Hasta aquÃ, Dios habÃa cercado a su siervo Job con un vallado protector (v. 10). Una invisible barrera protege a los creyentes de los ataques de fuera y al mismo tiempo de su propia tendencia a dejar el lugar de la bendición. Por ejemplo, los hijos de padres creyentes son guardados por medio de la enseñanza recibida en casa y en las reuniones. ¡No derrumben deliberadamente ese vallado! (Eclesiastés 10:8).
Satanás ha obtenido el permiso para obrar (véase Lucas 22:31). Elige el dÃa favorable y, con un apresuramiento que recalca su odio, hiere al desdichado Job con cuatro golpes de progresiva intensidad. En un instante, nuestro patriarca, sin haber tenido el tiempo de recuperarse (Job 9:18), se ve despojado de toda su prosperidad y privado de sus diez hijos. De pie, en medio de esas ruinas, no se altera. Muestra asà que su confianza no descansaba en los bienes recibidos sino en Aquel que se los habÃa dado. El diablo  trabajó en vano. â¿Acaso teme Job a Dios de balde?â habÃa preguntado él (v. 9). Job responde mostrando que, aun cuando no tiene nada más, por gracia continúa temiendo a Dios.
Satanás habÃa afirmado: âVerás si no blasfema contra tiâ (v. 11). âSea el nombre de Jehová benditoâ exclama Job cuando se le quita todo (v. 21). Pone en práctica la exhortación particularmente difÃcil de llevar a cabo: âDad gracias en todoâ (1 Tesalonicenses 5:18).
Con el permiso de Dios, Satanás acomete nuevamente contra Job. Después de haber devastado sus bienes y destruido su familia, he aquà que la emprende con su persona. La mujer de Job no aguanta más. âMaldice a Dios, y muéreteâ le dice ella. ¡Una nueva prueba para nuestro patriarca! Su propia mujer es el instrumento del Enemigo para inducirle a âmaldecir a Diosâ (como Satanás se habÃa comprometido a ello: Job 1:11 y 2:5). Pero él permanece firme y recibe tanto el mal (es decir, el sufrimiento) como el bien de parte de Dios mismo (v. 10; véase Lamentaciones 3:38). Nosotros, que nos irritamos a menudo por tan poca cosa, ¡qué ejemplo tenemos en Job! Siempre manifestamos tendencia a detenernos en las causas exteriores de las dificultades. Pero, para Job, no son los sabeos, ni los caldeos, ni aun Satanás los responsables de sus infortunios. Ãl reconoce la mano de Dios detrás de esos agentes (solamente que aún no sabe que es una mano de amor). Y tenemos un Modelo incomparablemente más grande: el que recibÃa todas las cosas de la mano de su Padre, incluso la copa de la cólera de Dios contra el pecador, al decir: âLa copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?â (Juan 18:11).
El capÃtulo termina con una escena llena de grandeza: Job y sus tres amigos están sentados allà en un silencio de siete dÃas ante un dolor sin parangón y ante un profundo misterio.
Como olas sucesivas, siete pruebas se desencadenan sobre Job. El enemigo âcuyo odio se halla siempre excitado por el amor que Dios manifiesta hacia los suyosâ ha herido al patriarca cinco veces: en sus bienes (tres veces), en sus hijos, luego en su salud. El sexto golpe particularmente pérfido le fue dado por su propia mujer, pero el hombre de Dios permaneció inquebrantable. Viene entonces la séptima tribulación (cap. 5:19) de donde él no la esperaba. Tres venerablesamigos se han concertado para hacer a Job una visita de pésame. Y lo que los furiosos asaltos de Satanás no consiguieron, la gestión de esos consoladores lo va a lograr. A este respecto, notemos cuán difÃcil es visitar apropiadamente a una persona probada, y cuán importante es prepararse mediante la oración. Estos hombres están ahÃ, mudos, considerando en su desolación a aquel a quien habÃan conocido y honrado en su prosperidad. Darles su miseria por espectáculo es más de lo que Job puede soportar. La amargura, tanto tiempo dominada, por fin rebosa. Con palabras desgarradoras «maldice su dÃa»; quiere no haber nacido; desea la muerte. Pero en su sabidurÃa y su amor, Dios no habÃa permitido a Satanás ir hasta ese punto (cap. 2:6).
A su turno, los amigos de Job hacen uso de la palabra. Estos consoladores, ¿qué van a decir de consolador? Estos sabios, ¿con qué sabidurÃa van a instruir a su desdichado amigo y calmar su desesperanza? ¿Tendrán ellos, como más tarde el divino Médico, esa lengua de sabios que sabe âhablar palabras al cansadoâ? (IsaÃas 50:4). ¡Al contrario, como lo vamos a ver, sus discursos no harán más que exasperar poco a poco al pobre Job! ¡Y no porque sus argumentos carezcan de sabidurÃa! Hallamos en ellos grandes verdades que forman parte de la Palabra inspirada. Ciertos versÃculos hasta son citados en el Nuevo Testamento (por ejemplo Job 5:13 se halla en 1Corintios 3:19). Pero Elifaz, Bildad y Zofar harán una falsa aplicación de esas verdades en el caso de Job. Lo mismo que esos tres hombres, podemos conocer muchas verdades... y citarlas fuera de propósito. âLa palabra (dicha) a su tiempo, ¡cuán buena es!â (Proverbios 15:23).
En los versÃculos 3 y 4, Elifaz rinde un buen testimonio acerca de Job, el cual, antes de estar él mismo bajo la disciplina, habÃa levantado âlas manos caÃdas y las rodillas paralizadasâ (Hebreos 12:12). «Pues bien âle dice bastante bruscamente su amigoâ es tiempo de que tú mismo pongas en práctica lo que enseñaste a los demás» (ver Romanos 2:21).
El tema principal que los tres amigos van a desarrollar de distintas maneras en sus discursos es el siguiente: Dios es justo. No habrÃa herido a Job de esa manera si éste no lo hubiese merecido. Todas sus pruebas son un castigo, un juicio. ¡Que confiese sus pecados y será restaurado! Pero, mediante el comienzo de ese relato, sabemos que Job no habÃa incurrido en ninguna falta en especial. Dios mismo habÃa dicho a Satanás: âTú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causaâ(cap. 2:3). Era, pues, equivocado considerar su prueba como un castigo. Mas, con excepción de esta última palabra, los versÃculos 17 y 18 son un maravilloso resumen de toda su historia. Comparémoslos con Proverbios 3:11-12 citado en la epÃstola a los Hebreos 12:5-6: âNo menosprecies, hijo mio, el castigo del Señor, ni te fatigues de su corrección; porque el Señor al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiereâ.
En efecto, Dios tenÃa algo que reprender y enderezar en su siervo: era, como tendremos la oportunidad de verlo, un espÃritu de propia justicia. Dios habÃa hecho la herida, pero también iba a curarla para felicidad de Job.
¡Aquel a quien el Señor ama! ¡Qué extraordinario consuelo! La tempestad que Satanás desencadena es, finalmente, para el creyente, una prueba del amor divino.Â
Cada discurso de sus amigos da lugar a una contestación de Job. Se da perfectamente cuenta de que su excesiva aflicción le hace pronunciar âpalabras precipitadasâ (v. 3). Desconfiemos de las palabras que somos capaces de pronunciar bajo la presión de la excitación... o de la ira (Proverbios 29:20). â¿Cuál esâ¦Â mi fin para que tenga aún paciencia?â pregunta Job en el versÃculo 11 del capÃtulo 6. âLa paciencia de Jobâ, de la cual la epÃstola de Santiago da testimonio, habÃa resistido solamente hasta la sexta prueba. Y antes de que pudiese conocer âsu finâ, o más bien el maravilloso âfin del Señorâ (su meta) para con él, era precisamente necesario que esa tuviera âsu obra completaâ en él. Es la prueba de la fe la que producirá esa obra (Santiago 1:3-4 y 5:11). Como Job, estamos siempre apresurados por conocer el propósito de lo que nos ocurre. Pero Dios, en su sabidurÃa, generalmente no nos lo revela de antemano, a fin de enseñarnos la verdadera paciencia, la que no necesita comprender para someterse y contar con Ãl.
Job ha aprendido su primera lección, a saber, que no tiene socorro en sà mismo y que toda capacidad ha huido de él (v. 13). Es buena cosa haber entendido esto. Y no hace falta haber atravesado tantas pruebas como Job para estar convencido de ello. Creamos simplemente lo que la Palabra de Dios nos dice al respecto.
El infortunio de Job âquien se ve corporalmente arruinado, torturado en su alma y puesto frente a un Dios cuyo silencio le llena de espantoâ puede ayudar a los que como él pasan por el desaliento y no entienden la finalidad de su prueba. Como le ocurrió a él al final del libro, sólo conocerán el sentido de la prueba mediante un acto de fe. Job dirige el final de su discurso, ya no a Elifaz, sino a Jehová. Esboza un cuadro de la lastimosa condición del hombre en la tierra. Trabajo, suspiros, decepción, miseria, agitación, amargura, angustia, disgusto, vanidad, son las expresiones que él emplea y que resumen demasiado bien la experiencia humana. Pero la palabra clave todavÃa no habÃa sido pronunciada, la que es, se lo reconozca o no, la primera causa de las desgracias del hombre. Finalmente Job exclama: âHe pecadoâ (v. 20). Pero agrega: â¿Qué puedo hacerte?â, como si el pecado no fuese más que esto: una fuente de miseria para el hombre, en tanto que es primeramente y sobre todo una ofensa hecha a Dios.Â
De una manera general, Dios se esfuerza por producir, en alguien a quien  prueba, toda esa ilación de pensamiento: comprobación de su infortunado estado, convicción de pecado y confesión a Dios.
El salmo 8 da la gloriosa respuesta a la desesperada pregunta de los versÃculos 17 y 18, pues presenta a Cristo, el Hijo del Hombre, el último Adán (1 Corintios 15:22 y 45).
Escuchemos lo que Bildad tiene que decir ahora. Como todavÃa no se atreve a afirmar abiertamente que el infortunio de Job resulta de sus propios pecados, empieza por hablar de sus hijos. Para él, la cuestión es simple: la muerte de los hijos de Job ha sido consecuencia de su transgresión (v. 4). Han pecado y Dios los ha castigado. Cuán crueles son estas palabras para el pobre Job, quien otrora âse levantaba de mañana y ofrecÃa holocaustos conforme al número de todos ellosâ (Job 1:5). Es como si su amigo le hubiese dicho: «Tus oraciones han sido inútiles; Dios no te ha escuchado y no ha querido salvar a tus hijos».
Los tres amigos conocen a Dios sólo como un justo Juez. Por cierto, la justicia del Todopoderoso (v. 3) es un lado de la verdad. Hasta es tan perfecta que, cuando su propio Hijo cargó con nuestros pecados, Dios se vio obligado a castigarle en su ira. Pero la cruz, donde ha sido dada esa suprema prueba de su justicia nos trae al mismo tiempo la más maravillosa prueba de su amor. Si a las almas se les habla sólo de justicia y no de amor, se las impele al desaliento o a la propia justificación. Es el doble efecto que los razonamientos de sus amigos producirán en Job.
Bildad ha subrayado la inflexible justicia de Dios. Job no puede sino estar de acuerdo con él. Pero entonces suscita la gran pregunta: â¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?â (v. 2). ¡Ella ha atormentado a muchos sabios y pensadores desde los orÃgenes del mundo! La respuesta no se halla en los razonamientos y las filosofÃas de los hombres, ni aun en las poderosas obras del Creador, de las cuales Job da aquà algunos ejemplos. ¡Sólo en la Palabra de Dios la hallamos! Después de haber establecido que âno hay justo, ni aun unoâ, ella anuncia la maravillosa nueva: somos âjustificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús...â. Y al mismo tiempo: âEl hombre es justificado por la fe...â (Romanos 3:10, 24 y 28; véase también Tito 3:7; 1 Corintios 6:11; Gálatas 3:24).
A partir del versÃculo 15, Job expresa su total impotencia. Entre Dios y él, la lucha es desigual. Ãl se considera quebrantado por un juez despiadado que aumenta sus heridas âsin causaâ (v. 15-17). ¡Tristes pensamientos para un creyente!
Nosotros poseemos un tierno Padre en Jesús. ¡Ojalá ninguna circunstancia nos lo haga olvidar!
En el versÃculo 6 del capÃtulo 7, Job habÃa comparado sus dÃas a la lanzadera del tejedor, la que pasa y vuelve a pasar a través de los hilos conductores de su existencia. Aquà emplea la imagen de un correo, luego la de barcas ligeras llevadas por la corriente rápida y por fin la de un águila que cae sobre su presa (véase también Santiago 4:14 y Salmo 39:5). Aunque los jóvenes apenas se den cuenta de ello, el testimonio de todos los ancianos es unánime: en realidad, la vida pasa velozmente. Además, no tenemos más que una para vivir.
No, no es posible retener esos dÃas que se escapan para siempre. En cambio, la manera en que los llenemos puede darles un valor eterno. Empleado para el mundo, el tiempo se malgasta en vanidades engañosas. Pero si son utilizados para el Señor, los cortos momentos durante los cuales estamos en la tierra pueden llevar un fruto que permanece. Jesús dijo: âYo os elegà a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezcaâ (Juan 15:16).
Finalmente, unas palabras para aquellos de nuestros lectores que todavÃa no pertenecerÃan al Señor: esta rápida huida de los dÃas incita a muchas personas a gozar de la vida. «De la hora fugitiva, apresurémonos a gozar; para el hombre no hay puerto, el tiempo no tiene orilla...» ha dicho un poeta. ¡Mentira! Hay una orilla (Marcos 4:35 V.M.), existe un puerto (Salmo 107:30). ¡No tarde usted en refugiarse en él!
â¿Te parece bien que oprimas?â. Tal es la pregunta que, en su amargura, Job quisiera hacerle a Dios (v. 3). La Palabra le responde con un versÃculo que no debemos olvidar en nuestras pruebas: â(Dios) no aflige de su agrado ni contrista a los hijos de los hombresâ (Lamentaciones 3:33 V.M.). Con mayor motivo cuando se trata de Sus hijos.
Como Job lo hace en los versÃculos 8 a 12, David se maravilla en el salmo 139 (v. 14-16) de la manera como fue creado. Y la conclusión es la misma: Ãl que asà me ha formado y tejido âcon huesos y nerviosâ me conoce hasta el fondo del alma. ¿Cómo serÃa posible esconderle lo que sea? La luz de Dios, sus ojos que escudriñan el pecado, esto es lo que disgusta a Job (Job 10:6 y 13:9) y le hace desear las tinieblas de âsombra de muerteâ (v. 22). Se siente ante Dios como una presa cazada por un león (v. 16). De igual manera el autor del salmo 139 primeramente busca en vano resguardarse de las miradas de Dios. Pero al final, por el contrario, llega a desear ser sondeado y conocido por Ãl.¡Qué progreso cuando hemos llegado a esto! ¿No tememos a veces la divina luz?
âTu cuidado guardó mi espÃrituâ, reconoce Job (v. 12). Si hubieran faltado esos cuidados, ¿quién sabe hasta dónde se hubiese hundido? ¿Quizás hasta maldecir a Dios o quitarse la vida? (cap. 2:9). ¡Ojalá sepamos hasta qué punto nuestro espÃritu âtan pronto excitado como abatidoâ necesita ser guardado por el Señor!
A su turno, Zofar toma la palabra. ¡Extraño consolador, a la verdad! Más severo todavÃa que sus dos compañeros, empieza por acusar a Job de ser hablador (v. 2), mentiroso y escarnecedor (v. 3). Luego le habla de su iniquidad (v. 6). Y desde el versÃculo 13 presenta un cuadro de lo que, a su juicio, se debe para ser bendecido por Dios: «¡Si haces esto... si haces aquello...!». Esta disposición de espÃritu se llama legalismo. Ya Elifaz habÃa exhortado a Job a poner su confianza, no en Dios, sino en su propio temor de Dios y âen la integridad de sus caminosâ (cap. 4:6). Y precisamente, Job estaba ya demasiado dispuesto a apoyarse en su piedad y en sus buenas obras âdicho de otro modo, en sà mismoâ más bien queen Dios. Es lo que hacen muchos inconversos a quienes se da el nombre de «propios justos». Pero los creyentes (y Job era uno de ellos) igualmente pueden estar imbuidos de este espÃritu legal y ser conducidos a pensar bien de sà mismos al compararse con otros y en consecuencia subestimar la inmensidad de la gracia de Dios. Los versÃculos 7 a 9 precisamente formulan preguntas respecto a lo infinito de Dios en todas sus dimensiones: altura, profundidad, longitud, anchura. ¿Qué mortal puede apreciarlas? Efesios 3:18-19 trae la respuesta: por medio del EspÃritu todos los santos pueden ser hechos âcapaces de comprender... cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimientoâ.
Los lugares comunes que Zofar acaba de enunciar, como si Job fuese inferior a él en conocimiento, no hacen más que humillar y vejar a éste. No solamente el pobre Job no ha sido el objeto de la misericordia que tenÃa derecho a esperar de sus amigos (cap. 6:14), sino que declara que ha llegado a ser objeto de su burla. Y agrega: âEl justo y perfecto es escarnecidoâ (Job 12:4; véase también cap. 17:2; 21:3; 30:1 y Salmo 35:15).
¡El Justo y Perfecto! No pensamos más en Job sino en Cristo y a los que, escarneciéndole, pasaban delante de su cruz meneando la cabeza y decÃan: âConfió en Dios; lÃbrele ahora si le quiereâ (Mateo 27:43). Dicho de otro modo: «Si Dios no le libera es, pues, la prueba de que no se complacÃa en Ãl y que, al contrario, mereció Su ira». (En el fondo, asà es cómo los amigos de Job razonan respecto de él). âNosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatidoâ dirá el pueblo judÃo arrepentido cuando vuelva a Jesús su Salvador (IsaÃas 53:4). SÃ, precisamente porque era el perfecto, Cristo conoció y sintió más que nadie la amargura de las acusaciones. Pero su confianza en su Dios y su entera sumisión no fueron quebrantadas (Salmo 56:5-6 y 11).
¡Qué contraste con Job, quien no pudo soportar ni la burla, ni las falsas acusaciones y quien durante tres capÃtulos (del 12 al 14) va a hacerse el abogado de su âcausaâ! (cap. 13:18).
Muchas personas se hacen de Dios la misma imagen que Job: un Ser todopoderoso que obra «arbitrariamente» (dicho de otro modo: como le place) sin rendir cuentas a nadie y cuyos caminos son incomprensibles. El hombre está enteramente a su merced, cual una hoja arrebatada por el viento (cap. 13:25) y todo lo que puede hacer es buscar resguardarse de sus golpes lo mejor que pueda. Este «fatalismo» vuelve a encontrarse en la mayorÃa de las religiones orientales. Es muy cierto que Dios es todopoderoso y que obra de manera soberana. Es igualmente cierto que el hombre es débil y dependiente, que âsale como una flor y es cortadoâ (Job 14:2); que âtoda la gloria del hombre es como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se caeâ (1 Pedro 1:24). Pero no es cierto que Dios se burle del hombre al dominarlo a su gusto (Job 14:20). Al contrario, tiene cuidado de su criatura y no quiebra âla caña cascadaâ (IsaÃas 42:3; Mateo 12:20).
â¿Quién hará limpio a lo inmundo?â pregunta Job (Job 14:4). Más lejos exclama: âTienes sellada en saco mi prevaricación...â (v. 17). No tiene conciencia de la plenitud de la gracia, como ocurre siempre que uno está preocupado por su propia justicia. Cada uno de nosotros ¿conoce a Aquel que purifica perfectamente al pecador manchado y que echó en lo profundo del mar el pesado «saco» que contiene todos sus pecados? (Miqueas 7:19).
Se abre un nuevo debate. Cada interlocutor volverá a tomar la palabra en el mismo orden que la primera vez. Golpe tras golpe, los tres compañeros hundirán su acusación en la conciencia de Job como se hace penetrar un clavo: «Eres un hipócrita, un hombre astuto. Si no fueses culpable, no te defenderÃas con tantas palabras» (v. 5-6). «El que se excusa, se acusa», dice el proverbio.
Los tres amigos de Job son moralistas, cada uno con su teorÃa y su método. Elifaz se apoya en la experiencia humana: en lo que sabe (v. 9) y en lo que ha visto (v. 17). Bildad, en cambio, se refiere gustoso a las antiguas tradiciones (por ejemplo: cap. 8:8). En cuanto a Zofar, hemos notado que sus argumentos se inspiran en el más puro legalismo. Pero ninguno de los tres se funda en lo que Dios ha dicho. Ya que tienen solamente esas bases inciertas, no nos extrañemos si yerran âignorando las Escriturasâ... (Mateo 22:29). La Palabra de Dios es la única fuente en la cual podemos confiar para nosotros mismos y para ayudar a los que están colocados en nuestro camino. Un joven, hasta un niño que la conoce, tiene más inteligencia que un anciano con canas (Job 15:10) que se apoya solamente en su propia experiencia (Salmo 119:99-100).
âToda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justiciaâ (2 Timoteo 3:16).
âConsoladores molestos sois todos vosotrosâ, responde Job a sus amigos (v. 2). «Asà es como yo obrarÃa si estuvieseis en mi lugar y yo en el vuestro»; âyo os alentarÃa con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguarÃa vuestro dolorâ (v. 5).
Para simpatizar realmente con alguien, es necesario entrar en su prueba como si la soportáramos nosotros mismos (Hebreos 13:3). Jesús no sanaba a un enfermo sin haber sentido primeramente todo el peso de su padecimiento. âÃl mismotomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolenciasâ (Mateo 8:17). Por eso, merece ese nombre de âamigoâ (Mateo 11:19), que les queda tan mal a los tres visitantes de Job.
En el versÃculo 9, Job se ve en la mano de Dios, quien le hirió en Su furor. En el versÃculo 10, expresa lo que soporta de parte de los hombres. La prueba de Job ha sido múltiple. Pero ¿qué es ella al lado de lo que Cristo padeció, Ãl, quien ânunca hizo maldadâ? (IsaÃas 53:9; compárese con Job 16:17). De parte de los hombres, animados por Satanás, luego de parte de Dios, durante las tres sombrÃas horas de la cruz, Cristo sufrió indecibles padecimientos. Ahora su sangre derramadasalva a los creyentes y acusa al mundo. En los cielos, Ãl mismo es por nosotros el âTestigoâ de nuestra justificación (v. 19). También es cerca de Dios el âÃrbitroâ (cap. 9:33) o el Mediador del cual Job sentÃa la necesidad (v. 21).
Job, en su dolor, no ve otra salida que la muerte y la llama en su auxilio. Esto habrÃa tenido que probarles a sus amigos que él no tenÃa mala conciencia. Si hubiese sido el culpable al que acusaban, ¿no habrÃa temido, en efecto, comparecer ante Dios?
Sus palabras son cada vez más desgarradoras: âHe venido a ser como a quien le escupen en la caraâ (v. 6 â V.M.). Esta expresión del más infamante desprecio forma parte de los ultrajes que han sido infligidos a nuestro Salvador (IsaÃas 50:6; Marcos 14:65 y 15:19). ¡El hombre ha mostrado toda la bajeza de la cual era capaz al insultar tan cobardemente a Aquel que estaba indefenso y en la más profunda humillación voluntaria!
âLos rectos se maravillarán de estoâ prosigue Job en el versÃculo 8. ¡Efectivamente, qué cosa incomprensible es ver al âjusto desamparadoâ! (Salmo 37:25). Semejante espectáculo hacÃa correr el riesgo de desmoronar la fe de muchos en la justicia de Dios (comp. Salmo 69:6).
âFueron arrancados mis pensamientos, los designios de mi corazónâ exclama Job (v. 11). En efecto, suele ocurrir que Dios se atraviese en nuestro camino para conducirnos a escudriñar nuestros corazones y a descubrir en ellos proyectos que nos satisfacÃan pero que no tenÃan su aprobación (Proverbios 16:9 y 19:21). Bien se dice que, cuando él cierra una puerta delante de nosotros, es porque sabe que no hay nada bueno para nosotros detrás de ella.
Al abrumar a su amigo, Elifaz, Bildad y Zofar trabajan, sin darse cuenta, en el quebrantamiento de su fe.Â
Acusar a alguien es hacer la acostumbrada obra de Satanás. No solamente éste ataca al creyente delante de Dios, como lo hemos visto en los capÃtulos 1 y 2, sino que todavÃa le acusa en su fuero interno al inspirarle dudas: «¿Ves que no tienes la verdadera clase de fe? ¡No eres salvo! ¡Ya ves que Dios te abandona! Si fueses un hijo de Dios, no te conducirÃas asû.
A las primeras dudas sembradas se agregan otras, porque el Enemigo las aprovecha para luego soplar al oÃdo: «Tus dudas prueban que no tienes fe; un creyente no puede dudar».
Rechacemos con energÃa esos âdardos de fuego del malignoâ. ¿Por qué medio? Sirviéndonos del âescudo de la feâ, dicho de otro modo, con la simple confianza en Dios y en las promesas de su Palabra (Efesios 6:16).
Bildad evoca al ârey de los espantosâ (v. 14). Es la muerte, permanente amenaza hacia la cual todo ser humano es obligado a ir sin saber cuándo la encontrará. Pero para el creyente no es más un objeto de espanto. Mediante la misma muerte, Jesús volvió impotente a Satanás, quien tenÃa el poder de la muerte (Hebreos 2:14).
âPara mÃ... el morir es gananciaâ escribÃa el apóstol Pablo en su epÃstola a los Filipenses (1:21).
â¿Cuándo?â habÃa preguntado Bildad (cap. 18:2). â¿Hasta cuándo?â replica Job, cuyo tono se enardece. En efecto, no hay motivo para que termine ese diálogo de sordos en el cual cada uno prosigue con su idea. «Job cree que Dios está en contra de él sin razón; sus amigos, en cambio, piensan que Dios está en contra de él con razón. A la verdad todos se equivocan. Dios está a favor de Job» (A.G.).
Luego, la queja del afligido se vuelve desgarradora (véase Lamentaciones 3:1). Nosotros, quienes en gran parte estamos rodeados del afecto y de la comprensión de los nuestros ây ¡qué decir de la del Amigo supremo!â pensemos de qué manera Job debió de sentirse en semejante trance de dolor sin poder abrir su corazón a nadie (Salmo 69:20). Los versÃculos 13 a 19 nos dan un patético eco de ese sentimiento de total soledad, tanto más grande cuanto Job piensa que Dios está contra él: âHizo arder contra mà su furorâ declara él (v. 11). ¡No, Job! La cólera de Dios que tú y yo habÃamos merecido castigó a Otro en nuestro lugar. Los que pertenecen a Jesús nunca la conocerán.
Teniendo delante de Ãl el desemparo de Dios, Cristo no pudo confiar su dolor a nadie. Fue incomprendido por todos y abandonado por los suyos (Marcos 14:37 y 50). En medio de un sufrimiento que nunca fue igualado, nunca nadie se halló tan solo como Ãl.
La vehemencia del pobre Job contrasta con las frÃas sentencias de sus tres compañeros. Ãstos no podÃan ofrecerle ningún socorro en su dolor, pero descubrimos que Job poseÃa un punto de apoyo inquebrantable: su fe en un Redentor vivo. Los notables versÃculos 25 a 27 nos lo enseñan: Job, como los patriarcas, habÃa recibido una revelación divina respecto de la resurrección: âEn mi carne he de ver a Diosâ (comp. Salmo 17:15).
¡Cuánto más sabemos que ellos, según la plena luz del Nuevo Testamento! (en particular en 1 Corintios 15). A pesar de esto, muchos hijos de Dios no van más allá de la cruz en la que contemplan a un Salvador muerto por sus pecados. Por cierto, es una verdad inestimable, pero ¿saben ustedes, mis queridos amigos, que su Redentor vive ahora? (v. 25; Apocalipsis 1:18). âCristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotrosâ (Romanos 8:34).
A esas notables palabras de fe que el EspÃritu de Dios ha dictado a Job, Zofar responde con su propia inteligencia (Job 20:2). Volviendo a tomar el tema de Elifaz y de Bildad (cap. 15:20-35 y 18:5-21), se extiende largamente sobre la muerte que aguarda a los malos, atacando asà indirectamente y sin compasión a su amigo (ver Proverbios 12:18).
Job se halla ante un impenetrable misterio: ¿Por qué Dios,  quien es justo, hiere precisamente a aquel que buscaba complacerle? (¿Y no es ésta la insondable pregunta que Jesús hizo sobre la cruz: âDios mÃo, Dios mÃo, ¿por qué me has desamparado?â (Salmo 22:1)? ¿Por qué, por otra parte, contrariamente a lo que han afirmado Elifaz, Bildad y Zofar, los impÃos prosperan a su gusto sobre la tierra? Insultan a Dios, diciéndole: âApártate de nosotros, porque no queremos el conocimiento de tus caminosâ (Job 21:14) y, pese a ello, por el momento permanecen impunes (v. 7-15; MalaquÃas 3:18). El silencio de Dios y su aparente indiferencia ante las provocaciones de los hombres son un enigma para muchos creyentes (Salmo 50:21). El mismo problema atormenta al piadoso Asaf en el salmo 73: ¿De qué sirve limpiar mi corazón si pese a esto mi castigo debe volver âtodas las mañanasâ? La porción de los malos es más hermosa que la mÃa.
Aun hoy, muchos incrédulos gozan sin freno de la presente vida en tanto que los hijos de Dios tienen a veces muchas pruebas. Pero leemos en el versÃculo 17 de ese salmo: ¡â...comprendà el fin de ellosâ! ¡Ah! no le tengamos envidia al mundo. Dios no dice su última palabra de este lado de la tumba. Total contraste entre ese terrible fin que aguarda a los inconversos y el glorioso porvenir que el Señor reserva a sus amados redimidos (Juan 14:3 y 17:24; Romanos 8:17-18).
Empieza una tercera serie de discursos. Hasta aquà los amigos de Job habÃan hablado del impÃo de una manera general: él hace esto, merece aquello (véase cap. 15:20...). Ahora Elifaz descubre el fondo de su pensamiento mediante acusaciones directas: âTu malicia... tus maldadesâ (v. 5). Este hombre y sus dos compañeros, cuán lejos se hallan de las enseñanzas del Señor, quien ordena que cada uno se juzgue a sà mismo antes de quitar la paja del ojo de su hermano (Mateo 7:1-5). Y también, cuán lejos están de su ejemplo: Ãl, que se rebajaba hasta lavar los pies de sus discÃpulos (Juan 13:14-15).
Al comparar el versÃculo 3 con lo que Jehová dijo a Satanás (Job 1:8 y 2:3), vemos qué mal conoce Elifaz a Dios. Al contrario, nada le agrada más que un hombre que practica la justicia (Hechos 10:35).
No obstante, por medio de esas palabras de Elifaz, el EspÃritu de Dios se dirige a nosotros. Y si alguno de nuestros lectores aún no estuviese en paz con Dios, le decimos con el versÃculo 21: âTraba amistad con él, te lo ruego, y está en paz con élâ (V.M.); y con el apóstol âos rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Diosâ (2 Corintios 5:20). En cuanto al siguiente versÃculo ¿no se dirige a todos nosotros, quienes todavÃa tenemos muchos progresos que hacer? âToma ahora la ley de su boca, y pon sus palabras en tu corazónâ (Job 22:22).
Job ya está llegando a su octavo discurso y la zanja se ahonda cada vez más entre él y sus compañeros. Estos últimos, como muchas personas hoy en dÃa, ven en Dios un soberano Creador demasiado encumbrado para condescender a ocuparse en los detalles de nuestras circunstancias y para tener en cuenta nuestros sentimientos (véase cap. 22:2-3 y 12). Job tiene más conocimientos. Sabe que Dios se interesa por él âaun más de lo que querrÃa (cap. 7:19)â mas cree que es inaccesible. â¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!â exclama él (Job 23:3). Querido amigo, ¿sabe usted dónde hallar a ese Dios que es un Dios cercano? Cercano porque se acercó a usted en la persona de Jesús. De modo que, a su turno, usted puede acercarse libremente a Ãl por medio de la oración y llegar hasta donde Cristo está sentado, a la diestra de Dios (Hebreos 4:16).
El versÃculo 10 recuerda la finalidad de la prueba: âSaldré como oroâ, afirma Job. Aunque le falte todavÃa el sentimiento de la gracia que obra para su bien, nuestro patriarca está de acuerdo con el apóstol Pedro. Vosotros âescribe ésteâ por un poco de tiempo, si es necesario, sois afligidos âpara que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro⦠sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristoâ (1 Pedro 1:6-7).
Bildad significa «hijo de contención». ¡Es un nombre que él merece, en efecto! Pero ¿qué recomienda la Palabra?: âEl siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponenâ (2 Timoteo 2:24-25).
Ninguno de los tres amigos ha manifestado estos caracteres. SabÃan formular preguntas, pero eran incapaces de responderlas; podÃan herir, pero no curar; derribar, pero no edificar. Después de un breve discurso de Bildad, callan definitivamente. Ni aun participó Zofar en ese tercer debate. Las más severas palabras no han conseguido producir en Job una verdadera convicción de pecado. Cuanto más ha sido acusado, tanto más ha sentido la necesidad de justificarse. Esa convicción de pecado, sólo el EspÃritu de Dios puede obrarla en una conciencia. ¿La produjo en la del lector?
El corazón de Job tampoco ha sido tocado por una verdadera palabra de consuelo. Y pensamos en esta exclamación del más grande de los afligidos: âEsperé quien se compadeciese de mÃ, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno halléâ (Salmo 69:20).
Lejos de apaciguar al pobre Job y de ayudarle mediante un sabio consejo (cap. 26:2-3), las palabras de sus amigos lo han excitado en extremo. Y ahora se lanza a un largo y desolador monólogo.
Job va a necesitar no menos de seis capÃtulos para establecer su propia justicia. ¡Es demasiado y no es bastante! Aunque hubiese cien de ellos, no bastarÃan, porque nada de lo que viene del hombre puede pesar lo suficiente en la balanza de la justicia divina. Pero, por otra parte, esa justificación es cosa hecha, enteramente fuera de sus propios esfuerzos.
Notemos que el hecho de justificarse a sà mismo, para Job viene a ser implÃcitamente acusar de injusticia a ese Dios que le hiere sin razón (comp. cap. 40:3). Además, él se permite abiertamente hacer reproches al Omnipotente que le ha quitado su derecho y le atormenta sin motivo (Job 27:2).
Hay orgullo en esa actitud. âMi justicia tengo asida... âdice Jobâ no me reprochará mi corazón en todos mis dÃasâ (v. 6). Pero, ¿qué responde la Palabra? âSi decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotrosâ (1 Juan 1:8). Además, si nuestro propio corazón no nos reprocha nada, esto no prueba que estemos sin pecado. Dios es infinitamente más sensible al mal de lo que lo es nuestra conciencia (véase 1 Corintios 4:4). En la penumbra, nuestros vestidos pueden parecernos limpios, en tanto que a pleno sol (el de la luz de Dios) la menor mancha aparecerá (Proverbios 4:18).
Job ya ha comprendido algo importante: de esta prueba que Dios le hace atravesar, su fe saldrá como el oro deslumbrante sale del crisol del afinador (ver cap. 23:10). Pero lo que ignora es cuántas escorias deben serle primeramente quitadas: âCiertamente... el oro (tiene) lugar donde se refinaâ (Job 28:1; ver también ZacarÃas 13:9 y MalaquÃas 3:3). Y ese lugar ¡es el crisol de la prueba! El Señor, como un sabio orfebre, conoce la intensidad y la duración de ese fuego necesario para purificar su plata y su oro, es decir, sus redimidos. El divino «Joyero» sabe cuántos dolorosos cincelazos deberá dar antes de que resplandezcan con todo su brillo sus ónices y sus zafiros, sus rubÃes y sus topacios.
El hombre es capaz de realizar trabajos considerables: represas, túneles, autopistas, etc... Extrae del suelo toda clase de productos (Job 28:9-11). Pero hay una cosa que no se preocupa mucho en buscar: la sabidurÃa. Sin embargo, ella tiene más valor que âlas perlasâ (v. 18) o âlas piedras preciosasâ declara el libro de los Proverbios, el que tanto nos habla de esa divina sabidurÃa (Proverbios 3:15 y 8:11). Compárese también la importante definición del versÃculo 28 con Proverbios 9:10 y el salmo 111:10.
Al comienzo del libro, Dios brevemente habÃa hablado del primer estado de Job. Estos versÃculos completan el cuadro. Pero esta vez es Job mismo quien se esfuerza en retocarlo. Todo lo que dice de sus obras ciertamente es exacto. De modo que las acusaciones de Zofar (cap. 20:19) y de Elifaz (cap. 22:6-7 y 9) eran meras calumnias (comp. con Job 29:12-13).
¿Quién podrÃa aún hoy someter tantos tÃtulos a la aprobación de Dios y la consideración de los hombres? Empero, la complacencia con la cual Job describe su anterior condición muestra que ponÃa en ello su corazón y se gloriaba. Aún no habÃa aprendido, como el apóstol, a contentarse en las circunstancias en las cuales se hallaba; soportaba mucho menos vivir humildemente y tener escasez que tener abundancia (Filipenses 4:11-12). Además, se han podido notar los «yo», «me», «mi» que se suceden en estos versÃculos. Son pequeñas palabras, pero... cómo traicionan la alta opinión que Job conserva de su propia persona. Hasta ahà habÃa ocultado en su corazón, bajo una aparente modestia, ese sentimiento que ahora estalla a la luz del sol. Va permitir que Dios libere a Job de él... pero sólo cuando éste lo haya confesado.
¡Qué contraste entre este capÃtulo y el precedente! Hoy colmado de honores, gozando de una halagadora popularidad, y de la noche a la mañana Job se halla menospreciado y pisoteado. El mundo es hipócrita y traicionero. Los creyentes que, por un momento, han creÃdo poder otorgarle su confianza, tarde o temprano han hecho ese penoso descubrimiento. El corazón humano encuentra placer en la desdicha de los demás. ¿No se ha regocijado con malicia a causa de la humillación de Jesús? (Compárese el versÃculo 9: âY ahora yo soy objeto de su burla, y les sirvo de refránâ con el versÃculo 12 del salmo 69: âMe zaherÃan en sus canciones los bebedoresâ).
AsÃ, pues, las bendiciones terrestres de Job habÃan podido marchitarse. En cambio, las del creyente consisten en âtoda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristoâ (Efesios 1:3). Ni Satanás, ni el mundo, ni la misma muerte podrán jamás quitárselas... Job estimaba que su piedad le daba derecho a la prosperidad y ahora llega hasta quejarse de Dios. ¿Estamos seguros de que esto nunca nos ocurre? ¡Y todavÃa con mucho menos razón aparente!
âClamo a ti, y no me oyesâ (v. 20). Ãstas son las palabras del salmo 22:2. Pero ¡qué diferencia entre la amargura de Job âquien imputa a Dios sentimientos de animosidad y crueldad (Job 30:21)â y la perfecta sumisión del Señor Jesús, quien en ningún momento pierde su confianza en su Dios!Â
En el capÃtulo 29, Job se extendió largamente acerca del bien que hacÃa; aquà expone con igual detalle el mal que no hacÃa: inmoralidad (v. 1-12), injusticia (v. 13-15), egoÃsmo (v. 15-23), idolatrÃa (v. 24-28). Uno puede gloriarse de una manera u otra y olvidar que sólo Dios nos incita a obrar bien, asà como sólo él nos preserva de obrar mal.
Si alguien tenÃa derecho a apoyarse en sus obras, ése era, por cierto, el patriarca Job. El apóstol Pablo escribe la misma cosa respecto de sà mismo en la epÃstola a los Filipenses (cap. 3:4): âPero cuantas cosas eran para mà ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristoâ (v. 7). Sus ventajas naturales de buen israelita, su pasada justicia de concienzudo fariseo, todo era considerado por él... como âbasuraâ. De modo que Dios no necesita quitarle nada como tuvo que hacerlo con Job; Pablo, por gracia, ya habÃa puesto a un lado todo lo que no era de Cristo.Â
¡Que cada uno de nosotros examine bien su corazón y pida a Dios que quite todos los puntos de apoyo secretos que podrÃa conservar en él, fuera de la fe de Jesús! En particular los versÃculos 30, 32, 34 y 37 dejan sobrentender todas las buenas cosas que Job piensa de sà mismo y de sus pasadas obras.
Finalmente, al terminar esta exposición de todos sus méritos, Job pone solemnemente su firma y desafÃa a Dios a que le responda: â¡Oh si tuviese quién me oyera (he aquà mi firma; que me responda el Todopoderoso) ... !â (v. 35 V.M. ).
Elifaz, Bildad y Zofar agotaron sus argumentos. ¡A su vez Job ha callado! Entonces entra en escena un nuevo personaje: Eliú, cuyo nombre significa «Dios mismo». Además de ejemplo de la acción del EspÃritu de Dios (1 Pedro 4:11), veremos que él es también como una revelación misteriosa del Señor Jesús.
La insuficiencia del hombre quedó ampliamente demostrada. En Job se manifestó la incapacidad de soportar la prueba; en sus amigos, la vanidad de los consuelos humanos. Ahora que «la sabidurÃa terrestre» ha fallado, âla sabidurÃa que es de lo altoâ va a hablar por boca de Eliú (Santiago 3:14-17). Y, ante ese hombre más joven que ellos, los cuatro ancianos van a quedar confundidos.
Eliú tiene el sentido de las conveniencias. Con paciencia ha aguardado el fin de los precedentes discursos. Los jóvenes especialmente deben saber escuchar. Es, en primer lugar, una señal de sabidurÃa (Santiago 1:19). El conocimiento y la experiencia de sus mayores es, generalmente, más grande que la de ellos. ¡Además es simple cortesÃa!Â
No obstante, estas consideraciones no impiden que una santa ira se apodere de Eliú. La gloria de Dios ha sido cuestionada por Job y sus compañeros y el fiel hombre de Dios no puede tratarlos con miramientos. No tiene el derecho de lisonjear ni de hacer âacepción de personasâ, dos peligros de los cuales no siempre escapamos (v. 21).
Dos veces ya, Job habÃa reclamado la intervención de un árbitro (o mediador)... (cap. 9:33 y 16:21), ¡deseo que se cumple! Eliú va a ser para él el intérprete de los pensamientos de Dios. Este papel âJob lo habÃa comprendidoâ sólo podÃa ser cumplido por un hombre como él (cap. 9:32). âHeme aquà a mà en lugar de Dios, conforme a tu dicho; de barro fui yo también formadoâ (Job 33:6), responde Eliú. La Palabra nos enseña que hay âun solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre...â (1 Timoteo 2:5). ¡Profundo misterio de la humanidad del Señor, sin la cual tampoco habrÃa podido hacerse el intérprete del hombre ante Dios!
âEn una o en dos maneras habla Dios...â (v. 14). Después de haber hablado por medio de los profetas, Dios habló por el Hijo. ¡Qué atención hubiera tenido que prestar el mundo a semejante lenguaje! (Hebreos 1:1-2 y 2:1). No obstante, nuestro versÃculo 14 prosigue asÃ: â...pero el hombre no entiendeâ (o considera). SÃ, ¡tan grande es la indiferencia y la dureza del corazón del ser humano! Por eso la misma epÃstola advierte solemnemente: âMirad que no desechéis... al que amonesta desde los cielosâ (Hebreos 12:25). Por medio de una breve sentencia, Eliú pone a un lado todos los razonamientos: âMayor es Dios que el hombreâ (Job 33:12). Y no tiene que dar cuentas a este último (v. 13).
Los versÃculos 23 y 24 dirigen una vez más nuestras miradas hacia Jesús, el Intérprete por excelencia, el Mensajero del amor divino. Vino para mostrar al hombre pecador el camino de la rectitud (o de su deber) o, dicho de otro modo, para llevarle a reconocer su estado y a juzgarse a la divina luz. La vida de Cristo aquà abajo tiene además este propósito: manifestar por contraste el verdadero estado del hombre. Para que Dios le perdone, un rescate era necesario. ¡Y ha sido hallado! Es la muerte de Cristo. Por medio de ella, somos liberados del hoyo de la destrucción. ¿Es todo? No; los versÃculos 25 y 26 sugieren la nueva vida, la comunión, el gozo y la justicia que son nuestra parte. Dios ânos hizo aceptosâ (Efesios 1:6); todo esto como consecuencia de la resurrección de Cristo nuestro Mediador, y de su actual presencia en la gloria. Finalmente, en los versÃculos 27 y 28 hallamos el testimonio que somos llamados a rendir ante los hombres respecto de lo que Dios ha hecho por nosotros.¡No lo olvidemos!
En el capÃtulo 34, Eliú está obligado a hablar de una manera severa. Al justificarse, Job habÃa acusado a Dios de injusticia (cap. 32:2). ¡Era más grave de lo que él pensaba! En esto se habÃa asociado con los incrédulos y los malos, y debÃa ser reprendido duramente (Romanos 9:14).
Es imposible que un hombre se forme un juicio sobre Dios mediante sus propios razonamientos. ¿Por qué? Porque sólo tiene a otros hombres como elementos de comparación. Es la razón por la cual los paganos se han hecho dioses a su imagen, a los cuales han atribuido sus propias pasiones. Para que su criatura pudiese conocerle, fue necesario que Dios mismo se revelara a ella. Y más aun, no es mediante nuestra propia inteligencia que se puede aprehender esa divina revelación. Sólo la fe es capaz de ello. Ahora Dios se manifiesta por medio de su EspÃritu. âLas cosas de Dios nadie las conoce, sino el EspÃritu de Diosâ (1 Corintios 2:11 V.M.). Ãste conduce al creyente âa toda la verdadâ (Juan 16:13). Eliú, instruyendo a Job, es una imagen de ello. Muestra a Job que erró el camino por completo al fundar su conocimiento de Dios en sus propias experiencias y en sus pensamientos: â¿Ha de ser eso según tu parecer?â (v. 33). ¿No ha llegado Job a condenar a Aquel que, sin embargo âes tan justoâ? (v. 17). ¿Qué habrÃa debido hacer Job antes de abrigar y expresar todos esos falsos pensamientos respecto de Dios? Pedirle humildemente: âEnséñame tú lo que yo no veoâ (v. 32). ¡Una corta oración que cada uno de nosotros necesita dirigir al Señor en todo momento del dÃa!
De sus desdichas Job habÃa sacado la triste conclusión siguiente: ¡Verdaderamente, no valÃa la pena aplicarse a ser justo, pues no habÃa obtenido más provecho que si hubiese pecado! (véase cap. 9:22; 34:9 y 35:3). ¡Ay, asà descubre el fondo de su corazón! Parece darle la razón a Satanás, quien habÃa insinuado: â¿Acaso teme Job a Dios de balde?â (cap. 1:9). En definitiva, no es otra cosa que el razonamiento âde hombres corruptos de entendimiento... âde quienes habla el apóstol Pabloâ que toman la piedad como fuente de gananciaâ (1 Timoteo 6:5; leer también MalaquÃas 3:14).
Hasta entonces nuestro patriarca no sabÃa que tuviese tales sentimientos en su corazón. ConocÃa sus buenas acciones, pero no sus secretos motivos. Y éstos estaban lejos de ser siempre buenos. Dejemos que el EspÃritu nos sondee por medio de la Palabra de Dios, que discierna y ponga al desnudo las intenciones de nuestros corazones (Hebreos 4:12). Es el servicio que Eliú hace a Job al decirle la verdad. Ciertas cosas no son agradables de oÃr; pero... âfieles son las heridas del que amaâ (Proverbios 27:6; ver también Colosenses 4:6). Y cuando se haya aprendido las divinas lecciones, las lágrimas, los gritos de angustia y las llamadas de socorro (cap. 19:21) cederán el sitio a âcánticos en la nocheâ (cap. 35:10).
Eliú prosigue su discurso: justifica a Dios (v. 3) al corregir dos pensamientos equivocados emitidos  respecto de Ãl: pese a su poder, el Creador se ocupa de su criatura y no la desprecia de ninguna manera (v. 5). El justo âdicho de otro modo, el creyenteâ es el objeto de sus particulares cuidados. Que Dios lo âexalteâ (v. 7) o, al contrario, que le envÃe pruebas (v.8), sus ojos están siempre sobre él. Y, en segundo lugar, Dios no obra de modo caprichoso como Job lo habÃa dado a entender. Al permitir la prueba, persigue una meta precisa: mostrar a los suyos lo que han hecho, abrir sus oÃdos a la disciplina, si procede, hacerlos volver de su iniquidad. La disciplina forma a los discÃpulos. Hebreos 12:7 nos recuerda que ella está reservada a los hijos (y a las hijas) de Dios, de la misma manera que los padres corrigen a sus propios hijos y no a los demás. Es ella, pues, una prueba de nuestra relación con nuestro Padre. Pero, según ese mismo pasaje de Hebreos 12:5-6, el alma que está sujeta a la disciplina puede menospreciarla, es decir, no escucharla ni darle importancia (Job 36:12; comp. con cap. 5:17); o, al contrario, desanimarse, es decir, olvidar que es el fiel amor del Señor el que nos la preparó. Dijo el salmista: âConozco, oh Señor, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligisteâ (Salmo 119:75).
Una tercera actitud es la correcta: estar ejercitado por esa disciplina o, dicho de otro modo, preguntarse con qué finalidad Dios nos la envÃa.
â¿Qué enseñador semejante a él?â pregunta Eliú (v. 22). Varios de nuestros lectores posiblemente estén estudiando. No olviden que Dios también tiene su escuela. Si aceptan seguir sus clases, ella los volverá más sabios e instruidos de lo que podrÃan hacerlo todas las universidades del mundo (Salmo 94:10, 12; IsaÃas 48:17).
â¿Qué enseñador semejante a él?â. Después de haber oÃdo el sermón del monte, las multitudes reconocieron que Jesús âles enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribasâ (Mateo 7:29). Autoridad y también sabidurÃa, incansable paciencia, dulzura aun en la reprensión, tales han sido los caracteres del divino Maestro venido de Dios para enseñar a los hombres (Juan 3:2). No está más sobre la tierra, pero nos ha dejado su Palabra, fuente de toda instrucción para nuestras almas.
Eliú glorifica el poder de Dios, su obra (v. 24), su grandeza (v. 26), su justicia y su bondad (v. 31). Alegrémonos de poder proclamar con él: âHe aquà Dios es... poderoso... He aquà Dios es excelso en su poder... He aquà Dios es grandeâ. Dar a conocer el Padre y glorificar su nombre, éste fue el gran pensamiento del Señor aquà abajo, la misión que cumplió plenamente (Juan 17:1, 4, 6, 26). En esto se resumÃa toda su maravillosa enseñanza.
Para ilustrar el estado de ánimo del patriarca y los caminos de Dios para con él, Eliú toma sus ejemplos del cielo en un dÃa de tormenta (véase también cap. 36:27-29, 32-33; cap. 37:2...). Las oscuras nubes representan los duelos y las pruebas, las que por un momento habÃan ocultado a Job la luz de la faz de Dios. Para el corazón natural es difÃcil comprender el misterioso equilibrio de ellas (v. 16). Pero Job debe saber una cosa: Dios carga esas nubes con una agua de bendición para él (v. 11 y cap. 26:8). Porque la lluvia puede caer de varias maneras: en bondad, para la tierra (Salmo 65:10), o, al contrario, como âazoteâ (Job 37:13; comp. Salmo 148:7-8). Desciende en gotas abundantes y bienhechoras (cap. 36:27-28) bajo forma de lloviznas fertilizantes (cap. 37:6) o al contrario como aguaceros torrenciales o âaguaceros de su fortalezaâ (v. 6 V.M.), los que devastan el suelo sin penetrarlo. En ese último caso se trata de un juicio, sin efecto sobre el alma. Pero no es tal el pensamiento de Dios para con su servidor Job. Ãl quiere bendecirle, le corrige con medida (JeremÃas 10:24) y le hará decir con el cántico (véase v. 21):
        ¡Alentaos, pues, medrosos!
        Este negro nubarrón,
        de sus bendiciones lleno,
        traerá la salvación.
âQue me responda el Todopoderosoâ habÃa exclamado Job (cap. 31:35 V.M.) en tanto que Elifaz le habÃa dicho: â¿Habrá quien te responda?â (cap. 5:1). Cosa maravillosa, este Dios al que creÃa sordo e inaccesible accede a su deseo, pero no como Job lo hubiera pensado, pues, en lugar de responder a sus preguntas, Dios a su turno va a hacerle toda una serie de ellas. Vemos a menudo al Señor Jesús hacer lo mismo con sus interlocutores (por ejemplo: Lucas 10:25-26; 20:2-4 y 21-24).
Mediante esas preguntas Dios hace medir a Job su pequeñez y su profunda ignorancia. Los hombres se vanaglorian de sus conocimientos. Y aun, cosa paradojal, cuanto menos saben, más pretensiones tienen. En particular, los jóvenes creen fácilmente que lo conocen todo, en tanto que, a menudo, los más grandes sabios son los más modestos.
«Cuando el hombre escucha, Dios habla...», dijo alguien. Y Dios es paciente; concedió a Job y a sus amigos todo el tiempo necesario para expresar sus falsas ideas; luego encargó a Eliú que las refutase. Por fin guardaron silencio. Dios puede hablar y evidentemente tendrá la última palabra. Sepamos también nosotros callar a veces, imponer silencio a nuestros agitados espÃritus para que Dios pueda hacernos oÃr su voz.
La creación es el primer testimonio que Dios dio de sà mismo y todo hombre, sin excepción, es responsable de discernir por medio de su inteligencia âlas cosas invisibles de él, su eterno poder y deidadâ. Contemplar âlas cosas hechasâ sin reconocer y honrar a Aquel que las hizo vuelve a los hombres inexcusables (Romanos 1:19-20).
Dios nos invita con Job a admirar su hermoso universo. Pero, de todas esas maravillas de la creación, ¿quién puede hablar con más competencia que su mismo Autor? ¡Pues bien! El que creó la luz, el que ató âlos lazos de las Pléyadesâ y estableció âlas ordenanzas de los cielosâ es también el que condesciende a ocuparse de una sola alma: aquà la de Job; pero igualmente de la mÃa y de la de usted. Como lo dice el cántico:
El pecador miserable
tiene más precio a Sus ojos
que el cortejo innumerable
de las estrellas en los cielos.
En todo tiempo, los hombres se han dedicado a escudriñar y sondear los cielos. Algunos consagran su existencia a ello. ¿No es más importante que usted consagre la suya a escudriñar âlas Escriturasâ? (Juan 5:39). Porque si âlos cielos cuentan la gloria de Diosâ (Salmo 19:1), la Palabra, a su vez, da testimonio de su gracia.Â
Después de permanecer callado acerca del tema de los grandes fenómenos de la naturaleza, y luego acerca de las leyes que mantienen el equilibrio del mundo, Job, alumno ignorante, es interrogado ahora respecto a la ZoologÃa por el Maestro de todo conocimiento. Su nota en esta materia no será mejor.
Desde los remotos tiempos en que vivÃa nuestro patriarca, y pese a todos los esfuerzos del hombre para sondearlos, ¡cuántos misterios subsisten en la Creación, misterios con los cuales tropieza la ciencia humana, a menudo enceguecida por sus teorÃas, ¡empezando con el del origen de la vida!
Dios habla de muchas cosas en esos cuatro capÃtulos. De las pequeñas como también de las grandes. Pero todas son cosas que Ãl ha hecho. En cambio, no hallamos en ellas ni una sola palabra de las obras del pobre Job. De todos sus méritos âde los cuales, sin embargo, el patriarca se habÃa tomado el trabajo de hacer una larga enumeraciónâ el Señor no puede retener ni uno solo. Sin la cruz, hacia la cual ya de antemano Dios dirigÃa sus miradas (véase Romanos 3:25); sin la cruz, tal hombre estaba perdido.Â
Si usted, amigo, tiene todavÃa confianza en sus propios esfuerzos y en sus capacidades, mire hacia el Señor. Ãl mismo cumplió grandes cosas que exaltan su sabidurÃa... pero, encima de todas, la obra de la salvación de usted, la que magnificasu amor.Â
Job habÃa pensado que Jehová no se interesaba por su bienestar. Pero, ¿existÃa una criatura cualquiera, desde la crÃa del cuervo hasta el caballo o el águila, que Dios no tuviera en cuenta? Si bien cuida de todos los seres vivientes, mucho más vela por el hombre, su principal criatura, pues hasta posee una vida más allá de la tumba.
En los evangelios, el Señor Jesús da a los suyos exactamente la misma enseñanza (comp. el cap. 38:41 con Lucas 12:24). Y nos invita a no preocuparnos por nuestras necesidades de cada dÃa; Dios las conoce. Sólo una cosa puede faltarnos (y a menudo nos falta): la fe en ese Dios fiel.
Dios acaba de hablar a Job de su creación. Ãste concluye de ello correctamente: âHe aquà que yo soy vilâ (cap. 40:4). Pero aún no puede decir nada más. Anteriormente se habÃa propuesto discutir con Dios como de igual a igual. Hasta habÃa declarado: â...querrÃa razonar con Diosâ (cap. 13:3; véase 10:2 y 23:3-4). Ahora que se le brinda la oportunidad, él comprende ante toda la grandeza de su Creador que esto no es posible. Ãsta es una primera lección, pero le queda por aprender otra. Eliú habÃa dicho que Dios habla una vez, dos veces... Jehová va a hablarle por segunda vez a fin de inducir a Job a una plena y sincera convicción de pecado.
El cuadro de la creación no serÃa completo sin la descripción de dos animales misteriosos y terribles. El primero es el behemot, tal vez el hipopótamo, en todo caso una bestia formidable cuyo poder evoca el de la muerte. Hecho solemne, ésta tuvo que ser el primero de los caminos de Dios para con el hombre culpable. Como consecuencia de la caÃda del ser humano, una invencible espada arma a la muerte para la sanción del pecado (véase Génesis 3:24). No sólo hace su presa de cada hombre, sino que todos los animales de la tierra le son dados como alimento (v. 20).
El Jordán, rÃo de la muerte, mencionado en el versÃculo 23, nos habla también de ella.
Pero hay un monstruo más terrible todavÃa. La muerte tiene solamente poder sobre la vida presente, en tanto que Satanás, del cual el leviatán es una figura, arrastra sus vÃctimas con él a la segunda muerte (IsaÃas 27:1). Frente a semejante enemigo, estamos tan desarmados como un niño que pretendiera apoderarse de un cocodrilo con un anzuelo. Por cierto, no se juega impunemente con el poder del mal. ¿Estamos, pues, a su merced? ¡No, por la gracia de Dios! En la cruz, Cristo ha triunfado sobre el terrible adversario. Acordémonos de esa batalla decisiva y quedemos apegados al que lo ha vencido (Job 41:8; Colosenses 2:15).
Bajo esa aterradora imagen del leviatán, Dios descubre a Job a su acusador del capÃtulo 1, a su enemigo del capÃtulo 2. Un combatiente debe conocer a su adversario para no subestimarlo. Es necesario que el creyente sepa cuál es la fuerza de Satanás (v. 12) vuelto impotente por la cruz, pero siempre activo, del cual âno ignoramos sus maquinacionesâ (2 Corintios 2:11). Vea lo que le caracteriza: âLas dobleces de sus mandÃbulasâ (Job 41:13 V.M.; comp. 1 Pedro 5:8); âsu corazón firme como una piedraâ (Job 41:24), porque es absolutamente ajeno al amor divino. Es invulnerable a toda fuerza humana (v. 26-29) y siembra el espanto por medio de su arma: la muerte, la que vence a los hombres más fuertes (v. 25).
Pero Satanás también es âmentirosoâ y seductor; guardémonos de sus ilusiones (v. 18; Juan 8:44; 2Corintios 11:14). Atrae las almas al mundo, ese mar hirviente con pasiones humanas, al presentarles sus recursos como alimento valedero (âla ollaâ) o como un remedio para sus males (âla olla de ungüentoâ). Bajo una apariencia de sabidurÃa y experiencia (âlas canasâ), es al abismo adonde él conduce, para hundirlos allÃ, a los insensatos que siguen su resplandeciente âsendaâ (v. 32).
Finalmente, retengamos el pavoroso tÃtulo que le es dado: âEs rey sobre todos los soberbiosâ (v. 34; véase 1 Timoteo 3:6).
Llegamos al desenlace de este magnÃfico libro, a la gran lección que Job, por fin, ha comprendido. Se llama la liberación del despreciable yo. Mientras Dios le hablaba, toda la buena opinión que Job tenÃa de sà mismo se habÃa desvanecido progresivamente. A medida que Dios le enseñaba, Job descubrÃa con espanto la maldad de su corazón natural. âMe aborrezco âdeclara él ahoraâ y me arrepiento...â ¡Esto es lo que debe decir un hombre âperfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del malâ (cap. 1:1) cuando se halla en la presencia de Dios!Â
Job fue zarandeado como trigo. ¡Penoso trabajo! pero éste le ha quitado la cascarilla de su propia justicia, como también más tarde a Pedro. Ahora puede fortalecer a sus hermanos y orar por sus amigos (v. 10; comp. con Lucas 22:31-32).
Cuatro veces Dios lo llama âmi siervo Jobâ y censura a los tres consoladores molestos. EnvÃa otros a Job, los cuales acuden con verdadera simpatÃa. Y no sólo restablece el antiguo estado de Job, sino que le da el doble de todo lo que poseÃa precedentemente. Empero, Job ahora ha adquirido algo más precioso que todo: ha aprendido a conocer a Dios al mismo tiempo que ha aprendido a conocerse a sà mismo.
A los salmos o «alabanzas» a veces se les llama «el corazón de las Escrituras» porque, bajo su forma poética, expresan ante todo sentimientos: los sentimientos de los israelitas fieles durante y después del reinado del Anticristo: sufrimiento, angustia, terror⦠pero también confianza, gozo, reconocimiento; asimismo los sentimientos y el afecto del Señor Jesús, quien se compadece por adelantado de las aflicciones de ese «remanente» judÃo; y, por fin, los sentimientos que los creyentes de todos los tiempos pueden experimentar en las circunstancias de la vida.
Los primeros versÃculos del salmo 1 definen las condiciones de los bienaventurados que pueden cantar esos salmos. Y, cosa notable, antes que cualquier otra condición, Dios reclama la de estar apartado del mal. ¡Cuántas aplicaciones tiene ese versÃculo 1 en nuestra vida de todos los dÃas! Es la condición indispensable para gozar de la Palabra y para llevar «fruto» (v. 3; compárese JeremÃas 17:7-8; véase también Juan 15:5). El árbol plantado cerca de corrientes de aguas representa al creyente arraigado en Cristo y recibiendo de él su vigor. Jesús, como Hombre, realizó perfectamente ese apartamiento, ese placer en la ley de Jehová y, al final, esa plenitud del fruto producido para gloria de Dios.
Los dos primeros salmos son complementarios y sirven de introducción al conjunto del libro. Ponen en evidencia los dos grandes pecados de Israel, el cual rechazó el doble testimonio dado por Dios a la nación: Desobedeció Su ley (Salmo 1) y renegó de su Hijo (Salmo 2).
Encontramos en este segundo salmo los pensamientos de Dios respecto de Aquel que es âsu Ungidoâ (v. 2), âsu Reyâ (v. 6), âsu Hijoâ (v. 7 y 12, aquél citado en Hechos 13:33). Dios cuidará que Jesús sea honrado en esta tierra en la cual fue menospreciado. Otrora Herodes y Poncio Pilato, juntamente con las naciones y el pueblo de Israel se unieron contra Ãl (ver Hechos 4:25-28). Su cruz llevó esa inscripción ultrajante: âJesús Nazareno, rey de los judÃosâ como para decir a Dios: He aquà lo que hacemos de tu Rey. Mas en un tiempo futuro, cuando se desencadene la sublevación de las naciones, entonces aparecerá el Rey justo que Dios reserva para la tierra (Salmo 89:27-28). Por eso, desde el principio de los salmos, para animar al fiel en su angustia, Dios se presenta (v. 6) dominando la situación y conduciendo todas las cosas hacia ese glorioso propósito final.
Retengamos también para nosotros la exhortación del versÃculo 11: âServid a Jehová con temor, y alegraos con temblorâ. âCon alegrÃaâ dice también el salmo 100:2. âCon todo vuestro corazónâ, completa 1 Samuel 12:20.
Muchos salmos fueron compuestos en circunstancias especiales que los inspiraron parcialmente. David, fugitivo de Absalón, fue la ocasión de la que se sirvió Dios para darnos este salmo (2 Samuel 15 a 18). Mientras el hijo indigno maquina las conspiraciones contra su padre, âel dulce cantor de Israelâ (2 Samuel 23:1), en vez de preparar su defensa expresa en un cántico su confianza en su Dios. ¡Qué importa el número de enemigos, desde el momento en que se coloca Jehová como un âescudoâ protector entre esos âmillares de gentesâ y su muy amado! (compárese Génesis 15:1; Deuteronomio 33:29). Por eso este último puede gozar de un dulce sueño en medio de los peligros más grandes, sabiendo que Jehová vela sobre él (v. 5). Un episodio de la vida del Señor Jesús ilustra esta perfecta tranquilidad. Durante la tormenta, mientras las olas furiosas ya anegaban la barca, âél estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezalâ (Marcos 4:37-38; ver también el ejemplo de Pedro en Hechos 12:6). ¡Preciosa confianza! ¡Que Dios nos ayude a tenerla!
El versÃculo 8 muestra que para David la bendición del pueblo tiene más valor que su propia seguridad. Israel es siempre el pueblo de Dios, aunque se subleve contra Su ungido.
En el salmo 3, Jehová era la protección del fiel; en el salmo 4, Ãl es su porción. El hombre piadoso posee la seguridad de que Dios lo ha escogido (v. 3: literalmente introducido en su favor). Pero se encuentra aún en medio de un mundo en el que reina la vanidad y la mentira (v. 2), y no puede sino sufrir allÃ. â¿Quién nos mostrará el bien?â es la pregunta que él se hace en ese mundo. Ese bien no lo encontraremos a nuestro alrededor, ni tampoco en nosotros mismos. El único verdadero bien es el que Dios produce. Ãl nos lo muestra en su perfecta expresión en la vida de su Hijo, âel hombre piadosoâ por excelencia, el único del que se podÃa decir: âBien lo ha hecho todoâ (Marcos 7:37).
Dios es la fuente de todo bien, y asimismo de toda verdadera alegrÃa. âTú diste alegrÃa a mi corazónâ declara el salmista (v. 7). Esa alegrÃa no depende de la abundancia de bienes materiales, como lo demuestra el final del versÃculo (comparar con Habacuc 3:17-18). El capÃtulo 4 de Filipenses que nos exhorta a gozarnos siempre en el Señor, nos recuerda que un creyente puede ser tan feliz en las privaciones como en la abundancia (Filipenses 4:4, 12). La alegrÃa divina puede llenar el alma en medio de la angustia. Las circunstancias no la afectan, precisamente porque ella tiene su fuente en Aquel que no cambia (Hebreos 13:8).
Al final del salmo 4 hemos visto al creyente acostarse y dormirse en paz. Aquà lo consideramos al despertar. La piedad debe marcar todos los momentos de nuestra vida, incluso de aquellos que pasamos solos en nuestra alcoba. Al amanecer, como primerÃsima ocupación del dÃa, la oración del salmista subÃa a su Rey, a su Dios (Salmo 63:1). Imitémosle, queridos amigos creyentes, con tanto más diligencia y libertad cuanto el Dios al cual nosotros nos dirigimos es, en Jesús, nuestro Padre.
En el salmo 4, la oración tenÃa un carácter de urgencia y consistÃa en un simple grito (v. 1, 3). Es suficiente para que Dios la escuche. Pero aquà la petición es presentada, formulada de manera precisa, después de lo cual el fiel puede esperar apaciblemente una respuesta⦠sin tratar de obtenerla de otro modo.
Se sigue con el tema de la confianza frente a los artificios de los malvados. Es notable que el versÃculo 9, el que se aplica a los enemigos, es citado en Romanos 3:13 para calificar a todos los hombres. Eso está explicado en el capÃtulo 5 v. 10 de la misma epÃstola: Todos éramos enemigos de Dios en cuanto a nuestro entendimiento, en las malas obras (ver también Colosenses 1:21).
A veces las desgracias del creyente son la consecuencia directa de sus faltas. Cae entonces bajo una de las manifestaciones del gobierno de Dios, quien lo reprendre y lo castiga (v. 1; comparar JeremÃas 31:18). Ãse fue el caso de David después del terrible asunto de UrÃas heteo, lo mismo que después del censo. Ya no es posible tener alegrÃa o paz, como en el Salmo 4 (v. 7, 8). En vez de meditar en su corazón estando en su cama (Salmo 4:4), el culpable inunda su lecho de amargas lágrimas (v. 6). Como se sabe merecedor de lo que le sucede, es perseguido por los remordimientos y el sentimiento de haber ofendido a Dios. El temor a la muerte puede también apoderarse de su alma (v. 5). No tiene más la feliz libertad que da una buena conciencia. No obstante, incluso en ese caso, Dios puede ser hallado, pues Ãl ama demasiado a su rescatado como para dejarlo en la desesperación. Entonces Dios escucha su ruego y recibe su oración (v. 9).
Como a EzequÃas, atormentado sobre su lecho por la perspectiva de la muerte, Ãl le dirige estas palabra consoladoras: âHe oÃdo tu oración, y visto tus lágrimas⦠te libraréâ¦â (IsaÃas 38:5; compárese v. 5 con IsaÃas 38:18). SÃ, de pronto David recibe la seguridad de que su oración es atendida. Las circunstancias no han cambiado, pero ya su fe triunfa en la esperanza.
Para comprender los salmos ây en particular para no asombrarnos de ciertas palabras severas en cuanto a los malvadosâ hay una cosa que nunca debemos perder de vista: los creyentes que se expresan asà no forman parte de la Iglesia. Los salmos se aplican expresamente al perÃodo que seguirá al arrebatamiento de aquélla. Ciertamente podemos apropiarnos de muchos preciosos versÃculos; por ejemplo: de todos aquellos que expresan la confianza (v. 1), el sufrimiento ante la injusticia (v. 9), la alabanza (v. 17) y muchos otros sentimientos más. Pero no estamos en el tiempo de apelar al juicio de Dios, como sucede en los salmos (v. 6). Nuestra oración de cristianos no es: â¡CastÃgalos, oh Dios!â (Salmo 5:10); sino que en la escuela de nuestro divino Modelo aprendamos a decir: âPadre, perdónalosâ¦â (Lucas 23:34). En cambio, cuando el tiempo de la gracia haya terminado y el Anticristo oprima al débil remanente fiel, orar por la destrucción de los malvados será según el pensamiento de Dios (Lucas 18:7), pues sólo asÃ, y después del juicio de los impÃos, se establecerá el reino terrenal del Hijo del hombre, del cual nos va a hablar el salmo 8.
Este salmo comienza por establecer la pequeñez del hombre frente a la creación, sensación que cada uno de nosotros ha podido experimentar al contemplar, por ejemplo, ¡la prodigiosa inmensidad de un cielo estrellado! â¿Qué es el hombre?â. Enseguida, restablecidos en nuestra humilde posición, aprendemos que, no obstante, Dios tiene dispuestas cosas magnÃficas y gloriosas para el hombre y por medio del hombre. Pero ¿cómo realizarlas con un ser pecador y mortal? Es imposible coronar de gloria y de honra a una criatura hundida en la miseria y en la corrupción. Entonces, lo que Dios no pudo hacer para el primer Adán ni por medio de él, lo cumplió en Cristo, el segundo hombre. Asà el mismo Creador revistió el cuerpo que él habÃa creado.
âLe hiciste un poco menor que los ángelesâ. El pasaje de Hebreos 2:6-9 que cita y complementa nuestros versÃculos 4 a 6, da el motivo insondable de ese acto: la muerte que Ãl debió padecer. Y bajo esta humana condición el Hijo ha recibido la dominación universal. En Ãl el hombre encuentra más de lo que Adán habÃa perdido (v. 5-8; 1 Corintios 15:27â¦). Coronado de gloria y de honra, Cristo, hombre resucitado, introducirá con Ãl otros hombres en el cielo y les hará participar de su gloria.
Bajo su aspecto profético, los salmos 9 y 10 están estrechamente unidos. El salmo 9 pone en escena al enemigo de fuera: las naciones coligadas contra Israel; el salmo 10 introduce al enemigo interior: los opresores impÃos persiguiendo al remanente fiel. Las astucias de los malos existen durante un tiempo limitado. El nombre de ellos será borrado para siempre (v. 5); el asolamiento que ellos producÃan se terminará para siempre (v. 6) y la esperanza de los menesterosos no perecerá para siempre (v. 18). Efectivamente, también para siempre Jehová está sentado; âha dispuesto su trono para juicioâ (v. 7; Salmo 58:11). Entonces pedirá cuenta de la sangre y de las lágrimas de los fieles, derramadas en todas las dispensaciones. Vengará al oprimido (v. 9) y a los afligidos cuyo grito no habrá olvidado (v. 12). Pero el principal cargo de acusación levantado contra la humanidad e indicado en el tÃtulo del Salmo, es la muerte del Hijo de Dios (Mut-labén): ultraje hecho a Dios por el mundo al crucificar a su Amado. Un castigo terrible espera a la raza de esos homicidas.
En la parábola de las ovejas y los cabritos (Mateo 25:31) el Señor Jesús describe el juicio de las naciones al amanecer de su Reinado y anuncia que cada uno será juzgado respecto a su actitud hacia Ãl.
Los âtiempos de tribulaciónâ descritos en el salmo 9 (v. 9) y en el 10 (v. 1) serán aterradores. Codicias, orgullo, incredulidad, perfidia, violenciaâ¦, estos caracteres que existen en el mundo actual alcanzarán su plena medida cuando âAquel que detieneâ (el EspÃritu Santo) esté lejos, en los dÃas del Anticristo acerca del cual esos versÃculos nos ofrecen un siniestro cuadro (ver 2 Tesalonicenses 2:7-8). Pero, contrariamente a los pensamientos del malo, quien estima que Dios no âinquiriráâ nada (v. 4, 13) de todo lo que él hace en secreto con astucia y malicia es descubierto. Y todo lo que él dice âen su corazónâ (v. 6, 11, 13) es publicado por Aquel que sondea los corazones (Lucas 12:3). âNo seré movido jamásâ aquà es el lenguaje de la locura (v. 6), pero también puede ser el de la fe (Salmo 62:6). El pensamiento acerca de que Dios lo ve todo estimula al fiel puesto a prueba; el desdichado puede confiarse en Ãl (v. 14). Y el versÃculo 2 contiene otra verdad tranquilizadora: el malo será siempre atrapado en su propia red (comparar Salmo 7:15; 9:16).
El salmo 9 finaliza expresando el pensamiento de que las naciones âno son sino hombresâ; el salmo 10 termina llamando al perseguidor: âel hombre de la tierraâ. Creyentes, jamás olvidemos que nosotros somos del cielo y que, como consecuencia, estamos fuera del alcance del mundo y de su prÃncipe.
Dios mantiene hoy autoridades en el mundo (gobiernos, magistrados, policÃa) las cuales están encargadas de asegurar el orden, la justicia y la paz. Pero, en el momento de âla gran tribulaciónâ, todo lo que contribuye a la seguridad de los hombres (âlos fundamentosâ) será derribado. La pregunta del versÃculo 3 pondrá entonces a prueba a los justos. ¿Cederán a la tentación de huir, como el ave asustada vuela para escapar del peligro? No; su confianza no está puesta en un refugio terrenal (la montaña), sino en Aquel que es inmutable porque su trono está en los cielos (v. 4). Amigos ¿qué es de nuestra fe? Si el Señor tuviese que quitarnos nuestros principales puntos de apoyo aquà abajo âfamilia, amigos, salud, bienes materialesâ ¿podrÃa advertirse en quién hemos confiado?
Y si pensamos en los fundamentos de la verdad, comprobamos que están minados por todas partes en la cristiandad. ¿Qué debe hacer el justo? Separarse de todo lo que ataca y busca destruir los pilares de la verdad divina. La mirada de Dios sondea a los hijos de los hombres (v. 5; Salmo 7:9; ver por ejemplo: Lucas 7:39-40; 11:17; 22:61). Realidad turbadora e insoportable para «el malo» pero preciosa para «el justo», pues para su bien es asà examinado (Salmo 139:23-24).
Este salmo expresa el sufrimiento de una alma agobiada por el sentimiento de la injusticia que la rodea. David, quien lo compuso, pudo experimentar personalmente ese pesar en muchas oportunidades. El doblez y el rencoroso odio de Saúl (1 Samuel 18:17⦠), las cobardes intenciones de los habitantes de Keila (cap. 23:12), la doble traición de los de Zif (cap. 23:19; 26:1) y la más pérfida aún del edomita Doeg (cap. 22:9-10), la despreciativa ingratitud de Nabal (cap. 25:10-11), todo esto no podÃa dejar a David indiferente. Por cierto que cada vez pudo hacer también la experiencia de la preciosa previsión divina: âPondré en salvo al que por ello suspiraâ (v.5; comparar Salmo 10:5).
Pero su propia medida de la verdad tampoco era perfecta (véase 1 Samuel 20:6; 21:2⦠). En cambio, la santidad del Señor Jesús lo hacÃa enteramente sensible a la falsedad y al engaño de sus adversarios (de lo que Lucas 20:20 nos da un ejemplo). Un creyente, cuanto más se mantenga en la divina luz, tanto más sufrirá la corrupta atmósfera de este mundo. Entonces su penosa experiencia de la lengua mentirosa, lisonjera y jactanciosa de los hombres (v. 2, 3) le hará gustar, por contraste, la pureza y el valor práctico de las palabras de Dios (v. 6). âTu palabra es verdadâ (Juan 17:17; Salmo 119:140).
Acerca de la tribulación que atravesará el remanente de Judá durante los tiempos apocalÃpticos, el Señor declara que no hubo ninguna semejante desde el principio de la creación⦠y que no la habrá jamás. Podemos entonces comprender ese angustioso grito: â¿Hasta cuándo?â repetido cuatro veces en este salmo y varias veces más en otros. Además agrega que, por causa de los escogidos, Dios âacortó aquellos dÃasâ (Marcos 13:20; Romanos 9:28).
Aunque el creyente nunca llegue a conocer semejante angustia según la promesa del Señor (Apocalipsis 3:10), durante un tiempo más o menos largo puede sentirse desalentado y pensar que Dios le olvida o que deliberadamente esconde su faz de él (v. 1). Tal vez lo hemos experimentado. ¿Cómo salir entonces de ese oscuro túnel? Primeramente, dejemos de atormentarnos y de consultar con tristeza a nuestro propio corazón (v. 2); no nos dará ninguna respuesta, sino más bien fatiga y angustia (1Samuel 27:1). Luego apresurémonos a recordar esa triunfante exclamación: â¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución?⦠â (Romanos 8:35). El recuerdo de su misericordia y de su salvación es el secreto que volverá a alentar nuestra confianza y nuestro gozo (v.5).
Verdaderamente insensato es el que, pese a todos los testimonios que Dios ha dado acerca de su poder y de su amor, cierra los ojos, endurece su corazón y declara: âNo hay Diosâ (v. 1; Salmo 10:4; JeremÃas 5:12). Pero, si bien no todos los hombres son ateos, a todos, sin excepción, les falta la verdadera inteligencia, pues ninguno busca a ese Dios cuya existencia reconoce, salvo si deja que Ãl mismo obre en su corazón. No es brillante ese cuadro de la humanidad tal como Dios puede verla desde los cielos. Pero, no lo olvidemos, esa raza, rebelde y corrompida por naturaleza, es la mÃa y la suya.
Después de la triste comprobación del Salmo 14: âNo hay quien haga lo buenoâ, el Salmo 15 puede con razón hacer la pregunta: â¿Quién habitará en tu tabernáculo?â. El capÃtulo 3 de la epÃstola a los Romanos, el cual cita los versÃculos 1 a 3 del salmo 14, revela luego la maravillosa verdad que nos concierne: de entre estos hombres, a todos los cuales se los presenta como pecadores (v. 10-12), Dios justifica gratuitamente a todos los que creen en Ãl (v.22-26).
Los caracteres del israelita fiel son también los que la gracia debe producir en el cristiano: justicia y verdad en el andar, en los hechos y en las palabras; benevolencia para con el prójimo; apreciación del bien y del mal según la divina medida (leer IsaÃas 33:15-16).
Como lo demuestran las citas de los apóstoles en el libro de los Hechos (2:25 a 28 y 13:35), este salmo se aplica directamente al Hombre Cristo Jesús. De todos modos, ¿quién sino Ãl osarÃa declarar: âA Jehová he puesto siempre delante de mÃâ? (v. 8). Aquà le contemplamos no como Salvador (lo encontraremos como tal en el Salmo 22) sino como Modelo, no como el Hijo de Dios, sino como el Hombre de fe por excelencia. Como Hijo de Dios, no necesita ser guardado (v. 1) y su bondad se confunde con la de Dios mismo (v. 2; véase Marcos 10:18).
Pero la confianza, la dependencia, la paciencia, la fe, en fin, todos los sentimientos que vemos brillar en ese salmo respecto de un Dios conocido y honrado, son sentimientos humanos. Para manifestarlos con perfección, Cristo vino a vivir a la tierra (y ¡en qué condiciones!) la vida de un hombre⦠pero ¡de un hombre sin pecado! Le vemos sumiso a Dios su Señor (v. 2); gozándose en los creyentes (v. 3); en la posición que el Padre le ha reservado (v. 5; Hebreos 12:2); y finalmente en Jehová, el Eterno (v. 8, 9, 11). Muestra su confianza hasta cuando llega la misma muerte (v. 10). ¡Maravillosa senda que hizo las delicias de su Dios! Senda que Ãl trazó para que sigamos sus huellas.
En el salmo 16 hemos admirado la confianza del Hombre perfecto. En el 17 tenemos su justicia ante nosotros. Pero está también, y primeramente, ante Dios, quien encuentra en ella entera satisfacción. Los hombres sólo pueden ver el andar de una persona; Dios ve más lejos y mira los motivos que rigen ese andar. El Salmo 11 (v. 5) nos enseñó que âJehová prueba al justoâ. Y éste es el resultado de ese exhaustivo examen del corazón de Jesús: âTú has probado mi corazón⦠me has puesto a prueba y nada inicuo hallaste. He resuelto que mi boca no haga transgresiónâ (v. 3; comparar Juan 8:25). ¡Qué maravilloso modelo! Procuremos que nuestros pensamientos estén siempre en perfecto acuerdo con nuestras palabras y recÃprocamente.
Por otra parte, aprendamos a conocer y a emplear la Palabra de Dios como Jesús lo hizo. Se sirvió de ella para defenderse del hombre violento, del mismo Satanás cuando éste le tentó en el desierto (v. 4; Mateo 4:1-10).
Los versÃculos 14 y 15 subrayan el contraste entre los hombres de este mundo ââcuya porción la tienen en esta vidaââ y el justo (Cristo, pero también el creyente) cuya porción es celestial (Salmo 16:5). Mientras padece ahora por la justicia, piensa en la resurrección y en el Objeto de sus afectos: âVeré tu rostroâ (v. 15; comparar Salmo 16:11).
Este salmo constituye una gran profecÃa que abarca la muerte, la resurrección, la exaltación, la victoria final y la realeza del MesÃas. Los tres primeros versÃculos proporcionan el tema que a continuación será desarrollado largamente, a saber, cómo ha sido liberado âel siervo de Jehováâ. El Señor Jesús nos enseña, por su propia experiencia, lo que es Dios para aquel que confÃa en Ãl. âLa supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemosâ ha sido demostrada en la resurrección de Cristo, su ascensión, el lugar que le es dado por encima de todos sus enemigos (leer Efesios 1:19-21).
Lo que Dios ha sido para Jesús en la hora de su desamparo (v. 6), de su calamidad (v. 18), lo es también para nosotros; y las pruebas que atravesamos son otras tantas ocasiones de conocerlo de una nueva manera. ¿Estoy cansado, languideciente? Ãl es mi fuerza. ¿Mi fe está vacilante? Ãl es mi roca. ¿Aparece un peligro? Ãl es mi fortaleza, el alto refugio donde encuentro segura protección (Salmo 9:9). ¿Estoy combatiendo contra el enemigo? Ãl es el escudo que me protege de los golpes de este último. Para Jesús, esta liberación era la consecuencia de su justicia (v. 19, 24), mientras que para nosotros ella nos está asegurada a causa de nuestra relación con Ãl.
El Señor Jesús se complace en hacernos conocer a su Dios, cuyo camino es perfecto y cuya palabra es acrisolada (v. 30; Proverbios 30:5). En la primera parte del Salmo nos enseña a invocarle en nuestras aflicciones. Aquà nos enseña a apoyarnos en Ãl para andar (v. 33, 36) y para combatir (v. 34, 35, 39).
¿Sabemos por experiencia lo que es âestar firmes sobre nuestras alturasâ? (Habacuc 3:19). Desde un punto dominante se goza de un panorama vasto y lejano (véase IsaÃas 33:17). Consideremos el que se nos ofrece al terminar este salmo. Las miradas se dirigen hacia el porvenir, hacia el momento en que Dios destruirá a todos los enemigos de su Hijo. En el horizonte vemos despuntar la aurora de su reinado. Será establecido no sólo como Rey sobre su pueblo Israel sino también como jefe de las naciones. Con los ojos de nuestra alma contemplamos a ese gran Rey de reyes reinando con poder sobre todo el universo y quebrando con su sola presencia todas las cadenas. Era necesario para la gloria de Dios que las naciones lo alabasen, y todas lo harán durante el reinado. En verdad, desde ahora podemos cantar himnos a la gloria de su nombre (v. 49 citado en Romanos 15:9). ¡No lo frustremos!
Dios se ha revelado sucesivamente a través de un doble testimonio: el primero es el de su creación (v. 1-6), lenguaje silencioso pero sumamente elocuente que da a conocer hasta los términos de la tierra su poder y su sabidurÃa (Hechos 14:17). Pensemos en la necesaria alternancia de los dÃas y las noches. El regular y bienhechor curso del sol que reparte a todos su luz y su calor es una constante prueba de la bondad de Dios hacia todas sus criaturas (Salmo 136:8; Mateo 5:45).
El segundo testimonio es el de la Palabra (v. 7-11). Santa, justa, buena y espiritual, aun cuando sólo se trataba de la ley dada a Israel (Romanos 7:12, 14). ¡Cuánto más preciosa lo es ahora que la tenemos completa! Esta excelente Palabra instruye al siervo (v. 11) y alcanza su conciencia (la cual constituye en el interior de todo hombre un tercer testimonio). Saca a la luz tanto sus ocultas faltas (cometidas por error: v. 12) como sus pecados voluntarios: la propia voluntad, fruto de la altivez y del orgullo (ver esta distinción en el libro de los Números 15:27-30). Al principio de la epÃstola a los Romanos, el mismo triple testimonio de la creación (cap. 1:20), de la conciencia (cap. 2:15) y de la ley (cap. 2:17) está puesto ante el hombre para poner en evidencia su estado y conducirlo a la salvación.
Dios ha dado al mundo más que los testimonios mencionados en el salmo 19: un Testigo vivo, Jesucristo. El versÃculo 3 del salmo 16 nos mostró el Hombre perfecto que hallaba sus delicias en los creyentes, esos âsantosâ e âÃntegrosâ de la tierra. En cambio, en este salmo 20 vemos a Cristo como centro de los intereses y de los afectos de sus redimidos.
A Ãste que deberá proclamar en la cruz: âClamo de dÃa, y no respondesâ (Salmo 22:2), le dicen: âJehová te oiga⦠Conceda Jehová todas tus peticionesâ (v. 1-5). Además, viene la certidumbre de la fe: âLo oiráâ¦â (v. 6), a la cual corresponde el grito de liberación del salmo 22:21: âYa me has oÃdoâ¦â (V.M.). Solamente después los fieles interceden por ellos mismos: âQue el Rey nos oigaâ (v. 9). Ojalá pudiésemos también nosotros experimentar mejor lo que fue para Jesús su abandono y su liberación y las gloriosas consecuencias que resultaron para nosotros.
âÃstos confÃan en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoriaâ (v. 7). El hombre moderno pone más que nunca su vanidad en los potentes y rápidos medios de locomoción como también en otras muchas cosas. Pero la gloria del cristiano es pertenecer a Cristo y llevar su bello nombre (Santiago 2:7).
En el salmo 20 los fieles se habÃan dirigido a su Rey. Ahora hablan al Dios de ese Rey (v. 1-7). ¡Tema que agrada al corazón de Dios! No olvidemos que el objeto principal del culto cristiano es presentar al Padre a Ãste que le es infinitamente agradable: su Hijo Jesucristo.
Las âbendiciones de bienâ que son ahora suyas se ponen de relieve en contraste con los sufrimientos y los ultrajes que fueron su parte. Asà es cómo a la corona de espinas le corresponde una corona de oro fino; al reparto de sus vestidos, la majestad y la honra con que Dios le viste (Salmo 45:6-8); al oprobio de la cruz, le sucede la gloria de su resurrección (v. 4). El que fue hecho maldición por nosotros, está puesto para bendición por los siglos. Aquel de quien Dios escondió su rostro durante un momento, lleno de alegrÃa está en Su presencia (v. 6). Entonces surge la pregunta de por qué el EspÃritu no invirtió el orden de los salmos 21 y 22. ¿No es precisamente porque Dios âha salido al encuentroâ de su Hijo con esas bendiciones ya preparadas para él y se las dio de antemano? (comparar Juan 17:4-5). Y también porque no quiere que nos acerquemos al solemne tema del desamparo de su Amado en el salmo 22 sin previamente habernos dado a conocer sus glorias.
Más que ante ninguna otra porción de las Escrituras, es menester acercarse a ésta con âlos pies descalzosâ, pues contiene el más insondable de los temas: los sentimientos y las oraciones de Cristo durante las horas de la cruz. Primeramente expuesto a la maldad de los hombres, sufriendo por la justicia, Ãl conoce luego, durante tres horas de impenetrables tinieblas, el desamparo de su Dios Fuerte. Completamente solo, el Hombre perfecto atraviesa esa sin igual prueba con el único sostén interior de su maravilloso amor. No cesa, ni por un instante, de confiar en Aquel que por un momento no le puede dar ninguna respuesta. Proclama públicamente su oprobio y su flaqueza (v. 1, 2, 6), pero sin nada que se parezca a la impaciencia, a la desesperación, ni a una reacción defensiva.
En la cruz el hombre se reveló por entero, mostró hasta dónde era capaz de llegar en su odio, su violencia, su cinismo, su bajeza moral (v. 6-8; 12, 13; 16-18). Pero, en el mismo momento, también Dios reveló todo lo que él es como expresión de justicia perfecta contra el pecado y de amor perfecto hacia el pecador. La cruz lo magnificó todo. ¡Ojalá que esta contemplación de Jesús muriendo por nosotros produzca en nuestras almas humillación y agradecimiento, amor y santo recogimiento!
Desde el versÃculo 22, la respuesta llega al que está entre âlos cuernos de los búfalosâ. Es la resurrección y, al mismo tiempo, el gozo de la comunión reanudada. En su amor, Cristo tiene prisa por compartir ese gozo; su primer pensamiento es el de dar a conocer a âsus hermanosâ la nueva relación en que su obra los ha colocado y, para ello, hablarles de su Padre, quien viene a ser el Padre de ellos, y de su Dios quien viene a ser el Dios de ellos (v. 22; Juan 20:17).
En contraste con los otros salmos que hablan de los sufrimientos de Cristo, en éste no es cuestión de juicio. Jesús lleva los pecados y, en consecuencia, todo es gracia y bendición. Bendición para la Asamblea (constituida al principio por los discÃpulos judÃos; razón por la cual el versÃculo 22 está citado en la epÃstola a los Hebreos 2:12); para el Israel restaurado, llamado en el versÃculo 25: âla gran congregaciónâ; para âtodas las familias de las nacionesâ durante el reinado milenial (v. 27-28); finalmente para todos los que nazcan durante ese glorioso reinado.
Como las ondas que van haciéndose más grandes a medida que se alejan del centro en que se han originado, asà las maravillosas consecuencias de la obra de la cruz se extienden a toda la creación. Y comprendemos un poquito por qué Jesús fue desamparado (compárese v. 1).
El buen Pastor ha dado su vida por las ovejas (Salmo 22; Juan 10:11). Ahora, él va delante de ellas. Las apacienta con ternura; nada les falta, puesto que él está ahÃ, responsabilizándose por ellas. Las ovejas, esas criaturas débiles y dependientes que nos representan, experimentan cada dÃa los cuidados del pastor (IsaÃas 40:11; 49:10). Lo demuestra el simple reconocimiento: nada me ha faltado (Lucas 22:35), pero la fe afirma: nada me faltará (al menos nada necesario para mi alma, pues ella es confortada âv. 3).
El Señor Jesús me pastorea junto a aguas de reposo, pero también me guÃa por sendas de justicia; lo debe hacer por amor de su nombre.
A partir del versÃculo 4, la oveja se dirige a él directamente: âTú estarás conmigoâ. Con esta compañÃa, incluso el valle de sombra de muerte ya no es temible. La vara y el cayado de ese buen Pastor me tranquiliza; él me protegerá, incluso de mis propios extravÃos. Puedo, sin estar aterrorizado por la presencia de enemigos poderosos, sentarme a la mesa real donde mi lugar ha sido preparado. No para una invitación ocasional, sino todos los dÃas de mi vida (comparar 2 Samuel 9:13). Y eso en la casa del Dios de bondad y de misericordia âmi Padreâ donde yo habito por fe, esperando el momento de morar en realidad para siempre.
En el salmo 22 hallamos un Salvador. Es el pasado, la cruz en la que todo empieza. El salmo 23 corresponde al presente: hacemos la experiencia de lo que es un Pastor. Finalmente, el salmo 24 nos abre el porvenir: contemplamos ahà al Rey de gloria.
Todos estos salmos son de David, hombre que conoció el rechazo y el sufrimiento, pero que fue también pastor de Israel (2 Samuel 5:2) y glorioso rey en Sion. El salmo 24 empieza por la afirmación de los derechos de Jehová sobre la tierra. En ella fue erigida la cruz (Salmo 22). Actualmente es un valle sombrÃo (Salmo 23). Pero pronto Jehová establecerá su trono sobre ella. âEl mundo y los que en él habitanâ tendrán que reconocer a Ãste a quien pertenecen y someterse a su dominación.
Algunos se decidirán bajo obligación, pero sometiéndose âcon lisonjas servilesâ (Hebreo: me mentirán; ver Salmo 66:3, V.M.), como lo anuncia el salmo 18:44. En lo que nos concierne, demos desde hoy al Señor Jesús la obediencia del amor. Para participar del Reino, los súbditos deben poseer determinados caracteres (v. 3-6). Jesús los promulgó desde el principio de su ministerio (comparar v. 4 con Mateo 5:8). Ãl era el Rey, el MesÃas de Israel, pero su pueblo lo rechazó; por eso salió, llevando su cruz (Juan 19:5, 17). Contemplémoslo ahora entrando como el mismo Jehová, el Rey de gloria, en su reinado de bendición.
Desde el salmo 16 hasta el 24 nos hemos dedicado especialmente a considerar a Cristo, el MesÃas. El salmo 25 encabeza una nueva serie (la que se extiende hasta el salmo 39) en la que se trata del âremanenteâ o resto de Israel y del fiel en general. Este salmo contiene dos notables oraciones: la de los versÃculos 4 a 7 y la de los versÃculos 16 a 22. Tomemos especialmente en cuenta para nosotros los ruegos de los versÃculos 4 y 5: âMuéstrame ⦠tus caminos; enséñame tus sendas. EncamÃname en tu verdadâ (comparar Salmo 43:3). Para el apóstol Juan habÃa sido un objeto de gran gozo haber visto que los hijos de âla señora elegidaâ andaban en la verdad (2 Juan 4). Pero ¿cómo andar sin conocer el camino y las sendas? Dios los enseña; y en los versÃculos 8-10 y 12 se ve cómo el alma progresa en ellos. Sin embargo, se requiere una condición: el temor de Dios. Entonces âla comunión Ãntima de Jehová es con los que le temenâ (v. 12, 14). Dicho de otro modo, Dios revela sus pensamientos y da a comprender su Palabra sólo a los que están dispuestos a someterse a ella. Sin duda, ésta es la razón por la cual hay mucha ignorancia en la cristiandad⦠y a menudo en nuestros propios espÃritus.
En el salmo 25 el fiel tenÃa pecados que confesar (v. 7, 11, 18). Y su oración era: âEncamÃname en tu verdadâ. Aquà el tono cambia. El creyente se presenta ante Dios con una buena conciencia (v. 1-2) y puede declarar: âAndo en tu verdadâ (v. 3). Es uno de aquellos bienaventurados que, según el primer versÃculo del salmo 1, no se han asociado con los que obran mal (v. 4, 5). Una santa ocupación absorbe todos sus pensamientos: la de los versÃculos 6 y 7. Después de haberse lavado las manos en la fuente de bronce âdicho de otra manera, después de haberse juzgadoâ da la vuelta al altar, considerando bajo todos sus aspectos la obra de la cruz y a Aquel que fue el perfecto sacrificio. Abre entonces su boca en alabanza y cuenta âtodas las maravillasâ hechas por medio de la gracia (v. 7).
La vida cristiana no sólo consiste en apartarse de la iniquidad. El hijo de Dios que se ha purificado de vasos para deshonra encuentra a aquellos que, como él, invocan al Señor con corazón puro (2 Timoteo 2:21-22; V.M.). En este salmo, el fiel que aborreció âla reunión de los malignosâ (v. 5) goza de la morada de la gloria de su Dios y bendice a Jehová âen las congregacionesâ (v. 12). La presencia del Señor âdonde están dos o tres congregados en su nombreâ ¿no es un gozo para nuestro corazón? (Mateo 18:20).
En este salmo brilla toda la confianza que el creyente deposita en Aquel que es su salvación, su luz, la fortaleza de su vida (v. 1; comparar Salmo 18:27-29). La epÃstola a los Efesios lo confirma: Cristo es, a la vez, la luz y la fortaleza del creyente (cap. 5:14; 6:10). ¿Quién como el Señor Jesús tuvo esa confianza en Dios? Asà como el salmo 22 es el de la cruz, a éste se le ha llamado «el salmo de Getsemanû. El versÃculo 2 evoca de un modo asombroso esa turba armada con espadas y palos que avanza, conducida por Judas, para prender al Señor de gloria. Al oÃr tan sólo sus palabras: âYo soyâ retroceden y caen a tierra (Juan 18:6).
El salmista busca refugio en la casa de Jehová (v. 3-5; 2 Reyes 19:1, 14). Aquà vemos, además, una preciosa figura de la comunión, esta âcosaâ que debemos pedir y buscar por sobre toda otra. Pero esta comunión no es sólo para las horas de pruebas, sino para âtodos los dÃas de mi vidaâ. Ella es, por asà decirlo, el ambiente necesario para discernir la belleza del Señor y progresar en el conocimiento de Ãl.
El último versÃculo, como una divina respuesta, viene a apaciguar toda la ansiedad del creyente: âSÃ, espera a Jehováâ.
Las súplicas que escuchamos en este salmo no son comparables con las confiadas oraciones que un creyente puede dirigir a su Dios y Padre hoy dÃa. El temor de no obtener una contestación, el terror de la muerte, el miedo a ser arrebatado con los malos y, finalmente, el deseo de que ellos sean castigados, son aquà los sentimientos del fiel israelita de los últimos tiempos. Pero esa gran angustia hace resaltar aun más la respuesta que obtiene y el gozo que siente (v. 6-9). âJehová es mi fortalezaâ, declara él en el versÃculo 7. Y en el versÃculo 8: âJehová es la fortaleza de su puebloâ. La experiencia es individual antes de ser colectiva.
Recordamos un episodio de la historia de David, el autor de este salmo. De vuelta de Siclag, halla la ciudad incendiada y ve que todos los habitantes han sido llevados en cautiverio; sus compañeros hablan de lapidarlo; se angustia mucho. Entonces se âfortalece en Jehová su Diosâ (1 Samuel 30:6). A veces es necesario hacer, como él, la experiencia de nuestra completa debilidad para entonces comprobar que toda nuestra fortaleza está en el Señor (2 Corintios 12:10). Notemos también que la respuesta divina produce alabanza en el corazón del creyente. ¡Jamás nos olvidemos de expresarla! (IsaÃas 25:1).
Bajo su forma profética, este salmo anuncia el momento en que los poderosos de la tierra tendrán que someterse a Jehová. La gloria y la fuerza que tan voluntariosamente se atribuye el hombre sólo pertenecen a Dios. Ãstas le serán efectivamente devueltas cuando Ãl juzgue oportuno elevar la voz para reivindicar sus derechos (la voz de Jehová es mencionada siete veces en este salmo). Acabará el dominio de las naciones (esos âhijos de poderososâ) sobre Israel, pues el Señor dará poder a su pueblo cuando se siente como Rey para siempre (v. 10-11).
¿No es poderosa y magnÃfica esa voz del Creador que todos los hombres tienen oportunidad de oÃr? Dios les habla a través de los fenómenos naturales: viento, trueno, aludes o terremotos que impresionan a las almas por su grandeza al mismo tiempo que les infunden espanto y terror⦠aunque generalmente ¡muy pasajero! Mas ante todo Dios se ha dirigido al mundo por Jesucristo, el Verbo hecho carne (Juan 1:14; 18:37). Fue la voz de la potestad divina âsobre las muchas aguasâ (v. 3), cuando Ãl detenÃa la tempestad con una palabra (Marcos 4:39). Pero también es âla voz callada y suaveâ (1 Reyes 19:12-13; V.M.) del amor, la voz del buen Pastor. Ãsta todavÃa se oye hoy en su Palabra. ¡Sepamos escucharla!
Los cinco primeros versÃculos de este salmo son certeros en cuanto al remanente de Israel y aptos para alentar a todos los redimidos al recordarles que, si tienen que pasar por una âleve tribulación momentáneaâ, ésta produce en ellos un âeterno peso de gloriaâ (2 Corintios 4:17).
A las lágrimas, de las que muchos participan, pronto les sucederán los cánticos de gozo, en la mañana del dÃa eternal. Pero incluso en la misma noche, en medio de pruebas, aquel que conoce al Señor posee un gozo interior que le permite cantar (Salmo 42:8; Job 35:10). Asà él da a su alrededor el más poderoso de los testimonios (Hechos 16:24-25).
¡Desanimarse en la prueba es un peligro! Pero, inversamente, un creyente que goza de prosperidad corre el riesgo de apoyarse sobre ella (el salmista la compara a un âmonte fuerteâ o âmi montañaâ, en otras versiones), lo que, a veces, obliga a Dios a esconder su rostro por un tiempo para inducir al fiel a buscarle (v. 6-8). La prosperidad en el mundo fácilmente viene a ser un obstáculo para mantener la comunión con el Señor; es, pues, ventajoso que estemos despojados de ella. ¿Cuál es el medio de escapar de esos peligros? Mirar más allá de la presente oscuridad y por encima de ânuestro monteâ, considerar todas las cosas en la perspectiva de la bienaventurada eternidad.
âEn ti, oh Jehová, he confiadoâ, tal es la firme declaración del creyente (v. 1). Luego la hallamos en el versÃculo 6: âMas yo en Jehová he esperadoâ y aun al final de nuestra lectura: âMas yo en ti confÃoâ. En medio de la tempestad desencadenada por los hombres, él se aferra a esa certeza. Encuentra su refugio, no en su propio monte (véase Salmo 30:7) sino en Jehová, su inamovible Roca (v. 3). En el segundo versÃculo pide: âSé tú mi rocaâ, pero en el tercero afirma: âTú eres mi rocaâ. Nada podrá derrumbar jamás lo que se ha establecido sobre semejante fundamento (Mateo 7:24-25). Querido amigo ¿ha edificado su vida sobre esa roca?
Hay un momento de la existencia en que esta confianza es más necesaria que en cualquier otro. Es el último, en el que se debe dejar todo para pasar por la muerte. En ese oscuro pasaje no existe ningún apoyo para el alma sino el Dios en quien, ahora y para siempre, hayamos puesto nuestra fe (Proverbios 14:32). Consideremos a nuestro incomparable Modelo: en el momento de su muerte, Cristo expresa esa maravillosa confianza por medio de sus últimas palabras en la cruz, las que reconocemos en el versÃculo 5: âPadre, en tus manos encomiendo mi espÃrituâ (Lucas 23:46; véase también v. 15).
âTodo tiene su tiempo⦠tiempo de nacer y tiempo de morir⦠tiempo de llorar, tiempo de reÃrâ¦â (Eclesiastés 3:1-8). Pero todos nuestros tiempos están en las manos de nuestro Dios. Con anticipación, él determinó su sucesión y particularmente lo que concierne al tiempo de la prueba. Y no olvidemos, cada vez que hagamos proyectos, ese versÃculo 15.
Además de la protección y la liberación, el alma halla cerca de Dios algo más precioso aun: una bondad grande (v. 19), maravillosa (v. 21), una bondad que Dios âha guardadoâ para los que le temen y confÃan en él (Salmo 34:9). No temamos agotar la divina reserva. Pero también ¿cómo responder a semejante bondad? El versÃculo 23 nos lo enseña: âAmad a Jehová, todos vosotros sus santosâ. Ãste es âel primero y grande mandamiento de la leyâ (Mateo 22:37-38). Pero no es gravoso (1 Juan 5:2-3). Porque comprender la bondad del Señor ¡ya es amarle! SÃ, para que el amor hacia él sea producido y mantenido en nuestro corazón, ocupémonos mucho en Su amor para con nosotros. âNosotros le amamos a él, porque él nos amó primeroâ (1 Juan 4:19).
Cuanto más ha gemido otrora el alma bajo el peso de sus pecados, tanto más gusta de la felicidad de la que nos hablan los versÃculos 1 y 2. ¿Es usted uno de esos bienaventurados? Si no lo es, el versÃculo 5 le indica el camino para llegar a serlo: el del arrepentimiento y la confesión (compárese Lucas 15:18). âNo encubrÃâ¦â, dicho de otro modo, confesarlo todo es siempre el medio adecuado para que Dios cubra mi pecado (v. 1). En cambio, si busco encubrirlo, tarde o temprano Dios tendrá que sacarlo a la luz (Mateo 10:26).
El trabajo de Dios empieza sacudiendo la conciencia. Su mano se hace gravosa hasta que el pecador sea llevado al arrepentimiento; entonces éste es seguido al instante por el perdón. Este último nos es presentado en estos versÃculos bajo tres aspectos: transgresión perdonada, pecado cubierto e iniquidad no culpada.
Enseguida viene el andar. No nos parezcamos a bestias de carga sin inteligencia, las que por ese motivo deben ser contenidas y dirigidas por la fuerza. La rienda y el freno son las imágenes de los penosos medios que Dios debe emplear cuando no queremos acercarnos a él (v. 9; Proverbios 26:3). Cuánto mejor es dejarnos instruir, enseñar y aconsejar directamente por la Palabra y en la comunión con el Señor.
El primer versÃculo continúa con el pensamiento final del salmo 32. Aquel que ha llegado a ser un justo mediante el perdón de sus pecados es invitado a alegrarse y a alabar a Jehová. Es la parte y el deber de todo creyente. Sin embargo, este salmo se aplica directa y colectivamente al Israel futuro, cuando se le haya perdonado por haber rechazado a su MesÃas. Su alabanza abarcará tres grandes temas: la fidelidad de Dios (v. 4-9), quien es el Creador de todas las cosas; la sabidurÃa de Dios (v. 10-17), quien todo lo conoce y quien gobierna a las naciones; la bondad de Dios (v. 18-22), la que se ejerce para con todos aquellos que se confÃan en él.
Aquà el cántico nuevo (v. 3) está en relación con una tierra nueva de la que Dios habrá barrido la injusticia y a la que habrá llenado con su bondad. El consejo de las naciones y las maquinaciones de los pueblos habrán sido anulados para que puedan cumplirse los eternos consejos de Dios y los pensamientos de su corazón (v. 10-11). Por su Palabra fueron creados los cielos (comparar v. 6 y Hebreos 11:3). Ahora, ella nos da una nueva vida y opera en nosotros, mientras aguarda su completa realización en un mundo restaurado. Dios mira desde los cielos y considera a todos los habitantes de la tierra (v. 13-14). Pero, según su promesa del salmo 32:8, él sigue muy particularmente con su ojo vigilante a los que le obedecen y esperan en su amor (v. 18; véase también Salmo 34:15).
Para mostrarnos que todas nuestras circunstancias, incluso las más humillantes, pueden conducirnos a bendecir a Dios, el EspÃritu de Dios se sirvió de un episodio de la historia de David para dictarle las palabras de este salmo (véase 1 Samuel 21:10-15). Pero ¡cómo superan su propia experiencia! Imitemos a âeste pobreâ: sepamos, como él, magnificar siempre y en todo lugar el nombre de nuestro Dios. En el versÃculo 11, él es como si nos reuniera a su alrededor para dirigirse a nosotros con amor: âVenid, hijos, oÃdmeâ.
Hay una palabra de aliento para cada uno. Al que está en peligro, lo tranquiliza con los versÃculos 7, 15 y 17 (véase IsaÃas 63:9). A otro que conoce dificultades materiales, contesta a sus preocupaciones con los versÃculos 9 y 10. ¿Atraviesa alguno el duelo o las penas?: le muestra dónde encontrar el consuelo (v. 18). Por encima de todo, su deseo es el de darnos confianza en su Padre para que le alabemos con él. âGustadâ ânos dice Ãlâ ây ved que es bueno Jehováâ (comparar 1 Pedro 2:3). Pero el Señor sabe también que necesitamos su exhortación: âGuarda tu lengua del mal⦠Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y sÃguelaâ (v. 13-14; ver 1 Pedro 3:10-12). Pedro no termina la citación del pasaje, pues hoy es dÃa de gracia. El juicio anunciado al final del salmo está por venir.
El Ãngel de Jehová, que âacampa alrededor de los que le temen, y los defiendeâ (Salmo 34:7), está llamado aquà a acosar y perseguir a los enemigos del justo (v. 5-6). «Después de un tiempo de paciencia y de gracia infatigable, de una gracia que permaneció sin resultado, en lugar de vengarse por sà mismo, el residuo se confiará en Dios para obtener su liberación» (J. N. Darby). La liberación del creyente judÃo infaliblemente estará acompañada del juicio de los malos. En cambio, en lo que concierne a los cristianos, su liberación no se efectuará por medio de la destrucción de los injustos, sino por su arrebatamiento para ir al encuentro del Señor. Creyentes e inconversos no permanecerán siempre juntos. Cuando el Señor venga en las nubes, los primeros serán arrebatados de la tierra y los demás quedarán para la terrible âhora de la pruebaâ (Apocalipsis 3:10). En cambio, el dÃa en que el Hijo del Hombre se manifieste y aparezca en gloria, los creyentes de ese tiempo serán dejados para el reino de Cristo y los malos serán quitados (Lucas 17:34-36).
¡Qué ingratitud la del hombre natural! David habla de ella por experiencia, ya que la comprobó tan a menudo (v. 12-15). Pero Cristo conoció y experimentó esa ingratitud mucho más profundamente: âMe devuelven mal por bien y odio por amorâ (v. 12; Salmo 109:5).
En lo que nos concierne tal vez no tenemos que enfrentar, como el fiel de este salmo, la maldad de los hombres. Pero, sin hablar de las tribulaciones futuras de Israel, no olvidemos que las persecuciones han sido la parte de muchos cristianos y lo son aun hoy. Podemos estar muy agradecidos si la libertad de conciencia y de reunión sigue siéndonos otorgada en nuestros paÃses. Alabar al Señor entre el pueblo de sus redimidos es el justo deseo del creyente (v. 18). ¿Apreciamos este privilegio los que lo poseemos aún?
En el evangelio de Juan (cap. 15:25) Jesús se refiere a ese odio âsin causaâ del que fue objeto (v.19). Sin causa ¡por cierto!⦠y, sin embargo, el odio del mundo hacia Cristo y los suyos no debe extrañarnos (1 Juan 3:13). Es el que Satanás inspira a los hombres contra Aquel que lo venció. ¿Pueden imaginarse sentimientos más viles que los de los versÃculos 21, 25 y 26? Pocas expresiones ponen tan al desnudo, en todo su horror, las profundidades de la maldad del corazón humano: el perverso gozo de ver sufrir a un inocente, quien era el Hijo de Dios que habÃa venido al mundo para salvar a los hombres. âEa, ea, nuestros ojos lo han vistoâ â gritan los burlones (v. 21). âTodo ojo lo verá, y los que le traspasaronâ anuncia Apocalipsis 1:7. Ya no más en la cruz, sino en toda su gloria judicial.
Comparemos el final del versÃculo 4 con la exhortación de Romanos 12:9: âAborreced lo maloâ. No sólo el hombre del mundo es indiferente al pecado (ya que juzgarlo serÃa condenarse a sà mismo) sino que se divierte con él y hace de él el tema favorito de su literatura y de sus espectáculos. Al mismo tiempo, esa insensibilidad respecto del mal lleva al hombre a vanagloriarse y a lisonjearse âen sus propios ojosâ incluso en presencia de la más escandalosa iniquidad (v. 2; Deuteronomio 29:19). Como nos vemos obligados a vivir en semejante atmósfera, nuestra conciencia de creyentes corre el riesgo de embotarse a la larga. Pero siempre aborreceremos el pecado si recordamos la cruz y el terrible precio que tuvo que ser pagado en ella para que ese pecado fuese abolido. La bondad de Dios está en los cielos, fuera del alcance de los designios de los malos (v. 5, 7). Y, al mismo tiempo, se extiende como alas protectoras para amparar a los hijos de los hombres (véase Salmo 17:8). Desgraciadamente, a semejanza de los habitantes de Jerusalén en el tiempo del Señor, muchos hoy dÃa no quieren saber nada del refugio que se les ofrece (véase Mateo 23:37).
El manantial de la vida y la luz divinas, asociadas en el versÃculo 9, nos recuerdan a Cristo, el Verbo, del que está escrito: âEn él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombresâ (Juan 1:4).
El salmo 37 no es, como la mayorÃa de los precedentes, una oración del fiel a propósito de los malos que le atormentan. Por el contrario, aquà le llega la contestación divina. No le trae todavÃa la liberación esperada sino los preciosos recursos y las instrucciones para hacer frente al mal que le rodea. ¡Cuántas veces hacemos esta experiencia! En contestación a nuestra oración, el Señor, en lugar de quitarnos la prueba, nos da la fuerza para atravesarla. Según la promesa del salmo 32:8: âTe haré entender⦠te enseñaréâ¦â reconocemos la voz del afectuoso Maestro.
Ãl mismo puso en práctica las intrucciones que aquà da. Y, conociéndonos, sabe bien que la visión del mal a nuestro alrededor puede producir en nuestros pobres corazones dos enojosos sentimientos: la irritación y el celo (v. 1, 7 y 8; Proverbios 24:1, 19). De ahà estas exhortaciones que deberÃamos leer a menudo: no te impacientes, no te alteres, no te excites; no tengas envidia; haz el bien; encomienda a Jehová tu camino; confÃa en Ãl. También se hallan preciosas promesas ligadas a esas exhortaciones: âÃl te concederá las peticiones de tu corazón⦠él hará⦠â. ¡Dejémosle obrar! El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo nuestros pies (compárense los versÃculos 10, 17 y 20 con Romanos 16:20).
âPor Jehová son ordenados los pasos del hombreâ (v. 23). La independencia es caracterÃstica de nuestra naturaleza. Reconocer que necesitamos a Dios para cada paso de nuestra vida cotidiana, es una verdad que no admitimos gustosos. ¡No aguardemos haber caÃdo a menudo para convencernos de ello y aceptar la ayuda del Señor!
En este salmo se trata del justo (o de los justos). Se le da este nombre al fiel remanente judÃo; éste poseerá el paÃs (v. 9, 11, 22, 29, 34) después de la destrucción de los impÃos, afirmación repetida cinco veces (v. 9, 22, 28, 34, 38). Hoy dÃa, el hijo de Dios tiene el derecho de llevar el mismo tÃtulo (Romanos 5:19). ¿Cómo se reconoce al justo? Ãl âtiene misericordia y daâ (v. 21). Su boca habla sabidurÃa, y su lengua, justicia, âla ley de Dios está en su corazónâ (v. 30-31). Amor, sabidurÃa, verdad, apego a la Palabra⦠¿pueden todas estas cosas notarse en nuestro andar de cada dÃa? Por nuestra parte podemos contar con la fuerza, la ayuda y la liberación de Dios (v. 39-40). Ver a un justo abandonado es una cosa inconcebible (v. 25; 2 Corintios 4:9). Y, no obstante, sabemos que el «Justo por excelencia» tuvo que serlo (Salmo 22:1; Job 34:17).
La enseñanza dada en el salmo 37 parece haber sido comprendida. El fiel no reclama más la destrucción de los pecadores que le fue prometida expresamente. En lugar de irritarse a causa de los que hacen el mal, siente profundamente su propio pecado (v. 3-5). Al mismo tiempo se da cuenta de que está en la mano de Dios, quien le reprende y castiga; y en él espera (v. 15).
No le corresponde a él mismo responder a aquellos que le persiguen; menos aún vengarse. âTú responderás, Jehová Dios mÃoâ. Ahà reconocemos las enseñanzas del Nuevo Testamento: âNo paguéis a nadie mal por mal⦠no os venguéis vosotros mismos, amados mÃos⦠yo pagaré, dice el Señorâ (Romanos 12:17, 19). La única respuesta que tenemos derecho de dar al mal que se nos hace, es⦠el bien; es lo contrario de estos âenemigosâ (v. 19), de estos âcontrariosâ que âpagan mal por bienâ (v. 20). Y el sorprendente motivo nos está aquà revelado: ââ¦por seguir yo lo buenoâ. El celo, el deseo perverso de suprimir lo que ponÃa en evidencia, por oposición, su propia maldad, tales son los horrorosos sentimientos que condujeron a los hombres a matar al Santo y al Justo (Juan 10:32; 1 Juan 3:12; Hechos 3:14-15).
Para refrenar la voluntad propia del creyente, a veces Dios debe utilizar el cabestro y el freno (Salmo 32:9). Y para refrenar la lengua, ese pequeño miembro indómito, la âmordazaâ puede ser necesaria (v. 1; Santiago 3:2).
Nosotros, quienes tenemos tanta dificultad para callar, particularmente cuando se nos perjudica, pensemos en el perfecto ejemplo del Cordero que no abrió su boca (v. 9; Salmo 38:13; IsaÃas 53:7; 1 Pedro 2:23).
âDiste a mis dÃas término cortoâ (v. 5). Breve es la existencia⦠y, sin embargo, es desperdiciada insensatamente por muchos en su vana agitación por amontonar bienes terrenales (v. 6; Eclesiastés 2:21, 23). Consideremos con atención los cuatro âciertamenteâ de los versÃculos 5, 6 y 11. No sólo el hombre es âcompleta vanidadâ (v. 5, 11), sino que âsolamente en una semejanza de realidad andaâ¦â (v.6 âV.M.). Sobre la escena de este mundo, donde el drama humano está por acabar, los personajes y el decorado pronto serán puestos de lado. âLa apariencia de este mundo se pasaâ (1 Corintios 7:31). Lo verdadero, firme, imperecedero, es lo que pertenece al dominio invisible y celestial (1 Pedro 1:4). Al comprender que nada puede esperar de un mundo tal, el fiel se pregunta: âY ahora, Señor, ¿qué esperaré?â, y se da la respuesta a sà mismo: âMi esperanza está en tiâ (v. 7).
¡Glorioso salmo! En él, Cristo, Hombre resucitado, toma la palabra para desplegar âlas maravillasâ y âlos pensamientosâ de Dios (hacia nosotros, pues él se asocia a los suyos âv. 5) como en cuatro cuadros sucesivos. El primero nos transporta a la eternidad pasada (v. 6-7, citados en Hebreos 10:5-9). El Hijo, el único capaz de poner en regla la cuestión del pecado, se presenta para ser el siervo obediente: âHe aquÃ, vengoâ. âY vinoâ¦â confirma Efesios 2:17.
El cuadro siguiente nos muestra a Jesús en la tierra, anunciando y cumpliendo âtoda justiciaâ (Mateo 3:15), dando un perfecto testimonio acerca del Dios de bondad y de verdad, hablando de su fidelidad y de su salvación. Toda la vida de Cristo se halla resumida en estos versÃculos 8-10.
Luego el Salvador está ante nosotros en la solemne hora en que debe exclamar: âMe han alcanzado mis maldadesâ¦â (v. 12). ¿Mis iniquidadesâ¦? Pero ¡eran las nuestras! Ãstas son sin número. En el salmo 38, versÃculo 4, eran como âcarga pesadaâ.
Finalmente, el último cuadro, para el cual volvemos a los versÃculos 1 a 3: âel pozo de la desesperaciónâ y âel lodo cenagosoâ ceden el sitio a âla peñaâ de la resurrección. Cristo, liberado de la muerte por el poder de Dios, a quien esperó pacientemente, canta su alabanza y, al final del salmo, invita a los hombres a celebrarle también (v. 3).
Por el EspÃritu profético, Cristo declaró al final del salmo 40: âAfligido yo y necesitadoâ. Voluntaria pobreza destinada a enriquecernos (2 Corintios 8:9). ¡Bienaventurado, pues, el que piensa en ese âPobreâ! Pero también el que sabe ponerse en el lugar de los pobres, los humildes, los que sufren⦠Y, ¡bienaventurado el que en espÃritu âya que no en realidadâ toma como su Señor esa posición de pobre! (Mateo 5:3).
¡Qué aliento trae el versÃculo 3 a los enfermos! Primeramente trae la promesa del socorro divino. Aunque ânuestro hombre exteriorâ se va desgastando, el ser interior se renueva de dÃa en dÃa por medio de los cuidados del gran Médico de las almas (2 Corintios 4:16). Y, además, âtoda la camaâ del enfermo se verá milagrosamente transformada. Porque la presencia del Señor a su cabecera tiene el poder de cambiar su postración en gozo. ¡Preciosa visita, capaz de hacer olvidar la incomprensión o la indiferencia de la que el enfermo haya sido objeto! (v. 8).
Sabemos cuándo se cumplió el versÃculo 9. Con qué tristeza debió citarlo el Señor, antes de dar al traidor Judas âel pan mojadoâ que lo señalaba (Juan 13:18, 26).
Finalmente, el primer libro de los salmos termina con una alabanza eterna, a la cual, amigos creyentes, podemos unir nuestro amén.
Dios se sirvió de Salomón, el más sabio entre los sabios (1 Reyes 4:29...), para darnos âlos Proverbiosâ, el libro de la SabidurÃa. Aunque se dirige a todos, está expresamente dedicado al joven (v. 4). SÃ, ese libro fue especialmente escrito para ti, joven amigo creyente, llegado a la edad de la reflexión y del juicio personal. Es el momento de tu orientación y de las elecciones decisivas. En la escuela de Dios, en la que se desarrolla tu educación cristiana bajo la autoridad y el ejemplo de tus padres (v. 7-9), los Proverbios constituyen uno de tus principales «libros de texto». Contiene definiciones, reglas con sus aplicaciones, ejercicios, ejemplos para seguir y otros que no deben ser seguidos. Pero la SabidurÃa (como la Palabra con la cual se identifica) es al mismo tiempo una persona viviente que enseña y guÃa en su andar a los que llama sus hijos.
Los Salmos empiezan con la misma puesta aparte del fiel (Salmo 1:1). Aquà es lo mismo, pues la primera instrucción dada al hijo le manda evitar âel camino de los pecadoresâ que buscarán seducirle diciéndole: âVen con nosotrosâ (v. 11). Ella le muestra adónde conduce ese camino y lo pone en guardia: âHijo mÃo, no andes en camino con ellosâ (v. 15; léase Efesios 5:11).
La SabidurÃa asumió la tarea de educar a sus hijos o, dicho de otro modo, a sus discÃpulos. Pero igualmente se vuelve hacia afuera para invitar a otros a llegar a serlo. Dios no dio su Palabra solamente para instrucción de los creyentes; también ella es el Evangelio de la gracia que muestra a los inconversos el camino de la salvación. Vea a la SabidurÃa ây a través de ella al Señor Jesúsâ buscar diligentemente a las almas por doquier se extraviaron. Quizás conozcamos âpor haberlos frecuentado antes de nuestra conversiónâ esos lugares ruidosos en los que el mundo se aturde. La sabidurÃa clama para hacer oÃr su voz por encima de toda esa algarabÃa (comp. Juan 7:37 y 12:44). Y esa Palabra que Dios hace anunciar en todas partes tiene un doble efecto: salvación para unos, condenación para otros (comp. Hechos 17:32-34). Para los desdichadamente numerosos que rehúsan escuchar, la misma voz que hoy hace resonar los apremiantes llamados de la gracia un dÃa se tornará irónica y terrible (v. 26). Entonces será demasiado tarde (comp. v. 28 con Amós 8:12). Mas todos aquellos que escuchan habitarán en seguridad, sin temor del juicio (v. 33). Aprovecharán la promesa del versÃculo 23: âHe aquà yo derramaré mi EspÃritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabrasâ.
Antes de volver a ocuparse en la educación de su hijo, la SabidurÃa escudriña sus disposiciones. ¿Está decidido a dejarse instruir para hallar el conocimiento de Dios? (v. 5). ¿De buena voluntad se incorpora a esa «escuela»? En efecto, ninguna enseñanza es verdaderamente provechosa si no está acompañada del deseo de adquirir ese conocimiento y del sentimiento de su importancia. Ocurre que un mal escolar llega a ser un buen alumno a partir del momento en que comprende que su porvenir depende de su trabajo.
He aquÃ, pues, se nos ofrecen la sabidurÃa y la inteligencia. Dios no limita los dones de su EspÃritu (Juan 3:34). Pero, al mismo tiempo, hemos de procurarlos, de buscarlos activamente mediante la oración (v. 3; comp. 1 Corintios 14:1). Los versÃculos 1 a 4 invitan al creyente a realizar siete esfuerzos. En efecto, si nuestro corazón no está firme y personalmente comprometido, la mejor de las educaciones no podrá resguardarnos mucho tiempo (comp v. 10-11; véase Daniel 1:8). Propenderemos a alinearnos en el ambiente en el cual nos hallemos; estaremos, pues, a merced de malas influencias (v. 12-22). Y el dÃa que haya que partir de la casa paterna podrÃa ser un viraje fatal (léase 1 Corintios 15:33).
Son para ti, joven amigo creyente, estas palabras llenas de amor de tu Padre celestial: âHijo mÃo, no te olvides...â. Esta expresión âmi hijoâ se halla repetida catorce veces en los capÃtulos 1 a 7. El apóstol, al citarles a los hebreos los versÃculos 11 y 12, se verá obligado a decirles: âHabéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirigeâ. Pesemos bien, pues, las advertencias de estos capÃtulos recordando quién nos las dirige (Hebreos 12:5 y 25).
La bondad y la verdad son inseparables. Corresponden a la naturaleza de ese Dios de amor y de luz del cual somos hijos. Guardémoslas en nuestros corazones (v. 3).
Asà como nos lo mostró el capÃtulo 2, mediante la oración ha de buscarse una inteligencia, aquella mediante la cual el EspÃritu Santo nos hace entrar en los pensamientos de Dios. Bienaventurado el que la obtiene (v. 13). En cambio, existe otra de la cual tengo que desconfiar: mi propia inteligencia (v.5). No puedo, al mismo tiempo, apoyarme en ella y confiarme a Dios de todo corazón ni seguir a la vez mis razonamientos... y las directivas de lo alto. âNo seáis sabios en vuestra propia opiniónâ recomienda Romanos 12:16 al retomar nuestro versÃculo 7.
Retener las instrucciones de la SabidurÃa es, en primer lugar, necesario para la vida de mi alma. âNo sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Diosâ (Lucas 4:4). Al mismo tiempo, aquello será ante los demás un adorno que me concede la gracia de Dios (v. 22; 1:9; 4:9). De dÃa mi andar se hallará fortalecido por ello y durante la noche descansaré con seguridad. Mi sueño será grato (v. 24). ¿De dónde me vienen las vacilaciones y los errores de juicio que, a menudo, me hacen tropezar durante el dÃa? ¿De dónde los temores y los tormentos de espÃritu que a veces me asaltan aun durante la noche? De haber perdido de vista las enseñanzas del Señor, asà como la simple confianza en Ãl (v. 26), por haber razonado según mis propios pensamientos.
Dios, quien conoce mi egoÃsta corazón, me recuerda luego lo que le debo a mi prójimo (v. 27; Lucas 6:30). Y, como soy su hijo, Ãl aguarda de mà una entera rectitud y ausencia de segundas intenciones en mis hechos y palabras. Dulzura y mansedumbre son virtudes de las cuales el mundo podrÃa aprovecharse para despojar al creyente que las manifiesta, pero éste nunca es perdedor. Dios da âmayor graciaâ, como nos lo promete Santiago al citar el versÃculo 34 (Santiago 4:6).
El hijo de padres creyentes empieza a adquirir en su familia los rudimentos de la sabidurÃa según Dios. Discutir, menospreciar o abandonar âla buena enseñanzaâ oÃda en casa son actitudes que no pueden ser bendecidas y constituyen el demasiado frecuente punto de partida de vidas perdidas para el testimonio (comp. v. 10 con Ãxodo 20:12).
âEl padre hará notoria tu verdad a los hijosâ (IsaÃas 38:19). La enseñanza cristiana es la responsabilidad del jefe de familia, quien transmite a sus hijos lo que, a menudo, él mismo recibió de sus propios padres (Salmo 78:4-6). Salomón, el inspirado escritor de los Proverbios, sin duda recuerda las últimas palabras de su padre David (v. 3; 1 Reyes 2:1-3).
Los versÃculos 11 a 13 nos instruyen en cuanto al andar y los versÃculos 14 a 19 en cuanto al camino. Se nos describe el camino de los malos para que sepamos evitarlo y emprender firmemente esa âsenda de los justosâ, la cual es âcomo la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el dÃa es perfectoâ. La sabidurÃa es un dominio en el cual se progresa poco a poco (comp. Lucas 2:52). Lo que no es normal es detenerse en este crecimiento, lo que es debido a un mal estado de la conciencia. ¡Es de desear que este versÃculo 18 resuma la vida de cada uno de nosotros!
Todos los sentidos, todos los vitales órganos del creyente deben quedar bajo el control de la sabidurÃa. Querido amigo creyente, Dios ha puesto esa sabidurÃa a tu disposición (Santiago 1:5). Mediante ella eres responsable de vigilar tu oÃdo (v. 20), tus ojos (v. 21 y 25), tus pies (v. 26-27; véase Salmo 119:101), tus pensamientos, tus labios (cap. 5:2). Y sobre todo tu corazón, ese centro motor que gobierna a todo el ser (v. 23). Si es atrapado, estás perdido. ¡Cuántos han malogrado su vida y derramado amargas lágrimas por haber dejado que en el tiempo de su juventud se desarrollara una inclinación que no era según el Señor!
Asà como los labios son la puerta de salida del corazón, los ojos son su principal puerta de entrada. Cuidemos, pues, que nuestros ojos miren rectamente hacia adelante, puestos en Jesús, meta de la carrera de la fe (Hebreos 12:2). De esta manera ninguna codicia podrá hallar un complaciente acceso al corazón.
Los versÃculos 8 y siguientes describen la miseria de aquel que se ha dejado apartar por la âmujer extrañaâ; da sus años âal cruelâ (v. 9). Demasiados años hemos dado a Satanás antes de nuestra conversión. ¿QuerrÃamos volver a estar bajo su dominio?
Ser fiador es recomendar a alguien y garantizar los compromisos que él contrajo. En apariencia, esto nace de un buen sentimiento. Pero Dios aborrece la fianza, primeramente porque traduce la confianza en el hombre, luego porque dispone inconsideradamente del porvenir, el que le pertenece sólo a Dios (JeremÃas 17:5; Santiago 4:13-14).
Al perezoso, los versÃculos 6 a 8 le aconsejan que visite un hormiguero. ¡Cuántas provechosas lecciones se pueden aprender junto a ese pequeño y laborioso pueblo!: diligencia, perseverancia, prudencia, orden, ayuda mutua, libre disciplina. Ni una hormiga queda inactiva, y, si la carga es demasiado pesada, una compañera acude en su ayuda. Sepamos observar las vivientes instrucciones que Dios dispuso para nosotros aquà y allá en su creación.
Ya vimos que todos los miembros del creyente deben ser guardados y santificados para Dios (4:21-27; 5:1-2). Los versÃculos 12 a 19 nos muestran cómo esos mismos miembros están puestos al servicio del mal por el hombre natural. Tal era también nuestra condición cuando éramos esclavos del pecado. Pero Romanos 6:18-19 nos recuerda que fuimos libertados y nos exhorta firmemente a entregar ahora nuestros miembros para servir a la justicia.
Desde el principio del libro, inmediatamente después del temor de Jehová se le recuerda al joven creyente un primerÃsimo deber: escuchar a sus padres y obedecerles (1:8-9). Los versÃculos 20 a 22 vuelven sobre este importante tema para dar a la enseñanza del padre y de la madre el mismo lugar que el que Deuteronomio 11:18-19 atribuye a las palabras de Dios mismo (véase también Proverbios 23:22). Obedecer a sus padres es, pues, obedecer a Dios, cosa no sólo âjustaâ (Efesios 6:1) sino también que âagrada al Señorâ (Colosenses 3:20). ¡Es de desear que esa obediencia sea visible en las casas cristianas, tanto más cuanto que ella declina mucho en el mundo actual! (2 Timoteo 3:2). A la influencia del hogar familiar se opone una vez más la de la mujer extraña, la que personifica al pecado (2:16; 5:3 y 20; luego 7:5). No nos extrañemos de esas repetidas exhortaciones a estar alerta. Por experiencia sabemos que las tentaciones se renuevan. Serán más apremiantes en la medida en que encuentren en nuestros pensamientos o en nuestras costumbres una impureza no juzgada.
También la pereza abre mucho las puertas de la codicia carnal, como nos lo enseña la historia de David y su horrible pecado (2 Samuel 11).
Este capÃtulo ilustra, de la manera más solemne, el peligro que la mujer ajena hace correr al joven hijo de la SabidurÃa. Se trata de una verdadera caza del alma (comp. 6:26). Esa mujer impura, alborotadora y sin discreción está al acecho. Encubre sus perversas intenciones bajo apariencias religiosas (v. 14). Va, viene y acecha su presa con la complicidad de la noche. Sus armas: palabras melifluas y parpadeos (2:16; 5:3; 6:25). Su vÃctima: un joven liviano, entregado al ocio, vencido de antemano porque no tiene voluntad y es dominado por sus sentidos.
La escena se nos representa fácilmente: inconsciente, necio, âal punto se marchó tras ellaâ. La trampa del cazador de pájaros âes decir, Satanásâ en seguida se cerró (v. 23; Salmo 91:3). Demasiado tarde: ¡a qué precio fueron pagados los placeres de un momento! Porque âes contra su vidaâ y él no lo sabÃa. Jóvenes creyentes que fueron advertidos, ustedes son más responsables todavÃa. Pero también saben dónde hallar el recurso en la tentación: â¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabraâ (Salmo 119:9). Mediten ustedes el ejemplo de José y su firme respuesta en Génesis 39:9. Y, en la hora del peligro, clamen a aquel que siempre âes poderoso para socorrer a los que son tentadosâ (Hebreos 2:18).
Como en el capÃtulo 1, la SabidurÃa se vuelve hacia los perdidos y hace resonar sus llamados de gracia. Esta vez se detiene en las alturas, en los caminos y a las puertas de la ciudad, en todas partes donde pasa la gente. La encrucijada (v. 2) es un lugar de la ruta en el que se presenta la ocasión de cambiar de dirección. En la parábola, allà son enviados los siervos del rey a fin de buscar y convidar a cuantos hallen (Mateo 22:9). El capÃtulo 9 nos mostrará que también la SabidurÃa tiene preparado un festÃn y que envÃa a sus criadas para confirmar su invitación. Quizás usted ande todavÃa por el camino ancho; responda ahora a la insistente voz que le llama en la encrucijada. Esa voz es la de Jesús, quien quiere su felicidad. Hace oÃr cosas excelentes a todos los que le escuchan, palabras rectas, claras y verdaderas (v. 6 y 9). Tiene en reserva tesoros que no son comparables con el oro y la plata de este mundo. Hace heredar âriquezas duraderasâ (v. 18), âbienes veniderosâ, âmejor y perdurable herenciaâ, como los llama también Hebreos 10:1 y 34. En verdad, cuán gloriosas son las cosas âque Dios ha preparado para los que le amanâ (1 Corintios 2:9; comp. v. 17-21).
Lo âque Dios ha preparado para los que le amanâ tiene su fuente en Cristo. Ãl es âsabidurÃa de Dios en misterio, la sabidurÃa oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloriaâ (1 Corintios 2:7 y 9; véase también 1 Corintios 1:30). Los versÃculos 22 a 31 nos hacen remontar el curso del tiempo más allá del principio de las cosas creadas, tan lejos como puede ir nuestro pensamiento. Ya estaba la SabidurÃa, una Persona, al lado de Dios: el Hijo con el Padre, en una recÃproca plenitud de amor y de gozo para concebir y luego efectuar juntos la obra de la creación. Pero, además, nos enteramos aquà de algo extraordinario: antes que existiera un solo hombre, antes que ni siquiera hubiera una tierra para llevarlo, aun antes del âprincipio del polvo del mundoâ, fuimos, usted y yo, conocidos y amados. âMis delicias son con los hijos de los hombresâ, tal es la maravillosa declaración del Amado de Dios antes de que empezara el tiempo. No querÃa gozar solo del amor de su Padre. Y toda la obra que iba a emprender tenÃa ese gran propósito final: introducir hombres salvados y perfectos en su propia felicidad para gloria de Dios, su Padre.
El Verbo, quien era en el principio âcon Diosâ, quien âera Diosâ, descendió para hablar a los hombres y traerles la revelación del Padre (tema del evangelio de Juan). Asà ocurrió con la SabidurÃa. No se quedó al lado de Jehová. Edificó su casa entre los hombres (Juan 1:14) y los invita: âVenid, comed... bebed...â (comp. Juan 6:5). Primero sacia, luego instruye. Jesús llena el corazón antes de surtir la mente y la memoria. Si el amor por Ãl no precede al conocimiento de âsus mandamientosâ, no seremos capaces de guardarlos.
Además, la instrucción de la sabidurÃa debe empezar por su principio, el cual es el temor de Jehová (v. 10): es el sentimiento de la autoridad de aquel que dispensa la enseñanza. Uno se mantiene con respeto ante Dios al medir la importancia de cada una de sus palabras. No deberÃamos leer la Biblia de otra manera.
En el mundo, otra voz procura apartar a los hombres: ¡la de la locura (y del pecado)! Ella toma la apariencia de la SabidurÃa (comp. v. 4 y 16) y nos ofrece âgozar de los deleites temporales del pecadoâ (Hebreos 11:25). Pero miremos más de cerca el rostro de sus invitados: están muertos. En su siniestro festÃn, los difuntos están sentados a la mesa. (v. 18; 2:18-19).
A partir de este capÃtulo, los Proverbios se presentan como una serie de sentencias inspiradas por la SabidurÃa. No siempre es fácil captar su orden ni extraer de ellas los principales pensamientos. Por falta de lugar, aquà sólo podremos detenernos cada dÃa en un pequeño número de versÃculos.
El primero sirve de introducción general: âEl hijo sabio alegra al padreâ. Se completa con el versÃculo 24 del capÃtulo 23: âMucho se alegrará el padre del justoâ (véase también 15:20; 17:21 y 25; 29:3). Pensemos en la satisfacción de nuestros padres cuando mostramos estos caracteres de justicia y de sabidurÃa según Dios. Pero, al mismo tiempo, elevémonos más alto para admirar al Hijo, cuya excelente sabidurÃa hacÃa las continuas delicias de su Padre. No sólo en la eternidad pasada sino también durante su camino en la tierra (cap. 4:3; Mateo 3:17; 17:5).
Los versÃculos que siguen nos muestran en detalle de qué manera un hijo sabio honra y regocija a su padre: justicia práctica en la actividad (v. 4-5), en el andar (v. 9), en las palabras (v. 11, 13-14), esto es lo que manifestó Jesús y lo que regocijó infinitamente el corazón del Padre (véase Juan 8:29).
Un justo se da a conocer en particular por su lenguaje (comp. Mateo 26:73). ¿Le prestamos bastante atención? Ausencia de vocablos groseros, de palabra inconveniente o loca (Efesios 4:29; 5:4). Si tenemos la costumbre de decir todo lo que nos pasa por la mente, los versÃculos 19 y 20 se dirigen a nosotros. Pero, âplata escogida es la lengua del justoâ. Ella filtra las impurezas y sólo deja pasar lo que tiene valor. El corazón del creyente contiene dos fuentes que fluyen por la misma salida de nuestros labios (Santiago 3:9-11): el manantial de vida (v. 11; comp. Juan 4:14), capaz de apacentar a muchos (v. 21), y la fuente impura de nuestra carne, la que deja brotar todo mal pensamiento (Mateo 15:18-19; véase también Proverbios 12:18). La instrucción de la SabidurÃa nos enseñará tanto a hablar como a callar (léase la oración del salmo 141:-3).
En los versÃculos 24 a 30 se compara la suerte del justo y la del impÃo. El malo teme (v. 24); no es el temor de Jehová, sino un vago y supersticioso terror que tiene como telón de fondo la muerte, para la cual no está preparado (Job 15:20-21). ¡Cuán diferente es la parte del creyente! Para la vida presente Dios le otorga sus justos deseos (v. 24). Y, en cuanto al porvenir, su corazón se alegra con una bienaventurada esperanza (v. 28).
Hemos notado cómo la parte y el carácter del justo y del malo están puestos en contraste casi en cada versÃculo de estos capÃtulos. Ocurre asà en la vida diaria del hijo de Dios: colocado al lado de los incrédulos de este mundo, su fidelidad está llamada a hacer resaltar la iniquidad de ellos y a la inversa. Ãl es recto e Ãntegro en medio de los perversos e impÃos. Los versÃculos 9 a 14 presentan más particularmente el lado de la vida en sociedad. El justo no está llamado a vivir solo. Su presencia en medio de este mundo que le observa es un testimonio dado a éste. La epÃstola a Tito nos advierte que hemos de vivir justamente... en el presente siglo a fin de adornar, como lo hacen las ilustraciones de un libro, âla doctrina de Dios nuestro Salvadorâ (Tito 2:10-12).
âCon los humildes está la sabidurÃaâ (v. 2). El creyente que permanece ante Dios nunca tiene una alta opinión de sà mismo. El mejor remedio para la soberbia es pensar en la grandeza del Señor Jesús. Esa soberbia que va acompañada de menosprecio hacia el prójimo es lo contrario de la inteligencia (v. 12). Porque esta última siempre me hará hallar motivos para estimar al otro como superior a mà mismo (Filipenses 2:3).
La tendencia de nuestro egoÃsta corazón es acaparar y retener más de lo necesario (v. 24 y 26). Pero, leamos en Lucas 6:38 lo que recomienda el Señor Jesús. El verdadero medio de ser bendecido uno mismo es ocuparse en el bien de los demás. A veces esto desafÃa la prudencia y la sabidurÃa humana, pero Dios no tiene la misma aritmética que el hombre. Derriba sus cálculos y sus precauciones. Y las riquezas siempre son una trampa para los que confÃan en ellas (v. 28; comp. Marcos 10:24 y 1 Timoteo 6:17-18). âRicos en buenas obrasâ: tal debe ser nuestra ambición, según este último pasaje.
Sin embargo, existe en el mundo una cosa del más alto valor, la que somos invitados a buscar y a ganar. ¿Qué hay de más precioso que una alma. Para adquirir la nuestra, el Señor âvendió todo lo que tenÃaâ (Mateo 13:44-46). SÃ, âel que gana almas es sabioâ (v. 30). Dichoso servicio, ¿lo sabemos? Era el del discÃpulo Andrés (Juan 1:41-43); y puede ser el nuestro también, cualquiera sea nuestra edad y nuestro grado de conocimiento. ¿Qué necesita especialmente el que quiere ganar una alma para el Señor? Precisamente esta sabidurÃa pronta a aprovechar bien el tiempo (Efesios 5:15-16). Y también el amor, hábil para hallar el camino del corazón (1 Corintios 9:19 y 22).
Ahora se considera al justo en su vida familiar: su mujer (v. 4), su casa (v. 7), su servidor (v. 9), su bestia (v. 10), su trabajo (v. 11...). ¿Dónde debe mostrarse la fidelidad del creyente, si no es primeramente en sus relaciones domésticas y en su trabajo de todos los dÃas?
No deben confundirse estas enseñanzas de la SabidurÃa con lo que en el mundo se llama la moral. Ãsta es el conjunto de reglas de buena conducta que los hombres se dan a sà mismos; también a menudo se expresan bajo forma de máximas. Algunas de ellas fueron tomadas del cristianismo; otras son inspiradas por el buen sentido o por la experiencia de la vida en sociedad. Pero la moral humana no hace intervenir a Dios. Mientras que aquà tenemos principios divinos comunicados por Dios. Santiago 3:15 distingue entre la sabidurÃa de lo alto y la sabidurÃa de este siglo, terrenal, animal, diabólica, (por ejemplo, la que hizo hablar a Pedro en Mateo 16:22 y obligó al Señor a llamarle âSatanásâ).
El versÃculo 15 nos muestra que el hombre es incapaz de juzgar si su camino es recto o no. El mundo está lleno de esos necios que regulan sus pasos según la moral humana antes que escuchar el consejo de Dios.
âEl que guarda su boca guarda su almaâ (cap. 13:3). Entonces no nos extrañemos de hallar en los Proverbios tantas recomendaciones a propósito del empleo de la lengua. En el versÃculo 17 se trata de la verdad. Un hijo de Dios deberÃa ser conocido por decirla siempre, cueste lo que le costare (Efesios 4:25). El labio veraz (v. 19) es lo contrario de los labios mentirosos, los que âson abominación a Jehováâ (v. 22).
El versÃculo 25 nos sugiere otro uso para nuestra lengua: alegrar por medio de una buena palabra a aquellos cuyo corazón está abatido. La buena palabra por excelencia, ¿no es la buena nueva, el Evangelio? Por ella podré mostrar el camino a mi prójimo (v. 26).
¡Mostrar el camino es mostrar a Jesús (Juan 14:6) mediante mis palabras y sobre todo mediante mis obras! Ãl era ese Hijo sabio, quien escuchaba la instrucción del Padre (cap. 13:1; Juan 8:49).
Aquà volvemos a encontrar al perezoso con su opuesto: el diligente (v. 24, 27 y cap. 13:4). Al dejar de asar âlo que ha cazadoâ (v. 27), el perezoso se priva de alimento. Acordémonos que un esfuerzo personal es indispensable para retener y asimilar las verdades bÃblicas que hemos podido leer u oÃr (tomar notas y volver a leerlas, memorizar versÃculos, etc...). No seamos âtardos para oÃrâ (Hebreos 5:11).
La luz de los justos es alegre (v. 9; comp. Salmo 97:11). La alegrÃa según Dios forma parte del testimonio de los hijos de luz. Un cristiano triste a menudo es un triste cristiano. El humor áspero es como una pantalla que vela todo el resplandor (ver Filipenses 2:15) que un creyente podrÃa despedir.
En contraste, âse apagará la lámpara de los impÃosâ (v. 9; cap. 24:20). Les falta el aceite, como a las vÃrgenes insensatas de la parábola (Mateo 25:8), porque la vida del EspÃritu para mantener la luz está ausente.
âPor la soberbia no viene más que contiendaâ (v. 10 V. M.). En general explicamos nuestras disputas por otros motivos. A lo sumo, cada uno sabrá discernir la soberbia en su adversario. Sin embargo, este versÃculo me abre los ojos. Una contienda manifiesta mi propio orgullo: quiero tener razón; me humilla ceder. Bastará, pues, que yo muestre el espÃritu de Cristo para que cese inmediatamente el conflicto y... en el fondo para que consiga la victoria (Mateo 5:39-40; Génesis 13:8-9).
âLa enseñanza del sabio es manantial de vidaâ (v. 14 V. M.). Escuchemos, pues, a aquellos en quienes podemos reconocer esa sabidurÃa de lo alto. Pero más provechoso aun es andar con ellos (v. 20). ¿A quiénes frecuentamos?
La sabidurÃa de las mujeres está en relación con âsu casaâ (v. 1). En nuestro siglo, en el que la mujer casada a menudo busca desempeñar un papel en todos los campos, salvo en el de su propio hogar, es oportuno subrayar esta enseñanza bÃblica (Tito 2:5). ¿No es necesaria toda la sabidurÃa divina para la educación cristiana de los hijos? Aun las cotidianas tareas de la casa, que les parecen demasiado humildes y monótonas a algunas, tienen un gran precio para el Señor.
Varios versÃculos establecen lo que Dios llama la locura. Ãl no la aprecia según los mismos puntos de vista que el mundo (1 Corintios 1:19-20). Uno de los caracteres del necio es que se mofa del pecado (v.9). Es al mismo tiempo menospreciar la cruz que fue necesaria para quitar el pecado; y no hay más grande ultraje para Dios.
El versÃculo 13 define la alegrÃa del incrédulo en contraste con la del creyente (cap. 13:9). La esperanza del cristiano mantiene la alegrÃa en su corazón aun a través de sus penas. Puede ser a la vez âentristecido, mas siempre gozosoâ (2 Corintios 6:10). Mientras que para el mundo es a la inversa: âAun en la risa tendrá dolor el corazónâ (v. 13). Pobre y siniestra alegrÃa la que por un corto momento sólo oculta la perspectiva del terrible juicio venidero.
âEl que fácilmente se enoja hará locurasâ (v. 17; comp. Eclesiastés 7:9). Al contrario âel que tarda en airarse es grande de entendimientoâ (v. 29; véase también Santiago 1:19); y es un carácter a menudo atribuido a Dios mismo (Ãxodo 34:6; Números 14:18 etc...). ¡Cuántos hechos o palabras pronunciadas en un momento de irritación luego se deploran amargamente! Antes que un espÃritu impaciente mostremos más bien ese gran entendimiento: hagamos preceder la explosión de nuestra ira por un momento de reflexión (o mejor aun de oración). Más de una vez comprobaremos que después no subsiste ningún valedero motivo para nuestra irritación. El que sabe que tiene la aprobación de Dios es capaz de contar apaciblemente con Ãl (comp. 1 Reyes 22:24-25). âEl que tiene misericordia de los pobres es bienaventuradoâ (v. 21). Con el pretexto de que las buenas obras son sin valor para efectuar nuestra salvación, podrÃamos sentirnos inclinados a descuidarlas. Pero justamente los hijos de Dios son invitados a âocuparse en buenas obrasâ (Tito 3:14), sin perder de vista, no obstante, que el estado de las almas es más importante que las necesidades materiales. El versÃculo 25 nos recuerda al Testigo por excelencia... pero igualmente lo que debe caracterizar todo testimonio fiel: mostrar a las alas el camino de la liberación.
Ayer aprendimos que el medio de aplacar nuestra propia cólera es la paciencia y la oración. Ahora, he aquà un remedio para la ira de los demás: este soberano bálsamo se llama âla blanda respuestaâ. La humilde y apacible respuesta de Gedeón a los hombres de EfraÃn en Jueces 8:1-3 pudo más que la irritación de ellos. Y no es la menor de las victorias de ese hombre de fe. Al contrario, âla palabra ásperaâ abre una herida que luego es muy difÃcil de curar.
Comparemos los versÃculos 5, 10 y 12 (asà como los v. 31 y 32). Atender âa la reprensiónâ (v. 5 V. M.) o a la corrección permite que uno se haga prudente. Es tomarlas en cuenta para no volver a obrar mal. El capÃtulo 13:24 (y Hebreos 12:6 en relación con Dios) nos hizo notar que, contrariamente a las aparencias, los padres muestran su amor al disciplinar a sus hijos. El secreto para aceptar la reprensión, por consiguiente, está en comprender que es dictada por el verdadero amor y que tiene en vista «nuestro provecho». No seamos como el escarnecedor, quien no ama al que le reprende (v. 12).
âLa oración de los rectosâ es el gozo de Jehová, afirma el versÃculo 8. En efecto, la rectitud es la ausencia de voluntad propia, la plena sumisión al pensamiento de Dios, quien, entonces, podrá satisfacer tal oración (1 Juan 5:14-15).
Los versÃculos 16 y 17 nos enseñan cuáles son los verdaderos valores aquà abajo: el temor de Dios con el amor que viene de él. âGran ganancia es la piedad acompañada de contentamientoâ, atesta el apóstol. Asà que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con estoâ (1 Timoteo 6:6-8).
Subrayemos el versÃculo 23: âLa palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!â ¡Cuántas veces guardamos silencio cuando habrÃa que decir una palabra! Y, en general, ello se debe a una falta de ánimo o de dependencia del EspÃritu Santo (Mateo 10:19-20). Pero cuando, con el socorro del Señor, hemos aprovechado la ocasión para hablar de Ãl, experimentamos la primera parte de este versÃculo: el gozo viene a llenar nuestro propio corazón.
Nuestro capÃtulo se termina con este proverbio tan a menudo comentado por el Señor Jesús: âA la honra precede la humildadâ (véase Mateo 18:4; 19:30; 20:27-28; 23:11-12...). Pero Ãl no se contentó con enseñarlo con sus palabras. ¿Quién jamás se humilló como Ãl? Por eso, nadie será más exaltado.
Como nos lo muestran las mismas palabras del Señor, el Antiguo Testamento consta de tres grandes partes: la ley de Moisés (el Pentateuco), los profetas (que abarcan además los libros históricos) y los salmos con los libros poéticos (Lucas 24:44). Por consiguiente, abordamos con la profecÃa una importante parte de la Biblia, lamentablemente demasiado a menudo descuidada a causa de sus dificultades. Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir en ella también las cosas tocantes a Ãl (Lucas 24:27). Un profeta es el portavoz de Dios ante su pueblo para reprenderlo, advertirlo, traerlo de vuelta y consolarlo. En el primer capÃtulo, como entrada en materia, la primera misión de IsaÃas es la de un médico encargado de dar su opinión acerca de un enfermo cuyo estado es desesperado. ¡Qué terrible diagnóstico el de los versÃculos 5 y 6! Es tan válido para el hombre de hoy como para el israelita de otrora. âToda cabeza está enferma, y todo corazón dolienteâ. La inteligencia se ha corrompido al desviarse de Dios y los afectos por Ãl han faltado totalmente (Romanos 1:21). En esas condiciones, el despliegue de formas religiosas exteriores no es más que una vana hipocresÃa y aun una abominación (v. 13; comp. Proverbios 21:27).
He aquà toda la gracia divina que brilla a favor de su miserable pueblo (pero también a disposición de todo pecador que reconoce estar perdido). En el pasaje anterior lo dejamos cubierto de llagas y de heridas recientes (V.M.), semejante a ese hombre de la parábola que habÃa caÃdo en manos de ladrones (Lucas 10:30). Ahora Dios invita a ese pueblo a echar cuentas. ¿Rendir cuentas? ¿Para qué? ¿Qué decir en su defensa? El culpable tiene la boca cerrada. Y entonces, en lugar de condenación, puede escuchar de la boca de su propio juez la maravillosa promesa del versÃculo 18, la que trajo paz a tantos corazones: âSi vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidosâ¦â Sabemos que es por medio de la sangre de Cristo que esa purificación puede cumplirse (1 Juan 1:7). En cambio, el castigo se ejecutará sobre los que rehúsen el perdón ofrecido.
Los versÃculos 21 y siguientes nos describen lo que ha llegado a ser Jerusalén, âla ciudad fielâ: una guarida de homicidas. Es necesario que Dios la purifique. Para su desdicha, no será por la sangre redentora âporque nada quiso de ellaâ sino por el juicio que cae sobre los transgresores después de toda la paciencia que Dios demostró hacia un pueblo rebelde.
Pese a su ruina y a su miseria enceguecedoras, Jerusalén y Judá estaban hinchados de soberbia y de pretensión. Pero, cuando venga el dÃa del cual hablan los versÃculos 12 a 21, âla soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel dÃaâ¦â (v. 11 y 17). Dios hará saber públicamente lo que piensa de la gloria y del genio humanos (con todos sus agradables objetos de arte v. 16). El versÃculo 22 va mucho más lejos aún. âDejaos del hombreâ no sólo es la conclusión de nuestros dos capÃtulos sino la de todo el Antiguo Testamento; es la irrevocable sentencia de Dios sobre la raza humana de la cual Israel no es más que una muestra. Poco después, la cruz pondrÃa punto final a esa experiencia del hombre en Adán. De ahà en adelante, Dios no hace caso de él y, de acuerdo con Ãl, tenemos el privilegio de considerarnos âmuertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesúsâ (Romanos 6:11).
Este libro de IsaÃas empieza como la epÃstola a los Romanos, cuyos primeros tres capÃtulos formalmente establecen la culpabilidad del hombre y, por ende, su necesidad de justificación. La salvación de Jehová, significado del nombre de IsaÃas, podrá entonces ser revelada más adelante en la persona de Cristo, el Salvador (cap. 40 y sig.)
Hasta el capÃtulo 12, se tratará principalmente del juicio sobre Israel y Judá; luego, del capÃtulo 13 al capÃtulo 27 el que caerá sobre las naciones. Dios siempre empieza ese juicio por su casa âla esfera más responsableâ y éste será el caso de la cristiandad profesante (Romanos 2:9; 1 Pedro 4:17). El completo fracaso del hombre se nota más en los que tienen responsabilidades y ocupan una posición elevada. Pese a las formales enseñanzas de Dios se halla entre ellos el adivino y âel hábil encantadorâ (v. 3, V.M.; Deuteronomio 18:10). ¡En qué profunda corrupción cayó Israel! Pero, no obstante, Dios sabe diferenciar entre el justo y el impÃo (v. 10-11) y dará a cada uno según su obra. âLo que el hombre sembrare, eso también segaráâ confirma Gálatas 6:7 (comp. Job 4:8 y Oseas 8:7; 10:12-13).
Uno de los enojosos frutos cosechados por el pueblo es el desorden social, el derrumbamiento del orden establecido. No hay más disciplina, los hijos objetan la autoridad de sus padres y de sus educadores: âel joven se levantará contra el ancianoâ (v. 5), los valores morales y las obligaciones son puestos a un lado. ¡Cuántas analogÃas entre esta profunda decadencia de Israel y la que comprobamos hoy en nuestros paÃses cristianizados!
A las jóvenes, los versÃculos 18 a 23 les enseñan que los refinamientos de la moda no datan de nuestro siglo. ¿Hay algo más insoportable ây al mismo tiempo más ridÃculo (véase v. 16, final)â que esa extrema preocupación por la propia persona, ese deseo de atraer la atención y la admiración de los demás? De todos esos accesorios del vestir y esos adornos, Dios nos hace notar la vanidad. ¿Quiere decir esto que una creyente no debe cuidar su âatavÃoâ? ¡Al contrario! La Palabra le enseña aun la manera de hacerlo. Buenas obras (1 Timoteo 2:9, 10), un espÃritu afable y apacible (1 Pedro 3:2-6), son el adorno moral que a Dios le gusta; esto sin perder de vista que nuestra manera de vestirnos no le deja indiferente.
Lo que Dios da a su pueblo al final de su historia recuerda sus cuidados del principio, o sea, ânube y oscuridad de dÃa y de noche resplandor de fuegoâ (comp. Ãxodo 13:21-22) como para asegurarle: Nunca dejé de poner los ojos en ti.
Aquà termina el prefacio del libro. Nos ha mostrado la ruina total de Judá y de Jerusalén, los juicios que les alcanzarán, pero también su restauración y la gloria de Cristo (el renuevo del Señor, fuente y poder de vida - v. 2).
Una conmovedora parábola ilustra los cuidados de Dios para con su pueblo. Israel es la viña del Amado de Dios. Aunque fue plantada, arreglada y cuidada con la más tierna solicitud, en definitiva no produjo sino uva silvestre, incomible y sin valor. En la parábola de los labradores malvados, el Señor expresará la total decepción sufrida por el Amado que tenÃa todos los derechos sobre su viña, Israel (Lucas 20:9-16).
Pero estos versÃculos nos hacen palpar también nuestra propia ingratitud. Es como si el Señor, después de permitirnos hacer la cuenta de todas las gracias recibidas desde nuestra infancia, preguntara con tristeza a cualquiera de nosotros: ¿Qué debà de hacer por ti que no haya hecho? ¿No tenÃa derecho de esperar algún buen fruto de tu parte? ¡Y, sin embargo, nada produjiste para mÃ!
Conocemos el medio de llevar fruto. Es el de permanecer en âla vid verdaderaâ. Ahora que Israel, viña improductiva, ha sido quitada, Cristo ha llegado a ser esa vid verdadera y su Padre es el labrador (Juan 15:1).
En el versÃculo 8, IsaÃas empieza la serie de los âayesâ¦â Nos muestran las tristes consecuencias, tanto para Israel como para el ser humano en general, al rehusar obedecer a Dios.
Las pasiones de los hombres y los blancos que ellos persiguen varÃan según su condición social o su temperamento. Unos se afanan por agregar otro campo a su campo u otra casa a su casa (aunque sin poder habitar más de una a la vez - v. 8). ¡Ay de ellos! porque esas cosas de la tierra habrá que dejarlas en la tierra⦠para presentarse ante Dios con las manos vacÃas. Otros buscan su placer en las fiestas del mundo y en la excitación engañadora del alcohol (v. 11, 12, 22). ¡Ay de ellos cuando despierten demasiado tarde a las realidades eternas! También están los que se vanaglorian del pecado y provocan a Dios abiertamente (v. 18-19); aquellos cuya conciencia endurecida ha perdido la noción del bien y del mal (v. 20) y los que se complacen en su propia sabidurÃa (v. 21; en contraste con Proverbios 3:7). Todos los hombres están representados allÃ, desde el miserable borracho hasta el más grande filósofo, en una común y vana búsqueda de la felicidad (Eclesiastés 8:13). Pero el vocablo de Dios y el fin de todos los pensamientos y de todas las codicias humanas, sean distinguidos o vulgares, es: ¡Ay, ay, ay!
Veremos en los próximos capÃtulos de qué manera Dios se sirve de una nación (Asiria) como vara para castigar a su pueblo.
En una gloriosa visión, el joven IsaÃas se halla de repente colocado en presencia del Dios santÃsimo. Convencido de pecado, exclama: â¡Ay de mÃ, pues soy perdido!â (V.M. - comp. Lucas 5:8). Entonces a la santidad de Dios viene a responder su gracia. El altar está al lado del trono. La purificación del pecador se cumple a partir del altar, figura del sacrificio de Cristo. Y veamos con qué diligencia IsaÃas se presenta en seguida para servir a Aquel que acaba de quitar su pecado. ¿Estamos dispuestos a contestar del mismo modo al llamamiento del Señor: âHeme aquÃ, envÃame a mÃâ?
Es una misión muy extraña la que recibe en primer lugar el joven profeta. ¡Debe anunciar a âeste puebloâ que Dios hará incomprensible Su mensaje! Este endurecimiento ha sido a menudo recordado, por ejemplo en Mateo 13:14; Juan 12:40; Hechos 28:25-27: âAnda⦠Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oÃdos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oÃdos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidadâ. IsaÃas es enviado sólo después que ese pueblo desechó âla palabra del Santo de Israelâ (cap. 5:24). Y Dios lo permite para que las naciones puedan también participar de la salvación (Romanos 11:25).
Ese año de la muerte del rey UzÃas fue decisivo para el joven IsaÃas. ¿Existe también en nuestra vida una fecha sobresaliente: la de nuestra conversión?
Después de haber contestado al llamado de Dios, IsaÃas fue obligado âasà pareceâ a esperar mucho tiempo (por lo menos 16 años: duración del reinado de Jotán) antes de empezar su servicio público. Si tenemos que pasar por semejante escuela de paciencia, no nos desanimemos. Dejemos que el Señor escoja el momento y la manera que le convienen para emplearnos. Nuestra única responsabilidad es la de estar disponible y ser obediente (comp. Mateo 8:9).
IsaÃas es enviado, primeramente, al rey de Judá, el malvado Acaz. La hora es grave para el pequeño reino. Está amenazado por RezÃn, rey de Siria, y, cosa triste de decir, por Peka, rey de Israel. Satanás, a través de ellos, busca derribar el trono de David y entonces se opone al reinado del MesÃas prometido. Pero el profeta está encargado de dar una buena noticia: los dos agresores no podrán cumplir su âmaligno consejoâ.
Luego Acaz, pese a su indignidad y falsa humildad, es invitado a oÃr una revelación mucho más grande y más gloriosa: el nacimiento de Emanuel. Ãl traerá la salvación a la casa de David, a Israel y al mundo. ¡Hermoso nombre el de Emanuel: âDios con nosotrosâ! (Mateo 1:23). Lo hallamos aquà como un primer rayo de luz proyectado por la lámpara profética en medio de las más profundas tinieblas morales. Léase 2 Pedro 1:19.
Dos figuras, dos grandes temas dominan toda la profecÃa de IsaÃas: el uno, infinitamente precioso y consolador, es el mismo MesÃas. El otro, al contrario, es aterrador; es el asirio, el poderoso enemigo de Israel en los últimos dÃas. Porque el pueblo rehusó al primero, tendrá que habérselas con el segundo. Porque rechazó las aguas de la gracia del que le era enviado (Siloé significa «Enviado»: Juan 9:7), va a hallarse sumergido en juicio por las aguas âtempestuosas y muchasâ del temible rey de Asiria. Sin embargo, al acordarse de que se trata del paÃs de Emanuel, Dios quebrantará al final a los que se asocian para invadirlo. Este versÃculo 9 recuerda también cuál será la suerte de las asociaciones de naciones que están hoy a la orden del dÃa (IsaÃas 54:15).
Para guardar el hilo conductor en estas palabras proféticas, no olvidemos que ellas conciernen algunas veces al pueblo rebelde y apóstata en su conjunto (v. 11, 14, 15, 19 y sig.) otras al remanente fiel al cual el EspÃritu se dirige aquÃ.
La cita del versÃculo 18 en Hebreos 2:13 (âHe aquÃ, yo y los hijos que me dio Diosâ) nos permite ver en el profeta y sus hijos (cap. 7:3 y 8:1) a Cristo presentándose ante Dios con sus âdiscÃpulosâ. No se avergüenza de reconocerlos y âllamarlos hermanosâ (véase Juan 17:6 y 20:17: âJesús le dijo: â¦Vé a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Diosâ).
El capÃtulo 8 terminaba con âtinieblasâ. Israel andaba en ellas como ciego y a tientas (v. 2). Pero, he aquà que, ante sus pasos, va a resplandecer âuna gran luzâ. La cita de este pasaje, hecha por el Señor en Mateo 4:15-16, nos transporta al tiempo del Evangelio para ver brillar en él a Aquel que es la luz del mundo (Juan 9:5). Y es en esa Galilea menospreciada (pero cuán privilegiada) que Jesús cumplió la mayor parte de su ministerio. Lo vemos en la costa del lago con sus discÃpulos y el gentÃo. Capernaum, en particular, fue âlevantada hasta el cieloâ por la presencia del Hijo de Dios en medio de ella (Mateo 11:23). No obstante, la luz verdadera no es sólo para una región o para un pueblo, sino que âalumbra a todo hombreâ. Por desdicha, âlos hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malasâ (Juan 1:9 y 3:19). Nuestros versÃculos pasan por alto el tiempo del rechazamiento del Señor y todo el perÃodo actual de la Iglesia, la cual nunca se menciona en los profetas. Nos muestran de golpe el gozo de Israel (v. 3) en el momento en que, después de siglos de oscuridad, se levantará el glorioso Sol de Justicia para el reino milenial (comp. cap. 60:1, 19-20). El hermoso versÃculo 6 nos revela algunos de los nombres que se atribuyen al Hijo. ¡Tantos nombres y temas benditos de meditación para nuestras almas!
Los versÃculos 8 a 21 del capÃtulo 9 y los 4 primeros del capÃtulo 10 nos muestran todas las razones por las cuales el furor de Dios hacia Israel no âha cesado⦠sino que todavÃa su mano está extendidaâ. Y esta mano esgrime una temible vara para castigar al pueblo culpable: es Asiria, la que ya fue nombrada. Existió un asirio histórico (Senaquerib y sus ejércitos: véase cap. 36:1). Pero sólo ha sido una figura pálida del terrible asirio profético que invadirá el paÃs de Israel un poco antes del reinado de Cristo. En su indignación, Dios ordenará ese ataque contra su pueblo. Pero el agresor lo tomará como pretexto para atribuirse sus éxitos y aun para elevarse contra Dios (v. 13 y 15; comp. 2 Reyes 19:23 y sig.) ¡Qué locura! La herramienta no es nada sin la mano que la maneja. Por esto, cuando haya terminado de servirse de esa vara, Dios le prenderá fuego como se quema a un simple palo (v. 16; cap. 30:31-33).
Aprovechemos ese ejemplo extremo para acordarnos de lo que somos, aun como creyentes: simples instrumentos sin fuerza ni sabidurÃa propia (comp. v. 13), a los cuales el Señor puede poner a un lado o reemplazar como le agrade. El pensamiento final de Dios no es el juicio sino la gracia: âel remanente volveráâ (v. 21, 22 citados en Romanos 9:27).
âLa soberbia del hombre le abate; pero al humilde de espÃritu sustenta la honraâ (Proverbios 11:2 y 29:23).
En el capÃtulo 10, los versÃculos 18 y 19, 33 y 34 comparan a Israel con un orgulloso bosque en el cual el hacha y el serrucho (Asiria en la mano de Dios - v. 15) producirán vastos claros. Y el árbol real de Judá también será abatido, ya que pronto no habrá más descendiente de David sobre el trono. Pero el lector ya lo habrá observado en la naturaleza: ocurre que renuevos llenos de savia vuelven a brotar de un tronco cortado. Asimismo, del âtronco de IsaÃâ (padre de David), seco en apariencia, brotó un nuevo vástago. Creció y, con abundancia, llevó el fruto del EspÃritu de Dios (cap. 11:2).
El vástago, la raÃz y el linaje de David (v. 1 y 10; Apocalipsis 22:16), son nombres que el Señor Jesús lleva en relación con la bendición de Israel y la del mundo. Entonces la justicia y la paz reinarán sobre la tierra, aun entre los animales: âMorará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostaráâ¦â (v. 6).
¡Qué contraste entre ese encantador cuadro del milenio y el estado actual de la creación que âgime a una, y a una está con dolores de partoâ (Romanos 8:19-22) mientras aguarda el reposo y la gloria por venir! Todos los exiliados de Israel participarán de ella. Volverán de su dispersión como otrora el pueblo volvió de su cautiverio en Egipto. Y el capÃtulo 12 pone en su boca la alabanza final, la que nos recuerda el primer cántico entonado por Israel (comp. v. 2 y Ãxodo 15:2).
Dios empezó el juicio por Israel, que era entonces âsu propia casaâ. Es el principal tema de los doce primeros capÃtulos. Ahora, en una nueva división que nos conducirá hasta el capÃtulo 27, va a hablarnos de su juicio sobre las naciones. Históricamente, se trata en primer lugar, de los pueblos contemporáneos de IsaÃas. Por esta razón, las diferentes profecÃas que leeremos sucesivamente ya se han cumplido al pie de la letra. Relatos de viaje confirman que aún hoy el emplazamiento de Babilonia es un lugar asolado y temido, en el cual viven sólo las fieras del desierto (v. 17-22). No obstante, âninguna profecÃa de la Escritura es de interpretación privadaâ (2 Pedro 1:20), dicho de otro modo, no se explica aisladamente ni aun por los hechos históricos posteriores. Lo que se debe buscar siempre en ella, con la inteligencia que da el EspÃritu Santo, es una relación con el pensamiento central y final de Dios, a saber, Cristo y su futuro reinado.
Asà es que existe una Babilonia profética, la falsa Iglesia apóstata (véase Apocalipsis 17:5 y cap. 18). Ãsta caerá antes del establecimiento del reino para la alegrÃa de los santos, los que se regocijan en la grandeza de Dios, âlos que se alegran con mi gloriaâ (v. 3). âAlégrate sobre ella, cielo, y vosotros, santos, apóstoles y profetas; porque Dios os ha hecho justicia en ellaâ (Apocalipsis 18:20; comp. Salmo 35:15 y 26).
A causa de la compasión que siente por el pequeño remanente de su pueblo, Dios derribará los más grandes imperios (cap. 43:3-5). Nada es difÃcil para Ãl cuando se trata de liberar a los que ama. ¡No temamos! Ãl tiene en sus manos todos los recursos para socorrer a sus hijos, no por nuestra fidelidad sino por la suya.
Después de Babilonia, se trata de su rey. Y nos hallamos ante una escena particularmente asombrosa. Por medio del pensamiento, IsaÃas nos transporta a la morada de los muertos e imagina la emoción causada por la llegada de aquel gran personaje. «¡Asà que tú también llegaste aquÃ!» exclaman los que le conocieron en la cumbre de su poder. En ese rey de Babilonia, reconocemos al jefe del cuarto Imperio (romano), llamado también âla Bestiaâ. Sin embargo, a partir del versÃculo 12, el pensamiento del EspÃritu va más allá de ese agente de Satanás para evocar a éste mismo. â¡Cómo caÃste del cieloâ¦!â ¡Profundo misterio el de esa aparición del orgullo en Lucifer, el querubÃn de luz! Llegado a ser el prÃncipe de las tinieblas, aún sabe, para seducir, disfrazarse âcomo ángel de luzâ (2 Corintios 11:14). Hoy hace temblar la tierra mediante el poder de las tinieblas y no suelta a sus prisioneros (v. 17; cap. 49:24-25). Pero Dios, según su promesa, pronto lo aplastará bajo nuestros pies (Romanos 16:20; Ezequiel 28:16-19).
Después del juicio contra Babilonia y Asiria, viene el de las naciones vecinas de Israel. Como acusados que se suceden ante un tribunal, esos tradicionales enemigos del pueblo judÃo van a oÃr, uno tras otro, una solemne profecÃa. La Filistea, sojuzgada por UzÃas, padre de Acaz (2 Crónicas 26:6), no tenÃa por qué regocijarse por la muerte de este último (v. 28, 29), puesto que EzequÃas, su hijo, iba asimismo a atacarla. âHirió también a los filisteos hasta Gaza y sus fronteras, desde las torres de las atalayas hasta la ciudad fortificadaâ (2 Reyes 18:8).
En lo que concierne a Moab, muy grande es su soberbia (cap. 16:6). A este pueblo lo caracteriza el orgullo, del cual Dios declara: âLa soberbia y la arrogancia aborrezcoâ y anuncia: âAntes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caÃda la altivez de espÃrituâ (Proverbios 8:13; 16:18). Asistimos a esta ruina de Moab. La desolación de Moab es indescriptible. Sus alaridos de espanto y de desesperación llenan los capÃtulos 15 y 16.
En los versÃculos 2 a 4 del capÃtulo 16 nos enteramos de que los fieles que huirán de la persecución del Anticristo en Judá hallarán refugio sobre el territorio de Moab. Finalmente, después de la ejecución de los juicios, habrá uno quien reine con misericordia, con verdad, con rectitud y con justicia. El Salmo 72, versÃculos 1-4, anuncia estos tiempos felices, en los cuales Cristo, el verdadero Salomón, juzgará al pueblo con justicia y rectitud.
En el capÃtulo 7:1 hemos visto a RezÃn, rey de Siria, atacar a Judá con la complicidad de Peka, hijo de RemalÃas. 2 Reyes 16:5 a 9 completa este relato con su final: la toma de Damasco por Tiglat-pileser y la muerte de RezÃn. Sin embargo, la âProfecÃa sobre Damascoâ se refiere al porvenir, lo mismo que los juicios precedentes. Al parecer, la moderna Siria formará parte de esa âmultitud de muchos pueblosâ (v. 12; Apocalipsis 17:15), la cual, como un mar tumultuoso, tratará de sumergir a Israel⦠pero, âantes de la mañanaâ, ya no existirá (Salmo 37:36).
En contraste, el capÃtulo 18 nos presenta a un paÃs marÃtimo que extiende su poder protector (la sombra con las alas) para ir en ayuda del pueblo elegido. Asà Dios distingue, entre las naciones del mundo, las que son favorables o no a Israel. Y veamos lo que Ãl piensa de su pobre pueblo terrenal, mientras el mundo lo menosprecia y lo pisotea. A sus ojos, Israel es âtemible (o maravilloso, según algunas versiones) desde su principio y despuésâ¦â ¿No es el pueblo de Aquel que es llamado: âMaravillosoâ¦â? (cap. 9:6, V.M.)
Y nosotros, amigos creyentes, ¿esperamos a Aquel que no sólo es nuestro Rey, sino también el Esposo celestial de la Iglesia?
Ahora Egipto tiene que oÃr una profecÃa amenazadora: guerra civil, tiranÃa de un cruel déspota, como otrora el Faraón, desecamiento del Nilo, el cual es la arteria vital, la riqueza y el orgullo del paÃs (Ezequiel 29:3). He aquà lo que principalmente aguarda a ese enemigo de Israel.
Estos prÃncipes de Zoán y de Menfis nos ofrecen la imagen de los hombres de este mundo. Se creen sabios y no son más que necios (v. 11; comp. Romanos 1:22) porque rehúsan escuchar al Dios que se reveló. Al mismo tiempo dan crédito a todas las posibles formas de superstición (comp. v. 3). Por otra parte, es de notar que, paradójicamente, los peores incrédulos son, a menudo, los más crédulos. Esto se explica perfectamente: sin darse cuenta de ello, están enceguecidos y seducidos por Satanás, el señor duro y rey violento (v. 4; 2 Timoteo 3:13) que domina sobre ellos, engañándolos. Pero la gracia de Dios todavÃa tendrá algo que decir, aun para Egipto. Al lado de Israel, la particular heredad de Dios, en la bendición milenial habrá lugar para Egipto y Asiria, otrora enemigos del pueblo de Dios, pero figuras del mundo, el cual será entonces enteramente sumiso al Hijo del Hombre (Génesis 22:18).
El capÃtulo 20 completa âla profecÃa sobre Egiptoâ. Al caminar desnudo y descalzo, el profeta anuncia el lúgubre paso de los cautivos egipcios y etÃopes deportados por el rey de Asiria, el cual era experto en esos traslados de poblaciones. Entonces Israel (âel morador de esta costaâ) verá con espanto y consternación que fue en vano confiar en el pueblo de Faraón para ser liberado del temible asirio (Salmo 60:11, final).
El capÃtulo 21 empieza con âla profecÃa sobre el desierto del marâ. Se trata de nuevo de Babilonia. Durante lo que ella llama âla noche de mi deseoâ, los medos y los persas (Elam) otrora pusieron fin brutalmente a su imperio y a su opulencia (v. 4; véase Daniel 5:28-31). Pero esta profecÃa tiene una aplicación futura como la del capÃtulo 13 (Lucas 21:35).
En el versÃculo 6 del capÃtulo 21 el profeta es invitado a colocar centinela. Sus consignas son: ¡Escuchar (V.M. y otras) diligentemente y gritar! En un ejército, el centinela ocupa un puesto de confianza. Su responsabilidad es considerable. Dos deberes le incumben: Velar y advertir (véase Ezequiel 3:17-18 en contraste IsaÃas 56:10). ¿No tiene cada creyente esas mismas responsabilidades? ¿Las cumplimos fielmente respecto de los pecadores de este mundo y frente a nuestros hermanos?
Era de suponer que en la lista de los enemigos de Israel halláramos a Edom (aquà Duma o Idumea). La profecÃa que le concierne es tan breve como solemne. El fiel centinela colocado según la orden de Jehová (21:6) es interpelado por los burladores de SeÃr: âGuarda, ¿qué de la noche?â (v. 11; comp. 2 Pedro 3:3-4). Pero la respuesta es a la vez seria y apremiante: âLa mañana vieneâ¦â Viene para los que la aguardan (véase Romanos 13:12). âY después,â la noche ¡la eterna noche de los que están perdidos! Cristianos, seamos centinelas vigilantes, conscientes de nuestro servicio en favor de los pecadores para exhortarlos: âVolved, venidâ. Vayamos al encuentro de aquel que tiene sed para llevarle agua (v. 14).
Después de la profecÃa sobre Arabia, paÃs cuya gloria también ha de acabarse, el capÃtulo 22 se dirige al âvalle de la visiónâ. Esta vez reconocemos en él a la misma Jerusalén en su estado de incredulidad. ¡Descripción trágica e impactante! La ciudad entera está en efervescencia, la gente se concentra en los terrados para asistir a su desastre. Todas las imaginables precauciones ¿no habÃan sido tomadas? (v. 8-11). SÃ, por cierto, salvo la única que hubiese sido necesaria: mirar hacia aquel âque lo hizoâ, hacia Jehová su Dios.
Cuando una calamidad amenaza a la gente del mundo, una de sus reacciones consiste en rodearse de todas las precauciones humanas (v. 8-11). Pero hay otra actitud peor aún: es el dejarse estar. AquÃ, mediante una prueba, Dios acaba de invitar a Israel a llorar y a humillarse: Ãl les cantó endechas, por decirlo asà (Mateo 11:16-17). Ahora bien, el pueblo no sólo no se lamentó sino que âcosa extrañaâ ¡se entregó al júbilo y a la alegrÃa! ¡Esta filosofÃa âllamada materialistaâ tiene muchos adeptos en nuestro atormentado siglo! Ya que la existencia es tan breve âdicen esos insensatosâ y que estamos a merced de una catástrofe, aprovechemos el presente momento lo más alegremente posible. Es lo que resume la corta frase: âComamos y bebamos, porque mañana moriremosâ. El apóstol Pablo la cita a los corintios como para decirles: Si no debiera haber una resurrección, no nos quedarÃa sino vivir efectivamente como bestias, con el único goce del instante que pasa: âSi los muertos no resucitan, comamos y bebamos porque mañana moriremosâ (1 Corintios 15:32, Lucas 17:27).
Los versÃculos 15 a 25 ponen a un lado al mayordomo infiel, figura del Anticristo, para establecer al hijo de HilcÃas, Eliaquin (el que Dios establece), hermosa figura del Señor Jesús (v. 22-24; comp. Apocalipsis 3:7).
Tiro, la floreciente metrópoli comercial del mundo antiguo, ha sido el tema, en el capÃtulo 23, de la última de las profecÃas. Cada una de éstas ha condenado al hombre bajo un lado moral distinto.
En el capÃtulo 24, los juicios apocalÃpticos, que deben poner fin al poder del mal, se han desplegado sobre la tierra y la han trastornado por completo. Pero en el capÃtulo 25, desde el medio mismo de esas ruinas (v. 2) he aquà que se eleva una conmovedora melodÃa. El âpobreâ remanente de Israel, maravillosamente dejado a salvo de la destrucción, canta lo que el Dios eterno ha sido para él durante el tiempo de la tormenta. Ahora âel tiempo de la canción ha venidoâ (Cantares 2:12; comp. cap. 24:13). El versÃculo 4 ha sido el consuelo ây la experienciaâ de innumerables creyentes en la prueba. Pero el versÃculo 8 nos hace entrever las manifestaciones de un poder más grande aun: Destruirá la muerte para siempre⦠Cosa notable, esta frase está en tiempo futuro, en tanto que su cita en 1 Corintios 15:54 nos habla del momento en que se realiza para los creyentes: âSorbida es la muerte en victoriaâ o más exactamente traducido aun: âTragada ha sido la muerteâ¦â (V.M.), porque entre esos dos versÃculos acaeció la cruz y la triunfal resurrección del vencedor del Gólgota. Finalmente, cuando resuciten los malos, la muerte será definitivamente destruida (1 Corintios 15:26).
El tema del juicio de Israel, desarrollado en los capÃtulos 1 a 12, termina con una espléndida visión del reinado del milenio. Y a su vez, esta segunda parte (cap. 13 a 27), que trata del castigo de las naciones, termina de la misma manera. Se canta un cántico del cual algunos versÃculos merecen ser subrayados especialmente en nuestra Biblia. Los versÃculos 3 y 4 del capÃtulo 26 han sostenido a muchos desalentados hijos de Dios (comp. Salmo 16:1). Los versÃculos 8 y 9 expresan los fervientes suspiros del fiel. El versÃculo 13 nos recuerda los vÃnculos de la esclavitud del pasado. SÃ, conocemos por demás a esos otros señores: Satanás, el mundo y nuestras codicias. Han dominado sobre nosotros hasta que nos liberó el Señor, al que pertenecemos de ahà en adelante (2 Crónicas 12:8).
En el capÃtulo 27, el leviatán, figura del diablo (la serpiente antigua) está imposibilitado para dañar (Salmo 74:14; Apocalipsis 20:1-3). Luego, Israel es comparado con una viña nueva (comp. cap. 5). Produce, esta vez, ya no más uva silvestre sino el puro vino de un gozo sin par y llena la faz del mundo de frutos para la gloria de Dios, pues ya no son los malvados labradores quienes están encargados de ella. Dios mismo la cuida de noche y de dÃa.
Una tercera subdivisión del libro empieza con este capÃtulo 28. Vuelve atrás para detallar la invasión de EfraÃn (las diez tribus) y luego la de Judá por el temible asirio profético. El orgullo actuará como la embriaguez para extraviar al desdichado pueblo judÃo. Ãste creerá que se protege eficazmente al hacer un pacto con la muerte (es decir, con el jefe del Imperio romano). Pero esto mismo será su perdición. Como un ciclón que arrasa todo a su paso, el asirio asolará a Jerusalén. Dios se servirá de ese âazoteâ para cumplir âsu extraña obra⦠su extraña operaciónâ; dicho de otro modo, el juicio. Porque su habitual obra es la de salvar y de bendecir (Juan 3:17).
Pero el derrumbamiento de todos los valores y de todos los puntos de apoyo humano son para Dios la oportunidad de revelar el seguro fundamento que Ãl puso en Sion. Nótese con cuánto amor Ãl lo considera, como si, al haberlo tomado en su mano, se detuviera con satisfacción sobre cada expresión: âuna piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estableâ. SÃ, esta piedra, figura de Cristo, âdesechada⦠por los hombres, mas para Dios escogida y preciosaâ también tiene precio para nosotros que creemos (leer 1 Pedro 2:4-7). El Señor viene a ser para cada uno la piedra de toque. ¿Tiene Cristo este precio para nosotros?
Después de la invasión mencionada en el capÃtulo 28, Jerusalén aún no está libre (véase cap. 40:2). Va a soportar un nuevo asalto de parte de una formidable coalición de pueblos. Pero esta vez todos esos enemigos se desvanecerán como un sueño porque acometieron contra âArielâ (el león de Dios), la ciudad del verdadero David. Al mismo tiempo que la liberación, Dios va a cumplir otra obra digna de Ãl. Y está en la conciencia misma de su pueblo (v. 18 al 24). Los oÃdos sordos y los ojos enceguecidos, según la profecÃa del capÃtulo 6:10, serán abiertos. Le será devuelta la inteligencia y las palabras del libro precedentemente sellado (v. 11) serán comprendidas y recibidas. Con este motivo acordémonos que la Biblia es un libro cerrado para la inteligencia natural. Hace falta el EspÃritu Santo para entenderla.
El versÃculo 13 será citado por el Señor en Mateo 15:7-8 a los escribas y a los fariseos, porque describe el estado de ellos. Honrar al Señor con los labios en tanto que el corazón permanece muy alejado de Ãl, sÃ, en tal estado podemos encontrarnos si no nos juzgamos. Tal hipocresÃa puede engañar a los demás y hacernos pasar por más piadosos de lo que somos; pero no podrÃa embaucar a Aquel que lee en nuestros corazones (Ezequiel 33:31-32).
Los capÃtulos 30 y 31 proclaman una doble desgracia sobre el pueblo rebelde porque buscó socorro de parte de Egipto. Nunca repetiremos demasiado con la Palabra de Dios: Poner su confianza en los hombres es, ante todo, una locura porque no podrÃa estar peor colocada; es también una prueba de incredulidad puesto que desde el principio de este libro, Dios estableció que no se podÃa hacer caso alguno del hombre (cap. 2:22). En fin, es un ultraje a Dios, un desprecio de su poder y de su amor. ¡Como si Ãl fuera incapaz de protegernos y como si no fuera su agrado hacerlo! El camino de la liberación y de la fortaleza es trazado por el hermoso versÃculo 15 del capÃtulo 30: âEn descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortalezaâ.
Es necesario volver al Señor en lugar de ir hacia el mundo (Egipto), y permanecer en reposo en lugar de agitarse. Además, âla quietud⦠y la confianzaâ son las condiciones necesarias para recibir las directivas del Señor: âEntonces tus oÃdos (es personal) oirán a tus espaldas palabra que diga: Ãste es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierdaâ (v. 21). ¡Voz fiel, voz familiar! ¡Cuántas veces nos hemos extraviado âa la derecha o a la izquierdaâ porque nuestro corazón descuidó prestarle atención! (Proverbios 5:12-14).
No hay que buscar en estos capÃtulos una historia continua de acontecimientos futuros. Ãstos son presentados, al contrario, como otras tantas visiones proyectadas, una por una, sobre la pantalla profética. Los mismos hechos, aislados o reagrupados, pueden aparecer varias veces bajo diferentes perspectivas. Asà es como, por tercera vez, la radiante alba del reinado milenial se ofrece a nuestra admiración.
Después de la espantosa destrucción del asirio y de la del falso rey o Anticristo (cap. 30:31-33, se hace lugar al rey verdadero, Cristo, quien reinará con justicia. Precisamente, el acento está puesto ahora sobre esta justicia (cap. 32:16-17 y 33:5 y 15).
Entonces, con ojos que verán (cap. 32:3), los del pueblo que hayan podido salvarse contemplarán âal Rey en su hermosuraâ. Además, hallarán en él âun varónâ, el cual será para ellos protección, reposo y vida del alma (cap. 32:2). Esas promesas dirigidas a Israel, ¡cuán preciosas son también para nuestros corazones, queridos hijos de Dios! Porque vivimos en el mismo mundo injusto y esperamos al mismo Señor. Es âel más hermoso de los hijos de los hombresâ (Salmo 45:2). Subrayemos también el versÃculo 8 del capÃtulo 32 pensando en la nobleza moral que debÃa caracterizar la conducta de los que Dios hizo sentar con prÃncipes (1 Samuel 2:8).
El capÃtulo 34 se refiere al castigo de Edom, ese pueblo maldito, descendiente de Esaú. Será borrado por completo. En cuanto a su paÃs, el monte de SeÃr, será reducido a perpetua desolación. Predicadores modernos se atreven a afirmar que Dios, en su amor, no puede condenar a ninguno. Semejante pasaje los desmiente solemnemente. En contraste, el capÃtulo 35 nos da una idea de lo que será la heredad de Israel (hermano de Esaú). Hasta el desierto llegará a ser un maravilloso jardÃn donde brillará sin nube âla gloria del Señor, la hermosura de nuestro Diosâ (v. 2). Por eso, veamos el júbilo y la alegrÃa que desbordan en este pequeño capÃtulo 35.
¡Pues bien! semejante perspectiva ¿no es apropiada para reanimar a los corazones más desalentados? (v. 3). Con más razón aun, asà es la esperanza cristiana por excelencia: la venida del Señor para arrebatar a su Iglesia. No lo olvidemos y hablemos de ello con los demás creyentes. No hay medio más eficaz para fortalecer las manos cansadas por el servicio, asà como las rodillas que han dejado de doblarse para la oración, y para animarnos a un andar sin desfallecimiento (comp. Hebreos 12:12). âAlentaos los unos a los otros con estas palabrasâ, recomienda también el apóstol Pablo (1 Tesalonicenses 4:18).
Hemos llegado, pues, al fin de la primera gran división profética del libro de IsaÃas.
Los capÃtulos 36 a 39 intercalan entre las dos grandes divisiones proféticas del libro de IsaÃas un episodio histórico. Se trata del relato que conocemos por medio de 2 Reyes 18:13 a 20:21 y por 2 Crónicas 32. Dios nos lo da una tercera vez como una viviente ilustración: por una parte, la confianza en Ãl; por otra, sus misericordiosas respuestas a esa confianza. Inesperada en ese lugar del libro, esta hermosa historia de EzequÃas está destinada a fortalecer âlas manos cansadasâ y afirmar âlas rodillas endeblesâ (35:3). Por último, es una figura de la situación en la cual se hallará el remanente de Israel cuando ocurra la invasión asiria.
El enemigo, quien habÃa sido vencedor hasta entonces, se presenta âjunto al acueducto del estanque de arriba, en el camino de la heredad del Lavadorâ, en el mismo lugar donde el profeta y su hijo Sear-jasub habÃan sido enviados al encuentro de Acaz con un mensaje de gracia cuando tuvo lugar la invasión de RezÃn, rey de Siria. Ante las provocaciones del nuevo invasor, EzequÃas puede acordarse de la promesa hecha a su padre en ese mismo lugar: âGuarda, y repósate; no temas, ni se turbe tu corazónâ¦â (IsaÃas 7:3-4).
âÃstos confÃan en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre del Señor nuestro Dios tendremos memoriaâ (Salmo 20:7). âBienaventurados todos los que en él confÃanâ (Salmo 1:12).
Los siervos de EzequÃas han obedecido a su rey al callar ante el enemigo. Luego le han contado fielmente las palabras de este último (cap. 36:21-22). Ahora cumplen ante IsaÃas la misión que les ha sido encomendada, poniendo en práctica el proverbio que ellos mismos copiaron (véase Proverbios 25:1 y 13). Notemos que están conducidos por Eliaquim, hijo de HilcÃas, el fiel mayordomo establecido por Dios y que es una figura del Señor Jesús (cap. 22:20).
Tranquilizado una primera vez por la respuesta del profeta, he aquà que EzequÃas recibe del rey de Asiria una carta cargada de amenazas para él y de menosprecio hacia Dios. En el doble sentimiento de su propia impotencia y de la ofensa hecha al Dios de Israel, el rey penetra de nuevo en el Templo, donde extiende la arrogante misiva delante de Dios. Esta vez no se contenta con una oración de IsaÃas (v. 4). Se dirige él mismo a Dios, diciendo: âJehová de los Ejércitos, Dios de Israel⦠oye todas las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente⦠Ahora pues, Jehová Dios nuestro, lÃbranos de su manoâ¦â Notemos sus argumentos. No hace mención de sà mismo ni del pueblo. Sólo importa la gloria de Aquel que mora âentre los querubinesâ. No se debÃa confundir âlos dioses de las nacionesâ sojuzgadas por Asiria con âel Dios de todos los reinos de la tierraâ (v. 12 y 16 â comp. también el v. 17 con Salmo 74:10 y 18).
EzequÃas ha experimentado el versÃculo 15 del capÃtulo 30: âEn descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortalezaâ. Y no ha sido confundido. La fe honra a Dios âse ha podido decirâ y Dios honra a la fe. Pues bien, hoy Dios es âel mismoâ (Salmo 102:27). No puede dejar de contestar a la más débil confianza de sus hijos, porque en ello se juega su gloria.
Como EzequÃas se desentiende de este asunto, Dios mismo se encarga de responder a la carta del rey de Asiria de una manera que éste estaba lejos de esperar. Un único ángel de este Dios despreciado basta para matar a ciento ochenta y cinco mil combatientes de su ejército. Obligado a renunciar a su campaña, Senaquerib vuelve a NÃnive, lleno de vergüenza y desilusión. Luego cae a su turno bajo los golpes de sus propios hijos. Qué contraste entre el altivo y orgulloso conquistador, que halla su perdición en el templo mismo de su Ãdolo, y el humilde rey de Judá, cubierto de cilicio, el que se presenta en la casa de su Dios para obtener de Ãl la salvación (véase Salmo 118:5).
Admiremos la gracia de Dios, quien, a esa salvación, agrega aun una señal. El conoce las necesidades de los suyos y promete proveer a su subsistencia (v. 30; Mateo 6:31-33).
La fe de EzequÃas obtiene aquà de parte de Dios una respuesta más grande todavÃa que la del capÃtulo anterior. La muerte se presenta, importuna visitante. La desesperación que experimenta el desdichado rey parece mostrar una cosa: no conoce la promesa que Dios habÃa hecho por boca de IsaÃas, promesa que hemos leÃdo en el capÃtulo 25:8: âDestruirá a la muerte para siempre; y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostrosâ. EzequÃas, quien vive en el tiempo de las promesas para la tierra (Salmo 116:9), no tiene otra esperanza que la prolongación de sus dÃas. No tiene ante él la certeza de la resurrección que los creyentes poseen hoy en dÃa. No sabe que âmorir es gananciaâ porque âpartir y estar con Cristo⦠es muchÃsimo mejorâ (Filipenses 1:21 y 23). No obstante, Dios oye su oración, ve sus lágrimas⦠y se apiada. Y, esta vez también, agrega a su respuesta una señal de gracia: la sombra que retrocede sobre el reloj de sol, figura del juicio demorado.
El versÃculo 3 nos hace pensar en Hebreos 5:7 y en las lágrimas vertidas por el Señor Jesús en GetsemanÃ. ¿Quién sino Jesús podÃa cumplir plenamente estas palabras?
Este hermoso relato ya nos ha sido contado en 2 Reyes 20:1-11. Pero lo que hallamos sólo aquà es la conmovedora âescritura de EzequÃasâ que acompaña su curación.
La âEscritura de EzequÃasâ termina con acción de gracias. Ãl habÃa orado para ser salvado de la muerte. Ahora ora para agradecer al que le oyó. Clamar a Dios en momentos de necesidad es, en cierto modo, nuestro «reflejo» normal de creyentes. Pero, en cambio, ¿no solemos olvidar la segunda oración, la que sigue a la provisión?
La porción de los inconversos aquà abajo se reduce a una sola palabra: âamarguraâ (comp. Eclesiastés 2:23). Aun cuando todo les sale bien no pueden librarse de una angustia secreta. âMas âpuede decir el redimido a su Salvadorâ a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecadosâ.
âEl Señor me salvaráâ. Si es ésta nuestra historia, no dejemos de considerar el versÃculo 19: âel que vive, éste te dará alabanza, como yo hoyâ.
De una manera más general, es la historia de Israel que volverá a vivir como pueblo de Dios en el último dÃa, después del perdón de todos sus pecados.
El capÃtulo 39 relata cómo EzequÃas sucumbe a la sutil tentación del rey de Babilonia. Nos sucede lo mismo cada vez que sirve para nuestra propia gloria lo que Dios nos ha confiado para la Suya. â¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorÃas?â (1 Corintios 4:7). âYo soy rico, y me he enriquecidoâ¦â, no es otra cosa que la pretensión insoportable de Laodicea (Apocalipsis 3:17).
Los capÃtulos 40 a 66 forman un conjunto muy distinto, al punto que a veces han sido llamados «el segundo libro de IsaÃas». La primera parte tenÃa por tema principal la historia pasada y futura de Israel, asà como la de las naciones con las cuales tuvo (y tendrá) que habérselas. En la división que abordamos, se trata esencialmente de la obra de Dios en los corazones para que miren hacia Ãl. Nuestra oración, al empezar esta lectura, es que tal obra se haga en cada uno de nuestros corazones. Sólo la gracia divina puede cumplirla y, por esta razón, Dios empieza por hablar de consuelo y de perdón.
Entre âlas vocesâ que resuenan al principio de este capÃtulo (v. 2, 3, 6 y 9), hay una que reconocemos: la de Juan el Bautista (Juan 1:23). Los evangelios nos enseñarán de qué manera él preparó el camino del Señor Jesús. El siguiente llamado, citado en 1 Pedro 1:24-25, compara el carácter frágil y pasajero de la carne âincluso lo que puede producir de más hermoso (su flor)â con âla Palabra de Dios que vive y permanece para siempreâ (comp. Mateo 24:35). En fin, Jerusalén está invitada a anunciar a todos: â¡Ved aquà al Dios vuestro!â ¿Somos también mensajeros de buenas nuevas? (comp. 2 Reyes 7:9).
Una gran cuestión va a ser debatida en los capÃtulos 40 a 48 que abordamos: la de la idolatrÃa del pueblo. Naturalmente, ese tema empieza por puntualizar algo: ¿Quién es el Dios de la creación? (v. 12 y sig.) Antes de hablar de los falsos dioses, el profeta establece la existencia y la grandeza del Dios incomparable (v. 18 y 25; comp. Salmo 147:5). Tal es también la mejor manera de anunciar el Evangelio. Empecemos por presentar a Jesús. Pocas palabras bastarán para demostrar la vanidad de los Ãdolos del mundo. Cuando un niñito se ha apoderado de un objeto peligroso, antes que arrancárselo con dificultad y con riesgo de herirle, sus padres le presentarán primeramente un más hermoso objeto que le impulse a soltar el primero.
Dios no sólo posee el poder en Sà mismo, sino que Ãl es la fuente de todo verdadero poder. ¡También para ustedes, jóvenes, que creen poseer aún fuerzas y capacidades personales! Recuerden estos versÃculos 29 a 31; han dado prueba de su eficacia al alentar a innumerables creyentes desanimados. Guárdenlos a su turno en el corazón, como un corredor prudente tiene en reserva una provisión especial para el momento de cansancio. El apóstol Pablo no se cansaba, porque tenÃa su mirada puesta en las realidades invisibles (2 Corintios 4:1, 16-18).
Dios no sólo se ha dado a conocer en su creación. Ha mostrado igualmente que se ocupa del hombre. A las naciones, se reveló en justicia y en juicio (v. 1-4). A Israel, se manifestó en gracia. ¿No se trata de los descendientes de Jacob su siervo y de Abraham su amigo? âSon amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Diosâ (Romanos 11:28-29; Salmo 105:6-10).
La debilidad de ese pobre pueblo âun miserable gusanoâ no es un obstáculo para su bendición. Al contrario, es la condición misma para que goce de magnÃficas promesas (las del v. 10 en particular), promesas que también son propias para animarnos: âNo temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justiciaâ. âNo temasâ: es la pequeña frase familiar (v. 10, 13, 14; cap. 44:2) que, Aquel que discierne nuestras perturbaciones y nuestras inquietudes, utiliza con ternura para tranquilizarnos.
El final del capÃtulo continúa estableciendo lo que Dios es con relación a los Ãdolos. Ãstos son desafiados, ¿tienen el menor conocimiento del pasado o de âlo que ha de venirâ? (v. 22-23). ¡Entonces que lo prueben! El Creador, el Dios que se interesa en el hombre es igualmente el Dios de todo conocimiento.
La progresiva revelación que Dios hace de sà mismo va a completarse ahora maravillosamente. El capÃtulo 42 empieza con la presentación de una Persona: âHe aquà mi Siervoâ¦â A tal punto se trata del Señor Jesús en IsaÃas, que este libro ha sido llamado a veces «el evangelio del Antiguo Testamento». Ya hemos encontrado versÃculos que anuncian su nacimiento, luego su manifestación en Galilea (cap. 7:14; 9:1-2 y 6). Ahora somos transportados a la orilla del Jordán. La poderosa voz de Juan el Bautista ha resonado en el desierto (40:3). Entonces aparece el perfecto Siervo. Y en seguida, según la promesa que tenemos aquÃ, Dios pone âsu EspÃritu sobre élâ. Bajo la apariencia de una paloma, el EspÃritu Santo viene a morar sobre el Amado en quien el Padre âtiene complacenciaâ (v. 1; Mateo 3:17). Ungido con el EspÃritu Santo y con poder, comienza entonces su incansable ministerio de gracia y de verdad (v. 1-4 citados en Mateo 12:18-21).
âA otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturasâ declara el Señor. Este versÃculo 8 permite explicar muchos castigos y humillaciones, no sólo para Israel, sino también para los cristianos de hoy en dÃa (ver también cap. 48:11).
Es importante comprender a quién se dirige el EspÃritu de Dios en cada parte de las Sagradas Escrituras. Muchas personas se han confundido, particularmente en la interpretación de los profetas, al aplicar a la Iglesia lo que se refiere al pueblo judÃo. En todos nuestros capÃtulos sólo se tratará de Israel y su MesÃas. Pero, a la inversa, no descuidemos esos pasajes con el pretexto de que no conciernen directamente a los cristianos. Cuántas palabras conmovedoras contienen ellos, palabras que el hijo de Dios reconoce y se apropia, porque las ha oÃdo repetidas veces en lo secreto de su corazón: âNo temas, porque yo te redimÃ; te puse nombre, mÃo eres tú⦠Yo estaré contigo⦠Cuando pases por el fuego, no te quemarásâ¦â Tal fue la experiencia de los tres amigos de Daniel (Daniel 3). Si nosotros también tenemos que atravesar el fuego de la prueba, nunca estaremos sólos; el Señor expresamente nos prometió su compañÃa: âel horno de fuegoâ es un lugar privilegiado de encuentro de Cristo con los suyos (2 Timoteo 4:17).
âCuando pases por las aguasâ¦â El fuego y el agua: ambos hacen falta para conseguir un buen acero, o dicho de otra manera, para forjarnos una fe bien templada.
Considere el lector los magnÃficos nombres que Dios se da en los versÃculos 11 a 15: âYo Jehová⦠yo soy Dios⦠Redentor vuestro⦠Santo vuestro, Creador de Israel, vuestro Rey⦠fuera de mà no hay quien salveâ. âEn ningún otro hay salvaciónâ repetirá el apóstol Pedro en Hechos 4:12.
Pero la vida cristiana no se limita a la salvación. Dios tiene derechos sobre nosotros como sobre su pueblo terrenal: âEste pueblo he creado para mÃ; mis alabanzas publicaráâ (v. 21). Israel no reconoció esos derechos (v. 22). Pero, por desdicha, en la cristiandad actual la importancia de la alabanza y el culto está igualmente mal conocida.
âPor amor de mà mismoâ: es también a causa de sà mismo que Dios borra las transgresiones. Su gloria exige nuestra santidad. Provee a esto personalmente, aunque Ãl sea el Dios ofendido: âYo âdiceâ, yo soy el que borro tus rebelionesâ. No sólo las quita, sino que de todos nuestros pecados, incluso los más horrorosos, nos enteramos que Dios no se acuerda más. ¡Qué gracia! Empero, Ãl agrega: âHazme recordar⦠habla túâ¦â A nosotros, descendientes de Adán pecador, Dios nos encarga el cuidado de confesar nuestro estado, nuestras propias faltas⦠y al mismo tiempo de recordar la obra cumplida para expiarlos. ¿No es justamente esto âpublicar sus alabanzasâ?
Estos capÃtulos nos llevan al comienzo de la historia de Israel en el libro del Ãxodo. Dios habÃa formado y separado ese pueblo para sà mismo (cap. 43:21 y 44:2). Ellos le pertenecÃan y Ãl a ellos (v. 5). Ãl les habÃa dado la ley que empezaba asÃ: âYo soy el Señor tu Dios⦠No tendrás dioses ajenos delante de mÃ. No te harás imagen⦠No te inclinarás a ellas, ni las honrarásâ¦â (Ãxodo 20:1-5). Por la historia del pueblo sabemos hasta qué punto estos mandamientos fueron transgredidos. Mas los Ãdolos no son el pecado exclusivo de Israel, ni tampoco patrimonio sólo de los pueblos paganos (1 Corintios 10:14). Al hacer el inventario de los objetos que poseemos ây el de nuestros pensamientos secretosâ tal vez encontremos más de un Ãdolo sólidamente instalado. ¡Pues bien! es por esta razón que, tan a menudo, el EspÃritu de Dios es entristecido y la bendición frustrada (comp. v. 3).
Meditemos todavÃa las dos últimas expresiones de nuestra lectura respecto del Ãdolo. Está hecho âa semejanza de hombre hermosoâ (comp. cap. 1:6). El ser humano se complace de sà mismo, honrando y sirviendo a las cosas creadas más bien que al que las creó (Romanos 1:25). En segundo lugar, el Ãdolo está hecho âpara tenerlo en casaâ (v. 13). Velemos muy de cerca sobre nuestro corazón, este lugar oculto de Deuteronomio 27:15, pero también sobre nuestra casa.
Para tener la conciencia limpia, el mundo mezcla fácilmente la religión con la búsqueda de sus comodidades y de sus satisfacciones (comp. Ãxodo 32:6). Como aquel hombre que, con la misma madera, enciende un fuego, cuece panes, se calienta⦠y talla un Ãdolo. Esta burlona descripción basta para probar la locura de semejante culto. En lugar de adorar al que le creó, el insensato se prosterna ante un vulgar leño, un objeto inerte, salido de sus propias manos.
Los versÃculos 9 a 20 están llenos de la actividad del hombre. Hace esto, hace aquello. Se prodiga sin medir su fatiga y todo con una trágica ilusión, porque âde ceniza se alimentaâ y no libra su alma (v. 20).
Mas, a partir del versÃculo 21, hallamos lo que Dios hace⦠âYo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados⦠yo te redimÃâ. Asà como el viento barre en un momento el cielo más nuboso, con su poderoso soplo Dios disipa todo lo que se ha acumulado entre Ãl âquien es luzâ y nuestra alma. Al igual que la tierra precisa de la luz del sol, nuestra alma necesita esta luz divina. El que âextendió los cielos y la tierraâ y formó al hombre, hará también lo que sea necesario para la restauración de su pueblo⦠y para la salvación de todo aquel que cree.
Dios anunció que se servirÃa de Ciro para cumplir su propósito (volver a leer cap. 44:28). Ese rey, que debÃa poner fin al cautiverio del pueblo de Israel en Babilonia, es llamado por su nombre mucho antes del comienzo de ese cautiverio. La gracia divina tenÃa, por decirlo asÃ, a ese «salvador» en reserva durante toda la duración del castigo. Bajo la forma de una revelación personal a Ciro, es para Dios la oportunidad de confirmar que no hay Dios sino Ãl solo (comp. 1 Corintios 8:4-6 y Efesios 4:6). Dios no sólo se ha dado a conocer a los judÃos sino también a las naciones de las cuales formamos parte. Mucho antes de nuestro nacimiento, antes del origen del mundo, desde los tiempos eternos, el nombre del lector y el mÃo han estado en su pensamiento. También se proponÃa cumplir mediante nosotros âtodo lo que querÃaâ en el momento conveniente⦠que es el momento presente (Efesios 3:8-10). ¿Respondemos, cada uno en su lugar y en su medida, a lo que Dios aguarda de nosotros? (comp. Hechos 13:36 en lo que concierne a David).
Los versÃculos 9 y 10, en los cuales ciertamente pensó el apóstol al escribir el pasaje de Romanos 9:20, señalan la locura de los que altercan con ese Dios creador y soberano.
Lo que Dios cumplirá para el restablecimiento de su pueblo hará que todos le conozcan como el âDios de Israel que salvaâ (v. 15). En contraste con los dioses que âno salvanâ (v. 20 final), Ãl mismo declara con la mayor fuerza: âNo hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mÃâ. No sólo se dirige a la descendencia de Israel, sino a todos los hombres: âMirad a mà y sed salvos, todos los términos de la tierraâ¦â (v. 21-22). Este llamado aún resuena en el mundo de hoy; ¿le ha respondido usted? Reconocemos la voz de âDios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdadâ (1 Timoteo 2:4-5; léase también Tito 2:11). Pero para que Dios pudiese mostrarse a la vez âjusto y santoâ, sabemos lo que era necesario. El castigo que debÃa satisfacer su justicia respecto del pecado hirió a Aquel que el mismo pasaje llama: âel mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sà mismo en rescate por todosâ. Con razón, toda rodilla se doblará ante ese gran Dios salvador y toda lengua confesará altamente a Dios (v. 23, citado en Romanos 14:11).
El profeta prosigue su comparación por medio de un nuevo y pasmoso cuadro. Por un lado, varios Ãdolos que son aplastante carga para los que los llevan. Por otro, un Dios poderoso y fiel, el cual, al contrario, ha cargado Ãl mismo con su pueblo desde el principio hasta el fin de su historia âcomo trae el hombre a su hijoâ (v. 3; Deuteronomio 1:31; 32:11-12). A esa posición privilegiada, Israel ha preferido el servicio ingrato de falsos dioses impotentes y ridÃculos (v. 6-7). Pero estos últimos le han hecho tropezar pesadamente, aplastándolo con su peso, y finalmente van a ser la causa de su cautiverio. Moralmente ocurre siempre asÃ. Los más nobles Ãdolos de este mundo (aquà son de oro y plata en tanto que los del capÃtulo 44 eran sólo de madera) conducen infaliblemente a los que los sirven a su ruina final. ¡Y cuán grande es el poder que el oro ejerce sobre el corazón humano! Pero, en contraste, ¿qué nos propone el Señor Jesús?: Confiar en Ãl desde nuestra juventud; seguir descansando en Ãl de año en año a lo largo de nuestra vida; en fin, si debemos alcanzar la edad en la cual las fuerzas declinan, gozar aun de esta hermosa promesa: âHasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaréâ (v. 4).
Se trata ahora de Babilonia. Aun antes de su entrada en la Historia, ya está anunciada su caÃda. Empleada por el Señor para disciplinar a su pueblo, âno le tuvo compasiónâ; âno puso estas cosas en su corazónâ (V.M.); en fin, âno se acordó de su postrimerÃaâ (v. 7; Deuteronomio 32:29). Por boca de Daniel, Dios le habÃa dado a conocer âlo que habÃa de acontecer en lo porvenirâ (Daniel 2:45). Y a esto, la orgullosa ciudad declaró: âPara siempre seré señoraâ. Pero conocemos el fin solemne y repentino âdel rey de los caldeosâ (Daniel 5:30), durante la trágica noche del festÃn de Belsasar.
En el Nuevo Testamento, Babilonia es figura de la cristiandad como Iglesia responsable. Ãsta se ha cansado de ser extranjera aquà abajo y de sufrir. Ha preferido un trono a la cruz; ha olvidado la compasión, ha dominado sobre las almas, ha desconocido los derechos del Señor y ha perdido de vista Su retorno. Se acomodó con una multitud de Ãdolos y supersticiones (v. 12-13). Pero llegará el momento de su ruina (Apocalipsis 18). Entonces Cristo presentará al cielo y a la tierra a su verdadera Esposa: la Iglesia compuesta por todos sus redimidos llevados junto a Ãl antes de estos acontecimientos. ¿Usted será de ellos?
âAlabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis⦠Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparadoâ (Apocalipsis 19:5-7).
âLos contempladores de los cielos, los que observan las estrellasâ (cap. 47:13) y otros adivinos han proliferado en todos los tiempos a expensas de la credulidad popular. Pese a sus pretensiones, nadie tiene el poder de predecir el porvenir. Sólo Dios tiene el conocimiento de ello y nos revela en su Palabra lo que necesitamos saber a ese respecto (cap. 46:10; Hechos 1:7). El cumplimiento en el pasado de los acontecimientos que habÃan sido anunciados de antemano por medio de los profetas es una prueba más de la existencia y omnipotencia de Dios (v. 3). Las primeras cosas, declaradas desde hacÃa tiempo, han ocurrido (v. 5; véase Juan 13:19). Esto prueba que las cosas nuevas son y serán también la obra de Dios (v. 6; Mateo 13:52). Hoy está al alcance de todos, y en particular de los judÃos, el indagar las Escrituras para cerciorarse de ello. Con antelación de muchos siglos, el rechazo de su MesÃas ha sido anunciado claramente por el más grande de sus profetas, precisamente en los capÃtulos que estamos leyendo. Por desdicha, no sólo Israel sino el hombre en general es verdaderamente obstinado; âbarra de hierroâ es su cerviz; su frente es âde bronceâ (v. 4); su oÃdo está cerrado (v. 8). Por encima de todo es âduro de corazónâ (cap. 46:12).
¡âPor amor de mi nombre⦠Por mÃ, por amor de mà mismo, lo haréâ! Demasiado a menudo olvidamos ese gran motivo de las intervenciones de Dios. Al adoptar a Israel como su pueblo ây a nosotros los creyentes como sus hijos e hijasâ por decirlo asÃ, Dios se ha comprometido personalmente, lo mismo que un padre se siente comprometido por los actos de sus hijos frente a extraños. Según el caso, somos liberados, limpiados⦠o castigados a causa de la gloria del Padre de quien somos los hijos (véase Josué 7:9 final). Pero Dios aún tiene otro motivo para enseñarnos y disciplinarnos: nuestro provecho (v. 17; Hebreos 12:10).
La paz del corazón, âcomo un rÃoâ calmo y poderoso, fluye de la obediencia del creyente (v. 18). Esto se entiende: en la corriente de la voluntad de Dios no se conoce ni la agitación ni el borboteo propios del torrente en la montaña. Uno realiza el versÃculo 3 del capÃtulo 26: âTú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiadoâ. Notemos que sólo después de ordenar a los suyos que guarden sus mandamientos y su Palabra el Señor les da su paz (Juan 14:15-27). ¡Preciosa paz la de los redimidos del Señor! Es desconocida por los malos (v. 22).
A esta altura del libro, marcada por una importante división, está probado que Israel ha sido un siervo infiel. Por eso Dios lo sustituye por Cristo, el verdadero Israel (v. 3), siervo obediente en quien Ãl se gloriará. Pero, a primera vista, el trabajo del Señor podÃa parecerle inútil (v. 4). No sólo Israel no habÃa sido congregado, sino que habÃa rechazado a su MesÃas. Y, sin embargo, los versÃculos 5 y 6, como también el versÃculo 11 del capÃtulo 53, nos aseguran que, pese a ese aparente fracaso, Cristo âverá el fruto de la aflicción (o trabajo) de su almaâ. Los hijos de Dios dispersos, hoy son congregados para constituir la familia celestial (Juan 11:51-52). El rechazo del Señor por su pueblo ha permitido que Dios extendiera su salvación âhasta lo postrero de la tierraâ.
¿No es maravilloso ese diálogo entre Dios y âsu santo siervo Jesúsâ? (Hechos 4:27, V.M.) Al dirigirse âal despreciado de los hombres (comp. cap. 53:3), al abominado de la nación, al siervo de los gobernantesâ (v. 7, V.M.), âpero quien es de un precio infinito para su corazónâ, Dios le promete que pronto las cosas se invertirán: Cuando aparezca en su gloria magnÃfica, los que dominan tendrán que honrarle e inclinarse ante Ãl. Reyes âse levantaránâ, como uno se levanta a la llegada de alguien más elevado, y âprÃncipes, y se postraránâ (comp. Filipenses 2:6-11).
Al ocurrir la primera venida del Señor, Israel no habÃa sido congregado (v. 5). Pero la hora de esa reunión sonará. No solamente Judá y BenjamÃn, sino también las diez tribus, hoy dispersas, tomarán el camino del retorno. Convergerán de todos los horizontes, sÃ, hasta de la lejana China, ya que Dios habrá sabido preservar milagrosamente su unidad racial durante más de veinte siglos. Gloriosa visión: Jerusalén junta por fin a sus hijos bajo sus alas, lo que el Señor tanto quiso hacer, mientras estaba aquà abajo. No obstante, ellos no quisieron (Lucas 13:34). Como una inmensa reunión de familia, los hijos y las hijas de Jacob, separados por tanto tiempo, acuden, se reconocen y se alegran conjuntamente. Entonces, se cumplirá la profecÃa del salmo 133.
De esa escena terrenal, nuestro pensamiento se eleva hacia la gran reunión celestial. De todos los redimidos del Señor, de los que Ãl ha recibido de su Padre, no faltará ninguno. Cada oveja está desde ya al abrigo en Su mano y tiene su nombre como esculpido sobre las palmas de esas manos que fueron traspasadas (v. 16; Juan 10:28 y 17:12). Los cautivos del hombre fuerte le han sido arrancados para siempre por medio de la victoria de la cruz (v. 25; Lucas 11:21-22).
En vano han resonado los llamados de Dios. âOÃdmeâ ha repetido Ãl sin cesar (cap. 44:1; 46:3, 12; 48:1, 12; 49:1). Pero, ¡ay! ya sea la voz de Juan el Bautista (cap. 40:3) o la del MesÃas mismo⦠ânadie respondióâ (v. 2). Se puede pensar en lo afligido que habrá estado el Señor Jesús por esa indiferencia, la que también caracteriza a los hombres de hoy en dÃa. Ãl venÃa con âlengua de sabiosâ: la del amor (Juan 7:46). Pero nadie la quiso comprender ni siquiera escuchar. âNunca lo habÃas oÃdo⦠no se abrió antes tu oÃdoâ (cap. 48:8). Sin embargo, ¡qué ejemplo les daba Ãl! Cada mañana hallaba a ese Hombre obediente prestando oÃdos a las palabras de su Padre, atento a la expresión de su voluntad para la jornada. Si el Señor Jesús experimentaba esa necesidad, ¡cuánto más deberÃamos sentirla nosotros!
Luego, la indiferencia hacia Jesús se cambió en odio. El versÃculo 6 nos recuerda los ultrajes que debió soportar. Pero, pese a saber lo que le aguardaba, no se volvió atrás; puso su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén (v. 5 y 7; Lucas 9:51).
En lo que nos concierne, escuchemos el llamado del versÃculo 10: â¿Quién hay entre vosotros que teme al Señor, y oye la voz de su siervoâ? Nosotros, los que somos hijos de luz, no nos dejemos encandilar por las pasajeras teas encendidas, por medio de las cuales el mundo busca alumbrarse (v. 11).
En el versÃculo 12 del capÃtulo 46, Dios se habÃa dirigido a los que estaban alejados de la justicia. Ahora su gracia habla a los que siguen la justicia (v. 1) y la conocen (v. 7). En un mundo injusto, están expuestos a sufrir por esa justicia y necesitan ser alentados: âNo temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus ultrajesâ (v. 7). Cristo fue el primero en soportar esa afrenta y esos ultrajes de parte del hombre (cap. 50:6). Por eso Ãl nos es dejado como modelo, a fin de que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:20-24; 3:14).
A semejanza del Señor Jesús, quien podÃa decir: âTu ley está en medio de mi corazónâ (Salmo 40:8), Dios puede hablar aquà de un pueblo ¡en cuyo corazón está su ley! ¿PodrÃa Ãl señalarnos de igual manera? Queridos amigos: ¿mora la palabra de Cristo âen abundanciaâ en nosotros? (Colosenses 3:16; Juan 15:7).
La oración del versÃculo 9 hace un llamado al poderoso brazo de Dios (cap. 53:1) que, otrora, habÃa derribado a Egipto y hendido las magnÃficas aguas. Una vez más, Ãl arrancará a Israel de su cautiverio. Como en la orilla del mar Rojo, el EspÃritu pondrá entonces cantos de triunfo en la boca de âlos redimidosâ y colocará sobre sus cabezas âgozo perpetuoâ (v. 11; comp. cap. 35:10).
âYo, yo soy vuestro consoladorâ (v. 12). Cuántos creyentes al pasar por la prueba han hecho la experiencia de que no hay verdadero consuelo fuera de Dios. En verdad Ãl es âDios de toda consolaciónâ (2 Corintios 1:3). Pero, a veces, somos como el salmista cuando declara: âMi alma rehusaba consueloâ (Salmo 77:2). Los conmovedores llamados de Dios a su pueblo han quedado sin eco. No hubo ânadie que respondieraâ salvo un débil remanente que seguÃa la justicia (cap. 50:2; 66:4). Ahora, un grito redoblado y apremiante se hace oÃr: âDespierta, despierta, levántate⦠vÃstete tu ropa hermosaâ¦â (v. 17 y cap. 52:1). Se trata de sacudir a Jerusalén de su sueño porque el MesÃas va a aparecer. El capÃtulo 53 nos mostrará la acogida que le fue reservada cuando vino por primera vez. Rechazado, Cristo volvió a subir a la gloria. Pero hoy estamos en vÃsperas de su retorno. Y Jesús nos hace recordar su promesa: âHe aquà yo vengo prontoâ. Ãl se presenta a sà mismo: âYo soy⦠la estrella resplandeciente de la mañanaâ (Apocalipsis 22:12, 16, 17 y 20). Despierta y llena de esperanza, la Esposa dice conjuntamente con el EspÃritu: âVenâ. ¡Que cada cual le haga eco en su corazón y también le conteste: âAmén; sÃ, ven, Señor Jesúsâ!
Hasta el versÃculo 6 se trata de los rescatados. El Redentor nos es presentado a partir del versÃculo 7. El EspÃritu Santo tiene sobre la tierra una tarea primordial: dirigir las miradas de los creyentes hacia Cristo y sus sufrimientos. Todas las exhortaciones de escuchar, despertarse y apartarse convergen del mismo modo aquà hacia la presentación de una persona: Cristo, el MesÃas de Israel. Ãl es el Mensajero que trae buenas nuevas de paz, de felicidad y de salvación (v. 7). Es igualmente el Siervo que obra sabiamente y por eso será prosperado (v. 13). Aquà tenemos ante nosotros, en resumen, sus palabras y sus obras. El capÃtulo 53 nos dará a conocer sus sufrimientos.
En verdad, hay de qué asombrarse y sorprenderse al meditar en la indescriptible humillación del Hijo de Dios (v. 14 completado con el v. 3 del cap. 53). Su aspecto âdesfiguradoâ testimoniaba contra el mundo impÃo acerca de lo que le costaba al Hombre perfecto el atravesarlo. Por eso, es con justicia que Dios ahora le ha exaltado, engrandecido y âpuesto muy en altoâ, en espera de que Ãl aparezca en gloria. Entonces los reyes cerrarán la boca al verle. Los redimidos, al contrario, no callarán jamás. Como esos atalayas del versÃculo 8, después del cansancio de la larga vigilia mencionada en el salmo 130:6, elevarán la voz con canto de triunfo, porque Le verán âojo a ojoâ.
Ãsta es la misteriosa página que el funcionario de Candace, reina de los etÃopes, leÃa en su carro. Y âFelipe⦠comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesúsâ (Hechos 8:35). Ahà está, también para nosotros, el comienzo de todo conocimiento: Jesús el Salvador. Cada uno de nosotros se apartó por su propio camino de desobediencia (v. 6). Pero, para salvarnos, el Cordero de Dios siguió el camino de la perfecta obediencia y de la entera sumisión. En ese camino fue despreciado, desechado, angustiado, afligido y al fin âcortado de la tierraâ por los hombres (v. 3, 7, 8). Pero también fue herido, molido y sujeto a padecimiento por Dios mismo. ¿Quién jamás sondeará lo infinito de esta expresión: âJehová quiso quebrantarloâ? Nuestras enfermedades y nuestros dolores (v. 4), nuestras rebeliones y nuestras transgresiones (v. 5), nuestro pecado bajo todas sus formas âde las más sutiles a las más groserasâ con sus terribles consecuencias, tal ha sido la indeciblemente pesada carga que tomó sobre sà âel varón de doloresâ.
¡Ãste fue, oh nuestro Salvador, el trabajo de tu alma! Pero, más allá de la muerte a la cual te entregaste a ti mismo, gustas, de ahà en adelante y para siempre, del fruto mismo de tu padecimiento, del inefable gozo del amor correspondido (Hebreos 12:2).
Al estar cumplida la obra descrita en el capÃtulo 53, los creyentes están invitados a regocijarse y a cantar. El versÃculo 10 declaraba: âCuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linajeâ. Jesús mismo lo confirmará: âSi el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho frutoâ (Juan 12:24). El capÃtulo 54 nos hace entrever esa rica cosecha. Se trata de Israel, simiente terrenal; pero el Nuevo Testamento habla también de los hijos de la familia celestial: âla Jerusalén de arribaâ (véase Gálatas 4:26-27). Usted, que lee estos capÃtulos, ¿también es uno de esos âfrutosâ de la aflicción (o del trabajo) de Su alma?
Para acoger a sus hijos e hijas, se invita a Jerusalén, mucho tiempo viuda y estéril, a ensancharse y a extenderse; a causa de la obra cumplida en la cruz, Dios puede tener compasión de ella y reunirla. La ira ha sido âpor un breve momentoâ, pero la misericordia será âeternaâ (v. 7, 8; Salmo 30:5).
âTodos tus hijos serán enseñados por Diosâ promete el versÃculo 13, citado en Juan 6:45. La obra del Señor para con nosotros comprende dos grandes partes: Ãl ha llevado nuestras iniquidades y enseña la justicia a muchos (cap. 53:11). No olvidemos ese segundo lado y, si le hemos traÃdo la carga de nuestros pecados, dejémonos ahora enseñar por Ãl. Asà podremos llevar el fruto de la justicia para Su gloria (2 Corintios 9:10).
Como de la roca herida en el desierto (cap. 48:21), un rÃo de vida y de bendición emana de la obra de la cruz. ¡Inagotable fuente ofrecida a todo aquel que tiene sed! Aquà se trata del llamado del profeta, pero el Señor Jesús se expresa del mismo modo: âSi alguno tiene sed, venga a mà y bebaâ (Juan 7:37; véase también ese âtodo aquelâ de la gracia en los cap. 3:15 y 16; 11:26 y 12:46 del mismo evangelio). Dos cosas caracterizan la gran salvación de Dios: por una parte, ella es gratuita. Los hombres trabajan considerablemente y gastan fortunas âen lo que no saciaâ, mientras que el más excelente de los bienes se obtiene âsin dinero y sin precioâ. Dios ha hecho todos los gastos (comp. cap. 52:3).
En segundo lugar, la salvación debe ser aceptada ahora. âBuscad a Jehová mientras puede ser halladoâ (v. 6). Dios está cercano; Ãl perdona ampliamente⦠pero ¡apresúrese! Llega el momento en el cual no será más accesible (Juan 7:34; 8:21).
Consideremos aún lo que está dicho en este hermoso capÃtulo acerca de los pensamientos de amor y de los inescrutables caminos de Dios (v. 8, 9; véase también Romanos 11:33 a 36). Y respecto de su Palabra: ella no volverá a mà vacÃa, promete el versÃculo 11. ¿Ha producido ella ese efecto en el corazón de usted?
Estos dos capÃtulos evocan un sombrÃo momento de la futura historia de Israel. La masa del pueblo extraviada por ciegos centinelas (v. 10) se irá en pos del Anticristo (el rey del cap. 57:9). Durante ese tiempo, Dios seguirá con la mirada a los fieles que respeten sus dÃas de reposo y los alentará con sus promesas. En ese momento, el templo estará destruido después de haber sido profanado. Pero volverá a tomar su nombre y su carácter de âcasa de oraciónâ para alegrÃa de ese remanente. Además, estará abierto a todos los pueblos (cap. 56:7). En lo que nos concierne, a nosotros los creyentes, en todo momento tenemos acceso a Dios para la oración y la alabanza. ¿Lo aprovechamos?
Los versÃculos 1 y 2 del capÃtulo 57 nos revelan el verdadero significado de la muerte de un justo y de los hombres de bondad. Asà Dios los protege de los castigos que prepara para los demás hombres (véase 1 Reyes 14:12, 13). âProduciré fruto de labiosâ dice Dios (v. 19). Hebreos 13:15 nos muestra que se trata del âsacrificio de alabanzaâ. Está dirigido a Dios, pero Ãl mismo es quien lo produce mediante su EspÃritu en el corazón de los suyos.
Finalmente, el versÃculo 20 bosqueja un rápido cuadro de la malsana agitación de los impÃos con sus consecuencias. El apóstol Judas lo completa al comparar éstos a las âfieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenzaâ (v. 13).
Esta nueva y gran división del libro empieza mostrándonos al pueblo que ayuna y se aflige. Ya que Dios mira precisamente al que es quebrantado y humilde de espÃritu (cap. 57:15 y 66:2), es dable preguntarse qué es lo que Ãl halla de criticable en esto. Los versÃculos 3 a 7 nos lo enseñan: Dios no se contenta con simples formas religiosas exteriores ni piadosas declaraciones; no tienen nada que ver con el fruto de labios que Ãl mismo produce. Por la boca de otro profeta, nos pregunta a todos directamente: â¿Habéis ayunado para mÃ?â (ZacarÃas 7:5). Pero, ¡ay! detrás de una hermosa fachada de piedad, ¡cuántas cosas pueden hallarse!: la búsqueda de nuestro propio gusto, aun durante el santo dÃa del Señor, la dureza y el egoÃsmo, las contiendas y las querellas (v. 3-4), los juicios y las crÃticas (âel dedo amenazadorâ) asà como el raudal de vanas palabras (v. 9 y 13).
Las verdaderas exigencias de Dios son éstas: En primer lugar, que rompamos con las costumbres pecaminosas, esas ligaduras que nos retienen bajo el poder del Enemigo (v. 6; Daniel 4:27). Luego, que practiquemos el amor en todas las oportunidades que se nos presenten (v. 7, 10). ¡Cuán hermosas promesas están ligadas a semejante andar!
Las iniquidades del pueblo constituyen una pantalla impenetrable entre Dios y él. Impiden a Dios aceptar algún servicio religioso. Pero, en el sentido inverso, Ãl no puede intervenir a favor de los suyos mientras este muro exista. Quizás es también la razón por la cual nuestras oraciones quedan a veces sin respuesta (Proverbios 15:8, 29).
La abrumadora lista de todos los pecados acumulados por el pueblo es puesta ante él en los versÃculos 3 a 8, a fin de ayudarle a tomar conciencia de ellos. Algunos son recordados en Romanos 3:10-18 para establecer indiscutiblemente la maldad de toda la raza humana.
En el versÃculo 9 son los fieles del remanente quienes toman la palabra. Reconocen con humillación la justicia del cuadro que acaba de ser expuesto. âConocemos nuestros pecadosâ declaran ellos al agregar aún una lista de faltas a las que el profeta habÃa enunciado (v. 12-15). En pocas palabras, ese remanente muestra hasta qué punto es âquebrantado y humilde de espÃrituâ (cap. 57:15). Por eso, según su promesa, Dios podrá ahora consolarle, âvivificarleâ por su EspÃritu y hacerle justicia por medio del MesÃas, su Redentor y su Liberador, el cual también será el de las naciones (v. 20; Romanos 11:26).
Cosa notable, la expresión del versÃculo 1: âla gloria del Señor ha nacido sobre tiâ viene a ser: âTe alumbrará Cristoâ en la cita de Efesios 5:14. La gloria de Dios se identifica, pues, con la persona de su Hijo (véase 2 Corintios 4:6). Esta gloria está ligada al lugar donde Ãl mora: âYo honraré el lugar de mis piesâ (v. 13). La âSion del Santo de Israelâ (v. 14) tiene su pareja en la Jerusalén celestial del capÃtulo 21 del Apocalipsis. Compárense respectivamente los versÃculos 19, 3 y 11 de nuestro capÃtulo con Apocalipsis 21:23-26.
Como en el capÃtulo 49, la gran congregación de Israel es evocada aquà en una conmovedora y espléndida descripción. ¡Esta visión, esta promesa sostendrá a los creyentes del remanente en medio de sus tribulaciones! En cuanto a nosotros, cristianos, a veces desalentados, levantemos la vista y consideremos por la fe al pueblo de Dios, como otrora Abraham fue invitado a hacerlo (Génesis 15:5). No estamos solos. Una innumerable multitud de peregrinos camina con nosotros hacia la ciudad celestial. El cansancio y el sufrimiento, a menudo, han aminorado sus pasos. Pero, mÃrenlos: sus rostros resplandecen. Sus corazones se maravillan y se ensanchan en vista de afectos eternos (v. 5).
El comienzo de este capÃtulo tiene un interés muy particular. Es el pasaje que el Señor Jesús escogió para leer y meditar en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-21). Pero notemos un detalle de la mayor importancia: Jesús interrumpió su lectura en medio de la frase, antes de la mención del dÃa de la venganza. Sólo la primera parte de su ministerio (el de la gracia) se habÃa cumplido âdelante de ellosâ (es decir, los judÃos). Lo que sigue, a saber, el juicio, estaba suspendido y lo está todavÃa hoy. Allà donde nuestro texto tiene sólo una coma, Dios ha hallado el medio de intercalar ya casi dos mil años de paciencia.
Empero, esa venganza no es tampoco la última palabra de la frase. Está seguida de consolación y de gozo para los fieles del remanente. Como Job, al final, poseerán el doble (v. 7), esta doble fertilidad ya anunciada por el nombre de EfraÃn (Génesis 41:52, V.M., nota). âTendrán perpetuo gozoâ (v. 7).
En contestación a estas promesas, la voz del redimido se eleva, diciendo: âEn gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia⦠el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las nacionesâ (v. 10-11). El creyente de hoy ¿no estará motivado de la misma manera para alabar al Señor y regocijarse en Ãl?
Jerusalén, la desamparada, la mujer estéril y desolada, la viuda del capÃtulo 54, llegará a ser la Desposada (v. 4), la Deseada, no desamparada (v. 12). El Señor, su Esposo, podrá regocijarse de nuevo respecto de ella. Mientras tanto, vigilantes guardas están colocados sobre los muros con una consigna: âLos que recordáis de Jehová (sus promesas), no toméis vosotros descansoâ (v. 6, V.M.) Fieles a esta consigna, los creyentes judÃos, en el tiempo del fin, clamarán a Dios: âAcuérdate de tu congregación, la que adquiriste desde tiempos antiguos, la que redimisteâ¦â (Salmo 74:2).
Amigos creyentes: cada uno de nosotros ha sido colocado igualmente por el Señor en tal o cual lugar y ha recibido una misión que cabe en dos palabras: âVelad y oradâ (Mateo 26:41; 1 Pedro 4:7). Nuestras oraciones son aguardadas allá arriba y ricas respuestas les están preparadas. ¿No tenemos también importantes temas que recordarle al corazón de nuestro Padre celestial? Por ejemplo: su Iglesia universal con su «expresión» en nuestra ciudad o nuestra aldea. No callemos, ya que hoy tenemos el privilegio de formar parte de los que hacen recordar al Señor. Cosa muy conmovedora, Dios habla como si nuestras oraciones le fuesen necesarias para recordar sus promesas. ¡Qué condescendencia!
¿Quién es y de dónde viene el que surge aquÃ, espléndido y temible? ¿Por qué sus vestidos están manchados con sangre? ¡Ay, es el ejecutor de ese terrible âdÃa de la venganzaâ (Lucas 21:22), quien vuelve, su tarea cumplida! (v. 4; cap. 61:2). Los pueblos, en su suprema rebelión, se habrán concentrado sobre el territorio de Edom, alistados para el asalto final contra Dios y contra los suyos (véase cap. 34:6). Pero será para ser aplastados allÃ, de la misma manera que, otrora, los vendimiadores pisaban la uva en el lagar.
Tal vez tengamos dificultad para reconocer en ese implacable Justiciero a nuestro bondadoso Salvador. Es que su servicio para la gloria de Dios comparte estos dos caracteres. Ãl estuvo solo en la cruz; aquà está solo para el juicio (v. 3). âHermosoâ (v. 1), obra âcon el brazo de su gloriaâ (v. 12). Se hace âun nombre gloriosoâ (v. 14) y habita en âgloriosa moradaâ (v. 15). âEn tu gloria sé prosperado, cabalga sobre palabra de verdad, de humildad y de justiciaâ¦â como está dicho en el versÃculo 4 del Salmo 45, a propósito de ese mismo juicio.
Una nueva y última división del libro empieza en el versÃculo 7 con el recuerdo de las misericordias y las alabanzas del Señor. No faltemos a ese deber, cada uno por su propia cuenta.
Los fieles del remanente han recordado la grandeza de los beneficios con los cuales el Señor habÃa colmado en otro tiempo a su pueblo (cap. 63:7). Toda vez que ha dado semejantes pruebas de su amor, ¿podrÃa Ãl desampararlos hoy? Apelan, pues, al corazón de ese Dios compasivo, el cual es su Padre, diciéndole: âMira desde el cieloâ¦â Pero esto aún no les basta. âOh, si rompieses los cielos, y descendierasâ¦â exclaman ellos. Es lo que Cristo hizo una primera vez para nuestra salvación. Pero volverá a bajar más tarde para liberar a los suyos que pasan por la prueba y para consumir a sus enemigos (Salmo 18:9; 144:5).
El versÃculo 6 compara âtodas nuestras justicias con un trapo de inmundiciasâ. Entendemos que se haga eso con nuestros pecados; pero, ¿con nuestras justicias? ¡En verdad, asà es! Todo lo que hayamos podido hacer de bueno y de justo antes de nuestra conversión se parece a harapos que confirman nuestra miseria en lugar de cubrirla. Pero el Señor reemplaza esos trapos de inmundicia por vestiduras de salvación y manto de justicia (cap. 61:10; ZacarÃas 3:1-5).
Formados como el barro sobre el torno del alfarero (v. 8) no tenemos nada que hacer valer en cuanto a la vil materia de la cual hemos sido sacados (Salmo 100:3). Sólo cuenta el trabajo del divino Obrero que se aplica en hacer de nosotros utensilios âpara honraâ (2 Timoteo 2:20-21).
âFui hallado por los que no me buscabanâ¦â escribe IsaÃas âresueltamenteâ. Es la expresión que emplea el apóstol Pablo al citar a los romanos nuestro versÃculo 1 (cap. 10:20). Bajo el dictado del EspÃritu, el profeta abre aquà claramente, en efecto, la puerta a las naciones que no buscaban a Dios ni invocaban su nombre (cap. 49:6). En verdad, era una declaración atrevida, por no decir revolucionaria, a los oÃdos de los israelitas tan celosos de sus privilegios. Formaba parte de esas cosas nunca oÃdas, las que son mencionadas en el capÃtulo precedente.
La confesión y las súplicas del pobre remanente terminaban con la angustiada pregunta: â¿Callarás, y nos afligirás sobremanera?â (cap. 64:12). No, nunca es en vano que un corazón arrepentido se vuelva hacia el Señor: âAl corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Diosâ (Salmo 51:17). ¿Lo sabe por experiencia el lector?
Dios, pues, no callará. Toma la palabra y, prácticamente, va a conservarla hasta el final del libro. Empero, antes de revelar lo que preparó para los que esperan en Ãl, o sea sus escogidos y sus siervos (v. 9, 10; cap. 64:4) debe pronunciar la condenación definitiva, no sólo de las naciones enemigas de Israel, sino también de la masa del âpueblo rebeldeâ y apóstata.
Los fieles israelitas durante mucho tiempo serán confundidos con el conjunto del pueblo que haya seguido al Anticristo. Pero cuando llegue el momento, Dios sabrá distinguir y recompensar a sus siervos. Entonces, olvidarán sus sufrimientos y âcantarán por júbilo del corazónâ (v. 14).
Y nosotros, hijos de Dios, a quienes actualmente el mundo rechaza como rechazó al Señor, seremos manifestados por Ãl y con Ãl en su gloriosa venida (1 Juan 3:1-2). ¿SerÃa nuestro gozo menor?
Dios creará nuevos cielos y una nueva tierra. No se trata todavÃa del reemplazo del universo actual por nuevos elementos según 2 Pedro 3:7-13 y Apocalipsis 21:1. Pero durante el reino de los mil años, tanto el cielo librado de la presencia de Satanás como la tierra sujeta al Señor, se hallarán en un estado nuevo. La creación conocerá la liberación (Romanos 8:22). La vida humana será prolongada; la edad de cien años llegará a ser la de la plena juventud y la muerte sólo será un excepcional castigo (Proverbios 2:22; Salmo 37:9). Aun en los animales, los crueles instintos habrán desaparecido (v. 25). La naturaleza tendrá entonces su pleno desarrollo y responderá a los designios iniciales de Dios en cuanto a su espléndida creación.
Jerusalén será motivo de gozo para los fieles del pueblo: âGozaos con ella, todos los que la amáisâ (v. 10). A ellos se dirige el Salmo 122: âPedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te amanâ (v. 6). Como una respuesta a esa oración, la paz se extenderá sobre la ciudad, punto de partida del conocimiento de la gloria de Dios para todas las naciones de la tierra.
Hoy en dÃa, el Señor no está menos atento a las oraciones de los que aman a su Iglesia (2 Corintios 11:28). Pidámosle que ella sea guardada en la paz y que manifieste la gloria de Cristo aquà abajo.
Aun en medio de la felicidad milenaria, es necesario que subsista un testimonio visible del castigo terrenal de los inicuos. Allà habrá un solemne espectáculo para recordarlo, como el âmuy grande montón de piedrasâ sobre la tumba de Absalón (2 Samuel 18:17).
Asà termina el hermoso libro de IsaÃas. De todas las profecÃas, ella es la más vasta, la citada más a menudo en el Nuevo Testamento (unas 60 veces) y es la que más lugar da al Señor Jesús en sus sufrimientos y en sus glorias.
La voz de Dios para Israel, a través de los profetas, se habÃa silenciado durante cuatrocientos años. Para Dios, âvino el cumplimiento del tiempoâ (Gálatas 4:4). Entonces habla âpor el Hijoâ y hace conocer a su pueblo, al mundo, y a usted personalmente, la buena nueva del Evangelio (Hebreos 1:1-2). Ãsta se resume en pocas palabras: el don de su amado Hijo, Jesús. Pero, ¿cómo llegar al conocimiento de tal persona con nuestros espÃritus limitados? Dios proveyó para ello dándonos cuatro evangelios a fin de permitirnos considerar la gloria de su Hijo bajo diferentes aspectos, tal como se pone de relieve un objeto de gran precio bajo distintas luces. Mateo es el evangelio del Rey. Es necesaria una genealogÃa para ubicar al MesÃas en el marco de las promesas hechas a Abraham y para comprobar de manera irrefutable su tÃtulo de heredero al trono de David (Gálatas 3:16 y Juan 7:42). De esa larga lista ciertos nombres, tristemente célebres (Acaz, Manasés, Amón), no fueron borrados. Otros nombres como Rahab, Rut, la mujer de UrÃas, recuerdan la gracia divina hacia aquellos que no tenÃan ningún derecho. Antes de revelar al Salvador, Dios atestigua una vez más que en todas las generaciones, trátese de un patriarca, de un rey, de una mujer de mala reputación, etc., todos necesitamos la misma salvación y el mismo Evangelio.
Jesús entró en este mundo como todos los hombres, es decir, por el nacimiento. A José y MarÃa se les concedió un honor especial: fueron elegidos para acoger y criar al Hijo de Dios en su infancia.
Los designios de Dios se cumplen; según las profecÃas, el nacimiento del heredero al trono de David tendrÃa lugar en la ciudad real de Belén. Nótese que en este evangelio no se habla del pesebre que le sirvió de cuna, y tampoco de nada que recuerde su pobreza. Al contrario, Dios hizo que su Hijo fuera honrado por nobles visitantes: los magos venidos del Oriente. En cuanto a los principales de entre los judÃos, ninguno estaba moralmente capacitado para ir a postrarse delante del MesÃas de Israel. Además, no deseaban su venida. Esta época fue una de las más tenebrosas en la historia de dicho pueblo. El cruel Herodes, un edomita, reinaba en Jerusalén, violando la ley según la cual ningún extranjero debÃa ser rey en Israel (Deuteronomio 17:15). A excepción de un pequeño número de almas piadosas, las cuales muestra el evangelio de Lucas, nadie en Israel esperaba al Cristo. Y hoy, entre los que se dicen cristianos, ¿cuántos esperan verdaderamente su retorno?
Después de un largo viaje, que prefigura lo anunciado en el Salmo 72:10, los magos fueron conducidos hacia el niño por medio de una estrella. ¡Qué motivo de gran gozo para ellos! Lo encontraron, le rindieron homenaje y regresaron a su tierra âpor otro caminoâ. ¿No es esa la historia de todo aquel que viene al Salvador?
Los designios homicidas de Herodes fueron frustrados, asà como los de Satanás quien buscaba desembarazarse, desde su entrada en el mundo, de Aquel que serÃa su vencedor. El viaje a Egipto, ordenado por Dios para librar al niño de esos planes criminales, también ilustra la gracia de Aquel que quiso seguir el mismo camino que su pueblo antiguamente. Dos nombres fueron dados al Hijo de Dios en el capÃtulo precedente (1:21): Jesús (Jehová salva), tan precioso al corazón de cada creyente, y (1:23): Emanuel (Dios con nosotros). Ahora se agrega el de Nazareno (v. 23), con un triple significado: Jesús fue moralmente separado y consagrado a Dios (según Números capÃtulo 6). También fue el retoño que brotó del tronco de IsaÃ, padre de David (véase IsaÃas 11:1). Por último, durante treinta años, fue un ciudadano desconocido de Nazaret, la ciudad menospreciada (véase Juan 1:46).
Como un embajador que precede a un alto personaje, Juan el Bautista proclamaba la inminente venida del Rey. Pero éste no podÃa gobernar en medio de un pueblo indiferente a su estado pecaminoso. La predicación de Juan era, pues, un llamado al arrepentimiento. En cambio, a los fariseos y a los saduceos que venÃan a su bautismo con su propia justicia les anunciaba el juicio.
Podemos comprender que Juan se haya desconcertado cuando Aquel cuyo calzado no se estimaba digno de llevar (v. 11) se presentó para ser bautizado por él. Pero en el versÃculo 15 oÃmos la primera palabra pronunciada por Jesús en este evangelio: âDeja ahora, porque asà convieneâ. El hombre sólo supo hacer el mal; desde entonces convenÃa dejar que Dios actuara en Cristo para que se cumpliese âtoda justiciaâ. âEntonces le dejóâ, se dice de Juan, aunque fue él quien lo bautizó. A nosotros también nos conviene dejar actuar al Señor. Luego Jesús subió del agua; no tuvo ninguna confesión que hacer, pues âno hizo pecadoâ. Los cielos se abrieron para dar un doble testimonio: el Santo EspÃritu descendió sobre Ãl, como el aceite de la unción que antiguamente designaba al rey (1 Samuel 16:13). Al mismo tiempo Jesús recibió de su Padre una maravillosa palabra de amor y aprobación.
Investido con el poder del EspÃritu Santo, Jesús estaba preparado para cumplir su ministerio. Pero, como todo siervo de Dios, era necesario que primeramente fuera puesto a prueba. Para ello tuvo que enfrentarse con su enemigo. A fin de desviar del camino de la obediencia a un hombre de Dios, Satanás utiliza principalmente dos tácticas: presenta las cosas temibles del camino (Cristo lo vivirÃa muy especialmente en GetsemanÃ), o, al contrario, ofrece objetos deseables al lado del camino. Fue lo que el diablo hizo en este caso. Hasta supo disfrazar su tentación bajo una apariencia de piedad: la acompañó con un versÃculo de la Palabra de Dios. Pero al citar el Salmo 91, versÃculos 11 y 12, se cuidó bien de no agregar el versÃculo siguiente que hace alusión a su propia derrota: âSobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragónâ. El áspid es la serpiente a la cual le fue anunciado que Cristo, la âsimienteâ de la mujer, le herirÃa en la cabeza (Génesis 3:15). Mientras que en el Edén el primer Adán sufrió una triple derrota a causa de âlos deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vidaâ (1 Juan 2:16), en el desierto el Hombre perfecto triunfó sobre la serpiente antigua por la soberana Palabra de Dios (Salmo 17:4). Y porque âel mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentadosâ (Hebreos 2:18).
En el versÃculo 16 la cita de IsaÃas 9:1-2 sufre un ligero cambio. En los tiempos de este profeta, el pueblo todavÃa âandabaâ en las tinieblas. Ahora ya está âasentadoâ, ha tomado lugar lejos de la luz de Dios, ha perdido el ánimo y toda esperanza. Es precisamente el momento en que Dios puede intervenir. Aquel que es âla luzâ aparece trayendo la liberación. A su llamado, atraÃdos por su amor, algunos discÃpulos se unieron a Ãl y lo siguieron. Dos aquÃ, dos allá, Simón y Andrés, Jacobo y Juan. Para esos hombres era el momento decisivo, el que súbitamente cambiaba sus vidas y del cual no se olvidarÃan jamás (19:27). SÃ, al instante dejaron a su padre, la barca y las redes, para hallar un Maestro como nunca hubo otro igual y la promesa de una nueva tarea: serÃan pescadores de hombres. Llegado el momento, Jesús harÃa de ellos evangelistas y apóstoles.
No todos los cristianos están llamados a abandonar su trabajo o a renunciar a los lazos familiares, pero todos han oÃdo alguna vez la voz conocida que les dice: âSÃguemeâ. ¿Ha respondido usted a esta voz?
Los versÃculos 23 y 24 resumen admirablemente toda la actividad de amor del Señor Jesús.
Seguid al Maestro por todo lugar,
En dÃas de lucha o dÃas de paz.
Seguir a Jesús primero significa obedecerle (Juan 12:26). Luego se manifestarán en nosotros los mismos caracteres que en él. El Señor enseña esas cualidades a sus discÃpulos, asà como a todos los que quieran seguirlo, en el incomparable sermón del monte. Bienaventurados los que tienen una fe simple: los que se afligen a causa de la maldad del mundo y no se cansan de practicar la bondad y la compasión, los que por el nombre del Señor soportan toda clase de injusticias y persecuciones⦠Ese no es el tipo de felicidad que desea la mayorÃa de la gente, sino todo lo contrario. Pero para ser felices, bienaventurados, a los creyentes les basta tener la aprobación del Señor.
Los versÃculos 13 y 14 hablan de su estado actual. âSois (no dice tendrÃais que ser) la sal de la tierra⦠la luz del mundoâ. El cristiano representa a su Maestro ausente. Al estar apartado del mal, cumple en este mundo el papel de la âsalâ que preserva de la corrupción. En segundo lugar, es la âluzâ responsable de hacer brillar los caracteres morales de Dios ante los hombres y primeramente ante âtodos los que están en casaâ: su propia familia.
El almud, recipiente que servÃa de medida, simboliza la actividad, mientras que la cama (véase Lucas 8:16) es figura de la pereza. Tanto uno como otro son capaces de apagar el resplandor que deberÃa tener todo hijo de Dios.
Estos versÃculos no se pueden leer sin sentir temor. El Señor no sólo declara que no ha venido para abrogar la terrible ley de Dios que condenaba a todos, sino que da una interpretación aún mucho más estricta de la voluntad divina. Hasta entonces, un judÃo piadoso podÃa esperar merecer la vida eterna cuando más o menos habÃa guardado estas cosas desde su juventud (Marcos 10:20). Ahora las palabras de Jesús acaban con sus ilusiones al respecto. ¿Si tales son las exigencias de la santidad de Dios, quién, pues, puede ser salvo? SÃ, en este hombre incomparable estaba la plena medida de la justicia divina. Pero la misma persona que habÃa venido para hacerla conocer, también habÃa venido para cumplirla en nuestro lugar (v. 17; Salmo 48:8-10).
El antiguo judaÃsmo no se preocupaba por lo que Dios pensaba de la ira y de las miradas impuras; condenaba sólo sus frutos extremos: el homicidio y el adulterio. Los mandamientos del Señor, al contrario, se remontan a la fuente de esos hechos culpables y nos hacen tomar conciencia de que ella está en nuestro corazón y es capaz de producir los mismos efectos (15:19). Antes de apropiarnos de la gracia es necesario que comprendamos cuánto la necesitamos.
No nos olvidemos de que quien habla aquà es el MesÃas, el Rey de Israel. Su enseñanza ha sido llamada la carta del reino, pues expone los requisitos que tendrán que satisfacer sus súbditos. Pero qué diferencia con las constituciones y los códigos de este mundo, los cuales están basados en la defensa de los derechos de las personas y en la regla egoÃsta: «Cada uno por su lado», mientras que la enseñanza de Jesús no sólo establece principios de no-violencia, sino de amor, humildad y renunciamiento, absolutamente extraños al espÃritu de este mundo. Algunos piensan que tales preceptos son inaplicables en la tierra, y que los cristianos que los realicen fielmente podrÃan ser vÃctimas indefensas a merced de cualquier abuso. Estemos seguros de que Dios sabrÃa protegerlos. Además, tal comportamiento serÃa un poderoso testimonio capaz de confundir y hasta convertir a los que quisieran perjudicar al creyente. Los versÃculos 38 a 48 nos humillan y nos juzgan. ¡Qué distancia nos separa de Aquel que âpadeció por nosotros, dejándonos ejemplo⦠quien cuando le maldecÃan, no respondÃa con maldición; cuando padecÃa, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamenteâ! (1 Pedro 2:21-23; véase también Santiago 5:6; IsaÃas 50:6). Lo que daba autoridad a las enseñanzas del Señor era que Ãl ponÃa en práctica lo que enseñaba (7:29).
Las limosnas (v. 1-4), las oraciones (v. 5-15) y los ayunos (v. 16-18) son tres de las principales maneras por las cuales los hombres creen cumplir con sus «obligaciones religiosas». Cuando estas acciones se hacen para ser reconocidos por los demás, la consideración que uno saca de ello, ya le sirve de recompensa (Juan 5:44). Pero ¡ay!, el corazón humano es tan malo que se sirve de las mejores cosas para darse importancia. Las más generosas donaciones⦠con tal que se vean, pueden ir a la par con el peor egoÃsmo: la contrición puede estar en el rostro⦠y el contentamiento de sà mismo en el fondo del corazón.
El Señor nos enseña cómo orar. No se trata de un acto meritorio, sino de la humilde presentación de nuestras necesidades a nuestro Padre celestial, en lo secreto de nuestro aposento. ¿A menudo nuestras oraciones no son frases maquinales o vanas repeticiones? (Eclesiastés 5:2). SÃ, hasta la hermosa oración enseñada por nuestro Señor a sus discÃpulos (v. 9-13), la que estaba perfectamente adaptada a las necesidades de aquel momento, ha venido a ser una vana repetición para muchos. El hijo de Dios tiene privilegios que el israelita no poseÃa; puede acercarse en todo tiempo, por el EspÃritu, al trono de la gracia en el nombre del Señor Jesús. ¿Aprovechamos este privilegio?
El ojo bueno (sencillo, v. 22, V. M.) es el que se fija sólo en un objeto. Ese objeto, ese âtesoroâ para el creyente, es Cristo. Lo contemplamos âa cara descubiertaâ en la Palabra, y esa visión ilumina todo nuestro ser interior (2 Corintios 3:18; 4:6-7). Nuestro corazón no puede estar en el cielo y en la tierra a la vez. Querer un tesoro celestial y, al mismo tiempo, atesorar riquezas en este mundo son dos cosas absolutamente incompatibles, como tampoco es posible servir a más de un señor a la vez (v. 24). Las órdenes a menudo serÃan contradictorias. Pero, renunciando a las riquezas, ¿no corremos el riesgo de carecer de lo necesario para nuestro sustento en el tiempo presente? El Señor se anticipa a esa mala excusa: âPor tanto os digo: No os afanéis por vuestra vidaâ¦â (v. 25). Abramos los ojos como nos lo pide Jesús. Observemos en la creación los innumerables testigos de la conmovedora solicitud y bondad del Padre celestial: las flores, los pájaros⦠(comp. Salmo 147:9). Por cierto, Dios nunca será deudor de los que buscan âprimeramenteâ Sus intereses antes que los suyos propios; no será deudor de los que lo escogen (Lucas 10:42). SÃ, Dios âes galardonador de los que le buscanâ (Hebreos 11:6), pero hay que empezar por ahÃ.
Los versÃculos 1 a 6 y el maravilloso versÃculo 12 nos muestran las normas que deben regular todas nuestras relaciones con los hombres, con nuestros hermanos. Para tratar de solucionar ese problema, grandes pensadores de todas las civilizaciones han llenado inmensas bibliotecas con sus doctrinas sociales, polÃticas, morales o religiosas. Al Señor le basta un pequeño versÃculo para expresar su solución divinamente sabia, perfecta y definitiva. âTodas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, asà también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetasâ (compárese con Romanos 13:10). Esta regla de oro tenemos la oportunidad de ponerla en práctica cada dÃa. Aprendamos, pues, a colocarnos siempre en el lugar de los que nos rodean.
Los versÃculos 13 y 14 nos recuerdan que si hay dos señores, también hay dos puertas, dos caminos. La mayor parte de los hombres sigue el camino ancho, y eso a pesar del letrero estremecedor: âLleva a la perdiciónâ (v. 13). En cambio, pocos son los que hallan la vida, porque pocos son los que buscan el camino que conduce a ella. âEstrecha es la puertaâ. Se pasa por ella sólo después de haber abandonado el equipaje de la propia justicia y del peso que tan a menudo carga nuestra vida. Amigo, ¿por cuál camino anda?
Puesto que los buenos árboles se reconocen por sus buenos frutos, ¿no serán excelentes las personas del versÃculo 22? Se presentan con las manos llenas de obras aparentemente meritorias: profecÃas, milagros, demonios expulsados⦠pronuncian el nombre del Señor a cada instante. âNunca os conocÃâ, les contestará solemnemente el Señor Jesús. Sus frutos no son los de la obediencia a Dios.
Todas esas enseñanzas no son difÃciles de entender. De hecho, lo que nos falta no es comprenderlas, sino ponerlas en práctica. Por eso, al acabar sus discursos, con una corta parábola el Señor muestra la diferencia entre poner en práctica y escuchar solamente. He aquà dos casas parecidas a primera vista; ahora veamos el fundamento. Una casa es edificada sobre la roca de la fe en Jesucristo (1 Corintios 3:11); su constructor âcavó y ahondóâ (Lucas 6:48). La otra casa únicamente descansa en la arena movediza e incierta de los sentimientos humanos. Hasta el dÃa de la prueba âla prueba necesariaâ podrÃamos confundirlas. Pero⦠observemos lo que le sucedió a la segunda casa. Prudente e insensato, tales son los respectivos calificativos que reciben los dos constructores. ¿A cuál de estos dos tipos de constructores pertenece usted?
El servicio de amor y de justicia del Señor siguió a su enseñanza. Asistimos primeramente a tres curaciones. El leproso conocÃa el poder de Jesús, pero dudaba de su amor: âSi quieres, puedesâ¦â. Jesús quiso y lo sanó (Oseas 11:3, fin).
El centurión de Capernaum, consciente de su propia indignidad asà como de la autoridad todopoderosa de Jesús, se dirigió a Ãl: âSeñor⦠solamente di la palabraâ¦â. Esa fe excepcional maravilló y alegró al Señor, por eso la dio como ejemplo a los que lo seguÃan; y ella también nos humilla, ¿verdad? Asimismo era necesario que el Maestro actuara en las familias de los suyos. Sanó a la suegra de su discÃpulo Pedro. Jesús no se ocupaba de los enfermos como los médicos convencionales, que examinan, hacen un diagnóstico, ordenan un medicamento, cobran y se van. A Ãl no le bastó con curar. Ãl mismo llevó ânuestras enfermedades, y sufrió nuestros doloresâ (IsaÃas 53:4) yendo a su fuente que es el pecado. Sintió todo el peso del pecado, toda su amargura y lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35). Tal simpatÃa, ¿no es más preciosa que la curación en sÃ? Esa ha sido la experiencia de muchos cristianos enfermos.
Al escriba que deseaba seguirle adondequiera que fuera, el Señor no le ocultó que su camino era el de un completo renunciamiento. Hasta las aves del cielo, de las cuales el Padre celestial cuida (6:26), tienen más abrigo en este mundo que su Creador. ¡Qué humillación la suya! En esta tierra no tuvo donde recostar (o bajar) su cabeza (en Juan 19:30 aparece el mismo verbo griego). En el versÃculo 21 otro discÃpulo contestó a su invitación con una excusa aparentemente justificada. ¿Qué más legÃtimo que asistir al entierro de su padre? Sin embargo, por más urgente que parezca un deber, ningún âprimeramenteâ puede tomar el lugar de lo que Jesús ha ordenado (6:33). No se nos dice lo que esos dos hombres decidieron hacer a continuación. Lo que nos importa saber es si nosotros hemos contestado al llamado del Señor Jesús.
La tan conocida y hermosa escena de la travesÃa del mar durante la tempestad ilustra el viaje terrenal del creyente. Ãste encuentra muchas tormentas, pero su Salvador es también el Señor de los elementos y lo acompaña (Salmo 23:4). Ãl gobierna al viento y al mar, la enfermedad, la muerte y los poderes satánicos, como lo demuestra la liberación de los dos endemoniados en la tierra de los gadarenos.
Las distintas enfermedades que el Señor encontró y sanó son otros tantos aspectos de la triste condición en la cual halló a su criatura. La lepra hace énfasis en la mancha del pecado, la fiebre señala la agitación incesante del hombre de este mundo. El endemoniado está bajo el poder de Satanás, mientras que el mudo, el ciego y el sordo tienen los sentidos cerrados a los llamados del Señor y no saben pedirle. Por último, el paralÃtico demuestra la incapacidad total del hombre para ir hacia Dios (Juan 5:7). El enfermo no dice nada⦠sólo espera. El divino Médico (v. 12) sabe que una enfermedad mucho más grave roe el alma de ese paralÃtico y empieza por curarlo de aquélla: âTus pecados te son perdonadosâ. ¿De qué tendrÃamos que preocuparnos más en nosotros y en los demás: de una enfermedad o del pecado?
Después tenemos el llamamiento de Mateo, que es contado por él mismo. Ãl también formaba parte de esos pecadores por los cuales Cristo vino. Por último, la pregunta de los discÃpulos de Juan brinda la oportunidad para presentar una nueva enseñanza: los odres viejos de la religión judaica ya no servÃan para contener el vino nuevo del Evangelio.
Los evangelios están lejos de relatar todos los milagros hechos por Jesús, según dice el apóstol Juan en el capÃtulo 21 de su evangelio. En su Palabra Dios sólo hizo constar por escrito los que corresponden a una enseñanza útil para nosotros. Tal es el caso de la resurrección de la hija de Jairo. Este hecho tiene, entre otras, una aplicación profética. Se ve al Señor como estando de camino para volver a dar la vida a su pueblo Israel. Mientras tanto (en lo que viene a ser el tiempo actual) está a disposición de todos los que lo buscan por la fe, como lo hizo la mujer del versÃculo 20 que tocó el borde de su manto con la esperanza de ser curada. En efecto, Jesús tenÃa todo el poder para sanar cualquier enfermedad y dolencia. TenÃa bastante amor en su corazón para sentir compasión por su pueblo, como el verdadero pastor de Israel. Si de vez en cuando hallaba fe, como en los dos ciegos, desgraciadamente, también a menudo chocaba con la más terrible incredulidad de los fariseos.
Nosotros que atravesamos el mismo mundo y padecemos las mismas necesidades, pero con corazones a menudo insensibles (Santiago 2:15-16), pidamos a Dios que nos dé una visión más amplia y clara de Su gran mies (Juan 4:35) y supliquemos al Señor de la mies que envÃe nuevos obreros.
Los doce discÃpulos han pasado a ser apóstoles. Al citarlos, Mateo el publicano recuerda su origen (véase 21:31). Después de haber sido instruidos por las palabras y el ejemplo del divino Maestro, son enviados (ese es el sentido de la palabra apóstol) como obreros a la mies. Un niño no seguirá siendo niño y yendo a la escuela toda la vida, es evidente, pero en cierto sentido el creyente siempre está en la escuela de Dios. Pero tarde o temprano tendremos que haber aprendido lo esencial de nuestras lecciones, en particular la de nuestra incapacidad. Sólo entonces el Señor podrá utilizarnos.
Notemos algunos puntos importantes: es el Señor quien llama, califica, envÃa, dirige, sostiene, alienta y recompensa a sus siervos. Ellos no van por su propia voluntad ni mandados por los hombres. No esperan de éstos ningún salario, sino que dan gratuitamente lo que han recibido por gracia. ¡Cómo esas simples verdades han sido perdidas de vista en la cristiandad! Bajo la forma de comités, jerarquÃas y diversas organizaciones, personas a menudo bien intencionadas se han interpuesto entre el Señor y sus obreros para el más grave perjuicio de estos últimos, y sobre todo, del trabajo que les habÃa sido confiado.
âEl discÃpulo no es más que su maestroâ (v. 24): no puede pretender ser tratado mejor que Ãl. Que sea cristiano o judÃo del tiempo de la tribulación venidera, el verdadero discÃpulo tendrá que contar con una oposición semejante a la que Jesús encontró por parte de un mundo injusto y cruel. Pero será la oportunidad de gustar todos los recursos de la gracia, esa gracia maravillosa que conoce y cuida al rescatado (v. 30; véase 2 Corintios 12:9-10).
Al creyente fiel no sólo lo alcanza el odio del mundo, sino también frecuentemente la hostilidad de su propia familia (v. 36). ¡Pero no se desanime! El Señor lo ha anunciado de antemano y tiene recursos para ello.
Tomar su cruz es llevar la señal de los condenados a muerte. Dicho de otro modo, es demostrar que se han abandonado los placeres mundanos, que se ha dejado de lado la propia voluntad. Desde el punto de vista humano, esto significa perder su vida. Mas desde el punto de vista divino, el Maestro declara que es la única manera de ganarla. Pero tiene que ser por un motivo esencial: por amor a Ãl (2 Corintios 5:14-15).
El Señor no se contentó con mandar a sus discÃpulos, sino que siguió su propio ministerio. En cambio, Juan el Bautista, desde el capÃtulo 4:12, terminó el suyo en la cárcel de Herodes. La pregunta que mandó hacer a Jesús por medio de sus discÃpulos nos deja ver su desaliento y perplejidad. Jesús, del que habÃa sido su ferviente precursor, no establecÃa su reino ni hacÃa nada para liberarlo. ¿No era Ãl el MesÃas prometido? El Señor contestó con un mensaje por medio del cual le hizo sentir tiernamente su falta de confianza, al decirle: âBienaventurado es el que no halle tropiezo en mÃâ. Pero ante la muchedumbre, Jesús dio un amplio testimonio del más grande de todos los profetas (v. 7-15).
Cuando se trata de la entrada en el reino, la violencia pasa a ser una cualidad, y hasta una cualidad indispensable (v. 12). Dios nos abre todos sus tesoros, pero por nuestra parte debemos tener el ardiente deseo de poseer lo que Ãl nos ofrece y el santo celo de la fe que se apodera osadamente de todas las promesas divinas. ¡Ay, cuántos jóvenes se han quedado detrás de la puerta por falta de decisión y energÃa, por temor a las luchas y a los renunciamientos! No olvidemos que los cobardes se hallarán en compañÃa de los incrédulos, los homicidas y todos los demás pecadores que no se hayan arrepentido (Apocalipsis 21:8).
Jesús hizo la mayorÃa de sus milagros en las ciudades de Galilea. Pero los corazones permanecieron cerrados, como lo habÃa profetizado IsaÃas: â¿Quién ha creÃdo a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?â (IsaÃas 53:1). Sin embargo, a esta pregunta Jesús pudo responder âen aquel tiempoâ (v. 25) y dar gracias al Padre: âEscondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niñosâ. Y volviéndose a los hombres, los invitaba: âVenid a mÃâ; venid con esta fe infantil ây aprended de mÃ, que soy manso y humilde de corazónâ. Nadie, excepto Jesús, puede revelar al Padre. Aprendamos no sólo por Sus palabras, sino también por Su ejemplo (Efesios 4:20-21).
Cerca de Jesús hallamos dos cosas en apariencia contradictorias: el descanso y el yugo. El yugo es una pieza de madera pesada que sirve para uncir a los bueyes; es sÃmbolo de obediencia y servicio. Pero el yugo del Señor es fácil. El rescatado cambia su cansancio y la carga del pecado (v. 28) por la gozosa abnegación del amor. El apóstol Pablo dice de las iglesias de Macedonia: âDoy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas⦠pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sà mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotrosâ (2 Corintios 8:3-5).
Después de haber ofrecido el verdadero reposo del alma (11:28-29), el Señor Jesús hizo comprender que el reposo legal del sábado no tenÃa más razón de ser. Sobre esta cuestión del sábado, los fariseos trataban de sorprender en una falta, primero a los discÃpulos y luego al Maestro mismo. Pero cuando esto ocurrió, el Señor se sirvió de esa oportunidad para explicarles que todo el sistema basado en la ley y los sacrificios habÃa sido dejado de lado por su venida en gracia, y les citó por segunda vez las palabras del profeta Oseas 6:6: âPorque misericordia quiero, y no sacrificioâ (v. 7; véase 9:13 y Miqueas 6:6-8). ¿De qué servÃa la observancia del cuarto mandamiento de la ley, cuando todos los demás eran transgredidos? Pretender respetar el sábado era dar la impresión de que todo iba bien en Israel, era estimarse más justo que Dios. Mientras reinaba el pecado, nadie podÃa descansar: Ni el hombre, cargado con el pecado, ni Dios, pues el Padre y el Hijo trabajaban juntos para quitar el mal y sus consecuencias (Juan 5:16-17). AsÃ, sin dejarse detener por los consejos de los malos, el perfecto Siervo seguÃa con su obra. La cumplió en el espÃritu de humildad, de gracia y de mansedumbre que, según el profeta IsaÃas (42:1-4), debÃan permitir reconocerlo.
Estas cualidades siguen siendo de gran precio para el corazón de Dios (comp. 1 Pedro 3:4).
Los fariseos odiaban al Señor Jesús porque estaban celosos de su poder, asà como de su autoridad sobre la muchedumbre. Negaban el origen de ese poder porque no podÃan negar los milagros mismos. Como ya lo habÃan hecho antes (9:34; 10:25), atribuyeron al prÃncipe de los demonios el poder del Santo EspÃritu que Dios habÃa dado a su muy amado Hijo (v. 18; comp. Marcos 3:29-30). Esta es la blasfemia contra el EspÃritu Santo, el pecado que no puede ser perdonado. Por el contrario, la obra del Señor era la prueba de su victoria sobre Satanás, el hombre fuerte, a quien Ãl habÃa âatadoâ en el desierto (4:3-10) por medio de la Palabra, y a quien ahora quitaba sus cautivos (IsaÃas 49:24-25). Luego, Jesús les mostró a esos fariseos que ellos mismos estaban bajo el imperio de Satanás: eran malos árboles produciendo malos frutos.
âDe la abundancia del corazón habla la bocaâ. Si nuestro corazón está lleno de Cristo, será imposible no hablar de Ãl (Salmo 45:1); de manera inversa, los malos pensamientos, escondidos en lo más profundo de nosotros mismos, tarde o temprano subirán a nuestros labios. Y de toda palabra ociosa, es decir, simplemente inútil, cada uno tendrá que rendir cuenta un dÃa.
En el capÃtulo 12 se acaba la primera parte de este evangelio. El MesÃas, después de haber sido rechazado por quienes debieron ser los primeros en recibirlo, empezó a hablar de su muerte y de su resurrección. Era el gran milagro que quedaba por cumplir, del cual los judÃos poseÃan una señal: la historia de Jonás, que fue tragado por el gran pez. Al mismo tiempo, el Señor mostró a los escribas y a los fariseos su aplastante responsabilidad, ya que ellos eran mucho más conocedores de la Palabra de Dios que los paganos de NÃnive o que la reina de Saba. ¡Y cuánto sobrepasaba Ãl mismo a Jonás o a Salomón! Ãl habÃa venido para habitar en la casa de Israel, echando al demonio y barriendo la idolatrÃa (comparar 8:31 y 12:22-23). Pero como no habÃa sido recibido, la casa quedaba vacÃa, pronta para abrigar un poder maligno mucho más terrible que el primero. Eso es lo que sucederá a Israel bajo el reinado del anticristo.
A la pregunta: â¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?â, Jesús contestó extendiendo la mano hacia sus discÃpulos: âHe aquà mi madre y mis hermanosâ. Con eso mostraba que tenÃa que romper las relaciones terrenales y naturales con su pueblo. En contraste, desde el capÃtulo 13, explicó qué es el reino de los cielos y quién puede ser recibido en Ãl.
El corazón del pueblo judÃo se habÃa endurecido. Voluntariamente habÃan cerrado sus ojos y sus oÃdos (v. 15). Por eso, de ahora en adelante, Jesús les hablarÃa en parábolas, de una manera oculta. Sus enseñanzas estarÃan reservadas sólo a sus discÃpulos. Los versÃculos 18 y 36 comprueban que el Señor siempre está dispuesto a explicar a los suyos lo que desean comprender. La Biblia contiene muchas cosas difÃciles y oscuras para nuestra inteligencia natural limitada (Deuteronomio 29:29). Pero la explicación nos será dada en el momento oportuno, si tal es nuestro verdadero deseo (Proverbios 28:5). No nos dejemos, pues, desanimar por los pasajes o las expresiones que no entendemos inmediatamente. Pidamos al Señor que nos explique su Palabra.
El rechazo del MesÃas por parte de Israel tuvo aún otra consecuencia: no habiendo hallado fruto para recoger en medio de su pueblo, el Señor sembró el mundo con la palabra del Evangelio. En Santiago 1:21 es llamada âla palabra implantadaâ, la que tiene el poder de salvar a las almas. Pero aunque haya una sola clase de semilla, no todos reciben la Palabra de la misma manera. ¿Con qué disposición de corazón la recibe usted?
En su perfecto conocimiento del corazón humano, el Señor distingue cuatro clases de personas entre los que oyen su Palabra. La primera es comparada a la tierra del camino, endurecida a base de ser pisoteada por el mundo. ¿Nuestro corazón se parecerÃa a este camino sobre el cual el mundo pasa y vuelve a pasar de manera que la Palabra no puede penetrar más en Ãl?
Otros, como esos pedregales, son espÃritus superficiales. Su conciencia no ha sido profundamente labrada por la convicción del pecado. Por eso la pasajera emoción experimentada al oÃr el Evangelio no es más que apariencia de fe. La verdadera fe tiene, necesariamente, raÃces invisibles, pero se reconoce gracias a su fruto visible. Sin obras, la fe está muerta, ahogada como esos granos entre los espinos (Santiago 2:17). Pero la semilla también cae en buena tierra, en donde la espiga puede madurar a su tiempo.
La parábola de la cizaña nos enseña que el enemigo no sólo arrebató la buena semilla cada vez que lo lograba (v. 19), sino que sembró mala semilla mientras los hombres dormÃan. El sueño espiritual nos expone a todas las malas influencias, por lo que somos exhortados continuamente a ser vigilantes (Marcos 13:37, 1 Pedro 5:8).
En las seis parábolas del reino que siguen a la del sembrador, el Señor expone cuál va a ser el resultado de la siembra en este mundo. La parábola del grano de mostaza que llega a ser un gran árbol describe la forma exterior que tomó el reino de los cielos después de que el Rey fuese rechazado, mientras la de la levadura escondida en la masa, destaca una obra secreta que altera su carácter. Es el tiempo de la Iglesia responsable. Después de haber empezado con un pequeño número de personas (algunos discÃpulos), el cristianismo tuvo el gran desarrollo que conocemos. Pero su éxito y extensión en el mundo no son la prueba de la bendición y de la aprobación de Dios, ni lo protegen de los ataques de Satanás. Muy temprano fue invadido por el mal: los pájaros (v. 4 y 19) y la levadura.
La mezcla que caracteriza a la cristiandad profesante también es ilustrada por la parábola de la cizaña en el campo. Se sabe que el nombre de cristiano es llevado hoy en dÃa por todos los que han sido bautizados, sean o no verdaderos hijos de Dios. El Señor soporta este estado de cosas hasta el dÃa de la siega (Apocalipsis 14:15-16). La suerte final de los unos y de los otros mostrará lo que habÃa en el corazón de cada uno de ellos.
Las cortas parábolas del tesoro y de la perla subrayan dos verdades maravillosas: una, el gran precio que la Iglesia tiene para Cristo y que Ãl pagó para adquirirla âvendió todo lo que tenÃa; dio hasta su vidaâ y otra, el gozo que encuentra en ella. En el versÃculo 47, la red del Evangelio está echada en el mar de las naciones. El Señor habÃa anunciado a sus discÃpulos que harÃa de ellos pescadores de hombres. He aquÃ, pues, los siervos trabajando. Pero no todos los peces son buenos, como tampoco son verdaderos creyentes todos los cristianos de nombre. Mas la Palabra permite conocerlos. El buen pez se reconoce por sus escamas y sus aletas (LevÃtico 11:9-11) y el verdadero creyente por su armadura moral, por su capacidad para resistir la penetración del mal y por no dejarse arrastrar por la corriente del mundo.
Al lado del tesoro que el Señor ha encontrado en los suyos (v. 44), el versÃculo 52 nos muestra el que el discÃpulo halla en su Palabra. ¿Ãsta es para usted el tesoro de donde sabe sacar âcosas nuevas y cosas viejasâ? Este capÃtulo termina tristemente como el precedente, que habla sobre la incredulidad de la muchedumbre que no ve en Jesús más que âel hijo del carpinteroâ, de manera que su gracia no puede ejercerse para con ella.
El capÃtulo 11 nos muestra a Juan el Bautista en la prisión. Aquà vemos que fue echado allà por orden de Herodes el tetrarca, hijo del rey Herodes que hallamos en el capÃtulo 2. ¿Y por qué motivo? Porque Juan no habÃa tenido miedo de reprenderlo por haber tomado la mujer de su hermano. Ahora el fiel testigo pagaba con su vida la verdad que tuvo la valentÃa de decir al rey. Su muerte formó parte de las diversiones y festejos de la corte real; fue el terrible salario del placer con el que se gozó el malvado monarca (comparar Santiago 5:5-6). Herodes, aunque estuviese afligido en ese momento, en realidad acariciaba desde hacÃa mucho tiempo el secreto deseo de matar a Juan (v. 5). Porque al odiar la verdad, también odiaba a quien la anunciaba (Gálatas 4:16). Humanamente hablando, este final de Juan era trágico y horrible. ¿Quién de nosotros quisiera semejante destino con tal desenlace? Pero a los ojos de Dios, ese fue el glorioso fin de âsu carreraâ (Hechos 13:25).
Uno puede imaginarse lo que fue para Jesús la noticia de la muerte de su predecesor. Era ya como el anuncio de su propio rechazo y de su cruz. Parece que su tristeza le hizo sentir la necesidad de estar solo (v. 13). Pero la multitud lo alcanzó, y su corazón, pensando siempre en los demás, se compadeció de la gente y cumplió en su favor el gran milagro de la primera multiplicación de los panes.
La escena de la barca en medio de la tempestad es una imagen de la posición actual de los redimidos del Señor. Mientras Ãl está en los cielos, orando e intercediendo por los suyos, ellos atraviesan a duras penas el mar agitado de este mundo. Es la noche moral: el enemigo, fomentando la oposición de los hombres, actúa como el viento y las olas que prácticamente anulaban los esfuerzos de los remeros. Pero Jesús vino al encuentro de los suyos.
Su voz familiar tranquilizó a los pobres discÃpulos: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Y la fe, apoyándose en su palabra (¡ven!), llevó a Pedro hacia aquel que amaba. Mas, de un momento a otro, esta fe flaqueó y Pedro comenzó a hundirse. ¿Qué sucedió? Dejó de mirar al Maestro para fijarse en la altura de las olas y en la violencia del temporal. ¡Como si fuese más difÃcil caminar con Dios sobre un mar tormentoso que sobre aguas tranquilas! Pero clamó al Señor quien al momento vino a socorrerlo.
Luego Jesús fue recibido en la comarca de Genesaret, donde anteriormente sólo habÃa podido hacer pocos milagros, por motivo de la incredulidad de los habitantes (cap. 13:58). Esta acogida es una figura del momento en el cual su pueblo, que lo rechazó, lo reconocerá, le rendirá homenaje y será liberado por Ãl.
El celo religioso de los fariseos se limitaba a observar estrictamente cierto número de formas exteriores y tradiciones. Bajo el manto de esta piadosa apariencia, que puede impresionar a los hombres pero que no puede engañar a Dios, seguÃan las inclinaciones de su corazón. Por avaricia habÃan llegado hasta faltar a los deberes más elementales, como el de proveer a las necesidades de sus padres (v. 5; comp. Proverbios 28:24). La pregunta del Señor (v. 3) responde a la vez a la de los fariseos (v. 2). Ãstos, por sus tradiciones, anulaban los mandamientos de Dios. Entonces Jesús, cuyas delicias eran esos mandamientos, confundió a estos hipócritas por medio de las Escrituras. Luego, dirigiéndose a sus discÃpulos que también estaban desconcertados por sus palabras, puso de relieve la maldad del corazón humano y demostró su completa ruina. SÃ, las manos pueden estar cuidadosamente lavadas mientras el corazón está lleno de suciedades.
Reconozcamos cuán verdadero es el inventario abrumador del contenido del corazón humano, de nuestro propio corazón (v. 19-20), aunque lo ocultemos bajo respetables y halagüeñas apariencias.
Jesús visitaba la región de Tiro y de Sidón. Esas ciudades paganas, como Ãl mismo lo habÃa declarado, eran menos culpables que las de Galilea, donde habÃa efectuado la mayorÃa de sus milagros (11:21-22). Pero no tenÃan ninguna parte en las bendiciones del âHijo de Davidâ, pues eran ajenas a los pactos de la promesa (Efesios 2:12). Ãste también era nuestro caso, no lo olvidemos. El Señor empezó por hacer notar esto, con una expresión inusual en Ãl, a la pobre cananea que le suplicaba por su hija. Esa mujer reconoció su completa indignidad. Entonces la âgraciaâ pudo brillar con todo su esplendor. En efecto, si de parte del hombre hubiera el más mÃnimo derecho o mérito, no se tratarÃa de gracia, sino de algo merecido (Romanos 4:4). Para medir mejor la grandeza de esta gracia hacia nosotros, no olvidemos nunca nuestra miseria e indignidad delante de Dios.
Luego el Señor se vuelve nuevamente hacia su pueblo. Según la expresión del Salmo 132:15, Ãl bendice abundantemente su provisión y sacia de pan a sus pobres. Lo que lo hace obrar en este segundo milagro, asà como en el primero, es su maravillosa compasión hacia la multitud (v. 32; 14:14).
Una vez más los fariseos pidieron una señal (12:38), y una vez más Jesús les recordó la señal de Jonás, figura de su próxima muerte. Los cristianos que hoy hemos llegado a la vÃspera del retorno del Señor Jesús tampoco tenemos que esperar más señales antes de su venida. Nuestra fe descansa en la promesa del Señor y no en signos visibles: de otra manera no serÃa fe. Y, sin embargo, ¡cuántos indicios nos muestran que estamos llegando al final de la historia de la Iglesia en la tierra! El orgullo del hombre crece más que nunca; el mundo cristianizado manifiesta los caracteres anunciados en 2 Timoteo 3:1-5. También hay señales exteriores: el pueblo judÃo vuelve a su paÃs; las naciones europeas tratan de unirse en el marco del antiguo imperio romano⦠Abramos los ojos, levantémoslos hacia el cielo: Jesús viene.
El Señor dejó a los incrédulos y se fue (v. 4). Pero sus propios discÃpulos también lo entristecieron por su falta de confianza y de memoria, asà como lo afligieron en el capÃtulo 15:16-17. Y nosotros, ¿no nos asemejamos a ellos muchas veces? Recordemos la exhortación que Dios nos hace por medio de Pedro: âEchando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotrosâ (1 Pedro 5:7).
La pregunta que Jesús hizo a sus discÃpulos nos muestra que las opiniones con respecto a Ãl estaban divididas, y esto se mantiene hasta hoy. Pero usted, ¿puede decir quién y qué es él para usted? El Padre inspiró una magnÃfica confesión a Simón: âTú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivienteâ (v. 16). Este es el firme fundamento sobre el cual el Señor ha edificado su Iglesia, de la cual cada creyente, al igual que Simón, ha venido a ser una piedra viva. ¿Cómo podrÃan las fuerzas del mal prevalecer en contra de lo que pertenece a Cristo y que fue por Ãl mismo construido? Y Jesús honró a su discÃpulo con una misión especial: la de abrir (por sus predicaciones) las puertas del reino a los judÃos y a las naciones (Hechos 2:36; 8:14; 10:43). Desde entonces Jesús, refiriéndose a la Iglesia, hablaba al mismo tiempo del precio que pagarÃa para adquirirla: sus sufrimientos y su muerte. Pero el pobre Pedro que un instante antes habÃa hablado âconforme a las palabras de Diosâ (1 Pedro 4:11), aquà se volvió el instrumento de Satanás, quien buscaba desviar a Cristo de su camino de obediencia, pero enseguida fue descubierto y rechazado.
Jesús, quien fue el primero en avanzar por la vÃa del completo renunciamiento, no ocultó lo que significa seguir en pos de Ãl (comparar 10:37-40). ¿Estamos dispuestos para seguirle, cueste lo que cueste? (Filipenses 3:8).
El capÃtulo 16 termina con el pensamiento acerca de los sufrimientos y de la muerte de Jesús. Ãste comienza hablando sobre su aparición en gloria, que responde a la promesa hecha a los discÃpulos: âHay algunos de los que están aquÃ, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reinoâ (16:28). Después del menosprecio del cual su Hijo habÃa sido objeto por parte de su pueblo Israel, y de las distintas formas de incredulidad que habÃa encontrado, Dios deseaba dar a testigos escogidos de entre los hombres una primera impresión de lo que serÃa su majestad real. ¡Qué escena! Sin embargo, los tres discÃpulos fueron incapaces de soportarla. El temor se apoderó de ellos, después del sueño (Lucas 9:32). Finalmente fue necesario que Dios hablara para impedir que su Amado fuera confundido con los dos compañeros de su gloria. Más tarde solamente, después de la resurrección, los discÃpulos comprendieron el alcance de esta magnÃfica visión, y entonces fueron autorizados para contarla. Es lo que Pedro hizo en su segunda epÃstola (1:17-18). Pero mientras Moisés y ElÃas volvieron a su descanso, el Hijo de Dios se volvió a revestir con su humilde âforma de siervoâ que habÃa dejado sólo por un momento, y bajando de la montaña, emprendió nuevamente el camino solitario de la cruz.
La adoración del cristiano tiene por efecto transportarlo en espÃritu al âmonteâ junto al Señor glorificado. ¡Quiera Dios que podamos conocer más a menudo tales momentos! Pero también es necesario saber descender nuevamente con Ãl en medio de las circunstancias de la vida, en este mundo en el cual reina Satanás. Esta es la experiencia que hacen los discÃpulos en esta ocasión. La curación del niño lunático fue la oportunidad para que Jesús subrayara el poder de la fe.
La escena de los versÃculos 24 a 27 es instructiva y conmovedora a la vez. Pedro, acostumbrado a obrar sin reflexionar y olvidándose de la visión de la gloria y de la voz del Padre, se comprometió a pagar el impuesto del templo en nombre del Maestro. Jesús le preguntó con dulzura si alguna vez habÃa visto que el hijo de un rey pagara impuestos a su propio padre. ¡Y eso que Simón lo habÃa reconocido poco antes como el Hijo del Dios viviente! Después de esta aclaración, el Señor le ordenó que pagase la suma, a pesar de que Ãl estaba exento. Pero al mismo tiempo manifestó su poder: el Señor domina sobre toda la creación, incluso sobre los peces (Salmo 8:6-8). También manifestó su amor asociándose a su débil discÃpulo al pagar igualmente por Ãl.
El mundo se complace en lo que es grande. Los discÃpulos no escapaban a este espÃritu. Deseaban saber quién serÃa el más grande en el reino de los cielos. El Señor les contestó que primeramente era necesario entrar en él, y por el contrario, para ello era menester ser pequeño o humilde. Con el fin de grabar esta enseñanza en sus mentes, llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Seguramente que a nuestro alrededor hay niños. Ellos también están cerca de nosotros como ejemplos vivientes de confianza y simplicidad. Guardémonos de menospreciarlos a causa de su debilidad, ignorancia o ingenuidad. Y sobre todo cuidémonos de hacerlos tropezar en su fe. El mal ejemplo de un mayor es la peor de las trampas para los menores. Jesús repitió aquà lo que ya habÃa dicho en cuanto a las ocasiones de caer (v. 8-9; comp. 5:29-30).
Muy lejos de desdeñar a estos pequeños, Dios responde a su debilidad con cuidados particulares. Los ángeles están especialmente encargados de velar por ellos. Y no olvidemos que Jesús vino para salvarlos a ellos también (v. 11); todos los que mueren sin alcanzar la edad de la responsabilidad, se benefician de su obra. La parábola de la oveja perdida nos muestra cuánto vale para el Buen Pastor una sola ovejita.
Jesús explica cómo deben arreglarse los agravios entre los hermanos (v. 15-17). Y podemos relacionarlo con su maravillosa enseñanza concerniente al perdón (Efesios 4:32; Colosenses 3:13), según su respuesta a Pedro, quien le preguntó cuántas veces debÃa perdonar a su hermano: âNo te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces sieteâ (v. 22). Pero también es la oportunidad para retomar el tema de la Iglesia, dándonos esta promesa de capital importancia: âDonde están dos o tres congregados en mi nombre, allà estoy yo en medio de ellosâ (v. 20). De esta presencia procede todo lo que necesita aun la más débil reunión de creyentes congregados en el nombre de Jesús. ¿PodrÃa faltar la bendición cuando Aquel que es la fuente de ella está allà en medio de los que cuentan con Ãl? Aquà esta promesa está especialmente ligada a la autoridad conferida a la Iglesia (atar y desatar) y a la oración de dos o tres, a la cual todo le es otorgado. ¡Pero cuántos menosprecian la importancia de las reuniones de oración!
La parábola del esclavo que debÃa diez mil talentos (una suma excesiva) nos recuerda la deuda incalculable que Dios nos perdonó en Cristo (Esdras 9:6). ¿Qué son al lado de ella las pequeñas injusticias que tenemos que soportar? El perdón divino del cual hemos sido objetos nos hace responsables de ejercitar la misericordia.
Al principio de este capÃtulo Jesús responde a una pregunta de los fariseos y condena nuevamente el divorcio (5:31-32). Luego bendice a los niños que le son presentados y reprende a los discÃpulos que quieren impedirlo, diciendo: âDejad a los niños venir a mÃ, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielosâ (v. 14). ¿Formamos parte de los que por la oración llevan a almas jóvenes al Señor? ¿O por el contrario somos de aquellos que impiden que se vayan a Ãl, quizás por un mal ejemplo?
En el versÃculo 16 vemos a un joven ir a Jesús con un buen deseo: obtener la vida eterna. Pero la pregunta estaba mal formulada y el Señor deseaba hacer entender esto a su visitante: âSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientosâ. La respuesta del joven demuestra que él no era consciente de su incapacidad para hacer algo bueno por sà mismo. Entonces Jesús le muestra que hay un Ãdolo en su corazón: las riquezas, ¡obstáculo que impide a tantas personas que vayan a Cristo y le sigan! Por cierto, la vida eterna no se obtiene haciendo el bien, cualquiera que sea. Y las mejores disposiciones, con las más valiosas cualidades naturales, no sirven para merecerla, porque no se puede adquirirla por medio de méritos. Ella es el don gratuito que Jesús da a los que lo siguen (Juan 10:28).
La pregunta «quién serÃa el primero y el último en el reino de los cielos», cuestión que tanto preocupaba a los discÃpulos, está ilustrada por una nueva parábola. Tal vez nosotros estarÃamos bastante dispuestos a ponernos del lado de los obreros descontentos y hallar injusta la manera de obrar del padre de familia. Pero consideremos este relato más de cerca. Los obreros que empezaron a trabajar por la mañana habÃan convenido con el propietario en un denario por dÃa (v. 2, 13). Ese era el precio en que estimaban su trabajo. Por el contrario, los que fueron contratados más tarde se fiaron del dueño de la viña para que les pagara âlo que sea justoâ (v. 4, 7). Y no lo lamentaron. En el reino de los cielos, la recompensa nunca es un derecho. Todos somos siervos inútiles, según Lucas 17:10; nadie merece nada. Todo depende de la gracia soberana de Dios y cada uno recibe lo necesario, independientemente de su trabajo. Por otra parte, los obreros de la undécima hora, ¿no son en realidad los menos favorecidos? No tuvieron la oportunidad y el gozo de servir a este buen Amo durante la mayor parte del dÃa. En la historia de los designios de Dios, los primeros obreros que convinieron con el padre de familia representan a Israel bajo el pacto, los de la undécima hora nos hablan de las naciones, objetos de la gracia de Dios.
Sobre un asunto particularmente Ãntimo y solemne, el Señor buscaba la comprensión de sus discÃpulos: los sufrimientos y la muerte que le esperaban en Jerusalén. ¡Vaya! La madre de Santiago y Juan escogió este momento para hacerle una petición egoÃsta. Se sentirÃa orgullosa de ver a sus hijos ocupando los primeros puestos en el reino del MesÃas. ¡Y los diez discÃpulos restantes manifestaron su indignación! Quizás no porque la petición fuera enojosa e inoportuna, sino porque cada uno ambicionaba secretamente ese alto puesto (Lucas 22:24). Después de todo lo que Jesús les habÃa dicho, después de haber colocado a un niño en medio de ellos, ¿no habÃan entendido ni recordado nada? ¡No los juzguemos! ¡Cuánta dificultad tenemos para aprender nuestras lecciones, las mismas lecciones! ¡Cómo nos parecemos a ellos!
Entonces, sin un reproche, con una paciencia infinita, Jesús prosiguió su enseñanza. Y esta vez la sustentó con su propio ejemplo mediante el versÃculo 28, tema eterno de adoración de los redimidos.
Siguiendo con su misión de siervo, en el camino que subÃa a Jerusalén, Jesús sanó a dos ciegos en la puerta de Jericó. Subrayemos la loable insistencia de ellos y la infinita compasión del Señor.
El paso por Jericó y la entrada en Jerusalén marcan, en cada uno de los tres primeros evangelios, el principio de la última parte del peregrinaje de nuestro Salvador aquà en la tierra. El cumplimiento de la profecÃa de ZacarÃas (9:9) era para Israel la prueba de que verdaderamente su MesÃas venÃa a visitarlo. Era imposible confundirlo con otro: âJusto y Salvador, humilde, y cabalgando sobre un asnoâ¦â. Se esperaba más bien a un rey altanero y soberbio entrando en la capital sobre un caballo de guerra, a la cabeza de sus ejércitos. Pero un rey humilde y manso, aquà está un concepto ajeno a los pensamientos de los hombres.
Mas estos caracteres de gracia y bondad no impiden al Señor obrar con la máxima severidad cuando ve pisoteados los derechos de Dios, como en el caso de los vendedores en el templo (v. 12). Asimismo tienen que obrar sus discÃpulos. La dulzura que debe caracterizarlos no excluye la más grande firmeza (1 Corintios 15:58). La presencia de Jesús en el templo produjo varios efectos: en primer lugar, una inmediata purificación; pero al mismo tiempo la curación en gracia de los enfermos que venÃan a Ãl; luego la alabanza de los niños; por último, también hubo la indignación y la oposición por parte de los enemigos de la verdad.
En el camino a Jerusalén Jesús obró un milagro que excepcionalmente no era un milagro de amor, sino una señal de advertencia acerca del juicio que caerÃa sobre el pueblo. Consideremos esta higuera. ¡Nada más que hojas, una hermosa apariencia de piedad pero sin ningún fruto! Ese era el estado de Israel⦠y el de muchos que se dicen ser cristianos.
Ese milagro dio a Jesús la oportunidad de recordar a sus discÃpulos el poder de la oración de fe. Luego el Señor entró nuevamente en el templo donde los principales sacerdotes y ancianos del pueblo vinieron a discutir su autoridad. Por su pregunta el Señor les hizo entender que no podÃan reconocer esta autoridad si no habÃan reconocido primero la autoridad de Juan el Bautista. Como el segundo hijo de la parábola (v. 28-30), los jefes del pueblo hacÃan ostensiblemente profesión de cumplir la voluntad de Dios. Pero en realidad ésta era letra muerta para ellos (Tito 1:16). Otros, al contrario, en otro tiempo rebeldes, notorios pecadores, se habÃan arrepentido al escuchar la predicación de Juan y habÃan hecho la voluntad de Dios. Hijos de padres creyentes, corremos el riesgo de ser precedidos en el cielo por personas hacia las cuales tal vez ahora experimentamos menosprecio o condescendencia (véase 20:16). ¡Pensemos en nuestra responsabilidad!
La parábola de los labradores malvados ilustra el terrible estado del pueblo y de sus malos conductores. Dios esperaba fruto de su viña, Israel. âLa habÃa cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; habÃa edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestresâ (IsaÃas 5:2). Pero los judÃos (y los seres humanos en general) no sólo demostraron su incapacidad para producir fruto, sino un espÃritu de odio contra el legÃtimo Dueño de todas las cosas. Además desconocieron a sus siervos, los profetas. Aquà se preparaban para expulsar, ¡y de qué manera!, al Heredero mismo, a fin de quedarse como únicos dueños de la heredad, es decir, del mundo (1 Tesalonicences 2:15). El Señor llevó a los sacerdotes y a los fariseos a pronunciar su propia condenación. Cuando les preguntó «el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?» contestaron: âA los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otrosâ (v. 40-41).
Luego Jesús les enseñó que Ãl mismo es la âpiedra⦠cabeza del ánguloâ que Dios habÃa puesto en Israel. Los edificadores (los jefes del pueblo) la desecharon (Salmo 118:22-23), pero Ãl ha llegado a ser âla principal piedra del ángulo, escogida y preciosaâ, de una âcasa espiritualâ: la Iglesia, y âpiedra de tropiezo, y roca que hace caerâ para los desobedientes (1 Pedro 2:4-8).
La parábola de las bodas del hijo del rey complementa la de los labradores malvados. Muestra lo que pasarÃa después del rechazo del Heredero. Los judÃos, primeros en ser convidados, desecharÃan la gracia anunciada por los apóstoles (los siervos del v. 3). Entonces éstos se volverÃan hacia las naciones (Hechos 13:46). Dios invita a los hombres: usted también tiene en sus manos Su carta de invitación. Por desgracia, el menosprecio y la oposición son las dos respuestas que Ãl recibe generalmente (Hebreos 2:3). No basta con ser invitado, es necesario aceptar y venir en la forma ordenada por Dios, es decir, con el vestido de justicia suministrado por el Rey mismo (Filipenses 3:9). El hombre del versÃculo 11 habÃa pensado que sus propios vestidos servirÃan. Ãl representa a todos los que piensan que podrán ser recibidos en el cielo con su propia justicia, a los que se congregan y profesan ser cristianos pero nunca han recibido a Jesús como su Salvador personal (5:20; Romanos 10:3-4). ¡Qué confusión les espera y cuán terrible será su final!
Sordos a estas enseñanzas, los fariseos y los herodianos le hicieron una pregunta muy estudiada para âsorprenderleâ: â¿Es lÃcito dar tributo a César, o no?â. Pero Jesús, discerniendo la trampa envuelta en lisonjas, les dio una inesperada contestación: âDad, pues, a César lo que es de Césarâ, devolviendo asà la flecha a los que la habÃan lanzado.
Otros contradictores, los saduceos, vinieron al Señor con una pregunta ociosa. Con su cuento imaginario, pensaban probar lo absurdo âsegún ellosâ de la doctrina de la resurrección. Antes de demostrarles la verdad de la resurrección por medio de las Escrituras, Jesús se dirigió a la conciencia de estos hombres y les mostró que ellos discutÃan sobre la base incierta (y siempre equivocada) de sus propios pensamientos, sin conocer la Palabra. Es lo que aún hoy hace un buen número de personas, en particular las que pertenecen a sectas de error y perdición. No sigamos nunca a esa gente en sus razonamientos peligrosos.
Derrotados en cuanto al conocimiento de la Escritura, los enemigos de la verdad se unieron nuevamente para atacar (v. 34-40), y recibieron como respuesta un maravilloso resumen de la ley que los condenaba sin apelación. Entonces, a su vez, Jesús hizo una pregunta a sus interlocutores que les cerró la boca. Rechazado, Aquel que es a la vez el Hijo y el Señor de David, iba a ocupar una posición gloriosa. Y los que contra viento y marea querÃan seguir siendo sus enemigos, hallarÃan también el lugar que les estaba reservado⦠por estrado de sus pies (v. 44).
Es impresionante ver a personas, tan empeñadas en seguir su propio camino, que se niegan a aceptar las más claras enseñanzas bÃblicas (2 Timoteo 3:8).
Jesús, descubriendo la trampa en todas las preguntas de los jefes religiosos del pueblo, puso a los discÃpulos y a la muchedumbre en guardia contra ellos. Lo que ordenaban hacer era excelente en general, pero tristemente lo que hacÃan era muy distinto (21:30). Nosotros que quizás conocemos tantas verdades bÃblicas y sabemos muy bien citarlas a los demás, ¿las ponemos en práctica? (Juan 13:17; Romanos 2:21).
¡Qué contraste entre estos maestros y Cristo, el verdadero Maestro! (v. 8, 10). Ellos recomendaban la ley, pero Ãl la cumplÃa (5:17). Ellos ponÃan sobre otros cargas pesadas y difÃciles de llevar (v. 4), pero Jesús llamaba a los cansados y cargados para darles descanso (11:28). Ellos escogÃan los primeros asientos, pero Ãl, desde el pesebre hasta la cruz, tomó constantemente el último lugar. Fue siervo antes de ser amo (v. 11). Nadie será más exaltado, pues nadie se ha humillado más profundamente. Pero esos escribas y fariseos que buscaban su propia gloria irÃan a su ruina y a su perdición. â¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!â. Esta fue la terrible palabra que el Señor tuvo que pronunciar siete veces contra estos hombres tan responsables.
Con estas vehementes palabras el Señor condenaba solemnemente lo que puede llamarse «el clero» de Israel. Estos guÃas ciegos, que no sólo no entrarÃan en el reino de los cielos, sino que además abusaban de su autoridad para impedir que los demás entraran, eran doblemente culpables (v. 13). Extremadamente escrupulosos por cosas muy pequeñas, descuidaban las principales: âLa justicia, la misericordia y la feâ (v. 23). Con sus máscaras hipócritas engañaban a los simples. Jesús, lleno de indignación, descubrió su verdadero rostro: eran sepulcros blanqueados (muertos interiormente), âserpientesâ, asesinos, hijos de asesinos.
Antes de salir del templo y dejar desierta esta casa donde Dios no tenÃa más su lugar, Jesús se expresó en términos patéticos acerca del juicio que caerÃa sobre Jerusalén. SÃ, podemos pensar en lo que habrá sido para su corazón sensible ese menosprecio a la gracia que ofrecÃa: âNo quisisteâ (22:3; Oseas 11:7). ¡Palabra abrumadora! Entre los que deberán oÃrla un dÃa, ¿quién podrá hacer a Dios responsable de su desdicha? La salvación en Cristo le ha sido ofrecida y él no ha querido aceptarla.
Los discÃpulos trataban de que el Señor estuviese tan orgulloso como ellos de ese templo que parecÃa desafiar el tiempo⦠pero que pronto iba a ser destruido. Entonces, tomándolos aparte, Jesús les expuso la sucesión de los acontecimientos proféticos (cap. 24-25). Sin embargo, antes de contestar una por una a sus tres preguntas (¿Cuándo ocurrirán esos acontecimientos?: v. 15-28; ¿cuál será la señal de su venida?: v. 29-31; ¿cuál será el signo del fin del siglo? v. 32-51), el Señor empezó a hablarles a sus conciencias (v. 4). Una verdad siempre debe tener un efecto moral: por ejemplo, el de aumentar el temor de Dios o el amor por el Señor. De otra manera, sólo la curiosidad es alimentada y el alma se endurece. Aquà los discÃpulos debÃan tener cuidado para no dejarse engañar. TodavÃa eran âhijitosâ en la fe; conocÃan al Padre que Jesús les habÃa revelado (11:27) pero no estaban armados contra los que el apóstol Juan (1 Juan 2:18) llama âmuchos anticristosâ, dicho de otro modo, los portadores de diversos errores. Por eso necesitaban estar advertidos (2 Pedro 3:17). Satanás siempre trata de seducir por medio de imitaciones (2 Tesalonicenses 2:9-10).
¡Hijos de Dios, no nos dejemos turbar por todo lo que nos digan! Y, sobre todo, vigilemos para que nuestro amor hacia Dios y nuestros hermanos no se enfrÃe (v. 12).
Los acontecimientos anunciados en estos versÃculos conciernen a Israel y sólo se producirán después del arrebatamiento de la Iglesia. Pero para mostrar que ellos son las consecuencias de su rechazo en los capÃtulos precedentes, el Señor se dirigió a sus discÃpulos como si su generación debiera atravesar este terrible perÃodo. En realidad, cuando el anticristo seduzca a las naciones, profane el templo (v. 15) y persiga a los fieles, los cristianos de la actual dispensación ya no estarán en la tierra. Asà pues, todas las advertencias y estÃmulos dados aquà no nos conciernen directamente. Pero Jesús mismo tiene gran interés por las cosas que antecederán a su venida en gloria (v. 30). Piensa con profunda simpatÃa en los fieles que sufrirán en aquel entonces. Supone también que aquellos a quienes llama sus amigos comparten este interés, esta simpatÃa (Juan 15:15). Hablarnos anticipadamente de esto (v. 25) constituye una gran muestra de confianza y amor de su parte (comp. Génesis 18:17). ¿No es ésa una razón suficiente para tratar de comprender estos temas de la profecÃa? Y además, es una fuente de exhortaciones provechosas en todos los tiempos y para todos los testigos del Señor. Exhortaciones como por ejemplo: perseverar (v. 13), orar (v. 20) y velar (v. 42).
El Señor interrumpe su exposición profética para exhortar a los suyos a la vigilancia y al servicio. El juicio va a caer repentinamente sobre el mundo. Herirá a los incrédulos y a los burladores. Alcanzará igualmente a los indiferentes, a los indecisos y a los hijos de los creyentes que no se hayan arrepentido. ¿Tal vez sea ese su caso? âPor tanto, también vosotros estad preparadosâ, dice el Señor Jesús a cada uno (v. 44). Y para estar preparado hay que aceptar su salvación. En el versÃculo 45 un hermoso servicio es presentado a los creyentes: distribuir a su alrededor el alimento de la Palabra (Hechos 20:28; 1 Timoteo 1:12). Para ello es necesario llenar dos condiciones: fidelidad, para conocer esta Palabra y no apartarse de ella, y prudencia, para adaptarla a las necesidades y a las circunstancias de los demás. Pero en la gran cristiandad profesante también se encuentran los siervos malos. Han sido crueles y dominantes con las almas, se han embriagado con los placeres en el mundo (1 Tesalonicenses 5:7) porque en el fondo de sà mismos no creen en el regreso del Señor. Pero el siervo de Cristo sólo puede ser fiel y prudente guardando un precioso secreto: cada dÃa espera al Señor. âMi alma espera al Señor, más que los centinelas a la mañanaâ (Salmo 130:6).
Según la costumbre oriental, para el festÃn de sus bodas, el esposo llegaba de noche y era alumbrado y escoltado por las vÃrgenes amigas de la esposa (hoy, las damas de honor; comparar Salmo 45:9 y 14). El Señor emplea esta conmovedora ilustración para enseñarnos de qué modo debe ser esperado Ãl, el Esposo celestial. Pero los cristianos, en su mayorÃa, se cansaron de esta espera. El sueño espiritual se apoderó de ellos y ha durado muchos siglos. Fue necesario que en un momento reciente de la historia de la Iglesia, llamado con mucha razón el «despertar», resonase este clamor de medianoche: ¡âAquà viene el Esposoâ! ¡El Señor vuelve! Como consecuencia, se manifiesta una diferencia: las vÃrgenes prudentes tienen aceite en su lámpara, del mismo modo que los verdaderos creyentes están preparados para la venida del Señor, y su luz, la del EspÃritu Santo, puede brillar en la noche de este mundo. Otras personas, como las vÃrgenes insensatas, profesan esperar al Señor sin poseer la vida. Indebidamente llevan el hermoso tÃtulo de cristianas. Terrible ilusión y no menos horrible despertar. Que cada uno se interrogue mientras aún está a tiempo: ¿Hay aceite en mi lámpara? ¿Estoy preparado para su retorno? (Romanos 8:9, final).
La parábola de las diez vÃrgenes se refiere a la espera de la venida del Señor. La de los talentos considera el lado del servicio. La vida del creyente está revestida de este doble carácter: âServir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijoâ (1 Tesalonicenses 1:9-10), pues esperar al Señor no significa cruzarse de brazos hasta que Ãl venga. Al contrario, cada rescatado tiene el privilegio de trabajar para su Señor. Con este fin recibió cierto número de talentos y es responsable de sacarles rendimiento. Estos talentos representan bienes materiales, sin duda, pero también otras cosas como la salud, la memoria, la inteligencia⦠Pero sobre todo, el cristiano posee la Palabra divina con el conocimiento que se desprende de ella (1 Corintios 2:12). Aun siendo salvos, podemos parecernos al siervo malo. ¿Estamos seguros de no haber escondido, por egoÃsmo, pereza, o por cualquier otra razón deshonesta, uno u otro de esos dones que pertenecen al Señor? ¿Qué cuentas le rendiremos cuando Ãl venga? ¿Podrá hacernos entrar en su gozo, ese âgozo puesto delante de élâ (Hebreos 12:2), el gozo de la obra consumada y del amor satisfecho? En esta parábola, fijémonos que la recompensa es la misma para los dos primeros esclavos. Lo que tiene valor para el Señor no es tanto los resultados (siempre poca cosa), sino la fidelidad.
El versÃculo 31 reanuda el curso de la profecÃa de los versÃculos 30-31 del capÃtulo 24, es decir, la venida del Señor en gloria para su pueblo terrenal. Para las ânacionesâ (los no judÃos) presentes en la tierra sonará entonces el dÃa de las recompensas⦠o del castigo. Y la diferencia entre ellos será la manera en que hayan acogido a los embajadores del Rey (sus hermanos, v. 40, aquà los judÃos) cuando éstos les anunciaban el Evangelio del reino (24:13-14).
Algunos han querido servirse de esta palabra para apoyar la doctrina de la salvación por las obras. Aclaramos que aquà estamos más allá del tiempo de la Iglesia y de la fe cristiana propiamente dicha.
Sin embargo, dejando de lado esta cuestión de la salvación, la declaración del Rey está llena de instrucción para nosotros los cristianos. Si el Señor Jesús estuviera hoy en la tierra, ¡qué celo pondrÃamos en recibirlo, en servirlo y en satisfacer sus más mÃnimos deseos! A la verdad, todos los dÃas tenemos esta oportunidad: ofrendas, hospitalidad, visitas, etc. Todo lo que hacemos por amor a alguien, lo cumplimos primeramente para Ãl (comparar Juan 13:20; 1 Corintios 12:12). Inversamente, lo que podemos hacer y no lo hacemos, se lo negamos al Señor.
El Señor ha terminado sus enseñanzas. Ahora los últimos acontecimientos van a cumplirse. Mientras en Jerusalén se tramaba su muerte en el consejo de los malos (v. 3-5), una escena muy distinta se desarrollaba en Betania. Rechazado y odiado por los grandes de su pueblo, Jesús encontraba entre los humildes y fieles la acogida, el amor y, bien podemos decir, la adoración que le correspondÃan. No teniendo más lugar en el templo, fue recibido en la casa de Simón el leproso. La realeza le habÃa sido negada, pero un perfume de gran precio fue derramado sobre su cabeza, figura de la unción real. Esta mujer discernió y honró al MesÃas de Israel: âMientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olorâ (Cantares 1:12). Sólo Jesús comprendió y apreció su acción. ¡Pero qué importa! ¿Quién podrÃa molestarla si Ãl mismo encontraba su placer en ello?
Con el versÃculo 14 pasamos nuevamente a una escena de tinieblas. Judas el traidor, que acababa de sentir el aroma del perfume, cumplió su crimen y recibió su salario: treinta piezas de plata, el precio de un esclavo. Pero el profeta ZacarÃas lo llama, irónicamente, un hermoso precio, porque con él el Hijo de Dios serÃa apreciado (ZacarÃas 11:13).
Uno puede imaginarse los sentimientos del Señor al comer esta Pascua con sus discÃpulos. Ella era la figura de lo que Ãl iba a ser en la realidad. Unos momentos más y el Santo Cordero de la Pascua serÃa inmolado (1 Corintios 5:7). Pero antes debÃa dar a sus discÃpulos una señal muy especial de su amor. Cada año, desde la gran noche del éxodo, la Pascua anunciaba en figura una obra futura. A partir de la muerte del Señor, la cena recordará al creyente, cada primer dÃa de la semana, que esta obra está cumplida. Cada vez que la celebramos, anunciamos la muerte del Señor hasta que Ãl venga (1 Corintios 11:26).
Después de haberles repartido el pan, Jesús dio también la copa a los discÃpulos, diciendo: âBebed de ella todosâ. SÃ, el Señor querÃa que cada uno de los suyos participase con Ãl de esta comida de amor (excepto Judas, que habÃa salido: Juan 13:30). ¿Eran dignos de ella? Pedro lo negarÃa y los demás huirÃan. Pero a pesar de esto, Jesús les dijo ây lo dice aún a sus rescatadosâ: âBebed de ella todosâ. Luego les explicó el inestimable valor de su sangre âque por muchosâ serÃa âderramada para remisión de los pecadosâ. Lector, ¿se halla usted entre esos âmuchosâ? Si asà es, ¿cuál será su respuesta al deseo expresado por el Señor Jesús? (comp. Salmo 116:12-14).
Lleno de confianza en sà mismo, Pedro declaró estar dispuesto a morir junto con el Señor. Sin embargo, como veremos, no irÃa muy lejos.
Después de haber invitado a sus discÃpulos a velar y orar con él, Jesús se aproximó a ese jardÃn donde iba a dar la suprema prueba de su sujeción a la voluntad del Padre. Esa voluntad, que no cesó de ser la delicia del Hijo, implicaba una terrible y doble necesidad: el abandono de Dios, cosa infinitamente triste para el corazón de su Hijo amado, y el peso del pecado que debÃa cargar, con la muerte como salario (Romanos 6:23), cosa infinitamente angustiosa para el Hombre perfecto. La tristeza y la angustia invadieron su alma (v. 37). Ãl comprendÃa todo lo que representaba ese terrible camino de la cruz, del cual Satanás, en aquella hora, se esforzaba en desviarlo. Pero recibió la copa de la mano del Padre: âHágase tu voluntadâ.
En su gracia, Dios nos ha permitido asistir a este combate del Salvador en GetsemanÃ, escuchar su oración insistente y dolorosa. ¡Que nos guarde de tener, como los tres discÃpulos, corazones adormecidos e indiferentes a su sufrimiento! En cambio, ¡que llene nuestras almas de agradecimiento y adoración al pensar en ello!
Un discÃpulo, Judas, no habÃa dormido como los demás. Hele aquà a la cabeza de una tropa imponente que venÃa para apoderarse de Jesús. ¿Y qué medio escogió el miserable para señalar al Maestro? El beso solÃcito de la hipocresÃa. âAmigo, ¿a qué vienes?â, le contestó el Salvador. Ãltima pregunta, propicia para sondear el alma del infeliz Judas. Ãltimo llamamiento de amor de aquel que habÃa dicho a los suyos: âOs he llamado mis amigosâ (Juan 15:15). Pero ya era demasiado tarde para el âhijo de perdiciónâ (Juan 17:12).
Estas saetas para la conciencia (v. 55) fueron los únicos actos de defensa de aquel que se entregaba a sà mismo. Faltaban los doce discÃpulos, sin embargo, en aquel momento más de doce legiones de ángeles estaban, por asà decirlo, en pie de guerra prontas para intervenir si él lo hubiera pedido al Padre. Todo el poder de Dios estaba a su disposición si querÃa solicitarlo. Pero su hora habÃa llegado. Lejos de escaparse o defenderse, Jesús detuvo el brazo de su discÃpulo, quien era demasiado impulsivo y quien un poco después darÃa la medida de su coraje al huir con sus compañeros.
Pero ya en el palacio del sumo sacerdote, los escribas y los ancianos se habÃan juntado en plena noche para consumar la suprema injusticia (Salmo 94:21).
Los jefes del pueblo tenÃan a Jesús en su poder, pero les faltaba un motivo que les permitiera condenarlo, ya que el Hombre perfecto no les daba ninguna oportunidad para acusarlo. Entonces buscaban âfalso testimonioâ contra él. Y era difÃcil hallar uno que tuviera apariencia de realidad. Por fin se presentaron dos falsos testigos con una frase distorsionada (comparar v. 61 con Juan 2:19). Pero lo que sirvió de pretexto para condenar a Jesús fue su declaración solemne de que él es el Hijo de Dios, pronto para venir en poder y en gloria. La pena de muerte fue pronunciada y enseguida la brutalidad y la cobardÃa se dieron libre curso (v. 67-68). Se cumplió la primera parte de lo que el Salvador habÃa anunciado más de una vez a sus discÃpulos (16:21; 17:22; 20:19-20).
Para Pedro también fue una hora sombrÃa, pero por una razón muy distinta: Satanás, que no pudo hacer vacilar al Maestro, hizo tropezar al discÃpulo. Tres veces el pobre Pedro negó a aquel por quien se habÃa declarado dispuesto a morir. Hasta llegó a emplear un lenguaje grosero para mentir, porque anteriormente, sin que se diera cuenta, su manera de hablar habÃa hecho que fuera reconocido como discÃpulo de Jesús.
El dÃa despuntó. ¡Un dÃa como no hubo otro en la historia del mundo y de la eternidad! La primera hora de la mañana encontró a los principales sacerdotes y a los ancianos maquinando la ejecución que habÃan decidido. Pero alguien vino a visitarlos; lo conocÃan bien: era el traidor, gracias al cual habÃan conseguido sus fines. ¿Qué querÃa? Judas atestiguó la inocencia de su Maestro, les devolvió el dinero y expresó su remordimiento. â¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!â, contestaron ellos sin ninguna compasión. ¡Entonces el miserable fue y se ahorcó, perdiendo su alma junto con la vida, sin hablar del dinero por el cual la habÃa vendido! ¡En cuanto a los sacerdotes que no habÃan tenido escrúpulos para comprar la sangre inocente, temieron cuando se trató de poner el precio en el tesoro del templo!
Jesús fue conducido ante Pilato, el gobernador. Le hubiera sido fácil hallar en este magistrado romano un apoyo contra el odio de su pueblo. Pero guardó silencio, salvo para reconocer su tÃtulo de rey de los judÃos. IsaÃas ya lo habÃa profetizado: âComo oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su bocaâ (IsaÃas 53:7; comp. con los versÃculos 12 y 14 y 26:63).
Grande fue la perplejidad de Pilato frente al acusado que le trajeron los jefes de los judÃos. Nunca habÃa tenido ante sà un hombre como aquél. Un doble testimonio: el de su mujer (v. 19) y el de su propia conciencia (fin del v. 24) le daban la convicción de que estaba enfrentándose a un justo. Además, conocÃa la perversidad de los que se lo habÃan entregado por envidia (v. 18). ¿Qué hacer? Si lo condenaba, cometÃa una injusticia, pero si lo liberaba, su popularidad se verÃa afectada. Lavándose simbólicamente las manos (pero no su conciencia), echó la responsabilidad sobre el pueblo, el cual la aceptó con los ojos cerrados. Detrás de esta muchedumbre, movida por los más salvajes instintos, y detrás de sus jefes que la excitaban, Satanás proseguÃa su obra de odio. Pero Dios también proseguÃa su obra de gracia y salvación.
Jesús estaba en manos de soldados vulgares. Le pusieron un simulacro de vestidura real para mofarse de él antes de llevarlo al suplicio. Pero un dÃa, a la vista de todos, el Señor aparecerá en toda su majestad de Rey de reyes. Y su mano poderosa, esta mano que entonces asÃa una caña, se levantará en juicio contra sus enemigos (comp. v. 29 con Salmo 21:3, 5, 8).
Jesús fue conducido del pretorio al Calvario. Simón de Cirene fue obligado a llevar Su cruz, pero Jesús iba a llevar sobre sà voluntariamente una carga tan pesada que no tenÃa comparación. Se trata del pecado, que nadie pudo llevar en su lugar. Fue crucificado entre dos malhechores. âSu causa escritaâ encima de la cruz acusaba en realidad a un pueblo que crucificó a su Rey. Este relato nos es dado brevemente, sin los detalles que los hombres hubieran agregado para conmover los sentimientos. Sin embargo, a través del sobrio lenguaje del EspÃritu, comprendemos que ninguna forma de sufrimiento fue ahorrada al muy amado Salvador. Sufrimientos fÃsicos, pero ante todo, indecibles heridas morales. Allà estaban los burladores provocándolo y desafiándolo a salvarse a sà mismo (v. 40). Pero si se quedó en la cruz, ¿no fue precisamente para salvar a los hombres? Ellos provocaban a Dios poniendo en duda su amor hacia Cristo, quien sentÃa infinitamente este ultraje (v. 43; Salmo 69:9). Pero para Jesús, el sufrimiento supremo fue el abandono que padeció durante las tres últimas horas en el madero, cuando Dios escondió su rostro, y fue hecho maldición para expiar nuestros pecados. ¡Dios hirió a su Hijo con los golpes que merecÃan nuestros pecados, los mÃos y los suyos!
La obra de la expiación se ha cumplido, la victoria se ha obtenido. Con un poderoso grito de triunfo, Cristo entró en la muerte: âConsumado esâ (Juan 19:30). Y enseguida Dios dio otras pruebas de esta victoria: el velo del templo se rasgó de arriba abajo abriendo âun camino nuevo y vivoâ por donde en adelante el hombre podrÃa penetrar en su presencia con plena libertad (Hebreos 10:19-21). Los sepulcros fueron abiertos. La muerte fue vencida y tuvo que devolver algunos de sus prisioneros.
Luego, Dios cuidó el honor debido a su Hijo. Conforme a la profecÃa, Jesús ocupó la tumba de un hombre rico que piadosamente se ocupó de su sepultura (IsaÃas 53:9). A excepción de José de Arimatea, el evangelio de Mateo no muestra a ningún discÃpulo presente en esa hora. En cambio, algunas mujeres cuya devoción es recordada asisten a toda la escena. El amor sepultó a Aquel a quien el odio habÃa crucificado.
Del principio al fin de este evangelio, el odio del hombre se ha encarnizado contra Jesús. En su cuna, este odio fue manifestado por Herodes, y lo persiguió hasta la tumba, guardada y sellada por los jefes de los judÃos, pero tanto los soldados como el sello y la piedra fueron vanas precauciones; sólo sirvieron, al contrario, para demostrar de manera más brillante la realidad de la resurrección.
Era la mañana triunfal de la resurrección. Con ella, Dios dio un brillante testimonio de la perfección de la vÃctima y de la entera satisfacción que hallaba en la obra cumplida. La guardia, apostada delante del sepulcro, lejos de poder oponerse a este maravilloso acontecimiento, fue testigo involuntario y aterrorizado (Salmo 48:5). Pero los sacerdotes, totalmente endurecidos, compraron la conciencia de estos hombres, como lo habÃan hecho con la de Judas.
Llegando al sepulcro, las mujeres recibieron el mensaje del ángel. Con el corazón lleno de temor y de gozo a la vez, se apresuraron para comunicárselo a los discÃpulos; entonces se encontraron con el Señor en persona.
Después Jesús se apareció a los once apóstoles en la cita que él mismo les fijó en Galilea. En los versÃculos 19 y 20, les dio una consigna, una misión aún más importante ya que era la última voluntad de aquel que se las confiaba. No olvidemos la responsabilidad que tenemos como testigos del Evangelio. Jesús prometió a los suyos su presencia y fidelidad permanentes con estas consoladoras palabras: âYo estoy con vosotros todos los dÃasâ (v. 20). Asà termina el evangelio de Emanuel, como habÃa empezado: Dios con nosotros (1:23).
JeremÃas
El libro de JeremÃas nos retrotrae al tiempo de los últimos reyes de Judá antes de la cautividad. La aparición de un profeta es siempre el indicio del mal estado del pueblo de Israel, pero también una prueba de la gracia de Dios. Jehová habÃa puesto aparte, desde antes de su nacimiento, a ese joven sacerdote para el servicio al cual lo destinaba (comp. Gálatas 1:15). Como buen tÃmido, JeremÃas empieza por resistirse al llamado de Dios, diciendo: âSoy niñoâ. No hables asÃ, le responde Jehová. Qué importa tu capacidad, puesto que no dirás ni harás nada más que lo que yo te mande. Es lo que expresamos cuando cantamos: «Nuestra misma impotencia es nuestra seguridad quien no quiere nada sin él, todo lo puede gracias a Su bondad».
Para alentar a su joven mensajero, Dios le da dos notables visiones: la vara de almendro («el árbol que vela», porque es el primero en florecer) recuerda la vara de Aarón, la que en otro tiempo habÃa reverdecido, echado flores y producido almendras (Números 17:8) y confirma la decisión de ese Dios vigilante y fiel. Es necesario, pues, apresurarse a advertir al pueblo y urgirle a que se arrepienta, porque la olla que hierve anuncia la inminente amenaza de enemigos que vienen del norte. ¡DifÃcil tarea! Pero JeremÃas recibe la fuerza de lo alto (v. 18) con una promesa: âYo estoy contigoâ (v. 19; véase también cap. 15:20).
Las primeras palabras que Jehová pone en boca de JeremÃas están destinadas a reconquistar el corazón de su pueblo olvidadizo⦠¡fiel imagen de nuestro propio corazón! Y es como si el Señor nos preguntara con ternura: ¿Te acuerdas de ese tiempo feliz que siguió a tu conversión? Entonces, ¡cómo ardÃas de celo y reconocimiento! Por cierto, andabas en este mundo como en un desierto, âen tierra no sembradaâ. Pero yo te bastaba plenamente. Si bien te olvidaste de aquel tiempo, yo en cambio he guardado el recuerdo de él. Porque me era agradable ese ardor de tus afectos, ese gozo de tu primer amor (Apocalipsis 2:4).
¡Ay! dice Jehová, âmi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovechaâ (v. 11 y 8 al final). Sea sincero, lector, si tal vez se ha alejado del Señor: ello ¿le ha sido provechoso? Ãl es la âfuente de agua vivaâ; ¡qué locura es abandonarle para cavarse âcisternas rotas que no retienen aguaâ! o para ir a beber a los rÃos de Egipto y Asiria, figuras del mundo (v. 18). Porque âcualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; pero el que bebiere del agua que Jesús da, no tendrá sed jamásâ (Juan 4:10, 13 y 14).
El abandono del primer amor siempre es el punto de partida âoculto al principioâ de muchos otros males. Dios habÃa sacado a Israel fuera de Egipto para que le sirviera (Ãxodo 4:23). Y vemos cómo este pueblo le declara descaradamente: âNo serviréâ (v. 20; comp. en NehemÃas 3:5 el ejemplo de los jefes tecoÃtas). También es la triste respuesta de numerosos cristianos a aquel que los salvó ¡aun cuando no se atrevan a formularla en alta voz! Podemos asegurarles que se engañan a sà mismos. Porque es imposible no servir a un amo. Rehusarse a obedecer al Señor es caer en la esclavitud de los Ãdolos (v. 28).
Al seguir adelante en su rebelión contra Jehová, ese pueblo malo, deliberadamente le volvió la espalda (v. 27). Con una incalificable ingratitud se olvidó de aquel que solamente le habÃa hecho bien (v. 32). ¡Pobre pueblo! Dios procura abrirle los ojos. Le invita a volverse y a considerar las sinuosas huellas que dejó tras él (v. 23; véase cap. 14:10). Queridos amigos cristianos, a veces también es necesario hacer un balance y considerar nuestros caminos. ¡Cuántos pasos dados en falso, cuántos rodeos y callejones sin salida en los que nos hemos extraviado porque no quisimos seguir el camino recto y simple de la voluntad del Señor!
Este capÃtulo 3 representa a Israel como una esposa infiel que olvidó los vÃnculos que la unen a Jehová, su Esposo. Y en ese camino de iniquidad, Judá fue todavÃa más lejos que las diez tribus de Israel, agregando a su infidelidad la perfidia: su traición se agravó con la hipocresÃa. Sin embargo, históricamente estamos aquà bajo el reinado del piadoso JosÃas. Pero el corazón del pueblo no siguió verdaderamente a su rey en el despertar cuya señal éste habÃa dado (véase v. 10 y 2 Crónicas 34:33). Judá habÃa fingido volverse a Jehová. Tal es su perfidia, peor a los ojos de Dios que el abandono puro y simple.
¡Cuán conmovedores son estos llamados: âVuélvete⦠porque misericordioso soy yo⦠ConvertÃos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebelionesâ! (v. 12, 14, 22; 4:1). Pero en el versÃculo 22 ¡cuánto tiempo, cuántos siglos han transcurrido entre el llamado de Dios y la respuesta del pueblo, ya que Dios aguarda todavÃa esa respuesta de Israel!
âOs he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristoâ, escribirá Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2). Tal relación con el Señor implica corazones no compartidos. La Iglesia, esposa de Cristo, más privilegiada que Israel, es todavÃa más responsable de guardar sus afectos por Ãl.
Pese a la existencia de hermosas profesiones de fe, serÃa dificultoso hallar en Jerusalén alguien que hiciera justicia, que buscase verdad (v. 1; véase también Ezequiel 22:30). El Dios de misericordia estarÃa dispuesto a perdonar a la ciudad culpable a causa de un solo hombre (v. 1; comp. Génesis 18:23 y sig.) Por desgracia, esa fidelidad agradable a Dios no se halló entre la gente del pueblo ni entre los grandes, mejor instruidos y, por ende, más responsables (comp. Salmo 62:9). El final del capÃtulo lo confirma tristemente, como asà también toda la historia de JeremÃas.
âSon pobres, han enloquecidoâ (v. 4). ¿No es lo mismo que se puede decir de las multitudes que hoy van inconscientemente a la perdición?
En vano Jehová castigó a su pueblo. âNo les dolió⦠no quisieron recibir corrección⦠no quisieron convertirseâ (v. 3; SofonÃas 3:2). ¿Qué puede hacer un médico cuando su enfermo, con el pretexto de que no sufre, rehúsa tomar sus medicamentos? Nunca esquivemos esa necesaria corrección. Y conservemos una muy sensible conciencia para lo que el Señor quiere decirnos por este medio. Si no â¿qué, pues, haréis cuando llegue el fin?â, pregunta el profeta (v. 31).
Poco a poco, el profeta cambia de tono. A los acentos del amor divino les suceden los de la ira. Jehová se dispone a âvisitarâ a su pueblo con juicio (v. 6 y 15; IsaÃas 10:3). Se servirá de un enemigo que viene del norte (v. 22), como lo predecÃa la olla hirviente del capÃtulo 1, lista para verter su temible contenido e inundar la tierra de Israel. Pero un nuevo llamado de gracia se intercala entre esos castigos. Escuchémoslo, pues se dirige a cada uno de nosotros: âParaos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra almaâ (v. 16; 7:23). Esas antiguas sendas de fidelidad y separación del mundo no son las más fáciles; a veces uno camina solo en ellas. Pero son las seguras sendas antiguas, trazadas y verificadas por los que nos precedieron, «sendas de fortalecimiento en las que la felicidad abunda, en las que todo es paz pese a la aridez del lugar». Rehusemos los caminos más anchos y agradables que se nos ofrecen. Busquemos con cuidado ese âbuen caminoâ, esas âsendas de justiciaâ (Salmo 23:3) y de verdad, en nuestra guÃa: la Palabra de Dios. ¡Y andemos en ese camino!
Jehová envÃa a JeremÃas a la puerta del templo para pronunciar allà un severo discurso, porque el pueblo de Jerusalén, pese a su rebelión, se ufanaba ruidosamente de poseer âel templo de Jehováâ y seguÃa practicando en él un culto puramente formal. ¡Qué inconsecuencia! Lo que le daba valor al templo ¿no era Aquel que lo habitaba? (Mateo 23:21). Pero ellos lo negaban por medio de sus malas acciones, de las cuales el versÃculo 9 nos da una horrible lista. Pisoteaban casi toda la ley de Dios sin temer ponerse delante de Ãl en su casa (v. 10). HacÃan de ésta una cueva de ladrones (v. 11, citado por el Señor) y la contaminaban con sus abominaciones (v. 10). La cristiandad nominal ofrece hoy el mismo doble cuadro: respeto por las formas exteriores, pero trágica ausencia de vida interior (Apocalipsis 3:1). Y cada uno de nosotros, si no velamos, estamos expuestos a ese peligro: contentarnos con las formas de la piedad y negar su eficacia⦠la cual es el amor por el Señor (2 Timoteo 3:5). Dios quiere realidad en nuestras vidas. Es una ofensa que se le infiere cuando se presume de tener relaciones con él sin previamente haberse separado del mal.
Mucho tiempo Jehová habló y el pueblo rehusó escucharle. Ahora Ãl es quien rehúsa oÃr, aun la oración del profeta (v. 16).
El versÃculo 3 del capÃtulo 5 nos mostró que Israel ni siquiera sentÃa los golpes que Jehová habÃa tenido que darle. Aquà vemos cómo sus responsables se curan a sà mismos las heridas âcon liviandadâ y pretenden la paz que Dios no les podÃa dar (v. 11; 6:14). Sin embargo, el âbálsamo de Galaadâ (la gracia) estaba a su disposición al igual que el fiel Médico, quien sabÃa cómo aplicarlo (v. 22; comp. Mateo 9:12). En eso hay una lección para el creyente al que Dios disciplina. Si aceptamos las pruebas que la mano del Señor nos da, porque las considera necesarias, dejémosle también que él mismo vende las llagas que permitió (Job 5:18). No procuremos curarlas superficialmente por nuestros propios medios.
El profeta agrega en el versÃculo 12: âNo se han avergonzadoâ, lo que es propio de una conciencia endurecida (SofonÃas 3:5, al final). Ese pobre pueblo se caracteriza por una indiferencia total en cuanto al mal que cometió.
En el versÃculo 20 âel cual nos habla de siega terminada y de verano que se acabaâ es de subrayar el hecho de que hay un tiempo favorable para ser salvo: hoy. El Señor pronto va a juntar las espigas maduras de su gran siega de almas. Entonces el verano se acabará. ¡Qué terrible despertar para aquellos que deban decir: «Y nosotros no hemos sido salvos»!
Como en el tiempo de JeremÃas, el pueblo de Dios cuenta hoy con muchos heridos de muerte (v. 1). Si los conocemos, presentémoslos en oración al gran Médico que tiene el poder de curarlos (cap. 8:22).
Este capÃtulo 9 expresa el indecible dolor del profeta. El hecho de hablar severamente a ese pueblo no le impide sentirse extremadamente afligido por él. Ciertamente sufre al pensar en el estado de Israel y en el castigo que le amenaza, pero ante todo a causa de la deshonra proyectada sobre el nombre de Jehová. Si amáramos más al Señor, también tendrÃamos más tristeza al ver la ingratitud y la indiferencia que tan a menudo responden a su amor.
Meditemos acerca de los importantes versÃculos 23 y 24 (citados en 1 Corintios 1:31). Es propio de la naturaleza de cada uno sentirse orgulloso de su capacidad y vanagloriarse de lo que posee. El deportista hará resaltar sus hazañas, sus músculos y su agilidad; el buen alumno, sus éxitos escolares; el automovilista, su vehÃculo más poderoso que el de su vecino. Pero la única cosa de la cual Dios permite que nos gloriemos es la de conocerle (Salmo 20:7; 2 Corintios 10:17). ¿Apreciamos en todo su valor nuestra relación con el Señor Jesús? ¿O a veces nos ocurre que nos avergonzamos de ella?
Si bien existe un antiguo y buen camino por el cual hemos de preguntar (cap. 6:16), hay otro que debemos guardarnos de aprender (v. 2): el de las naciones o, dicho de otro modo, el del mundo. De hecho, todos nuestros contactos con éste tienden a impregnarnos de sus maneras de vivir y de pensar. Evidentemente, no podemos sustraernos a sus contactos y algunos de entre nosotros están más particularmente expuestos a ello a causa de sus ocupaciones. Pero, en todo caso, no sintamos ninguna curiosidad ni interés por estas cosas âque están en el mundoâ (1 Juan 2:15). El ejemplo de Dina, en Génesis 34:1, constituye una seria advertencia. Desconfiemos de ciertas compañÃas, de ciertos libros dispuestos a instruirnos acerca de ese peligroso camino. No ignoramos adónde conduce a los que lo siguen (Mateo 7:13). Lo que caracteriza a las naciones del tiempo de JeremÃas (lo mismo que al mundo actual) es servir a los Ãdolos. Dios declara lo que piensa de ellos y lo hace decir a esas naciones en su propio idioma en el versÃculo 11 (este versÃculo está escrito en arameo).
El versÃculo 23 nos recuerda una doble verdad: el dÃa de mañana no nos pertenece para disponer de él (Santiago 4:13). Y no somos capaces de dirigir nuestros propios pasos. JeremÃas lo sabÃa. ¿Lo hemos aprendido cada uno de nosotros?
Bajo el reinado de JosÃas, el sacerdote HilcÃas (algunos admiten que era el padre de JeremÃas: véase cap. 1:1) habÃa encontrado de nuevo el libro de la ley en el transcurso de la restauración del templo (2 Crónicas 34:14). Este libro incluÃa el Deuteronomio, en cuyo temible capÃtulo 28 (véase en particular el v. 64) eran anunciadas todas las consecuencias de la inobservancia del pacto. Asustado, JosÃas se habÃa apresurado a renovar ese pacto en nombre del pueblo (2 Reyes 22:8 y sig.; 23:1-3). Nuestro capÃtulo muestra cómo el mismo fue violado cada vez más. âY no hubo ya remedioâ (2 Crónicas 36:16, al final). Desde entonces, Dios cierra sus oÃdos a las oraciones y manda al profeta que no interceda más por el pueblo (v. 14 y 7:16).
JeremÃas es el representante de un fiel remanente perseguido, pero a través de él evocamos al Cordero lleno de dulzura, objeto de conspiraciones para destruirle âcon su frutoâ, âpara que no haya más memoria de su nombreâ (v. 19; comp. Génesis 37:18; Lucas 10:3). Tal era el vano propósito de los hombres y el de Satanás, quien los inspiraba. Porque el invariable pensamiento de Dios es que el hermoso nombre de Jesús sea honrado para siempre (Filipenses 2:9). Y respondemos a ello cada vez que comemos el pan y bebemos la copa en memoria de él (1 Corintios 11:25-26).
Este capÃtulo 12 nos relata una conversación que mantiene Jehová con JeremÃas. Esta vez no se trata de una oración del profeta en favor de Israel, sino de dolorosas preguntas que le oprimen el corazón y que él expone a Dios debido a la amargura de su alma. Los hombres de la ciudad de Anatot, sus conciudadanos, hasta le habÃan amenazado de muerte si no se callaba (cap. 11:21). Por el versÃculo 6 nos enteramos de que aun su propia familia habÃa obrado pérfidamente y habÃa dado âgritosâ en pos de él (comp. Lucas 4:24-26). HabÃa motivo para hacerle perder el ánimo, pero Jehová comprende la turbación de su siervo (¿no lo habÃa traicionado su propio pueblo?) y le explica lo que Ãl está obligado a hacer: abandonar el templo contaminado, desamparar a Israel âsu herenciaâ y entregarlo a sus enemigos (v. 7). Se puede pensar cuáles son los sentimientos de Dios al tomar semejantes decisiones. Para que los podamos sopesar, emplea la más conmovedora expresión para referirse a su pueblo: âlo que amaba mi almaâ.
Las naciones obraban como malos vecinos; tendrán que soportar las consecuencias. Sin embargo, Dios todavÃa tenÃa en reserva bendiciones para Israel y también para esas naciones con tal que aprendieran Sus caminos.
Jehová da una señal a Jerusalén. Se trata de un cinto con el cual JeremÃas debe hacer lo siguiente: primero, ceñÃrselo sin lavarlo jamás; luego, esconderlo junto al Eufrates âa más de 400 kilómetros de distanciaâ; y finalmente, volver allà a recuperarlo para comprobar entonces que ya no sirve para nada. Luego le explica su significado espiritual. El cinto es un adorno; tiene su lugar cerca del corazón; además, formaba parte de la vestimenta de los sacerdotes (Ãxodo 28:40); y JeremÃas era uno de ellos. De ese modo, Dios habÃa adherido estrechamente a sà mismo a ese pueblo que debÃa realzar Su gloria y servirle. Pero el orgullo y el culto de los Ãdolos habÃan vuelto a Jerusalén y a Judá tan inmundos e inútiles como un cinto podrido. Como éste serÃan transportados a las orillas del Eufrates, a Babilonia (final del v. 19), a menos que se humillasen, tal como los más prominentes âel rey y la reinaâ son invitados a hacerlo como ejemplo. El versÃculo 23 nos recuerda que el pecado marca al hombre de manera indeleble. No podemos deshacernos de él asà como un etÃope no está en condiciones de aclarar su piel o un leopardo de borrar sus manchas. Pero, por la virtud de la sangre de Cristo, Dios puede quitar los pecados y dar un corazón nuevo. Es precisamente lo que le ocurrió a un etÃope cuya conversión nos cuenta el capÃtulo 8 de los Hechos.
Dios habla a Israel no sólo mediante la voz del profeta, sino también al enviar la sequÃa y el hambre. El profeta confiesa las iniquidades de su pueblo âpor desgracia es el único en hacerloâ y suplica a Jehová por él. A causa de su amor por ese pueblo no puede dejar de orar por él. No tiene ningún argumento en que apoyar su ruego. Entonces le pide a Dios: âActúa por amor de tu nombreâ (v. 7 y 20-21; Ezequiel 20:9; Daniel 9:19). Ese es el más elevado motivo para pedir a Dios que intervenga. En su tiempo también Josué apeló a ese mismo argumento: â¿Qué harás tú a tu grande nombre?â (Josué 7:9). De nuestro lado todo es miseria. ¿Qué podemos invocar para hacer actuar el brazo de Dios? Sólo una cosa: el nombre de Jesús. Ãl mismo nos reveló el maravilloso poder de ese nombre (Juan 15:16). El Padre no puede dejar de responder a las oraciones que se le dirigen en ese nombre al que ama. Y, âsi confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldadâ (1 Juan 1:9).
Los versÃculos 13 a 19 hablan de falsos profetas que tranquilizan al pueblo por medio de mentiras. Ellos mismos soportarán, con los que los escuchan, el castigo en el cual se rehusaron a creer.
Una vez más Jehová advierte a JeremÃas que Ãl no puede aceptar su intercesión. Tampoco Moisés ni Samuel, cuyas vidas de oración y cuyo amor por Israel conocemos, podrÃan haber hecho nada en el estado en que se encontraba ese pobre pueblo (véase Salmo 99:6). JeremÃas está al borde de la desesperación (v. 10). Apela a Dios como testigo de su fidelidad: âFueron halladas tus palabras, y yo las comÃâ (comp. Salmo 119:103). Efectivamente, el libro de la ley habÃa sido hallado en el templo y el joven sacerdote habÃa encontrado delicias en él. Hijos de Dios, es de desear que, como JeremÃas, podamos hallar todos los dÃas en la Biblia el alimento para nuestra alma y, al mismo tiempo, el gozo de nuestro corazón. Pablo recordaba a Timoteo que un siervo de Jesucristo debe estar nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina (1 Timoteo 4:6).
Jehová anima a su fiel pero temeroso testigo, quien, por él, sufre âafrentaâ (v. 15; Salmo 69:7) y le promete librarle. Le invita a separar lo precioso de lo vil. Un discÃpulo de Jesucristo debe tener una conciencia delicada para discernir el bien y practicarlo y para juzgar el mal y separarse de él (comp. 1 Pedro 3:10-12). Solamente con esta condición podrá hablar como la boca y el oráculo de Dios (v. 19).
JeremÃas, por ser él mismo precioso a los ojos de Jehová, ha sido invitado a mantenerse separado de lo que es vil (cap. 15:19), es decir, de ese pueblo malvado. Es imposible participar del mal y al mismo tiempo dar testimonio contra los que lo practican. Dios ni siquiera permite a ese joven que funde una familia en semejante lugar. Todo esto tiene por objeto mostrar claramente que no puede haber una duradera instalación en Jerusalén en vÃsperas del juicio que la amenaza. Además ây esto nos habla a todosâ, JeremÃas, al igual que un verdadero nazareo, debe abstenerse de toda comunión con los banquetes y festejos de un pueblo condenado. Pero, por cierto, no es una gran privación para alguien que halla su gozo en la Palabra de Dios (cap. 15:16). Cuanto más el Señor y su Palabra sean nuestra dicha, menos ganas tendremos de gustar los engañosos placeres que el mundo puede ofrecernos.
Los versÃculos 10 a 21 mencionan: el castigo de Jehová que cae sobre su pueblo; el motivo de ese castigo; pero también la promesa de una futura restauración (v. 15).
La poderosa intervención de Jehová por medio de âpescadoresâ y âcazadoresâ para volver a traer a los hijos de Israel tendrá por efecto el hecho de que él también sea reconocido por las naciones (v. 19).
Para que el hombre tome conciencia de su condición de pecador inveterado, Dios emplea en su Palabra diferentes lenguajes: el ejemplo del pueblo de Israel y de su quiebra moral; el don de su santa ley; la perfecta vida de Cristo aquà abajo (la que, por contraste, hace resaltar la maldad del hombre), y finalmente, como aquÃ, declaraciones directas e irrefutables. El versÃculo 9 afirma que el corazón humano es fundamentalmente perverso e incorregible: âEngañoso⦠más que todas las cosas, y perversoâ. Ãsta es una sentencia que debemos grabar definitivamente en nuestro pensamiento; asà seremos guardados de otorgar la menor confianza a ese pobre corazón âtanto al nuestro como al de los demásâ y nos ahorraremos muchas decepciones. Más bien realicemos el versÃculo 7: âBendito el varón que confÃa en Jehováâ, con la feliz porción que resulta de ello (comp. el v. 8 con el Salmo 1:3). Al apagar su sed en la fuente inagotable, tal hombre no teme calor ni sequÃa; ni siquiera se da cuenta de ellos. Arraigado en Ãl (Colosenses 2:7), no teme y no cesa de llevar fruto para Dios. En efecto, hace realidad la condición enunciada por el Señor Jesús: âEl que permanece en mÃ, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mà nada podéis hacerâ (Juan 15:5).
Tratemos de escribir nuestro nombre en el suelo (v. 13); pronto será ilegible. ¡Cuántos insensatos procuran, sin pensar en el porvenir, hacerse un nombre en una tierra que va a pasar! Querido amigo, su nombre debe estar escrito en el libro de la vida.
Y volvemos a hallar la triste declaración del capÃtulo 2:13: âDejaron a Jehová, manantial de aguas vivasâ. En Juan 6:66 varios discÃpulos se alejan de Jesús, quien, precisamente en el capÃtulo siguiente, va a revelarse como esa fuente de aguas vivas (cap. 7:37).
La oración del versÃculo 14 reconoce que sólo Dios puede cambiar el malvado corazón del hombre. âSáname⦠y seré sano; sálvame, y seré salvoâ. En el capÃtulo 31:18, EfraÃn pedirá a su turno: âConviérteme, y seré convertidoâ.
âPorque tú eres mi alabanzaâ agrega el profeta. En la obra de la salvación todo es para gloria de Dios.
En el resto del capÃtulo, Jehová recuerda sus instrucciones respecto del âdÃa de reposoâ (sábado). La ley habÃa sido violada en este punto como en todos los demás (cap. 7:9). Un siglo más tarde, después del regreso de Babilonia, el fiel NehemÃas tomará a pechos esa enseñanza de los versÃculos 21 y 22 (NehemÃas 13:15). Recordará a los nobles de Judá que los infortunios del pueblo habÃan sido consecuencia de la infidelidad de sus padres a ese respecto.
Una nueva enseñanza aguarda a JeremÃas en casa del alfarero. La primera vasija que ve fabricar es una imagen del pueblo. Como el cinto del capÃtulo 13, esa vasija también fue echada a perder, no servÃa para nada (v. 4; 13:7). SÃ, Israel ây en realidad la humanidad enteraâ se halla asà representado. Nada pudo hacer el divino Artesano con el primer hombre que formó del polvo de la tierra. âA una se hicieron inútilesâ¦â (Romanos 3:12 y 23). El pecado arruinó y corrompió toda la raza humana. Pero he aquà que se recomienza el trabajo en el torno del alfarero: él hace una vasija, âsegún le pareció mejor hacerlaâ. Esa vasija sin defecto lleva nuestros pensamientos hacia el segundo Hombre, en quien Dios halló su contentamiento. Según los consejos de Dios, Cristo vino a reemplazar a la desfalleciente raza de Adán. Pero desde entonces no está más solo. âSi alguno está en Cristo, nueva criatura esâ (2 Corintios 5:17). Por la gracia de Dios, el rescatado puede ser hecho a su vez un utensilio âpara honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obraâ (2 Timoteo 2:21; léase también 2:10).
El diálogo de los versÃculos 11 y 12 confirma el desesperante estado del pueblo y justifica su rechazo al igual que el de la vasija echada a perder.
Jehová invita a JeremÃas a volver a la casa del alfarero. Esta vez no se trata de mirarlo trabajar sino de comprarle una vasija. Después de eso, tomando consigo a algunos de los ancianos del pueblo, debe llevar esa vasija al valle del hijo de Hinom.
Ese vado de Hinom (del cual deriva la palabra «gehena»), llamado también Tofet (v. 6), era un lugar siniestro. En tiempos del rey Manasés se habÃan ofrecido allà sacrificios humanos a Baal (2 Crónicas 33:6; JeremÃas 7:31). Por eso lo habÃa profanado JosÃas (2 Reyes 23:10).
En ese lugar, testigo de sus horrorosos pecados, el pueblo debe oÃr terribles palabras al mismo tiempo que se quiebra esa vasija que lo representa. Luego, JeremÃas va al templo y confirma la palabra de Jehová a oÃdos de toda Jerusalén. Pensemos en el valor que necesitó para condenar asà públicamente la conducta del pueblo y anunciarle la irrevocable decisión divina respecto de él. Puede ocurrir que nos hallemos aislados en un ambiente hostil y que tengamos que dar testimonio mediante nuestros hechos y nuestras palabras. Pidámosle al Señor que nos dé el mismo denuedo.
Decir la verdad al mundo acerca de su estado expone en seguida a su odio. El profeta hace duramente esa experiencia. Las conspiraciones que hemos visto tramarse contra él en los capÃtulos 11:19 y 18:18 esta vez consiguen su propósito. Por disposición de Pasur se azota a JeremÃas y se le tortura. ¿Quién era ese hombre? Uno de los prÃncipes de los sacerdotes (v. 1) y además, uno de esos profetas que profetizaban con mentira (v. 6; cap. 14:14), quien, a diferencia de JeremÃas, gozaba de todo el favor del pueblo. A su turno, es necesario que ese hombre oiga una profecÃa con verdad pronunciada contra él.
JeremÃas nos recuerda la exhortación de Santiago 5:10. Ãl es una figura del Señor Jesús. Está solo para proclamar la verdad, es odiado y azotado a causa de ella (y esto por uno de los sacerdotes), es objeto de escarnio y de oprobio, pero la Palabra de Dios está en él âcomo un fuego ardienteâ (v. 9). Le constriñe el amor que siente por Jehová y por su pueblo. Pese a eso, ¡JeremÃas queda lejos del perfecto Modelo! Expresa su amargura y, como Job (cap. 3), maldice el dÃa de su nacimiento. La gracia para con sus enemigos no se ve en él.
Lector, permÃtanos una pregunta: ¿Ha sido usted realmente cautivado por el Señor? ¿Ha sido él el más fuerte? (v. 7; comp. Filipenses 3:12).
Las profecÃas de JeremÃas no nos son contadas en el orden en que fueron pronunciadas. Ãsta nos traslada al tiempo del último rey de Judá. El rey SedequÃas, al ser atacado por su temible vecino, Nabucodonosor, envió dos delegados al profeta para rogarle que consultara a Jehová. Verdaderamente, era lo mejor que podÃa hacer. Pero en realidad él y su pueblo buscaban la liberación sin previo arrepentimiento, fingiendo ignorar esa condición indispensable, porque Dios no da la una sin el otro. Después de todo lo que habÃa dicho JeremÃas en los capÃtulos precedentes, tal pedido era casi una insolencia. Por eso Jehová responde de la manera más severa. No sólo el rey de Babilonia sino Ãl mismo peleará contra Judá. Va a herir con una gran pestilencia a los hombres y las bestias, como en otro tiempo a los ganados de los egipcios (Ãxodo 9:1-7). Sin embargo, al lado de semejante camino de muerte para ese pueblo, todavÃa quedaba un camino de vida⦠pero que necesariamente pasaba por la confesión de sus pecados y la sumisión a la voluntad de Dios. Ese camino todavÃa está abierto; ¿cada uno de nosotros lo emprendió?
A la orden de Jehová, JeremÃas está dispuesto a ir al palacio real como habÃa ido a la humilde casa del alfarero. De nuevo su tarea es difÃcil, porque se trata de advertir y exhortar personalmente al propio rey de Judá. Dar testimonio ante un superior es una prueba particularmente difÃcil para un joven creyente; pero, si cuenta con el Señor, siempre será fortalecido y bendecido al hacerlo (léase Hechos 26:22).
Antiguamente, Dios habÃa prometido a David que si sus descendientes pusieran cuidado en sus caminos para andar delante de Ãl con verdad, de todo corazón, no faltarÃa varón en el trono de Israel (1 Reyes 2:4). ¡Ay! ni Salum (o Joacaz, véase 2 Reyes 23:31-32), ni sus hermanos Joacim y SedequÃas, ni ConÃas (JoaquÃn) cumplieron ese requisito. Por eso serán los últimos cuatro reyes de la dinastÃa de David antes de la dispersión del pueblo. En esos capÃtulos 21 y 22, cada uno de ellos es señalado por su nombre y condenado por sus propias faltas. Ninguno podrá decir que soporta las consecuencias de los pecados de sus predecesores (comp. cap. 31:29), ninguno podrá alegar que no fue advertido, pues el ministerio del profeta se prolongó durante todos esos reinados (cap. 21:7; 22:11, 18, 24).
âOye palabra de Jehová, oh rey de Judá⦠tú, y tus siervos, y tu puebloâ¦â (v. 2). Pero en vano JeremÃas dirigió esa apremiante invitación a Joacim. Desde su juventud, cuando todo iba bien, éste habÃa decidido no escuchar la voz de Jehová (según el v. 21, el que también se aplica a todo su pueblo). Por eso, podemos ver los malos frutos que ello le acarreó cuando, llegado a la edad adulta, sus responsabilidades se vieron caracterizadas por la injusticia, la falta de rectitud, la soberbia, la falta de honradez, la tiranÃa y la violencia (v. 13 y 17, en el último de los cuales JeremÃas no vacila en decirle al rey que es un asesino). Sin embargo, Joacim habÃa tenido ante sus ojos el buen ejemplo de su padre JosÃas y las felices consecuencias de su fiel andar (v. 15-16). ¡Hijos de padres creyentes, acordaos de la historia de ese rey!
El versÃculo 14 también merece toda nuestra atención. La búsqueda del lujo por parte de un creyente ¿no contradice su carácter de extranjero y su vocación celestial?
Luego se trata de ConÃas, joven de 18 años, quien sólo reinó tres meses antes de ser transportado con su madre a Babilonia (2 Reyes 24:8 y sig.) Por medio de tales acontecimientos Dios se dirigÃa al mundo entero (v. 29). Ese castigo público mostraba que no se desafÃa impunemente su voluntad.
En los capÃtulos 21 y 22 la palabra de Jehová condenó a los últimos reyes. En realidad, todos los responsables de Judá, âtanto el profeta como el sacerdoteâ (v. 11) faltaron a sus deberes. En lugar de apacentar al pueblo âsiendo ejemplos de la greyâ (1 Pedro 5:3), fueron malos pastores. A causa de su deplorable conducta el rebaño fue descuidado, destruido y dispersado (comp. Ezequiel 34:4-6). Por eso Dios se encargará de juntar él mismo el remanente de ese rebaño, dándole otro Pastor (Juan 10:14). La familia real de Israel falló por completo. Pero, en esa misma casa de David, Dios suscitará un Renuevo justo, un Rey divino: âJehová, justicia nuestraâ (comp. 1 Corintios 1:30). Esa expresión âel Renuevoâ es empleada cinco veces en los Profetas para designar al Señor Jesús. Aquà y en el capÃtulo 33:15 como el Rey, carácter que tiene en el evangelio de Mateo. En ZacarÃas (cap. 3:8) como âmi siervo el Renuevoâ y en el capÃtulo 6:12 como âel varón cuyo nombre es el Renuevoâ, respectivamente Cristo en los evangelios de Marcos y Lucas. Finalmente, en IsaÃas 4:2 como âel renuevo de Jehová⦠para hermosura y gloriaâ, en quien reconocemos al Hijo de Dios presentado por el evangelio de Juan.
Entre los malos pastores de Israel, los profetas eran particularmente culpables. HabÃan hecho concebir al pueblo la loca ilusión de que, pese a sus pecados, todo irÃa a pedir de boca. Eran mentirosos. HabÃan corrido⦠sin que Jehová los hubiera enviado; habÃan hablado, pero no como oráculos de Dios (v. 21 y 38; 1 Pedro 4:11). Una gran actividad religiosa está lejos de ser siempre la prueba y el resultado de un buen estado espiritual. Para el creyente actual, como para el profeta de otros tiempos, sólo existe una regla para correr y hablar: primeramente, quedarse âen el secreto de Jehováâ (v. 18 y 22), dicho de otro modo, en la comunión con el Señor para conocer y hacer su voluntad.
En el versÃculo 23 se formula una pregunta: â¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?â. âEl Señor está cercaâ puede contestar el apóstol (Filipenses 4:5). Cada uno de nosotros ¿lo experimentó? La Palabra de Dios es como fuego (v. 29). Del mismo modo que la llama de un soplete permite quitar las escorias del metal, ella se dedica a purificar nuestra alma consumiendo las impurezas que la contaminan y la ahogan (Proverbios 25:4). Es la fuerza motriz del creyente, como asimismo el fogón bajo la caldera (cap. 20:9). Pero también es el martillo capaz de quebrantar una voluntad rebelde.
La visión del capÃtulo 24 se sitúa en el momento en que Nabucodonosor ya transportó a Babilonia una parte de Judá con su rey JeconÃas (o ConÃas; cap. 22:24). Dos cestas de higos le aparecen al profeta. Los primeros son espléndidos, excelentes; los otros, horribles e incomibles. Contrariamente a lo que se podrÃa pensar, los higos malos son la imagen de los habitantes de Judá que permanecieron en el paÃs, mientras que los muy buenos representan a los âtransportadosâ. Jehová hará prosperar a estos últimos y los traerá de vuelta en el tiempo determinado. Aunque penoso, ese desarraigo de su paÃs y de sus costumbres es conforme a la voluntad de Dios y les será provechoso.
Entre las promesas que se les hace, ciertamente la más preciosa es la del versÃculo 7: âLes daré corazón para que me conozcanâ. Por medio del corazón ây no por la inteligenciaâ aprende el hombre a conocer a Dios.
Notemos que no hay una tercera cesta. Generalmente no existe posición intermedia ante Dios. Es igual entre los hombres de hoy, él sólo puede reconocer vivos y muertos, âhijos de luzâ e âhijos de iraâ (Efesios 2:3; 5:8). ¿De qué lado nos hallamos?
El capÃtulo 25 vuelve atrás, al reinado de Joacim. Ya hacÃa veintitrés años que JeremÃas profetizaba. En su celo y su amor por el pueblo se levantaba temprano para dirigirle sus llamados (v. 3). La paciencia de Dios iba a acabarse pronto. Cada dÃa podÃa ser el último. Por eso el hombre de Dios se sentÃa urgido para entregar su mensaje. Y, notable detalle, a menudo la misma expresión se emplea con respecto a Jehová (aquà en el v. 4). Ãl también se levanta temprano para enviar a sus siervos. ¿Estamos preparados a esa hora matinal en que las tareas son distribuidas? Imitemos al Siervo perfecto, cuya incansable actividad empezaba muy de mañana (Juan 8:2, V.M.) o aún antes (Marcos 1:35).
En su gracia, Dios fija una duración limitada a la transportación a Babilonia: setenta años. Cuando ese tiempo esté casi terminado, Daniel leerá esta profecÃa y la tomará en cuenta para dar a Israel en el cautiverio la señal y el ejemplo de la humillación (Daniel 9:2-3).
Luego, hasta el final del capÃtulo, Dios desarrolla la declaración del versÃculo 14, mostrando de qué manera se dispone a castigar a las naciones que no temieron sojuzgar y oprimir a su pueblo.
Este capÃtulo nos retrotrae cuatro años respecto del capÃtulo anterior (25:1). Por orden de Jehová, esta vez JeremÃas va al templo para profetizar. Sin duda lo hace en ocasión de una de las tres fiestas anuales en que los israelitas subÃan a Jerusalén. El versÃculo 2 permite pensarlo asÃ. Sea como fuere, el llamado se dirige a todo Judá y no sólo a sus jefes. Y ni una palabra ha de ser retenida (comp. Hechos 20:27).
¡Cuán conmovedor es el versÃculo 3! Nos hace penetrar en los pensamientos de la gracia de Dios. Aunque lo sabÃa todo de antemano, expresa su más caro deseo: âQuizá oiganâ¦â (véase también cap. 36:3 y 7).
Ese mismo quizá traduce la esperanza del señor de la viña, de quien habla la parábola: âEnviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él, le tendrán respetoâ (Lucas 20:13). Pero no respetaron al Hijo más que a los profetas que le precedieron. Veamos qué acogida le es dispensada a JeremÃas y, por consiguiente, a Aquel que le envÃa. ¡Qué ceguera! ¡Pese a que esa gente habÃa venido a prosternarse en la casa de Jehová (v. 2), rechaza su palabra, se apodera de su mensajero y le condena a muerte en esa misma casa!
El fiel testigo de Jehová no se turba por su condena a muerte ni por la presencia de toda esa gente hostil que se une contra él. Una vez más, los exhorta firmemente a arrepentirse. Después, sin temor, se entrega en sus manos. En lugar de compadecerse de su propia suerte, sigue pensando en el pueblo y en la terrible responsabilidad que ese crimen hará pesar sobre él. En ese aspecto JeremÃas nos hace pensar en Esteban, cuando intercedió por los que le apedreaban (Hechos 7:60) y ambos nos recuerdan al Señor Jesús (Lucas 23:28 y 34).
La intervención de los prÃncipes y de los ancianos libera aquà al hombre de Dios, pero habrÃan tenido que dar un paso más: temer e implorar a Jehová, precisamente como EzequÃas (v. 19). No basta saber citar un hermoso ejemplo, también es necesario imitarlo.
Veamos qué influenciable y versátil es la multitud. En el versÃculo 8 âtodo el puebloâ habÃa seguido a los sacerdotes para exclamar: âDe cierto morirásâ. Pero, en el versÃculo 16, ese mismo pueblo comparte el parecer de los prÃncipes y dice: âNo ha incurrido este hombre en pena de muerteâ.
La historia de UrÃas, perseguido y asesinado por Joacim, confirma el triste cuadro que nos habÃa sido hecho de este rey. Es rápido para derramar la sangre inocente (cap. 22:17).
Este capÃtulo y los siguientes nos llevan al reinado final de SedequÃas, quien parece haberse complotado con sus cinco vecinos âlos reyes de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidónâ para resistir a Nabucodonosor. Y no cabe duda de que los delegados de esas naciones se reúnen en Jerusalén para organizar esa alianza. Jehová encarga a JeremÃas que entregue a cada uno de esos diplomáticos un regalo para nada original, fabricado ex profeso: coyundas y yugos que precisamente simbolizan la dominación del rey de Babilonia, de quien esos pueblos pensaban liberarse. Podemos imaginar con qué sentimientos deben de haber acogido ese humillante presente los cinco negociadores.
TodavÃa en nuestros dÃas el orgullo, en sus diferentes formas, es el gran principio que gobierna a los Estados modernos (como asà también a los individuos). Pero, por encima de sus intrigas ambiciosas, Dios conduce los destinos del mundo. El creyente espera en Ãl y no en las incertidumbres de la polÃtica de los hombres (Daniel 4:17).
Dios, quien ponÃa a Israel a un lado, de ahà en adelante confió el poder universal a Nabucodonosor, a quien llama su siervo. Romanos 13:4 recuerda, a los cristianos que tuvieran tendencia a olvidarlo, que aquel que detenta la autoridad es âservidor de Diosâ y que lo es para el bien de ellos.
Ahora JeremÃas se dirige al rey de Judá y luego a los sacerdotes. Ya en dos ocasiones Nabucodonosor se habÃa llevado una parte de los utensilios del templo. Lejos de restituirlos, organizará un tercer y definitivo pillaje en el momento de la transportación del mismo SedequÃas y del resto del pueblo (2 Crónicas 36:7, 10 y 18). Se puede pensar que tenÃan interés por esos objetos más bien por orgullo nacional que como medio para rendir culto a Jehová. Ocurre lo mismo en nuestros dÃas. Muchas personas son muy apegadas a las formas de una religión llamada cristiana, preocupándose muy poco por servir a Dios al observarlas.
Lo que JeremÃas predica sin cesar es la sumisión debida a la autoridad que Jehová estableció, en este caso la del rey de Babilonia. âNo hay autoridad sino de parte de Dios⦠quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resisteâ (Romanos 13:1-2). Trátese de gobernantes o magistrados, de padres o de jefes (aun de los que son duros e injustos: 1 Pedro 2:18), esa exhortación es siempre oportuna para nosotros.
La profecÃa de este capÃtulo no termina sin que Dios anuncie que un dÃa él se preocupará personalmente por los utensilios del templo y los hará traer de nuevo. Estas palabras se cumplirán en Esdras 1:7 y 7:19.
Una nueva escena se desarrolla en el templo en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo. JeremÃas se encuentra allÃ, teniendo en su cuello uno de los yugos que él habÃa fabricado. Los lleva, al igual que el cinto del capÃtulo 13, como testimonio para toda Jerusalén. Y he aquà que el profeta HananÃas, cuyas palabras arrogantes y mentirosas contradicen absolutamente lo que JeremÃas no deja de anunciar, arremete contra el varón de Dios. La hermosa respuesta de JeremÃas está impregnada a la vez de amor, de verdad y de sabidurÃa. Por cierto que él no anuncia con agrado los desastres que van a caer sobre el pueblo al que ama. Su deseo más ferviente serÃa que HananÃas tuviese razón (v. 6), pero no puede cambiar en nada la palabra de Jehová. Dice la verdad, por más penosa que sea. Admiremos la sabidurÃa del versÃculo 9. Lo que prueba la veracidad de una profecÃa es su cumplimiento. A su debido tiempo Dios se encargará de mostrar quién tenÃa razón. Mientras tanto, JeremÃas no se irrita ni se obstina en convencerlos. Los deja y se va (comp. Juan 8:59 y 12:36). Esa es siempre la manera más sabia de poner fin a una vana discusión (Proverbios 17:14).
El juicio anunciado no tarda en caer sobre HananÃas (v. 15-17; léase Deuteronomio 18:20-22).
JeremÃas confió a dos viajeros una carta para Babilonia. Estaba destinada a aquellos de todas las clases del pueblo que ya habÃan sido transportados bajo el reinado precedente. El tono de esta carta es muy distinto del que usa el profeta cuando se dirige al pueblo que quedó en Jerusalén. A aquéllos les puede expresar, de parte de Jehová, âpensamientos de paz y no de malâ, consuelo, aliento y conmovedoras promesas.
Lo mismo que Israel en Babilonia, el creyente es un extranjero en la tierra. Su ciudadanÃa está en los cielos (Filipenses 3:20). Espera el cumplimiento de la promesa que lo introducirá en su verdadera Patria. La âbuena palabraâ de Dios le garantiza el fin que espera (v. 10 y 11). Empero no le fija, como a esos transportados, el exacto momento en que esa bienaventurada esperanza se realizará. En efecto, el Señor desea que le esperemos continuamente. Y, hasta el feliz momento de su retorno, acordémonos de que también nosotros tenemos deberes para con nuestra ciudad o nuestra aldea (v. 7): procurar la paz (comp. Mateo 5:9), pensar en el verdadero bien de las almas y orar por aquellos con quienes vivimos.
La funesta actividad de los falsos profetas no se limitaba a Jerusalén y Judá. En la misma Babilonia, algunos de los del pueblo transportado propagaban palabras mentirosas. En su carta, JeremÃas pone en guardia contra ellos a âlos cautivosâ y anuncia el horrible fin de dos de esos hombres malvados: SedequÃas y Acab. Un tercero, SemaÃas, habÃa escrito desde Babilonia al pueblo que habÃa quedado en Jerusalén para impelerle a la rebelión contra Jehová (final del v. 32). En una de sus cartas, ese hombre ni siquiera habÃa vacilado en designar a un nuevo sacerdote con el cual contaba para apoderarse de JeremÃas. Pero, como este último lo escribió en otra parte: â¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?â (Lamentaciones 3:37). SemaÃas también debe oÃr la sentencia de Jehová contra él.
Cuántas veces, en sus epÃstolas inspiradas, otros siervos de Dios se verán obligados a denunciar a falsos maestros y malos obreros (por ejemplo, véase Gálatas 1:7; Filipenses 3:2; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 2:18; Judas 3-4 y sig.) Hijos de Dios, nuestra seguridad consiste en conocer bien la voz del buen Pastor (Juan 10:4-5). Entonces no correremos el riesgo de confundirla con otra.
Jehová invita a JeremÃas a consignar todas Sus palabras en un libro. Las siguientes generaciones podrán remitirse a él, lo que aún es nuestro privilegio. Ya no tenemos entre nosotros profetas ni apóstoles que nos enseñen, pero Dios tuvo el cuidado de conservar para nosotros su Palabra escrita, única fuente de verdad para nuestras almas.
Mediante las Escrituras, Israel recibirá promesas y consuelo en medio de su peor angustia.
En el versÃculo 11 brillan a la vez la santidad y la bondad de Dios. No te dejaré sin castigo, dice él. De ninguna manera el Dios santo puede pasar por encima del mal. Por consideración a sà mismo debe corregir a los suyos. Pero el Dios de amor lo hace âcon moderaciónâ (V.M.), sin dar un solo golpe más de lo necesario (véase también cap. 10:24 y 46:28). Los versÃculos 18 y 19 del capÃtulo 31 nos mostrarán el efecto de esa saludable corrección (1 Corintios 11:32). Al mismo tiempo, al leer los versÃculos 18 a 22, se siente cómo Dios se regocija al pensar en sanar y restablecer a su pueblo.
â¿Quién es aquel que se atreve (o se compromete) a acercarse a mÃ?â, pregunta Jehová (v. 21). Y nosotros ¿somos cristianos por conformismo y costumbre, o bien tenemos nuestro corazón verdaderamente comprometido con el Señor?
Pocas porciones del Antiguo Testamento traducen el amor de Dios de manera más conmovedora que estos versÃculos 1 a 14. La grandeza de ese amor incondicional, que se expresa para con seres que no tenÃan nada de amables, es puesta en evidencia por medio de nuestro alejamiento. âDesde lejos Jehová me aparecióâ (v. 3, V.M.) Pensemos en todo el camino que recorrió el Hijo de Dios para venir hasta nosotros. El amor del Dios eterno es un amor eterno. Es su misma naturaleza (1 Juan 4:8 y 16). Y cada creyente es personalmente el objeto de ese amor desde la eternidad pasada.
Al patético llamado del capÃtulo 3:4: âPadre mÃo, guiador de mi juventudâ, ahora Jehová puede responder: âSoy a Israel por padreâ (v. 9). Será sensible a las lágrimas de su pueblo, al que en otro tiempo âredimió de mano del más fuerte que élâ y lo juntará âcomo el pastor a su rebañoâ.
Estos versÃculos nos recuerdan a cada uno de nosotros, una bendita verdad. Dios nos ama no sólo cuando nos colma de gracias visibles (como lo hará con su pueblo terrenal según las magnÃficas declaraciones de los v. 7 a 14). En nuestros más sombrÃos momentos, aun cuando por nuestra culpa hayamos perdido el gozo de su comunión, él nunca deja de pensar en nosotros.
La hermosa restauración de Israel, anunciada en la primera parte del capÃtulo, será precedida por amargas lágrimas. Se ve al afligido pueblo bajo la figura de Raquel, la mujer de Jacob, llorando a sus desaparecidos hijos. (Como ocurre a menudo en la Escritura, este v. 15 se vio parcialmente cumplido con motivo de la masacre de los niños de Belén: Mateo 2:18). Pero para ese pueblo se tratará de una tristeza âsegún Diosâ, la que âproduce arrepentimiento para salvaciónâ (2 Corintios 7:10). Los versÃculos 18 a 20 nos muestran que Dios entiende muy bien la expresión de semejante tristeza. Escuchemos cómo EfraÃn cuenta su historia. La divina corrección fue saludable; produjo su conversión, acompañada por un verdadero arrepentimiento. El conocimiento de sà mismo lo cubrió de vergüenza y confusión. Condena su juventud culpable e indómita. ¿Cada uno de nosotros puede hacer el mismo relato? Entonces, escuchemos igualmente cómo Dios se complace en llamarnos âhijo precioso⦠niño en quien me deleitoâ. En seguida nuestra confesión encuentra un testimonio personal e Ãntimo del amor eterno, asà como los recursos que lo acompañan: âSatisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecidaâ (v. 25).
JeremÃas no anuncia solamente acontecimientos enojosos. También tiene buenas noticias para el pueblo. âHe aquà vienen dÃasâ, dice él, en que Jehová restablecerá la casa de Israel y la de Judá en virtud de un nuevo pacto. El antiguo habÃa sido quebrantado por el pueblo. Ãste se habÃa mostrado incapaz de hacer frente a sus obligaciones resumidas en la ley. Por eso Dios no dará más esa ley a los suyos en tablas de piedra. La pondrá en sus corazones (asà serán a imagen del Siervo obediente; véase Salmo 40:8). Va a escribirla directamente en sus corazones regenerados (v. 33; 2 Corintios 3:3). Dicho de otro modo, ellos cumplirán la voluntad de Jehová por amor y no ya por temor. Con más razón ¿no es el gran motivo que debe llevar a los hijos de Dios a obedecer a su Padre celestial? SÃ, dejemos que él grabe en cada uno de nuestros corazones las enseñanzas de su Palabra.
âTodos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grandeâ. El Señor desea que asà sea en cada una de nuestras familias.
Los versÃculos 31 a 34 son citados en Hebreos 8:10 a 12. Terminan con la promesa que también nos concierne: âPerdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecadoâ (comp. Hechos 10:43). Porque âla sangre del nuevo pactoâ también fue derramada por nosotros (Mateo 26:28).
Este capÃtulo 32 se abre sobre acontecimientos particularmente crÃticos. Jerusalén, sitiada por el ejército babilónico, está viviendo los últimos dÃas de su independencia. Para hacer callar a JeremÃas, acusado de socavar el ánimo de los asediados, el rey tuvo la precaución de encerrarlo en la cárcel del palacio. Pero el cautiverio del profeta no impide que la palabra de Jehová llegue hasta él. Tampoco le impide que, conforme a las instrucciones que recibe, compre el campo de su primo Hanameel por medio de su fiel Baruc, mencionado aquà por primera vez. En semejante momento ese acto tiene un significado evidente y público. Pese a saber por medio de la palabra de Jehová que la ruina es inminente e inevitable, JeremÃas muestra su fe en la misma Palabra divina, según la cual la restauración de Israel se cumplirá más tarde con toda seguridad (cap. 31). La situación personal del profeta no tiene solución (¿para qué puede servirle un campo a un prisionero?), la del pueblo es desesperada; humanamente hablando, JeremÃas no tiene nada que esperar de sus compatriotas ni de los enemigos caldeos. Pero, contra toda esperanza, él cree con esperanza (véase Romanos 4:18). Y ese campo que él compra da testimonio de ello ante todos.
Aún hoy, cuando alguien compra un terreno o una casa, se debe cumplir cierto número de formalidades ante un escribano y las autoridades. Después de eso, el nuevo adquirente recibe un documento oficial que prueba su calidad de propietario. JeremÃas conservará cuidadosamente las cartas que acreditan que el campo le pertenece (v. 14). Dios, por la Palabra de su gracia, garantiza a todos sus hijos âherencia con todos los santificadosâ (Hechos 20:32). Y podemos afirmar como Pablo: âEstoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel dÃaâ (2 Timoteo 1:12). Además, ese final del reino de Judá por diversos motivos se parece a los dÃas de la segunda epÃstola a Timoteo. En medio de la ruina, JeremÃas, solo y prisionero como el apóstol, sabe a quién creyó. Su oración sube hacia Jehová (v. 16-25). Pone en contraste la actual angustia con las bendiciones de otros tiempos. Pero conoce el gran poder del Señor (v. 17), su bondad (v. 18) y la grandeza de su consejo (v. 19; comp. 2 Timoteo 1:7). âNi hay nada que sea difÃcil para tiâ puede decir él. Es lo que Dios le confirma en su hermosa respuesta⦠y lo que nos confirma (v. 27; comp. Mateo 19:26).
De nuevo Jehová se dirige a su siervo en la cárcel. TodavÃa tiene que hacerle preciosas revelaciones y le exhorta a orar para obtenerlas (v. 3; Amós 3:7). Dios está siempre dispuesto a instruirnos en cosas grandes y ocultas que no sabemos. Pero nos invita a pedÃrselas primeramente.
JeremÃas va a oÃr hablar de lo que más le preocupa: la restauración de su pueblo después del desastre que va a caer sobre él. Hoy dÃa, en ciertas regiones cuyo suelo es estéril existen aldeas enteras que fueron abandonadas como consecuencia del despoblamiento del campo. Pocos espectáculos son tan lúgubres. Cuánto peor debÃa ser la desolación de una ciudad como Jerusalén devastada y quemada después del exilio de sus habitantes (v. 10; véase NehemÃas 2:13-14). Pero las promesas de Dios son formales: la alegrÃa y la animación llenarán de nuevo la ciudad. Se le dará un nombre nuevo: âJehová, justicia nuestraâ (v. 16); él nos recuerda que nadie entrará en la ciudad celestial en virtud de su propia justicia. Allà todo estará exclusivamente fundado en la de Cristo. Y las dos familias por medio de las cuales se aseguraban las relaciones del pueblo con Dios âla de los reyes y la de los sacerdotesâ volverán a verse representadas (v. 17-18).
Mientras se desarrolla el sitio de Jerusalén, Jehová encarga a JeremÃas un mensaje personal para el rey SedequÃas (v. 2-6), sin duda aquel al que alude el capÃtulo 32 versÃculo 3. Dios promete al rey indulgencia y una muerte apacible. En efecto, por los versÃculos 8 y 9 nos enteramos de que las intenciones de ese hombre no eran malas. Hasta estaba animado de cierta benevolencia hacia JeremÃas (38:10 y 16). Pero le faltaba totalmente fortaleza de carácter. No tenÃa la energÃa que la fe dará a NehemÃas en una ocasión parecida (véase NehemÃas 5). Después de haber decretado la libertad de todos los siervos hebreos, SedequÃas no es capaz de hacer respetar esa decisión por mucho tiempo. Entonces, Jehová recuerda a ese respecto cuáles son las precisas instrucciones de la ley, que ya los padres no habÃan tenido en cuenta. Y nosotros recordamos las enseñanzas referentes al siervo, quien por amor no quiere salir libre, hermosa figura del Señor Jesús (Ãxodo 21:2-6).
Dios va a servirse de la malvada acción de esos hombres para ilustrar el castigo que él les reserva. Va a actuar como ellos, es decir, quitándoles la libertad que les habÃa otorgado en otros tiempos y sometiéndolos al rey de Babilonia (Lucas 6:38).
Esta vez JeremÃas tiene ante sà un servicio que se revelará como alentador. Dios le encargó que invitara a los miembros de la familia de los recabitas a la casa de Jehová a fin de ponerlos a prueba. ¿Tomarán el vino que el profeta les servirá? Esos hombres rehúsan con firmeza las copas que se les ofrece y dan a conocer el motivo de esa actitud. Como verdaderos nazareos están consagrados a abstenerse de lo que representa los goces del mundo (Números 6:1-3). Además, manifestando el carácter de extranjeros en una tierra donde sólo residen temporalmente (fin del v. 7), no siembran ni edifican, sino que viven en tiendas. Toda esa conducta âaclaran ellosâ les fue dictada por su antepasado Jonadab, ese hombre fiel que 2 Reyes 10:15 y 16 nos muestra tomando firme partido por Jehová.
Algunos de nosotros hemos tenido padres o abuelos que nos enseñaron âsin que siempre fuera comprendidaâ la separación respecto de un mundo en el cual el creyente es extranjero como lo fue su Señor. Más que nunca debe ser realizada en vÃsperas de su retorno (Apocalipsis 22:11-12). Y él, por cuanto nos ha dado en sà mismo un âgozo inefable y gloriosoâ (1 Pedro 1:8), nos invita a abstenernos de los goces del mundo.
Los hijos de Recab fácilmente habrÃan podido alegar que, como habÃan transcurrido más de 250 años desde las instrucciones de su antepasado, era necesario vivir de modo acorde a la época, o que un comportamiento exterior carecÃa de valor frente a las disposiciones del corazón. Hoy en dÃa, algunos invocan tales pretextos para ensanchar el camino. ¡Pero no! y Dios se complace en reconocer que âlos hijos de Jonadab, hijo de Recab, tuvieron por firme el mandamiento que les dio su padreâ (v. 16). De una generación a otra habÃan mantenido firmemente, sin ruido (pero ciertamente no sin oprobio ni sufrimientos) la piadosa lÃnea de conducta trazada por su antecesor. Bajo los tan odiosos reinados de Acaz, de Manasés y de Amón, habÃan formado parte de los fieles ocultos que Jehová conocÃa, como los siete mil en tiempos de ElÃas (1 Reyes 19:18). Y no habrÃamos sabido nada de toda esa familia si Dios no hubiese querido servirse de ella para dar testimonio público a todo Judá. SÃ, el ejemplo de los recabitas subrayaba la desobediencia del pueblo de Jerusalén⦠de igual modo que hoy la manera de vivir de los cristianos deberÃa, por contraste, condenar a un mundo rebelado contra Dios y hablar a su conciencia.
Ya conocemos a Baruc, secretario y fiel amigo de JeremÃas (cap. 32:12). Su nombre significa «bendecido». Aunque pertenecÃa a una familia noble (su hermano SeraÃas era principal camarero del rey; cap. 51:59), ese hombre habÃa escogido la compañÃa del profeta cautivo, odiado y menospreciado, antes que la de los prÃncipes, a la cual su nacimiento le daba derecho a frecuentar. Nos hace pensar en OnesÃforo, ese abnegado hermano que visitaba a Pablo en su prisión de Roma, respecto de quien este último pudo escribir a Timoteo: âMuchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas⦠Y cuánto nos ayudó en Ãfeso, tú lo sabes mejorâ (2 Timoteo 1:16-18). Baruc también está siempre dispuesto a servir, pese a los riesgos que ello implica. SÃ, admiremos ây deseemos poseerâ ese hermoso celo dictado por el amor a Dios y, a la vez, a su siervo y a su pueblo. Aquà se trata de escribir las palabras de Dios mismo bajo el dictado de JeremÃas, prisionero (comp. también Romanos 16:22), y luego de leerlas, el dÃa del ayuno, a oÃdos de todos los de Judá. Un oyente especialmente atento, llamado MicaÃas, se apresura a informar a los prÃncipes y éstos convocan a Baruc para que les haga oÃr de modo particular el contenido de ese rollo.
Hemos dejado a Baruc sentado en medio de los prÃncipes de Judá, ocupado en leerles las palabras de Jehová. Espantados, esos hombres se miran unos a otros. El asunto les parece demasiado serio como para no hablar de ello al rey. Este último, puesto al tanto, ordena que también a él se le haga oÃr el contenido de ese temible rollo. Señalemos que su contenido no nos fue dado a conocer ni en el momento de su redacción ni con motivo de sus tres lecturas. Pero cabe pensar que el capÃtulo 25 de nuestro libro formaba parte de él (comp. respectivamente v. 1 y 29 con cap. 25:1 y 9).
Después de haber escuchado un rato con creciente irritación, el rey se apodera del rollo, lo acuchilla y lo echa al fuego. Era su insensata manera de querer deshacerse del juicio. Pero no sólo no podÃa destruir con el rollo una sola de las palabras escritas en él (al contrario, por orden de Jehová otro viene a reemplazarlo, al cual se le añaden todavÃa âotras palabras semejantesâ), sino que el rey atraÃa sobre sà un castigo suplementario (v. 30-31; Proverbios 13:13).
¡Cuántas personas desprecian la Palabra de Dios, sin que ello necesariamente sea hecho por una imitación del temerario gesto de Joacim (Salmo 50:17; 1 Juan 4:6).
El capÃtulo 37 nos traslada de nuevo al tiempo de SedequÃas. Mejor intencionado pero más débil que su antecesor, ese rey igualmente permanece sordo a todas las palabras de Jehová. Ello no le impide, como en el capÃtulo 21, consultar a JeremÃas y reclamar su intercesión. Muy a menudo, nos sentimos más inclinados a hacer peticiones al Señor que a escuchar lo que él quiere decirnos. Pero si deseamos que él conteste a nuestras oraciones, empecemos, pues, por obedecerle (Juan 15:7).
Por un momento los acontecimientos parecen contradecir lo que el profeta habÃa anunciado. En lugar de tomar a Jerusalén, los caldeos âamenazados por el ejército egipcioâ levantan el sitio y se van. La ciudad parece liberada. ¡Jehová le recuerda a JeremÃas que ésta es una situación provisional! JeremÃas piensa aprovecharla para abandonar la ciudad condenada, pero es reconocido y es llevado a los prÃncipes bajo el cargo de traición. En tiempos de Joacim, los prÃncipes parecen haber tenido mejores disposiciones que el rey (cap. 36:19). Bajo el gobierno de SedequÃas ocurre lo contrario. En tanto que JeremÃas ha sido azotado y encarcelado por esos prÃncipes, el rey arregla una entrevista secreta con él y luego mejora las condiciones de su cautiverio.
Los prÃncipes se exasperan contra JeremÃas, a quien acusan de decir palabras derrotistas. Obtienen del rey la autorización que necesitan para echarlo en la cisterna y dejarlo morir allÃ. Grande es el infortunio del varón de Dios en ese pozo inmundo y cenagoso. Pero él invoca a Jehová y recibe esta preciosa respuesta: âNo temasâ (léase Lamentaciones 3:52-57). La liberación está lista. Dios preparó el instrumento necesario: alguien que ni siquiera formaba parte del pueblo, un siervo negro que pertenecÃa al palacio, llamado Ebed-melec (nos hace pensar en el joven de quien Dios se sirvió para la liberación de Pablo en Hechos 23:16). SedequÃas es influenciable tanto para el bien como para el mal, de modo que se deja ablandar. Entonces asistimos a la laboriosa operación de salida del oscuro pozo, la que denota la abnegación de Ebed-melec.
JeremÃas, falsamente acusado, azotado y arrojado a esa horrible cisterna, es, especialmente aquÃ, una figura del Señor Jesús. El final del versÃculo 6 nos hace pensar en el Salmo 69:2 : âEstoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pieâ. Es una imagen de los sufrimientos y de la muerte de Cristo. Y el versÃculo 13 puede compararse con el comienzo del Salmo 40, referente a su resurrección: âMe hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagosoâ.
El pobre SedequÃas, atormentado por las preocupaciones e incertidumbres, vuelve a convocar secretamente a JeremÃas. Ãste lo exhorta a salir âen seguidaâ al encuentro de los jefes caldeos y rendirse. Lo advierte de lo que le aguarda si no lo hace: es amenazado de que sus pies sean hundidos âen el cienoâ (v. 22). El profeta sin duda dice esto pensando en su reciente experiencia, pero ¡qué diferencia hay entre los dos hombres! SedequÃas, aunque sabe cuál es la voluntad de Dios, se siente sin fuerzas para cumplirla porque es dominado por el temor a los hombres: teme a los caldeos, teme a los prÃncipes (v. 5 y 25), teme a los judÃos ya transportados (v. 19; véase Proverbios 29:25). Sólo el verdadero temor de Dios parece ausente de su pensamiento. SÃ, ¡qué contraste con la seguridad que la fe da a JeremÃas! Este encuentro nos hace pensar en la escena del capÃtulo 26 de los Hechos, en la que vemos a Pablo prisionero compareciendo ante el rey Agripa. Puede hablarle âcon toda confianzaâ (v. 26) y termina diciendo: â¡Quisiera Dios que⦠fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!â (v. 29). Es de desear que nosotros también podamos ser como Pablo y JeremÃas, siempre llenos de ánimo ante los hombres porque el Señor está con nosotros (Hebreos 13:6).
¡Y ocurre la trágica toma de Jerusalén!
SedequÃas y sus guerreros huyen a través de los huertos. ¡Demasiado tarde! Son alcanzados, encadenados y conducidos ante el rey de Babilonia. Once años antes, este último habÃa colocado a SedequÃas en el trono de Judá y le habÃa hecho prometer fidelidad jurando por Dios (2 Crónicas 36:13; Ezequiel 17:18-20). Al rebelarse con el apoyo de Egipto (cap. 37:7), SedequÃas habÃa faltado a su palabra y mostrado a los enemigos de Israel el poco caso que hacÃa del nombre de Jehová, al cual, en cambio, Nabucodonosor le habÃa concedido valor. De ahà el cruel castigo que soporta el rey cobarde y perjuro.
Los versÃculos 15 a 18 contienen palabras dirigidas personalmente a Ebed-melec. Dios conocÃa sus temores (v. 17) âasà como conoce todas nuestras inquietudesâ y no lo condena. Pero, en tanto que los temores de SedequÃas lo habÃan conducido a apoyarse en los hombres para escapar de otros hombres, el temor experimentado por Ebed-melec le hacÃa recurrir a Jehová. âTuviste confianza en mÃâ dijo Jehová. Ese hermoso testimonio abre a ese humilde esclavo extranjero el acceso a las promesas de gracia del cap. 17:7 y 8 (comp. Salmo 37:3, 39-40; Rut 2:12).
¿Qué fue de JeremÃas en medio de todos esos acontecimientos? Quedó en el patio de la cárcel âhasta el dÃa que fue tomada Jerusalénâ (cap. 38:28), fue encadenado en medio de los demás cautivos y formó parte hasta Ramá del lúgubre cortejo de los deportados al exilio. Sin embargo, Nabuzaradán, capitán de la guardia encargado de los prisioneros, recibió del mismo rey de Babilonia benévolas instrucciones respecto de JeremÃas. No sólo no se le debe hacer ningún mal, sino que el profeta es invitado a decidir por sà mismo acerca de su suerte. ¿Irá a Babilonia, donde se hallan los âbuenos higosâ del capÃtulo 24, esos transportados a quienes Jehová prometió proteger y hacer prosperar, o permanecerá con esos pobres del paÃs que son dejados en Judá? Pese a la libertad que se le da, el profeta se abstiene de escoger él mismo (v. 5, V.M.), dándonos asà una nueva lección de dependencia. No se trata de su bienestar sino del deseo de hallarse en el lugar en que Dios quiere colocarlo para que le sirva. Sin especial dirección de lo alto, él deja que el capitán de la guardia escoja en su lugar y reconoce la voluntad de Jehová en el consejo que se le da. Ãste es un ejemplo digno de imitar cada vez que no veamos claramente el camino a seguir (Génesis 13:9).
Con la destrucción de Jerusalén y el cautiverio de su último rey, Nabucodonosor suprimió toda posibilidad de rebeldÃa en el reino de Judá. Sin embargo, mantuvo allà cierto número de habitantes, de los más pobres, para no dejar el paÃs en estado de abandono y colocó a su cabeza a GedalÃas, un gobernador que gozaba del beneplácito de todos. Durante ese tiempo vemos a Jehová velar en gracia por esos habitantes salvados de la transportación, haciendo prosperar sus cosechas (v. 12; comp. Proverbios 30:25).
Lamentablemente, ese perÃodo favorable no dura. Dios, que conoce los corazones, permite nuevos y trágicos acontecimientos a fin de manifestar su estado. Bajo la figura del rey de los hijos de Amón (v. 14) reaparece un viejo enemigo de Israel, que parecÃa estar aniquilado. Pero aún existe y su mala disposición no ha cambiado; la debilidad del pueblo es propicia en ese momento para que él las manifieste. Asà ocurre con Satanás, nuestro gran adversario. No cede jamás y siempre procura aprovechar lo que debilita nuestra resistencia (cansancio, pereza, falta de vigilanciaâ¦)
Con el apoyo de Baalis, Ismael âsin duda celoso de la autoridad de GedalÃasâ organiza una conspiración para asesinarlo cobardemente, asà como a los judÃos que están con él en Mizpa.
La noticia de la horrenda masacre de Mizpa llega a oÃdos de Johanán. Rápidamente se dirige hacia la tropa de Ismael y, a su llegada, todo el pueblo al que este último conducÃa en cautiverio, para entregarlo a los hijos de Amón, se apresura a cambiar de campamento. Ismael mismo, al darse cuenta de que tenÃa que vérselas con alguien más fuerte que él, escapa con ocho hombres y halla refugio junto a Baalis, su protector. Por su lado, Johanán y el pueblo liberado van a habitar a Gerut-quimam (mesón de Quimam), cerca de Belén (quizás el mismo en que, más tarde, no habrá lugar para el Hijo de Dios; Lucas 2:7).
Pero el peligro para esa pobre gente está lejos de haber sido ahuyentado. El asesinato del gobernador establecido por el rey de Babilonia expone ahora a los judÃos a la ira de este último, tan pronto como sea informado. Temen que Nabucodonosor, perdiendo la paciencia a causa de las sucesivas rebeliones del pueblo de Judá, intervenga con suma severidad, y esta vez los inocentes paguen por los culpables. En su temor y perplejidad, Johanán y sus compañeros se vuelven con aparente humildad hacia JeremÃas, a quien hallamos de nuevo entre ellos. Ãl es el portador de la Palabra de Dios, y, repitámoslo, ésta es la única fuente de luz, tanto para nosotros como para ese pueblo (Salmo 119:105).
En IsaÃas 30:2 (léase todo el párrafo) Jehová declara: âse apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi bocaâ. Aquà Dios fue consultado por intermedio de su profeta, pero el pueblo obedecerá solamente si la respuesta corresponde a sus intenciones.
Transcurren diez dÃas. El profeta no se da prisa para contestar, esperando él mismo la revelación del pensamiento divino.
¿Por qué a menudo el Señor tarda en responder a nuestras oraciones? Quiere poner a prueba nuestra confianza en él. Y la fe es siempre paciente. Por lo tanto, sólo el tiempo permitirá reconocer si nuestra oración fue la de la fe o si, por el contrario, cansados de esperar, terminamos por buscar nosotros mismos una solución a nuestra dificultad.
La pregunta formulada era la siguiente: ¿Debemos descender a Egipto o permanecer en el paÃs?
Por boca de JeremÃas, Jehová da a conocer su respuesta llena de gracia pero perentoria: ¡Quedaos en el paÃs! En él seréis bendecidos. El rey de Babilonia será inclinado a la benevolencia y a la misericordia. SerÃa vuestra perdición ir a Egipto.
Amigos creyentes, cualquiera sea el camino que se abra ante nosotros, guardémonos de emprenderlo antes de conocer la voluntad del Señor.
Al dirigirse a JeremÃas, el pueblo solemnemente se habÃa comprometido a escuchar la voz de Jehová âsea bueno, sea maloâ (cap. 42:6). La respuesta era por demás clara: no debÃan partir. Pero esa prohibición no concordaba con las secretas intenciones de Johanán y sus compañeros. Se habÃan engañado a sà mismos en sus almas (cap. 42:20), ya que estaban decididos a ir a Egipto. Y el capÃtulo 41:17 nos muestra que ya habÃan hecho ese proyecto al llegar a Quimam, aun antes de consultar a JeremÃas. ¿No es una burla para Dios el hecho de preguntarle cuál es su voluntad, sabiendo muy bien de antemano lo que se tiene la intención de hacer? Por desgracia, semejante falta de rectitud quizás es más frecuente de lo que pensamos y todos necesitamos tener cuidado con nuestros corazones engañosos (cap. 17:9).
Una vez más, JeremÃas sufre injustamente. Esos âvarones soberbiosâ le acusan de mentir y buscar la esclavitud y la muerte del pueblo. El profeta, al contrario, va a dar la medida de su amor al acompañar todavÃa a ese pueblo en su desastroso viaje.
Los judÃos creyeron ponerse a cubierto, pero justamente allà Nabucodonosor los alcanzará (v. 11). Las decisiones que se toman por falta de fe a menudo atraen sobre nosotros la prueba misma que querÃamos evitar.
â¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?â (cap. 2:18) preguntó Jehová al comienzo de este libro. SabÃa bien por qué razón no querÃa ese viaje a Egipto (comp. Deuteronomio 17:16). La horrorosa idolatrÃa de Judá, en particular desde el tiempo de su rey Manasés, fue la causa de los juicios que acababan de caer sobre él. Pero Egipto también estaba consagrado a los Ãdolos (qué importa que llevaran nombres diferentes) y el pueblo corrÃa allà el riesgo de corromperse todavÃa más. ¡Lo que no dejó de producirse! Podemos estar seguros de que, al cerrarnos un camino, Dios quiere protegernos de los peligros que él conoce, aun cuando en el momento no entendamos sus motivos. Al insistir, al obrar según nuestra propia sabidurÃa, solamente podemos perjudicarnos.
â¿Por qué hacéis vosotros tan grande mal contra vuestras mismas almas?â (v. 7, V.M.) pregunta aquà Jehová al pueblo. SÃ, no perdamos de vista que perjudicamos nuestras almas al no cumplir la voluntad del Señor (Proverbios 8:36; Habacuc 2:10).
Esos judÃos, gente de dura cerviz, pese a todas las penosas lecciones recibidas, no se humillaron hasta ese dÃa; su soberbia no estaba quebrantada (v. 10; cap. 43:2).
Deliberadamente el pueblo escoge servir a los Ãdolos, asà como lo habÃan hecho sus padres, y no se avergüenza de declararlo. Está en abierta rebelión contra Jehová. Moralmente, cuánto camino se recorrió desde Josué 24, cuando Israel, que habÃa subido de Egipto a Canaán, seguÃa a su conductor para tomar este compromiso: âNunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses⦠serviremos a Jehová, porque él es nuestro Diosâ (léase Josué 24:16 y 18). Y con una entera mala fe, esos judÃos atribuyen su actual miseria al hecho de haber dejado de venerar âa la reina de los cielosâ (comp. cap. 7:18). Aunque Jehová les habÃa advertido que la espada, la peste y el hambre les aguardaban en Egipto, cuando esas desgracias les sobrevienen las toman como pretexto para renovar sus sacrificios a esos Ãdolos. ¡Cuántas personas razonan de la misma manera: Dios no me dio lo que yo deseaba! ¡Qué importa!, me vuelvo hacia el mundo (del cual Egipto siempre es su imagen); él no me rehusará nada.
¡Miserable corazón humano! Estos versÃculos nos enseñan también que él puede estar simultáneamente bajo el dominio de la orgullosa incredulidad y de la más tenebrosa superstición (2 Corintios 4:4).
JeremÃas recordó los abominables pecados del pueblo. Tomó nota de la injuriosa respuesta de esa asamblea de rebeldes. Ahora saca sus conclusiones. ¡Son espantosas! Con excepción de muy pocos, ese pueblo va a perecer en Egipto bajo el peso de las calamidades que lo aguardan (y de las cuales âla reina de los cielosâ será muy incapaz de protegerlos). Nunca más se hablará de ella.
Pero, en esos tiempos de ruina general, es consolador comprobar que âconoce el Señor a los que son suyosâ (2 Timoteo 2:19). Todo un pequeño capÃtulo es consagrado a Baruc. Jehová tiene para él unas palabras personales, a la vez de reprensión y de consuelo. Junto con JeremÃas, a quien no abandonó, ese hombre fue objeto de calumnias y acusaciones públicas (cap. 43:3). Empero, lo que importaba era lo que Dios pensaba de él (2 Timoteo 2:15). Baruc, descendiente de una familia principesca, quizás habÃa esperado desempeñar algún papel preponderante, como ponerse a la cabeza de un pueblo humillado y restaurado. Por eso le alcanzó el desaliento (v. 3; Proverbios 24:10). Pero Jehová lo exhorta: â¿Y tú buscas para ti grandes cosas? No las busquesâ (v. 5). El Señor tampoco espera grandes cosas de nosotros⦠con excepción de una cosa muy grande a sus ojos: la fidelidad (comp. Apocalipsis 3:8).
JeremÃas, lo mismo que IsaÃas en sus capÃtulos 13 y siguientes, es llevado ahora a profetizar respecto de las naciones. La primera es precisamente Egipto, donde el pueblo creyó hallar refugio. Es la imagen de un mundo idólatra y por ello van a caer terribles juicios sobre él. Y nos acordamos de las declaraciones del Nuevo Testamento respecto de este mundo que pasa (1 Juan 2:17) y de la apariencia de este mundo que se pasa (1 Corintios 7:31).
El rey de Egipto es objeto de una comparación irónica y severa: âFaraón⦠llamadle ruido a destiempoâ (v. 17, otra versión). Un ruido puede asustar por un instante, pero ¿qué hay de más fugaz e inútil? ¡Cuántos grandes ây no tan grandesâ personajes de este mundo no son nada más que un âruidoâ pasajero! Los diarios de esta semana les consagran unas columnas; dentro de un mes o un año se habrán hundido en el olvido.
Otras tristes palabras se agregan respecto de Faraón: como su lejano predecesor del Ãxodo, quien habÃa endurecido su corazón, ese hombre âdejó pasar el tiempo señaladoâ (comp. Juan 12:35). Queridos jóvenes lectores, éste es un solemne pensamiento. ¡No dejen pasar el tiempo de convertirse, el tiempo de servir al Señor aquà abajo, el tiempo de responder a la invitación de Lucas 22:19!
En medio de esos juicios contra las naciones, Jehová cuida de intercalar unas palabras destinadas a tranquilizar al futuro remanente de Israel. De la misma manera, cuando el porvenir se ensombrece para el mundo, el hijo de Dios es invitado a no temer y a acordarse de su esperanza (2 Tesalonicenses 2:16-17).
En el capÃtulo 47 se condena a la Filistea. Sabemos que ese tradicional enemigo de Israel estaba ubicado dentro de sus fronteras, contrariamente a las otras naciones (Moab, Amón, Edomâ¦) de las cuales se tratará en los capÃtulos siguientes. Si bien a veces ese pueblo fue tributario, en particular bajo el reinado de David (2 Samuel 8:1), Israel nunca pudo arrancarle ciudades como Gaza y Ascalón, las que formaban parte del territorio filisteo aun en tiempo de los más poderosos reyes de Israel. Como los filisteos tienen su origen en Egipto (Mizraim: Génesis 10:6, 13-14), nos hablan de los que dicen ser cristianos, los inconversos de este mundo, quienes toman lugar en el paÃs de la bendición sin tener derecho a ello. Invocan privilegios cristianos sin tener la vida que da derecho a ellos; pretenden ser hijos de Dios pese a ser enemigos de su pueblo y de la verdad. Debemos tratarlos por lo que son en realidad y no hacerles ninguna concesión.
Después del corto capÃtulo dedicado a Filistea, Jehová, en cambio, tiene mucho que decir respecto de Moab. Ese pueblo habÃa puesto su confianza en sus bienes, en sus tesoros (v. 7), en su dios Quemos (v. 13) y en sus hombres de guerra (v. 14). Pero esos socorros, con los cuales contaba, no solamente no lo liberan en absoluto sino que son la causa del juicio que cae sobre él (v. 7).
Algo esencial le habÃa faltado a Moab. Por más sorprendente que pueda parecer, eran⦠las pruebas. El vino nuevo debe primeramente ser trasvasado de vasija en vasija hasta que se ponga claro, «despejado», después de depositarse poco a poco todo su sedimento. Pero Moab nunca habÃa sufrido ese tratamiento. Estuvo quieto âdesde su juventudâ (v. 11; ZacarÃas 1:15); no habÃa aprendido, mediante difÃciles circunstancias, a conocerse para perder su mal sabor original (es el resultado que Jehová va a tratar de producir en Israel al enviarlo en cautiverio). SÃ, el Señor sabe lo que hace cuando permite circunstancias que nos revuelven y nos arrancan de nuestra indolencia (Salmo 119:67). Esos desagradables «trasiegos» están destinados a hacernos perder, cada vez más, un poco de nuestra propia voluntad, un poco de nuestra pretensión y un poco de nuestra confianza en nosotros mismos.
Los hijos de Amón habÃan aprovechado cobardemente la transportación de las diez tribus para apropiarse del territorio de Gad, ubicado al otro lado del Jordán. Para volver a poner las cosas en su lugar, después de haber «heredado» indebidamente de Israel, vendrán a ser su heredad (final del v. 2). Ayer vimos que Moab, el burlador, llega a ser a su vez objeto de escarnio (cap. 48:26-27), y es notable observar que los juicios que Dios envÃa, a menudo están en relación con la falta cometida hacia los demás. Tales lecciones, si sabemos recibirlas, permitirán que comprendamos mejor el alcance de Mateo 7:2 y 12, versÃculos que nos exhortan a no hacer a los demás lo que no deseamos que nos sea hecho.
Lo que caracteriza aquà a Edom es su extrema arrogancia. Este pueblo, anidado como el águila en sus peñas escarpadas y agrestes del monte de SeÃr (v. 16), se consideraba invulnerable. Pero Dios supo y sabrá hallarlo de nuevo para hacerlo descender de allÃ, reduciendo su guarida a perpetuo desierto (v. 13; AbdÃas v. 4). Contrariamente a lo hecho con Moab y Amón, Jehová, al terminar, no da a Edom ninguna promesa de hacer volver sus cautivos. âNi aun resto quedará de la casa de Esaúâ (AbdÃas 18; comp. cap. 48:47 y cap. 49:6).
Después de Edom, se trata primeramente de Damasco, con Hamat y Arfad, principales ciudades de Siria; luego, de Cedar y Hazor, donde habitaban tribus nómadas. Finalmente, se pronuncia la sentencia contra Elam (Persia), nación alejada de Israel, mientras que todas las demás eran vecinas.
Dios es justo. Midió exactamente el castigo de cada uno de esos pueblos y lo proporciona a los privilegios que recibieron (Romanos 2:6; Daniel 4:35). En el capÃtulo 2:10-11, Jehová precisamente habÃa comparado a Israel con Cedar, pueblo primitivo e ignorante, pero que, por lo menos, habÃa permanecido fiel a sus falsos dioses, mientras que Su pueblo se habÃa alejado del verdadero Dios. ¡Cuánto más culpable era Israel, instruido por la ley! Recordemos âespecialmente si somos hijos de padres creyentesâ este importante versÃculo: âA todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandaráâ (Lucas 12:48).
Todos esos pueblos debÃan caer, al igual que Judá, bajo el poder de Nabucodonosor (v. 30) y convertirse en otras tantas provincias del gran imperio babilónico. Era, pues, vano e insensato de parte de los judÃos volverse hacia esos vecinos para buscar refugio y seguridad (Salmo 60:11). ¿Cómo podrÃan ayudarles esos pueblos, ya que ellos mismos no podÃan liberarse?
Babilonia, cuna de la mundanerÃa y de la corrupción, es la última de las naciones en oÃr el juicio de Jehová. Como JeremÃas predicaba la sumisión a Nabucodonosor, se le habÃa acusado de ser favorable a los caldeos y de traicionar a su propio pueblo. Pero esos dos largos capÃtulos de la profecÃa nos muestran lo que Dios le habÃa enseñado respecto de Babilonia. Por otra parte, ya habÃa declarado que, si bien Jehová se servÃa de ella para disciplinar a Judá, llegarÃa el momento en que, a su vez, la gran ciudad serÃa «visitada» en juicio y reducida âen desiertos para siempreâ (cap. 25:12-14). Bel, Merodac (el dios Marduk) y todos sus otros Ãdolos iban a desaparecer vergonzosamente con aquellos que los servÃan, mientras que Israel y Judá no serÃan privados âde su Dios, Jehová de los ejércitosâ (véase el cap. 51:5). Esos juicios que iban a castigar a Babilonia contribuirán finalmente a abrir los ojos y el corazón de los cautivos del pueblo. Los versÃculos 4 y 5 de este capÃtulo 50 nos muestran las lágrimas y la humillación que acompañarán su vuelta a Jehová, preludio de su completa y final liberación. El mundo actual está lleno de vanos Ãdolos, los que pronto pasarán con él. Nosotros, que somos instruidos por la Palabra de Dios, ¿podrÃamos apegarnos a ellos? (1 Juan 5:21).
Por cierto que el castigo de Israel por medio de los caldeos respondÃa a la voluntad de Dios. Pero el encarnizamiento y la crueldad con los cuales estos últimos iban a ejecutarlo justificarÃan la âvenganzaâ de que luego serÃa objeto Babilonia. Además, al atacar a Israel, Babilonia combatirÃa contra Jehová (final del v. 24; véase ZacarÃas 2:8). En particular, la destrucción y saqueo del templo serÃan un personal insulto hacia Aquel que habÃa puesto su gloria en él. Por esa razón el castigo de Babilonia es llamado âla venganza de Su temploâ (v. 28 y cap. 51:11).
Notemos cómo esos sombrÃos capÃtulos al mismo tiempo están llenos de aliento para los fieles del pueblo de Dios. Jehová, su Redentor, es fuerte; abogará por la causa de Israel, su ârebaño descarriadoâ, para salvarlo de la boca de los leones que lo devoran (v. 17 y 34). En aquel tiempo Su perdón habrá borrado todas sus faltas: âLa maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallaránâ (v. 20; comp. Números 23:21).
Muchas de las expresiones de estos capÃtulos se vuelven a emplear en el Apocalipsis a propósito de la futura Babilonia. Ãsta no es más una ciudad sino un vasto sistema religioso, satánica imitación de la Iglesia de Cristo, la que se desarrollará plenamente después de que esta última haya sido arrebatada. En ese despliegue del mal, el divino llamado se hace oÃr varias veces: âSalid de en medio de ella, pueblo mÃoâ (cap. 50:8; 51:6 y 45; Esdras 48:20; ZacarÃas 2:7; Apocalipsis 18:4). En efecto, permanecer en Babilonia después de la condena pronunciada por Dios era, por una parte, participar de sus pecados y, por otra, exponerse a compartir sus plagas. El Señor imparte hoy una orden semejante a todos los suyos que todavÃa están en los diferentes medios de la cristiandad nominal: âApártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristoâ (2 Timoteo 2:19). Pero, pese a comprobar esa iniquidad alrededor de ellos, ciertos creyentes estiman que deben permanecer en un medio reconocido como malo; esperan que su buena influencia contribuya a mejorar ese ámbito. Eso es forjarse una ilusión y, al mismo tiempo, estimarse más sabio que Aquel que les ordena salir de allà (2 Corintios 6:14-18).
âAcordaos por muchos dÃas de Jehová, y acordaos de Jerusalénâ (v. 50). El remanente fiel era invitado a salir del corrupto medio de Babilonia, no sin saber adónde ir. Para tomar esta valerosa decisión, primeramente era necesario ser atraÃdo fuera mediante poderosos afectos (Salmo 137:5-6). Asimismo, hoy en dÃa el creyente es invitado a salir fuera del campamento religioso de la profesión cristiana «hacia él», hacia Jesús, presente en medio de los âdos o tresâ congregados en su nombre (Hebreos 13:13).
Al terminar la exposición de todos sus juicios, Jehová los firma con un temible nombre: âDios de retribucionesâ (v. 56). Pero, lo que es un notable detalle, esas palabras de juicio contra Babilonia preceden al relato de la destrucción del templo en el capÃtulo 52. Es necesario que la ruina de los Ãdolos babilónicos sea anunciada antes de que efectivamente tenga lugar la del Templo (v. 47 y 52). Asà nadie podrá pensar que esos Ãdolos son realmente más poderosos que el Dios de Israel. Siete años antes de la toma de Jerusalén, todas esas palabras debÃan ser escritas en un libro. Y éste, después de haber sido leÃdo, debÃa ser sumergido en medio del Eufrates por mano de SeraÃas, hermano de Baruc, como testimonio de que Babilonia serÃa tragada.
Este capÃtulo 52 ya no forma parte de âlas palabras de JeremÃasâ (cap. 51:64). Al igual que el capÃtulo 39, expone los acontecimientos que pusieron fin al reino de Judá y aproximadamente reproduce el capÃtulo 25 del 2º libro de los Reyes.
Sonó la hora del juicio; éste hiere a la vez a Jerusalén, su templo (v. 17 a 23), su rey y sus habitantes. La ciudad es tomada. SedequÃas y su ejército huyen tratando de escapar de la red que se cierra. Pero no es con los caldeos sino con Dios con quien se las tienen que ver. Una vez que el rey de Judá es conducido a Ribla, ante Nabucodonosor, se le sacan los ojos âcastigo reservado a los vasallos traidoresâ y, atado con grillos, se dirige al exilio. Hasta el final de su miserable vida guardará como última visión el atroz espectáculo de sus hijos degollados. Un mes más tarde, el capitán de la guardia de Nabucodonosor vuelve a Jerusalén para desmantelar sistemáticamente la ciudad rebelde y hacer una selección entre la población. El versÃculo 15 menciona a los desertores. Algunos, pues, habÃan escuchado a JeremÃas.
Estas cosas no están escritas (y repetidas) a causa de su interés histórico, sino para instrucción de nuestras almas, a fin de servirnos de advertencia (1 Corintios 10:11). âAsà que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaosâ¦â (léase 2 Pedro 3:17-18).
Al asistir al saqueo de la casa de Jehová y al mirar a los caldeos romper y llevarse sus hermosas y poderosas columnas, nos embarga la tristeza al pensar lo que llegó a ser el testimonio de Israel en medio de las naciones. Pero, en comparación, ¡cuánto más considerables serán los sentimientos de Jehová ante la destrucción de la casa en la cual habÃa puesto su nombre y frente a la ruina de Jerusalén! (léase 1 Reyes 9:6-9). En contraste, ¡qué valor tienen las promesas que el Señor hace al vencedor de Filadelfia!: âAl que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios⦠y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de⦠la nueva Jerusalén⦠y mi nombre nuevoâ (Apocalipsis 3:12). Queridos amigos, al terminar la lectura de este libro de JeremÃas pidámosle al Señor que podamos formar parte de esos vencedores, es decir, que nos ayude a guardar su Palabra y no negar su nombre hasta el momento de su retorno.
Dios no permitió que el libro terminara con un triste cuadro. La gracia otorgada a JoaquÃn por parte del sucesor de Nabucodonosor (v. 31-34) es un testimonio de los cuidados que Jehová no dejará de dispensar a un débil remanente de su pueblo.
Lamentaciones
de JeremÃas
Las lamentaciones de JeremÃas expresan el dolor del profeta ante los acontecimientos contados en el último capÃtulo de su libro, es decir, la toma y destrucción de Jerusalén por el ejército de Nabucodonosor. Pero, como en toda profecÃa, el alcance de ésta supera las circunstancias que la motivaron y el EspÃritu nos conduce en estos capÃtulos hasta el tiempo venidero de la âgran tribulaciónâ por la cual Israel deberá pasar.
Es conmovedor ver a JeremÃas, aunque no era personalmente culpable, asumir una parte apreciable de la humillación de Jerusalén e identificarse con el pueblo que está bajo el juicio de Dios. Ahora, han llegado los infortunios que él no habÃa dejado de anunciar y en los cuales el pueblo no habÃa querido creer. Algún otro no habrÃa dejado de decir: «¡Yo les adverti! ¡Ojalá me hubiesen escuchado!». El siervo de Dios no intenta triunfar de esta manera. ¡Al contrario! Jerusalén, la que en el dÃa de su aflicción no halla a nadie que la ayude (v. 7; IsaÃas 51:18-19), a nadie que la consuele (v. 2, 9, 17 y 21), tendrá en JeremÃas (figura de Cristo) el más fiel de los amigos y el más ferviente de los intercesores (véase Proverbios 17:17).
â¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?â exclama Jerusalén en medio de su calamidad (v. 12). ¡Cuántas veces pasamos insensibles al lado del sufrimiento de otros! (v. 21). ¡Cuán a menudo perdemos valiosas ocasiones para expresar un poco de simpatÃa! Pidamos al Señor que nos dé corazones más sensibles, capaces de comprender mejor las penas de los que nos rodean y de proporcionarles de parte de Dios un verdadero consuelo.
¿Cómo no pensar en la cruz en presencia de este dolor sin igual infligido por la ira de Dios? (v. 12). Pero Cristo âningún mal hizoâ, mientras que, por boca de JeremÃas, Jerusalén reconoce, como el malhechor, haber merecido plenamente lo que le acontece (v. 18; Lucas 23:41). También nos parece ver la multitud de âlos que pasabanâ delante del Salvador crucificado (Mateo 27:39). HabÃa entre los que pasaban ây los hay aún hoy en presencia de la cruzâ gente hostil, burladores, pero ante todo indiferentes. A ellos se dirige esta pregunta. Querido amigo, Jesús padeció esos sufrimientos para salvarle. ¿PodrÃa usted permanecer insensible ante ellos? ¿No tendrán valor para usted?
En el capÃtulo 1 los enemigos de Jerusalén eran considerados como responsables de los infortunios de esa ciudad. A partir de ahora, todo lo ocurrido es visto como la obra del Señor y sólo de él. Sepamos también nosotros reconocer a Aquel que nos disciplina⦠a veces para castigarnos, pero siempre para bendecirnos al final. Y en lugar de detenernos a considerar los medios de los cuales Dios se sirve para ese fin (preocupaciones por la salud y el dinero, contrariedades que sobrevienen en nuestro trabajoâ¦), en lugar de procurar sólo sentirnos aliviados lo antes posible, humillémonos bajo la poderosa mano de Dios y echemos toda nuestra ansiedad sobre él, porque tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:6-7).
Jerusalén hace el completo inventario de su desastre. Su rey, sus sacerdotes, sus profetas son hechos cautivos o masacrados, sus fiestas solemnes son abolidas y sus muros arruinados. Nada se salvó, ni aun las cosas más santas: el altar y el santuario fueron contaminados (cap. 1:10), devastados, y los objetos valiosos llevados a Babilonia. SÃ, ¡hasta el arca misma, âestrado de sus piesâ (v. 1; Salmo 132:7) juntamente con la ley que estaba contenida en ella! (v. 9; 1 Reyes 8:9). Desaparece para siempre, esto prueba que Dios rompÃa todas las relaciones con su pueblo culpable.
La desolación del profeta es inmensa ante el cuadro que describen los versÃculos precedentes. Sus lágrimas corren, inagotables, en presencia de esa ruina âgrande como el marâ (v. 13).
También Jesús lloró sobre Jerusalén, sabiendo de antemano cuáles iban a ser, para la ciudad culpable, las consecuencias de su rechazo (Lucas 19:41 y sig.)
Si bien el rey, los prÃncipes, los sacerdotes, los profetas mentirosos (v. 14) y la mayorÃa del pueblo merecÃan los golpes que recibieron, numerosos son los que sufren sin ser directamente responsables. Criaturitas mueren de hambre; ancianos y niños caen de inanición en las calles (v. 11, 19 y 21). Sin embargo, JeremÃas no formula ningún por qué. Se pone él mismo «en la brecha» a favor de ese pueblo al que ama.
Los versÃculos 15 y 16 nos presentan de nuevo a âlos que pasaban por el caminoâ. Pero ya no se trata sólo de indiferencia, como en el capÃtulo 1:12. Esta vez son las cabezas que se menean despectivamente, el crujir de dientes, las miradas desvergonzadas, los insultos y el desprecio. Jesús, la santa VÃctima, conoció durante las horas de la cruz todas esas manifestaciones de la maldad de los hombres (véase Salmos 22:7-8; 35:21).
Con el capÃtulo 3 llegamos al corazón de este librito y, al mismo tiempo, al fondo de la aflicción del profeta. JeremÃas, sin ser culpable, carga personalmente con las iniquidades de su pueblo, de manera que considera que el castigo cae también sólo sobre él: âYo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojoâ¦â (v. 1). De ese modo representa al Señor Jesús mientras cumple la expiación de nuestros pecados. Los padecimientos soportados en la cruz de parte del hombre, los que nos son recordados por los versÃculos 14 y 30 (comp. respectivamente Salmo 69:12 e IsaÃas 50:6) fueron seguidos, durante las tres horas de tinieblas, por los sufrimientos que Dios le infligió cuando le trató como debÃa serlo el pecado. Todas esas terribles expresiones de su ira las padeció el Salvador (comp. v. 8 y Salmo 22:2). Y sin embargo, su confianza y su esperanza no fallaron un instante, mientras que las de JeremÃas lo abandonaron (v. 18).
Pero, a partir del versÃculo 21, el afligido busca el socorro junto a Aquel mismo que le hiere. Entonces, su fe sumisa y confiada le hace hallar las maravillosas misericordias de Jehová: âNuevas son cada mañanaâ (v. 23).
Para que la prueba nunca nos conduzca a dudar del amor de Dios, el profeta se apresura a agregar que Dios âno aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombresâ (v. 33). ¡Con mayor razón, tampoco lo hace con los que son sus redimidos! 1 Pedro 1:6 confirma que él lo hace sólo âpor un poco de tiempoâ y solamente âsi es necesarioâ. A menudo la prueba es necesaria para quebrantar nuestra propia voluntad, cuando la hemos dejado desarrollarse. Por eso âle es bueno al hombre llevar el yugo desde su juventudâ (v. 27). Aplicarse a obedecer cuando se es todavÃa niño, aprender la sumisión en la casa paterna es prepararse a aceptar luego, por toda la vida, la autoridad del Señor.
A menudo la prueba también es para nosotros la oportunidad de hacer un examen de conciencia: âEscudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonosâ¦â (v. 40). AsÃ, con el autor del Salmo 119, podremos reconocer: âBueno me es haber sido humilladoâ (v. 71).
âNos has puesto como las heces de la tierra, y como una basura en medio de las nacionesâ (v. 45, V.M.) Pablo tomará de nuevo una parecida comparación, pero no para quejarse de ella (1 Corintios 4:13). El servicio del Evangelio y el amor por los santos le permitÃan aceptar gustoso esa condición.
Nos acordamos de la horrible cisterna en la cual JeremÃas habÃa sido echado por los que eran sus enemigos âsin haber por quéâ. Ella inspiró el versÃculo 52 y los siguientes, e ilustra los terrores de la muerte en la cual nuestro Salvador, por su parte, entró realmente (véase también Jonás 2:3).
Pero los versÃculos 55 a 58 pueden ser la experiencia de cualquiera que gime bajo el peso de sus pecados y llega a darse cuenta de lo que el Señor hizo por él.
El capÃtulo 4 hace que contraste el actual estado de Jerusalén con lo que habÃa sido anteriormente. En los tiempos de su prosperidad todo tenÃa el más brillante aspecto. Los hijos de Sión eran âigualados con el oro puroâ (v. 2, V.M.) Igualados solamente ânotémosloâ porque cuando la prueba pasó como el fuego del refinador, todo fue consumido, mientras que el verdadero oro le resiste victoriosamente. SÃ, sólo se trataba de un brillo engañador. Recordémoslo: la prueba siempre deshace las apariencias y manifiesta el verdadero estado de un corazón. La crueldad (v. 3), la ausencia de toda lástima (v. 4), el odioso egoÃsmo que conduce a los hechos más abominables (v. 10) es lo que ahora aparece al desnudo en esos habitantes de Jerusalén. Dios manifiesta el fondo de sus corazones y el fuego de Su juicio no deja subsistir nada de la falsa piedad de ellos.
En Israel, la corrupción alcanzó hasta a los nazareos, es decir, a los que (como los cristianos hoy en dÃa) deben distinguirse por la pureza de su conducta y por su entera separación para Dios. Están en el colmo de la decadencia. âNo los conocen por las callesâ (v. 8). ¡Nada hace que se los distinga de los demás desgraciados habitantes de Jerusalén! Preguntémonos en qué medida nuestro comportamiento en medio del mundo nos da a conocer como seres verdaderamente puestos aparte para el Señor.
Y en cuanto a los que estaban encargados de velar sobre el pueblo âa saber, sus profetas y sus sacerdotesâ habÃan derramado la sangre de los justos (v. 13). JeremÃas lo sabÃa bien (JeremÃas 26:8).
âSe acercó nuestro fin⦠llegó nuestro finâ dicen los afligidos del pueblo (v. 18) después de haber esperado âen vanoâ un socorro y haber comprobado que nadie podÃa salvarlos (v. 17). Entonces, es el momento en que Dios declara: âSe ha cumplido tu castigoâ (v. 22; comp. IsaÃas 40:1-2). Le tocará a Edom el turno de soportar el castigo. Siempre ocurre asÃ. Cuando es evidente que nada puede ayudarnos y que hemos llegado al cabo de nuestras propias fuerzas, ha llegado el momento para que Dios intervenga soberanamente y nos libere.
En un último lamento, el âremanenteâ del pueblo describe su triste y humillante estado sin esconder nada. No sólo sus padres (v. 7), sino ellos mismos pecaron y soportan el castigo correspondiente (v. 16). A este punto debe llegar tanto un inconverso como el creyente que ha caÃdo en falta. Es de esperar que por experiencia todos conozcamos ese penoso trabajo de Dios en nuestra conciencia, demasiado a menudo obstaculizado por nuestro orgullo. Pero, a diferencia de los afligidos de este capÃtulo (v. 22), en el momento en que confesamos nuestros pecados sabemos que Dios ya nos perdonó en virtud de la obra de Cristo.
Empero, estos versÃculos âcomo todo el libro, por lo demásâ colocan especialmente ante nosotros el aspecto del pecado colectivo. Y pensamos también en el mal que invadió a la Iglesia como levadura, en la mundanerÃa, en la ruina que ello provocó y cuyos efectos morales son tan lamentables como el cuadro de este capÃtulo. ¡Ay! si nos preocupamos por la gloria del Señor, no podremos quedar indiferentes ante un estado de cosas tan desolador. Es de desear que tengamos corazones verdaderamente humillados, pero también confiados en un Dios que no cambia nunca (v. 19).
Marcos
El evangelio según Marcos es el del Siervo perfecto, por eso en él no hallamos el relato del nacimiento del Señor Jesús, ni tampoco su genealogÃa. Para apreciar a un siervo, sólo se tienen en cuenta sus cualidades de obediencia, fidelidad, prontitud, etc. Pero desde las primeras palabras de este evangelio Jesús es designado como el Hijo de Dios, a fin de que el lector no se equivoque en cuanto a la persona cuyo humilde servicio le va a ser narrado: se trata de un siervo voluntario. âSiendo en forma de Dios⦠se despojó a sà mismo, tomando forma de siervoâ (Filipenses 2:6-7). Este primer capÃtulo se caracteriza por el frecuente empleo de expresiones como: luego, enseguida, muy prontoâ¦
Precedido por el testimonio de Juan, Jesús se sometió al bautismo. A pesar de ser âsanto, inocente, sin manchaâ (Hebreos 7:26), tomó lugar en medio de pecadores arrepentidos. Pero para que no fuera confundido con ellos, Dios hizo oÃr desde los cielos una solemne declaración acerca de su âsanto siervo Jesúsâ (Hechos 4:27 y 30; V. M.): âTú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacenciaâ, declaración que precedió su ministerio. No dice: En ti tendré complacencia. Luego Jesús fue conducido por el EspÃritu al desierto para ser tentado y atar al enemigo que nos tenÃa sujetos (ver 3:27). Adondequiera que el pecado nos habÃa llevado, el amor y la obediencia condujeron a Jesús para liberarnos.
Al aparecer Jesús, el ministerio de Juan el Bautista llegaba a su fin. Lejos de manifestar la más mÃnima amargura, este precursor pudo decir que su gozo estaba cumplido y agregar: âEs necesario que él crezca, pero que yo mengüeâ, como nos lo relata el evangelio de Juan (3:30).
El reino de Dios se habÃa acercado, el Rey en persona se hallaba en medio de su pueblo e hizo una proclamación que se resume en dos mandamientos siempre actuales: âArrepentÃos, y creed en el Evangelioâ. El Señor lee en cada corazón la respuesta dada a esa apremiante invitación. Y, a los que escuchan y reciben el mensaje, les dirige el llamado individual de seguirle y servirle. âVenid en pos de mÃâ, dijo a los cuatro discÃpulos cuyo corazón conocÃa. E inmediatamente lo siguieron. Ãstos tendrÃan el privilegio de acompañar a Jesús a lo largo de su ministerio y asà ser testigos de todo lo que vieron y oyeron (1 Juan 1:1), aprendiendo de él (Mateo 11:29). De discÃpulos los convertirÃa más tarde en sus apóstoles, es decir, sus enviados a predicar el Evangelio en el mundo.
En Capernaum Jesús curó, en la sinagoga misma, a un hombre poseÃdo por un espÃritu inmundo, prueba caracterÃstica del terrible estado de ruina en el cual habÃa caÃdo Israel.
Después de la sinagoga de Capernaum, la casa de Andrés y Simón fue el escenario de un milagro de gracia. Jesús siempre está dispuesto a penetrar en nuestras casas y brindarnos sus cuidados. Hagamos como los discÃpulos y hablémosle de lo que nos preocupa (v. 30).
Inmediatamente después de ser curada, la suegra de Simón se apresuró a servir al Señor y a los suyos. ¿No tenÃa ella ante sà el más grande ejemplo de servicio?
La noche llegó, pero para tan eminente Siervo la jornada no habÃa terminado. Le traÃan a los enfermos e incansablemente los aliviaba y los sanaba. ¿Cuál era el secreto de esa maravillosa actividad? ¿De dónde sacaba Jesús esas fuerzas constantemente renovadas? El versÃculo 35 nos revela que era en la comunión con su Dios. Observemos cómo este Hombre perfecto empezaba su jornada (comp. IsaÃas 50, fin del v. 4). Pero al hablarle de su popularidad, dejó a la muchedumbre que tan sólo se interesaba por ver sus milagros y fue a predicar el Evangelio a otra parte.
Más adelante Jesús curó a un leproso y le dijo exactamente de qué manera debÃa dar su testimonio, un testimonio según la Palabra (v. 44; LevÃtico 14). Pero aquel hombre actuó según sus propios pensamientos, en detrimento de la obra de Dios en aquella ciudad.
En la casa de Capernaum Jesús se dio a conocer, según el Salmo 103:3, como el que âperdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolenciasâ. Con respecto al paralÃtico, Jesús cumplió, en el mismo orden, las dos partes de este versÃculo como testimonio para todos. SÃ, Aquel que perdona los pecados âobra espiritualâ y que da una prueba material de ello sanando la enfermedad, no puede ser otro que Jehová, el Dios de Israel.
Los publicanos recaudaban los impuestos para los romanos, lo que les procuraba a la vez su propia riqueza (guardaban una parte para ellos mismos) y el desprecio de sus compatriotas. Pero el Señor, llamando a Levà y aceptando su invitación, demostró que él no menosprecia ni rechaza a nadie. Al contrario, vino a buscar a los pecadores notorios, a los que no ocultan su estado (1 Timoteo 1:15). Se sentó a la mesa con ellos y se hizo su Amigo. Desde la caÃda, el hombre tiene miedo de Dios y huye de él a causa de su mala conciencia. Antes de salvar a su criatura, el primer trabajo de Dios consistÃa, pues, en acercarse a ella para ganar su confianza. Es lo que hizo Jesús al humillarse hasta encontrar al hombre miserable para hacerle comprender que Dios lo ama.
Si la palabra clave del perfecto Siervo es âenseguida (o luego)â, la de los judÃos incrédulos es â¿por qué?â (v. 7, 16, 18, 24). Al ser interrogado acerca del ayuno, Jesús explicó que se trataba de una manifestación de tristeza y, por consiguiente, no convenÃa mientras él estuviera con ellos. Su venida debÃa ser un motivo de gran gozo para todo el pueblo, como los ángeles lo habÃan anunciado (Lucas 2:10). Jesús aprovechó esta oportunidad para recalcar el contraste que hay entre las reglas y tradiciones del judaÃsmo y el Evangelio de la libre gracia que él habÃa venido a traer. Desgraciadamente el hombre ây no sólo el judÃoâ prefiere las formas religiosas porque le permiten gozar de una buena reputación ante los demás, mientras continúa haciendo su propia voluntad. Por el contrario, el versÃculo 22 nos sugiere que el cristiano es un hombre enteramente renovado. Si su corazón ha sido cambiado, si está lleno de un nuevo gozo, su comportamiento exterior también tiene que ser transformado.
Los fariseos acusaban a los discÃpulos por recoger espigas el dÃa de reposo. Los hombres siempre desvÃan de su propósito aquello que Dios les ha dado. El dÃa de reposo era una gracia concedida a Israel, mas este pueblo la transformó en un yugo para aumentar su esclavitud moral, âun yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevarâ (Hechos 15:10).
Una segunda curación tuvo lugar en la sinagoga de Capernaum, y nuevamente sucedió en un dÃa de reposo (1:21). A ese hombre que tenÃa la mano seca, el Señor le pidió precisamente una acción que era incapaz de cumplir. El hombre hubiera podido contestar: «Ya ves que mi mano está seca y no puedo extenderla». Pero al comenzar por obedecer, dio prueba de su fe, y ella fue la que permitió a Jesús sanarlo. Observemos la dureza del corazón de los que estaban presentes. En vez de alegrarse con aquel hombre y admirar el divino poder de Jesús, esos hombres malvados tomaron dicho milagro como pretexto para tratar de destruirlo. Pero el Señor prosiguió con su ministerio de gracia, y la multitud, entre la cual habÃa extranjeros de Tiro y Sidón, continuó viniendo a él para oÃrlo y ser sanada.
Luego apartó a doce discÃpulos de entre aquellos que llamó a reunirse con él en el monte, y notemos la expresión: los estableció âpara que estuviesen con él, y para enviarlosâ¦â (comp. Juan 15:16). Estar con Jesús, ¡maravilloso privilegio y a la vez condición indispensable para poder ser enviado! ¿Cómo cumplir un servicio sin haber recibido la dirección del Señor previamente? (JeremÃas 23:21-22). En este evangelio cada uno de los doce es nombrado individualmente, a fin de recordarnos que un siervo debe depender entera y personalmente de su Maestro para recibir dirección y socorro.
Siempre dispuesto a dejar que se le acercaran, el Señor permitió a la muchedumbre invadir la casa en la que habÃa entrado, e inmediatamente comenzó a enseñar, sin ni siquiera tomarse el tiempo para comer. Nosotros, que a menudo estamos tan poco dispuestos a abrir nuestra puerta a los extraños, a permitir que nos molesten y a cambiar en lo más mÃnimo nuestras costumbres, tomemos ejemplo de esta incansable abnegación y completo renunciamiento. Pensemos también que quizá un visitante indeseable nos ha sido enviado para que le hablemos sobre la salvación de su alma.
Quizás algunas personas se sientan perturbadas por el versÃculo 29. Temen haber pronunciado alguna vez, sin pensarlo, una palabra culpable que nunca pueda serles perdonada. Eso es conocer mal la gracia de Dios. âLa sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecadoâ (1 Juan 1:7). La blasfemia contra el EspÃritu Santo fue el terrible pecado de Israel incrédulo. Este pueblo atribuyó a Satanás el poder del EspÃritu Santo del cual Jesús estaba revestido. Esto fue extremadamente grave y contrario al sentido común (v. 26).
En el último párrafo el Señor distingue claramente a aquellos a quienes considera como miembros de Su familia. Hacer la voluntad de Dios era, y sigue siendo escuchar al Señor Jesús y obedecerle.
Jesús enseñaba a la multitud sirviéndose de un lenguaje lleno de imágenes, a través de parábolas. La primera es la del Sembrador. El Señor se presenta a sà mismo como el que trae y difunde la buena semilla del Evangelio en el mundo. A pesar de que conoce los corazones y sabe cómo recibirán âo no recibiránâ la verdad, da a cada uno la oportunidad de estar en contacto con la Palabra de vida. ¿La recibió usted?
El versÃculo 12 no debe desconcertarnos. No debemos interpretarlo como si el Señor no quisiera que los hombres se convirtieran y él se viera obligado, a pesar suyo, a perdonarles sus pecados. Es importante saber que aquà se trata del pueblo judÃo en su conjunto. Ãste acusaba a Jesús de tener un demonio, rechazando asà el testimonio del Santo EspÃritu. Tal pecado no puede serle perdonado, e Israel como pueblo en conjunto será endurecido (3:29; véase Romanos 11:7-8). Pero todos los que desean acercarse individualmente a Jesús, hallan lugar âcerca de élâ, hoy como entonces, para conocer la revelación de los misterios del reino de Dios (v. 11, 34; comp. Proverbios 28, final del v. 5). Hagamos uso de ese precioso privilegio y especialmente no nos privemos de las reuniones en torno al Señor para escuchar su Palabra.
Aquà el Señor explica a sus discÃpulos la parábola del sembrador. Ella es el punto de partida de toda su enseñanza (v. 13). En efecto, para entenderla, es necesario que el Evangelio se haya arraigado en el corazón.
Aunque seamos verdaderos creyentes, temamos parecernos a veces a los tres primeros terrenos, pues Satanás no sólo busca arrebatar la buena nueva de la salvación tan pronto como es sembrada, sino que también quiere robar la bendición que produce la Palabra de Dios. ¡Cuántas palabras nos ha dirigido Dios, a las que nuestro corazón ha permanecido insensible porque nuestros contactos con el mundo lo han endurecido! ¿No hemos obrado muy a menudo bajo el impulso de los sentimientos, hasta que una prueba manifestó nuestra falta de fe y de dependencia del Señor? (v. 17).
La despreocupación y la preocupación son igual de nocivas (Lucas 21:34). Juntamente con âel engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosasâ, pueden ahogar por un tiempo la vida espiritual de un hijo de Dios y privar asà al Señor del fruto que el creyente hubiera tenido que llevar a su tiempo (Tito 3:14). âDad atención a lo que oÃsâ (v. 24; V. M.), nos recomienda el Señor. En el evangelio de Lucas, capÃtulo 8:18, leemos: âMirad, pues, cómo oÃsâ. SÃ, ¿de qué manera recibimos la divina Palabra?
La parábola de los versÃculos 26 a 29, que corresponde a la de la cizaña del campo en el evangelio de Mateo capÃtulo 13:24-30, presenta una enseñanza muy distinta. Aquà sólo se trata del trabajo de Dios, mientras que en Mateo, a causa de la negligencia de los hombres que se durmieron, el enemigo también intervino. En el versÃculo 27 el gran Sembrador parece dormir, pero en realidad, sin ser visto, vela de dÃa y de noche sobre su preciosa semilla, prodigándole los cuidados necesarios para que crezca hasta el momento de la siega. Queridos hermanos, a veces nos puede parecer que el Señor es indiferente, que no escucha nuestras oraciones, que deja su obra abandonada. Pero levantemos los ojos, como Jesús invitaba a sus discÃpulos a hacerlo por la fe. Los campos ya están blancos para la siega (Juan 4:35).
Para pasar a la otra orilla âlo que corresponde a la peligrosa travesÃa de este mundoâ los discÃpulos no estaban solos. Tomaron con ellos, en la barca, al Señor âcomo estabaâ (v. 36). ¡Cuántas personas se hacen una imagen equivocada y vaga de Jesús! â¿Quién es éste?â, se preguntaban los discÃpulos. El mismo que encerró los vientos en sus puños y ató las aguas en un paño (Proverbios 30:4). Recibámoslo como él es; con su amor, pero también con sus santas exigencias. Si él está en nuestra barca, no debemos temer ningún naufragio.
El Señor y sus discÃpulos desembarcaron en el paÃs de los gadarenos. La primera persona que encontraron fue un hombre totalmente poseÃdo por unos demonios que lo volvÃan furioso e indomable. Es una terrible realidad: en ese hombre loco e iracundo tenemos el retrato moral del hombre pecador, juguete del diablo, llevado y atormentado por sus brutales pasiones, morando en la muerte (los sepulcros), que sólo podÃa hacerse daño a sà mismo y era peligroso para sus semejantes. Ãstos trataron vanamente de sujetarlo con cadenas, imagen de las reglas morales por medio de las cuales la sociedad busca refrenar los desenfrenos de la naturaleza humana. ¡Horrible estado, que es el nuestro por naturaleza!
Probablemente nosotros nos hubiéramos alejado con terror y repulsión de semejante criatura. Jesús, al contrario, se ocupó de ese desdichado, no para sujetarlo con cadenas, sino para liberarlo de su miseria y esclavitud.
Pero de ese milagro los habitantes de la ciudad sólo parecen haber retenido la pérdida de sus cerdos. A su ruego, Jesús se fue, pero dejó tras sà un testigo, ¿cuál? âEl que habÃa estado endemoniadoâ.
¿No es ésta una imagen del tiempo actual? Rechazado por este mundo, el Señor mantiene ahà a los que ha salvado y les encomienda la misión de hablar de él. ¿Cómo cumplimos con esta misión? Leer Salmo 66:16; 1 Pedro 2:9.
Uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo, apeló a Jesús para pedirle que sanara a su hija. Mientras el Maestro iba a su casa, una mujer a quien ningún médico habÃa podido curar, recurrió por la fe secretamente a su poder (v. 28). Querido amigo, tal vez usted ha buscado por diversos medios un remedio a sus miserias morales. Jesús todavÃa hoy pasa cerca de usted. Haga como esa pobre mujer: ¡aférrese al borde de su manto! (comp. 6:56, final).
La mujer supo que habÃa sido sanada, y el Señor también lo supo. Pero era necesario que todos lo oyesen; por eso Jesús la indujo a darse a conocer, a confesar públicamente âtoda la verdadâ. De ese modo, en respuesta a su fe, ella obtuvo unas palabras de gracia infinitamente más preciosas que la simple curación: âHija, tu fe te ha hecho salva; vé en pazâ (v. 34). Mientras tanto, en la casa de Jairo resonaban voces de desesperación y lamento (v. 38). Pero Jesús consoló al padre afligido dirigiendo hacia Dios sus pensamientos⦠y los nuestros, diciéndole: âNo temas, cree solamenteâ (v. 36). Luego, con la expresión âTalita cumiâ, tan conmovedora que el EspÃritu la hizo constar en el mismo idioma que hablaba el Salvador, resucitó a la niña.
Para los habitantes de Nazaret, Jesús era el âcarpinteroâ. Durante treinta años habÃa escondido su gloria bajo la humilde condición de un artesano. Tal humillación es incomprensible para el hombre acostumbrado a juzgar según las apariencias. Si era difÃcil que el testimonio del Señor fuera recibido âen su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casaâ, con mayor razón lo es para nuestro testimonio allà donde somos conocidos con todos nuestros defectos y triste pasado. Pero también es allà donde los frutos de una nueva vida serán más evidentes y constituirán la mayor de las predicaciones (Filipenses 2:15).
En el capÃtulo 3:13-19 vemos que los doce apóstoles fueron elegidos. Aquà fueron enviados por el Señor a predicar el arrepentimiento. Además los exhortó a que âno llevasen nada para el caminoâ. Su vida tenÃa que ser la de la fe. A cada instante recibirÃan lo que les era necesario para el servicio y para sus propias necesidades. Abastecerse de provisiones los privarÃa de preciosas experiencias y les harÃa perder de vista los vÃnculos que los unÃan a su Maestro ausente. Por el contrario, las sandalias eran indispensables. Ellas sugieren lo que Efesios 6:15 llama âel apresto del evangelio de la pazâ. Por su conducta, todo creyente debe confirmar el mensaje de gracia del cual es portador (comp. Romanos 10:15).
Todo es motivo de espanto para una mala conciencia. âHuye el impÃo sin que nadie lo persigaâ (Proverbios 28:1). Cuando Herodes, quien habÃa hecho decapitar a Juan el Bautista, oyó hablar de Jesús se aterrorizó pensando que el profeta podÃa haber resucitado, pues esto significarÃa que la defensa de su vÃctima habÃa sido tomada por Dios mismo. Por esa misma razón los hombres se espantarán cuando Jesús, el crucificado, aparezca en las nubes (Apocalipsis 6:2, 15-17; compárese con Apocalipsis 11:10, 11).
Bienaventurada la parte de Juan, el más grande de los profetas. ¡Qué contraste con la suerte del miserable homicida! Este último era cobarde más bien que cruel, como su padre Herodes el Grande. Débil de carácter y dominado por sus concupiscencias, cuando escuchaba a Juan le agradaba y âhacÃa muchas cosasâ (v. 20; V. M.), excepto arrepentirse y poner su vida de acuerdo con la voluntad de Dios. Hacer muchas cosas, aún buenas, no basta para serle agradable. Pero he aquà llegó un dÃa clave. SÃ, una oportunidad para Satanás y para las dos mujeres de las cuales se sirvió. Un banquete, la seducción de una danza, una promesa irreflexiva cumplida por amor propio⦠bastaron para consumar un crimen abominable, pagado con los más horrendos tormentos del espÃritu.
Los apóstoles que volvieron junto al Señor estaban muy ocupados con lo que habÃan hecho, y deseaban contarlo. El Maestro sabÃa que en ese momento ellos necesitaban un poco de descanso, y ya lo habÃa preparado para que lo disfrutaran âaparteâ con él. Nosotros, que invocamos tan fácilmente la necesidad de descansar, consideremos algunas de las condiciones en las cuales los discÃpulos gustaron ese reposo: 1. Siguió a una actividad para el Señor. 2. Sólo se trató de un poco de descanso, pues la tierra no puede ofrecer nada duradero (véase Miqueas 2:10). 3. Fue tomado âaparteâ del mundo, separado de las distracciones que éste ofrece. 4. Lo disfrutaron junto al Señor.
¡En efecto, fue un descanso de corta duración! Las multitudes ya se reunÃan a su alrededor. Jesús alimentarÃa primero sus almas y luego sus cuerpos (Mateo 4:4); pero antes pondrÃa a prueba a sus discÃpulos. Ãstos acababan de contar todo lo que habÃan hecho. Pues bien, era el momento de probar su capacidad en lugar de querer despedir a la gente. âDadles vosotros de comerâ, les dijo Jesús, para hacerles ver que todo poder viene de él. Al mismo tiempo los asoció en gracia a su gesto de bondad. Una vez más vemos los rasgos de sabidurÃa, poder y amor brillar juntos en el Siervo perfecto.
En la primera travesÃa del lago (4:35-41) el Señor estaba con sus discÃpulos, aunque dormÃa en la barca. Pero en esta ocasión la fe de los doce fue probada aún más profundamente, pues su Maestro no estaba con ellos. HabÃa subido a la montaña para orar, mientras ellos, solos en la noche, luchaban contra el viento y las olas. HabÃan perdido de vista a Jesús, pero él, cosa notable, viéndolos remar en el mar agitado (v. 48), vino a ellos en la madrugada (véase Job 9:8). ¡Qué poco preparados estaban para volver a encontrarlo! Mas él, con unas palabras, se dio a conocer y los tranquilizó: â¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!â (v. 50; IsaÃas 43:2). ¡Cuántos creyentes, atravesando la prueba, agotadas sus fuerzas y habiendo perdido el ánimo, han podido oÃr la voz conocida del Señor recordándoles su presencia y su amor!
Al desembarcar por segunda vez en el paÃs de Genesaret, Jesús fue recibido con entusiasmo e hizo numerosos milagros. ¡Qué contraste con el principio del capÃtulo (v. 5 y 6). Reconocer a Jesús como esas personas lo hicieron (aunque en otro tiempo lo habÃan menospreciado) y recibirlo, es suficiente para beneficiarse de los tesoros infinitos de su gracia, la cual siempre está a disposición de la fe.
Los fariseos estaban celosos del éxito del Señor con las multitudes, pero temiendo a éstas, no osaban afrontar abiertamente a Jesús. Entonces acusaron a sus discÃpulos, como ya lo habÃan hecho anteriormente (2:24). Para esos hipócritas la pureza exterior tenÃa una importancia mucho más grande que la de su conciencia, la cual les preocupaba menos. Es cierto, la religión sin la santidad conviene muy bien al corazón natural. A los fariseos les interesaba la aprobación de los hombres, pero la de Dios no la tenÃan en cuenta.
A la inversa, el objetivo de los creyentes es primeramente agradar al Señor (Gálatas 1:10). Y como él mira al corazón, eso nos conducirá a practicar una esmerada limpieza interior, es decir, a juzgar atentamente nuestros pensamientos, motivos e intenciones a la luz de la Palabra, la cual pone en evidencia la más mÃnima mancha.
Jesús mostró a esos fariseos que sus tradiciones incluso contradecÃan los mandamientos divinos, y esto en un caso flagrante: las consideraciones y respeto debido a los padres. Insistamos en el peligro de seguir la tradición. Hacer algo simplemente porque «siempre lo hemos hechos» elimina todo ejercicio y puede desencaminarnos gravemente. Siempre deberÃamos inquirir acerca de lo que dicen las Escrituras.
El Señor, que conoce bien el corazón del hombre y no se deja engañar por las apariencias, pone en guardia a sus discÃpulos contra lo que puede manar de él. Ese corazón, queridos amigos, no ha cambiado; es el mÃo y el de ustedes. Gracias a Dios, existe un modo de remediar el caso (Salmo 51:10).
Después de esta trágica y definitiva constatación podemos imaginarnos qué gozo dio a Jesús su encuentro con la mujer sirofenicia. La severidad con que parecÃa tratarla a primera vista puso de relieve no solamente una gran fe, a la que nada desanimaba, sino también una verdadera humildad, pues en contraste con los fariseos orgullosos, esta mujer no hizo valer ningún tÃtulo ni mérito; tomó su verdadero lugar ante Dios y aceptó el juicio pronunciado sobre su condición (IsaÃas 57:15).
Luego Jesús llevó aparte a un pobre sordomudo y le devolvió el uso de sus sentidos. ¿Quién tendrÃa derecho de meterse en ese encuentro del Señor con el discapacitado? La conversión de un pecador exige un contacto directo, personal e Ãntimo con el Señor (véase 8:23).
Hermoso testimonio dado a Jesús por esas multitudes: âBien lo ha hecho todoâ (v. 37). Al recordar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, que podamos declarar de la misma manera y con agradecimiento: ¡SÃ, Señor, tú has hecho bien todas las cosas!
Al hacer el bien se pueden tener diferentes motivos más o menos confesables: buscar el reconocimiento de los hombres, como los fariseos, o apaciguar su conciencia al cumplir con un deber social. Y en la cristiandad, ¡cuántas obras no tienen otros móviles! Mas lo que sin cesar llevaba al Señor Jesús a actuar fue su compasión hacia las multitudes que aquà volvÃa a alimentar por segunda vez en un acto de poder (v. 2; 6:34). Nuestros contactos diarios con el mundo, su concupiscencia y su mancilla tienden a endurecernos. Habituados a ver a nuestro alrededor la miseria material, moral y sobre todo espiritual, no nos compadecemos lo suficiente. Pero Jesús conservaba un corazón divinamente sensible. El estado del sordomudo en el capÃtulo 7:34 lo hizo gemir mirando hacia el cielo. AquÃ, en el versÃculo 12, fue la incredulidad de los fariseos lo que lo hizo gemir profundamente. Y al final, la dureza de corazón de sus propios discÃpulos también lo afligió (véase 6:52; 7:18). Los dos milagros de los cuales fueron partÃcipes no habÃan sido suficientes para darles confianza en su Maestro (Juan 14:8-9). ¡Cuánto sufrió el Señor durante su vida aquà en la tierra por compasión, pero también a causa de la incredulidad e ingratitud de los hombres⦠y, a veces, la de los suyos!
En Betsaida, esa ciudad cuya incredulidad habÃa subrayado especialmente el Señor (Mateo 11:21), Jesús hizo un milagro más en favor de un pobre ciego. Para curarlo fue necesaria una doble intervención; del mismo modo, a veces el pecador viene progresivamente a la luz de Dios (Salmo 138:8; Filipenses 1:6).
Después de eso, Jesús interrogó a sus discÃpulos para conocer las opiniones de la gente acerca de él. Luego les hizo la pregunta directa y capital: âY vosotros, ¿quién decÃs que soy?â. SÃ, sean cuales fueren los pensamientos de los demás respecto al Señor Jesús, yo debo tener una apreciación personal de él. Pero esto sólo es el punto de partida del camino en el cual él me invita a seguirlo: el del renunciamiento a mà mismo y el de la cruz donde estoy muerto con él. Algunas personas que pasan por pruebas hablan de la cruz que tienen que cargar, o del âcalvarioâ que deben aceptar con resignación. Pero no es eso lo que el Señor quiere decir aquÃ. Ãl le pide a cada creyente que voluntariamente tome la carga del oprobio y del sufrimiento que el mundo le presenta por ser fiel a Cristo (Gálatas 6:14). âPor causa de mÃâ, especifica el Señor Jesús, porque ese es el gran secreto que permite a cada cristiano aceptar la muerte con respecto al mundo y a sà mismo (v. 35; Romanos 8:36).
Según la promesa del versÃculo 1, a tres discÃpulos les fue permitido contemplar por adelantado âel reino de Dios venido con poderâ. Y Jesús mismo se les apareció revestido de majestad real y resplandeciente gloria. Ãl, que habitualmente velaba su âforma de Diosâ bajo la humilde âforma de siervoâ (Filipenses 2:6-7), la descubrió un instante en presencia de los suyos, quienes estaban deslumbrados y estupefactos (Salmo 104:1).
Entonces una voz, que también es para nosotros, vino desde la nube: âEste es mi Hijo amado; a él oÃdâ. Cuanta más grandeza y dignidad tenga una persona, más importancia tienen sus palabras. Somos invitados a escuchar nada más y nada menos que al amado Hijo de Dios. Prestemos, pues, mucha atención a sus enseñanzas (Hebreos 12:25; 1:1-2; 2:1).
Por muy bien que se estuviera sobre el âmonte altoâ (v. 5), era necesario volver a bajar. El Señor hizo comprender a los tres discÃpulos que lo que ellos acababan de ver sólo se cumplirÃa más tarde. Ni Juan el Bautista (a quien ElÃas representaba) como precursor, ni él mismo como MesÃas fueron aceptados. Por eso era necesario que él pasara por la cruz y sufriera mucho antes de entrar en su gloria.
Al bajar de la montaña, el Señor retomó su servicio de amor, del cual el apóstol Pedro, testigo de todas esas cosas, harÃa un excelente resumen en la ciudad de Cesarea. Jesús de Nazaret, dirÃa Pedro, âanduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con élâ (Hechos 10:38). Jesús encontró una gran aglomeración de gente discutiendo entre sÃ. El centro de esa agitación era un desventurado muchacho sometido desde su más tierna edad a terribles crisis nerviosas provocadas por un demonio. El padre habÃa presentado en vano el caso de su único hijo a los discÃpulos, pero éstos no pudieron echar fuera al demonio. Antes de efectuar él mismo la liberación, Jesús mostró la razón de ese fracaso: la incredulidad; pues âal que cree todo le es posibleâ. Entonces, con lágrimas en los ojos, ese hombre se entregó al Señor (v. 24; V. M.). Comprendió que no era un esfuerzo de voluntad lo que le podrÃa dar fe y se reconoció incapaz de lograrla. La ayuda divina es necesaria no solamente para la liberación propiamente dicha, sino aun para pedirla. En el versÃculo 26 el poder demonÃaco se manifestó una vez más, para que la victoria del Señor fuera evidente. Jesús tomó al joven por la mano y éste se levantó.
¡Pobres discÃpulos! Cuando el Maestro acababa de hablarles de sus sufrimientos y de su muerte, la única cosa que les interesaba, al punto de provocar una disputa entre ellos, era saber quién serÃa el mayor. Con su pregunta el Señor los sondeó (v. 33); luego, con gracia y paciencia, les enseñó lo que es la humildad.
A esa lección le siguió otra. Los discÃpulos creyeron que debÃan impedir a un hombre que hiciera milagros en el nombre de Jesús. âÃl no nos sigueâ, fue el pretexto invocado por Juan. El Señor les mostró que en eso también habÃan estado ocupados de sà mismos y no de él. Cuidémonos de no ser sectarios. Numerosos cristianos, pese a no marchar con nosotros, siguen al Señor muy de cerca en el camino del renunciamiento y de la cruz (8:34).
En Mateo 5:29-30 y 18:8-9 vimos lo que corresponde a los versÃculos 42 a 48. De una manera general, notamos que en el Evangelio de Marcos las enseñanzas del Señor son pocas en comparación con su actividad. No tenemos, por ejemplo, el equivalente al sermón del monte. Pocas palabras, pero mucha abnegación, ¡este es el carácter del siervo fiel!
Los fariseos trataron de poner a Jesús en contradicción con Moisés sobre la cuestión del divorcio. Pero él les cerró la boca remontándose a la época anterior a la ley y les recordó el orden de las cosas tal como Dios las creó al principio. El mundo ha manchado y echado a perder todo lo que Dios estableció en su bella creación, y en particular la institución del matrimonio.
La dureza de corazón y el egoÃsmo que conducen al hombre a menospreciar y desnaturalizar todo lo concerniente al casamiento también se manifiestan, generalmente, en su poca consideración para con los niños. Los discÃpulos no escaparon a ese espÃritu. Los versÃculos 13 a 16 nos dan, en comparación con Mateo, algunos detalles suplementarios que son conmovedores: el Señor comenzó por indignarse a causa de la actitud de los discÃpulos. Luego tomó en sus brazos a esos pequeños, donde estaban en perfecta seguridad, y los bendijo expresamente (Mateo 19:13-14).
En la escena que sigue, Marcos es igualmente el único en mencionar un punto de mucha importancia: el amor del Señor por el joven que vino a buscarlo. Pero éste permaneció insensible y se fue, tal vez para siempre, prefiriendo sus vanas riquezas a la compañÃa presente y eterna de Aquel que lo amaba.
En el Antiguo Testamento las bendiciones eran terrenales y las riquezas se consideraban como una prueba del favor de Dios (véase Deuteronomio 8:18). De ahà el asombro de los discÃpulos. Ellos acababan de ver un hombre aparentemente bendecido por Dios, amable, de conducta irreprochable, dispuesto a hacer buenas obras. Y el Señor lo habÃa dejado partir. Verdaderamente, si tales ventajas no daban acceso al reino de Dios, ¿quién podÃa ser salvo? En efecto, Jesús les respondió que la salvación es una cosa imposible para los hombres; sólo Dios ha podido cumplirla.
El Señor no condena aquà a los ricos, sino âa los que confÃan en las riquezasâ. Seguirlo a él implica inevitablemente renunciamientos que pueden ser dolorosos (v. 29). Pero si éstos son aceptados por amor al Señor y al Evangelio, serán al mismo tiempo la fuente de gozos incomparables. El primer gozo será el saber que uno está aprobado por el Señor. SÃ, la penetrante mirada de Jesús (v. 21, 23, 27) lee en nuestros corazones e indaga si ése es verdaderamente el motivo que nos hace obrar. Ãsta es la justa respuesta al amor de Aquel que dejó el cielo por nosotros.
En este capÃtulo encontramos la naturaleza humana bajo su aspecto amable (v. 17-22), presuntuoso (v. 28), indeciso (v. 32), celoso (v. 41) y egoÃsta (v. 35-40).
Notemos la fe de Jacobo y Juan; ellos sabÃan que su Maestro era el MesÃas, el Heredero del reino, y que tendrÃan parte con él. Pero su demanda manifestó la ignorancia y la vanidad de su corazón natural. Lleno de gracia, el Señor reunió a sus discÃpulos y se sirvió de esta desgraciada intervención para su instrucción, asà como para la nuestra. ¿No era evidente que tenÃan ante sà al Modelo de humildad por excelencia, Aquel que teniendo todos los derechos a ser servido quiso hacerse siervo, para librar a su criatura y pagar con su propia vida el rescate exigido por el soberano Juez? El versÃculo 45 ha sido llamado el versÃculo clave del Evangelio, pues lo resume todo.
En este capÃtulo el EspÃritu nos muestra tres actitudes distintas: el joven rico a quien el Señor invitó a seguirle, pero que se fue (v. 21, 22); los discÃpulos, que también fueron llamados: ellos lo seguÃan âcon miedoâ (v. 32) y esgrimÃan su renunciamiento (v. 28); por último el pobre ciego, a quien Jesús no pidió nada al curarlo, pero quien, sin pronunciar una palabra y tirando lejos el manto que pudiera impedir su marcha, lo seguÃa âen el caminoâ (v. 52). Observemos la inconstancia de la multitud: primero reprendió al ciego, pero un instante después le dijo: âTen confianzaâ¦â
El camino del Señor se acercaba a su término. Jesús hizo su entrada solemne en Jerusalén y fue al templo; allà comenzó mirando a su âalrededor todas las cosasâ (v. 11) como si preguntase: AquÃ, ¿estoy en casa? Ese detalle, particular en el evangelio de Marcos, nos muestra que Dios jamás juzga el estado de las cosas apresuradamente antes de condenarlo (véase Génesis 18:21). ¿Cuáles habrán sido los sentimientos del Señor al ver profanada hasta tal punto esa âcasa de oraciónâ? Abandonó ese lugar mancillado y se retiró a Betania para pasar la noche con el pequeño número de los que lo reconocÃan y lo amaban. Betania significa «casa del afligido» o «de higos». Como frecuentemente en la Escritura, ese doble sentido nos parece caracterÃstico. En el momento en que Jesús se veÃa obligado a maldecir a la higuera estéril, que representaba a Israel tal como Jesús lo encontró, era como si él, el Afligido y Necesitado (Salmo 40:17), encontrara en Betania, y solamente allá, fruto para Dios (âhigos muy buenosâ, según JeremÃas 24:2), es decir, consuelo para su corazón y un sabor anticipado del âfruto de la aflicción de su almaâ en la cruz. A pesar de su hermosa apariencia (las hojas), figura de una hermosa religión, no habÃa âhigos en la higueraâ de Israel, como lo constata el mismo profeta (JeremÃas 8:13).
El Señor purificó el templo que habÃa inspeccionado en la vÃspera. El celo del perfecto Siervo por la casa de su Dios lo consumÃa (Juan 2:17).
Venida la noche abandonó la ciudad mancillada, pero al dÃa siguiente volvió y pasó frente a la higuera. En respuesta a la observación de Pedro, Jesús no hizo énfasis en su propio poder, sino que dirigió el pensamiento de los discÃpulos hacia Dios. Era como si les dijese: Aquel que me ha respondido está dispuesto a escuchar también sus oraciones y a quitar todo obstáculo de su camino, aunque sea tan alto como una montaña. Tener fe en Dios no es esforzarnos en creer en la realización de nuestros deseos, sino contar con Alguien a quien conocemos, que nos ha hecho promesas y es fiel para cumplirlas, que nos ama. Pero hay un caso en el cual Dios no podrá respondernos en absoluto: si tenemos âalgo contra algunoâ. He aquà una montaña infranqueable en el camino de nuestra relación con Dios. Si tenemos âalgo contraâ alguien, es necesario arreglar ese asunto inmediatamente para volver a restablecer la comunión con Dios y también con nuestros hermanos (Salmo 84:5).
En el versÃculo 27 comienzan las últimas charlas del Señor, en el curso de las cuales confundirÃa sucesivamente a sus distintos adversarios.
Los jefes del pueblo debieron reconocerse en la abrumadora parábola de los labradores malvados.
Observemos como es designado (solamente en Marcos) el último enviado del Dueño de la viña: âPor último, teniendo aún un hijo suyo, amadoâ (v. 6). ¡Expresión que se puede comparar con lo que Dios dijo a Abraham: âToma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amasâ (Génesis 22:2), y que nos habla de una manera conmovedora de los afectos del Padre para con su Muy Amado Hijo sacrificado por nosotros!
Asà desenmascarados, los fariseos y los herodianos trataron de replicar. Con cumplidos hipócritas, pero que sin quererlo daban un testimonio a Jesús (âeres hombre veraz⦠con verdad enseñas el camino de Diosâ, versÃculo 14), trataban de sorprenderle con una de las preguntas más sutiles. Su sà lo hubiese descalificado como MesÃas; su no lo hubiese condenado ante los romanos. Mas Jesús les respondió de la única manera que ellos no esperaban, dirigiéndose a su conciencia. ¡Divina y admirable sabidurÃa! No obstante, ¡cuánto tuvo que sufrir el Salvador, en quien todo era verdad y amor, por esa mala fe, por la maldad, sÃ, por esa continua âcontradicción de pecadores contra sà mismoâ! (Hebreos 12:3; Ezequiel 13:22).
A su vez, los saduceos también trataron de rivalizar con la sabidurÃa de Jesús. En realidad ellos no creÃan en la resurrección (véase Hechos 23:8); pero el Señor, en el versÃculo 26, les habló del tema y destruyó sus argumentos por medio de la Palabra. La resurrección está doblemente atestiguada: por las Escrituras y por el poder de Dios que resucitó a Cristo. Sin embargo, es probable que ninguna otra verdad haya chocado más con la incredulidad de los hombres que ésta (véase Hechos 17:32 y 26:8). Como Pablo lo demuestra, esta verdad es uno de los fundamentos esenciales del cristianismo; no se puede tocarla sin que toda nuestra fe se derrumbe (1 Corintios 15).
Contrariamente a los anteriores opositores, en el escriba que interrogó al Señor en cuanto al mandamiento más grande habÃa rectitud e inteligencia. El primer mandamiento es el amor, responde Jesús; el amor por Dios y por el prójimo, que constituye el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10; Gálatas 5:14). Queridos amigos ¿no deberÃamos nosotros amar mucho más que Israel, pues hemos sido buscados más lejos que él, de en medio de las naciones ajenas a las promesas, y traÃdos más cerca en la relación de hijos del Dios de amor? (Efesios 2:13).
Entonces, fue Jesús quien enunció un problema embarazoso para sus interlocutores. ¿Cómo puede el Cristo ser a la vez el hijo y el Señor de David? (véase Salmo 89:3-4, 36). Ellos no sabÃan explicarlo y su orgullo les impedÃa pedir la respuesta⦠a Cristo mismo. Pues justamente a causa de su rechazo, el Hijo de David ocuparÃa la posición celestial que le atribuye el Salmo 110.
Para poner al pueblo en guardia contra sus jefes indignos, el Señor hizo una triste descripción de los escribas vanidosos, avaros e hipócritas. Desgraciadamente, estos rasgos también han caracterizado a otros jefes religiosos, además de los de Israel (véase 1 Timoteo 6:5).
El versÃculo 41 nos muestra a Jesús sentado cerca del tesoro del templo. Con su mirada penetrante, que ya hemos visto puesta sobre todos y todas las cosas, observaba no cuánto daba (lo único que le interesa al hombre), sino cómo daba cada uno.
Y he aquà una pobre viuda se acercó con su conmovedora ofrenda, las pocas monedas que le quedaban para vivir. Emocionado, el Señor llamó a sus discÃpulos y comentó lo que acababa de ver. ¡Ah! esa ofrenda extraordinaria, âtodo lo que tenÃaâ, probaba no solamente el afecto de esta mujer por el Señor y su casa, sino también la total confianza que ella habÃa puesto en Dios para atender a sus necesidades (comp. 1 Reyes 17:13-16).
Los discÃpulos estaban impresionados por la grandeza y belleza exterior del templo. Mas el Señor no mira âlo que mira el hombreâ (1 Samuel 16:7; IsaÃas 11:3). Ãl habÃa entrado en el templo y habÃa constatado la iniquidad que lo llenaba (11:11). Por tanto su mirada llegaba más allá, a los acontecimientos que pocos años después de su rechazo traerÃan la ruina de la ciudad culpable. La historia nos enseña que en el año 70 Jerusalén fue objeto de un terrible asedio y una destrucción casi total por el ejército del general romano Tito. Ese horroroso castigo puso a prueba grandemente la fe de los creyentes que estaban muy apegados a la santa cuidad. Pero Jesús los habÃa animado de antemano (v. 2, 11, 13). Cuántos hijos de Dios, al atravesar las persecuciones, han hecho maravillosas experiencias. En el momento de dar testimonio, el EspÃritu Santo les dictó lo que debÃan decir. Asà fue para Pedro cuando lo condujeron ante los jefes del pueblo, los ancianos y los sacerdotes en Hechos 4:8, y para Esteban (7:55). Pero, según nuestra medida y según nuestras necesidades, ese poder del Santo EspÃritu también podrá manifestarse, al dejarle obrar en nosotros.
La Iglesia no tendrá que atravesar las terribles tribulaciones que conocerá el remanente judÃo (Apocalipsis 3:10). Sin embargo, al descansar sobre esta certeza, temamos dejarnos dominar por el sueño espiritual que nos acecha tan peligrosamente en la larga y agotadora noche moral de este mundo. Pensemos en el inminente retorno del Señor y apropiémonos de las serias exhortaciones hechas en este capÃtulo. Una corta parábola nos presenta al Señor como un dueño de casa que se ausentó después de haber dejado su hacienda bajo la responsabilidad de sus siervos. Cada uno de ellos recibió su obra, es decir, su tarea precisa, particular. El Dueño no hizo restricciones de ninguna clase en cuanto a la diversidad de tareas que debÃan cumplirse. Al leer: âCada uno su obraâ, esto nos sugiere que existe un número ilimitado de servicios diferentes que el Señor ha preparado para los suyos (comp. Romanos 12:6-8).
La breve consigna dada al portero, al cual se le mandó que velase, se dirige igualmente a âtodosâ, es decir, a usted y a mà (v. 37). Y nótese que en Marcos, el ministerio de Jesús se termina con la palabra âveladâ. ¡Guardémoslo en nuestros corazones, como se guarda la última recomendación de un ser amado que nos ha dejado⦠pero que volverá!
Al acercarse la muerte del Señor, los sentimientos de los hombres se afirmaban y se manifestaban: odio y menosprecio por parte de los jefes del pueblo que conspiraban en Jerusalén; amor y respeto en la casa familiar de Betania, donde esa mujer, cuyo nombre no es revelado aquÃ, cumplió para con él una âbuena obraâ, fruto de un amor inteligente. Esto es una preciosa ilustración del culto de los hijos de Dios. Reconocen en el Salvador despreciado por el mundo a Aquel que es digno de todo homenaje; le expresan, por medio del Santo EspÃritu y con el sentimiento de su propia indignidad, esta adoración que es un perfume de un precio inestimable para su corazón. Las crÃticas hacia esos adoradores no faltan, ni aun por parte de creyentes que colocan la beneficencia o el Evangelio antes que toda otra actividad cristiana. Sin descuidar esas cosas, no olvidemos que la alabanza es la primera de nuestras obligaciones. Y contentémonos con la aprobación del Señor para cumplir con un espÃritu quebrantado (del cual es sÃmbolo el vaso) ese santo servicio de adoración, el único que es exclusivo para él y por la eternidad.
Los versÃculos 10 a 16 nos muestran las disposiciones que tomaron los discÃpulos para preparar la Pascua⦠y Judas para traicionar a su Maestro.
Era el instante de su última cena aquà en la tierra. En esa hora Ãntima de despedida, en la cual Jesús querÃa dejar hablar libremente sus sentimientos, algo agobiaba su alma. No era la cruz que se aproximaba, sino la indecible tristeza al saber que entre los doce un hombre habÃa decidido su perdición: âUno de vosotros⦠me va a entregarâ. A su turno los discÃpulos se entristecieron e interrogaron. Aquà no tenÃan confianza en sà mismos, confianza que se manifestarÃa en sus pretensiones de abnegación, particularmente de parte de Pedro (v. 29 y 31).
Cuando el traidor salió, el Señor instituyó la santa cena como memorial suyo. Bendijo, partió el pan y lo distribuyó a los suyos; tomó la copa, dio gracias y se la dio. Luego les explicó el alcance de esos sÃmbolos simples pero solemnes a causa de los grandes hechos que conmemorarÃan: su cuerpo entregado y su sangre vertida, seguros fundamentos de nuestra fe. Lector, ¿no le hubiese gustado estar en ese aposento alto cerca de su Salvador? Entonces, ¿por qué no unirse a aquellos que hoy, cada primer dÃa de la semana y pese a su debilidad, anuncian la muerte del Señor mientras esperan su retorno?
Luego el Señor Jesús cantó un himno con sus once discÃpulos y se fue junto con ellos al monte de los Olivos.
Ahora el que habÃa tomado âforma de siervoâ iba a mostrar hasta dónde llegarÃa su obediencia. SÃ, âhasta la muerte, y muerte de cruzâ (Filipenses 2:7-8). Satanás puso todo en acción para hacer salir a Jesús del camino de su perfección. En esa lucha decisiva el enemigo se sirvió de la angustia del Señor, quien conocÃa todo el horror de la copa de la ira de Dios contra el pecado, la cual su Padre le darÃa a beber en breve. El arma de Jesús fue su dependencia. Una palabra que sólo le escuchamos emplear aquà traduce la intimidad más profunda de tal momento: âAbba, Padreâ, dijo él, sabiendo que esta perfecta comunión deberÃa interrumpirse cuando bebiera la copa. Pero precisamente su amor incondicional por el Padre acarreaba una obediencia incondicional: âMas no lo que yo quiero, sino lo que túâ.
En presencia de tal combate, ¡cuán culpable era el sueño de los discÃpulos! Poco tiempo antes su Maestro los habÃa exhortado a velar y orar (13:33). Y aún les pidió encarecidamente tres veces, pero fue en vano; sin embargo, él estaba preparado. El traidor llegó con aquellos que venÃan a prenderlo. Sus discÃpulos lo abandonaron y huyeron, incluso ese joven envuelto en una sábana, imagen de la profesión cristiana que no resiste la prueba.
En plena noche, el palacio del sumo sacerdote estaba en gran efervescencia. Jesús se hallaba delante de sus acusadores. Falsos testigos hacÃan declaraciones que no concordaban. Pero el Señor no sacaba partido para defenderse. Fue condenado, abofeteado, golpeado; le escupieron la cara. Nuestro adorable Salvador aceptó todos esos ultrajes anunciados proféticamente (IsaÃas 50:6).
Otra triste escena transcurrÃa en el patio del palacio. Pedro no habÃa creÃdo lo que le decÃa su Maestro, a quien le contestó: âNo te negaréâ (v. 31). Tampoco habÃa acatado la exhortación de velar y orar en GetsemanÃ. El secreto de su derrota está ahÃ. Sin embargo, el Señor le habÃa advertido: âLa carne es débilâ (v. 38). Pero era una verdad que Pedro no estaba dispuesto a aceptar, por eso debÃa hacer esa amarga experiencia. Lo que nosotros no queremos aprender con el Señor, recibiendo humildemente su Palabra, tendremos que aprenderlo dolorosamente enfrentándonos al enemigo de nuestras almas.
Para confirmar mejor que él no conocÃa a âeste hombreâ, Pedro profirió maldiciones y juramentos. No lo juzguemos; pensemos más bien de cuántas maneras podemos negar al Señor si no velamos: por nuestros actos, palabras o⦠el silencio (léase 1 Corintios 10:12).
Apremiados por la proximidad de la Pascua y en su afán por acabar con ese prisionero que les inspiraba temor, los jefes del pueblo no perdieron un instante. Llevaron a Jesús ante Pilato con las manos atadas, esas manos que habÃan curado tantas miserias y sólo habÃan hecho el bien. Ante el gobernador romano, el Salvador nuevamente guardó un silencio cuyos maravillosos motivos están revelados en el Salmo 38:1-15; 39:9 y Lamentaciones 3:28. Su oración en aquel momento fue: âEn ti, oh Jehová, he esperado; tú responderás, Jehová Dios mÃoâ. âPorque tú lo hicisteâ.
Bajo la presión de los principales sacerdotes todo el pueblo en su ciega locura reclamaba a grandes gritos la libertad del asesino Barrabás y la crucifixión de su Rey. Entonces Pilato, para complacer a la muchedumbre, liberó al criminal y condenó a Aquel cuya inocencia reconocÃa. Nótese hasta dónde puede llegar el deseo de complacer a los hombres (Juan 19:12).
Los brutales soldados se mofaban, fingiendo someterse a Aquel que estaba en su poder (ellos no comprendÃan que se hubiese entregado voluntariamente). Y el hombre coronó a su Creador con las espinas que la tierra habÃa producido como consecuencia del pecado del hombre (Génesis 3:18).
El hombre consumó el más horrendo de todos los crÃmenes: crucificó al Hijo de Dios y no le escatimó ningún sufrimiento y humillación. El Salvador estuvo sobre el madero de infamia donde lo retuvo su amor por el Padre y por los hombres. âFue contado con los inicuosâ, como lo anunciaban las Escrituras (IsaÃas 53:12). En esa cruz experimentó también toda clase de insultos y provocaciones. El mundo lo rechazó (condenándose de esa manera a sà mismo). Además de todo esto, el cielo también se cerró, como lo expresa el grito de su indecible angustia: âDios mÃo, Dios mÃo, ¿por qué me has desamparado?â (v. 34, Salmo 22:1, véase Amós 8:9-10). El cielo se cerró para él a fin de que pudiera ser abierto para nosotros. A fin de llevar âmuchos hijos a la gloriaâ, el autor de nuestra salvación fue consumido por los sufrimientos (Hebreos 2:10). Esa página de la Santa Escritura, sobre la cual nuestra fe reposa con adoración, constituye el documento indiscutible que nos garantiza el acceso al cielo de gloria, acceso cuya señal nos es dada por el velo que se rasgó. El gran clamor de expiración del Salvador es prueba de que él entregó su vida por sà mismo, en plena posesión de su fuerza. Es el último acto de obediencia de Aquel que vino a la tierra para servir, sufrir y morir, dando su preciosa vida en rescate por muchos (10:45).
Después de la amargura de la cruz donde el Salvador estuvo solo, Dios se complace en mostrar la diligencia y entrega de algunas almas piadosas que honraron a su Hijo. En primer lugar, José de Arimatea reclamó el cuerpo de Jesús a Pilato y se ocupó piadosamente de su sepultura. Luego, al amanecer del primer dÃa de la semana, el dÃa de la resurrección, vemos a tres mujeres apresurándose hacia el sepulcro. Son de aquellas que âle seguÃan y le servÃanâ antes de asistir con dolor a la escena de la cruz (15:40-41; Juan 12:26). En su deseo de cumplir un último servicio para con Aquel que pensaban haber perdido, llevaban especias aromáticas para embalsamar su cuerpo. Pero esos preparativos fueron inútiles, pues un ángel les anunció la gloriosa nueva: Jesús habÃa resucitado. Notemos que otra mujer, la que en el capÃtulo 14 versÃculo 3 habÃa ungido los pies de Jesús, no se hallaba en el sepulcro. ¿SerÃa por falta de afecto hacia el Señor?
Ella dio prueba de lo contrario. HabÃa sabido discernir el momento de derramar su perfume. Acordémonos de que la abnegación del amor es más preciosa aún para el Señor cuando está acompañada con el discernimiento de su voluntad y la obediencia a su Palabra.
Unas palabras de Pedro al principio del libro de los Hechos resume bien este evangelio de Marcos. El apóstol evoca âtodo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salÃa entre nosotros (dos verbos que caracterizan el servicio), comenzando desde el bautismo de Juan hasta el dÃa en que de entre nosotros fue recibido arribaâ¦â (Hechos 1:21-22). Primer cuadro del evangelio: en el Jordán el cielo se abrió para que el EspÃritu descendiese sobre Jesús (1:10); último cuadro: ese mismo cielo se abrió para recibirlo. Entre los dos está su vida de servicio y entrega. Aprobado por Dios en su vida y en su muerte, ahora ocupa el lugar glorioso del perfecto reposo que le corresponde âa la diestra de la Majestad en las alturasâ (Hebreos 1:3).
A los discÃpulos les correspondÃa cumplir con su tarea, siguiendo las instrucciones de los versÃculos 15-18 y el gran ejemplo que tuvieron ante sus ojos. Pero no estaban abandonados a su propia suerte. El Señor, desde lo alto, continuaba sirviéndoles y dirigÃa su trabajo. El servicio es un privilegio eterno que su amor se reserva. Siervo para siempre (véase Ãxodo 21:6; Deuteronomio 15:17; Lucas 12:37), el Señor cooperarÃa con los discÃpulos y los acompañarÃa con su poder (v. 20; Hechos 14:3; Hebreos 2:4). Y nosotros, cristianos, llamados a seguir sus pisadas y testigos del mismo Evangelio (v. 15), también podemos contar con él si nuestro deseo es servirle mientras lo esperamos.
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With the prayerful desire that the Lord Jesus Christ will use this God-given ministry in this form for His glory and the blessing of many in these last days before His coming. © Les Hodgett
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El libro de Job es completamente diferente de los que lo preceden. Primeramente es un libro poético, por lo menos en su mayor parte. En segundo lugar, es muy antiguo. Finalmente, sus personajes son escogidos fuera del pueblo de Israel.Estos dos últimos caracteres subrayan cuán importante es la instrucción de ese libro! Tan antigua como la historia del hombre, esta lección concierne no solamente a la familia de Abraham, sino a toda criatura. Pidamos a Dios que nos la enseñe al mismo tiempo que a Job.
«No era útil hacernos un largo relato de la prosperidad de Job; el EspÃritu Santo, en cambio, nos da a conocer detalladamente todo lo que sucedió durante sus pruebas. ValÃa la pena contarlo, pues a los hijos de Dios les será provechoso hasta el final de los tiempos» (J.N.D.).
Los cinco primeros versÃculos nos muestran quién es ese hombre, lo que posee y lo que hace por los suyos. Los siguientes nos revelan lo que acontece en el cielo en relación con él. El temible Acusador (Satanás) entra en escena (Apocalipsis 12:10). Pero notemos dos cosas tranquilizadoras: 1) Dios es quien emprende primero la acción; 2) El permiso que Ãl concede a Satanás es rigurosamente limitado. Finalmente, no olvidemos la preciosa pregunta: â¿Quién acusará a los escogidos de Dios?â de Romanos 8:33 ni tampoco el versÃculo 28 del mismo capÃtulo. Vamos a ver cómo âtodas las cosasâ (las pruebas después de la prosperidad) van a ayudar juntamente a bien al que teme a Dios.