosotros?»
Dios no permitió que David participara en la batalla contra Saúl, a quien, en dos ocasiones, habÃa perdonado la vida tan generosamente; ni contra Jonatán su amigo; ni contra Israel su pueblo, sobre el cual era llamado a reinar.
Pero, aunque protegido, ahora debe pasar por la disciplina como todo siervo desobediente. Esta disciplina es el desastre que encuentra al volver a Siclag. ¡Ay, qué angustia para estos hombres y especialmente para su jefe! Los que le son más queridos han desaparecido. No sabe si han muerto o sólo son cautivos. David lo ha perdido todo. Peor aún: exiliado de Israel, perseguido por Saúl, rechazado por sus falsos amigos, los filisteos, ahora sus verdaderos amigos, sus fieles compañeros desde el comienzo, se vuelven contra él y hablan de apedrearlo. Ya no tiene nada⦠Sin embargo, ¡Dios sigue estando con él! Y leemos estas notables palabras: âDavid se fortaleció en Jehová su Diosâ (v. 6). No pudiendo contar con nada ni con nadie, experimenta lo que dice un cántico: «Cuando todo me falta, Ãl mismo me queda». Entonces, con la fuerza que vuelve a hallar en su Dios, se lanza resueltamente sobre la huella de los raptores amalecitas.
El pobre esclavo egipcio abandonado por su amo, a quien David recoge y reconforta, nos hace pensar en la condición del pecador perdido. Cuando Satanás lo ha dejado en un estado de total debilidad y de muerte moral, Jesús, como el buen Samaritano, le da la vida para las fuerzas y la capacidad para servirle.
Guiados por este muchacho, David y sus hombres caen sorpresivamente sobre los amalecitas, ocupados en festejar su victoria. Y Dios permite que recuperen todo lo que les habÃa sido arrebatado y que se apoderen de un gran botÃn. ¡Qué gracia divina! ¡Es preciso que todos la aprovechen, inclusive los que guardaron el bagaje: tal es la respuesta de David a sus compañeros egoÃstas y celosos (v. 23-24). ¿No es igual la enseñanza del Evangelio? El obrero de la hora undécima recibe tanto como sus compañeros de la mañana, pese al enojo de éstos, porque están frente a un amor, lleno de bondad (Mateo 20:14-15). Por ejemplo, no pensemos que un creyente discapacitado o enfermo será menos favorecido en el dÃa de Cristo, porque aparentemente no estuvo «en primera linea». No podemos juzgar el servicio de otros creyentes ni apreciar su recompensa. El Señor la ha preparado a la medida de su perfecto amor.
La batalla entre Israel y los filisteos empieza durante los acontecimientos narrados anteriormente. Pronto se hace ventajosa para los filisteos, quienes disponen de un cuerpo de flecheros contra los cuales los israelitas, alcanzados a distancia, no pueden utilizar sus armas. Entonces, de repente, todo le falta a Saúl. En contraste con David en el capÃtulo 30, versÃculo 6, Dios también le falta. El único recurso que ve, es el de quitarse la vida. Asà lo hará Judas. Pero, como tantos incrédulos cuya desesperanza los conduce al suicidio (antes que a los brazos del Señor), al querer escapar de la deshonra en la tierra, Saúl no hace más que precipitarse a la desdicha eterna. ¡Miserable hombre! HabÃa tenido el reino y todo lo que se puede desear en este mundo. ¿Pero de qué sirve esto para aquel que pierde su alma? (Marcos 8:36).
Los hombres de Jabes-galaad, emparentados con la tribu de BenjamÃn (Jueces 21:14), muestran su agradecimiento hacia aquel que los libró en otros tiempos (1 Samuel 11).
Ahora todo el antiguo orden de cosas es puesto a un lado para dar lugar al rey según Dios, David, imagen de Cristo, viniendo a reinar en gloria.
El asunto de Siclag dejó a David humillado, consciente de su debilidad, pero también lo restableció en felices relaciones con Jehová. De esa manera fue preparado para su reinado, sobre el cual se abre el segundo libro de Samuel.
El hombre que le anuncia la muerte de Saúl es a sus propios ojos âcomo portador de buenas nuevasâ (cap. 4:10, V.M.) Para David, ¿no significa eso la muerte de su enemigo y de la posibilidad de ascender al trono? Pero este hombre no conoce a la persona a quien se dirige. En el corazón del âamadoâ de Dios brillan la gracia, el desinterés, el amor por su pueblo y el respeto al orden divino. ¿Cómo podrÃa regocijarse mientras que Israel era vencido y su prÃncipe deshonrado delante de los enemigos de Jehová?
â¿De dónde eres tú?â (v. 13). El hombre confirma que también forma parte de los enemigos de Israel, y de los peores: ¡es amalecita! Al tratar de engañar a David con su mentiroso relato, no hace más que engañarse a sà mismo (véase Proverbios 11:17-18, V.M.) QuerÃa que el nuevo rey obtuviera la corona de su mano. En esto se parece al gran enemigo, quien buscaba hacer que Jesús aceptara de su mano âpero igualmente sin éxitoâ âtodos los reinos del mundo y la gloria de ellosâ (Mateo 4:8-10).
Muy lejos de regocijarse por la desdicha que alcanzó a su rival y perseguidor, David le compone una conmovedora endecha. Este canto âdel Arcoâ (cap. 1:18, V.M.) celebra las cualidades humanas de Saúl: su fuerza, generosidad y popularidad. En cuanto a la maldad del rey, de la cual habÃa sufrido mucho, David también la oculta, como evita hablar de la derrota que provocarÃa gozo y menosprecio en los enemigos de Jehová. âNo lo anunciéis en Gatâ¦â (v. 20).
Lo mismo que Judá (v. 18), necesitamos que se nos enseñen las lecciones de ese canto del Arco: entristecernos por la desdicha de otros; hacer resaltar el bien, aun de los que no nos aman; guardarnos de contar lo enojoso que sepamos acerca de alguien; ante todo, cubrir las faltas de nuestros hermanos pensando en el testimonio del pueblo de Dios frente al mundo (1 Pedro 4:8).
Después, el dolorido corazón de David se expresa con respecto a Jonatán. Maravilloso amor, muy dulce (v. 26) y, sin embargo, pálida figura del amor de Jesús: amor insondable, del cual nada âni aun la muerteâ nos podrá separar jamás (Romanos 8:38-39).
David no consultó a Dios antes de descender a la tierra de los filisteos y esto le salió mal. Pero esa amarga experiencia le fue útil. Ahora consulta dos veces a Jehová.
Nunca nos cansaremos de insistir sobre esta fundamental regla de la vida cristiana: la dependencia. Es un deber para con Dios, pero también es la fuente de nuestra fuerza y de nuestra seguridad.
Hebrón, adonde Dios conduce a su ungido, es un lugar que habla de muerte. Allà estaban los sepulcros de los patriarcas. Cristo, el Amado de Dios, el verdadero David, antes de tomar oficialmente su reino, entró en la muerte por obediencia a Dios. A este mismo terreno conduce a los suyos, pues el creyente ha muerto con Cristo.
David no olvida a los habitantes de Jabes de Galaad que habÃan manifestado bondad hacia Saúl. ¿OlvidarÃa el Señor la poca misericordia que nos haya permitido ejercitar? (Hebreos 6:10).
La realeza de David se establecerá poco a poco. Por el momento, sólo Judá la reconoce. El resto del pueblo está sujeto a Is-boset, hijo de Saúl, sostenido por Abner, su anterior edecán.
Hasta el fin del capÃtulo 4 se relata el conflicto entre David e Is-boset, o más bien, entre sus respectivos generales: Joab y Abner. Es una lucha por el prestigio, pues cada uno de esos orgullosos hombres quiere ser el primero. El enfrentamiento termina con el asesinato de Abner y de Is-boset. Jehová se valdrá de estas tristes circunstancias âse trata de una guerra civilâ para establecer, poco a poco, el reinado de David, el rey conforme a su voluntad.
La violencia y el espÃritu de venganza se dan libre curso. Cerca del estanque de Gabaón la prueba de fuerza empieza como un juego. Sencillamente se quiere ver quiénes son más hábiles y más fuertes. Pero vemos cuán fácil es traspasar la distancia entre el orgullo y el asesinato. Uno se apasiona, pierde el control de sà mismo y comete un crimen sin haberlo premeditado. Los veinticuatro desdichados jóvenes caen juntos, traspasados el uno por el otro.
Notemos que David permanece ajeno a los combates que Joab pretende conducir en su nombre. Se nos da a conocer a este último: hombre astuto y sin escrúpulos, quien defiende la causa de David porque le procura una ventaja personal.
Durante estos acontecimientos (cap. 2:12 a 4:12), David espera en Hebrón, con paciencia, a que Jehová mismo le establezca como rey sobre todo Israel.
Asimismo Jesús, ahora en el cielo, aguarda que Dios le dé su reino universal.
Para Israel, el comienzo del capÃtulo 5 corresponde a una gran fecha en su historia. Se trata del traslado del trono de David a Jerusalén, esa ciudad que, de ahà en adelante, ocupará un lugar muy importante en la historia del pueblo y en los consejos de Dios. Pero en el interior de la ciudad, en el monte de Sion, subsistÃa una fortaleza casi inexpugnable, en la que los jebuseos se habÃan mantenido desde el tiempo de Josué. Pese a la jactancia de éstos, David se apodera de ella. No obstante, aquà olvida la gracia que le caracterizó tan a menudo y expresa su odio hacia los lisiados, cerrándoles el acceso a la casa de Dios. Qué diferencia con el Señor Jesús, quien recibÃa en el templo precisamente a los ciegos y cojos para sanarlos (Mateo 21:14), y también con el hombre que âhizo una gran cenaâ (Dios mismo) y, para llenar su casa, fuerza a esos desdichados (que nos representan a usted y a mÃ) a tomar lugar en el festÃn de su gracia (Lucas 14:21-23).
Admiramos la fe y dependencia desplegadas por David en muchas circunstancias (y aún en los versÃculos 19 y 23, para luchar contra los filisteos). Lastimosamente su vida familiar está lejos de alcanzar el mismo nivel. Pese a la ordenanza de Jehová, especialmente dirigida a los reyes (Deuteronomio 17:17), David toma muchas mujeres, primero en Hebrón, luego en Jerusalén. Si hubiese tenido por esposa sólo a la fiel Abigail âcuyo nombre significa la alegrÃa del padre, y que es una figura de la Iglesiaâ, no leerÃamos tres nombres que llegan a ser la fuente de tantas penas para él: Amnón, Absalón y AdonÃas (cap. 3:2-4).
Siguiendo las instrucciones de Jehová, es como la guerra contra los filisteos puede volver a ser victoriosa. Antes de la segunda batalla, David habrÃa podido decir: ¡Hagamos como la primera vez, ya que nos fue bien! Pero notemos que, al contrario, consulta otra vez a Jehová. Lo hace con mucha razón, y la respuesta es muy diferente. Asimismo, desconfiemos de nuestra propia sabidurÃa; pidamos siempre al Señor sus directivas para que también podamos obtener las victorias que Dios preparó para nosotros.
Al inaugurar su reinado, el primer pensamiento de David es para el arca de Jehová. Junta treinta mil hombres, lo mejor de Israel, esta vez no para un combate, sino para escoltar dignamente el arca hasta Jerusalén. Nunca terminaremos de rendir honor a la persona del Señor Jesús. Pero, este homenaje, este culto, debe ser rendido con inteligencia y obediencia. Según el mandamiento divino, el arca debÃa ser llevada sobre el hombro (Números 7:9). Pero David y el pueblo no lo tuvieron en cuenta. Según su parecer, un carro nuevo, como el que habÃan utilizado los filisteos ignorantes, le convenÃa mucho más. ¿No era eso aparentemente más práctico que el transporte a pie? Y entonces Uza tocó el arca y fue herido de muerte. ¡Qué consternación! No habrÃamos pensado que era tan culpable. ¡Pues, sÃ! Dios quiere darnos a entender, a nosotros como a David, cuán grave es reemplazar sus enseñanzas por nuestras buenas intenciones y por nuestros propios arreglos, especialmente cuando se trata del culto.
¡Qué enojosa interrupción de esa hermosa ceremonia! David, irritado y asustado a la vez, desvÃa el arca y pierde asà una bendición que, en cambio, va a aprovechar la familia de Obed-edom.
Conmovedora figura del Señor Jesús presente en la casa del creyente, el arca quedó tres meses en casa de Obed-edom, trayendo la bendición a ese hombre y a su familia, lo que no tardó en saberse (v. 12). Si vivimos cerca del Señor, los que nos conocen no dejarán de percibirlo. Y ellos también querrán gozar de las bendiciones que él nos otorga.
Ahora David, después de haber aprendido la lección de Dios, obra según Su pensamiento: el arca es llevada por los levitas que se han santificado; y él mismo, habiéndose despojado de su majestad real, expresa su gozo danzando delante de ella. El Evangelio ya no nos muestra el arca, sino a Jesús en persona, haciendo su entrada en la misma ciudad de Jerusalén en medio de la alegrÃa de los que le aclaman (Mateo 21:9).
Después de dar seis pasos se ofrece el sacrificio. Hace pensar en el andar y en el culto del cristiano. El uno y el otro provocan el desprecio de los incrédulos, de quienes Mical es una triste imagen. El mundo ama lo que es elevado y brillante. Pero el creyente es dichoso al humillarse y aun al hacerse âmás vilâ (v. 22), para que las miradas se desvÃen de él y se fijen sólo en Jesús (comp. Juan 3:30).
âCuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con élâ (Proverbios 16:7). Estas palabras se vuelven reales para David. Y ya que él habita una hermosa casa de cedro, no quiere dejar el arca en una simple tienda. ¡Qué lindo detalle de su parte! Aquellos creyentes que tienen una vida bien asegurada y confortable nunca deberÃan olvidar que su Señor atravesó este mundo como un divino viajero, sin un lugar donde recostar su cabeza.
David se propone construir una casa digna de Jehová. Pero, escuchemos lo que Dios le dice, en sustancia, por boca de Natán: «Voluntariamente tomé ese carácter de viajero para compartir en gracia la suerte de mi pueblo. Y el momento de mi descanso todavÃa no ha llegado. Pero lo que tú no puedes hacer, uno de tus descendientes lo hará».
Se trata primero de Salomón, hijo de David, quien edificará el templo. Pero el versÃculo 14, citado en Hebreos 1:5, prueba que ese Rey, Hijo de David, es proféticamente Jesús, el Hijo de Dios. Sólo de él se puede decir que su reino será para siempre. Las bendiciones individuales (v. 8-9) o colectivas (v. 10) tienen su fuente en esa incomparable Persona.
David quiso hacer algo para Jehová. Pero la respuesta divina fue: «Yo hice todo para ti». Tal es la lección que cada uno debemos aprender. Dios mismo se preocupó por nuestra salvación, por nuestro reposo y por todo lo que concierne a nuestro porvenir (v. 9). ¡Maravillosos consejos en los cuales no intervenimos para nada! â¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!â (Romanos 11:33). Por cierto, no es asà âcomo procede el hombreâ (v. 19).
Entonces, ¿qué debe hacer David? Sencillamente agradecer a Dios. En la presencia divina, el rey entra, se sienta y adora; asimismo el creyente puede hacerlo hoy en dÃa en la reunión de los redimidos alrededor del Señor, con la tranquila seguridad de que debe estar allà y gozar de ese reposo divino. â¿Quién soy yo, y qué es mi casa?â Ni David, sencillo pastor (v. 8), ni Israel, sacado de Egipto (v. 6), tienen mérito personal alguno, ningún tÃtulo para ocupar semejante posición. Sólo la gracia los ha âtraÃdo hasta aquÃâ (v. 18). Y la oración del rey, expresión de entera comunión, se resume asÃ: âHaz conforme a lo que has dicho. Que sea engrandecido tu nombreâ (v. 25-26).
Con gusto, en ese momento se colocarÃa también el Salmo 23 en su boca, en particular los versÃculos 5 y 6.
Fortalecido por las promesas de Jehová, el nuevo rey asegura su trono por medio de victorias con las que somete a sus enemigos. Los primeros son los filisteos. Todo su paÃs por fin puede ser sometido. Luego Moab es subyugado, en parcial cumplimiento de la profecÃa de Balaam (Números 24:17). Hadad-ezer y los sirios que lo sostienen son vencidos a su vez. Por fin, Edom es avasallado, según una profecÃa más antigua todavÃa: la de Isaac bendiciendo a Jacob (Génesis 27:29; véase también 25:23). Aquà David realiza, en figura, lo que está escrito del Señor Jesús, cuyo glorioso reino se establecerá cuando todos sus enemigos hayan sido sojuzgados (véase el Salmo 110, muchas veces citado).
Ahora que la paz está lograda y el dominio de David reconocido, tanto afuera como adentro, se bosqueja la organización del reino (v. 15-18). El rey es el centro y hace justicia. Alrededor de él, cada uno en su lugar cumple las funciones que se le han asignado. Los sacerdotes están presentes asegurando las relaciones con Dios. ¡Seguridad, estabilidad, justicia y paz: caracteres gloriosos que serán, en el Reino venidero, mucho más excelentes!
El capÃtulo 8 desplegó ante nosotros la gloria del rey David. Pero una cosa la supera aún: su gracia. La aprendió en la escuela de Dios, siendo él mismo objeto de esta gracia. ¿Es asÃ, en efecto, âcomo procede el hombreâ, al recibir en la corte y a su mesa al último representante de la raza rival, el heredero de su enemigo? (léase 2 Samuel 4:4).
No, se trata de una âmisericordia de Diosâ. Porque David no se contenta con cumplir su promesa a Jonatán y a Saúl (1 Samuel 20:14-15; 24:22-23); hace sobreabundar esta gracia divina para con el pobre Mefi-boset, el cual está lleno del sentimiento de su propia indignidad. Además, este hombre ¿no era cojo, y por esta razón se exponÃa al odio del rey? (cap. 5:8). Pero vemos cómo se le busca, se le llama por su nombre, se le tranquiliza (v. 5-7), se le enriquece, se le invita a la mesa del rey como si fuera un miembro de la familia, y finalmente, David lo toma a su cargo para siempre. ¡Qué hermosa figura de la obra de Jesús por un pecador!
Mefi-boset seguirá siendo un lisiado. El versÃculo 13 lo repite intencionalmente. Pero, cuando está sentado a la mesa real, no se nota. ¿No sucede lo mismo con el creyente aquà en la tierra? No se le quita su vieja naturaleza. Pero, permaneciendo en comunión con el Señor, puede ocultarla.
Después que Mefi-boset acepta la gracia real, tenemos el ejemplo de los que no la comprenden, ni quieren recibirla.
David hizo misericordia con Hanún, procurando consolarlo, pero fue rechazado. AsÃ, hoy en dÃa, Jesús desea revelarse a los hombres como aquel que simpatiza con sus penas y sufre sus dolores (IsaÃas 53:4). ¿Existe ultraje más grande que rechazar este amor? ¡Cuánto debió sentir David el ultraje hecho a sus siervos! Con mayor razón aún, el corazón perfectamente sensible del Salvador es herido cada dÃa por el desprecio de los que rechazan sus más tiernos llamados (Juan 5:40; Mateo 22:6).
Hanún y su pueblo todavÃa estaban a tiempo para humillarse, cuando vieron que su caso tomaba un giro equivocado. La experiencia de Abigail nos da la seguridad de que el juicio habrÃa podido ser desviado (1 Samuel 25). Pero en lugar de esto, el orgullo y el enceguecimiento los impele a pelear contra aquel que les quiso hacer bien. Para David se presenta una nueva victoria, más gloriosa que la del capÃtulo 8, sobre Hadad-ezer y los sirios que habÃan ayudado a los amonitas.
Nos gustarÃa permanecer con las victorias del capÃtulo 10 y hacer caso omiso de lo que se presenta ahora. Porque, de parte del enemigo de las almas, David soporta la más cruel derrota de su existencia. No obstante, este triste relato se halla en el libro de Dios como solemne advertencia para cada uno de nosotros. El más piadoso creyente posee un corazón corrompido, abierto a todas las codicias, y debe vigilar las entradas que dan acceso a ese malvado corazón, en particular sus ojos.
Esta trágica historia nos muestra a un rey que se hace esclavo: esclavo de sus codicias, atrapado en el terrible engranaje del pecado. En lugar de estar en la batalla con sus soldados, David descansa en Jerusalén; se pasea, ocioso, sobre el terrado de su palacio. Acordémonos que el ocio y la pereza multiplican, para el hijo de Dios, ocasiones de caÃda. En la inactividad, la vigilancia se relaja infaliblemente; y el diablo, que nunca descansa, sabe cómo sacar partido de ello. Sepamos, pues, estar ocupados.
David toma la mujer de UrÃas y, para ocultar su pecado, comete otro: con la complicidad de Joab, maquina la muerte de su noble y abnegado soldado.
âNo codiciarás la mujer de tu prójimoâ, dice la ley. âNo cometerás adulterioâ. âNo matarásâ (Ãxodo 20:17, 14 y 13). David, que declara en el Salmo 19:7: âLa ley de Jehová es perfectaâ, transgredió sucesivamente por lo menos tres mandamientos. Sin embargo, su conciencia sigue sin reprenderlo. Es necesario que Jehová le envÃe a Natán. Y la conmovedora parábola de la oveja hurtada, muy apta para alcanzar el corazón del que fue pastor, va a ayudarle a medir el horror de su falta. Pero David no se reconoce en seguida. Es despiadado para con el hombre rico. ¡Asà somos! No se nos escapa la paja en el ojo de nuestro hermano, pero no notamos la viga que hay en el nuestro. Entonces, con solemnidad, el dedo de Dios lo señala: âTú eres aquel hombreâ (v. 7). Después, todo el triste asunto, ocultado tan cuidadosamente, es descubierto sin miramientos: «¡Tú hiciste esto y aquello!». Finalmente, para confundir el corazón de David, Dios le recuerda todo lo que Su gracia habÃa hecho por él. ¿Era poca cosa? En el capÃtulo 7:19 David habÃa dicho lo contrario. Entre más recibimos, menos excusables son nuestras codicias. ¡Y recibimos mucho!
Después de haber permanecido tanto tiempo dormida, la conciencia de David se sobrecoge por una profunda convicción de pecado. Y se da cuenta de que su crimen no solamente concierne a UrÃas y a su mujer, sino que es, en primer lugar, contra Jehová.
Comprendamos que nuestras faltas para con nuestros hermanos, padres o cualquier otra persona, primero son un pecado contra Dios. No basta, pues, reparar el mal ante aquel a quien hemos perjudicado (cuando es posible; David ya no podÃa); aún es necesario confesarlo a Dios.
Es lo que David hace en el Salmo 51, escrito en ese momento de amarga angustia (véase también Salmo 32:5, 1-2). En verdad, Dios no desprecia âal corazón contrito y humilladoâ (Salmo 51:17). Perdona a su pobre siervo; le perdona por completo. David es âcomo la nieveâ, porque por anticipado fue lavado por la misma preciosa sangre de Cristo derramada por él, por usted y por mà (IsaÃas 1:18). Pero, lo que no puede ser borrado son las consecuencias del mal cometido. Ãstas son muy dolorosas. En primer lugar, su hijo debe morir. AsÃ, cada uno sabrá que, sin dejar de perdonar al pecador, Dios condena absolutamente el pecado y, especialmente, cuando lo comete uno de sus siervos.
Corrupción y violencia: éstos son los tÃtulos que podrÃan llevar los capÃtulos 11 a 13. Desde el principio del Génesis, éstos son los caracteres del mundo. Y no ha cambiado. Pero, ¡cuán terrible es cuando tales caracteres se manifiestan en la familia del hijo de Dios! David habÃa dado curso a estas dos formas de mal al tomar a Betsabé y ordenar la muerte de UrÃas. Ahora se introducen en su casa. Hasta el final de su historia, David va a experimentar amargamente que âlo que el hombre sembrare, eso también segaráâ (Gálatas 6:7).
Amnón ha muerto. Mediante la intervención de Joab, Absalón, el homicida de su hermano, vuelve a Jerusalén. Pero en él no se ve ningún pesar, ningún sentimiento de humillación. Astucia, soberbia, ambición, ausencia de piedad y de afecto natural, es lo que encontramos en este hombre. La continuación de su historia hará este retrato más sombrÃo aún. Absalón es un hombre cuyo estado moral está lejos de corresponder a su hermosura fÃsica. Un personaje tan abominable, ¿cómo puede ser el hijo del rey amado? ¡Ay!, sin embargo, ¡asà es! No heredamos la fe de nuestros padres. Es necesario poseerla por uno mismo.
La actitud de Absalón no muestra trabajo de conciencia alguno. Cuidadosamente preparó su golpe de Estado. DÃa a dÃa iba a la puerta de la ciudad para encontrar allà a los que tenÃan algún asunto que juzgar. Les extendÃa la mano, los besaba y los interrogaba acerca de los motivos que los traÃan. Luego, les daba a entender que su padre no era capaz de tomar su causa en mano. Agregaba que él, en cambio, si recibiera el poder, no dejarÃa de ejercer justicia. Aunque hipócrita y lisonjero, Absalón ganaba de esta manera, en todo Israel, una reputación de benevolencia, amabilidad y justicia, a expensas del rey, su padre. âRobaba el corazón de los de Israelâ a su verdadero señor (v. 6; Romanos 16:18).
Hoy en dÃa, ¿no hay todavÃa personas (u objetos) hábiles para robar nuestros corazones al verdadero David? Recordemos que estos corazones pertenecen al Señor Jesucristo. Ãl pagó un precio muy grande para poseerlos sin reserva y para siempre.
En los versÃculos 7 a 12 vemos a Absalón encubriendo su infame acción con un pretexto religioso, para organizar la conspiración que debe âsegún creeâ colocarle sobre el trono (JeremÃas 9:3-5).
Mientras todo iba bien para el rey y su entorno, era imposible distinguir los que estaban verdaderamente apegados a David de quienes se quedaban con él por simple interés personal. Ahora la prueba muestra lo que hay en los corazones y los separa. Unos siguen a Absalón (v. 13), los otros a David (v. 18). La neutralidad ya no es posible.
¿Ya hemos pensado en lo que harÃamos si mañana los cristianos fueran perseguidos, castigados con prisión o muerte, como lo fueron en otros tiempos, y como lo son todavÃa en algunos paÃses? Entonces, se verÃa si verdaderamente amamos al Señor Jesús y si le seguimos, no sólo cuando el camino es fácil, sino también cuando se debe dejar todo y soportar todo para permanecer con él. Itai era un extranjero que habÃa venido hacÃa poco junto al rey. A menudo se ha visto a recién convertidos, salidos de ambientes en que hay poca luz, desplegar una gran fe y una gran abnegación. Pero también sucede lo contrario: cristianos de quienes se esperaba mucho a causa de sus conocimientos y su educación, retrocedieron en el momento de la prueba. ¡Es de desear que todos nos parezcamos a Itai, geteo!
Los sufrimientos que David debe conocer ahora son el resultado de sus propias faltas. No pueden compararse, pues, con los padecimientos del Señor Jesús, los cuales fueron la consecuencia de nuestros pecados. No obstante, en ciertos aspectos, nos permiten comprender mejor lo que atravesó nuestro Salvador. Vemos que David, en medio de algunos amigos fieles, sube llorando la cuesta de los Olivos. Más tarde, en este mismo lugar, en el huerto de GetsemanÃ, el Varón de dolores, en la angustia de su combate, ofrecerá âruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podÃa librar de la muerteâ (Hebreos 5:7). Allà el rey se entera de la traición de Ahitofel, su compañero y consejero, pero cuyo nombre significa ¡hermano de locura!
También allà avanzará Judas a la cabeza de soldados y alguaciles para entregar al Señor (véase Salmo 3:1 y tÃtulo).
La desolada exclamación de David en el Salmo 55:13, sin duda puede situarse en ese instante: âTú, hombre, al parecer Ãntimo mÃo, mi guÃa, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretosâ¦â Pensemos con qué tristeza el Señor debió haber preguntado a su miserable discÃpulo: âAmigo, ¿a qué vienes?â (Mateo 26:50).
Mientras David prosigue su camino de dolor y de rechazo, un benjamita, llamado Simei, cobardemente aprovecha la ocasión para arrojarle piedras y maldecirle. Contra el Señor Jesús no es un acusador sino una jaurÃa de âperrosâ (Salmo 22:16) los que se juntan alrededor de la cruz y aprovechan su humillación para burlarse de él, menear la cabeza e insultarle. Jesús no sólo no les responde, sino que, más que nunca, se vuelve hacia su Dios (Salmo 22:19). Y, a vaga semejanza, lo mismo hace David ante las injustas acusaciones. Se dirige a Aquel que conoce la verdad (comp. Salmo 7:3-4 y tÃtulo). Además, recibe esta nueva prueba como viniendo de la mano divina y acepta la injusta maldición como algo que Dios juzgó necesario. Reprende a Abisai, cuyo ardiente celo se manifiesta a favor de la venganza (v. 9, 1 Samuel 26:8). Es también lo que hizo en perfección nuestro Salvador cuando, en el mismo huerto en que ya le consideramos, tuvo que decir a Pedro: âMete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?â (Juan 18:11).
Husai ciertamente no ignora lo que Dios le habÃa dicho al rey David referente a sus concubinas (cap. 12:11-12). Por eso ahora, al ser acogido por Absalón, no se opone al consejo de Ahitofel.
Husai habÃa sido enviado por David a Jerusalén para anular el consejo de Ahitofel a Absalón. Dios, en respuesta a la oración del rey (cap. 15:31), interviene para que esta estratagema tenga éxito. Nos parece que hoy en dÃa Dios ya no podrÃa bendecir esa manera de obrar, porque la venida del Señor Jesús nos reveló una nueva medida de la verdad y de la rectitud según Dios.
El consejo de Husai permitÃa a David estar informado a tiempo para poder alejarse y preparar su defensa.
TodavÃa no hemos hecho notar que todo este relato tiene un alcance profético. Nos habla de un tiempo venidero en el cual, en Israel, cierto número de fieles, un âremanenteâ, será perseguido por los enemigos de Cristo y obligado a huir. Ãstos, el rey y el falso profeta (o Anticristo), bajo la figura de Absalón y de su consejero Ahitofel, harán la guerra al remanente, cuya angustia está descrita en los Salmos. Pero, después de una corta persecución, los dos cómplices tendrán un súbito y espantoso fin: el rey, llamado la Bestia, y el falso profeta serán los primeros hombres lanzados vivos en el lago de fuego, que es la muerte segunda (Apocalipsis 19:20).
Los Salmos 3 a 7 se refieren a esta sombrÃa página de la historia de David. Escapar delante de Saúl era poca cosa al lado de la huida delante de su propio hijo rebelde.
Pero, si su corazón está desgarrado, su sumisión y su confianza siguen siendo inquebrantables. Escuchemos estas hermosas palabras: âTú, Jehová, eres escudo alrededor de mÃâ. En el preciso momento en que Ahitofel propone una emboscada para caer de noche sobre el rey cansado y atemorizarlo (v. 2), ¿qué es lo que este último está declarando?: âYo me acosté y dormÃ, y desperté, porque Jehová me sustentaba. No temeré a diez millares de genteâ¦â (Salmo 3:3, 5-6).
Veamos la abnegación de los que permanecieron fieles a David. Primero están estos dos jóvenes: Ahimaas y Jonatán, cuyas piernas ây el espÃritu de decisiónâ son útiles para el servicio del rey.
En lo que nos concierne, sepamos aprovechar las ocasiones de ayudar cada vez que se presentan. Indirectamente, se trata del servicio del âReyâ.
Al final del capÃtulo tenemos ejemplo de otras actividades para el Señor y su pueblo: preocuparse por el bienestar y las comodidades de los que están cansados, practicar la hospitalidadâ¦
Ahora va a empezar la batalla. Y ¡se trata nuevamente de una guerra civil! El pobre rey se halla en una trágica situación: ¿puede desear la victoria cuando ésta significa la derrota y la posible muerte de su hijo, a quien no ha dejado de amar?
âLo que el hombre sembrare, eso también segaráâ (Gálatas 6:7). La hora de esa solemne «cosecha» ha sonado para el miserable Absalón. A él se aplica esta espantosa declaración: âEl ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águilaâ (Proverbios 30:17). La hermosa cabellera de que se vanagloriaba Absalón viene a ser el medio de su muerte. Y el cruel Joab es el instrumento por el cual se cumple el juicio de Dios. Pero, de ninguna manera esto lo disculpa. Pese a las órdenes del rey, no teme cometer frÃamente este homicidio.
Al erigir una columna en su honor, Absalón no habÃa previsto que otro monumento serÃa levantado para su vergüenza: un montón de piedras sobre el hoyo en que serÃa echado su cadáver (como para Acán, Josué 7:26), montón sobre el cual cada uno vendrá a arrojar su piedra en señal de menosprecio y condenación.
En el capÃtulo precedente, Ahimaas habÃa corrido por obediencia y su servicio habÃa sido eficaz. AquÃ, su propia voluntad parece estar en juego: âYo correréâ, declara él (v. 23). Y en consecuencia, su hazaña será inútil, arrastrándole hasta la simulación. Asà ocurre, no sólo con nuestras buenas piernas, si las tenemos, sino con todas nuestras facultades; son útiles o no lo son, según nuestra sumisión al Señor Jesús.
La victoria que se acaba de obtener no regocija el corazón de David. Qué le importa el trono o la vida misma; Absalón ha muerto, y la dolorosa noticia traspasa el corazón del pobre padre que siente su parte de responsabilidad en los acontecimientos que acaban de desarrollarse. â¡Hijo mÃo, Absalón, hijo mÃo!â Aquà tenemos uno de los gritos más terribles de toda la Escritura, apto para hacer estremecer a todos los padres cristianos. Grito sin eco, sin esperanza, que expresa la horrible certeza de una separación definitiva y eterna. ¡Muy diferente fue la muerte del hijo de Betsabé! David, en lugar de afligirse, habÃa declarado: âYo voy a élâ¦â, con la convicción de volverle a ver en la resurrección (cap. 12:23). Pero para Absalón, como para Judas, bueno le fuera no haber nacido (Mateo 26:24).
Todos los que han seguido a David no lo han hecho por fe. Joab es un ejemplo. Para ese hombre sólo cuenta su interés. Es inescrupuloso y si alguien se interpone en su camino, no retrocede ante el crimen. Los reproches que dirige a David son tanto más fuera de lugar por cuanto él mismo, debido al asesinato de Absalón, es responsable del dolor del desdichado rey. No obstante, ayudan a éste a recuperarse, pensando en el interés del pueblo más bien que en su propia pena.
Las desgracias de David han producido sus frutos. La prueba le ha permitido conocer a su Dios de manera más real e Ãntima. Encontró la tribulación, la angustia, la persecución⦠el peligro y la espada. Pero todas estas cosas sólo fueron otras tantas ocasiones de comprender mejor los inagotables recursos del divino amor (véase Romanos 8:35).
En medio del pueblo se notan disputas (v. 9), y en Judá, una enojosa falta de solicitud. Pero David obra con espÃritu de gracia. Y los corazones se inclinan hacia él, como se someterán al Señor Jesús cuando, después de su victoria definitiva sobre sus enemigos, aparezca para reinar en gloria.
Aquà vemos cómo David, victorioso, se comporta con los que no lo siguieron. El acusador Simei viene a implorar el perdón del rey. Ãste se lo otorga, aunque pueda dudar de la sinceridad de ese arrepentimiento. Luego es el turno de Mefi-boset. Siba lo habÃa acusado de malevolencia para con David (cap. 16:3). ¿Nunca nos ocurre que, para darnos importancia, inculpamos a los demás de malas intenciones y los acusamos injustamente? Esto lleva el nombre de calumnia (v. 27).
Mefi-boset mostró su apego al verdadero rey, haciendo duelo públicamente durante su ausencia (v. 24). ¿Cómo podrÃa haberse regocijado mientras su señor y bienhechor era desconocido y rechazado? Pensamos en lo que Jesús dijo a sus discÃpulos en el momento de dejarlos: âTodavÃa un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis⦠pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozoâ (Juan 16:19-20; véase Marcos 2:20). Ahora el gozo de Mefi-boset le hace superar todas las injusticias. Sin remordimiento puede abandonar todos sus bienes. La presencia del rey le basta (v. 30). Por otra parte, ¿qué más necesita si come a su mesa?
Barzilai era uno de esos hombres abnegados; el fin del capÃtulo 17 nos lo muestra empleando para el pueblo las riquezas de las cuales dispone (véase 1 Timoteo 6:17-18). David no lo olvidó. Y el gran Rey que vendrá en gloria también se acordará de âlos benditosâ de su Padre. En el dÃa de las recompensas podrá decirles: âTuve hambre, y me disteis de comerâ (Mateo 25:34-35).
Lleno de delicadeza, Barzilai no quiere ser una carga para el rey, pero le confÃa a su hijo Quimam. Es el más preciado deseo de los padres cristianos ver a sus hijos seguir al Señor, para que él se haga cargo de ellos y los bendiga. Y David promete a Barzilai: âTodo lo que tú pidieres de mÃ, yo lo haréâ (v. 38). En Juan 14:14 el Señor dice a los suyos: âSi algo pidiereis en mi nombre, yo lo haréâ.
David vuelve a pasar el Jordán. Va a gozar nuevamente de Canaán, imagen del cielo, del cual habÃa sido privado algún tiempo a causa de su pecado.
Para el hijo de Dios es lo mismo. Toda falta lo priva del presente gozo del cielo, y es necesario que vuelva a recorrer las etapas del camino, pasar âel Jordánâ (la muerte), detenerse en Gilgal (el juicio de sà mismo) para volver a hallar la feliz comunión con el Señor.
Al final del capÃtulo 19 vimos elevarse una disputa entre Judá y las tribus de Israel. Seba, un nuevo enemigo, aprovecha la ocasión para arrastrar al pueblo a la rebelión (cap. 20). Asimismo, Satanás saca partido de nuestras querellas y se regocija de los desacuerdos que sobrevienen entre los hijos de Dios.
Una vez muerto Seba, todo vuelve a su orden. Entonces se recuerda la organización del reino del capÃtulo 8:15-18 (cap. 20:23-26), pero con una diferencia: los hijos de David ya no son los oficiales principales. Después del asunto de Absalón es fácil comprender la razón.
Este relato es muy triste. Saúl habÃa violado el juramento hecho en otros tiempos por Israel a los gabaonitas (Josué 9:15). Ahora, mucho tiempo después, se rememora aquel crimen, que reclama una expiación según Números 35:19. El tiempo no borra los pecados cometidos. Ãstos siempre permanecen ante Dios. Pero para el creyente, la sangre de Cristo ha borrado todas sus faltas por completo. Colgado de un madero (Hechos 5:30 y 10:39), hecho maldición por nosotros, Jesús expió nuestros pecados, el justo por los injustos. ¡A él sea nuestro agradecimiento y adoración, desde ahora y por la eternidad!
Una vez más, David honra la memoria de Saúl y de sus descendientes. Personalmente vela por su sepultura.
Después, Dios nos traza aún una gloriosa página. Surgieron cuatro temibles enemigos, descendientes de los gigantes. Pero, uno tras otro, fueron abatidos por los compañeros de David. El rey habÃa dado ejemplo a sus hombres, al triunfar primero sobre el verdadero Goliat, Satanás, el más grande y peligroso de todos los adversarios. Les mostró lo que puede la confianza en Dios.
El gran combate de la cruz no volverá a producirse. Satanás está vencido. Pero si somos discÃpulos de Cristo, también tendremos que enfrentar muchos combates. En contraste con David, nuestro Señor está siempre con nosotros y nunca se cansa. Nos dará la victoria, ya que luchamos por Su nombre y para Su gloria, muchas veces por la sencilla y perseverante oración de fe. Y los enemigos, tan a menudo de apariencia espantosa y monstruosa, huirán como una sombra ante el todopoderoso Nombre de Jesús, con el cual nos presentamos. ¿Conocemos por experiencia el invencible poder de ese nombre de Jesús?
Los últimos enemigos del rey fueron aniquilados. Como Israel después de haber cruzado el mar Rojo (el versÃculo 16 alude a ello), como Débora con Barac después de su victoria y Ana después del otorgamiento de su ruego, ahora David puede celebrar las liberaciones de Jehová. Con un cántico agradece a su Salvador (v. 3). ¿Se nos ocurre cantar nuestro agradecimiento? ¡Sin duda lo hacemos en las reuniones o en familia! Pero, ¿por qué no hacerlo también cuando estamos solos?
Este cántico reproduce gran parte del Salmo 18. Y como todos los salmos, éste va mucho más allá de las experiencias del que los compuso. En efecto, ¿qué son los sufrimientos de David al lado de los del Salvador? ¿Qué son la violencia y la maldad de Saúl en comparación con el odio de Satanás, el hombre fuerte? Este último procuró atemorizar a Jesús con la perspectiva de la cólera de Dios, luego trató de retenerle en los âlazos de la muerteâ (v. 6). Pero en GetsemanÃ, Cristo fue oÃdo âa causa de su temor reverenteâ (Hebreos 5:7). Por cierto, Dios no podÃa evitar la cruz a su Hijo ni âpasar de él esta copaâ. Sin embargo, le respondió librándole de su âpoderoso enemigoâ, el diablo (v. 18), y sacándole (por medio de la resurrección) de las âmuchas aguasâ (v. 17), esas terribles âondas de muerteâ (v. 5).
Las liberaciones que Dios nos otorga (nuestra salvación en primer lugar) no dependen de nuestros méritos, sino sólo de su gracia. Mientras que, cuando se trataba de su Hijo, habÃa en él tanta excelencia, que Dios no podÃa dejar de liberarle. Entre todos los hombres, Cristo es el único que ha merecido su resurrección, si se puede decir asÃ. Para los que contemplaban a Jesús en la cruz, su desamparo parecÃa ser una señal de la reprobación de Dios. Los burladores meneaban la cabeza, diciendo: âSálvele, puesto que en él se complacÃaâ (Salmo 22:8) o ââ¦si le quiereâ (Mateo 27:43). Dios acepta ese desafÃo resucitando a Jesús. Y el Hijo, que conoce el corazón de su Padre, responde más allá de la muerte: âMe libró, porque se agradó de mÃâ (v. 20).
Siguen los maravillosos motivos por los que Dios halló su placer en Jesús: su justicia y la limpieza de sus hechos (v. 21 y 25), su fidelidad (v. 22), su obediencia (v. 23), su santidad (v. 24), su gracia (v. 26), su dependencia (v. 29-30), su confianza (v. 31); en resumen: su perfección (v. 24). En verdad, la mirada del Padre podÃa posarse con entera satisfacción sobre âel hombre rectoâ (o perfecto; v. 26).
Hemos visto en el cántico de la liberación lo que concierne a David, y al mismo tiempo al creyente, también lo que atañe a Cristo, de quien David es figura. Nos queda por considerar el lado de Dios. âEn cuanto a Dios, perfecto es su caminoâ, asà comienza el versÃculo 31. Jesús desea que conozcamos al Autor de su liberación (vuélvanse a leer los versÃculos 17-18 y Salmo 40:2). Vemos cuál fue su primer mensaje enviado a los discÃpulos por medio de MarÃa, inmediatamente después de la resurrección (comp. Salmo 22:22 y Juan 20:17). Es como si les hubiese dicho: «El Padre que me ama, el poderoso Dios que me libró, viene a ser vuestro Padre, vuestro Dios. También él os ama y, por su gran poder, os libra conmigo del poder de Satanás y de la muerte. Todo lo que este nombre de Padre significa para mÃ, de ahora en adelante lo es para vosotros».
Los versÃculos 33 y siguientes nos muestran a Dios igualmente poderoso para sostener en su andar y en sus luchas a los que confÃan en él. Asà condujo a Jesús, cuya confianza fue total.
El final de este cántico se refiere al porvenir. Nos muestra lo que Dios hará para quebrantar definitivamente a los enemigos de Cristo en la tierra, para colocar a los pueblos bajo su dominio y, por fin, establecerle como Rey sobre el universo.
La vida de David se acerca a su fin. âEl dulce cantor de Israelâ evoca el pasado: ¡sabe que no condujo su casa como debÃa haberlo hecho! Pero descansa enteramente en la gracia de Dios, la que preparó para Israel y para el mundo un porvenir de gloria bajo el dominio de Cristo, el Rey de justicia y paz. Ãl será como el dÃa radiante que se levanta después de la oscura noche, barriendo las tinieblas que ahora reinan sobre el mundo. Bajo ese dominio, los hombres temerán y servirán a Dios, produciendo fruto como el que brota de una tierra fertil y bien regada.
No esperemos a que llegue el final de nuestra existencia para hacer, de vez en cuando, el balance de nuestra propia vida, como el marino cuando toma la altura de su barco. El pasado es mi triste historia, pero al mismo tiempo es la conmovedora historia de la gracia del Señor para conmigo. El presente está marcado por dos deberes principales: obedecer al Señor y confiar sólo en él. En cuanto al porvenir de los creyentes, lo sabemos, es la gloria. Cristo compartirá la suya con ellos, como lo dijo a su Padre (Juan 17:22).
Tenemos aquà el «libro de oro» de los compañeros del rey. En tiempos pasados combatieron y sufrieron con él. Ahora reinan con él (2 Timoteo 2:12). Es una gloriosa página en la que cada nombre y cada hazaña están fielmente contados. Del mismo modo, nada de lo que el Señor nos haya permitido hacer por él será olvidado. ¿No prometió: âY cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua frÃa solamente⦠no perderá su recompensaâ? (Mateo 10:42). Consideremos la expedición de tres valientes hombres al pozo de Belén; ¡arriesgan su vida por un poco de agua fresca! A sus ojos, el menor deseo de su jefe, al que aman, merece tal sacrificio. âLos tres valientes hicieron estoâ (v. 17). ¿Estamos dispuestos a realizar actos de abnegación por amor a Jesús, un Señor infinitamente más grande?
El Señor valoriza exactamente la dificultad de lo que se hace para él: matar dos leones es una hazaña poco común, y la nieve lo hacÃa más difÃcil aún para el valiente Benaia. ¡El mal tiempo está especialmente mencionado!
Después encontramos la lista con los nombres de esos héroes. Todos están ahÃ, preciosos para el corazón del rey, inclusive el fiel UrÃas (v. 39). En cambio, pese a su actividad, Joab no figura en ella, ¡pero se halla el del escudero que llevaba sus armas! (v. 37).
David comete una nueva falta: censa al pueblo. El versÃculo 1 parece disculparle, ya que Jehová lo incita. Pero 1 Crónicas 21:1 revela que Satanás es el malvado instrumento, a quien Dios deja en libertad de acción, a fin de castigar a Israel y después manifestar Su gracia. El enemigo se sale con la suya mediante la soberbia del rey, quien está orgulloso de dominar sobre un pueblo numeroso y de disponer de un poderoso ejército. El orgullo nos lleva a atribuirnos importancia, olvidando que sólo la gracia de Dios hizo lo que somos y nos dio lo que poseemos. En dÃas mejores, David lo habÃa reconocido: â¿Quién soy yo⦠y quién como tu pueblo, como Israel?â (cap. 7:18 y 23). La gloria de Israel no se hallaba en su fuerza, ni en el número de sus guerreros, como en las otras naciones. Estaba en el nombre de Jehová, a quien Israel pertenecÃa (véase Salmo 20:7).
Aunque Joab no teme a Dios, ve más claro que David y busca disuadirlo. ¡Pero en vano! El censo se hace⦠y apenas se conocen las cifras, el rey comprende su locura. Pese a su arrepentimiento, una vez más tiene que vérselas con el âgobierno de Diosâ (Amós 3:2).
El castigo divino va a caer sobre el pueblo. Apenas termina el censo de los hombres de guerra, su número es reducido mediante la epidemia. Es como si Dios dijera a David: «A mà me pertenece aumentar o disminuir en tres dÃas este pueblo, para cuyo censo necesitaste casi diez meses».
Es hermosa la respuesta de David a la difÃcil elección que se le impone: âCaigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchasâ (v. 14). Conoce el corazón de Dios y, aun bajo la disciplina, su confianza en el amor divino no es conmovida, y tampoco será decepcionada. Una vez más, el pecado del hombre da a Dios la ocasión de mostrar los maravillosos recursos de su misericordia y de su perdón. âBastaâ, dice cuando se produce en los corazones el fruto que aguardaba.
Se ofrece un sacrificio; la era de Arauna, comprada por el rey, llegará a ser âcomo lo veremosâ la base del templo.
David no quiere ofrecer a Jehová âholocaustos que no⦠cuesten nadaâ. Pensamos en la ofrenda de MarÃa, descrita en los evangelios. Quiso traer un excelente perfume para mostrar el precio que Jesús tenÃa para ella (Juan 12:3).
David ya es un anciano. Cansado de una vida de sufrimientos y luchas, sigue confiando en Dios, según la oración del Salmo 71:17-18 (véase también v. 9): âOh Dios, me enseñaste desde mi juventud⦠Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desamparesâ. Jehová le responde y le socorre en la última prueba que le aguarda. Después de Absalón, AdonÃas, otro de sus hijos, conspira para apoderarse del trono (v. 5). El trágico fin de su hermano mayor no le habÃa enseñado nada. Además, de una manera general, la educación de este joven habÃa dejado mucho que desear. Su padre nunca lo habÃa reprendido o contrariado (v. 6). Desde su más tierna juventud, AdonÃas siempre habÃa hecho lo que querÃa. Un nuevo ejemplo que deben meditar nuestros jóvenes lectores a quienes, a veces, les parece que sus padres son demasiado exigentes. Han de saber que ser reprendido mientras se es niño, les evita en edad adulta penas mucho más dolorosas. Dios no obra de otra manera con sus hijos (Hebreos 12:6). ¡Cuántas veces su sabidurÃa y su amor nos habrán impedido hacer la voluntad propia, para nuestro bien presente y quizás eterno!
En la fuente de Rogel la fiesta está en su apogeo. Los invitados rodean a AdonÃas. El astuto Joab está presente, lo mismo que Abiatar, quien olvidó las palabras de gracia de David: âQuédate conmigoâ, (1 Samuel 22:23). Los demás hijos del rey, sea por oportunismo o por debilidad de carácter, se adhieren a la causa de su hermano. Con excepción de uno: Salomón, que no ha sido invitado (v. 25-26). ¡Y con razón! ¿No es él el rey elegido por Dios para suceder a David? ¿Qué podrÃa haber hecho en esa fiesta? Pero todo ese plan, sabiamente urdido, será reducido a nada por algunas almas fieles y sumisas al pensamiento divino. David, al ser informado, obra en seguida: Ahora mismo Salomón va a subir al trono. Su padre da todas las instrucciones al respecto.
En nuestros dÃas, en todas las esferas, el hombre se eleva buscando su propia gloria. Hay un pensamiento que no le preocupa para nada: conocer la voluntad de Dios. Esta voluntad divina es la de dar al mundo el Rey que le ha sido destinado: Jesucristo. Hoy en dÃa, este rey todavÃa es rechazado y despreciado; no está invitado a las alegres fiestas que el mundo organiza. Y los que temen a Dios, tampoco tienen su lugar en ellas.
Conforme a las instrucciones de David, ahora se celebra una fiesta muy diferente. En medio de la alegrÃa del pueblo fiel, el joven Salomón se sienta en el trono de su padre. ¡Cuán grande es el contraste con AdonÃas! El nuevo rey no actúa por sà mismo: se le hace montar en la mula real, y se lo lleva a Gihón, donde es ungido por Sadoc en medio de la algarabÃa general.
Mientras tanto, en la fuente de Rogel se acaba el festÃn. Un ruido desacostumbrado, persistente, proviene de la ciudad. Joab, como militar experimentado, oye la trompeta y se inquieta. Al mismo tiempo se acerca Jonatán, trayendo noticias. En lo que a él concierne, éstas son buenas, porque David sigue siendo el rey su señor. Pero, ¡qué desastre para AdonÃas y sus invitados! Todo el complot se derrumba en un instante y los conjurados, desamparados, se dispersan por todos lados. Aterrorizado, el usurpador AdonÃas se sujeta a los cuernos del altar e implora el perdón del rey. Se le otorga una prórroga, pero el orgullo y la maldad de su corazón no han sido juzgados por eso.
¡Qué locura oponerse a Dios y a su Ungido! Sin embargo, esto hará el Anticristo en breve, pero será destruido para dar lugar al Señor Jesús y a su reinado.
Las últimas recomendaciones de un padre o de una madre a sus hijos en el momento de su muerte siempre son palabras muy serias. Las de David a Salomón se resumen asÃ: «Guarda la Palabra de Dios». También era el deseo del Señor Jesús en el momento de dejar a los suyos (Juan 14:23-24).
Después, es necesario hablar de juicio, sin el cual el reino de justicia y paz no puede establecerse. Los crÃmenes de Joab y los ultrajes de Simei, impunes durante mucho tiempo, deben ser rememorizados. Lo que borra un pecado es la confesión, y no los años. Pero lo que Barzilai hizo por el rey y los suyos tampoco se olvida.
Salomón, figura de Cristo, rey de justicia, dará a cada uno según su obra, como nos lo muestra la segunda parte de este capÃtulo (v. 23-46). El dÃa en que el Señor establezca su reino en gloria, también dará las retribuciones (Mateo 25:31). Unos tendrán parte en la vida eterna, otros en los tormentos eternos. SÃ, hay un Juez, un tribunal y un infierno (Apocalipsis 20:12-15). Pero también hay una âresurrección de vidaâ para los creyentes. Es la que David aguarda de ahà en adelante. Duerme en paz, âhabiendo en su propia generación servido a la voluntad de Diosâ, como lo declara Hechos 13:36, V.M.)
Si esta noche el Señor nos propusiera como a Salomón: âPide lo que quieras que yo te déâ, ¿qué le contestarÃamos? No es seguro que cada uno tuviera como primer deseo recibir⦠âcorazón entendidoâ. Fortuna, éxito, distracciones y viajes son los deseos de la mayorÃa de los jóvenes de este mundo. ¿Cuáles son los nuestros?
Un corazón entendido (o sea, un corazón inteligente, V.M.) es un pedido agradable a Dios y que siempre se le puede hacer. âSi alguno de vosotros tiene falta de sabidurÃa, pÃdala a Dios, el cual da a todos abundantemente⦠y le será dadaâ (Santiago 1:5). No se puede hacer esta oración si uno es sabio en su propia opinión (Proverbios 3:7). Pero Salomón no tiene una gran opinión de sà mismo; dice: âYo soy joven, y no sé cómo entrar ni salirâ (v. 7). Notemos que aquà es el corazón ây no la cabezaâ el que debe escuchar y entender. El amor por el Señor es la llave de la verdadera inteligencia. Finalmente, consideremos a nuestro perfecto Modelo, que declara por medio del profeta: âJehová el Señor⦠despertará mi oÃdo para que oiga como los sabiosâ (IsaÃas 50:4).
En Israel el rey era también el supremo juez, figura de Cristo, quien será a la vez lo uno y lo otro. Asà que el joven rey Salomón necesita mucha sabidurÃa divina para la doble tarea de gobernar y juzgar al pueblo. Pero la promesa de Dios se cumple sin tardanza; el célebre juicio en el asunto de esas dos mujeres lo da a conocer a todo Israel como quien ha recibido âsabidurÃa de Dios para juzgarâ (v. 28). No fue asà como Absalón habÃa procurado establecer su reputación de juez (2 Samuel 15:4). ¿Cómo habrÃa podido reinar la justicia si ese hombre impÃo, rebelde y homicida, se hubiese adueñado del trono que Dios destinaba a su joven hermano Salomón?
Sólo uno fue más sabio que Salomón. Consideremos a Jesús, niño lleno de âsabidurÃaâ, que maravilló a los doctores con su inteligencia (Lucas 2:40 y 47); luego, en el curso de su ministerio, contestó según el estado del corazón de cada uno, discerniendo las trampas que se le tendÃan y confundiendo a sus adversarios. Admirémosle, particularmente en esa escena en que pronuncia su juicio respecto de la mujer adúltera: âEl que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ellaâ, responde él a los acusadores (Juan 8:7). â¿Y qué sabidurÃa es ésta que le es dada?â, decÃan de él (Marcos 6:2).
El reino de Salomón se establece sobre sólidas bases de paz y de justicia. Ya lo dijimos: prefigura los tiempos felices en que, no sólo Israel, sino el mundo entero, será liberado de la guerra y de la injusticia. Actualmente, pese a todos sus esfuerzos, a los progresos técnicos y sociales, los hombres no logran establecer por sà mismos la paz y la justicia que tanto anhelan. Previamente, será necesario que Satanás sea atado y que âel Hijo del hombreâ tome el dominio universal.
Consideremos el perfecto orden que preside la administración del reino. Doce gobernadores, uno para cada mes del año, están encargados de abastecer por turno la casa del rey. Nos hace pensar en ese siervo fiel y prudente, a quien su señor estableció sobre los siervos de su casa para darles el alimento a su tiempo (Mateo 24:45).
El Señor dio diferentes funciones a sus siervos: pastor, doctor⦠y les encargó velar por el alimento espiritual de los suyos. Pero, de manera más general, cada creyente debe ser un fiel gobernador, un buen mayordomo de los âtalentosâ que su Amo le confió en vista de Su propia gloria (Mateo 25:15).
Comparemos el versÃculo 20 con el 29. El pueblo y el corazón del rey tienen una dimensión común: son como la arena que está a la orilla del mar. Dicho de otro modo, Dios da a su ungido un corazón bastante grande como para contener y amar al gran pueblo que ahora está a su cargo. Asimismo, el amor del Señor está a medida del número de los que le pertenecen, y no es superado por su multitud. La cruz fue la prueba de ello. Querido lector creyente, el Señor le ama tanto como si usted fuese su único redimido. Nunca terminaremos de conocer y comprender âel amor de Cristo, que excede a todo conocimientoâ (Efesios 3:18-19).
Esta hermosa prefiguración del reinado milenario de Cristo evoca el reposo del cual finalmente gustará la creación, después de haber gemido tanto tiempo bajo âla esclavitud de corrupciónâ (Romanos 8:19-22). Salomón habló de animales, aves, reptiles y peces. Cristo, âel Hijo del hombreâ según el Salmo 8, coronado âde gloria y de honraâ, dominará sobre todas las obras de Dios: âOvejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar⦠¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!â (Salmo 8:7-9).
Si David fue el rey de gracia, Salomón, su sucesor, aparece como el rey de gloria. En los consejos de Dios, la gracia y la gloria van una tras otra, sin separarse. Y el creyente, que ya goza de la gracia, también recibirá la gloria cuando el Señor venga. Hiram, rey de Tiro, siempre habÃa amado a David. Por eso, al subir Salomón al trono, Hiram participa de la gloria del gran rey y recibe, en abundancia, lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de su pueblo. Gustoso, contribuye a la construcción del templo, principal empresa del reinado de Salomón. Porque ahora que Jehová dio reposo a Israel, también Ãl puede descansar y cambiar la tienda de viajero por una morada fija. Como antes el tabernáculo, pero con nuevas figuras, el templo de Salomón va a proveernos de numerosas ilustraciones en lo concerniente a las relaciones de Dios con su pueblo. Ya tenemos una primera diferencia: la casa del desierto estaba colocada sobre la arena misma, mientras que ésta debe ser edificada inquebrantablemente sobre âpiedras grandes, piedras costosasâ. âSu cimiento está en el monte santoâ (Salmo 87:1).
Ya no son tablas de madera, como en el tabernáculo, sino piedras las que se necesitan para construir la nueva casa. Es una hermosa imagen de los creyentes, estas âpiedras vivasâ que son edificadas como âcasa espiritualâ (1 Pedro 2:5). En el versÃculo 7, leemos que las piedras habÃan sido enteramente preparadas antes de ser transportadas. El mundo es «la cantera» de donde se extraen los redimidos y donde todavÃa son objeto de un paciente trabajo de Dios, antes de estar aptos para ser introducidos en la Casa de gloria. Tal es nuestra presente condición.
Además del lugar santo y del lugar santÃsimo, el templo tiene cámaras laterales que no existÃan en la casa del desierto. Están reservadas a los sacerdotes. Es una ilustración de las âmuchas moradasâ preparadas por el Señor en la casa del Padre, a fin de que estemos con él. Las piedras labradas y las cámaras dispuestas nos hablan del Señor, quien preparó y prepara aún hoy a los suyos para ocupar un lugar en la Casa del Padre. Es la enseñanza del capÃtulo 13 de Juan. Pero también preparó el lugar para los suyos; esto lo vemos en el capÃtulo 14 del mismo evangelio. Es el perfecto trabajo del amor de nuestro Señor Jesús.
El único salmo que nos ha sido trasmitido como escrito por Salomón comienza asÃ: âSi Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edificanâ (Salmo 127:1). Era una feliz (e indispensable) disposición de espÃritu de parte de aquel que construÃa la Casa de Jehová. Es igualmente necesario, cualquiera sea la empresa a la que nos dediquemos, asegurarnos, antes de empezar, que el Señor está con nosotros para obrar y para bendecir. Y esto se aplica particularmente a los que piensan fundar un hogar.
Aquà nuestro espacio es limitado para hablar en detalle de esta maravillosa Casa. Como el tabernáculo, pero en una proporción mayor, constaba de un lugar santo y un lugar santÃsimo, llamado el oráculo (v. 16, V.M.), donde dos grandes querubines desplegaban sus alas. Aquà el velo que los separaba no se menciona, pero habÃa algo nuevo: dos puertas talladas de madera de olivo permitÃan el acceso al interior del oráculo. Aparte de las piedras, los demás materiales empleados eran: la madera de cedro, sÃmbolo de duración y majestad, y el oro puro, sÃmbolo de la justicia divina, del cual todo estaba enteramente cubierto. ¿No es una admirable visión que confirma las palabras del Salmo 29, versÃculo 9: âEn su templo todo proclama su gloriaâ?
Salomón fue muy diligente al construir el templo. Le bastaron siete años para hacerlo, mientras que Herodes necesitó cuarenta y seis para reconstruirlo (Juan 2:20).
El rey se ocupa ahora de su propia casa, empero, sin desplegar en ella el mismo apresuramiento: tarda trece años. Aprendamos a hacer primero, bien y activamente lo que el Señor nos encarga hacer para él, antes de dedicarnos a nuestros propios asuntos.
Después del templo, como sabio arquitecto, Salomón construye otras tres casas: la suya (v. 1); la casa del bosque del LÃbano con su pórtico (v. 2-7) y, finalmente, la de su mujer, hija de Faraón (v. 8). Cada una de ellas nos habla de una esfera de relaciones de Dios con los hombres. Si el templo es la imagen de la casa del Padre, la morada personal de Salomón sugiere más bien la casa del Hijo, dicho de otro modo, la Iglesia o Asamblea (Hebreos 3:6). La casa del bosque del LÃbano habla de las futuras relaciones de Cristo, rey de gloria, con Israel. Allà se halla el trono del juicio. Finalmente, la casa de la hija de Faraón evoca Sus relaciones de Rey con todas las naciones de la tierra.
Para la confección del tabernáculo y de los objetos que contenÃa, en otros tiempos Jehová habÃa designado a Bezaleel, un hábil obrero lleno âdel espÃritu de Dios, en sabidurÃa y en inteligencia, en ciencia y en todo arteâ (Ãxodo 31:2-3). Para la fabricación de objetos de bronce, Salomón llama a Hiram, de Tiro, un artesano también âlleno de sabidurÃa, inteligencia y ciencia en toda obra de bronceâ (v. 14). Procuremos poseer tales cualidades espirituales. Entonces el Señor podrá emplearnos âen todo arteâ.
El primer trabajo que Hiram realiza consiste en dos columnas con espléndidos capiteles. Pensemos en la promesa que el Señor hace a la iglesia de Filadelfia: âAl que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Diosâ. âTienes poca fuerzaâ, habÃa dicho a esos creyentes (Apocalipsis 3:12 y 8). Los nombres de esas columnas son JaquÃn y Boaz, que significan: «él establecerá» y «en él es la fuerza». Es una preciosa respuesta a la presente condición del redimido: ¿Poca fuerza en la tierra? Firmeza y fuerza para siempre jamás en el cielo de gloria, cuya imagen es el templo.
Hiram es una figura del EspÃritu Santo, «divino Obrero», ocupado en preparar todas las cosas aquà en la tierra ây en particular el corazón de los creyentesâ con vista a la gloria de Dios. El mar, inmensa tina de cerca de cinco metros de diámetro, debÃa servir a los sacerdotes para lavarse en ella, mientras que las diez fuentes que descansaban sobre diez basas de bronce se empleaban para lavar las ofrendas (2 Crónicas 4:6).
A partir del versÃculo 48, encontramos la enumeración de los objetos de oro confeccionados por Salomón. Ãste, trayendo las cosas santas de David su padre (v. 51), nos hace pensar en Jesús, el Hijo, de Dios, disponiendo de lo que pertenece a su Padre. âEl Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su manoâ (Juan 3:35 y 17:10). Notemos al mismo tiempo que, contrariamente a lo que pasó con el tabernáculo (Ãxodo 35:21-29), aquà no se trata de lo que dio el pueblo. Y comprendemos la razón: nada de lo que proviene del hombre puede entrar en el cielo. Allà todo es divino, todo es exclusiva y perfecta obra del Padre, del Hijo y del EspÃritu Santo. Las tres personas juntas participaron en la primera creación; también se ocupan de la gloria venidera y de la nueva creación.
Al estar su casa lista, Dios morará en ella. Salomón reúne a los principales del pueblo y los sacerdotes introducen el arca en el âoráculoâ.
¡Preciosa arca! Figura de Cristo, conoció los cansancios del pueblo y sostuvo sus combates. Por él penetró en el rÃo de muerte. Ahora entra en su reposo. Pero algo recordará siempre el camino del desierto: las varas visibles. Aunque en adelante no serÃan empleadas, no debÃan retirarse de sus anillos.
En medio de los esplendores del cielo, contemplaremos a Jesús en su hermosura. Sin embargo, en su Persona veremos algo que tocará profundamente nuestros corazones: las imborrables marcas de su padecimiento en la cruz. Como las varas del arca, estas señales permanecerán en la gloria celestial como eterno testimonio de su divino amor. ¡Cuán hermosos son los pies del Salvador!; se cansaron en los caminos de este mundo para buscarnos (IsaÃas 52:7), antes de ser horadados en la cruz, cuando se dejó clavar en ella para salvarnos. Sobre esos santos pies fue derramado el homenaje de MarÃa en la bienaventurada casa de Betania, que entonces se llenó del olor del perfume. Es un gusto anticipado de la Casa del Padre, que la gloria llenará para siempre.
El rey Salomón toma la palabra. Ocupando el lugar del descendiente de Aarón, aquà cumple él mismo el oficio de sacerdote, porque es una figura de Cristo, rey y sacerdote. Recuerda el pasado: Egipto, la gracia para con David, el pacto y las promesas.
Cuatrocientos ochenta años antes, en la orilla del mar Rojo, los israelitas habÃan cantado el cántico de la liberación: âEste es mi Dios, y lo alabaré⦠Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada⦠Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová, en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmadoâ (Ãxodo 15:2, 13 y 17). Cerca de cinco siglos fueron necesarios para que estas palabras se realizaran. El tiempo transcurrido no quita la veracidad de las promesas de Dios (comp. 2 Pedro 3:4). Salomón se complace en repetir: âLo que con su mano ha cumplidoâ (v. 15); âJehová ha cumplido su palabra que habÃa dichoâ (v. 20).
âMi nombre estará allÃâ (v. 29). Recordemos una vez más esta promesa del Señor Jesús: âDonde están dos o tres congregados en mi nombre, allà estoy yo en medio de ellosâ (Mateo 18:20).
Al principio de su oración, Salomón exaltó la fidelidad, la misericordia (v. 23) y la grandeza de Jehová (v. 27). Luego reconoce de qué cosas es capaz el pueblo y cuáles pueden ser las consecuencias de sus faltas. Estos pensamientos sobre Salomón nos trasladan hacia Cristo, gran sumo sacerdote. Jesús conoce bien la debilidad del corazón de los suyos y, antes que Satanás los zarandee, se dirige a Dios rogando que su fe no falte. Hizo esto por Pedro antes que le negara (Lucas 22:32). Y cuántas veces lo hace también por cada uno de nosotros, sin que lo sepamos, en la hora de tentación. En verdad, Dios conoce el corazón del hombre (v. 39; véase JeremÃas 17:9-10). Este corazón engañoso y perverso âmás que todas las cosasâ, ¿dónde dio su plena medida? ¿En qué circunstancias demostró su extrema maldad? ¿No fue en la cruz, donde la enemistad del hombre se expresó plenamente contra el Señor? (Salmo 22:16). Pero este crimen, el más grande de todos los pecados de Israel, también será perdonado cuando el pueblo arrepentido se vuelva con âespÃritu de gracia y de oraciónâ, ya no hacia âesta casaâ, sino hacia âquien traspasaronâ (ZacarÃas 12:10).
Para interceder no basta conocer la debilidad del corazón humano (v. 46). También es necesario tener confianza en la compasión del corazón de Dios. Si Jesús, nuestro sumo sacerdote y nuestro Abogado, conoce por demás el corazón del hombre, también conoce el de su Padre. Pero su deseo es que acudamos a él para experimentarlo personalmente (comp. Juan 10:17 y 16:27).
¡âEscucha y perdonaâ! (v. 49-50). Este capÃtulo nos enseña que en verdad se puede acudir a Dios en toda ocasión. HabÃa un lugar a los pies del Señor para los más grandes pecadores (Lucas 7:37). Aún hoy, fiel a su promesa, Cristo no echa fuera al que viene a él (Juan 6:37).
El pecado es la cadena por medio de la cual hasta un creyente puede ser cautivo en âtierra enemigaâ (v. 46). Dios está dispuesto a liberarle; pero el camino del perdón pasa necesariamente por la confesión. âMi pecado te declaré⦠y tú perdonaste la iniquidad de mi pecadoâ (Salmo 32:5).
Dios escucha, él perdona; sÃ, puede perdonarlo todo, porque Jesús expió todo. âSi confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldadâ (1 Juan 1:9).
Pese a la riqueza, a lo grande de la casa y a la inmensa multitud congregada, el corazón de Salomón no está lleno de un sentimiento de poder; se pone de rodillas y toma para con Dios una actitud de dependencia. Esperamos que ésta también les sea una actitud familiar a nuestros lectores. Hablemos cada dÃa libremente a nuestro Dios, en voz alta, cuando sea posible, para evitar la distracción. Y aunque, más tarde, olvidemos lo que pedimos, nuestras palabras permanecerán âcerca de⦠nuestro Dios de dÃa y de nocheâ (v. 59). Finalmente, Salomón afirma que Dios proteje la causa de los suyos, âcada cosa en su tiempoâ. Hoy podemos contar con la respuesta de hoy, pero no con la de mañana. Porque Dios conoce nuestra tendencia a descansar más en lo que él nos da que en él mismo. Por eso resuelve el asunto de dÃa en dÃa; Jesús también lo enseña: âBasta a cada dÃa su propio malâ (Mateo 6:34).
La ceremonia de la dedicación (o de la inauguración) del templo tiene lugar en el momento de la gran fiesta anual de los tabernáculos, en el mes séptimo. Termina con los sacrificios y dejando alegrÃa conforme a Deuteronomio 16:15.
La obra emprendida por Salomón está acabada. Ãl quiso hacerla; asà lo subraya el versÃculo 1. ¿No nos da esto una lección? Hagamos con gusto todo lo que el Señor nos pide, ¡porque es él quien nos lo pide! Entonces, ahora Jehová va responder a la oración del rey. Esta casa en la cual su gloria habita va a ser el gran motivo para bendecir a Israel, para escuchar y perdonar. En el perÃodo cristiano, Dios vincula su propia gloria al nombre de Jesús, y a través de él responde a las oraciones que le son dirigidas (Juan 14:13-14). Porque en Cristo âya no en el temploâ Dios vino a habitar en medio de nosotros (Juan 1:14; Colosenses 1:19 y 2:9; 1 Timoteo 3:16). Por eso los ojos y el corazón del Padre siempre están puestos sobre ese Hombre perfecto (comp. v. 3). En todo momento podemos dirigirnos a Dios en el nombre de Jesús para ser escuchados. âMira, oh Dios⦠y pon los ojos en el rostro de tu ungidoâ (Salmo 84:9).
Luego Jehová coloca a Salomón y al pueblo ante su responsabilidad. La presencia de Dios en medio de ellos exige una estricta separación del mal, de no ser asÃ, este privilegio le será quitado e Israel como nación será eliminada.
Dar al rey de Tiro ciudades que formaban parte del paÃs de Israel fue una falta grave de parte de Salomón. Asimismo nosotros los cristianos podemos abandonar, en provecho del mundo, una porción de nuestra herencia. Por ejemplo, veamos la manera en que empleamos el dÃa domingo. Quizás uno se prive de asistir a una reunión para agradar a un amigo o a un pariente. Estemos seguros de que tales concesiones son una pérdida tanto para el uno como para el otro. ¿Cómo podrÃamos llevar a alguien a buscar las verdades divinas y los privilegios cristianos, si nosotros mismos mostramos que hacemos poco caso de ellos? ¡Veamos el caso de Hiram! Ni siquiera aprecia el gesto de Salomón.
El final del capÃtulo nos muestra al rey como sabio administrador, fortaleciendo y organizando su reino. Por un lado, está en relación con Jehová (v. 25) y por otro, con los diferentes pueblos que lo rodean. Por primera vez, desde los tiempos de Josué, todos los cananeos son sometidos. Acordémonos de que son una figura de los enemigos de nuestras almas. Los enemigos de mi alma ¿están en libertad o hallé en Cristo la fuerza que puede sojuzgarlos?
El Señor recordará esta escena a los fariseos para subrayar su incredulidad: âLa reina del Sur⦠vino de los fines de la tierra para oÃr la sabidurÃa de Salomón, y he aquà más que Salomón en este lugarâ (Mateo 12:42). AquÃ, ante nuestros ojos, tenemos en figura al Hijo de Dios, el Rey de gloria. Nos enseña cómo recibe a aquellos que acuden a él. No es la gloria ni las riquezas del gran rey lo que atrae a la noble visitante. Oyó hablar de la sabidurÃa de Salomón en relación con el nombre de Jehová y, queriendo comprobarlo por sà misma, fue a formularle todas las preguntas âque en su corazón tenÃaâ. No nos baste con haber oÃdo hablar del Señor Jesús. ¡Vayamos a él! Está dispuesto a darnos lo que deseamos y todo lo que pidamos (v. 13; Juan 15:7).
Lo que impresiona a la reina en la corte de Salomón (v. 4-5) nos hace pensar en el testimonio dado al Señor por la Iglesia (su casa), en la enseñanza de la Palabra (la comida de su mesa), en el comportamiento de los suyos (el estado y los vestidos de los que le servÃan). DeberÃamos mostrar en todos los detalles, a todas las personas con las cuales entramos en contacto, que él es el gran Rey, a quien tenemos el honor de pertenecer.
DebÃa ser un grandioso espectáculo contemplar al gran rey Salomón, cubierto con preciosas y magnÃficas vestiduras, sentado en su trono de marfil y oro. Y, sin embargo, el Señor Jesús, invitándonos a considerar los lirios del campo, afirma que âni aun Salomón con toda su gloria se vistió asà como uno de ellosâ (Mateo 6:29). Estemos convencidos de que la obra más hermosa del hombre nunca alcanzará la más modesta del Creador.
El Salmo 72, compuesto âpara Salomónâ, describe ese reinado de justicia (v. 1-4), de paz (v. 7), de poder (v. 8-11), de gracia (v. 12-14), de prosperidad (v. 16) y de bendición (v. 17). âLos reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones⦠y se le dará del oro de Sabá (v. 10 y 15). Y en nuestro capÃtulo 10, muchos detalles ilustran la riqueza, la sabidurÃa y el poder de este hijo de David, reinando con justicia en Jerusalén. Comprendemos que aquÃ, en figura, también hay âmás que Salomónâ. Centro de gloria y fuente de bendición para todos los pueblos, este brillante reinado sólo es una débil imagen del próximo dominio universal de nuestro Señor Jesucristo. Pero los suyos no esperan a que llegue ese glorioso porvenir para reconocer los derechos que él adquirió sobre sus corazones.
Hasta aquà apenas hemos visto una sombra del esplendor de ese excepcional reinado. El capÃtulo 11, sin embargo, comienza con un pero que de repente revela un estado moral desolador, bajo la brillante apariencia descrita anteriormente. En doble desobediencia a la ley, el rey tomó âmuchas mujeresâ y mujeres extranjeras (Deuteronomio 17:17 y 7:3), las que en su vejez desviaron su corazón. ¿No habÃa él pedido y obtenido un corazón sabio, un corazón que escucha? HabÃa sentido sin duda la necesidad de ello para conducir a los demás, pero no para conducirse a sà mismo. Ese corazón ancho âcomo la arenaâ, que Jehová dio al rey para que amara a su gran pueblo, Salomón no lo guardó ni veló por lo que penetraba en él. Miles de mujeres extranjeras, junto con sus Ãdolos, habÃan hallado lugar en su corazón. Salomón es condenado por sus propias palabras: âSobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vidaâ (Proverbios 4:23). Esto enseñó a los demás⦠pero descuidó hacerlo para sà mismo (véase Romanos 2:21 y 1 Corintios 9:27). Tampoco tuvo en cuenta la prevención de su padre (1 Reyes 2:3), ni la doble advertencia de Jehová (cap. 11:9-10).
Cuando se trata del hombre y su responsabilidad, siempre comprobamos la total bancarrota. Tal vez la historia de Salomón lo demuestre mejor que cualquier otra. Ãl fue el más sabio, el más rico y el más poderoso de los que vivieron bajo el sol. Construyó para Dios un grandioso templo, obra sin igual. Pero, cuanto más alto esté colocado alguien, tanto más clamorosa es su caÃda. Y si un hombre piadoso se permite dar un traspié, su falta se torna muy grave para los que lo rodean. ¡Qué triste ejemplo dio este claudicante rey a Israel! Cuando nuestro andar no es conforme a nuestra posición, somos tropiezo para los demás (léase Mateo 18:6-9).
Dios suscita adversarios a Salomón en su vejez. Primero, fuera del reino: Hadad y Rezón. Después, dentro del mismo: Jeroboam. Pero no vemos al rey volver en sÃ, ni convertirse a Dios de todo su corazón, según sus propias palabras en el capÃtulo 8:47-48. No se vuelve hacia Jehová para decirle: âEscucha y perdonaâ. Y, sin embargo, ¿no era éste el camino que, en su oración, él habÃa trazado a los que tendrÃan que vérselas con los enemigos a causa de sus pecados?
Como Dios habÃa prepado a David mientras Saúl vivÃa, también suscita a Jeroboam en vida de Salomón. Y como Saúl en otros tiempos, Salomón procura hacer morir a aquel que Jehová designó para sucederle (v. 40). Pero, ¡qué contraste entre Jeroboam que alza su mano contra el rey (v. 26) y David que rehusó hacerlo! Jeroboam huye a Egipto y conoce la idolatrÃa, en cambio David se escondió en el desierto.
David empezó bien su vida, la continuó mal, pero la concluyó bien. Salomón comenzó bien, continuó bien, pero terminó mal su carrera. Citemos también un ejemplo inverso: el de Jacob, cuyos dÃas fueron âpocos y malosâ (Génesis 47:9); no obstante, tuvo un fin muy hermoso (Hebreos 11:21).
¡La tentativa de homicidio de Salomón es el último acto de su vida que se nos relata! Después, duerme con sus padres. HabÃa tenido âun tiempo de vivirâ. Según su propia declaración, ahora le ha llegado el âtiempo de morirâ (Eclesiastés 3:2). Querido lector, usted no sabe cuándo puede llegarle ese tiempo. Pero lo que debe saber es que el tiempo de vivir también es el de creer y el de vivir para Cristo.
Roboam sucede a su padre. Otrora Salomón se habÃa formulado la pregunta: El hombre que vendrá después de mà ¿será sabio o necio? (Eclesiastés 2:18-19). Tres dÃas le bastan al pobre Roboam para dar la respuesta. El hijo del hombre más sabio está desprovisto de inteligencia. No lo vemos, como a su padre, pedir un corazón sabio a Jehová. En su juventud, edad en la que normalmente se debe aprender, no supo aprovechar las enseñanzas de la sabidurÃa contenidas en el libro de los Proverbios, cuyo autor es Salomón. Sin embargo, este libro comienza asÃ: âOye, hijo mÃo, la instrucción de tu padreâ (Proverbios 1:8; léase también 19:13 y 20). De modo que a la edad de cuarenta años, en el momento de las responsabilidades, la experiencia, el buen sentido y, sobre todo la humildad, le faltan por completo. Menosprecia el consejo de los ancianos, prefiriendo seguir el imprudente consejo de los jóvenes. Muchos jóvenes escuchan más gustosos a los de su misma edad que a sus padres o a personas mayores. ¡Es una peligrosa tendencia! Aquà vemos sus resultados. Pero Dios se vale de la falta de sabidurÃa de Roboam, como asimismo de las faltas del pueblo, para cumplir lo que habÃa decidido contra la casa de David.
Como resultado de la intransigencia de Roboam, diez tribus se separan y van con Jeroboam. En cuanto a la descendencia de Salomón, sólo conservará la tribu de Judá y BenjamÃn. A partir de aquÃ, seguiremos paralelamente la historia de estos dos reinos. Hasta el fin del segundo libro de los Reyes se habla más bien de la del reino de Israel (las diez tribus), mientras que en el segundo libro de Crónicas se retoma el relato respecto del reino de Judá.
Con una corta frase Dios detiene la guerra civil que se prepara: âEsto lo he hecho yoâ (v. 24). ¡Cuán importante es esta pequeña frase también para nosotros! Nuestros proyectos ¿son contrariados por una dificultad o un impedimento? ¡Prestemos oÃdo! Sin duda, oÃmos la misma voz que nos dice: âEsto lo he hecho yoâ.
Después se relatan los primeros hechos de Jeroboam. Hace dos becerros de oro (comp. sus palabras en el v. 28 con las de Aarón en Ãxodo 32:4). Son los elementos caracterÃsticos de un culto enteramente inventado por el hombre, experto en utilizar la religión para fines personales (léase Oseas 8:4-5). De un reino a otro oiremos hablar de este pecado de Jeroboam.
En el dÃa que ha âideado de su propio corazónâ (V.M.), Jeroboam celebra una fiesta en Bet-el para honrar a su becerro de oro. Pero alguien viene a turbar la ceremonia. Un profeta llega de Judá con las más severas palabras. El altar se rompe; el rey rebelde es herido y luego sanado por el poder de Dios. En la curación de ese hombre tan impÃo brilla la gracia. Dios nos bendice conforme a lo que él es y nunca según lo que somos. Esta gracia deberÃa haber hablado al rey. El profeta habÃa recibido la orden de volver tan pronto como fuera cumplida su misión. Descansar, comer y beber en el territorio de esas desobedientes tribus habrÃa contradicho las palabras de juicio que habÃa pronunciado. Tampoco podemos dar muestras de comunión con organizaciones religiosas no sumisas a la Escritura. El viejo profeta, cuyos hijos parecen haber asistido a la fiesta del becerro de oro, no estaba en su debido puesto en Bet-el. Por ese motivo, aunque vivÃa en la misma ciudad en la que debÃa cumplirse un servicio, no fue encargado por Jehová para realizarlo. Pero al atraer a su casa al varón de Dios de Judá, el anciano intentaba justificar su falsa posición y afirmar su reputación como profeta. Por su lado, si el profeta de Judá se hubiera dado más prisa para abandonar aquel lugar, ¡no habrÃa sido alcanzado! (v. 14).
Ahora el varón de Dios de Judá tiene que oÃr una palabra de juicio. Le faltó fuerza de carácter y las consecuencias son trágicas.
Dejarse arrastrar es un peligro especialmente propio de la juventud, que por naturaleza es influenciable. ¡Y notemos que para hacer salir a un creyente del camino de la obediencia, el diablo no emplea solamente seducciones groseras! Para convencerle, sabrá valerse de medios que parecen ser respetables. Todas las apariencias estaban a favor del viejo profeta, quien pretendÃa haber recibido la palabra de Jehová por medio de un ángel. Pero, ¿podÃa Dios contradecirse? En lo que nos concierne, fiémonos sencillamente de lo que nos dice la Biblia, y no erraremos el camino (véase Gálatas 1:8-9).
Para ese varón de Dios la consecuencia de su falta es la muerte. Su cadáver no es devorado por el león, prueba evidente de que es Dios quien lo hiere. Y para el viejo profeta, ¡qué castigo! Fue un tropiezo para el que llama su hermano (v. 30), pero para con el cual no obró como un hermano. Impeler a otras personas a desobedecer es tan grave como desobedecer uno mismo, porque es perjudicar tanto a Dios como a los que uno extravÃa.
Pese a la solemne advertencia que Dios le dirigió en Bet-el, Jeroboam perseveró en su camino de iniquidad. Entonces Jehová le habla una segunda vez por medio de la enfermedad de su hijo AbÃas. Constatamos que el rey no busca socorro junto a su becerro de oro, reconociendo asà su total impotencia. Se vuelve hacia AhÃas, el profeta que en otros tiempos le habÃa anunciado la realeza (comp. con Ezequiel 14:3). ¿Hizo, pues, un examen de conciencia? ¡Obviamente, no! El fraude que emplea, junto con su mujer, prueba que en su corazón no hay ninguna verdadera humillación. Pero, ¡qué locura pensar que Dios puede ser engañado! Apenas pasó el umbral de la puerta, la reina fue desenmascarada. En lugar de las agradables palabras que otrora Jeroboam habÃa oÃdo de la boca del varón de Dios, la desdichada mujer le trae un espantoso mensaje. En ese mismo momento el joven AbÃas muere. Quizá digamos: ¿Por qué Jehová no dejó vivir a este niño en quien habÃa hallado algo bueno? Precisamente porque querÃa retirarlo de tan mal ambiente y tomarlo junto a él. ¡Qué suerte incomparablemente mejor! (IsaÃas 57:1-2).
Roboam reina, pues, al mismo tiempo que Jeroboam. Aunque su reino es más pequeño, posee la mejor parte. Su capital sigue siendo Jerusalén, donde se halla el templo, santa morada de Jehová y centro de congregación para todo Israel. Roboam mismo es âhijoâ de David, su legÃtimo descendiente. ¡Pero, ¡ay!, a pesar de todos estos privilegios, vemos hasta dónde cae el pueblo pocos años después de los gloriosos dÃas del capÃtulo 8 (v. 65-66). Asà como la mala hierba arruina el más hermoso jardÃn, la idolatrÃa introducida por Salomón invadió todo el paÃs. ¡Y esto no es todo! Como Roboam no vela, el enemigo aprovecha. Al pobre rey le quitan, a la vez, todos sus tesoros y todo lo que le protegÃa (los escudos). Es una seria advertencia para cada uno de nosotros. Si no velamos sobre nuestro corazón, pronto el Enemigo sembrará en él la semilla de diversos Ãdolos. Y, cuando haya brotado, sin dificultad arrebatará nuestros más preciados tesoros, depósito que nuestros padres o abuelos, quizá, nos trasmitieron: Cristo y su Palabra.
Abiam sucede a Roboam y tres años de reinado bastan para mostrar que él anda en todos los pecados practicados por su padre.
Después de Abiam, su hijo Asa toma su lugar en el trono de Judá. Tiene un largo reinado que contrasta con los dos precedentes. Asa hace âlo recto ante los ojos de Jehováâ (v. 11). Y hacer lo recto consiste en quitar, hacer desaparecer, derribar y quemar. Es una actitud tanto más valiente y difÃcil que le obliga a obrar contra su propia abuela, Maaca, una idólatra. Conocemos las palabras del Señor: âEl que ama a padre o madre más que a mÃ, no es digno de mÃâ (Mateo 10:37). Desde Asa, ¡son numerosos los jóvenes convertidos que debieron y aún deben tomar una posición en contra de su propia familia! En cambio, ¡cuántos son los privilegiados que tienen padres que los alientan y les sirven de modelo! Pensemos en ese joven rey a quien su padre, su abuelo y su abuela sólo habÃan dado un mal ejemplo. Triste constatación, el fin del reinado de Asa no está al nivel de su buen comienzo. En lugar de buscar socorro junto a Jehová en contra de Baasa, se apoya en Ben-adad. El segundo libro de Crónicas (cap. 16) nos permitirá volver a hablar de ese reinado más detalladamente, y veremos las lecciones que implica para nosotros.
Nuestra lectura nos lleva cuarenta años atrás para considerar el reino de Israel mientras Asa domina sobre Judá. En contraste con este último rey, Nadab, hijo de Jeroboam, durante su corto reinado, anda âen el camino de su padre, y en los pecados con que hizo pecar a Israelâ (v. 26). Estos pecados son la falsa religión instituida por Jeroboam para apartar al pueblo del lugar escogido por Jehová (Deuteronomio 12:5-6). En la cristiandad, como antaño en Israel, existe una multitud de personas que, sin dejar de formar parte del pueblo de Dios, fueron apartadas del único centro: Jesús. Se les han enseñado formas religiosas que no son según la Palabra.
Nadab, con toda la familia de Jeroboam, padece la terrible suerte anunciada por AhÃas. Pero Baasa, quien ejecuta ese juicio, al suceder a Nadab también sigue el camino del pecado. ¡El mismo camino terminará de la misma manera! Jehová lo anuncia a Baasa por medio del profeta Jehú, quien con valentÃa se presenta ante el malvado rey con unas solemnes palabras. Nosotros, ¿no fuimos también levantados del polvo para hacernos sentar con prÃncipes? (cap. 16:2; 1 Samuel 2:8). Por eso, examinemos bien en qué camino andamos y cuál es su fin (Proverbios 16:25).
Ela, hijo de Baasa, reina dos años sobre Israel. El único hecho que se relata respecto de él es que estaba âen Tirsa, bebiendo y embriagadoâ (v. 9). Este rey es dominado por una pasión, pobre esclavo del alcohol, como todavÃa hoy lo son millones de desdichados. El hombre cree poder gobernar a sus semejantes, mientras que él mismo no es capaz de dominar las pasiones de su propio corazón. El libro de los Proverbios contiene las palabras de un joven rey, llamado Lemuel. Ãste recuerda lo que le enseñó su madre: âNo es de los reyes, oh Lemuel, no es de los reyes beber vinoâ (Proverbios 31:4; véase también Proverbios 23:31-32 y Efesios 5:18). En un instante Ela, sin despertarse, pasa de la embriaguez a la muerte. Los hombres de este mundo se sumergen en los placeres del pecado; después, sin haberse preparado para ello, de repente se ven precipitados en una eternidad de desdicha.
Siete dÃas le bastan a Zimri, homicida de Ela, para probar que él también anda en el camino de Jeroboam. Su fin no es menos terrible: ¡se suicida! Luego Omri toma el poder, edifica Samaria, y obra peor que sus predecesores. ¡Cuán espesas son las tinieblas sobre ese reino de Israel! (Miqueas 6:16).
Acab, hijo de Omri, cuyo reinado va a ocuparnos hasta el fin del primer libro de los Reyes, comete más pecados que sus antecesores. Porque el culto a Baal es introducido oficialmente en Israel por medio de su mujer, la abominable Jezabel. En ese tiempo también se vuelve a construir Jericó. ¡Qué gran provocación a Jehová! Entonces recibe el castigo anunciado por Josué (Josué 6:26). Para hablar a la conciencia del rey y del pueblo, Dios suscita un profeta: ¡ElÃas! Ãste siente que primero es necesaria una prueba para poner a Israel en condiciones de recibir la palabra divina, de modo que ora âfervientementeâ para que no llueva (Santiago 5:17). Después, seguro de la respuesta de Jehová, se presenta con autoridad ante Acab para anunciárselo. Cuando pedimos con fe algo a Dios según su voluntad, debemos obrar con la plena seguridad de que nos lo va a otorgar. Notemos la expresión: âJehová⦠en cuya presencia estoyâ (cap. 17:1). Ser reverente en la presencia de Dios, en su luz, estar siempre dispuesto a recibir sus instrucciones, tal es la actitud del siervo. Asà lo hizo el Señor Jesús, según lo vemos en el Salmo 16:8. Luego, Dios esconde a ElÃas y cuida de él de manera maravillosa en el arroyo de Querit.
ElÃas no dependÃa del arroyo ni de los cuervos, sino de la palabra de Aquel que habÃa dicho: âYo he mandado a los cuervos que te den allà de comerâ (v. 4). Por eso, cuando el arroyo se seca, recibe un nuevo mensaje: âYo he dado orden allà a una mujer viuda que te sustenteâ (v. 9; Salmo 33:18-19). Esta viuda se ve reducida a la más extrema pobreza, pero eso no importa, ya que Jehová dijo: ¡allÃ! Y esa mujer de fe, a la que el Señor Jesús citará a los habitantes de Nazaret para avergonzarlos (Lucas 4:25-26), vive una extraordinaria experiencia. Cuando Dios nos pide que hagamos cualquier cosa (aquÃ, la de alimentar a su profeta), al mismo tiempo nos da todo lo necesario para cumplirla. Pero se debe estar dispuesto a hacer primeramente y sin discutir lo que Dios pide. Es lo que nos enseña esa pequeña torta, prueba de la fe de esa mujer y «primicias» de una divina abundancia para su casa.
Después la viuda experimenta algo todavÃa más extraordinario: la muerte y la resurrección de su hijo. Nuestros pensamientos se elevan nuevamente del profeta al Señor Jesús, resucitando a los muertos. ¿No devolvió la vida al hijo único de una viuda? (Lucas 7:11-15).
Jehová, quien hacÃa tres años habÃa dicho a ElÃas: âEscóndeteâ (cap. 17:3), ahora le ordena: âVé, muéstrate a Acabâ. Y el profeta está tan dispuesto a obedecer en este caso como en el otro. Es un ejemplo para nosotros, que quizá tenemos la tendencia, según nuestro carácter, a mostrarnos o, en cambio, a ocultarnos cuando Dios nos pide justamente lo contrario.
¿A qué se dedica Acab durante la terrible sequÃa? Le vemos preocuparse por sus caballos y sus mulas antes que por la miseria de su pueblo. AbdÃas, su mayordomo, sin dejar de temer a Jehová, no tuvo la valentÃa de dejar a su impÃo amo. Hubiera tenido que renunciar a sus ventajas terrenales, quizás arriesgar su vida. Al igual que AbdÃas, muchos cristianos no están dispuestos a separarse del mundo para agradar al Señor, porque ¡esa elección les costarÃa demasiado!
AbdÃas teme anunciar a Acab su encuentro con ElÃas. Fácilmente se vanaglorÃa de lo que hizo por los cien profetas; pero cuando se trata de cumplir con lo que ElÃas le pide, al pobre AbdÃas le falta lo que brillaba en la humilde viuda de Sarepta: la sencilla confianza en la palabra de Jehová.
Mientras la sequÃa y el hambre causaban estragos, Acab habÃa hecho lo imposible para encontrar al profeta, a quien acusa por la desdicha de Israel. â¿Eres tú âle diceâ el que turbas a Israel?â (v. 17). ¡Qué inconsciencia! «Eres tú âcontesta ElÃasâ, junto con tu familia, quien atrajo este castigo por tus pecados».
Asà razonan los hombres de este mundo⦠y, a veces, ¡quizá nosotros también! Cuando Dios nos envÃa una prueba, antes de examinarnos personalmente, nos apresuramos a acusar a otros y a hacerlos responsables de lo que nos ocurre.
En respuesta al pedido de ElÃas, el rey junta a todo Israel con los falsos profetas en el monte Carmelo. Ha llegado el momento de hablar firmemente al pueblo y colocarlo ante la elección. â¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos?â (v. 21). Más tarde, en otra montaña, Jesús hablará de la misma manera a las multitudes de Israel: âNinguno puede servir a dos señoresâ (Mateo 6:24).
Lector que todavÃa no haya escogido, permÃtanos repetir para usted la pregunta de ElÃas: «¿Hasta cuándo claudicará usted entre dos pensamientos⦠entre dos señores?»
Al ser desafiados, los profetas de Baal multiplican en vano sus encantamientos y sus frenéticas danzas. Su dios sigue sordo. ¡Y con razón! (Salmo 115:4-7). Entonces ElÃas inicia sus preparativos con una calma y una autoridad que contrastan con la excitación precedente. Edifica un altar con doce piedras, âconforme al número de las tribusâ, afirmando asà la unidad del pueblo. Pese a la triste división en dos reinos, a los ojos de Dios Israel siempre será un solo pueblo. Hoy en dÃa acontece lo mismo con la Iglesia del Señor. Por más que esté dividida en múltiples denominaciones, Dios reconoce sólo una Iglesia, compuesta por todos los creyentes. Asà es como debemos verla nosotros también.
Cuando todo está dispuesto para el holocausto, ElÃas se dirige a Dios: âRespóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellosâ (v. 37). Dios contesta a su siervo, no sólo enviando el fuego, sino volviendo el corazón del pueblo hacia Ãl.
Acab asiste a esta escena, seguida por la muerte de sus profetas, y no parece interesarse sino en comer y beber, mientras que, por su lado, el varón de Dios ora de nuevo⦠ây el cielo dio lluviaâ (Santiago 5:18).
¿Quién podrÃa reconocer al brillante testigo del capÃtulo anterior en ese hombre desalentado que huye ante las amenazas de una mujer? Dios no nos da este relato para que juzguemos a su querido siervo, sino para nuestra instrucción: aun el hombre más notable falla totalmente cuando se confÃa en sus propios recursos (léase Proverbios 29:25). A ElÃas sólo le queda la desesperanza. No obstante, veamos cómo Dios cuida de él. Es un precioso pensamiento saber que aun cuando se nos ocurre estar abatidos o irritados, su bondad no deja de ejercitarse para con nosotros.
El espÃritu legalista de ElÃas lo lleva a Horeb (parte del macizo de SinaÃ), lugar en que la ley habÃa sido dada. â¿Qué haces aquÃ, ElÃas?â, le pregunta Jehová. Seria pregunta para aquel que habÃa abandonado al pueblo. Pero la respuesta del profeta no hace más que revelar su falsa posición. ¡Ãl está allà para acusar! En cambio Moisés, en ese mismo lugar, habÃa intercedido por el pueblo (Ãxodo 32:11). ElÃas âinvoca a Dios contra Israelâ, como Romanos 11:2 lo recuerda tristemente.
Acordémonos bien de esto: acusar es hacer la obra de Satanás (Apocalipsis 12:10). Interceder, al contrario, es obrar como el Señor Jesús (Romanos 8:34).
A la inversa de lo que pensaba ElÃas, el lenguaje que Dios querÃa hacer oÃr a Israel en ese momento no era el del juicio.
Jehová no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. La voz âcon potenciaâ, âcon gloriaâ y temible del Salmo 29:3-9 calla para dar lugar a la dulce y sutil voz de la gracia. Aún hoy, para el mundo, no es tiempo de juicio, sino de la gracia que perdona al pecador. Dios puede despertar a los hombres mediante pruebas de su poder, pero sólo la tierna voz de la gracia es capaz de tocar los corazones. Mas, para recibirla, es necesario sentir su propia indignidad.
Porque no supo comprender este lenguaje, ElÃas debe ser puesto a un lado para dar lugar a Eliseo. De parte de Jehová, él sabrá hacer escuchar al pueblo Su voz de amor.
Finalmente, Dios enseña a ElÃas otra lección. HabÃa subido a la montaña pensando que él era el único fiel. Pero desciende de ella enterado de que él es solamente uno de los siete mil hombres que Dios se ha reservado en Israel. Aunque él mismo no supo descubrirlos, Dios, en cambio, conoce a cada uno de ellos (véase 2 Timoteo 2:19).
Jehová habÃa señalado a ElÃas quién serÃa el sucesor de Ben-adad, rey de Siria, y el de Acab, rey de Israel (cap. 19:15-16). Pero estos dos personajes aún están en el poder y el capÃtulo 20 nos relata el conflicto que los opone. Asà ocurre con el mundo actual: se le otorga una sencilla prórroga, pero esto no impide que los hombres en su ceguera obren como si el porvenir les perteneciera. Olvidan que Dios tiene sus propios pensamientos respecto del mundo y que dirige el curso de la Historia. Y mientras se disputan la supremacÃa, en los consejos de Dios ya son reemplazados por el rey que Ãl ha designado: Jesucristo. Como ElÃas, mediante la Palabra los creyentes conocen los pensamientos de Dios respecto al mundo y no se dejan impresionar por los acontecimientos que agitan e inquietan a la humanidad (IsaÃas 8:12).
Frente a las provocaciones de Ben-adad, Acab se siente impotente. Nos hace pensar en el hombre en su estado de pecado y a merced de su poderoso enemigo, el diablo. ¿No despojó éste a Adán, en un momento, de todo lo que poseÃa? Pero por la gracia de Dios, Satanás, el hombre fuerte, halló en Cristo a alguien más fuerte que él, quien lo venció y repartió âel botÃnâ (Lucas 11:22).
Ben-adad no tiene en cuenta a Jehová. Mientras se embriaga con los treinta y dos reyes que le ayudan, se ejecuta el plan divino.
Uno puede preguntarse por qué Jehová socorre al malvado Acab, sin que éste siquiera se haya dirigido a Ãl. Pero, ¿no es precisamente la dulce y sutil voz de la gracia, cuyas virtudes Dios aún quiere probar? Al liberar a Acab y a su pueblo, se propone mostrarles que él sigue siendo el Dios de Israel, aunque ellos no le busquen. Quiere demostrar a los sirios que él no es un dios de los montes, ni un dios de la llanura, sino el âSeñor del cielo y de la tierraâ (Hechos 17:24). Notemos, además, dos detalles importantes en el versÃculo 27: antes de ir al combate, los hijos de Israel se abastecen. No podemos afrontar a nuestros adversarios sin hacer primero nuestras diarias provisiones en las páginas de la Palabra. Además, el pequeño ejército de Israel debe reconocer que no tiene fuerza, que es menospreciable a los ojos de sus enemigos, âcomo dos rebañuelos de cabrasâ, frente a la multitud que llena el paÃs. Dios siempre obrará de tal manera que sus liberaciones le sean atribuidas y le glorifiquen. Su poder se perfecciona en nuestra âdebilidadâ (2 Corintios 12:9).
Es triste no encontrar en Acab algún sentimiento de gratitud por la doble victoria que Jehová le otorgó. ¡Por desgracia, la mayorÃa de los hombres son asÃ! La gracia de Dios los deja insensibles. Al menospreciarla, ultrajan a Dios y causan su propia desdicha. Por nosotros, Cristo venció a un enemigo infinitamente más poderoso y cruel que Ben-adad y sus ejércitos. ¿Le agradecemos por esta gloriosa liberación?
No sólo vemos que Acab no se vuelve a Jehová, sino también que da prueba de una culpable indulgencia al perdonar la vida al enemigo de Dios y de su pueblo. ¡Peor aún, lo llama su hermano! Dios interviene y le envÃa otro profeta, pero esta vez la voz de la gracia da lugar a la del juicio.
Como Acab, solemos olvidar que el mundo es enemigo de Dios y de su pueblo. Ahora bien, la humanidad se divide en dos familias: la de Dios y la del diablo (Juan 8:41-44). No se las puede confundir. Si tenemos la dicha de formar parte de la gran familia de Dios, nuestros hermanos son todos los hijos de Dios, sólo ellos, y no los del mundo.
Poco faltó para que Acab fuera totalmente despojado por el rey de Siria. Ingrato para con Jehová, quien le habÃa conservado todo, Acab a su vez, por codicia, procura despojar a su prójimo. Nabot, como fiel Israelita, no podÃa ceder su herencia, conforme a LevÃtico 25:23. ¿Mostramos la misma fidelidad y firmeza cuando se trata de mantener la herencia espiritual que hemos recibido? Guardémonos de tener en poco las incomparables verdades bÃblicas cuyo depósito nos es confiado (1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14).
Cobardemente, el miserable rey deja obrar a su mujer y, entonces, bajo el manto de la autoridad real, se comete una abominable injusticia.
Pero Nabot tiene el privilegio de representar a uno más grande que él. En la parábola en que el Señor Jesús se presenta a sà mismo como el heredero de la viña, oÃmos las terribles palabras: âVenid, matémosle, y apoderémonos de su heredadâ (Mateo 21:38). Y al final del mismo evangelio vemos que también dos testigos falsos comparecieron ante el concilio. AllÃ, Jesús fue acusado de blasfemia por los jefes del pueblo (Mateo 26:60 y 65-66), antes de sufrir y morir âfuera de la ciudadâ (v. 13; Hebreos 13:12).
Como Acab, que mediante un crimen se apropió de la heredad de Nabot, el hombre, habiéndose deshecho de Cristo, se conduce como si el mundo le perteneciera. De una manera general, Acab ilustra la tendencia a querer siempre lo que no se tiene. Colmado de riquezas, todo lo que le interesaba era la viña de su vecino. El corazón natural se halla perpetuamente insatisfecho.
La mentira y el homicidio han puesto al rey en posesión del objeto de su codicia. Ahora se levanta y desciende, con el corazón alegre, para tomar posesión de su nueva propiedad. ¡Pero toda su alegrÃa se desvanece bruscamente! Alguien bien conocido le espera en la viña de Nabot. ¡Es ElÃas! Jehová le ha enviado para que anuncie al rey el terrible castigo que le aguarda.
Entonces, por primera vez, aparece en Acab una señal de humillación. Por el ejemplo de sus predecesores sabe que la palabra de Jehová siempre se cumple. ¿Se trata de âarrepentimiento para salvaciónâ? (2 Corintios 7:10) No, como lo mostrará la continuación de su historia. Una verdadera conversión siempre se juzga por los frutos. Empero Dios, atento a toda señal de examen de conciencia, toma en cuenta esa actitud de Acab para aplazar su castigo (Ezequiel 33:11).
Ben-adad no cumplió su palabra (cap. 20:34). No restituyó Ramot de Galaad. Acab se propone retomarla y hace participar de su proyecto a un ilustre visitante: Josafat, rey de Judá. Pero, ¿qué pensar de esta visita? ¿No puede uno regocijarse al ver que se establece una amistad entre los soberanos de esos dos reinos que han estado tanto tiempo en conflicto? Es un paso hacia la unión, que actualmente está a la orden del dÃa en el mundo cristianizado. En realidad, ante Dios es una infidelidad de parte de Josafat. Era rey en Jerusalén, en donde se encontraba el templo de Jehová. Por el contrario, Acab era un idólatra. â¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los Ãdolos?â (2 Corintios 6:16). ¿Cómo puede el rey de Judá decir: âYo soy como túâ? (v. 4).
Vemos el engranaje en que se deja atrapar el pobre Josafat. Sintiéndose incómodo, hace algunas tÃmidas observaciones a Acab, pero no tiene la energÃa necesaria para oponerse a su proyecto. Para esto le hacÃa falta más valentÃa que para hacer la guerra a los sirios. Y por cierto, cada uno de nosotros lo sabe por experiencia: la acción más difÃcil, la que exige más valentÃa, muchas veces será un simple rechazo, el rechazo de asociarse al mal (Salmo 1:1).
En una sola voz, los cuatrocientos profetas anuncian al rey lo que él desea. ¿Qué riesgo corren? Si Acab gana la guerra, su predicción se cumplirá. Y si no vuelve, no podrá hacerles reproches. Al lado de estos profetas mentirosos, un único profeta de Jehová, el fiel MicaÃas, da a conocer valientemente la verdad y va a sufrir a causa de ello. Como el capÃtulo 18, éste nos pone en guardia contra un peligro: el de juzgar si una cosa es buena o mala según el número de personas que la practican. Hoy, como en los dÃas de Acab, los hombres se amontonan âmaestros conforme a sus propias concupiscenciasâ (2 Timoteo 4:3). En particular, no les gusta oÃr hablar de un juicio eterno, y hallan a predicadores que, para tranquilizarlos, les prometen que al final todo irá bien. Pero, tarde o temprano, Dios confundirá a todos los mentirosos. Su palabra es verdad (Juan 17:17).
La falta de valentÃa moral por poco le costó la vida a Josafat. Siguió a Acab, temiendo disgustarlo. Y éste, cobardemente, procuró atraer sobre el rey de Judá la atención y los esfuerzos del enemigo. Pero su ardid no podÃa engañar a Jehová, quien tenÃa puesta la mirada sobre uno de los reyes para salvarlo, y sobre el otro para cumplir su infalible juicio (véase Salmo 7:12-13).
El reinado de Josafat está más detallado en el segundo libro de Crónicas. Sin embargo, detengámonos aquà en un hecho muy instructivo. Josafat habÃa armado una flota para buscar oro en Ofir. Pero la mano de Dios lo detiene: sus naves son destruidas. ¿Va a obstinarse? Al contrario: se somete. A pesar de que el rey de Israel le propone socorrerlo con sus marinos, esta vez sabe decir ¡no!
¿No hemos hecho alguna vez hermosos proyectos que han sido aniquilados de golpe por una inesperada circunstancia? Asà le sucedió a Job, quien debió exclamar: âMis propósitos están desbaratados, los tesoros más preciosos de mi corazónâ (Job 17:11, V.M.) Para hacer fracasar esos planes, Dios se vale de varios medios: ¡mal tiempo, enfermedad, falta de dinero, fracaso en un examen!⦠Todo esto siempre es penoso. Pero, en lugar de irritarnos o insistir en hacer, pese a todo, lo que nos habÃamos propuesto, preguntémonos si nuestro proyecto tenÃa la aprobación del Señor. A sus ojos, un espÃritu quebrantado tiene más valor que naves poderosas (véase IsaÃas 57:15; Salmo 51:17).
El último párrafo nos trae de vuelta a la corte de Israel. Allà vemos al nuevo rey, OcozÃas, sirviendo a Baal y prosternándose ante él. Tal es la triste nota final del primer libro de los Reyes.
Desde el principio de este libro, vemos al miserable OcozÃas dar un paso más hacia la idolatrÃa. Estando enfermo, manda a consultar a Baal-zebub (Señor de las moscas o de la suciedad). Hecho aun más tenebroso por cuanto detrás de ese Ãdolo está Satanás, quien se hace adorar. ¡Más tarde los judÃos lo llamarán Beelzebú, el jefe de los demonios! (Mateo 12:24). Entonces, de parte de Jehová, la suerte de OcozÃas está echada, y ElÃas es el encargado de anunciárselo, como otrora a su padre. Pero, mientras que en Acab hubo alguna humillación, OcozÃas sólo piensa en apoderarse de la persona del profeta, con violencia, si fuera necesario. Pensamos en los hechos criminales de otro rey, el malvado Herodes, contra Juan el Bautista (a quien la Palabra a menudo confronta con ElÃas; comp. su ropa en el v. 8 y Marcos 1:6). Esta abierta rebeldÃa contra Jehová recibe inmediatamente un solemne castigo.
AsÃ, OcozÃas parece superar a su padre en maldad. Sólo habÃa tenido a la vista el triste ejemplo de sus padres, Acab y Jezabel. ¿Qué decir entonces de los jóvenes educados por padres piadosos, los cuales, pese a ese privilegio, siguen a los Ãdolos de este mundo?
En su obstinación, OcozÃas envÃa un segundo capitán de cincuenta para que le traiga a ElÃas. Su intimación es todavÃa más insolente: âDesciende prontoâ. Pero recibe la misma terrible respuesta.
En el monte Carmelo, el fuego no cayó del cielo sobre los presentes, sino sobre el holocausto. Era una figura del juicio divino que descendió sobre Cristo, con miras a atraer hacia Dios el corazón del pueblo. Ahora, en este otro monte, el fuego debe descender en juicio sobre los hombres rebeldes.
Jesús, la santa VÃctima, sufrió solo el ardor de la ira divina. Pero más tarde, los que no hayan creÃdo tendrán que soportar ellos mismos y eternamente esta inflexible cólera (Romanos 1:18).
El dÃa del juicio todavÃa no ha llegado. Por eso, cuando los discÃpulos Jacobo y Juan, refiriéndose a esta escena, proponen al Señor que haga descender fuego del cielo sobre una aldea de los samaritanos, él debe censurarlos fuertemente (Lucas 9:52-55).
El jefe de la tercera cincuentena quizá sea uno de los 7000 que Jehová nombró al profeta. Habla con respeto, humildad y afecto por sus soldados. Con él, ElÃas va al rey, pero sólo para repetir palabra por palabra su primer mensaje, pronto confirmado por la muerte de OcozÃas.
En tanto que el arrebatamiento de Enoc se resume en dos versÃculos (Génesis 5:24 y Hebreos 11:5), Dios nos permite (lo mismo que a Eliseo) asistir en detalle al de ElÃas. Este glorioso acontecimiento evoca para nosotros otros dos hechos: uno es pasado, el otro es futuro. La escena pasada es la de la ascensión del Señor al cielo. Como ElÃas, Jesús recorrió el camino de su pueblo Israel, cuyas etapas tenemos aquà en figura: Gilgal, Bet-el, Jericó y, finalmente, el Jordán. Del mismo modo que Eliseo rehusaba separarse de ElÃas, los discÃpulos se habÃan apegado al Señor Jesús. â¿A quién iremos?â, le dijo Pedro (Juan 6:68). También fueron testigos de su ascensión (Hechos 1:9). Después, conforme a la promesa que les fue hecha, el EspÃritu Santo descendió sobre ellos con poder, lo que nos recuerda el espÃritu de ElÃas viniendo a posarse sobre Eliseo después del arrebatamiento de su maestro.
Pero este capÃtulo también lleva nuestros pensamientos a una escena futura: el arrebatamiento de todos los redimidos âen las nubes para recibir al Señor en el aireâ (1 Tesalonicenses 4:17). Como ElÃas, estamos en camino, sabiendo lo que nos acontecerá. ¿Es una esperanza que regocija nuestro corazón?
Los «hijos» de los profetas eran discÃpulos de estos últimos; vivÃan juntos, eran enseñados en la Palabra y empleados por Jehová para Su servicio. Los de Jericó, como más tarde Tomás, no pueden creer en el misterioso suceso que acaba de producirse.
Eliseo representa, en Jericó, a Cristo, quien vino en gracia a este mundo marcado por la muerte y la esterilidad. Trajo la vida por el poder purificador de la gracia (la sal), contenida y manifestada en el nuevo hombre (la vasija nueva). Cada creyente es llamado a ser, en este mismo mundo, âun vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda buena obraâ (2 Timoteo 2:21, V.M.)
La espantosa escena que sigue (v. 23-24) nos recuerda los juicios que serán la parte de los burladores (Proverbios 19:29). Los muchachos de Bet-el ultrajan a Jehová mismo. Al decir: â¡Calvo, sube!â, colocan a Eliseo ante el desafÃo de ser quitado como ElÃas. En los postreros dÃas âanuncia el apóstol Pedroâ âvendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?â (2 Pedro 3:3-4).
¡Entonces, surge el oso! En la Biblia a menudo se lo asocia con el león: Satanás. ¡Cuán solemne es! Dios podrá permitir que los hijos que menosprecien la Palabra sean hechos presa del mundo y de su prÃncipe. Es para ellos una suerte peor que la muerte, ya que la salvación de su alma está en juego.
Joram, hermano de OcozÃas, es hecho rey de Israel. Aunque también hace lo malo ante los ojos de Jehová, se destaca una mejorÃa en comparación con la conducta de su padre y la de su madre. Renuncia oficialmente al culto de Baal.
El primer versÃculo de nuestro libro ya habÃa mencionado la rebelión de Moab. Para Joram es la ocasión de hacer la guerra a ese pueblo, apoyándose en sus más cercanos aliados: el rey de Judá y el de Edom. Desgraciadamente Josafat no aprendió la seria lección de Ramot de Galaad. A la proposición de Joram, da exactamente la misma respuesta que otrora a Acab (v. 7; 1 Reyes 22:4).
La expedición está a punto de ser un desastre. Joram acusa a Jehová por ello, mientras que él mismo es responsable de todo el emprendimiento. Muchas personas son asÃ. Acusan a Dios por sus desdichas en lugar de arrepentirse. Proverbios 19:3 confirma que âla insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazónâ. Delante de los tres reyes tristemente asociados, Eliseo se siente incómodo. ¿No se trata de ese âyugo desigual con los incrédulosâ, ante el cual se pone seriamente en guardia a los creyentes? (2 Corintios 6:14).
De parte de Jehová, Eliseo da a conocer el medio para no caer en manos de los moabitas. Y como siempre, este medio es la fe. Antes de recibir lo que sea, es necesario empezar a cavar pozos. Cuánto más pozos se caven, más agua se tendrá. Notemos que el agua llega âpor la mañana, cuando se ofrece el sacrificioâ (v. 20). ¿No era en Jerusalén, muy lejos de esta región, donde se ofrecÃa el sacrificio? Sin embargo, a causa de ese sacrificio, las aguas corrieron. Comprendamos lo que esto significa: todas nuestras bendiciones emanan de la obra del Señor en la cruz.
Pero las aguas que representaban la salvación de los ejércitos de Israel, causaron la destrucción de los moabitas. Igualmente la muerte de Jesús, salvación para los creyentes, al mismo tiempo es la condenación del mundo (Juan 16:8).
Engañados por las apariencias, los moabitas son atacados y su paÃs es devastado. Pero, lo que hace su rey âel horrible sacrificio de su primogénitoâ produce consternación en el campamento de los vencedores. Y finalmente, los ejércitos se separan sin que les quede algún beneficio real de esta lamentosa expedición. Tal será el resultado de lo que no emprendamos junto con Dios.
Nuestro capÃtulo nos muestra a Eliseo, figura del Señor Jesús, como fuente de bendición para dos familias. La primera es pobre: una viuda con dos hijos a merced de un despiadado acreedor. Pero su fe sabe a quien dirigirse (Salmo 68:5); ella recibe ese precioso y abundante aceite, mientras hayan vasijas vacÃas para contenerlo.
Siendo vendidos por nuestras iniquidades a Satanás, el terrible acreedor, éste adquirió asà derechos sobre nosotros (IsaÃas 50:1). Pero existe un recurso: volvernos al Señor. Entonces recibiremos el poder divino según la medida de nuestra fe (las vasijas vacÃas), no sólo para la salvación de los que amamos, sino también para la vida diaria (v. 7).
La segunda familia es muy diferente. Es gente rica; no obstante, se recibe al varón de Dios con sencillez. Ãl se siente a gusto allÃ, y sus huéspedes están felices cuando se encuentra con ellos. Es un hermoso ejemplo para nosotros.
El Señor Jesús, ¿se siente verdaderamente feliz en nuestra casa y en nuestro corazón? ¿Podemos mostrarle todo, decirle todo y confiarle nuestros secretos deseos? Para conocerlos, no necesita un intermediario, como aquà al profeta. Ãl los otorgará si esos deseos son según Su voluntad (Salmo 37:4).
Jehová dio un hijo a la piadosa sunamita. Pero aún desea hacer algo más para ella: quiere que conozca su poder que resucita a los muertos. Un bebé que llega a una familia es una fuente de gozo para sus padres y hermanos. Pero, a los ojos de Dios, lo que más precio tendrá será el nuevo nacimiento de ese niño; el cielo entero se alegrará. Este paso de la muerte a la vida, que se llama conversión, ¿no es el más grande de los milagros? ¡Aún hoy, Jesús lo hace en los hogares de padres cristianos! ¿Lo ha experimentado usted?
Consideremos al Salvador en la casa de Marta, en Betania. Allà se le recibÃa con respeto y afecto, como Eliseo en casa de la sunamita. Pero fue necesario que esa familia le conociera bajo un nuevo nombre: âLa Resurrección y la Vidaâ (Juan 11:25). Cuando murió Lázaro Jesús no estaba presente, y su tardanza podÃa parecer indiferencia. Pero era necesario que la fe fuese probada; en nuestro relato sucede lo mismo con la sunamita. A pesar de todo, ella dice que le va âbienâ. Nosotros, que nos quejamos por tan poca cosa, no olvidemos, en todas nuestras dificultades, la contestación de esta mujer. ¡Ojalá también podamos decir, llenos de confianza: «¡Todo anda bien!»
Como lo recuerda Hebreos 11, el capÃtulo de la fe, âlas mujeres recibieron a sus muertos mediante resurrecciónâ (Hebreos 11:35). Asà ocurrió con la viuda de Sarepta y luego con la feliz sunamita. Pero, ¡qué diferencia con la escena de la tumba de Lázaro en que un sencillo llamado del Amo de la vida basta para reanimar a un hombre muerto desde hace cuatro dÃas! Pronto, todos los redimidos que duermen oirán âla voz de mandoâ de Aquel que venció a la muerte, y resucitarán con poder (1 Tesalonicenses 4:16).
El incidente de las calabazas silvestres nos recuerda que, a pesar de las buenas intenciones, el hombre no hace más que echar a perder lo que Dios quiere darle. Cuidémonos, pues, de no agregar nada a la Palabra, alimento de nuestras almas, y desconfiemos de todas las novedades (Gálatas 1:7-8). ¡Cuántos escritos religiosos hay, en los cuales un poco de veneno se halla mezclado con la verdad divina!
El hombre de Baal-salisa, al traer esos panes que van a ser el medio para alimentar a cien personas, una vez más nos lleva a algunas escenas del Evangelio (Mateo 14:15-21 y 15:32-38). Pero, allà también, qué diferencia entre el profeta y Aquel que hace sentar a las multitudes para saciarlas en virtud de su propio poder (Salmo 132:15).
Naamán era general del ejército del rey de Siria, un héroe cubierto de gloria y distinciones. Y, sin embargo, algo hace de ese gran personaje el hombre más miserable: su hermoso uniforme cubre un cuerpo roÃdo por la lepra. Asimismo, la enfermedad del pecado corrompió a todos los humanos, inclusive a los más eminentes.
Pero, en la casa de Naamán vive una joven mensajera de buenas nuevas. Esta muchacha, cautiva, da un sencillo testimonio del poder del varón de Dios. Nunca se es demasiado joven para ser un testigo del Señor Jesús.
Naamán se pone en camino y, después de dar un rodeo por el palacio de Joram, recibe el mensaje de Eliseo. Aún hoy, Dios tiene un mensaje para los pecadores: su palabra escrita. Muchos no creen que Dios se dirija a ellos de esa manera y no reciben la Biblia como la Palabra de Dios. Otros piensan que la salvación es demasiado sencilla. La instrucción dada a Naamán es la misma dada por Jesús al ciego de nacimiento: âVé y lávateâ (v. 10; Juan 9:7). Dios no nos pide cosas grandes (v. 13). Simplemente exige que el hombre se reconozca mancillado, muerto en sus delitos (Efesios 2:1 y 5; Colosenses 2:13). Dios mismo cumplió las cosas grandes para beneficio de nosotros, pobres pecadores.
Lo primero que Naamán hace después de su curación es ir a agradecer a aquel que fue instrumento de ella. Nos recuerda a uno de los diez leprosos limpiados por el Señor, el que âviendo que habÃa sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran vozâ (Lucas 17:15). Y era igualmente un extranjero.
Luego, Naamán debe aprender que la salvación es enteramente gratuita. Muchas personas no logran aceptar este hecho. Tanto más cuando ven a ciertos miembros del clero sacar de la religión un provecho personal, lo que es llamado âganancia deshonestaâ (1 Pedro 5:2; 1 Timoteo 3:8; Tito 1:7). Giezi nos hace pensar en ellos. Su manera de actuar, dictada por el amor al dinero, amenaza con anular a los ojos de Naamán la gratuidad del don de Dios. El corazón del varón de Dios, preocupado por ese «nuevo convertido», sigue toda la escena. La acción deshonesta es denunciada y el miserable codicioso recibe su castigo (comp. Hechos 5:1-11). â¿Es tiempo de tomar plata⦠vestidosâ¦?â, pregunta Eliseo, cuya fortuna era su manto de profeta. Es una seria pregunta para cada uno de nosotros, discÃpulos de un Señor que se hizo âpobreâ. En vÃsperas de su retorno, ¡no es tiempo de enriquecernos y buscar nuestra comodidad aquà en la tierra! (véase también Santiago 5, fin del v. 3 y Hageo 1:4).
âEl lugar en que moramos⦠es estrechoâ, declaran a Eliseo los hijos de los profetas. A veces se oye decir lo mismo respecto del cristianismo. Por cierto, ante los ojos del mundo, la vida del creyente parece muy estrecha: ¡se priva de tantas cosas! Si se nos ocurre razonar asÃ, es porque miramos demasiado bajo. En verdad, âel cieloâ en toda su extensión está delante de nosotros.
El pequeño incidente del hacha es conmovedor en su simplicidad. Eliseo está igualmente dispuesto a devolver una herramienta al que la utiliza, como un hijo a su madre, mediante la resurrección. Asimismo, vemos al Señor de gloria lavando los pies a sus discÃpulos o preparándoles una comida (Juan 13:5 y 21:13). Nada es demasiado pequeño para el Señor Jesús. ¿Lo ha experimentado usted?
Después, se reanuda la guerra entre Israel y los sirios. Mas, existe un tercer ejército cuya existencia sólo conoce el profeta. Son los combatientes celestiales: ángeles que Dios colocó como una muralla de fuego alrededor de su siervo (Salmo 34:7 y Jueces 5:20). Para discernirlos, son necesarios los ojos de la fe. Como Eliseo aquÃ, Jesús en Getsemanà dirigió los pensamientos de su discÃpulo Pedro hacia las doce legiones de ángeles que su Padre le habrÃa dado, si hubiese querido pedÃrselas (Mateo 26:53).
Tres veces en este capÃtulo, en respuesta a la oración del profeta, los ojos se abren (v. 17 y 20) o, por el contrario, se oscurecen (v. 18). Pidamos a Dios que abra los nuestros. No perdamos de vista, como el criado de Eliseo, el poder divino que está a nuestra disposición. âAlzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehováâ, dice el salmista (Salmo 121:1). ElÃas sólo habÃa sido un profeta de juicio. En cambio, Eliseo tiene el privilegio de usar una segunda arma, más eficaz aún: la gracia. Hace misericordia con sus enemigos y vence con el bien el mal. Nuestros pensamientos vuelven otra vez hacia Jesús, quien se valÃa tan perfectamente del poder como de la gracia. Después de haber hecho caer a tierra con una palabra a los que venÃan a prenderle, sanó la oreja herida por su impulsivo discÃpulo (Juan 18:6; Lucas 22:51).
Por otra parte, esa gran comida nos hace pensar en âla gran cenaâ de la gracia (Lucas 14:17). Dios convidó a ella a los que eran sus enemigos.
¡Pero la buena acción de Eliseo no será pagada con la misma moneda! Los sirios sitian Samaria, donde el hambre causa terribles estragos. Pero Jehová se valdrá de ello para mostrar a la vez su poder y su bondad.
El pueblo de Samaria alcanza el fondo de su miseria. Ahora Dios puede actuar. Por su parte, Eliseo, el profeta de la gracia, responde a la tentativa de homicidio del rey, anunciándole la liberación. Aún hoy, se proclama la salvación. Pero ¡cuántos, como el prÃncipe, responden con incredulidad y burla!
Cuatro pobres leprosos van a ser empleados para dar a conocer esa salvación (comp. con 1 Corintios 1:28). Sin ninguna intervención humana, el ejército sirio es derrotado. Jehová solo obtuvo la victoria. Ocurre asà con la obra de la cruz; allÃ, Jesús solo triunfó sobre todos nuestros enemigos. Como esos miserables leprosos, nosotros, pobres pecadores, estábamos en una desesperada situación, destinados a una muerte eterna. Ahora, ésta es anulada para el creyente. En su lugar halla vida, paz, abundantes y gratuitas riquezas espirituales para el presente, y un porvenir asegurado. Ãstos son los frutos de la victoria de Cristo en la cruz. En ella el enemigo fue enteramente despojado. Y vemos que bastó solamente levantarse e ir a tomar posesión de estas cosas (v. 5; comp. con Lucas 15:18). ¿Ya lo hizo usted? ¿O todavÃa está âsentado en tinieblas⦠y sombra de muerteâ? (Mateo 4:16, V.M.)
âHoy es dÃa de buena nuevaâ (v. 9). ¡Ah!, si conocemos las buenas nuevas del Evangelio, no las guardemos egoÃstamente para nosotros solos. Apresurémonos a publicar el feliz mensaje a los que todavÃa se hallan en el desamparo, ignorando la liberación de Dios. âHe aquà ahora el dÃa de salvaciónâ (2 Corintios 6:2). ¿No serÃamos culpables si calláramos? (véase Ezequiel 33:6). Es lo que la conciencia dicta a los cuatros leprosos. Y sin aguardar la mañana, se dan prisa para ir a gritar la noticia a los porteros de la ciudad. ¡Pero escuchemos los razonamientos que los acogen! El rey y sus siervos discuten y pasan revista a las posibles explicaciones antes de aceptar la más sencilla y maravillosa: esa liberación es la que el profeta habÃa anunciado; viene de Jehová. â¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!â, tuvo que decir, extrañado, el Señor Jesús (Lucas 24:25).
La salvación está realmente a la puerta. Pero, para el prÃncipe incrédulo, allà también se halla el juicio. Es el único que no puede aprovechar el abundante botÃn. La palabra de Jehová se cumple con exactitud. ¡Y siempre será asÃ!
Al comienzo del capÃtulo 8 reaparecen personas conocidas: la mujer de Sunem, a quien Jehová cuidó durante la hambruna; después, Giezi, quien parece haber prosperado pese a su lepra (respecto de la cual ciertamente prefiere guardar silencio). En efecto, lo volvemos a encontrar en la corte del rey, donde Dios se vale de él para que se haga justicia a la sunamita. Luego se nos cuenta la visita de Eliseo a Damasco y su encuentro con Hazael, quien, por medio de un homicidio, va a tomar el trono de Siria en lugar de Ben-adad. Este último, en otros tiempos testigo de la curación de Naamán, muere miserablemente.
Finalmente, en los versÃculos 16-29, vemos proseguir paralelamente la historia de los reyes de Israel y de Judá. Joram, hijo de Josafat, está lejos de seguir el buen ejemplo de su padre. Y se nos da el motivo de ello: âUna hija de Acab fue su mujerâ (v. 18). Una vez más se ve cuán grande es la influencia de una esposa o de un marido sobre su cónyuge. Joram de Judá es, pues, cuñado de Joram, rey de Israel, a quien conocemos bien. Y, a su vez, su hijo OcozÃas llega a ser âyerno de la casa de Acabâ (v. 27). Según el mundo, son hermosas alianzas, pero ante los ojos de Jehová son graves infidelidades. Demasiado a menudo vemos sus trágicas consecuencias.
Ya hacÃa mucho tiempo que, en el monte de Horeb, Jehová habÃa dicho a ElÃas que Jehú debÃa suceder a la casa de Acab (1 Reyes 19:16). Pero Dios nunca se apresura cuando se trata de juicio. Sólo se decide a obrar después de haber agotado todos los recursos de su gracia. Eliseo no es quien unge al nuevo rey justiciero, porque él es precisamente el profeta de la gracia. Un joven de entre los hijos de los profetas es elegido para esta misión. Esto es prueba de que incluso un servicio importante, a veces puede ser confiado por el Señor a un joven. El muchacho ha de presentarse en medio de los prÃncipes del ejército de Israel, cuya guarnición se encuentra en Ramot de Galaad, y derramar el aceite de la unción real sobre la cabeza de Jehú. ¿No habÃa de que se intimidara este joven profeta? Pero cuando se obedece a Dios, se puede contar con su socorro en las situaciones más impresionantes. El versÃculo 7 nos muestra que Dios no olvida los sufrimientos de los suyos (Lucas 18:7-8). Cuánto más se acuerda de la sangre de su Hijo, muerto por el hombre culpable.
Escogido por Jehová, aclamado por sus oficiales, ahora el nuevo rey va a obrar sin pérdida de tiempo.
Jehú es un hombre astuto y lleno de energÃa. Su plan es ejecutado tan pronto como es concebido. Seguido por una tropa decidida, conduce impetuosamente su carro hacia Jezreel. Al verle, se piensa en ese Jinete acompañado por los ejércitos celestiales que sale para cumplir el juicio âdel furor de la ira de Diosâ. Su nombre es âEl Verbo de Diosâ y también âRey de reyes y Señor de señoresâ, dicho de otro modo, Cristo mismo. Entonces, el tiempo de la gracia se habrá acabado (Apocalipsis 19:11-16).
â¿Hay paz?â, pregunta Joram por medio de sus emisarios; luego, él mismo va al encuentro de su justiciero (v. 17, 19 y 22). Y ¿qué responde la Palabra? âNo hay paz⦠para los impÃosâ (IsaÃas 57:21). Por el contrario, âcuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentinaâ (1 Tesalonicenses 5:3). Para el rey impÃo llega el momento de rendir cuentas. Muchas veces la gracia habÃa hablado mediante Eliseo. Pero él permaneció sordo a su lenguaje. â¡Traición!â, exclama él. Más bien deberÃa decir: ¡castigo!, porque es la mano de Dios la que lo traspasa en el mismo campamento de Nabot, en el cual, conforme a la infalible profecÃa, debÃa resolverse la suerte de la sangrienta casa de Acab.
Después de la muerte de Joram y la de su sobrino OcozÃas, todavÃa queda la persona más malvada de la familia real: Jezabel, la reina madre. Acaba de enterarse de la suerte de su hijo (pues trata a Jehú de asesino de su señor; v. 31). Pero, en lugar de acongojarse, en un último arranque de vanidad, la vieja reina se arregla y se pinta los ojos (JeremÃas 4:30). Después se asoma a la ventana para insultar al despreciado visitante. Al llamado de Jehú, los mismos siervos de esa miserable mujer la echan abajo, y en un momento, los perros no dejan sino restos ensangrentados y difÃciles de reconocer. Es el horrible fin de la que llegará a ser en la Escritura la personificación del poder corruptor de la Iglesia (Apocalipsis 2:20).
Como otrora en el asunto de Nabot, los ancianos y los jefes de Jezreel están muy dispuestos a cometer crÃmenes para complacer al nuevo soberano. Pero, detrás de este cobarde hecho está la mano de Jehová, y podemos estar seguros de que ninguno de los setenta hijos de Acab merecÃa que se le perdonara la vida. Porque, según Ezequiel 18:17, el hijo que practica los mandamientos de Jehová âno morirá por la maldad de su padre; de cierto viviráâ.
Jehú, prosiguiendo su misión vengadora, encuentra una tropa de alegres jóvenes que siguen su camino con total despreocupación. Son los cuarenta y dos hermanos (o primos) de OcozÃas. Sin sospechar lo que acaba de suceder, van a visitar a la brillante juventud de la otra familia real⦠¡justamente ésa cuyas setenta cabezas en ese mismo momento se juntan en dos montones a la puerta de Jezreel! ¡Pues bien!, en la muerte es donde se encontrarán. Pensemos en los innumerables jóvenes cuyo único propósito es gozar de la existencia, olvidando que la muerte puede sorprenderlos sin que estén preparados (Eclesiastés 11:9). SÃ, cuántos de ellos hallaron esa súbita muerte, por ejemplo, en un accidente automovilÃstico, mientras corrÃan a sus placeres.
Otro encuentro más interesante es el de Jonadab, hijo de Recab. Es un hombre fiel. El capÃtulo 35 de JeremÃas nos cuenta la historia de esa familia. Jehú se vanagloria de su celo por Jehová, luego lo invita a asistir a la masacre de los sacerdotes de Baal. Pero el ardid que emplea en nada es comparable con la escena del Carmelo que habÃa traÃdo de vuelta a Jehová el corazón de su pueblo Israel (1 Reyes 18).
Al considerar a Jehú, ejecutor de la venganza de Jehová, pensamos en el Rey, el Hombre valiente (Cristo), a quien se dirige el Salmo 45: âHas amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegrÃa más que a tus compañerosâ (v. 7; comp. 2 Reyes 9:6). âEn tu gloria sé prosperado; cabalgaâ¦â (v. 4; comp. cap. 9:16). âTu diestra te enseñará cosas terribles. Tus saetas agudas⦠penetrarán en el corazón de los enemigos del reyâ (v. 4-5; comp. cap. 9:24). Y en consecuencia se le confiere el trono, no por un tiempo limitado (a Jehú se le otorgan cuatro generaciones: cap. 10:30), sino âpara siempreâ (Salmo 45:6).
Mas el versÃculo 31 subraya el contraste y nos enseña una seria lección: es posible desplegar un gran celo por Dios, hacer obras espectaculares que tienen apariencia de fe y, sin embargo, buscar sus propios intereses.
El capÃtulo 11 nos transporta al reino de Judá, donde vemos a la abominable AtalÃa, digna hija de Acab y Jezabel, asesinando a todos sus descendientes varones para apoderarse de la corona.
La familia real de Israel acaba de ser enteramente exterminada. La de Judá sufre la misma suerte, con excepción de un varoncito ocultado en el templo por su tÃa, esposa del sumo sacerdote (2 Crónicas 22:11). Y durante ese tiempo, la odiosa AtalÃa ocupa injustamente el trono.
El tiempo actual presenta una situación parecida: Jesús, habiendo pasado por la muerte (Joás en cambio escapó de ella), hoy se halla en la casa del Padre, ejerciendo en ella el sacerdocio, oculto a los ojos del mundo, pero presente junto a Dios para aparecer, en el dÃa de su gloria, como el verdadero âHijo de Davidâ. Algunos âlos que son de la familia de Diosâ le conocen y le honran como el verdadero Rey, aguardando su manifestación (Tito 2:13). Poseen un precioso secreto y una bienaventurada esperanza. De modo que el provisorio dominio de Satanás, âel prÃncipe de este mundoâ, no debe impresionarlos: pronto será destruido, como lo es aquà la malvada AtalÃa. El coronamiento de Joás es, pues, la imagen de una futura escena que nuestros corazones proclaman por la fe.
Luego, el culto a Baal es extirpado de Judá, sin que sean necesarias las artimañas empleadas por Jehú.
La muerte de Joiada marca un cambio negativo en el largo reinado de Joás. El segundo libro de las Crónicas nos relata su triste fin. Pero aquÃ, hasta el versÃculo 16, se desarrolla la parte feliz de su vida. Una única cosa parece llenar el corazón del rey: la restauración de la casa de Jehová. Desde los dÃas de Salomón, el templo se habÃa deteriorado. Joás, criado por los sacerdotes en las cámaras contiguas al santuario, ha guardado desde su tierna infancia un profundo interés por esta casa. Al mismo tiempo, ha tenido la ocasión de conocer cada grieta de ella. Y ustedes, jóvenes educados en las verdades concernientes a la Asamblea (Iglesia): ¿tiene ésta un gran lugar en sus corazones? Sin duda, también conocen algunas de sus grietas: disconformidad, relajamiento, falta de celo, mundanerÃa⦠Entonces, ser como Joás, âreparador de portillosâ (IsaÃas 58:12), ¿no es un hermoso y deseable servicio? Incluso un joven puede aprenderlo. ¿Cuáles son los materiales que es necesario saber emplear hábilmente?: el amor, la benevolencia, la dulzura, el saber soportarse y el inestimable âvÃnculo de la pazâ (Efesios 4:2-3).
Hazael, rey de Siria, se propone subir contra Jerusalén. Pero Joás, en lugar de contar con Jehová, ¿qué hace? Obra igual que Asa en otros tiempos, en la decadencia de su reinado, cuando Baasa subió contra él (1 Reyes 15:17-18): renuncia a todas las cosas santas consagradas por sus padres y por él mismo al comienzo de su carrera y las entrega al rey de Siria. ¡Ay, cuántos han imitado a ese pobre rey! Al principio de su vida cristiana hicieron gozosos unos sacrificios. Consagraron y santificaron una cosa u otra para el servicio del Señor. Pero después sobrevino la oposición del mundo. Y al no estar dispuestos a enfrentarla por la fe, prefirieron arrojar todo por la borda. Es lo que el enemigo desea. De ahà en adelante los deja tranquilos. SÃ, pero ¡a qué precio!
Después de haber empezado tan bien, la vida del pobre Joás termina trágicamente. Sus propios siervos lo asesinan. AmasÃas reina en su lugar, mientras que en Israel Joacaz reemplaza a Jehú. Joacaz es un rey malo. Pero se abre un paréntesis en el que brilla toda la gracia de Dios (v. 4-6). Da un salvador a su pueblo (compárese con IsaÃas 19:20). ¡Cuánto más grande es el Salvador a quien nos dio! (Lucas 2:11).
Eliseo, cuyo nombre significa «salvación de Dios», permanece hasta el fin de su largo ministerio como el profeta de la gracia. Aquà anuncia la liberación al nuevo rey de Israel, Joás, quien lo visita. Hoy en dÃa, ¿dónde encontrar la gracia y la salvación si no es junto a un Cristo que murió por nosotros?
Desgraciadamente Joás no está en condiciones de aprovechar toda la gracia ofrecida. Le falta fe. ¿No somos a menudo como él? Dios nos reserva ricas bendiciones y está dispuesto a dárnoslas. Pero se las pedimos tÃmidamente, como si él fuese pobre, o como si colmarnos de ellas no fuese su deseo. Mas, esto es conocer muy mal a nuestro Padre. Los lÃmites nunca provienen de él sino de nuestra falta de fe. No tenemos, porque no pedimos (Santiago 4:2).
Eliseo muere, mas esa muerte viene a ser fuente de vida para otros. Aun en la tumba, ese notable profeta es una figura de Cristo (véase Mateo 27:52).
El final del capÃtulo nos muestra que Jehová, obligado a castigar a su pueblo, al mismo tiempo se conmueve por él con divina compasión (véase Miqueas 7:18-19).
AmasÃas, hijo de Joás, sube al trono de Judá al mismo tiempo que el otro Joás reina en Israel. Una vez más comprobamos la buena influencia de una madre que pertenece al pueblo de Dios (v. 2).
Se nos dicen buenas cosas respecto de ese nuevo rey, en particular su preocupación por obedecer la Palabra (v. 6; véase Deuteronomio 24:16). Pero se nos hace notar: ââ¦aunque no como David su padreâ, recordando el ejemplo del rey amado.
Para los creyentes, el punto de comparación siempre es Jesús, el perfecto Modelo. Es necesario que volvamos a âlo que era desde el principioâ, como nos invita a hacerlo la primera epÃstola de Juan. ¡Estas son las primeras palabras de dicha epÃstola! ¿Y cuáles son las últimas?: âHijitos, guardaos de los Ãdolosâ. El segundo libro de Crónicas (cap. 25:14) nos revela que, después de su victoria sobre los edomitas, AmasÃas establece sus Ãdolos como dioses. ¡Qué ingratitud hacia Jehová que le habÃa dado la victoria! Una amarga derrota ante Joás, rey de Israel, es la consecuencia de esa idolatrÃa y de la soberbia de AmasÃas, la que el mismo Joás discierne (v. 10). Si nos atribuimos el mérito de la victoria, Dios permitirá que perdamos la siguiente batalla, para enseñarnos a contar sólo con él.
No se nos dice nada de los últimos quince años de la vida de AmasÃas. ¡Son años perdidos! Nada más merece ser mencionado por Dios. ¿No existen semejantes perÃodos en nuestra vida? Como su padre Joás, AmasÃas perece violentamente. ¡Es el triste fin de un hombre que se aparta de Jehová! (2 Crónicas 25:27). Su hijo AzarÃas (llamado también UzÃas) le sucede a la edad de dieciséis años, mientras que en Israel prosigue el largo reinado del tercer descendiente de Jehú: Jeroboam II. Como sus predecesores, éste permanece apegado a los becerros de oro del primer Jeroboam. No obstante, en su misericordia, Dios continúa liberando a su pueblo, aun por medio de ese malvado rey. ¡Qué paciencia! Y cuán conmovedoras son estas palabras: âJehová no habÃa determinado raer el nombre de Israel de debajo del cieloâ (v. 27; cap. 13:23). Dios, obligado a castigar, se apresura a aprovechar todas las posibilidades de gracia que le deja su alianza de justicia.
También envÃa profetas a su pueblo durante este reinado: Oseas, Amós y Jonás, mencionado aquà (v. 25). Por medio de ellos Dios multiplica las advertencias. Más tarde se podrá decir a los hebreos: âDios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetasâ, ahora ânos ha hablado por el Hijoâ (Hebreos 1:1-2).
AzarÃas o UzÃas, acerca del cual 2 Crónicas 26 nos dará muchos detalles más, después de cincuenta y dos años termina tristemente una carrera que habÃa comenzado bien. Fue el mismo caso de su padre y de su abuelo. Acordémonos de que un buen principio en la vida cristiana no garantiza, a continuación ni hasta el fin, un andar feliz. No nos apoyemos nunca en nuestra fidelidad pasada o presente, sino en el Señor, quien es el único capaz de guardarnos sin caÃda (Judas 24).
Durante la larga vida de AzarÃas, ZacarÃas, cuarto y último descendiente de Jehú, luego Salum, Menahem, PekaÃa y Peka ocupan uno tras otro el trono de Israel. âHizo lo malo⦠no se apartó deâ¦â, es el triste refrán que resume esos sucesivos reinados. Poco importa lo que la historia del mundo recuerde de ellos, lo que cuenta, como para toda vida humana âincluyendo la mÃa y la suyaâ es la apreciación divina.
âEllos establecieron reyes, pero no escogidos por mÃâ (Oseas 8:4). En ese perÃodo final de la historia del reino de Israel es solemne ver cómo Jehová, cansado por tantas infidelidades, abandona el pueblo a su suerte (Oseas 4:17).
Todas las advertencias de Dios, inclusive su silencio, fueron vanos para despertar la conciencia de su pueblo. Al fin suena la hora en que la última medida disciplinaria debe ser tomada. Se trata de su dispersión en medio de las naciones. Es el castigo extremo encarado desde el comienzo de la historia de Israel (LevÃtico 26:33; Deuteronomio 28:64), el cual fue retardado durante siglos de paciencia divina. Podemos pensar lo que esa decisión cuesta al corazón de Dios. Hizo salir a este pueblo de Egipto; lo juntó, lo puso aparte y lo introdujo en un buen paÃs. Ahora le es necesario echar por tierra su propio trabajo y volver a colocar a este pobre pueblo bajo el yugo del cual fue sacado (JeremÃas 45:4). Pero la gracia tiene un último recurso: la transportación sólo es ejecutada parcialmente. Para los que son dejados en el paÃs, todavÃa hay lugar para el arrepentimiento.
Notémoslo: entre las primeras vÃctimas figuran los habitantes de Galaad (v. 29). El capÃtulo 32 de Números contaba la desastrosa elección de las dos tribus y media que se habÃan establecido antes de cruzar el Jordán a causa de sus bienes materiales. Pues bien, sus descendientes tienen que soportar las trágicas consecuencias.
En Judá reinan sucesivamente el fiel Jotam, luego su hijo Acaz, quien, por el contrario, es uno de los reyes más execrables.
Durante el reinado de Acaz en Judá (y de Peka en Israel), Asiria hace su aparición en la historia. Dios va a valerse de esta nación como âvara de su furorâ (IsaÃas 10:5) para dispersar a Israel y castigar a Judá. Ante esa temible intervención, sin duda Acaz obra como hábil polÃtico, pero sin tener en cuenta para nada el pensamiento de Jehová. Sin embargo, habÃa tenido la revelación más maravillosa, como nos lo enseña IsaÃas, quien profetizaba bajo ese reinado (IsaÃas 7:14): âHe aquà que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuelâ (Dios con nosotros). Hoy en dÃa, ¡cuántos han oÃdo la buena nueva del nacimiento del Salvador, pero no quieren saber nada de ese Dios que vino para estar âcon nosotrosâ.
Acaz se permite cambiar todo en la casa de Jehová. Hace fabricar un altar más ancho: el hombre siempre encuentra demasiado estrecho lo que Dios ha establecido. Después, el impÃo rey cambia de destino el altar del sacrificio: se niegan el valor de la expiación y la eficacia de la cruz. Quita las basas del mar y de las fuentes: supresión del juicio de sà mismo. Finalmente hace modificar el pórtico y la entrada, âpor causa del rey de Asiriaâ (v. 18): figura de una religión que, para agradar al mundo, le abre sus puertas de par en par.
Oseas, asesino y sucesor de Peka, será el último rey de Israel. No aprovechó la prórroga que Jehová le otorgó por algunos años. En el noveno año del reinado de Oseas se verifica la toma de Samaria y la deportación del conjunto de las diez tribus. Pero el Dios justo no quiso poner punto final sin hacer constar una vez más y de manera indiscutible la culpabilidad de Israel. Los versÃculos 7 a 18 constituyen el acta de acusación irrefutable de Jehová para con ese desdichado pueblo. Lo mismo ocurrirá más tarde ante el terrible gran trono. Para su completa confusión, los muertos serán juzgados cuando se abran los libros que relatan sus obras (Apocalipsis 20:12-13).
El rey de Asiria hizo un intercambio de poblaciones. ¡Qué vergüenza ver, de ahà en adelante, el hermoso paÃs de Canaán ocupado otra vez por naciones idólatras, aun cuando exteriormente éstas aprendan a temer a Jehová y agreguen su culto al de sus divinidades! (v. 24-41).
Llegamos aquà al momento en que Jehová, por boca del profeta Oseas, pronuncia respecto de Israel el solemne âLo-ammiâ (âNo sois mi puebloâ), con la recÃproca: ââ¦Ni yo seré vuestro Diosâ (Oseas 1:9).
En lo sucesivo y hasta el fin de este libro, sólo se hablará de Judá. Dios acaba de recapitular tristemente todos los pecados de su pueblo. Pero ahora se regocija al hablarnos de un rey fiel. Por eso, el reinado de EzequÃas ocupará unos once capÃtulos de la Biblia (2 Reyes 18-20; 2 Crónicas 29-32; IsaÃas 36-39); como si en el momento de la ruina, y antes de abordar una página más sombrÃa aún, Dios se complaciera en detenerse en la vida de su piadoso siervo. Hasta EzequÃas, el relato de los mejores reinados contenÃa siempre esta reserva: âCon todo eso, los lugares altos no fueron quitadosâ. Esos lugares altos, donde el pueblo ofrecÃa sacrificios (primero a Jehová y más tarde a los Ãdolos), habÃan sido prohibidos por Dios en Deuteronomio 12. Nos hacen pensar en todas las tradiciones y supersticiones que reemplazaron en la cristiandad las enseñanzas de la Biblia con respecto a la adoración. La veneración, cuyo objeto era la serpiente de bronce, nos recuerda que la cruz misma es para muchos un objeto de idolatrÃa. EzequÃas quita, rompe, corta y destroza.
Luego rechaza el yugo del asirio y triunfa sobre los filisteos, según la profecÃa de IsaÃas (IsaÃas 14:28-32).
Valientemente EzequÃas ha tomado posición por Jehová. Pero su fe todavÃa no ha sido probada, y es necesario que lo sea. Asimismo cada creyente, tarde o temprano, debe mostrar si sus obras son las de la fe o las de la carne. Ante el temible asalto del rey de Asiria, la fe de EzequÃas empieza a tambalear. Cree poder salir del apuro entregando a Senaquerib un enorme tributo. Igual habÃa hecho Joás en tiempos pasados. Pero Dios va a enseñarle (y a nosotros por la misma ocasión) que la liberación y la verdadera paz no se obtienen haciendo concesiones (Proverbios 29:25). El Enemigo siempre engaña y decepciona. Senaquerib, lejos de desarmar, envÃa grandes fuerzas contra EzequÃas y los habitantes de Jerusalén. Al mismo tiempo delega tres peligrosos personajes, cada uno con su especialidad: el Tartán, su general, para vencerlos, el Rabsaris, jefe de sus servidores, para sojuzgarlos, y el Rabsaces, su copero mayor, para seducirlos, si fuese posible, con melosas palabras. Desconfiemos de ciertas personas que Satanás a veces nos envÃa con una misión semejante. Su lenguaje las traicionará.
El Rabsaces comienza con una arenga en la cual se burla abiertamente de la confianza del pueblo en Jehová.
El copero mayor prosigue su discurso usando alternativamente amenazas, burlas y mentiras. HabÃa pretendido falsamente haber recibido orden de Jehová para subir contra Judá y destruirlo (v. 25). Ahora va a ensayar la seducción. Recurriendo al lenguaje del pueblo (como Satanás sabe hablar el nuestro), hace brillar las riquezas de Asiria, adonde se propone llevarlo: trigo, pan, viñas, etc. En resumen, afirma él, es âuna tierra como la vuestraâ. En efecto, si comparamos estos recursos de Asiria con los de Canaán (Deuteronomio 8:7-8), aparentemente hay pocas diferencias. Sin embargo, ¡hay una grande y esencial diferencia!: el paÃs del enemigo no es como el de Jehová, una âtierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montesâ. ¿Una tierra como vuestra tierra? ¡Por cierto que no! Jesús no da como el mundo da (Juan 14:27). Al no lograr que el creyente acepte sus engañosos recursos, el enemigo procurará apartarlo de su supremo Recurso: el Dios fuerte (véase v. 33-35). ¿Qué respuesta tiene que dar el creyente? Sencillamente callar (v. 36). No se discute con el diablo, se huye de él.
Ante el asalto de los ejércitos asirios, EzequÃas tiene una extraña manera de conducir la guerra. En lugar de armadura se viste de cilicio. No establece su cuartel general sobre la muralla, sino en la casa de Jehová. Finalmente, en lugar de llamar a lo mejor de sus soldados, ¡se dirige a IsaÃas, el profeta! Asà es; contra la altivez y la soberbia del rey de Asiria, ¿no es la correcta estrategia militar enseñada por el apóstol Pablo? âLas armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas âescribe él en 2 Corintios 10:4-5â derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Diosâ. EzequÃas, cuyo nombre significa âpoder de Jehováâ, sabe dónde hallar socorro (Salmo 121:2). Y su confianza no es defraudada. âNo temasâ, le contesta Dios por medio del profeta. Son preciosas palabras que encontramos muy a menudo en la Biblia y, particularmente, en boca del Señor: âNo temas, cree solamenteâ (Marcos 5:26). Tiene âlengua de sabios para saber hablar palabras al cansadoâ (IsaÃas 50:4). El alma temerosa pero confiada del redimido que está todavÃa en la prueba, recibe mediante estas palabras la fuerza y el aliento necesario para aguardar la liberación.
Hemos visto que la actitud del creyente, tanto ante las provocaciones del mundo como ante sus más seductoras proposiciones, es la de soportar en silencio y no contestar nada. En cambio, ante Dios puede tomar la palabra. Es lo que hace EzequÃas. Empieza por presentar ante Jehová la carta que acaba de recibir y, por decirlo asÃ, le declara: «Esto te concierne; te encargo que lo cuides. A ti mismo te ultrajó el asirio, atentó contra tu gloria» (v. 19; véase Salmo 83:12 y 18).
EzequÃas completa sus sorprendentes disposiciones militares mediante la más hábil táctica: retirarse, echarse a un lado para dejar al enemigo frente a Jehová, pues ¡él es el más fuerte! «Dejarte sólo obrar, firmes en tu victoriaâ¦Â», dice un cántico. En nuestras dificultades, sean pequeñas o grandes, empecemos por sentirnos demasiados débiles para superar el obstáculo. Luego, expongamos nuestro caso al Señor mediante la oración. Finalmente, aguardemos apaciblemente la liberación que viene de arriba.
AsÃ, la prueba no se colocará más como una pantalla entre el Señor y nosotros, sino que el Señor mismo se mantendrá como un escudo protector entre la prueba y su redimido (léase Salmo 38:14-15).
El orgullo del rey de Asiria se habÃa hinchado desmedidamente, porque hasta entonces nadie habÃa podido resistirle. En los versÃculos 23 y 24 vemos que el âyoâ es una constante. Pero este orgullo es tanto más espantoso que se mide con Dios mismo. La loca pretensión del hombre de âser igual a Diosâ (Filipenses 2:6) se discierne claramente en el mundo actual. Por medio de la ciencia, la técnica y los progresos, cuyos méritos se atribuye, el mundo se encamina rápidamente hacia el momento en que se adorará a sà mismo en un «superhombre», el Anticristo.
El asirio es igualmente un personaje de la profecÃa: en el tiempo venidero, una formidable potencia asiática invadirá Palestina y sitiará a Jerusalén. Pero sólo será destruida cuando aparezca el Señor Jesús, representado aquà por el ángel de Jehová. En una sola noche el campamento asirio es asolado. Luego, a su vez, Senaquerib es asesinado por sus propios hijos en el templo de su dios Nisroc. El que habÃa afirmado que Jehová no podrÃa liberar a EzequÃas, es herido en presencia de su Ãdolo, incapaz de protegerlo.
AsÃ, Dios se ha glorificado liberando a su fiel siervo, y podemos estar seguros de que lo hará siempre.
Una segunda prueba, más terrible aún que la primera, alcanza ahora al rey. La muerte golpea a su puerta. En su infortunio, esta vez también recurre a Jehová. Sin duda, no puede subir al santuario, según su costumbre; pero, ¿no le es posible encontrar a Dios aun en su lecho de enfermo? ¡Cuántos de los que guardan cama disfrutan todos los dÃas esa bienhechora experiencia!
Acaz, padre de EzequÃas, habÃa rehusado la señal que Jehová querÃa darle (IsaÃas 7:10-12). Y sobre el reloj solar que construyó, la hora del juicio se acercaba con rapidez. Pero aquÃ, el rey fiel y piadoso obtiene junto con la curación una extraordinaria señal. Por el retroceso de la sombra, Dios le muestra que acepta retardar el castigo.
En contraste, algunos detalles de este hermoso relato hacen pensar en el Señor Jesús. En el Salmo 102 tenemos su oración: âDios mÃo, no me cortes en la mitad de mis dÃasâ¦â luego, la respuesta de su Padre: âPor generación de generaciones son tus añosâ (v. 24). IsaÃas anunció la curación del rey al tercer dÃa (v. 5). Cristo, quien verdaderamente entró en la muerte, también salió de ella al tercer dÃa.
Después de haber salido airoso de dos duras pruebas, el pobre EzequÃas va a sucumbir en la tercera. ¡Y justamente porque esta última no parecÃa ser una prueba! ¿Hay algo más halagüeño que esa embajada del rey de Babilonia? Se presenta con cartas y presentes para EzequÃas. ¡Ah, si EzequÃas hubiese extendido estas cartas delante de Jehová! En cuanto a los presentes, va a hallarse comprometido a causa de ellos y ser deudor para con esos extranjeros. ¡Cuán peligrosas son para un creyente las amabilidades del mundo! Muy a menudo hallan un complaciente eco en la vanidad de su corazón. Para EzequÃas, ¿no hubiera sido la ocasión de hablar a esos hombres acerca de la bondad y del poder de Jehová, quien le habÃa librado dos veces? ¿Y también la oportunidad de darles a conocer la casa de su Dios? Pero, en lugar de esto, les muestra su propia casa, su arsenal, que no le habÃa sido útil contra Senaquerib, y todos sus tesoros, de los cuales no quedará nada, como se lo anuncia ahora Jehová (v. 17). â¿Qué vieron en tu casa?â ¡Qué pregunta más seria! ¿Qué ven los visitantes en nuestras casas y de qué les hablamos? ¿De los tesoros, todos perecederos, que nos vanagloriamos poseer? ¿O de Aquel a quien todo pertenece?
EzequÃas reconoce que merece el juicio. Y allà termina la vida de ese rey fiel.
Después de David, EzequÃas fue el más fiel de los reyes. Su hijo Manasés será el más detestable, âmultiplicando asà el hacer lo malo ante los ojos de Jehováâ (v. 6). A todos sus crÃmenes se agrega la responsabilidad de ser el hijo del piadoso EzequÃas, el que otrora habÃa dicho: âEl padre hará notoria tu verdad a los hijosâ (IsaÃas 38:19). Si tuviésemos sólo este capÃtulo respecto a Manasés, con seguridad dirÃamos que dicho hombre está perdido por la eternidad. Pero el segundo libro de Crónicas (cap. 33:12-13), que nos relata el fin de su historia, nos enseña que la gracia de Dios tuvo la última palabra. ¿Quién habrÃa pensado que semejante hombre pudiera arrepentirse, orar y ser escuchado? En verdad, los pensamientos de Dios no son los nuestros. Nuestra salvación no depende de la manera más o menos honrada en que nos hayamos conducido. Es el resultado de la incomparable gracia del Dios de amor. De todos modos, lo que hicimos antes de nuestra conversión deberÃa parecernos abominable ante Dios. Pablo se llamaba a sà mismo el primero de los pecadores, porque habÃa perseguido a la asamblea (la Iglesia). âPero por esto fui recibido a misericordia âagrega élâ, para que Jesucristo mostrase en mà el primero toda su clemenciaâ (1 Timoteo 1:16).
Amón sucede a Manasés. Después de dos años de impÃo reinado, perece violentamente. Y el pequeño JosÃas, su hijo, sube al trono a la edad de ocho años. Recordemos que su nombre ya fue pronunciado muchos siglos antes por un profeta que habÃa subido a Bet-el para hablar contra el altar en presencia de Jeroboam (1 Reyes 13:2). Este hijo debÃa nacerle a la casa de David para cumplir justicia y el juicio. AsÃ, vemos que en presencia del mal que se manifestaba, los pensamientos de Dios desde hacÃa mucho tiempo se volvÃan hacia este niño. Pero, desde la eternidad descansaban en el pequeño niño de Belén, quien serÃa el Salvador del mundo.
El reinado de JosÃas, como el de su antepasado EzequÃas, corresponde a lo que se llama un despertar. En el estado de sueño de la cristiandad, el EspÃritu Santo todavÃa produce, aquà o allá, semejantes despertares. Aquél, del cual JosÃas es un notable instrumento, se caracteriza: por un nuevo interés por la casa de Dios; por un retorno al santo Libro y, finalmente, por el afán de separarse del mal.
El ejemplo del pequeño rey JosÃas también hace recordar a todos nuestros hijos que nunca es demasiado temprano para hacer âlo recto ante los ojos de Jehováâ (v. 2).
Los trabajos emprendidos por JosÃas en la casa de Jehová permitieron descubrir el libro de la ley. Ãste se habÃa perdido, y hasta fue olvidado por los sacerdotes, quienes, no obstante, eran los encargados de cuidarlo (Deuteronomio 31:9 y 26). En el transcurso de la historia de la Iglesia, el gran despertar de la Reforma volvió a honrar las Sagradas Escrituras. Después de los siglos de oscuridad de la Edad Media, el libro de Dios fue sacado de la sombra, traducido en lenguas populares, impreso y difundido por todas partes. No olvidemos que éste es un motivo de agradecimiento. La lectura de la Biblia abrió, entonces, los ojos de muchos sobre el estado de ruina de la cristiandad. Al mismo tiempo, la luz del Evangelio vino a alumbrar a las almas ignorantes. Porque esta Palabra de vida no sólo nos muestra lo que Dios aguarda del hombre âlo que el libro de la ley enseñó a JosÃasâ y cómo éste completamente falló (Antiguo Testamento). La Palabra también nos enseña lo que Dios se propuso en Cristo, el nuevo Hombre, y cómo lo cumplió por entero (Nuevo Testamento). Si por una parte la Biblia es un libro que nos coloca ante nuestras responsabilidades, también trae el mensaje de la gracia de Dios para pobres pecadores perdidos.
Después de las palabras de juicio que Jehová acaba de pronunciar, JosÃas podrÃa concluir: «¿Para qué purificar este lugar sobre el cual Jehová va a encender su ira?» Pero un creyente fiel nunca razona asÃ. Aun en vÃsperas del juicio final, la Escritura ordena: âEl que es santo, santifÃquese todavÃaâ (Apocalipsis 22:11). El rey, que ahora reconoce personalmente el valor de la Palabra de Dios, aplica lo que está escrito en Deuteronomio 31:11, haciéndola oÃr a todos, âdesde el más chico hasta el más grandeâ (v. 2). ¿Tenemos el mismo deseo de dar a conocer a quienes nos rodean la Palabra viva y eficaz?
El celo de la casa de Dios âconsumeâ a JosÃas, como consumirá más tarde a Uno más grande que él (Juan 2:15-17).
Acordémonos de la pregunta que el apóstol Pablo formula a los corintios: â¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el EspÃritu de Dios mora en vosotros?⦠El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo esâ (1 Corintios 3:16-17 y 6:19). ¿RecibirÃamos a un noble visitante en una casa desordenada y sucia? Con mayor razón tampoco podemos hacerlo cuando se trata del divino Huésped que quiere morar en nuestro corazón. Honrarle es primeramente ordenar nuestro corazón y quitar todo lo que lo obstruye y lo mancilla.
JosÃas prosigue su valiente trabajo de purificación. Y en medio de los sepulcros de los sacerdotes idólatras, nota otro sepulcro: el del varón de Dios que habÃa anunciado los acontecimientos que ahora se están cumpliendo. Asà descansaban esos huesos, unos cerca de otros, destinados a una resurrección diferente. Cuando el Señor venga, distinguirá y resucitará de en medio de los muertos los cuerpos de los creyentes âdormidosâ (1 Tesalonicenses 4:13). Los otros serán dejados para la resurrección de condenación.
JosÃas entiende que, para celebrar dignamente la Pascua a Jehová, toda contaminación debe previamente ser quitada del paÃs. El culto del Dios santo no puede concordar con lo que recuerda el de los Ãdolos (2 Corintios 6:16-17). Si el creyente quiere pronunciar dignamente el nombre del Señor, debe apartarse de la iniquidad y purificarse de los vasos âpara deshonraâ (2 Timoteo 2:19-20, V.M.) Estar separados, apartarse, limpiarse, son otros tantos deberes penosos que, sin duda, conducirán a que seamos acusados de orgullo y de estrechez. Pero es lo que Dios nos pide antes que cualquier otro servicio para él. Vemos cuál fue la consecuencia bendita para JosÃas y el pueblo: âNo habÃa sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israelâ.
Pese a la fidelidad de su rey, el pueblo no se habÃa vuelto a Jehová de todo corazón (JeremÃas 3:10). âLa desleal Judáâ no aprendió la lección del castigo soportado por la ârebelde Israelâ. Por eso va a llegar la hora en que esa tribu, a su vez, deberá ser echada del paÃs.
Para cumplir sus designios, Dios se valió de los grandes pueblos de la antigüedad, como también de las naciones modernas, inconscientes agentes de sus propósitos para con Israel. Ãl domina los sucesos mundiales y los emplea para proteger a los suyos, o, por lo contrario, para disciplinarlos.
Las dos grandes potencias del tiempo de JosÃas eran Egipto y Asiria. Situados de uno y otro lado de Canaán, esos dos reinos, en perpetuo conflicto, debÃan atravesar el territorio de Israel para poder combatir. JosÃas, tomando partido por el rey de Asiria, trató de oponerse al paso de Faraón Necao, pero éste lo mató en Meguido. ¿Por qué no se apartó del mundo y de sus alianzas tan cuidadosamente como se apartó del mal? Tomó partido en una disputa que no era la suya y sufrió las fatales consecuencias (Proverbios 26:17).
Joacaz, hijo de JosÃas, después de un mal reinado de tres meses, cae en poder de Necao. Ãste lo deporta y lo reemplaza por su hermano Joacim, el que no será mejor.
Conforme a la profecÃa de IsaÃas 10, la potencia asiria es aniquilada. Sobre sus ruinas se levanta el imperio babilónico, englobando la casi totalidad del mundo antiguo, incluso Egipto, y llamado por ese motivo el primer gran imperio de las naciones. Entonces, la historia del mundo toma otro giro. Israel es puesto a un lado: deja de ser la sede del gobierno de Dios en la tierra. Ese gobierno es confiado a las ânacionesâ (los pueblos no judÃos); va a comenzar lo que se llama el tiempo de las naciones, en el que todavÃa estamos hoy en dÃa.
Joacim, rey de Judá, hecho él también vasallo de Nabucodonosor, se rebela después de tres años; su hijo JoaquÃn, que lo sucede, hace otro tanto. En aquel tiempo tiene lugar un triste acontecimiento: la primera transportación de Judá a Babilonia. Sin embargo, a los más pobres del pueblo, que escapan de la deportación, se les da una última oportunidad. Al frente de ellos, Nabucodonosor coloca en el trono de Judá a un tercer hijo de JosÃas: SedequÃas. Pero éste obra de igual manera que sus predecesores. El enceguecimiento de esos reyes los hace tanto más culpables que JeremÃas, el profeta, no dejó de advertirlos de parte de Jehová durante sus reinados.
Molesto por el espÃritu de rebeldÃa de los reyes de Judá, Nabucodonosor sube por tercera vez contra Jerusalén, la cerca y penetra en ella después de más de un año de sitio. Y esta vez no hay más misericordia para la orgullosa ciudad. Se la quema enteramente, empezando por el templo. Se derriban sus murallas y sus habitantes son llevados en cautiverio. SedequÃas sufre las crueles consecuencias de su obstinación. Sólo algunos pobres son dejados en el paÃs para que labren la tierra.
Luego, los guardas caldeos se encarnizan contra el templo, que para ellos simboliza el espÃritu de resistencia. No satisfechos con haberlo quemado, consiguen quebrar y llevarse las poderosas columnas de bronce, asà como el mar, sus basas y el resto de los utensilios. ¿Por qué los versÃculos 16 y 17 repiten algunos detalles de la ornamentación de las columnas, precisamente en el momento en que van a desaparecer? Sin duda, por una conmovedora razón: ¿no es ésta la última mirada que se echa sobre un objeto que se ama y, entonces, uno se detiene para contemplarlo? ¡SÃ, cuán hermosas eran esas columnas, imagen de la estabilidad y de la fuerza que Jehová retira en adelante a su pueblo desobediente y rebelde! (1 Reyes 7:21).
Asà terminan estos dos libros de los Reyes (que forman uno solo en el original hebreo). Comienzan con la gloria del rey de Israel y acaban con la del rey de Babilonia. Empiezan con la edificación del templo y concluyen con el cuadro de su destrucción. En el principio, el primer sucesor de David habÃa subido al trono en Jerusalén (1 Reyes 1). Al final, su último descendiente fue encerrado en una prisión de Babilonia. Entre este comienzo y este fin, asistimos a la lamentable decadencia. SÃ, ¡asà ocurre con lo que se confÃa al hombre! Su corazón en verdad es engañoso y perverso. Y Ezequiel, cuya voz se hace oÃr durante el tiempo del cautiverio, lo confirma en esta dolorosa exclamación: â¡Cuán inconstante es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas!â (Ezequiel 16:30).
En los últimos versÃculos es consolador ver asomar un muy pequeño comienzo de restauración. Dios nos muestra que su trabajo no ha terminado. A él le pertenecerá la última palabra cuando, después del desastre de todos esos reyes, aparezca Cristo, el Hijo de David, el verdadero Rey de Israel.
Con base a su responsabilidad el hombre falló, pues, totalmente. Pero en estos libros de Crónicas vamos a ver al mismo Dios de gracia volver a ocuparse de todas las cosas desde el comienzo. AquÃ, en cierto modo, la historia de la humanidad se narra a manera de repaso, enfatizando ya no sobre el mal producido por el hombre (libros de Samuel y de los Reyes), sino subrayando el bien pensado y cumplido por Dios en respuesta a ese mal. Tenemos, pues, recapitulada la historia de la humanidad, ¡comenzando desde Adán! Se ha hecho notar que el sentido de los diez primeros nombres mencionados permite leer una frase que es como un resumen de todo el Evangelio. Adán: el hombre â Set: que ha tomado el lugar de â Enós: mortal, incurable â Cainán: que llora â Mahalaleel: el Dios bienaventurado â Jared: descendió â Enoc: dedicado, instruido â Matusalén: su muerte proporciona â Lamec: (al) transgresor â Noé: consuelo (y) descanso.
¿No tenemos aquà primero una conclusión de todo lo precedente, es decir, la comprobación de la irremediable ruina del hombre? Y, al mismo tiempo, una admirable introducción al despliegue de los propósitos de Dios, que seguiremos como un hilo de oro a lo largo de estos dos libros.
No busquemos en estas listas el orden y rigor exigidos, por ejemplo, en un registro civil. AquÃ, como siempre, la Palabra de Dios no responde a la curiosidad ni las investigaciones de la inteligencia humana. Omisiones, substituciones e inversiones vuelven a encontrarse varias veces en estos capÃtulos para responder a las intenciones del EspÃritu de Dios. ¿Y cuáles son estas intenciones? ¿Por qué estas largas genealogÃas difÃciles de leer? En primer lugar, se trata de comprobar los derechos de las familias de Israel a las promesas hechas a Abraham. Cada israelita podÃa, refiriéndose a ellas, hacer prevalecer sus orÃgenes y sus derechos a la herencia. ¡Ay!, sabemos que los judÃos del tiempo del Señor se vanagloriaban de tener a Abraham como padre, pero rehusaban reconocer en medio de ellos a Aquel que es antes que Abraham (Juan 8:58).
En cuanto al cristiano, al recibir la vida divina en el momento de su nuevo nacimiento, forma parte de la familia de Dios. Su ascendencia terrenal no tiene importancia: Dios ha llegado a ser su Padre por medio de Jesús. AsÃ, el creyente puede exclamar: âMirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Diosâ (1 Juan 3:1).
Estas genealogÃas tienen otra razón de ser: la filiación del MesÃas debÃa ser establecida de manera indiscutible. En el curso de los siglos, vemos a Dios poner aparte sucesivamente la familia de Abraham; de entre ésta, la tribu de Judá, y aún de en medio de esta tribu, la dinastÃa real de David. De ella trata el capÃtulo 3. Y vemos con qué atención Dios seguÃa, de generación en generación, el linaje que debÃa terminar con âJesús, llamado el Cristoâ (Mateo 1:16).
En la lista de los hijos de Judá, se halla incluida la corta historia de Jabes, más ilustre que sus hermanos (4:9-10). Al sentir el peso del dolor, que es la consecuencia del pecado, ese hombre pide a Jehová que aparte el mal de su camino. Y, es oÃdo. Imitémosle formulando sin temor, como él, estos cuatro pedidos:
1. El gozo de abundantes bendiciones espirituales.
2. LÃmites más amplios para nuestra inteligencia y nuestro corazón.
3. La mano de Dios con nosotros en todo lo que emprendemos (Salmo 119:173).
4. Estar a cubierto del pecado y de la tentación (Mateo 6:13).
Entre los hijos de Judá todavÃa, después de los reyes y las personas ricas y honradas como Jabes, vemos a modestos artesanos (v. 14, 21-23). Trabajaban el lino, eran tejedores, alfareros y jardineros. Aunque su condición era humilde, tenÃan un gran privilegio, porque âmoraban allá con el rey, ocupados en su servicioâ.
Guardémonos de buscar una posición elevada en el mundo, si el Señor no nos llamó expresamente para ella. El pueblo de Dios no cuenta con âmuchos poderosos, ni muchos noblesâ (1 Corintios 1:26; léase también JeremÃas 45:5). Todo puesto importante inevitablemente acarrea absorbentes responsabilidades, las que generalmente dejan poco tiempo para ocuparse en la Palabra y la obra del Señor. No escojamos, pues, una profesión que impida que moremos con el Rey y que cumplamos Sus trabajos.
La tribu de Simeón habÃa sido objeto de un severo juicio a causa de la violencia de su jefe de raza (Génesis 49:5-7) y de la idolatrÃa de Baal-peor (Números 25:14). Pero aquÃ, según el propósito del libro, sólo se trata del bien que la gracia produjo: esta tribu extendió sus lÃmites y logró brillantes victorias.
El capÃtulo 5 se refiere a los hijos de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. Más preocupadas por su bienestar que por la posesión del paÃs de la promesa, estas tribus se habÃan establecido del otro lado del Jordán. Su falta de fe, de perseverancia y su materialismo son puestos en evidencia en otro lugar. Pero aquà (aparte del v. 25, necesario para comprender el relato), cuán conmovedor es ver de nuevo que la Palabra hace resaltar sólo lo bueno que se puede decir de ellos. Su valentÃa y su confianza son subrayadas particularmente (Salmo 146:5). âClamaron a Dios en la guerra, (esa guerra que era de Dios, según v. 22) y les fue favorable, porque esperaron en élâ (v. 20; comp. con 2 Crónicas 32:8).
El corazón de Dios siempre es el mismo. De sus débiles discÃpulos, que iban a abandonarle instantes más tarde, el Señor Jesús podÃa decir a su Padre: âHan guardado tu palabra⦠han creÃdo que tú me enviasteâ (Juan 17:6-8). Allà donde sólo sabemos ver ruina y miseria, él descubre algo que le es agradable. ¡Qué ejemplo para nosotros! Antes de formular un juicio o una crÃtica, acordémonos de la manera en que el Señor habla de los suyos en su ausencia.
Este capÃtulo 6, consagrado a los hijos de Levà y a los sacerdotes hijos de Aarón, está relacionado con el capÃtulo 3, en el cual hallamos a los reyes. ¡Se trata de familias privilegiadas en Israel! Pero, en el actual pueblo de Dios, esas funciones son la parte de cada creyente. El apóstol Pedro nos lo recuerda: âVosotros sois linaje escogido, real sacerdocio⦠para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamóâ (1 Pedro 2:9; véase también Apocalipsis 1:6). Expresar al Señor nuestra alabanza y anunciar sus virtudes es el doble servicio del creyente. Los levitas nos hacen pensar en ello. Unos estaban encargados del canto (v. 31-33). Otros servÃan en la casa de Dios bajo la dirección de Aarón y sus hijos (v. 48-49).
Luego, en los capÃtulos 7 y 8, encontramos las genealogÃas de Isacar, BenjamÃn, NeftalÃ, la otra mitad de la tribu de Manasés y, finalmente, EfraÃn y Aser. Notemos el descuido de NeftalÃ, tribu tan despreocupada por sus privilegios, que toda su historia sólo da tema para un breve versÃculo en el libro de Dios (cap. 7:13). Cómo no subrayar el interés que deberÃamos tener por la historia de la Iglesia, al acordarnos de los que fueron fieles conductores. Porque, espiritualmente, en gran parte somos sus responsables herederos.
En este capÃtulo se mencionan otros levitas: los porteros. Sus funciones son muy importantes. Se resumen en una orden, breve y precisa, recordada por el Señor en una pequeña parábola: âY al portero (el amo) mandó que velaseâ (Marcos 13:34).
Se debe velar sobre los vasos y los utensilios, sobre los sacrificios, el alimento y el acceso a la Casa. ¡Qué cuidado ponen esos levitas en los utensilios que están a su cargo! Los cuentan y los vuelven a contar (v. 28; léase 2 Corintios 8:20-21). A este servicio corresponde, en el Nuevo Testamento, el de los obispos, pastores o ancianos. Son ellos, sobre todo, quienes en las asambleas tenÃan y tienen el cuidado de las almas y de la sana doctrina. Es un puesto de confianza y honor del cual tendrán que responder en la venida de su Señor.
Estos porteros eran descendientes de Coré, el rebelde (Números 16). Pero preferÃan estar a la puerta de la casa de Dios antes que habitar âen las moradas de maldadâ donde habÃa vivido su padre. Conocemos el hermoso Salmo 84 compuesto por los hijos de Coré. ¿A quién confÃa Dios los cuidados de su casa, de su Asamblea (Iglesia)? A los que son apegados a ella y la aman (Juan 21:15-17).
A partir de aquÃ, las Crónicas van a retomar la historia de David y de sus sucesores después de la muerte de Saúl. Pero el relato contiene numerosas diferencias en comparación con el de los libros de Samuel y de los Reyes. Se agregan ciertos hechos, se hace caso omiso de otros. Cada uno de estos cambios corresponde a la meta que Dios se propuso al escribir dicha historia desde otro punto de vista: el de Su soberana gracia. Por el mismo motivo nos dio cuatro veces, en cuatro evangelios, la historia de su Hijo, a fin de permitirnos considerar en él diferentes glorias.
Por eso, no nos cansemos de volver a leer relatos conocidos, sino que procuremos destacar en ellos lo que el EspÃritu agrega u omite voluntariamente. Tampoco nos desalentemos; por el contrario, regocijémonos cuando escuchamos repetir que Dios terminó con el hombre en la carne. Saúl y su raza son la imagen de ello. Cae por las manos de los filisteos, quienes lo despojan en el monte de Gilboa. Su ruina es consumada, su muerte comprobada antes que David aparezca en la escena. Este último es el hombre que responde a los consejos divinos, imagen del Señor Jesús.
Los largos años de sufrimientos y de exilio terminaron para David. Todo Israel reconoce sus derechos al trono. Se apodera de la fortaleza de Sion, celebrada en muchos salmos (por ejemplo Salmo 87:1-3) y que nos habla de la gracia real. Pero, en ella no habitará solo. Los hombres de fe que con él erraron en los desiertos y los montes, morando en las cavernas y cuevas de la tierra (de los cuales el mundo no era digno), ahora podrán habitar con él en esa ciudad para siempre (NehemÃas 3:16, fin; Hebreos 11:16 y 38). Hijos de Dios, ¿vemos emerger del horizonte la maravillosa ciudad de oro adonde Jesús conduce nuestros pasos? ¡Ojalá esta perspectiva nos fortifique para el andar y el combate cristiano!
El valiente Eleazar, junto con otros, pelea contra los filisteos para defender una parcela llena de cebada. Nos hace pensar en los siervos del Señor que debieron luchar para garantizar el alimento del pueblo de Dios. Muchos de ellos sostuvieron duras controversias con los enemigos de la verdad. Debemos estarles agradecidos y a la vez dispuestos a defender la sana doctrina que nos transmitieron (Judas 3).
El dÃa que accedió al poder, David no olvidó a sus compañeros de Adulam. ¿Se olvidarÃa el Señor de los que procuran seguirle y servirle? Bien sabemos que no lo hará. En el momento mismo en que iba a dar su vida por los pecadores, y mientras los discÃpulos estaban preocupados por saber cuál de ellos serÃa estimado como el más grande, ¿qué les declara el Maestro? âVosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mÃâ (Lucas 22:28-29).
Entre estos hombres fuertes hay una jerarquÃa. Pero ella no está basada en la fuerza, porque todos son hombres fuertes, sino en su abnegación, trátese de servicio, como para los tres valientes que sacaron agua, o de combate, como para BenaÃa. Hoy en dÃa ocurre lo mismo con los creyentes. En todos los cÃrculos cristianos algunos superan a otros por su celo y su apego al Señor. Algún dÃa, en el cielo, conoceremos sus actos de valentÃa. ¿No desea usted encontrarse entre ellos? âOs será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristoâ (2 Pedro 1:11).
Los flecheros filisteos habÃan provocado la derrota de Saúl, quien no habÃa estado en condiciones de vencerlos (cap. 10:3). Sin embargo, aquà descubrimos que pudo haber hallado hábiles hombres de guerra entre sus propios hermanos de la tribu de BenjamÃn, que manejaban admirablemente el arco y la fronda. Desgraciadamente para Saúl, a diferencia de los hombres del capÃtulo 12, versÃculo 29, éstos lo dejan para juntarse con David en Siclag. Van a poner su capacidad a disposición de aquel a quien reconocen por la fe como su verdadero señor. ¿Qué hacemos con los talentos que Dios nos confÃa? ¿Al servicio de qué amo los empleamos? ¿Para Cristo o para el prÃncipe de este mundo?
Igualmente de entre los gaditas, once guerreros poco comunes se adhieren a David, quien les confÃa responsabilidades.
Llegan a él todavÃa hombres de Judá y de BenjamÃn. El rey sondea su disposición (v. 17). ¿No es magnÃfica la respuesta que Amasai, jefe de los principales capitanes, da por medio del EspÃritu? âPor ti, oh David, y contigo, oh hijo de IsaÃâ (v. 18).
¡Ojalá cada uno de nosotros pueda confesar, mediante el mismo EspÃritu: Soy tuyo, Jesús!⦠¡Tuyo soy y contigo estoy! Cosa triste de decir, cierto número de redimidos pertenecen en verdad al Señor, pero su compañÃa no parece complacerles.
David, como centro de atracción, ve acercarse a él de todas las tribus, hombres fieles, que le reconocen como jefe. De aquà y de allá llegan las tropas, unas más apresuradas que otras, hasta que un inmenso campamento se halla reunido. Sadoc, joven valiente y esforzado, es nombrado especialmente. Hoy en dÃa, ¿a quién podrÃa designar asà el Señor en medio de su pueblo?
Cada soldado que se alista posee una caracterÃstica particular: algunos tienen más fuerza y valentÃa, otros más discernimiento y sabidurÃa, otros más orden o más rectitud⦠Asà ocurre con los hijos de Dios. Diferentes unos de otros, cada uno brillará especialmente por algún rasgo de su carácter: energÃa, sabidurÃa, paciencia, fe, amor o perseverancia⦠Y cada una de estas virtudes es conocida y resaltada por el Señor, el único que las manifestó todas.
La escena final de este capÃtulo nos hace pensar en Lucas 12:37. Pero el incomparable Señor no dejará a nadie más el cuidado de sus fieles siervos y de sus cansados combatientes. Ãl se ceñirá y âhará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirlesâ.
En el corazón del nuevo rey nace un venturoso deseo: volver a dar al arca su lugar de honor y asociar todo el pueblo a este acontecimiento. Todo parece desarrollarse lo mejor posible. La alegrÃa es general. Desgraciadamente un detalle (muy importante) es olvidado, y esto basta para provocar la muerte de Uza, al mismo tiempo que el más grande desconcierto. En seguida, en el corazón del rey, el gozo da lugar al espanto y la irritación reemplaza la alabanza.
La Palabra prescribÃa que los levitas llevaran el arca sobre el hombro, pero esto no se habÃa cumplido, ¡probablemente por pura ignorancia! Por no saber nada más, se habÃa obrado lo mejor posible. Pero tanto el rey, que debÃa copiar el libro de la ley, como los levitas, que debÃan enseñarla, habrÃan tenido que conocer la ordenanza al respecto (Deuteronomio 17:18; 31:12). Por lo tanto, eran inexcusables. Nosotros en cuyas manos está la Biblia, somos responsables de andar y servir al Señor según las enseñanzas que ella contiene.
El arca es llevada a la casa de Obed-edom y se queda tres meses âcon la familiaâ de ese hombre (v. 14). Le trae bendición, como siempre lo hace la presencia del Señor Jesús en nuestras casas y en nuestros corazones.
La gloria y la prosperidad de David repercutieron en sus vecinos. Unos, como Hiram y su pueblo, buscan el favor y la amistad del rey de Israel; otros, como los filisteos, no se desarman. Notemos que, conforme al carácter de «las Crónicas», aquà no se trata de la culpable colaboración de David con Akis (1 Samuel 27-29), salvo la discreta alusión de 1 Crónicas 12:19.
El vencedor de Goliat sube, pues, dos veces contra los filisteos, no sin primeramente consultar a Dios en cada ocasión. Una vez más insistimos en esa actitud de humildad. David no tiene confianza en su capacidad de jefe, no se fÃa en su experiencia militar para decidir la táctica que conviene adoptar. Cuando el enemigo sube contra nosotros para buscarnos (v. 8), nuestro primer reflejo ¿es interrogar a Dios acerca de la manera en que podremos vencer? No tengamos confianza en nuestra propia sabidurÃa, y antes de enfrentar al adversario o de tomar cualquier decisión, pidámosle al Señor sus directivas y socorro. La mayorÃa de nuestras derrotas ante el gran enemigo no tiene otra explicación que ésta: olvidamos buscar el pensamiento del Señor.
Tengamos el coraje de reconocer nuestras faltas ante el Señor y ante los hombres (Proverbios 28:13). No buscamos a Dios âsegún su ordenanzaâ (v. 13), declara David a los levitas encargados de llevar el arca. Y esta vez se toman todas las disposiciones para llevar el arca âconforme a la palabra de Jehováâ (v. 15). ¡Sigue una escena de gozo y de alabanza! Notemos el lugar que ocupa Obed-edom. PodrÃa haberse quejado egoÃstamente al ver que el arca se alejaba de su casa. ¿No perdÃa con ella una fuente de bendición? (cap. 13:14). Pero este pensamiento no le viene a la mente. La bendición va a ser la parte de todo Israel, y él, siendo levita de entre los hijos de Coré, simultáneamente cumplirá las funciones de músico, maestro de canto y portero del arca. AsÃ, pues, no la abandona. Fiel en lo pequeño, recibe lo que es grande (Lucas 16:10); porque veló por el bien de su propia casa, ahora Dios le confÃa un cargo en la Suya (1 Timoteo 3:4-5).
QuenanÃas, principal de los levitas, es elegido para dirigir el canto, porque es entendido en ello (v. 22). Esto nos recuerda las palabras del apóstol Pablo: âCantaré con el espÃritu, pero cantaré también con el entendimientoâ (1 Corintios 14:15).
Los versÃculos 24 y 25 del Salmo 68 aluden a la fiesta que tenemos a la vista: âVieron tus caminos, oh Dios (el andar del Hijo de Dios, representado por el arca)⦠Los cantores iban delante, los músicos detrásâ. Pero, ante todo, el Salmo 132 es el que nos permite conocer los pensamientos de David en esa solemne ocasión. La entrada del arca en su reposo respondÃa a su más ardiente deseo (Salmo 132:3-5 y 8).
¡Es de desear que nuestros corazones también vibren al pensar en el reposo celestial, en el cual Jesús nos precedió! Las promesas del hermoso Salmo 132, van mucho más allá de la escena de nuestro capÃtulo: âVestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbiloâ (comp. v. 27-28 y Salmo 132:16).
âBendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de panâ (comp. cap. 16:3 y Salmo 132:15).
Los redimidos del Señor son llamados a expresar su gozo y su alabanza desde antes de llegar al reposo celestial. Ya en la tierra poseen un centro de reunión: Cristo. Son establecidos para servir, recordar, celebrar y alabar (cap. 16:4) al Padre y al Hijo.
Los cantores y los músicos fueron designados. En nuestros dÃas, el canto no es un privilegio reservado sólo para algunos. ¿No es cierto que a todos nos agrada cantar nuestro agradecimiento y, particularmente en el culto, unir nuestras voces a los cánticos de adoración? (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). Ahora David, por mano de Asaf entrega este salmo, el primero, para celebrar a Jehová. Su nombre, sus obras, su gloria, su relación con los santos⦠¡cuántos motivos tenÃa el israelita para bendecirle! (v. 7). Para los que conocemos a Jesús y su obra en la cruz, ¡cuán numerosos son los temas de adoración! SÃ, cantemos con entendimiento: meditemos las palabras que pronunciamos. Nuestros himnos, compuestos según la Biblia, desarrollan múltiples aspectos de las glorias del Padre y del Hijo. Es importante y edificante distinguirlos.
¿Qué son los hijos de Dios en comparación con el mundo que los rodea? âPocos en número, pocos y forasterosâ (v. 19). ¿Son miserables? Muy por el contrario: âGloriaos en su santo nombreâ, responde el versÃculo 10. El nombre de Jesús, asà como nuestra relación por medio de él con su Padre, ¡éstos son nuestra gloria, nuestra riqueza, nuestro gozo y también nuestra seguridad! (1 Corintios 1:30-31).
Del mismo modo que la primera «estrofa» de este cántico (v. 7-22) corresponde a una parte del Salmo 105 (v. 1-15), la que sigue reúne una fracción del Salmo 96 (v. 2-12) con tres versÃculos del Salmo 106 (v. 1, 47-48). Pero hay un hecho muy notable: todo lo que en estos tres salmos no corresponde al carácter de la gracia, fue dejado a un lado. Aquà no se mencionan las faltas cometidas ni el juicio merecido.
Cuando los redimidos rodeen el trono del Cordero y resuene el nuevo cántico, ¿podrá éste encerrar un abrumador recuerdo de sus pecados (como el Salmo 106:6-7 y 13-43 para Israel)? Es imposible, porque Dios prometió: âNunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidadesâ (Hebreos 8:12). Sólo se hablará de ellos para decir: âAl que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre⦠a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Aménâ (Apocalipsis 1:5-6).
Esta escena termina con el definitivo establecimiento del servicio delante del arca. De ahà en adelante, cada uno en su puesto se dedicará a sus santas funciones, figura de aquellas que pertenecen, desde ahora, a los verdaderos adoradores.
Este capÃtulo reproduce casi textualmente 2 Samuel 7. Pero es conveniente volver a leer esta maravillosa «conversación» entre Dios y un hombre, objeto de su gracia. Por medio de Natán, Dios habla al rey amado; después, este último le contesta (v. 3-15). ¿Conocemos por experiencia esas conversaciones con Dios (y con el Señor Jesús)? Antes que todo, él se comunica con nosotros por medio de su Palabra. Y tenemos plena libertad para contestarle por medio de la oración.
Una vez más de acuerdo con el carácter del libro, algunas palabras fueron omitidas respecto del hijo de David. La expresión: âSi él hiciere mal, yo le castigaréâ (2 Samuel 7:14), no se encuentra en nuestro capÃtulo, prueba de que aquà la Palabra tiene a la vista uno más grande que Salomón.
âYo le seré por padre, y él me será por hijoâ, declara Jehová (v. 13). La cita de este versÃculo en Hebreos 1:5 también confirma que este hijo es Jesús, en quien nos fue revelada la gracia. AsÃ, el precioso tema de las conversaciones que tenemos con Dios es Jesús, su amado Hijo. âNuestra comunión es verdaderamente con el Padreâ, dicho de otro modo, podemos tener un mismo pensamiento con él, y este pensamiento concierne a su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3).
David se da cuenta de que no merece nada. Confundido, recuerda la bondad de Dios para con él, le rinde homenaje y le agradece.
¡Decir gracias! Cuando alguien no nos agradece un favor prestado, llamamos esto descortesÃa o ingratitud. No creamos que Dios es insensible cuando sus hijos olvidan hacerlo. Sin embargo, cuando reflexionamos en ello, ¡al lado de cuántos beneficios pasamos cada dÃa sin pensar en agradecerle o sin haberlos notado siquiera! Como el salmista, alentemos nuestra alma a no olvidar ninguno de sus beneficios (Salmo 103:2). ¡Cuántas de sus gracias nos parecen muy naturales, por lo menos mientras las poseemos! A la hora de las comidas, las familias cristianas tienen la costumbre (y el deber) de dar gracias. Pero es necesario que nuestro corazón se asocie verdaderamente a las palabras pronunciadas por el jefe de familia. Más que por sus cuidados materiales, bendigamos a Dios por nuestros privilegios cristianos: la Palabra, la reunión de los creyentes, la educación conforme al Señor (Efesios 5:20) y, por encima de todo, no nos cansemos de darle gracias por su gran salvación, por el gran Salvador que nos dio. Repitamos con el apóstol: â¡Gracias a Dios por su don inefable!â (2 Corintios 9:15).
Los capÃtulos 18, 19 y 20 se refieren a las guerras de David. Agrupan hechos que en el segundo libro de Samuel se hallan dispersos en diversos momentos de la historia del rey. Ya los consideramos y no hay apreciables diferencias entre los dos textos. Con excepción de una cosa: el total silencio, en el principio del capÃtulo 20, acerca del terrible pecado de David y sus trágicas consecuencias. Ni el escandaloso asunto de UrÃas, ni el pecado de Amnón, seguido de su asesinato, ni la conspiración de Absalón, ni el papel criminal de Joab, hallan lugar en el libro de las Crónicas. Asà obra la gracia. Dios tiende un misericordioso velo sobre ese sombrÃo perÃodo de la vida de su pobre siervo. âBienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecadoâ, dirá David mismo en el Salmo 32. ¿Forma usted parte de esos bienaventurados?
David triunfa sucesivamente sobre filisteos, moabitas, sirios, edomitas y, de nuevo, sobre los hijos de Amón (cap. 19 y 20). Todos los tradicionales enemigos de Israel son subyugados, figura del momento en que Dios sujetará todas las cosas a Cristo y pondrá a sus enemigos por estrado de sus pies (Hebreos 1:13 y 2:8).
Uno puede preguntarse por qué Dios, quien cubrió las precedentes faltas de David, recuerda aquà la del censo. Primeramente, este pecado muestra la distancia que separa a ese rey de Aquel cuya débil figura fue. Era preciso que Israel no confundiera a su MesÃas siquiera con el más grande de sus reyes. El Hijo de David era, al mismo tiempo, su Señor (Mateo 22:41-45). Por otra parte, era necesario explicar el castigo divino y la gracia que le pondrÃa fin, sin la cual el relato serÃa incomprensible. David aparece aquà como un culpable, ni más ni menos, como usted y yo. Pero él conoce el corazón de Dios. Su respuesta a Gad lo prueba: âQue yo caiga en la mano de Jehová, porque sus misericordias son muchasâ (v. 13). Cada uno de nosotros, ¿ha experimentado personalmente la riqueza y la variedad de las misericordias del Señor? (léase Lamentaciones de JeremÃas 3:22-23 y 32).
Por la expiación de nuestros pecados, ni hablar de escoger entre tres años de hambre, tres meses de guerra o tres dÃas de enfermedad. Pero Cristo, en nuestro lugar, conoció en las tres horas sombrÃas de la cruz la plena medida de la ira de Dios; él llevó la eternidad de nuestro castigo.
Sobre ese mismo monte de Moriah, en otros tiempos, Abraham ofreció a su hijo Isaac (Génesis 22:2; 2 Crónicas 3:1). Pero Dios detuvo su mano, como lo hace ahora con la del ángel. El juicio divino, apartado de esa manera, caerá en forma de fuego sobre el holocausto que ofrece David (v. 26). Abraham, después de haber presentado, él también, un sacrificio de sustitución en lugar de Isaac, llamó ese lugar âJehová-Jirehâ, es decir, âen el monte de Jehová será provistoâ (Génesis 22:14).
En lo que nos concierne, sabemos de qué solemne manera debÃa ser provisto allÃ, y quién debÃa recibir en nuestro lugar los golpes del juicio de Dios. La voz que dice al ángel: âBasta yaâ, y luego le ordena que vuelva a poner su espada en la vaina, es la misma que un dÃa debió decir: âLevántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mÃo⦠Hiere al pastorâ (ZacarÃas 13:7). ¡Qué insondable y maravilloso misterio! El castigo que merecÃamos fue apartado para siempre, porque cayó sobre Aquel que fue herido en nuestro lugar: Jesús, el pastor establecido por Dios, nuestro buen Pastor, el âcompañeroâ de Jehová.
La casa que David tiene en mente y que Salomón construirá, es imagen de la futura morada de Dios en medio de Israel. No obstante, muchos detalles relativos a su preparación y a su construcción nos ayudarán a comprender mejor, por comparación, las grandes verdades del Nuevo Testamento respecto de la Iglesia. Al igual que la era de Ornán âen la que se ofreció el sacrificioâ fue la base de la casa, la obra de Cristo en la cruz es el fundamento de la Asamblea (Iglesia). La misma verdad aparece bajo otra forma si consideramos a David y Salomón juntos, como una sola figura del Señor Jesús. David nos habla de un Cristo doliente y rechazado, quien preparó, en su aflicción, todo lo necesario para la edificación de la casa de Dios. Salomón representa a Cristo glorificado, edificando su Asamblea y dispuesto a aparecer con ella para reinar sobre el universo. Los materiales, particularmente las âpiedras vivasâ (1 Pedro 2:5), o sea los creyentes, no podÃan ser reunidos sin los sufrimientos y la muerte del Señor Jesús. Pero era necesaria su exaltación para que la Iglesia pudiera ser construida. Hasta hoy, este edificio todavÃa no se ha terminado. Quizá falte sólo una piedra. ¿Será usted esa piedra?
David hace sentar a Salomón en su propio trono. Aquà no se hace ninguna mención de la conspiración de AdonÃas, ni de las circunstancias del coronamiento del nuevo rey. Por este hecho, nos podemos elevar más alto que en el primer libro de los Reyes y considerar al Hijo sentado con el Padre en su trono (véase Apocalipsis 3:21). Efesios 4:8-12 nombra una de las actividades de Jesús en la gloria: âSubiendo a lo alto⦠dio dones a los hombres⦠constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristoâ.
AquÃ, y en los siguientes capÃtulos, asistimos a la designación de cada obrero: administradores, capataces, gobernadores, jueces, porteros y músicos repartidos según las tres familias de los levitas. Se determinan sus funciones y especialmente lo que concierne el esencial servicio de la alabanza. Celebrar y alabar a Dios cada mañana y cada noche es un muy envidiable servicio⦠¡y está a nuestro alcance! (v. 30; Salmo 92:1-3).
En el siguiente capÃtulo los sacerdotes, hijos de Aarón, son repartidos en veinticuatro grupos.
Ayer recordamos que el Jefe de la Iglesia es quien reparte los dones, los cargos y los diferentes servicios. Pero el creyente está invitado a desear estos dones y a pedirlos al Señor. âProcurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis⦠el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolaciónâ (1 Corintios 14:1 y 3). ¿Es nuestro deseo ser empleados asà por el Señor? Entonces, pidámosle que nos otorgue uno de esos dones espirituales. No para dárnoslas de importante, sino con miras al bien de la Asamblea (Iglesia) y para la gloria del Señor Jesús. Después de los que profetizaban (cap. 25), se vuelven a nombrar a los porteros, o guardas (cap. 26). Es un servicio igualmente deseable, pues: âSi alguno anhela obispado, buena obra deseaâ (1 Timoteo 3:1).
Aquà volvemos a encontrar a Obed-edom con sus ocho hijos y sus sesenta y dos descendientes. Ãl habÃa honrado el arca. Ahora Dios es quien le honra y le bendice (cap. 26:4-8 y 15). Le confÃa la casa de provisiones. De esta familia dependerá el alimento de los sacerdotes, figura de la enseñanza en la Asamblea, lo que es una importante responsabilidad (véase Mateo 24:45-46).
A algunos de los levitas se les confÃan los tesoros de la casa de Jehová y de las cosas santas. Uno de ellos, Sebuel, âjefe sobre los tesorosâ (v. 24), era descendiente de Moisés. Nosotros también, ¿somos conscientes de que se nos confiaron muchos tesoros? El más grande es la Palabra de Dios. Sus riquezas son inagotables. ¿Qué importancia le damos a nuestra Biblia? ¿La consideramos verdaderamente como un tesoro?
âGuarda el buen depósitoâ, recomienda Pablo al joven Timoteo (2 Timoteo 1:14). Y en su primera epÃstola, después de haber puesto en contraste las vanas riquezas de este mundo con el tesoro que es un buen fundamento para el porvenir, el apóstol suplica a su joven discÃpulo: âOh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendadoâ (1 Timoteo 6:20). Leamos otra vez este versÃculo, poniendo nuestro nombre en lugar del de Timoteo.
En los versÃculos 29 a 32 se nombran otros levitas. Se convierten en gobernadores, jueces y administradores, establecidos âpara todas las cosas de Diosâ (v. 30 y 32; véase también 2 Crónicas 19:11). Nos hacen pensar en Aquel que desde su infancia se ocupaba ante todo en âlos negociosâ de su Padre (Lucas 2:49).
El capÃtulo 27 nos enseña que, al lado de los administradores, también son necesarios los soldados. Para conservar nuestros tesoros, quizá sea necesario combatir, y debemos ser capaces de hacerlo.
En los versÃculos 25 a 31 vemos que existÃan otros tesoros. Pese a que eran menos nobles que los del santuario, asimismo debÃan ser cuidadosamente guardados, porque esos bienes pertenecÃan al rey (v. 31). Hagamos la cuenta de todo lo que el Señor nos confió. Como ese amo que, al irse lejos, entregó talentos a sus siervos, el Señor dio a cada uno de nosotros cierta cantidad de bienes o de aptitudes, los que debemos utilizar para Su servicio (Mateo 25:14-30).
Aquà se trata especialmente de trabajos agrÃcolas. Aquellos de nuestros lectores que viven en el campo no deben subestimar la parte que el Señor les dio. Ãstos también son tesoros, âtalentosâ confiados por el Señor. No se trata de compararlos con lo que otros recibieron, sino de administrarlos con fidelidad. Allà donde se nos colocó, obremos de manera que algún dÃa el Señor pueda dirigirnos esta palabra de gracia: âBien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señorâ.
En el capÃtulo 22:17, David ya habÃa reunido a los jefes del pueblo. Ahora junta con ellos a todos los que tienen un cargo o una responsabilidad en Israel. Sin duda, todos los hombres mencionados en los capÃtulos 23 a 27 se encuentran allà para escuchar a su señor. Ninguno habrá faltado a esta cita.
El Señor también nos invita a reuniones en las cuales quiere instruirnos. ¿No somos culpables si nos abstenemos de ir por una trivialidad? (Hebreos 10:25).
A todos estos hombres reunidos alrededor de él, les comunica sus más Ãntimos y preciosos pensamientos; los exhorta a buscar y guardar los mandamientos de Jehová. Les habla de la gloriosa casa que debe ser construida. Y sobre todo, les habla de su hijo, en quien y por quien se cumplirá su propósito. Son los temas en los que el EspÃritu nos ocupa en las reuniones de edificación.
David se dirige luego a Salomón. ¡Escuchemos bien estas palabras de un padre a su hijo! También son para nosotros: âHijo mÃo, reconoce al Dios de tu padre, y sÃrvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario⦠Si tú le buscares, lo hallarásâ (v. 9).
Solemnemente David entrega a su hijo Salomón todo lo que preparó para la casa de Dios. Pensamos en esta insondable declaración del evangelio: âEl Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su manoâ (Juan 3:35).
Desde el pórtico hasta la más pequeña copa, todo es objeto de precisas y detalladas instrucciones. La inteligencia de esas cosas fue dada a David por escrito, por la mano de Jehová puesta sobre él (v. 19).
Para comunicar sus pensamientos, Dios se valió de escritores inspirados. Los sesenta y seis libros de la Biblia fueron redactados por unos cuarenta autores muy diferentes, durante un perÃodo de alrededor de 1600 años. Pero un solo y mismo EspÃritu dictó todas las páginas del Santo Libro. Por eso, cuando lo leemos, nunca olvidemos que en él Dios nos habla.
El capÃtulo termina con unas palabras más del padre al hijo. Salomón recibió todo lo que le era necesario. En adelante, debe obrar, contando con el socorro de Jehová. Para nosotros también, que hemos recibido mucho, ¡llega un momento en nuestra vida en que debemos obrar según lo que el Señor aguarda de cada uno! Tendremos que dar cuenta de lo que, por timidez o pereza, hayamos dejado de hacer.
David consagró toda su fuerza en preparar un palacio para Jehová.
Preguntémonos, de paso, si en realidad el palacio de nuestro corazón âno es para hombreâ (generalmente el yo), mientras que deberÃa ser para el Señor (v. 1).
El âafectoâ del rey por esta casa (v. 3) lo condujo a dar para ella grandes riquezas de su propiedad. ¡Cuánto más grande es el amor de Jesús! El evangelio nos habla de un mercader que vendió todo lo que tenÃa para comprar una perla de gran precio (Mateo 13:45-46). Efesios 5:25 nos da la interpretación de esta parábola: âCristo amó a la iglesia, y se entregó a sà mismo por ellaâ (véase también 2 Corintios 8:9). Sólo Jesús tuvo el poder para hacer esto. Pero, en cuanto al servicio de amor, él nos dice, como a sus discÃpulos: âEjemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáisâ (Juan 13:15).
El ejemplo de David dio frutos. Todos los hombres que lo oyeron ofrecieron voluntariamente oro, plata y piedras preciosas para edificar la Casa de Dios (véase 1 Corintios 3:12). Fue un gran gozo para David⦠y lo es para el Señor, cuando nuestro corazón está al unÃsono con el suyo.
Después de dirigirse al pueblo, David se vuelve hacia Jehová. ¿Va a enaltecerse por lo que los jefes y él mismo donaron? ¡Al contrario! Da gloria a Dios, a quien todo pertenece, y se humilla ante él. Estos sentimientos siempre van juntos.
âDe lo recibido de tu mano te damosâ, declara el rey (v. 14). Al confiarnos bienes, el Señor nos otorga el gozo de ofrecerle algo de ellos. Y si bien no necesita nada (Salmo 50:10-12), lo que se le trae voluntariamente, con gozo, tiene un precio para su corazón. Dar por obligación o con un espÃritu legalista no ejercita ni el amor ni la fe. Asà es como lo hacÃan los fariseos pagando los diezmos (Mateo 23:23). Por el contrario, los macedonios, de los cuales habla Pablo, habÃan obrado espontáneamente, abundando âen riquezas de su generosidadâ (2 Corintios 8:1-3).
¿No es magnÃfica la alabanza de David? (v. 10-13). Vale la pena leerla en voz alta, pensando a quien nos dirigimos. âTuya es⦠la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo⦠es el reino, y tú eres excelso sobre todosâ. Todas las cosas, ¡incluso el corazón de los que le pertenecen!
¡DÃa de fiesta e hito en la historia de Israel! Se ofrecen sacrificios; el pueblo come, bebe y se regocija en la presencia de Dios. Por segunda vez se establece a Salomón como rey y se le unge ante Jehová. Ãl se sienta en âel trono de Jehováâ (v. 23). La majestad y el dominio conferidos al hijo de David prefiguran el perÃodo de mil años en que Cristo reinará para Dios sobre toda la tierra.
La muerte de David, âen buena vejez, lleno de dÃas, de riquezas y de gloriaâ (v. 28), cierra el primer libro de Crónicas, al cual nos gustarÃa dar como tÃtulo una expresión de IsaÃas 55:3: âLas misericordias firmes a Davidâ. El hecho de que Pablo la cita en Hechos 13:34, muestra que se trata particularmente de la resurrección que este hombre de fe aguarda con la multitud de los santos dormidos. Pero, ¿no fue él en toda su vida un objeto de misericordias afirmadas por Dios mismo?
Queridos amigos creyentes, nosotros también gozamos, hoy y siempre, de las misericordias firmes en Cristo. âPorque de su plenitud tomamos todos (y no sólo David), y gracia sobre graciaâ (Juan 1:16).
Se nos introduce de golpe en el reino del gran Salomón. Su nombre, que significa «el pacÃfico», dirige nuestra mirada en Jesús como âPrÃncipe de pazâ (IsaÃas 9:6), cuyo reinado venidero es ricamente ilustrado por los relatos y las descripciones que vamos a leer. Notemos bien que en estos capÃtulos se trata, ante todo, del reino y del culto terrenales del MesÃas de Israel. Pero, más de una vez, nuestros pensamientos serán dirigidos, por analogÃa o contraste, hacia la Iglesia y su Jefe.
El pedido que Jehová lee en el corazón del joven rey corresponde a una petición de Pablo a favor de los efesios. Ãl los mencionaba en sus oraciones: âPara que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espÃritu de sabidurÃa y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimientoâ (Efesios 1:17-18).
âPorque Jehová da la sabidurÃa⦠y de su boca viene el conocimiento y la inteligenciaâ, escribe Salomón en el libro de los Proverbios (cap. 2:6). Deseemos poseer esta sabidurÃa y pidámosla a Aquel que âda a todos abundantemente y sin reprocheâ (Santiago 1:5).
Las relaciones de Hiram, rey de Tiro, con Salomón prefiguran las que tendrán con Israel todas las naciones de la tierra durante el reinado de mil años. Entonces, âla tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar. Acontecerá en aquel tiempo que la raÃz de IsaÃ, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosaâ (IsaÃas 11:9-10). Hiram bendice a Jehová, quien hizo los cielos y la tierra (v. 12).
Además de lo que David habÃa acumulado para la casa de Dios, también habÃa preparado obreros para cumplir el trabajo (final del v. 7; véase también 1 Crónicas 22:15-16). Asà ocurre hoy en dÃa con la obra del Señor. Todo trabajo para él necesita una cuidadosa «puesta a punto» de sus siervos. Empezar demasiado pronto un servicio nos expone, por consiguiente, a hacer un mal trabajo. Dios, que preparó las obras, también llamó y formó a los obreros para hacerlas. Efesios 2:10 nos recuerda que âsomos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellasâ.
Al meditar el libro de los Reyes, comprendimos que Hiram-Abi (o Hiram, que debe distinguirse del rey), el obrero más hábil entre todos, era una figura del EspÃritu Santo. Bajo la esclarecida dirección de ese hombre, los artesanos preparados por David van a cumplir su tarea. El creyente será hecho capaz de servir, al dejarse conducir por el EspÃritu de Dios. Vemos, en los Hechos, cómo el EspÃritu comunica a los apóstoles las órdenes del Señor (Hechos 1:2; 8:29; 13:2 y 4); ¡prestemos oÃdo a su voz! Como a Pablo y a sus compañeros, ella nos dirá a menudo: «¡No hagas esto; no vayas allá!» (Hechos 16:6-7).
Fueron contados 153.600 hombres para hacer el trabajo. Algunos eran changadores, otros tallaban piedras; finalmente habÃa capataces. AsÃ, se sugiere la actividad cristiana de tres formas:
1. llevar las cargas por medio de la oración;
2. sacar piedras vivas de la cantera del mundo y labrarlas: obra del evangelista y de los otros ministerios (Efesios 4:11-12);
3. velar sobre la obra y la manada (1 Timoteo 3; 1 Pedro 5:1-4).
Hay un detalle notable: los equipos se componen de cananeos, esos extranjeros que otrora eran enemigos y una trampa para Israel. Durante el reinado del rey de paz, llegan a ser útiles servidores.
Las Crónicas presentan la construcción del templo desde un punto de vista distinto al del libro de los Reyes. Este último lo consideraba, sobre todo, como la habitación de Jehová en medio de su pueblo. Nuestro libro nos lo muestra más bien como el lugar en que el adorador es admitido para encontrar a su Dios. El fundamento de la Casa está establecido sobre el monte de Moriah, donde la gracia de Dios habÃa hecho cesar el juicio y habÃa consumido el holocausto.
En lo que concierne a la Iglesia, mediante la declaración de Pedro, y por la respuesta del Señor Jesús, sabemos sobre qué roca fue edificada: âTú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivienteâ (Mateo 16:16 y 18).
Salomón construye sucesivamente el pórtico, la casa propiamente dicha y el lugar santÃsimo. Luego confecciona los dos grandes querubines, el velo y las dos columnas: JaquÃn y Boaz. La extraordinaria altura del pórtico sólo se menciona aquÃ: ciento veinte codos, o sea, cuatro veces la altura de la casa. ¿No es ésta una ilustración del Salmo 24:7 y 9 que repite: âAlzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloriaâ? Para una persona tan grande, ¿qué puerta convendrÃa?
La casa, toda cubierta de oro, habla de la justicia divina, perfecta y pura. Por eso, el adorador no podÃa acercarse a ella sin haber pasado antes por el altar de bronce de los sacrificios. Este altar es cuadrado y sus dimensiones, veinte codos de longitud y veinte de anchura, son idénticas a las del âoráculoâ. Dicho de otro modo, las glorias de ese lugar santÃsimo corresponden a la grandeza y a la perfección del sacrificio representado por el altar.
Luego se menciona el âmarâ, cuyos doce bueyes recuerdan el trabajo paciente y perseverante de Cristo según Efesios 5:26, asà como la firmeza que hay que desplegar en todas las direcciones para resistir a influencias exteriores y preservar la pureza. Sólo después se enumeran las fuentes, las mesas, el altar de oro y los diversos accesorios de los sacerdotes, como para recordarnos que sólo podemos gozar de las verdades representadas por estos objetos después de habernos purificado moralmente en el âmar de bronceâ (Salmo 26:6; 2 Corintios 7:1).
Con excepción de la copa y del pan de la Cena, el adorador del Nuevo Testamento ya no tiene ante él objetos visibles, ni sacramentos, ni ceremonias. Es invitado con toda simplicidad a participar de la cena del Señor. Rinde su culto en espÃritu y en verdad (Juan 4:24).
La magnÃfica casa está acabada. Pero aún le falta el objeto principal: el arca santa. Su introducción âen su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santÃsimo, bajo las alas de los querubinesâ (v. 7), dirige nuestra mirada en Jesús, exaltado por Dios mismo, centro de la alabanza universal, llenando el cielo y la tierra con su gloria. El Señor es objeto de la admiración de los ángeles (los querubines; 1 Timoteo 3:16) y de la adoración de su pueblo bienaventurado: una misma voz y varios instrumentos (v. 13; Salmo 150). Un solo cántico: el cántico nuevo, cantado por una multitud de redimidos, trayendo cada uno su nota particular, pero en un perfecto acorde.
De los tres objetos que el arca habÃa contenido: el maná en su jarrón de oro, la vara de Aarón el sacerdote, y las tablas de la ley, sólo subsisten estas últimas (v. 10). En los tiempos del viaje, ya acabado, Dios dio el maná y condujo al pueblo hacia Ãl por medio del sacerdocio. Ahora el arca está en Sion, en el reposo de Dios, quien cumplió su promesa. Y él mismo, con base en un nuevo pacto garantizado por las tablas, descansa âen su amorâ en medio de su pueblo redimido (SofonÃas 3:17, V.M.)
Salomón, delante de todo el pueblo reunido, celebra al Dios de Israel y recuerda sus misericordias, asà como por qué motivo el templo fue construido.
El deseo del rey es volver el corazón del pueblo hacia Jehová. Y pensamos en Aquel que proféticamente declaró, como si estuviera ya del otro lado de la muerte: âAnunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaréâ (Salmo 22:22). A veces tememos dirigirnos a Dios en nuestras oraciones. Creemos encontrar más comprensión y ternura junto al Señor Jesús. ¿No es una falta de confianza para con el Dios de amor? âEl Padre mismo os amaâ, afirma el Señor a sus discÃpulos (Juan 16:27). Cristo desea que conozcamos a su Padre como él le conoce. Pero fue necesaria la cruz para establecer esta relación. Por eso, después de su resurrección, sus primeras palabras a favor de los suyos fueron: âSubo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Diosâ (Juan 20:17). Ahora que la obra de la redención está cumplida, ya no tenemos que habérnosla con un Dios temible ni con un juez que se debe apaciguar y conmover. Para nosotros Dios es un Padre, a quien podemos acercarnos sin miedo en el nombre del Señor Jesús.
Debemos notar que el estrado de bronce desde el cual el rey se dirige a Jehová, posee exactamente las mismas dimensiones que el altar de bronce del desierto (v. 13; Ãxodo 27:1). Este detalle tiene un hermoso e importante significado: Con base en su sacrificio cumplido y aceptado por Dios, Cristo ejercita a favor de los suyos sus oficios de sacerdote y abogado junto al Padre. De modo que âsi confesamos nuestros pecadosâ, Dios es âfiel y justoâ para perdonarlos. Fiel y justo porque Jesús los expió en la cruz (de la cual nos habla el altar). Dios no puede pedirnos cuenta de ellos una segunda vez.
Notemos que no se dice: «â¦si pedimos perdón»; porque al hijo de Dios ya le fue otorgado el perdón; sino: ââ¦si confesamosâ. Y el mismo pasaje prosigue, asegurándonos que âsi alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecadosâ (1 Juan 1:9 y 2:1-2).
Después de los versÃculos 22 a 29, no muy diferentes de 1 Reyes 8:31 a 53, Salomón termina su oración valiéndose de las palabras del Salmo 132:8-10. âOirás en los cielos⦠oirás desde los cielosâ. Los creyentes, conocedores de la voluntad de amor del Señor, pueden decir por experiencia: âSabemos que él nos oyeâ (1 Juan 5:15).
En respuesta a la oración del rey, el fuego desciende sobre el holocausto. Y por segunda vez (véase cap. 5:14), la gloria de Jehová llena la Casa. En adelante, y hasta el tiempo de Ezequiel, morará allà (Ezequiel 10:18 y 11:23).
El temor que esta gloria inspira impide que los sacerdotes penetren en la Casa (2 Crónicas 5:14 y 7:2). En contraste, pensemos en lo que nos corresponde en la eternidad. El Señor quiere tener a los suyos junto a él en la gloria. Ya en el santo monte fue presentado a los discÃpulos, estando con él Moisés y ElÃas, en la nube resplandeciente, llamada âla magnÃfica gloriaâ (Mateo 17:5; 2 Pedro 1:17).
Todo el pueblo se prosterna y entona el cántico que se entonará también en el reinado del milenio: âAlabad al Señor, porque para siempre es su misericordiaâ (v. 3; Salmo 136). Después se ofrecen sacrificios en inmensa cantidad: 22.000 bueyes y 120.000 ovejas. Aquà también, ¡qué contraste con la âsola ofrendaâ mediante la cual fuimos santificados y hechos perfectos: la âdel cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempreâ! (Hebreos 10:10 y 14).
Luego, el pueblo del gran rey goza alegremente de la Fiesta de los Tabernáculos.
Terminada la Casa, fue inaugurada. En su respuesta a Salomón, Jehová declara que la santificó, para que Su nombre habitara en ella para siempre (v. 16 y 20). ¡Qué seguridad más bienaventurada! Hoy en dÃa la congregación de creyentes, a la cual Jesús prometió su presencia, se caracteriza por reunirse al nombre del Señor (Mateo 18:20). De ahà la seria responsabilidad de no tolerar nada que deshonre este Nombre y esta presencia. Precisamente en este sentido Jehová advierte a Salomón a partir del versÃculo 19.
Pero al mismo tiempo, la presencia del Señor en medio de los suyos les asegura todo lo que su alma necesita. Entonces, ¿cómo es posible que ciertas reuniones sean lánguidas y rutinarias? Algo falta, y evidentemente no es el cumplimiento de la promesa del Señor. ¡Ay!, lo que falta es la fe, nuestra fe en Su presencia, la que es suficiente para bendecirnos abundantemente aun allÃ.
Notemos que la respuesta divina en todos los detalles corresponde a la oración del rey en el capÃtulo precedente. Por ejemplo, comparemos el versÃculo 15 con el 40 del capÃtulo 6. SÃ, aguardemos de Dios precisas bendiciones. Ãl se complacerá en concedérnoslas.
Salomón consolida su reino. Edifica ciudades de aprovisionamiento y obras militares. Entre éstas, Bet-horón la de arriba y Bet-horón la de abajo (v. 5) nos recuerdan la extraordinaria victoria de Josué (o más bien la de Jehová) en la pendiente que separa estas dos ciudades (Josué 10:11). Ahora, todos los cananeos que sobrevivieron al tiempo de la conquista a causa de la infidelidad del pueblo, son sometidos a rendir tributo. Los hijos de Israel al contrario, por obediencia a la Palabra (LevÃtico 25:42), están exentos de esos trabajos, los que se reservaban a los esclavos. De esa manera el rey hace una clara diferencia entre los que pertenecen al pueblo de Dios y los que no, incluso cuando se trata de su propia mujer (v. 11). Esta distinción todavÃa existe hoy, nunca lo olvidemos.
Es cierto que en otros tiempos éramos esclavos del pecado (Romanos 6:20). Pero ahora el Hijo nos libertó; somos libres (Juan 8:36), libres para alabar y ministrar⦠âcada cosa en su dÃaâ (v. 14). Pero no somos libres para hacer nuestra propia voluntad. âNo se apartaron del mandamiento del reyâ (v. 15). El versÃculo 13 menciona el mandamiento de Moisés, y el versÃculo 14 el de David. Para el creyente, la verdadera libertad consiste en hacer, por amor, la voluntad del Señor.
Al lado de su carácter profético, la visita de la reina de Sabá ilustra el camino del pecador que acude al Salvador. Es la oportunidad para hablar a aquellos de nuestros lectores que todavÃa no hayan dado ese paso de fe hacia el Señor Jesús: sepan que nada de lo que se les dice con respecto a él puede ser comparado con el conocimiento personal que hagan de él. De modo que sólo les diremos, como Felipe a Natanael: âVen y veâ (Juan 1:47; comp. con v. 6).
Y nosotros que conocemos al Señor Jesús desde hace tiempo, ¿sabemos cuál es el más poderoso testimonio que podamos dar de él? ¡Mostremos que somos felices! Alrededor de nosotros, sin confesarlo, muchos suspiran por la verdadera felicidad. ¿Pueden constatar que la poseemos, y que el secreto de esa felicidad es nuestra relación personal con el Señor? Nuestra parte ¿les causa envidia, como era el caso de la reina con respecto a los servidores de Salomón? Si tenemos un aspecto triste, pensarán que Jesús no está en condiciones de satisfacer nuestro corazón, e impediremos que otros vengan, vean⦠y crean.
Notemos que no hay una medida común entre lo que la reina trajo y lo que recibe: âtodo lo que ella quiso y le pidióâ (v. 12).
¡Gloria, riquezas, sabidurÃa, poder! El reinado del hijo de David termina con una magnÃfica visión. No sólo la reina de Sabá, sino todos los reyes de la tierra acuden para oÃr la sabidurÃa del gran Salomón, para traerle presentes; pero, ante todo, procuran ver su rostro (v. 23).
¡Con cuánta más razón ocurrirá asà con el Señor Jesús cuando venga! âVerán reyes, y se levantarán prÃncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogióâ (IsaÃas 49:7; léase IsaÃas 11:10). También está escrito: âTus ojos verán al Rey en su hermosuraâ (IsaÃas 33:17). El cumplimiento de esta promesa será para Israel y para las naciones la suprema bendición. Pero, Sus bienaventurados redimidos serán los primeros en contemplarle.
¡SÃ, ver al Señor! Este pensamiento, ¿llena nuestro corazón de gozo⦠o de temor? ¿O nos deja indiferentes?
La historia de Salomón ha concluido. Pero, ¿dónde están los graves pecados puestos en evidencia en el primer libro de los Reyes? ¿Es posible que nuestro libro no haga la menor mención de ellos? En verdad, la maravillosa gracia de Dios los borró a fin de mostrarnos a través de este rey a Uno más grande que Salomón.
Israel se reúne en Siquem alrededor del nuevo rey y le pide: âAlivia algo de la dura servidumbreâ¦â ¿Qué aconsejan los ancianos a Roboam? âSi te condujeres humanamente con este pueblo, y les agradaresâ¦â (v. 7). Y en 1 Reyes 12:7: âSi tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieresâ¦â Tal es, incluso para un rey, la única manera de ganar o guardar los afectos de otros. Nuestros pensamientos se dirigen hacia el Señor Jesús, âquien no vino para ser servido, sino para servirâ (Mateo 20:26-28). Sus tÃtulos de gloria no lo detuvieron en su camino de humillación, de amor y de abnegación. De modo que ahora tiene todo derecho a la obediencia de los hombres (Filipenses 2:6-11). Conforme a ese gran Modelo, los que tienen una posición de autoridad deben ser los primeros en el servicio. ¿Cómo exigir obediencia y abnegación cuando uno mismo no da el ejemplo? Roboam rehusó servir a su pueblo. ¿SerÃa extraño que a su vez las diez tribus se negasen a servirle? Su propio orgullo las apartó del camino de la humilde sumisión. ¡Y se provoca la división! Hasta el advenimiento del Señor, el pueblo nunca más volverá a encontrar su verdadera unidad.
La división de Israel en dos reinos fue un juicio de Dios. Es, pues, inútil juntar 180.000 hombres escogidos para cambiar totalmente la situación. Roboam, advertido por el varón de Dios, renuncia a su empresa y consagra sus fuerzas en construir ciudades para asegurar la protección y el abastecimiento de su pequeño reino.
Por su lado, Jeroboam tampoco está inactivo; pero en un sentido muy diferente. Por temor a perder su influencia si deja que sus súbditos suban a Jerusalén para las fiestas, establece un culto nacional idólatra, abominable a los ojos de Dios. Entonces, los sacerdotes y los levitas de las diez tribus muestran su apego a Jehová y a sus mandamientos. Dejan la tierra contaminada por los Ãdolos y se establecen en Judá, porque prefieren abandonar todo lo que poseen, antes que permanecer asociados a la iniquidad. Cuántos cristianos debieron y deben aún hacer lo mismo por fidelidad al Señor.
Alentados con el ejemplo de esos levitas, otros fieles pertenecientes a las diez tribus, probablemente sin dejar de habitar sus ciudades, de ahà en adelante suben a Jerusalén para sacrificar allà por obediencia a la Palabra.
Tres cortos años duró la fidelidad de Roboam y su pueblo. Entonces, como antaño bajo el gobierno de los jueces, Dios les habla, suscitándoles un adversario. La ofensiva del faraón Sisac va a permitir al rey y al pueblo comparar el servicio a Jehová con el del rey de Egipto (v. 8). Primera comprobación: mientras que Jehová enriquece a sus siervos, el enemigo despoja a los que reduce a esclavitud.
Las palabras del profeta SemaÃas produjeron humillación en el corazón de los prÃncipes de Israel y del rey; los llevaron a decir: âJusto es Jehováâ. Reconocer esta justicia⦠aun cuando debió ejercitarse contra nosotros, siempre es una buena señal (véase Lucas 23:41). Esto permite a Dios revelarse luego, no sólo como un Dios justo, sino también como un Dios misericordioso y Salvador. Vemos cómo en su gracia subraya âlas buenas cosasâ que puede discernir todavÃa en el reino de Judá. Pese a todo, en conjunto, Roboam âhizo lo maloâ (v. 14). Este mal tiene raÃces lejanas, porque su madre, una amonita, habÃa sido mujer de Salomón desde antes de la muerte de David (comp. cap. 9:30 y 12:13).
Contrariamente a las instrucciones de la Palabra (Deuteronomio 21:15-17), Roboam establece como heredero y sucesor a AbÃas, hijo de su mujer preferida, MicaÃas (o Maaca; véase 2 Crónicas 11:20-21), la que, además, era idólatra (cap. 15:16). Con tanta infidelidad sólo puede resultar un mal reinado. Y, sin embargo, la corta historia de ese rey contiene una hermosa página. Si bien se la omite en los Reyes, nuestro libro de la gracia no puede callarla. Se trata de la guerra que estalla entre AbÃas y Jeroboam. Según Lucas 14:31, de parte del rey de Judá era insensato emprender una guerra con la mitad de soldados que su adversario. Pero AbÃas cuenta con buenos medios que, a sus ojos, compensan su inferioridad numérica. Los hace valer en el discurso que dirige al ejército de Israel. Del lado de Judá, aún permanece la dinastÃa de David, el verdadero culto y el sacerdocio, asà como la presencia de Jehová. AbÃas pretende no haberle abandonado (v. 10), prueba de que no se conoce a sà mismo. Finalmente, él tiene un arma secreta, más eficaz que todas; mañana veremos el decisivo papel que va a jugar: es la trompeta del júbilo (v. 12).
La arenga de AbÃas a las tropas de Israel fue pronunciada con un tono de superioridad de muy mal gusto. Es necesaria, pues, la maniobra de rodeo de Jeroboam para poner a prueba al rey de Judá y su ejército. En un instante, éste se encuentra cercado en la retaguardia, a punto de ser aplastado. Pero un camino permanece despejado: el cielo. El clamor de angustia sube a Jehová; toda presunción se ha esfumado y la fe se muestra. Ella se sirve de un instrumento de guerra extraño⦠pero bien conocido en la historia de Israel: las trompetas (véase Josué 6:4; Jueces 7:18). Es un arma irresistible, porque la fe que se sirve de ella se apoya en la divina Palabra y en sus promesas siempre valederas (léase Números 10:9). ¡Y el llamado de la fe es oÃdo! El sonido agudo habla al corazón de Dios acerca del peligro que corren los suyos. Y sin duda, también habla solemnemente al corazón de los hombres de Jeroboam que hacen la guerra contra sus hermanos⦠y contra Jehová.
El ejército de Israel es despedazado y humillado (v. 18), prueba de que ni la fuerza (v. 3), ni la astucia (v. 13) pueden más que la confianza en Dios.
El fiel rey Asa, hijo y sucesor de AbÃas, purifica a Judá de su idolatrÃa. Nuestro libro insiste en la paz y la tranquilidad que goza el paÃs durante la primera parte de su reinado (v. 1, 5, 6 y 7). Asa aprovecha esa paz para edificar ciudades fortificadas y reforzar la defensa del territorio. Asà nos da una importante lección. Ciertos perÃodos de nuestra vida corresponden a tiempos de descanso: vacaciones, diversos momentos de ocio o de tranquilidad. Aprovechémoslos para fortalecer nuestras almas con la lectura de la Biblia y para afirmarnos en la verdad. Se debe vestir âtoda la armadura de Diosâ por anticipado para que se pueda âresistir en el dÃa maloâ (Efesios 6:13).
El dÃa malo, el de la ofensiva de Zera, encuentra, pues, a un Asa preparado. âSobre todoâ, dispone del âescudo de la feâ, dicho de otro modo, de la sencilla confianza en su Dios. Ella brilla en la hermosa oración del versÃculo 11. De su lado no hay fuerza, pese a sus 580.000 soldados. Frente a él hay un millón de adversarios (v. 9). ¡A los ojos del hombre es un conflicto muy desigual! Pero es siempre cierto que âcuando soy débil, entonces soy fuerteâ (2 Corintios 12:10). Dios responde a la fe de Asa dándole una brillante victoria y un considerable botÃn.
Asa ha sido fiel. Dios lo alienta otra vez por medio de AzarÃas. Su Palabra es tan necesaria después del combate como antes. Porque la tendencia natural entonces es relajarse. âNo desfallezcan vuestras manosâ, recomienda el profeta, agregando esta promesa: âPues hay recompensa para vuestra obraâ. Estas palabras producen su efecto. Asa, lleno de energÃa, hace desaparecer del paÃs las cosas abominables y restablece el servicio del altar. Este notable celo entusiasma no sólo a los de Judá y BenjamÃn, sino también a âmuchos de Israelâ (v. 9). Asà ocurrirá con la abnegación que manifestemos por el Señor. Alentará a otros creyentes, quizá más tÃmidos, a demostrar su fe. Es una experiencia por la cual muchos han pasado, particularmente en el servicio militar. Alguien dijo: «Un corazón sinceramente apegado al Señor es lo que habla a la conciencia de los demás» (W. Kelly). Asa comprende que no puede pedir al pueblo una completa purificación si él mismo no da el ejemplo en su propia casa. Y no vacila en actuar con rigor para con Maaca, la reina madre; le quita su corona y reduce su Ãdolo a polvo y ceniza.
De los hechos de Asa, el versÃculo 11 distingue entre los âprimerosâ, agradables a Dios, y los âpostrerosâ, por desgracia muy diferentes.
Baasa, rey de Israel, celoso al ver muchos de sus súbditos ir al paÃs de Judá (cap. 15:9), construye una ciudad para impedirles el paso. Entonces Asa, en lugar de apoyarse en Jehová para detener a Baasa en su empresa, hace una alianza profana con Siria. Aparentemente es una buena estrategia, ya que produce el efecto deseado. Pero Dios no lo juzga asà y reprende al rey por medio de un profeta. Su falta de confianza en Dios ây de memoria (v. 8)â lo priva de una victoria sobre los sirios. Herido en su amor propio e irritado por haber dejado escapar tan buena ocasión, Asa encarcela al que se ha hecho su enemigo por decirle la verdad (Gálatas 4:16), y oprime a algunos del pueblo. Dios lo disciplina mediante una dolorosa enfermedad. Sin embargo, esto no lo hace reaccionar. Sigue confiando en los hombres antes que en Dios, y tristemente muere sin haber aprendido la última lección. Durante treinta y cinco años sobre cuarenta, Asa habÃa andado con Dios. Faltaron pocos años para que acabara bien su carrera. Pidámosle al Señor que nos guarde hasta nuestro último dÃa (2 Timoteo 1:12 y 4:18).
Encontramos nuevamente a Josafat, rey piadoso, de quien se nos habla mucho en los libros de los Reyes. Recordemos que a partir de la muerte de Salomón, las Crónicas relatan la historia de los reyes de Judá, mientras que en los Reyes se trata sobre todo de los de Israel. Entonces, ¿por qué la vida de Josafat ocupa tanto lugar en ellos? Porque, por desgracia, está estrechamente unida a las de Acab y de Joram, reyes de Israel. Pero nuestro capÃtulo sólo tiene buenas cosas que decir de este rey. Se hace fuerte (v. 1), anda âen los primeros caminos de Davidâ, busca al Dios de su padre, anda en Sus mandamientos, su corazón se anima, quita los Ãdolos (v. 1-6). Y no sólo se separa del mal como lo hizo Asa su padre, sino que hace el bien (v. 7-11). Estos son dos aspectos inseparables de la actividad cristiana (Romanos 12:9; 1 Pedro 3:11). De los oficiales superiores, AmasÃas se ofreció voluntariamente a Jehová (v. 16), como un verdadero nazareo (Números 6:2; véase también 2 Corintios 8:5). Es posible ây es un llamado dirigido a cada creyenteâ estar consagrado al Señor mientras se cumple fielmente su oficio o su trabajo cotidiano. âTodo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señorâ, ordena Colosenses 3:23.
Prosigue la historia de Josafat. Lo que hizo caer a ese hombre fiel fueron las personas que frecuentaba. Las relaciones mundanas, los intercambios de amabilidades entre gente del mismo medio social son trampas para muchos creyentes (1 Corintios 15:33). Vemos cuáles son las consecuencias para Josafat.
1. Es llevado a concertar una noble unión para su hijo, dándole como mujer a una hija de la casa real de Israel, ¡la cual no es otra que AtalÃa! (2 Reyes 8:18). Sin duda, a los ojos de los hombres es un brillante casamiento. En realidad, es el punto de partida de la infalible ruina de toda su familia.
2. Niega su testimonio al ponerse al mismo nivel que el malvado rey de Israel: âYo soy como túâ (v. 3).
3. Finalmente, el temor de desagradar a su amigo real lo arrastra a la peligrosa recuperación de Ramot de Galaad.
En verdad, meditemos y retengamos Gálatas 1:10. La alianza concertada entre Josafat e Israel contra los sirios no era mejor que la de su padre Asa y los sirios contra Israel. Termina por colocar al desdichado rey en una situación dramática, como la de Saúl en el monte de Gilboa. ¡Sólo Dios, en respuesta a su clamor, le permite escapar milagrosamente de esa situación! (Véase Salmo 120:1).
La funesta alianza con Israel le vale a Josafat una severa reprobación de parte de Jehová. Jehú formula al rey una pregunta que lo sondea, al mismo tiempo que le enseña lo que Dios piensa de Acab: â¿Al impÃo das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová?â (v. 2).
Creyentes, no olvidemos el terrible nombre que la Palabra da a los que aman al mundo: âCualquiera⦠que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Diosâ (Santiago 4:4).
Jehú fue valiente; una misión semejante, bajo el reinado de Asa, habÃa privado de la libertad a su padre Hanani (cap. 16:7-10). Pero Josafat hace caso a la reprensión. Es el medio de ser âprudenteâ, y de adquirir âentendimientoâ (Proverbios 13:18; 15:5 y 32). Aceptemos las reprensiones y las observaciones que se nos hagan, puesto que tienen tan bienhechor resultado.
Mientras que Asa, su padre, no habÃa sido restaurado, Josafat, en cambio, después de este eclipse, vuelve a tomar la hermosa actividad del capÃtulo 17. Esta vez, no contento con enviar emisarios, sale él mismo al pueblo. Como verdadero pastor de Israel, se ocupa en traerlo de vuelta a Jehová (v. 4). Luego establece jueces, a los cuales hace apremiantes recomendaciones.
No menos de tres adversarios avanzan juntos contra el pequeño reino de Judá. Son los enemigos de siempre: Moab, Amon y otros de Edom. Ante la amenaza de invasión, Josafat busca a Jehová y hace pregonar un ayuno. El pueblo se reúne. Refiriéndose a la oración de Salomón (cap. 6:34-35), el rey se pone de pie delante de la santa Casa e invoca a Aquel que prometió escuchar y salvar (cap. 20:8-9).
Al sumar los efectivos militares de los cuales disponÃa Josafat (cap. 17:14-18), se llega al impresionante número de un millón ciento sesenta mil soldados. Sin embargo, prácticamente no se habla de ellos en este largo capÃtulo. Josafat ha comprendido las palabras del Salmo 33: âUn rey no se salva por la multitud del ejército, ni escapa el valiente por la mucha fuerza⦠Nuestra alma espera a Jehová; nuestra ayuda y nuestro escudo es élâ (Salmo 33:16 y 20). AsÃ, el rey reconoce igualmente su falta de fuerza y de sabidurÃa (v. 12). Y agrega: âA ti volvemos nuestros ojosâ. âLos ojos de Jehová contemplan toda la tierra para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con élâ (cap. 16:9).
La ferviente oración de Josafat recibe una respuesta pública e inmediata. En nombre de Jehová, Jahaziel tranquiliza al pueblo y a su rey. Su discurso es un aliento divino, cuya lectura, desde entonces, ha sido de provecho para muchos creyentes en peligro. Comparemos el versÃculo 17 con las palabras que Moisés dirige a Israel en el momento de pasar el Mar Rojo: âNo temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotrosâ (Ãxodo 14:13).
Sin esperar a que Dios obre, Josafat, junto con todo el pueblo, da gracias y adora. La fe que de antemano no sólo pone a un lado toda inquietud, sino que también agradece la respuesta, glorifica a Dios. Es actuar como el divino Modelo, quien tenÃa una entera certeza de la contestación divina. Dispuesto a resucitar a Lázaro en virtud del poder de Dios, su Padre, Jesús comenzó por dirigirse a él, diciendo: âPadre, gracias te doy por haberme oÃdoâ (Juan 11:41).
¡Cuán hermoso es ese culto celebrado en la misma presencia de los enemigos! (véase Salmo 23:5). Los que alaban salen delante de las tropas equipadas. Y el canto de triunfo repentinamente entonado da, por decirlo asÃ, la señal de una extraordinaria victoria obtenida sin haber dado un solo golpe.
Mientras resuena el cántico de la liberación, ¡los enemigos se matan unos a otros! Para Judá ahora sólo se trata de comprobar el aniquilamiento y apoderarse del abundante botÃn. ¡Cuántas veces, de la misma manera, Dios hizo desaparecer de nuestro camino dificultades que nos parecÃan insuperables!
Luego, el pueblo vuelve a juntarse para celebrar a Jehová en el valle de Beraca, o valle de la bendición (léase Salmo 107:21-22).
Pensemos en el triunfo que Jesús logró en la cruz sin la menor participación de los creyentes. ¿Qué les queda entonces por hacer? Gozar de los frutos de esa victoria, y con el corazón lleno de agradecimiento, celebrarla en medio del valle terrestre, antes de hacerlo eternamente en la santa Ciudad (comp. v. 28).
El último párrafo vuelve atrás sobre el reinado de Josafat. Recuerda que después de su desastrosa alianza militar con Acab, el rey de Judá concertó otra, no menos lamentable, con su hijo OcozÃas, pero con finalidad comercial. Dios permite que ésta sea un fracaso y, por boca de Eliezer, nos dice lo que piensa de esa clase de asociación con el mundo, hecha con la meta de enriquecerse.
Ahora, el libro de las Crónicas parece abandonar bruscamente su carácter de libro de la gracia. Salvo excepciones debidas al encadenamiento de los hechos, habÃa cubierto sistemáticamente las faltas del pueblo y de su rey, para subrayar, al contrario, todo el bien que podÃa ser señalado. Digamos, de paso, que ¡es una cosa que siempre deberÃamos hacer! (léase 1 Pedro 4:8).
Las páginas que abordamos contrastan tristemente con las âbuenas cosasâ que Dios se complació en hacer notar hasta aquà (cap. 12:12 y 19:3). Pero a partir de ahora, verdaderamente ya no es posible cubrir la maldad de Joram y de sus sucesores. Este rey, yerno de Acab y de Jezabel, homicida (v. 4) e idólatra, incita a Judá para que adore a falsos dioses. Es un terrible estado; sin embargo, hace resaltar la incomparable paciencia de Dios para con su pueblo. De modo que la gracia seguirá brillando tan magnÃficamente en este libro, como aumentarán las tinieblas en el reino de Judá. Ella sobreabundará a medida que el pecado abunde (Romanos 5:20).
Una carta de ElÃas llega a Joram para recapitular sus crÃmenes y anunciarle el castigo divino, el cual no deja de cumplirse.
¡Qué triste capÃtulo! OcozÃas, aconsejado por su madre y por los de su parentela del lado de Acab, se alÃa con Joram rey de Israel y emprende con él una nueva expedición contra los sirios. Esa fatal asociación lo conduce a su completa ruina. Perece violentamente.
Volvamos hacia atrás: Joram asesinó a sus seis hermanos (cap. 21:4). Luego, todos sus hijos fueron matados por los árabes, con excepción del más joven, OcozÃas (cap. 22:1). Finalmente, en la tercera generación, se produce una nueva masacre del tronco real; una vez más se salva la vida de un solo retoño: Joás, un bebé. ¿Cómo explicar estas sucesivas exterminaciones? Es por el encarnizamiento de Satanás en su esfuerzo por interrumpir el linaje de David que debÃa llegar hasta Cristo.
Por otra parte, ¿cómo explicar que cada vez y pese a todo, subsiste un único miembro, el más débil, y no obstante, un descendiente de la familia real? ¡Es por la fiel gracia de Dios! Mantiene la promesa hecha a David de que iba a darle una lámpara (2 Reyes 8:19), ¡lámpara que entonces no es más que un débil pábilo! (véase Mateo 12:20).
En medio de la noche moral que reina en Judá, es como si un faro concentrara su haz de luz sobre Joás, el precioso y pequeño prÃncipe. En lo sucesivo, todo el consejo de Dios descansa en ese débil niño, el último âhijo de Davidâ (Salmo 89:29, 36).
¡Cuántas analogÃas con otro tiempo, más sombrÃo aún, en el que Herodes ocupa injustamente el trono de Jerusalén! El verdadero rey de los judÃos nacido en Belén es preservado, como aquà Joás, de la matanza ordenada por el usurpador. Durante toda su vida en la tierra, Jesús permaneció escondido bajo la humilde âforma de siervoâ que quiso tomar (Filipenses 2:7). Y todavÃa está oculto a los ojos del mundo, en el cielo, donde sólo la fe lo discierne y conoce. En este capÃtulo tenemos en figura el dÃa de su gloriosa manifestación. Como estos levitas y jefes del pueblo, los que actualmente le sirven y le esperan le serán asociados en ese dÃa. Aparecerán con él en gloria (véase Colosenses 3:4; 1 Tesalonicenses 3:13). ¡Qué privilegio formar parte de esa bienaventurada escolta, estar con el rey âcuando entre y cuando salgaâ! (v. 7). Creyentes, ya que ésta debe ser nuestra parte, quedémonos desde ahora junto a él por la fe, mientras él por poco tiempo todavÃa permanece invisible en los cielos.
La coronación de Joás y su aparición pública desbaratan todos los cálculos de la malvada AtalÃa. De la misma manera, la resurrección de Jesús anuló el complot del enemigo.
La usurpadora es muerta a filo de espada. Su súbito castigo prefigura el del Anticristo, cuando el Señor aparezca. Ese âhombre de pecadoâ será echado vivo al lago de fuego al mismo tiempo que el jefe del imperio romano.
Empero, como su madre Jezabel, esta execrable mujer, AtalÃa, asesina de sus propios nietos, nos hace pensar igualmente en la falsa Iglesia, la gran cristiandad que lo es sólo de nombre. Quiso reinar y, para lograrlo, sacrificó a las almas de las cuales era responsable. ¿Cuál es el juicio del Señor?: âPorque dice en su corazón: Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda, y no veré llanto; por lo cual en un sólo dÃa vendrán sus plagas; muerte, llanto y hambre, y será quemada con fuego; porque poderoso es Dios el Señor, que la juzgaâ (Apocalipsis 18:7-8). A la muerte de AtalÃa le sigue la de Matán, sacerdote de Baal, y después, la solemne introducción del reinado de Joás.
Mientras Joiada vivÃa para dirigir a Joás, todo hacÃa pensar que él serÃa uno de los mejores reyes. Pero la muerte del sumo sacerdote da a su vida un giro fatal. ¿Cómo explicarlo? En lugar de apoyarse directamente en Dios âlo que es propio de la feâ Joás descansaba en su padre adoptivo, y cuando éste faltó, su fidelidad se derrumbó. No tenÃa una fe personal.
No se engañen, jóvenes lectores que tienen padres cristianos: la educación, las buenas costumbres, las más venturosas disposiciones, todas estas cosas no son fe. Y la fe de sus padres tampoco es la fe de ustedes. Una vez que ellos se hayan ido, a ustedes, ¿les quedará el Señor?
Vienen los prÃncipes del pueblo y halagan a Joás. âY el rey los oyóâ (v. 17; Proverbios 29:12). ¿Qué hace bajo su influencia? Hechos que nos hacen estremecer: ordena el homicidio del hijo de su bienhechor. El Señor recuerda a los fariseos hipócritas la muerte de ZacarÃas (cuyo nombre significa: aquel de quien Jehová se acuerda) en el momento en que están a punto de cometer un crimen aún más horrible (comp. Mateo 23:34-35; también véase Mateo 21:35-39).
AmasÃas sucede a su padre Joás. En general, empieza haciendo lo que es recto ante los ojos de Jehová. Pero se agrega: âaunque no de perfecto corazónâ. Un perfecto corazón no significa que el pecado esté ausente de él, sino que contiene la decidida voluntad de hacer sólo una cosa: agradar a Dios, obedeciéndole (comp. esta palabra en Filipenses 3:15 con el versÃculo que la precede).
Primera falta: AmasÃas sale a la guerra contra Edom y toma a sueldo a cien mil mercenarios de Israel para reforzar su ejército. Reprendido por un varón de Dios, se somete y triunfa sobre sus enemigos. Pero después, ¡qué decadencia! En el dividido corazón de AmasÃas los Ãdolos de los edomitas hallan un lugar (véase v. 14). Y como no es posible servir a la vez a Dios y a los Ãdolos (Mateo 6:24; Lucas 16:13), desde ese momento Jehová desaparece de su pensamiento. AmasÃas se ha apartado de Jehová (v. 27). Si Jesús no llena todo nuestro corazón, el enemigo sabrá qué poner en el lugar que ha quedado vacÃo.
Después de haber sufrido una amarga derrota ante el rey de Israel, el pobre AmasÃas aún vive quince años; luego lo matan, sin que él haya manifestado signo alguno de arrepentimiento.
Se nos presenta al rey UzÃas como un hombre de espÃritu excepcionalmente amplio. Su largo reinado tan particular, ya que duró cincuenta y dos años, se caracteriza por una constante actividad. El rey cuida que no le falte nada a su pueblo: pozos, ganado, labranzas, viñas, todo esto acompañado con una fuerte protección militar. En resumen, asegura prosperidad y seguridad a su reinado.
¿No tienden los esfuerzos de los hombres hacia estas dos metas? Y en general, ¿a qué los conduce esto? ¿A ser más agradecidos para con Dios? ¿A emplear sus bienes en el servicio del Señor? ¡No!, más bien a atribuirse el mérito de ello, a confiar en las riquezas adquiridas y a gozar de ellas egoÃstamente. Estos mismos peligros amenazan a un creyente que está materialmente a sus anchas. Corre el riesgo de apoyarse en sus propios recursos y de sentirse fuerte. Por eso mismo deja de contar con la maravillosa ayuda de Dios (v. 15) y pierde el beneficio que ello implica. En estas condiciones, la caÃda no tardará.
UzÃas habÃa preparado todo para resistir un asalto exterior. Pero habÃa descuidado velar sobre el frente interior, dicho de otro modo, sobre su propio corazón.
Cinco reyes: Asa, Josafat, Joás, AmasÃas, UzÃas. ¡Cinco historias que tienen entre ellas una trágica semejanza! Cinco veces un reinado con un comienzo feliz cae en una trampa diferente que lo conduce a la fatal caÃda.
Retengamos bien el nombre de cada una de esas trampas. Porque el astuto enemigo no ha dejado de emplearlas para hacer tropezar a los hijos de Dios. Para Asa, se trató del apoyo del mundo; para Josafat, de su alianza y amistad; Joás cayó a causa de sus halagos, mientras que AmasÃas se apartó tras sus Ãdolos. Finalmente vemos aquà que el orgullo espiritual (1 Juan 2:16) hace tropezar a UzÃas.
El nombre de ese rey significa âfuerza de Diosâ; llegado el momento en que sacó fuerza de sà mismo, esto le provocó su ruina (v. 16). Frente a los sacerdotes, a quienes tiene el atrevimiento de reemplazar en sus santas funciones, es herido solemnemente por mano de Jehová (Proverbios 16:18).
El orgullo está en el fondo de cada uno de nuestros corazones desde mucho antes de hacer su aparición exterior como una lepra en nuestra frente. Si lo juzgamos inmediatamente, Dios no se verá obligado a hacerlo, infligiéndonos quizás una pública humillación.
Este corto capÃtulo tiene solamente buenas cosas que decirnos de Jotam, hijo y sucesor de UzÃas. Aunque él también se hizo fuerte (v. 6), supo sacar provecho de la terrible lección recibida por su padre, como lo subraya el versÃculo 2. ¡Es una señal de sabidurÃa! Si nos dejamos instruir por la experiencia de otro, evitaremos tener que pasar por la misma dolorosa lección. Jotam triunfa sobre los hijos de Amón. ¿Cuál es su secreto? Retengámoslo si deseamos adquirir esta fuerza divina: âOrdenó sus caminos delante de Jehová su Diosâ (v. 6, V.M.) Ordenar sus caminos es poner su andar de acuerdo con las instrucciones de la Palabra, es disponerlos delante de Dios como para solicitar su aprobación. âExamina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos. No te desvÃes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del malâ (Proverbios 4:26-27).
¡Desgraciadamente el pueblo no sigue el ejemplo de ese rey fiel! Continúa corrompiéndose (v. 2). El tiempo de Jotam no corresponde, pues, a un despertar como el que el EspÃritu de Dios producirá bajo los reinados de EzequÃas y JosÃas.
En contraste con Jotam, de quien sólo se nos habla bien, ni una palabra puede ser dicha en beneficio de su hijo, el miserable Acaz. ¡En ese horrible reinado todo es un ultraje a Jehová! ¡En qué estado cayó el pueblo de Judá! Para castigarlo, Dios emplea sucesivamente al rey de Siria y al de Israel. En un dÃa, este último mata ciento veinte mil hombres y se apodera de doscientas mil personas más. Pero, como viene a declararlo el profeta Obed, la lección vale tanto para el vencedor como para el vencido. ¿Y no sirve también para nosotros? Antes de juzgar a otros, preguntémonos si no tenemos también pecados contra Dios, que sólo nos conciernen a nosotros (v. 10; Mateo 7:2-4). En este sentido habló Obed a los hombres de Israel. Cuatro de ellos, citados con sus nombres, son profundamente conmovidos e interceden a favor de los cautivos. Y, después de haber logrado su liberación, multiplican los cuidados para con ellos y los conducen de vuelta a Judá. Ponen en práctica Romanos 12:20-21. ¡Qué hermoso ejemplo de amor y abnegación! ¿No nos hace pensar en la manera en que obra el samaritano de la parábola? (Lucas 10:33-34).
Insensible a la gracia que le habÃa devuelto los cautivos de su pueblo, Acaz se hunde cada vez más en el mal. Ahora busca ayuda de parte del rey de Asiria. Sin embargo está escrito: âMaldito el varón que confÃa en el hombre, y pone carne por su brazoâ (JeremÃas 17:5). A pesar de las riquezas que da a Tiglat-pileser, despojando el templo, ese rey âno le ayudóâ (v. 21). Entonces el impÃo Acaz agrega algo más a su pecado. Busca la ayuda âque los hombres no le danâ junto a los Ãdolos, dicho de otro modo, junto a los demonios (1 Corintios 10:20). Pero, evidentemente, no sólo no la obtiene, sino que es la señal de su propia ruina.
Al mismo tiempo, para colmar la medida, Acaz cierra las puertas del templo, como se hace con una casa en venta o abandonada. Prohibe el acceso al santo santuario, después de haberlo llenado de suciedad e inmundicias (cap. 29:5 y 16). La declaración de la Palabra es terminante: âSi alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a élâ (1 Corintios 3:17). ¡SÃ, se colma la medida! Acaz muere y ni siquiera se lo considera digno de compartir el sepulcro con sus antepasados.
Aunque las Crónicas no lo mencionan, llegamos al momento en que Jehová acaba de transportar en cautiverio a las diez tribus de Israel, por medio del rey de Asiria. Acaz brindó a Dios todos los motivos para que hiciera otro tanto con el reino de Judá. Pero la gracia tiene todavÃa un recurso que nada dejaba prever. Es un rey fiel: EzequÃas. La providencia de Dios lo hizo escapar de los horribles sacrificios de niños a Moloc, de los cuales sus hermanos fueron vÃctimas (cap. 28:3; 2 Reyes 16:3; 23:10). Es âun tizón arrebatado del incendioâ (ZacarÃas 3:2). ¡Cuánto debió sufrir este joven bajo el infame reinado de su padre! Apenas ocupa el trono, sin perder un solo dÃa, con la ayuda de los sacerdotes y los levitas designados por sus nombres, emprende la obra de purificación, que comienza el primer dÃa, del primer mes, del primer año (v. 3 y 17).
Queridos amigos, comiencen sin tardar la puesta en orden de su corazón, si no lo han hecho todavÃa. Abran de par en par las puertas a Aquel que quiere penetrar en él. Echen fuera la inmundicia tolerada bajo el precedente reinado del prÃncipe de las tinieblas. Santifiquen su corazón para Jesucristo. Ãl quiere morar en él, desde hoy y para siempre.
Nada menos que dieciséis dÃas son necesarios para que los catorce levitas y sus hermanos terminaran completamente la limpieza de la casa de Jehová y la pusieran en orden. Pero no basta que sea âdesocupada, barrida y adornadaâ (Mateo 12:44). Ahora se debe restablecer el culto de Jehová. Apenas realizada la santificación del santuario, EzequÃas, nuevamente, actúa en seguida; se levanta temprano para ofrecer los sacrificios en companÃa de los principales de la ciudad y los sacerdotes (pero sin tomar el lugar de éstos, como lo hizo UzÃas). Notemos que el holocausto y la ofrenda de expiación son hechos para todo Israel (v. 24). No lo olvidemos: los creyentes que recuerdan al Señor alrededor de Su mesa sólo son una débil «expresión» de todo el pueblo de Dios. El pan y la copa recuerdan el sacrificio ofrecido no sólo para el pequeño número de los que están presentes, sino para la multitud de los redimidos que componen la Iglesia universal.
Finalmente, el cántico acompaña el holocausto (v. 27-28). No podÃa precederlo. No habÃa alabanza ni gozo posible antes de la obra del Gólgota. Pero ahora que está cumplida una vez para siempre, puede comenzar el servicio de los verdaderos adoradores⦠y nunca se acabará (Salmo 84:4).
El inteligente corazón de EzequÃas comprende que ahora se debe restablecer la Pascua. Ãsta tendrá lugar en el segundo mes, como lo autoriza Números 9:11. El amplio corazón de EzequÃas abarca a todo Israel, adonde envÃa mensajeros⦠lo mismo que hoy en dÃa el Señor hace publicar en todas partes la invitación de su gracia. ¿Halla en usted y en mà siervos a quienes puede encargar el precioso mensaje? ¿Qué contiene éste?:
1. âVolveos a Jehováâ: es el arrepentimiento
2. âDad la mano a Jehováâ: es la fe (v. 8, V.M.)
3. âVenid a su santuarioâ: es buscar el lugar de su presencia
4. âServid a Jehováâ
5. âVuestro Dios es clemente y misericordiosoâ (v. 9).
Semejante mensaje encuentra muchas burlas (v. 10). La mayorÃa reserva una acogida incrédula e indiferente a los llamados de la gracia. No obstante, vale la pena hacerlos oÃr, ya que algunos se humillan y van a Jerusalén donde se reúne una gran congregación. Allà sigue la purificación empezada por los levitas. Los altares que Acaz se habÃa hecho âen todos los rinconesâ de Jerusalén (cap. 28:24) van a encontrarse con las inmundicias del templo en el fondo del torrente de Cedrón (cap. 29:16).
Como el rey de la parábola, EzequÃas hizo proclamar en todo el paÃs la invitación de la gracia: âHe aquÃ, he preparado mi comida⦠todo está dispuesto; venidâ (Mateo 22:4). Muchos no lo tuvieron en cuenta. Y de los que vinieron, una gran parte no estaban santificados (v. 17). ¿Qué hacer? ¿Deben ser enviados de vuelta a casa? ¡En absoluto! Al igual que los convidados al gran festÃn reciben un vestido de boda del rey, la gracia de Dios se ocupa de purificar a esos israelitas, a fin de hacerlos aptos para su santa presencia. Y esa purificación se cumple precisamente por medio de la Pascua que vinieron a celebrar. La sangre de las vÃctimas sacrificadas provee a su santificación.
Pensamos en la sangre de Jesús, el santo Cordero de Dios. Ella nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).
En cuanto a los débiles e ignorantes, EzequÃas, figura de Cristo, intercede a su favor para que Dios los perdone.
Luego viene la fiesta de los panes sin levadura. Nos habla de la santificación práctica. La acompaña un gran gozo, prueba de que la separación para Dios de ningún modo es sinónimo de tristeza. Y la oración de los portavoces del pueblo alcanza su meta: llega a la santa morada de Jehová en los cielos.
Los israelitas que respondieron al llamado de EzequÃas gozaron grandemente de la presencia de Jehová. Ahora se van llenos de celo, destruyendo por el paÃs toda huella de la religión de los Ãdolos. Al experimentar personalmente el valor del verdadero culto a Dios, ahora reconocen cuánto se habÃan apartado de él anteriormente.
Es una verdad de gran importancia. Para ser capaz de juzgar el mal, primero se debe encontrar al Señor. Es inútil exhortar sencillamente a alguien a rechazar el mundo y sus Ãdolos. Empecemos por conducir esa persona a Jesús; esto dará sus frutos. Tal es la lección que EzequÃas nos da aquÃ.
La beneficencia no se separa de los demás sacrificios (véase Hebreos 13:15-16). Las primicias y los diezmos se amontonan en ocasión de las dos grandes fiestas anuales que seguÃan a la Pascua: Pentecostés en el tercer mes, y los Tabernáculos en el séptimo (v. 7). El rey toma de sus propios bienes lo que es necesario para los holocaustos. Y el pueblo lo imita, como ya lo habÃa hecho al destruir los falsos dioses. La fuerza del ejemplo es más grande que la de las palabras. En lo que nos concierne, no lo olvidemos (véase 2 Tesalonicenses 3:7-9).
El rey interroga a los sacerdotes respecto de los âmontonesâ. De la misma manera, el Señor se entera de todo lo que damos (o no damos) para él. Siempre será poca cosa: âCinco panes de cebada y dos pececillosâ (Juan 6:9), pero él sabrá multiplicarlo. Y habrá de sobra después que cada uno haya sido saciado (v. 10; véase Juan 6:12 y también MalaquÃas 3:10). Nada de lo que Dios nos da debe perderse o despilfarrarse.
Se designan mayordomos y administradores. Para unos, sus funciones consisten en encargarse de las provisiones, para otros, en distribuir âcon fidelidad a sus hermanos sus porcionesâ (v. 15). âAhora bien âdice el apóstolâ, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fielâ (1 Corintios 4:2). Ãl mismo dio ejemplo de ello cuando fue personalmente a Jerusalén a llevar el producto de una colecta (Romanos 15:25-26; 1 Corintios 16:3-4). Pero esa fidelidad no es menos importante cuando se trata del alimento espiritual para el pueblo de Dios.
EzequÃas hizo lo bueno, recto y verdadero, de todo corazón. Es un hermoso resumen de su actividad. ¡Ojalá el Señor pueda decir otro tanto de cada uno de nosotros al fin de nuestra carrera!
Era de esperar: âestas cosas y esta fidelidadâ, agradables a Dios, eran insoportables al gran enemigo. No dejaron de excitarle contra Judá y contra su rey.
La alegrÃa que podamos gozar en el Señor no debe hacernos olvidar la presencia del adversario que busca a quien devorar (1 Pedro 5:8). Satanás, pues, pasa al ataque. Impulsa al poderoso rey de Asiria contra Jerusalén, el cual comienza por dirigir al pueblo un discurso amenazador y pérfido: «EzequÃas âles diceâ os entrega a la muerte por hambre y sed» (v. 11). ¡Pura mentira! Las cámaras del santuario ¿no estaban abundantemente provistas? (cap. 31:10-12). Y gracias al acueducto que el rey acababa de construir (comp. v. 4 con 2 Reyes 18:17 y 20:20), llegaba agua fresca al interior mismo de la ciudad.
TodavÃa hoy dÃa, el Mentiroso habla asÃ. Si se le escucha, seguir junto a Jesús significa exponerse a la penuria y las privaciones. ¡Pero sabemos que es absolutamente lo contrario! Cristo es el pan de vida (Juan 6:48-51), es la fuente de aguas vivas (Juan 7:37), mientras que afuera impera la sed (v. 4).
A lo largo de los capÃtulos 18 y 19 del segundo libro de Reyes, leÃmos las injuriosas declaraciones del Rabsaces, seguidas de la carta del rey de Asiria. ¿Cómo le contesta EzequÃas? ¡Por medio de la oración! IsaÃas y él, los dos juntos, claman a Dios a ese respecto (v. 30). Es la reunión de oración más reducida. Pero el Señor la considera como tal y, conforme a su promesa ella tiene un irresistible poder: âSi dos de vosotros se pusieren de acuerdo⦠acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielosâ (Mateo 18:19). Por un lado, dos hombres en oración; por otro, un formidable ejército. La victoria es de los primeros; la multitud de los sitiadores es aplastada, ¡y esto sin saber cómo! Su supremo jefe se vuelve âavergonzadoâ, y perece a su vez, asesinado por sus propios hijos (v. 21).
Después del rey de Asiria, llega el rey de los espantos: la Muerte (Job 18:14), enemigo más espantoso aún, que se presenta para tragarse a EzequÃas. Pero contra ella la oración también es soberana y Dios lo libera otra vez.
¡Ay!, este feliz reinado no se acabará sin un eclipse: un grave fallo debido al orgullo, pero, gracias a Dios, seguido por la humillación y la restauración.
El reinado de Manasés establece un doble récord: el de la duración (cincuenta y cinco años) y el de la maldad. ¿Qué explica esa excepcional duración, mientras que la iniquidad era particularmente insoportable ante la mirada de Jehová? Con admiración lo comprendemos: es la paciencia de la gracia. No olvidemos que ésta caracteriza los dos libros de las Crónicas, desde el principio hasta el fin. Después de haber hablado a Manasés y a su pueblo âpero sin ser escuchado (v. 10)â Jehová emplea el idioma de las cadenas y del cautiverio, el cual finalmente es escuchado. El ejemplo de Manasés nos enseña que no hay pecador demasiado grande, cuyo corazón Dios no pueda cambiar. Y de toda la Escritura, este relato es uno de los más alentadores. Nunca pensemos que una persona está demasiado hundida en el mal para poder ser salva.
En el reinado del impÃo Manasés también tenemos abreviada la historia profética de Israel. El nombre de ese rey significa «olvido», y nos recuerda la declaración de Jehová: âMi pueblo se ha olvidado de mà por innumerables dÃasâ (JeremÃas 2:32). El actual exilio de Israel, bajo el yugo de las naciones, es la consecuencia de ese abandono. Pero, como para Manasés, será asimismo el medio para despertar por fin su conciencia y su corazón.
La gracia de Dios no sólo se dejó doblegar por la súplica de Manasés, sino que aun le dio la oportunidad de reparar, en cierta medida, el mal que habÃa cometido anteriormente. Hay conversiones que sólo tienen lugar en el lecho de muerte. Si bien el alma todavÃa está a tiempo de ser salvada, en cambio, es demasiado tarde para servir al Señor aquà en la tierra. ¡Es una irreparable pérdida para la eternidad! (2 Corintios 5:10; 1 Corintios 3:15).
Una conversión se comprueba por sus frutos. Todo Judá es testigo de la de Manasés. Ahora rechaza los falsos dioses a los cuales habÃa servido; el culto de Jehová reemplaza al de los Ãdolos. Ãsta es la señal de una verdadera conversión (1 Tesalonicenses 1:9). Conversión significa vuelta, un completo cambio de dirección. Jesús llega a ser el blanco de la vida, y toda la energÃa, usada hasta entonces para servir al mundo y al pecado, es reemplazada por la abnegación para el Señor.
Amón no saca ningún provecho del ejemplo de su padre (JeremÃas 8:12). La humillación no se produce en su corazón. Por eso, pasa âcomo flor del campoâ; según la expresión del profeta: âEl viento de Jehová sopló en ellaâ (IsaÃas 40:6-7).
JosÃas significa: âAquel de quien Dios tiene cuidadoâ. Todos tendrÃamos el derecho de llevar este hermoso nombre. Acompañado desde su nacimiento por esos cuidados de Jehová, JosÃas empieza a buscarle a la edad de dieciséis años. Entonces emprende la gran obra del despertar considerada en 2 Reyes 22 y 23.
Dieciséis años, quizá sea la edad de algunos de nuestros lectores. Ya no son niños; la vida se abre ante ellos con todas sus posibilidades. La juventud es un precioso capital que Dios les da. ¿Cómo van a emplearla? Algunos la derrochan locamente y más tarde cosechan amargos frutos. Otros, más prudentes a los ojos de los hombres, la consagran para obtener un ventajoso lugar en la vida. Finalmente otros, los más sabios, hacen como JosÃas. Buscan primeramente al Señor, después ponen todo de acuerdo con Su voluntad (Mateo 6:33). La ley fue hallada en el templo, en el transcurso de las obras. JosÃas hace que el pueblo en su conjunto la aproveche; pero, mala señal, debe obligarlo a servir a Jehová (v. 33). La obediencia al Señor, ¿no deberÃa surgir de nuestro amor por él? âEstas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazónâ, decÃa Moisés al pueblo en el momento en que les daba este libro (Deuteronomio 6:6).
La celebración de la Pascua por JosÃas y el pueblo ocupa aquà cerca de un capÃtulo, mientras que el segundo libro de los Reyes le consagra sólo tres versÃculos (cap. 23:21-23). Es la consecuencia del retorno a la Palabra, a la cual asistimos en el capÃtulo precedente. Para Israel, la Pascua era la primera institución divina, dada ya antes de la salida de Egipto. CorrespondÃa al recuerdo de la gran liberación. Para los hijos de Dios, existe también tal «memorial» (1 Corintios 11:24-25). Alrededor de la Mesa del Señor, cada primer dÃa de la semana los redimidos recuerdan su gran salvación y a Aquel que la cumplió. ¿Qué caracteriza esta Pascua asà como el culto cristiano? Primero, la presencia del arca: Cristo (v. 3). Después, necesariamente, la santidad: al ser santa el arca, los levitas deben santificarse a fin de estar limpios para esta presencia. Finalmente, el objeto mismo de la fiesta es la ofrenda de los sacrificios. Nos recuerdan que cada creyente está invitado a ofrecer a Dios, no sólo el domingo, sino sin cesar, âsacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombreâ (Hebreos 13:15).
Se está a punto de dar vuelta a la página. Los espantosos reinados de Manasés y Amón condujeron a que Jehová tomase una decisión irrevocable respecto de Judá. Pero, ¡cuán precioso es ver la gracia que en este perÃodo final produce un despertar como el de JosÃas!
El juicio del mundo actual también está a la puerta. Todo lo deja prever. Sin embargo, aun en tiempos como éstos, el EspÃritu de Dios se complace en suscitar despertares aquà y allá. Y ante todo, él desea producir un despertar en cada uno de nuestros corazones.
Esta Pascua recuerda los dÃas de antaño; no sólo los de Salomón y David, sino los antiguos tiempos de Samuel. Todo se hace con orden; cada uno está en su lugar; se ejercita el amor fraternal. Es una escena que brilla tanto más, por cuanto se halla intercalada entre los impÃos reinados de los precedentes reyes y la decadencia final que va a seguir.
El fin de JosÃas no está a la altura del resto de su carrera. Al igual que EzequÃas, tropieza en sus relaciones con los poderes polÃticos de su tiempo. Pese a una advertencia, que viene de Dios mismo, se opone al Faraón y halla la muerte en una batalla que no debió dar.
En su conjunto, el pueblo de Judá no siguió el ejemplo de JosÃas. Muchas señales lo mostraban. Se les impuso la obediencia a la ley. Durante la Pascua, estaban lejos de manifestar la misma alegrÃa y la misma espontaneidad que en la Pascua de EzequÃas. El mismo rey y los jefes tuvieron que proveer los sacrificios (cap. 35:7-9). Ahora que el fiel JosÃas ha sido retirado, que el justo ha sido âquitado de delante del malâ (IsaÃas 57:1, V.M.), nada impide que Jehová ejecute su juicio contra Judá. Entonces, los acontecimientos se precipitan; cuatro soberanos se suceden: Joacaz, Joacim, JoaquÃn y SedequÃas⦠¡unos peores que otros! Su espÃritu de rebeldÃa da la ocasión, primero para Egipto y luego para Babilonia, de intervenir en los asuntos del pequeño reino. El adversario y el enemigo entran por las puertas de Jerusalén (Lamentaciones de JeremÃas 4:12); tres veces se van a producir parciales transportaciones a Babilonia, sufriendo los objetos del templo la misma suerte que las personas. Los versÃculos 14 y siguientes subrayan que los jefes de los sacerdotes y el pueblo comparten la responsabilidad de sus reyes en el juicio que los alcanza.
Aunque las «Crónicasâ son libros de la gracia, deben concluir que âno hubo ya remedioâ (v. 16); porque cuando se menosprecia la gracia, no queda sino âuna horrenda expectación de juicioâ (Hebreos 10:27). Las palabras del versÃculo 15: âÃl tenÃa misericordia de su puebloâ, vienen a ser en el versÃculo 17: âY no tuvo compasiónâ (V.M.)
De la misma manera, el que âtuvo compasiónâ de las multitudes⦠poco después pronunció una sentencia inapelable contra las ciudades de donde venÃan esas muchedumbres (Mateo 9:36 y 11:21-23). Pese a esto, hallamos aquà todavÃa la misericordia divina. Al contrario de los Reyes, las Crónicas pasan muy rápidamente sobre este triste perÃodo final. Y estos libros no terminan con la transportación misma, sino con el decreto de Ciro (v. 22-23) que le pone fin, setenta años más tarde. AsÃ, a pesar de todo, la insondable gracia de Dios tiene la última palabra.
Estos acontecimientos no son relatados como lo harÃan nuestros libros de historia. Dios no nos cuenta los hechos sencillamente para interesar nuestro espÃritu y enriquecer nuestra memoria. Su intención es hablar a nuestra conciencia y tocar nuestro corazón. ¿Alcanzó esta meta al dirigirse a usted?
Por medio de JeremÃas, de antemano Jehová habÃa fijado en 70 años la duración del cautiverio en Babilonia. Aquellos que, como Daniel, escudriñaban las Escrituras, habÃan tenido, pues, la posibilidad de conocer el próximo fin de aquella situación (Daniel 9:2). Los 70 años se cuentan desde el primer año de Nabucodonosor, el responsable de la transportación, hasta el primero de Ciro, quien le puso fin (JeremÃas 25:1 y 11). Unos dos siglos antes Jehová ya habÃa designado a ese último rey por su nombre (IsaÃas 44:28 y 45:1). Sin duda alguna, Ciro tuvo conocimiento de esa profecÃa porque era consciente de ser el instrumento escogido por Dios para el restablecimiento de su culto.
Al mismo tiempo Jehová âdespertóâ el espÃritu de un cierto número de judÃos cautivos (Esdras 1:5), de los que llorando se acordaban de Jerusalén y que la habÃan puesto âcomo preferente asunto de su alegrÃaâ (véase Salmo 137:1 y 5-6). Amigos creyentes, también nosotros estamos âen tierra de extrañosâ. ¿Aspiramos a los gozos de la santa ciudad? Nuestro espÃritu ¿fue âdespertadoâ para esperar al Señor Jesús? Ãl es el gran Rey, centro de la profecÃa, a quien pronto Dios le dará todos los reinos de la tierra (Esdras 1:2) a fin de que restablezca Su alabanza y Su gloria.
La ruta de Jerusalén está abierta. ¿Cuáles son aquellos que van a aprovechar tal circunstancia? Un poco menos de cincuenta mil personas de las diversas clases del pueblo. Y además, cierto número de ese débil remanente no está en condiciones de demostrar que efectivamente forma parte de Israel. Hasta sacerdotes han sido negligentes, lo que les va a impedir ejercer sus santas funciones. ¡Muchos cristianos son como esos israelitas! No pueden afirmar con certeza que son hijos de Dios. Si tal fuera el caso de uno de nuestros lectores, remÃtase a su «inscripción genealógica» (v. 62). La hallará en la Biblia. Debe apoyarse firmemente en pasajes como Juan 1:12, 1 Juan 5:1 y 13. Muchas almas inseguras hallaron en esos versÃculos, y en otros, la indiscutible prueba de que pertenecÃan a la familia de Dios.
Dios tiene los ojos puestos en ese remanente sin fuerza. Lo contó con cuidado y va a velar tiernamente sobre él. No sólo a causa de Su misericordia, sino también porque tiene un gran pensamiento para sÃ: a los descendientes de esos judÃos que volvieron a su paÃs debe serles presentado el Cristo, el MesÃas de Israel, después de catorce generaciones (Mateo 1:17).
El salmo 137 nos muestra, cerca de los rÃos de Babilonia, a los cautivos de Judá incapaces de cantar a causa de su tristeza. Pero ahora experimentan lo que dice el salmo 126: âCuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion... nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza... grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegresâ (v. 1-3). Además, ¿no es ésta la orden divina? (IsaÃas 48:20). Celebran la fiesta de los âtabernáculosâ, fiesta de la alegrÃa (en Esdras 3:11, los vemos también cantar). Su primer pensamiento es para el altar de Jehová, al que colocan âsobre su baseâ. Su motivación es notable: âPorque tenÃan miedo de los pueblosâ (v. 3). El temor los Ãmpele no a organizar su protección sino a estrechar filas alrededor de Jehová, quien los defenderá.
Luego se ponen los fundamentos de la nueva casa. Esto da lugar a una conmovedora ceremonia en la que el gozo y el lloro son igualmente oportunos (véase JeremÃas 33:11). ¡Qué contraste con el primer templo! El mismo contraste existe entre los comienzos de la Iglesia según el libro de los Hechos y el débil testimonio colectivo que los creyentes pueden dar en medio de la actual ruina.
La toma de posición de los hombres de Judá no dejó de atraer la atención de los pueblos circundantes. He aquà que vienen con un seductor ofrecimiento. âEdificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios...â (v. 2). ¿No era muy amable de parte de ellos? El trabajo avanzarÃa mucho más rápido. Y con un rechazo se correrÃa el riesgo de herir a ese gente. Pero los jefes de los judÃos no se dejan engañar. Firmemente rehúsan la proposición, al contrario de Josué y los prÃncipes, quienes en otros tiempos habÃan caÃdo en semejante trampa (Josué 9). Para trabajar en la obra de Dios se debe necesariamente pertenecer al pueblo de Dios. Contrariamente a lo que sugerirÃa un falso amor o simplemente el deseo de no causar pena a alguien, no temamos mantener una clara separación con los ambientes religiosos cuyos principios son confusos.
Lo que sigue revela quiénes eran esos benévolos ayudantes: ¡enemigos! Como su ardid no tiene éxito, descubren su juego y recurren a las amenazas. Luego, cambiando aun de táctica, dirigen una carta acusadora a Artajerjes, el nuevo jefe del imperio.
Para hacer cesar el trabajo de los hijos de Judá, sus enemigos emplearon sucesivamente la astucia (v. 2), la intimidación (v. 4-5) y las acusaciones (v. 6-16). Ahora que han obtenido del rey el apoyo deseado, recurren a una nueva arma: la violencia. Se apresuran a ir a los judÃos para obligarlos âcon poder y violenciaâ a cesar su trabajo. Pero la verdadera causa de la detención de la obra es diferente. El profeta Hageo nos la da a conocer en su primer capÃtulo: es la falta de fe y la negligencia del pueblo mismo. En el curso de los años (quince más o menos) que transcurrieron desde la colocación de los fundamentos, poco a poco decayó el interés por la casa de Dios y cada uno comenzó a preocuparse por su propia casa. ¡Ay! creyentes, ¿no conocemos también semejantes perÃodos de bajón espiritual? El Señor y su casa (la Asamblea o Iglesia) pierden valor para nuestro corazón. En la misma proporción aumenta el cuidado que tenemos por nuestros propios asuntos. Pero Dios no quiere dejarnos en ese estado. Ãl nos habla como lo hace aquà con Judá. A la voz de Hageo y de ZacarÃas el pueblo se despierta, sale de su indiferencia y vuelve a poner manos a la obra.
Mientras los judÃos reemprenden el trabajo bajo âlos ojos de Diosâ (Esdras 5:5; Salmo 32:8), por su lado los adversarios vuelven a sus maquinaciones.
En tanto nuestra vida cristiana sea lánguida y busquemos nuestros propios intereses, no incomodaremos al diablo. Y él mismo se cuidará de no molestar nuestra somnolencia. Le conviene perfectamente. Pero si el Señor despierta nuestro corazón y nuestro celo por él mediante su Palabra, en seguida hallamos de nuevo a Satanás en nuestro camino (véase 1Corintios 16:9).
El gobernador y sus colegas renuevan la táctica que les habÃa dado tanto resultado en el capÃtulo anterior: escriben al rey DarÃo para tratar de obtener su intervención, pero esta vez escondiendo su hostilidad bajo una aparente indiferencia, casi tolerancia. Su carta, que reproduce las declaraciones de los ancianos de los judÃos, involuntariamente constituye un hermoso testimonio en favor de aquéllos (v. 11 y siguientes). Esos ancianos no tuvieron vergüenza de declararse siervos de Dios, ni de exponer lo que Jehová hizo por ellos, aun cuando esto los obligó a confesar las faltas de sus padres.
Se ha despachado, pues, una nueva carta de los acusadores a la capital. Pero ella se va a convertir en causa de su propia confusión.
Las investigaciones que DarÃo hace emprender no sólo permiten volver a encontrar el edicto de Ciro, sino que en su respuesta el rey mismo se interesa por la causa del remanente de Judá y de la construcción del templo. Y, para colmo, ordena precisamente a los enemigos de los judÃos que brinden a estos toda la ayuda que necesiten. Finalmente, el decreto de DarÃo es acompañado por las peores amenazas contra aquellos que cambiaran en él lo que fuera. Tal fue, pues, el resultado de la actitud franca y valiente de los ancianos de los judÃos (Esdras 5:11-12; véase Mateo 10:32). Permitió que Jehová les mostrara públicamente su aprobación.
En el versÃculo 10, es hermoso ver que el rey reconoce la eficacia de las oraciones dirigidas al Dios de los cielos, ya que las pide para él y sus hijos. Ahora ese Dios de los cielos es nuestro Padre; no descuidemos dirigirnos a él. Además, somos exhortados a orar âpor todos los hombresâ, y precisamente âpor los reyes (las autoridades) y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidadâ (1 Timoteo 2:1-2).
Los acusadores de los judÃos comprendieron que era preferible para ellos no oponerse a las órdenes recibidas. Las ejecutaron prontamente, aunque con el despecho que uno se puede imaginar.
Asà protegidos por las autoridades y disponiendo de nuevos medios, los ancianos de Judá acaban la construcción del templo. Pero, detalle muy notable, si prosperan no lo deben al decreto de DarÃo, sino âa la profecÃa de Hageo y de ZacarÃas hijo de Iddoâ (v.14). Ocurre exactamente lo mismo con el creyente. La verdadera fuente de su prosperidad no está en las circunstancias favorables que Dios permite para él en la tierra. Reside en la sumisión a la Palabra de su Dios.
La casa de Dios se inaugura con gozo. Sin embargo, qué contraste con la dedicación del primer templo, cuando 22.000 bueyes y 120.000 ovejas habÃan sido sacrificados (2 Crónicas 7:5). Y aquà no es cuestión de fuego que desciende del cielo ni de gloria que llena la casa, porque el arca de Dios está perdida; no se la hallará más.
Después de esto, la Pascua y los panes sin levadura se celebraron cada primer mes. Pese a toda la debilidad de esos pobres judÃos que volvieron del cautiverio, Jehová los regocijó.
Unos cuarenta años transcurrieron entre los acontecimientos del capÃtulo 6 y los que empiezan en el capÃtulo 7 con el viaje de Esdras durante el reinado de Artajerjes. En contraste con los sacerdotes negligentes mencionados en el capÃtulo 2:61-62, Esdras es capaz de presentar una genealogÃa que se remonta hasta Aarón. Además, él es un âescriba diligente en la ley de Moisésâ. Es una cosa muy deseable ser instruido en la divina Palabra. Pero no basta conocerla con la inteligencia y la memoria, como las materias enseñadas en las escuelas. Esa clase de conocimiento sólo servirÃa para envanecer (1 Corintios 8:1; 13:2). También es necesario amar esa Palabra y a la Persona que ella presenta. ¡Vea a Esdras! Ãl âhabÃa preparado su corazón para inquirir la ley de Jehováâ (Esdras 7:10). Y no sólo para inquirir, sino también para âcumplirlaâ. Porque conocer, aun con el corazón, todavÃa no es suficiente si no se pone en práctica lo que la Biblia nos ha enseñado (Santiago 1:22). Solamente cuando esas condiciones son cumplidas, uno puede permitirse enseñar a los demás.
Con benevolencia y generosidad, el rey tomó todas las disposiciones necesarias para permitir que Esdras emprendiera su viaje y también se ocupara en el servicio de la casa de Jehová a su llegada.
Esdras guardó la Palabra de Dios y no negó Su nombre. Ãl y los hombres que se reúnen a su llamado van a hacer la experiencia de que tienen poca fuerza (son apenas 1.500), pero, al mismo tiempo, de que Dios puso ante ellos âuna puerta abierta, la cual nadie puede cerrarâ (Apocalipsis 3:8). Artajerjes I, llamado Larga Mano, como sus predecesores Ciro y DarÃo es un instrumento preparado por Jehová para mantener abierta la puerta del regreso a Jerusalén ante el cautivo remanente de Judá. La carta del rey muestra que se preocupa por todo: primero, por el restablecimiento del culto en Jerusalén, con todo lo que es necesario para los sacrificios y el mantenimiento de los sacerdotes y de los levitas; luego, por el establecimiento de las autoridades: gobernadores y jueces; finalmente âcosa notableâ da instrucciones a Esdras para que haga conocer a todos las leyes de su Dios (Esdras 7:25). âComo los repartimientos de las aguas, asà está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclinaâ (Proverbios 21:1; véase también Proverbios 8:15-16). Esdras bendice a Jehová como a aquel âque puso tal cosa en el corazón del reyâ. Ejercitémonos como él en ver siempre âla manoâ, sÃ, âla buena mano de Diosâ (Esdras 7:6, 9 y 28; 8:18 y 31) en todo lo que nos ocurre.
La reunión tiene lugar junto al rÃo Ahava. Para completar su tropa, Esdras está obligado a mandar a buscar a los levitas. âLos obreros (son) pocosâ y âla mies es muchaâ declaraba el Señor a sus discÃpulos (Mateo 9:37). Hoy es asà todavÃa. Ãl considera a todos sus redimidos en la tierra y cuenta a los que están verdaderamente dispuestos a servirle.
¿Ahora está todo listo para la partida? No; ¡falta aun una cosa esencial! Asà como un viajero no se pone en marcha sin haber estudiado el mapa, Esdras se preocupa por el camino que debe seguir. Y consulta a Jehová. âEl camino derecho para nosotros, y para nuestros niñosâ (Esdras 8:21), ¿no es el de la entera obediencia a Dios? Cristo, el primero, lo allanó en este mundo (1 Pedro 2:21). De modo que la Biblia que nos muestra las perfectas huellas de ello, nos sirve âpor decirlo asÃâ de «carta de rutas». Sin embargo, a menudo erramos el verdadero y seguro camino porque nos extraviamos en las falsas pistas de nuestra propia voluntad. Humillación, dependencia, confianza en Dios más bien que en el hombre son otras tantas lecciones bendecidas que aprendemos en la compañÃa de Esdras... o mejor aun del Señor Jesús.
En el tiempo de la primera vuelta a Jerusalén, Ciro habÃa hecho entregar a los judÃos repatriados algunos de los utensilios de la casa de Dios. Esdras y sus compañeros tampoco salieron con las manos vacÃas. El rey y los que le rodeaban, asà como los israelitas que permanecieron en el exilio, hicieron dones para el santuario.
Con esas riquezas que podÃan tentar a los bandidos, la débil tropa sin escolta âpero protegida por la buena mano de Diosâ llegó a Jerusalén. Su primer cuidado fue entregar el precioso depósito en manos de los sacerdotes responsables. Luego, âdiligentementeâ, como se les habÃa encargado hacerlo (Esdras 7:17), ofrecen sacrificios.
Pensemos en los âtalentosâ que nos fueron confiados para el camino (Mateo 25:15). ¿Qué caso hacemos de todos esos dones recibidos del Señor: salud, inteligencia, memoria y, ante todo, su Palabra? A la llegada a la celestial ciudad todo será contado y pesado en la balanza del santuario (Esdras 8:33; véase también Lucas 12, fin del versÃculo 48).
Pero, de repente, la vuelta de Esdras es ensombrecida por lo que él oye respecto del pueblo. Por eso es una escena de dolor y lágrimas a la cual asistimos ahora. âRÃos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu leyâ (Salmo 119:136).
Reparemos en la actitud de Esdras en este capÃtulo e imitémosla. Algún otro habrÃa dirigido los más severos reproches al pueblo. Al contrario, Esdras se coloca ante Dios y se acusa tanto a sà mismo como a todo Israel. Al ofrecer doce becerros y doce machos cabrÃos (8:35) habÃa refirmado la unidad del pueblo de Dios. Una consecuencia de esa unidad es justamente la común responsabilidad y el sufrimiento compartido (véase 1 Corintios 12:26). ¡Qué lección nos da ese siervo de Dios! No sólo nos enseña que no debemos mostrar con el dedo las faltas de los demás cristianos, sino también que hace falta que nosotros mismos estemos avergonzados y afligidos ante el Señor. âDios mÃo, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mÃo, mi rostro a ti...â dice el hombre de Dios (Esdras 9:6).
Estas palabras de Esdras son conmovedoras. Oponen la misericordia del Dios de Israel a la ingratitud de su pueblo. Pero, sin dejar de sentir profundamente el peso del pecado, del cual no era personalmente culpable, Esdras no podÃa hacer nada para quitarlo de delante de la mirada de un Dios santo. Sólo uno estaba en condición de cumplir la expiación. El Hijo de Dios, al cargar con nuestros pecados como si fueran los suyos, pudo declarar en su indecible dolor: âMe han alcanzado mis maldades...â (Salmo 40:12).
El ejemplo de Esdras habÃa llevado a humillarse a âtodos los que temÃan las palabras del Dios de Israelâ (Esdras 9:4). Ahora, como una respuesta a su oración, ese mismo sentimiento es producido en el corazón de âuna muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niñosâ. Ser joven no impide entristecerse por lo que deshonra a Dios.
Esas alianzas con personas extranjeras recuerdan una vez más al hijo de Dios la orden terminante del Nuevo Testamento: âNo os unáis en yugo desigual con los incrédulosâ (2 Corintios 6:14). Pero señalan también la temible trampa de la mundanerÃa. ¿No hemos dejado penetrar a veces esa intrusa en nuestros hogares y nuestras vidas? Y, a menudo, los jóvenes son los primeros en introducirla en la casa paterna. Pero no basta comprobar ese mal a la luz de la Palabra, ni aun humillarnos por él. Es necesario separarnos de él. Por ejemplo, esto nos conducirá a revisar severamente nuestras costumbres... nuestros estantes de libros, nuestra ropa... a fin de eliminar sin piedad esto o aquello. ¡Trabajo desagradable que quizás dure cierto tiempo! (véase Esdras 10:13). Pero éste es el precio de la reanudación de felices relaciones con el Señor.
Históricamente, el libro de NehemÃas es el último vistazo que el Antiguo Testamento nos permite echar sobre el pueblo de Israel. Los acontecimientos que relata comienzan unos treinta años después de aquellos a que se refiere el libro de Ester y trece años después del retorno de Esdras. Sus enseñanzas son, pues, particularmente apropiadas para nosotros, los cristianos, âa quienes han alcanzado los fines de los siglosâ (1 Corintios 10:11). ¡Pobre pueblo! Está âen gran mal y afrentaâ, según el relato que hacen algunos viajeros (NehemÃas 1:3). Pero Dios preparó a alguien que va a preocuparse por ese estado. ¡Es NehemÃas! Ese hombre es sensible a los sufrimientos y a la humillación de los que habÃan escapado de la cautividad y permanecido en Jerusalén. Ante Jehová confiesa los pecados que son la causa de ello. Asà lo habÃa hecho Esdras (Esdras 9). Dios siempre escoge a los instrumentos de sus liberaciones de entre los que aman a su pueblo.
Pero dirijamos nuestras miradas a uno más grande que NehemÃas. ¿Quién se preocupó por la desesperada condición de Israel y del hombre en general, si no el mismo Hijo de Dios? Ãl sondeó a fondo nuestro miserable estado, ese abismo de mal en el cual estábamos hundidos. Y él vino para arrancarnos de allÃ.
Mientras los hijos de Judá estaban en la miseria y el oprobio, NehemÃas ocupaba en la corte uno de los más honorables puestos: el de copero del rey. HabrÃa podido conservar egoÃstamente esa ventajosa colocación. O aun justificarla, diciéndose: «Ya que tengo la confianza del rey, junto a él seré más útil a mi pueblo. Dios me colocó aquà con este fin».
Pero NehemÃas no razona asÃ. Su corazón, como el de Moisés en otros tiempos, le lleva a visitar a sus hermanos, los hijos de Israel (Hechos 7:23). Y antes que gozar de los deleites temporales del palacio real, él escoge âser maltratado con el pueblo de Diosâ (Hebreos 11:25).
Note que su conversación con Artajerjes no sólo es precedida sino también acompañada por la oración (NehemÃas 1:1; 2:5). Entre la pregunta del rey y su propia respuesta, NehemÃas halla el tiempo de dirigirse a Dios en su corazón. Se ha llamado a esto una «oración flecha». ¡Imitemos a menudo ese ejemplo! Y como ese servidor (de Jehová antes que del rey) veremos la buena mano de Dios descansar sobre nosotros y sobre lo que hagamos.
NehemÃas llega a Jerusalén provisto de las cartas del rey. Empieza por hacer la inspección de los muros, o más bien de lo que queda de ellos. Su hermano le habÃa hablado de esto (cap. 1:2-3), pero él desea darse cuenta por sà mismo de la amplitud de los daños. ¡Grande es su consternación ante ese espectáculo, al cual los habitantes de Jerusalén, por su parte, se habÃan acostumbrado! Creyentes, ciertamente también corremos el peligro de volvernos indiferentes acerca del estado de ruina en el cual se halla hoy la Iglesia responsable. Ningún muro la protege ya contra la invasión del mundo. Y tal estado le conviene perfectamente a sus enemigos.
En tiempos de Zorobabel y Esdras, para Israel esos enemigos se llamaban: Bislam, Tabeel... luego Tatnai, Setar-boznai y sus colegas. En el de NehemÃas se trata de Sanbalat, TobÃas y Gesem. El diablo se sirve de diversos instrumentos. Renueva su «personal». Pero su meta siempre es la misma: mantener al pueblo de Dios en la humillación y la servidumbre.
NehemÃas sabe arreglárselas para exhortar a los hombres de Jerusalén. Su nombre significa: Jehová consoló. Obtiene esta alegre y alentadora respuesta: âLevantémonos y edifiquemosâ (v. 18).
A la inversa del orden normal, la reconstrucción de Jerusalén empezó por el altar, luego por el templo (Esdras 3), y solamente ahora se reedifica el muro de la ciudad. El altar y el santuario nos hablan del culto, el cual es evidentemente la primera responsabilidad del pueblo de Dios. No sólo somos cristianos del domingo. El resto de la ciudad, que sugiere la vida cotidiana en nuestras casas y nuestras circunstancias de todos los dÃas, debe igualmente ser protegido de los enemigos y francamente separado. Cada uno ha de velar por ello y, en particular, construir el muro frente a su propia casa (v. 10, 28 y 30).
Bajo el impulso dado por NehemÃas, todo Judá se pone a la obra. Y este capÃtulo nos hace dar la vuelta a la ciudad para presentarnos en acción a los diferentes grupos de trabajadores. La mayorÃa colabora en la restauración, ya sea de su puerta, de su torre, de su parte del muro, en proporción a sus fuerzas y, sobre todo, según su abnegación. Pero, mientras algunos tienen bastante celo para reparar una doble porción (v. 11, 19, 24, 27 y 30), otros âentre ellos los principalesâ rehúsan doblegar su cerviz al servicio de su Señor (comp. Mateo 20:27-28; 2 Corintios 5:15). ¡Triste testimonio consignado en el libro de Dios!
A partir del versÃculo 16 se trata de la porción del muro que protege a la ciudad de David y al atrio del templo.
Nos sorprende enterarnos de que Eliasib, el sumo sacerdote, no reparó el muro delante de su propia casa (comp. con 1 Timoteo 3:5). Otros tuvieron que hacerlo en su lugar (NehemÃas 3:20-21). Segunda culpable negligencia: al construir la puerta de las ovejas, él y sus hermanos, esos malos pastores, habÃan omitido proveerla de cerraduras y cerrojos (v. 1). Era brindar a los ladrones la facilidad para introducirse a fin de apoderarse de las «ovejas» de Israel (véase Juan 10:8 y 10).
Improvisadamente los plateros, perfumeros y comerciantes se hicieron albañiles (NehemÃas 3:8 y 32). Uno de los jefes, Salum (v. 12) edificó con sus hijas. Mediante esos ejemplos Dios nos enseña que podemos trabajar en su obra, cualquiera sea nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión. Notemos todavÃa que varios de esos hombres o sus padres se habÃan visto comprometidos, en tiempos de Esdras, en la alianza impÃa con mujeres extranjeras. Tal era el caso de Baruc, hijo de Zabai, de MalquÃas y PedaÃas, hijos de Paros (Esdras 10:25 y 28). Es hermoso ver ahora su diligencia para proteger a Jerusalén precisamente contra influencias extranjeras.
Mientras se reparaban los muros, los enemigos montaban en cólera contra Judá. Sanbalat, su portavoz, se irrita y se burla al mismo tiempo. Somos especialmente sensibles a la burla. El mundo no deja de poner en ridÃculo la separación de los creyentes, la debilidad de sus reuniones... No nos dejemos turbar por sus reflexiones. En lugar de responder, NehemÃas se dirige a su Dios: âOye, oh Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio...â (v. 4); y no toma en cuenta sus amenazas. âEdificamos, pues...â concluye el hombre de Dios (v. 6).
Entonces el enemigo se prepara para la guerra abierta y el desaliento amenaza a los hombres de Judá. Miran su propia debilidad (v. 10). Eso es estar de acuerdo con el enemigo, quien habÃa menospreciado a âestos débiles judÃosâ (v. 2). Consideran el peso de las cargas, el volumen de los escombros... Sin embargo, hay quienes, con NehemÃas, conocen el doble recurso (v. 9). Ãste es, al mismo tiempo, una orden del Señor: âVelad y orad...â (Mateo 26:41; 1 Pedro 4:7). La oración ha de ser nuestra primera respuesta a los esfuerzos del adversario. No obstante, no nos exime de la vigilancia. Por eso NehemÃas toma diversas disposiciones para asegurar la vigilancia y la custodia del pueblo durante el fin del trabajo.
Al final del capÃtulo 4 vienen a agregarse, a las dificultades y al cansancio de la construcción, las del combate. Y, en efecto, el creyente no sólo es obrero sino también soldado. Se parece al miliciano de NehemÃas, quien tenÃa su herramienta en una mano y en la otra su arma (la cual es la Palabra de Dios: Efesios 6:17). No tiene el derecho de dejar la una ni de deponer la otra.
Después del hermoso celo al que hemos asistido, el capÃtulo 5 nos trae una penosa sorpresa. Esos judÃos que habÃan «escapado», quienes antes de la venida de NehemÃas estaban en una gran miseria (cap. 1:3), ahora se hallan en una situación peor todavÃa. Tuvieron que empeñar lo que poseÃan y, a veces, entregar sus hijos en servidumbre para poder pagar sus impuestos y no morirse de hambre. Además, los que los redujeron a ese estado no son enemigos. Son sus propios hermanos, quienes transgredieron la ley: (Ãxodo 22:25; LevÃtico 25:39-43; Deuteronomio 15:11; 23:19-20).
¿Dónde estamos en el plano del amor fraterno? Sin él el más hermoso servicio cristiano no tiene valor (1 Corintios 13:1-3). Llevemos a cabo lo que dice el apóstol Santiago (cap. 2:15-16). SÃ, examinemos bien nuestro corazón a ese respecto. ¡Y también nuestro comportamiento!
NehemÃas, âenojado en gran maneraâ, ha reunido a los nobles y a los oficiales ante el resto del pueblo para dirigirles los reproches que merecen. Los culpables se someten, no sencillamente porque NehemÃas es el gobernador, sino porque él mismo da ejemplo de un amor desinteresado. Ha renunciado a los derechos personales que le daba su posición y esto le permite pedir a esos jefes que obren de la misma manera. El ejemplo es la regla de oro para obtener lo que sea del prójimo. El apóstol Pablo siempre se dedicó a servir de ejemplo a los creyentes a quienes enseñaba (Hechos 20:35; 1 Corintios 4:16; 10:32-33...). Por encima de todo consideremos al divino Maestro. Ãl decÃa a sus discÃpulos: âPorque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáisâ (Juan 13:15). Pero, al mismo tiempo, los ponÃa en guardia contra los escribas y los fariseos: âTodo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacenâ (Mateo 23:3). Las multitudes notaban la diferencia: Jesús les enseñaba âcomo quien tiene autoridad, y no como los escribasâ (Mateo 7:29).
Sus precedentes fracasos no desalentaron a Sanbalat, TobÃas y Gesem. Hacen una proposición hipócrita a NehemÃas: âVen y reunámonos...â. El valle de Ono (o de los artÃfices: cap. 11:35), fijado como lugar de encuentro, sugiere una colaboración con los enemigos del pueblo de Dios. Pero el ofrecimiento es rechazado, pese a las amenazas que lo acompañan la quinta vez. Entonces se arma otra trampa por intermedio de un judÃo, SemaÃas. Por una falsa profecÃa ese agente del enemigo procura llevar a NehemÃas (quien no era sacerdote) a desobedecer a Jehová, buscando asilo en el templo (véase 2Corintios 11:13 y 1 Juan 4:11). Asà actuaron los fariseos con el Señor Jesús. âSal, y vete de aquÃâ âle dicenâ âporque Herodes te quiere matarâ (Lucas 13:31). Procuraban (y Satanás estaba detrás de ellos) espantar y hacer salir del camino de la fe a aquel que habÃa afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Lucas 9:51).
La doble ofensiva, frustrada por el fiel NehemÃas, pone al creyente en guardia contra dos peligros opuestos: 1) Ensanchar el camino, al trabajar hombro a hombro con los que no se someten a la Palabra. 2) «Encerrarse» en un sectarismo pretencioso y egoÃsta.
A los hombres de Judá les bastaron cincuenta y dos dÃas para tapar las brechas y reedificar el muro. La mayorÃa de ellos eran inexpertos en el manejo de la llana y la piqueta. Pero lo hacÃan con fervor y de todo corazón (cap. 3:20 y 4:6). Y, a los ojos del Señor, la abnegación de sus obreros tiene más valor que su capacidad. Además, precisamente él da esa capacidad a los que son abnegados y todo lo esperan de él.
Los esfuerzos de TobÃas para intimidar a NehemÃas y el apoyo que ese malvado personaje halla en algunos nobles de Judá son las últimas manifestaciones de la hostilidad de los enemigos. De ahà en adelante, con sus muros reconstituidos, Jerusalén aparece a las naciones circundantes âcomo una ciudad que está bien unida entre sÃâ (Salmo 122:3). Pero todavÃa es necesario asegurar la vigilancia de ella. NehemÃas se preocupa por las puertas y por el establecimiento de guardas (véase IsaÃas 62:6-7). Otras funciones son atribuidas, inclusive las de dos gobernadores de la ciudad (NehemÃas 7:1-2). El uno y el otro merecieron ese cargo: Hanani por su interés por el pueblo (cap. 1:2) y HananÃas por su fidelidad y su temor de Dios (v. 2).
NehemÃas sintió en el corazón el deseo de hacer el censo del pueblo. Se sirvió del registro genealógico establecido cuando tuvo lugar el primer retorno a Jerusalén. Los versÃculos 6 a 73 reproducen más o menos el capÃtulo 2 del libro de Esdras. Por ejemplo, volvemos a hallar la descendencia de aquel hombre que âtomó mujer de las hijas de Barzilai galaadita, y se llamó del nombre de ellasâ (NehemÃas 7:63). Barzilai era ese anciano rico y considerado, quien habÃa mantenido a David y su séquito en Mahanaim (2 Samuel 19:32). Aquà nos enteramos de que su yerno, aunque sacerdote, habÃa renunciado a su propio nombre en otros tiempos. Se habÃa hecho llamar por el de su suegro, lo que lo ponÃa más en evidencia. ¿Cuáles fueron las enojosas consecuencias? Sus descendientes, considerados como profanos ¡fueron excluidos de los cargos del sacerdocio! ¡Cuidémonos de abandonar nuestros privilegios cristianos por afán de consideración! ¿Existe más grande dignidad y nobleza que la de pertenecer a la familia de Dios, al «real sacerdocio»?
Ese empadronamiento del pueblo subraya el contraste con los dÃas de David. Allá sólo la tribu de Judá contaba 470.000 hombres de espada: diez veces más que ahora. Pero no es el número lo que importa: ¡es la fidelidad!
Para la hermosa escena que ocupa este capÃtulo, NehemÃas cedió el lugar principal a Esdras, el sacerdote. Sabemos que éste era âescriba diligente en la ley de Moisésâ y que hacÃa mucho que âhabÃa preparado su corazón... para enseñar en Israel sus estatutos y decretosâ (Esdras 7:6 y 10). ¡Feliz deseo que halla la ocasión de cumplirse cuando el pueblo se lo pide! Se trata de la lectura clara y de la explicación de la Palabra de Dios. Al abrirla, Esdras no deja de bendecir a Jehová, quien dio esta Palabra, lo mismo que hoy se empieza por dar gracias cuando la Biblia va a ser leÃda y meditada en una asamblea. En cuanto a los asistentes, no basta que tengan inteligencia (NehemÃas 8:3); también es necesario que estén atentos. ¿Lo estamos siempre durante las reuniones o la lectura en familia? Comprender la Palabra es el medio para que uno mismo sea alimentado y se vea regocijado por la comunión con el Señor (v. 12). Pero pensemos también en âobsequiar porcionesâ, es decir, hagamos participar a tal o cual ausente de lo que nos fue provechoso.
Finalmente, subrayemos este magnÃfico versÃculo: âEl gozo de Jehová es vuestra fuerzaâ (fin del v. 10; comp. Salmo 28:7). Y sobre todo, ¡sea ésta nuestra experiencia!
âAsà será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mà vacÃa...â dice Jehová (IsaÃas 55:11). Esta promesa se cumple aquÃ. Según la divina instrucción, bajo la conducción de sus jefes, el pueblo celebra la fiesta de los tabernáculos con más brillo todavÃa que en los más hermosos dÃas de Salomón. Demasiado ocupados con el presente reposo, los israelitas habÃan olvidado el que está por venir, y ese peligro nos asecha también. Ahora que la flaqueza y la ruina son tan evidentes, los ojos se dirigen más fácilmente hacia los gozos del reino futuro, y el carácter de extranjeros (la habitación en los tabernáculos o tiendas) es realizado mejor.
Al principio del capÃtulo 9, la escena cambia por completo. Los hijos de Israel vuelven a reunirse el dÃa fijado. Esta vez, la finalidad de la reunión es la confesión de los pecados. ¿Hay también, en nuestra vida de creyentes, momentos particulares en que hemos de hacer el balance de nuestras faltas y humillarnos por ellos? Algunos piensan que hay motivos para practicar esa puesta en orden cada sábado a la noche; otros, al final de cada dÃa. Ni los unos ni los otros tienen razón. El juicio de nosotros mismos es una acción continua. Hemos de practicarlo cada vez que el EspÃritu Santo nos hace conscientes de un pecado.
Algunos levitas designados por sus nombres invitan al pueblo a levantarse para bendecir a Jehová. Y, en nombre de toda la asamblea, le dirigen la larga oración que ocupa el resto del capÃtulo. Las primeras palabras de ella son: âTú solo eres Jehová...â. Luego, remontándose a la creación, los levitas celebran el cumplimiento de los consejos de Dios, el llamamiento de Abraham âcuyo corazón fue hallado fielâ la liberación de Egipto, el mar Rojo, los pacientes cuidados dispensados a Israel a todo lo largo del desierto con el don de la ley, finalmente la entrada en el paÃs. Los pronombres de 2a persona y los verbos activos se hallan no menos de veinticinco veces en esos pocos versÃculos.
Primeramente celebrar lo que Dios es y luego lo que él ha hecho, ¿no es también nuestro privilegio, ya que pertenecemos al Señor? Repasemos a menudo en nuestros corazones lo que la gracia ha hecho por nosotros. Y ejercitémonos en descubrir los cada vez más numerosos motivos de agradecimiento que serán otros tantos nuevos vÃnculos de amor con nuestro Padre celestial y con el Señor Jesús. Como David, exhortemos a nuestra alma a bendecir a Jehová y a no olvidar âninguno de sus beneficiosâ (Salmo 103:2). ¡Pero en verdad esos beneficios son innumerables!
Esteban, después de haber expuesto largamente la historia de la gracia de Dios hacia Israel en el capÃtulo 7 de los Hechos, prosigue su discurso de la misma manera que esos levitas: â¡Duros de cerviz...! resistÃs siempre al EspÃritu Santo...â (Hechos 7:51). La dura cerviz, la nuca que no quiere doblegarse para someterse al yugo del Señor, no caracteriza únicamente al pueblo de Israel. ¡Ni tampoco sólo a los inconversos! Todos tenemos en nosotros esa naturaleza voluntariosa e insumisa. Cada creyente, sin excepción, la conoce demasiado bien. Y le es imposible acabar con ella por sus propios esfuerzos. Pero, al mismo tiempo, ¿conoce cada uno la liberación que Dios le concede? En la cruz, habiendo puesto en la muerte esa voluntad rebelde e irreductible, nos dio en su lugar la obediente naturaleza de Jesús. La vieja naturaleza está siempre en nosotros con sus deseos, pero no tiene más derecho a dirigirnos.
¡Como resaltan más todos esos pecados de Israel cuando, como aquÃ, son puestos en contraste con la gracia divina! Por decirlo asÃ, se duplican en ingratitud (véase Deuteronomio 32:5-6). ¿Y no es también el caso de tantos jóvenes educados por padres creyentes?
En el versÃculo 33 tenemos el resumen de todo este capÃtulo: âTú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros hemos hecho lo maloâ (comp. Lamentaciones de JeremÃas 1:18). El que recibió el testimonio de Jesús âha puesto su sello a esto, que Dios es verazâ (Juan 3:33 V.M.; véase también Romanos 3:4). Sellar es formalmente aprobar una declaración, garantizarla y comprometerse a respetarla. Los prÃncipes, los levitas y los sacerdotes estampan asà sus sellos (dicho de otro modo, sus firmas) para confirmar su acuerdo.
De esa larga confesión retengamos todavÃa dos enseñanzas muy importantes: en primer lugar, para juzgar un mal es necesario remontarse tanto como fuera posible a los orÃgenes de ese mal por medio de una completa vuelta hacia atrás. La violación de la ley empezó con el asunto del becerro de oro; ¡éste, pues, no puede pasar en silencio! (v. 18). Luego, es precisa una confesión: decirle a Dios de una manera general: «Soy un pecador, he cometido pecados», no cuesta nada y no tiene valor a sus ojos. Ãl aguarda que le digamos: «Señor, soy culpable de tal cosa. Esto es lo que hice o lo que omità hacer» (véase LevÃtico 5:5).
Los hombres cuyos nombres son dados al principio del capÃtulo son los que imprimieron su sello debajo del pacto de Jehová. Sabemos que igualmente Dios tiene su sello: el EspÃritu Santo. Ãste es en un redimido la marca de propiedad mediante la cual Dios le reconoce y declara: «He aquà alguien que me pertenece» (Efesios 1:13 y 4:30). «Es mÃo» (comp. Ãxodo 13:2 e IsaÃas 43:1). ¿Puede reconocer de esta manera a cada lector de estas lÃneas?
Pero, en tanto que sus propios sellos no podÃan conferir a los compañeros de NehemÃas la fuerza para cumplir aquello a lo que se comprometÃan (comp. cap. 10:39 y 13:10-11), el EspÃritu Santo, al contrario, es, al mismo tiempo que el sello, el poder mediante el cual el creyente obra según la voluntad divina (Efesios 3:16).
De un solo corazón todo el pueblo se asocia a sus conductores. El conocimiento de la ley, nuevamente adquirido, no es teórico para ellos. Los conduce sucesivamente a la purificación, al respeto del sábado y del año de reposo; luego al servicio de la casa y a la observancia de las instrucciones referentes a las primicias y los diezmos. âSi sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereisâ dijo el Señor Jesús (Juan 13:17).
Muy poco numerosos eran los repatriados de Babilonia con relación a los que habitaban en el paÃs antes de la transportación. Jerusalén, con sus muros reconstruidos sobre sus antiguas bases, sólo contaba con un Ãnfimo número de ciudadanos: entre otros estaban los que habÃan reparado el muro frente a su casa. Se echa suertes para traer a los que vendrán a repoblar la ciudad y a ellos se agregan los que son voluntarios. Se dan sus nombres. En efecto, Dios honra a los que renuncian a sus campos y vienen a vivir cerca de su santuario por apego a éste. No sufrirán pérdida, como lo anuncia el salmo 122:6: âJerusalén: sean prosperados los que te amanâ.
Han sido hechas promesas respecto de la Jerusalén del reino de los mil años (ZacarÃas 2:4; IsaÃas 33:20; IsaÃas 60). Pero promesas más hermosas todavÃa conciernen a la santa ciudad, la Jerusalén celestial. Dios, quien la ha «dispuesto» para Cristo (Apocalipsis 21:2), también la ha «dispuesto» para los que le pertenecen y han renunciado a poseer aquà abajo una ciudad permanente (Hebreos 11:16). Esa maravillosa ciudad no está hecha para permanecer vacÃa. Dios mismo habitará en ella en medio de los suyos. Sin embargo, para penetrar en ella es indispensable una condición: haber lavado âsus ropasâ por la fe en la sangre del Cordero (Apocalipsis 22:14). ¿Lo hizo usted?
La ceremonia de la dedicación del muro, la que empieza en el versÃculo 27, se desarrolla en medio de una gran alegrÃa. Dos cortejos formados por cantores y acompañados por trompetas emprenden juntos la marcha por el camino de la ronda de guardia, sobre la muralla, cada uno por su lado. Uno es conducido por Esdras, mientras que NehemÃas cierra la marcha del segundo. Las dos procesiones se encuentran en las proximidades del templo, después de haber efectuado cada una la mitad de la vuelta a la ciudad. Realizaron estas palabras del hermoso salmo 48: âAndad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro...â (Salmo 48:12-13).
Cuando llegan a la casa de Jehová, los dos coros reunidos hacen oÃr su voz y se ofrecen numerosos sacrificios en medio del regocijo general. El versÃculo 43 nos señala tres cosas respecto de ese gozo. Primeramente, que tiene su fuente en Dios: âDios los habÃa recreado con grande contentamientoâ. Luego, que todos participan de él, inclusive los niños. Lo que alegra a sus padres, también los alegra a ellos. Finalmente, que ese gozo âfue oÃdo desde lejosâ. El mundo que nos rodea ¿puede ver y oÃr que somos gente feliz?
NehemÃas habÃa sido obligado a volver junto al rey. TobÃas, el enemigo muy conocido, aprovechando su ausencia, habÃa conseguido hacerse asignar una de las cámaras contiguas a la casa de Jehová, gracias a la complicidad de uno de los sacerdotes. Ãste no era otro que Eliasib, quien ya se habÃa mostrado tan negligente en el momento de la construcción del muro. Y los porteros, los varones que en el capÃtulo precedente habÃan sido âpuestos... sobre las cámaras de los tesorosâ (cap. 12:44), tampoco habÃan guardado lo que su Dios les habÃa dado para guardar.
Al volver, NehemÃas, presa de la indignación, arroja él mismo todos los muebles de TobÃas fuera de la cámara. Luego hace limpiar las cámaras y volver allà los utensilios y las ofrendas (comp. Mateo 21:12-13). ¡A veces nuestros corazones son como esas cámaras en que el mundo pone sus cosas en el lugar de lo que pertenecÃa a Dios y servÃa como ofrendas!
Esa primera negligencia habÃa acarreado otras, y NehemÃas debe todavÃa preocuparse por las porciones de los levitas, asà como por la vigilancia y la repartición de los diezmos traÃdos por el pueblo.
Pese al compromiso que el pueblo habÃa contraÃdo (cap. 10:31), el reposo del sábado ya no era respetado. NehemÃas toma las más enérgicas medidas para remediar esa situación.
Queridos hijos de Dios, ¿no deberÃamos darle por lo menos tanta importancia al dÃa del Señor como Israel a su sábado? Por cierto, no estamos bajo la ley. Pero es triste que el domingo pueda ser considerado por algunos cristianos como un simple dÃa de reposo o de ocio. ¡O que sea empleado para un trabajo escolar que se podrÃa haber terminado en la vÃspera!
Por contraste, ¿en qué nos hacen pensar esas puertas que era necesario cerrar durante la noche para protegerse de los peligros del mundo exterior? ¿No nos dirigen una vez más hacia la santa ciudad de la cual está dicho: âSus puertas nunca serán cerradas de dÃa, pues allà no habrá noche... No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentiraâ? (Apocalipsis 21:25 y 27).
Ahora la cortina de la historia cae sobre Israel. Sólo se levantará cuatro siglos más tarde (exactamente cuatrocientos cuarenta años) para dar paso a su Libertador y MesÃas en la primera página del Nuevo Testamento.
La historia de Ester constituye un relato muy distinto que se coloca cronológicamente entre los capÃtulos 6 y 7 del libro de Esdras. Pone en escena, por una parte, a los judÃos que habÃan quedado en el imperio persa después del primer retorno a Jerusalén, y, por otra, al soberano de ese imperio: el poderoso Asuero con los que le rodean. En la historia se conoce a ese rey bajo el nombre de Jerjes, hijo de DarÃo. Es célebre por su campaña contra los griegos, marcada por la resonante derrota de su flota en Salamina. Daniel 11:2 alude a ese monarca y a sus riquezas.
La fastuosa recepción que le vemos dar aquà se sitúa antes de esa guerra, probablemente con vistas a prepararla. Todo en este capÃtulo es para gloria del hombre, cuyo orgullo no tiene lÃmites. Sin alcanzar ese lujo y esa amplitud, en nuestra época no faltan fiestas y manifestaciones grandiosas en las cuales una persona (o una nación) procura deslumbrar y eclipsar a sus vecinos. Un fiel hijo de Dios no se asocia a esas cosas. ¿Por qué? Justamente porque el poder, la inteligencia y la tolerancia (Ester 1:8) del hombre se ven exaltadas en ellas.
El rechazo de Vasti, quien habÃa sido invitada a mostrar su belleza, excita el furor del rey, su esposo. Asuero es un hombre violento. Mas la cólera de ningún modo es señal de fuerza y autoridad. En general denota lo inverso: la debilidad de carácter y la incapacidad de dominarse. Por experiencia sabemos cuán difÃcil es controlar nuestras reacciones cuando se presentan y a veces se acumulan las contrariedades. Pidámosle al Señor la fuerza para dominarnos.
Aquà la reina Vasti es la imagen de la cristiandad responsable, sacada de en medio de las naciones. Cristo aguardaba de su Iglesia que mostrara su hermosura al mundo, realzando asà Su propia gloria. ¡Ay! ¿cómo contestó ella a ese deseo? ¡Mediante un total desprecio de la voluntad de su Señor! Por eso viene el dÃa en que ella oirá estas terribles palabras: âTe vomitaré de mi bocaâ (Apocalipsis 3:16). Cristianos, si en su conjunto la Iglesia perdió de vista el testimonio que debÃa dar, en lo que nos concierne nunca nos olvidemos de éste. Dios aguarda de cada uno de sus hijos que presente al mundo algo de la belleza moral de Jesús.
El capÃtulo 2 nos hace salir del palacio de Asuero. Y es para enterarnos de la existencia, en Susa y en el imperio, de un pueblo sufrido, cuya humillación contrasta con la pompa de la corte, un poco como la del pobre Lázaro era subrayada por la mesa del rico (Lucas 16:19-21). Son los judÃos de la transportación. Ahà están, lejos de su patria, no teniendo más ni templo, ni sacrificios, ni rey, ni unidad nacional. No habÃan sentido el deseo de unirse a la subida a la tierra de sus padres (Esdras 1:3). De manera que parecen totalmente abandonados por Jehová, cuyo nombre âdetalle notableâ no es mencionado ni una sola vez en todo este libro.
En nuestra vida puede haber perÃodos en que âpor nuestra culpaâ perdemos el goce de Cristo. Dejamos de apreciar el valor de su sacrificio. No es el Señor sino el mundo el que predomina en nuestro corazón. ¡Triste estado! ¿Nos olvidó el Señor por eso? Por analogÃa este libro de Ester va a mostrarnos que no hay nada de eso.
Mardoqueo, un israelita de la tribu de BenjamÃn, pasa cada dÃa delante de la puerta del palacio. HabÃa recogido a su joven prima Ester, quien era huérfana, y aun después de haber sido ella escogida entre las candidatas a la sucesión de Vasti, vela sobre ella con abnegación (v. 11).
La invisible mano de Dios condujo los acontecimientos y dispuso los corazones. Sin que ni Mardoqueo ni ella misma hubieran hecho nada para lograrlo, Ester, la joven judÃa, llega a ser la reina del poderoso imperio medo-persa. Se nos presenta una joven reservada, modesta, respetuosa de la autoridad (en contraste con Vasti), y lista para el extraordinario papel que va a ser llamada a desempeñar. Esas cualidades poco corrientes contribuyeron a hacerla notar en medio de las demás candidatas al trono. No piensen, jóvenes hijas de familias cristianas, que, al imitar las maneras, la ropa y la desenvoltura de las jóvenes del mundo, ustedes preparan su porvenir y su felicidad en la tierra. ¡Muy al contrario! Toda la cuestión consiste en saber a quién desean ustedes agradar.
Bajo el ángulo profético, este relato nos enseña que Cristo, después de haber negado toda relación con la cristiandad que lo es sólo de nombre (Vasti, la esposa de entre los gentiles), elevará en su lugar a Israel (Ester) a la cabeza de las naciones. Pero, esto no tendrá lugar sin que primeramente el pueblo judÃo pase por profundas aflicciones, cuya aterradora prefiguración van a darnos los próximos capÃtulos.
Un nuevo personaje aparece en escena: Amán agagueo. El ascendiente de ese hombre seductor sobre el débil Asuero pronto lo eleva a la cumbre del poder. Pero, ¡que Amán se quite su máscara! Se trata de un miembro de la familia real de Amalec. Ante tal hombre, Mardoqueo no podrÃa inclinarse. Ya al principio del desierto, ¿no habÃa declarado Dios solemnemente: âJehová tendrá guerra con Amalec de generación en generaciónâ? (Ãxodo 17:16). Y más tarde: âAcuérdate de lo que hizo Amalec... no lo olvidesâ (Deuteronomio 25:17-19). Esto basta para impedir que el israelita fiel le dé al enemigo de Jehová la menor señal de deferencia. Los siglos que habÃan transcurrido desde esas divinas declaraciones de ningún modo habÃan disminuido su alcance. En cuanto a nosotros, no seamos más tolerantes de lo que lo eran los primeros cristianos respecto del mundo y de su prÃncipe.
A vista humana la actitud de Mardoqueo parece insensata. Y las consecuencias no sólo para él sino para todo su pueblo son propiamente terribles, sin proporción con la falta que se le reprocha. Pero Mardoqueo obedece a la Palabra sin preocuparse por las consecuencias, y es lo que siempre deberÃamos hacer.
Mientras el rey y Amán se sientan a beber, los desdichados judÃos conocen la peor de las angustias.
Proféticamente nos hallamos en el futuro perÃodo llamado âla gran tribulaciónâ que seguirá poco después del arrebatamiento de la Iglesia. Entonces, dos principales actores dominarán la escena: el Rey llamado âla Bestiaâ, jefe del imperio romano, y âel Anticristoâ, personaje maléfico, cuyo encarnizamiento contra Israel se apoyará en el poder civil del primero. En el momento en que el remanente de Israel podrá dirigirse a Jehová según el salmo 83: âHe aquà que rugen tus enemigos... Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que... no haya más memoria del nombre de Israelâ (Salmo 83:2-4). ¿Cómo explicar el odio secular del cual ese pueblo ha sido, es y será el objeto, más que nunca en el tiempo del cual hablamos? Es la consecuencia de los inauditos esfuerzos desplegados por Satanás para deshacerse de Cristo, el MesÃas, cuyo advenimiento será su propia perdición. Y comprendemos que, si detrás de Amán finalmente vemos perfilarse al gran Adversario, en cambio en Mardoqueo tenemos una notable figura del Señor Jesucristo.
¡Es hora de tinieblas y espanto para el pueblo de Mardoqueo! Una sola y pequeña esperanza subsiste: la intercesión de Ester ante su real esposo. ¡Pero el riesgo es grande! El acceso al patio del palacio está prohibido y, por otra parte, ¿cómo esperar que el orgulloso monarca se echase atrás acerca de lo que habÃa decidido? Sin embargo, el milagro se produce: Dios inclina su corazón y él acoge favorablemente a la reina.
Pero, qué contraste entre Asuero y aquel de quien la epÃstola a los Hebreos, luego de asegurarnos que es plenamente capaz de simpatizar con nuestras debilidades, agrega: âAcerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorroâ (Hebreos 4:15-16).
Como Mardoqueo lo habÃa vislumbrado (Ester 4:14), la divina providencia habÃa colocado a Ester sobre el trono para cumplir ese servicio especial. Cada joven cristiana ¿no tiene igualmente un servicio muy preciso para cumplir allà donde el Señor la ha colocado?
Al final del capÃtulo vemos que ninguno de los honores concedidos a Amán pudo apagar el implacable odio que incuba en su corazón.
En una corta parábola, el Señor Jesús presenta el reino de Dios de la siguiente manera: âAsà es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra, y duerme...â. Asà aparece en el libro de Ester, Jehová, quien no está nombrado allà ni una sola vez, parece dormir. Pero, leamos lo que sigue: â...y se levanta, de noche y de dÃa...â. Algunos versÃculos más adelante el Señor de los vientos y de las olas duerme en el fondo de la barca... sin cesar âestemos seguros de elloâ de velar sobre sus queridos discÃpulos (Marcos 4:26-27 y 38). Vemos en nuestro capÃtulo mediante qué admirable eslabonamiento todo se halla conducido por un Dios que no se muestra. El insomnio del rey, la lectura que se le hace, la pregunta que formula, el preciso momento en que Amán penetra en el patio, todo está dirigido, regulado como un minucioso mecanismo por su soberana mano. Los incrédulos consideran inverosÃmil tal cúmulo de circunstancias. Pero a nosotros, los creyentes, no nos extraña de ningún modo. Por haber hecho muchas veces la experiencia de ello, conocemos esa todopoderosa intervención que hace que todas las cosas ayuden a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28).
Los salmos 7:13-16 y 37:32-33 reciben en nuestro relato una magistral confirmación.
La acción se ha desarrollado a un ritmo rápido. Ahora llega el desenlace. Amán, designado por el dedo de la reina, se derrumba. Ãl es el adversario, el enemigo, el malvado, ¡tres nombres que lleva el diablo mismo en la Palabra de Dios! Y, sobre la marcha, a la orden del rey, se cuelga a Amán en el mismo madero que él habÃa preparado para Mardoqueo (comp. Salmo 7:14-15). Esta escena evoca para nosotros un conjunto de hechos incomparablemente más grandes. Como Mardoqueo ante el favorito del rey, Cristo, entre los hijos de los hombres, fue el único que no se inclinó ante Satanás. Conocemos su respuesta en el momento de la tentación: âAl Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirásâ (Mateo 4:9-10).
De manera que, no pudiendo hacer ceder a ese hombre perfecto, el Enemigo no descansó hasta deshacerse de él. Con esta finalidad alzó a los hombres contra Jesús, incitándolos a preparar su cruz, como Amán preparaba la horca para Mardoqueo (aunque este último no fue colgado en ella). Pero, precisamente esa cruz en la que Satanás pensaba triunfar y acabar con Cristo significó su definitiva derrota (léase Colosenses 2:15; Hebreos 2:14). Todo el esfuerzo de su odio sólo sirvió para su propia destrucción... y, al mismo tiempo, para nuestra salvación.
Ahora el curso de las cosas está invertido. Sólo Dios puede dar vuelta asà una situación. Pero la muerte de Amán está lejos de haberlo arreglado todo. El rey, atado por su propio sello, no tiene el poder de anular simplemente su funesto decreto. Lo que hace ây es todavÃa Dios quien le inclina hacia esta sabidurÃaâ es confiar a Ester y Mardoqueo el cuidado de deshacer la conspiración de Amán. Los enemigos no serán desarmados. En cambio, los judÃos van a ser autorizados y hasta alentados a defenderse y a destruirlos. El creyente tiene enemigos que procuran oprimirle. Aunque su jefe, Satanás, fue vencido por la obra de Cristo en la cruz (lo mismo que Amán fue colgado en la horca que él habÃa preparado), el poder de obrar contra los hijos de Dios todavÃa no les ha sido quitado. Pero ahora estos últimos reciben la posibilidad de combatirlos eficazmente.
Cada uno de nosotros conoce por demás a esos enemigos. Si los tratamos con miramientos, ellos no andarán con contemplaciones con nosotros. Usemos, pues, los medios de la fe para anular sus esfuerzos, inclusive reuniéndonos para la oración en común (véase v. 11). Fortalezcámonos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10).
El tiempo de quedarse humildemente a la puerta del rey pasó para Mardoqueo. Asuero, poseedor del poder supremo, le confirió gloria, majestad, honor y poder. Es una figura de la elevación del Señor Jesucristo cuando, como lo dijo un poeta: «Le veremos surgir deslumbrante de gloria, Hijo del hombre nimbado con aureola de oro» (comp. Ester 8:15). Repasemos brevemente el curso de la vida de Mardoqueo y sus semejanzas con el camino de Jesús: cuidó de la joven de Israel, asà como Cristo constantemente veló por su pueblo; fue fiel servidor del rey y, sin embargo, rehusó inclinarse ante el amalecita, asà como Jesús no reconoció el menor derecho al Tentador. Pero Cristo, a causa de esa perfección y de su amor por su pueblo, tuvo que conocer en realidad el infame madero, cuya sombra sólo pasó sobre Mardoqueo.
Después de los sufrimientos vienen las glorias. SÃ, a través del versÃculo 15 del capÃtulo 8 y de los versÃculos 3-4 del capÃtulo 9 contemplamos con adoración el triunfo de Jesús, al que acompañará la destrucción o la sumisión de todos sus enemigos (véase Salmo 66:3-4).
Los diez hijos de Amán, de quienes el padre se sentÃa tan orgulloso (Ester 5:11) perecen a su turno. âNo será nombrada para siempre la descendencia de los malignosâ (IsaÃas 14:20).
El dÃa 13 del mes de Adar, el que debÃa marcar para siempre la masacre y la desaparición de Israel, llegó a ser, al contrario, el de su triunfo y el del aniquilamiento de sus enemigos. Estos últimos hicieron la trágica experiencia de ello: no se ataca impunemente al pueblo de Dios. El que lo toca, âtoca a la niña de su ojoâ (ZacarÃas 2:8; véase Salmo 105:12-15).
¿Seremos en menor grado los objetos de su ternura, nosotros, quienes formamos parte del pueblo celestial, de la Esposa de Cristo? Israel en el cautiverio tiene, por cierto, los caracteres de una nación âtirada y despojada... un pueblo terrible... una nación medida y holladaâ (IsaÃas 18:2 V.M.). Dios, para quien ese pueblo es maravilloso porque de él nació el Salvador del mundo, pondrá en actividad sus poderosos medios para liberar a esa nación a la que el mundo hollaba.
¡Cuán rico es este libro de Ester, del cual habrÃamos podido pensar, al abordarlo, que contenÃa poca edificación! En figura, ¡qué lugar le da a Jesús humillado y exaltado! ¡Qué horizonte descubre acerca del porvenir de Israel, su descanso y su alegrÃa (Ester 9:17), ese gozo del reino que lo espera al fin de todos sus sufrimientos!
Asà de año en año deberá conmemorarse, por esa fiesta de Purim, la gran liberación de la cual fue objeto el pueblo.
La cristiandad, con sentimientos lamentablemente muy mezclados, celebra cada año el nacimiento y la muerte del Salvador. Por cierto, alegrémonos de que, de esa manera, muchos son llevados a pensar por lo menos una vez o dos por año en esos maravillosos acontecimientos. Y cada fin de año es también para nosotros una ocasión para bendecir a Dios por todas las gracias otorgadas. Pero es de desear que, no una vez por año sino cada primer dÃa de la semana y, en verdad, cada dÃa de nuestra vida, podamos acordarnos de nuestra gloriosa redención y de nuestro glorioso Redentor.
Ãste se nos presenta todavÃa una vez más en el capÃtulo 10 bajo los rasgos de Mardoqueo: âGrande... estimado por la multitud de sus hermanos... procuró el bienestar... y habló paz...â (v. 3). En todo esto contemplamos a Jesús, quien, como siervo (IsaÃas 52:13), obró sabiamente y, por consiguiente, debe ser engrandecido y exaltado, y puesto muy en alto (véase también Salmo 45:6-8 y Filipenses 2:9-11). Pero, Ãl es igualmente digno de ocupar el primer lugar en nuestros pensamientos y afectos (Colosenses 1, fin del v. 18). ¡Cada uno de nosotros debe darle ese lugar desde ahora!
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With the prayerful desire that the Lord Jesus Christ will use this God-given ministry in this form for His glory and the blessing of many in these last days before His coming. © Les Hodgett
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La diferencia entre el libro de Josué y el de Jueces es grande. El primero muestra a Israel tomando posesión victoriosa del paÃs de Canaán. El segundo, al contarnos la historia del pueblo ocupando su herencia, aparenta continuar el tema. Pero desde el principio ciertas señales indican que ya no estamos en los tiempos de Josué. Sin dejar de conducirse celosamente contra el cananeo, Judá parece contar más con su hermano Simeón que con el propio Jehová. Y luego, el rey enemigo, en lugar de ser dado a muerte, es tratado con barbarie.
La página gloriosa que termina con la desaparición de Josué se da vuelta e inicia una época de decadencia.
Es lo que le sucedió también a la Iglesia. La fuerza y, en gran medida, la bendición colectiva han desaparecido. Pero Dios no cambia. Su poder siempre está a disposición de la fe individual. Otoniel nos da un ejemplo de ello al apoderarse de Debir. La bendición también está a nuestro alcance (1 Pedro 3:9 al final). Basta pedir como lo hace Acsa (Jueces 1:15). Para nosotros, la bendición emana del EspÃritu de Dios, el cual, como esas âfuentesâ fertilizantes prometidas en Deuteronomio 8:7, refresca nuestras almas por medio de la Palabra de Dios. Pidamos a nuestro Padre esta bendición.