Este salmo se relaciona con el precedente, como lo señala la repetición final de los versÃculos 5 y 11 del Salmo 42. Frecuentemente mi alma necesita ser exhortada a no estar abatida, a esperar en Dios y a alabarle ahora y siempre. No sólo ha sido mi salvación, él es también âel Dios mÃoâ, de quien dependo sin cesar y quien es la fuente de mi fortaleza (v. 2).
Su luz y su verdad me conducirán a una adoración inteligente si se lo pido como lo hace aquà el salmista (v. 3-4).
La expresión subrayada en el salmo 42: âel Dios de mi vidaâ se completa en el versÃculo 4 con otra muy notable: âel Dios de mi alegrÃaâ. Queridos amigos creyentes: ¿nos basta Dios para ser felices? ¿Es Ãl el objeto de nuestro gozo como lo era para Jesús? (Lucas 10:21). Conociendo a semejante Dios, ¿se turbará o se abatirá nuestra alma? âNo se turbe vuestro corazónâ âdecÃa el Señor a sus discÃpulosâ âcreéis en Dios, creed también en mÃâ (Juan 14:1). Y en otro lugar: âTened fe en Diosâ (Marcos 11:22). La fe, éste es el gran remedio para todo lo que el mundo pueda hacernos para causarnos tristeza o agitación.
Mientras que los salmos del primer Libro son casi todos de David, los que nos ocupan (Salmos 42-49) fueron compuestos por los hijos de Coré, esos objetos de la gracia que habÃan sido preservados cuando su padre fue castigado (Números 26:11). Por eso, es notable oÃr a esos hombres recordar las maravillas cumplidas por Dios âen los tiempos antiguosâ. Pues, mejor que nadie, están en condiciones de apreciar y de celebrar la divina misericordia. No, no es la espada de los hijos de Israel la que pudo salvarles y darles la posesión del paÃs (basta pensar en el cruce del mar Rojo y la toma de Jericó). El recuerdo de las grandes liberaciones del pasado es una lección para estos fieles. Como sus padres, ellos no pueden confiar en sus propias armas para vencer (v. 6). âPor medio de tiâ y âen tu nombreâ: éstos son los únicos recursos del creyente (v. 5; Oseas 1:7).
Otra diferencia que encontramos aquà con respecto al primer Libro es el empleo casi exclusivo del nombre de Dios (en hebreo Elohim), mientras que hasta el salmo 41 se trataba de Jehová. Es la triste prueba de que los fieles israelitas ya no tienen relaciones con el culto oficial que ha llegado a ser apóstata. El pacto garantizado por el nombre de Jehová está quebrantado (Ãxodo 6:3, 6-8), pero el creyente apela aún al Dios supremo.
El tono del salmo cambia desde el versÃculo 9. En lugar de seguir mirando a Dios, a la luz de su faz y al poder de su Nombre (v. 3, 5), los fieles consideran las pruebas que les han alcanzado. El alma del redimido no está siempre en las alturas ¡todos lo sabemos por experiencia!
Sin embargo, la fe de esos creyentes no está derrumbada; saben atribuir a Dios todo lo que les acontece y reciben los golpes como provenientes de su mano (Job 1:21). Su conciencia es recta; sus pasos no sólo no se han desviado del sendero de la obediencia, sino que su corazón âno se ha vuelto atrásâ (v. 18). Dios, quien âconoce los secretos del corazónâ, es testigo de ello. No olvidemos esa importante verdad (v. 21).
¿A qué corresponde la extraña expresión del versÃculo 22: ânos matan cada dÃaâ? Su citación en la epÃstola a los Romanos (8:35-36) nos permite comprender que, por medio de las pruebas, se nos recuerda nuestra insignificancia y nuestra total incapacidad. Aunque después este pasaje nos invita a comprender también la triunfal contrapartida: âAntes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amóâ (Romanos 8:37).
Bajo la acción del EspÃritu Santo, âescribiente muy ligeroâ, este salmo nos invita a alabar a Cristo, el Amado, quien supera en hermosura y en gracia a todos los hijos de los hombres. Pero antes de brotar de los labios, la alabanza ha sido preparada y meditada en un corazón que rebosa (Mateo 12:34); ella celebra su persona, sus palabras, sus obras.
Se ha podido decir que el culto del domingo es el cántico que reúne todas las estrofas que el EspÃritu ha enseñado al redimido durante los dÃas de la semana sobre los inagotables temas de las glorias y de las gracias del Señor Jesús. Ãl es âel reyâ, pero los versÃculos 6 y 7, citados en la epÃstola a los Hebreos (cap. 1:8-9), lo llaman âDiosâ. Cuando aparece en su majestad y su magnificencia, es objeto de una universal admiración. Su poder se afirma con el terrible juicio que él cumple (v. 3-5). Hay perfumes que impregnan sus vestidos: la mirra recuerda sus sufrimientos, el áloe su muerte (Juan 19:39) y la casia su elevación. Pero lo que para Cristo tendrá más valor que todas estas glorias será la hermosura de la Esposa que le será presentada (aquà Jerusalén) y el amor que ella le retribuirá. Amigo creyente, es tu privilegio expresarle desde ahora ese amor agradecido. âInclÃnateâ âo prostérnateâ âa él porque él es tu Señorâ (v. 11).
¡Cuántos creyentes angustiados han hecho la preciosa experiencia del primer versÃculo de este salmo! En la hora de la prueba, y muy especialmente en el momento de la tentación, el creyente no debe olvidar que tiene a su disposición ese amparo, esa fortaleza y ese pronto auxilio. Tales recursos no los halla en sà mismo, sino en Dios, es decir ¡en su comunión!
Coré fue sepultado vivo por un cataclismo terrestre dispuesto por Dios, análogo a los que son mencionados en el versÃculo 2. Pero sus hijos fueron preservados y lo mismo ocurrirá con los creyentes del remanente judÃo. Estarán seguros, pues su refugio no será otro que Jehová (Salmo 91:9-10). ¡Qué contraste habrá con los hombres de la tierra durante ese mismo perÃodo apocalÃptico! (compárese Lucas 21:26 y Apocalipsis 6:14-17). Frente a las rugientes y turbulentas aguas del juicio (v. 3), Dios nos recuerda que existe un rÃo de la gracia que se derrama en generosas corrientes, es decir, en múltiples manifestaciones que âalegran la ciudad de Diosâ y a los que hallan refugio en ella.
El final del salmo nos muestra a los fieles presenciando tranquilamente desde su refugio el cumplimiento de los últimos juicios de Dios.
Este salmo expresa el gozo que llenará el corazón de los fieles cuando, después de los juicios mencionados en el salmo 46, Cristo establezca su reinado. Israel tendrá una posición preeminente sobre todos los pueblos y les enseñará a cantar a Dios, a cantar sus glorias y su supremacÃa (v. 3, 6; IsaÃas 2:2-3). Una vez restablecidas las relaciones del pueblo de Dios, notamos que el nombre de Jehová reaparece, como ya ocurre en los versÃculos 7 y 11 del salmo 46. Es Cristo quien, finalmente reconocido, toma su tÃtulo de âRey grande sobre la tierraâ (ZacarÃas 14:9). Con esto comprendemos por qué nosotros, los cristianos, no llamamos a Jesús nuestro rey. Somos ciudadanos del cielo y no súbditos del reino terrenal. Cristo no reinará sobre la Asamblea, sino con ella; ésta estará en la misma posición que una reina al lado del rey su esposo.
¿Cómo no cantaremos nosotros, quienes no sólo tenemos que celebrar âal soberano de los reyes de la tierraâ (Apocalipsis 1:5), sino a nuestro divino Salvador, un Señor resucitado, al celestial Esposo que ama a su Asamblea y la viene a buscar? ¡Cuántas glorias reunidas en la misma Persona, maravillosas glorias que actualmente deberÃan llenar nuestras bocas y nuestros corazones del eterno cántico de los verdaderos adoradores!
Con el salmo 48 termina la sumaria exposición profética que empezó en el salmo 42. En sÃntesis, asistimos al ataque final de los reyes de la tierra contra Jerusalén y a la completa derrota de aquéllos (v. 4-7). Los piadosos judÃos comprueban entonces que lo que habÃan oÃdo se cumple en provecho de ellos (v. 8; Salmo 44:1). Por cierto, no en vano habÃan puesto su confianza en Dios. Después de haber padecido tanto a causa del exilio, ¡qué valor tiene para ellos cada piedra de la ciudad amada! Vuelven a encontrarse en medio de ese templo que tanto habÃan añorado (Salmo 42:4; 43:3-4), llenos del sentimiento de la misericordia de Dios (v. 9). ¿No es igualmente nuestra santa ocupación meditar sobre la grandeza de su amor cuando nos hallamos allà donde el Señor ha prometido su presencia?
Pero, para entonces, la alabanza no sólo llenará el corazón de los creyentes diseminados aquà y allá, como hoy dÃa, sino que ésta se extenderá hasta los fines de la tierra y será por fin digna del nombre del gran Dios al que ella celebrará (v. 10).
Querido amigo: ese Dios, que preside el destino del mundo y que cumplirá lo que su boca ha dicho, ¿es tu Dios para siempre y tu guÃa hasta la última hora aquà abajo? (v. 14).
Frente al porvenir que ha esbozado en los salmos precedentes, el EspÃritu de Dios se dirige ahora a todos los habitantes del mundo, cualquiera sea su rango en la sociedad (v. 1, 2). ¿De qué sirven las riquezas de las cuales se vanaglorian y en las que ponen su confianza si el tesoro más grande de la tierra no puede alcanzar a redimir una sola alma? (v. 7-8). ¡Inestimable rescate al que debemos renunciar para siempre por no poderlo pagar nosotros mismos! Pero âDios redimirá mi vidaâ¦â, declara el versÃculo 15. Y sabemos qué precio tuvo que pagar por ella: âla sangre preciosa de Cristoâ (1 Pedro 1:18-19).
Si alguien busca los honores de este mundo, que medite en el versÃculo 12 y en el 20 que lo completa. ¿Adónde conduce esa carrera hacia los honores, ese âcamino de locuraâ (v. 13) en el que se hallan comprometidos innumerables competidores, ricos o pobres, plebeyos o nobles? ¡Hacia la muerte, en la que nada nos podemos llevar! (v. 17). La muerte despista la previsión humana, amenaza las más prudentes disposiciones, ensombrece las alegrÃas y marca todos los proyectos con una terrible incertidumbre (Lucas 12:20). Por eso los hombres cierran los ojos a causa del temor a mirarla de frente. Pero, para el redimido, la muerte sólo es el último paso hacia la casa de su Padre⦠pues Ãl lo tomará consigo (v. 15).
El Salmo 49 recordaba a todos los habitantes del mundo la fragilidad y la vanidad de las riquezas y de los honores, los dos polos de atracción para los hombres de todos los tiempos. En el salmo 50, Dios se dirige a Israel, su pueblo (v. 7), para mostrarle la inutilidad de los sacrificios. Tampoco éstos pueden rescatar el alma ni âhacer perfectos a los que se acercanâ. Por un sacrificio único, Dios ha sellado su pacto con Israel (v. 5; Hebreos 10:1, 10, 12). En pago de esto, lo que Ãl espera ahora de todos los suyos es la alabanza (v. 14, 23; Hebreos 13:15).
El corto versÃculo 15 resume la historia de nuestras liberaciones: âInvócame en el dÃa de la angustia; te libraré, y tú me honrarásâ. Primeramente la oración; luego se nos asegura la respuesta divina; finalmente la acción de gracias⦠que, desgraciadamente, tan a menudo olvidamos. Pongamos nuestra confianza en Dios: invoquémosle y Ãl cumplirá su promesa.
En los versÃculos 16 a 22, Dios advierte al malo; éste, aunque tiene la boca llena de palabras piadosas, las niega en la práctica y aborrece la corrección. ¡Procuremos no asemejarnos a él!
Notemos aun la magnÃfica introducción (v. 1, 2) que nos da, como ocurre a menudo, el tema del salmo: Dios hablando a la tierra para revelarle Su resplandor en la Persona de Cristo, soberano juez y glorioso rey de Sion.
El salmo 51 fue escrito por David en una muy dolorosa circunstancia (2 Samuel 12). Nos revela los sentimientos producidos en el alma por una verdadera convicción de pecado, asà como la senda trazada por el EspÃritu Santo para volver a encontrar la comunión con Dios. Consideremos las penosas etapas de ese camino: la confesión de la falta cometida (v. 3); el pensamiento de que el ofendido ha sido Dios y no tal o cual persona (v. 4); el recuerdo de nuestra pecaminosa naturaleza (v. 5); el sentimiento de las exigencias de Dios en cuanto a âla verdad en lo Ãntimoâ (no olvidemos jamás este versÃculo 6); el deseo de tener una conciencia limpia y recta (v. 10); finalmente, la necesidad de un retorno a la santidad práctica (v. 11), al gozo y a un abnegado servicio (v. 8, 12). Una vez restaurado, el creyente estará en condiciones de dar a conocer a otros la gracia que le ha perdonado (v. 13; comparar Lucas 22:32).
Todo este trabajo del alma no requiere la ofrenda de ningún sacrificio (v. 16), ni obra alguna de «penitencia». Un âespÃritu quebrantadoâ, un corazón verdaderamente humillado, esto es lo que Dios puede recibir por medio de la eficacia de la obra de Cristo (v. 16-17).
Amigos, si nos hemos dejado sorprender por alguna falta, volvamos a leer ese salmo en la presencia de Dios, no como la confesión de David sino como nuestra propia oración.
Hasta el final del segundo Libro de los salmos (Salmo 72) hallaremos algunos de David, varios de los cuales fueron compuestos en circunstancias especiales, como el 51. El capÃtulo 22 (v. 9 y siguientes) del primer libro de Samuel relata cómo Doeg el edomita refirió a Saúl el paso de David por la casa de Ahimelec el sacerdote y la matanza que resultó de tal hecho. Ese Doeg es una figura del Anticristo, personaje profético que encarnará al mal y se jactará de ello (v. 1). ¡Qué contraste entre el versÃculo 7 del salmo 45, dirigido al Señor Jesús y los versÃculos 1 y 3 de este salmo que interpela âal poderosoâ: âAmaste el mal más que el bien, la mentira más que la verdadâ. Para el consuelo de los fieles, la profecÃa del versÃculo 5 (âPor tanto Dios⦠te desarraigará de la tierra de los vivientesâ) se cumplirá según lo dicho acerca del falso profeta en el Apocalipsis (19:20).
Frente a este poder del mal, el salmista se refugia en Dios (v. 8) y aun le alaba (v. 9). El EspÃritu de Dios sabe servirse de las mayores pruebas para producir acentos de alabanza en el corazón de los redimidos. En cuanto al incrédulo, nunca tendrá paz y sus precarios apoyos no merecen la confianza que pone en ellos (v. 7). No, aquel hombre fuerte âno puso a Dios por su fortaleza, sino que confió en la multitud de sus riquezasâ. Pero sus riquezas están podridas⦠su oro y su plata están enmohecidos, como lo declara el apóstol Santiago (cap. 5:2-3).
Con excepción del versÃculo 5 y de la sustitución del nombre de Dios por el de Jehová, el salmo 53 es la reproducción casi textual del salmo 14. Los tres primeros versÃculos están citados en el capÃtulo 3 de la epÃstola a los Romanos (v. 10-12) para demostrar la quiebra general de toda la raza humana que nunca nadie ha podido contradecir. âNo hay quien haga bienâ, dice el versÃculo 1; âni aun unoâ, agrega el versÃculo 3. Sin embargo, sabemos que hubo un Hombre, el que vino del cielo, santa excepción entre los hijos de los hombres, a quien âDios, desde los cielos miróâ (v. 2; compárese Mateo 3:16-17).
âNo hay Diosâ, pretende el necio en su corazón, aunque su conciencia le diga lo contrario; aunque se mueva con Su permiso, viva de Sus beneficios y respire por Su aliento, âporque en él vivimos y nos movemos y somosâ (Hechos 17:28). Pero Dios le molesta; por ello se esfuerza para persuadirse de que no existe y pone en su lugar la ciencia «todopoderosa» o la filosofÃa. Y cuando, pese a todo, está obligado a admitir que las cosas que lo superan tienen una causa, el incrédulo habla vagamente de la Naturaleza o de la Providencia para no tener que pronunciar ese nombre de Dios que le da miedo⦠porque Dios es luz. Ãl confundirá a todos los que âhacen iniquidadâ.
Después de Doeg edomita, también los zifeos informaron alevosamente a Saúl de las idas y venidas de David, su rival, lo que le permitió volver a hallar sus huellas. Encontramos este relato en el capÃtulo 23 (v. 19 y siguientes) del primer libro de Samuel; pero una cosa primordial no está mencionada en él: esa oración llena de confianza que el rey rechazado hizo subir hacia Dios a la hora del peligro.
Del mismo modo, a través de las circunstancias de todos los dÃas, tendrÃa que haber en la vida del creyente una «trama» de oraciones tejida en el secreto entre el Señor y él. Es lo que ampliamente encontramos como ejemplo en el libro de NehemÃas (cap. 1:11; 2:4; 4:4; 5:19; 6:14 y siguientes). El mundo que no ha puesto a Dios delante de sà (v. 3) y no entiende nada acerca del poder de la oración, atribuirá a una «feliz casualidad» la manera en que el creyente escapa de los peligros que le amenazan (vea precisamente cómo en 1 Samuel 23:26 Saúl busca siempre a David por el lado opuesto a aquel en que éste se halla en el monte). Pero el rescatado conoce el nombre de Aquel que lo libera de toda angustia y es este nombre el que celebra (v. 1, 6, 7). Dios es su ayuda y, además, a lo largo de la prueba, Ãl sostiene el alma que podrÃa desalentarse (v. 4).
Apremiado por los impÃos que le persiguen con furor, presa de angustias y de âterrores de muerteâ (v. 3, 4), el fiel no responde por sà mismo a âla voz del enemigoâ, sino que se vuelve hacia Dios. Es lo que siempre tenemos que hacer, en lugar de replicar a palabras envenenadas⦠pero no para pedir venganza, como David en estos versÃculos. Proféticamente, los salmos nos transportan más allá del actual tiempo de la gracia, a los dÃas en que el reino será establecido a través del juicio de los inicuos. La maldad del mundo no alcanza hoy la intensidad que conocerá en aquel terrible perÃodo. Está aún detenida, frenada por la presencia del EspÃritu Santo en la tierra (2 Tesalonicenses 2:6-7).
Sin embargo, los caracteres descritos en este salmo ya se manifiestan: violencia y rencilla (v. 9), iniquidad y pena (v. 10), maldad, fraude y engaño (v. 11). El redimido no puede sentirse a sus anchas en semejante mundo. Como el fiel del residuo de Israel, suspira por el lugar del tranquilo reposo (v. 6), por la casa del Padre que es su esperanza y el tema de su cántico:
Pronto, ¡adiós, cosas terrenas!
Lejos de aquÃ, alas tomaré
hacia las mansiones eternas,
hacia Jesucristo, mi Señor, iré.
Aquel de quien habla David en los versÃculos 12 a 14 probablemente sea Ahitofel gilonita, cuya traición y suicidio nos cuenta el segundo libro de Samuel en los capÃtulos 15 a 17. Pero, proféticamente, estas palabras se aplican al desdichado Judas. ¿Existe una expresión más fuerte que la del versÃculo 13 para designar vÃnculos de afecto como âÃntimo mÃo, mi guÃa y mi familiarâ? Ãsta es la evidencia de que las más grandes pruebas de confianza y de amor son incapaces de ganar el corazón natural del hombre en el que mora la guerra contra Dios (compárese el v. 21 con Marcos 14:15).
Pensemos entonces en lo que habrán sido aquà abajo los sentimientos del Señor. No podÃa contar con nada ni fiarse de nadie (Juan 2:24). Pero ante semejante despliegue del mal, el salmista nos invita: âEcha sobre Jehová tu cargaâ¦â (v. 22). Una carga molesta a un hombre que corre; por eso Hebreos 12:1 nos dice también: âdespojémonos de todo peso⦠y corramos con pacienciaâ. Esto no quiere decir que la prueba nos sea quitada inmediatamente. Pero ella deja de ser una carga desde el momento en que la echamos sobre Dios, dejándole a Ãl el cuidado de arreglar lo que nos inquieta.
Como el salmo 34, este salmo se sitúa en el momento de la triste experiencia de David en Gat (1Samuel 21:11-15).
Los versÃculos 5 y 6 evocan al Señor en sus relaciones con los que se reunÃan para observarle y sorprenderle, y que torcÃan sus palabras (Mateo 22:34; Lucas 11:53; 20:20). A tal maldad Jesús respondÃa mediante la confianza en su Padre. ¡Imitémosle! No obstante, para confiarse en Dios, es menester conocerle primeramente. Generalmente un niño pequeño no pone su mano en la de un desconocido. Ahora bien, es la Palabra la que nos revela a Aquel en quien podemos apoyarnos; por esa razón el fiel exclama dos veces: âEn Dios alabaré su palabra; en Dios he confiadoâ (v. 4, 10, 11).
Los malos observan los pasos de los creyentes (v. 6), pero Dios cuenta esos mismos pasos (v. 8). Sabemos que Ãl conoce el número de los cabellos de sus cabezas (Mateo 10:30); y aquà le vemos preocuparse por cada una de las lágrimas de sus hijos, incluso las más secretas. AsÃ, pues, si en mis idas y venidas tuviera que encontrar una trampa armada por el enemigo, Aquel que libró mi alma de la muerte eterna guardará también mis pies de caÃda (v. 13; Salmo 94:18; 116:8; Judas 24).
Este salmo empieza casi con las mismas palabras de los salmos 51 y 56: âTen misericordia de mÃ, oh Diosâ¦â. Porque la gracia divina es mi recurso tanto contra el mal que me rodea como respecto del pecado que está en mà (Salmo 51). Asà los enemigos se llamen Absalón, filisteos o Saúl⦠Satanás o el mundo, el seguro refugio de mi alma está âen tiâ, Señor Jesús, âen la sombra de tus alasâ (v. 1). En semejante abrigo no temo lo que sale de la boca de los hombres ni la red armada a mis pasos (v. 4, 6; comparar Salmo 91:3-4). La afirmación del versÃculo 2: âDios⦠me favoreceâ es el equivalente del versÃculo 28 del capÃtulo 8 de la epÃstola a los Romanos: âSabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan (obran o trabajan) a bienâ. La fe nos lleva a creer, luego a hacer la experiencia de que âtodas las cosasâ, incluso las más contrarias a nuestros propios pensamientos, son dirigidas por Dios con miras a nuestra bendición.
Pero, en este salmo, el creyente está más preocupado por la gloria de Dios que por su propia liberación (v. 5 repetido en el v. 11 y Salmo 108:5). Ãsta fue la oración del Señor a propósito de la cruz que tenÃa ante sÃ: âPadre, glorifica tu nombreâ (Juan 12:28). Esto también debe ser nuestro primer objetivo en cada circunstancia de nuestra vida.
Los versÃculos 1-5 no nos permiten alentar ninguna ilusión sobre lo que es la justicia humana. Si este relato nos parece demasiado severo, basta evocar la cruz. Las relaciones de los hombres entre sà están frecuentemente regidas por la ley del más fuerte. Y la mentira y el veneno de la calumnia son armas corrientemente empleadas (v. 3, 4; Salmo 140:3). SÃ, el mundo que nos rodea está lleno de injusticia, como lo estaba en el tiempo de David. Pero nuestra actitud de cristianos debe ser muy distinta de la del israelita piadoso, tal como resalta de los versÃculos 6 a 10. En la hora de la gran tribulación, éste sólo podrá dirigirse al Dios de la venganza para apresurar la venida del dÃa en que la justicia reinará en la tierra.
Efectivamente, este dÃa vendrá, pero, mientras tanto, es aún âahora el dÃa de la salvaciónâ (2 Corintios 6:2). Por eso, objetos de la misericordia divina, debemos interceder por los hombres ante el Dios Salvador. La injusticia que nos rodea es para nosotros la oportunidad de hacer el bien y de sembrar âel fruto de la justiciaâ (Santiago 3:18). No debemos intentar mejorar el mundo âlo que no es posibleâ sino manifestar en él los caracteres del Salvador.
Entre los salmos relacionados con las circunstancias de la vida de David, éste es el más antiguo (véase 1 Samuel 19:11-18). Fue compuesto en el curso de aquella dramática noche en que, por tres veces, Saúl habÃa mandado sus criminales agentes para vigilar (v. 11), prender (v. 14) y matar a quien odiaba (v. 15; vea su obstinación en obrar mal en los versÃculos 6 y 14 de nuestro salmo). Durante esa noche de angustia, el afligido se vuelve hacia su Dios: âDespierta para venir a mi encuentro⦠Dios de Israel, despiertaâ¦â (v. 4, 5; compárese Salmo 44:23 y Marcos 4:38). El afligido conoce el poder de Dios; sabe que él puede liberarle si lo desea, pero conoce mal Su fidelidad, Su vigilancia y Su compasión para con los suyos (compárese Mateo 8:2-3). Los versÃculos 3 a 8 del Salmo 121 responden a la inquietud del creyente: âNi se dormirá el que te guardaâ¦â. En el último versÃculo vemos cómo David experimentó no sólo la fortaleza sino también la misericordia de su Dios; y le celebra bajo esos dos caracteres.
El proyecto de Saúl era hacer morir a su enemigo a la mañana (1 Samuel 19:11). Pero, para David, como para nosotros, esa mañana llega a ser la de la liberación, la del gozo, la de la alabanza (v. 16; 2Samuel 23:4).
Al leer la gloriosa página de las victorias de David sobre los sirios y los edomitas en 2 Samuel 8 y 1 Crónicas 18, ¿quién habrÃa pensado que en esa oportunidad Israel y su rey hubiesen pasado por angustia tan grande como la descrita en los versÃculos 1-3 y 10-11? La victoria del creyente a menudo es precedida de penosas luchas interiores que sólo el Señor conoce. Y una parte del botÃn conquistado en esas luchas consiste en las lecciones que, al mismo tiempo, Dios nos da a entender en lo secreto del corazón. Ãste es el sentido en que podemos comprender la expresión: âsomos más que vencedoresâ de la epÃstola a los Romanos (8:37). Como lo vemos en el tÃtulo, este salmo fue escrito especialmente âpara enseñarâ. David ha aprendido ây nos lo recuerdaâ que âvana es la ayuda de los hombresâ (comparar Salmo 146:3) y que âen Dios haremos proezasâ.
âHas dado a los que te temen bandera que alcen por causa de la verdadâ. Mantengamos en alto y con mano firme esa bandera de la verdad. Los precedentes salmos nos presentaban las relaciones individuales del alma con Dios; aquà se trata de ejercicios comunes a todo el pueblo. Jamás perdamos de vista la unidad de los redimidos del Señor, su carácter de âamadosâ (v. 5) y el testimonio colectivo que están llamados a dar.
Cuando el creyente encuentra la maldad bajo todas sus formas, cuando es perseguido por los hombres y desmaya su corazón, entonces halla su refugio en Dios (v. 2, 3). Ãsta fue la experiencia de David cuando era perseguido sin tregua por Saúl primeramente, y más tarde por Absalón; será también la del remanente de Israel cuando huya de la dominación del Anticristo.
âLlévame a la roca que es más alta que yoâ. El EspÃritu de Dios transporta la fe a alturas a las que la inteligencia natural no tiene acceso y de las que uno se siente indigno. Y, de lo alto de esa roca, el creyente exalta todo lo que el Señor es para él; todos los aspectos del socorro y de la protección que halla en Ãl: âuna torre fuerte delante del enemigoâ (comparar Proverbios 18:10), un âtabernáculoâ para quedar al abrigo de la tormenta o del calor del sol; âla cubierta de sus alasâ que hablan de ternura y seguridad.
Como en el salmo 56:12, el fiel recuerda los votos que hizo, es decir, los compromisos tomados para con Dios (v. 5, 8). Para nosotros, cristianos, estos votos corresponden al sentimiento de los derechos del Señor sobre nosotros, al hecho de tener conciencia de que hemos sido entregados a Dios, que no nos pertenecemos más a nosotros sino al que nos ha rescatado (2 Corintios 5:15; léase también Romanos 12:1).
Este hermoso salmo no se considera como resultado de una circunstancia especial de la vida de David. Eso nos confirma que âen todo tiempoâ (v.8) el alma debe descansar apaciblemente en Dios (quien es nombrado siete veces) y ¡en Ãl solamente! Preciosas expresiones de confianza (v. 1, 2, 5-8), pero, sobre todo, precioso objeto de mi confianza: Cristo, la Roca de los siglos, sobre quien descansan a la vez mi salvación y mi gloria (v. 7). Si lo experimento, puedo invitar a otros a confiarse en Ãl (v. 8) y, al mismo tiempo, prevenirlos contra todo apoyo engañoso. Efectivamente, asà estén en lo alto como en lo bajo de la escala social, los hombres se hinchan con el viento de su vanidad y de sus pretensiones engañadoras. En la balanza divina todos serán hallados faltos de peso (v. 9; compárese Daniel 5:27).
En cuanto a nosotros, creyentes, retengamos con cuidado el final del versÃculo 10: âSi se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellasâ. Muchos hijos de Dios, fieles mientras tenÃan solamente a Dios como apoyo (v. 1), no han resistido la prueba de⦠la prosperidad (comparar Salmo 69:22). âEl engaño de las riquezasâ (Mateo 13:22) ahogó la palabra viva, la que entonces quedó sin fruto.
¿Podemos apropiarnos esa ardiente oración matinal del salmista? Al experimentar la aridez de este triste mundo, todo su deseo, toda su esperanza, todo su gozo es su Dios, objeto de su ferviente meditación, dÃa y noche. La vida es lo más preciado que tiene un hombre, pero el creyente ha hallado un tesoro más grande aún: la misericordia de su Dios. Guarda en su corazón todas las pruebas de ella (v. 3, 7). Note la magnÃfica progresión: âMi alma tiene sed de tiâ (v. 1); âserá saciada mi almaâ (v. 5; JeremÃas 31:25); y mi alma âestá⦠apegada a tiâ (v. 8). Al mirar al mundo experimento esa sed y ese abatimiento, pero, al pensar en el Señor, mi alma está satisfecha; adoro y, asà fortalecido, unido a Cristo, quien me colma de bendiciones y me basta por sà solo, puedo seguirle a través de este mundo árido, sostenido por su poderosa mano.
Pero el camino del desierto pronto se va a acabar. Mañana, la meta del peregrino aparecerá sin velo. ¿Cuál es la meta?: el Señor en su gloria, al fin visto con nuestros propios ojos. ¿No lo pidió él mismo cuando dijo: âPadre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dadoâ? (Juan 17:24; comparar con el versÃculo 2 de este salmo). ¡Ojalá pueda el Señor encontrar en cada uno de nuestros corazones un deseo que corresponda al suyo!
En este salmo, el creyente no sólo experimenta la aridez de un mundo que no puede apagar la sed de su alma, como en el salmo 63:11, sino también la adversidad de los hombres que afilan su lengua âcomo espadaâ contra él (compárense Salmos 55:21 y 57:4). La fidelidad siempre excitó la animosidad de los incrédulos. No es de extrañar, pero cuidémonos de que nuestra conducta no dé asidero a acusaciones justificadas. Contra esa espada y esas saetas, vistámonos de âla coraza de justiciaâ (es decir, una conducta irreprochable; Efesios 6:14; léase 1 Pedro 2:12) y opongamos a todas esas manifestaciones de maldad una âsabia mansedumbreâ (Santiago 3:13). Entonces Dios tomará nuestra causa en mano, âporque escrito está: MÃa es la venganza, yo pagaré, dice el Señorâ (Romanos 12:17-19).
â¿Quién los ha de ver?â habÃan dicho los enemigos del justo (v. 5; ver también Salmos 10:11 y 59:7). Pues bien, ¡Dios lo ve! Su mirada descubre en lo más profundo del corazón la malevolencia y los inicuos designios (v. 6). Y como respuesta a la flecha (esa âpalabra amargaâ) disparada âde repenteâ contra el hombre Ãntegro (v. 4), Dios prepara su propia saeta, la que liberará a su redimido de modo igualmente repentino cuando haya llegado el momento (v. 7).
Antes que, al alba del dÃa milenario (Salmo 66), la alabanza sea universal, ella se prepara en silencio en el corazón de los rescatados. TendrÃa que sernos familiar esa adoración silenciosa que no aguarda hasta el domingo a la mañana para elevarse ante Dios y que es tanto más real cuanto no necesita palabras. Ejercitémosla durante nuestros trayectos, durante los intervalos de nuestro trabajo o sobre nuestro lecho durante las vigilias de la noche⦠(Salmo 63:6). Siempre será oÃda y comprendida por Aquel que oye la oración (v. 2).
Después de haber experimentado en el versÃculo 3 que los pecados son perdonados, Israel (y el cristiano igualmente) podrá gozar de la presencia de Dios y de las bendiciones de su comunión (v. 4).
El salmo termina con un magnÃfico cuadro de las futuras bendiciones terrenales, figuras de las riquezas espirituales que el creyente posee desde ahora. Si éste se marchita âen tierra seca y árida donde no hay aguasâ (Salmo 63:1), debe recordar que âel rÃo de Dios (está) lleno de aguaâ (v. 9). Queridos amigos: ¿no es culpa nuestra, entonces, si nuestra alma está a veces reseca? (Juan 4:14-15).
El versÃculo 8 nos dice aun: âTú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tardeâ. SÃ, ojalá nuestras jornadas empiecen, se desarrollen y acaben en un cántico de dicha y de amor.
En los tiempos felices de los que habla el salmo 65, el papel de Israel será invitar a las naciones a participar de la alegrÃa y de la alabanza. Primeramente, porque las obras de Dios son âasombrosasâ y âtemiblesâ (v. 3, 5), luego por su bondad para con su pueblo. La salida de Egipto y la entrada en Canaán (v. 6) son los primeros grandes actos de poder que deberán ser exaltados. Asimismo nosotros, los cristianos, no dejemos de celebrar la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Ãl nos liberó del yugo de este mundo (Egipto) y de su prÃncipe (Faraón = Satanás) y nos hizo entrar en las bendiciones celestiales.
Luego, los largos sufrimientos de Israel también serán rememorados (v. 10-12). Los judÃos fueron probados y lo son aún de muchas maneras, abrumados y hollados (v. 12) por las naciones en medio de las cuales han sido dispersos. Pero pronto podrán bendecir a Dios, quien preservó la vida de sus almas y los refinó como oro en el crisol de la prueba. No olvidemos tampoco ese precioso propósito divino. El versÃculo 18 nos recuerda una verdad muy importante: Dios no puede escuchar nuestras oraciones mientras tengamos sobre la conciencia un pecado que no ha sido juzgado. ¡Apresurémonos a confesárselo a fin de gozar de nuevo de Su comunión! (IsaÃas 1:15; Salmo 32:5, 6).
Israel pide ser bendecido a fin de que la voluntad de Dios y Su salvación sean conocidos en toda la tierra (v. 1, 2). Habitualmente ¿no estamos demasiado preocupados por nosotros mismos en nuestras oraciones? Roguemos para que la gracia de la que somos objeto y las bendiciones que gozamos puedan ser observadas por los que nos rodean y que por ellas sean atraÃdos a Jesús.
Los capÃtulos 9 a 11 de la epÃstola a los Romanos nos explican cómo Israel fue puesto a un lado para permitir que Dios, a partir de ese momento, extendiese su gracia a las naciones. Nos muestran también cómo el hecho de que âlos gentilesâ participaran de las promesas hechas a Abraham debÃa excitar el celo de los judÃos (leer Romanos 11:11, 12). Pero, bajo el cetro del MesÃas, habrá lugar tanto para unos como para otros (Salmo 22:27). Todas las naciones del mundo serán bendecidas juntamente con el pueblo judÃo. No será más una cuestión de celo ni de orgullo nacional; Israel tendrá un solo deseo, a saber, que todos los pueblos se regocijen en Dios y le celebren (v. 3, 5). Entonces el Cordero será exaltado en los cielos y en la tierra como él es digno de serlo: âDigno eres⦠porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y naciónâ (Apocalipsis 5:9).
Dios, terrible en sus juicios contra los impÃos, se muestra lleno de ternura para con los que le pertenecen, a quienes Ãl llama âlos justosâ (v. 3). Ãl mismo toma los hermosos nombres de âPadre de huérfanosâ y âdefensor de viudasâ (v. 5; Salmo 146:9; JeremÃas 49:11). Demuestra asà que atiende de un modo especial a los que han perdido su sostén natural. Los aislados son objeto de sus particulares cuidados: âDios hace habitar en familia a los desamparadosâ nos dice el versÃculo 6 (V.M. âlos solitariosâ). ¡Cuántos han hecho esta preciosa experiencia! Cuando se convirtieron, se les cerraron muchas puertas; ciertos miembros de su familia no quisieron recibirlos más. Por amor al Señor tuvieron que dejar âcasa, o hermanos, o hermanasâ¦â. Pero âel Padre de huérfanosâ los recogió en su propia familia, en la que hallaron otros hermanos y otras hermanas (leer Marcos 10:29-30).
Hasta el versÃculo 14 son recordados los cuidados de Dios para con su pueblo desde el camino en el desierto (comparar los v.1 y 7 con Números 10:33-36). Dios no dejó de velar sobre Israel, âsu greyâ (v. 10). Pero hoy el Señor tiene âotras ovejas que no son de este redilâ judÃo (Juan 10:16). ¿Es el lector una de ellas? ¿Puede hablar del amor de ese buen Pastor?
Llegará el momento en que todas las pretensiones de los hombres que detentan el poder (esos montes altos del versÃculo 16) tendrán que dejar el lugar al solo poder divino. La más grande prueba de éste no fue su victoria sobre los enemigos de Israel, sino la que Cristo logró sobre Satanás (el hombre fuerte que nos mantenÃa cautivos) y la de su triunfante resurrección (v. 18; Romanos 1:4). Elevado âsobre los cielosâ, el Señor es aquà Aquel que recibe los dones. En la mención de Efesios 4:8-10, Ãl es quien los distribuye.
Su Asamblea dispone hoy, para su edificación, de esos dones derramados sobre ella por medio del EspÃritu Santo (Hechos 2:33). De todos modos, podemos decir con el versÃculo 19: âBendito el Señor: cada dÃa nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvaciónâ. En verdad, nuestro Dios es un Dios de salvación. A Ãl le pertenece liberar de la muerte (aunque ese versÃculo 20 se aplica en primer lugar a la resurrección nacional de Israel) y dar a los que estaban sujetos al poder de la muerte una participación celestial y eterna con el Primogénito de entre los muertos, con el Hombre resucitado.
Esta última parte del salmo nos presenta otro lado del establecimiento del Reinado. La marcha de Dios con su pueblo, empezada en el desierto (v. 7), termina ahora en el santuario, figura de un glorioso reposo (v. 24; compárese 2 Samuel 6:17 y 7:6). Las tribus de Israel, finalmente reunidas, comparten ese reposo. El versÃculo 27 menciona a Judá, ahora reunido con Zabulón y NeftalÃ, asà como âel jovenâ BenjamÃn, el pequeño. Otrora, esta última tribu fue casi aniquilada por el juicio (véase Jueces 21); ella es, pues, la figura de todo el pueblo de Israel que acaba de atravesar las tribulaciones. Pero ahora âes señoreador de ellosâ porque Dios ha ordenado la fuerza de su pueblo (v. 28). Y el mundo entero se somete: âlos reyesâ (v. 29), âlos prÃncipesâ (v. 31), âlos reinos de la tierraâ (v. 32), todos son invitados a atribuir a Dios la fuerza y la magnificencia que son visibles en Israel.
âVieron tus caminos, oh Diosâ (v. 24). Pensamos también en aquellos discÃpulos de Juan el Bautista âmirando a Jesús que andaba por allÃâ (Juan 1:36) y que le siguieron luego. Al leer la Palabra, consideremos ese andar perfecto del Señor en el desierto de este mundo, mientras aguardamos contemplarle faz a faz en el descanso y la gloria.
El salmo 68 nos mostró a Cristo elevado al cielo como vencedor, recibiendo dones gloriosos (v. 18). El salmo 69 nos lo presenta ahora humillado, en la vergüenza y el indecible dolor, debiendo pagar lo que no habÃa robado (v. 4). Ya habÃamos visto el mismo orden con el salmo 21 precediendo al 22 para que nadie se engañe en cuanto a la persona que consideramos luego en medio de semejantes sufrimientos. AquÃ, como el arca que abrió al pueblo un camino a través del rÃo Jordán (el rÃo de la muerte), Cristo avanza tomando sobre sà mismo la carga de las faltas, âla insensatezâ de su pueblo (v. 5). Se hunde en el lodo profundo del pecado, en la hondura de las aguas del juicio (v. 2); ve el terrible pozo de la muerte que amenaza tragarle (v. 15); pero, pese a todo esto, no cesa de elevar su oración a su Dios (v.13).
La mención del versÃculo 9 de este salmo en el capÃtulo 15:3 de la epÃstola a los Romanos nos invita a imitar a ese gran Modelo que nunca procuró agradarse a Sà mismo ni sustraerse a los vituperios que concernÃan a su Padre (Mateo 27:43).
También pide Ãl en el versÃculo 6 que su prueba no sea un escollo para los creyentes cuando vean en qué angustia fue sumergido semejante fiel.
Los salmos 22 y 69, que tratan de los sufrimientos del Señor, presentan entre sà una diferencia esencial: en el salmo 22 se ve a Cristo cumpliendo la expiación de nuestros pecados; es presentado allà como Aquel a quien Dios hirió por nosotros. AquÃ, al contrario, vemos cómo Jesús sufre por parte de los hombres. ¡Cuántos medios encontraron éstos para perseguirle! Una palabra se repite cuatro veces en este salmo para dar a comprender la deshonra pública que el Señor soportó: el oprobio (v. 7, 10, 19, 20). El corazón infinitamente sensible del Señor fue quebrantado por ella (v. 20). En su Persona, la gloria de Dios, su amor, su santidad fueron hollados delante de todos por hombres inicuos. El versÃculo 21: âMe pusieron además hiel por comida y en mi sed me dieron a beber vinagreâ fue literalmente realizado en la cruz (Mateo 27:34, 48).
Otra causa de profundo dolor para el Salvador fue la incomprensión y la indiferencia de sus discÃpulos: âEsperé quien se compadeciese de mÃ, y no lo huboâ¦â.
Con razón los representantes de la raza humana, culpable de semejante crimen, sufrirán, si no se han arrepentido, la indignación y la ira reclamadas por el remanente de Israel en el versÃculo 24. Pero es de desear que el Señor pueda encontrar a cada uno de nuestros lectores entre âlos que aman su nombreâ (v. 36).
Muy frecuentemente los sufrimientos de los otros nos dejan insensibles (comparar Salmo 69:20). Ello es aun más cierto cuando nosotros mismos somos los que pasamos por las pruebas. Generalmente, en esos momentos, pensamos sólo en nuestra propia carga y hasta hallamos cierto alivio al comprobar que no somos los únicos que sufrimos. No era éste el caso de Jesús. Pese a que él mismo fue âafligido y menesterosoâ, su ruego fue que todos los que buscan a Dios se gocen y se alegren en Ãl⦠(v. 4). Ya en el salmo 69:6 habÃa intercedido: âNo sean confundidos por mà los que te buscan, oh Dios de Israelâ. Todo su anhelo era que Dios fuese engrandecido y que los suyos se alegrasen en Ãl (v. 4).
En cambio, la vergüenza y la confusión alcanzarán a los que han buscado su vida; quienes se complacieron con insolencia en su desdicha (v. 2). Pero sabemos que ningún deseo de venganza, como los de los versÃculos 2 y 3, emanó del corazón lleno de amor del Salvador. Al contrario, en lo más profundo de su dolor, se preocupaba, en su gracia, por los que le atormentaban y pedÃa a Dios que los perdonara, diciendo: âPadre, perdónalos, porque no saben lo que hacenâ (Lucas 23:34).
Tú eres âseguridad mÃa desde mi juventudâ¦â dice el salmista en el versÃculo 5, y en el 17 agrega todavÃa: âOh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillasâ. Dichoso el creyente que entra muy joven en la escuela de Dios y aprende a confiar en Ãl. También dice el salmista: âEn ti he sido sustentadoâ (v. 6). El Señor es su fuerte refugio (v. 7), su roca y su fortaleza (v. 3), expresiones que encontramos frecuentemente en los salmos (por ejemplo: Salmo 31:2, 3). En lo que nos concierne, en general no estamos expuestos a persecuciones en nuestros paÃses. Mas nunca lo repetiremos demasiado: los enemigos que âacechanâ nuestras almas no son menos temibles que los mencionados en los versÃculos 10 y 13. En el capÃtulo 2:11 de su primera epÃstola, el apóstol Pedro nos pone en guardia contra âlos deseos carnales que batallan contra el almaâ. Cuando surgen, apresurémonos a buscar nuestro refugio en Dios, con la seguridad de hallar en él una completa liberación.
Sin embargo, el Señor es aun más que âun refugio fuerteâ para el redimido: âDe ti será siempre mi alabanza⦠Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el dÃaâ (v. 6, 8, 14, 22, 23). Sólo Jesús podÃa hablar asà (compárense los versÃculos 6, 11 y 12 respectivamente con los versÃculos 9, 11 y 8 del salmo 22). Pero, amigos creyentes, procuremos realizar esto en alguna medida.
Este salmo fue probablemente redactado por David cuando huÃa de su hijo Absalón. Ya anciano (v. 9, 18), el hombre de Dios atraviesa una vez más âmuchas angustias y malesâ (v. 20). Se dirige a Jehová, diciéndole: âAun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desamparesâ¦â. El versÃculo 4 del capÃtulo 46 de IsaÃas da la respuesta divina a este ruego: âHasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yoâ¦â. No, Dios no abandonó a su siervo y no desamparará nunca a aquellos cuyas almas Ãl redimió (v. 23; leer Salmo 37:25), precisamente porque Ãl desamparó a su Hijo en la cruz para cumplir ese rescate. Si Ãl es el Dios de nuestra juventud ây deseamos que sea el caso de todos nuestros jóvenes lectoresâ Ãl será el Dios de toda nuestra vida.
Notemos cuántas veces el autor del salmo recuerda y celebra la justicia de Dios (v. 2, 15, 16, 19, 24). Pese a habitar en un mundo en el que reina la injusticia (y que no ha cambiado desde entonces), él valora todo el precio de esa divina justicia. Ãsta triunfará en la tierra cuando sea dada al glorioso Rey del que nos hablará el salmo 72.
Este salmo tiene por tema a Salomón (según lo indica el tÃtulo), figura de Cristo, rey de justicia y de paz. A los tiempos de sufrimientos y de luchas de que hablaban los salmos precedentes les sucede el reino justo y bendito del MesÃas, Hijo de David. Junto a él, el menesteroso y el afligido, todos los desdichados de la tierra hallarán compasión y socorro. La violencia y la opresión, la explotación de los más débiles por los más fuertes, todas estas injusticias acabarán al mismo tiempo que la miseria material y la subalimentación que aflige hoy por lo menos a la mitad de la población del globo.
En distintas versiones, los versÃculos 7 y 16 hablan de âabundancia de pazâ y âabundancia de trigoâ. ¿No se trata precisamente de los bienes que la humanidad más desea? Y todas estas bendiciones despertarán al fin un eco de gratitud en el corazón de esos hombres hoy tan ingratos respecto a los beneficios de Dios. Como lo expresa el profeta Oseas en el capÃtulo 2:21-22: âEn aquel tiempo responderé, dice Jehová, yo responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierraâ. Entonces la gloria de Jehová llenará la tierra (v. 19; Números 14:21). Con esta alabanza y la contemplación del verdadero Salomón se termina el segundo Libro de los salmos.
El tercer Libro de los salmos empieza con una serie de once salmos de Asaf. Era él quien, en tiempos de David, dirigÃa el canto y lo acompañaba con cÃmbalos (1 Crónicas 16:5). El salmo 73 nos cuenta su penosa experiencia. Al comparar su suerte con la de hombres impÃos, Asaf se siente muy desalentado. Le parece que, bajo forma de disciplina, Dios reserva penas y tormentos a los que le temen, mientras los ahorra a los arrogantes y a los impÃos cuyo odioso retrato nos presentan los versÃculos 3 y siguientes. El fiel se amarga y se atormenta (v. 21). No está lejos de acusar a Dios de injusticia e indiferencia. Si las cosas son asà âpiensa élâ ¿de qué sirve limpiar mi corazón?
De un modo general, a cada uno de nosotros nos ha ocurrido envidiar a los que pueden gozar, sin contrariedad, de todo lo que ofrece la existencia, sin dejarse detener por el temor de Dios. Todos los jóvenes creyentes que estudian, conocen compañeros que tienen a la vez mucho dinero y principios relajados. Dios quiera que no olviden sus propias riquezas (las que no se miden con la escala de los valores humanos) y que recuerden que la esperanza que les pertenece hace de ellos, no los más miserables (1 Corintios 15:19) sino los más felices de todos los hombres.
El salmista prosigue su penosa meditación (v. 16). Y de repente ¡se hace la luz! Introduciéndolo en el santuario de Su comunión, Dios le da a entender dónde termina el camino de los malos (compárese Salmo 37:38). La pendiente que siguen es resbaladiza y los conduce a una ruina certera; su paso por aquà abajo habrá sido un vano sueño (v. 18, 20). El pasaje de Proverbios (cap. 23:17-18), que también exhorta a no envidiar a los malos, nos enseña que, para aquel que teme a Jehová, âciertamente hay finâ⦠pero, ¡cuán diferente! (Romanos 6:22).
¡SÃ, efectivamente! ¿Cómo pudo haberlo olvidado el creyente? Se acusa de haber sido torpe y sin entendimiento. ¡Qué contraste entre el destino de aquellos impÃos y lo que él posee, aunque pase por las pruebas! ¿No tiene el honor de la compañÃa del Señor?: âYo siempre estuve contigoâ (v. 23). Le conoce según las preciosas expresiones del versÃculo 26. Y su porción (Cristo mismo; v. 25) la tiene en el cielo. Se cita la siguiente reflexión hecha por gente del mundo a cristianos que se ocupaban de la polÃtica: «Ustedes tienen el cielo, déjennos la tierra». ¡Irónica llamada al orden, pero muy digna de ser tenida en cuenta!
Ojalá nuestra vida pueda resumirse con estas palabras que sólo en Jesús tuvieron su valor: âFuera de ti nada deseo en la tierraâ (v. 25).
El âpor quéâ con que empieza este salmo se parece a la gran pregunta con la que se abre el salmo 22. Pero el hecho de que Israel fuera rechazado âpor un tiempoâ tiene un motivo que este pueblo terminará por comprender: sus propios pecados (ZacarÃas 12:10); el desamparo de Cristo, en cambio, fue causado por nuestras transgresiones.
En este tercer Libro de los salmos no se trata sólo del remanente de Judá sino también de los fieles de las doce tribus. También contra éstos se encenderá su furor, el que, no obstante, no será âpara siempreâ (v. 1; Salmo 30:5). Estos afligidos creyentes consideran las ruinas del santuario, la cesación del culto público⦠y miden el poder de los adversarios. No reciben ninguna señal por parte de Dios para alentarlos; comprenden que, al contrario, él permitió semejante desolación. Sin embargo, confÃan en Ãl, quien es su âDios⦠desde tiempos antiguosâ, y recuerdan todo lo que Ãl hizo en otros tiempos para liberar a su pueblo. âAcuérdateâ¦â repiten los versÃculos 2, 18 y 22. Saben que ellos son sus redimidos y, por consiguiente, el enemigo que atacó a Israel y a su culto en realidad afrentó e injurió a Dios mismo (v. 10, 18). Este asunto Le concierne y no dejará de defender Su propia causa (v. 22).
Este cántico de Asaf viene a continuación de su experiencia del salmo 73. No sólo dejó de envidiar a los arrogantes y los impÃos sino que, al conocer el terrible fin que les aguarda (Salmo 73:17), les advierte de parte de Dios (v. 4 y siguientes). Este servicio nos incumbe también: recordar a los pecadores la soberanÃa y la justicia de Dios, sin olvidar su amor.
Proféticamente es Cristo quien habla del momento en que recibirá a la asamblea de Israel (v. 2; Salmo 73:24). Entonces cada uno ocupará el lugar que el Señor le asigne. Muchos que fueron los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros (Marcos 10:31; 1 Samuel 2:7). En este mundo cada uno busca elevarse al tiempo que rebaja a los demás. Nosotros, los creyentes, no olvidemos que el Señor mismo fijó el lugar de nuestro testimonio⦠como también preparó el que ocuparemos en la casa del Padre.
âCercano está tu nombreâ, declara el fiel en el versÃculo 1. Y para nosotros es precisamente ese nombre de Padre el que nos garantiza por el momento los más tiernos cuidados, asà como una entrada libre y constante cerca de Ãl (Efesios 2:18).
En otras versiones, los versÃculos 4, 5 y 10 mencionan la palabra âcuernoâ, a menudo empleada en los salmos y por los profetas; es el sÃmbolo del poder y de la dignidad, lo que ha sido traducido por poder y poderÃo en este salmo.
Llegará el momento en que Dios establezca su morada en medio de su pueblo Israel a fin de darse a conocer a él y por medio de él (v. 1, 2). Pero, en el tiempo actual, Dios no se ha quedado sin testimonio. Por medio de la Asamblea, âmorada de Dios en el EspÃrituâ, su âmultiforme sabidurÃa es ahora dada a conocerâ (Efesios 2:22; 3:10). Y ¿qué espera Ãl de nuestra parte, sino que Jesús sea hecho verdaderamente visible en derredor nuestro por medio de nosotros?
El residuo de Israel considera y exalta el poder que le habrá liberado. Dios es âgloriosoâ, âpoderosoâ⦠âtemibleâ también a causa del juicio que ejecutará y mediante el cual salvará âa todos los mansos de la tierraâ. Ãstos habrán manifestado los caracteres de su gran Modelo, âmanso y humilde de corazónâ (Mateo 11:29) en contraste con âlos fuertes de corazónâ (v. 5), es decir, los orgullosos por parte de quienes esos mansos habÃan sufrido a causa de su fe.
El creyente fiel no ha cesado de ser pisoteado en un mundo egoÃsta y duro; pero no será siempre asÃ. El versÃculo 10 nos da a entender de qué manera intervendrá Dios. Se servirá de la ira de los hombres que se destruirán mutuamente.
Como el salmo 73, éste se divide en dos partes: la primera nos expone la amargura de espÃritu del salmista Asaf; la segunda nos le muestra entendiendo el camino de Dios que está âen el santuarioâ (v. 13; comparar Salmo 73:17). Esta vez no es la prosperidad de los impÃos la que lo atormenta, sino la añoranza de las bendiciones del pasado: âConsideraba los dÃas desde el principio⦠¿Ha cesado para siempre su misericordia?â (v. 5, 8).
Por desdicha, a menudo una prueba da pie para semejantes murmuraciones y para una vana evocación del pasado. Se juzga el amor del Señor en función de las circunstancias que Ãl permite para nosotros. Si deja de sernos propicio (v. 7), nos ponemos a dudar de Ãl. Sin embargo, tal razonamiento no cambia en nada la fidelidad de ese amor, aunque nos impide saborearlo con la consolación que Ãl nos habÃa preparado: âMi alma rehusaba consueloâ (v.2).
âEnfermedad mÃa es éstaâ (v. 10), dice aun Asaf, quien se mira a sà mismo y se compara con otros. Pero Dios le muestra la inutilidad de sus lamentaciones. Entonces sus pensamientos toman otra dirección. No es que haya dejado de mirar el camino recorrido. Pero ahora son las maravillas de Dios las que él considera y de las que se acuerda para celebrarle.
El largo salmo 78 recuerda esas maravillas (v. 4, 12) ejecutadas a favor de los suyos por âel Dios que hace maravillasâ (Salmo 77:14). El pueblo es invitado a prestar oÃdos a ese relato que le es dado para instruirlo (la palabra âMasquilâ que está en el tÃtulo significa: para instruir). En cuanto a nosotros, los creyentes, sabemos que esta historia de Israel también fue escrita âpara amonestarnos a nosotrosâ (1 Corintios 10:11); es una clase de vasta parábola (relatando hechos acontecidos realmente) según el versÃculo 2 de este salmo, al que el evangelista Mateo coloca en la boca del Señor (cap. 13:35).
Finalmente, los versÃculos 4 y 6 nos muestran que el recuerdo de esas maravillas del pasado, enumeradas en los versÃculos 12 a 16, se dirigen muy particularmente a la nueva generación con un triple propósito bien definido por el versÃculo 7: llevar a esos âhijosâ a que pongan en Dios su confianza, para que no se olviden de Sus obras y para que guarden Sus mandamientos. ¿No es lo que Ãl esperaba también de nosotros? Pidámosle al Señor que nos guarde de ser, como Israel en el desierto, âuna generación contumaz y rebeldeâ¦â y cuyo espÃritu no fue fiel para con Dios (v. 8; Ezequiel 20:18). Sepamos dejarnos enseñar por las experiencias del pasado: estas cosas que âhemos oÃdo y entendido; que nuestros padres nos las contaronâ (v. 3).
¿Cómo respondió el pueblo de Israel a las maravillosas obras de Dios? (v. 11). Mediante el olvido y âlas obras de la carneâ, de las que la epÃstola a los Gálatas nos hace una triste enumeración en el capÃtulo 5:19-21. Este capÃtulo 5 nos recuerda que los creyentes fueron liberados de la servidumbre como Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto. Pero la libertad en la que ahora estamos colocados no debe ser una ocasión para que la carne obre a su antojo. Por eso, el apóstol agrega: âAndad en el EspÃritu y no satisfagáis los deseos de la carneâ (Gálatas 5:1, 13, 16, 25).
Los versÃculos 17 y siguientes de este salmo nos muestran cómo estos deseos se han despertado en el corazón del pueblo. El maná (figura del Señor y de su Palabra) dejó de bastarle (v. 23, 24; ver Números 11:4â¦). Al mismo tiempo se manifestó la incredulidad (v. 22). Pese a haber sido testigo del poder de Dios, Israel no temió tentarle al decir: âDios⦠¿podrá poner mesa en el desierto?â (v. 19; compárese 2Reyes 7:2). A nosotros también, queridos amigos, el Señor nos ha abierto ampliamente âlas puertas de los cielosâ para bendecirnos (v.23). Respondámosle siempre con más confianza y gratitud.
La falta de memoria del pueblo y su ingratitud llevan a Dios a repetir desde un principio el relato de lo que hizo por Israel. Son recordadas las plagas de Egipto hasta el versÃculo 51, luego la salida de aquel paÃs (v. 52), el viaje (v. 53) y la entrada del pueblo en Canaán (v. 54). El versÃculo 55 resume el libro de Josué, mientras que los versÃculos siguientes nos remontan al tiempo de los Jueces y del primer libro de Samuel. Los versÃculos 60 y 61 aluden a la conquista del arca por los filisteos (1Samuel 4). Entonces vemos cómo el Señor interviene de nuevo de una triple manera: hiere a sus enemigos (v. 66); pone a un lado las diez tribus infieles, personificadas por José y EfraÃn (v. 67; históricamente se trata de la realeza de Saúl y de los que le siguieron: 2 Samuel 2:8-11); y finalmente Ãxodo 15:17 se cumple (v. 69) y Judá es enaltecida porque es la tribu real de David.
Con esto, la libre elección de Dios y su gracia son exaltadas (compárese Juan 15:16 y Romanos 9:15), porque en ninguna parte se menciona que esta tribu sea menos culpable que las demás. Pero está unida indisolublemente al Ungido de Dios y es también por esta razón que Dios nos escoge y nos ama (v. 68: pertenecemos a Cristo, su Amado; compárese Juan 17:6, 9, 10).
Este salmo traduce los sentimientos y las oraciones del residuo de Israel cuando las naciones hayan invadido a Palestina y profanado el templo. Los fieles se lamentan: son objeto de burla y escarnio por parte de sus vecinos (v. 4; comparar Salmo 80:6; 44:13). En nuestros paÃses, en los que la opresión de otrora hizo lugar a la tolerancia religiosa, la burla queda como una de las armas modernas de la persecución. El creyente fiel será tildado de fanático, de orgulloso o de iluminado. No escaparemos de ella si queremos permanecer separados del mundo. Sin embargo, además de los enemigos de fuera, el creyente que no está liberado de sà mismo puede tener que habérselas con acusadores internos. Ãstos son los antiguos pecados que vuelven a la memoria, pues la prueba es frecuentemente la ocasión para un penoso examen de conciencia. Entonces el alma que siente su miseria (final del v. 8) implora las compasiones de lo alto: âAyúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre⦠y perdona nuestros pecados por amor de tu nombreâ (v.9).
Nuestra posición cristiana de redimidos es muy distinta, pero, como Ãl es fiel y justo para con su Hijo Jesucristo, también por causa de su nombre Dios perdona nuestros pecados y nos limpia de toda maldad (1 Juan 1:9).
Al final del salmo 79, Israel le recuerda a Dios que era pueblo suyo y ovejas de su prado. El salmo 80 empieza invocando al Pastor de Israel. Como ovejas dispersas, incapaces de hallar el camino de vuelta, los fieles exclaman: âOh Dios, restáuranosâ (v. 3, 7, 19). Este trabajo de restauración, después de un tiempo de extravÃo, forma parte de los cuidados de nuestro buen Pastor (Salmo 23:1, 3).
âOh, Pastor de Israel⦠resplandeceâ (v. 1) ruega el remanente en su angustia. EfraÃn, BenjamÃn y Manasés eran las tribus que bajo sus respectivas banderas seguÃan de inmediato al arca, figura de Cristo (Números 10:22-24).
A partir del versÃculo 12, los fieles se extrañan y preguntan: ¿Por qué Dios dejó librada al pillaje y al fuego a esa vid, Israel, a la que habÃa traÃdo de Egipto y plantado con tantos cuidados? El Señor da la respuesta por medio de IsaÃas bajo la forma de otra pregunta: â¿Qué más se podÃa hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?â (cap. 5:4).
En contraste con esa vid âIsraelâ improductiva pese a todo el trabajo del divino Labrador, el capÃtulo 15 de Juan señala a la âvid verdaderaâ: Cristo. Ãste está introducido en el versÃculo 17 de nuestro salmo como âel varón de la diestraâ de Dios y âel hijo de hombreâ, ese nombre que tan frecuentemente Ãl se da en los evangelios.
Israel está invitado a cantar, como lo habÃa hecho otrora a orillas del mar Rojo, al sonido del pandero (v. 2; Ãxodo 15:20). Pero, después de la liberación de Egipto evocada en el versÃculo 6, Jehová aún tenÃa muchas grandes cosas que ejecutar a favor de su pueblo⦠si éste hubiera querido escucharle. Estaba particularmente preparado a sustentarlo con âlo mejor del trigoâ (la flor de harina nos habla siempre de Cristo) asà como con âla miel de la peñaâ, figura de la dulzura de la gracia divina. Pero Dios está obligado a comprobar tristemente: âIsrael no me quiso a mÃâ (v. 11). ¡Cuán conmovedora es Su exclamación: âIsrael ¡si me oyeres!â (v. 8) y más lejos: âOh, si me hubiera oÃdo mi puebloâ! (v. 13; comparar Deuteronomio 5:29).
Queridos amigos creyentes: Dios también apartó de nuestro hombro la más pesada de las cargas: la del pecado. Pero, ¿sabe usted que Ãl tiene aún muchas más bendiciones para nosotros⦠con la condición de que tengamos el deseo de recibirlas y que escuchemos su Palabra? Ãl nos ha preparado victorias (v. 14); y quiere sustentarnos con Cristo y su amor. Abrámosle nuestros corazones; él los llenará y nuestras bocas proclamarán su alabanza (comparar v.10).
El soberano Juez ha colocado al hombre en la tierra con el encargo de ejercer la justicia en ella (leer Deuteronomio 1:17). ¡Ay! Basta abrir los ojos para ver de qué manera este último asume esa responsabilidad. Sin duda, nosotros, los creyentes, sufrimos a causa de la injusticia que reina a nuestro alrededor, especialmente cuando somos sus vÃctimas y ella exige de nuestra parte mucha paciencia (Santiago 5:10-11). ¡Comprendamos entonces cuáles pueden ser los sentimientos del Dios justo por excelencia y cuán grande es Su paciencia para con este mundo! Ãsta brilló particularmente cuando su santo Hijo fue el objeto de la suprema injusticia por parte de los hombres.
Y hoy dÃa, ¿quién manifestará la justicia de Dios en el mundo, a no ser Sus propios hijos? (Pero no olvidemos que la injusticia puede tomar la forma de un juicio desfavorable o malevolente que emitimos acerca de alguien). Todos los dÃas, detrás de rostros que tal vez nos dejan indiferentes, encontramos al débil, al huérfano, al afligido o al menesteroso (v. 3). Preguntémonos si no es nuestro servicio buscarlos y traerles, con compasión, y además con la ayuda material que esté a nuestro alcance, el testimonio del amor del Señor Jesús.
En el tiempo de la gran tribulación, las naciones coaligadas que se enumeran en los versÃculos 6 a 8 consultarán juntas para borrar de la tierra el nombre de Israel (IsaÃas 10:24). Entre esos enemigos, el asirio, el rey del norte, ocupará un lugar preponderante. Ante esa amenaza de exterminio, la más terrible que jamás haya conocido ese desdichado pueblo, los fieles del remanente se volverán hacia Dios. Sus enemigos también son los de Dios (v. 2); esa alianza ha sido concertada contra él (v. 5). Por otra parte, los creyentes tienen conciencia de pertenecerle. Ellos son sus âprotegidosâ (v. 3), como los siete mil hombres âcuyas rodillas no se doblaron ante Baalâ (1 Reyes 19:18), pese a la persecución en el tiempo del rey Acab. SÃ, Dios no puede dejar de intervenir, ya que todos esos pueblos, en su ciega locura, estarán haciéndole la guerra (v. 5; compárese con el Salmo 2:2 y Apocalipsis 19:19). Los fieles se refieren a las liberaciones del pasado y a las grandes fechas de la historia de Israel (v. 9: véase Jueces 4; v. 11: véase Jueces 7 y 8).
Nosotros, los creyentes, quienes no tendremos que atravesar esos terribles tiempos, ¿manifestaremos ahora menos paciencia y confianza? La oposición del mundo debe tener para nosotros, como único efecto, el sentimiento de confianza en el Señor.
En la creación, cada ser viviente ha hallado un albergue o un nido. Pero el creyente, al igual que su Señor, no conoce aquà abajo el verdadero reposo (v. 3; Mateo 8:20). Los afectos del creyente están en otra parte: en esas moradas celestiales donde su lugar está preparado (Juan 14:2; comparar con v. 2, 10). De lo que está lleno, el corazón del fiel rebosa: ââ¦tus altares, oh Jehová de los ejércitosâ (v. 3). El altar de bronce y el altar de oro nos hablan de Cristo, su sacrificio y su intercesión, de aquel cuya presencia da a la Casa del Padre todo su valor para nosotros. Pero el camino que lleva allá atraviesa un mundo que es un valle de lágrimas. Los hijos de Coré, autores de este salmo, lo habÃan experimentado (Salmo 42:3).
Pero ¡qué importa! Si âlos caminosâ de Dios están en nuestro corazón, âdicho de otro modo, si nada nos separa de Aquel hacia quien vamos,â entonces incluso las lágrimas se cambiarán en experiencias bienhechoras; andaremos âde poder en poderâ y no de caÃda en caÃda. Finalmente, las excelentes promesas de âgracia y gloriaâ del versÃculo 11 serán nuestra porción y experimentaremos, nosotros también, la triple bendición contenida en este magnÃfico salmo (v. 4, 5, 12).
El tema de este salmo es el perdón que Dios otorgará a su pueblo Israel. Los fieles no dudan de su bondad, pero, al mismo tiempo, sienten el peso de su justa cólera contra su pueblo culpable. SÃ, Dios es bueno, ¿no perdonará, pues? Pero también es santo, justo y verdadero; ¿cómo pasarÃa por alto un solo pecado? Sin embargo, bondad y verdad, justicia y paz, estos caracteres divinos, inconciliables a vista humana se han encontrado (v. 10). En la cruz veo el pecado condenado, la justicia satisfecha y la gracia dándose libre curso (Romanos 5:21). ¡Gloriosa armonÃa! Empero, ¡cuántas personas que no conocen ese maravilloso lugar de encuentro de la cruz se hacen una idea totalmente equivocada de Dios! Pretenden ver en él un Juez severo, el que, por gusto, hace sufrir a su criatura. O se imaginan, por el contrario, a «un buen Dios» indulgente para los «pequeños» pecados y que se contenta fácilmente con las buenas intenciones y los esfuerzos del ser humano para obrar bien.
¡Fatales pensamientos! El Dios justo condena el pecado, cada pecado, pero el Dios de amor perdona al pecador. Y en la cruz, donde fue cumplida esa obra, aprendo a conocerle.
En este salmo de David (el único en este tercer Libro) el salmista se dirige al Señor por varias razones: él es afligido y menesteroso; es un hombre piadoso; en fin, es su siervo. Se vale de esos motivos para pedir la salvación (v. 2), el gozo (v. 4) y la fortaleza (v. 16). Luego, este siervo conoce a su Señor; sabe que sólo Ãl es Dios (v. 10), que Ãl es âbueno y perdonadorâ (v. 5), âmisericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdadâ (v. 15; ver también Jonás 4:2). En estos términos Jehová se reveló otrora a Moisés sobre el monte Sinaà (Ãxodo 34:6).
Pero el salmista siente toda su debilidad e incapacidad para conducirse. âEnséñame tu caminoâ, ruega él y luego añade: âAfirma mi corazón para que tema tu nombreâ (v. 11). Comentando este pasaje, un creyente escribió: «El corazón tiene tendencia a ser distraÃdo por mil objetos, por mil pensamientos fugaces; por eso el salmista pide al Señor que le dé un único propósito. Cuán necesario es que tengamos un corazón enteramente concentrado en Cristo. Allà se encuentra el poder⦠Nuestra pequeñez ha hallado en Su grandeza nuestro lugar y nuestra fortaleza». ¡Ojalá sea esta oración de David, especialmente la del versÃculo 11, también la de cada uno de nosotros!
Es completo el contraste entre Sion, la santa ciudad fundada por Dios mismo, y las poderosas naciones de la tierra: Egipto, Babilonia, Tiroâ¦, imperios levantados por el hombre para su propia gloria. Está cercano el momento en que Jehová âinscribirá a los pueblosâ y dará a cada uno su derecho de ciudadanÃa.
De algún modo se les reconoce a los hombres dos orÃgenes, dos ciudadanÃas, según hayan pasado o no por el nuevo nacimiento. La del creyente está âen los cielosâ (Filipenses 3:20). Por la eternidad es ciudadano de la Jerusalén celestial, y Dios lo considera como nacido en ella (v. 5). La otra ciudadanÃa es la del mundo. Es pasajera, pues âla apariencia de este mundo se pasaâ (1 Corintios 7:31); mientras que âel fundamento de Dios está firmeâ (2 Timoteo 2:19). Por eso se dirá de los hombres de la tierra, incluidos los más ilustres: âéste nació alláâ (v. 4).
âTodas mis fuentes están en tiâ, cantan los rescatados (v. 7). Nosotros, que por gracia somos ciudadanos del cielo ¿iremos a beber de las fuentes del mundo? Más bien cantemos al Señor con toda verdad:
Fuente de vida, de gozo y luz pura,
fuente de amor constante y profunda,
fuente de Dios, dulce, en saber fecundaâ¦
Dichoso aquel que en el erial bebiera
de ti, Jesús, ¡fuente de amor!
Este salmo constituye una de las más sombrÃas páginas de toda la Palabra de Dios. En él se trata sólo de tinieblas y de muerte. No brilla ni un rayo de luz; el alma angustiada no halla en él ninguna perspectiva de liberación. Y, sin embargo, un siervo de Dios pudo decir que este salmo habÃa sido, durante un tiempo, el único que lo consolaba. Como este salmo expresa los pensamientos de un creyente, le probaba que también él podÃa ser un creyente, aun cuando pasase por terribles angustias del alma, durante las cuales el cielo le parecÃa cerrado. Tal vez un lector esté turbado también y aguarde que Dios le esclarezca acerca de su estado y le dé âo le haga encontrar de nuevoâ la certeza de la salvación. ¡Pues bien!, sus mismos tormentos y sus suspiros dirigidos hacia Dios son la prueba de que la vida divina se halla en él; un incrédulo jamás elevarÃa suspiros hacia Dios.
âDe mañana mi oración se presentará delante de tiâ, dice el salmista (v. 13). Imitémosle; expongamos al Señor, al despertarnos, las circunstancias del dÃa que empieza y no sólo las que nos inquietan (Salmo 5:3).
Finalmente, en ciertos versÃculos, la profundidad de las angustias, de los dolores y de la soledad llevan al creyente a pensar en Aquel que fue el supremo Afligido (por ejemplo: v. 6-8 y 16-18).
Hallamos a Etán ezraÃta, como a Hemán âautor del salmo precedenteâ, entre los sabios a quienes sólo Salomón superaba (1 Reyes 4:31). Ambos pertenecÃan a la familia de Zara, hijo de Judá. Pero sus disposiciones de espÃritu eran muy distintas. Mientras que Hemán sólo hablaba de hoyos profundos y de lugares tenebrosos, de ira y de terrores, las palabras que se repiten sin cesar en el salmo de Etán son las de misericordia y fidelidad. Estos caracteres divinos son recordados y celebrados como para responder precisamente a la angustia que llenaba el salmo precedente. Es como si Etán hubiera escrito este âmasquilâ (o âinstrucciónâ) a fin de reanimar la fe de su hermano. AsÃ, dos amigos creyentes tienen el privilegio de alentarse uno a otro a tener confianza (Proverbios 27:17 y 1 Samuel 23:16). Dios es bueno; Dios es fiel; asà es cómo le conocemos y nuestra fe se apega a este Dios incluso cuando los acontecimientos parecen, a veces, contradecir esa bondad y esa fidelidad (leer 1 Corintios 1:9; 10:13). Si miramos a las circunstancias, a menudo tendremos miedo, pero si pensamos en el Señor y en su fiel amor, nunca nos desalentaremos.
Los versÃculos 3 y 4 aluden a las promesas aseguradas a David y a su descendencia, es decir, a Cristo (2 Samuel 7:16).
Para confirmar las promesas que se hacen recÃprocamente, los hombres intercambian firmas o prendas. Pero Dios, para garantizar el cumplimiento de las suyas, dio su propio Hijo. âTodas las promesas de Dios son en él Sà y en él Aménâ (2 Corintios 1:20). ¿Quién podrÃa dudar de los compromisos asegurados por semejante Persona? âHe puesto el socorro sobre uno que es poderosoâ (v. 19). ¿Conocemos este socorro, queridos amigos? ¿Lo solicitamos a veces a ese Poderoso? Ãl está siempre preparado a desplegar su poder a favor de aquellos a quienes condesciende en llamar sus âhermanosâ. Si se hizo hombre fue a fin de salvarlos, pero también para ser capaz de simpatizar con sus debilidades humanas (Hebreos 2:17; 4:15).
Todo el amor de Dios hacia el verdadero David se discierne en las expresiones que emplea para hablar del que es su escogido, su santo (v. 3, 19), el siervo a quien halló y ungió. Sólo Cristo puede ser llamado âel más excelso de los reyes de la tierraâ (v. 27). Los creyentes ya tienen el privilegio de conocerle y de esperar su venida con fervor (2 Timoteo 4:8).
La promesa hecha a David en 2 Samuel 7:13, y recordada en nuestros versÃculos 4 y 28, se complementaba con una condición: si sus descendientes cometieran iniquidades, Dios no dejarÃa de castigarlos (v. 30-32; 2 Samuel 7:14). ¡Ay!, conocemos la triste historia de esa realeza de Judá y nuestros versÃculos 38 y siguientes muestran que, en lo que concierne al castigo, Dios cumplió su palabra. Todas las pruebas de Israel, incluida la tribulación que le aguarda aún, son la consecuencia de esa infidelidad.
El peor de los padecimientos para los creyentes es la vergüenza y el oprobio que recae sobre su Dios (v. 41, 45, 50, 51). â¿Hasta cuándoâ¦?â (v. 46). ¿Cuántas veces hemos oÃdo ya en los salmos esta angustiada pregunta? (por ejemplo: cap. 74:10; 79:5; 80:4â¦). El tiempo parece largo cuando se sufre (Job 7:3-4). En contestación a ese grito, Jehová acortará su juicio sobre la tierra (Romanos 9:28 y Marcos 13:20). Porque su última palabra no es el castigo, al que el profeta IsaÃas llama âsu extraña obraâ y âsu extraña operaciónâ (cap. 28:21). Según su misma promesa, Dios hará que su pueblo goce para siempre de sus misericordias en Cristo, el Hijo de David (v. 49; 2 Samuel 7:15 y siguientes).
Ezequiel
Abordamos ahora el libro de Ezequiel, a veces descuidado por ser difÃcil de entender. Pidámosle al Señor su socorro especialmente para hallar edificación en esta profecÃa.
Este profeta era sacerdote, como JeremÃas su contemporáneo. Pero mientras este último permanecÃa en Jerusalén, Ezequiel habÃa formado parte de un primer convoy de cautivos llevados âa la tierra de los caldeosâ durante el reinado de JoaquÃn (v. 2-3). AllÃ, junto al rÃo Quebar, le fue dirigida palabra de Dios y fue testigo de una extraordinaria visión. En medio del fuego y del bronce refulgente âimagen de la justicia divina que ejerce sus derechosâ el profeta ve cuatro seres fantásticos; eran querubines, guardianes y defensores de la santidad de Dios (cap. 10). Sus atributos (caras, alas, pies y manos) son otros tantos sÃmbolos mediante los cuales Dios quiere hacer comprender cuáles son sus caracteres en justicia y en juicio: la inteligencia, la fuerza, la paciencia y la rapidez, representadas respectivamente por la cara del hombre, del león, del buey y del águila. Estos sÃmbolos, con muchos otros, se encuentran de nuevo en el Apocalipsis, el cual es también un libro de juicios (véase Apocalipsis 4:6-7).
El conjunto de la visión del profeta se presentaba como un aterrador carro constituido por varios pisos. Sus ruedas, particularmente espantosas, iban y venÃan sobre la tierra de una manera que podÃa parecer arbitraria. Pero su movimiento dependÃa de los seres vivientes y éstos iban âdonde el espÃritu les movÃa que anduviesenâ (v. 20).
Esas ruedas son un sÃmbolo del gobierno de Dios, o de su providencia. Los acontecimientos del mundo son dirigidos por su EspÃritu âel que sopla de donde quiere (Juan 3:8)â y no por casualidad, como lo pretenden muchas personas que se rehúsan a mirar a lo alto. Ven âlas ruedasâ, pero no a Aquel que las anima. El profeta, conducido por el EspÃritu, levanta los ojos y va a contemplar la parte más maravillosa de la visión (v. 26 y sig.) Encima de las ruedas, de los querubines y de la expansión, descubre la semejanza de un trono y también âuna semejanza que parecÃa de hombre sentado sobre élâ. Asà nos enteramos con el profeta de que el mundo está gobernado según la voluntad y el propósito de un hombre en la gloria: Cristo mismo, irradiando divino esplendor. Ante esa extraordinaria visión, Ezequiel se postra sobre su rostro (comp. Apocalipsis 1:12-17).
La gran visión de Ezequiel va a ser âcomo lo fue para IsaÃas en su capÃtulo 6â el punto de partida de su llamado y de su misión. El EspÃritu de Dios entra en él, le permite mantenerse en pie y abre su inteligencia a la Palabra divina, de la cual debe empezar por alimentarse antes de poder comunicarla (comp. Apocalipsis 10:8-11). AsÃ, sentirá el efecto de ella sobre su propia alma, porque es imposible aplicar eficazmente la Palabra a los demás sin que uno mismo haya experimentado su dulzura⦠o su filo (cap. 3:1-3; JeremÃas 15:16). Por lo general, alimentarse de las sagradas Escrituras desde la juventud es el secreto de todo servicio útil para el Señor.
Israel rehusará escucharte âle dice Jehová a su mensajeroâ, pero, de hecho, es a mà a quien rehúsan oÃr (cap. 3:7). Las palabras que deben estar en la boca del creyente no han de ser las suyas, sino las del Señor. Tal mensaje no dará lugar a discusiones inútiles. Y debe ser recibido en el corazón (cap. 3:10).
La frente de los hijos de Israel era dura, pero Jehová daba una energÃa mucho más grande a su siervo (comp. cap. 3:8-9 con IsaÃas 50:7 y Lucas 9:51). Por otra parte, su nombre era una promesa, ya que Ezequiel significa Dios fortalecerá.
Ezequiel es llevado por el EspÃritu de Dios a Tel-abib, en medio de los cautivos de su pueblo. Por boca de Jehová se entera de su afectación al puesto de centinela y de las consignas correspondientes a esa responsabilidad. Esas funciones exigirán una continua vigilancia y una rigurosa fidelidad en la transmisión de las advertencias divinas. Un centinela debe ser capaz de decir a todos cómo está la noche moral de este mundo (IsaÃas 21:11). Pero vemos que ya no se trata de provocar el despertar de la nación en su conjunto. El malo debe ser advertido; la responsabilidad de escuchar es individual. En cuanto a la responsabilidad del siervo, consiste en presentar la Palabra a todos, asà âescuchen, o dejen de escucharâ (cap. 2:5 y 7; 3:11 y 27). A quienes Dios emplea, él no los juzga en función de los resultados que obtienen, como lo hacen los hombres, sino según la fidelidad de ellos (1 Corintios 4:2). No debemos desalentarnos, pues, si algunos «dejan de escuchar» la Palabra de vida que hemos podido presentarles. Queridos amigos, es muy solemne, en efecto, pensar que también cada creyente es puesto como centinela y que aquà abajo tiene el deber de dar testimonio acerca de su Señor. ¿Cómo lo cumplimos?
A partir del capÃtulo 4, Jehová hace entrar a Ezequiel, mediante diversas señales, en las dolorosas circunstancias que atravesará su pueblo. Un siervo de Dios, que haya pasado personalmente por la escuela de la humillación y el padecimiento, está en condiciones de comprender mucho mejor a los que lo atraviesan y de exhortarlos con más autoridad. Conoce la situación de ellos por su propia experiencia y asà puede ponerlos útilmente en guardia. Al acostarse sobre su costado y cocinando su pan al fuego alimentado con basura, Ezequiel llevaba, figuradamente, las consecuencias de la iniquidad de su pueblo (cap. 4:4). Ahora Dios le prescribe que afeite sus cabellos y su barba, hecho deshonroso para un sacerdote y prohibido por la ley (LevÃtico 21:5). Los versÃculos 11 y 12 nos explican el alcance simbólico de tal acto. Israel, adorno de Jehová, es puesto a un lado y varios juicios van a caer sobre él, escogidos por aquel que pesa (v. 1) la culpabilidad de cada uno. Algunos serán presa de la peste y del hambre durante el sitio de la ciudad, otros caerán a espada y, finalmente, otros serán esparcidos y perseguidos. Moisés ya habÃa anunciado esos castigos (LevÃtico 26:14 y sig.; Deuteronomio 28:15 y sig.) y desde entonces la historia de Israel confirmó que Dios no puede sino cumplir su Palabra (cap. 12:28).
Notemos el nombre que Jehová da a su siervo: âhijo de hombreâ (o hijo del hombre: uno de los tÃtulos del Señor Jesús, de quien Ezequiel es figura). Ese nombre sugiere que se trata de un elegido entre los hombres, de un representante calificado para hablar en nombre de la desfalleciente raza humana (véase Eclesiastés 7:28).
Jehová, después de haber anunciado la devastación en el capÃtulo 6, declara solemnemente en el capÃtulo 7 que ha llegado el dÃa fatal, el dÃa de su furor. Su gran paciencia para con el pueblo culpable duró muchos siglos. Se acaba después de innumerables advertencias. Y pensamos en esta paciencia de Dios que todavÃa hoy se ejercita para con un mundo que crucificó a su Hijo. Pero también ella cesará en el âdÃa de la iraâ, incomparablemente más terrible (Romanos 2:5). Este capÃtulo sólo nos da una débil imagen de él. Los hombres están sobrecogidos de terror (v. 17-18). La plata y el oro, todopoderosos hasta entonces, dejan de tener curso. Se los arroja como una impureza a las calles; por fin se percibe que no pueden saciar a las almas. Y ante todo, no podrán liberar a nadie en ese dÃa, porque Dios sólo acepta como rescate del hombre perdido la preciosa sangre de Cristo (v. 19; comp. Proverbios 11:4 y 1 Pedro 1:18-19).
En una nueva visión, Ezequiel es transportado a Jerusalén, donde Dios le revela las horribles cosas que se hacÃan secretamente en su santuario. âLa imagen del celoâ (o Ãdolo del celo), primer objeto que ve, recuerda aquella que Manasés ya habÃa colocado en el templo (2 Reyes 21:7; 23:6; comp. Mateo 24:15). Luego, cavando en la pared, sorprende, no al desecho del pueblo, sino a sus ancianos en las tinieblas, ocupados en venerar toda clase de âbestias abominablesâ. Se las ha comparado con los impuros frutos de nuestra imaginación, cultivados en los más oscuros rincones de nuestros pobres corazones, los que pueden ser asà verdaderas âcámaras pintadas de imágenesâ. En medio de esos idólatras oficiaba cierto JaazanÃas⦠¡hijo del fiel Safán! (véase 2 Crónicas 34:8 y 15 y sig.)
Jehová muestra aún a Ezequiel mujeres que endechan a Tamuz, un Ãdolo repugnante, y finalmente a veinticinco hombres, que representan a las veinticuatro clases del sacerdocio con el sumo sacerdote mismo, postrados ante el sol (comp. Deuteronomio 4:19 y 32:16).
Notemos que es Dios quien descubre el mal ante las miradas de los suyos. Sólo él, esclareciendo nuestra conciencia, puede darnos la justa apreciación del mal al mostrarnos cómo ese mal menoscaba su propia gloria.
Ezequiel pudo comprobar con sus propios ojos de qué vil manera habÃa sido pisoteada la gloria de Jehová. ¡Por eso, ahora puede entender cuán justificado es el castigo! Y este castigo está ante la puerta (v. 2). Pero a Dios no se le ocurre hacer perecer al justo con el impÃo (Génesis 18:25). En medio de los seis hombres armados con instrumentos de destrucción se halla un séptimo que tiene en su mano un instrumento de gracia: el tintero de escribano, el que, por orden de Jehová, va a servir para marcar la frente de todos aquellos a quienes el pecado les hace clamar y gemir (comp. Apocalipsis 9:4. La T âúltima letra del alfabeto hebreoâ servÃa como señal y firma: Job 31:35, V.M.) El varón vestido de lino nos hace pensar en el Señor Jesús. En la gran cristiandad invadida por el mal y a punto de ser juzgada, él puso su sello, el EspÃritu Santo, sobre todos los que le pertenecen: divina señal mediante la cual Dios reconoce a sus hijos. Cuando todos los fieles han recibido la señal protectora, se puede dar la orden de destrucción a los vengadores. Y el juicio debe caer primeramente sobre el elemento más responsable: el santuario contaminado que Ezequiel habÃa visitado (v. 6; comp. 1 Pedro 4:17).
¡Es una solemne página de la historia de Israel! En otro tiempo Jehová habÃa escogido para sà una morada en medio de su pueblo (Deuteronomio 12:5). HabÃa venido a ocuparla en gracia para felicidad de los suyos, pero ellos eran responsables de mantener en ella la santidad que conviene a su casa (Salmo 93:5). Mas en ese santo templo âcomo suprema provocaciónâ se habÃan dado cita las peores abominaciones. SÃ, Israel habÃa hecho todo lo necesario para alejar a Jehová de su santuario (cap. 8:6). Por eso ¡ahora Dios se va!, pero véase con qué conmovedora lentitud lo hace, por etapas, para hacernos sentir toda la tristeza que le produce esa partida y como para decirle a Israel: ¿No me retendrás?
En primer lugar, la gloria se queda en el umbral del santuario (v. 4 y cap. 9:3). Luego se eleva y se detiene todavÃa en la puerta oriental de la casa de Jehová, como si no pudiese decidirse a dejarla (v. 19).
Creyentes, no olvidemos que somos el templo de Dios y que su EspÃritu habita en nosotros (1 Corintios 3:16-17). Si ese templo (nuestro corazón) llega a estar lleno de Ãdolos, el EspÃritu, entristecido, no obrará más, la comunión con Dios se interrumpirá. Ãl es un âDios celosoâ que no puede soportar que se le quiera hacer compartir nuestro afecto (2 Corintios 6:15).
Después de la iniquidad religiosa del pueblo de Jerusalén, revelada en el capÃtulo 8, los versÃculos 1 a 12 denuncian el pecado de sus jefes polÃticos. Jehová se dispone a confundir sus consejos y su prudencia y da la prueba de ello hiriendo de muerte a uno de esos hombres, mientras Ezequiel se dirige a ellos.
â¿Destruirás del todo?â âpregunta el profeta angustiado. No, porque aun sin aguardar la completa dispersión del pueblo, Jehová ya habla de su restauración y de su congregación; él le dará âun (solo) corazón⦠un espÃritu nuevo⦠un corazón de carneâ (v. 19). Y antes de retirar por completo su gloria de ese santuario contaminado que ha de ser destruido, les promete que él mismo será âpor pequeño santuarioâ a cada uno de aquellos que guarden la fe en él. ¡Maravillosa gracia de Dios! El recurso de 1 Reyes 8:48 va a faltar, pero, por más lejos que estén de Jerusalén por su culpa, lo mismo podrán hallarle y adorarle. Desde entonces, este pensamiento y esta experiencia ¡qué consuelo han proporcionado a innumerables creyentes aislados! La visión de Ezequiel en Jerusalén se acaba con la partida de la gloria, del mismo lugar en que los discÃpulos contemplarán la ascensión del Señor Jesús (v. 23; Hechos 1:12). Luego, el espÃritu del profeta es llevado de vuelta a Caldea.
Asà como JeremÃas llevaba un yugo sobre sus hombros (JeremÃas 28:10), aquà Ezequiel es invitado a cargar con âenseres de cautiverioâ, lo que tiene el mismo significado. De modo que esos profetas eran verdadera âseñalâ de lo que Jehová iba a cumplir (v. 11). Hijos de Dios, todo en nuestro comportamiento deberÃa mostrar nuestra obediencia a Dios, nuestro carácter de extranjeros aquà abajo y asimismo nuestra próxima partida⦠no hacia el cautiverio sino, por el contrario, hacia nuestra patria eterna. Ezequiel es interrogado acerca de su insólita actitud (v. 9), como lo serÃamos ciertamente a menudo si fuésemos más fieles. Al temer singularizarnos, hacernos distinguir mediante una firme separación del mundo, perdemos muchas oportunidades de dar testimonio acerca de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).
La extraña profecÃa del versÃculo 13 se cumplió al pie de la letra. SedequÃas, ciego, no pudo ver el paÃs de su cautiverio (comp. JeremÃas 39:7).
Los versÃculos 26 a 28 nos dan a conocer las objeciones de âlos de la casa de Israelâ. Como no se atreven a negar la profecÃa que los condena, difieren su cumplimiento a tiempos lejanos.
Hoy también âsiervos malosâ parecen decirle al Señor: ¡Vuelve lo más tarde posible!
La duración de un edificio no depende tanto de la calidad de sus piedras o de sus ladrillos como de la mezcla empleada para unirlos. Muchas obras de albañilerÃa construidas por los romanos han subsistido hasta nuestros dÃas a causa de la extraordinaria solidez de su cemento, mientras que buen número de monumentos construidos mucho más tarde no han resistido la acción de agentes destructores. Para disimular las crecientes grietas de la unidad de Israel, sus falsos profetas habÃan empleado la mala mezcla de una âpazâ que no era tal (v. 10). Sus tranquilizadores discursos no podÃan impedir que la âparedâ cayera en el dÃa de la tempestad (comp. Mateo 7:26-27).
¡No olvidemos que todo creyente es un obrero del Señor! El único fundamento, Jesucristo, ha sido puesto; cada uno debe considerar cómo y con qué material edifica encima (1 Corintios 3:10-15).
Los versÃculos 17 a 21 nos muestran que las almas mal afirmadas pueden literalmente caer en la trampa mediante futilidades, en particular las de la moda y de las comodidades (2 Pedro 2:14). Velemos por nuestras almas.
Una última condenación es pronunciada en el versÃculo 22 contra los que entristecieron âcon mentiras el corazón del justoâ. ¡Cuánto sufrió Cristo aquà abajo a causa de esa misma hipocresÃa!
Algunos de los ancianos de Israel visitan a Ezequiel con una intención que parece buena: la de consultar a Jehová. Pero Dios advierte a su profeta que no se deje engañar por las apariencias. El corazón de esos hombres estaba lleno de Ãdolos que constituÃan un verdadero muro de separación entre él y ellos: âse han apartado de mà todos ellos por sus Ãdolosâ (v. 5; comp. Lucas 16:15).
Retengamos esta importante lección: para conocer y comprender el pensamiento del Señor, la condición primordial no es nuestro grado de inteligencia, nuestra experiencia cristiana o nuestro conocimiento de la Biblia, sino el estado de nuestro corazón. ¿Es recto ante Dios o esconde cosas inconfesables, Ãdolos muy arraigados? Quizás ésa sea la razón por la cual a veces Dios no responde a nuestras oraciones. Grabemos bien en nuestra memoria estas palabras del Señor: âSeparados de mà nada podéis hacerâ (comp. v. 5); con su preciosa contrapartida: âSi permanecéis en mÃ, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hechoâ (Juan 15:5 y 7).
Jehová da a conocer a su siervo los âjuicios terriblesâ que tiene en reserva: espada, hambre, fieras y pestilencia (v. 21). Y declara que incluso la presencia de tres hombres de Dios tan notables como Noé, Daniel y Job no bastarÃa para liberar al paÃs culpable. Jehová asocia los nombres de esos tres testigos excepcionales, quienes vivieron en épocas muy diferentes (Daniel vivÃa todavÃa en Babilonia), para recordar que el temor de Dios y la justicia pueden ser practicados en todos los tiempos âaunque éstos fueran tan sombrÃos como los que precedieron al diluvioâ y que él responderÃa mediante una liberación individual (comp. Proverbios 11:8). De manera que nadie tiene el derecho de disculpar su conducta invocando el medio en que vive y las influencias que sufre.
En el capÃtulo 15 se vuelve a tomar la imagen de la vid de Israel (véase también cap. 17:6; 19:10). Si bien no dio fruto, por lo menos ¿podrá ser utilizada su madera? (v. 3). ¡De ninguna manera! Carece de valor, apenas es buena para ser quemada. ¡Terrible suerte la de los estériles pámpanos de la vid de Israel⦠y la de los que el Padre se verá obligado a quitar de la verdadera vid! (Juan 15:1-2).
Este pasmoso capÃtulo describe la odiosa conducta de Jerusalén para con Jehová, a quien todo lo debÃa. El origen impuro y el total desamparo de la niña menospreciada y abandonada en el campo al nacer (lo que practican todavÃa ciertas tribus paganas) hacen resaltar la abominable ingratitud de aquella que se entregó a la peor idolatrÃa y utilizó los preciosos dones de su Bienhechor para sus infames pasiones.
De hecho, esta dolorosa historia es la de todo hombre. Dios halló a su criatura en el más horrendo estado de impotencia y degradación moral (comp. Lucas 10:30-35). Ãl hizo todo por arrancarla de ese estado y darle una nueva vida. ¿Cómo respondió el hombre a tanta gracia?
Queridos amigos, es muy serio pensar en ello: esa incalificable conducta es también la nuestra cada vez que desviamos, para nuestras codicias, lo que pertenece al Señor y debe servir para su gloria, sean nuestros bienes o nuestros cuerpos (1 Corintios 6:19-20).
La relación de Jerusalén con Jehová agravaba terriblemente sus pecados. A ese respecto, Sodoma era menos culpable que ella, y aun Samaria, la que, sin embargo, era objeto del más profundo desprecio de parte de los judÃos (v. 52; Juan 4:9). Además, sabemos que a veces Satanás hace que los que están en relación con Dios caigan más bajo que los otros hombres, porque a través de ellos busca empañar la gloria del Señor. El estado de pecado descrito en el versÃculo 49 debe hacernos reflexionar: âsoberbia, saciedad de pan y abundancia de ocioâ con el inevitable egoÃsmo como consecuencia. Desde tal punto de partida, Sodoma llegó a los horrorosos pecados que trajeron su âdestrucciónâ (2 Pedro 2:6). Pero, contrariamente a toda esperanza, los versÃculos 60 a 63 nos hacen saber que tal no es la suerte final que aguarda a la ingrata Jerusalén. Su infidelidad no pudo cambiar la fidelidad de su divino Esposo. Una vez más, la culpable ciudad será el objeto de una misericordia aún más grande que la del principio. SÃ, las últimas palabras de este capÃtulo, lleno de tantos crÃmenes y abominaciones, nos confunden: âCuando yo perdone todo lo que hiciste, dice Jehová el Señorâ (v. 63; Romanos 11:33).
La parábola de las dos grandes águilas y de la vid, explicada en los versÃculos 11 a 21, describe figuradamente los acontecimientos que se desarrollaban entonces. El rey de Babilonia, primera gran águila, deporta a JoaquÃn, débil renuevo del cedro real, y toma bajo su tutela a la vid de Judá. Pone a su cabeza a SedequÃas, a quien hace prestar juramento en nombre de Jehová. Pero el rey de Judá no vacila en traicionar ese juramento. Por eso, el rey de Babilonia, instrumento en manos de Jehová, castiga al prÃncipe felón y lo lleva en cautiverio.
La particular gravedad del crimen de SedequÃas era que deshonraba el nombre de Jehová ante las naciones. Mostraba cuán poco estimaban ese nombre aquellos sobre quienes el mismo habÃa sido puesto (Ãxodo 23:21). Como redimidos por el Señor Jesús, somos responsables, ante el mundo, de honrar âel buen nombre que fue invocado sobre nosotrosâ (Santiago 2:7). Los que nos rodean nos observan mucho más cerca de lo que pensamos; sin piedad subrayarán nuestras inconsecuencias, porque se sirven de ellas para disculparse a sà mismos. Y ¿cómo podremos conducirlos a un Salvador acerca del cual habremos mostrado tan poco apego?
El enigma del capÃtulo 17 se acaba de manera divina. Jehová habla en él del renuevo que él mismo ây no ya esta vez la gran águilaâ tomará del mismo cedro real de David y lo establecerá en un monte alto y sublime como árbol poderoso y lleno de frutos. Comprendemos que se trata del Señor Jesús y de su futuro reinado (comp. IsaÃas 11:1 y Salmo 2:6).
En el capÃtulo 18, Jehová discute con los hombres de Israel. Ãstos, en lugar de humillarse al ver cómo se cumplen los castigos, intentan justificarse con un insolente proverbio de su invención (v. 2): âLos padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la denteraâ; dicho de otro modo: nuestra generación paga por las precedentes; nuestros padres pecaron y nosotros sufrimos las consecuencias (véase JeremÃas 31:29-30). ¡Esto equivale a acusar a Dios de injusticia! Pero este capÃtulo destruye su perverso razonamiento; cosechan lo que ellos mismos sembraron (Gálatas 6:7).
¿No reconocemos en esos hombres una triste disposición de nuestro corazón: la de echar sobre los demás la responsabilidad de nuestras faltas? Esto traiciona nuestra ceguera y nuestro orgullo y también nos hace malograr las saludables lecciones del Señor (véase Génesis 3:12 y Romanos 2:1).
Todo este capÃtulo subraya el principio de la responsabilidad individual de cada alma (dicho de otro modo, de cada persona) ante Dios. Y lo repetimos una vez más: usted no es salvo por la piedad de sus padres o abuelos, ni porque usted frecuente una reunión de hijos de Dios. âEl alma que pecare, esa moriráâ (v. 20). âPorque la paga del pecado es muerteâ (aunque en Ezequiel sólo es cuestión de la muerte del cuerpo); âmas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestroâ (Romanos 6:23).
Al igual que muchos incrédulos hoy en dÃa, ese pueblo ciego y culpable acusó a Dios de injusticia. Hasta llegó a decir: âNo es recto el camino del Señorâ (v. 25 y 29; 33:17 y 20). â¿Quiero yo la muerte del impÃo?â está obligado a preguntar Jehová. ¡Qué pregunta! En su inmenso amor, âDios nuestro Salvador⦠quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdadâ (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Por eso las últimas palabras de este capÃtulo todavÃa son un llamado de gracia dirigido a su pueblo⦠y quizás a usted: âConvertÃos, pues, y viviréisâ.
Al igual que la parábola de las dos grandes águilas (cap. 17), la de la leona y los leoncillos pone en escena a los últimos reyes de Judá y su trágica historia, tal como nos la cuenta el final de los libros de los Reyes y las Crónicas. Joacaz y Joacim, como hijos del fiel JosÃas confirmaban por completo lo que Jehová habÃa declarado en el capÃtulo precedente. Esos malos prÃncipes sufrÃan el castigo correspondiente a sus propios pecados, y la justicia de su padre no tenÃa el poder de liberarlos (véase el cap. 18:5-13).
El profeta se refiere de nuevo al cautiverio del último rey de Judá y de la destrucción de la vid de Israel por medio del fuego. Quizás algunos se pregunten por qué esos acontecimientos ocupan semejante lugar en el Libro divino, mientras que prácticamente no tienen ninguno en los manuales de Historia. Pero a los ojos de Dios se trata de uno de los momentos cruciales de la Historia de la humanidad. La sede de Su gobierno abandonaba a Israel por largos siglos. Jerusalén dejaba de ser el lugar en que Jehová habÃa puesto su morada en la tierra. Empezaba el tiempo de las naciones. Ãste todavÃa dura y sólo llegará a su fin con el reinado de Cristo y la restauración de Israel.
Los ancianos, a quienes la primera visita hecha a Ezequiel no parece haberles enseñado nada (cap. 14), vuelven a visitar al profeta. Por medio de su siervo, Dios les prepara âesta vez no en lenguaje simbólicoâ una lista de las abominaciones de Israel, lista tan antigua como la historia de ese pueblo. Desde los tiempos de Egipto se rebeló; rehusó abandonar sus Ãdolos y no quiso escuchar a aquel que se revelaba (v. 8). Entonces, para hacerse oÃr, Jehová condujo a su pueblo al desierto. Nada es más impresionante que el silencio del desierto. Por eso es un lugar particularmente favorable para escuchar a Dios; en él no distraen los ruidos exteriores. En SinaÃ, Israel recibió los estatutos y las ordenanzas de Jehová (v. 10-11). Más tarde, Juan predicó en el desierto el arrepentimiento y la venida del MesÃas (Juan 1:23). Finalmente, allà será llevado el pueblo una vez más, antes del advenimiento del Señor, a fin de que Dios hable a su corazón (Oseas 2:14). Allà Moisés, Pablo y otros muchos siervos fueron preparados largamente para su ministerio (Ãxodo 3; Gálatas 1:17-18).
Queridos amigos, no rehusemos, pues, ser llevados aparte, cualquiera sea la forma (forzosa soledad, larga enfermedad, etc.) en que a veces el Señor juzga conveniente hacerlo.
Dios conduce a los suyos al desierto no sólo para hablarles sino también cuando quiere disciplinarlos. Y sabemos por qué. Asà como los padres no deben corregir a sus hijos delante de extraños, sino que deben llevarlos aparte, igualmente esa disciplina es un asunto entre Dios y sus redimidos, lo cual al mundo no le incumbe. Lamentablemente, a menudo tememos permanecer a solas con el Señor a causa del mal estado de nuestra conciencia y tratamos de eludirle en el torbellino de la vida cotidiana. Sin embargo, es indispensable que los creyentes sean «depurados». Dios no puede soportar en ellos ni términos medios ni mezcla. En cuanto a aquellos que rehúsan escucharle, ¡les deja que sirvan a sus Ãdolos (v. 39; comp. Oseas 4:17 y Apocalipsis 22:11) con tal que no aparenten servirle a él también!
Sabemos que toda la generación de los hombres de guerra de Israel cayó en el desierto y sólo sus descendientes entraron en Canaán (Deuteronomio 2:14). De nuevo, cuando llegue el momento de juntar a las diez tribus actualmente esparcidas en el âdesierto de los pueblosâ, Dios castigará a los rebeldes, los que no entrarán en Su tierra. Solamente después podrá aceptar las ofrendas de su pueblo y hallar su placer en él (v. 40-41; MalaquÃas 3:4).
â¿No profiere éste parábolas?â se decÃa de Ezequiel con cierto desprecio. Su lenguaje le parecÃa difÃcil al pueblo únicamente porque éste no querÃa comprender. Asà es cómo los incrédulos de buena gana invocan las dificultades de la Palabra y las usan como pretexto para evitar someterse a ella.
En este terrible capÃtulo la espada, primero de los cuatro desastrosos juicios (véase cap. 14:21) sale de su vaina para ejecutar el castigo. Para manejarla, Jehová se servirá del rey de Babilonia, a quien vemos en una encrucijada, ocupado en consultar a sus dioses (v. 21).
¿Empezará su ataque por Jerusalén o por Rabá de los hijos de Amón? A los ojos del pueblo de Judá esta adivinación era falsa y sin valor (v. 23). Y ¡por cierto que lo era! Pero, por encima de estas cosas, Jehová decidió la ruina de Jerusalén (v. 27) y el fin de la realeza. La corona le será quitada al âprofano e impÃo prÃncipe de Israelâ (el profano es aquel que pisotea las bendiciones de Dios: comp. cap. 22:26 y, en Hebreos 12:16, el ejemplo de Esaú).
Desde entonces no habrá más descendiente de David en el trono hasta la venida de Cristo, âaquel cuyo es el derechoâ.
Aquà se llama a Jerusalén âla ciudad derramadora de sangreâ. Todas las clases eran culpables. Los prÃncipes, como lobos, habÃan derramado sangre, transgredido la ley de todas las maneras y destruido las almas (v. 6 y 27). Los sacerdotes habÃan violado la ley (v. 26); los profetas mentirosos habÃan saqueado las cosas preciosas y devorado las almas (v. 25 y 28); finalmente, el pueblo cometÃa robo y oprimÃa al afligido y al pobre (v. 29). En vano Jehová habÃa buscado a alguien âque hiciese valladoâ, y que, como Moisés, âse pusiese en la brechaâ delante de él a favor de la tierra (v. 30; Salmo 106:23).
Esa doble función corresponde a las consignas del creyente: velar y orar. Velar para impedir la penetración del mal y del mundo en la asamblea y en nuestro corazón. Interceder por el testimonio del Señor.
La importancia que Dios atribuye a la separación de los suyos todavÃa es subrayada en el capÃtulo 23. Bajo la figura de los crÃmenes de Ahola (Samaria o las diez tribus) y Aholiba (Jerusalén y Judá), Dios nos habla de alianzas culpables de Israel con paÃses vecinos: Egipto, Asiria, Babilonia y de su castigo por medio de ellos. Cuando un creyente establece vÃnculos con el mundo, a menudo recibe su castigo por mano de este último.
Aquà empieza una nueva división de la profecÃa. Está fechada en un solemne dÃa que marca el comienzo del sitio final de Jerusalén (comp. 2 Reyes 25:1). Jehová vuelve a tomar la comparación de la olla (cap. 11:3) y anuncia que no sólo su contenido (los habitantes de la ciudad) será consumido sino que también la olla (Jerusalén con su herrumbre inveterada) se fundirá en el fuego que se enciende.
Sabemos en qué estado saldrá la ciudad de ese espantoso sitio (2 Crónicas 36:19). Pero ese mismo dÃa trae también a Ezequiel personalmente el duelo y el sufrimiento: súbitamente le es quitada su mujer. AsÃ, por sus propias circunstancias, el profeta enseña a los hijos de su pueblo qué dolores van a caer sobre ellos cuando Jehová les quite lo que más quieren su capital y su santuario.
Se comprueba que un siervo de Dios no deja de compartir las pruebas de aquellos entre los que vive. ¡Cuántas aflicciones han sido las de ese hombre de Dios! A fin de ser una âseñalâ para su pueblo (v. 27), le vemos someterse a todo lo que Jehová le pide (comp. Salmo 131:2).
¡Sin que el Señor necesariamente nos pida grandes sacrificios, es de desear que halle en nosotros instrumentos dóciles y discÃpulos obedientes!
Como en otros libros de profetas, el anuncio de los juicios sobre Israel es seguido ahora por profecÃas contra las naciones (véase IsaÃas 13 a 23; JeremÃas 46 a 51). Ya el capÃtulo 21 nos mostró al rey de Babilonia vacilando en cuanto a si era mejor atacar a Rabá de los hijos de Amón antes que a Jerusalén y en esa ocasión los versÃculos 33 a 37 del mismo capÃtulo anunciaban el castigo de esos descendientes de Lot, perpetuos enemigos de Israel. Amón, dejado indemne momentáneamente, en lugar de sacar una enseñanza de ello se habÃa alegrado cobardemente de los golpes caÃdos sobre el santuario, la tierra menospreciada de Israel y la realeza de Judá (v. 3 y 6). Se burló de Israel en su desgracia (Proverbios 17:5). Pero âJehová escarnecerá a los escarnecedoresâ declara también Proverbios 3:34, citado en el Nuevo Testamento: âDios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildesââ (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5). Por cierto, la soberbia caracteriza a Amón y a su hermano Moab (SofonÃas 2:8; IsaÃas 16:6). Jehová va a humillarlos y dará sus paÃses en posesión a nómadas saqueadores (v. 4 y 10).
Edom y Filistea son igualmente muy culpables. El uno y la otra aprovecharon la ruina de Israel para vengarse âcon despecho de ánimoâ de sus antiguas amistades (v. 12 y 15). A su turno tendrán que soportar la venganza de Jehová.
Los capÃtulos 26 a 28 se consagran a Tiro, la opulenta ciudad fenicia, señora de los mares y principal centro comercial de la antigüedad. Lo mismo que un comerciante puede felicitarse de la desaparición de un competidor vecino, Tiro se alegró de las calamidades de Jerusalén. Precisamente, esa malsana alegrÃa llegará a ser el motivo de su propia ruina.
El capÃtulo 27 enumera sus clientes y proveedores y hace la inmensa lista de los productos de su comercio. Tiro es una imagen del mundo y sus riquezas. Los hombres siempre han pensado que el crecimiento del nivel de vida de los pueblos era el medio para liberar a la humanidad de sus penas y miserias. No han cesado de trabajar en procura de esa prosperidad material, tendiendo todos sus esfuerzos a embellecer el mundo y hacer la vida más agradable en él. Pero, lejos de conducir las almas a Dios, esa carrera en pos del progreso no hizo sino desarrollar la autosatisfacción (cap. 27, final del v. 3), la pretensión laodiceana de ser rico y no tener necesidad de nada.
Entre las preciosas mercancÃas de Tiro se buscarÃa en vano el âoro refinado en fuegoâ de la justicia divina, las âvestiduras blancasâ del andar práctico y el âcolirioâ para los ojos de la fe, que es el EspÃritu Santo. Porque sólo se los puede âcomprarâ al Señor Jesús (Apocalipsis 3:17-18).
El brillante prÃncipe de Tiro, quien se enalteció como un dios, es objeto de una profecÃa personal. Su castigo nos recuerda el que hirió a Herodes por haber aceptado los halagos de los de Tiro y Sidón, cuando dijeron: âVoz de Dios, y no de hombreâ (Hechos 12:20-23). Pero, bajo esa figura del rey de Tiro, Dios quiere hablarnos de un ser misterioso y terrible: Satanás mismo. PrÃncipe de este mundo âdel cual Tiro es imagenâ, él utiliza sus riquezas para satisfacer las codicias de los hombres, a fin de mantenerlos sujetos a esclavitud. Y por los versÃculos 12-15 nos enteramos de que Satanás no fue siempre el Maligno, el enemigo de Dios y de los creyentes. Resplandeciente querubÃn, âlleno de sabidurÃa, y acabado en hermosuraâ, también fue perfecto en sus caminos hasta el dÃa en que se halló iniquidad en él (v. 15). Su corazón se enalteció hasta querer dejar su posición de criatura y ser como Dios (v. 2; IsaÃas 14:13). La soberbia es llamada âla condenación del diabloâ (1 Timoteo 3:6) y por esa misma tentación ââseréis como Diosââ él arrastró al hombre consigo en su caÃda. Pero Satanás fue vencido por Cristo en la cruz y la Biblia nos revela la terrible suerte que le está reservada (Apocalipsis 20:10).
Después de Tiro, su vecina y aliada Sidón es objeto de una corta profecÃa. Formaba parte de los que menospreciaban a la casa de Israel (v. 24 y 26) y aprenderÃa a conocerle por los juicios de Jehová.
Cuatro capÃtulos (29 a 32) son consagrados casi enteramente a Egipto. Esta nación, rival de Asiria y luego de Babilonia, desempeñó un considerable papel en la historia de Israel. Ella también aspiraba a tener el dominio universal. Pero Dios lo dio a Nabucodonosor, y a su turno, Egipto iba a ser una de las provincias del gran imperio babilónico. Uno puede preguntarse por qué Jehová escogió una de esas naciones paganas en vez de otra para que dominase al mundo. Entre otras, una de las razones por las cuales Egipto debÃa ser humillado era la falsa confianza que Israel habÃa puesto en él (cap. 29:6 y 16). Era necesario que Judá y sus reyes no parecieran haber tenido razón al confiar en Egipto.
Ãste era un báculo de caña frágil y quebrada que herÃa la mano de los que se apoyaban en él (v. 6-7; IsaÃas 36:6). El Señor, en su fidelidad, seguramente muchas veces se complació en quebrar nuestros apoyos humanos para mostrarnos la vanidad de ellos y enseñarnos a descansar sólo en él.
Jehová no habÃa olvidado que Egipto seguÃa siendo una trampa para su pueblo. ¡E iba a demostrarlo! Además, daba ese paÃs a Nabucodonosor como recompensa por su trabajo contra Tiro (cap. 29:19-20). Los golpes que iban a herir a Egipto nos recuerdan las plagas que, en los tiempos del Ãxodo, habÃan asolado a ese paÃs, su rÃo y sus canales, sus Ãdolos y sus habitantes. La más terrible habÃa sido la muerte de sus primogénitos, cuando Jehová ejecutó sus juicios âen todos los dioses de Egiptoâ (v. 13; Ãxodo 12:12). Y, lo mismo que en otros tiempos, esos grandes juicios tenÃan como fin hacer saber a los egipcios quién era Jehová (comp. v. 19 y Ãxodo 7:5). En efecto, el cumplimiento de todos esos castigos contra las naciones debÃa tener un resultado, repetido como un refrán al final de cada profecÃa: âY sabrán que yo soy Jehováâ (23:49; 24:27; 25:5, 7, 11, 17; 26:6; 28:24 y 26; 29:21; 30:19 y 26).
No es posible escapar al conocimiento del Dios santo y a sus exigencias con respecto al pecado. Pero hoy, él se revela todavÃa como el Dios Salvador en Jesucristo. ¿Le conoce usted asÃ? Porque todos aquellos que no quieren conocerle ahora como Dios de gracia más tarde tendrán que comparecer ante él en juicio (Amós 4:12).
Este capÃtulo y los siguientes parecen difÃciles de comprender. Pero las profecÃas que contienen se esclarecen cuando las colocamos en el marco de los acontecimientos del fin de los tiempos, cuando todas las potencias humanas y nacionales que hayan combatido contra Israel serán abatidas para dar lugar al reinado de Cristo.
En esa endecha (v. 16), la suerte de las naciones nos es presentada de manera simbólica. Se encuentran en el Seol en medio de los âmuertos a espadaâ (v. 21; la expresión se halla tres veces en el cap. 32). La primera nación es Asiria, el asirio de los últimos dÃas, poderoso árbol cuya caÃda fue contada en el capÃtulo 31. Se nombra luego al Elam (Persia) con Mesec y Tubal (Rusia). También allà están Edom, los prÃncipes del norte, los sidonios, lo mismo que Faraón y âtoda su multitudâ. Pueblos grandes y pequeños, después de haber estado más o menos tiempo en la actualidad de la escena mundial, vuelven a encontrarse en ese siniestro lugar de cita. ¿Qué se hizo de su magnificencia? ¿De qué les sirvió su poderÃo? El terror que inspiraban ya no asusta a nadie y llega a ser su vergüenza (v. 30). Todo lo que tanto importa en la âtierra de los vivientesâ no tiene más valor en el umbral de la eternidad. Entonces, una sola pregunta se formulará a cada uno: ¿Está su nombre en el libro de la vida? (Apocalipsis 20:15).
En el comienzo de esta nueva división, Jehová recuerda al profeta sus consignas como atalaya (véase cap. 3:16 y sig.): advertir al malo, exhortarle a apartarse de su camino de iniquidad. Ãse es también el servicio de cada redimido del Señor, porque conoce por medio de la Palabra lo solemne del tiempo actual. Si mi trompeta diere un sonido incierto (1 Corintios 14:8) o quedare callada, Dios se proveerá de otro atalaya, pero habré faltado a mi responsabilidad y se me pedirá cuenta de ello. El apóstol Pablo habÃa cumplido fielmente ese servicio en Ãfeso y pudo decir a los ancianos de esa ciudad: âEstoy limpio de la sangre de todos⦠no he cesado de amonestar con lágrimas a cada unoâ (Hechos 20:26-27 y 31).
El versÃculo 10 puede aplicarse a todos aquellos que son conscientes del peso de sus pecados, sin conocer todavÃa al Dios que perdona. En respuesta a esos ejercicios, Jehová repite su preciosa declaración del capÃtulo 18:23: âVivo yo⦠que no quiero la muerte del impÃo, sino que se vuelva el impÃo de su camino, y que vivaâ (v. 11). âPorque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eternaâ (Juan 3:16).
Ezequiel recibe las noticias de la conquista de Jerusalén. Desde el primer dÃa del sitio, Jehová le habÃa indicado de qué manera serÃa avisado (comp. v. 21-22 con cap. 24:25-27). Ahora, va a reducir al paÃs a desierto a causa de la soberbia de los que permanecen en Judea.
El final del capÃtulo (v. 30-33) es muy solemne. Nos muestra que las palabras de Ezequiel eran apreciadas como agradable canto y hermosa voz. Por desgracia no se las practicaba. Sin duda, por ese motivo el profeta habÃa permanecido callado por un tiempo (v. 22); era un juicio para el pueblo y no para él. Porque la trompeta de un atalaya no resuena para que se disfrute su melodÃa. Se trata de una señal de alerta. ¡Desdichados aquellos que no la tomen en cuenta!
¿No ocurre lo mismo hoy en dÃa? Algunos pretendidos cristianos parecen oÃr con placer las predicaciones⦠pero de ninguna manera están dispuestos a poner en práctica lo que se les enseña. ¿A qué se debe? ¡A falta de rectitud! Lo que se aparenta no corresponde al verdadero estado del corazón (final del v. 31). El Señor dirá de Israel: âEste pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mÃâ (Marcos 7:6; IsaÃas 29:13).
Este capÃtulo condena muy severamente a los malos pastores (reyes, prÃncipes y jefes del pueblo). No sólo no cuidaron a las ovejas débiles, enfermas, heridas o descarriadas, sino que ellos mismos engordaron a expensas del rebaño de Israel. Sin temor de Dios y sin amor por el pueblo, obraron como si este último les perteneciera y tuvieran âseñorÃoâ sobre él en lugar de ser âejemplos de la greyâ (léase 1 Pedro 5:2-4). Ante ese completo in-cumplimiento, Jehová decide cuidar él mismo a sus ovejas. âHe aquà yoâ declara él. Y reconocemos el maravilloso amor del âPastor de Israel» (Salmo 80:1), subrayado por el contraste con los malos pastores. Ãl promete quedarse en medio de sus ovejas, librarlas, juntarlas, traerlas por âlas riberasâ y a âbuenos pastosâ y hacerlas descansar en buen redil (comp. Salmo 23). La perdida será buscada, la descarriada traÃda al redil; la perniquebrada será vendada y la débil fortalecida. Se trata de la reunión final y de la bendición de Israel. Pero ¡qué preciosa imagen de los tiernos cuidados que el Señor dispensa a cada uno de sus redimidos! (léase 1 Pedro 5:7).
Jehová denuncia severamente el egoÃsmo de las ovejas fuertes y engordadas y promete que reparará los agravios hechos a las que son flacas y débiles. Luego designa âcon comprensible satisfacción y amorâ al pastor a quien él va a suscitar: su siervo David. A través de éste, fiel pastor del rebaño de su padre y más tarde del de Israel (1 Samuel 17:34-35; 2 Samuel 5:2), Dios quiere hablarnos de su Amado. âYo soy el buen pastorâ dirá Jesús, en contraste con todos los malos pastores de los cuales nos habló en el comienzo de este capÃtulo. Tuvo compasión de las multitudes de Israel, cansadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor (Mateo 9:36). Lo que caracteriza al buen Pastor es que da su vida por las ovejas (Juan 10:11). Tal es, por cierto, la suprema prueba de su bondad, la que supera todos los cuidados enumerados en este capÃtulo. âConozco mis ovejas, y las mÃas me conocenâ agrega el Señor; palabras que podemos comparar con los versÃculos 30 y 31. Escuchemos todavÃa esa conmovedora expresión: âovejas mÃas, ovejas de mi pastoâ (comp. Salmo 100:3). En el capÃtulo 36:38 hallaremos otras âovejas consagradas⦠ovejas de Jerusalén⦠rebaños de hombresâ.
Entre los vecinos de Israel, Edom era particularmente culpable (v. 5). Todo el capÃtulo 35 es una profecÃa contra esos descendientes de Esaú. Con toda la fruición maligna de su corazón pensaban aprovechar la desolación de Israel para tomar posesión de su territorio (cap. 35:10). Pero Jehová estaba allà y velaba. ¿No habÃa afirmado ya desde antes del nacimiento de Jacob y Esaú: âEl un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menorâ? (Génesis 25:23). Nunca se retractará de su palabra.
Edom se habÃa burlado de âlas alturas (o collados) eternasâ, nombradas asà por Dios mismo en las dos bendiciones destinadas a José (v. 2; Génesis 49:26; Deuteronomio 33:15). Esos montes y esos collados habÃan âllevado el oprobio de las nacionesâ (v. 6), porque, según la costumbre pagana, el pueblo impÃo habÃa edificado allà lugares altos desde los dÃas de Salomón (1 Reyes 11:7). A Jehová le complacerá llenarlos de fruto (comp. Salmo 72:16). Como los incrédulos en otros tiempos, los enemigos decÃan de ese paÃs que él devoraba a sus habitantes (v. 13; Números 13:33). Pero Dios no permitirá más a las naciones que insulten y cubran de oprobio a la heredad de su pueblo; éste no caerá más âen boca de habladores» (v. 3).
Ahora Jehová habla de la obra que quiere cumplir mediante su EspÃritu en el corazón de los hijos de Israel⦠y de todos los hombres. Comparemos el versÃculo 26 con las palabras que Jesús dijo a Nicodemo respecto del nuevo nacimiento. âEl que no naciere de agua (v. 25) y del EspÃritu (v. 27), no puede entrar en el reino de Diosâ (Juan 3:5). El agua que limpia, siempre es la Palabra que el EspÃritu Santo aplica a la conciencia y al corazón a fin de que sea recibida y creÃda para salvación (comp. Juan 4:14).
La nueva vida dada gratuitamente a todos los que creen es la condición para entrar en el reino y en la familia de Dios. Pero no basta que un niño venga al mundo. Luego deberá aprender a andar; más tarde irá a la escuela. Asà ocurre con el hijo de Dios (v. 27). Además, tarde o temprano debe pasar por la gran experiencia del versÃculo 31: âOs avergonzaréis de vosotros mismosâ¦â (véase cap. 6:9; 20:43). El EspÃritu de Dios conduce al alma regenerada a ese conocimiento de sà misma (comp. Job 42:6).
Nicodemo, maestro de Israel, habrÃa tenido que conocer estas cosas (Juan 3:10). Estaban expresamente anunciadas en los profetas (véase también Ezequiel 11:19; JeremÃas 24:7 y sig.) Y usted, querido amigo que quizás haya sido enseñado en ellas desde su niñez, ¿no deberÃa conocerlas todavÃa mejor?
Este extraordinario capÃtulo completa al precedente, mostrándonos esta vez cómo Jehová da una nueva vida a todo su pueblo restaurado. Como lo explican los versÃculos 11 a 14, esta asombrosa visión se aplica a la resurrección nacional de Israel (después del arrebatamiento de la Iglesia). El actual retorno de judÃos a Palestina parece ser el preludio de ello. En respuesta a la palabra del profeta, los huesos se juntan, los nervios, la carne y la piel vienen a cubrirlos, pero su estado de muerte no ha cambiado. Es un despertar nacional nada comparable con el despertar espiritual que el pueblo conocerá luego, al alba del reinado de Cristo. En efecto, para dar la vida, el EspÃritu de Dios debe obrar y entonces lo hará despertando la conciencia y los afectos de ese pueblo (Salmo 104:30).
La pregunta formulada al profeta subraya la completa impotencia humana (v. 3). En esos huesos no hay fuerza ni vida. Pero todo eso precisamente hace resaltar el poder de Dios, âel cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesenâ (Romanos 4:17). ¡Cuánto más maravillosa aun es la obra que él cumplió en nosotros! Si bien estábamos muertos en nuestros pecados, él nos dio vida juntamente con Cristo (Efesios 2:5; Colosenses 2:13; Juan 5:21).
Bajo el reinado de Roboam, las diez tribus âcuyo cabecilla era EfraÃnâ se habÃan separado de Judá y de BenjamÃn como consecuencia de la infidelidad de Salomón. Desde entonces, esa brecha nunca fue reparada. Sin embargo, lo será cuando se establezca el reinado de Cristo, y Ezequiel lo anuncia asà por medio de esos dos palos que forman sólo uno en su mano (comp. JeremÃas 3:18). Jehová muestra que, sin aguardar ese momento, la unidad de su pueblo no deja de estar en su pensamiento. Los profetas y luego los apóstoles nunca perdieron de vista el conjunto de las doce tribus (1 Reyes 18:31; Hechos 26:7; Santiago 1:1).
Ocurre lo mismo con la Iglesia del Señor Jesús. Por culpa de sus hombres su unidad no es ya visible, pero ella existe para él y nunca deberÃamos olvidarlo. En presencia de toda la confusión y las divisiones de la cristiandad, es consolador pensar que hay sólo una verdadera Iglesia compuesta por todos los creyentes. Hay âun cuerpoâ, como también âun Señorâ: Cristo, de quien David es aquà figura (Efesios 4:4-5;1 Corintios 12:5 y 12). âUn rey será a todos ellos por rey⦠nunca más serán divididosâ (v. 22). âMi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastorâ (comp. Juan 10:16).
En los capÃtulos 38 y 39 entra en escena un personaje espantoso, ya encontrado en la profecÃa bajo el nombre de asirio. Aquà lleva el nombre de Gog y su dominación se extiende hasta Magog, el antiguo paÃs de los escitas, ubicado al norte del mar Negro, pueblo considerado en otros tiempos como particularmente bárbaro (comp. Colosenses 3:11). Gog es el prÃncipe de âRos, Mesec y Tubalâ (v. 2, V.M.; véase Génesis 10:2), nombres en los cuales se pudo reconocer respectivamente a Rusia, Moscú y Tobolsk, esta última capital de Siberia. A la cabeza de una formidable coalición de pueblos asiáticos, ese jefe, más terrible que Atila y que cualquier otro conquistador de la Historia, vendrá âcomo tempestadâ sobre la tierra de Israel para tomar posesión de ella. Pero Dios intervendrá directamente desde el cielo para aniquilarlos (v. 22) y además esas diferentes razas y naciones se destruirán recÃprocamente (v. 21). A menudo hace falta muy poca cosa para convertir a los amigos de ayer en encarnizados adversarios. De esa manera fueron salvados en otro tiempo Josafat y el pueblo de Judá (2 Crónicas 20:23). Queridos amigos, aquel que puede cumplir semejantes liberaciones, ¿podrÃa estar desprevenido acerca de los peligros que nos amenazan? Dejemos siempre que él mismo obre cada vez que enfrentemos los asaltos del Enemigo.
Gog, sus aliados, sus vasallos y sus innumerables hordas serán aniquilados âsobre los montes de Israelâ. Para darnos una idea de la terrorÃfica amplitud de ese asalto final, el versÃculo 9 declara que el material de guerra abandonado proveerá de bastante combustible a los habitantes para calentarse durante siete años, y el versÃculo 14 agrega que serán necesarios siete meses para enterrar a los muertos. De modo que ese paÃs que Gog habrá querido poseer llegará a ser su tumba. Y, además, Dios también enviará un juicio sobre Magog, el propio territorio del agresor.
Todo lo que concierne a esa destrucción del asirio y de sus ejércitos se halla consignado desde hace más de veinte siglos en el Libro de Dios (comp. cap. 38:17). Pero esto no impedirá que las multitudes enceguecidas por Satanás se precipiten por sà solas al lugar designado para su matanza. Si bien desde hace dos mil años el Evangelio declara adónde lleva el camino ancho (Mateo 7:13), cuán numerosos son los que lo siguen con los ojos cerrados para ir a la perdición. Tales serán los últimos acontecimientos que precederán al reinado de Cristo. De ahà en adelante Israel morará en paz; no habrá nadie que lo asuste y muchas naciones aprenderán a temer a Jehová.
A partir del capÃtulo 40 y hasta el final del libro estamos ante una visión completamente nueva del profeta. Nos transporta a Palestina durante el milenio. Israel, restaurado y reunido, mora seguro; el EspÃritu Santo se derrama sobre él (cap. 39:25-29). Ahora Dios se complace en describir el lugar de su propia habitación en la tierra, aquel en el cual su gloria podrá volver a morar. Asà como en otro tiempo Jehová habÃa mostrado a Moisés en el monte el modelo del primer tabernáculo (Ãxodo 25:40; Hebreos 8:5), le revela a Ezequiel, por medio de una visión, todos los detalles del futuro templo en otro monte. Y cada uno de nosotros puede hacerse destinatario de la exhortación del versÃculo 4: âOye con tus oÃdos, y pon tu corazón a todas las cosas que te muestroâ. El profeta va a examinar sucesivamente las tres puertas que dan acceso al atrio exterior (o patio). Cada puerta tiene el aspecto de una pequeña casa atravesada por un corredor central al cual dan tres cámaras de cada lado.
Notemos que la caña de medir que utiliza el guÃa está dividida en seis unidades, cada una de las cuales tiene un codo y un palmo (es decir, siete palmos), dimensión que solamente Dios emplea. Esto debe enseñarnos a estimarlo todo según su medida, la del santuario.
En la primera parte de este libro vimos que el templo de Salomón fue profanado; que, por decirlo asÃ, Dios fue proscrito; que los sacerdotes llegaron a adorar Ãdolos allÃ; y que la realeza faltó por completo a su deber. Las consecuencias de ello fueron la destrucción del templo, la transportación del pueblo judÃo y su apartamiento como nación. Pero Dios nunca permite que las infidelidades de los hombres contrarresten Sus propósitos. Es necesario que en los mismos lugares en que fue deshonrado, él sea plenamente glorificado, que las promesas hechas a David se cumplan, que se construya un nuevo templo y que se instituya un nuevo sacerdocio bajo el reinado de un nuevo rey (Cristo) que domine en justicia sobre un pueblo arrepentido. Todo esto se efectuará durante el milenio, tiempo âde la restauración de todas las cosasâ, del cual habla Pedro (Hechos 3:21). Ãste es el tema de los capÃtulos 40 a 48, a través de los cuales deseamos dejarnos conducir por el EspÃritu Santo, tal como aquà el profeta es guiado paso a paso por su maravilloso compañero. Con su ayuda también visitaremos este magnÃfico templo que será construido en Jerusalén para que Dios sea buscado y adorado en él.
El profeta y su guÃa han pasado por el pórtico y penetran en la casa. Al igual que el templo de Salomón, se divide en un lugar santo, de cuarenta codos, y en un lugar santÃsimo de forma cúbica que tiene veinte codos de lado. Pese a la considerable superficie ocupada por el santuario y sus anexos âlo que nos habla de la grandeza del reinado de Cristoâ comprobamos que las dimensiones interiores son exactamente las mismas que las del primer templo (1 Reyes 6:17 y 20). El plan de Dios es inmutable: sus designios respecto de Cristo y de la bendición del mundo nunca cambiaron. Con tanto tiempo de antelación prevé que queden expuestos en su santo Libro como testimonio de su fiel bondad: él cumplirá lo que se propuso. La lectura de esas páginas deberÃa hablar muy especialmente a la conciencia de Israel, al demostrarle que Dios nunca dejó de interesarse por él.
A partir del versÃculo 15 tenemos la descripción del edificio, luego la del altar y al final la de las puertas labradas del santuario. Su decoración expresa los caracteres del Reinado: poder para ejecutar juicio (los querubines, encargados de ello); paz y victoria (las palmeras).
Además de las cámaras, las que, como en el primer templo, rodean la casa hasta una altura de tres pisos (cap. 41:6 y sig.; comp. 1 Reyes 6:5), los sacerdotes disponen de un gran número de cámaras (o celdas) que dan al atrio. Allà deben comer las cosas santas, almacenarlas y también cambiar sus vestiduras para ejercer sus funciones.
En contraste, pensamos de nuevo en la celestial posición de los redimidos del Señor Jesús, âsiendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el EspÃrituâ (Efesios 2:20-22).
El Señor podÃa revelar a sus discÃpulos que en la casa de su Padre habÃa âmuchas moradasâ (es decir, lugar para todos; Juan 14:2). Al dejarlos, iba a prepararles lugar en ese celestial santuario en el que, pronto, todos los creyentes serán recibidos.
Notemos que las cámaras son santas (v. 13), que los sacerdotes son santos (v. 14) y que los sacrificios son santÃsimos (v. 13, V.M.) Jehová se acuerda de las abominaciones introducidas en otros tiempos en su templo por reyes impÃos (cap. 43:8). En el porvenir, un vasto muro de quinientas cañas de lado circundará el santuario y sus dependencias âpara hacer separación entre lo santo y lo comúnâ (final del v. 20, V.M.)
El futuro santuario ha sido visitado y medido en todas direcciones. Está terminado y separado de lo que es profano; sin embargo, le falta lo que es su razón de ser: la presencia de Jehová. Entonces, como en el dÃa de la dedicación del templo de Salomón, el maravilloso acontecimiento se produce: la gloria de Dios, vista por el profeta en el momento en que ella se iba (cap. 11), vuelve para habitar en la casa. ¡He aquà que aparece viniendo del oriente, después de muchos siglos de ausencia! Y ese retorno es acompañado por una inapreciable promesa: âHabitaré entre los hijos de Israel para siempreâ (v. 7 y 9).
El profeta, vigilante atalaya, no recibió esa visión sólo para sÃ. Dios le invita a âmostrarâ la casa y su disposición general a los hijos de su pueblo (v. 10). Es cosa muy notable que el efecto producido sobre ellos no será de admiración ni de alegrÃa, sino que primeramente consistirá en confusión. Y solamente después de que esa humillación se haya producido, Ezequiel podrá darles a conocer todos los detalles del nuevo templo (v. 11). Retengamos ese principio tan importante y verdadero para todos los tiempos: el Señor sólo puede darnos a conocer sus pensamientos cuando nuestros corazones han sido juzgados.
El capÃtulo 41 mencionaba el altar de madera colocado en el interior de la casa. Ahora se trata del altar de los sacrificios en medio del atrio interior: su descripción, sus medidas y finalmente las instrucciones concernientes a su servicio.
Muchos se extrañan de volver a hallar sacrificios en el futuro templo, creyendo ver en eso una contradicción con la plena suficiencia de la obra de Cristo. En efecto, la epÃstola a los Hebreos afirma que es imposible que la sangre de toros y de machos cabrÃos quite los pecados. Por eso Jesús se presentó y ofreció âuna vez para siempre un solo sacrificio por los pecadosâ (Hebreos 10:1 y sig.) Pero aquà no se trata de volver atrás; la perfecta obra del Señor en la cruz será la base de la bendición de Israel, asà como asegura la de la Iglesia (Salmo 22:23 y sig.) Se puede entender, pues, que en lugar de ser un acto por el cual se haga âmemoria por los pecadosâ âcomo se hacÃa en otros tiemposâ, los sacrificios quemados sobre este altar servirán para recordar el de Cristo en la cruz. Este recuerdo visible, necesario para el olvidadizo corazón del hombre, será en alguna medida para el Israel de Dios y el pueblo que nacerá durante el Reinado, lo que la Cena es hoy en dÃa para los cristianos (Salmo 22:31).
Con excepción del prÃncipe (que en la tierra sumisa y bendecida será como el virrey que representará al Cristo que estará en lo alto), nadie más deberá utilizar la puerta por la cual entró la gloria de Jehová. ¡Nuevo contraste con el creyente! Ãste tiene libre acceso a los lugares celestiales en los que está su Salvador, por el mismo camino de la resurrección.
Ezequiel contempla la gloria que llena el santuario y se postra sobre su rostro como al principio (cap. 1:28). Entonces Jehová le explica qué obligaciones de santidad resultan de su presencia. Ningún extranjero podrá penetrar en su templo. De ahà la necesidad de velar en las puertas. Jehová designa guardas (porteros) (v. 11). Permanecerán en las cámaras dispuestas en el interior de cada puerta y verificarán la identidad de todos aquellos que quieran entrar. Esas funciones recaen en los levitas. Ãstos habÃan sido âtropezaderoâ para los hijos de su pueblo al servirles delante de sus Ãdolos (v. 12; MalaquÃas 2:8-9). La misericordia de Dios les confÃa de nuevo un cargo, pero menos importante que el de otrora. ¡Es una lección para nosotros! Nuestras infidelidades implican consecuencias inevitables, no para el servicio sino para nosotros mismos, y podrÃan privarnos de una parte de nuestro trabajo en provecho de otros obreros más fieles.
Eleazar e Itamar habÃan compartido el sacerdocio después de la muerte de sus hermanos Nadab y Abiú (Números 3:4). Más tarde, la rama descendiente de Itamar perdió sus derechos a causa de la corrupción de los hijos de Elà y de la traición de Abiatar (1 Samuel 3:12-13; 1 Reyes 1:7-8; 2:27). Por eso es preciso que los sacerdotes sean hijos de Sadoc, de la familia de Eleazar (1 Crónicas 6:50-53). Asà como fue en aquellos tiempos, en los últimos dÃas, ese cargo tampoco se obtendrá como consecuencia de capacidades personales sino exclusivamente por derecho de nacimiento (Salmo 87:5). Hoy ocurre lo mismo con los redimidos del Señor. En virtud del nuevo nacimiento, todos ellos tienen derecho al hermoso tÃtulo de sacerdote.
Pero, como todo privilegio, éste igualmente implica deberes. Las instrucciones dadas a los sacerdotes son muy precisas, tanto para el cumplimiento de su servicio como para su vida familiar (comp. LevÃtico 21). Especialmente deberán velar por la pureza, y es también nuestra responsabilidad mantenernos apartados de la contaminación, nosotros, quienes somos por gracia âsacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristoâ (1 Pedro 2:5; véase también 1 Tesalonicenses 4:4).
La ofrenda alzada (v. 1, V.M.) es una porción de territorio que quedará reservada a Jehová en la repartición del paÃs. Los sacerdotes habitarán en ella (v. 4). Luego se delimitan las propiedades de los levitas, de la ciudad y del prÃncipe, porque Dios vigila para que no pueda haber más opresión ni injusticia en Israel (comp. v. 9 y cap. 46:18).
El mismo nombre de ofrenda elevada (v. 13, V.M.) se aplica a los dones que los israelitas harán a Jehová proporcionalmente a la renta de sus campos y de sus rebaños (comp. LevÃtico 27:30). Como cristianos bajo la gracia, no estamos obligados a entregar una parte de lo que poseemos. ¿Tendremos por eso menos diligencia y liberalidad para destinar algo al servicio del Señor?
Los diferentes sacrificios ordenados en el LevÃtico se hallan de nuevo en los versÃculos 15 y 17. El holocausto nos recuerda que Cristo se ofreció a Dios en olor fragante (Efesios 5:2). La ofrenda vegetal (V.M.) habla de su vida de sufrimiento y abnegación. Con la ofrenda de paz podemos alimentarnos de Cristo y aseguramos todas nuestras bendiciones, las que asà llegan a ser la base del culto. Finalmente, el sacrificio para hacer expiación presenta la santa VÃctima enviada por Dios para ser la propiciación por nuestros pecados (1 Juan 2:2; 4:10).
El capÃtulo 45 termina impartiendo las instrucciones concernientes a la Pascua, primera de las tres grandes fiestas anuales (Deuteronomio 16). En el porvenir cada israelita podrá comprender su precioso significado y pensar en el Cordero de Dios cuya sangre lo puso a cubierto del juicio. La segunda fiesta, la de Pentecostés, no es mencionada aquÃ, y comprendemos por qué: concierne a la Iglesia, cuya parte es celestial y no tiene motivo para figurar en ese cuadro del reinado terrenal. En cambio, en el versÃculo 25 se trata de la tercera solemnidad, simplemente llamada âla fiestaâ. Se trata de la concerniente a los Tabernáculos, pero aquà se habla muy poco de ella, ya que prefigura al milenio, el cual entonces habrá llegado.
El capÃtulo 46 fija las ceremonias del dÃa de reposo y de la luna nueva, asà como las obligaciones del prÃncipe con respecto a aquéllas.
La importancia y la precisión de esta visión profética quizá nos hayan sorprendido. Pero, repitámoslo, después de haber sido tan deshonrado en Israel, es justo que Dios se extienda con satisfacción sobre ese futuro culto mediante el cual, por fin, será glorificado en la tierra. Y quiere que nos regocijemos con él, aquellos que desde ahora le ofrecemos la alabanza como su pueblo celestial.
En ese templo del porvenir, al profeta le queda por considerar un maravilloso detalle. Por debajo del umbral, como del mismo trono de Dios, surge un manantial fresco, poderoso e inagotable. Corre ensanchándose (aunque no es cuestión de afluentes) y Ezequiel, yendo por la orilla de las aguas con su celestial compañero, es invitado a atravesarlo de mil en mil codos. Pronto deja de hacer pie: âel rÃo no se podÃa pasar sino a nadoâ.
Ãsta es una preciosa imagen de ese rÃo de la gracia que por nosotros surge del santo Lugar. Como el profeta, aprendemos a apreciar su profundidad a medida que avanzamos en nuestra carrera cristiana, hasta advertir que esa gracia es insondable (2 Pedro 3:18).
Ese extraordinario rÃo correrá hacia el oriente, trayendo vida y fertilidad a la región actualmente más desolada del globo: la del mar Muerto (v. 8; comp. Joel 3:18 y ZacarÃas 14:8). Este último será saneado y abundará en peces; el desierto se cambiará en manantiales surgentes (IsaÃas 41:18); nada recordará la maldición de Sodoma. Asà la gracia divina y vivificante produce fruto para Dios por todos los lugares donde se extiende, como debe poder hacerlo en nuestro propio corazón (Juan 7:38).
Se delimitan las fronteras de Israel y, en ese marco, cada tribu recibe su heredad: una franja recta que se extiende desde el Mediterráneo hasta mucho más allá del Jordán (hasta el Eufrates, conforme a las divinas promesas por fin cumplidas: Ãxodo 23:31; Josué 1:4). Al comparar esa repartición del paÃs con el complicado trazado de las primitivas fronteras por parte de Josué y sus emisarios (véase Josué 18), admiramos cómo todo es sencillo cuando Dios lo establece. Como cada territorio será repartido de modo parejo, no habrá más celos ni discusiones (léase Josué 17:14). Y, como para adelantarse a estas últimas, Jehová mismo precisa que José tendrá dos partes (v. 13, cumplimiento de Génesis 48:5). En otro tiempo Rubén, Gad y la media tribu de Manasés habÃan elegido su territorio aparte de las otras tribus. Ahora habitan en medio de sus hermanos en los limites que Jehová fijó para ellos (cap. 48:4, 6 y 27). Tampoco hay división entre Judá y las diez tribus. Algunas de éstas habitan al norte y otras al sur, a cada lado de âla porciónâ (u âofrenda alzadaâ - v. 8, V.M.), realizando en ese porvenir el versÃculo 1 del Salmo 133: â¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonÃa!â
A menudo se ha comparado este libro de Ezequiel con el del Apocalipsis. El uno y el otro empiezan con una gloriosa y solemne visión, siguen con los juicios venideros y terminan brindando un cuadro del bienaventurado reino por venir. Pero Ezequiel considera esos acontecimientos bajo su carácter terrenal, con relación a Israel. Por el contrario, en sus últimos capÃtulos el Apocalipsis presenta de manera simbólica lo que concierne a la Iglesia y su porvenir celestial. La santa Ciudad descrita y medida en Apocalipsis 21 es una figura de ella. Corresponde en el cielo a la Jerusalén terrenal de nuestros versÃculos 30 a 35; también tiene doce puertas que llevan los nombres de las doce tribus de Israel (Apocalipsis 21:12; comp. igualmente lo que se dice del rÃo en el cap. 47:1 y 12 con Apocalipsis 22:1-2).
El hermoso nombre que la ciudad llevará en el porvenir: Jehová-sama (Jehová allÃ; v. 35) nos recuerda que la nueva Jerusalén será âel tabernáculo de Diosâ (Apocalipsis 21:3); más aún: que el gran pensamiento de Dios en Cristo es el de ser finalmente âtodo en todosâ (1 Corintios 15:28). ¡Es de desear que tenga desde ahora su morada en cada uno de nuestros corazones!
Lucas
Este evangelio es el que, por asà decirlo, nos acerca más al Señor Jesús, pues nos lo presenta especialmente en su humanidad perfecta. Dios escogió a Lucas, el médico amado y fiel compañero de Pablo (Colosenses 4:14; 2 Timoteo 4:11), para que nos hiciera esta revelación. Ãsta es presentada bajo la forma de una narración destinada a un cierto Teófilo (cuyo nombre significa âel que ama a Diosâ). El tema condujo al evangelista a describir, con particular cuidado, cómo Jesús se revistió de nuestra humanidad e hizo su entrada en el mundo. Es verdad que habrÃa podido aparecer a una edad adulta; mas quiso vivir nuestra historia desde el nacimiento hasta la muerte, pero siempre para la gloria de Dios. El principio del relato nos presenta a ZacarÃas, un piadoso sacerdote, cumpliendo su servicio en el templo. Mientras oficiaba en ese solemne lugar, repentinamente y con temor notó que ya no estaba solo. HabÃa un ángel junto al altar del incienso que traÃa un mensaje divino: Un hijo serÃa dado a ZacarÃas y Elisabet. Separado para Dios desde el vientre de su madre, serÃa el profeta encargado de preparar a Israel para la venida de su MesÃas, quien dirÃa de él más tarde: âSi queréis recibirlo, él es aquel ElÃas que habÃa de venirâ (comp. v. 17 con Mateo 11:14 y MalaquÃas 4:5-6).
Ante estas âbuenas nuevasâ (v. 19), el corazón de ZacarÃas permaneció incrédulo. Y, sin embargo, ¿no eran la respuesta a sus oraciones? (v. 13). Desgraciadamente sucede lo mismo con nosotros. Ya no esperamos del Señor lo que le hemos pedido. En respuesta a la pregunta: â¿En qué conoceré esto?â, el mensajero celestial reveló su propio nombre: Gabriel, que significa Dios es poderoso. SÃ, su palabra se cumplirÃa a pesar de las dudas con que fue acogida. ZacarÃas quedó mudo hasta el nacimiento del niño, mientras que Elisabet, su mujer, objeto de la gracia divina, se recluyó modestamente para no llamar la atención. Después, el ángel Gabriel fue encargado de una misión más extraordinaria todavÃa: anunciar a MarÃa, una virgen de Israel, que ella serÃa la madre del Salvador. ¡Maravilloso acontecimiento, infinito en sus consecuencias! Comprendemos la turbación y emoción que se apoderaron de la joven. Pero su pregunta del versÃculo 34 no denotaba incredulidad como la de ZacarÃas. MarÃa creyó y se sometió enteramente a la voluntad divina: âHe aquà la sierva del Señorâ (v. 38). Ãsta es la respuesta que el que nos ha rescatado espera de nosotros.
De Juan el ángel habÃa dicho: âSerá grande delante de Diosâ (v. 15), pero de Jesús declaró: âSerá grande, y será llamado Hijo del AltÃsimo⦠Hijo de Diosâ (v. 32, 35).
Deseosa de compartir el feliz mensaje con Elisabet, de quien el ángel le acababa de hablar, MarÃa visitó a su parienta. ¡Qué conversación tuvieron estas dos mujeres! Bien ilustra MalaquÃas 3:16: âEntonces los que temÃan a Jehová hablaron cada uno a su compañeroâ. Las ocupaba la gloria de Dios, el cumplimiento de sus promesas, las bendiciones ofrecidas a la fe. ¿Tenemos nosotros tales temas de conversación cuando nos encontramos con otros hijos de Dios? âBienaventurada la que creyóâ, exclamó Elisabet, y MarÃa respondió: âMi espÃritu se regocija en Dios mi Salvadorâ (v. 47). Esto es suficiente para demostrar que MarÃa no ha sido salvada de otra manera que por la fe. Como pecadora tenÃa necesidad, al igual que todos los hombres, del Salvador que iba a nacer de ella. Ãl âha mirado la bajeza de su siervaâ, añadió MarÃa (v. 48). A pesar del honor excepcional que Dios le concedÃa, MarÃa permaneció humilde ante él. ¿Qué pensarÃa ella del culto del que se le ha hecho objeto en ciertos ámbitos de la cristiandad?
Observemos cuánto se asemeja el hermoso cántico de MarÃa al de Ana (1 Samuel 2). Ambos hablan de cómo Dios âexaltó a los humildes⦠y a los ricos envió vacÃosâ. Dios sólo envÃa vacÃos a los que están llenos de sà mismos.
Elisabet trajo al mundo al que serÃa el profeta del AltÃsimo (v. 76). Vecinos y parientes se regocijaron con ella. ¡De cuánta alegrÃa están llenos estos capÃtulos! (1:14, 44, 47, 58; 2:10). ZacarÃas tuvo la ocasión de demostrar su fe confirmando el hermoso nombre de este niño (Juan significa âfavor del Señorâ). Inmediatamente le fue devuelta el habla; sus primeras palabras fueron para alabar y bendecir a Dios. Lleno del EspÃritu Santo, celebró la gran acción libertadora que Dios habrÃa de emprender en favor de su pueblo. ¡Cuánto más aún puede subir nuestro cántico cristiano! Por la venida de Cristo y su obra en la cruz Dios nos ha librado, no de enemigos terrenales, sino del poder de Satanás. Estando asà libertados, nuestro privilegio es servir al Señor âsin temor⦠en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros dÃasâ (comp. v. 74-75 con Hebreos 2:14-15). âNos visitará el Sol naciente, descendiendo de las alturasâ, añade ZacarÃas (v. 78; V. M.). En los tiempos de Ezequiel, la gloria se habÃa ido en dirección del oriente (o del sol naciente). Adorable misterio, esta gloria divina volvÃa a visitar al pueblo impotente y miserable (v. 79). Esta vez no era bajo el aspecto de una nube deslumbrante, sino bajo la condición de un humilde niño.
Sin saberlo, el emperador Augusto César fue uno de los instrumentos de los cuales Dios se sirvió para cumplir sus maravillosos designios. Desconocidos por todos, José y MarÃa se dirigieron a Belén, en donde tuvo lugar el nacimiento del Señor Jesús. Pero, ¡qué entrada hizo el Hijo de Dios en este mundo! ¡Tuvo que ser acostado en un pesebre porque no habÃa lugar para él en el mesón! Su venida molestó al mundo. Cuántos corazones se asemejan a este mesón: no hay sitio para el Señor Jesús.
No fue a los grandes, sino a los humildes pastores a quienes fue anunciada la maravillosa noticia: âOs ha nacido hoy⦠un Salvadorâ. Ãl nació para ellos y para nosotros. Al mundo no le interesó el nacimiento del Salvador, pero el cielo entero celebró este incomparable misterio: âDios fue manifestado en carne⦠visto de los ángelesâ (1 Timoteo 3:16). Ãstos dieron gloria a Dios en su magnÃfico cántico, anunciaron la paz en la tierra y la buena voluntad de Dios para con los hombres (comp. Proverbios 8:31). Gracias a la señal que les fue dada, los pastores encontraron al niño, comunicaron lo que acababan de ver y oÃr y dieron gloria a Dios (v. 20). Unamos nuestro reconocimiento y loor al de ellos.
El niño fue sometido a todo el ritual que ordenaba la ley del Señor. El nombre del Señor se repite cuatro veces en los versÃculos 22-24, como para afirmar los derechos divinos sobre ese niño y el cumplimiento de la voluntad de Dios desde su cuna. El sacrificio ofrecido en el templo destaca la pobreza de José y MarÃa (ver LevÃtico 12:8). Una vez más el Liberador de Israel fue presentado a los humildes y piadosos ancianos: Simeón y Ana, y no a los principales del pueblo. ¿En mérito a qué les fue otorgado este favor? ¡Porque lo esperaban! El EspÃritu condujo a Simeón al templo y le señaló a Aquel que es âla consolación de Israelâ (v. 25), la salvación de Dios, la luz de las naciones y la gloria del pueblo. Ãl vio con sus propios ojos y tuvo en sus brazos a este niño que era todo esto para su fe. Dio gracias a Dios y anunció que Jesús serÃa la piedra de toque para manifestar el estado de los corazones (IsaÃas 8:14), tal como todavÃa lo es hoy. A su vez Ana, mujer de oración y fiel testigo, también vino y se unió a la alabanza. Al permanecer en el templo, cumplÃa el versÃculo 4 del Salmo 84 y habló de lo que llenaba su corazón: habló de él. ¡Qué gran ejemplo para nosotros!
Este pasaje tiene una importancia particular: es la única ojeada que Dios ha juzgado conveniente darnos a conocer sobre la infancia y juventud del Señor Jesús. Por lo tanto tenemos aquÃ, especialmente para los jóvenes y los niños, el Modelo por excelencia. Fue perfecto en sus relaciones con su Padre celestial, cuyos ânegociosâ eran la prioridad de su vida. También fue perfecto en su contacto con los doctores de la ley: infinitamente más sabio que todos ellos, no les enseñaba, sino que los escuchaba y les preguntaba, única actitud que convenÃa a su edad. Igualmente perfecto en sus relaciones con sus padres: estaba sujeto a ellos, aclara el versÃculo 51, para que no pensemos que se habÃa escapado por insubordinación. Ãl, que tenÃa conciencia de su soberanÃa como Hijo de Dios, se sometió a una absoluta obediencia a sus padres.
Finalmente subrayemos la asiduidad de Jesús en el templo y su precoz interés por las verdades divinas. Nada más lo atraÃa en la célebre ciudad de Jerusalén, la que probablemente visitaba por primera vez. ¿Qué importancia damos nosotros a la presencia del Señor y a sus enseñanzas?
Los caminos de entonces eran en general tan malos que debÃan ser reparados cada vez que el cortejo de un alto personaje debÃa pasar. Visto en un sentido moral, éste era el servicio de Juan el Bautista. Encargado de preparar la venida del MesÃas, advirtió a los judÃos que su calidad de hijos de Abraham no era suficiente para ponerlos al abrigo de la ira. Lo que Dios reclamaba de ellos era el arrepentimiento acompañado de frutos verdaderos. El arrepentimiento o la ira, sÃ, tal era la elección para Israel y para todo hombre.
Unas tras otras, personas de diferentes clases sociales se dirigÃan a Juan; él tenÃa algo que decirle a cada una de parte de Dios. Asimismo la Palabra responde a todos los estados y a todas las circunstancias.
En último lugar se presentaron los hombres de guerra. Estos quizás esperaban que el MesÃas los alistase bajo su bandera en un ejército de liberación del yugo romano. La respuesta de Juan debió sorprenderlos (v. 14). No pensemos que el Señor nos necesita para cumplir acciones sobresalientes. Lo que él espera de nosotros es un testimonio de honestidad, dulzura y contentamiento en medio de la situación en que nos encontramos (1 Corintios 7:24).
Juan habÃa exhortado y evangelizado al pueblo (v. 18). Fiel mensajero, habÃa hablado de Cristo y de su poder, después de lo cual y cumplida su tarea, fue retirado.
¡Qué hermoso ejemplo para nosotros, los que deseamos servir al Señor! No tenemos facultades naturales para lograr la conversión de un alma, pero nuestra vida y nuestras palabras deben preparar a quienes nos rodean para recibir al Señor Jesús. No es suficiente llamar al arrepentimiento, hay que presentar al Salvador. Entonces Jesús apareció y, en gracia, tomó lugar con los de su pueblo desde sus primeros pasos en el buen camino. Fue bautizado y luego oró (Lucas es el único en mencionarlo); entonces se produjo la respuesta divina: el EspÃritu Santo descendió sobre él. Al mismo tiempo, la voz del Padre se dirigió personalmente a él (en Mateo 3:17 se dirigÃa a los asistentes): âTú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacenciaâ. ¡Que nosotros también podamos encontrar toda nuestra complacencia en él!
La genealogÃa del Señor en el evangelio según Lucas se remonta hasta Adán y hasta Dios, atestiguando su carácter de Hijo del Hombre al mismo tiempo que el de Hijo de Dios. Mateo 1:1-17 establece su tÃtulo de Hijo de David y de Abraham, heredero de las promesas divinas hechas a Israel.
El diablo intentó tentar al Señor en el desierto, lugar en donde Israel habÃa multiplicado sus murmuraciones y codicias (Salmo 106:14). El primer ataque del enemigo dio ocasión para que Jesús declarase esta verdad fundamental: el hombre tiene un alma que necesita el alimento espiritual: la Palabra de Dios, de la cual se nutre el ser interior. Luego, a este hombre perfectamente dependiente, Satanás le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria. ¡Cuántos han vendido su alma por cosas infinitamente menores! El mundo es parte de la heredad destinada al Señor Jesús. Pero, sea la tierra o un simple pedazo de pan, Cristo no querÃa recibir nada que no viniera de la mano de su Padre (Salmo 2:8). Entonces Satanás insinuó por segunda vez: âSi eres Hijo de Diosâ¦â (v. 3 y 9), como si tal condición tuviera que ser probada. Esto era poner en duda lo que el Padre acababa de proclamar (3:22); en otras palabras, era tentar a Dios. Jesús no hubiera podido ser un modelo para nosotros si hubiese vencido al diablo en virtud de su poder divino. Triunfó con las mismas armas que están a disposición del hombre: una entera dependencia de Dios, una obediencia absoluta a su Palabra y una confianza inquebrantable en sus promesas.
El Señor comenzó su ministerio en Nazaret, donde fue criado. Nuestro testimonio empieza en nuestra casa y en nuestro entorno. Tal vez tengamos más valor para ir a evangelizar a los paganos que para dar testimonio ante los que nos conocen.
En la sinagoga, el divino Maestro leyó el pasaje de IsaÃas que lo señala como el Mensajero de la gracia. Proclamó la libertad a los cautivos (ver IsaÃas 42:7 y 61:1). Si se anunciara la amnistÃa y la liberación a unos prisioneros, ¿podrÃamos imaginar que algunos prefirieran la cautividad, que otros se atrevieran a contar con su inocencia para ser librados por vÃa legal o que algunos, al contrario, dijeran: «Esto no es para mÃ, soy demasiado culpable», y finalmente que otros se negaran a creer tal mensaje de gracia? Actitudes insensatas y bastantes improbables, y sin embargo, muy corrientes entre los que rechazan la salvación.
Pero muchos cautivos de Satanás reciben gozosos la libertad ofrecida. ¿A qué clase de prisioneros se parece usted? El triste fin de este episodio nos muestra cómo los habitantes de Nazaret, imagen de todo el pueblo, rechazaron estas âbuenas nuevasâ: âA lo suyo vino, y los suyos no le recibieronâ (Juan 1:11).
Echado de Nazaret, Jesús prosiguió su ministerio en Capernaum. Enseñó y curó con una autoridad que no hubiera asombrado a los hombres (v. 32, 36) si éstos hubiesen querido reconocer en él al Hijo de Dios. En cambio, los demonios no se equivocaban. Santiago 2:19 declara que ellos âcreen, y tiemblanâ. Mientras Jesús estuvo aquà en la tierra, la actividad demonÃaca se duplicó para obstaculizar la del Señor. Encontraba a estos espÃritus impuros hasta en la sinagoga, pero Jesús no les permitÃa que le diesen testimonio. Los versÃculos 38 y 39 nos cuentan la curación de la suegra de Simón. Jesús se inclinó afectuosamente sobre la enferma, pues él no se ocupa de nuestros males desde la lejanÃa. ¿Cómo empleó esta mujer la salud que acababa de recuperar? De una manera que nos habla a todos, âlevantándose ella al instante, les servÃaâ.
Si bien Jesús era extranjero en este mundo, no podÃa permanecer ajeno a las penas y miserias que el mundo padecÃa. La noche no interrumpÃa su maravillosa actividad, y desde muy temprano estaba pronto a retomarla, después de haber pasado un momento alejado, a solas con Dios. Esta dependencia no podÃa ser interrumpida por la gente que buscaba retener al perfecto Servidor.
Llegamos al conocido relato de la pesca milagrosa⦠y de un acontecimiento más maravilloso aún: la conversión de Simón. ¿Qué hacÃa éste mientras el divino Maestro enseñaba a la muchedumbre? Lavaba las redes sucias por el trabajo infructuoso de la noche anterior. Jesús lo obligó a escuchar. Le pidió que lo condujese al lago, de manera que pudiese dirigirse desde la barca al pueblo reunido en la orilla y, al mismo tiempo, al hombre que estaba a su lado. Después el Señor habló de otra manera a Simón Pedro y a sus compañeros: llenó su red; asà se dio a conocer como el Señor del universo, el que ordena a los peces del mar según el Salmo 8:6-8, y que todo lo puede donde el hombre nada puede. Lleno de miedo y convencido de ser pecador por la presencia del Señor, Simón cayó de rodillas diciendo: âApártate de mÃâ¦â. Pero ¿será posible que el Señor de amor busque al pecador para luego apartarse de él? Lucas es el único que narra este encuentro decisivo del Señor con su discÃpulo. El libro de los Hechos nos muestra a Pedro convertido en pescador de hombres, siendo él el instrumento para una milagrosa âpescaâ de alrededor de tres mil almas (Hechos 2:41).
Un pobre leproso vino a Jesús, reconociendo Su poder. Fue curado por la voluntad del amor del Señor. El versÃculo 16 nos revela nuevamente el secreto de este Hombre perfecto: su vida de oración. La perfección para un hombre consiste en vivir en una entera dependencia de Dios, y esta dependencia halla su expresión en la oración. Por eso a cada momento Lucas nos muestra a nuestro incomparable Modelo en esta actitud bendita (3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 29; 11:1; 22:32, 44). Luego vemos el esfuerzo desplegado por cuatro personas para poner a un pobre paralÃtico en contacto con Jesús (Marcos 2:3). ¡Que este celo y esta fe perseverante nos animen! Podemos llevar al Señor también, por medio de la oración, a aquellos cuya conversión nos preocupa; quizás podemos invitarlos a acompañarnos donde él nos ha prometido su presencia.
En los capÃtulos 4 y 5 el pecado nos es presentado bajo diferentes aspectos: como poder de Satanás sobre los endemoniados (4:33, 41); bajo forma de mancha en el leproso y, finalmente, como estado de muerte ante Dios en el paralÃtico. Jesús vino a responder a estos tres caracteres: él es el que libra, el que purifica y el que devuelve al hombre el uso de sus facultades para Dios.
Levà (o Mateo, Mateo 9:9) estaba en su trabajo cuando Jesús lo llamó. Entonces dejó todo, se levantó y lo siguió. Después recibió al Señor y a sus antiguos colegas en su casa para darles la ocasión de encontrar a su nuevo Maestro. ¡Que nuestras invitaciones también puedan tener este motivo! Estos publicanos, recaudadores de impuestos, eran odiados por los otros judÃos porque se enriquecÃan a sus expensas y sacaban provecho personal del yugo romano. Por eso los escribas y los fariseos se indignaron cuando vieron a Jesús y a sus discÃpulos en compañÃa de estos renegados. ¡Cuántas personas están más inclinadas a apartarse de los pecadores que del pecado! En respuesta a estas murmuraciones, Jesús se hizo conocer como el gran médico de las almas. Asà como el médico no asiste a los sanos (o a los que creen estarlo), el Señor sólo puede ocuparse de los que reconocen su culpabilidad.
Después los escribas y fariseos preguntaron acerca del ayuno. Jesús les respondió que esta señal de tristeza no era oportuna mientras él, el Esposo, estuviese en medio de ellos. Además, la servidumbre de la ley y de las ordenanzas no concuerda con la libertad y la alegrÃa que trae la gracia (v. 36-37).
El Señor Jesús habÃa venido a introducir un nuevo orden de las cosas. Pero Israel encontraba mejor el antiguo régimen de la ley (comp. 5:39). El hombre prefiere las ordenanzas porque le da la oportunidad de gloriarse en cumplirlas, aunque sólo sea un poco, mientras que la gracia lo humilla considerándolo perdido. Por esta causa los judÃos se aferraban al sábado, y al respecto, el Señor dio dos lecciones a los fariseos: una, sacada de las Escrituras y de la historia de Israel (v. 3-4); la otra, de su propio ejemplo de amor (v. 9-10). El único efecto producido en sus corazones fue la ira y el deseo de tramar un complot para librarse de él.
Luego el Maestro designó a sus apóstoles; pero antes de hacerlo oró toda una noche. ¡Qué importancia tenÃa esta elección para la obra que debÃa ser cumplida después! El Señor Jesús conocÃa el carácter natural de todos sus discÃpulos, lo que cada uno tenÃa necesidad de adquirir y de abandonar⦠Los conocÃa pero los amaba, tal como nos conoce y nos ama hoy (Juan 10:14, 27). ¡Además, para Aquel que sabÃa todas las cosas, dicha elección implicaba llevar con él al traidor Judas! Pero una vez más su sumisión perfecta triunfó. Jesús habÃa venido para cumplir las Escrituras.
¡Cuán amonestados nos sentimos por estas enseñanzas del Maestro! ¡Dejémoslas penetrar en nuestros corazones y, sobre todo, vivámoslas! La mayorÃa de estas palabras se encuentran en Mateo 5 a 7; pero aquà son más personales. No dice: Bienaventurados los queâ¦, sino: âBienaventurados vosotrosâ. El versÃculo 31 resume las exhortaciones dirigidas âa vosotros los que oÃsâ (v. 27): âComo queréis que hagan los hombres con vosotros, asà también haced vosotros con ellosâ. ¡Qué bien tratados estarÃan nuestros semejantes si nosotros obedeciéramos a esta exhortación!
Todos estos rasgos de carácter son extraños a nuestra naturaleza orgullosa, egoÃsta e impaciente. El Señor recalca que esos caracteres emanados de Dios mismo son los que nos darán a conocer como âhijos del AltÃsimoâ en la tierra (v. 35-36). En el cielo no tendremos la ocasión de manifestarlos, puesto que allá arriba no habrá enemigos para amar, injusticias que soportar, ni miserias que aliviar. Nuestra responsabilidad y privilegio es parecernos a Jesús aquà en la tierra, reflejar la dulzura, el amor, la humildad y la paciencia del perfecto Modelo, âquien cuando le maldecÃan, no respondÃa con maldición; cuando padecÃa, no amenazabaâ (1 Pedro 2:21-23).
Si un pequeño cuerpo extraño se deposita sobre la lente de un microscopio, no se puede ver nada más a través de él. ¡Cosa curiosa, para nosotros es lo contrario! Cuanto más grande sea la viga que se aloje en nuestro ojo, más aguda tenemos la vista para distinguir la paja en el ojo de nuestro hermano.
En el versÃculo 46 Jesús nos hace una pregunta que debe hacernos reflexionar: â¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?â. ¿Con frecuencia no somos muy ligeros y poco consecuentes pronunciando el nombre del Señor Jesús en nuestras oraciones? No tenemos derecho a llamarlo asà si no estamos dispuestos a hacer su voluntad en todas las cosas (1 Juan 2:4). Muchos hijos de padres cristianos han aceptado, por gracia, a Jesucristo como su Salvador; pero mientras no reconozcan su autoridad de Señor, ¿podemos decir verdaderamente que se han vuelto hacia Ãl? El verdadero cristianismo consiste en vivir no para uno mismo sino para el que murió por nosotros, sirviéndolo y esperándolo (1 Tesalonicenses 1:9-10; 2 Corintios 5:15). Fundar nuestras esperanzas âsobre la tierraâ es ir hacia una gran ruina (v. 49). SÃ, edifiquemos nuestra casa âsobre la rocaâ (v. 47-48); vayamos a Jesús, escuchemos sus palabras y pongámoslas en práctica.
¡Qué nobles sentimientos encontramos en el centurión de Capernaum! Gran afecto por un simple esclavo; benevolencia hacia Israel; humildad (âno soy dignoâ, declaró él; contrario a la propia justicia que arguyeron a su favor los ancianos de Israel; comp. v. 4); sentido de la autoridad y del deber adquirido por la vida militar (v. 8). Pero el Señor no admiró las cualidades morales, sino la fe de este extranjero, y la exaltó. La fe no existe sino por el objeto sobre el cual se apoya: en este caso, la omnipotencia del Señor. Cuanto más sea conocido el objeto en su grandeza, más grande será la fe. ¡Que Cristo sea grande para nuestro corazón!
Aproximándose a NaÃn, el Señor y la gente que lo acompañaba se encontraron con un cortejo. Era un entierro, como los que se ven en las calles (Eclesiastés 12:5; terrible advertencia de que la muerte constituye la paga del pecado). Pero éste era particularmente triste, pues se trataba del único hijo de una viuda. Movido a compasión, Jesús comenzó por consolar a la madre. Después tocó el féretro (asà como tocó al leproso en el capÃtulo 5:13, sin ser mancillado; comp. Números 19:11). ¡Y el muerto se sentó y comenzó a hablar, manifestando asà su retorno a la vida! No olvidemos que el testimonio verbal es una prueba necesaria de la vida que está en nosotros (Romanos 10:9).
Desde la cárcel donde Herodes lo habÃa encerrado (3:20), Juan el Bautista envió a Jesús dos de sus discÃpulos para inquirir acerca de él. En la pregunta que hizo se reflejaban sus dudas y desaliento. HabÃa anunciado el reino, mas ahora estaba en la cárcel. ¿Era posible que Jesús fuera âel que habÃa de venirâ?
Muchas personas, considerando el estado actual de la Iglesia, la persecución de los creyentes en numerosos paÃses y la indiferencia del mundo acerca del Evangelio, llegan a dudar del poder del Señor y de su reinado. Pero este último no se establecerá antes del arrebatamiento de la Iglesia y del cumplimiento de los acontecimientos proféticos.
Las obras de Jesús se encargaron de responder a la pregunta de los mensajeros. Juan habÃa dado testimonio del Señor; ahora era el Señor quien, ante la misma muchedumbre, daba testimonio de Juan. Y mostraba con tristeza qué acogida habÃa encontrado el ministerio del precursor y el suyo en âesta generaciónâ privilegiada (v. 31). Ni el llamado al arrepentimiento proclamado por Juan, ni las buenas nuevas del Salvador, que debieran producir la alegrÃa y la alabanza, habÃan encontrado eco en la muchedumbre del pueblo y de sus jefes.
Aunque era completamente distinto de Levà el publicano (Lucas 5:29), Simón el fariseo también convidó al Señor a su mesa. Quizás pensaba recibir el honor, pero Jesús le dio una humillante lección. Una mujer conocida por su vida pecaminosa se introdujo en la casa y derramó a los pies de Jesús, junto con el homenaje de su perfume, abundantes lágrimas de arrepentimiento. Fue esta pecadora, y no Simón el fariseo, quien refrescó el corazón del Salvador, pues ella tuvo conciencia de su gran deuda con Dios y vino a Jesús en el único estado conveniente: con un corazón contrito y humillado (Salmo 51:17). Antes de dirigirle la palabra de gracia que esta mujer esperaba, el Señor tuvo que decir âuna cosaâ a Simón, cuyos pensamientos secretos conocÃa. ¡Cuántas veces podrÃamos oÃr nuestro nombre en lugar del de Simón! «A ti también tengo algo que decirte», dice el Maestro a cada uno de nosotros. «Tal vez te comparas a otras personas que no han recibido como tú una educación cristiana, pero lo que cuenta a mis ojos son el amor por mà y las pruebas que me ofreces de este amor». ¡Que podamos discernir cuánto nos ha perdonado para amar más a nuestro Salvador!
Junto con los discÃpulos, algunas mujeres piadosas seguÃan al Señor y âle servÃan de sus bienesâ. Lo que ellas hicieron por Jesús está mencionado después de lo que él hizo por ellas (v. 2). Los versÃculos 4-15 contienen la parábola del sembrador y su explicación. Tres cosas ocasionan la esterilidad del suelo: los pájaros, figura del diablo (v. 12); la piedra, aquà imagen del corazón árido, impenetrable para toda acción profunda y duradera; por último, los espinos, que nos hablan del mundo con sus preocupaciones, riquezas y placeres (v. 14). Sin embargo, el mejor de los terrenos siempre debe ser primeramente labrado. ¡Operación dolorosa! El suelo es abierto, removido y revuelto a fin de hacerlo propicio para dejar penetrar y germinar la semilla. Asà es como Dios opera (a menudo por medio de las pruebas) en la conciencia de aquellos que van a recibir la Palabra. Pero este trabajo no se hace en los tres primeros terrenos. Es inútil labrar en un camino continuamente hollado, e igualmente es imposible labrar en la roca. En cuanto a los espinos, primeramente es necesaria una limpieza, y las raÃces del mundo a menudo son muy profundas en el corazón. El oÃr la Palabra caracteriza a todos los suelos, pero retenerla y llevar fruto con perseverancia es propio de la buena tierra (v. 15).
A nadie se le ocurre, después de haber encendido una lámpara, esconderla debajo de una vasija o de una cama. âHijos de luzâ, nuestro cometido en esta tierra es hacer brillar distintamente en las tinieblas de este mundo las virtudes de Aquel que es la Luz (v. 16; Mateo 5:14; 1 Pedro 2:9 final).
Con ocasión de la venida de su madre y sus hermanos, el Señor habló una vez más de los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (v. 21; 6:47). Ãnicamente ellos pueden prevalerse de una relación con él.
El sueño de Jesús en la barca nos lo muestra como un hombre cansado por su jornada de trabajo. Pero, un instante después, la orden que dio al viento y a las olas hizo resaltar su condición de Dios soberano. Llenos de temor, los discÃpulos gritaron: â¿Quién es ésteâ¦?â (v. 25). Varias veces hemos oÃdo esta pregunta (5:21; 7:49). Muchos años antes, Agur ya la habÃa hecho: â¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño?â (Proverbios 30:4). Aquel que âaun a los vientos y a las aguas mandaâ y revela su poder a los discÃpulos faltos de fe, es el Hijo de Dios, el Creador. Hoy su poder no ha cambiado. Pero, ¿qué hay de nuestra fe?
El poder divino, del cual Jesús dejó percibir algo al calmar la tempestad, se encontraba aquà frente a una violencia mucho más terrible: la de Satanás. Una legión de demonios se habÃa apoderado totalmente de la voluntad de este desgraciado gadareno. Los hombres habÃan tratado inútilmente de dominarlo con cadenas y grillos, imagen de los vanos esfuerzos de la sociedad para refrenar las pasiones. Este pobre hombre poseÃdo, que habitaba en los sepulcros, ya estaba moralmente muerto. Se hallaba desnudo, es decir, incapaz, al igual que Adán, de esconder a Dios su estado. ¡Qué cuadro de la decadencia moral de la criatura! Pero también, ¡qué cambio cuando interviene la salvación del Señor! (Efesios 2:1-6). La gente de la ciudad sólo podÃa comprobarlo. Encontraron a este hombre âsentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicioâ. SÃ, por fin el rescatado encuentra paz y reposo cerca de su Salvador; Dios lo viste de justicia y le da inteligencia para conocerlo. Pero la presencia de Dios inquieta y molesta aún más al mundo que el poder del diablo.
El endemoniado, ya sano, deseaba acompañar a Jesús (comp. Filipenses 1:23), pero el Señor le mostró su campo de acción: su propia casa y ciudad, en donde contó todo lo que Jesús habÃa hecho por él (Salmo 66:16).
Jairo, este principal de la sinagoga cuya única hija estaba a punto de morir, suplicó a Jesús que fuera a su casa. No tenÃa tanta fe como el centurión del capÃtulo 7, pues este último sabÃa que una palabra del Señor bastarÃa para que su siervo fuese curado, aun a distancia. Estando en camino, Jesús fue tocado a escondidas por una mujer que habÃa consultado en vano a muchos médicos. Pero, con la curación, el Señor quiso darle la seguridad de la paz; para ello, la obligó a que se hiciera conocer.
En su camino con el padre angustiado, Jesús tuvo âlengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado (v. 50; comp. 7:13; IsaÃas 50:4). Luego tuvo lugar una extraordinaria escena. Al llamado del âAutor de la vidaâ (Hechos 3:15), la niña se levantó inmediatamente. Pero Jesús sabÃa que tenÃa necesidad de alimento y, en su tierna solicitud, hizo que éste le fuese dado. AsÃ, en estas dos circunstancias, vemos el amor del Señor manifestarse aún después de la salvación: hacia la mujer, para establecerla en una relación personal con él y llevarla a darle públicamente un testimonio, y hacia esta niña, para alimentarla y fortalecerla.
El Señor envió a sus apóstoles. El poder y la autoridad que les dio eran la única cosa que ellos necesitaban para el camino (v. 3). A su regreso, los doce se apresuraron a contar todo lo que ellos habÃan hecho (v. 10). Compare con lo que hicieron Pablo y Bernabé, años más tarde, al volver de uno de sus viajes misioneros. Habiendo reunido a la iglesia de AntioquÃa, ârefirieron cuán grandes cosas habÃa hecho Dios con ellosâ (Hechos 14:27 y 21:19; 1 Corintios 15:10).
Jesús llevó a sus discÃpulos aparte, pero la gente no tardó en descubrirlo; entonces volvió a su ministerio sin la menor impaciencia ni cansancio. Recibió, habló y sanó a los que lo siguieron. Por su parte los discÃpulos, quizá más preocupados por su propio descanso que por el de los que allà estaban reunidos, querÃan despedir a la gente (v. 12). Pero el Maestro, al tiempo que se ocupó de la multitud, dio una lección a los suyos. Cuando fue constatada la insuficiencia de sus provisiones para alimentar a esta muchedumbre, Jesús proveyó por su propio poder. Observemos que hubiera podido prescindir de los cinco panes y de los dos peces; pero, en su gracia, toma lo poco que nosotros ponemos a su disposición y lo transforma en abundancia. Su poder siempre se perfecciona en la debilidad de sus servidores (2 Corintios 12:9).
La gente consideraba a Jesús como un profeta y no como el Cristo, el Hijo de Dios (v. 19). Por eso el Señor habló de su camino de rechazo y de sufrimiento, en el cual invita a los suyos a seguirle. Este camino requiere no sólo el renunciamiento a tal o cual cosa, sino a uno mismo y a su propia voluntad. Frente al mundo y a sus maldades, los cristianos están muertos (Gálatas 6:14), pero están vivos para Dios y para el cielo. Por el contrario, los que quieran vivir su vida aquà abajo tienen ante ellos la muerte eterna. La prenda de esta elección capital es nuestra alma; ella vale más que el mundo entero.
Al subir al monte de la transfiguración, el Señor, para animar a los suyos, después de haberles mostrado el camino difÃcil de la cruz, deseaba mostrarles también dónde terminarÃa: en la gloria con él. ¿Y cuál era el tema de conversación allá arriba? La muerte del Señor Jesús. Habló con Moisés y ElÃas, pues no pudo hacerlo con sus discÃpulos (Mateo 16:21-22). Pero, por más grandes que fuesen estos testigos del Antiguo Testamento, debieron desaparecer ante la gloria del âHijo amadoâ. La ley y los profetas habÃan llegado a su fin. Desde entonces Dios habla por el Hijo. ¡Escuchémosle! (v. 35; Hebreos 1:2).
Después de la escena de la gloria, en la cual Jesús fue el centro, el Señor tuvo que hacer frente a una situación terrible: el poder de Satanás sobre un muchacho y la angustia de su padre. La salvación que el Señor obró exaltó la grandeza de Dios (v. 43).
¡Qué contradicción encontramos luego en los discÃpulos! SeguÃan a Aquel cuya humillación voluntaria le conducirÃa a la cruz, pero al mismo tiempo estaban preocupados por saber cuál de entre ellos serÃa el más grande (v. 46). Ellos mismos habÃan tratado de echar los demonios en el nombre del Señor, pero no siempre lo lograron (v. 40), sin embargo prohibÃan a otro que lo hiciera (v. 49; comp. con Números 11:26-29). Por fin, cuando su Maestro estaba en camino para cumplir la obra de la salvación de los hombres⦠y la de ellos, Jacobo y Juan querÃan hacer descender el fuego del juicio sobre los samaritanos que se negaron a recibirlo. EgoÃsmo, celos, rencor y planes de venganza, en los cuales reconocemos el triste espÃritu que a menudo anima nuestros corazones (v. 55).
Jesús emprendió su último viaje a Jerusalén conociendo plenamente lo que lo esperaba, pero lo hizo con una santa determinación. âAfirmó su rostro para ir a Jerusalénâ (v. 51). Nuestro amado Salvador no se desvió de la meta que en su amor se habÃa propuesto.
Es fácil declarar: âSeñor, te seguiré adondequiera que vayasâ (v. 57). Pero Jesús no ha escondido lo que significa seguirlo, pues los más grandes obstáculos no están en el camino sino en nuestro corazón; y para ayudarnos a descubrirlos, el Señor pasa revista a sus rincones más secretos. El amor a nuestro bienestar (v. 58), tal o cual conveniencia, afecto o costumbre (v. 59, 61) podrÃa tomar rápidamente el lugar de la obediencia que debemos a Cristo y conducirnos inevitablemente a remordimientos, miradas hacia atrás y, tal vez, a un humillante abandono final.
En el capÃtulo 10 vemos que Jesús designó a 70 obreros y él mismo los mandó a la siega. Les dio sus instrucciones y los envió âcomo corderos en medio de lobosâ (v. 3), pues debÃan manifestar los caracteres de humildad y dulzura de Aquel que era el Cordero en medio de los mismos lobos. Hoy, al igual que entonces, hay pocos obreros. Supliquemos, pues, al Señor de la gran siega (2 Tesalonicenses 3:1) que envÃe más. Ãl se encargará de designar, formar y enviar a nuevos obreros. Sin embargo, para poder pedirlo con fervor y sinceridad, tengo que estar dispuesto a aceptar que el Señor me designe a mÃ.
Jesús se dirigió solemnemente a las ciudades en las que habÃa enseñado y realizado tantos milagros. Hizo énfasis en la gran responsabilidad de sus habitantes. ¿Qué podrÃa él decir hoy de tantos jóvenes criados en familias cristianas, tan privilegiados, pero también tan responsables?
Los 70 volvieron gozosos. El hecho de que sus discÃpulos hubieran arrojado fuera a los demonios dirigió los pensamientos del Señor hacia el momento en que el propio diablo será echado del cielo y arrojado a la tierra (Apocalipsis 12:9). Pero Jesús invitó a sus discÃpulos a regocijarse por otro motivo: los cielos, purificados de la presencia de Satanás, pasarÃan a ser su morada. Y ya desde entonces, sus nombres estaban escritos en los cielos. A su vez el Señor se regocijó y se maravilló, no del poder que habÃa sido ejercido, sino de los designios del Dios de amor. Agradó al Padre hacerse conocer por medio del Hijo. Y, en contraste con lo que generalmente decimos a los niños: «Cuando seas grande comprenderás esto o aquello», ¿a quién precisamente fue hecha una revelación semejante? ¡A los niños y a los que se les parecen por la humildad y sencillez de su fe! ¿Cumplimos nosotros con estas condiciones?
Interrogado por un doctor de la ley (v. 29), Jesús devolvió la pregunta a la conciencia de su interlocutor (v. 36). Ãste, para esquivarlo, quiso limitar el amplio significado de la palabra âprójimoâ. Pues bien, el Señor le enseñó que este prójimo es primeramente él, Jesús (v. 36-37), y que por su ejemplo un redimido viene a ser, por amor, prójimo de todos los seres humanos. En el hombre despojado y herido vemos reflejado al pecador perdido y sin recursos; en el sacerdote y el levita vemos los vanos recursos de la religión; y, en el buen samaritano, al Salvador que se acerca a nuestra miseria y nos aleja de nuestra trágica suerte y desesperación. El mesón nos hace pensar en la Iglesia, en donde el hombre salvado recibirá los cuidados apropiados, y el mesonero en el EspÃritu Santo que lo atiende por medio de la Palabra y la oración (los dos denarios), temas de los versÃculos 34-35 y del capÃtulo 11:1-13. En conclusión, el Señor ya no dice: «Haz esto (cumple la ley) y vivirás», como en el versÃculo 28, sino: âVé, y haz tú lo mismoâ (v. 37).
La siguiente escena se desarrolló en una casa amiga. Jesús fue recibido, servido, escuchado y amado. Pero el servicio acaparó los pensamientos de Marta y por eso tuvo que ser reprendida. El corazón de MarÃa, abierto a su Palabra, regocijó al Salvador (1 Samuel 15:22).
Los discÃpulos se asombraron al ver qué lugar ocupaba la oración en la vida de su Maestro. Hagamos como ellos. Pidamos al Señor que nos enseñe a orar. ¿Se trata de recitar algunas frases aprendidas de memoria? La parábola de los dos amigos nos enseña, por el contrario, a expresar cada necesidad de una manera simple y precisa: âAmigo, préstame tres panesâ¦â (v. 5). Tal vez sea una necesidad espiritual que sentimos y que, por asà decirlo, viene a llamar a la puerta de nuestro corazón. Cuidémonos de rechazarla; tratémosla, más bien, como un amigo que llega de viaje (v. 6). Pero, ¿no tenemos nada que presentarle? Entonces, volvámonos hacia el Amigo divino, sin temor a importunarlo. En su amor, Dios se complace en responder a sus hijos, y nunca los decepciona. Mas si en nuestra ignorancia y falta de sabidurÃa le pedimos âuna piedraâ, él sabe cambiar nuestra petición en âbuenas dádivasâ.
Hasta que el hombre haya encontrado al Señor Jesús, es tan mudo para Dios como el endemoniado del versÃculo 14. El cristiano, aquel que ha sido salvado por Cristo, habiendo recibido por su conversión el don del EspÃritu Santo (comp. v. 13), puede libremente elevar su voz en alabanza y oración. Hagamos uso de este privilegio.
Sólo el poder del Señor Jesús, vencedor del âhombre fuerteâ, puede librarnos del mal que está en nosotros. De otra manera, una pasión echada fuera de nosotros será fatalmente reemplazada por otra. Nuestro corazón es parecido a la casa del versÃculo 25. De nada sirve barrerla y adornarla si un huésped nuevo âJesúsâ no viene a habitarla y a gobernarla. La bendición ârepite luego el Señorâ no depende de las relaciones familiares (v. 27-28; comp. 8:21) ni de los privilegios de una generación. Está prometida a los que escuchan y obedecen la Palabra de Dios. El versÃculo 33 retoma la enseñanza del capÃtulo 8:16. El almud, medida de capacidad, es el sÃmbolo del comercio y de los negocios; la cama, el del sueño y de la pereza. Cosas opuestas una a otra, pero las dos son capaces de apagar la pequeña llama de nuestro testimonio. En Mateo 5:15 la lámpara debe alumbrar a âtodos los que están en la casaâ. Aquà está encendida âpara que los que entran âlas visitasâ vean la luzâ.
El ojo maligno (v. 34) es el que hace penetrar en nosotros las tinieblas del pecado. ¡Cuidado con la dirección que algunas veces toman nuestras miradas (Job 31:1), con ciertas lecturas que ensucian el corazón y dan libre curso a nuestra imaginación! ¡âLimpiémonos de toda contaminación de carne y de espÃritu, perfeccionando la santidad en el temor de Diosâ! (2 Corintios 7:1).
Por segunda vez Jesús estaba invitado a la mesa de un fariseo (comp. 7:36). Y aquÃ, otra vez, su anfitrión se permitió criticar al Señor. Entonces, en un discurso vehemente, el que conoce los corazones denunció la maldad y la hipocresÃa de esta clase responsable del pueblo. Dándose una piadosa apariencia a los ojos de los hombres, estos fariseos y doctores de la ley escondÃan un estado interior de corrupción y muerte, como un sepulcro sobre el cual se pisa sin darse cuenta.
¿Quién osarÃa jamás hablar tan severamente a alguien que lo ha invitado? Pero, según el testimonio de los mismos fariseos, Jesús era amante de la verdad, no se cuidaba de nadie porque no miraba las apariencias de los hombres (Mateo 22:16). ¡Qué ejemplo para nosotros, pues sabemos cuidar muy bien nuestra reputación por medio de palabras amables, pero a menudo poco sinceras! Esta pretendida cortesÃa, pero en el fondo una prueba de falsedad y formalismo, era lo que Jesús condenaba en los fariseos.
No pudiendo contradecir al Señor, sus adversarios trataban de sorprenderle en alguna falta. Algunas expresiones del Salmo 119 nos muestran sus oraciones mientras sufrÃa tal oposición: âMe has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigoâ (Salmo 119:98, 110, 150â¦).
La hipocresÃa que caracterizaba a los fariseos también podÃa, bajo otro aspecto, transformarse en un gran peligro para los discÃpulos. Los que seguÃan a Jesús podÃan esconder, a los ojos del mundo, su relación con el Señor. Por lo cual él, en presencia de la gente, daba ánimo a los suyos para que lo confesasen abiertamente ante los hombres, sin temor a las consecuencias. Sabemos que, en efecto, los cristianos de los primeros siglos tuvieron que afrontar terribles persecuciones. Con ternura el Señor preparaba a sus amigos (v. 4) para esos dÃas difÃciles, y dirigÃa sus pensamientos hacia el Padre celestial. Dios, que tiene cuidado hasta de un pajarillo de Ãnfimo valor, ¿no tendrÃa cuidado de sus hijos en las pruebas? Y, además, para el testimonio que deberÃan dar, no tendrÃan que atormentarse: el EspÃritu Santo les dictarÃa las palabras.
En nuestros dÃas, en la mayorÃa de los paÃses, los creyentes no son maltratados ni sentenciados a muerte por causa de su fe. Pero si son fieles, muchas veces serán odiados y menospreciados por el mundo, cosa siempre difÃcil de soportar. Por lo tanto, estas exhortaciones y las promesas que las acompañan también son para nosotros. Pidamos al Señor que nos dé más valor para confesar su Nombre.
El Señor fue interpelado por alguien de la muchedumbre acerca de una cuestión de herencia. Ãl aprovechó para poner al descubierto la raÃz de estas disputas: la avaricia. âPorque raÃz de todos los males es el amor al dineroâ (1 Timoteo 6:10). La parábola del rico y de sus graneros que habÃan llegado a ser demasiado pequeños ilustra el afán de amontonar. Llenar los bolsillos, acumular, calcular y hacer proyectos a largo plazo fácilmente se disfraza bajo el nombre de «previsión». Esto es, al contrario, la suprema imprevisión, pues significa descuidar y engañar lo más precioso que tenemos, ¡nuestra alma! En su locura, el rico habÃa creÃdo asegurar la suya ofreciéndole âmuchos bienesâ (v. 19). Pero el alma imperecedera necesita otro alimento. SÃ, ânecioâ es el nombre que Dios da a este hombre. âEl que injustamente amontona riquezas⦠en su postrimerÃa será insensatoâ (JeremÃas 17:11). ¡Sobre cuántas tumbas podrÃa escribirse este epitafio! (Salmo 52:7).
En contraste, Jesús enseña a los suyos que la verdadera previsión consiste en poner la confianza en Dios. Toda inquietud a propósito de nuestras necesidades diarias carece de fundamento ante esta afirmación: âVuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosasâ (v. 30). Si primero nos preocupamos por su reino y sus intereses, él se encargará de los nuestros. âNo te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desisteâ (Proverbios 23:4).
El rico de la parábola habÃa amontonado tesoros para sà mismo (v. 21) y perdió todo, incluso su alma. Aquà el Señor revela a sus discÃpulos un medio para hacer tesoros sin ningún riesgo de perderlos: dar limosna, compartir sus bienes, lo cual viene a ser una segura inversión en el banco del cielo (v. 33; comp. 18:22). El corazón se apegará entonces a los tesoros celestiales y esperará más ardientemente la venida del Señor (léase 1 Pedro 1:4). Jesús viene. ¿Esta esperanza tiene sus consecuencias prácticas en nuestra vida, es decir, nos aparta de un mundo que pronto abandonaremos, nos purifica âcomo él es puroâ (1 Juan 3:3), nos llena de celo en el servicio hacia las almas y nos regocija? Pensemos también en el gozo de nuestro amado Salvador cuyos afectos serán colmados. Ãl se complacerá en recibir y servir personalmente en el festÃn de la gracia a los que le hayan servido y esperado en la tierra (v. 37). Entonces el âmayordomo fiel y prudenteâ recibirá su recompensa, y el siervo que no haya obrado según la voluntad de su Señor, aun conociéndola (v. 47; Santiago 4:17), recibirá su solemne castigo. âA todo aquel a quien se haya dado muchoâ¦â. Hagamos la cuenta de todo lo que hemos recibido y saquemos nuestra conclusión.
Hasta el âbautismoâ de su muerte, Jesús estuvo angustiado. La cruz era necesaria para que su amor pudiera expresarse plenamente y hallara eco en los corazones de los hombres. Su venida fue una prueba para ellos. En el seno de las familias cuyos miembros anteriormente se encontraban unidos en la impiedad, serÃa recibido por unos y rechazado por otros. ¡Cuántos hogares se parecen al que se describe aquÃ! (v. 52-53).
Después el Señor se dirige nuevamente a los judÃos âhipócritasâ, y lo hace con un verdadero amor por sus almas (v. 56). No nos extrañemos de la dureza que a veces revisten sus palabras, la que se impone por la propia dureza del corazón humano. Es necesario un martillo de hierro para romper la piedra (JeremÃas 23:29). Israel habÃa provocado la ira de Dios, quien vino a ser su âadversarioâ (v. 58). En el tiempo de Jesús, Dios estaba en Cristo ofreciendo la reconciliación a su pueblo, pero éste la rechazó y se resistió a discernir las señales que anuncian el juicio (v. 56). Aún hoy, antes que tenga que obrar como Juez inexorable, Dios ofrece la reconciliación a todos los hombres. En el capÃtulo 13 versÃculos 1-5 Jesús evoca dos acontecimientos recientes y solemnes y se sirve de ellos para exhortar a sus oyentes al arrepentimiento. âOs rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Diosâ (2 Corintios 5:20).
La historia de Israel, representada por la higuera estéril, es al mismo tiempo la de toda la humanidad. Dios ha utilizado todos los medios para tratar de conseguir algo bueno de su criatura. Pero el hombre en la carne, a pesar de sus pretensiones religiosas (hermoso follaje), es incapaz de producir el más pequeño fruto para Dios. Ocupa, pues, inútilmente la tierra y debe ser juzgado.
Prosiguiendo su ministerio de gracia, Jesús curó a una pobre mujer enferma que estaba jorobada. Nosotros también corremos el riesgo de estarlo espiritualmente cuando nuestras miradas se vuelven hacia las cosas de la tierra o cuando nos obstinamos en llevar cargas que el Señor quiere llevar en nuestro lugar. Pero él âlevanta a los caÃdosâ y quiere que andemos âcon el rostro erguidoâ (Salmo 146:8; LevÃtico 26:13). Nuevamente, este milagro hecho un sábado sirvió de pretexto a sus adversarios hipócritas. Mas su respuesta los cubrió de vergüenza y les recordó sus deberes de amor hacia una hermana, hija de Abraham.
Las dos pequeñas parábolas siguientes describen el gran desarrollo visible del cristianismo formal, impregnado de la levadura de falsas doctrinas e invadido por los hombres codiciosos (los pájaros del cielo caracterizados por su voracidad). El gran árbol de la cristiandad tendrá la misma suerte que la higuera de Israel (v. 9).
Al Señor nunca lo vemos satisfacer la curiosidad de sus interlocutores. Cuando se le preguntó si los escogidos eran pocos, aprovechó para hablar a la conciencia, como para decir a cada uno: «No te preocupes por los demás; actúa de manera que te encuentres entre los pocos. En verdad la puerta es angosta, pero el reino es bastante amplio para acoger a todos los que deseen entrar ahora. Y si no quieres entrar por esta puerta angosta (v. 24), más tarde tendrás ante ti una puerta cerrada» (v. 25). ¡Cuán solemnes son estos llamados, estos vanos gritos y esta terrible respuesta: âNo os conozco ni sé de dónde soisâ (v. 25; V. M). Hay un error, exclamarán algunos, pues hemos tenido padres cristianos, hemos asistido a las reuniones, hemos leÃdo la Biblia y cantado himnos. Pero el Señor sólo recibirá en su cielo a los que aquà en la tierra lo hayan recibido en su corazón.
Estas severas palabras Jesús las dirige especialmente al pueblo de Israel. Mientras Herodes, esa âzorraâ cruel y astuta, se apoderaba de âlos polluelosâ de Israel, su verdadero Rey procuraba reunirlos (v. 34). Pero no quisieron nada de él ni de su gracia, y ahora el Señor de gloria, abandonando la casa, a âlos suyosâ que no lo habÃan recibido (v. 35; Juan 1:11), proseguÃa su camino hacia la cruz.
Nuevamente encontramos al Señor en la casa de un fariseo. Y allà fue una vez más el objeto de una abierta malevolencia. Lo observaban disimuladamente (v. 1) para ver si lo sorprendÃan en alguna falta sobre la cuestión del sábado. Pero Jesús curó al hombre hidrópico y, como en el capÃtulo 13:15, cerró la boca a sus adversarios. Luego fue Ãl quien los observó (v. 7). Su mirada, a la cual nada puede escapar, percibió cómo se esforzaban por ocupar los primeros puestos en la mesa. Asà sucede en el mundo. Se trata de ganar los más grandes honores o los mejores bocados. Pero nosotros los cristianos siempre estaremos más felices en el último lugar, porque es ahà donde encontraremos a Jesús. En efecto, no es necesario preguntarnos desde qué lugar el Señor hizo estas observaciones, pues el fariseo no parecÃa haber estado dispuesto a ofrecerle un lugar distinguido.
Si Jesús tuvo una lección para los convidados, también tuvo una para el dueño de casa. A los primeros les enseñó a escoger su lugar, al segundo le enseñó a escoger sus invitados. El señor siempre quiere hacernos examinar el motivo que nos hace obrar. ¿Es con vistas a obtener ventajas u honores o es el amor que se complace en la abnegación por él?
De todos los convidados a este banquete, ¿quién encontrará la peor excusa para no asistir? ¿Esperamos haber comprado un campo para verlo, o bueyes para probar su fuerza? El que acababa de casarse podrÃa haber llevado a su esposa al festÃn. Despreciando la invitación, no solamente se perdÃan la fiesta sino que ofendÃan al dueño de casa. Al gran banquete de su gracia, Dios ha convidado primero al pueblo judÃo y, después de su rechazo, a todos los que no pueden esconder su pobreza, enfermedad y miseria. Tales son las personas que llenarán el cielo (comp. v. 21 con v. 13). Y aún hay lugar, el de usted quizás, si todavÃa no ha aceptado la invitación.
El versÃculo 26 nos enseña simplemente que si alguien pretendiera no poder seguir a Cristo, cualquiera fuera la causa, incluso la oposición de los parientes más cercanos, ésta serÃa una excusa aborrecible. Es necesario ir a él (v. 26) y seguir en pos de él (v. 27), pero el enemigo es peligroso. Quien se ponga en camino sin haber calculado el costo es un insensato. Y el costo es grande, pues se trata de renunciar a todo lo que uno posee (v. 33). Si se toma la cruz, no se pueden llevar otras cargas. Mas la ganancia es incomparable: Cristo mismo (Filipenses 3:8).
Las tres parábolas de este capÃtulo forman un conjunto maravilloso. El estado de un pecador nos es presentado bajo tres aspectos: el de la oveja, el de la dracma y el del hijo, los cuales estaban perdidos. Asà vemos el rescate del pecador cumplido al mismo tiempo por el amor del Hijo (el buen Pastor), del EspÃritu Santo (la mujer diligente) y del Padre.
El buen Pastor no solamente busca su oveja âhasta encontrarlaâ (v. 4; comp. con el final del v. 8), sino que luego la carga sobre sus propios hombros para llevarla a casa.
Como la dracma (pieza de moneda con la efigie del soberano que la emitió), el hombre es hecho a la imagen del que lo ha creado. Pero perdido, ¿para qué podÃa servir? Se volvió inútil. Entonces el EspÃritu Santo, encendiendo âla lámparaâ, se puso manos a la obra diligentemente y nos encontró en medio de las tinieblas y del polvo.
Cada parábola menciona el gozo del legÃtimo dueño, un gozo que busca ser compartido. El de Dios encuentra eco en los ángeles. Los oÃmos cantar en el momento de la creación (Job 38:7) y al ser anunciado el nacimiento del Salvador (2:13). Pero también hay gozo en el cielo âpor un pecador que se arrepienteâ. ¡Cuán grande es el precio de un alma a los ojos del Dios de amor!
La parábola del hijo pródigo nos presenta en primer plano a un muchacho que consideraba a su padre como un obstáculo para su felicidad y por ello se fue lejos de su presencia malgastando locamente todo lo que habÃa recibido de él. Luego lo vemos, en un paÃs lejano, reducido a la peor desgracia, a la miseria más absoluta. ¿Hemos reconocido hasta aquà nuestra propia historia? ¡Ojalá acabe de la misma manera! Bajo el peso de su miseria, el pródigo volvió en sÃ, recordó los recursos de la casa paterna, se levantó, tomó el camino de regreso⦠¡Y qué final feliz! El padre salió apresuradamente a su encuentro con los brazos abiertos, lo besó; luego hubo una confesión seguida del pleno perdón, los harapos fueron cambiados por el mejor vestidoâ¦
Amigo, si usted se convence de su miseria moral, este relato le enseñará cuáles son las disposiciones del corazón de Dios hacia usted. No tema ir a él. Será recibido como ese hijo.
Pero el padre no pudo compartir completamente su gozo. El hermano mayor, que no hubiera vacilado en hacer banquetes con sus amigos mientras su hermano se hallaba perdido, se negó a tomar parte en el festÃn. Es una figura del pueblo judÃo obstinado en su legalismo, pero también de todos los que confÃan en su propia justicia y cuyo corazón está cerrado a la gracia de Dios.
Nos extraña la actitud de este amo que aprueba a su siervo infiel, igualmente nos sorprende la conclusión del Señor: âGanad amigos por medio de las riquezas injustasâ (v. 9). Pero este adjetivo nos da la clave de la parábola. Nada aquà en la tierra pertenece al hombre. Las riquezas que pretende poseer son, en realidad, de Dios; son, pues, riquezas injustas. Puesto en la tierra con la misión de administrarlas, el hombre se ha comportado como un ladrón. Lo que Dios habÃa puesto en sus manos para su propio servicio, él lo ha pervertido para sus intereses egoÃstas, para satisfacer sus codicias. Pero todavÃa puede arrepentirse y emplear en beneficio de los demás, con miras al porvenir, los bienes del divino Dueño, mientras los tenga en sus manos.
El mayordomo del capÃtulo 12:42 era fiel y prudente; éste es infiel, sin embargo, también obra prudentemente, y ésta es la cualidad que le reconoce su amo. Si la gente del mundo muestra tal previsión, ¿no deberÃamos nosotros, que somos âhijos de la luzâ, pensar más en las verdaderas riquezas? (v. 11; 12:33).
El versÃculo 13 nos recuerda que no podemos tener dos corazones: uno para Cristo y otro para Mamón (palabra de origen arameo con la cual Jesús personifica a las riquezas como un dios en Mateo 6:24 y Lucas 16:13) y las cosas de este mundo. ¿A quién queremos amar y servir? (1 Reyes 18:21).
A los avaros fariseos Jesús declara que Dios conoce su corazón y juzga de una manera diferente a cómo lo hacen los hombres. La terrible apreciación de Dios acerca de las obras más grandes, de los triunfos y ambiciones terrenales, está escrita en el versÃculo 15: âEs abominaciónâ. Entonces, ¡qué completo cambio de situación se manifestará en el otro mundo! El Señor da un admirable ejemplo. Este rico era precisamente un mayordomo infiel, pues aun teniendo a su prójimo a la puerta empleaba para sà mismo, en su afán de lujo y por egoÃsmo, lo que Dios le habÃa encargado que administrara sobre la tierra. Pero tanto el rico como el pobre tarde o temprano encontrarán la muerte. Y este relato, hecho por Aquel que no puede mentir, demuestra que nuestra historia no termina aquà en la tierra. TodavÃa abarca el capÃtulo definitivo en el cual el Señor, volteando un poco la página, nos permite entrever algo. ¿Qué descubrimos en este más allá, acerca del cual tantos hombres tiemblan al interrogarse sobre él? ¡Un lugar de gozo y un lugar de tormento! Entonces será imposible pasar de uno a otro, será demasiado tarde para creer, pero también demasiado tarde para anunciar el Evangelio. âHe aquà ahora el dÃa de salvaciónâ (2 Corintios 6:2).
Es normal que el mundo, donde reina el mal, esté lleno de escándalos y ocasiones de caÃda. Pero que un cristiano pueda ser tropiezo a los más débiles es infinitamente triste y grave para él.
Aquel que perdona (7:48) nos enseña cómo debemos perdonar (v. 3-4). Los apóstoles sentÃan que para obrar según estos principios de gracia necesitaban más fe, y se la pidieron al Señor. Ãste les respondió que otra virtud era indispensable: la obediencia, porque conociendo y haciendo la voluntad de Dios podemos contar con él. SÃ, la fe no se separa de la obediencia ni la obediencia se separa de la humildad. Siervos inútiles: es lo que debemos pensar de nosotros mismos, pues Dios puede trabajar sin nosotros; si nos emplea es por pura gracia. Mas el Señor no piensa asà de nosotros, pues nos considera sus amigos (comp. v. 7-8 y 12:37; Juan 15:15).
Diez leprosos encontraron a Jesús, clamaron a él y fueron sanos. Uno solo, el samaritano, dio las gracias a su Salvador. AsÃ, en la gran cristiandad, en medio de todos los que son salvos, solamente un pequeño número sabe âvolverâ para rendir culto al Señor. ¿Lo hacemos nosotros?
Fuera de toda lógica, los fariseos se preocupaban por saber cuándo vendrÃa el reino de Dios⦠mientras se negaban a reconocer al Rey que se encontraba en medio de ellos (v. 21). El reino de Dios, a menudo mencionado en el evangelio de Lucas, es la esfera en donde los derechos de Dios son reconocidos. Comprende primero el cielo, y por esta razón también encontramos, especialmente en Mateo, la expresión âel reino de los cielosâ.
Pero también debÃa extenderse a Israel y a toda la tierra. Entonces el Rey, con el fin de poner a prueba a sus súbditos, vino bajo una humilde apariencia, sin llamar la atención (v. 20); y como tal fue rechazado. ¿Cuál es el resultado? El hecho de que hasta ahora el reino exista sólo bajo su forma celestial. Mas llegado el momento, se establecerá sobre la tierra, pero a través de repentinos y terribles juicios. El diluvio y la súbita destrucción de Sodoma son ilustraciones muy solemnes. Los versÃculos 27-30 son igualmente una figura de nuestra época. Sin embargo, existe otro ámbito en donde los derechos morales del Señor son reconocidos desde ahora: los corazones de los que le pertenecen. Amigo, ¿es su corazón «una provincia» del reino de Dios?
La parábola de la viuda y el juez injusto nos anima a orar con perseverancia (Romanos 12:12; Colosenses 4:2). Efectivamente, si un hombre malo termina por doblegarse, con más razón el Dios de amor intervendrá para responder a âsus escogidosâ. A veces tarda en hacerlo, porque el fruto que él espera todavÃa no está maduro; pero no olvidemos que él mismo se obliga a usar de paciencia, pues su amor lo llevarÃa a obrar rápidamente (final del v. 7). Vendrá un tiempo, el de la tribulación final, cuando este pasaje tomará toda su fuerza para los escogidos del pueblo judÃo.
El fariseo que confiado en sà mismo presentaba a Dios su propia justicia y el publicano que se humilló sintiendo una profunda convicción de pecado, son moralmente los respectivos descendientes de CaÃn y Abel, con la diferencia de que este último se sabÃa justificado. El único tÃtulo que nos da derecho a acercarnos a Dios es el de pecador. Para el hombre es humillante tener que poner de lado sus propias obras (v. 11), sus razonamientos, su sabidurÃa, su experiencia. Pero las verdades divinas del reino no pueden ser aprehendidas sino por la simple fe, cuyo verdadero ejemplo es la confianza de un niño. Cuando el Señor venga, ¿encontrará en nosotros tal fe? (v. 8).
En presencia de este jefe del pueblo, aparentemente dotado de las más nobles cualidades, cualquiera habrÃa dicho: He aquà alguien que me va a honrar, un discÃpulo de categorÃa que es necesario retener. Pero Dios mira el corazón (1 Samuel 16:7), y el Señor sondeó el de este hombre.
â¿Qué haré?â, fue su pregunta. Sobre este terreno Jesús sólo pudo recordarle la ley. Pero, ¿qué necesidad tendrÃa de robar, si era rico; por qué matar o presentar un falso testimonio cuando tenÃa una reputación que cuidar; por qué no honrar a sus padres si le habÃan dejado una valiosa herencia? En realidad, infringÃa el primer mandamiento, pues su dios era la riqueza (Ãxodo 20:3). La tristeza de este hombre, que humanamente tenÃa todo para ser feliz (buena posición, fortuna y juventud para disfrutarla), es una prueba, para los que envidian tales ventajas, de que nada de todo esto da la verdadera felicidad. Al contrario, si el corazón se apega a estas cosas, éstas son un obstáculo para seguir a Jesús y tener parte en la vida eterna. Ãl mismo cumplió la obra que nos abrió el acceso a la verdadera vida. Meditemos en cada expresión de los versÃculos 32-33, recordando que Jesús sufrió asà por mÃ.
La visita del Señor a Jericó fue probablemente la única ocasión dada al ciego y a Zaqueo para encontrar al Señor Jesús. A pesar de los obstáculos, supieron aprovecharla (comp. 16:16).
Consideremos a este ciego: no podÃa ver al Salvador que pasaba y, además, la muchedumbre querÃa que se callase; pero él gritó con insistencia y obtuvo la respuesta a su fe.
En cuanto a Zaqueo, su pequeña estatura y la muchedumbre que se apretujaba alrededor de Jesús le impedÃan verlo. Entonces corrió para adelantarse al cortejo y se subió a un árbol, sin preocuparse por el qué dirán. También él superó las dificultades, ¡y qué recompensa obtuvo! Nos imaginamos su confusión y alegrÃa cuando el Señor lo llamó por su nombre, invitándolo a bajar rápidamente para acoger al Señor en su propia casa.
Querido amigo, Jesús todavÃa pasa hoy cerca de usted trayéndole la salvación (v. 9). No se deje detener por su incapacidad natural, por las formas de una falsa religión que, como esta muchedumbre, impiden ver a Jesús âtal como él esâ (1 Juan 3:2), ni tampoco por la opinión de los demás. El Maestro lo llama por su nombre y le dice: âHoy es necesario que pose yoâ en su corazón. ¿Lo dejará usted pasar?
Esta parábola nos presenta a la vez el rechazo al Señor Jesús como Rey (v. 14) y la responsabilidad de los suyos durante el tiempo de su ausencia. En la de los âtalentosâ (Mateo 25), cada siervo recibió una suma diferente según la soberanÃa del amo, pero la recompensa fue la misma. En ésta, a cada siervo le fue confiada una mina, pero la recompensa fue proporcional a su actividad. A cada creyente Dios le ofrece la misma salvación, la misma Palabra, el mismo EspÃritu, sin hablar de los diversos dones dispensados a cada uno. Sin embargo, no todos tienen el mismo celo para hacer valer estos talentos para la gloria de su Señor ausente. El secreto del servicio es el amor experimentado por Aquel a quien se sirve. Cuanto más grande sea este amor, más grande es la devoción. El tercer siervo odiaba a su amo, le parecÃa severo e injusto, por eso no trabajó para él. Este hombre representa a todos aquellos a quienes Dios quitará lo que âpiensan tenerâ pese a llamarse cristianos (8:18; v. 26).
Desgraciadamente puede ocurrir que verdaderos hijos de Dios acepten los dones y se resistan a prestar el servicio, frustrando asà al Señor y, finalmente, privándose a sà mismos del fruto que habrÃan podido gozar con él.
El camino del Señor llegaba a su término: la ciudad de Jerusalén, hacia la cual, desde el capÃtulo 9:51, habÃa dirigido resueltamente su rostro sabiendo lo que le esperaba. Sin embargo, durante un momento, los discÃpulos pudieron pensar que su reinado iba a aparecer inmediatamente (v. 11). Jesús mostró su soberanÃa reclamando el asno, a fin de cumplir la profecÃa de ZacarÃas 9:9. ¿Y no hay en nuestra vida muchas cosas acerca de las cuales podrÃamos oÃr decir: âEl Señor lo necesitaâ? (v. 34). Al son de las aclamaciones de la muchedumbre de sus discÃpulos, el Rey hizo su entrada majestuosa en la ciudad. Pero, en contraste con esta alegrÃa, los fariseos mostraron su indiferencia hostil (v. 39). En verdad, las piedras serÃan más dóciles a la acción del poder divino que el corazón endurecido del desgraciado pueblo judÃo. Al ver la ciudad, Jesús lloró sobre ella. SabÃa cuáles iban a ser las trágicas consecuencias de su ceguera. VeÃa ya a las legiones de Tito, cuarenta años más tarde, asediando la ciudad culpable (IsaÃas 29:3-6). ¡Escenas indescriptibles de masacres y destrucción seguramente pasaron ante sus ojos!
Después, entrando en la ciudad y en el templo, consideró con no menos pena el comercio que lo llenaba y, con una santa energÃa, lo hizo cesar (comp. Ezequiel 8:6).
Si hubieran estado presentes en el bautismo de Juan, estos fariseos no habrÃan tenido necesidad de preguntar al Señor con qué autoridad hacÃa âestas cosasâ (7:30). En aquella ocasión, Dios habÃa designado solemnemente a su Hijo amado y le habÃa revestido de poder para su ministerio (3:22). Además, todo lo que Jesús hacÃa o decÃa, ¿no mostraba claramente que era el Padre quien lo habÃa enviado? (Juan 12:49-50).
El Señor dio una vez más a estos hombres de mala fe la oportunidad de reconocerse en la parábola de los labradores malvados. Rehusando a Dios el fruto de la obediencia, Israel habÃa despreciado, maltratado y a veces matado a sus mensajeros y profetas (2 Crónicas 36:15). Y, cuando el amor de Dios les dio a su propio Hijo, no vacilaron en echarlo âfuera de la viñaâ para matarlo. El Señor mostró las consecuencias terribles de este último crimen: Dios destruirá a este pueblo inicuo y confiará a otros, tomados de entre las naciones, la responsabilidad de llevar fruto para él. Finalmente, si por un lado, del templo terrestre no debÃa quedar piedra sobre piedra (19:44; 21:5-6), por el otro, Cristo, âla piedra reprobadaâ (Hechos 4:11), llegarÃa a ser en resurrección, el precioso fundamento de una casa espiritual y celestial: la Iglesia (1 Pedro 2:4).
A la sutil pregunta que hicieron estos âespÃasâ, Jesús respondió, como de costumbre, hablando a su conciencia. Es necesario dar a cada uno lo que le corresponde, y primeramente debemos darle a Dios la obediencia y el honor que le pertenecen (Romanos 13:7).
En cuanto a los saduceos, el Señor les probó la realidad de la resurrección por medio de este tÃtulo que Dios se da: El âDios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacobâ (v. 37; Ãxodo 3:6). Cuando Jehová hablaba asà a Moisés, ya hacÃa mucho tiempo que estos patriarcas habÃan dejado la tierra. Sin embargo, él seguÃa proclamándose su Dios. Para él ellos estaban vivos y sus cuerpos debÃan resucitar. Estos hombres de fe tenÃan la mira puesta en âlo prometidoâ, más allá de la vida presente, y demostraban que esperaban las promesas con certidumbre. âPor lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellosâ (Hebreos 11:13-16).
Creyentes, apliquémonos a mostrar a nuestro alrededor que tenemos una esperanza viva.
Los fariseos y los saduceos corresponden a dos tendencias religiosas de todos los tiempos: de un lado el formalismo legal, el apego a las tradiciones, y del otro, al contrario, el racionalismo (o modernismo) que pone en duda la Palabra y sus verdades fundamentales.
Observando a los ricos y a los pobres, a los instruidos y a los ignorantes, a los aduladores y a los contradictores, Jesús, en su sabidurÃa maravillosa, discernÃa los motivos y los sentimientos de todos, y tomaba para con cada uno la actitud que convenÃa a su estado. Denunciaba la vanidad al mismo tiempo que la culpabilidad de los jefes del pueblo, y prevenÃa a los que pudiesen ser engañados por ellos. Se complacÃa en subrayar, en contraste, la devoción de una pobre viuda que era vÃctima de la codicia de los escribas. Echando en el tesoro sus últimos recursos, ella se abandonaba enteramente a Dios y mostraba que dependÃa sólo de él (1 Timoteo 5:5; 2 Corintios 8:1-5). El Señor ve tanto lo que le ofrecemos como lo que guardamos. Ãl no cuenta de la misma manera que nosotros (v. 3), y esto anima a todos los que no pueden dar mucho (2 Corintios 8:12). ¡Cuántas âblancasâ serán fortunas en el tesoro celestial! (comp. 12:33 con 18:22).
Algunos estaban deslumbrados por la belleza de las piedras y de los adornos del templo; pero allà Jesús también juzgaba diferentemente. ConocÃa el interior de este templo y lo comparó con una cueva de ladrones (19:46). Después declaró cuál serÃa la suerte de estas cosas que el hombre admiraba (v. 6).
Desde el capÃtulo 17 vemos que Jesús prevenÃa a sus discÃpulos sobre los castigos que esperaban a Israel y al mundo a causa de su rechazo. Pero, en medio de un pueblo juzgado, el Señor siempre ha sabido distinguir a los que le pertenecen. Como en el capÃtulo 12, los advertÃa y los animaba a avanzar âigualmente a nosotrosâ en estos tiempos difÃciles (comp. v. 14-15 con 12:11-12). âCon vuestra paciencia ganaréis vuestras almasâ (v. 19). Esta exhortación también nos concierne. âPor tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señorâ, recomienda el apóstol Santiago (5:7-8). Dios es paciente (18:7) y desea que sus hijos manifiesten este mismo carácter.
Los versÃculos 20 y 21 se cumplieron al pie de la letra antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70. Habiendo ocupado por primera vez sus posiciones alrededor de las murallas, los ejércitos invasores levantaron el sitio sin ninguna razón aparente y marcharon en dirección al norte. Entonces los cristianos, acordándose de las palabras del Señor, aprovecharon este tiempo de tregua para abandonar la ciudad, antes de que las legiones romanas volvieran a atacarla. La expresión del versÃculo 24: âLos tiempos de los gentilesâ, corresponde al perÃodo que siguió, el cual lleva aproximadamente dos mil años.
A partir del versÃculo 25, las señales anunciadas se refieren aún al porvenir. Serán tiempos terribles. Las cosas más estables serán revolucionadas, y las almas de los hombres también. Ya el miedo empieza a manifestarse en el mundo. Los hombres piensan escapar cavando refugios (Apocalipsis 6:15). Pero para los fieles de ese tiempo la salvación (llamada vuestra redención en el v. 28) vendrá de arriba. Será la venida del Señor en gloria; y para nosotros, creyentes de hoy, lo que esperamos es su venida en las nubes. ¡Segura promesa! SÃ, porque el cielo y la tierra pasarán, mas sus palabras no pasarán (v. 33).
La glotonerÃa generalmente no se considera como un pecado grave. Sin embargo, está asociada con la borrachera, porque contribuye a recargar el corazón. Cultiva el egoÃsmo; hace olvidar las necesidades que nos rodean (comp. 16:19). El gozo de esperar al Señor no se manifestará más en un corazón sobrecargado (v. 34), pues las preocupaciones de la vida lo invaden. Por esta razón, frecuentemente las epÃstolas asocian las exhortaciones a ser sobrios y a velar (1 Tesalonicenses 5:6-7; 1 Pedro 1:13; 4:7; 5:8); y aquà el Señor nos recomienda: âMirad también por vosotros mismos⦠Velad, pues, en todo tiempo orandoâ (v. 34-36).
Los jefes del pueblo temÃan realizar sus deseos criminales porque sabÃan que la muchedumbre deseaba escuchar a Jesús (19:48). Pero Satanás vino a ayudarles. TenÃa preparado su instrumento: Judas. Entró en él, valiéndose de la voluntad del miserable discÃpulo. Enseguida éste llevarÃa a cabo su terrible transacción.
A la hora de celebrar la pascua âhoy la cena del Señorâ, nada fue dejado a la iniciativa de los discÃpulos. Jesús les pidió que la prepararan, pero esperó que le preguntaran dónde tendrÃan que hacerlo. ¡Cuántos cristianos, en lugar de hacer esta pregunta al Señor, han escogido ellos mismos su lugar de reunión! Sin embargo, ¡todo es tan sencillo! Basta dejarse conducir por ese âhombre que lleva un cántaro de aguaâ, figura del EspÃritu Santo presentando la Palabra. La gran habitación preparada muestra que, allà donde el mismo Jesús se encuentra, hay lugar para todos los creyentes. âCuánto he deseadoâ¦â, dijo a los suyos cuando llegó la hora. ¡Qué amor! El Señor no hablaba de un favor que él les hacÃa, sino de una necesidad de su propio corazón, como alguien que teniendo que dejar a su familia, desea tener con ella una reunión de despedida.
Era la última reunión del Maestro con sus discÃpulos. Pero, ¿qué hacÃan ellos durante este santo momento? ¡Disputaban entre sà sobre quién serÃa el más grande! Mas, ¡con qué paciencia y dulzura los reprendió el Señor! Por última vez les recordó (y nos recuerda a nosotros) que la verdadera grandeza consiste en servir a los demás. Y él mismo no ha cesado de hacerlo (comp. v. 27 con 12:37). Además, no les hizo ningún reproche, sino que reconoció su devoción y fidelidad: âVosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebasâ, les dijo. Sin embargo, a estos débiles discÃpulos aún les sobrevendrÃan tentaciones que pondrÃan en peligro su fe. Entonces Jesús les reveló de qué manera servirÃa en adelante a los suyos: su intercesión precederá a las pruebas y sostendrá su fe cuando deban atravesarlas (Juan 17:9,11,15). Mientras él estaba con ellos, no habÃan tenido necesidad de nada; él cuidaba de todo y los protegÃa. Pero cuando los dejara, tendrÃan que combatir por su propia cuenta. Mas no con armas carnales (v. 38; 2 Corintios 10:4) ni âcontra sangre y carneâ (Efesios 6:12). Satanás, enemigo mucho más temible, se aproximó en esa hora. âVuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorarâ (1 Pedro 5:8).
Este solemne relato de la escena del Getsemanà contiene detalles que únicamente hallamos en el evangelio de Lucas. Vemos a Jesús de rodillas (v. 41); y un ángel se le apareció para fortalecerlo (v. 43). Se hallaba en la angustia del combate y sabemos con qué enemigo tenÃa que vérselas. ¡Era un combate tan intenso que en cierto momento su sudor se transformó en grandes gotas de sangre! Pero esta misma angustia demuestra su perfección. A menudo el mal causa poca impresión en nuestros corazones endurecidos, pero para el Hombre santo por excelencia, el pensamiento de llevar el pecado lo llenaba de horror y terror.
Después Jesús vino a sus discÃpulos y los halló durmiendo. Asà como habÃan estado cargados de sueño en la montaña, en presencia de su gloria (9:32), lo estaban aquà ante su sufrimiento. Ãl les habÃa enseñado a pedir: âNo nos metas en tentación, mas lÃbranos del malâ (11:4; Mateo 6:13). ¡Pero ellos no habÃan orado asà en la hora en que el enemigo se aproximaba!
Entonces llegaron Judas y la tropa que lo acompañaba. Es maravilloso ver al Señor, que unos momentos antes atravesaba el más terrible de los combates, ahora mostrar ante los hombres una paciencia, una gracia (v. 51) y una calma perfectas.
¡Pobre Pedro! Mientras Jesús oraba, él dormÃa; mientras Jesús se dejaba prender y llevar como un cordero al matadero (IsaÃas 53:7; JeremÃas 11:19), él blandÃa la espada (v. 50; comp. Juan 18:10). Por último, mientras el Señor confesaba la verdad ante los hombres, él mintió y lo negó tres veces consecutivas. Se sentó en compañÃa de los que acababan de apresar a su Maestro y hablaban contra él (Salmo 69:12; 1:1 final). ¿Cómo hubiera podido dar testimonio de él en tal posición?
Una simple mirada del Señor desgarró el corazón del pobre discÃpulo mucho más de lo que los reproches hubieran podido hacer. ¡Oh!, esa mirada atravesó su conciencia y comenzó una obra de restauración. Esa negación tan dolorosa para el Señor se unió a todos los escarnios recibidos (v. 63-65).
Los hombres malvados ante los cuales compareció se vieron obligados a reconocer que âel Hijo del Hombreâ (v. 69) es al mismo tiempo âel Hijo de Diosâ (v. 70). Por eso Jesús pudo responderles: âVosotros decÃs que lo soyâ. ¡Y por eso también son infinitamente más culpables al condenarlo después de tales palabras!
Fue fácil manifestar unanimidad contra Jesús. Los principales del pueblo se levantaron juntos para llevarlo a Pilato, el único que tenÃa poder de condenar a muerte. ¿De qué acusaban a su prisionero? De pervertir a la nación, es decir, de llevarla hacia el mal; él, que sólo habÃa trabajado para llevar el corazón de este pueblo a Dios. También lo acusaban de prohibir que se diera tributo a César, cuando él les habÃa dicho lo contrario: âDad a César lo que es de Césarâ (20:25). Pero estas mentiras no tuvieron sobre Pilato el efecto que los judÃos esperaban. En su desconcierto, el gobernador buscaba un medio de eludir la responsabilidad de juzgarlo. Entonces envió a Jesús ante Herodes, quien sentÃa hacia él cierto temor mezclado con odio y curiosidad (v. 8; 9:7; 13:31). Pero al no ser satisfecho este último sentimiento, toda la bajeza de dicho dignatario se descubrió. ¡Se complació en humillar a un prisionero indefenso, de cuyos milagros de amor habÃa oÃdo hablar! Finalmente, decepcionado, volvió a enviarlo a Pilato.
Al contemplar a Jesús, a quien maltrataban y afrentaban asÃ, nuestros corazones se regocijan pensando en el momento en que aparecerá en su gloria, cuando cada uno deberá reconocer que âJesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padreâ (IsaÃas 53:3; Filipenses 2:11).
Más confundido que nunca, Pilato reunió a los sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, y tres veces les afirmó que en Jesús no encontraba nada que fuese digno de muerte. Pero su deseo de liberarlo sólo hizo aumentar la insistencia del pueblo para pedir su crucifixión. Una muchedumbre manifiesta fácilmente su cobardÃa y crueldad porque, escondidos en el anonimato, los más bajos instintos se dan libre curso. Aquélla lo fue aún más, siendo instigada por sus propios conductores. Finalmente sus gritos prevalecieron y, a cambio de la libertad del homicida Barrabás, lograron que Jesús fuera entregado a su voluntad. Para Pilato, hombre sin escrúpulos, una vida humana tenÃa menos valor que el favor del pueblo.
Entre los que acompañaron al condenado inocente, muchos sintieron compasión y lloraron. Pero la emoción no es una prueba de la obra de Dios en un corazón. Si asà fuese, estas mujeres hubieran llorado por ellas mismas y por la ciudad criminal, como Jesús lo hizo (19:41). Muchas personas son tocadas sentimentalmente por la vida admirable del Señor y se indignan a causa de la injusticia cometida contra él, pero no piensan que ellas mismas también tienen, por sus pecados, una responsabilidad personal en su muerte (IsaÃas 53:6).
Jesús fue llevado a ese siniestro lugar de la Calavera donde lo crucificaron entre dos malhechores. âPadre, perdónalosâ¦â, tal es su sublime respuesta a todo el mal que le hicieron los hombres (comp. 6:27). Si ellos se arrepintieran, su crimen âel más grande de la historia de la humanidadâ serÃa expiado por medio de Su propia muerte.
En la cruz, donde todos estaban presentes, desde los gobernantes hasta el miserable ladrón (v. 35, 39), toda la maldad del corazón humano se descubrió sin ninguna vergüenza: miradas cÃnicas, risas, provocaciones, injurias⦠pero aquà comenzó una conversación maravillosa entre el Salvador crucificado y el otro malhechor convencido de pecado (v. 41). Iluminado por Dios, discernió en el hombre maltratado y coronado de espinas que iba a morir a su lado una vÃctima santa, un rey glorioso (v. 42). Y recibió una promesa inestimable (v. 43). AsÃ, desde la misma cruz, el Señor gozó del primer fruto de la âaflicción de su almaâ (IsaÃas 53:11).
Después de las tres últimas horas de tinieblas impenetrables, Jesús volvió a gozar de su relación con Dios, la cual habÃa sido interrumpida durante el abandono que acababa de atravesar. Y en plena serenidad encomendó él mismo su espÃritu en las manos de su Padre. La muerte del Justo fue para Dios la oportunidad de dar un último testimonio a través del centurión romano (v. 47).
La intervención de José de Arimatea nos muestra que la gracia habÃa alcanzado a este hombre, uno de los ricos que se nos menciona con frecuencia en Lucas (18:24; Mateo 27:57) y principal del pueblo. Este discÃpulo habÃa sido especialmente preparado para sepultar el cuerpo del Señor (según IsaÃas 53:9). Luego el EspÃritu nos presenta a unas mujeres abnegadas y recalca que ellas habÃan acompañado a Jesús desde Galilea (v. 49, 55). Ãstas estuvieron presentes en el Calvario. Después, con más amor que comprensión, prepararon perfumes para ungir su cuerpo. Finalmente, la mañana del primer dÃa de la semana, las vemos dirigirse al sepulcro, donde tuvieron un maravilloso encuentro. Dos ángeles se presentaron allà para anunciarles que sus preparativos eran inútiles: Aquel a quien ellas buscaban ya no estaba en la tumba; habÃa resucitado.
Desafortunadamente la experiencia cristiana de numerosos hijos de Dios no va más allá de la cruz. La extraña pregunta: â¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?â podrÃa serles dirigida. Queridos amigos, ¡alegrémonos!, Jesús no es solamente un Salvador muerto en la cruz por nuestros pecados. Ãl vive eternamente (Apocalipsis 1:18) y nosotros vivimos con él (Juan 14:19).
Dos discÃpulos caminaban tristemente por el camino de Emaús. Habiendo perdido sus esperanzas terrenales de un MesÃas para Israel, se dirigÃan a sus campos y sus asuntos (Marcos 16:12). Pero el misterioso forastero que se unió a ellos cambió completamente el curso de sus pensamientos. Comenzó por interrogarlos y luego les hizo notar su insensatez e incredulidad; dos cosas que a menudo van juntas (v. 25). ¡Cuántas veces nuestra ignorancia proviene del hecho de que no creemos! (Hebreos 11:3). Después el Señor les abrió las Escrituras y les mostró âlo que de él decÃanâ. Nunca lo olvidemos, la clave del Antiguo Testamento, y especialmente de las profecÃas, consiste en buscar a Jesús en ellas.
Observemos como el Señor se deja retener por los que lo necesitan: entró para quedarse con estos dos discÃpulos. Que nosotros también podamos hacer esta experiencia; en particular cuando estamos desanimados y nuestras circunstancias han tomado un giro distinto del que esperábamos. Aprendamos en su presencia a aceptarlas tal como son. âLa consolación de las Escriturasâ dirigirá entonces nuestros pensamientos hacia un Salvador vivo y hará arder nuestros corazones (Romanos 15:4). âLas cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanzaâ.
El Señor hubiera podido subir al cielo inmediatamente después de su resurrección, pero deseaba ver aún a sus queridos discÃpulos (Juan 16:22); querÃa darles la prueba de que no sólo estaba vivo, sino que continuaba siendo un hombre, el mismo Jesús que ellos habÃan conocido, seguido y servido. Queridos amigos creyentes, nosotros veremos en el cielo no solamente a âun espÃrituâ, ni tampoco a un extraño para nuestros corazones, sino al Jesús del Evangelio, al Hijo del Hombre presentado por Lucas, al tierno Salvador que habremos aprendido a conocer y amar en esta tierra.
En este capÃtulo se insiste cuatro veces sobre la necesidad de que todo el consejo eterno de Dios se cumpliese en los sufrimientos de Cristo, pero también en sus glorias (v. 7, 26, 44, 46).
Jesús llevó a los discÃpulos fuera, hasta Betania, lugar que él escogió para despedirse de los suyos. Los estableció asÃ, en figura, âfueraâ del sistema judÃo (v. 50), durante el tiempo que dure su ausencia, sobre un nuevo terreno, el de la vida nueva y el de la comunión (Juan 12:1). La última palabra del Señor es una promesa (v. 49), y su último gesto una bendición (v. 50). Ãl ascendió al cielo, pero el corazón de los suyos desbordaba de gozo y alabanza. Objetos del mismo amor, celebremos nosotros también a nuestro Dios, a nuestro Padre, y regocijémonos en un Salvador perfecto.
Juan
âEl unigénito Hijoâ que da a conocer al Padre, tal es el tema de este evangelio (v. 18; véase 1 Juan 4:9). Desde el primer versÃculo, del cual cada término debe ser sopesado, nos lo presenta como el Verbo (la Palabra), una persona eterna, distinguible de Dios Padre y que sin embargo es Dios (Salmo 90:2). Tan lejos como pueda remontarse nuestro pensamiento en el tiempo, él ya era. Pero aquel Verbo, el Señor Jesús, creador de todas las cosas, única fuente de vida y de luz, no se dirigió a nosotros desde los majestuosos cielos, sino que vino al mundo (v. 9) sujetándose a nuestras limitaciones en el espacio y en el tiempo. Misterio insondable, ¡âel Verbo fue hecho carneâ! (v. 14; 1 Timoteo 3:16). No vino como un mensajero apresurado que en seguida vuelve al que lo envió. Habitó entre nosotros sin dejar de estar, pese a ello, âen el seno del Padreâ. Todo lo que Dios es en su propia naturaleza: amor y luz, gracia para el corazón y verdad para la conciencia del pecador, se acercó a nosotros y brilló en esta persona adorable. Pero las tinieblas morales del hombre no comprendieron la verdadera luz (v. 5); el mundo no conoció a su Creador y el pueblo de Israel no recibió a su MesÃas (v. 11).
Y usted, ¿ha recibido a Jesucristo en su corazón? En caso afirmativo, usted es un hijo de Dios, según el versÃculo 12 y Gálatas 3:26.
No fue el peso de sus pecados lo que condujo a los delegados de los judÃos a Juan el Bautista, sino más bien la curiosidad, el deseo de saber quién era, o tal vez alguna inquietud. Su encuesta dio a Juan la oportunidad de entregar su mensaje (comp. 1 Pedro 3:15 final). Mas él no tenÃa nada que decir acerca de sà mismo (v. 22), no era más que una simple voz. Fue âenviado de Diosâ para dar testimonio de âla luzâ (v. 6-8). En cierto sentido todos los redimidos son llamados a dar testimonio de la luz, sobre todo al andar âcomo hijos de luzâ (Efesios 5:8). Por sà mismos no son nada, sólo son instrumentos por medio de los cuales Cristo, la luz moral del mundo, debe ser manifestado.
Dios indicó de antemano a su siervo cómo reconocer a su Hijo amado. âHe aquà el Cordero de Diosâ, exclamó Juan cuando Jesús apareció. Dios proveyó una vÃctima santa para quitar el pecado del mundo, vÃctima esperada desde la caÃda del hombre, anunciada por los profetas y por las figuras del antiguo pacto que Dios habÃa hecho con el pueblo de Israel (véase Ãxodo 12:3; IsaÃas 53). ¡Qué vÃctima! El Cordero de Dios es también el Hijo de Dios (v. 34).
El andar de Jesús (y no solamente la señal del EspÃritu venido de arriba: v. 33) llenaba de gozo y convicción el corazón de Juan (v. 36). ¡Sentimientos que hablan siempre a los demás! Dos de sus discÃpulos lo oyeron y siguieron a Jesús, gozando de su presencia. Este privilegio también podemos disfrutarlo nosotros al congregarnos según Mateo 18:20: âDonde están dos o tres congregados en mi nombre, allà estoy yo en medio de ellosâ. Andrés nos da aún otro ejemplo: llevó a su hermano Simón a Jesús. Antes de pensar en cualquier actividad para el Señor, recordemos a los que nos rodean y que todavÃa no lo conocen. De Andrés no se habla mucho, pero su servicio de ese dÃa tuvo grandes consecuencias: su hermano Simón llegó a ser el apóstol Pedro. Felipe oyó el llamado del Señor y habló a Natanael de ese nazareno que no era otro que el MesÃas prometido. Pero ningún argumento tuvo el peso de esa simple invitación: ¡âVen y veâ!
Cuántos nombres y tÃtulos magnÃficos exaltan aquà las glorias eternas, actuales o venideras del Señor Jesucristo: Verbo, Vida, Luz, Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Cordero de Dios, Maestro, MesÃas o Cristo, verdadero Nazareno, Hijo de Dios, Rey de Israel, Hijo del Hombre.
Jesús fue convidado a una boda. Pero, cosa notable, toda la escena mencionada tuvo lugar fuera de la sala del festÃn; nada se dice de los esposos. Todo lo que sabemos de ellos es que tuvieron la feliz idea de invitar a Jesús y a sus discÃpulos. Queridos amigos, ¿podemos asociar al Señor a cada una de nuestras circunstancias? ¿Se sentirÃa él a gusto tomando parte en nuestras fiestas familiares y en nuestras diversiones? Sólo él puede darnos el verdadero gozo, simbolizado por el vino en la Palabra de Dios. No obstante, el agua destinada a la purificación fue la que produjo este vino del gozo. Para poder gozar de la comunión con Dios es necesario ser purificado de todo pecado y tener limpia la conciencia. Ãste será el caso para Israel en los tiempos de la restauración, como también lo es para nosotros: Disfrutamos el gozo espiritual sólo en la medida en que nos juzgamos a nosotros mismos.
Servir âprimero el buen vinoâ es tÃpicamente humano (v. 10). Desde su juventud el hombre se apresura a gozar de todo lo que puede ofrecerle la vida, porque con los años poco a poco vendrán las preocupaciones, las penas, el ocaso, la muerte. El mejor vino se sacó primero. Pero Jesús actúa de manera diferente. Ãl ha reservado a los suyos gozos eternos verdaderamente incomparables con las vanas alegrÃas de esta tierra. ¡No anhelemos otros! (Colosenses 3:2).
Jesús subió de Capernaum a Jerusalén. âLa pascua de los judÃosâ estaba cerca. Esta fiesta ya no tenÃa el carácter de las âfiestas solemnes de Jehováâ ni de las âsantas convocacionesâ (LevÃtico 23:2), pues un vergonzoso comercio llenaba el templo. Los comerciantes vendÃan ahà los distintos animales para los sacrificios. Indignado, el Señor purificó la casa de su Padre.
Amigos creyentes, en la actualidad nuestro cuerpo es templo del EspÃritu Santo. Si nos hemos dejado invadir y dominar por costumbres o pensamientos impuros, dejemos que el Señor ponga orden y nos santifique. Ãl quiere que todos nuestros afectos sean sólo para el Padre.
Las personas de las cuales se habla en los versÃculos 23-25 creÃan en Jesús con su inteligencia, pero su corazón no habÃa sido verdaderamente tocado. ReconocÃan Su poder para obrar milagros, pero eso no era fe, y Jesús no se fiaba de ellos. La fe viene por el oÃr la Palabra de Dios (comp. v. 22 y Romanos 10:17). El perfecto conocimiento que Jesús tiene del corazón humano prueba su divinidad (v. 25; léase JeremÃas 17:9-10), pero su amor no se ha enfriado por eso, pues él encuentra sus verdaderos motivos para amar en sà mismo y no en los hombres.
Temeroso, pero impulsado por las necesidades de su alma, Nicodemo acudió a Aquel que es la vida y la luz (1:4-5). Ese principal de entre los judÃos, ese eminente maestro de Israel, aprendió del divino Maestro una verdad tan extraña como humillante para él: sus cualidades, conocimientos o aptitudes humanas no le daban derecho al reino de Dios. Porque asà como entramos en el mundo de los hombres por medio del nacimiento natural, es necesario otro nacimiento para entrar en ese dominio espiritual, el de la familia de Dios.
En la respuesta del Señor encontramos dos veces la expresión âes necesarioâ. Una se aplica al hombre: âOs es necesario nacer de nuevoâ. La otra, su terrible contrapartida, concierne a nuestro adorable Salvador: âEs necesario que el Hijo del Hombre sea levantadoâ. El sacrificio de Jesucristo, puesto en la cruz a la mirada de mi fe, me salva de la perdición eterna (v. 14-15; comp. Números 21:8-9). Al contemplarlo, aprendo a conocer el amor de Dios para con el mundo âcomo para mà personalmenteâ y la suprema prueba que él ha dado de ese amor. El mundo no será juzgado sin haber sido previamente amado, como lo ha sido a través de la obra de Jesús. Todo el Evangelio está contenido en el maravilloso versÃculo 16, que ha sido el medio de salvación para innumerables pecadores, y ante el cual nuestras almas deberÃan quedar extasiadas.
Los discÃpulos de Juan se sintieron un tanto celosos al ver que su maestro perdÃa importancia en provecho de otro (v. 26; 4:1). Excepto dos de ellos (uno de los cuales era Andrés), que habÃan dejado a Juan para seguir a Jesús (1:37), no habÃan entendido cuál era precisamente la misión del precursor. Ãl era el amigo del Esposo. Y lo que provocaba el descontento de sus discÃpulos, a Juan, por el contrario, lo llenaba de gozo (v. 29). Ãl era feliz quedándose en la sombra. Su hermosa respuesta deberÃa quedar grabada como una divisa en nuestros corazones: âEs necesario que él crezca, pero que yo mengüeâ (v. 30). Estas palabras dieron a Juan la oportunidad de exaltar al Señor Jesús: Ãl está por encima de todos, no por la autoridad que la muchedumbre le reconoce, sino porque âviene del cieloâ (v. 31). Y no vino de allà como un ángel sino como el objeto de todo el amor del Padre, como su Heredero (Hebreos 1:1-2).
Una visita tan importante puso a la humanidad a prueba y la dividió en dos grupos: el de los que creen en el Hijo y tienen, por ese hecho, la vida eterna, y el de los que a causa de su incredulidad permanecen bajo la ira de Dios.
¡Qué terrible pensamiento! ¿De qué lado se encuentra usted? (20:31).
Dios no ha dado a su Hijo Unigénito solamente para la gente respetable como Nicodemo. Ese maravilloso âdon de Diosâ (v. 10) ha sido dado también a los pecadores más miserables. ¡Qué cuadro tenemos aquÃ! En su inconcebible humillación, el Hijo de Dios se sentó junto a un pozo, como un hombre cansado y sediento. Sin embargo, sólo pensaba en la salvación de su criatura. Una mujer se acercó. Notemos cómo Jesús trató de ganar su confianza: le pidió un favor y se puso a su alcance hablándole de lo que ella conocÃa. Ãvida de felicidad, esa mujer habÃa bebido de las muchas aguas engañosas de este mundo. HabÃa buscado la felicidad con cinco maridos, y cada vez habÃa vuelto âa tener sedâ. Pero el Salvador tenÃa para ella âel agua vivaâ cuya fuente es él mismo (v. 10, 13-14; comp. JeremÃas 2:13, 18 y 17:13). Sin comprender de qué Ãndole era esa agua, la samaritana confió en él para recibir ese don extraordinario. Sin embargo, fue necesario que el Señor pusiera primeramente el dedo sobre lo que no estaba en regla en la vida de esta mujer (v. 16-18). No se puede ser feliz mientras la luz divina no haya penetrado en la conciencia. La gracia en Jesús es inseparable de la verdad (1:17).
Nótese que la primera enseñanza de Jesús a esta pobre samaritana no concernÃa su conducta, sino la adoración; excelente deber y privilegio de todos los creyentes. ¿Dónde, cuándo y cómo debÃa ser presentada la alabanza? HabÃa llegado la hora, (y hoy todavÃa es tiempo) en que la religión de formas y ritos debÃa ser puesta de lado para dar lugar a un culto en espÃritu y verdad. ¿A quién y por quién debÃa ser rendido? Ya no más a Jehová, el Dios de Israel, sino al Padre, según la relación completamente nueva de hijos de Dios. Desde entonces a ellos les corresponde presentar la alabanza. Son llamados los verdaderos adoradores. Usted que ha sido buscado con este objetivo, ¿va a privar al Señor del fruto de su trabajo?
Cautivada por lo que acababa de oÃr, la mujer dejó el cántaro y se apresuró a dar a conocer en la ciudad a Aquel que habÃa encontrado. En cuanto a los discÃpulos, mostraron su incapacidad de entrar en los pensamientos de su Maestro. Jesús hallaba su gozo y sus fuerzas en la comunión con su Padre (v. 34) y en las perspectivas que tenÃa ante sÃ. Ya discernÃa la siega futura: la multitud de sus redimidos (v. 35; véase Salmo 126:6).
Jesús permaneció dos dÃas con los samaritanos, menospreciados como él por los judÃos (8:48). Y esa gente creyó en él no sólo a causa del testimonio de la mujer, sino como consecuencia del contacto personal que tuvieron con âel Salvador del mundoâ (v. 42; 1 Juan 4:14). Amigo, no se contente con la experiencia de los demás para conocer al Señor Jesús. Tenga con él un encuentro personal y decisivo, para que el Salvador del mundo llegue a ser también su Salvador.
Luego Jesús fue a Galilea. Allà encontró a un oficial del rey quien, afligido por su hijo gravemente enfermo, insistió para que el Maestro fuera a curarlo. Este hombre estaba lejos de tener la gran fe del centurión romano de aquella misma ciudad de Capernaum, el cual no se estimaba digno de que el Señor entrara en su casa, y se contentaba con una sola palabra para sanar a su criado (Lucas 7:7). Jesús empezó por decir a ese padre angustiado que la fe consiste en creer a su simple palabra, sin necesidad de ver señales o milagros (v. 48; comp. 2:23). Para poner a prueba a ese hombre, el Señor no descendió con él a su casa, sino que le dijo: âVé, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fueâ. Asà experimentó cómo el poder de la muerte fue detenido por el poder de la vida que habÃa venido de arriba (1 Juan 5:12).
Ese estanque de Betesda (que significa casa de la misericordia) era una figura del antiguo pacto de Dios con el pueblo de Israel. Para poder meterse en el agua bienhechora, estos enfermos necesitaban fuerza y, para tener esa fuerza, hubiera sido necesario estar curado. Del mismo modo, la ley hace vivir sólo al que la cumple enteramente, y nadie es capaz de hacerlo. A menos que uno haya precisamente recibido primero la vida divina.
Uno se preguntará por qué, entre esa multitud de enfermos, ciegos y cojos, Jesús parece haberse ocupado sólo de ese paralÃtico. Para beneficiarse de su gracia, dos condiciones son necesarias: experimentar el deseo y la necesidad, sentimientos que hace resaltar la pregunta del Señor: â¿Quieres ser sano?â, asà como la respuesta del desdichado: âNo tengo quien me meta en el estanqueâ. Alguien se le habÃa adelantado siempre para meterse en el estanque, y toda su miserable vida habÃa sufrido una decepción tras otra. Sin duda, en otros tiempos habÃa contado con los suyos o con amigos caritativos, pero hacÃa mucho que éstos se habÃan desanimado. Después de treinta y ocho años él también habÃa perdido sus últimas esperanzas. Ya no tenÃa a nadie, ¡entonces estaba dispuesto a aceptar a Jesús!
Amigo aún inconverso, no espere más tiempo para comprender que sólo Jesús puede salvarlo. Pero, ¿lo desea usted sinceramente?
El odio de los judÃos dio a Jesús la oportunidad de manifestar aún algunas de sus glorias:
1. Su trabajo de amor para quitar el pecado del mundo (v. 17; 1:29). En presencia de la ruina de su creación, el Hijo no podÃa descansar, como tampoco el Padre.
2. El amor infinito del Padre hacia su Hijo, con quien comparte todos sus consejos (v. 20; 3:35).
3. El poder de vida que está en él (v. 21, 26), por medio del cual ahora da la vida eterna a los que creen en él (v. 24). Cuando llegue la hora, Jesús ejercitará ese poder para resucitar a los muertos (v. 28-29).
4. El juicio que le ha sido dado en su calidad de Hijo del Hombre (v. 22, 27).
5. En los versÃculos 19 y 30 vemos su perfecta obediencia. ¡Qué valor tiene esa obediencia realizada precisamente por Aquel que debe ser obedecido por toda criatura! (v. 23). Si el Señor habla de sus propias glorias es porque éstas están estrechamente ligadas a las de su Padre. El que no honra al Hijo ofende al que lo envió (v. 23; ver 1 Juan 2:23). Ante tantas perfecciones de nuestro Salvador, sólo podemos maravillarnos (v. 20) y adorarlo.
Jesús respondió a la incredulidad de los judÃos invocando cuatro testimonios a su favor: el de Juan (v. 32-35), el de sus propias obras (v. 36), el del Padre, que en el Jordán lo habÃa señalado como su Hijo amado (v. 37) y, finalmente, el de las Escrituras (v. 39). En los libros de Moisés a menudo se hace referencia al MesÃas (v. 46; por ej. Génesis 49:10, 25; Números 24:17). Aunque los judÃos pretendÃan venerar a Moisés, no creÃan en sus palabras, pues rechazaban a Aquel a quien él habÃa anunciado (véase Deuteronomio 18:15). En cambio estarán dispuestos a recibir al anticristo, del cual el Señor habla en el versÃculo 43.
âEscudriñad las Escriturasâ, recomienda el Señor Jesús. Por medio de ellas podremos conocer más a su infinita Persona.
Recibir la gloria de los hombres y buscar su aprobación es una forma de incredulidad, como lo hace notar el Señor (v. 44). Dios declara que no somos nada (Gálatas 6:3) y que no hay nada de lo cual podamos gloriarnos (2 Corintios 10:17). ¡Pero cuántas veces, en lugar de creerle, nos complacemos en el bien que los demás puedan pensar de nosotros! Jesús no buscaba ninguna gloria de parte de los hombres (v. 41; compárese con Pablo en 1 Tesalonicenses 2:6). Podremos imitarlo si tenemos en nosotros el amor de Dios y el deseo de agradarle (comp. v. 42).
Las multitudes que habÃan seguido al Señor Jesús, como muchos en la cristiandad, fueron más atraÃdas por su poder que por su gracia y sus perfecciones morales. Pero lo uno no va sin lo otro; una vez más Jesús manifestó esas virtudes juntas en la escena de la multiplicación de los panes. El muchacho mencionado en el versÃculo 9 nos recuerda que, a cualquier edad, podemos hacer algo para el Señor y por el bien de los demás. Parece haber sido el único que pensó en su propio alimento. Aceptando poner a disposición del Señor lo poco que tenÃa, llegó a ser el medio para proveer a las necesidades de cinco mil hombres. Cuando el Señor quiera servirse de nosotros, jamás nos neguemos so pretexto de ser muy jóvenes o debido a la insuficiencia de nuestros recursos; él sabrá cómo utilizarlos (JeremÃas 1:6-7).
Después de ese milagro, las multitudes querÃan apoderarse de Jesús para âhacerle reyâ. Pero él no podÃa recibir el reino de manos de los hombres (5:41), ni tampoco de las de Satanás (cuando éste le ofreció todos los reinos del mundo: Mateo 4:8-10). Es Dios quien lo hace rey, como lo leemos en el Salmo 2:6: âPero yo he puesto mi rey sobre Sionâ.
Por último, en otra escena iluminada también por su poder y su gracia, vemos a Jesús venir al encuentro de sus discÃpulos sobre el mar agitado y disipar sus inquietudes.
El Señor no se deja engañar. Las multitudes que lo seguÃan lo hacÃan por interés, pues esperaban que siguiera dándoles pan. Por eso las exhortó a trabajar âno por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permaneceâ (v. 27). Preguntémonos si nuestro trabajo tiene en vista primeramente las cosas de arriba, las cuales alimentan el alma y son eternas, o las cosas de la tierra, que están destinadas a perecer.
¿Esto significa que debemos cumplir obras para ser salvos? Son muchos los que desafortunadamente todavÃa piensan asà en la cristiandad (comp. v. 28). Pero la Palabra de Dios afirma: âPor gracia sois salvos por medio de la fe⦠no por obras, para que nadie se glorÃeâ (Efesios 2:8-9).
Dios sólo reconoce una obra a través de la cual el hombre puede acercarse a Ãl. Ella consiste en creer en el Salvador a quien nos ha dado (v. 29). Todo viene de Dios: el âagua vivaâ (el EspÃritu Santo; 4:10) y âel pan de vidaâ (Cristo mismo). ¿Por qué entonces nuestras almas no están continuamente satisfechas? ¿FaltarÃa el Señor a sus promesas? (v. 35; 4:14). ¡Por supuesto que no! Pero, por nuestro lado, no siempre satisfacemos los requisitos: âEl que en mà cree, no tendrá sed jamásâ, dice Jesús. Necesitamos la fe para ser salvos pero también la necesitamos cada dÃa para beber de la fuente de toda su plenitud.
âAl que a mà viene, no le echo fueraâ, promete nuestro Salvador (v. 37). Vaya a él, amigo lector, si todavÃa no lo ha hecho. Ãl no rechaza a nadie.
Pero para ir a Jesús es necesario que el EspÃritu de Dios obre en el corazón. El hombre no puede dar un paso hacia Dios sin que Dios lo atraiga hacia sà mismo, como lo afirma el Señor Jesús en el versÃculo 44.
Alguien dirá tal vez: «No es mi culpa si no me he convertido». Al contrario, usted es plenamente responsable de dejar que ese trabajo divino se haga en usted. En este mismo instante Dios lo llama. No se resista más tiempo.
La gracia de Jesús para con el pecador es la expresión de su propio amor, pero ella también hace parte de la voluntad de Dios, cuya meta es dar vida a su criatura (v. 40). Jesús vino para cumplir esa voluntad, como el salmista lo habÃa profetizado, y el apóstol también lo repite: âHe aquà que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntadâ (Hebreos 10:9; Salmo 40:7-8).
El hombre tiene un cuerpo y un alma, por eso no puede vivir sólo del alimento que nutre su cuerpo. Su alma también necesita un alimento y el único que le conviene es la Palabra divina, el Pan del cielo, Cristo mismo (Lucas 4:4).
A pesar de la promesa que Dios les habÃa hecho, al descubrir el maná en el desierto los hijos de Israel se preguntaron unos a otros: â¿Qué es esto?â (Ãxodo 16:15). La misma incredulidad se manifestaba en sus descendientes. DiscutÃan entre sà acerca de la extraña comida de la cual Jesús les hablaba: su carne y su sangre, es decir, su muerte. Un Cristo viviente aquà abajo no basta para hacer vivir nuestra alma. Es necesario apropiarnos por la fe de su muerte (en figura, comer su carne y beber su sangre) para tener la vida eterna. Luego tenemos que identificarnos con él cada dÃa en su muerte. Estamos muertos con él en cuanto al mundo y al pecado. El hombre natural no puede entender esto. Está de acuerdo con tener un modelo, pero le es demasiado duro reconocer su propio estado de condenación, del cual le habla la muerte de Cristo.
En vez de interrogar al Señor, muchos que habÃan profesado ser sus discÃpulos se fueron ofendidos por sus palabras. Ãl no suavizó la verdad para retenerlos, mas escudriñó el corazón de los que quedaban: â¿Queréis acaso iros también vosotros?â. Y he aquà la hermosa respuesta de Pedro: âSeñor, ¿a quién iremos?â. ¡Qué ésta también pueda ser nuestra respuesta! (v. 68-69; léase Hebreos 10:38-39).
Los hermanos de Jesús formaban parte de los que no creÃan, porque buscaban la gloria que viene de los hombres (v. 4-5; comp. 5:44). Ellos esperaban que la popularidad de Jesús beneficiara a su familia, mientras que, si hubiesen creÃdo que él era el Hijo de Dios, habrÃan entendido la distancia que los separaba de él (léase Lucas 8:21 y 2 Corintios 5:16). Más adelante los hermanos del Señor creyeron en él y se unieron a sus discÃpulos (Hechos 1:14).
El principio que los hizo actuar aquà es el mismo que el de todos los hombres: hacer valer Sus dones y capacidades para su propio provecho, con el fin de ser reconocidos y honrados (v. 4). El Señor, por el contrario, nunca dejó de buscar âla gloria del que le envióâ (v. 18), y sólo subió a la fiesta a la hora elegida por Dios. ¡Cuán lejos estamos de nuestro perfecto Modelo! Muchas de nuestras dificultades provienen de nuestra precipitación por obrar o de la tardanza en obedecer las órdenes de Dios. El versÃculo 17 también nos recuerda que la sumisión a esa voluntad de Dios es el medio, para cada uno, de conocer la verdad.
En Jerusalén Jesús encontró a los judÃos llenos de odio que buscaban matarlo desde que curó al paralÃtico de Betesda un dÃa de reposo (v. 1; 5:16).
El versÃculo 25, comparado con el 20, prueba la hipocresÃa de aquellos judÃos. Y, como algunos hoy, razonaban vanamente con respecto a Jesús. Cada uno daba su parecer; la opinión de los gobernantes estaba dividida. En realidad, si la presencia y las palabras del Señor suscitaban tal efervescencia, era porque esa gente estaba turbada interiormente por esa voz que, sin querer confesarlo, sentÃan que era la de Dios (comp. v. 28). Trataban de evadir la dificultad persuadiéndose de que ese galileo no podÃa ser el Cristo, porque conocÃan su familia y su lugar de origen. En efecto, ustedes me conocen, les respondió Jesús, y me conocen más de lo que se imaginan, pues su conciencia les dice quien soy yo, y ella los acusa.
Es muy solemne oÃr que el Señor alzó la voz (v. 28, 37; comp. Proverbios 8:1, 9). Igualmente hoy nadie podrÃa decir que no lo ha oÃdo.
âA donde yo estaré, vosotros no podréis venirâ, declara el Señor a todos los incrédulos (v. 34). Pero los suyos, en cambio, poseen su promesa, que tiene un precio infinito: âOs tomaré a mà mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéisâ (Juan 14:3). Lector, ¿cuál de estas dos sentencias puede dirigirle él? ¿Dónde estará usted durante la eternidad?
Los capÃtulos 6 y 7 del evangelio de Juan hacen pensar en los capÃtulos 16 y 17 de Ãxodo. En el capÃtulo 6 Jesús se presenta como el verdadero Pan venido del cielo, del cual el maná era una figura. En el pasaje de hoy, Jesús es como la peña del capÃtulo 17 de Ãxodo, de la cual el agua viva brota en abundancia. En IsaÃas 55 el profeta invita a âtodos los sedientosâ a venir a las aguas de la gracia. Pero aquà es el Salvador mismo quien alza la voz: âSi alguno tiene sed, venga a mà y bebaâ (v. 37). Y el creyente, lleno del EspÃritu Santo, llega a ser un canal para la bendición de los demás (v. 38).
Desgraciadamente, como única repuesta la gente entabló nuevas discusiones. Esto nos hace pensar en un grupo de personas sedientas que en presencia de una fuente de agua pura se pone a discutir sobre la composición quÃmica del agua o sobre su origen, en vez de disfrutar de ella.
El final del capÃtulo menciona dos testimonios más dados ante los fariseos en favor del Señor. Los alguaciles enviados para prender a Jesús se vieron obligados a reconocer que Sus palabras no eran humanas: â¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!â. Luego Nicodemo, quien habÃa tenido con él una conversación personal e inolvidable (3), abogó tÃmidamente a favor de Jesús.
En este pasaje los escribas y los fariseos pensaban hacer caer al Señor Jesús en una trampa particularmente sutil. Por medio de él (1:17) vinieron juntas la gracia y la verdad: si él condenaba a esta mujer adúltera, ¿dónde estaba la gracia que todos conocÃan? (comp. Lucas 4:22), y si la perdonaba, ¿no era en detrimento de la verdad y en contradicción con la ley? En su infalible sabidurÃa, Jesús les mostró que esa ley los responsabilizaba a todos. Se la ha comparado a una espada sin empuñadura que lastima primeramente al que se sirve de ella. Pero, ¡ay!, en lugar de confesar los pecados que acudÃan a su memoria, los acusadores se retiraron uno tras otro, llenos de confusión (Job 5:13). âLa luz del mundoâ estaba ante ellos (v. 12). Pero âlos hombres amaron más las tinieblas que la luzâ, como aquellos insectos que tratan de esconderse cuando la piedra que los cubre es levantada (3:19). Entonces, el único exento de pecado, Aquel que tenÃa el derecho de ejercer el castigo, declaró a la mujer: âNi yo te condenoâ, y añade: âVete, y no peques másâ. Muchas personas se esfuerzan en merecer el perdón de Dios por una buena conducta, mientras que el Señor empieza por perdonar y solamente después manda no pecar más (comp. 5:14; Salmo 130:4; 1 Juan 3:9).
Los judÃos habÃan declarado al Señor que su testimonio no era verdadero (v. 13). Para qué, entonces, preguntarle: â¿Tú quién eres?â (v. 25). Jesús sólo pudo contestarles: âLo que desde el principio os he dichoâ. Sus palabras son la expresión perfecta de lo que él es. El salmista dijo proféticamente: âHe resuelto que mi boca no haga transgresiónâ (Salmo 17:3). En contraste, basta pensar en la diferencia entre lo que decimos o mostramos a los demás y lo que somos en realidad. Todo lo que Jesús decÃa o hacÃa estaba en perfecta armonÃa con el pensamiento de su Padre. âYo hago siempre lo que le agradaâ, pudo afirmar. ¡Modelo inimitable que debemos considerar para ser transformados en su misma imagen! (2 Corintios 3:18).
A los que creen en él, Jesús anuncia plena liberación. Pero los judÃos allà presentes protestaron: âJamás hemos sido esclavos de nadieâ (v. 33). Por una extraña falta de memoria, o más bien por orgullo, habÃan borrado de su historia a Egipto, Babilonia⦠y la dominación romana, bajo la cual vivÃan en aquel tiempo. Tal es el hombre: no admite ser esclavo del pecado y se imagina que es libre de hacer lo que quiere (2 Pedro 2:19).
Reconozcamos, queridos amigos, la terrible condición en la que fuimos hallados, pero recordemos también la verdadera libertad en la cual el Hijo de Dios nos ha colocado al hacernos hijos de Dios.
En el capÃtulo 5:45 el Señor llama la atención de los judÃos sobre su inconsecuencia: Apelaban a Moisés, cuyos escritos los acusaban. Aquà apelan a Abraham en calidad de hijos suyos. Pero sus obras eran las del diablo, que es mentiroso y homicida desde el principio. A veces se oye decir: a tal padre, tal hijo (comp. Ezequiel 16:44). El Señor confirma que la naturaleza de nuestras obras es la que hace conocer de quién somos hijos (1 Juan 3:7-10). En la tierra sólo hay dos grandes familias: la de Dios y la del diablo. ¿A cuál pertenece usted? El hecho de ser hijos de padres creyentes no confiere más derechos ante Dios que el tÃtulo de descendientes de Abraham a esos judÃos orgullosos. Por el contrario, es una responsabilidad adicional.
âTienes demonioâ, le repitieron nuevamente esos miserables (v. 48, 52; comp. 7:20 y 10:20). Podemos admirar la paciencia del Señor. Ante ese ultraje, dejó a su Padre el cuidado de reivindicar su gloria (1 Pedro 2:23). En esto es una vez más nuestro gran Modelo, y como lo menciona en el versÃculo 55, nos conviene conocer a Dios y guardar su Palabra.
âYo soyâ, dijo Jesús en el versÃculo 58. No sólo era âantes que Abrahamâ, sino âYo soyâ eternamente (según el nombre que Dios se da al hablar con Moisés en Ãxodo 3:14).
El evangelio de Juan es el de los encuentros personales con el Señor: Nicodemo, la samaritana, el paralÃtico de Betesda, el ciego de nacimiento, hombres y mujeres de todas las condiciones sociales estuvieron personalmente en relación con Jesús. Y usted, querido lector, ¿ya tuvo un encuentro personal con él?
Ese ciego de nacimiento ilustra nuestra condición natural. El pecado nos impide percibir la luz de Dios. Nuestra visión moral y espiritual está oscurecida desde nuestro nacimiento. Dios tiene que abrirnos los ojos en cuanto a nuestro estado moral, a las exigencias de su santidad, a lo que él piensa acerca del mundoâ¦
No fue como consecuencia de un pecado particularmente grave que Dios permitió dicha prueba para ese hombre y sus padres; pero esa circunstancia dio a Jesús la oportunidad de hacer brillar su gracia. El lodo es aquà una figura de la humanidad del Señor presentada al hombre. Para poder ver, éste tiene que ser lavado: la Palabra (el agua) le revela a Cristo como el âEnviadoâ de Dios (Siloé). El ciego fue al estanque creyendo y regresó viendo. Luego tuvo que dar su testimonio. Sus vecinos, los que lo conocÃan, se extrañaban: â¿No es éste el queâ¦?â Una conversión no puede pasar inadvertida. La nuestra, ¿produjo en nuestra vida un cambio visible a todos?
El ciego sanado fue, para los fariseos, un molesto testigo del poder de Jesús; por eso buscaron primeramente sacarle a él o a sus padres unas palabras que les permitieran poner en duda ese milagro. Pero cuando no pudieron negarlo, trataron de desprestigiar y deshonrar a Aquel que lo habÃa hecho (8:49). âNosotros sabemos que ese hombre es pecadorâ (v. 24), afirmaron, pese a que poco antes el Señor les habÃa preguntado: â¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?â (8:46).
Hay una gran diferencia entre el ciego sanado y sus padres. A éstos les interesaba más su posición religiosa que la verdad. Confesar a Jesús como el Cristo y participar del rechazo del cual era objeto era más de lo que podÃan soportar. TemÃan el oprobio, y ¡cuántos se les parecen hoy en dÃa! El beneficiado, por el contrario, dejaba de lado semejantes razonamientos. Los fariseos no consiguieron quitarle su humilde confianza en Aquel que lo habÃa sanado. HabÃa pasado de las tinieblas a la luz, y esto no era para él una teorÃa o una doctrina, sino un hecho evidente: âUna cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veoâ (v. 25), les dijo simplemente. ¿Podemos decir como él?
Para su felicidad, el ciego sanado fue expulsado por los fariseos, pues encontró a Aquel que habÃa sido rechazado antes que él y que también habÃa salido del templo (8, fin). Entonces ese hombre podrÃa dar un gran paso en la comprensión de la verdad y conocer no sólo el poder de Jesús, sino su Persona: El Hijo de Dios (v. 35-37), en quien él habÃa discernido anteriormente un profeta (v. 17). A muchas personas les basta saber que son salvas y viven en la ignorancia en cuanto al Salvador. Tal vez porque todavÃa están ligadas a los sistemas religiosos y no han experimentado la presencia del Señor donde él la ha prometido (Mateo 18:20).
Aunque pretendÃan ver claro, los fariseos se dejaban enceguecer por el odio y el orgullo religioso. En el capÃtulo 8 vemos que rechazaron la Palabra del Señor; en el 9 no quieren saber nada de su obra. Por eso no tuvo nada más que ver con ellos. Llamó a sus propias ovejas por su nombre, las llevó fuera y caminó delante de ellas. Pero, ¿no podrÃan ellas equivocarse y seguir a un extraño? ¡Oh no!, tenÃan un medio infalible para reconocer a Aquel a quien pertenecÃan: su voz bien conocida. ¿A cada uno de nosotros también nos es familiar?
En este evangelio no encontramos parábolas. El âVerboâ habla a los hombres en un lenguaje directo. En cambio, ¡cuán preciosas son las imágenes y las comparaciones que el Señor emplea para hacerse conocer! Veamos los pasajes en los cuales declara: âYo soy el pan de vida⦠la luz del mundo⦠la puerta⦠el buen pastor⦠la resurrección y la vida⦠el camino, y la verdad⦠la vidâ (6:35, 48, 51; 8:12; 10:7, 9, 11, 14; 11:25; 14:6; 15:1, 5).
âYo soy la puerta de las ovejasâ, dice en los versÃculos 7 y 9. Para ser salvo necesariamente hay que entrar por él (Efesios 2:18), pero también necesitamos ser conducidos. Abandonados a nuestro propio juicio, nos parecemos a la oveja, animal sin inteligencia que se descarrÃa cuando no tiene pastor (IsaÃas 53:6).
En contraste con los asalariados, los ladrones y los salteadores diestros para robar a las almas, Jesús se presenta como el buen Pastor (v. 11, 14). Da dos pruebas de ello: la primera es la entrega voluntaria de su vida para adquirir a sus ovejas, supremo testimonio de su amor por ellas y, al mismo tiempo âno lo olvidemosâ el motivo principal por el cual el Padre ama al Hijo (v. 17). La segunda es el conocimiento que él tiene de sus ovejas, y recÃprocamente el que ellas tienen de su Pastor (v. 14). Un vÃnculo tan estrecho confirma sus derechos sobre su manada y sobre cada uno de nuestros corazones.
Con mala fe, los judÃos cuestionaron nuevamente al Señor: âSi tú eres el Cristo, dÃnoslo abiertamenteâ (v. 24). Pero él no sólo lo habÃa declarado (por ej. 8:58) sino que también lo habÃa demostrado (v. 25, 32, 37-38). De ahà en adelante la actividad del Señor serÃa reservada sólo a su manada. Las ovejas le pertenecen por derecho; primero, porque el Padre se las ha dado expresamente (v. 29), luego, porque él las ha rescatado. Los preciosos versÃculos 27 y 28 nos dicen a la vez lo que él hace por sus ovejas: les da la vida eterna, las conduce y las pone al abrigo en su mano, y lo que las caracteriza: ellas escuchan su voz y lo siguen. Aquà está la respuesta correcta a su maravilloso amor.
Nuevamente los judÃos querÃan lapidar a Jesús (8:59) acusándolo ahora de blasfemia. âSiendo hombre, te haces Diosâ, afirmaron ellos. Ãsta era efectivamente la ambición de Adán y de todos sus descendientes: ser igual a Dios. Pero Jesús siguió exactamente el camino contrario: âSiendo en forma de Diosâ fue âhecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sà mismoâ (Filipenses 2:6-8).
Sin embargo, el versÃculo 42 concluye, como en el capÃtulo 8:30, recordando que âmuchos creyeron en él allÃâ para pasar a ser sus felices ovejas.
En su angustia, las dos hermanas de Betania dirigieron a su divino Amigo una oración que puede servirnos de modelo: âSeñor, he aquà el que amas está enfermoâ (v. 3). Al llamarlo Señor, reconocÃan su autoridad y no se permitÃan decirle, por ejemplo: «Ven a sanar a nuestro hermano»; simplemente expusieron el caso que las preocupaba. ConocÃan también su amor y se refirieron a él. No obstante, a pesar de ese afecto, Jesús resolvió no ir enseguida a Judea, con determinación semejante a la que más tarde lo impulsó a ir allà para cumplir su obra cuando llegó el momento, pese a la amenaza de los judÃos. Ãl no se dejaba llevar por los sentimientos ni detener por temor a los hombres, como a veces lo hacemos nosotros. Sólo la obediencia a su Padre dirigÃa sus pasos. Gracias a esa demora la gloria de Dios brilló mucho más, pues cuando Jesús llegó a Betania ya hacÃa cuatro dÃas que Lázaro estaba en el sepulcro. A veces nos hemos hallado en presencia de personas que han sido probadas por un duelo, y hemos podido comprobar la insuficiencia de la simpatÃa humana (como la de los judÃos en el v. 19). Pero todo cambia cuando juntos volvemos la mirada hacia Aquel que es âla resurrección y la vidaâ. Entonces comprendemos realmente el valor de las cosas eternas.
Marta se dio cuenta de que su hermana era más capaz de entrar en los pensamientos del Señor que ella misma, y la llamó. Pero MarÃa sólo atinó a decir como Marta: âSeñor, si hubieses estado aquÃâ¦â (v. 32; comp. v. 21). Lo único que fue capaz de hacer en ese momento fue mirar atrás, como muchas personas que pasan por un duelo. Jesús, conmovido en su corazón, lloró; luego se fue al sepulcro. ¿Por qué lloró? ¿No sabÃa lo que iba a hacer? SÃ, por supuesto, pero en presencia de los estragos de la muerte y de su trágico poder sobre los hombres, el santo Hijo de Dios se estremeció de dolor. El Vencedor de la muerte estaba ahÃ. Pero para que la gloria de Dios se manifestara ante la muchedumbre que serÃa testigo de su poder, era necesario que el estado de corrupción de Lázaro fuera debidamente comprobado (v. 39) y que el Señor, anticipadamente atribuyera, por una oración de acción de gracias, su poder Al que lo envió (v. 41, 42). Sólo entonces su poderosa voz de mando hizo salir de la tumba al muerto atado con las vendas⦠¡Qué asombro para los presentes! En cuanto a nosotros, retengamos la promesa que el Señor hizo a Marta: âSi crees, verásâ¦â âtal vez no exactamente lo que esperamos, sinoâ âla gloria de Diosâ (v. 4-40).
Dios contestó a su Hijo no sólo al resucitar a Lázaro sino también al conducir a varios testigos de esa maravillosa escena a creer en él (v. 42 fin, 45). Pero ese milagro, el más grande que narra este evangelio y el último antes de su propia resurrección, fue también el que determinó su muerte, ya que âdesde aquel dÃaâ tuvieron lugar las tenebrosas consultas que terminarÃan con el crimen supremo (v. 53). Asà respondieron los judÃos la pregunta que el Señor les hizo en Juan 10:32: â¿Por cuál de ellas (mis obras) me apedreáis?â.
Los sacerdotes fingieron temer que, al seguir a Jesús, el pueblo atraerÃa la atención de los romanos y, por ende, sus represalias. Pero el rechazo hacia el Señor fue, por el contrario, la causa de la destrucción de su lugar de culto (Jerusalén) y de su nación, llevada a cabo por los romanos cuarenta años más tarde (v. 48). Dios permitió que la profecÃa de Caifás superara infinitamente los pensamientos de ese hombre cÃnico y malvado. Jesús entregarÃa su vida por la nación (pues Israel serÃa restaurado más tarde) pero âtambién para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersosâ (v. 52). Satanás arrebata y dispersa (comp. 10:12), mientras que por su obra Jesús reúne desde ya, aquà en la tierra, a los que forman parte de la familia de Dios.
En el hermoso cuadro de los 3 primeros versÃculos están representados distintos aspectos del culto (la reunión de adoración): la presencia del Señor, la comunión, el testimonio, el santo servicio y la alabanza. No se trata de una fiesta en honor a Lázaro, pues Jesús era el centro de esa reunión: âY le hicieron allà una cenaâ. El único tÃtulo dado a Lázaro para estar a la mesa con él fue el de un muerto que habÃa recibido una nueva vida (el caso de todos los redimidos). Ese hombre no hizo ni dijo nada que sea mencionado, sencillamente estaba allà vivo; su presencia bastaba para contar lo que el Señor habÃa hecho por él. Marta servÃa; su actividad en aquel instante era perfectamente adecuada, en contraste con Lucas 10:40. MarÃa derramó el perfume de âmucho precioâ âtambién para el corazón del Señorâ que llenó toda la casa, figura de la adoración que expresan de común acuerdo los redimidos agradecidos. Los incrédulo menosprecia este culto porque, en el fondo, adora a otro dios: el dinero (v. 6).
El versÃculo 10 nos muestra a Lázaro asociado al Señor como objeto del odio de los hombres. Luego asistimos a la entrada solemne del rey de Israel en la ciudad real de Jerusalén, precedido por la reputación muy efÃmera que le valió su gran milagro.
En las antiguas tumbas egipcias se ha encontrado trigo que todavÃa puede germinar, después de miles de años. Sin embargo, cualquiera que hubiese sido el tiempo transcurrido y por precioso que hubiera sido el recipiente en que se lo haya conservado, ese trigo no podÃa multiplicarse allÃ. Para que de él pudieran brotar espigas cargadas de otros granos semejantes a la simiente, era necesario que ésta fuese colocada en la tierra, es decir, que fuese sacrificada. Fue la figura que Jesús empleó para hablar de su muerte. El deseo de verlo, expresado por unos griegos, guió sus pensamientos a las maravillosas consecuencias de la cruz: la bendición de las naciones bajo el dominio universal del Hijo del Hombre, mucho fruto (v. 24 fin), el juicio de Satanás (v. 31) y atraer a todos a sà mismo (v. 32). Pero también pasó ante su santa alma la carga de sufrimientos que âesta horaâ le traerÃa. Luego miró hacia Dios quien le respondió desde el cielo con la promesa de la resurrección (v. 28).
Para el pueblo judÃo era el ocaso. La luz iba a desaparecer en el horizonte: Jesús iba a dejarlos (v. 35; JeremÃas 13:16). El dÃa actual de la gracia también se acabará. Pronto llegará el momento en el cual no será posible creer (comp. v. 40). Para Jesús hubo un solemne âahoraâ (v. 27, 31). Para nosotros ahora es el tiempo de creer en él (2 Corintios 6:2).
Con el capÃtulo 12 se termina una gran división de este evangelio. Efectivamente, desde el capÃtulo 13 el Señor se dirige exclusivamente a sus discÃpulos. Aquà tenemos sus últimas palabras al pueblo de Israel como tal. De ahà en adelante éste fue endurecido como nación, conforme a la profecÃa de IsaÃas. Se ha cumplido Juan 1:11: âA lo suyo (Israel) vino, y los suyos no le recibieronâ. Pero el versÃculo siguiente (v. 12) también ha sido confirmado. Muchos lo han recibido y han adquirido el derecho de ser âhijos de Diosâ. Aun de entre los gobernantes varios creyeron en él, sin embargo no se atrevieron a dar testimonio de su fe. Y se nos da la razón: âPorque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Diosâ. Nosotros, a quienes nos falta tanto ánimo para confesar nuestra fe, preguntémonos si no es por el mismo motivo.
Una última vez Jesús afirmó pública y solemnemente el carácter divino de su ministerio. Ãl era el Enviado de Dios y al mismo tiempo la perfecta imagen del Padre (v. 44, 49; Hebreos 1:3). No hay ni una de sus palabras que no sea la expresión absoluta del pensamiento divino. Meditemos sobre ese maravilloso ejemplo y aprendamos del Señor qué debemos decir y cómo hemos de hablar (v. 49).
Para el corazón del Señor la muerte significaba pasar âde este mundo al Padreâ (v. 1; comp. 16:28). Pero dejaba a los que amaba en un mundo lleno de corrupción y violencia. Y, como tiene los pies cubiertos de polvo el caminante que va por los caminos, asà los creyentes están expuestos, por su constante contacto con el mal, a mancillarse en sus pensamientos, palabras y hechos, aunque están âlimpiosâ, lavados por la sangre de la cruz (v. 10; Apocalipsis 1:5 fin). Pero el Señor es fiel y ha provisto lo necesario, pues vela por la santidad práctica de los suyos. Como gran Sumo Sacerdote lava los pies de ellos; dicho de otra manera, los purifica al conducirlos a juzgarse continuamente a la luz de la Palabra (el agua) que él aplica a sus conciencias (Efesios 5:26; Hebreos 10:22).
Este servicio de amor también debemos ejercitarlo los unos para con los otros. Con humildad, poniéndonos a sus pies, debemos mostrar a nuestros hermanos, por la Palabra, en qué faltaron o a qué peligro se exponen, como nos exhorta el apóstol: âHermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espÃritu de mansedumbreâ (Gálatas 6:1). Queridos amigos, el Señor no dice: Bienaventurados seréis si sabéis estas cosas, sino âbienaventurados seréis si las hiciereisâ (v. 17).
El discÃpulo âal cual Jesús amabaâ, éste es el nombre que Juan toma en su evangelio. Ãl conocÃa el amor del Señor por los suyos (v. 1), pero también sabÃa que era un objeto personal de ese amor y lo gozaba cerca del corazón de Jesús, lugar precioso para las más Ãntimas comunicaciones. Pero en aquel momento Jesús reveló un secreto terrible. Denunció a Judas, a quien conocÃa desde el principio (6:64). Satanás entró entonces en ese hombre que estaba dispuesto a recibirlo y que luego salió a consumar su tremendo crimen (comp. v. 27 con Lucas 22:3).
El Señor habló nuevamente de su cruz, en donde su gloria brillarÃa en medio de su humillación (v. 31) y de su resurrección, por la cual Dios glorificarÃa a Aquel que le glorificó perfectamente (v. 32). Pero ¿cómo podrÃan ser reconocidos sus discÃpulos de ahà en adelante, si él ya no estarÃa más en medio de ellos? Por medio de una señal segura: su amor los unos para con los otros (v. 35). ¿Es verdaderamente esto lo que nos caracteriza? ¡Pregunta muy apropiada para sondear nuestro corazón!
En contraste con Juan, quien estaba ocupado en el amor del Señor hacia él (v. 23), Pedro confiaba en su propia abnegación, pero ¡ay!, sin tener en cuenta la advertencia del Señor (v. 38).
En el capÃtulo 13 vimos cómo el Señor preparaba a los suyos a fin de que tuviesen desde la tierra una parte con él (v. 8). Ahora vemos que se va a prepararles lugar en la casa del Padre. Por eso tiene que adelantarse a ellos, como un anfitrión que toma sus disposiciones para llegar a casa antes que sus invitados. La Biblia nos da pocos detalles acerca del cielo, mas lo que hace de él una morada de felicidad es la presencia del Señor. Ãl mismo reclama para su propio gozo la presencia de los suyos.
Jesús es el único camino para ir al Padre. Ãl es la verdad y la vida. No habÃa cesado de revelarles al Padre por medio de sus palabras y hechos, por eso, ¡qué pena le causó la ignorancia de sus discÃpulos! Pero ¿no podrÃa él decir a cada uno de nosotros también: Tanto tiempo hace, que oyes hablar de mà y lees mi Palabra, ¿y no me conoces mejor?
âTodo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haréâ, promete el Señor (v. 13). âEn mi nombreâ no es una simple fórmula; significa que él pueda estar de acuerdo con nuestra petición, es decir, que sea hecha conforme a su voluntad. Nuestra oración llega a ser entonces la de Jesús, y él contestará necesariamente. No sólo porque nos ama sino, en primer lugar, porque se trata de la gloria del Padre. ¿Puede haber motivo más excelente?
Jesús estaba a punto de dejar a sus queridos discÃpulos. Sin embargo, no los dejarÃa huérfanos. Iba a mandarles una persona divina para consolarlos, sostenerlos y ayudarles (v. 16): el EspÃritu Santo, quien no sólo estarÃa con los creyentes, sino en ellos para instruirlos (v. 26). El Señor lo llamó âotro Consoladorâ, porque Ãl mismo permanecerÃa como el consolador celestial, el abogado para con el Padre (1 Juan 2:1).
Jesús hizo tres promesas más a los suyos: la nueva vida que emana de la Suya (v. 19); un lugar especial en el corazón del Hijo y del Padre para todo aquel que le da prueba de su amor guardando sus mandamientos (v. 21, 23); la paz, su propia paz (v. 27). ¡Cuán cierto es que el Señor no la da âcomo el mundo la daâ! Este último ofrece poco y pide mucho; distrae y aturde la conciencia actuando como un remedio tranquilizante que engaña un momento las inquietudes y los tormentos del alma, pero no es más que una ilusión de paz. La que Jesús da satisface plenamente el corazón, y además es eterna.
Finalmente el Señor dio a entender a sus discÃpulos que el verdadero amor hacia él no tendrÃa que buscar retenerle egoÃstamente acá abajo, sino que deberÃa alegrarse con el gozo suyo (v. 28).
Israel era una viña estéril, a pesar de todos los cuidados del divino Labrador (véase Salmo 80:8-9, IsaÃas 5:2). En contraste, Jesús se presenta como la Vid verdadera llevando fruto por medio de sus discÃpulos. Pero, asà como no todos los pámpanos de una vid llevan el mismo fruto, el Señor hace la diferencia entre los que dicen conocerlo y los clasifica según âlos que no llevan âfrutoâ, âllevan frutoâ, âllevan más frutoâ (v. 2) y llevan âmucho frutoâ (v. 5, 8). Para formar parte de estos últimos se necesitan dos condiciones: morar en él, como la rama está ligada al tronco que la alimenta, y que él more en nosotros, de la misma manera que la rama deja circular la savia, es decir, su vida.
Por otra parte, no olvidemos que si el Padre nos limpia de una manera a veces dolorosa, es para que llevemos más fruto (v. 2). Pero, además, ¡cuántas consecuencias preciosas emanan de semejante comunión! El conocimiento de la voluntad de Dios y, por ende, la respuesta a nuestras oraciones, ya que sólo queremos lo que él mismo desea (v. 7), el gozo (v. 11) y, en fin, la aprobación inestimable de Aquel que nos llama sus amigos (v. 14).
Si nuestras oraciones tienen por objeto llevar âfrutoâ para Dios, siempre serán escuchadas (v. 16). Y ¿en qué consiste el fruto? Esencialmente en el amor de los redimidos los unos por los otros, y en sus múltiples manifestaciones. âEsto os mando: Que os améis unos a otrosâ dice el Señor. Esto abarca todos los servicios que se desprenden del amor. Es la tercera vez que formula este âmandamiento nuevoâ (v. 17; véase v. 12 y 13:34). Cuando el amor escasea entre los miembros de una familia, ¿no es algo triste y anormal? ¡Cuánto más si se trata de la familia de Dios! En cambio, el odio del mundo hacia los creyentes, quienes con su conducta lo juzgan, es absolutamente natural y sabemos que vendrá, salvo si el mundo encuentra algo de él mismo que pueda amar en nosotros, y entonces es una muy mala señal.
âEl siervo no es mayor que su señorâ (v. 20), repite el Señor. En el capÃtulo 13:16 lo dijo en relación con el servicio. Aquà se refiere a los sufrimientos que el Señor tendrÃa que padecer por parte del mundo, y de los que los suyos tendrÃan que soportar por causa de su nombre. Asà el nombre de Jesús âinvocado sobre vosotrosâ (Santiago 2:7) da al mundo la ocasión de manifestar su odio, y al Padre le permite contestar nuestras oraciones (v. 16 fin).
Si el mismo Señor no lo hubiera declarado, nos costarÃa entender que su partida fuera conveniente para sus discÃpulos. Ocurre lo mismo con tantas cosas que momentáneamente nos afligen y que, sin embargo, son para nuestro provecho (v. 6, 7). Enviado del cielo por Jesús, el EspÃritu Santo conducirÃa a los creyentes a toda la verdad (v. 13). En estos capÃtulos (14-16) el Señor confirma la inspiración de todos los libros del Nuevo Testamento. Los evangelios: Ãl âos recordará todo lo que yo os he dichoâ (14:26); los Hechos: âÃl dará testimonio acerca de mÃ, y vosotros daréis testimonio tambiénâ (15:26-27); las epÃstolas: âÃl os enseñará todas las cosasâ (14:26); el Apocalipsis: Ãl âos hará saber las cosas que habrán de venirâ (v. 13). Pero la presencia del EspÃritu Santo aquà en la tierra también implica graves consecuencias para el mundo y demuestra su culpable rechazamiento de Cristo (v. 8-11).
Por sus preguntas (v. 17-18) los discÃpulos probaron cuán incapaces eran, en aquel momento, de soportar las enseñanzas de su Maestro (v. 12). Para nosotros, ahora, el EspÃritu está presente y glorifica a Jesús al enseñarnos lo que es suyo. Glorifiquémoslo también recibiendo y guardando esta revelación.
Los discÃpulos iban a conocer la tristeza de la separación, pero Jesús los consoló de antemano hablándoles del gozo que les esperaba cuando volvieran a verlo después de su resurrección (20:20). ¡Cuántos motivos de gozo tiene el creyente!: La esperanza del regreso del Señor (comp. v. 22); la obediencia a sus mandamientos (15:10-11), ¿hemos experimentado cuánto gozo nos brinda?; la dependencia y la respuesta a nuestras oraciones (16:24); las revelaciones del Señor en su Palabra (17:13); la comunión con el Padre y con el Hijo (1 Juan 1:3, 4), todas ellas fuentes infinitas de un âgozo cumplidoâ. ¿Ha experimentado usted el gozo que esto produce?
¿Por qué Jesús prefiere no decir a los suyos que él rogará al Padre por ellos (v. 26), cuando éste es justamente el tema de todo el siguiente capÃtulo? Porque, lejos de reivindicar para sà mismo los afectos de los discÃpulos, su gran objetivo es ponerlos en relación directa con el Padre. El Señor no promete a los suyos una vida sin pruebas, con paz a su alrededor, sino una paz interior. Y concluye diciendo: âConfiadâ. El mundo, nuestro común enemigo, es fuerte, pero yo lo âhe vencidoâ. Y por la fe en su victoria nosotros también lo venceremos (1 Juan 5:4).
Después de haber hecho las últimas recomendaciones a sus queridos discÃpulos y haberse despedido de ellos, Jesús se volvió hacia su Padre. El que nunca reivindicó nada para sà mismo, ahora pidió la gloria. Al honrar al Hijo obediente, glorificándolo, se trataba nada menos que de la gloria de Dios, este âPadre justoâ (v. 25).
Como un mensajero fiel, Jesús daba cuenta de su misión cumplida en este mundo (v. 4). Una parte de esa obra habÃa sido hablar del Padre a los suyos (v. 6 y 26); ahora él hablaba de los suyos al Padre para confiárselos, ya que iba a dejarlos. Sus argumentos son conmovedores: âHan guardado tu Palabra⦠(dicho de otra manera, me aman, 14:23) han creÃdo que tú me enviasteâ, dijo él, aunque sabemos cuán débil se habÃa manifestado la fe de los pobres discÃpulos (v. 6-8; comp. 14:9).
Además, âtuyos sonâ (v. 9), prosiguió el Señor (¿cómo podrÃas abandonarlos?), ây he sido glorificado en ellosâ, añadió recurriendo asà al interés que el Padre tiene por la gloria del Hijo.
Finalmente hizo énfasis en la difÃcil situación de los redimidos que permanecen en un mundo tan peligroso, mundo que él mismo conoce muy bien, y que pone a prueba la fe. Hoy como entonces, Jesús aboga en favor de los suyos como perfecto intercesor.
Los creyentes no son quitados del mundo cuando se convierten (v. 15). Al contrario, son expresamente enviados al mundo (v. 18) para cumplir la obra que les ha sido encomendada (comp. v. 4). Sin embargo, no son del mundo, como Jesús tampoco lo era. Su posición es la de extranjeros llamados a servir a su soberano en un paÃs enemigo. Pero este incomparable capÃtulo nos enseña que, lejos de ser olvidados, los creyentes tienen un gran sumo sacerdote que intercede por ellos ante el trono de la gracia (comp. Hebreos 4:14-16). âQue los guardes del malâ, pide al Padre por ellos, porque están expuestos a la contaminación en semejante mundo (v. 15). âSantifÃcalos en tu verdadâ: es la puesta aparte de los que obedecen la Palabra. âQue también ellos sean unoâ¦â, deseo de su corazón que nos humilla cuando pensamos en las divisiones de los cristianos. âQue donde yo estoy, también ellos estén conmigoâ¦â (v. 24). Los que no son del mundo no permanecerán en el mundo. Su parte eterna es con Jesús para ver Su gloria. âQuieroâ, dice el Señor Jesús, pues la presencia de los suyos en el cielo junto a él testifica de los plenos resultados de su obra y forma parte de su gloria y de la del Padre.
Después de âla gloria que me disteâ (17:22) viene âla copa que el Padre me ha dadoâ (v. 11). En su entera dependencia, Jesús recibió de la mano de su Padre tanto la una como la otra. Pero, de acuerdo con el carácter de este evangelio, no vemos, como en Lucas 22:44, la agonÃa del Señor. AquÃ, en la mente del Hijo obediente, la obra ya estaba acabada (17:4).
El miserable Judas supo adónde conducir la compañÃa armada que debÃa apoderarse de Jesús, pues era el lugar de muchos encuentros Ãntimos y preciosos, de los cuales él mismo habÃa participado.
Al que llamaban con desprecio âJesús nazarenoâ no era otro que el Hijo de Dios. Conociendo plenamente lo que iba a ocurrir, el Señor se adelantó ante esa tropa amenazante y por medio de su poder soberano dio una prueba que hubiera permitido reconocerlo según las Escrituras (Salmo 27:2). Sólo con decir âYo soyâ hizo caer en tierra a sus enemigos. Pero, ¿en quién pensaba él en ese momento tan terrible? Como siempre, pensaba en sus queridos discÃpulos: âDejad ir a éstosâ, ordenó a los que habÃan venido a prenderlo. Hasta el último instante, el buen Pastor veló por sus ovejas; mas habÃa llegado el momento de dar su vida por ellas (10:11).
Al estar ahà âen pie, calentándoseâ con los que habÃan prendido y atado a su Maestro, Pedro ya lo habÃa prácticamente negado. Escoger voluntariamente nuestras amistades en un mundo que ha crucificado a Jesús, y compartir sus diversiones, nos expone de una manera u otra a deshonrar al Señor. No podemos contar con que seremos guardados (en respuesta a su oración del 17:15-17) si no ponemos en práctica la separación de la cual se habla en esos mismos versÃculos (17:16). Gracias a su infidelidad, Pedro escapó momentáneamente del oprobio y de la persecución, como si fuese âmayor que su Señorâ, quien iba al encuentro del odio y menosprecio de los hombres (15:20). Al interrogatorio hipócrita del sumo sacerdote, Jesús no tuvo nada que responder; ya habÃa dado públicamente su testimonio. A sus jueces, pues, les correspondÃa probar su culpabilidad⦠¡si podÃan!
Este evangelio recalca más que los otros tres la dignidad y autoridad del Hijo de Dios. A pesar de las humillaciones a las cuales lo sometieron y de la manera en que dispusieron de él sus verdugos, el Señor dominó absolutamente esas escenas como Aquel que se entregó a sà mismo a Dios en perfecto holocausto (Efesios 5:2).
Al llevar a Jesús ante el gobernador romano, los judÃos se cuidaron de no contaminarse⦠al mismo tiempo que cargaban su conciencia con el crimen más horrendo jamás cometido.
El apóstol Pablo darÃa como ejemplo a Timoteo la âbuena profesiónâ de Jesucristo delante de Poncio Pilato (1 Timoteo 6:13). Costara lo que costara, el Señor afirmó su realeza, aunque hizo notar que su reino no era de este mundo. El versÃculo 36 deberÃa iluminar a todos los que hoy luchan, o dicho de otro modo, despliegan todos sus esfuerzos para establecer el reino de Dios en la tierra. El progresivo mejoramiento moral del mundo para que el Señor pueda venir a reinar en él no es más que una ilusión. Si él no produjo ese mejoramiento ¿no es prueba de incredulidad pretender renovar esta experiencia y creer que lo haremos mejor que él?
â¿Qué es la verdad?â, preguntó Pilato, pero no esperó la respuesta. Se parece a tanta gente a la que esta pregunta no interesa porque, en el fondo, teme tener que ordenar su vida de acuerdo con lo que le sea declarado. La Verdad estaba delante de Pilato en la persona de Jesús (14:6). En vano el gobernador romano buscaba escapar de su responsabilidad proponiendo que el prisionero fuera liberado para la Pascua, según solÃa hacerse en esta fecha. Al unÃsono los judÃos gritaron reclamando la liberación del ladrón Barrabás.
Para burlarse, los soldados vistieron a Jesús con un manto de púrpura y una corona de espinas. Pilato aceptó presentarlo al populacho con ese atuendo: â¡He aquà el hombre!â. Con ira, los jefes contestaron: â¡CrucifÃcale! ¡CrucifÃcale!â. E invocaron un nuevo motivo: Ha blasfemado; âse hizo a sà mismo Hijo de Diosâ. Pero esto hizo que el gobernador romano se sintiera más incómodo, pues podrÃa ser que tuviese ante sà no sólo a un rey, sino a Dios (v. 7-8). Para darse seguridad, invocó su poder; pero Jesús lo puso en su verdadero sitio. Ese magistrado pagano aprendió seguramente por primera vez quién le habÃa dado su autoridad: la tenÃa no de César, como lo pensaba, sino de âarribaâ (v. 11; Romanos 13:1). Al darse cuenta de que no tenÃa ascendencia sobre ese acusado extraordinario y que dicho caso lo superaba, quiso soltarlo. Pero los judÃos no quisieron saber nada de ello y utilizaron un último argumento: âSi a éste sueltas, no eres amigo de Césarâ. AsÃ, a pesar de la advertencia recibida (v. 11), el gobernador trató de complacer a los hombres y no a Dios. Al temer a la vez el resentimiento de los judÃos y la reprobación de su soberano, sacrificó deliberadamente al inocente.
Aquel que algunos dÃas antes habÃa entrado en Jerusalén con toda su majestuosidad real, salió de ella âcargando su cruzâ. El mismo contraste se observa en el tÃtulo que Pilato colocó sobre la cruz: El âRey de los judÃosâ es âJesús Nazarenoâ. Fue crucificado entre âotros dosâ, y puesto asà al nivel de un malhechor. Sin embargo, este evangelio no habla de los ultrajes que padeció por parte de los hombres (Mateo 27:39-44), ni de las terribles horas de abandono por parte de Dios cuando llevaba nuestros pecados. Todo aquà es paz, amor y obediencia a Dios.
El versÃculo 25 menciona la presencia y los nombres de algunas mujeres que miraban con el corazón quebrantado. Jesús confió su madre al discÃpulo que mejor conocÃa Su afecto.
Notemos cómo todo debe desarrollarse según âla Escrituraâ, hasta en los más mÃnimos detalles: la repartición de los vestidos (v. 24), el vinagre presentado al Salvador (v. 28; véase v. 36-37). Entonces Jesús mismo cumplió el último acto de obediencia voluntaria: âEntregó el espÃrituâ (v. 30, 10:18). Si alguien quisiera hacer algo para asegurarse la salvación, que escuche y crea las últimas palabras del Salvador al morir: âConsumado esâ, o sea: âCumplido estáâ (en griego esta expresión equivale a una sola palabra: tetelestaï, palabra que se escribÃa al final de una factura pagada). Nuestra inmensa deuda para con Dios ha sido pagada eternamente.
Cuando los soldados iban a rematar a los crucificados, quebrándoles las piernas, comprobaron que con Jesús esa medida era inútil, pues ya habÃa muerto. Para el malhechor convertido, aquella brutalidad significaba el cumplimiento de la palabra del Señor: âHoy estarás conmigo en el paraÃsoâ (Lucas 23:43). Pero uno de los soldados no temió profanar con su lanza el cuerpo del Señor (comp. ZacarÃas 12:10). A este último ultraje respondió una maravillosa señal de gracia: la sangre de la expiación y el agua de la purificación emanaron de su costado traspasado.
Luego tuvo lugar la sepultura de nuestro amado Salvador. Dios habÃa preparado a dos discÃpulos para que rindieran al cuerpo de su Hijo los honores anunciados en las Escrituras: âCon los ricos fue en su muerteâ (IsaÃas 53:9). Hasta entonces José y Nicodemo no habÃan tenido el valor de tomar abiertamente posición a favor de él. Pero ahora, conmovidos por la magnitud del crimen de su nación, comprendieron que guardar silencio los harÃa culpables de solidaridad. Amigos creyentes, nunca olvidemos que el mundo en el que vivimos ha crucificado a nuestro Salvador. Callar o complacernos con los asesinos equivaldrÃa a negarlo. Por el contrario, es la oportunidad de darnos a conocer valientemente como sus discÃpulos.
La primera persona que se apresuró hacia el sepulcro en esa gloriosa mañana de la resurrección fue MarÃa Magdalena, esa mujer de la cual el Señor habÃa echado siete demonios (Marcos 16:9). Pero alguien se le habÃa adelantado, pues la piedra del sepulcro ya estaba quitada. Entonces avisó a Pedro y Juan, quienes a su vez corrieron hacia la tumba y hallaron las pruebas evidentes de la resurrección⦠pero volvieron a su casa, sin embargo MarÃa no. Tan embargada estaba por el pensamiento de volver a encontrar a su amado Señor (v. 13) que no parecÃa sorprenderse de la presencia de los ángeles. Jesús no pudo dejar semejante afecto sin respuesta. Y ¡cómo fueron superados los pensamientos de MarÃa! Fue un Salvador vivo el que se acercó a ella, la llamó por su nombre y le confió un mensaje del más sublime valor. «El apegarse personalmente a Cristo es lo que permite a uno tener verdadera comprensión», dijo alguien. Jesús encargó a MarÃa la misión de anunciar a sus âhermanosâ que la cruz, lejos de haberlo separado de ellos, era la base de vÃnculos completamente nuevos. Hechos inestimables: su Padre llegó a ser nuestro Padre, y su Dios, nuestro Dios. Jesús nos colocó para siempre en esas felices relaciones para el gozo de su propio corazón, para el del Padre y para el nuestro (Salmo 22:22; Hebreos 2:11-12).
Era la noche de un maravilloso primer dÃa de la semana. Según su promesa, el Salvador resucitado se presentó en medio de sus discÃpulos reunidos (14:19). Les mostró en sus manos y su costado âlas pruebas indubitablesâ de que la paz con Dios habÃa sido hecha (Hechos 1:3). Sopló en ellos la nueva vida (comp. Génesis 2:7; 1 Corintios 15:45) y los envió a anunciar el perdón de los pecados a los que creyesen (v. 23).
Ese domingo Tomás estaba ausente. Y cuando los demás discÃpulos le dijeron: âAl Señor hemos vistoâ, no creyó. Cuántos hijos de Dios se privan con ligereza de la preciosa reunión alrededor del Señor Jesús⦠tal vez porque, en el fondo de sà mismos, no creen verdaderamente en su presencia. Tomás representa al remanente judÃo que, en un futuro, reconocerá a su Señor y Dios al verlo. â¿Qué heridas son éstas en tus manos?â, preguntarán (ZacarÃas 13:6). Pero la parte bienaventurada de los redimidos del perÃodo actual es la de creer aun sin haber visto (1 Pedro 1:8). Con ese fin âse han escritoâ estas cosas, no para ser leÃdas solamente, sino para ser creÃdas. Es necesario que nuestra fe, fundada en las Escrituras, se aferre al que da la vida, al Hijo de Dios (v. 31).
Sólo siete discÃpulos acudieron a la cita que Jesús les habÃa dado en Galilea (Mateo 26:32; 28:7). Y aún parecÃan haber olvidado el objeto de su espera. Simón Pedro, de quien el Señor habÃa hecho un âpescador de hombresâ, habÃa vuelto a su antiguo trabajo. ¿Quién puede extrañarse de que âaquella noche no pescaron nadaâ? ¿Cómo podrÃa ser provechoso el trabajo que uno hace según sus propios pensamientos y fuera de la presencia del Señor? Ãl les habÃa dicho que, separados de él, nada podrÃan hacer (15:5). Pero cuando él estuvo con ellos, todo cambió. El lado derecho de la barca tenÃa una única pero esencial ventaja sobre el izquierdo: fue el lado escogido por Jesús.
Luego vino el encuentro con el Maestro, quien de antemano habÃa preparado todo para sus siervos cansados. No habÃa necesitado sus peces (v. 9), sin embargo, tampoco menospreció el fruto de su labor (v. 10), y lo tenÃa exactamente contado (v. 11).
Queridos amigos, ¡cuántas veces, como estos discÃpulos, olvidamos nuestra próxima e importante cita con el Señor! ¡Cuántas veces también, en medio de nuestras circunstancias, fracasos o éxitos, deberÃamos ser capaces de discernir más pronto a Aquel que nos habla y reconocer que âes el Señorâ! (v. 7).
Al Señor todavÃa le quedaba por cumplir aquà en la tierra un último servicio de amor para con su discÃpulo Pedro. Ãste habÃa negado tres veces a su Maestro y tres veces tuvo que ser escudriñado por la dolorosa pregunta â¿me amas?â, como dándole a entender: «Pretendiste amarme más que éstos, pero ellos no me han negado» (Marcos 14:29). «¿Dónde está ese ardiente amor del cual hablabas? No he tenido ninguna prueba de ello». âSeñor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amoâ, fue todo lo que pudo decir finalmente el pobre discÃpulo. ¿Iba Jesús a dejarlo de lado? Al contrario, sólo cuando Pedro perdió la confianza en sà mismo, estuvo apto para el servicio del Maestro. âApacienta mis corderos⦠mis ovejasâ, le dijo Jesús (el original griego se expresa con un diminutivo muy tierno: mis ovejitas). Al cuidar a los que Jesús amaba, Pedro tendrÃa nuevamente la oportunidad de demostrar su amor por él.
Aquà termina el evangelio, pero todo lo que hizo, expresó o experimentó la Persona infinita que lo llena, tiene una riqueza insondable, y Dios no lo ha olvidado (v. 25). Durante la eternidad podremos descubrir todas las perfecciones y las glorias del Señor.
Para el tiempo presente, que cada redimido recuerde con fervor esas últimas palabras del Señor a Pedro: âSÃgueme túâ.
Hechos de los
apóstoles
Lucas, el autor inspirado del libro de los Hechos, empieza su relato con la ascensión de Jesús al cielo, aunque ya habÃa narrado ese acontecimiento al final de su evangelio. La razón de esto es que la venida del EspÃritu Santo y toda la obra que debÃa resultar de ella âhasta lo último de la tierraâ deriva de la presencia de Cristo en la gloria (Juan 7:39, 16:7). Además, esta introducción confirma que todo lo que los apóstoles hicieron corresponde a las órdenes que recibieron del Señor (v. 2, 8) y justifica el servicio de ellos. âMe seréis testigosâ, les dijo Jesús, para dirigir sus pensamientos hacia él y apartarlos de las cosas de esta tierra (v. 6). Fueron los primeros depositarios de las verdades maravillosas que le concernÃan: Aquel que habÃa padecido estaba ahora vivo (v. 3). Viéndolo ellos, fue alzado al cielo (v. 9), y volverá de la misma manera, según la promesa comunicada por los ángeles (v. 11). Ellos tendrÃan que anunciar estas cosas por el poder del EspÃritu que iban a recibir pronto (v. 8).
La primera reunión después de la ascensión del Señor fue dedicada a la oración; todos los apóstoles estuvieron presentes. Hoy dÃa estamos llegando al final de la historia de la Iglesia sobre la tierra; pronto tendrá lugar la última reunión antes de su retorno. Mientras esperamos la venida del Señor, ¡no dejemos de congregarnos! (léase Hebreos 10:25).
Pedro âun Pedro plenamente restauradoâ tomó la palabra en medio de los primeros discÃpulos. Recordó el miserable fin de Judas, quien se habÃa ahorcado (Mateo 27:5-8). ¡Horrible muerte, pero una suerte eterna más terrible aún! (v. 25). Luego, basándose en la autoridad de las Escrituras y a la luz de ellas, mostró la necesidad de reemplazar al discÃpulo caÃdo. Doce apóstoles debÃan ser los testigos oficiales, por asà decirlo, de este hecho fundamental del cristianismo: la resurrección del Señor (1 Corintios 15:3-5). José, llamado Barsabás, y MatÃas se hallaban entre los que habÃan tenido el privilegio de acompañar a Jesús durante su ministerio. Tal vez pertenecÃan al grupo de los setenta que habÃan sido enviados otrora de dos en dos (Lucas 10:1). Después de haber orado al Señor, quien conoce âlos corazones de todosâ, para que manifestase su voluntad, echaron suertes y MatÃas fue elegido.
Echar suertes para conocer la voluntad de Dios no nos corresponde más hoy dÃa, porque el EspÃritu Santo está presente para dar a los creyentes el discernimiento que necesitan. Con respecto a esto es interesante comparar esta escena con la de Hechos 13:2, en la cual el EspÃritu ordena: âApartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamadoâ.
Ya habÃan pasado algunos dÃas desde la ascensión del Señor. Su promesa, como la del Padre, iba a cumplirse (1:4). En forma de âlenguas repartidas, como de fuegoâ, el EspÃritu Santo, persona divina, descendió a la tierra y se posó sobre cada uno de los discÃpulos. Seguidamente su poder se manifestó en ellos: tuvieron la capacidad para expresarse en idiomas que no conocÃan. Asà Dios remedió en gracia la maldición de Babel y confirmó a todos que la bendición divina iba a extenderse por toda la tierra (Génesis 11:1-9).
La fiesta judÃa de pentecostés atraÃa cada año a Jerusalén una considerable muchedumbre de israelitas esparcidos por todas las naciones. Esa concurrencia ofreció la oportunidad para tener la primera gran reunión de evangelización. ¡Cuántos motivos de admiración para esa multitud! Cada uno pudo oÃr hablar en su propia lengua âlas maravillas de Diosâ. Y los que las presentaban eran unos âgalileosâ sin mucha instrucción (comp. 4:13 y Juan 7:15). No es necesario pertenecer a una elite ni haber realizado ciertos estudios para ser siervo del Señor. Depender de él y someterse a la acción del EspÃritu Santo son las principales condiciones requeridas. ¡Que cada uno de nosotros pueda cumplirlas!
Partiendo de un texto del profeta Joel (Joel 2:28-32), Pedro demostró a los judÃos que el poder que actuaba en ellos era de origen divino. Cuando oigamos una lectura o una meditación bÃblica, nunca olvidemos que Dios nos habla. En su predicación, Pedro recordó la vida perfecta de Cristo, su muerte y su resurrección anunciadas en varios pasajes del Antiguo Testamento y atestiguadas por los apóstoles. AsÃ, a âeste Jesúsâ que el pueblo habÃa crucificado, Dios lo hizo sentar a su diestra, designándolo como Señor y Cristo. ¡Qué terrible debió ser para esos asesinos convencerse de haber cometido semejante crimen! Tocados en su conciencia, los oyentes se compungieron de corazón, es decir, fueron presos de temor y confusión a la vez. ¿Cómo apaciguar a Dios después de tal ultraje? En primer lugar, por el arrepentimiento, respondió Pedro. Ãste no consiste en un simple pesar por haber obrado mal, sino en un juicio que hacemos juntamente con Dios sobre nuestros malos actos, y en el abandono de la conducta anterior; esa ya es una primera manifestación de fe. Tres mil personas fueron convertidas y bautizadas después de esa primera predicación.
El capÃtulo 2 termina con un admirable cuadro de la Iglesia en sus comienzos. Como hoy en dÃa, realizaba reuniones para la edificación, la adoración y la oración (v. 42). Sin embargo, ahora frecuentemente limitamos la vida de la asamblea a estas reuniones, cuando deberÃa tener su prolongación en las casas de los que la componen (v. 46). âY sobrevino temor a toda personaâ, declara el versÃculo 43. La seriedad y la gravedad pueden coincidir perfectamente con la alegrÃa señalada en el versÃculo 46.
En el capÃtulo 3 vemos el poder del EspÃritu Santo manifestándose no sólo en las palabras de los apóstoles, sino también en sus obras.
Al pedir limosna a Pedro y a Juan, el cojo sentado a la puerta del templo, llamada la Hermosa, estaba lejos de esperar el don que iba a recibir: una milagrosa curación por la fe en el solo nombre de Jesús. âLo que tengo te doyâ, le dijo Pedro (v. 6). Cuando se trata de dar algo, generalmente pensamos primero en el dinero (v. 6). Pocas veces pensamos en dar a conocer nuestro inagotable tesoro celestial, a nuestro Salvador, lo cual es un gran privilegio.
¡Qué cambio para ese pobre cojo! Hasta entonces habÃa estado âa la puertaâ, es decir, fuera. Entonces entró en la presencia de Dios para alabarlo (v. 8). ¿Estará alguno de nuestros lectores aún âa la puertaâ?
Al enterarse de la curación del cojo, una muchedumbre de curiosos se aglomeró: todos estaban atónitos y maravillados (v. 10). Pero enseguida Pedro desvió la atención puesta en él y en Juan, para atribuir el milagro al poder del nombre de Jesús. Ese hecho demostraba de una manera deslumbrante la vida y el poder en la resurrección de Aquel a quien habÃan matado. âNegasteis al Santo y al Justoâ, les declara el apóstol; no para condenarlos, sino como alguien que entiende por experiencia propia la vergüenza que implica este pecado (v. 14; Lucas 22:54-61). Luego agrega: âSé que por ignorancia lo habéis hecho (v. 17), confirmando asà la Palabra del Salvador en la cruz: âPadre, perdónalos, porque no saben lo que hacenâ (Lucas 23:34).
La oportunidad que aquà es dada a los judÃos de oÃr el Evangelio y de arrepentirse responde a ese ruego del Señor. En medio de ellos tenÃan el testimonio del EspÃritu Santo hablando a través de Pedro y manifestándose por la vida de la Iglesia (2:44-47). Si la nación hubiera confesado su pecado y se hubiese vuelto de todo corazón a Dios, el Señor habrÃa regresado; pero como no quiso, desde entonces no podrá alegar su ignorancia.
Una obra tan poderosa no dejó de provocar la oposición de Satanás. Sus instrumentos nos son conocidos: Anás, Caifás, los sacerdotes, los ancianos y los escribas, en resumen: los principales responsables de la condenación del Señor. Si hubiesen sido condescendientes con los discÃpulos, tácitamente hubieran confesado su injusticia crucificando al Maestro; mas el orgullo se lo impedÃa. Por lo tanto perseveraron en su odio contra el nombre de Jesús. Y de ahà en adelante el mismo Señor serÃa la piedra de toque por excelencia, la que probarÃa a cada hombre. Para unos serÃa âla principal piedra del ángulo, escogida, preciosaâ, y para otros âpiedra de tropiezo, y roca que hace caerâ (comp. v. 11 y 1 Pedro 2:4-8).
El versÃculo 12 es fundamental; afirma el valor único y la necesidad de creer en ese precioso nombre para ser salvo.
Los discÃpulos eran conocidos por haber estado con Jesús (v. 13). Si tenemos la costumbre de vivir en la comunión del Señor, los demás lo notarán.
Toda la oposición de los jefes judÃos no pudo detener la acción del Evangelio (v. 4) ni cerrar la boca de los apóstoles, pues ellos habÃan recibido su llamamiento y su misión de parte de Dios mismo (v. 19). La Palabra estaba en ellos âcomo un fuego ardienteâ (véase JeremÃas 20:9).
Pedro y Juan volvieron a encontrarse con los demás discÃpulos, âlos suyosâ, como los llama el texto sagrado (v. 23), y les contaron lo que habÃan dicho los jefes del pueblo. Entonces, en vez de ponerse a deliberar sobre la conducta a seguir, emplearon su común recurso: la oración (véase 6:4; 12:5 y 12; 14:23). En ella mencionaron la rebeldÃa de los judÃos y de las naciones contra Dios y contra su santo Hijo Jesús, reconociendo en esta rebeldÃa el cumplimiento de las Escrituras (aunque sólo parcialmente, razón por la cual los apóstoles omitieron, al citar el Salmo 2, la terrible respuesta divina a las provocaciones humanas).
El denuedo es caracterÃstico de este capÃtulo (v. 13, 29, 31 y de todo el libro). No tiene nada en común con la energÃa carnal que otrora impelÃa a Pedro⦠y lo abandonaba un momento después. Aquà los discÃpulos recibieron esa virtud como respuesta a su oración. Imitémoslos cuando sintamos que nos falta el ánimo.
Los versÃculos 32 y 37 presentan una magnÃfica descripción de la Iglesia en el frescor de su primer amor. Sin pretender volver a ese feliz comienzo, esforcémonos en manifestar el espÃritu de aquellos tiempos poniendo a un lado nuestro egoÃsmo y aprovechando todas las oportunidades para ayudar a nuestros hermanos.
El principio del capÃtulo 4 muestra que la acción del enemigo contra la verdad se ejerce desde afuera. El capÃtulo 5 comienza con la palabra âperoâ: ahora el mal obra desde el interior, para corromper la Iglesia. Desde entonces Satanás no ha dejado de estar activo de estas dos maneras. El espÃritu de imitación y el deseo de aparentar piedad llevaron a AnanÃas y Safira a mentir. Pedro los reprendió con santa indignación y enseguida la mano de Dios los alcanzó. Aquà no se trata de la salvación de sus almas, de su suerte eterna, sino de la manifestación del gobierno de Dios hacia sus hijos. So pretexto de que somos objetos de la gracia de Dios, no pensemos que por ello Dios subestime el pecado en nosotros. Dios es santo y asà deben serlo sus hijos (1 Pedro 1:15-17). Al ver lo ocurrido, un gran temor se apoderó de los presentes. Nosotros debemos cultivar ese mismo sentimiento frente a Aquel que lee nuestros más secretos pensamientos.
Los versÃculos 12-16 nos hablan de los milagros de amor hechos âpor la mano de los apóstolesâ y nos muestran también que no es suficiente admirar a los creyentes, sino acercarse uno mismo al Señor (v. 13, 14). En Apocalipsis 21:8, los cobardes son nombrados en primer lugar entre los que se pierden eternamente.
El sumo sacerdote y sus compañeros estaban celosos de ver que hombres sin instrucción y no pertenecientes al clero obtuvieran tanto éxito entre la muchedumbre. Además, los saduceos que negaban la resurrección estaban especialmente en contra de los apóstoles, que anunciaban la resurrección del Señor Jesús (v. 17, 4:1-2). Incapaces de ejercer su autoridad de otra manera, echaron en la cárcel a los apóstoles, a quienes no pudieron silenciar. Pero el Señor envió un ángel para librar a sus siervos. Seguidamente éstos volvieron a enseñar en el templo. Al saberlo, los jefes del pueblo los hicieron comparecer ante el concilio y les reprocharon querer echar sobre ellos la sangre de âese hombreâ, mientras que, ante Pilato, ellos mismos juntamente con el pueblo habÃan dicho: âSu sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijosâ (Mateo 27:25). Cuando pretendÃan hacer callar a los apóstoles, Pedro y sus compañeros respondieron: âEs necesario obedecer a Dios antes que a los hombresâ (v. 29; 4:19). Una vez más dieron un brillante testimonio de la gloriosa resurrección de Jesús, âPrÃncipe y Salvadorâ, asà como del perdón de los pecados por medio de él.
Después de haber empleado un ángel para liberar a los suyos, Dios se sirvió de Gamaliel, un eminente fariseo (secta opuesta a la de los saduceos). Era un âdoctor de la leyâ conocido y respetado por los judÃos. Con moderación y valiéndose de ejemplos que todos conocÃan, exhortó a sus colegas a tener paciencia, pues según el desenlace de ese asunto se verÃa si la obra era de los hombres o de Dios. Normalmente no es difÃcil discernir de qué lado están los que dicen ser alguien, como en el caso de Teudas (v. 36). Pero, ¡cuán distinta era la conducta de los apóstoles! ReconocÃan que ellos no eran nada por sà mismos y daban toda la gloria al nombre de Jesús, a quien perseveraban en anunciar (3:12; 4:10).
De antemano el Señor habÃa advertido a sus discÃpulos que echarÃan mano de ellos, que serÃan perseguidos y entregados a las sinagogas y a las cárceles (Lucas 21:12). Efectivamente, todas estas pruebas no tardaron en sobrevenirles (v. 17-32), y desde entonces no han cesado de ser la porción de los creyentes en un lugar u otro. A menudo agradecemos al Señor por evitarnos las persecuciones que causan tantos estragos. Pero no olvidemos que sufrir por Su nombre es un honor. Los apóstoles se gozaron âde haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombreâ (v. 41, comp. 1 Pedro 4:19; Mateo 5:11, 12).
Aquà el armonioso cuadro de los capÃtulos 2:42 y 4:32 se ha ensombrecido. En medio de los discÃpulos hubo murmuración, es decir, reclamaciones que no se atrevieron a formular en voz alta. Pongamos especial cuidado en acallar en nosotros tales murmuraciones de descontento y celos, pues por medio de ellas âel destructorâ se esfuerza en turbar la comunión de los hijos de Dios (léase 1 Corintios 10:10).
Para remediar ese estado de cosas se eligieron siete varones de buen testimonio. Nunca hubiéramos pensado que hasta para servir a las mesas fuese necesario estar âllenos del EspÃritu Santoâ (v. 3). ¡Pues bien! Es el estado normal del cristiano y asà podrÃa ser el nuestro si lo deseamos en verdad. Y no pidiendo una nueva venida del EspÃritu, como algunos creen, pues éste ya está en el creyente, sino dejándole todo el lugar en el templo de nuestro corazón.
En Esteban, particularmente, el EspÃritu brilló bajo sus tres caracteres: âDe poder, de amor y de dominio propioâ (o de sabidurÃa, v. 8 y 10; 2 Timoteo 1:7). Los hechos (v. 8) y las palabras (v. 10) de ese siervo de Dios cerraron la boca a todos sus adversarios, quienes sobornaron contra él falsos testigos (comp. Mateo 26:59). Pero su rostro ya resplandecÃa con una hermosura celestial (v. 15).
Cuando el sumo sacerdote cedió la palabra a Esteban, éste no aprovechó para refutar las falsas acusaciones de las cuales le inculpaban. El EspÃritu Santo, del cual estaba lleno, le dictó âen la misma horaâ lo que debÃa contestar (Lucas 12:11-12). Se sirvió de la historia de Israel para exponer los caminos de Dios y su fidelidad, al mismo tiempo que la infidelidad del pueblo. En efecto, ese relato que ocupa un relevante lugar en la Palabra de Dios contiene, bajo forma de âfigurasâ, enseñanzas destinadas a servir de advertencia (1 Corintios 10:11).
Abraham fue llamado por el Dios de gloria y obedeció (Hebreos 11:8). Por la fe confió en las promesas que Dios le habÃa hecho desde antes del nacimiento de Isaac. Sus descendientes debÃan residir algún tiempo en Egipto y padecer allà bajo el yugo de la esclavitud, para luego salir de ese paÃs e ir a servir al Señor en la tierra prometida. âMe serviránâ (v. 7), palabras apropiadas para alcanzar la conciencia de ese pueblo indócil y rebelde.
La historia de José, rechazado por sus hermanos y luego exaltado por el Faraón, ilustra notablemente el odio de los judÃos hacia Cristo y la posición gloriosa que Dios le dio después de haberlo librado âde todas sus tribulacionesâ (v. 10).
Esteban habÃa sido acusado de proferir palabras blasfemas contra Moisés (6:11). Pero, por el contrario, ¡con qué veneración habló de aquel patriarca! La hermosura que Dios discernió en el recién nacido (v. 20), más tarde su poder en palabras y obras (v. 22), el amor que lo movió a visitar a sus hermanos (v. 23) y la incomprensión con la cual tropezó cuando quiso librarlos (v. 25, 35) son otros tantos rasgos que debÃan incitar al pueblo a fijar sus ojos en el Salvador a quien habÃa rechazado. Además, el mismo Moisés habÃa anunciado la venida de Cristo exhortando a escucharlo (v. 37). El apóstol Pedro, antes que Esteban, en su discurso del capÃtulo 3 (v. 22) habÃa citado ese versÃculo 15 de Deuteronomio 18. ¡Doble testimonio del cumplimiento de esta Escritura! Pero ese pueblo se mostró rebelde e idólatra desde el principio de su historia; y pese a los más grandes testimonios de amor y paciencia de parte de Dios, su carácter natural no ha cambiado. Asà son nuestros pobres corazones. Tan lejos como podamos remontarnos en nuestros recuerdos, aun en la más tierna infancia, hallamos la desobediencia y la codicia. Sólo el poder de Dios ha podido darnos otra naturaleza.
Esteban siguió su relato. Pese a comparecer como acusado ante el concilio, es él, por el contrario, quien enjuiciaba de parte de Dios a ese pueblo de âdura cervizâ, como ya se lo llama en Ãxodo 32:9 y 33:3. âVosotros resistÃs siempre al EspÃritu Santoâ (v. 51), les dijo, estando él lleno del EspÃritu. ¿Nosotros también le resistimos cuando se trata de hacer la voluntad del Señor, o de no hacer la nuestra?
¡Qué contraste entre la paz del discÃpulo, absorto en la visión gloriosa de Jesús a la diestra de Dios, y el furor de sus adversarios! Esta rabia los incitó, aun sin un simulacro de juicio, a cometer el crimen que durante muchos siglos acarrearÃa el rechazo de los judÃos como nación y su dispersión por toda la tierra. Comparando las últimas palabras de este hombre de Dios (v. 56, 60) con las del Señor en la cruz (Lucas 23:34, 46), notamos una vez más cómo el discÃpulo se parece al Maestro sobre el cual ha puesto sus ojos. Ese homicidio es la trágica conclusión de la historia del pueblo rebelde, narrada por Esteban. Ãl la firmó con su propia sangre, llegando a ser asà el primer mártir de la Iglesia después de la larga lista de los profetas perseguidos (v. 52; 1 Tesalonicenses 2:15-16). Esta escena introdujo el perÃodo de la Iglesia, caracterizada por la presencia del EspÃritu Santo en la tierra (Esteban estaba lleno de él) y la de Cristo glorificado a la diestra de Dios, tal como lo describe el fiel testigo.
El Señor habÃa mandado a sus discÃpulos: âMe seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierraâ (1:8). Hasta entonces sólo habÃan cumplido con la primera parte de esa orden. Para hacerlos pasar a la siguiente etapa, el Señor en su sabidurÃa recurrió a un medio penoso: la persecución, de la que la muerte de Esteban dio la primera señal. Ãsta tuvo como resultado la dispersión de los creyentes, y en consecuencia la difusión del Evangelio a otros lugares. Un viento desagradable a menudo tiene el feliz efecto de sembrar a lo lejos semillas útiles.
Felipe, el evangelista nombrado en el capÃtulo 6:5, descendió a Samaria para predicar a âCristoâ: No una doctrina, sino una Persona (v. 5 y compárese con v. 35). ¡Qué poder tendrÃa nuestro testimonio si en lugar de presentar solamente verdades, también habláramos de Aquel de quien nuestro corazón está (o deberÃa estar) lleno!
AsÃ, esos samaritanos odiados y despreciados por los judÃos también participarÃan de ahà en adelante del bautismo y del don del EspÃritu Santo. Ni el nacimiento, ni los méritos, ni el dinero âcomo se lo imaginaba Simón el magoâ dan acceso a tal privilegio. Todo proviene de la pura gracia de Dios.
Felipe acababa de ser el instrumento de una gran obra en Samaria. ¡Cuál habrá sido su sorpresa al recibir la orden de abandonar su campo de trabajo para dirigirse a un camino desierto! ¡Extraño lugar para anunciar el Evangelio! Sin embargo, obedeció sin discutir. Y he aquà pasó el carro de un alto funcionario etÃope, quien habÃa hecho un largo viaje para venir a adorar en Jerusalén. Pero, ¿cómo podrÃa encontrar a Dios en la ciudad donde Su Hijo habÃa sido rechazado? Sin embargo, al regresar, este hombre traÃa un tesoro infinitamente más grande que los de su soberana (v. 27): una porción de las Sagradas Escrituras. Dios lo habÃa conducido en su lectura hasta el corazón del libro del profeta IsaÃas: el capÃtulo 53. Asà todo estaba preparado para el siervo del Señor. Por medio de Felipe, el etÃope aprendió a conocer a Jesús. Pudo ser bautizado y seguir su camino âgozosoâ para llegar a ser, muy probablemente, un mensajero de la gracia en su lejano paÃs.
No sólo son predicadores del Evangelio los que se dirigen a las multitudes. Empecemos por ser obedientes, en particular en nuestros desplazamientos. Entonces el Señor permitirá que nos hallemos justo en el momento preciso en el camino de alguien a quien podamos anunciar a Jesús.
El capÃtulo 8:3 menciona a un joven llamado Saulo; éste era un adversario particularmente encarnizado contra los cristianos. Según sus propias palabras, era âblasfemo, perseguidor e injuriadorâ; en fin, el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:13-15). Pero Dios con su poder iba a arrancar a Satanás uno de sus mejores instrumentos y alistarlo para su servicio. A Saulo no le bastaba con atormentar a los cristianos de Jerusalén; en su furor y fanatismo iba a perseguirlos hasta las ciudades extranjeras donde el Evangelio se habÃa difundido (comp. 26:11). Se dirigió a Damasco con el corazón lleno de un odio implacable hacia los discÃpulos del Señor y provisto de una autorización del sumo sacerdote. Pero en el camino, en pleno mediodÃa, repentinamente fue enceguecido por una luz resplandeciente. Al caer en tierra supo âpodemos imaginarnos con qué sorpresaâ que quien lo interpelaba desde lo alto era el mismo Jesús a quien combatÃa en la persona de sus discÃpulos. Porque el Señor se identifica con sus amados rescatados; ellos forman parte de él.
Saulo fue conducido a Damasco mientras su alma era objeto de un profundo trabajo. El Señor envió a AnanÃas a visitar al nuevo convertido para abrirle los ojos y bautizarlo.
Tan pronto como se convirtió, Saulo empezó a predicar el nombre que tanto habÃa combatido (v. 20). Sin embargo, fueron necesarios muchos años de preparación para el ministerio al cual el Señor lo destinaba (v. 15). Jóvenes creyentes, no esperen hasta tener un gran conocimiento para hablar del Señor a otros. Pero tampoco piensen que para emprender cualquier servicio para el Señor sea suficiente ser salvo. Pablo necesitó un perÃodo de retiro en Arabia (Gálatas 1:17) y otro en Tarso (v. 30; 11:25) antes de ser llamado a predicar el Evangelio a las naciones en compañÃa de Bernabé. Sólo catorce años después de su conversión los demás apóstoles le dieron âla diestra en señal de compañerismoâ, reconociendo su obra entre las naciones (véase Gálatas 2:9).
Cuatro hermosos rasgos caracterizaban a las iglesias en esos primeros tiempos: la paz, la edificación, un temor reverente y el crecimiento debido a la acción del divino âConsoladorâ, el EspÃritu Santo (v. 31) que aún permanece con nosotros para que podamos realizar esos caracteres.
El capÃtulo termina con la curación de Eneas y la resurrección de Dorcas: dos milagros, hechos a través de Pedro, que permitieron llevar almas al Señor y que los discÃpulos gozaran de la consolación del EspÃritu Santo.
Este capÃtulo tiene una gran importancia para nosotros, cristianos pertenecientes a las naciones. En efecto, aquà vemos a Pedro abrir las puertas del reino de los cielos a las naciones (Mateo 16:19). Notemos con qué cuidado y gracia Dios habÃa preparado, por un lado, a su siervo Pedro y, por otro, a Cornelio, con miras al encuentro que tendrÃa consecuencias tan maravillosas para este último como para nosotros. La revelación de Dios halló tanto al uno como al otro en la misma excelente ocupación: la oración. Por la vacilación de Pedro cuando se le ordenó comer del contenido del gran lienzo bajado del cielo, podemos comprender cuán arraigados estaban los prejuicios judÃos, aun en los discÃpulos, y cuál era el espÃritu de superioridad de un israelita frente a un pagano. A través de esa visión, Dios quiso enseñar a su siervo a no hacer más diferencias entre un pueblo âpuroâ y las naciones impuras. Todos, judÃos y gentiles, somos pecadores, mancillados y desobedientes, pero todos somos igualmente objetos de una misma misericordia (Romanos 10:12; 11:30-32). ¡Que Dios nos guarde de hacer âacepción de personasâ (o de parcialidad, v. 34) al considerar a algunos como menos dignos de recibir el Evangelio! No nos incumbe escoger, sino obedecer.
Dios emplea distintos medios para que las almas aprendan a conocerlo. La conversión del etÃope (8), la de Saulo (9) y la de Cornelio (10) no se parecen. En estos tres hombres distinguimos a los descendientes de los tres hijos de Noé (Génesis 10). Cam: las razas africanas y asiáticas; Sem: Israel y ciertos pueblos orientales; Jafet: las naciones del norte y del occidente. âTodos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombreâ. Tal es, en adelante, el mensaje universal dirigido a todo linaje, lengua, pueblo y nación (v. 43; Apocalipsis 5:9). En la persona de Cornelio, los que estaban âlejosâ oyeron a su vez âel evangelio de la paz por medio de Jesucristoâ (v. 36; 2:39; Efesios 2:17).
¡Gloriosas visitas para esta casa otrora pagana! Primero un ángel (v. 3), luego Pedro y los hermanos que lo acompañaban, portadores del mensaje del Evangelio; por último, y por encima de todo, el EspÃritu Santo, quien vino a sellar a esos nuevos convertidos, dando testimonio de su fe y de su calidad de hijos de Dios. ¿Cómo no reconocer en este signo público la voluntad de la gracia de Dios? Pedro sólo pudo confirmarlo por el signo del bautismo cristiano (v. 48).
Nunca juzguemos ni por las apariencias ni por las circunstancias que sólo conocemos a medias. Un cristiano, cuyo comportamiento nos ha sorprendido, pudo haber obrado por obediencia al Señor. Asà ocurrió con Pedro cuando entró en la casa de Cornelio y comió con él. Estos detalles parecÃan ser lo único importante para âlos que eran de la circuncisiónâ (v. 2), en tanto que en aquella casa habÃan acontecido cosas maravillosas que Pedro les contarÃa en aquel momento.
La salvación de las naciones estaba anunciada en el Antiguo Testamento (por ejemplo IsaÃas 49:6; 65:1). El mismo Pedro habÃa aludido a ello en su primer discurso (2:21, 39). Sin embargo, para que las prevenciones de los hermanos de Jerusalén pudieran desaparecer, hacÃa falta pruebas terminantes. Ãstas fueron proporcionadas por el relato de Pedro y confirmadas por los seis testigos que lo habÃan acompañado. Al oÃr cómo el apóstol habÃa sido esclarecido y conducido a la casa de Cornelio, y sobre todo cómo el EspÃritu Santo habÃa descendido a esos gentiles, todos reconocieron la voluntad de Dios y lo glorificaron. Alegrémonos por esa gracia que se ha extendido hasta nosotros, y si todavÃa no lo hemos hecho, apresurémonos a recibir también el âarrepentimiento para vidaâ (v. 18).
La puerta de la gracia, cerrada a los judÃos como pueblo de Dios a causa de la muerte de Esteban, se abrió a las naciones. Muchos griegos se convirtieron al Señor (v. 20, 21). Jesús habÃa visto de antemano ese fruto de su obra cuando precisamente unos griegos desearon verlo (Juan 12:20-26).
En AntioquÃa se constituyó entonces una iglesia próspera, en la cual Bernabé y Saulo ejercieron su ministerio durante un año. AllÃ, viendo el testimonio de esos creyentes, se les dio el nombre de su Señor, llamándolos por primera vez âcristianosâ. Es un honor y también una responsabilidad llevar el nombre mismo de Cristo. Pero hoy en dÃa, de la multitud de personas bautizadas que se hacen llamar por el hermoso tÃtulo de cristianos, ¿cuántas lo son verdaderamente?
El amor fraternal de esos creyentes de AntioquÃa se manifestó enviando donaciones a los hermanos de Judea, quienes iban a tener que sufrir aún, pues Herodes Agripa I (12:1) era digno sucesor de su tÃo Herodes Antipas (Lucas 13:31-32; 23:11â¦), y de su abuelo Herodes el Grande (Mateo 2). Su crueldad y el deseo de agradar a los judÃos le incitaron a matar a Jacobo, el hermano de Juan, y a echar a Pedro en la cárcel (comp. 12:3 y Marcos 6:26).
Ni las cadenas, ni los dieciséis soldados, ni las intenciones criminales de Herodes impidieron que Pedro durmiera apaciblemente en la cárcel. Tampoco ningún obstáculo pudo impedir que el Señor liberara a su amado siervo (Salmo 121:4). Un ángel lo despertó y lo sacó con poder y prontitud (v. 7, 8, 10). ¡Cuán fácil es todo cuando Dios es quien obra! Ãl conocÃa la criminal espera del âpueblo de los judÃosâ (v. 11), pero también habÃa escuchado las fervientes oraciones de la iglesia a favor de Pedro, y estas últimas prevalecieron. Es triste que cuando la respuesta llegó con el apóstol en persona, faltó la fe para reconocerlo. ¡Cuán a menudo oramos superficialmente, sin esperar realmente el objeto de nuestra petición! ¡Cuántas veces dudamos⦠mientras la respuesta ya está a la puerta!
Sordo a todas las advertencias divinas, Herodes prestó oÃdo complacido a las adulaciones de los de Tiro y Sidón, quienes por razones polÃticas buscaban la amistad de aquel homicida. No dio la gloria a Dios, por lo cual repentinamente fue herido y murió de una manera terrible delante de todos. En cambio la Palabra del Señor, a quien Herodes habÃa atacado en su locura, se extendió más que nunca (v. 24).
Aquà empieza una nueva división del libro de los Hechos. La iglesia de AntioquÃa viene a ser el punto de partida de la obra que se cumplirá entre las naciones. Bernabé y Saulo se fueron, llamados y apartados por el EspÃritu Santo y acompañados por las oraciones de la iglesia. Su primera estación fue la isla de Chipre, de la cual Bernabé era oriundo (4:36). Al llegar a Pafos, los apóstoles fueron convocados por el procónsul Sergio Paulo, el más alto funcionario romano de la isla. Este âvarón prudenteâ conocÃa al Dios de los judÃos y deseaba oÃr su Palabra. Pero estaba aconsejado por un inquietante personaje: Elimas, mago judÃo, quien ejerciendo una actividad abominable a los ojos de Dios (véase Deuteronomio 18:9-10), aprovechaba las necesidades espirituales de Sergio Paulo para influir nefastamente sobre él. La oposición de ese hombre produjo precisamente lo que buscaba impedir y permitió que Pablo âllamado asà por primera vezâ diera al procónsul una prueba del poder del Señor castigando al falso profeta.
Elimas es una figura del pueblo judÃo, el cual a causa de su resistencia al EspÃritu de Dios ha sido enceguecido âpor algún tiempoâ, para beneficio de las naciones.
Los apóstoles, prosiguiendo su viaje, llegaron a Panfilia. Pero allà Juan, llamado también Marcos (12:12), los abandonó y volvió a Jerusalén. Su fe no estaba a la altura del servicio para el cual se comprometió ni de las dificultades que entreveÃa. No basta con acompañar o imitar a un siervo de Dios. Incluso en una obra en común, cada uno tiene su propia responsabilidad ante el Señor y sólo puede andar con su fe personal.
Al dirigirse a los judÃos en la sinagoga de AntioquÃa de Pisidia, Pablo, como Esteban, recordó la historia de Israel y mostró cómo Dios habÃa cumplido en Jesús las promesas hechas a David (Salmo 132:11). David era precisamente una figura preciosa del Salvador que debÃa descender de él (v. 23). Porque en contraste con Saúl, rey según la carne, Dios habÃa escogido en la persona de David a un hombre según su corazón, quien harÃa todo lo que él querÃa (v. 22).
Todo concordaba para reconocer y designar a Jesús como el MesÃas: el testimonio de Juan después del de todos los profetas, el cumplimiento de las Escrituras por su muerte, pese a que ningún crimen fue hallado en él (v. 28; IsaÃas 53:9), y por encima de todo su resurrección (v. 30).
âSi Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicaciónâ, escribirÃa el apóstol Pablo a los Corintios (1 Corintios 15:14). No nos extrañemos, pues, al verlo insistir tanto en la resurrección del Señor Jesús. A los judÃos ella les demostraba que él era el MesÃas prometido, Aquel de quien habla el Salmo 16 y otras Escrituras (v. 34-35). A los paganos les confirmaba el poder de Dios y la inminencia de su juicio (17:31). A nosotros, los creyentes, la presencia de nuestro Redentor vivo en la gloria nos garantiza que su obra ha sido aceptada por Dios para nuestra justificación (Romanos 4:25), que nuestra porción es celestial (Colosenses 3:1-2) y que nuestra esperanza es segura y firme (Hebreos 6:18-20).
Por desgracia âel Evangelioâ sólo encontró contradicción y blasfemia por parte de los desdichados judÃos (v. 45). Entonces, obedeciendo la orden del Señor, los apóstoles se volvieron solemnemente a las naciones, confirmando que la remisión de pecados es para âtodo aquel que creeâ (v. 38, 39).
Aquellos judÃos se juzgaban indignos de la vida eterna (v. 46). Y esto por incredulidad, mas no por humildad. El Señor los habÃa designado bajo la figura del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:25). Ãste en su egoÃsmo y su propia justicia se privaba voluntariamente de la alegrÃa de la casa paterna.
En Iconio la Palabra produjo el mismo doble efecto que anteriormente: fe en un gran número de personas y oposición en otros. En cuanto a los apóstoles, hablaban con denuedo. ¿Cuál era el secreto de su ánimo? Estaban âconfiados en el Señorâ, quien cooperaba con ellos confirmando la Palabra con milagros y prodigios (comp. v. 3 y Marcos 16:20). La curación del hombre cojo en Listra, después de que los apóstoles habÃan sido echados de Iconio, produjo una fuerte impresión en los paganos de aquella ciudad. Ãstos se dispusieron a adorar como dioses a los hombres, a quienes otros habÃan intentado apedrear en Iconio. A los ojos de los apóstoles, su nueva situación era aun peor que la anterior. Horrorizados, exhortaron a esos idólatras a volverse al Dios vivo (comp. 12:22, 23). ¡Pero los sentimientos de la multitud son tan contradictorios! Pronto los judÃos llegados de Iconio les hicieron cambiar de opinión y apedrearon a Pablo con el consentimiento de todos. Salvaguardado por el Señor, el fiel siervo no se asustó ni se desanimó. Tranquilamente prosiguió su ministerio, volviendo por las ciudades en las cuales el Evangelio ya habÃa sido anunciado. Asà terminó el primer viaje misionero. Los apóstoles contaron a la iglesia todas las cosas gloriosas que Dios habÃa hecho con ellos.
Los creyentes de origen judÃo que componÃan las asambleas de Jerusalén y Judea experimentaron un gran gozo al oÃr sobre la conversión de las naciones (o gentiles). Pero algunos pensaban que para llegar a ser cristiano era necesario hacerse judÃo, es decir, circuncidarse y guardar la ley. Inmediatamente Pablo y Bernabé comprendieron el peligro que implicaba ese razonamiento, el mismo que más tarde obligarÃa al apóstol a escribir una carta severa a los gálatas. Volver a la esclavitud de la ley, les dirÃa él, no es otra cosa que caer de la gracia (Gálatas 5:1-6). Las asambleas de Jerusalén y AntioquÃa corrÃan el peligro de dividirse por tal cuestión, mas Dios condujo los acontecimientos para que este asunto fuera debatido en Jerusalén y se salvaguardara la unidad de la Asamblea. Pedro y Jacobo tomaron la palabra y confirmaron que gentiles y judÃos son salvados de una misma y única manera: âPor la gracia del Señor Jesúsâ (v. 11). Además no se debÃa inquietar a los nuevos convertidos con âdébiles y pobres rudimentosâ (v. 19; Gálatas 4:9). Sin embargo, Dios mantiene ciertos mandamientos que son anteriores al pueblo de Israel. Ãstos son valederos para todos los tiempos y para todas las criaturas. AsÃ, el abstenerse de sangre se remonta al diluvio (Génesis 9:4), y el respeto por el matrimonio a la misma creación (Mateo 19:4-8).
Los apóstoles y los ancianos reunidos en Jerusalén se ocuparon diligentemente del asunto que se les planteaba. Toda la iglesia estuvo de acuerdo con las conclusiones de Jacobo (v. 22, 25). La carta que enviaron por intermedio de Judas y Silas tranquilizó y consoló a los hermanos de AntioquÃa que habÃan sido perturbados (v. 24). Al mismo tiempo la visita de los dos siervos de Dios contribuyó mucho a la edificación de la iglesia (v. 32). Los esfuerzos del enemigo para turbar y provocar divisiones produjeron finalmente efectos opuestos. La fe de los discÃpulos fue fortalecida y los vÃnculos de comunión entre las iglesias se estrecharon. Una vez más el enemigo cayó en su propia trampa (Proverbios 11:18).
Después de haber solucionado toda dificultad, la obra del Señor pudo continuar. La solicitud de Pablo por las asambleas constituidas durante su primer viaje se manifestó al emprender otro viaje para ver cómo estaban espiritualmente los hermanos (comp. 2 Corintios 11:28): âLo que sobre mà se agolpa cada dÃa, la preocupación por todas las iglesiasâ. Pero esta vez, Bernabé no fue con Pablo, por causa del desacuerdo surgido entre ellos acerca de Marcos, su sobrino. Más tarde Marcos volverÃa a merecer la confianza del apóstol y le serÃa âútil para el ministerioâ (Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11).
Pablo llegó a Derbe y Listra donde se habÃan constituido iglesias durante su primer viaje. Allà vemos al joven Timoteo, cuyo nombre significa «honrado por Dios». Ãste habÃa sido instruido en el conocimiento de las Sagradas Escrituras por una madre y una abuela piadosas (2 Timoteo 1:5; 3:15). ¡Feliz preparación para el servicio que en adelante deberÃa cumplir con el apóstol, como un hijo que sirve a su padre! (Filipenses 2:22).
El ânosâ, empleado desde el versÃculo 10 muestra que Lucas, el autor del libro, a partir de ese momento se unió a ellos en la obra del Señor. Observando el mapa podemos darnos cuenta de que después de haber tratado de ir primero a la izquierda, a la provincia de Asia (la región de Efeso), y luego a la derecha, a Bitinia, el apóstol y sus compañeros fueron llamados por el EspÃritu a ir al frente de ellos, hacia Macedonia, al otro lado del mar Egeo. Cuando Dios cierra las puertas, el siervo obediente no debe insistir, sino esperar las directrices de arriba.
Filipos fue la primera ciudad de Europa que oyó el Evangelio; y la primera conversión mencionada es la de Lidia. El Señor abrió el corazón de esta mujer para que estuviese atenta⦠Pidámosle que abra también el nuestro y que nos guarde de toda distracción cada vez que la Palabra nos sea presentada.
La liberación de la muchacha que tenÃa espÃritu de adivinación acarreó torturas y prisiones a los dos siervos de Dios. Con razón podÃan pensar que en Macedonia, adonde se les habÃa llamado para ayudar, se les tributaba una extraña acogida (v. 9). Pero en esa oportunidad Pablo puso en práctica lo que recomendarÃa más tarde a los cristianos de aquella ciudad. âRegocijaos en el Señor siempreâ (Filipenses 4:4). Llenos de heridas, Pablo y Silas pudieron cantar en la prisión. Por supuesto que jamás en esos siniestros muros habÃan resonado semejantes ecos. ¡Qué testimonio daban esos cánticos a los oyentes! Cuanto más difÃciles sean nuestras circunstancias, cuanto más nuestra paz y gozo hablarán a los que nos conocen. Por esa razón, a menudo, el Señor nos envÃa tribulaciones.
A este fiel testimonio, Dios agregó el suyo liberando a los prisioneros. Temblando, el carcelero exclamó: âSeñores, ¿qué debo hacer para ser salvo?â. La respuesta, maravillosamente simple, se dirige a toda alma angustiada: âCree en el Señor Jesucristoâ¦â (v. 30, 31). Y, en consecuencia, el gozo llenó aquella casa.
Después de esa memorable noche, los apóstoles fueron liberados oficialmente y abandonaron la ciudad, después de haber exhortado una vez más âa los hermanosâ.
De Filipos, Pablo y sus compañeros fueron a Tesalónica, otra ciudad de Macedonia. Algunos judÃos y muchos griegos, entre los cuales se hallaban mujeres nobles, recibieron la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 1:5). Pero la mayorÃa de los judÃos, incitados por Satanás, instigaron al pueblo en contra de los predicadores del Evangelio. Para ese fin no vacilaron en servirse de gente desalmada, a la que, sin embargo, despreciaban, ni en retomar ante los magistrados el argumento utilizado años atrás frente a Pilato: âNo tenemos más rey que Césarâ (v. 7; Juan 19:15).
La temporada que Pablo pasó en Tesalónica fue breve, aproximadamente unas tres semanas. Pero Dios lo permitió asà para nuestro provecho, pues por esa razón más tarde el apóstol se vio obligado a completar su enseñanza por medio de dos epÃstolas muy ricas en instrucciones para todos nosotros.
En Berea los judÃos fueron más nobles y rectos. En lugar de dejarse enceguecer por los celos (v. 5), trataron de afianzar su fe estudiando cada dÃa la Palabra, cuya autoridad soberana reconocieron (v. 11; Juan 5:39).
Recomendamos expresamente a cada uno de nuestros lectores a seguir ese ejemplo, que es la meta de estas pequeñas meditaciones diarias.
Al quedar solo en Atenas, Pablo no se dejó distraer por sus monumentos y esculturas. Su corazón se enardeció al descubrir que esa ciudad, célebre por su cultura, estaba entregada a la más pavorosa idolatrÃa. En el ágora (plaza pública de las ciudades griegas), Pablo encontró a los filósofos de distintas escuelas universalmente conocidas por su sabidurÃa. La inteligencia ha sido dada al hombre para discernir el eterno poder y la deidad de su Creador (Romanos 1:20). Pero la ignorancia de aquellos espÃritus eminentes confirma que âel mundo no conoció a Dios mediante la sabidurÃaâ (1 Corintios 1:21). En medio de ellos habÃa un altar al âDios no conocidoâ. Empezando por el principio, Pablo les habló del âSeñor del cielo y de la tierraâ (v. 24) que se ha revelado no sólo en la creación, sino también en la redención. Ese Dios soberano âahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientanâ (v. 30). Asà que absolutamente nadie puede pretender que esa orden divina no le concierne.
La curiosidad intelectual no tiene nada en común con la verdadera necesidad del alma. Algunos oyentes de Pablo se burlaron abiertamente de él; otros dejaron para más tarde el examinar estas cosas. Pero algunos creyeron. Este aún es hoy el triple efecto producido por la predicación del Evangelio.
En Corinto Pablo tuvo el feliz encuentro con Aquila y Priscila, una pareja de judÃos. Convertidos a Cristo, llegaron a ser particularmente preciosos para el apóstol; hasta expusieron sus vidas por él en circunstancias que no nos han sido relatadas (Romanos 16:4). Corinto era una ciudad famosa por la corrupción moral y por su lujo. El apóstol y sus amigos no quisieron depender de esa riqueza y dieron ejemplo trabajando con sus propias manos (v. 3, comp. 1 Corintios 9:15, 18; 2 Corintios 11:8-9).
Ante la oposición de los judÃos, Pablo se desligó de su responsabilidad para con ellos y les declaró que se irÃa a las naciones (v. 6). Pero en Romanos 9:2-5 vemos cuánto sufrÃa el apóstol por tener que hablarles asÃ. Entonces el Señor dio ánimo a su amado siervo y le reveló que si su pueblo terrenal no respondÃa a su llamado, él tenÃa en esa ciudad âmucho puebloâ para el cielo (v. 10). Precisamente en esa ciudad disoluta el Señor se complació en juntar un gran número de creyentes, como lo confirman las dos epÃstolas que les serÃan dirigidas. Esto prueba que en esa ciudad donde habÃa tanta abundancia, ni las riquezas ni los placeres podÃan satisfacer las verdaderas necesidades del corazón de los hombres.
Las maquinaciones de los judÃos y sus acusaciones ante Galión no impidieron que Pablo prosiguiera su obra en Corinto. El Señor lo protegió según su promesa (v. 10).
Después volvió a ponerse en camino; pasó por Efeso, donde dejó a Priscila y Aquila; luego zarpó para Cesarea; de allà subió a Jerusalén y luego descendió a AntioquÃa, terminando asà su segundo viaje misionero.
A partir del versÃculo 23 empieza el tercer viaje del incansable apóstol. Atravesó de nuevo Frigia y Galacia, donde se habÃan constituido iglesias que le ocasionaban muchas preocupaciones (Gálatas 1:2; 4:11). âMe temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotrosâ.
Para entonces habÃa llegado a Efeso otro siervo de Dios: Apolos, predicador notable por su elocuencia y poder para presentar la Palabra de Dios. Ãstos eran el resultado de su fervor (v. 25), porque sólo se habla bien de lo que llena el corazón. âPorque de la abundancia del corazón habla la bocaâ (Mateo 12:34-35). Además, âenseñaba diligentemente lo concerniente al Señorâ. Pero sus dones no fueron obstáculo para que aceptara humildemente las explicaciones de Priscila y Aquila en cuanto a las verdades que ignoraba. Estuvo dispuesto a escuchar; y su servicio en Acaya, adonde se dirigió después, fue muy útil y de gran provecho.
Fiel a su promesa (18:21), el apóstol Pablo llegó a Efeso, capital de la provincia de Asia. Allà permaneció tres años (20:31), sucediendo a Apolos, mientras este último regaba en Corinto, donde Pablo habÃa plantado (18:27-28, 1 Corintios 3:6). Entre esos siervos de Dios no vemos celos ni reivindicaciones en cuanto a un campo de labor particular.
El bautismo de Juan, el único que conocÃan los efesios, preparaba a los judÃos arrepentidos para recibir a un MesÃas que reinarÃa sobre la tierra. El cristiano, al contrario, tiene una posición celestial; por el EspÃritu Santo está puesto en relación con un Cristo muerto y resucitado; verdad subrayada muy especialmente en la epÃstola a los efesios.
La Palabra del Señor âcrecÃa y prevalecÃa poderosamenteâ, no sólo a causa de los milagros cumplidos por el apóstol, sino por su autoridad sobre los corazones. ConducÃa a esos creyentes a confesar lo que habÃan hecho y a renunciar públicamente a la práctica de la magia. Llenos del âprimer amorâ (Apocalipsis 2:4), esos efesios renunciaron a participar más âen las obras infructuosas de las tinieblasâ (Efesios 5:11).
Queridos amigos, ¿la Palabra de Dios muestra su poder al mundo mediante frutos visibles en nuestras vidas?
En Efeso existÃa un espléndido templo consagrado a la diosa Diana, el cual figuraba entre las siete maravillas del mundo antiguo. Las visitas de los turistas y las miniaturas de plata vendidas como recuerdo generaban grandes ganancias a los artesanos de la ciudad. Evidentemente, la predicación del Evangelio perjudicaba este comercio, por eso los vemos asociarse para defender sus intereses dando hipócritamente a su acción un pretexto religioso (comp. con Apocalipsis 18:11). Es muy triste constatar que aun hoy en dÃa muchas personas, en vez de buscar la verdad, se detienen en consideraciones materiales concernientes a su bienestar, pensando cómo obtener su âriquezaâ (v. 25), o por la opinión de otros.
Ruidosos clamores se elevaron a favor de la diosa⦠demostrando solamente que ésta era incapaz de asumir su propia defensa, a pesar de su presumida grandeza (comp. 1 Reyes 18:26-29).
Aunque hoy el mundo se cree más evolucionado y esclarecido que antes, únicamente ha cambiado sus dioses, mas no sus corazones. Abundan los Ãdolos inanimados de los templos, los Ãdolos del deporte, del espectáculo, de la canción, etc. Las multitudes de hoy en dÃa adoran y siguen a los que les son presentados por el jefe de este mundo, diestro en el arte de extraviar a las almas.
La manifestación hostil en Efeso llevó a Pablo a abandonar esa ciudad (comp. Mateo 10:23). Después de haber ido a Grecia, pasando por Macedonia, volvió por el mismo camino y abordó en Troas. El relato que se halla en los versÃculos 7-12 confirma que la cena se celebraba el primer dÃa de la semana, como hoy en dÃa. El sueño de Eutico durante la predicación de Pablo puede parecernos inconcebible. Pero, ¿no es también el apóstol quien nos habla cuando leemos sus epÃstolas? ¿Qué atención le prestamos? Ese terrible accidente nos muestra, respecto del orden moral, hasta dónde puede conducirnos la indiferencia hacia la Palabra: una caÃda y un estado de muerte. Pero aquà la gracia de Dios concedió un milagro consolador.
Por analogÃa, esta escena también puede hacernos pensar en la historia de la Iglesia responsable. Su sueño, su ruina y su aparente muerte han sido el resultado de la indiferencia hacia la enseñanza de los apóstoles, contenida en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el Señor permitió un despertar seguido de alimento y consuelo para los suyos mientras esperan el alba de la gran partida (el arrebatamiento).
Pablo dejó Troas, queriendo ir solo por tierra. ¡Subrayemos el beneficio de andar a solas con el Señor! Luego se reunió con sus compañeros en Asón, de donde zarpó en dirección a Jerusalén.
En Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de Efeso para hacerles unas recomendaciones y despedirse. Les recordó lo que habÃa sido su ministerio en medio de ellos y el ejemplo que se esforzó en darles. También les advirtió sobre los peligros que de afuera y de adentro amenazarÃan a la Iglesia (v. 29-30). ¿Cómo enfrentarlos? Los exhortó a estar vigilantes, pero sobre todo los encomendó a la gracia de Dios.
En lo que le concernÃa, el apóstol tenÃa un solo pensamiento: acabar fielmente su carrera (ésta era un asunto personal para él; comp. 2 Timoteo 4:7) y el âministerioâ (éste era el del Señor, comp. 1 Timoteo 1:12). Su vida no tenÃa otro sentido y estaba dispuesto a sacrificarla por la Iglesia que âmuchas lágrimasâ le habÃa costado (v. 19 y 31, Colosenses 1:24). Pero, ¿qué era esto en comparación con el infinito valor que la Iglesia tiene para Dios? A él le costó nada menos que la sangre de su propio Hijo (v. 28, 1 Pedro 1:19). En este inmenso precio el apóstol hallaba el motivo de su abnegación y lo recordó a los ancianos de Efeso para recalcarles su propia responsabilidad.
Para terminar, Pablo citó un precioso dicho del Señor Jesús: âMás bienaventurado es dar que recibirâ (v. 35). ¡Que podamos experimentarlo al imitar a Aquel que nos ha dado todo!
El amor fraternal se manifestó a lo largo del viaje del apóstol (v. 1, 6, 12â¦). En Tiro como en Mileto, Pablo se separó de los hermanos de cada una de estas ciudades, después de haber orado arrodillados en la playa (v. 5; 20:36-37). El EspÃritu subraya la presencia de los niños, algo tan deseable en las reuniones.
En Cesarea Pablo se hospedó en casa de Felipe, quien se habÃa establecido allà después de haber predicado en todas las ciudades desde Azoto, incluidas sin duda Lida y Jope (Hechos 8:40; 9:32, 36). Sus hijas también tenÃan un hermoso servicio para el Señor, pero no lo desempeñaban en la Iglesia (v. 9, comp. con 1 Corintios 14:3 y 34).
El afecto hacia los de su pueblo fue lo que guió al apóstol durante ese viaje. Pablo era portador de las ofrendas reunidas en las asambleas de Macedonia y Acaya, y deseaba llevarlas él mismo a Jerusalén (Romanos 15:25-26). Por esa razón no tuvo en cuenta las advertencias del EspÃritu, las del profeta Agabo ni las súplicas de los hermanos (v. 4, 11-12; ver Hechos 11:28). No tenemos derecho a juzgarlo. Pero este relato nos es dado para enseñarnos que al escuchar sólo los propios sentimientos, por muy buenos que sean, el creyente puede apartarse del camino de dependencia del Señor. ¡Cuán seria es esta lección para cada uno de nosotros!
Para ir de Grecia a Roma, el apóstol se habÃa propuesto pasar por Jerusalén (Hechos 19:21). Pese a ese inoportuno rodeo, la voluntad del Señor se cumplirÃa (v. 14). El camino que elegimos nosotros mismos nunca es sencillo; podemos estar seguros de que en él encontraremos toda clase de complicaciones. Los ancianos de Jerusalén invitaron a Pablo a âjudaizarâ para tranquilizar a los creyentes judÃos; asà el apóstol se halló impulsado a contradecir su propia enseñanza. ¡Penoso dilema para él! Una vez más vemos hasta qué punto los cristianos de Jerusalén estaban apegados a su religión judÃa. Trataban de poner vino nuevo en odres viejos (Mateo 9:17). A esos israelitas âcelosos por la leyâ, el apóstol Santiago (Jacobo), mencionado en el versÃculo 18, les escribió sobre âla ley de la libertadâ y de âla religión pura y sin máculaâ (Santiago 1:27 y 2:12). Ãsta no consiste en una purificación corporal (v. 24), sino en âguardarse sin mancha del mundoâ y visitar a los afligidos.
Pablo se halló como atrapado en un engranaje. Fue al templo y se sometió a los ritos judaicos para agradar a sus hermanos de raza. Mas todo fue en vano, pues en esta actitud los judÃos vieron una provocación e intentaron matarlo, alborotando la ciudad (v. 30).
Pablo fue arrebatado de la violencia de la multitud gracias a la intervención del tribuno, es decir, del comandante de la guarnición romana. Este último, que primero confundió al apóstol con un famoso bandido egipcio, se tranquilizó al oÃrlo hablar en griego y lo autorizó para dirigirse a la muchedumbre. Ante ella, y en medio de un solemne silencio, Pablo recordó su muy culpable pasado, pero en un sentido completamente opuesto al que los judÃos entendÃan. Dotado de cualidades y ventajas poco comunes: âHebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseoâ (Filipenses 3:5), su reputación era la de un hombre piadoso e irreprochable. Pues bien, su celo religioso semejante al que animaba a los dirigentes de esa multitud lo habÃa conducido, pese a las advertencias de su maestro Gamaliel, a luchar contra Dios (v. 3, Hechos 5:38-39). Entonces, desde el cielo le vino la terrible réplica: âYo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persiguesâ. Al herir a esos débiles cristianos, al perseguirlos hasta la muerte, él combatÃa al Hijo de Dios. Pero en lugar de castigarlo por su impÃa osadÃa, al mismo tiempo que le devolvió la vista, el Señor abrió los ojos de su corazón, haciendo de este hombre, apartado desde su nacimiento, un fiel instrumento para Dios. Le dio espÃritu de sabidurÃa y de revelación en el conocimiento de Ãl, alumbrando los ojos de su entendimiento (véase Efesios 1:17-18).
El nuevo convertido hizo dos preguntas complementarias: â¿Quién eres, Señor?â (v. 8), y â¿qué haré, Señor?â. La primera se la respondió el mismo Señor, la segunda le fue dada por AnanÃas, quien agregó: âAhora, pues, ¿por qué te detienes?â (v. 16). Amigo, si el Señor también lo ha llamado del camino extraviado, ¿por qué se detiene y no toma francamente posición entre sus discÃpulos?
Tres años más tarde, en Jerusalén, Pablo tuvo el privilegio de ver âal Justoâ y recibir órdenes de su boca (v. 17 a 21). El apóstol consideraba que su testimonio tendrÃa más fuerza entre los judÃos, por cuanto se le habÃa conocido como un encarnizado adversario de la verdad. Pero él habÃa sido apartado para el ministerio entre los gentiles (v. 21; Gálatas 1:15-16). ¡Dejemos que sea el Señor quien nos señale nuestro campo de trabajo! El âdate prisaâ del versÃculo 18 aún sigue vigente. Los judÃos persistÃan en rechazar el testimonio del apóstol. El tribuno se vio obligado nuevamente a librarlo de su furia. En el momento en que iba a ser torturado, Pablo hizo valer su ciudadanÃa romana. Más tarde, habiendo considerado todas estas cosas como âpérdidaâ, harÃa valer otro derecho: su ciudadanÃa celestial (Filipenses 3:7-8, 20). En cuanto a ésta, nadie la obtiene por nacimiento y tampoco se puede adquirir con dinero (v. 28). La poseen únicamente los que han pasado por el nuevo nacimiento (Juan 3:3).
El tribuno seguÃa sin entender la furia de los judÃos contra un hombre en quien él no veÃa nada digno de reprochar. Para informarse mejor sobre el asunto, hizo comparecer a su prisionero ante el concilio. Una hábil palabra de Pablo (¿pero guiada por el EspÃritu?) puso de su parte a la secta de los fariseos. La resurrección de Jesucristo era el fundamento de su doctrina e indirectamente el motivo de la oposición de los judÃos. Pero Pablo ni siquiera tuvo la oportunidad de pronunciar el nombre de su Salvador. Echó esa manzana de la discordia entre los adversarios tradicionales: fariseos y saduceos. Seguidamente se produjo un gran tumulto en el concilio. Una vez más el tribuno tuvo que proteger a Pablo.
Después de todos estos acontecimientos, el apóstol solo y tal vez desanimado necesitó ser fortalecido; y el Señor mismo se presentó para consolar a su amado siervo. No le hizo ningún reproche; al contrario, reconoció el testimonio que Pablo acababa de dar en Jerusalén, lo consoló y le recordó su verdadera misión: anunciar la salvación no a los judÃos, sino a las naciones. Con este fin irÃa a Roma.
¡Que podamos experimentar constantemente que âel Señor está cercaâ y no estar afanados por nada! (Filipenses 4:5-6; 2 Timoteo 4:17).
No vemos que el Señor interviniese de un modo milagroso, como en Filipos (16:26) o en el caso de Pedro (12:7), para liberar a su siervo. Simplemente dirigió los acontecimientos. Aquà se sirvió del joven sobrino de Pablo, de la calidad de ciudadano romano de este último, del menosprecio del tribuno romano hacia los judÃos, a los cuales sin duda se alegraba de poder hacerles una mala pasada. El Señor le habÃa prometido a su siervo que testificarÃa en Roma (v. 11). Todas las maquinaciones de sus enemigos no podrÃan, pues, impedÃrselo. Antes bien, contribuirÃan con la causa: esas amenazas indujeron al tribuno Lisias a mandar a Pablo bien escoltado a Cesarea (puerto donde el apóstol habÃa desembarcado poco tiempo antes) para librarlo del complot de los fanáticos judÃos. Al mismo tiempo, Lisias dirigió una carta al gobernador Félix respecto a su prisionero. Notemos cómo el tribuno arregló los acontecimientos para ocultar el error que estuvo a punto de cometer (v. 27; 22:25). Sin embargo, aquà las faltas de los paganos casi se borran ante la terrible culpabilidad de los judÃos. Evidentemente, los cuarenta asesinos conjurados no pudieron cumplir su juramento, atrayendo de ese modo la maldición sobre sus propias cabezas.
Pablo compareció ante Félix en presencia de sus acusadores. Ãstos necesitaron un orador más elocuente para hacer las acusaciones, por cuanto su causa era muy mala. Pero, ¡qué contraste entre las lisonjas, las groseras calumnias de Tértulo (v. 3, 5; comp. Lucas 23:2) y la dignidad de Pablo en su profesión de fe acompañada de una sincera exposición de los hechos!
Una secta (v. 5, 14) es una agrupación religiosa que apela a un jefe o a una doctrina particular. El cristiano sólo puede apelar a Cristo. Pero el mundo religioso (la cristiandad nominal) a veces también llama secta a la congregación de los hijos de Dios que se han separado de él por obediencia a la Palabra. ¡Mas qué importa! Esta expresión, como muchas otras, forma parte del vituperio de Cristo. Al igual que Pablo, el creyente fiel tiene el privilegio de estar asociado, en el menosprecio del mundo, a Aquel que fue el Nazareno. Por el contrario, lo que procuraba el apóstol ây que deberÃa preocuparnos a nosotros tambiénâ era el tener siempre âuna conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombresâ. Pensaba en el dÃa de la resurrección, cuando tuviera que dar cuenta al Señor de su andar y de su obra. Una verdad conocida siempre debe tener un efecto moral. Y con más razón la perspectiva del tribunal de Cristo (2 Corintios 5:9-10). ¡Que nosotros tampoco lo olvidemos!
A pesar de la evidente inocencia de Pablo y la mala fe de sus acusadores, por consideración a estos últimos, Félix aplazó cobardemente su decisión. Pero también postergó una decisión mucho más grave aún: la concerniente a su alma. Convocado para hablarle âacerca de la fe en Jesucristoâ, Pablo presentó un aspecto de la verdad que Félix no esperaba (v. 25). La Palabra espantó su conciencia endurecida por el amor al dinero, pero no le hizo mella. âAhora vete⦠cuando tenga oportunidad te llamaréâ, contestó el gobernador, dejando escapar, tal vez para siempre, la oportunidad que Dios le brindaba. Pese a su nombre, que significa feliz, Félix pasó al lado de la verdadera felicidad. No olvidemos que ¡el âtiempo aceptableâ es AHORA! (2 Corintios 6:2).
Dos años pasaron y el apóstol aún permanecÃa preso. Sin embargo, el odio de los judÃos no decrecÃa. Apenas Festo reemplazó a Félix, se tramó un nuevo complot, del cual el Señor liberó a su testigo. Como en Félix (24:27) y anteriormente en Pilato (Marcos 15:15), la principal preocupación de Festo era âcongraciarse con los judÃosâ (v. 9). Por eso Pablo se sintió obligado a valerse nuevamente de sus derechos de ciudadano romano apelando a César.
Agripa y Berenice (asà como Drusila, mujer de Félix) eran hijos de Herodes Agripa I y constituÃan la cuarta generación de esa dinastÃa criminal. La visita de cortesÃa que hicieron al nuevo gobernador dio a este último la oportunidad de informarse acerca de su extraño prisionero. La forma en que Festo resumió el asunto muestra el poco interés que para él presentaban esas cuestiones religiosas. Se trata âde un cierto Jesús, ya muertoâ¦â (v. 19). Para muchas personas hoy Cristo no tiene importancia. Sin embargo, Pablo afirmaba que Cristo estaba vivo; y eso hacÃa toda la diferencia.
El apóstol fue introducido en medio de esa corte reunida âcon mucha pompaâ. Según la palabra del Señor a AnanÃas, Pablo era âun instrumento escogidoâ para llevar el nombre de Jesús en presencia de reyes (9:15). Pero era el embajador de un Rey mucho más grande que aquellos ante quienes debÃa comparecer, un âembajador en cadenasâ, como él mismo se denomina en Efesios 6:20. Sin embargo, hablaba con denuedo de su Señor, pues âla palabra de Dios no está presaâ (2 Timoteo 2:9).
Invitado a testificar ante el rey Agripa, Pablo extendió solemnemente su brazo cargado de cadenas. Como en el capÃtulo 22, hizo el relato de su encuentro con el Señor y de las condiciones en que su servicio le fue confiado. Habiéndole sido abiertos sus propios ojos, recibió la tarea de abrir los de los gentiles para que por la fe tuvieran acceso a la luz, la libertad, el perdón de pecados y la herencia entre los santos (v. 18; Colosenses 1:12-13).
Las circunstancias de las conversiones no se parecen. Pedro estaba en su barco cuando reconoció su estado pecaminoso. Levà estaba recaudando los tributos públicos y Zaqueo se hallaba sobre un árbol cuando el Señor los llamó (Lucas 5:8, 27-28; 19:5). El etÃope fue convertido en su carro y el carcelero de Filipos en la prisión a medianoche (Hechos 8:27, 16:29â¦). En cambio Pablo lo fue a mediodÃa, cuando iba por el camino a Damasco (v. 13). Lo importante es que cada uno pueda decir dónde y cómo conoció a Jesús; y no temamos contar nuestra conversión cuando se presente la oportunidad. No se trata de vanagloriarnos, puesto que al mismo tiempo debemos hablar del triste estado en que fuimos hallados. Al contrario, al testificar de nuestro encuentro con Jesucristo, exaltamos la soberana gracia que nos sacó de allÃ.
Llamado por Jesucristo para un ministerio extraordinario entre las naciones, Pablo no fue desobediente (v. 19). ¡Que nosotros tampoco seamos rebeldes para cumplir con los modestos servicios que el Señor nos ha confiado!
Para Festo, hombre sin necesidades espirituales, los conceptos de Pablo eran pura divagación (v. 24). En efecto, âel hombre natural no percibe las cosas que son del EspÃritu de Dios, porque para él son locuraâ (1 Corintios 2:14). Entonces el apóstol se dirigió directamente al rey Agripa; lo hizo con respeto, pero también con la autoridad que le daba la Palabra de Dios (Salmo 119:4). El rey escondió su turbación desviando la pregunta (v. 28). No obstante, estar casi convencido o âpor pocoâ llegar a ser cristiano, es estar todavÃa completamente perdido.
¿Quién tenÃa la suerte más envidiable, el rey o el cautivo? Consciente de su alta posición ante Dios, Pablo, el prisionero de Jesucristo, no pensaba en la posición del hombre que estaba en su presencia, sino en su alma. No nos dejemos detener por la apariencia de los hombres, pensemos más bien en su destino eterno.
El apóstol fue llevado sucesivamente ante el concilio judÃo, Félix, Festo y Agripa. Pero también era necesario que compareciera ante César, quien en aquel tiempo era el cruel Nerón.
Para impedir la propagación del Evangelio, el enemigo incitó a los hombres a estar en contra de Pablo. Aquà se sirve de obstáculos naturales para cerrarle el paso.
Muchos cristianos se parecen a un barco de vela: su andar depende del viento que sopla. Si es una brisa âdel surâ que los empuja suavemente, todo va bien; levan el ancla llenos de ánimo (v. 13). Pero si el viento cambia y les es contrario, navegan a duras penas, âcon dificultadâ; no son capaces de avanzar (v. 7 y 8) y buscan en un lado u otro amparo humano para sus dificultades. Al fin, cuando sobreviene el viento huracanado de una gran prueba, no resisten más y quedan a la deriva (v. 15).
El barco de vapor, en cambio, prosigue su ruta haga el tiempo que haga. Quiera Dios que movidos por una fe activa y firme podamos avanzar siempre hacia la meta, pese a todos los temporales.
A pesar de haber sido benévolo con su prisionero, el centurión dio más crédito al patrón de la nave que a lo que Pablo decÃa (v. 11). ¿No sucede a menudo que confiamos más en el consejo y en la opinión de los hombres que en las directivas de la Palabra y del EspÃritu Santo? ¡Y esto para nuestro perjuicio! (v. 10).
Pablo permaneció tan tranquilo en medio de la tempestad como en presencia de los gobernadores y reyes. El huracán no le impedÃa oÃr la voz de Dios, a quien pertenecÃa y servÃa (v. 23). Mientras que en la prueba los hombres a menudo manifiestan el peor egoÃsmo, el apóstol pensaba en la salvación de sus compañeros de viaje. Los fortaleció por medio de la palabra de su Dios y luego los exhortó a comer; él también lo hizo después de haber dado gracias a Dios en presencia de todos (véase 1 Timoteo 4:4-5).
Después de muchas peripecias y de la pérdida de la nave, todos llegaron sanos y salvos al puerto deseado (leer Salmo 107:25-30).
En esa nave, juguete de la tempestad, se puede ver una figura de la Iglesia aquà abajo. Después de haber salido con tiempo favorable, no tardó en encontrarse con el viento de las pruebas y de las persecuciones que Satanás levantó contra ella. La falta de alimento, un perÃodo de profundas tinieblas morales, el haber apelado a toda clase de reglas humanas, todo esto aconteció porque la voz de los apóstoles âen la Palabraâ no fue escuchada. El dÃa se acerca, y con él el naufragio final de la cristiandad de nombre (la nave). Pero el Señor conoce a los que son suyos en esa Iglesia que invoca su nombre, y ninguno de los que el Padre le dio se perderá (2 Timoteo 2:19; Juan 17:12).
Dios puso sentimientos humanitarios en el corazón de los paganos de la isla de Malta (v. 2; como anteriormente en el de Julio, el centurión, 27:3). Acogieron y reconfortaron a los náufragos. En medio de ellos, el Señor se complació en distinguir a su siervo por medio de un milagro. El apóstol, quien no se consideró demasiado digno para recoger leña a fin de alimentar el fuego, fue atacado por una vÃbora y no sufrió ningún daño. Esta era una de las señales que debÃan acompañar a los discÃpulos del Señor. Otra era la imposición de las manos sobre los enfermos para que fueran sanados (véase Marcos 16:17-18). La benevolencia de los ânaturalesâ de Malta obtuvo rápidamente su recompensa. Todos los enfermos de la isla, empezando por el padre de Publio, fueron sanados por el poder de Dios. Esperamos que muchas de estas personas hayan encontrado también la salvación de sus almas. De ese modo, la oposición del enemigo sólo habrá servido para echar la semilla del Evangelio sobre una nueva tierra.
El viaje de Pablo se terminó. Antes de traer cualquier cosa a los hermanos de Roma, él mismo âcobró alientoâ gracias a la comunión fraternal (v. 15, comp. con Romanos 1:12). Aun el creyente más joven puede ser un motivo de gozo y estÃmulo para un siervo de Dios.
Apenas llegó a Roma, Pablo convocó a los principales de los judÃos y les explicó las razones de su encarcelamiento. Mas, lejos de guardar rencor a los de su pueblo por todo el mal que le habÃan causado, les dio como siempre el primer lugar en la predicación del Evangelio. Incansablemente, desde la mañana hasta la noche, les expuso la verdad hasta el momento en que se retiraron (v. 25, 29; léase Hebreos 10:38-39).
Pablo permaneció dos años prisionero en Roma. Allà pudo comprobar que las cosas que le habÃan sucedido redundaban âmás bien para el progreso del evangelioâ (Filipenses 1:12-14). Durante ese cautiverio escribió varias epÃstolas, entre las cuales se hallan la epÃstola a los Efesios, Filipenses y Colosenses. No las tendrÃamos si hubiese tenido libertad para visitar a esas asambleas.
Además, las epÃstolas nos permiten seguir de alguna manera la historia del gran apóstol. Aquà el relato se interrumpe y el libro de los Hechos no tiene una conclusión. ¡Como para mostrarnos que la obra del EspÃritu Santo aquà abajo todavÃa no se ha terminado! Ella prosigue, mientras la Iglesia esté en la tierra, en la vida de cada creyente.
La cronologÃa del libro de los Hechos es relativamente incierta. La que nosotros hemos adoptado, a pesar de ciertas dudas, puede dar una idea para situar los diferentes acontecimientos en la lÃnea del tiempo.
Las epÃstolas son cartas dirigidas por los apóstoles a iglesias locales o a creyentes en particular. En ellas hallamos expuestas las verdades cristianas. Aunque fue escrita después de otras, la epÃstola a los Romanos ha sido colocada en primer lugar con mucha razón, pues su tema es el Evangelio. Antes de recibir una enseñanza cristiana, hay que empezar por llegar a ser cristiano. Amigo lector, si no lo ha hecho aún, hoy se le presenta esta oportunidad.
Cierto predicador del Evangelio, que tenÃa a su cargo una serie de reuniones en una ciudad, se limitó a leer, cada noche, los seis primeros capÃtulos de esta epÃstola, sin agregarle una sola palabra. Y cada noche hubo varias conversiones. Tal es el poder de la Palabra de Dios y la autoridad del Evangelio, âpoder de Dios para salvación a todo aquel que creeâ (v. 16).
Esta carta fue escrita mucho antes del dramático viaje relatado al final del libro de los Hechos. Por lo tanto, Pablo todavÃa no habÃa visto a los romanos. Pero âhe aquà la condición de un ministerio útilâ estaba lleno de amor hacia ellos y ante todo hacia Aquel a quien iba a anunciarles: Jesucristo. Su nombre llena los primeros versÃculos. SÃ, Cristo es la sustancia del Evangelio, el fundamento de toda relación entre Dios y el hombre. Además, la buena nueva del Evangelio no se limita al perdón de los pecados, sino que contiene toda la verdad de Cristo.
Antes de explicar cómo Dios justifica al pecador es necesario convencer a cada uno de que es pecador. Dios va, por asà decirlo, a poner toda la humanidad en el banquillo. Quizás se pensará que los paganos son excusables porque no poseen la Palabra escrita. Pero tienen a la vista otro libro siempre abierto: el de la Creación (Salmo 19:1). Sin embargo, no reconocieron ni honraron a su Autor y omitieron darle gracias (lo que es un deber universal). Todo ser humano recibió una inteligencia que le permite discernir hechos evidentes y sacar la conclusión de que hay un Dios. Pero los hombres emplearon esta facultad para imaginar Ãdolos y desde entonces, esclavos de los poderes del mal, se entregaron a las peores codicias.
Por cierto, no es hermoso el retrato que Dios hace aquà del hombre natural. Y⦠¡ese retrato es el suyo y el mÃo! Pero âdirá usted, indignadoâ no he cometido los horribles pecados mencionados en estos versÃculos. ¡Veamos! Vuelva a leer los versÃculos 29 a 31 y examÃnese. Además, Dios no sólo declara culpables a los que se entregan a tales vicios, sino también a los que se complacen con los que los practican. Leer una novela que cuenta cosas inmorales, complacerse en descripciones turbias y malsanas es colocarse bajo el mismo âjusto juicio de Diosâ (v. 32; 2:5; Salmo 50:18).
No importa lo bajo que haya caÃdo un hombre; siempre hallará a uno más miserable que él, con quien podrá compararse ventajosamente. El adicto al juego menospreciará al bebedor y éste mirará a un malhechor con condescendencia. En realidad, todos los vicios están latentes en nuestro propio corazón. Cuando juzgamos a otros (v. 1), damos prueba de que sabemos reconocer muy bien el mal; comprobamos asà que tenemos una conciencia. Y esto nos condena a nosotros mismos cuando, a su vez, practicamos semejantes cosas. Todos los hombres tienen una conciencia. âY dijo Jehová Dios: He aquà el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el malâ (Génesis 3:22). En su bondad, Dios se sirve de ella para guiarnos al arrepentimiento (v. 4), pero no nos autoriza en absoluto a emplearla para juzgar a nuestro prójimo. Sólo uno tiene el derecho de juzgar: Jesucristo (v. 16; Juan 5:22; Hechos 10:42). Un dÃa manifestará a la luz todos âlos secretos de los hombresâ, todos sus hechos e intenciones inconfesables, ocultados con tanto cuidado (véase Mateo 10:26). Confiésele sin tardanza sus secretos, por más vergonzosos que sean. La conciencia no es una voz hostil, sino una amiga que le dice: «Habla de esto al Señor Jesús; Ãl se encargará de ello».
Estos primeros capÃtulos nos hacen pensar en la sesión de un tribunal. Uno tras otro, los distintos acusados comparecen ante el Juez supremo.
Luego de la condenación del no griego âo sea el pagano (cap. 1)â y de la del hombre moral y civilizado (comienzo del cap. 2), el judÃo está llamado a oÃr los cargos que se le formulan. Se presenta con la cabeza erguida. Su nombre de judÃo, la ley en que se apoya, el verdadero Dios a quien dicen conocer y servir (v. 17â¦), todo parece indicar que su superioridad se establecerá sobre los otros procesados y logrará absolverlo... Pero ¿qué le responde el supremo Magistrado? «Yo no te juzgaré por tus tÃtulos (v. 17), ni por tus conocimientos (v. 18), ni por tus palabras (v. 21), sino por tus actos. âTú, pues, que enseñas a otro⦠tú que predicas⦠tú que dicesâ¦â Lo que me interesa es lo que tú haces⦠y también lo que no haces (Mateo 23:3). Lejos de excusarte, tus privilegios agravan tu culpabilidad».
El pecado de los paganos es llamado impiedad o iniquidad (1:18): una marcha sin ley y sin freno según los caprichos de la voluntad propia (1 Juan 3:4). El pecado de los judÃos se llama transgresión o infracción (v. 23), es decir, la desobediencia a los mandamientos divinos conocidos. Y hoy, ¡cuánto más responsables son los cristianos! ¡Ellos poseen toda la Palabra de Dios!
¿Quién tiene razón? ¿Dios âque condenaâ o el acusado que se defiende? âAntes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentirosoâ, exclama el apóstol (v. 4). La Palabra de Dios no está anulada por el hecho de que ella no haya sido creÃda por los judÃos, sus depositarios (v. 3; Hebreos 4:2). Con la más grande inconsecuencia, estos últimos se vanagloriaban de poseer la ley (2:17) pese a que ella atestiguaba en su contra. Es como si un criminal que, deseando proclamar su inocencia, entregara él mismo a la policÃa la prueba del delito, estableciendo asà su culpabilidad. Por eso el EspÃritu de Dios, como el procurador en un tribunal, hace leer delante del acusado judÃo toda una serie de versÃculos irrefutables sacados de sus propias Escrituras (v. 10-18). Pero el acusado podÃa sostener otro argumento: «Yo no niego mi injusticia, pero de hecho ella resalta la justicia de Dios; asà que en el fondo aquélla le es útil». ¡Horrible mala fe! Si fuera asÃ, Dios tendrÃa que renunciar al enjuiciamiento del mundo (v. 6) y estarle agradecido porque la maldad de éste resaltarÃa la fidelidad divina.
Pero entonces Dios dejarÃa de ser justo y se negarÃa a sà mismo (2 Timoteo 2:13). Antes del veredicto final, Dios aparta los últimos razonamientos tras los cuales su criatura siempre busca escudarse.
Delante del tribunal de Dios, ahora toda boca permanece cerrada. Los acusados, sin excepción, han sido hallados culpables (v. 19). âTodos pecaron, y están destituidos de la gloria de Diosâ (v. 23). Y la sentencia terrible: âCiertamente morirásâ, anunciada por Dios desde antes de la caÃda del hombre (Génesis 2:17), va a ser confirmada: âLa paga del pecado es muerteâ (6:23). Para el incrédulo, sea pagano (gentil) o judÃo, ese juicio es definitivo; y el tribunal delante del cual comparecerá un dÃa es una pavorosa realidad (Apocalipsis 20:11- 15). Pero he aquà el abogado que interviene a favor de los que, tanto judÃos como paganos (gentiles), lo han elegido por la fe. Ãl no trata de minimizar las faltas cometidas, como lo hacen los abogados ante los tribunales humanos. Al contrario, asume la defensa diciendo: «La sentencia es justa, pero ya ha sido ejecutada; la deuda está pagada; una muerte âla mÃaâ ha pagado la espantosa pena por sus pecados».
SÃ, la justicia de Dios está satisfecha, pues un crimen expiado no puede ser tenido en cuenta por segunda vez. Y si Dios es justo condenando el pecado, es igualmente justo eximiendo de culpa al pecador âque es de la fe de Jesúsâ (v. 26).
Si una escalera es demasiado corta para llegar hasta un objeto ubicado muy alto, un hombre subido sobre el peldaño más elevado de la escalera no tiene más facilidad para alcanzar dicho objeto que los que se encuentran por debajo de él. En el capÃtulo anterior leÃmos: âno hay diferenciaâ (3:22); el judÃo no alcanza la gloria de Dios más que el griego. Nadie tiene acceso por la escalera de su propia justicia, pues ella siempre será insuficiente. Una prueba de ello nos lo da el hecho de que aun Abraham (v. 3) y David (v. 6), quienes hubiesen tenido el derecho a estar en lo más alto de esta escalera de obras, no se sirvieron de ellas para ser justificados ante Dios. Y si ellos no lo hicieron, ¿quién podrÃa pretender hacerlo? Para demostrar mejor que la salvación por gracia no tiene ninguna relación con las pretensiones carnales y âla jactanciaâ del pueblo judÃo (3:27), los versÃculos 9 y 10 recuerdan que el patriarca Abraham recibió la justicia por la fe antes de la señal de la circuncisión (véase Génesis 15:6; 17:24). En el momento en que Dios lo justificó, él se parecÃa a los paganos.
Para ser salvo hay que comenzar por reconocerse culpable, es decir, declarar estar de acuerdo con la sentencia divina señalada en el capÃtulo precedente. Dios justifica âal impÃoâ, y solamente a él (v. 5; compárese con Mateo 9:12).
Si Dios es poderoso para cumplir lo que prometió (v. 21), el hombre, por su parte, es totalmente impotente para cumplir con sus propias obligaciones. Por ello las promesas hechas a Abraham (y al cristiano) no implican ninguna condición. Basta creer. En apariencia, todo contradecÃa lo que Dios habÃa asegurado a Abraham. Pero éste âtampoco dudó⦠plenamente convencidoâ¦â (v. 20-21). ¿De dónde sacaba esta fe inconmovible? Del hecho de que conocÃa al que le habÃa formulado la promesa y sabÃa que podÃa depositar toda su confianza en Ãl. La firma (como garantÃa de una promesa) de alguien a quien respetamos tiene más valor para nosotros que la de un desconocido. La fe cree en las promesas porque cree en Dios que las ha hecho (v. 17 y 3; compárese con 2 Timoteo 1:12). Ella se aferra a las grandes verdades afirmadas por Su Palabra: la muerte del Señor Jesús para expiar nuestras faltas y su resurrección para justificarnos ante Dios (v. 25).
Querido amigo: habiendo llegado a este punto de su lectura, ¿puede decir con todos los creyentes: Poseo esta fe que da la salvación? ¿Puede usted afirmar: Jesús se entregó por mis pecados? ¿Y también: Dios lo resucitó para mi justificación?
Una vez redimido y justificado, el cristiano resplandece de alegrÃa (v. 1). De ahà en adelante, la paz con Dios es su parte inestimable. Está reconciliado con el Juez soberano por el mismo acto que hubiera debido atraer sobre él la cólera divina para siempre: ¡la muerte de Su Hijo! (v. 10). En realidad, el amor de Dios no se parece a ningún otro amor. Se trata de su propio amor y todos sus motivos están en él mismo. Dios amó a pobres seres âque no eran dignos de amorâ antes de que ellos dieran el menor paso hacia él, cuando todavÃa estaban sin fuerza y eran impÃos (v. 6), pecadores (v. 8) y enemigos (v. 10; 1 Juan 4:10 y 19). Este amor ahora ha sido vertido en nuestro corazón por el EspÃritu Santo (v. 5).
Frente al mundo que se glorÃa de beneficios presentes y pasajeros, el creyente, lejos de sentirse avergonzado (v. 5), puede prevalerse de su inefable porvenir: la gloria de Dios (v. 2). Y más aun, cosa paradójica, puede encontrar gozo en sus tribulaciones presentes, porque ellas producen frutos preciosos (v. 3-4) que vuelven su esperanza más viva y ferviente. âY no sólo estoâ¦â (v. 11): tenemos el derecho de gloriarnos en los dones, pero más aun en aquel que nos los dispensa: Dios mismo, quien llegó a ser nuestro Dios por el Señor Jesucristo.
Para una persona que se haya convertido estando en su lecho de muerte, la epÃstola hubiese podido terminar con el versÃculo 11. La cuestión de sus pecados ha sido resuelta; por ello es apta para la gloria de Dios. Pero al que sigue viviendo sobre la tierra, en adelante se le plantea un problema doloroso: lleva en él su vieja naturaleza, âel pecadoâ, la cual sólo es capaz de producir, como antes, frutos corrompidos. ¿Corre el peligro de perder, pues, su salvación? Lo que sigue, del capÃtulo 5:12 al capÃtulo 8, nos enseña cómo Dios proveyó: Ãl condenó no sólo mis actos, sino aun la voluntad perversa que los hizo nacer, es decir, el âviejo hombreâ (6:6), estrictamente conforme a Adán, su antepasado. Imaginemos que un impresor poco cuidadoso, al componer el cliché de un libro, haya dejado pasar errores graves que falseen completamente el pensamiento del autor. Estas faltas se reproducirán en todo el tiraje tantas veces como ejemplares se impriman. La encuadernación más bella no cambiará nada. Para tener un texto fiel, el escritor tendrá que mandar imprimir una nueva edición a partir de otro cliché. El primer Adán es como ese mal cliché, de manera que existen tantos pecadores como hombres. Pero Dios no ha buscado mejorar la raza adámica. Ãl ha suscitado un nuevo hombre, Cristo, y nos ha dado su vida.
¡Es muy fácil!, dicen algunos. Si la gracia sobreabunda y nuestras injusticias sirven para hacerla brillar aun más, aprovechemos para dejarnos llevar por todos los caprichos de nuestra voluntad carnal (v. 1 y 15). Pero ¿puede uno imaginarse al hijo pródigo (Lucas 15:11-32), luego de haber visto la acogida que el padre le dio, deseando volver al paÃs lejano y diciéndose: «Ahora sé que siempre seré recibido en mi casa cada vez que tenga ganas de volver»? No, tal razonamiento no es el de un verdadero hijo de Dios. Primero, porque él sabe lo que la gracia costó a su Salvador y teme entristecerle y, luego, porque el pecado debe haber perdido todo su atractivo para él. En efecto, un cadáver ya no puede ser seducido por los placeres y las tentaciones. Mi muerte con Cristo (v. 6) quita al pecado toda fuerza y autoridad sobre mÃ. ¡Qué maravillosa redención!
Los versÃculos 13 a 18 del capÃtulo 3 muestran que todos los miembros del hombre (lengua, pies, ojosâ¦) son âinstrumentos de iniquidadâ al servicio del pecado (v. 13). Sin embargo, en el momento de mi conversión, esos mismos miembros cambian de propietario y se convierten en âinstrumentos de justiciaâ a disposición de Aquel que tiene todos los derechos sobre mÃ.
Por encima de todo, el hombre se preocupa por su libertad. Sin embargo, ésta es una completa ilusión. Alguien escribió: «La libre voluntad no es más que la esclavitud del diablo». Sin embargo, el hombre no lo advierte sino después de su conversión. Sólo al tratar de retomar el vuelo, el pájaro cautivo siente que le han cortado las alas. âTodo aquel que hace pecado, esclavo es del pecadoâ¦â, enseña el Señor Jesús. Pero agrega: âSi el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libresâ (Juan 8:34, 36). ¡Libres⦠no de hacer nuestra propia voluntad, pues eso serÃa colocarnos bajo la misma esclavitud! Que nos baste el haber cumplido en âel tiempo pasadoâ (v. 21; 1 Pedro 4:3) la voluntad del hombre pecador y saber que la consecuencia de ese trabajo hecho para Satanás, el impostor, requirió un trágico salario: la muerte que Cristo padeció en nuestro lugar (v. 23). Si somos libres, es para servir a Dios y obedecerle de corazón (v. 17; 2 Corintios 10:5). Tal fue el ejemplo de un joven africano, esclavo de un amo cruel, a quien un viajero compasivo rescató y le dio la libertad. En vez de ir a vivir su vida, pidió que se le permitiera permanecer junto a su benefactor. Su deseo máximo era servirle en adelante.
La ley no solamente reprime los pecados que he cometido, sino que juzga mi naturaleza pecadora, por ejemplo, mi incapacidad para amar a Dios y a mi prójimo como ella lo prescribe. El pecado me coloca, pues, inexorablemente bajo la condenación de la ley de Dios⦠Pero de ella estoy liberado de la misma forma en que he sido liberado del pecado: por la muerte (es decir, mi muerte con Cristo, v. 4). Cuando un culpable muere, la justicia humana no puede hacer nada más contra él.
Entonces, ¿la ley es algo malo, ya que Dios ha debido protegerme contra su rigor? âEn ninguna maneraâ, exclama nuevamente el apóstol (v. 7). Si en un museo tomo en mi mano un objeto expuesto, seguramente no tengo conciencia de cometer una infracción, pues no hay ninguna indicación que me lo prohÃba. En cambio, soy plenamente culpable si existe un cartel que prohÃba tocar ese objeto. Pero al mismo tiempo esta inscripción despertará en muchos visitantes el deseo de tocar los objetos expuestos. La naturaleza orgullosa del hombre lo lleva a infringir todo reglamento para afirmar su independencia. AsÃ, por la ley, Dios me sorprende en flagrante delito de desobediencia y pone en evidencia la codicia que está en mÃ, para darme una mayor conciencia de mi pecado.
Estos versÃculos se han comparado con los vanos esfuerzos de un hombre atrapado en arenas movedizas. Cada movimiento que hace para liberarse lo hunde aún más. Al verse perdido, grita pidiendo socorro. Moralmente, este drama ilustra la historia de muchos hijos de Dios durante un perÃodo que sigue a su conversión. El apóstol se pone en el lugar de tal creyente y nos describe su desesperación (si no fuera salvo, por un lado no tendrÃa estas luchas, y por otro no encontrarÃa su felicidad en la ley de Dios; v. 22). «¡Ay!, exclama este hombre. En lugar de ir de progreso en progreso, me siento cada dÃa más malo. He descubierto sucesivamente que estaba âbajo pecadoâ (3:9), que éste reinaba sobre mà (5:21), que me dominaba (6:14), que me tenÃa cautivo (7:23) y que âmora en mÃâ (7:17, 20), tal como una enfermedad insidiosa que hubiera tomado posesión de mis centros vitales. Cuerpo de muerte, ¿quién me liberará de él? Yo me reconozco incapaz, sin fuerzas; entonces estoy dispuesto a recurrir a Otro. Y Jesús me toma de la mano».
¡Dolorosa pero necesaria experiencia! Desde el momento en que no espero más nada de mÃ, puedo esperarlo todo de Cristo.
Una paz maravillosa sigue a los tormentos del capÃtulo 7. Como culpable, he aprendido que no hay más condena para mÃ, pues estoy en Cristo Jesús, lugar de perfecta seguridad. Como hombre miserable (7:24), sin fuerzas para hacer el bien, he descubierto un poder llamado âla ley del EspÃritu de vidaâ, el que al fin me libera de âla ley del pecadoâ, es decir, de su dominio. Tales son las dos grandes verdades que comprendo por la fe.
El más hábil escultor, aunque disponga de la mejor herramienta, no podrá cincelar nada en madera apolillada. Dios es ese hábil obrero, y la ley es esa buena herramienta (7:12). Pero, por buena que sea la ley (7:12), ha sido hecha âdébilâ e ineficaz por una âcarneâ rebelde, corrompida y roÃda por el gusano del pecado (v. 3, 7). Nosotros estábamos en âla carneâ (v. 9), obligados a actuar según su voluntad. En lo sucesivo estamos en Cristo Jesús, andando âconforme al EspÃrituâ (v. 4). Es cierto que, aunque ya no estamos más âen la carneâ, la carne está todavÃa en nosotros. Pero al creer, el mismo EspÃritu de Dios vino a habitar en nosotros como el verdadero amo. La carne, âel viejo hombreâ, antiguo propietario, no es más que un inquilino indeseable, encerrado en un cuarto. Ya no tiene ningún derecho⦠pero es necesario que yo vele para no abrirle la puerta.
Asà que ya no somos deudores de la carne, acreedor insaciable y cruel (v. 12), pues nos convertimos en hijos de Dios, y nuestro Padre no admite que seamos esclavos. Ãl mismo pagó todo lo que debÃamos, a fin de que fuéramos libres y sólo dependiésemos de él.
Antiguamente, el esclavo romano podÃa ser liberado y aun excepcionalmente adoptado por su amo con todos los derechos hereditarios; débil imagen de lo que Dios ha hecho con pobres seres caÃdos, manchados y sublevados contra Ãl. No solamente les ha otorgado perdón, justicia y plena liberación, sino que los ha hecho miembros de su propia familia. Y ellos están sellados con su EspÃritu, merced al cual también los hijos conocen su relación con el Padre. âPapáâ (Abba, en hebreo) es a menudo la primera palabra inteligible que articula un niño (v. 15-16; véase también 1 Juan 2:13 fin).
Además de esta convicción que él nos da, el EspÃritu nos enseña a hacer morir las obras de la carne, es decir, a no dejar que se manifiesten (v. 13). Y al dejarnos conducir por Ãl, la gente verá en nosotros que somos hijos de Dios (v. 14; véase Mateo 5:44-45) mientras esperamos ser manifestados como tales a toda la creación (v. 19).
En esta tierra, manchada por el pecado, reinan la injusticia, el sufrimiento y el temor. El hombre ha sojuzgado toda la creación, inclusive el cosmos, poniéndola al servicio de su vanidad, de su corrupción... (v. 20-21). Los suspiros de todos los oprimidos suben hacia el gran Juez (Lamentaciones 3:34-36). Nosotros mismos también suspiramos en âel cuerpo de la humillación nuestraâ (Filipenses 3:21). Sentimos la fatiga del pecado que nos rodea y al que, además, nos es necesario juzgar continuamente en nosotros mismos. Nuestra flaqueza es grande: no sabemos cómo orar ni qué pedir. Por eso una función del EspÃritu es interceder a nuestro favor en un lenguaje que Dios comprende (v. 27). No sabemos lo que es bueno para nosotros, pero el versÃculo 28 nos revela que todo lo que nos sucede ha sido preparado por Dios, y finalmente se inscribe en âsu propósitoâ o plan, cuyo centro es Cristo. Porque para dar a su Hijo compañeros en la gloria, Dios conoció de antemano, predestinó, llamó, justificó y glorificó a estos seres, anteriormente miserables y perdidos, a quienes actualmente prepara para su destino celestial (v. 29). Sublime cadena de los consejos divinos, la cual liga la eternidad pasada a la eternidad futura y da su sentido al momento presente.
Tal despliegue de los propósitos eternos de Dios deja al redimido sin palabras. ¡Toda pregunta que pudiera formularse ha encontrado su perfecta respuesta! Dios está con él; luego, ¿qué enemigo se arriesgarÃa siquiera a tocarlo? Dios lo justifica; entonces, ¿quién osarÃa acusarlo en lo sucesivo? El único que podrÃa condenarlo âCristoâ ha llegado a ser su soberano intercesor. Y ¿qué podrÃa rehusar un Dios que en la persona de su Hijo nos ha hecho el más grande de todos los dones? Dará también âcon él todas las cosasâ (v. 32). SÃ, aun las pruebas dolorosas que él considere necesarias (v. 28). Parece que éstas tendieran más bien a separarnos del amor de Cristo al producir en nosotros el desagrado o el desaliento. ¡Al contrario! âTodas estas cosasâ nos permiten probar la excelencia de este amor como no hubiésemos podido conocerlo de otra manera. Cualquiera sea la forma de la prueba: tribulación, angustia, persecución, en cada una la gracia variada del Señor se manifiesta de una manera particular: apoyo, consuelo, ternura, perfecta simpatÃa⦠A cada sufrimiento le responde una forma personal de su amor. Y cuando la tierra y los sufrimientos acaben para siempre, permaneceremos por la eternidad como objetos del amor de Dios.
Los capÃtulos 1 a 8 nos recuerdan la historia del hijo pródigo: su pecado habÃa abundado, pero la gracia sobreabundó. Luego de ser revestido con el manto de justicia, no permaneció como un asalariado en la casa de su padre, sino que en adelante gozó con él de una plena y libre relación (véase Lucas 15:11-32).
Del capÃtulo 9 al 11 se trata del hijo mayor, es decir, del pueblo judÃo, de sus privilegios naturales y también de su envidia. Como el padre de la parábola, el apóstol deseaba que Israel comprendiera qué es la gracia soberana. Ella no está ligada a ventajas hereditarias. No todos los descendientes de Abraham eran hijos de la promesa. Esaú, por ejemplo, ese profano que a pesar de ser hermano gemelo de Jacob, no pudo heredar su parte en la bendición, y respecto de quien Dios expresó este terrible sentimiento: âA Esaú aborrecÃâ (v. 13). Sin duda alguna, antes de esto Su amor habÃa agotado todos sus recursos. Basta pensar en las lágrimas del Señor Jesús sobre Jerusalén culpable (Lucas 19:41), dolor del cual el apóstol hace un eco punzante en los versÃculos 2 y 3. Repitámoslo: los derechos de nacimiento no aseguran a nadie los beneficios de la salvación por gracia. Hijos de padres cristianos: esto se dirige a ustedes de la manera más solemne.
En su audaz incredulidad los hombres se permiten juzgar a Dios según su propia medida. «Ya que en definitiva, dicen algunos, él hará sólo lo que haya querido; ¿de qué puede hacernos responsables? (v. 19). A pesar de lo que un individuo haga âagreganâ si está predestinado, tarde o temprano será salvo. Pero si no es elegido, todos sus esfuerzos para cambiar su suerte final serán vanos». De ese falso punto de partida derivan otras preguntas como éstas: ¿No es Dios injusto por haber elegido a unos y no a otros? Conociendo de antemano el destino de los perdidos, ¿por qué haberlos creado? ¿Cómo un Dios bueno puede condenar a su criatura al infortunio?⦠Este capÃtulo nos enseña que Dios no preparó ningún vaso para deshonra (o de ira). Al contrario, los soportó ây los soporta aúnâ âcon mucha pacienciaâ (v. 22). Son los propios pecadores quienes se preparan continuamente para la perdición eterna. A todos los razonadores podemos responder que una cosa es segura: Dios los ha llamado a ustedes que tienen su Palabra en las manos. Ãl ha querido también hacer de ustedes vasos de misericordia. Solamente su rechazo puede impedirle realizar su plan de amor (léase 1 Timoteo 2:3-4).
El afecto del apóstol por su pueblo se manifestaba en gran manera por las oraciones (v. 1). Este es igualmente nuestro primer deber para con los inconversos que se hallan entre nuestros allegados. Por experiencia propia, Pablo sabÃa que se puede ser âceloso de Diosâ y, sin embargo, andar por un camino equivocado. ¡Cuántas obras, a menudo generosas y sinceras, están destinadas a fracasar porque no son âconforme a cienciaâ (es decir, no concuerdan con el divino pensamiento; v. 2). Y esto, máximo cuando se trata de los vanos esfuerzos desplegados por muchas personas que quieren ganarse el cielo, mientras que sólo basta asirse de la palabra que está âcerca de tiâ (v. 8). Hacen pensar en un hombre que ha caÃdo a un precipicio y persiste en intentar subir por sus propios medios en lugar de confiar en la cuerda de salvamento que le ha sido arrojada.
Los versÃculos 9 y 10 nos recuerdan que la fe del corazón y la confesión de la boca son inseparables. Se puede dudar de la realidad de la conversión de quien no tiene el ánimo de confesarla.
En el versÃculo 22 del capÃtulo 3 âno hay diferenciaâ frente al pecado. AquÃ, en el versÃculo 12, âno hay diferenciaâ en cuanto a la salvación. Todos pueden obtenerla. El Señor es suficientemente rico para satisfacer las necesidades de todos los que le invocan.
âLa fe es por el oÃr, y el oÃr, por la Palabra de Diosâ (v. 17). Es, pues, indispensable que esta palabra eficaz sea proclamada a través del mundo. âCuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvaciónâ, escribÃa el profeta IsaÃas (52:7). Entonces se trataba de Cristo solamente. En adelante es cuestión de âlos que anuncian la pazâ, pues los redimidos a su vez se vuelven predicadores. En efecto, si cada uno de ellos quisiera ser, allà donde el Señor lo envÃa, un mensajero lleno de fervor, los llamados del Evangelio resonarÃan hasta los extremos de la tierra (v. 18). El versÃculo 15 nos muestra de qué manera deben predicar los creyentes: no solamente con sus palabras, sino también por la hermosura moral de su andar, sus pies calzados con âel apresto del evangelio de la pazâ (Efesios 6:15). La entristecida pregunta: â¿Quién ha creÃdo?â (IsaÃas 53:1), subraya que muchos corazones permanecerán cerrados. Era el caso de Israel, a pesar de las advertencias de todo el Antiguo Testamento: Moisés (Romanos 10:19), David (v. 18), IsaÃas (v. 15-16, 20-21), es decir, la Ley, los Salmos y los Profetas. Pero tengamos cuidado de no ser nosotros también desobedientes y contradictores (v. 21).
A pesar de su incredulidad, Israel no habÃa sido definitivamente rechazado. El apóstol mismo era un testigo de lo que la gracia aún podÃa realizar en favor del judÃo rebelde (v. 1). Ya en su época, ElÃas creÃa erróneamente que todo el pueblo habÃa abandonado a Dios. Presa del desánimo, incluso habÃa llegado a invocar âa Dios contra Israelâ (v. 2). ¡Pero qué gracia hubo en la respuesta divina!: âMe he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baalâ (v. 4). En todos los tiempos el Señor se ha reservado un remanente fiel que se niega a inclinarse ante los Ãdolos del mundo. Nosotros, ¿formamos parte de él actualmente (v. 5)? El versÃculo 9 nos da un ejemplo de lo que puede ser un Ãdolo: los placeres de la mesa (o del buen comer) se convierten en una trampa para los incrédulos, y el Salmo 69:22 agrega: â⦠lo que es para bienâ¦â (o sea, su prosperidad) les es una trampa.
Luego de múltiples llamados, Israel finalmente fue enceguecido en provecho de las naciones. Pero el ardiente deseo del apóstol seguÃa siendo éste: que los celos del pueblo judÃo hacia los nuevos beneficiarios de la salvación (envidia de la cual él mismo habÃa sufrido tanto: Hechos 13:45; 17:5; 22:21-22), lo incitara a buscar la gracia que habÃa despreciado hasta ese momento (Romanos 11:14; 10:19).
¡Que al ver nuestras bendiciones cristianas, los que nos rodean deseen poseerlas también!
Para ilustrar la posición de Israel y la de las naciones respectivamente, el apóstol toma como ejemplo un buen olivo que representa al pueblo judÃo. âPor su incredulidadâ (v. 20), una parte de sus ramas ha sido arrancada y en su lugar han sido injertadas ramas provenientes del olivo silvestre de las naciones. Ahora bien, todos sabemos que un jardinero siempre hace lo contrario: injerta en el árbol silvestre el retoño de la especie que espera cosechar. Esta introducción âcontra naturalezaâ (v. 24) de los gentiles en el tronco de Israel subraya, pues, la inmensa gracia que nos ha hecho, a nosotros que no somos judÃos, los beneficiarios de las promesas hechas a Abraham. ¡Enorgullecerse de ello serÃa la más grande de las inconsecuencias! (v. 20).
Llegará el momento, luego del arrebatamiento de los creyentes, en que la cristiandad infiel será juzgada a su vez. Después, todo el remanente de Israel será salvado por su gran Libertador (v. 26).
Las naciones no tenÃan ningún derecho de origen, e Israel habÃa perdido los suyos. Todos estaban, pues, en el mismo estado irremediable, sin otro recurso que la misericordia divina. El apóstol se detiene con adoración frente a esos consejos insondables, esas profundidades âde las riquezas de la sabidurÃa y de la ciencia de Diosâ (v. 33).
Hasta aquà hemos visto lo que Dios hizo por nosotros. Los capÃtulos 12 a 15 nos enseñan lo que él ahora espera de nosotros. El Señor ha adquirido todos los derechos sobre nuestras vidas. Presentémosle lo que le pertenece: nuestros cuerpos, como sacrificio vivo (en contraste con las vÃctimas muertas del culto judaico) a fin de que él actúe a través de ellos. Pero, antes de servir, es necesario que nuestra inteligencia renovada discierna la voluntad del Señor (Colosenses 1:9-10). Cualesquiera sean las apariencias, tal voluntad siempre es buena, agradable y perfecta (pesemos estas palabras) por el solo hecho de que es Su voluntad (Romanos 12:2; Juan 4:34). También es importante controlar nuestros pensamientos y juzgarlos, de manera que sean pensamientos de humildad y no de satisfacción propia, sino puros y no manchados.
Los versÃculos 6 a 8 enumeran algunos dones de gracia: el de profecÃa, el de servicio, el de enseñanza, el de exhortación, el de administración, el de guÃa del rebaño⦠«Ninguna de estas actividades me conciernen, dirá un joven, pues son para cristianos de edad y experiencia». De todos modos, la última de ellas, la misericordia, mencionada en el versÃculo 8 es para usted âquienquiera que sea e independientemente de su edadâ e igualmente lo es la generosidad, porque âDios ama al dador alegreâ (2 Corintios 9:7).
En los versÃculos 1 a 8 se trata de nuestro servicio delante de Dios; los versÃculos 9 a 16 enumeran principalmente nuestros deberes hacia nuestros hermanos, en tanto que desde el versÃculo 17 a 21 se trata de nuestra responsabilidad con respecto a todos los hombres. Cada una de estas exhortaciones, que debe ser meditada, encuentra su aplicación en nuestra vida diaria, pues la autoridad de la Palabra se extiende tanto a nuestra vida familiar como a nuestro trabajo, tanto a los dÃas de semana como al domingo, tanto a los dÃas de alegrÃa como a los de tristeza (v. 15)⦠No hay ninguna circunstancia en la que no podamos o no debamos comportarnos como cristianos.
El versÃculo 11 nos alienta a la actividad. Sin embargo, los diversos servicios puestos ante nosotros: beneficencia, hospitalidad (v. 13)⦠deben reunirse en la expresión âsirviendo al Señorâ (y no a nuestra reputación).
Gozarse en lo que es humilde y con los humildes (v. 16), soportar con paciencia injusticias o ultrajes (v. 17-20) son cosas contrarias a nuestra vieja naturaleza, pero asà se manifestará la vida de Cristo en nosotros, tal como se manifestó en él (1 Pedro 2:21-23). Hacer el bien es la única réplica al mal que nos es permitida y es también la única manera de superarlo.
Estar sometido a las autoridades es estarlo a Dios mismo quien las ha establecido, salvo que lo que se nos exija esté en contradicción evidente con la voluntad del Señor (Hechos 4:19; 5:29). El cristiano, que aprovecha la seguridad y los servicios públicos prestados por el Estado, debe comportarse como buen ciudadano, pagar escrupulosamente sus impuestos (v. 7), respetar las leyes y los reglamentos: policÃa, aduana, etc. âNo debáis a nadie nadaâ (v. 8) es una exhortación que siempre debemos recordar en nuestra época, en la que es habitual comprar mediante préstamo. Las deudas pueden volverse una trampa bajo tres aspectos diferentes: 1° Empeñando un futuro que no nos pertenece. 2° Ligándonos a los hombres en vez de a Dios (JeremÃas 17:7). 3° Traduciendo un espÃritu de impaciencia y de propia voluntad. Sólo una deuda debe ligarnos: el amor que resume todas las instrucciones de este capÃtulo: amor para con el Señor (1 Pedro 2:13), amor para con nuestros hermanos, amor para con todos los hombres.
Un motivo esencial para permanecer fieles es que âla mañana vieneâ (IsaÃas 21:12). Mientras dure la noche moral de este mundo, los creyentes somos invitados a vestirnos con âlas armas de la luzâ (v. 12; Efesios 6:13). SÃ, revestirnos del propio Señor Jesucristo: hacerlo visible en nosotros como se luce una vestimenta sin mancha. Despertémonos, amigos, no es el momento de flaquear. ¡El Señor viene!
El libro de los Hechos muestra cómo los cristianos salidos del judaÃsmo tenÃan dificultad para desprenderse de las formas de su religión. Aún son numerosos en la cristiandad actual los creyentes que atribuyen suma importancia a las prácticas exteriores: La abstención de ciertos alimentos, la observancia de las fiestas⦠¡Cuidémonos de criticarlos! No tengo derecho a dudar de que un cristiano no actúe âpara el Señorâ (v. 6) del cual es un servidor responsable. De manera general, el estar dispuesto a juzgar a los otros siempre es la prueba de que conozco mal mi propio corazón. Porque si estoy verdadera y simultáneamente embargado por el horror de mà mismo y por el sentimiento de la gracia de Dios que me sostiene, todo espÃritu de superioridad desaparece de mi pensamiento. Además, ¿podrÃa erigirme en juez cuando yo mismo voy a comparecer pronto para responder por mis actos ante el tribunal de Cristo (v. 10), aunque desde ya esté justificado? No solamente debo abstenerme de juzgar los motivos del comportamiento de mi hermano, sino que debo velar para no escandalizarlo con el mÃo. Soy exhortado a abstenerme de lo que podrÃa destruir (lo contrario de edificar) a otro creyente. Para esto el versÃculo 15 me da el argumento decisivo, a saber: ese hermano es aquel âpor quien Cristo murióâ.
Estos versÃculos continúan el tema de nuestras relaciones con otros creyentes. Además de la advertencia a no escandalizarlos, encontramos otras recomendaciones claras: 1) Procurar las cosas que tienden a la paz y⦠a la mutua edificación (v. 19). Las crÃticas conducen al resultado inverso. 2) Llevar, principalmente en oración, las imperfecciones de los débiles (lo que no significa de ninguna manera ser indulgente en cuanto a los pecados), recordando que nosotros también tenemos la más grande necesidad de ser sostenidos por nuestros hermanos a causa de nuestras propias flaquezas. 3) No buscar lo que nos es agradable, sino lo que beneficie a nuestro prójimo. Asà seguiremos las huellas del perfecto Modelo (Romanos 15:2-3). Muchos lectores de los evangelios han quedado impresionados por esta comprobación: Jesús nunca hizo nada para sà mismo. 4) Dedicarse a tener un mismo sentir para que la comunión en el culto no sea alterada, y ârecibirâ a los otros con la misma gracia con que él nos ha recibido (v. 7).
Señalemos los nombres dados aquà al âDios y Padre de nuestro Señor Jesucristoâ: âDios de la paciencia y de la consolaciónâ (v. 5). Ãl nos dispensa estas dádivas por su Palabra (v. 4). También es âel Dios de esperanzaâ (v. 13) y quiere que abundemos en ella. Finalmente es âel Dios de pazâ, quien desea estar con todos nosotros (v. 33).
El apóstol tenÃa la mejor opinión de los cristianos de Roma (v. 14). Suponer el bien en nuestros hermanos es tener confianza en Cristo que está en ellos. También es estimularlos a mantenerse en ese nivel. Con conmovedora humildad Pablo anuncia su visita a los romanos, no como si sus exhortaciones les fueran necesarias, sino reconociéndoles la capacidad de exhortarse mutuamente. Tampoco se expresa como si ellos fueran a tener el honor de su presencia, sino como quien desea disfrutar de la presencia de ellos (v. 24). Finalmente, el gran apóstol dice a sus hermanos de Roma que tiene necesidad de sus oraciones (v. 30).
Impulsado por su celo por el Evangelio, Pablo habÃa tratado a menudo de dirigirse a Roma. Pero Dios en su sabidurÃa se lo impidió. En los versÃculos 20 a 22 da la razón de su tardanza en visitar a los creyentes de esa ciudad. De hecho, esta capital del Mundo Antiguo no debÃa volverse el centro de su obra, para que la iglesia de Roma no pudiese alegar que habÃa sido fundada por un apóstol y asà hacerse superior a las demás asambleas⦠Un hermano dijo: «La Iglesia (entera) es la verdadera capital celestial y eterna de la gloria y de los caminos de Dios». El deseo del apóstol: âque sea recreado juntamente con vosotrosâ, fue cumplido: âAl verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró alientoâ (Hechos 28:15).
El capÃtulo 12 enseña lo que debe ser la consagración y el servicio cristianos. El capÃtulo 16, a su vez, nos muestra la práctica por parte de los creyentes de Roma a los cuales el apóstol dirige sus saludos. Aquà tenemos, escribió alguien, «una página tÃpica del libro de la eternidad⦠No hay un solo acto de servicio que prestemos a nuestro Señor, que no sea sentado por escrito en su libro, y no solamente la sustancia del acto, sino también la manera en que es hechoâ¦Â». Por eso, en el versÃculo 12, Trifena, Trifosa y Pérsida, la amada, no son nombradas juntamente, pues si bien las dos primeras trabajaban en el Señor, la tercera habÃa âtrabajado muchoâ, y sus servicios no son confundidos. Aquel que no se equivoca lo considera y lo anota todo.
Pablo, por su parte, no olvidaba lo que habÃa sido hecho para él (v. 2 y 4). Aquà encontramos a sus âcompañeros de obraâ, Priscila y Aquila (Hechos 18). La iglesia simplemente se reunÃa en su casa. ¡Qué contraste con las ricas basÃlicas construidas desde entonces! Los saludos en Cristo contribuyen a estrechar los lazos de comunión fraternal. Nosotros no deberÃamos olvidar de transmitir aquellos que nos han sido confiados.
Los motivos de alegrÃa que Pablo encontraba en los creyentes de Roma (v. 19) no le hacÃan perder de vista los peligros a los que estaban expuestos. Antes de cerrar su epÃstola los previene contra los falsos maestros, reconocibles por el hecho de que buscan complacerse a sà mismos, sirviendo a sus propias ambiciones y codicias (âsus propios vientresâ, v. 18; véase Filipenses 3:19). El remedio no consiste en discutir con esa clase de gente, ni en estudiar sus errores, sino en alejarse de ellos, siendo sencillos en cuanto al mal (Proverbios 19:27). Sin embargo, esas manifestaciones del mal no nos dejan insensibles. Por ello, para alentarnos, el EspÃritu nos afirma que pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo nuestros pies (v. 20). Numerosos parientes de Pablo se encontraban entre los primeros cristianos, fruto, sin duda, de sus oraciones (9:3 y 10:1). ¡Cuánto estimula esto nuestra intercesión por los nuestros que aún no se han convertido!
Lo que Dios espera de nuestra fe es la obediencia (v. 19 y 26 fin), y lo que nuestra fe puede esperar de él, mediante ânuestro Señor Jesucristoâ, es el poder (v. 25), la sabidurÃa (v. 27) y la gracia (v. 20 y 24). Sumémonos al apóstol para darle gloria, expresándole nuestro agradecimiento y, sobre todo, viviendo para agradarle.
En Corinto habÃa sido formada una numerosa iglesia por medio del ministerio del apóstol Pablo (véase Hechos 18:10). Este fiel pastor, como celoso evangelista, seguÃa velando sobre ella con solicitud (2 Corintios 11:28). Desde Ãfeso escribió esta primera carta que se dirige también a âtodos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristoâ (v. 2). Igualmente fue escrita para usted, querido lector, si forma parte de aquellos âtodosâ.
Pablo habÃa recibido noticias desagradables de Corinto. Varios desórdenes se habÃan producido en esta iglesia. Pero, antes de abordar esos penosos temas, recuerda a esos creyentes cuáles son sus riquezas espirituales y las atribuye a la gracia de Dios (v. 4-5). Para medir nuestra responsabilidad y tomar más en serio nuestra vida cristiana, tratemos, de vez en cuando, de hacer la cuenta de nuestros inestimables privilegios y demos gracias al Señor, como el apóstol lo hace aquÃ.
El primer reproche dirigido a la iglesia de Corinto concierne a sus disensiones. Allà seguÃan al hombre, a Pablo, a Apolos, a Cefas y a Cristo como a un maestro más excelente que los demás, (Juan 3:2) en vez de estar unidos en la comunión con âJesucristo nuestro Señorâ, el Hijo de Dios (v. 9). ¡Que sea siempre nuestra parte gozar de esta comunión! (1 Juan 1:3).
Para âlos que se salvanâ, la palabra de la cruz es poder de Dios. Pero, para los que no tienen la vida divina, no es más que locura. Todo lo que significa la cruz (la muerte de un justo exigida por la justicia de Dios, el perdón gratuito para los pecadores, el hombre natural puesto a un lado) son verdades que se oponen a la razón humana. Pero si, por el contrario, se presentan milagros y obras espectaculares, un noble ideal que requiere esfuerzos⦠¡enhorabuena!, ésta es la clase de religión que no choca a nadie. Pues bien, a todos los sabios, escribas, disputadores, en una palabra, a los espÃritus fuertes de este siglo (y de todos los siglos) el versÃculo 18 los coloca bajo una común y espantosa designación: âlos que se pierdenâ.
Es un hecho notorio que entre los redimidos del Señor hay pocos sabios, poderosos o nobles⦠(v. 26), pues a éstos les es más difÃcil que a los demás volverse como niños (Mateo 18:3; 11:25). Para glorificarse, Dios escoge lo que es débil, vil y menospreciado, y tales son los creyentes según la opinión del mundo. Pero qué importa su propio valor, ya que están en Cristo y él es, para ellos, poder, sabidurÃa, justificación, santificación y redención (v. 24 y 30).
Sabemos que en el mundo un don de orador, un cierto brÃo y âpalabras persuasivas de humana sabidurÃaâ pueden ser suficientes para hacer triunfar cualquier causa. Pero para comunicar la fe, Dios no necesita esas capacidades humanas ni el arte de la propaganda (v. 4-5). Pese a su instrucción, Pablo no se destaca por su sabidurÃa, cultura o elocuencia en Corinto. Esto habrÃa contradecido su enseñanza, pues la cruz de Cristo que él anunciaba significa justamente el fin de todo aquello de lo que el hombre se enorgullece. Pero lejos de perder por ello algo, el creyente ha recibido a la vez las cosas invisibles âque Dios nos ha concedidoâ y el medio para discernirlas y gozar de ellas: el EspÃritu Santo, único agente que Dios emplea para transmitir su pensamiento (v. 12). ¿De qué servirÃa una pieza de música sin instrumentos para interpretarla o un disco sin el aparato que permite escucharlo? Pero también, ¿cuál serÃa el efecto del más hermoso concierto en un auditorio compuesto de personas sordas? Del mismo modo, el lenguaje del EspÃritu no puede ser entendido por âel hombre naturalâ. En cambio, el que es âespiritualâ puede percibir las cosas espirituales por medios espirituales, pues el EspÃritu enseña âacomodando lo espiritual a lo espiritualâ (v. 13-15).
Absortos por sus divisiones, los corintios no habÃan hecho ningún progreso. Se parecÃan a algunos malos estudiantes que se disputan tontamente acerca de quién tiene el profesor más instruido o el aula más hermosa. El apóstol Pablo les declara que ocuparse del siervo en vez de su enseñanza es cosa de niños; es ser aún carnal (v. 3). ¡Cuántas veces confundimos la verdad con aquel que la presenta! Si, por ejemplo, escuchamos a un siervo de Dios con la idea preconcebida de que él no tiene nada que ofrecernos, recibiremos exactamente lo que esperamos.
Luego el apóstol evoca la responsabilidad del que edifica. En la obra de Dios, vista como una labranza o como un edificio, cada obrero tiene su propia actividad. Puede traer materiales âes decir, distintos aspectos de la verdadâ y edificar a las almas presentándoles la justicia de Dios (el oro), la redención (la plata) y las glorias de Cristo (las piedras preciosas). Pero con la apariencia de mucho volumen también puede edificar con madera, heno y hojarasca; materiales que no resistirán el fuego. SÃ, que âcada uno mire cómo âno cuántoâ sobreedificaâ sobre el único e imperecedero fundamento: Jesucristo.
Al lado de auténticos obreros que pueden hacer un deficiente trabajo (v. 15), existen falsos siervos que corrompen el templo de Dios, este templo que es santo al igual que El que mora en él (v. 17). Que nadie se engañe acerca de lo que es ni acerca de lo que hace (v. 18).
Desconfiemos de los criterios y razonamientos humanos, engañosos instrumentos de medida. La sabidurÃa del mundo es locura para Dios y la sabidurÃa de Dios es locura para el mundo (v. 19). Una y otra se aprecian en función del fin perseguido. âEl hombre naturalâ (o animal) mira con lástima al cristiano que sacrifica las ventajas y los placeres del momento actual por un porvenir vago e incierto. ¡Ojalá que todos pudiésemos ser atacados por ese tipo de locura! Por otra parte, ¿qué son las miserables vanidades de las que podrÃamos hacer alarde, en comparación con lo que poseemos? Todas las cosas son nuestras, afirma el apóstol Pablo, y son nuestras porque nosotros somos de Cristo, a quien todo pertenece. Bajo su dependencia podemos disponer de todo para su servicio. Pero lo que importa primeramente es ser âhallado fielâ (4:2), pues cada uno es un administrador, pequeño o grande, y cada uno como tal recibirá la alabanza no por parte de su hermano, sino por parte de Aquel que lee en los corazones (v. 5; léase también 2 Timoteo 2:15).
¿Cuál era la raÃz de las disensiones en Corinto? El orgullo (Proverbios 13:10). Cada uno se valÃa de sus dones espirituales y sus conocimientos (1 Corintios 1:5), pero olvidando que todo esto lo habÃan recibido por pura gracia. Para permanecer humildes, acordémonos siempre de la pregunta del versÃculo 7: â¿Qué tienes que no hayas recibido?â
Además, inflarse asà con el viento de su propia importancia era desear otra cosa que âJesucristo crucificadoâ (2:2), era reinar desde aquel momento (v. 8), mientras está escrito: âSi sufrimos (es el presente), también reinaremos con élâ (2 Timoteo 2:12). Por su parte, el apóstol Pablo no habÃa invertido las cosas. Aceptaba gustoso tomar su lugar con âla escoria del mundo, el desecho de todosâ, porción con la que muy pocos cristianos saben contentarse. Pero, sabiendo que se trataba de la verdadera dicha de sus queridos corintios, les suplicaba que le siguieran en esa senda. Ãl era su padre espiritual (v. 15) y querÃa que ellos se le parecieran como hijos se parecen a su padre. Si no escuchaban sus advertencias, estaba dispuesto, cuando fuera a verlos, a usar âla varaâ (v. 21), es decir, a castigarlos severamente, cumpliendo con ese deber paternal para provecho de sus amados hijos (v. 14).
Ahora el apóstol aborda un tema muy penoso. Además de las lamentables divisiones, en la iglesia de Corinto habÃa un grave pecado moral, el cual, aunque habÃa sido cometido por un solo individuo, mancillaba a la iglesia entera (compárese con Josué 7:13). Esa âlevaduraâ de maldad, que habrÃa tenido que sumergir a los corintios en el dolor y la humillación, no impedÃa su âjactanciaâ. Es como si un hombre afectado por la lepra fingiese ignorar su enfermedad y ocultase sus llagas debajo de suntuosas vestimentas. El apóstol reclama de parte del Señor la sinceridad y la verdad (v. 8). No vacila en poner al descubierto ese mal, sin miramientos. Previamente a cualquier servicio y profesión cristiana, es menester que la conciencia esté en orden. Y la santidad exige que los creyentes se abstengan del mal, no sólo en su propio andar, sino también que se mantengan separados de personas que viven en el pecado, aunque luzcan el tÃtulo de hijos de Dios (v. 11). ¿Cuál es el gran motivo por el que, tanto individual como colectivamente, debemos guardarnos de toda comunión y liviandad con respecto al mal? No es nuestra superioridad sobre los demás, sino el infinito valor del sacrificio de Aquel que expió nuestros pecados (v. 7).
En Corinto existÃa otro desorden. Algunos hermanos habÃan llegado a llevar sus litigios ante los tribunales de este mundo. ¡Qué triste testimonio! El apóstol Pablo reprende tanto al que no soportó la injusticia como al que la cometió. Luego examina los principales vicios corrientes entre los paganos y declara solemnemente que no es posible ser salvo y seguir viviendo en la iniquidad.
âY esto erais algunosâ, concluye. Pero, he aquà lo que Dios ha hecho: âHabéis sido lavados⦠santificados⦠justificadosâ (v. 11). Y esto, ¿para que os mancilléis de nuevo?
Excepto el pecado, nada me está prohibido⦠pero si me descuido, todo puede dominarme (v. 12). «El mal no está en las cosas en sà mismas, sino en el amor del corazón por las cosas» escribió alguien.
Los versÃculos 13 a 20 tienen que ver con la pureza. Que sean grabados especialmente en el corazón del joven creyente, quien sin duda está más expuesto a las tentaciones carnales. Su propio cuerpo no le pertenece más. Dios lo ha rescatado â¡y a qué precio, no lo olvidemos!â a fin de hacer de él, para Cristo, un miembro de Su cuerpo (v. 15) y, para el Santo EspÃritu, un templo que debe ser santo como lo es su divino Huésped (v. 19).
Después de haber puesto al creyente en guardia contra la impureza (6:13-20), el apóstol habla, en el capÃtulo 7, del camino que puede emprender con la aprobación del Señor: el del matrimonio. El joven creyente que ha cuidado su andar según la Palabra (Salmo 119:9) tendrá que seguir, más que nunca, contando con el Señor para esa decisión capital.
Luego leemos algunas instrucciones, ya sean dadas mediante la inspiración divina o por el apóstol como fruto de su experiencia, para ayudar a aquellos cuya situación matrimonial sea difÃcil, especialmente a un hermano o hermana que tenga su cónyuge incrédulo. Nótese bien que la exhortación del versÃculo 16 se dirige a un creyente ya casado en el momento de su conversión, y no a alguien que desobedecerÃa a 2 Corintios 6:14. âPor precio fuisteis compradosâ, repite el versÃculo 23 (6:20). Los sufrimientos que le hemos costado al Señor Jesús para rescatarnos del poder de Satanás y del mundo es el gran motivo para no volvernos a colocar bajo su dominio. Para servirle, el Señor quiere a hombres y mujeres libres, pero es Ãl quien escoge las condiciones en las que quiere que cada uno le sirva, es decir, paÃs, medio ambiente, relaciones laborales, etc. Antes de decidir cualquier cambio, ¡estemos seguros de que es según Su voluntad!
Estar sin congoja o sin inquietud en cuanto a las cosas de la tierra, tener el corazón exclusivamente ocupado en los intereses del Señor buscando cómo agradarle, dedicarse a su servicio sin distracción, sÃ, ahà está la ventaja del siervo de Dios que no está casado en comparación con el que lo está. Pero, al igual que Pablo, hay que haber recibido eso como una gracia.
En el capÃtulo 8 el apóstol Pablo se ocupa de las viandas (carne) que a menudo eran ofrecidas sobre los altares paganos antes de ser vendidas en el mercado. Esto era un problema de conciencia para varias personas (compárese con Romanos 14). En nuestros paÃses, esta cuestión ha dejado de tener vigencia, pero las correspondientes exhortaciones tienen su aplicación en todos los casos en que corremos el riesgo de âser tropezaderoâ (v. 9) para otro creyente: un hermano para quien Cristo murió.
¡Cuántas cosas conocÃan los corintios! â¿No sabéisâ¦?â, les repite continuamente el apóstol (6:2, 3, 9, 15, 19â¦). Pero, ¿de qué les servÃan estos conocimientos? Sólo para envanecerse. Nosotros corremos el mismo peligro, pues a menudo conocemos las verdades más con la inteligencia que con el corazón. Para que uno sepa âcómo debe saberloâ, es menester que ame a Dios (v. 3). Y amarle es poner en práctica lo que tenemos el privilegio de conocer tocante a él (Juan 14:21-23).
El ejemplo del labrador se repite frecuentemente en la Palabra de Dios. Primero subraya el cansancio ligado al trabajo de la tierra (Génesis 3:17); luego, la esperanza y la fe que debe alentar al agricultor (v. 10; 2 Timoteo 2:6); por último, la paciencia con la cual debe aguardar âel precioso fruto de la tierraâ (Santiago 5:7). Los corintios eran la âlabranza de Diosâ (3:9), y el fiel obrero del Señor proseguÃa en ella su labor al precio del renunciamiento a muchas cosas legÃtimas para no poner ninguna traba al Evangelio de Cristo. ¡Cuántas cosas menos legÃtimas obstaculizan a menudo nuestro servicio! En aquel entonces Pablo efectuaba un penoso trabajo, extirpando, por asà decirlo, todas las malas hierbas que habÃan crecido en el campo de Corinto.
Henchidos por sus dones y conocimientos, ciertos hombres se habÃan atribuido un lugar preponderante en la iglesia de Corinto. Asà como el que se enaltece a sà mismo siempre es llevado a rebajar a los demás, ellos habÃan llegado a poner en duda la autoridad del apóstol, es decir, la de Dios. Por este hecho, Pablo se vio obligado a justificar su ministerio y su conducta. Su deber era evangelizar; esto le habÃa sido encomendado por el Señor. âNo fui rebelde a la visión celestialâ, afirma Pablo en su defensa ante el rey Agripa (Hechos 26:17-19).
El apóstol Pablo se hacÃa el siervo de todos a fin de ganar el mayor número de almas para Cristo. ¿Debe entenderse, pues, que estaba dispuesto a aceptar todos los términos medios? ¡En absoluto! Si algunos consideraban a Pablo como engañador, a los ojos de Dios era veraz (2 Corintios 6:8). Pero, como Jesús mismo lo hizo con la samaritana junto al pozo de Sicar, Pablo sabÃa encontrar a cada alma sobre su propio terreno y hablarle el lenguaje que ésta podÃa entender. A los judÃos les presentaba al Dios de Israel, la remisión de pecados y la responsabilidad que tenÃan por haber rechazado al Salvador, Hijo de David (Hechos 13:14-43). A los gentiles idólatras les anunciaba al Dios único, paciente para con su criatura y que manda a todos los hombres que se arrepientan (véase Hechos 17:22-31). El apóstol siempre tenÃa ante los ojos el premio de sus esfuerzos: todas las almas salvadas por su ministerio (véase 1 Tesalonicenses 2:19 y Filipenses 4:1). Esforzándose para alcanzar la meta, corrÃa como el atleta en el estadio, disciplinando su cuerpo estrictamente y pensando sólo en la victoria. El campeón deportivo tiene ante sà una victoria efÃmera, laureles que se marchitan (v. 25), mientras que nuestra carrera cristiana tiene como premio una corona mucho más gloriosa, inmarchitable. Corramos de manera que la obtengamos (v. 24).
Por medio del ejemplo de Israel, el apóstol Pablo nos hace medir la abrumadora responsabilidad de los cristianos profesantes. Exteriormente han participado de las más excelentes bendiciones espirituales: Cristo, su obra, su EspÃritu, su Palabra⦠(v. 3-4). Pero Dios no puede agradarse de la mayor parte de ellos, pues les falta la fe (v. 5; Hebreos 10:38). Por la historia de este pueblo en el desierto, el EspÃritu de Dios nos da un triste ejemplo de lo que nuestros corazones son capaces de producir, aun bajo el manto del cristianismo: codicias, idolatrÃa, murmuraciones⦠Nos advierte solemnemente sobre lo que merecen esos frutos de la carne, aunque la gracia pueda obrar a favor del creyente. Con el fin de hacernos caer, el tentador procura hacer aparecer este mal que está en nosotros en toda su potencia, y esto precisamente cuando podrÃamos creer estar firmes por nuestras propias fuerzas (v. 12). Pero âfiel es Diosâ (v. 13). ¡Qué aliento nos da pensar en ello! Si conocemos nuestra flaqueza, él no permitirá a Satanás tentarnos más de lo que cada uno pueda soportar (véase Job 1:12 y 2:6). De antemano Dios ha preparado una salida victoriosa (v. 13). Apoyémonos en esas promesas cada vez que el enemigo se presente. SÃ, âfiel es Diosâ.
La comunión con Dios, bendita porción del creyente, rechaza toda participación en la idolatrÃa, incluso en sus formas más refinadas. Esa comunión se expresa de modo especial en la Mesa del Señor. Todos los que participan de la copa y del pan son, en principio, redimidos del Señor; pero de lejos no son todos los redimidos del Señor. Sin embargo, por la fe los vemos a todos representados en un pan (un solo pan), señal visible de que existe un solo cuerpo. Simboliza esa unidad de la Iglesia que el mundo religioso pretende querer realizar⦠¡mientras que ya existe!
Si no busco mi propio interés, ¡cuántos momentos tendré disponibles para los intereses de los demás, es decir, para los de Jesucristo! (v. 33; compárese con Filipenses 2:21: âPorque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesúsâ). Buscar el interés de mi hermano no es sólo cuidar de su bienestar, sino también pensar en su conciencia; es hacer ciertas cosas por él y abstenerse de hacer otras. Asà seré llevado a hacerme siempre las mismas preguntas: «En esta ocasión, ¿tengo la libertad de dar gracias? Lo que hago en este momento, incluso simplemente comer y beber, ¿es o no para la gloria de Dios?» (compárese el v. 31 en contraste con el 7).
Pocas porciones de la Biblia han sido objeto de tantas discusiones como las enseñanzas de estos versÃculos (v. 16). ¿Por qué se ocupa el apóstol âo más bien el EspÃritu Santoâ en cuestiones aparentemente tan mÃnimas como el hecho de que la mujer lleve el cabello largo o que se cubra la cabeza en ciertas ocasiones? Primeramente, recordemos que nuestro cristianismo no consiste en algunos actos destacables cumplidos de vez en cuando, sino que está compuesto por un conjunto de detalles que entretejen nuestra vida cotidiana (Lucas 16:10). Por otra parte, Dios es soberano y no está obligado a darnos razones de todo lo que nos pide en su Palabra. Obedecer sin discutir es la única verdadera obediencia. Asà estas instrucciones son una clase de test para cada mujer o joven cristiana; es como si el Señor le preguntara: «¿Harás esto por mÃ? ¿Mostrarás tu dependencia y sumisión mediante esa señal exterior, o pondrás en primer lugar las exigencias de la moda o de la comodidad?».
Finalmente, no olvidemos este solemne hecho: los ángeles observan de qué manera los creyentes responden al pensamiento de Dios. El versÃculo 10 nos dice: âLa mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángelesâ. ¿Qué espectáculo les ofrecemos?
En Corinto se habÃan formado diferentes bandos y las reuniones se resentÃan por ello. Los ricos avergonzaban a los pobres y provocaban sus celos. Y lo que era más grave, la cena era tomada indignamente por muchos y confundida con el ágape (comida tomada en común).
El apóstol aprovechó esa oportunidad para señalar lo que el Señor le habÃa revelado especialmente: la cena es el santo recuerdo de un Cristo que se entregó por nosotros. Este recuerdo por un lado habla al corazón de cada uno de los participantes, por otro lado, proclama universalmente el hecho trascendental de que el Señor tuvo que morir. Y, hasta su regreso, nos invita a anunciar su muerte mediante el lenguaje, tan grande y simple a la vez, que el mismo Señor nos ha enseñado.
Por último, ese memorial habla a la conciencia del creyente, pues la muerte de Cristo significa la condenación del pecado. Tomar la cena sin habernos juzgado a nosotros mismos, nos expone, pues, durante nuestra vida terrenal, a los efectos de esa condenación. Esto explicaba la debilidad de muchos en Corinto (y tal vez entre nosotros), la enfermedad e incluso la muerte que habÃa alcanzado a muchos (v. 30). Sin embargo, el temor no debe mantenernos apartados (v. 28). Ese temor puede y debe concordar con una ferviente respuesta a Aquel que dijo: âHaced esto en memoria de mÃâ (v. 24-25).
Al hablar de reunirse âcomo iglesiaâ en el capÃtulo precedente, el apóstol Pablo dio el primer lugar a la celebración de la cena (11:20-34). Sólo después habla de los dones y servicios con miras a la edificación. No olvidemos que la celebración de la cena es la más importante de todas las reuniones.
Pablo les recuerda a esos antiguos idólatras que otrora ellos habÃan sido extraviados por espÃritus satánicos (v. 2). ¡Qué cambio! Ahora es el EspÃritu de Dios quien los dirige, obrando en ellos âcomo él quiereâ mediante los dones que les otorga (v. 11). El apóstol enumera esos dones precisando que son dados âpara provechoâ (v. 7). Y, para ilustrar a la vez la unidad de la Iglesia y la diversidad de los servicios, toma el ejemplo del cuerpo humano, el cual si bien está compuesto por muchos miembros y órganos âninguno de los cuales puede funcionar sin los demásâ constituye un único organismo conducido por una única voluntad: la que la cabeza comunica a cada miembro. Tal es el cuerpo de Cristo. Aunque está integrado por muchos miembros (tantos como creyentes), es animado por un solo EspÃritu para acatar una sola voluntad: la del Señor, que es el Jefe, es decir, la cabeza (Efesios 4:15-16). No tenemos, pues, que escoger nuestra actividad (v. 11) ni el lugar en donde la debemos ejercer, ya que âDios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quisoâ (v. 18).
Sin ir más lejos, ¡qué objeto de admiración constituye el cuerpo en el que moramos! âTe alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obrasâ, exclama David en el Salmo 139:14, al hablar de la formación del cuerpo. SÃ, ¡qué diversidad y, sin embargo, qué armonÃa hay en ese complejo conjunto de miembros y órganos de los cuales aun el más pequeño tiene su razón de ser y su propia función! El ojo y el meñique, por ejemplo, no pueden reemplazarse el uno al otro. Pero el segundo permite quitar el granito de polvo que irrita al primero. Basta que un solo órgano funcione deficientemente para que pronto todo el cuerpo esté enfermo.
Todo esto tiene su equivalente en la Iglesia, cuerpo de Cristo, el cual no es una organización, sino un organismo vivo. âLos miembros⦠que parecen más débiles, son los más necesariosâ (v. 22), y cada uno debe cuidarse de no menospreciar su propia función (v. 15-16), ni la de los demás (v. 21). Una creyente de edad avanzada o minusválida podrá sostener, a través de sus oraciones, por una palabra oportuna o simplemente por un servicio práctico, el celo de un predicador o de un anciano. AsÃ, pues, que cada uno, como un buen administrador âde la multiforme gracia de Diosâ (1 Pedro 4:10), emplee para los demás lo que ha recibido.
Después de los diferentes miembros del cuerpo de Cristo: pie, mano, oreja, ojo, mencionados en el capÃtulo 12, es como si halláramos al corazón en el capÃtulo 13. Su papel es animar y dar la energÃa necesaria a los demás órganos. Notemos que el amor no es un don, como los del capÃtulo 12, sino el móvil necesario para el ejercicio de aquellos dones. Es âun caminoâ abierto a todos y que conduce hacia todos (12:31). Asà como un camino está hecho para que se ande por él, el amor sólo se conoce verdaderamente por la experiencia. Por esta razón, este maravilloso capÃtulo no nos da ninguna definición del amor. Hace una lista no completa, pero sà suficiente como para humillarnos profundamente, de lo que el amor hace y sobre todo de lo que no hace. Ese camino fue el de Cristo en este mundo; y notemos que su nombre puede sustituir la palabra amor en este capÃtulo sin cambiarle el sentido (véase 1 Juan 4:7-8).
Nuestro conocimiento de las cosas aún invisibles es parcial, indefinido y precario. Pero pronto veremos âcara a caraâ. Entonces, nuestro Salvador âque nos conoce a la perfecciónâ nos hará entrar en el completo conocimiento de sà mismo (v. 12; Salmo 139:1); asà el imperecedero amor será perfecta y eternamente satisfecho en nuestro corazón y en el Suyo.
Muchos se quejan de la debilidad actual debida a la ausencia de dones en las iglesias. Pero, ¿los anhelan como el versÃculo 1 los invita a hacerlo? El Señor tal vez se ha propuesto confiarle cierto don, y espera notar en usted ese anhelo para recibirlo. PÃdaselo⦠junto con la humildad que le impida vanagloriarse de ese don que no es para uso propio, sino âpara edificación de la iglesiaâ (v. 12). Los corintios empleaban sus dones para su propia gloria y ello originó un grandÃsimo desorden. El apóstol los induce a tener una justa apreciación de las cosas y les muestra que el don del cual más se vanagloriaban âel don de lenguasâ era precisamente uno de los menos importantes (v. 5). En cambio, el don de la profecÃa era y sigue siendo particularmente deseable. No implica, como otrora, la revelación del porvenir, sino que âel que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolaciónâ (v. 3).
El versÃculo 15 nos recuerda que tanto para orar como para cantar es necesaria la participación de nuestra inteligencia. A menudo nos distraemos en la presencia del Señor, cuando es necesario que pensemos en lo que expresamos ante Dios. Apliquémonos a meditar en profundidad, encomendando nuestro espÃritu a la guÃa del EspÃritu Santo.
El don de lenguas no fue otorgado para edificar a la Iglesia, ni para evangelizar, sino para convencer a los judÃos incrédulos de que Dios ofrecÃa la gracia a las naciones (v. 21-22), hecho que hoy en dÃa ya no es necesario demostrar. La palabra clave de este capÃtulo es la edificación; es la prueba a la cual debe someterse toda acción. Lo que me propongo decir o hacer, ¿es realmente para el bien de mis hermanos? (Efesios 4:29). Además, si tengo en cuenta su provecho, siempre hallaré una bendición para mà mismo. Por el contrario, si pienso en mi interés o mi gloria, finalmente resultará una pérdida para los demás y para mà (véase 1 Corintios 3:15).
Dos condiciones más rigen la vida de la Iglesia: la decencia y el orden (v. 40). Son los dos diques entre los cuales debe ser encauzada la corriente del EspÃritu. Imponen reglas prácticas relativas al sentido común (v. 26-33) o al orden divino (v. 34-35). El apóstol no querÃa que los corintios fuesen ignorantes (12:1). Sin embargo, si alguien descuida su instrucción en lo tocante a la Iglesia, ¡que permanezca ignorante (v. 38)! Dios es un Dios de paz (v. 33) y quiere que la Iglesia, respondiendo a sus propios caracteres, sea el lugar al que pueda traer a los inconversos, quienes reconocerán allà Su presencia (v. 24-25).
Una grave cuestión quedaba por resolver: algunas personas en Corinto negaban la resurrección. Pablo demuestra que esta doctrina no se puede tocar sin derrumbar todo el edificio de la fe cristiana. Si la resurrección no existe, Cristo mismo no ha resucitado; su obra no ha recibido la aprobación de Dios; la muerte queda invicta y nosotros estamos aún en nuestros pecados. En consecuencia, el Evangelio no tiene sentido y nuestra fe pierde todo su sustento. La vida de renunciamiento y de separación del creyente se vuelve entonces absurda y, de todos los hombres, el cristiano es el más digno de conmiseración.
¡Bendito sea Dios! No es asÃ, sino que: âHa resucitado el Señor verdaderamenteâ (Lucas 24:34). Pero, ante la importancia de esa verdad, comprendemos por qué Dios tuvo tanto cuidado para establecerla. Primeramente a través de las Escrituras (v. 3-4); luego por los testigos irrecusables en razón de su calidad: Cefas (Simón Pedro), Jacobo y Pablo mismo (aunque se declara indigno de ello); o por su número: unos quinientos hermanos a quienes se podÃa preguntar al respecto. Seguramente muchos de nuestros lectores, sin haber visto con sus propios ojos al Señor Jesús, habrán experimentado por sà mismos que su Salvador vive (Job 19:25).
Cristo resucitado no hizo más que preceder a los creyentes que âdurmieronâ y que resucitarán cuando él venga. En cuanto a los demás muertos, sólo más tarde se les restituirá la vida, cuando tengan que comparecer ante el trono del juicio (véase Apocalipsis 20:12). Sólo entonces âtodas las cosasâ serán definitivamente sujetas a Cristo. Después de esto, el pensamiento se pierde en las profundidades de la bienaventurada eternidad en que Dios será finalmente todo en todos (v. 28).
Una vez cerrado el glorioso paréntesis de los versÃculos 20 a 28, el apóstol muestra cómo el hecho de creer o no creer en la existencia de la vida futura determina el comportamiento de todos los hombres, empezando por el suyo (v. 30-32). ¡Cuántos desdichados hay cuya religión se resume en estas palabras: âComamos y bebamos, porque mañana moriremosâ! (v. 32). Se persuaden a sà mismos de que no existe nada más allá de la tumba, para asà animarse a gozar sin trabas de su breve existencia âcomo animales irracionalesâ (2 Pedro 2:12). En cuanto al creyente, su fe tendrÃa que mantenerle despierto (v. 34), preservarle de asociarse a peligrosas compañÃas, impedirle comer y beber con los borrachos de este mundo (v. 33; Mateo 24:49). ¡Que la compañÃa del Señor y de los suyos nos basten hasta que él venga!
¿Cómo será el nuevo cuerpo del creyente en la gloria? (v. 35). La Biblia jamás satisface nuestra curiosidad. âNecioâ¦â, contesta ella a los esfuerzos de nuestra imaginación. Si presento al lector una semilla desconocida, no me podrá decir qué clase de planta saldrá de ella. Igualmente sucede con una oruga repugnante y apagada: nada deja prever la radiante mariposa que se desarrollará bajo todos los efectos de la luz.
Pero, para poder asistir a los pequeños milagros de la germinación o de la metamorfosis, es necesaria la muerte de la semilla (Juan 12:24) y el sueño de la crisálida. Del mismo modo, el redimido que se âdurmióâ aparecerá vestido de un cuerpo de resurrección. ¡Qué porvenir más prodigioso está reservado a ese cuerpo hecho con el polvo de la tierra, simple envoltura del alma! Resucitará âen incorrupciónâ: la muerte no tendrá más poder sobre él; âen gloriaâ y âen poderâ: sin debilidad ni flaqueza; âcuerpo espiritualâ: definitivamente librado del viejo hombre y sus deseos, instrumento perfecto del EspÃritu Santo. Finalmente será semejante al de Cristo resucitado. Con esto ya tenemos bastantes y preciosas informaciones acerca de nuestro futuro estado⦠y motivos para glorificar a Dios desde ahora en nuestro cuerpo. âGlorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espÃrituâ (1 Corintios 6:20).
Esta magistral exposición de la doctrina de la resurrección no estarÃa completa sin una última revelación: no todos los creyentes pasarán por el sueño de la muerte. Los vivos no serán olvidados cuando Jesús venga. âEn un abrir y cerrar de ojosâ tendrá lugar la extraordinaria transformación que hará apto a cada uno para la presencia de Dios. Asà como los invitados a la boda real de la parábola debÃan cambiar sus harapos por el glorioso vestido (Mateo 22:1-14), muertos y vivos vestirán un cuerpo incorruptible e inmortal. Entonces la victoria de Cristo sobre la muerte, de la que dio una prueba con su propia resurrección, tendrá su grandioso cumplimiento en los suyos.
Como toda verdad bÃblica, este âmisterioâ debe tener una consecuencia práctica en la vida de cada redimido. Tenemos una esperanza âfirmeâ (Hebreos 6:19); seamos firmes nosotros también, âconstantes, creciendo en la obra del Señor siempreâ. Nuestro trabajo nunca será en vano si lo hacemos âen el Señorâ (v. 58). Aunque en la tierra ningún fruto haya sido visible, habrá una valoración en la resurrección.
El capÃtulo 16 ofrece un ejemplo de servicio cristiano: las ofrendas recogidas el primer dÃa de la semana. Este servicio tiene mucha importancia para el corazón del apóstol y para el del Señor.
Estos versÃculos contienen las últimas recomendaciones del apóstol Pablo, algunas noticias y finalmente los saludos que dirigió a sus queridos corintios. De entre ellos se complace en distinguir a hermanos abnegados y dignos de respeto: Estéfanas, Fortunato, Acaico, y los cita como ejemplo, pues âlos que ejerzan bien el diaconado, ganan para sà un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesúsâ (1 Timoteo 3:13).
A los creyentes de Corinto que sólo se ocupaban en los efectos exteriores y espectaculares del cristianismo, Pablo subraya cuáles eran los motivos que debÃan hacerlos obrar: âHacedlo todo para la gloria de Diosâ (1 Corintios 10:31). âHágase todo para edificaciónâ (14:26). âHágase todo decentemente y con ordenâ (14:40), y finalmente: âTodas vuestras cosas sean hechas con amorâ (16:14). Y con esta palabra amor, Pablo termina, sin embargo, una epÃstola muy severa (compárese con 2 Corintios 7:8). Sin tener en cuenta los partidos que existÃan en Corinto, él afirma: âMi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotrosâ. No obstante, dada esta condición (âen Cristo Jesúsâ), si algunos no amaban al Señor se excluÃan por sà mismos de esta salutación, y para ellos Su venida tomaba un solemne aspecto. ¡Maranata! (âel Señor vieneâ). ¡Que podamos esperarle con gozo!
El apóstol Pablo no escribió su primera carta a los corintios como un censor o juez severo. Ãl mismo habÃa sido humillado y turbado por las noticias recibidas de esa iglesia, tanto más cuanto que le habÃan llegado en un momento en que pasaba por una aflicción extrema en aquella ciudad de Ãfeso, en donde tenÃa muchos adversarios (v. 8; 1 Corintios 16:9).
Pero aun semejante cúmulo de sufrimientos puede ser un motivo de gratitud, pues trae una doble y preciosa consecuencia. Primeramente, hace perder al creyente toda confianza en sà mismo (v. 9). En segundo lugar, le hace profundizar en las simpatÃas del Señor para con los suyos. La abundancia de los sufrimientos reveló al apóstol la abundancia de la consolación (v. 5). Una consolación siempre es personal, pero, al que la experimenta le permite entrar a su vez en las penas de los demás y expresarles una verdadera simpatÃa. El hecho de haber pasado por las pruebas con el sostén del Señor capacita a un creyente para dirigirse a los afligidos y orientar sus miradas hacia âel Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolaciónâ (v. 3).
El apóstol Pablo no acostumbraba decir sà y pensar no (v. 17). Los corintios podÃan confiar en él; no hacÃa reservas mentales y daba prueba de la misma sinceridad en sus actos y decisiones de la vida diaria que cuando les habÃa anunciado un Evangelio no falsificado (2:17 y 4:2, final). ¡Cuán importante es esto! Si un hijo de Dios falta a la verdad, induce a quienes le observan a poner igualmente en duda la Palabra de Dios, de la que él es un testigo tan poco fiable. Ãl, Pablo, manifestaba una perfecta rectitud, trátese de sus relaciones con el mundo o con los demás creyentes (v. 12). Ãl era mensajero de Aquel que es el âAmén, el testigo fiel y verdaderoâ, el Garante del cumplimiento de todas las promesas de Dios (v. 20; Apocalipsis 3:14).
Los versÃculos 21 y 22 nos recuerdan tres aspectos del don del EspÃritu Santo: por él, Dios nos âungióâ, es decir, nos consagró para él y nos hizo aptos para captar sus pensamientos. Nos âha selladoâ o, dicho de otro modo, nos ha marcado como pertenencia suya. Finalmente nos âha dado las arrasâ, prenda de nuestros bienes celestiales otorgándonos a la vez una primera prueba de su realidad y el medio de gozar de ellos âen nuestros corazonesâ. El apóstol también escribe a los efesios: âFuisteis sellados con el EspÃritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herenciaâ (Efesios 1:13-14).
El apóstol Pablo habÃa atrasado su viaje a Corinto para que su primera carta tuviera tiempo de surtir efecto. Gracias a Dios, el trabajo de conciencia se habÃa producido tanto en la iglesia como en el hombre que habÃa sido excluido. Pero ahora los corintios corrÃan otro peligro, a saber: olvidarse de la gracia para con el pecador arrepentido. HabÃan pasado de una reprobable indulgencia a una severidad sin amor. Satanás siempre está dispuesto a hacernos caer de un extremo al otro. Sus medios varÃan, pero sus designios no cambian: busca aniquilar el testimonio dado a Cristo y retener a los hombres bajo su dominio. Hasta se sirve de las bromas referentes a él âtan corrientes en el mundoâ para hacer olvidar sus temibles designios. Cuidémonos, pues, de toda ligereza respecto al diablo y su poder.
En medio de su inquietud por los corintios, el apóstol habÃa dejado un hermoso campo de trabajo para ir al encuentro de Tito, quien le traÃa noticias de ellos. Pero Pablo fue consolado al pensar que, por donde iba, él difundÃa âel grato olor de Cristoâ (v. 15). ¿Es perceptible este mismo perfume para todos los que nos conocen? Y ante todo, ¿lo es para Dios?
Los hombres juzgaban la doctrina predicada por Pablo según el andar de los corintios. Eran su viviente carta âde recomendaciónâ o, más bien, la de Cristo, cuyo nombre habÃa sido escrito en sus corazones. Todos los creyentes son cartas de Cristo dirigidas por Dios a los que no leen la Biblia para que tengan a la vista un Evangelio vivido. ¡Ay!, pero esas cartas a menudo están manchadas o son indescifrables, en lugar de ser conocidas y leÃdas por todos (v. 2). Cuidémonos, pues, para que no haya sobre nuestros rostros un velo que impida nuestro resplandor cristiano: el velo de las preocupaciones, del egoÃsmo o del carácter mundano⦠Pero, ante todo, que no haya sobre nuestros corazones ningún velo (por ejemplo, una mala conciencia: v. 15) que intercepte los rayos que debemos recibir de Cristo, quien es amor y luz. Si un arbolito es colocado bajo un toldo, se marchitará. En cambio, si se lo expone a menudo al sol y a la lluvia, crecerá para llevar los frutos que se esperan de él. Lo mismo ocurre con nuestras almas. Si las mantenemos en la presencia de Cristo, por ese mismo hecho se opera en ellas una transformación gradual (pero inconsciente), de progreso en progreso, a semejanza de las perfecciones morales de Aquel que contemplamos en su Palabra (v. 18).
Cada uno de nosotros ¿ha renunciado, como el apóstol, âa lo oculto y vergonzosoâ? (v. 2). El corazón de Pablo era como un espejo; reflejaba fielmente a su alrededor cada rayo que recibÃa. Y, ¿cuál era el objeto que resplandecÃa en él y que manifestaba a los demás? âLa gloria de Dios en la faz de Jesucristoâ (v. 6). Ese conocimiento de Cristo en la gloria, ¡qué tesoro era para Pablo! Ãl sólo era un vaso que contenÃa ese conocimiento; un pobre vaso de barro, frágil y sin valor propio. Si el instrumento de Dios se hubiese destacado por brillantes cualidades humanas, habrÃa llamado la atención sobre sà mismo en detrimento del tesoro que debÃa presentar. Los joyeros saben muy bien que un estuche demasiado lujoso tiende a eclipsar la joya exhibida; por eso exponen sus más hermosas alhajas sobre un simple terciopelo negro. Del mismo modo, el vaso de barro âPabloâ estaba atribulado, en apuros, perseguido, derribado⦠para que el tesoro âla vida de Jesús en élâ fuese plenamente manifestado (v. 10). Las pruebas de un creyente contribuyen a despojarle de todo brillo personal para que resplandezca aquel del cual el creyente es, en cierto modo, sólo el pie de la lámpara.
¡Cómo nos cuidamos para conservar y hacer prosperar ânuestro hombre exteriorâ! (v. 16). ¡Ojalá nuestro hombre âinteriorâ pudiera ser tan bien tratado! Lo que renovaba el corazón del apóstol era ese eterno peso de gloria, incomparable con la tribulación que atravesaba. Andando âpor feâ y âno por vistaâ (5:7), con las miradas de su alma fijas en las cosas que no se ven pero que son eternas, él gozaba ya de las arras del EspÃritu (v. 5); por eso no desmayaba (4:1 y 16).
¡Qué temor y ardor deberÃa producir constantemente en nosotros el pensamiento del tribunal de Cristo! Nuestra salvación está asegurada; no compareceremos ante él para condenación sino que, como en una pelÃcula, toda nuestra vida se desarrollará allÃ, revelando todo lo que hayamos hecho, âsea bueno o sea maloâ, y recibiremos ganancias o soportaremos pérdidas. Pero, al mismo tiempo, el Señor mostrará cómo su gracia supo sacar su brillo aun de nuestros pecados. Un artista que termina de restaurar un retrato deteriorado le da valor poniendo al lado la fotografÃa del cuadro inicial. Asà como a menudo mostramos poca sensibilidad frente al pecado, también valoramos poco la gracia que nos perdona y nos soporta. El tribunal de Cristo nos hará experimentar toda la inmensidad de ella.
El apóstol Pablo deseaba fervientemente la gloria celestial (v. 2) pero, mientras tanto, con el mismo fervor procuraba ser agradable al Señor (v. 9). Al no tener nada que ocultar a Dios ni a los hombres, no vivÃa más para sà mismo; en cuerpo y alma era el esclavo de Cristo, quien habÃa muerto y resucitado por él (v. 15). Ahora bien, el Señor lo habÃa llamado âcomo a cada redimidoâ a una muy alta función: la de embajador del soberano Dios para ofrecer, de parte de Ãl, la reconciliación al mundo. A fin de cumplir con esta misión y persuadir a los hombres, dos grandes motivos apremiaban al apóstol: la solemnidad del juicio, pues conocÃa el temor que se debe al Señor (v. 11), y el amor de Cristo por las almas, amor sin el cual el más elocuente predicador sólo es metal que resuena (v. 14; 1 Corintios 13:1).
¿En qué consiste el mensaje de la reconciliación? Cristo, el único hombre sin pecado, fue identificado, sobre la cruz, con el pecado mismo a fin de expiarlo. Asà Dios anuló, por gracia, el pecado que nos separaba de él (v. 21). âLas cosas viejas pasaronâ. Dios no las remienda. Se complace en hacer todas las cosas nuevas; sÃ, en hacer de usted también una nueva creación (v. 17). Pero primeramente, ¿está usted reconciliado con él? âOs rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Diosâ (v. 20).
âNos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha pacienciaâ¦â (v. 4; 12:12). Aquà está lo que recomienda a todo siervo de Dios. Mejor que cualquier discurso, la manera en que Pablo soportaba las pruebas demostraba el valor de su Evangelio.
¡Qué hombre extraño es el creyente! En cierto modo, tiene dos caras: A los ojos del mundo parece estar en el oprobio, ser engañador, desconocido, entristecido, pobre... Pero, ¿qué es ante Dios? Veraz, bien conocido, siempre gozoso, en una palabra, poseyéndolo todo (v. 8-10). Ãsta es su verdadera cara.
Las exhortaciones que siguen pueden parecer de mente estrecha y severa, pero proceden del corazón âensanchadoâ del apóstol (v. 11). La palabra separación nos repulsa y, sin embargo, la santidad significa apartarse para Dios (véase LevÃtico 20:26). âPerfeccionando la santidadâ (7:1) equivale necesariamente a apartarse. La separación del mundo no se aplica sólo a tal proyecto de matrimonio desigual (v. 14 y 15). La separación del mundo religioso (v. 16-18) ofrece incomparables compensaciones: la presencia del Señor Jesús âen medioâ de los suyos y el gozo de relaciones bendecidas con nuestro Dios y Padre. Por último tenemos la separación del mal bajo cualquier forma (7:1).
El amor de Cristo apremiaba a Pablo con respecto a los corintios (5:14). Cuando les escribió su primera y severa carta, ese amor era igual de verdadero y grande. Pero ahora su corazón está a sus anchas; puede dejar que sus afectos hablen libremente. Recordamos a nuestros jóvenes lectores que quienes les reprenden y advierten con más severidad, generalmente son los que más los aman. âYo reprendo y castigo a todos los que amoâ, dice el Señor (Apocalipsis 3:19).
La iglesia habÃa juzgado el mal que se hallaba en ella; habÃa demostrado que era recta y limpia (v. 11); si habÃa tolerado un horrible pecado, lo habÃa hecho por ignorancia y negligencia. No obstante, los corintios habÃan tenido que humillarse por su estado, pues éste habÃa permitido que semejante mal apareciera en medio de ellos y habÃan sido contristados según Dios.
El versÃculo 10 nos muestra que el simple pesar, la vergüenza y el remordimiento no son el arrepentimiento. Ãste consiste en emitir el mismo juicio que Dios emite sobre nuestros pecados; en reconocer el mal y abandonarlo, trátese de actos cometidos antes o después de la conversión (Proverbios 28:13). El arrepentimiento es el primer fruto de la fe. Ser contristados según Dios es, pues, en sà un hecho regocijador (v. 9). ¿Ha experimentado el verdadero arrepentimiento?
La obediencia de los corintios habÃa motivado el gozo y el afecto de Tito y, en consecuencia, habÃa regocijado y confortado doblemente al apóstol Pablo (7:13 y 15). Pero aún estaban lejos de tener el celo de los creyentes de Macedonia (8:1-5). Estos últimos no habÃan dado sencillamente tal o cual parte de sus recursos y de su tiempo, sino que se habÃan dado a sà mismos por completo. No habÃan aguardado, como algunos, el final de la vida para ofrecer a Dios sólo un pobre resto de sus fuerzas; se habÃan dado âprimeramenteâ⦠Tampoco habÃan empezado con âel servicio para los santosâ (v. 4). No; se dieron primeramente al Señor. Y ese primer don habÃa acarreado todos los demás. También pertenecÃan a los apóstoles, por ser ellos siervos del Señor. ¿Era esto algo penoso para los macedonios? ¡Todo al contrario! âLa abundancia de su gozoâ podÃa soportar una gran âprueba de tribulaciónâ, y âsu profunda pobrezaâ cambiarse âen riquezas de su generosidadâ (v. 2). Lo que llamarÃamos fácilmente una carga, ellos lo llamaban un âprivilegioâ (v. 4).
¡Que Dios nos otorgue esa misma dichosa consagración a nuestro Señor, a quien tenemos el privilegio de poder servir, sirviendo a los suyos!
¿Qué era el amor de los macedonios en comparación con el supremo ejemplo de ânuestro Señor Jesucristoâ? Ellos no habÃan escogido por sà mismos âsu profunda pobrezaâ (v. 2). Pero él, el âheredero de todoâ (Hebreos 1:2) se humilló haciéndose pobre, dejando sus glorias celestiales para nacer en un establo y ser aquà abajo âel pobreâ, Aquel que no tenÃa dónde recostar su cabeza (véase Salmo 40:17 y 41:1; Lucas 9:58). ¿Para qué? Para enriquecernos con esas mismas glorias y hacer de nosotros sus coherederos. ¡Adorable misterio de la gracia!
Los corintios no habÃan llevado completamente a cabo su feliz deseo de ayudar a las iglesias. El apóstol les escribe que está bien el querer, pero que el hacer vale aun más. ¡Ay!, nuestras buenas intenciones a menudo no van más allá de simples intenciones: esa Biblia o ese calendario bÃblico que se pensaba regalar, esa visita que se querÃa hacer a un enfermo, ese pequeño favor que se podÃa hacer⦠Que Dios nos dé la misma prontitud tanto para el querer como para el hacer (v. 11-12). Es él quien produce lo uno y lo otro en nosotros âpor su buena voluntadâ (Filipenses 2:13), pero el retraso entre el movimiento del corazón y el de la mano proviene de nuestra negligencia.
La preocupación del apóstol Pablo era ser guardado no sólo de toda deshonestidad, sino también de toda apariencia de mal ante los hombres (v. 21).
Para no tener vanos pesares en el dÃa de la cosecha, sembremos âes decir, demosâ a manos llenas durante la actual estación de la siembra (v. 6; Lucas 6:38; Deuteronomio 15:10). Lo que Dios ponga en nuestro corazón, hagámoslo, y hagámoslo alegremente. Lo que guardamos para nosotros no nos enriquecerá, y lo que damos no nos empobrecerá jamás (Proverbios 28:27). La gracia de Dios nos asegurará la provisión âsiempre en todas las cosasâ, no de todo lo que nos gustarÃa, sino de âtodo lo suficienteâ (v. 8). Los versÃculos 11 y 14 nos recuerdan que la generosidad desinteresada produce, en los que son ayudados, acciones de gracias hacia Dios y oraciones a favor de los dadores. Aunque el apóstol parte de un asunto que podrÃamos considerar secundario como es la beneficencia, sabe dirigir nuestros pensamientos hacia los más gloriosos temas, como la humillación del Señor (8:9), y el don inefable de Dios (v. 15). Apliquémonos a pasar asà de los pequeños hechos que constituyen nuestra vida cotidiana a las dichosas verdades de nuestra fe. Una sencilla comida, un encuentro familiar, un regalo hecho o recibido con cariño, son oportunidades para dar gracias a Dios y pensar en el Don por excelencia: el que el Dios de amor hizo al mundo al enviarle su Hijo (véase Juan 3:16).
El apóstol Pablo no habÃa ido a los corintios âcon varaâ (1 Corintios 4:21) para reprimir el mal personalmente. HabÃa preferido escribirles y aguardar el efecto que su carta produjera. Pero algunos habÃan aprovechado la paciencia del apóstol y su ausencia para menospreciar su ministerio. La humildad, la mansedumbre y la ternura cristianas que Pablo manifestaba (v. 1) eran pretextos para despreciarle. El hombre natural sólo admira lo que tiene brillo; juzga âsegún la aparienciaâ (v. 7). Pero las armas de un soldado de Jesucristo no son carnales (v. 4). El capÃtulo 6 de la carta a los Efesios las enumera. Recordemos cómo Gedeón, Sansón, Jonatán, David, EzequÃas âpor citar algunosâ obtuvieron sus más grandes victorias. Y no nos dejemos seducir por cualidades humanas tales como la elocuencia o el encanto personal. Sigamos la Palabra de Dios y no al que la presenta, por más don que tenga y aun cuando hayamos sido bendecidos por medio de él.
Los hombres se comparan consigo mismos y se enorgullecen; actitud nada juiciosa (v. 12). Nosotros, creyentes, tenemos un modelo perfecto para el andar y el servicio: ¡Jesús! El contemplarlo nos guardará siempre en la humildad.
Falsos apóstoles buscaban reemplazar a Pablo en el corazón de los corintios. Por tal razón, éste se vio obligado a hablar de sà mismo, y es lo que llama su âlocuraâ; pero no es con el objetivo de ganarse el afecto de los creyentes en provecho propio (véase 12:15). Era celoso por Cristo y reivindicaba con vehemencia el amor de ellos para el único Esposo de la Iglesia.
Los corintios corrÃan el riesgo de prestar oÃdos a un evangelio diferente (v. 4). Eran menos espirituales que los efesios, quienes habÃan probado âa los que se dicen ser apóstoles, y no lo sonâ (Apocalipsis 2:2), y los hallaron mentirosos. Muchos cristianos corren el mismo peligro porque les parece que en el fondo, el verdadero cristianismo es demasiado exigente. En cambio, soportarán mejor un evangelio que exalte al hombre y otorgue lugar a la naturaleza humana.
Detrás de esos obreros engañadores, el apóstol desenmascara a Satanás, el amo de ellos. Otrora resplandeciente querubÃn (Ezequiel 28:12-14), todavÃa sabe tomar esa apariencia para tentar a los hombres con su astucia, tal como lo hizo con Eva (v. 3 y 14). Además, es más peligroso cuando se presenta como sutil serpiente que cuando nos ataca de frente como el âleón rugienteâ (1 Pedro 5:8). ¡Desbaratemos sus ardides permaneciendo apegados a la Palabra del Señor!
Estas arremetidas contra el ministerio de Pablo brindan al EspÃritu Santo la oportunidad de darnos una idea más clara de sus trabajos y fatigas. SÃ, él era ministro de Cristo y podÃa enumerar las pruebas de ello: una larga lista de sufrimientos soportados a causa del Evangelio. Los versÃculos 23 a 28, y 31, 32 nos muestran en qué consistÃa lo que el apóstol llama su âleve tribulación momentáneaâ en el capÃtulo 4:17.
Pero, ¿cuál era el divino recurso que le sostenÃa para soportar esas cosas excepcionales? âUn eterno peso de gloriaâ estaba constantemente en su pensamiento: Cristo glorificado, su eterna remuneración.
Queridos amigos, retengamos este secreto: Cuanto más dediquemos nuestros pensamientos al Señor, tanto menos tiempo nos quedará para pensar en nuestras pequeñas dificultades (¿y qué son ellas al lado de las tribulaciones del gran apóstol?). Cuanto más pese el eterno amor divino en la balanza de nuestros corazones, tanto menos importancia tendrán las circunstancias momentáneas y menos nos agobiarán. Sin embargo, existe una cosa que nunca nos apremiará demasiado: âla preocupación por las iglesiasâ (v. 28). Ãsta se manifiesta, en primer lugar, mediante las oraciones. ¡Que el Señor nos dé amor por su amada Iglesia y por cada uno de sus miembros!
âUn hombre en Cristoâ es alguien que ya no anda âconforme a la carneâ (Romanos 8:1), es decir, sobre quien la carne perdió sus derechos. âNueva criatura esâ (5:17). Su posición ante Dios es la de Cristo mismo y, por la fe, ya ocupa esa posición en el cielo. Pero Pablo fue arrebatado realmente hasta el cielo durante un momento inolvidable. Y ¿qué le ocurrió en el paraÃso? Oyó el lenguaje del cielo, que no puede ser traducido a los idiomas de los hombres (v. 4). ¡Qué favor extraordinario! Pero esa experiencia única constituÃa un certero peligro para el apóstol. Para evitar que se enorgulleciera, le fue dado âun aguijónâ en su âcarneâ: tal vez una penosa dolencia que tendÃa a volverle menos apreciable en su predicación oral (véase 10:1, 10 y Gálatas 4:14). El apóstol ruega: Señor, quÃtamelo, si no mi servicio sufrirá por ello⦠âBástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidadâ, fue la contestación del Señor. Contrariamente a las apariencias, ese aguijón era un resultado de esa gracia. ServÃa a Pablo para subyugar la naturaleza pecaminosa que estaba en él. SÃ, para el que vive por la fe, las dolencias y las pruebas son valiosas, pues contribuyen a volver débil al hombre carnal para dejar que el poder de Dios se manifieste (v. 9-10; 4:7).
¡Qué sentÃa el apóstol Pablo al oÃr las suposiciones que se hacÃan a su respecto, los motivos interesados y las astucias que se le atribuÃan! (v. 14 y 16; 7:2-3; compárese con Hechos 20:33). Todo al contrario: por una conducta irreprochable, juntamente con sus compañeros de obra, no habÃa dejado de andar âen las mismas pisadasâ de Cristo (v. 18). Si responde largamente a esas calumnias, no es para justificarse, sino porque tiene en vista âla edificaciónâ de sus amados corintios (v. 19; 1 Corintios 14:26, final). Efectivamente, no reconocer el ministerio del apóstol venÃa a ser lo mismo que rechazar también la autoridad de la divina Palabra que él anunciaba. Hoy en dÃa ¡cuántos supuestos cristianos rechazan tal o cual parte de la Palabra, particularmente las epÃstolas de Pablo! Los versÃculos 20 y 21 muestran a qué pecados conduce esa negligencia y ese menosprecio.
AsÃ, en este capÃtulo hallamos el más glorioso estado al cual puede ser elevado un cristiano⦠y la más miserable condición en la que puede caer⦠¡Qué contraste entre esa elevación al tercer cielo y esa vil degradación carnal! ¡Y el cristiano es capaz de ambas cosas! ¡Qué lección y advertencia para cada creyente!
El tema de la primera epÃstola a los Corintios es la Iglesia (o Asamblea). La segunda nos habla del ministerio o servicio cristiano. En ella encontramos los sentimientos, las súplicas, las fatigas, las penas morales y fÃsicas del siervo del Señor. Pablo no era más que un débil instrumento; pero no deseaba una mejor porción que la de su Señor en la tierra. Cristo habÃa vivido aquà abajo en la humillación, habÃa sido âcrucificado en debilidadâ; pero ahora vive resucitado por el poder de Dios (v. 4).
Al terminar su epÃstola, Pablo dirige una última oración a Dios a favor de sus amados corintios. Ãsta se resume en una palabra: su âperfecciónâ. Pero al mismo tiempo los exhorta: âperfeccionaosâ (v. 11). Porque pedir la ayuda del Señor no dispensa de aplicarse con celo a hacer progresos en el andar y el servicio cristianos.
âTened gozoâ, les dice aun, âconsolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en pazâ (v. 11). Que cada uno de nuestros lectores se apropie de estas exhortaciones y goce de la promesa que está ligada a ellas. SÃ, que âla gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del EspÃritu Santo sean con todos vosotros. Aménâ (v. 14).
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With the prayerful desire that the Lord Jesus Christ will use this God-given ministry in this form for His glory and the blessing of many in these last days before His coming. © Les Hodgett
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Con este salmo empezamos el segundo Libro de los salmos. Se aplica proféticamente al perÃodo en que el fiel remanente judÃo, perseguido por el Anticristo, habrá tenido que huir de Jerusalén; los versÃculos 2, 4 y 6 expresan especialmente el dolor de ese exilio. Sin embargo, como en el primer Libro, muchas expresiones pueden ser colocadas en la boca del Señor Jesús, quien padeció más que nadie a causa de la maldad de su pueblo (por ejemplo: v. 7 y 10).
¿Existe una imagen más patente que la del primer versÃculo para interpretar los suspiros de un alma sedienta de la presencia de Dios? ¡Ojalá podamos buscar asà esa presencia cada vez que una falta haya interrumpido nuestra comunión con el Señor! Es de desear que cada uno Le conozca bajo ese precioso Nombre personal: el âDios de mi vidaâ (v. 8), el cual corresponde a la divisa del apóstol: âPara mà el vivir es Cristoâ (Filipenses 1:21). Ãl quiere dirigir mi vida, dÃa a dÃa, llenarla para ser el precioso Objeto de mi corazón. â¿Dónde está tu Dios?â â preguntan irónicamente los incrédulos (v. 3, 10; compárese Mateo 27:43). Pero si ellos no Le disciernen, quiera Dios que por mi parte sepa yo siempre dónde hallarle, de dÃa o de noche, para elevar hacia él, con amor, mi cántico y mi oración (v. 8).