Si la gratitud es el sentimiento que nos conviene en cuanto al tiempo pasado (Salmo 90), el que debe dominar en nosotros para el porvernir es la confianza en Dios. Grandes son, en efecto, los peligros de orden moral que amenazan al creyente. ¿Quién es el cazador (v. 3), el león, el áspid, el dragón⦠(v. 13), sino el mismo Satanás? âLa pestilencia que anda en oscuridadâ (v. 3, 6), ¿no nos habla del pecado, cosa mucho más grave que una enfermedad? âLa saeta que vuela de dÃaâ (v. 5) sugiere algún mal pensamiento que surge de improviso por medio de una imagen vista en la calle, de una lectura o de una conversación de dudosa rectitud. âLos terrores nocturnosâ son las inquietudes que impiden, a menudo, que gocemos del sueño apacible que el Señor nos ha preparado (Salmo 4:8).
Cualquiera que sea la trampa o la amenaza, tenemos un refugio: el AltÃsimo y Omnipotente (v. 1, 2, 9). Imitemos a Aquel que en medio de los mismos peligros experimentó perfectamente esa confianza. En el desierto, Cristo supo confundir y atar al Tentador que se habÃa atrevido a citar este salmo. Desde el versÃculo 9, las promesas de Dios vienen a contestar la oración del Hombre perfecto. También gozaremos de ellas en la medida en que pongamos, como Jesús, nuestra fe y nuestro afecto en Dios (v. 14).
Las grandes obras de Dios y sus muy profundos pensamientos son los inagotables temas de la oración del rescatado (v. 5; comparar Salmo 40:5). Pero el hombre que no reconoce al Creador en Sus obras es necio e insensato (v. 6) a los ojos de Dios, aunque fuese el más genial cientÃfico. El impÃo y el justo, los dos florecen (v. 7 y 13). Pero únicamente el segundo dará fruto (v. 14). La hierba crece y florece en determinada estación, luego es cortada (v. 7). Tal es el destino de los impÃos; ellos perecen (v. 9; comparar 2 Corintios 4:3-4). Mientras que el justo se parece a la palmera o al cedro del LÃbano (v. 12, 13). ¡Cuánto tiempo hace falta para que esos hermosos árboles alcancen su pleno desarrollo! Pero los justos tienen su lugar en los atrios del templo de Dios y prosperan allà para Su gloria.
El Salmo 93 nos recuerda que el poder de Dios es más antiguo (âTú eres eternamenteâ v. 2) y más grande que el poder del enemigo (v. 3, 4). Las ondas nos hablan de la agitación del mundo (IsaÃas 57:20; comparar Salmo 89:9). Podemos fiarnos en la Palabra de Dios: âTus testimonios son muy firmesâ (v. 5).
Finalmente, dice el salmista, âla santidad conviene a tu casaâ. No soportamos en nuestra casa ni suciedad ni desorden. Comprendemos que, con mayor motivo, el Dios santo no pueda tolerar el pecado en su casa, la que es hoy dÃa la Asamblea (léase 2Corintios 6:16â¦).
A diferencia del israelita de los postreros tiempos, el cristiano debe guardarse de todo deseo de venganza (Romanos 12:17 y siguientes). No por eso deja de sufrir a causa del mal y de la injusticia que reinan en este mundo, en el que la soberbia (v. 2), la impiedad (v. 3), la arrogancia, la vanagloria (v. 4), la opresión y la violencia (v. 5, 6) tienen libre curso. El creyente no puede atravesar esta tierra y permanecer insensible a lo que ve todos los dÃas. Cuanto más conciencia tenga de la santidad de Dios, tanto más aborrecerá el mal (Salmo 97:10). Por esa razón, Cristo, el hombre perfecto, sufrió más que nadie. Véale en Marcos 3:5 âentristecido por la dureza de sus corazonesâ. Y él mismo fue el objeto de la suprema injusticia (v. 21).
A menudo la comprobación de ese mal que nos rodea produce en nosotros una multitud de pensamientos penosos: ¿No ve Dios estas cosas? ¿Por qué no interviene?⦠En respuesta a esas preguntas, generalmente el Señor no nos da explicaciones, pero sà nos da siempre âconsolacionesâ (v. 19). Al abrirnos los ojos para que apreciemos la maldad del mundo, Dios nos ayuda a separarnos de éste. Es para unirnos más a él y para que nuestra esperanza se vuelva más ferviente. ¡Ojalá las consolaciones de lo alto puedan hacer siempre las delicias de nuestra alma!
El poder de Dios despierta aclamaciones de alegrÃa en aquellos que son objeto de su salvación. Otrora, a orillas del mar Rojo, un pueblo redimido habÃa hecho subir hacia Dios el cántico de la liberación. Pero ¡ay!, la historia de Israel desde sus primeros pasos en el desierto nos enseña que se puede ser testigo de las obras de Dios (v. 9) y no conocer sus caminos (v. 10). Nos muestra también que no sólo el impÃo Faraón habÃa endurecido su corazón (Ãxodo 8:15, 32 y siguientes) sino que incluso Israel no habÃa tardado en hacer lo mismo (v. 8). Los propios nombres de âMasahâ (tentación o prueba; véase Ãxodo 17:7) y âMeribaâ (rencilla) son grabados para siempre en su historia (compárese Números 11:3, 34). Estos pasos en falso jalonaron sus tristes etapas a través del desierto y sirvieron para designarlas. Procuremos que estos nombres, queridos amigos, estén también en nuestro camino como postes indicadores que nos sirvan de solemne advertencia.
La epÃstola a los Hebreos cita y comenta este salmo para nuestro provecho: âSi oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazonesâ (cap. 3:7). Al Señor se le debe oÃr con el corazón. Ojalá que el nuestro sea, hoy, sensible a âsu vozâ y Ãl podrá hacernos entrar, mañana, en su glorioso descanso.
Después de exhortarse a sà mismos: âCantemosâ¦, adoremosâ¦, postrémonosâ en el Salmo 95, los fieles de Israel invitan ahora a toda la tierra, incluso a la naturaleza, a imitarlos: âcantadâ¦, bendecidâ¦, adoradâ (v. 1, 2, 9). El dÃa vendrá en que los pueblos paganos arrojen sus Ãdolos y las familias de las naciones den al Señor âla gloria y el poderâ (v. 7). Para expresar este homenaje, los redimidos no aguardan el reino del Señor. âA él sea gloria e imperioâ¦â, pueden exclamar desde ahora (Apocalipsis 1:6). Porque no es sólo la manifestación de las glorias de Cristo la que puede hacer surgir en ellos esa alabanza. La majestad, la magnificencia, el poder y la hermosura del Rey de toda la tierra son todavÃa invisibles, se hallan ocultas en el santuario celestial (v. 6). Pero el grande y continuo motivo de adoración del creyente es el amor de su Salvador: âAl que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangreâ¦â (Apocalipsis 1:5).
Este salmo fue compuesto y cantado en ocasión de la vuelta del arca âfigura de Cristoâ en medio del pueblo de Israel (1Crónicas 16:23-30). Mas el Señor volverá no ya para salvar sino para juzgar al mundo (v. 13; comparar Juan 3:17; 5:22). âÃl juzgará a los pueblos en justiciaâ¦â (o rectitud; v. 10); âal mundo con justicia y a los pueblos con su verdadâ (o fidelidad; v. 13; Salmo 45:3-4).
Este salmo describe el establecimiento del Reinado con poder; corresponde a IsaÃas 11:4-5 y Apocalipsis 19:6. Todo lo que se opone a la dominación del Señor será destruido (v. 3-5) mientras que los corazones de todos los fieles se llenarán de alegrÃa (v. 8â¦). Entonces la gloria del Señor no sólo será proclamada como en el Salmo 96:3, sino que también será vista (v. 6), y los habitantes del mundo estarán en condiciones de notar la diferencia entre el gobierno ejercido por los hombres y la justicia establecida por Dios. Los ángeles, también llamados dioses en el versÃculo 7, tanto tiempo testigos de la iniquidad que ha cubierto a la tierra, asistirán finalmente al triunfo de la justicia. Verán al Primogénito, Cristo, introducido por Dios en el mundo habitado y, unidos en un mismo pensamiento con los santos que estén en la tierra, le tributarán su homenaje (Hebreos 1:6).
Los tres últimos versÃculos son para todos los tiempos, porque Dios tiene constantemente los ojos puestos en los que le aman, en los que son ârectos de corazónâ. En Su gracia los llama âsantosâ y âjustosâ. ¡Espera de ellos que aborrezcan el mal y se alegren en Ãl! (v. 10, 12; compárese Romanos 12: 9; Filipenses 4:4 y siguientes). Ãl no dejará de guardar sus almas y alumbrar sus pasos (v. 10, 11).
Los salmos 98 y 99 empiezan respectivamente de la misma manera que los salmos 96 y 97. âCantad al Señor cántico nuevoâ (98:1). El cántico nuevo es el que considera a Cristo en las nuevas manifestaciones de su gloria. Al alba de su Reinado, cuando Dios haya dado a conocer su salvación y revelado su justicia (v. 2; Salmo 97), ese himno será entonado en el cielo y todas las criaturas le harán eco (leer Apocalipsis 5:9⦠13â¦). El cielo y la tierra cantarán al unÃsono; una alegrÃa universal responderá finalmente a la misericordia y fidelidad de Dios (v. 3).
âJehová reinaâ, repite el salmo 99. Ejecutado ya su juicio, su gloria vuelve a tomar âentre los querubinesâ (Ãxodo 25:22) el lugar que dejó otrora a causa de la iniquidad del pueblo (Ezequiel 10). Su santidad es proclamada tres veces: âÃl es santoâ¦; Ãl es santoâ¦; el Señor nuestro Dios es santoâ (v. 3, 5, 9; comparar IsaÃas 6:2-3). Pero ese Dios, de quien se dice por tres veces que es santo, es también el que perdona (v. 8) y sabemos que lo puede hacer sin negarse a sà mismo a causa de la obra de la cruz. Sólo entonces la intercesión de Moisés, Aarón y Samuel tendrá la plena respuesta en ese perdón, el que es ya nuestra porción por gracia (Ãxodo 32:11, 32; Números 16:47; 1 Samuel 7:5; 12:23).
El salmo 100 es un salmo de acción de gracias en el que se invita a âtoda la tierraâ a cantar a Dios y a servirle con alegrÃa.
Con más razón tenemos esos privilegios, nosotros, quienes conocemos a Dios como a un buen Padre y a Jesús como a un tierno Pastor (comparar final v. 3). ¿Es para nosotros una alegrÃa servir al Señor? O, por el contrario ¿nos comportamos como si fuese un Amo duro cuyo yugo es pesado? (Mateo 25:24â¦). Queridos amigos, gustemos la alegrÃa actual que acompaña siempre a un siervo obediente (Juan 15:10, 11), para que podamos también oÃr más tarde estas tan dulces palabras: âEntra en el gozo de tu señorâ (Mateo 25:21, 23).
Una nueva serie empieza con el salmo 101. Ãste es, por decirlo asÃ, el texto de la declaración pública del Rey en ocasión de inaugurar su reinado. Expone sobre qué bases descansará el gobierno de su paÃs: sabidurÃa, integridad, justicia, separación del mal. ¡Qué contraste entre estos simples y firmes principios y los códigos complicados y abarrotados de detalles de la justicia humana! Todos los súbditos del reino habrán sido prevenidos: no se tolerará la perversidad, la calumnia, el orgullo, el fraude y la mentira. Llamados a reinar con el Señor, nos conviene, a los creyentes, ilustrar actualmente los principios de su Reino mediante nuestro andar.
El tÃtulo de este salmo dirige nuestras miradas hacia el supremo Angustiado: Jesús en sus sufrimientos. âEstá angustiado y derrama su lamentoâ. Pero es un lamento sin impaciencia ni murmuraciones; todo en él es perfecta sumisión. ¡Un lamento que se derrama delante de Dios y no ante los hombres! Por lo demás, ¿quién hubiera podido comprender al Señor, incluso entre sus discÃpulos? Los versÃculos 6 y 7 traducen su completa soledad moral aquà abajo. Un hombre se siente mucho más solo cuando es distinto de los demás. Y Cristo fue aislado a causa de su perfección. No estuvo solo durante la hora de la cruz únicamente, sino que durante toda su vida experimentó esa soledad.
Las lágrimas fueron su bebida, su porción cotidiana (v. 9). No sólo fue ultrajado en aquellas circunstancias relatadas en los evangelios. âCada dÃaâ fue el objeto del odio de sus enemigos (v. 8). Conoció el furor del hombre contra Ãl y, más terrible aun, la ira de Dios cuando fue hecho nuestro sustituto para soportarla (v. 10). Pero ese mismo momento llegó a ser para Dios âel tiempo de tener misericordiaâ (v. 13). De la Sion de Israel y también de todos los que creen en Ãl desde ahora.
Desde el cielo Dios consideró a los presos de Satanás, destinados a la muerte eterna. Oyó sus gemidos (v. 19, 20). Quiso soltarlos para que pudieran alabarle (v. 21). Con este fin envió a su Hijo aquà abajo.
Verdadero hombre, Cristo suplicó âal que le podÃa librar de la muerteâ (v. 24; Hebreos 5:7-10). Pero, en ese mismo versÃculo 24, una extraordinaria consolación responde a âla oración de los desvalidosâ (v. 17). Como hombre oró Cristo, como Dios obtuvo la contestación. Nos es permitido escuchar el maravilloso diálogo entre Dios el Padre y Dios el Hijo. ¡Es el inescrutable misterio! ¿Quién es, pues, ese angustiado, ese hombre solitario abrumado de ultrajes y que medÃa su debilidad? ¡Aquel que desde el principio fundó la tierra y extendió los cielos! (Miqueas 5:2). ¿Habla de la mitad de sus dÃas? ¡Pero sus años no se acabarán! La creación envejecerá y pasará; el Creador subsiste para siempre. Ãl es el Mismo eternamente. Y la epÃstola a los Hebreos, la cual cita estos versÃculos, agrega que el Hijo, en quien resplandece toda la gloria de Dios, es también aquel que efectuó âla purificación de nuestros pecadosâ (Hebreos 1:2, 3, 10-12). ¡Valor infinito es el de semejante obra hecha por semejante Persona!
Como David, invitemos a nuestra alma a bendecir a Dios y a discernir sus innumerables beneficios. Por desdicha, generalmente tenemos más ganas de acordarnos de lo que nos falta que de lo que hemos recibido. ¡Cuán ingratos e inconsecuentes somos! Por ejemplo: ¿no se nos ocurrió en el momento de la comida quejarnos de los alimentos⦠por los cuales acabamos de dar gracias al Señor?
Por encima de todos sus dones, nuestras almas tienen motivo para agradecer a Dios continuamente por el perdón de nuestros pecados (v. 3). Si nos hubiera pagado conforme a lo que éstos merecÃan, un castigo eterno habrÃa sido nuestra parte (v. 10). Pero ahora él alejó esos pecados hasta el infinito (v. 12), los echó âtras sus espaldasâ (IsaÃas 38:17), los emblanqueció âcomo la nieveâ (IsaÃas 1:18), los deshizo âcomo una nubeâ (IsaÃas 44:22), los echó âen lo profundo del marâ (Miqueas 7:19) y ânunca másâ se acordará de ellos (IsaÃas 43:25; Hebreos 10:17).
Para âlos que le temenâ, la misericordia de Dios no tiene lÃmite (v. 11, 13, 17; comparar IsaÃas 55:7-9). Temerle no significa, pues, tener miedo de su ira. Es la disposición de espÃritu de los que han aprendido a conocer su compasión y su misericordia (v. 8; leer Salmo 130:4) y hallan siempre nuevos motivos para bendecirle.
Los salmos 104 a 106 resumen los primeros libros de la Biblia. El salmo 104 celebra la creación, en tanto que los salmos 105 y 106 recuerdan la historia de los patriarcas y del pueblo de Israel.
La creación descrita por el Creador: ¡qué tema y qué escritor para tratarlo! Aquà volvemos a hallar la obra de los seis dÃas del primer capÃtulo de Génesis. En el primer dÃa: la luz (v. 2); en el segundo: la extensión de los cielos separada de las aguas (v. 2, 3); en el tercero: la fundación de la tierra con la aglomeración de las masas lÃquidas y la aparición del reino vegetal (v. 5-9, 14 y siguientes); en el cuarto: el establecimiento de las grandes lumbreras (v. 19, 22); en el quinto: la proliferación de animales en los mares y en el aire (v. 25, 26, 12, 17); en el sexto: finalmente, la creación de seres vivientes sobre la tierra (v. 11, 21â¦), coronada por la del hombre (v. 15, 23). Pero observe cómo, al lado del poder y de la sabidurÃa de Dios, se pone aun aquà el acento sobre su bondad. Todo fue concebido y ejecutado para el bien y el gozo de su criatura.
Al comparar el versÃculo 5 con el versÃculo 25 del salmo 102 podemos reconocer y adorar al Hijo en ese Dios maravillosamente grande (v. 1; Salmo 145:3), autor de todas las cosas. Era Ãl uno con el Padre en todos sus consejos y en todo su amor.
Somos propensos a dar mucha importancia a las obras y a las labores del hombre (v. 23). Pero, ¡cuán poca cosa es ésa al lado de las obras de Dios, testimonios innumerables de su sabidurÃa! (v. 24). De Ãl primeramente, y no del trabajo humano, depende toda criatura para su sustento (v. 27, 28; Mateo 7:11). No atribuyamos nuestra ganancia a nuestros esfuerzos, sino a su gracia. SÃ, âla tierra está llena de sus beneficiosâ; sepamos notarlos y observarlos. Sin embargo, se puede admirar la creación y gozar de ella sin conocer a quien la hizo.
Cuántos artistas y filósofos han confundido la Verdad con la naturaleza, sobre la que, por otra parte, el pecado ha dejado su impura huella. Contemplar la naturaleza no instruye al pecador acerca de lo que Dios es en santidad, justicia y gracia. Del mismo modo que para conocer Ãntimamente la personalidad de un arquitecto no basta visitar los edificios que construyó (y que unos inquilinos sin vergüenza tal vez arruinaron); es necesario tratarle, estar informado acerca de su carácter, su familia, sus costumbresâ¦
Asà que no lo olvidemos: no somos nosotros quienes descubrimos a Dios, es él mismo quien se revela, no a nuestros sentidos, pues âDios es EspÃrituâ (Juan 4:24), sino a nuestra alma. No sólo en la naturaleza sino en su Palabra (Salmo 19).
Los versÃculos 1 a 15 de este salmo forman parte (con el Salmo 96) del que se ha llamado el primero entregado por el rey David a Asaf después del regreso âdel arca del pacto de Diosâ (1 Crónicas 16:6-22). Hay sólo una diferencia muy notable. En la versión Moderna y otras el versÃculo 15 del capÃtulo 16 de 1 Crónicas habla de exhortación: âAcordaos para siempre de su pactoâ. En cambio, nuestro versÃculo 8 declara: âSe acordó (Dios)â¦â. Si bien el pueblo falló y olvidó el pacto con su Dios, Ãl se acordó de sus promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob (2 Timoteo 2:13). Era todo lo que poseÃan esos hombres de fe. A los ojos de sus contemporáneos tenÃan poca importancia; âeran pocos en número, y forasterosâ como lo somos hoy los cristianos. Pero Dios velaba sobre ellos como vela ahora sobre nosotros (v. 14, 15; por ejemplo: Génesis 31:24).
Luego âenvió un varónâ, el que, en figura, cumplió Sus propósitos: José, preciosa figura del Señor Jesús. Siervo primeramente, preso luego, fue liberado por âel Señor de los pueblosâ, quien lo puso âpor Señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesionesâ (v. 17-21). Cristo, quien murió y luego resucitó por el poder de Dios, será restablecido como Señor de toda la tierra y en él todas las promesas de Dios se realizarán (Hechos 2:36).
El poder de Jehová se despliega a todo lo largo del libro del Ãxodo. Se hallan en él primeramente sus milagros en juicio contra los egipcios (v. 27-36), luego sus milagros en gracia a favor de Israel (v. 37-41). Sin embargo, las terribles plagas que azotaron a Egipto no sólo estaban destinadas a espantar y castigar a Faraón. Ante todo, Dios querÃa revelarse a su propio pueblo mediante señales y prodigios (v. 27; Ãxodo 14:31).
âHablóâ, nos dicen los versÃculos 31 y 34, y la cosa ocurrió. Como en el dÃa de la creación, le bastó a Dios una palabra para suscitar los innumerables pequeños agentes de su ira: moscas venenosas, mosquitos, langostas (comparar Hebreos 11:3). Y qué humillación para el hombre constituye ser vencido⦠por viles insectos.
Israel sale de Egipto después de la Pascua, cambiando su miseria por grandes riquezas (v. 37). Gimió bajo la opresión; Dios lo hace salir con gozo y cántico de triunfo (v. 43). Israel, que trabajó tan duramente, va a poseer âlas labores de los pueblosâ (v. 44). Y toda esa obra redentora resulta del compromiso que Jehová habÃa contraÃdo con Abraham (v. 42; Génesis 15:13-14). Nada puede impedir al Dios fiel que cumpla con âsu santa palabraâ (v. 42; Lucas 1:72-73).
Sólo la obra de Dios está expuesta en el salmo 105; no era cuestión de los pecados de Israel. El salmo 106 vuelve a tomar el mismo relato a partir de la salida de Egipto, pero subrayando la responsabilidad del pueblo (compárese, por ejemplo, el episodio de las codornices en el salmo 105:40 con el salmo 106:14-15). Nuestra historia implica también un doble aspecto. Por un lado, la perfecta obra de la gracia que nos salva y que luego nos toma a su cargo para conducirnos seguramente a la meta, pese a los obstáculos y las dificultades (Filipenses 1:6); por otra parte, nuestra marcha, demasiado a menudo aminorada por rodeos o pasos en falso. Cuánto necesitamos al que, más que Moisés, permanece sin cesar en la brecha, intercediendo por los suyos (v. 23; Romanos 8:34).
âNo olvides ninguno de sus beneficiosâ recomendaba el salmo 103. En efecto, el olvido es una puerta abierta a la codicia y ésta lleva a la rebelión (v. 7, 13, 14, 21). En un corazón ingrato, Satanás dispone de buenos elementos para sembrar deseos culpables. Para el que ha dejado de valorar los dones de Dios, él sabe volver atrayentes las cosas del mundo y, por medio de ellas, atraer poco a poco a su vÃctima al camino de la rebelión abierta contra Dios. Ojalá que el Señor nos conceda, pues, poder estar siempre atentos a âsus maravillasâ (v.7).
En el Salmo 105, los verbos señalaban la intervención soberana de Dios: âEnvió (v. 17, 26, 28), habló (v. 31, 34), dio (v. 32), hirió de muerte (v. 36), sacó (v. 37, 43)â¦â. AquÃ, como lo hemos visto, son puestos en evidencia los pensamientos y los hechos del hombre (¡y qué hechos!): âNo creyeron⦠murmuraron⦠no oyeron⦠se mezclaron con las naciones⦠sirvieron a sus Ãdolos⦠sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios⦠derramaron la sangre inocente⦠se contaminaron asà con sus obrasâ¦â (v. 24-39). Desoladora historia de ese pueblo que se hundió más y más en el mal e hizo todo lo necesario para encender el furor de Jehová (v. 40). En conclusión, uno aguardarÃa su rechazo definitivo. Sin embargo, esa terrible requisitoria termina con la victoria de la gracia. De nuevo es Dios quien obra: âCon todo, él miraba cuando estaban en angustia, y oÃa su clamor⦠se acordaba⦠se arrepentÃa⦠Hizo asimismo que tuviesen de ellos misericordiaâ¦â (v. 44-46). A esa insondable misericordia responderá una eterna alabanza.
El pecado mencionado en el versÃculo 24 era particularmente apto para entristecer el corazón de Dios: âAborrecieron la tierra deseableâ. Queridos amigos creyentes: estamos en camino hacia una patria infinitamente más deseable aun que la Canaán terrenal: la Ciudad celestial, la Casa del Padre. ¿Es ella deseable⦠o despreciable a nuestros ojos? La respuesta se manifestará en nuestro andar.
El quinto Libro de los Salmos considera proféticamente a los redimidos de Israel (Judá y las diez tribus) congregados en su tierra (v. 3), âal albaâ (Salmo 108:2) del dÃa milenario. Recuerdan en el Salmo 107 las aflicciones encontradas en el camino de regreso, sus clamores de angustia, las liberaciones de Jehová y, finalmente, la alabanza que le corresponde.
De un modo general, estos cuatro cuadros âversÃculos 4 a 9; 10 a 16; 17 a 22; 23 a 32â ilustran las distintas sendas de Dios para la salvación de una alma (v. 9). Ãsta, tal vez, haya errado mucho tiempo sin meta y sin descanso en el árido desierto de este mundo (v. 4-5; compárese Génesis 21:14 y siguientes). Con el sentimiento de su necesidad, ella clamó a Dios, quien entonces la sació, la satisfizo y la condujo al divino descanso (v. 9, 7).
El alma pudo haber gemido bajo la esclavitud de Satanás, el opresor, aprisionada en las tinieblas y en los grilletes del pecado⦠(v. 2, 10). Pero Dios oyó sus gritos de auxilio. La âsacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, y rompió sus prisionesâ (v. 14, 16). Pudo haber conocido la desesperación, y llegado, a causa de una enfermedad o de un accidente, a las puertas de la muerte, término de la senda del hombre (v. 17, 18). Hasta que Dios le hubo enviado Su palabra y conferido la salud (v. 20)
¿Puede cada lector decir dónde y cómo el Señor halló y salvó su alma?
Muchas personas sólo piensan en Dios en el momento en que encuentran dificultades. ¿Deben extrañarse, pues, si Ãl se las manda? Como esos marineros sorprendidos por la tempestad (v. 23-30), los hombres están colocados, a veces, en situaciones desesperadas (Lucas 8:23). De ese modo, Dios quiere hacerles entender su total impotencia y la nada de toda su sabidurÃa (v. 27; Salmo 108:12). ¿Por qué obra Dios asÃ? Para llevarlos a clamar a Ãl. Aguarda sólo esto para intervenir. A su voz, las ondas se sosiegan, (v. 29). Y al mismo tiempo se calma el espÃritu del hombre cuando consiente en confiar el timón al Señor para dejarse conducir al puerto deseado (v. 30).
Esas sendas de Dios para la salvación del alma tienen su equivalencia en la vida del creyente. Los manantiales terrenales en los que bebÃa pueden secarse (v. 33; compárese 1 Reyes 17:7). Pero, al mismo tiempo, el Señor le hará hallar agua viva en el lugar donde no la buscaba (v. 35; Ãxodo 15:22-25). Lo que parecÃa árido y amargo, precisamente llegará a ser para el alma un manantial de gozo y fuerza. â¡Quien sea sabio, observe estas cosasâ¦!â y entenderá las misericordias de Jehová (v. 43; V.M.). SÃ, podemos estar seguros de ello: todas nuestras circunstancias, agradables o penosas, son dispuestas por Aquel cuya misericordia es para siempre (v. 1).
âDespertaré al albaâ¦â (v. 2). Como David, apreciemos el valor de esos primeros momentos de la mañana pasados en la comunión con el Señor (Salmo 63:1). La experiencia muestra que, si no sabemos aprovecharlos, por lo general la oportunidad no volverá a presentarse durante el resto de la jornada.
Los versÃculos 5 y 6 nos recuerdan dos verdades que no debemos perder de vista en nuestras oraciones: primeramente, que la liberación y la bendición del creyente son inseparables de la gloria de Dios. Demasiado a menudo nos olvidamos de ello en el momento de orar; sólo nos preocupamos egoÃstamente de lo que nos concierne. Mas busquemos âprimeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas nos serán añadidasâ (Mateo 6:33). En segundo lugar, ya que conocemos el amor del Señor por los suyos, no dejemos de solicitarlo: âPara que sean librados tus amadosâ, dice el salmista (compárese con Juan 11:3).
A partir del versÃculo 6, el salmo reproduce los versÃculos 5 a 12 del salmo 60. Se sitúan en el momento en que Dios habrá vuelto a tomar posesión de los lÃmites de Israel. Ãl ha hablado en su santidad (v. 7). Y sus primeras palabras fueron: âYo me alegraréâ¦â. El gozo del Señor es bendecir a los suyos y hacerlos partÃcipes de su herencia.
Este terrible salmo empieza invocando al âDios de mi alabanzaâ (v. 1). Ninguna amenaza, ningún motivo de abatimiento impedÃa que Jesús levantara los ojos hacia su Padre y le alabara. Al contrario, esas circunstancias constituÃan más razones para hacerlo. ¿Cómo se defendÃa cuando estaba rodeado âcon palabras de odioâ? (v. 3). âMas yo orabaâ, dice él (v. 4). Tal deberÃa ser, queridos amigos creyentes, nuestra única réplica cuando encontremos una injusta hostilidad. Si callamos âo más bien si hablamos sólo a Diosâ Ãl no callará y se encargará de contestar por nosotros (v. 1; Romanos 12:19).
Sin embargo, sólo Cristo âsufrió tal contradicciónâ¦â (Hebreos 12:3). Sus adversarios (a quienes, en el original hebreo, se les designa con el mismo nombre que a su maestro Satanás) no sólo âpelearon contra Ãl sin causaâ, sino que âexclama Jesúsâ âme devuelven mal por bien, y odio por amorâ (v. 5). Y entre ellos se habÃa colocado Judas, culpable de una ingratitud tanto más espantosa cuanto habÃa sido el objeto de un más Ãntimo afecto. El libro de los Hechos de los apóstoles 1:20 le aplica el versÃculo 8 (y para el porvenir, este pasaje se refiere al Anticristo). Por cierto, habÃa aquà motivos para quebrantar el corazón del Señor (v. 16).
âFavoréceme por amor de tu nombreâ, pide el Afligido y Necesitado (es decir, Cristo; v. 21, 22; comparar Juan 12:28). âY entiendan que ésta es tu mano; que tú, Jehová, has hecho estoâ (v. 27). Para su propia gloria, Dios debÃa liberar al que le invocaba. Y, como consecuencia, viene a continuación el salmo 110. Cómo resalta después del cuadro de la humillación del âVarón de doloresâ. Dios se habÃa puesto a la diestra del âPobreâ para salvarle (Salmo 109:31); era el pasado. En la gloria, donde está actualmente, lo hizo sentar a su diestra (v. 1; Efesios 1:20). Y, para más adelante, promete el versÃculo 5: âEl Señor está a tu diestra; quebrantará a los reyes en el dÃa de su iraâ. A sus adversarios del salmo 109 se los pondrá por estrado de sus pies: el sometimiento de ellos formará parte de Su gloria.
Este salmo 110 está citado ocho veces en el Nuevo Testamento. Prácticamente, sirve de hilo conductor a toda la epÃstola a los Hebreos (véase cap. 1:13; 7:17; 10:13â¦).
Finalmente, a esas promesas hechas al MesÃas se les agrega una en relación con su andar en la tierra (v. 7). Cristo, como hombre, debÃa hallar aquà abajo algunos escasos instantes de aliento, apropiados para animarle y fortalecer su alma (por ejemplo: Lucas 7:9, 44; 9:20; 10:21, 39; 23:42â¦).
Grandes son âlas obrasâ del Dios de la creación (v. 2). Mas ¿qué decir de âsu obraâ única (v. 3), la de la redención? (v. 9). ¡Cuán gloriosa y hermosa es! Adoramos al que la realizó y concluimos como el apóstol: âEl que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?â (Romanos 8:32). ¿No asegura él diariamente nuestro sustento? (v. 5). SÃ, lo que Dios hace confirma lo que él es: âclemente y misericordiosoâ (v. 4). Considerar sus obras fortalece nuestra fe en su Palabra; nunca contradijeron sus mandamientos. Tanto las unas como las otras son verdad. âFieles son todos sus mandamientosâ (v. 7) y practicarlos constituye el medio para adquirir âbuen entendimientoâ (v. 10).
El primer paso de un hombre en el camino de la sabidurÃa es el temor de Dios. Según el versÃculo 5, es igualmente la única manera de resolver el doloroso problema del hambre en el mundo⦠pero también la única en la que los pueblos ni piensan.
El loor del Señor permanece para siempre (v. 10; lo mismo que su justicia: v. 3; y sus mandamientos: v. 8). Sepamos entonar ese loor desde ahora.
Este salmo se relaciona con el precedente, como lo muestra una misma disposición alfabética de los versÃculos en el original hebreo. En el salmo 111 la justicia de Jehová permanece para siempre (v. 3). En el 112, es la justicia del que teme a Jehová la que permanece para siempre (v. 3, 9). Nuestro versÃculo 1 continúa y supera al versÃculo 10 del salmo 111. El temor de Dios, camino de la sabidurÃa, es también el de la bendición. No se trata sólo de practicar los mandamientos de Jehová sino de deleitarse en ellos âen gran maneraâ. Fue la porción de Jesús, quien podÃa decir: âEl hacer tu voluntad, Dios mÃo, me ha agradadoâ (Salmo 40:8; Juan 4:34).
Ciertas personas siempre temen oÃr una mala noticia. ¡Pues bien!, el temor de Dios aleja ese miedo causado por los hombres (v. 8) o por enojosos acontecimientos (v. 7). El corazón del que confÃa en Dios no es turbado por lo que acontece (Proverbios 1:33); está firme (v. 7), porque el Señor lo sostiene (v. 8; Comparar Juan 14:1, 27 final).
Pero un corazón firme puede ser al mismo tiempo sensible y estar lleno de amor. âEl hombre de bien tiene misericordiaâ (v. 5), reparte y da a los pobres (v. 9), es clemente y misericordioso como Dios mismo (compárese el versÃculo 4 con el salmo 111:4 final y Santiago 5:11 final).
¡Cuántos motivos tienen los âsiervos de Jehováâ para alabar âel nombre de Jehováâ! (v. 1). Otrora yacÃan en el polvo de la muerte, sÃ, en el muladar del pecado (v. 7). Pero Dios se rebajó a mirar en la tierra (v. 6). Jamás olvidemos que, por grande que Ãl sea, toma conocimiento de todo lo que concierne a cada una de sus criaturas. Ãl vio su estado de completa indigencia. Y, como el padre de familia de la parábola, se complació en invitar a los pobres y miserables para hacerlos sentar a la cena de su gracia (Mateo 22:10; comparar también 1 Samuel 2:8 y Lucas 1:52, 53).
Jehová habÃa visto la aflicción de su pueblo, oÃdo su clamor, conocido sus angustias. Y entonces descendió âpara liberarlosâ (Salmo 113:6; Ãxodo 3:7). Lo hizo salir de Egipto con poder. A su orden, el mar Rojo se replegó para dejar atravesar al pueblo de Dios; âel Jordán se volvió atrásâ para facilitarle el paso; la Roca hizo correr sus aguas para quitarle la sed. Dios sabe cómo y dónde hacer surgir el refrigerio y la vida para responder a las necesidades de los suyos. Pero hará todavÃa un milagro más grande a favor de su pueblo cuando cambie la dureza de su corazón en una fuente de aguas para bendición de toda la tierra.
Como Moisés y Josué otrora, el remanente de Israel pedirá más tarde a Dios que intervenga a causa de Su gloria, para que Su nombre sea conocido en todas las naciones (v. 12; Ãxodo 32:12; Josué 7:9). SÃ, Jehová aceptará el desafÃo que tanto ha entristecido a los suyos: â¿Dónde está ahora su Dios?â (v. 2; Salmo 42:3; Joel 2:17; Mateo 27:43).
âNuestro Dios está en los cielosâ, responden los fieles, y cerca de él está nuestro corazón. En cuanto a la gente del mundo, en general, no hace falta mucho tiempo para descubrir a qué tiene afecto. La mayorÃa no tiene vergüenza de sus Ãdolos: son la plata, el oro (v. 4), los productos del arte y de la técnica; son igualmente los cantantes, los artistas del espectáculo u otras personalidades del momento. Proclamemos nosotros también quién es nuestro Dios. Actuemos de modo que su Nombre sea conocido desde ahora a nuestro alrededor. Lo será en la medida en que busquemos Su gloria y no la nuestra (v. 1). En la medida en que cada cual pueda ver que sólo en Ãl ponemos nuestra confianza (v. 11).
En contraste con la alabanza y la bendición terrenales del reino mesiánico (v. 16, 17), como creyentes nos gozamos de haber muerto con Cristo y resucitado con Ãl para tener ya a su lado nuestro lugar en el cielo.
Este cántico del israelita traÃdo de vuelta a su paÃs, cuánto más puede cantarlo hoy el redimido del Señor: âEstaba yo postrado, y me salvó⦠tú has librado mi alma de la muerteâ¦â (v. 6, 8). Pero el recuerdo de una salvación tan grande hace que el creyente tenga conciencia de los derechos que su Salvador tiene sobre él. El versÃculo 8 evoca una liberación triple: Dios salva a nuestras almas; sostiene nuestros corazones agobiados por la prueba; finalmente, nos preserva de las trampas y de las tentaciones en las que, débiles como somos, podrÃamos tropezar.
Por eso cada uno puede hacerse la pregunta del versÃculo 12: â¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?â. âAmo a Jehováâ¦â contesta el salmista; éstas son las primeras palabras del salmo y el primer efecto del Evangelio, aquel que es la base de todos los demás. Entonces, de la abundancia del corazón, la boca puede confesar el nombre del Señor (v. 10; 2 Corintios 4:13). Pero se puede dar testimonio de más de una manera: âTomaré la copa de salvación⦠Te ofreceré sacrificio de alabanza⦠delante de todo tu puebloâ (v. 13, 17, 14). Adorémosle, pues, de todo corazón, con sacrificios de alabanza, âfrutos de labios que confiesan su nombreâ (Hebreos 13:15).
Si gozamos personalmente del Señor (Salmo 116), invitaremos a otros a adorarle con nosotros. Asà ocurrirá con Israel. Otrora tan celoso de sus privilegios, lleno de desprecio hacia las naciones, él mismo las invitará a la alabanza universal (v. 1; Romanos 10:19; 15:11).
La misericordia y la verdad de Dios de nuevo son nombradas juntas (v. 2; Salmo 108:4; 115:1). Son la doble manifestación de los esenciales caracteres de Dios para con los hombres: amor y luz. ¡Qué inagotable tema de adoración contiene, pues, ese precioso pequeño salmo (que viene a ser el capÃtulo central de la Biblia)!
En el salmo 118, la misericordia de Jehová es el tema de la alabanza. Rodeado y amenazado por el mundo entero, Israel hará la experiencia de que el socorro del hombre y de dignatarios es vano (v. 8, 9; Salmo 108:12). El nombre de Jehová será su única salvaguardia. En cuanto a nosotros, lo que nos amenaza, por desdicha, son esencialmente las concupiscencias de nuestros pobres corazones (Santiago 1:14). Muchas veces hemos estado a punto de caer, pero Dios nos ha ayudado; libró nuestros âpies de resbalarâ (v. 13; Salmo 116:8). Y el hombre no podrá hacer nada contra nosotros (v. 6) ni por nosotros (v. 8), pues el Señor es nuestra fortaleza (v. 14).
Este salmo ocupa un lugar importante en las profecÃas concernientes al Señor. El versÃculo 22, que es citado en los evangelios, como también en 1 Pedro 2:7, anuncia a la vez el rechazo de Jesús y el lugar que le corresponderá. Quiera Dios que sus designios, concretados en Cristo, sean siempre âcosa maravillosa a nuestros ojosâ (v. 23). Los versÃculos 25 y 26 nos recuerdan la entrada del MesÃas a Jerusalén y las aclamaciones de la muchedumbre: â¡Salva, te ruego! (Hosanna en hebreo) ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!â (Mateo 21:9). A pesar suyo, el pueblo judÃo le invocó y adoró en aquel dÃa como lo anunciaban las Escrituras. Y ellas deberÃan hoy abrir los ojos a este pueblo. No obstante, está cercano el momento en que ese pasaje tendrá su verdadero cumplimiento. El MesÃas, triunfante entonces, será recibido y saludado por el remanente fiel.
Para los judÃos, este salmo formaba parte del ritual de la Pascua. ¿Tal vez haya sido el himno cantado por el Señor con sus discÃpulos después de la cena? (Marcos 14:26). Si hubiese sido asà ¡con qué sentimientos debe de haber pronunciado en tal momento los versÃculos 6, 21, 22 y el final del 27: âAtad vÃctimas⦠a los cuernos del altarâ!
El salmo termina como habÃa empezado: celebrando la inmutable misericordia de Jehová (v. 1, 29).
âBienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardanâ, decÃa el Señor Jesús a las multitudes (Lucas 11:28). De esta dicha y de este privilegio va a hablarnos este magnÃfico salmo. Efectivamente, bienaventurados los perfectos en el camino (V.M.; los de limpio corazón de Mateo 5:8), que se complacen en los testimonios del Señor y se regocijan en sus estatutos (v. 16). Pero doblemente dichosos los que âguardanâ esos estatutos (v. 2, 4, 5, 8) y andan en ellos (v. 1).
Una seria pregunta se hace en el versÃculo 9. Ella no tiene ningún sentido para los jóvenes del mundo que se burlan abiertamente de los «escrúpulos» del joven creyente. Pero, para este último, ella es capital: â¿Con qué limpiará el joven su camino?â. La respuesta sigue inmediatamente: âCon guardar tu palabraâ. Mantengamos ese secreto de un andar puro a resguardo del pecado contra Dios (v. 11) y también contra nuestro âpropio cuerpoâ (1 Corintios 6:18). Si conservamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, y grabamos en él pasajes esenciales como ese versÃculo 9, estaremos armados para âel dÃa maloâ (Efesios 6:13, 17) en que surgirá la tentación. Porque si guardamos cuidadosamente sus preceptos, el Dios fiel nos cuidará con el mismo esmero. ¡Ojalá âla palabra de Cristo more en abundancia en nosotrosâ! (Colosenses 3:16).
Cuando abramos nuestra Biblia, empecemos siempre por pedir al Señor que abra nuestros ojos para discernir âlas maravillasâ que hay en ella (v. 18). Pero que, al mismo tiempo, aparte nuestras miradas de âla vanidadâ (v. 37), y ¡cuántas cosas oculta este vocablo! Porque no nos es posible hallar a la vez nuestro deleite en la Palabra y en las cosas de este mundo, como por ejemplo: el amor a las riquezas (v. 36; leer Lucas 16:13). Otro obstáculo que, frecuentemente, nos cierra las Escrituras es una mala conciencia. ¿Cómo gozar de lo que nos reprende? Primeramente debemos confesar nuestra falta o nuestro estado. âTe he manifestado mis caminosâ dice el salmista; entonces puede agregar: âEnséñame⦠(v. 26, 33; Salmo 32:5, 8); hazme entender⦠(v. 27); dame entendimiento⦠(v. 34), todas oraciones que agradan al Señor. Sus testimonios son âmis consejerosâ (v. 24). ¡Pero hace falta que yo me deje aconsejar por ellos!
Notemos también la progresión entre los versÃculos 30, 32 y 36. El creyente escogió el camino de la fidelidad; se propone correr por él y pide a Dios, no que ensanche ese camino sino que le ensanche su corazón para que el objeto de sus afectos le atraiga con más poder (Filipenses 3:14). Finalmente, él cuenta con Dios para que le guÃe por esa senda (v.35).
La Palabra de Dios regula toda la vida del creyente. Le permite contestar, cuando se le ha perjudicado, no necesariamente con el lenguaje sino con la paciencia y la confianza que ella le enseña (v. 42). Porque es âla palabra de verdadâ (v. 43), ella da al hombre de Dios verdadera seguridad y autoridad cuando habla y le confiere una santa libertad en su andar. ¿Por qué somos a menudo tan tÃmidos en nuestro pequeño testimonio personal? Justamente porque nos falta esa fuerza y esa convicción interior que comunica la Palabra de verdad cuando es creÃda, amada y meditada.
âCánticos fueron para mà tus estatutosâ (v. 54). ¡Qué Señor el nuestro! ¿De qué jefe de Estado, aunque fuese el mejor, podrÃa decirse que sus órdenes son un motivo de gozo para el que debe someterse a ellas?
Los versÃculos 57 a 64 nos muestran el corazón del creyente preocupado por conformar su andar a la voluntad del Señor: âConsideré mis caminosâ (v. 59), dice el fiel; y sólo luego: âVolvà mis pies a tus testimoniosâ. ¡Cuántas veces, por desdicha, nuestra conducta es contraria! Retengamos también el versÃculo 63: âCompañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientosâ (véase v. 79 y 115) y preguntémonos a quién frecuentamos (Proverbios 13:20).
El pedido del versÃculo 17 fue otorgado: âBien has hecho con tu siervoâ (v. 65). Pero de una manera que el salmista no esperaba: por medio de la aflicción. âBueno es para mà haber sido afligidoâ reconoce él (v. 71; V.M.). ¿Por qué? Porque âantes de ser afligido yo me extraviabaâ (v. 67; V.M.). El buen Pastor se vio obligado a usar ese penoso medio para volver al camino a su oveja descarriada. Pero el alma, de ese modo, hizo una experiencia más importante todavÃa: aprendió a conocer a su Dios y ya no tiene más necesidad de comprender para saber que Su amor no ha variado. âConozcoâ âdice ellaâ âque conforme a tu fidelidad me afligisteâ (v. 75).
Entre los nómadas, la confección de un odre de cuero exige una paciente preparación. Se lo expone al humo para hacer perder al cuero el gusto acre y el olor de origen que no dejarÃan de alterar la pureza del agua. Asà ocurre con el creyente (v. 83). El fuego de la prueba debe pasar por él a fin de quitarle su acritud o su dureza natural y volverlo apto para el servicio. âTus manos me hicieron y me formaron; hazme entenderâ¦â (v. 73). ¡Feliz oración del redimido¡ SÃ, Señor, forma también mi espÃritu por los medios que Tú escojas; hazme flexible y dócil a tu voluntad!
Por más firmemente que haya sido establecida la tierra (v. 90), la Palabra del Señor lo ha sido más aún. ¡Qué dicha âen un mundo en el que todo es incierto, en el cual la febril actividad del hombre caÃdo se despliega en pensamientos que perecerán sin excepciónâ poder conocer los eternos pensamientos de Dios y confiarnos en sus inmutables promesas! El cielo y la tierra pasarán, pero sus âpalabras no pasaránâ (Mateo 24:35). Por otra parte, la creación tiene un único propósito: âtodas las cosas⦠te sirvenâ (v. 91). Tal es también nuestro privilegio, pero sirvamos al Señor con inteligencia y con todo nuestro corazón.
Sólo Cristo realizó verdaderamente los versÃculos 97 a 112. Entendió âmás que los ancianosâ porque él cumplÃa los divinos preceptos, en tanto que ellos se contentaban con enseñarlos (v. 100; V.M.). Era más sabio que todos sus enemigos que le armaron trampas (v. 110; Mateo 22:15 a 34).
¿Quién se arriesgarÃa a caminar de noche sin una lámpara sobre un terreno sembrado de obstáculos? En las tinieblas de este mundo, en medio de âlazosâ puestos por los impÃos emboscados (v. 110, 95), la Palabra es esa lámpara, esa luz indispensable en nuestro camino (v. 105). ¡No temamos hacer demasiado uso de ella para mirar dónde ponemos los pies! (v. 101).
La Palabra, que es âlumbrera en mi caminoâ, me muestra también cuán espesas son las tinieblas a mi alrededor. Hace que me inspire horror la maldad y la falsedad. En efecto, sin esta medida divina, puedo equivocarme y llamar bueno a lo que es malo y verdad a lo que es mentira. Mientras que el Libro de los pensamientos de Dios me enseña a ver al mundo y lo que lo llena como Ãl mismo lo ve.
âDame entendimientoâ repite el fiel (v. 34, 125, 144, 169). La inteligencia es considerada, generalmente, como un don natural. ¡Pues bien! este ruego nos muestra que es posible adquirirla. Porque la Palabra es la que da la verdadera inteligencia (v. 130). âTu siervo soy yoâ¦â declara el salmista decidido a observar la voluntad de Dios (v. 125). Ãsta se expresa bajo distintas formas en la Palabra: ley, mandamientos, estatutos, preceptos, testimonios, ordenanzas, juicios⦠vocablos que difieren un poco en su sentido. En cuanto al cristiano, la Palabra no se impone más a él bajo forma legal. Su obediencia emana del amor que él siente, no sólo por los maravillosos testimonios del Señor (v. 113, 127) sino por su nombre (v. 132).
La justicia de Dios es la nota predominante de los versÃculos 137 a 144. Ella no es un motivo de espanto para quien teme a Jehová, anda a su luz y conoce también su misericordia (v. 149, 159). En medio de un mundo injusto, el fiel se complace en celebrar esta justicia de Dios, la que, como su misericordia, permanece para siempre (v. 142, 144).
âSumamente pura es tu palabraâ (v. 140). Más se la pone a prueba (como el oro en el crisol), más demuestra que es la pureza misma.
Los versÃculos 145 y siguientes traducen la extrema dependencia del fiel: âVivifÃcameâ¦â ruega él aquà cuatro veces (v. 149, 154, 156, 159; ver v. 25, 40, 88, 107). Es Dios quien da la vida; también es él quien la conserva y la sustenta. Pero esta oración concierne en primer lugar al alma del redimido. âVivifÃcame con tu palabraâ. Porque: âNo sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Diosâ (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3).
Retengamos bien el versÃculo 160: âLa suma de tu palabra es verdadâ. La Biblia no se compone de un conjunto de verdades entre las que cada uno escoge la que le conviene. Ella forma un todo inseparable que se recibe o se rechaza; toda ella es la Verdad (Juan 17:17).
El fiel, perseguido sin causa por prÃncipes, tiene temor, no de éstos, sino de la Palabra, pues teme desobedecerle (v. 161). No obstante, ¡ella es su gozo! (v. 162). ¡Ojalá la Palabra de nuestro Dios sea un tesoro para nuestros corazones! Inagotables riquezas se hallan ocultas en ella, pero sólo las descubre el que hace de esa Palabra su regla de vida. Empezar por recibir permite luego llevar: el versÃculo 171 nos recuerda que la alabanza es el fruto de un corazón enseñado por los estatutos divinos. Bien alimentados de éstos, sabremos hablar al Señor, adorarlo con inteligencia, pero también hablar alto, sin timidez, a nuestro alrededor, de todo el tema de nuestra meditación (v. 172; Efesios 5:11).
Los últimos versÃculos que resumen el salmo permiten ahora desentrañar el pensamiento directivo. Por medio de la tribulación, Israel será llevado a reconocer su extravÃo (v. 176). Aprenderá en la aflicción a amar la ley de Jehová (v. 163, 167, 174), a conformar su conducta a ella (v. 165-167), a aborrecer el mal (v. 163), a buscar su salvación sólo en Dios (v. 166). Antes que intervenga la liberación final (v. 174), la restauración interior ya se habrá producido. Lo que permitirá que Dios obre a favor de los suyos y los introduzca en la bendición del Reinado.
Los quince cánticos graduales (Salmos 120 a 134) exponen, de modo ascendente, la liberación y la restauración del remanente de Israel.
El salmo 120 halla a esos fieles en su cautiverio en medio de las naciones y nos hace oÃr sus suspiros. Sufren por tener que habitar en medio de los âque aborrecen la pazâ. Creyentes: quiera Dios que podamos darnos mejor cuenta de cuán intensamente el mundo se opone a Dios y, por consiguiente, a Sus hijos. El mundo ignora la paz; por tanto, mucho menos puede darla. Pero ¿qué dice el Señor a los suyos?: ââ¦mi paz os doy; no según da el mundo, yo os la doyâ (Juan 14:27 â V.M.).
Al desviar sus miradas de la escena de su aflicción, el fiel en el Salmo 121 la alza hacia los montes (Sion, objeto de su esperanza: ver Salmo 87:1-2). Pero su socorro viene de más arriba, viene del Creador, quien estableció estos montes. Jehová responde a esta confianza mediante conmovedoras promesas personales (v. 3-8). Cada creyente puede oÃr al Señor dirigÃrselas. Está en el mundo, pero él será guardado (verbo repetido seis veces) en todas partes y siempre en respuesta a esa oración de su Salvador: âNo ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del malâ (comparar v. 7 con Juan 17:15).
El amor que el israelita siente por Jerusalén es la imagen de los deseos y afectos del cristiano por la Asamblea, preciosa al corazón de Cristo. ¿Actualmente nos dirigimos con gozo (v. 1) al lugar en que Ãl prometió su presencia, para ir a celebrar su nombre? (comparar v. 4).
Retengamos la promesa del versÃculo 6: âSean prosperados los que te amanâ. El amor por la Asamblea es una fuente de prosperidad espiritual. ¿Cómo se manifiesta este amor? Orando por su paz, buscando su bien de todas maneras (v. 6-9).
El salmo 123 nos enseña la dependencia. El fiel alza sus ojos hacia su Dios con el sentimiento de que todos los recursos están en Ãl (compárese 2 Crónicas 20:12). No tiene ningún derecho; todo es gracia. Por parte de los hombres, ¿qué debe esperar el fiel? Puede estar sobremanera hastiado del menosprecio y del escarnio de los âque están en holguraâ aquà abajo (v. 3, 4; 1 Corintios 4:13). Pero, si es capaz de soportar estas cosas, es porque dirige las miradas de su fe hacia su Salvador âen los cielosâ (v. 1; Salmo 141:8). Pronto esta fe será cambiada en vista. Hoy está hastiado de menosprecio; mañana será saciado de Su imagen (Salmo 17:15).
Los salmos 120 a 123 nos han descrito al pueblo bajo la opresión. Los salmos 124 y 125 nos hacen asistir a su liberación. Ãsta se debe âel fiel se complace en repetirloâ sólo a la intervención de Jehová. Sin ella, hubiera sido tragado (Salmo 124:3), sumergido (v. 4, 5) y devorado (v. 6). Pero si Dios está âpor nosotrosâ, ¿qué podrán hacer los que se han levantado âcontra nosotrosâ? (v. 2; Romanos 8:31). El Señor sabe arrancar a los suyos del terrible lazo de los cazadores (v. 7). Estos últimos corresponden proféticamente al Anticristo y al asirio, agentes de Satanás contra el remanente de Israel. Para nosotros evocan a los enemigos de nuestras almas. Si ponemos nuestra confianza en Cristo, Ãl nos hará escapar del lazo, es decir, âdel pecado que nos asediaâ (Hebreos 12:1; Salmo 91:3).
La confianza es precisamente la primera nota del salmo 125; confianza en el que tiene poder de guardarnos âsin caÃdaâ (Judas 24). Al apoyarnos en el Señor, no vacilaremos (v. 1). Pero, para andar bien, no basta que nuestros pies estén firmes, es también necesario que nuestro camino sea recto. No imitemos âa los que se apartan tras sus perversidadesâ (v. 5). Y no olvidemos que, antes de manifestarse en el andar, la rectitud debe morar en el corazón (v. 4).
Como alguien que se despierta de una horrible pesadilla, los fieles, en un primer momento, serán incapaces de comprender su súbita liberación. Pero pronto resonarán cánticos de alegrÃa a los que las naciones harán eco, diciendo: âGrandes cosas ha hecho el Señor con éstosâ (v. 2; Salmo 14:7). Por asà decirlo, sus lágrimas habrán regado los surcos de una generosa cosecha (v. 5). Y tal fue el ministerio del Señor Jesús aquà abajo (v. 6). Con llanto siguió el camino de la cruz. âPero si muereâ âdice en Juan 12:24â âlleva mucho frutoâ. Aparecerá triunfante, cargado con el fruto del trabajo de su alma: sus redimidos, cual preciosas gavillas, apretadas contra su corazón.
El salmo 127 nos recuerda que toda empresa está destinada a fracasar si no tiene desde el principio la aprobación del Señor. Cierto asunto puede parecer bueno, merecer que se le dedique mucho tiempo y mucho trabajo; pero no resultará si Ãl no trabajó en esa tarea (Juan 15:5). La actividad apacible y confiada del creyente, seguida por un sueño tranquilo, contrasta con la febril y ambiciosa agitación de los hombres de este mundo (Eclesiastés 2:23). Y vosotros, jóvenes que pensáis en «edificar vuestra casa», el matrimonio es una cosa demasiado seria para ocuparos de él solos. ¡Dejaos conducir por el Señor!
âBienaventurado todo aquel que teme a Jehová⦠bienaventurado serás, y te irá bienâ (Salmo 128:1-2). El hombre quisiera invertir las cosas. Se imagina que consigue la felicidad al mejorar sus condiciones materiales. Pero su miseria es primeramente de orden moral. El hombre es desdichado porque es pecador. Debe empezar por volverse hacia Dios para temerle y andar en sus caminos (v. 1). Entonces verá la bendición extenderse sobre todo lo que le concierne: âLa piedad para todo aprovechaâ (1 Timoteo 4:8). «Esto no significa âescribió un creyenteâ que tendremos una prosperidad que consista en satisfacer nuestras codicias, sino el apacible gozo del favor divino aquà abajo» (ver Salmo 37:4).
Salmo 129. Desde âsu juventudâ en Egipto, Israel sufrió una dura opresión, pero nada igualará la que será su parte bajo el yugo del Anticristo. Al tomar forma de siervo, Cristo se identificó de antemano con los sufrimientos de su pueblo (comparar v. 3 y Mateo 27:26).
Pero Jehová es justo (v. 4). Los malos serán arrancados (v. 6); no formarán parte de las gavillas juntadas con regocijo por el gran Segador (v. 7; Salmo 126:5-6); no tendrán parte alguna en la bendición del Reinado (v. 8).
No fue la opresión del salmo 129 sino el sentimiento del pecado el que colocó al alma del justo en lo âprofundoâ (Salmo 130:1). Sin embargo, por más bajo que se sienta, siempre puede invocar a Dios. âHay⦠abundante redención en élâ (v. 7).
El versÃculo 4 nos extraña tal vez. Nos parecerÃa que el perdón tiene más bien el efecto de disipar el temor. Pero ¡es a la inversa! «El conocimiento de la gracia âescribió alguienâ da al trabajo de conciencia su verdadera profundidad. Porque nos damos cuenta del horror de nuestra situación solamente al medirla con el esfuerzo desplegado por nuestro Salvador para sacarnos de ella» (leer Romanos 6:14 y 1 Pedro 1:17-19).
Salmo 131. Las pruebas de un creyente contribuyen útilmente a humillarle y a quebrantar su voluntad propia (v. 1). Dios las permite, y él debe someterse. Cuando lo que él amaba le ha sido quitado, su alma se halla como âdestetadaâ (v. 2). Se parece a un niño bruscamente privado de la leche materna, pero que permanece cerca de su madre. En el momento no puede comprender que esto condiciona su crecimiento. Asà el Señor, a veces, juzga necesario quitarnos lo que nos parecÃa precioso e indispensable, para obligarnos a esperar sólo en Ãl (v. 3; volver a leer los v. 5-7 del salmo 130).
Este hermoso cántico evoca el dÃa en que el rey David hizo subir el arca a Jerusalén (2 Samuel 6:17). Más tarde, cuando tuvo lugar la dedicación del templo, Salomón terminó su oración con los versÃculos 8 a 10 (véase 2 Crónicas 6:41-42). Proféticamente, este salmo corresponde a la introducción del reinado milenario. Dios entrará en su reposo (v. 14); el mundo entero será bendecido y se regocijará (v. 15, 16); Cristo, el verdadero Hijo de David, recibirá la corona universal (v. 17, 18). Las incondicionales promesas de Dios se cumplirán en Ãl, por medio de Ãl y para Ãl.
Pero, notémoslo bien, ellas son la consecuencia de âtoda su aflicciónâ (v. 1; comparar 1 Crónicas 22:14; David es una figura de Cristo, Rey rechazado, en tanto que Salomón representa al MesÃas en su gloria). Cristo será asà exaltado porque padeció, y la tierra gozará del reposo de Dios porque Cristo experimentó aquà abajo el doloroso trabajo de su alma.
Acerquemos respectivamente los versÃculos 2 y 11; 5 y 13; 8 y 14; 9 y 16; 10 y 17-18. Comprobaremos que ese fiel que se preocupó por la gloria de Dios obtiene, punto por punto, contestaciones que superan todas sus esperanzas. Tiene relación con âAquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemosâ (Efesios 3:20).
El primer versÃculo del salmo 133 siempre tendrÃa que hallar su aplicación en la Asamblea y en nuestras familias. ¿Es asà en nuestro caso? Cuando los hermanos habitan juntos en armonÃa, es una cosa buena y deliciosa para ellos mismos, pero ante todo para el corazón del Padre. Los miembros de la familia de Dios están unidos entre sà porque están ligados a una misma Persona: Cristo; forman como el borde de su vestido, a saber, lo que es visible de Ãl aquà abajo (compárese con Ãxodo 28:33-34). Ãl está arriba, verdadero Aarón, Sumo Sacerdote; pero dio su EspÃritu, el que, âcomo el buen óleoâ, desciende sobre los hermanos reunidos allà donde Dios ordenó la bendición eterna (v. 3; Hechos 2:33; Efesios 4:2-4).
Con el salmo 134, último cántico gradual, los redimidos del pueblo terrenal han llegado a la más elevada de las quince gradas figuradas por otros tantos cánticos. Han alcanzado la meta ardientemente deseada; han franqueado las puertas de Jerusalén (Salmo 122:1, 2); se hallan en la casa de Jehová.
Pronto los rescatados del Señor alcanzarán su celestial meta: la casa del Padre. Pero âallà no habrá nocheâ (Apocalipsis 21:25) y ninguna exhortación a la alabanza será necesaria entonces. Ãsta surgirá espontáneamente de todos nuestros corazones cuando veamos a Jesús cara a cara.
El salmo 134 nos mostraba a los siervos de Jehová que estaban en su Casa para alabarle. El salmo 135 nos enseña cuál es el tema de la alabanza: el gran nombre de Jehová.
En el salmo 133, lo bueno y delicioso era que los hermanos habitaran juntos en armonÃa. AquÃ, en el versÃculo 3, es Jehová quien es hallado bueno y benigno. El adorador ha gustado âla benignidad del Señorâ (1 Pedro 2:3). Por más preciosa que sea la comunión fraterna, nada reemplaza para el alma el sabor del amor del Señor. ¿Nos reunimos en la congregación sólo para encontrar a otros creyentes, o porque gozamos allà de la bendita presencia del Señor?
Dios escogió a Israel âcomo asimismo a cada redimidoâ âpor posesión suyaâ (v. 4; compárese con Mateo 13:44); apeló a los más poderosos medios para adquirirlo (v. 5-12). Al ser mencionados después de semejante Dios, ¡cuán vanos y ridÃculos parecen los Ãdolos del mundo! ¡Y cuán dignos de lástima son âtodos los que en ellos confÃanâ! (v. 18). Bendecir a Jehová, quien ha llegado a ser para nosotros âel Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristoâ (Efesios 1:3), es el privilegio de todos los que le temen.
Todas las intenciones de Dios para con su criatura tienen un único y mismo motivo: su misericordia que permanece para siempre. Primeramente aparece en âlas grandes maravillasâ cumplidas a favor del hombre aun antes de su existencia, cuando Dios componÃa un medio ambiente favorable a la vida y la subsistencia de su criatura (v. 4-9). Asà es cómo una madre prepara con ternura, antes del nacimiento de su niño, el ambiente en el cual el bebé será acogido juntamente con todos los objetos que le sean necesarios.
A partir del versÃculo 10 podemos ver brillar el amor de Dios en la obra de la redención. Ãsta se halla ilustrada por medio de la salida de Egipto y la entrada de Israel en Canaán. âEn nuestro abatimiento se acordó de nosotrosâ, pueden cantar todos los redimidos agradecidos (v. 23). La expresión âpara siempre es su misericordiaâ puede sorprender al final de los versÃculos 10, 15 y 17-20. Pero no olvidemos que incluso el castigo de los malos tiene su fundamento en los propósitos del amor de Dios por los suyos, como asimismo para bendición del mundo futuro.
Asà se explican también los terribles versÃculos 8 y 9 del salmo 137. Los hombres hablan del «buen Dios» con la mayor ligereza. ¡Es de desear que puedan reflexionar en el alcance de ese adjetivo, confirmado por tan evidentes testimonios⦠y corresponder luego a semejante amor!
Aquà empieza la última serie de salmos, en su mayorÃa de David. Vuelven a relatar la restauración final de Israel desde su servidumbre en medio de las naciones (Salmo 137), a través de su tribulación, hasta la liberación y la alabanza general.
El comienzo del salmo 137 evoca el cautiverio de Babilonia. ¿Cómo los desdichados deportados habrÃan podido cantar a pedido del opresor y regocijarse bajo su yugo? No hay alegrÃa para ellos lejos de Jerusalén. Los que les quitaron todo no pueden quitarles el recuerdo. AsÃ, amigos creyentes, extranjeros en un mundo hostil, no hallamos nada en él para nuestros corazones, pero poseemos en Cristo un gozo que nadie nos quita (Juan 16:22). ¡Jamás olvidemos la ciudad celestial!
En el salmo 138, el fiel, pese a su âhumilde condiciónâ (v. 6), canta âcon todo su corazónâ y se prosterna hacia Jerusalén (v.1 y 2; compárese con 1Reyes 8:47â¦). âMe respondisteâ puede decir luego, aunque nada haya cambiado todavÃa en sus circunstancias. Pero Dios ha aumentado el vigor de su alma (v. 3). Y es esta fuerza la que cuenta para el creyente (Efesios 3:16).
Dios âcumplirá su propósitoâ en lo que nos concierne (v. 8), no mediante la destrucción de la raza de los malos (final del salmo 137) sino con el retorno del Señor.
âDios es luzâ (1 Juan 1:5). âY no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presenciaâ¦â (leer Hebreos 4:13). ¡Qué cosa aterradora para un pecador es sentir esa santa mirada constantemente puesta en él, poniendo al desnudo sus más Ãntimos pensamientos y descubriendo sus más secretos motivos! Tiene una sola idea: huir de ese terrible haz de luz. Mas éste hurga en las tinieblas en las cuales el pecador busca esconderse (v. 11), le alcanza al extremo del mundo, remonta su lejano pasado⦠(Génesis 3:8; Juan 3:19).
Por lo tanto, es una locura pensar que se puede escapar de Dios. Y es otra más intentar sustraerse⦠a Aquel que quiere asegurar nuestra felicidad. Cuando usted está enfermo, no se le ocurre ocultarle al médico el menor de los sÃntomas de su mal. Usted sabe bien que, para curarse, es de su interés decirle todo lo que siente. ¿Por qué obrar de otro modo cuando Dios quiere salvar su alma o liberarle de su pecado? Confiésele todos los aspectos del mal que le socava. Deje que Su luz escudriñe su conciencia. Que su oración sea la de los versÃculos 23 y 24: ¡âExamÃname, oh Diosâ y examÃname más todavÃa! Pon todo en orden en mi vida. No me dejes meterme en un âcamino de perversidadâ. Mas âguÃame en el camino eternoâ.
Este salmo nos hace entrever cuánto sufrirán los creyentes del remanente judÃo durante los terribles tiempos de la gran tribulación. La gracia de Dios nos ha preservado hasta ahora de persecuciones en nuestros paÃses. Pero es bueno hacerse a veces esta pregunta: Si mañana se debiera de nuevo sufrir como cristiano, ¿querrÃa yo aún llevar ese nombre?
Por otra parte, no olvidemos que tenemos que habérnosla continuamente con enemigos tanto más terribles cuanto nos son familiares. De ese hombre malo, violento (v. 1), que maquina el mal (v. 2), que âaguza su lengua como la serpienteâ (v. 3) y que se esfuerza en hacer resbalar mis pasos (v. 4), la epÃstola a los Romanos me revela una cosa espantosa: él mora en mi propio corazón (Romanos 3:13; 7:17). Pero la misma epÃstola contiene, si asà puede decirse, su esquela de fallecimiento (6:6). La muerte me liberó de ese âviejo hombreâ; ya no tengo que combatirlo sino considerarlo crucificado con Cristo.
En cuanto al enemigo de fuera, también es Dios quien me protege de él. El Señor es âpotente salvador mÃoâ âdice el fielâ âtú pusiste a cubierto mi cabeza en el dÃa de la batallaâ (v. 7). El yelmo de la salvación es una pieza indispensable de la completa âarmadura de Diosâ (Efesios 6:17).
Nunca cansamos al Señor al dirigirnos a Ãl. Al contrario, la oración de un creyente es un perfume agradable para él (v. 2; compárese Apocalipsis 5:8 final). Por desdicha, nuestra boca es capaz de hacer brotar también palabras amargas. Sin el socorro de arriba, nadie es capaz de domar su lengua (Santiago 3:8, 9). Aquà el hombre de Dios le pide: âPon guarda a mi bocaâ. Sin embargo, ésta no hace más que revelar lo que se agita en el corazón (Salmo 39:1-3). Este último también necesita una guardia vigilante para que no se incline a âcosa malaâ (v. 4). En fin, sepamos considerar la reprensión no como una herida del amor propio sino como un favor, âun excelente bálsamoâ reservado por el Señor para los suyos (v. 5; compárese con 2 Samuel 16:5, 10; Gálatas 6:1).
Salmo 142. Perseguido por Saúl, David se ha escondido en la cueva de Adulam (1 Samuel 22; Salmo 57). Anda errando con sus compañeros âpor los desiertos, por los montes, por las cuevas y las cavernas de la tierraâ (Hebreos 11:38). No hay refugio humano para él (v. 4). Pero su fe le permite exclamar a Jehová: â¡Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientesâ! (v. 5; V.M.).
âMe rodearán los justosâ¦â (v. 7). Cristo, el verdadero David, introducirá consigo en la gloria a los que Ãl haya vestido con su propia justicia.
âOye mi oraciónâ¦â âexclama el fiel desde el fondo de su angustiaâ âno escondas de mà tu rostro⦠respóndemeâ¦â. ¡Qué contraste entre esa inquietud y la apacible seguridad que puede ser hoy la porción del creyente! Este último está seguro de tener siempre entrada a la presencia del Padre por medio de Jesús (Hebreos 4:16). Sin embargo, el mismo intenso deseo de comunión deberÃa animarle. âMi alma, como la tierra sedientaâ, clama a ti (v. 6; compárese Salmo 63:1). SÃ, cada dÃa, de mañana, necesito oÃr no sólo la Palabra de Dios, sino su misericordia, al abrir mi corazón para escucharle (v. 8).
Ese sentimiento del amor del Señor fortalecerá la confianza que he puesto en Ãl y le pediré, primeramente, que me haga conocer su camino y luego que me conduzca en él. Llamarle âmi Diosâ y nombrarme a mà mismo âsu siervoâ (v. 12), me lleva a hacer lo que le agrada. Pero, en primer lugar, es necesario que Ãl me enseñe y luego que âsu buen EspÃritu me guÃe a tierra de rectitudâ para hacer su voluntad (v. 10). En realidad, esos ruegos están unidos los unos a los otros. Por una parte, el goce de la comunión del Señor es necesario para conocer su voluntad. Pero, por otra parte, sólo podemos gustarla en la obediencia a esa voluntad.
âEnséñame a hacer tu voluntadâ era la oración del Salmo 143 (v. 10). âAdiestra mis manos para la batallaâ¦â pide David aquÃ. El combate cristiano tiene también sus leyes (2 Timoteo 2:5) y cada creyente que quiere agradar a âAquel que lo tomó por soldadoâ debe cumplir, por decirlo asÃ, su servicio militar. No obstante, no cuenta con la experiencia adquirida ni con su valentÃa para ser victorioso. Declara aquÃ: Dios mismo âes mi castillo, fortaleza mÃa y mi libertador, escudo mÃo en quien he confiadoâ (v. 2).
La liberación de arriba, que responderá al clamor del remanente, abrirá por fin la puerta a las bendiciones milenarias (v. 12-15). Pero no olvidemos que, a diferencia de Israel, pueblo terrestre, las actuales bendiciones del creyente son espirituales âen los lugares celestiales en Cristoâ (Efesios 1:3). Por consiguiente están âcomo Cristoâ fuera del alcance de las pruebas terrenales y les es posible gozar de ellas en medio de las peores dificultades. A la inversa, si todo nos parece estar lo mejor posible en lo que acontece a nuestra salud, a nuestros negocios y a nuestra vida familiar, no concluyamos de ello que nuestra alma también prospera, ni que tenemos la aprobación del Señor. Por desdicha, las cosas podrÃan ser muy distintasâ¦
Cristo, de quien David es figura, entona aquà la alabanza (ver el tÃtulo del salmo), la cual, en estos últimos salmos, se extenderá a toda la creación (compárese Salmo 22:25â¦). Y con él podemos cantar: âTe exaltaré, mi Dios⦠cada dÃa te bendeciré⦠para siempreâ. Grande es Jehová, de una grandeza inescrutable (v. 3). Sus hechos son poderosos (v. 4, 12), maravillosos (v. 5) y terribles (v. 6; V.M.). Grande (v. 7, 8) y universal (v, 9) es su bondad; se proclamará la memoria de ella. Se hablará de su poder y se cantará su justicia. Pero una de sus glorias que particularmente nos resulta preciosa es su gracia (v. 8).
La gracia nos trae la salvación. Los versÃculos 14 a 20 enumeran diversas manifestaciones. El Señor sostiene (Salmo 37:24)â¦, levanta (Salmo 146:8)â¦, da la comida y sacia (Salmo 107:9)â¦, está cercano a los que le invocan (Salmo 34:17, 18)â¦, cumple el deseo de los que le temen, oye su clamor, los guarda y salva a los que le aman. SÃ, âde su plenitud tomamos todos, y gracia sobre graciaâ (Juan 1:16). Y todos los verbos conjugados en primera persona del futuro: âTe exaltaréâ¦, bendeciréâ¦, alabaréâ¦, meditaréâ¦, publicaréâ¦â son la justa respuesta del redimido ante la propagación de esta gloria.
No aguardemos a estar en el cielo para celebrar a nuestro Dios Salvador. âAlabaré a Jehová en mi vida. Cantaré salmos a mi Dios mientras vivaâ, declara el salmista (v. 2; Salmo 34:1). Sólo Ãl merece nuestro homenaje, como asà también nuestra confianza. Los versÃculos 3 y 4 nos advierten seriamente acerca de no poner nuestra confianza en el hombre, porque es un constante peligro que puede tomar muchas formas (por ejemplo: la búsqueda de la influencia). No esperemos ningún apoyo de los «dignatarios», aun cuando ocasionalmente Dios mismo se sirve de ellos para nuestro bien. Pese a lo alto que estén colocados, no hay salvación en ellos (v. 3); se asemejan a la vanidad (Salmo 144:4) y, si son incrédulos, perecerán un dÃa con sus pensamientos (v. 4).
¿Qué pensarÃamos de un hijo de padres acomodados que fuera a mendigar a la puerta de vecinos pobres? Tenemos como Padre a un Dios infinitamente poderoso, infinitamente sabio y que nos ama; ¿qué más necesitamos? Liberta a los cautivos de Satanás (v. 7); abre los ojos de la fe (Efesios 1:18); levanta a los que andan doblados bajo cargas demasiado pesadas. Ama a los justos (v. 8). El extranjero, el huérfano y la viuda gozan de cuidados apropiados a sus necesidades (Lucas 4:18). Dice un cántico: «Contemos los beneficios de Dios; adorándole, veremos cuán grande es el número de ellos».
Cada uno de los salmos 146 a 150 tiene como encabezamiento y conclusión âAlabad a Jahâ, dicho de otro modo: âAleluyaâ. Ese grito de alegrÃa llenará la tierra cuando Israel sea recogido y Jerusalén vuelva a ser edificada (v. 2).
¿En quién se complace Jehová? En los que le temen y esperan humildemente en su misericordia. En cambio, no se complace en la fuerza de la que el hombre se glorÃa (v. 10, 11; Apocalipsis 3:8). Aun en nuestro siglo, caracterizado por la velocidad, ni âla agilidad del hombreâ (v. 10), ni sus últimos descubrimientos técnicos son necesarios para que la Palabra del Señor corra velozmente (v. 15; 2 Tesalonicenses 3:1). Si cada creyente rindiera fielmente su testimonio allà donde está colocado, el Evangelio se difundirÃa rápidamente por su propio poder (Salmo 68:11).
La insondable actividad de Dios abarca dominios tan diferentes como el de sanar a los quebrantados de corazón⦠(v. 3) y enumerar las estrellas (v. 4). Hace alternar las estaciones para el bien de su criatura. âÃl prepara la lluvia para la tierraâ (v. 8; Deuteronomio 28:12), âda la nieveâ (v. 16) y sopla âsu vientoâ (v. 18). ¿Pensamos en ello cuando nos quejamos del tiempo que hace? SÃ, âgrande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinitoâ (v. 5).
Este salmo da impulso a la alabanza universal. Resonará en los cielos (v. 1-6) y en la tierra (v. 7-13). ¡Prodigioso concierto será éste en el que cada criatura tendrá una nota que hacer oÃr! Pero ¿cómo entender que las cosas materiales sean invitadas a unirse a esa sinfonÃa? (v. 3, 7â¦). El capÃtulo 8 de la epÃstola a los Romanos nos enseña que, desde la caÃda, âla creación fue sujetada a vanidadâ; el hombre se sirvió de ella sólo para glorificarse a sà mismo. Pero está cercano el momento en que, por fin, âlibertada de la esclavitud de corrupciónâ, la creación glorificará únicamente a Dios (Romanos 8:20, 21; IsaÃas 55:12, 13). Sus âgemidosâ darán lugar a un pleno esplendor. SÃ, a su manera, ella relatará la gloria de Dios y su voz será oÃda (Salmo 19:1-3). Exaltará a la vez a su Creador y a su Libertador, el que la hizo y el que habrá permitido, mediante su cruz, âla restauración de todas las cosasâ (Hechos 3:21).
El versÃculo 12 nos recuerda la hermosa contestación de Moisés a Faraón: âCon nuestros jóvenes y con nuestros ancianos iremos; con nuestros hijos y con nuestras hijas⦠porque hemos de celebrar una fiesta solemne al Señorâ (Ãxodo 10:9; V.M.). Y el versÃculo 14 nos muestra el lugar que, en el mundo venidero, Dios dará a Israel, âel pueblo a él cercanoâ.
Hemos llegado a la conclusión de los salmos, ese «libro de la prueba» cuya última página será dada vuelta solamente al término de nuestra estancia terrenal. Y comprobamos que todos los sufrimientos que se hallan descritos en él han llegado a ese resultado final: la alabanza de Dios por medio de todo lo que respira. Ojalá pueda ser asà con cada una de nuestras pruebas: que sea hallada âen alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristoâ (1 Pedro 1:7).
El libro de los Salmos comenzó por la bendición que Dios da al hombre; termina por la bendición que el hombre da a Dios. Hemos oÃdo el aleluya cantado sucesivamente por el remanente salvado (Salmo 146), por Jerusalén (salmo 147) y por la Creación (Salmo 148). El salmo 149 tiene por tema el cántico nuevo de Israel y los últimos juicios que precederán al Reino. Por último, el salmo 150 responde a todas las preguntas concernientes a la alabanza: quién debe ser adorado; dónde (v. 1), por qué (v. 2), cómo (v. 3-5), y por quién (v. 6) debe ser rendido el culto.
Todas las expresiones de esa alabanza universal se unen en una perfecta armonÃa. Porque el cántico es único: exalta los poderosos hechos y la infinita grandeza de Aquel que entonces habrá cumplido todos sus propósitos para su propia gloria y para la bendición universal.
Recordemos que la mayorÃa de los pensamientos y de las máximas contenidas en este libro de los Proverbios tienen entre sà vÃnculos que es importante establecer para extraer sus enseñanzas.
âDel hombre son las disposiciones del corazónâ declara el versÃculo 1. âEl corazón del hombre piensa su caminoâ prosigue el versÃculo 9. Y estos proyectos, estos designios pueden parecer limpios (v. 2) y rectos (v. 25) a todo aquel que no conoce su corazón ni juzga sus motivos. Por ejemplo una limosna, cosa buena en sÃ, puede ser hecha para ser vista de los demás (Mateo 6:1). Pero Dios, quien pesa los espÃritus y los corazones (cap. 21:2) discierne en nuestras intenciones tal camino de perversidad o de muerte (v. 25; Salmo 139:24). Sigamos el consejo del versÃculo 3 y encomendémosle nuestros asuntos, pequeños o grandes (Job 5:8). Dejarle obrar, trazar nuestros caminos, dictar nuestras palabras, esto es dependencia, actitud que le agrada al Señor y garantiza nuestra seguridad.
Los versÃculos 10 a 15 nos enseñan lo que conviene a los reyes. A propósito de esto, recordemos la dignidad a la cual la gracia del Señor nos ha hecho acceder (Apocalipsis 5:10). Nobleza obliga, se dice a veces (comp. IsaÃas 32:8). La justicia y la rectitud deben caracterizar a los coherederos del reino.
Si se anuncia el descubrimiento de yacimientos de oro en algún punto del globo, en pocas semanas se verá construir allà ciudades enteras. Una publicidad que señale un fácil medio de ganar dinero recibirá innumerables respuestas. En cambio, adquirir la sabidurÃa no suscita competición alguna (comp. v. 16). Sólo el discÃpulo de Jesús que tiene cuidado de su Palabra conoce el valor de ella (v. 20; Salmo 119:127). Los despojos compartidos con los soberbios no tienen atracción para él. Se complace con los humildes y benévolos (v. 19).
El corazón del sabio hace prudente su boca (v. 23). El amor le dicta âlos dichos suavesâ que serán como un bálsamo para las almas enfermas.
En contraste con el hombre recto (v. 17) y âsabio de corazónâ (v. 21), los versÃculos 27 a 30 nos ofrecen el retrato del âhombre de Belialâ (v. 27 V. M.), âperversoâ, âviolentoâ. âCava en busca del malâ, divulga lo que ha descubierto, siembra contiendas, divide y lleva a hacer el mal. Guardémonos de ese peligroso compañero y sigamos en este mundo el camino de los hombres rectos, el que nos obliga a tener mucha prudencia para evitar el mal (v. 17; 2 Timoteo 2:22). Finalmente, meditemos el versÃculo 32. La más hermosa victoria que un hombre pueda lograr consiste en dominar su propio espÃritu (en contraste con cap. 25:28).
La paz en una casa tiene más importancia que toda forma de riqueza y de prosperidad (v. 1). El versÃculo 14 nos enseña cómo empiezan las querellas. Se dejan escapar desdichadas palabras, âcomo quien suelta las aguasâ (v. 14). ¡Trate, luego, de volver a agarrarlas! Pero, cuando la disputa empezó y amenaza enardecerse, la sabia actitud ârecordémosloâ es la de irse. También ocurre que, sin formar parte de los reñidores, uno sea el causante de una desavenencia. Por ejemplo, al repetir una cosa en lugar de taparla (v. 9). âEl amor cubrirá todas las faltasâ (cap. 10:12; 1 Pedro 4:8). Callar las faltas de otro no es disculparlas, al contrario, es sufrir a causa de ellas al punto de tener vergüenza de repetirlas.
El entendido es aquel que, para hacer progresos, sabe sacar partido de toda enseñanza, inclusive de la reprensión.
La fe en el corazón del creyente es mucho más preciosa que el oro. No puede perecer. Pero es necesario que la prueba la purifique de toda aleación. Dios se dedica a ello como el afinador de MalaquÃas 3:3. Su trabajo limpia a los suyos de todo lo que no es compatible con su santidad y nuestro más grande interés consiste en dejarle obrar (Job 23:10).
«Verdaderamente es una gran gracia de parte de Dios aplicar la sabidurÃa divina a todos los detalles de la vida del hombre en medio de la confusión que produjo el pecado» (J. N. Darby). ¡De ahà nuestra responsabilidad de poner en práctica esta sabidurÃa en nuestra vida cotidiana! Nos es dada para ser vivida y el hombre entendido la guarda âante el rostroâ (v. 24 V. M.; Eclesiastés 2:14). Al contrario, el insensato dispersa su imaginación en quimeras y vanas codicias hasta el extremo de la tierra. Pensamos en el hijo pródigo disipando locamente los bienes de su padre en una provincia apartada. ¡Y qué pena causa un hijo insensato a sus padres! (v. 21 y 25). Imitemos a Salomón, el autor de este libro, quien habÃa sabido pedir para sà mismo âun corazón entendidoâ (1 Reyes 3:9).
El que sale fiador es un falso amigo. ConfÃa inconsideradamente en su prójimo e incita a este último a contar con él (v. 18; JeremÃas 17:5). En cambio, el versÃculo 17 nos da el medio de reconocer a un verdadero amigo. Ãl se revela en las dificultades y descubrimos lo que es un hermano. âEn todo tiempo ama el amigo...â. ¿Quién mejor que el Señor Jesús merece este nombre? (Juan 15:13). «Ãl es nuestro supremo Amigo» âdice un cánticoâ «Su corazón nunca se cansa». ¡Qué inmenso amor!
Mantenerse aparte, vivir para sà mismo, es prueba de egoÃsmo y a menudo de soberbia. Romanos 15:1-3, al citar el ejemplo del Señor Jesús, nos exhorta a no buscar lo que nos agrada a nosotros mismos (comp. v. 1), sino lo que agrada a nuestro prójimo âen lo que es bueno, para edificaciónâ. Y la lengua constituye el medio de comunicarnos con ese prójimo para su bien o para su mal. La boca puede ser âla fuente de la sabidurÃaâ (v. 4). Pero también puede hacer surgir contiendas (v. 6), chismes (v. 8), jactancia (v. 12; Santiago 3:5), respuestas precipitadas (v. 13), cosas duras (v. 23)... Mas esos tristes frutos de la carne serán comidos por aquel mismo que los produjo (v.20-21 y fin de Lucas 6:38). Le valdrán azotes (v. 6), la ruina, lazo para su alma (v. 7), oprobio (v. 13), muerte... (v. 21). ¡Qué veneno, qué amargo regusto se esconde en esos âbocados suavesâ! (v. 8).
Los versÃculos 11 y 12 nos muestran otro género de locura: la del hombre altanero que pone su confianza en la incertidumbre de las riquezas y se imagina que es protegido por ellas (léase Marcos 10:24). El justo no tiene otra fortaleza sino el nombre de Jehová, más poderoso que la más fuerte torre (v. 10; comp. Salmo 91:2).
âEl alma sin ciencia no es buenaâ (v. 2), porque, evidentemente, esa alma se halla expuesta a todos los peligros que ignora. Además, aquel a quien no le contienen las advertencias de la Palabra corre el riesgo de obrar o de hablar apresuradamente y tropezar (es decir, pecar; v. 2). Si amamos a nuestra alma ây no tenemos nada más preciosoâ hagamos de manera que sea instruida para adquirir entendimiento (v. 8).
Varios versÃculos nos hablan del pobre. La consideración de la cual gozan los hombres en el mundo a menudo es proporcional a su fortuna. Los pobres, aun cuando se les ayude, fácilmente son menospreciados (Santiago 2:6). Pero Dios se acuerda de que su Hijo fue âel Pobreâ aquà abajo. Se hace cargo de aquellos pobres que caminan en integridad (v. 1; cap. 22:23) y les abrirá su cielo (Lucas 14:21... y 16:22). âLas riquezas traen muchos amigosâ (v. 4; cap. 14:20). Extraños amigos âmás bien enemigosâ son esos compañeros aduladores que contribuyen a la ruina de su âvÃctimaâ (cap. 18:24). No obstante, el hombre despojado y abandonado entonces puede descubrir al Amigo que siempre le queda. Jesús es aquel âmás unido que un hermanoâ.
La pereza, especialmente la pereza para escuchar (Hebreos 5:11), para el âalma negligenteâ tiene todavÃa muchas consecuencias desastrosas (v. 15). âHace caer en profundo sueñoâ a aquel que deberÃa velar para esperar al Señor (comp. Mateo 25:5). Produce el hambre del alma y la penuria espiritual (cap. 20:13). Y, querido amigo, si su alma tiene hambre, no busque engañarla con âlo que no saciaâ (IsaÃas 55:2). Sólo un alimento le conviene: la palabra de Dios. Ser nutrido de Cristo, verdadero pan del cielo, según el versÃculo 23, da la seguridad de no ser visitado por el mal. Al lado de las palabras del conocimiento existe una instrucción que hace divagar (v.27; 1 Timoteo 6:20-21), fruto de los numerosos pensamientos del corazón del hombre (v. 21). Escucharla es desviarse del camino de la desobediencia; es, pues, necesitar la corrección (v. 18 y 25). No demos a este vocablo solamente el sentido de castigo, sino pensemos en el piloto que corrige su ruta y rectifica el rumbo de su aparato según las indicaciones de la torre de control. Tal debe ser sobre nosotros el efecto de la corrección del Señor: volver a hacernos tomar la buena dirección. Es el privilegio del hijo (v.18; cap. 13:24), y el ententido sabe aprovecharla (v. 25; cap. 9:8).
El vino, el que representa en la Palabra la comunión con las alegrÃas del mundo, conduce a la burla (v. 1; léase IsaÃas 28:7 y 14).
Muchas personas que no vacilan en proclamar su propia bondad (v. 6), su moralidad (v. 9; comp. 1 Juan 1:8 y 10), prueban que conocen muy mal su corazón natural. Sólo el nuevo hombre (el justo) puede agradar a Dios al caminar en la fidelidad y la integridad (v. 7). Comparemos nuestro versÃculo 10 con Deuteronomio 25:13-16: âNo tendrás en tu bolsa pesa grande y pesa chica... Pesa exacta y justa tendrás...â. En la práctica esto quiere decir, por ejemplo, que no debemos juzgar nuestras propias faltas con indulgencia y las de los demás con severidad.
Esto nos lleva al versÃculo 11. Por más joven que sea un creyente, es exhortado a darse a conocer por lo que él es. Menos por sus palabras que por su conducta; ésta debe ser a la vez limpia y recta, proscribir toda actitud turbia y malsana y toda clase de trampa. Tal conducta se notará porque contrastará con el comportamiento equÃvoco o deshonesto de muchos de sus compañeros. ¡El Señor nos ayude a todos a darle un valiente testimonio, tomando como modelo la fidelidad que sólo Ãl realizó perfectamente! (fin del v. 6).
Se comparó este libro de los Proverbios a un hilo conductor que, «en el laberinto de este mundo en que un paso en falso puede traer tan amargos resultados, nos muestra el camino de la prudencia y de la vida». En medio del aparente desorden de las sentencias, cada uno puede hallar las prácticas instrucciones que necesita para evitar muchos lazos (v. 25). Mentira, chismes, espÃritu de venganza, fraude, compromisos no cumplidos...: para ser guardado de esos peligros, es prudente rehuir la compañÃa de ciertas personas. âNo te entremetas, pues, con el suelto de lenguaâ recomienda el versÃculo 19. Al frecuentarlo, sólo cosecharemos maledicencias y calumnias, mas ninguna edificación. Y nuestras propias confidencias serán propaladas por todas partes. En contraste, los labios del conocimiento son como un hermoso florero que resalta la belleza del ramo de verdades presentadas (v. 15; Efesios 4:29). Busquemos, pues, la compañÃa de los que pueden comunicarnos las enseñanzas de la SabidurÃa (comp. 8:11 y 19); ésta tiene más precio que el oro perecedero o que muchas piedras preciosas. âLa gloria de los jóvenes es su fuerzaâ (v. 29): una fuerza que tiene su fuente en el Señor y que los hace capaces de vencer al maligno (Efesios 6:10; 1 Juan 2:14).
Muchas personas piensan quedar libres para con Dios ofreciéndole de vez en cuando âel sacrificioâ de algunas buenas obras. Pretenden redimirse de una vida de pecado observando ciertas formas religiosas. ¡Fatal ilusión! Una sola cosa es agradable a Jehová: la habitual costumbre de practicar lo que es justo y recto (v. 3), pero ello sólo está al alcance del justo, es decir, de aquel a quien Dios hizo tal al justificarle. Hasta su conversión todo hombre se caracteriza por su corazón malo. Sus Ãntimos deseos se vuelven hacia el mal; él es su propio centro y no tiene un real amor por el prójimo (v. 10) ni verdadera compasión por el desdichado (v. 13). A veces esos sentimientos pueden ser imitados por la amabilidad carnal, o confundidos con cierta sensibilidad natural (un incrédulo puede tener un «buen corazón» o destacarse por su rectitud: v. 2). De hecho, el verdadero bien sólo tiene su fuente en Dios y sólo su perfecto cumplimiento en Cristo. A Ãl nos trae de vuelta el versÃculo 12. Ãl fue el justo por excelencia (comp. Job 34:17) y por tal razón sólo Ãl tiene derecho a juzgar (Juan 5:27-30). Ãl considera atentamente la casa del impÃo y, si verdaderamente no ve ningún arrepentimiento, la derribará en la desdicha (v. 12; Salmo 37:35-36).
Practicar lo que es justo y recto no sólo es cosa agradable a Jehová (v. 3); es también una alegrÃa para el que la hace (v. 15). Mucha gente se imagina que ser creyente es una penosa obligación. ¡Muy al contrario! El creyente en buen estado espiritual halla su felicidad en la obediencia al Señor y, a la inversa, lo que el mundo llama alegrÃa no tiene ninguna atracción para su corazón (v. 17). La casa del sabio contiene âun tesoro preciosoâ (la Palabra de Dios, a la que se honra) ây aceiteâ (el poder del EspÃritu Santo: v. 20; comp. 1 Reyes 17:16). Para andar en su camino de justicia y de misericordia (v. 21), el sabio tiene necesidad de ese alimento. Saca de ello la fuerza espiritual necesaria para vencer y abatir la del Adversario (v. 22; Eclesiastés 7:19). Pero, al igual que su fuerza, su sabidurÃa no tiene nada en común con la del hombre, la cual no puede subsistir ante Dios (v. 30; 1 Corintios 1:19). Seamos de esos verdaderos sabios. ¡Es de desear que las provisiones de la Palabra y los gozos del EspÃritu no falten en nuestras casas y que saquemos nuestra fuerza de allÃ! ¡SÃ, nadie se parezca a las vÃrgenes insensatas de la parábola que no tenÃan aceite en sus lámparas! (Mateo 25).
Del mismo polvo Jehová hizo al rico y al pobre (cap. 29:13; Job 31:15). El alma de ellos tiene el mismo valor a sus ojos. La prosperidad âal igual que el poder que resulta de ellaâ es, pues, cosa efÃmera, sin común medida con las que tienen consecuencias eternas: âel buen nombreâ, âla buena famaâ (v. 1). La única riqueza que es de desear es la que Dios dará a los humildes y a los que le temen (v. 4; Mateo 5:5). Las diferencias de fortuna en la tierra sólo deberÃan ser ocasión para que los más favorecidos ejercitaran sus ojos, su corazón y sus manos (reléase v. 9). Empezar por ver las necesidades que nos rodean, sentirnos conmovidos por ellas y finalmente corresponder a ellas según nuestro poder es obrar como nuestro querido Salvador. âJesús vio... tuvo compasión... partió los panes y dio...â (Marcos 6:34-41).
Ciertos filósofos incrédulos sostuvieron que el niño nace inocente y que su ambiente lo corrompe. El versÃculo 15 afirma lo contrario (comp. Génesis 8:21; Salmo 51:5). Pero el muchacho que haya sido educado según la regla de la Palabra (v. 6), después de su conversión dará durante toda su vida los frutos de esa educación.
En esta nueva división de los Proverbios, la SabidurÃa deja de expresarse en máximas balanceadas y vuelve a tomar las exhortaciones directas como en los capÃtulos 1 a 9. Pero no vale la pena hablar a alguien que no esté atento. Antes de que se le imparta cualquier enseñanza, el joven discÃpulo es invitado, pues, a inclinar su oÃdo y aplicar su corazón a las âcosas excelentesâ (v. 20 V. M.; comp. Filipenses 1:10 V. M.), a tomarlas como temas de meditación y de conversación. ¿Y cuál es la meta de esa instrucción? En primer lugar, llevar al discÃpulo a colocar su confianza en un Dios conocido. Luego, poner a su disposición una âcertidumbreâ que le sirva para comparar y juzgar todo otro conocimiento. Finalmente, incitarle a que él mismo propague âlas palabras de verdadâ (v. 17-21).
Las advertencias que siguen tienen un carácter negativo. Detengámonos en el versÃculo 28: âNo traspases los linderos antiguos que pusieron tus padresâ (comp. cap. 23:10). Muchos hallan demasiado estrechas las bases espirituales sobre las cuales los creyentes de generaciones anteriores vivieron felices y aprobados por Dios. «Cuidado, ¡peligro!» les grita este versÃculo. Además, invadir los diversos dominios de este mundo es descuidar fatalmente el que nos está reservado, y que es aquel donde se halla el Señor (comp. Salmo 16:6).
Los versÃculos 1 a 6 ponen en guardia contra las codicias. Es tan peligroso desear los manjares delicados de los grandes de este mundo (v. 3) como las del hombre que tiene ojo maligno (v. 6 V. M.; Salmo 141: fin del v. 4). Luego, uno queda ligado a aquellos cuyo favor buscó. El pan de ellos es engañoso. El provecho que se saca en el momento resulta ser más tarde la fuente de muchas miserias. Las preocupaciones son inevitables cuando se persigue el logro de bienes terrenales. La prudencia, tal como los hombres la entienden, los impele a cansarse para adquirirlos. Asà se imaginan que aseguran su porvenir y el de sus hijos. Pero, ¡es un cálculo equivocado! Esas riquezas son fugitivas; â...porque se harán alasâ (v. 5; comp. Santiago 5:2); por eso la SabidurÃa manda que se desista de la intención de hacerse rico (v. 4). La verdadera prudencia consiste no en adquirir riquezas sino en emplear para los demás las de nuestro Señor (Lucas 16:8).
El versÃculo 13 nos recuerda la negligencia de David en la educación de sus hijos (véase 1 Reyes 1:6). Una corrección corporal no acarrea la muerte. Al contrario, el hecho de no recurrir a ella puede tener un resultado fatal (2 Samuel 18:33). Liberar a nuestra alma del Seol: ¡a la verdad, lo que se juega es capital! SÃ, apliquemos nuestro corazón a esa instrucción (v. 12; comp. cap. 22:15).
Cuando se llega a adulto, ¿todavÃa debe tenerse en cuenta la opinión de los padres? Ciertamente, según el versÃculo 22. Eso forma parte del honor que se les debe y que no depende de la edad. Para padres creyentes, qué gozo resulta poder ver, cuando los hijos han crecido, los frutos de su educación (v. 15, 16 y 24; y qué relieve toma este versÃculo 24 si lo aplicamos al gozo que el Padre halló en el Hijo amado, el Justo y Sabio por excelencia, como lo vemos en Mateo 3:17). Pero sobre todo, y aun antes que nuestros padres, el Señor tiene derechos sobre nosotros. âDame, hijo mÃo, tu corazónâ nos dice Ãl a cada uno de nosotros (v. 26). No te pido primero tal parte de tus recursos o de tu tiempo, sino tus afectos. El resto vendrá luego. Al darme tu corazón por entero âdice Jesúsâ no haces sino devolverme lo que me pertenece, porque él es mi salario, tan caramente adquirido en las horas de la cruz. Los macedonios mencionados por Pablo en 2 Corintios 8 se habÃan dado ellos mismos al Señor.
El fin del capÃtulo describe la trágica inconsciencia de aquel a quien embrutece el alcohol. Está vencido por el vino (IsaÃas 28:1 fin), incapaz de resistir a las tentaciones carnales (v. 33) y se arruina completamente (v. 21).
Querido amigo, ¿qué vas a hacer de tu corazón?
Para nosotros, los cristianos, aquellos que hacen el mal pueden ser objeto de envidia (v. 1) o de enojo (v. 19 V. M.; Salmo 37:1). Tales sentimientos solamente prueban nuestro mal estado espiritual. ¡Ver a pobres pecadores deberÃa más bien suscitar en nosotros la compasión y el celo evangélico para advertirlos y librarlos de la muerte! (Ezequiel 3:18; Hechos 20:26). No invoquemos la ignorancia para disculparnos por no hacer nada. âEl que pesa los corazonesâ (v. 12; comp. cap. 21:2) conoce nuestros verdaderos motivos: falta de amor, temor al oprobio o debilidad de nuestras propias convicciones.
Pero, ¿por qué tan a menudo los malos tienen una vida fácil mientras que a veces los fieles son penosamente probados? La llave de ese enigma nos es dada por un vocablo: el porvenir. âNo habrá porvenir para el hombre maloâ (v. 20 V. M.), su fin es la perdición hacia la cual es llevado sin resistencia (comp. Salmo 73:17). Tropieza para caer en el mal (v. 16). En cambio, hay âun porvenirâ (v. 14 V. M.) para aquel que halló la SabidurÃa, esa divina SabidurÃa, quien es Cristo mismo (cap. 8:22). Y la esperanza del creyente no será reducida a la nada, porque el objeto de esa esperanza es incluso la misma persona: el Señor Jesús que viene.
Esta corta división termina lo que se llama âlas palabras de los sabiosâ (cap. 22:17).
Cuando los hombres procuran agradar a sus semejantes, a menudo es en detrimento de la justicia y de la verdad. El hombre de Dios debe ser irreprochable desde ese punto de vista (v. 23-25).
El versÃculo 27 recuerda al joven creyente que, antes de pensar en fundar un hogar, debe tratar de asegurarse los recursos, de estar en condiciones para atender las necesidades de los suyos. âDespués edificarás tu casaâ. Pero un novato corre el riesgo de un desastre si se lanza solo a realizar una construcción. El versÃculo 3 de este capÃtulo nos designa en este caso un arquitecto en el cual podemos confiar enteramente: la SabidurÃa, es decir, el Señor (comp. Salmo 127:1). La vida del creyente fiel está hecha de equilibrio. Dejar obrar al Señor no le impide ser activo y diligente, porque tuvo la oportunidad de observar a qué decadencia conduce la pereza en todos los aspectos (v. 30-34). Querido amigo, para evitar la escasez espiritual en su futuro hogar, el versÃculo 4 le invita a llenar de antemano, mediante el conocimiento, los compartimentos de su memoria. Y Dios hará llegar a su corazón todos los preciosos y agradables bienes que usted haya hallado en la Palabra (Mateo 13:52).
Aquà empieza la tercera parte del libro. Los servidores de EzequÃas âese rey que âejecutó lo bueno, recto y verdadero... de acuerdo con la ley y los mandamientos... lo hizo de todo corazónâ (2 Crónicas 31:20-21)â colocaron a la cabeza lo que concierne a los reyes: su gloria (v. 2, la cual no es la de 2 Crónicas 32:27), su corazón (v. 3), su trono (v. 5), lo que conviene a su presencia (v. 6). La mayorÃa de esos proverbios apelan a comparaciones poéticas que nos ayudan a comprenderlos y retenerlos. Los versÃculos 8 a 10 nos invitan a obrar con prudencia y discreción para con nuestro prójimo, por temor a que quedemos confundidos luego. Los versÃculos 11 a 15 tratan de las palabras. Una palabra âdicha como convieneâ es un fruto de la justicia divina (el oro), pero siempre asociada a la gracia (la plata). Aun cuando se trate de una reprimenda, tendrá precio para el oÃdo que sepa escucharla (v. 12).
El versÃculo 13 nos recuerda lo que debemos ser: mensajeros fieles. «Cumplir fielmente el mensaje que Dios nos confió no sólo es un refrigerio para los que lo reciben, sino una satisfacción para el corazón de Aquel que nos envÃa. ¿Pensamos lo bastante en ello?» (H. R.).
La miel es buena, pero si quisiéramos hacerla nuestro único alimento, pronto nos sentirÃamos hastiados de ella. Igualmente los afectos naturales: la amistad, las alegrÃas de la familia... son agradables y dulces, pero no deben tomar demasiado lugar, a riesgo de transformarse en egoÃsmo o de llevar a la saciedad (v. 16 y 27).
El Evangelio es la buena nueva por excelencia, agua viva para las almas sedientas (comp. v. 25). Y cada creyente es como un canal por el cual puede correr esa agua fresca de la gracia para dar de beber a otros (Juan 7:38). Pero ¡cuidado! un poco de barro en una fuente basta para que su agua sea imbebible. Una falta de firmeza ante el malo, un momento de flojedad y ahà está la fuente turbia y corrompida como cuando se revuelve con un palo el fondo de un arroyo lÃmpido (v. 26).
No gobernar el espÃritu es entregarlo sin defensa âcual ciudad sin murosâ a todos los asaltos del enemigo (v. 28). Las impaciencias, los resentimientos, los celos, la soberbia, las dudas, las codicias... todos los batallones de malos pensamientos pronto se habrán dado cita en él. En este sentido 1 Pedro 1:13 nos invita a ceñir los lomos de nuestro entendimiento y a ser sobrios o, dicho de otro modo, a contener nuestra imaginación.
No es la honra sino la vara lo que conviene al necio para hacerle tomar el camino de la sabidurÃa (v. 1-8). De una manera general, la disciplina del Señor y la reprensión del justo nos hacen progresar más que los cumplidos y las honras. Pero no actuemos sin inteligencia, como esos animales domésticos a los que sólo el látigo y la rienda son capaces de hacer obedecer cuando âno se acercan a tiâ (v. 3; Salmo 32:9). En efecto, ¡cuán preferible es adquirir sabidurÃa al dejarnos instruir por la Palabra antes que hacer penosas experiencias!
El ejemplo del profeta MicaÃas ante Acab nos muestra que los versÃculos 4 y 5 no se contradicen (1Reyes 22:13-28). Al contestar al rey insensato según su locura (v. 15), MicaÃas turbó su conciencia, haciéndole sentir a disgusto. Al contestarle luego según los divinos pensamientos y no según su locura, el varón de Dios mostró claramente que no tenÃa nada que ver con ésta (v. 17). También nosotros dejémonos conducir por el EspÃritu de Dios para saber âsegún la oportunidadâ cuál de las dos respuestas hemos de darle al necio.
Un andar cojo, trátese del justo (cap. 25:26) o del necio (cap. 26:7 y 9), quita toda la fuerza al testimonio verbal. SÃ, cuidemos que nuestro andar prepare el Evangelio de la paz (Efesios 6:15).
Después del retrato del necio (v. 1-12), vemos aquà otros personajes igualmente detestables. El primero es el perezoso (v. 13-16), a quien ya encontramos a menudo. Toma como pretextos peligros o dificultades imaginarios para sustraerse a sus deberes (v. 13) y hasta descuida de alimentarse (v. 15). âLa puerta gira sobre sus quiciosâ (v. 14); «efectúa un movimiento de vaivén, pero queda en el mismo lugar. ¡Preguntémonos si avanzamos más que ella, si hicimos algunos progresos en nuestra vida cristiana!» escribió un creyente. El perezoso se vuelve en su cama. Es posible moverse y agitarse sin llevar a cabo ninguna actividad útil.
También se describe al pendenciero (v. 17-21). El hábil para atizar el fuego de las disputas. Pero el versÃculo 17 tiene muchas aplicaciones. Tomar partido por conflictos sociales, sindicales, polÃticos... expone a un hijo de Dios a crueles «mordeduras». Vienen luego el chismoso âquien también contribuye a alimentar las querellas (v. 20-22)â y el falso, quien disfraza el odio de su corazón bajo amables palabras... (v. 23-25; ejemplo 2 Samuel 20:9-10; JeremÃas 12:6). Jesús tuvo que ver con diferentes formas de maldad y de hipocresÃa denunciadas en estos versÃculos (Mateo 17:17; Salmo 38:12). ¡Cuánto sufrió a causa de ellas!
Jactarse del dÃa de mañana (v. 1) es disponer de él como si nos perteneciera: hacer proyectos firmes, contraer compromisos a término o salir fiador de alguien (v. 13). Volvamos a leer lo que nos dice Santiago a ese respecto (cap. 4:13-16). Por otra parte, este versÃculo 1 se dirige muy especialmente a los que difieren para más tarde la cuestión de su salvación. 2 Corintios 6:2 les repite con insistencia: âHe aquà el dÃa de salvaciónâ.
Es dulce poder contar con un amigo. Sus afectuosos consejos vienen de su corazón y alegran el nuestro (v. 9). Pero el verdadero amigo no es aquel que nos dice siempre palabras amables. Al contrario, sabrá dirigirnos una justa reprimenda, aun cuando nuestro orgullo se sintiera herido. Asà es Jesús, el fiel Amigo. Nos ama demasiado para andarse con contemplaciones. A menudo los cirujanos están obligados a abrir profundas heridas para alcanzar los órganos internos y extirpar el mal. Ocurre lo mismo en el sentido espiritual. âLos azotes que hieren son medicina para el malo y el castigo purifica el corazónâ (cap. 20:30). SÃ, aceptemos sin murmurar esas necesarias heridas, reconociendo en ellas la dulce y segura mano de nuestro supremo Amigo.
Estos versÃculos tratan particularmente de la vida doméstica y de la amistad. Seamos cautelosos para escoger a un amigo. Tengamos la seguridad de que él comparte nuestra fe, que tendremos la libertad de arrodillarnos juntos y que él será capaz de aguzar (o animar) nuestro rostro (v. 17). Pero la amistad no tiene dirección única. Y cuando nos quejamos de la falta de amor de los demás, siempre es una prueba de que lo manifestamos poco nosotros mismos. Porque el amor responde al amor (v. 19).
El versÃculo 20 nos recuerda que el carácter de los ojos es el de insaciables (1 Juan 2:16) y el versÃculo 22 que la necedad está indisolublemente ligada a la naturaleza humana (véase también 22:15; Eclesiastés 9:3; Romanos 3:11). Ninguna presión puede alejarla de modo duradero. ¿Comprobación demasiado pesimista? ¡Por desgracia, no! El hombre se halla en permanente estado de rebeldÃa contra su Creador, rehúsa la gracia ofrecida, no deja de obrar en contra de sus eternos intereses... ¿y no llamarÃamos a esto locura? Entonces, ¿cómo hacerse sabio? Al recibir por Cristo la vida divina.
Los versÃculos 23 a 27 nos hablan de previsión humana, de bienes terrenales y de una corona perecedera. Cristianos, seamos previsores, pero para asegurarnos bienes duraderos (cap. 8:18; Lucas 12:33) y una corona incorruptible (1 Corintios 9:25).
El versÃculo 1 nos recuerda los espantos anunciados como castigo sobre el Israel culpable (LevÃtico 26:36-38). En general, el comportamiento de un hombre depende del estado de su conciencia (v. 1). Si es mala, él se sentirá siempre inquieto y verá señales de peligro por todas partes. Al contrario, si es buena, tendrá seguridad ante Dios y los hombres (1 Juan 3:21; Génesis 3:8). El versÃculo 13 es capital. Le traza al pecador el camino del arrepentimiento y del perdón. También explica por qué ciertos cristianos no hacen progresos. Para volver a hallar el camino de la comunión con Dios es indispensable confesar las faltas propias. Pero, luego, todavÃa es necesario abandonarlas con la ayuda del Señor. Si no, la confesión no se hace con rectitud; casi se puede decir que es mofarse de Dios.
En suma, muchas más cosas de las que pensamos resultan de nuestro estado moral. Por ejemplo, la verdadera inteligencia es la parte de los que buscan a Jehová. Entienden todas las cosas (v. 5), mientras que hay personas que no dejan de formular las mismas preguntas, en el fondo porque la persona de Cristo tiene poco valor para ellas. El versÃculo 9 nos muestra que la obediencia a Dios y la respuesta a las oraciones están igualmente ligadas (comp. Juan 15:7).
Querer conciliar el camino ancho y fácil de nuestra propia voluntad y el camino estrecho de la obediencia al Señor es tener un andar tortuoso que terminará en una caÃda cierta (v. 18). La meta que un hombre persigue, sea la de enriquecerse (v. 20) o simplemente la de obtener un pedazo de pan (v. 21), es para él la ocasión (y la excusa) para cometer muchas transgresiones. Se oye decir: «El fin justifica los medios». ¡Qué contraste con el Hombre perfecto! En el desierto, Ãl rechazó la sugestión del Tentador de que se procurara pan de otro modo que no era recibiéndolo de su Padre.
Los versÃculos 22 a 27 muestran que la prudencia de los hombres acaban en cálculos equivocados en distintos campos: parece más hábil lisonjear al prójimo que reprenderle, si se quiere ganar su favor. Sin embargo, más tarde resultará lo inverso (v. 23). Antes de dar a los demás, el «buen sentido» manda asegurarse de que a uno mismo no le faltará nada. ¡Algunos llegarán hasta a hablar de «caridad bien entendida»! Pero la promesa del versÃculo 27 hace depender nuestro bienestar de nuestra generosidad. Dios se compromete a subvenir a las necesidades de los que asà hayan dado una prueba a la vez de amor y de confianza en Ãl (Salmo 41:1-3).
En este libro el sabio y el necio, el justo y el malo, el pobre y el rico, el rey y el servidor son considerados según sus relaciones recÃprocas y sus responsabilidades ante Dios.
Los versÃculos 1 y 2 se conectan con el capÃtulo 28. âEl hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado...â. Si el orgullo de un hombre no es quebrantado, él mismo lo será repentinamente y sin remedio junto con el inicuo (cap. 6:15). Tal fue la suerte de Faraón, de Saúl, de Absalón... Pero siempre es grave, aun para un creyente, menospreciar la disciplina del Señor (Hebreos 12:5). âEl hombre que ama la sabidurÃa alegra a su padre...â (v. 3). Este versÃculo, veraz en lo que toca a nuestras familias, con más razón es aplicable a la familia de Dios. Es un gozo para el Padre ver cómo sus hijos aman la SabidurÃa, la que es Jesucristo mismo (2 Juan 4; 3 Juan 4).
Varios versÃculos nos hablan de la justicia. Se la exige especialmente del gobernante o del rey (v. 4, 12 y 14), pero todos los que son justos (v. 7; es decir, justificados por la obra de Cristo) deben tomar conocimiento de la causa del pobre con simpatÃa, con interés.
Todas esas enseñanzas se refieren especialmente a la vida en sociedad.
âLa vara y la corrección dan sabidurÃa...â. La vara puede ser empleada en un sentido estricto para con los niños o bien tomar todas las formas de la disciplina del Señor para con los suyos. No hay peor castigo que el de ser abandonado a sà mismo (v. 15; Salmo 81:12).
La precipitación en las palabras (v. 20), la ira (v.22), la soberbia (v. 23) están en el origen de muchas transgresiones. Pero, en contraste con el primer Adán, este versÃculo 23 dirige nuestras miradas hacia Jesús. Su camino de humildad sin par tiene por contrapartida la suprema gloria (comp. Filipenses 2:5-11).
El temor del hombre arma otra trampa; no puede ir a la par con el temor de Dios (v. 25). Al querer agradar a los hombres (o no desagradarles) se deja de agradar al Señor. ¡Cuántos fueron arrastrados al mal por malos compañeros, a los cuales no se atrevieron a decirles no! Si hemos de tomar una valiente posición y tememos sus consecuencias, confiemos en Dios; Ãl nos pondrá en un âalto refugioâ.
Finalmente, el versÃculo 27 nos recuerda que no hay comunión alguna entre la justicia y la iniquidad (2 Corintios 6:14-15). ¡Dios nos guarde en su comunión!
Hasta aquà Dios habló por Salomón, el más sabio entre los sabios. Pero ahora, como para mostrar que su Libro no debe nada a la inteligencia humana, Ãl se sirve de Agur, un hombre que reconoce ser más rudo que ninguno.
Después de haberse presentado asà (v. 2) y habiendo confesado su profunda ignorancia, Agur empieza por formular preguntas fundamentales: ¿Quién es el Creador? ¿Quién es su Hijo? ¿Cómo acceder al cielo? Para contestarlas, fue necesario que Dios se revelara, que bajara Ãl mismo de ese cielo al cual el hombre no podÃa subir y que comunicara sus gloriosos consejos en su limpia Palabra (v. 5; comp. las preguntas del v. 4 con Juan 3:13; Efesios 4:10; Marcos 4:41; Lucas 1:31-32).
Agur conoce su mente limitada, pero también sabe que su corazón es perverso y dirige a Dios una doble oración, pidiendo: 1) que la vanidad (la búsqueda de la propia estima, de la buena opinión de los hombres) y la palabra de mentira se alejen de él; 2) que permanezca dependiente porque mide los peligros tanto de la riqueza como de la pobreza. ¡Sabias peticiones en las cuales podemos inspirarnos!
Sin ilusión acerca de sà mismo, Agur también conoce los principios del mundo: rebeldÃa, propia justicia, altivez y opresión (v. 11-14). ¿Mejoró nuestra âgeneraciónâ en relación con la suya?
Para nuestra instrucción Agur observó o reagrupó cosas peligrosas u odiosas y otras, al contrario, sabias o bellas. La codicia de los ojos y la de la carne reclaman ser satisfechas: â¡Dame! ¡dame!â. Tienen la misma madre insaciable: la sanguijuela, es decir, esa sed de goces que afecta a cada hombre hasta consumir su vida (v. 15-16). A esas codicias se agrega la soberbia (1 Juan 2:16). Se manifiesta de muchas maneras, pero el versÃculo 17 âal que los jóvenes deben considerar muy seriamenteâ pone especialmente el acento en el desprecio por la autoridad y el espÃritu de independencia. Paralelamente con estos principios del mundo, los versÃculos 18 y 19 evocan los misteriosos caminos de Dios tanto en juicio como en amor. Los versÃculos 21 a 23 enumeran cuatro cosas detestables porque trastornan el orden establecido por Dios. Luego nos enteramos de que la sabidurÃa va a la par con el sentimiento de la propia debilidad, con la prudencia, la confianza, la comunión y la pequeñez (v. 24-28); mientras que la hermosura está ligada al andar (v. 29-31). ¡Cuántas lecciones podemos aprender en la compañÃa de un hombre que se declara rudo pero cuya humildad lo coloca precisamente en el rango de los sabios según Dios! (1 Corintios 1:26-29; 2:12-13; 8:2).
¿Quién era el rey Lemuel? No se le nombra en ninguna otra parte; todo lo que hemos de conocer de ese joven prÃncipe son las recomendaciones de su madre, asà como su nombre, el que significa dedicado a Dios. â¿Qué, hijo de mis deseos?â exclamó esa piadosa mujer. Asà como lo hizo Ana con su hijito Samuel, ella consagró ese niño a Jehová, quien tiene todos los derechos sobre él. Por esta razón, ella se sintió luego responsable de criarlo como un verdadero nazareno. La historia de Israel mostraba a qué podÃa ser arrastrado un rey por las mujeres o por la bebida (1 Reyes 11; 16:8-9). Se le pone a Lemuel en guardia contra esas malas inclinaciones (Eclesiastés 10:17; Oseas 4:11). Luego recibe exhortaciones positivas: ¡Debe ser el sostén de todos los desheredados y el portavoz de los mudos! Se puede pensar que éste es un papel sin importancia para un rey. Pero estas instrucciones contienen la sustancia del servicio religioso según Santiago 1:27: guardarse sin mancha del mundo (de su aturdimiento, de sus manchas) y preocuparse por los afligidos.
El joven Lemuel se acordó palabra por palabra de âla profecÃa con que le enseñó su madreâ. Si, como él, usted tuvo el privilegio de ser educado por una madre piadosa, cuÃdese de nunca olvidar la enseñanza de su niñez (cap. 1:8; 6:20-22).
Este admirable retrato de la mujer virtuosa nos muestra cómo la SabidurÃa (la vida misma de Cristo) puede y debe ser puesta en práctica en todos los detalles de la existencia cotidiana y familiar. Jóvenes cristianas, el Señor les dé el deseo de complacerle, pareciéndose a esa mujer âde acendrada virtudâ (v.10 V. M.). ¿Qué es lo que la caracteriza? Ella es activa, alegre, enérgica, caritativa, sabia y afable. Su ámbito es la casa (léase Tito 2:4-5); su atavÃo, la fuerza y la dignidad (v. 17 y 25; comp. 1 Pedro 3:3...); su meta, honrar a su marido, objeto de su alegre abnegación (v. 23), y producir fruto para él (v. 16). Finalmente su secreto; sólo es revelado en el versÃculo 30: ella teme a Jehová. SÃ, verdaderamente, â¿quién la hallará?â. âDe Jehová es la mujer prudenteâ contesta el capÃtulo 19:14. Asà que ustedes, muchachos, no se fÃen de un juicio apresurado ni de las apariencias. âEngañosa es la gracia...â y engañó a muchos. El pasajero encanto de un rostro está lejos de ser siempre el reflejo de verdaderas cualidades cristianas. Y no olviden, al terminar este libro, la exhortación del capÃtulo 4:23: âSobre toda cosa guardada, guarda tu corazónâ. Porque pertenece primeramente al Señor.
El libro del Eclesiastés puede ser resumido por estas palabras del Señor Jesús: âCualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sedâ (Juan 4:13). El pozo de Sicar era la imagen de un mundo árido y decepcionante, en el cual no se halla duradera felicidad. La mayorÃa de los seres humanos se parecen a la pobre samaritana. Sólo están dispuestos a recibir âel agua vivaâ âdon gratuito del Hijo de Diosâ después de haber hecho varias veces la experiencia de que el agua de aquà abajo de ninguna manera puede quitar la sed del alma (comp. JeremÃas 2:13). ¡Pues bien! esta experiencia ha sido hecha; se halla consignada en este libro de la Biblia a fin de que no la volvamos a hacer. Ha sido hecha por quien, debido a su grandeza y su sabidurÃa, era el más calificado para explorar âtodo lo que se hace debajo del cieloâ (v. 13). El Eclesiastés o Predicador no es otro que Salomón, rey en Jerusalén. Su testimonio tiene siempre el mismo valor pues, ânada hay nuevo debajo del solâ. Sin duda, muchas cosas han cambiado de apariencia, pero el corazón del hombre ha permanecido idéntico a sà mismo y las consecuencias del pecado están siempre presentes: âLo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarseâ (v. 15).
Primeramente, el Predicador aplicó su corazón a buscar la sabidurÃa. ¡Cuántas cosas apasionantes se pueden descubrir en todos los dominios: artes, ciencias, turismo, arqueologÃa...! Mediante medios modernos están puestas hoy al alcance de la juventud. Pero, cuanto más adelanta el sabio en sus investigaciones, tanto más arduos llegan a ser los problemas y tanto más se siente desalentado. El espÃritu humano está encarcelado entre los muros de sus propios razonamientos. Sólo la Palabra de Dios libera el pensamiento y comunica el verdadero conocimiento. Penoso trabajo, cansancio, aflicción y dolor: tal ha sido la triste conclusión del sabio (cap. 1:13, 18; 12:12).
«Vamos âse dijo él entoncesâ, sólo pensemos en los placeres de la vida» (v. 1-3). Pero allà también su experiencia rápidamente cambia de dirección; vanidad y locura son las palabras que la resumen esta vez. Toda alegrÃa humana se echa a perder con el sentimiento de que no es duradera (Proverbios 14:13).
¿Será, tal vez, la abundancia de los bienes terrenales la que podrá satisfacerle? ¿Quién estaba en mejor situación que Salomón para acumular y administrar riquezas y cumplir grandes obras que la ambición humana no deja de proponerse? (2Crónicas 9:22). ¡Pues bien! escuchemos cómo él las aprecia al final: âvanidad y correr tras el vientoâ (v. 11, V. M.).
â¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo...?â fue la primera pregunta hecha por el Predicador (cap. 1:3). Todo es âsin provechoâ contesta el versÃculo 11 del capÃtulo 2. Por de pronto, el hombre se afana, sus dÃas son âdoloresâ y sus trabajos âmolestiasâ; aun de noche no descansa (v. 22, 23). En cuanto al porvenir, se da cuenta de que nada es estable.
Ante ese cuadro desesperante (v. 20), ¿qué hará el hijo de Dios? No le está prohibido amar la vida y ver dÃas buenos aquà abajo. Pero esto no ocurrirá si recorre el mundo en busca de una ilusoria felicidad. Le corresponde a él mismo crear las condiciones: âRefrene su lengua de mal... haga el bien; busque la pazâ (1 Pedro 3:10-11; ¡acusamos tan fácilmente a los demás!). Y, por otra parte, el trabajo es necesario, pero debe ser apacible, cumplido para el Señor y no para servir la propia ambición (2 Tesalonicenses 3:12; Colosenses 3:23-25).
Queridos amigos, ojalá cada uno de ustedes se interrogue: ¿Cuál es la meta de mi trabajo? Porque las cosas no tienen para nada el mismo aspecto según se las considere a la luz del sol o a la de la eternidad. Sólo esta última nos revelará lo que es verdaderamente provechoso.
Dios ordena âlos tiemposâ de todas sus criaturas. AsÃ, ha determinado la fecha de nuestro nacimiento y la de todos los acontecimientos de nuestra vida. Como el salmista, el creyente puede decir con confianza: Señor âen tu mano están mis tiemposâ (Salmo 31:15). A todo lo que Ãl hace âno se añadirá, ni de ello se disminuiráâ (v. 14). âTodo lo hizo hermoso en su tiempoâ (v. 11); la creación ha salido perfecta de las manos de Dios. Pero, a pesar de todas las maravillas que aún son visibles en la naturaleza, no podemos admirarla hoy en su esplendor y frescura primitivas. El hombre la ha contaminado y degradado con su iniquidad; la ha sujetado âa vanidadâ (Romanos 8:20). âEspinos y cardosâ (Génesis 3:18) le recuerdan su caÃda. Además, «en medio del naufragio producido por el pecado, el hombre sólo subsiste como un triste resto de sus bendiciones pasadas», ha escrito un creyente. Finalmente, el versÃculo 20 evoca la sentencia: âpolvo eres, y al polvo volverásâ (Génesis 3:19).
A cada cual le toca âel tiempo de morirâ, a menudo más cercano de lo que se piensa. Ah, amigo lector, si aún no es usted salvo, sepa que existe también un tiempo de convertirse y que éste es hoy.
¿Por qué la injusticia, las lágrimas, la opresión, los conflictos de los cuales el mundo está lleno? Se trata de resolver esos problemas por medio de doctrinas sociales y económicas y de remediarlos mediante conferencias internacionales. La única verdadera explicación nunca se da porque el hombre, en su orgullo, rehúsa reconocerla: su estado pecaminoso. El Señor, lejos de permanecer indiferente a todos esos padecimientos (Lamentaciones 3:34-36), les dice: âVenid a mÃâ, a todos los afligidos que no pueden hallar verdaderos consoladores entre sus semejantes. Pero se sirve de la angustia de los hombres para revelarse como el único verdadero consolador (2Corintios 1:3; IsaÃas 51:12).
A partir del versÃculo 4, el Predicador analiza las distintas formas de âmalas obras que debajo del sol se hacenâ. Concluye cada vez: âvanidadâ, âaflicción de espÃrituâ, y âduro trabajoâ (final de los v. 4, 6, 8, 16). Sus reflexiones tienen un alcance general; el mismo mundo a menudo reconoce su sabidurÃa. El versÃculo 6, por ejemplo, afirma que la tranquilidad de espÃritu con una situación modesta valen más que âambos puños llenos con trabajo y aflicción de espÃrituâ (ver 1 Timoteo 6:6). Una asociación puede ofrecer âhumanamente hablandoâ muchas ventajas y aun atractivo para el trabajo, el andar o el combate (v. 9-12), pero la verdadera fuerza para el creyente reside siempre en su comunión personal con el Señor.
Los versÃculos 1 y 2 recuerdan la prudencia que conviene observar en la presencia de Dios. Cuidemos que nuestra actitud y nuestros modales en las reuniones sean respetuosos y modestos. El temor de Dios debe caracterizar al fiel de todos los tiempos y no tenemos derecho al relajamiento de la templanza so pretexto de que estamos hoy gozando de la libertad que da la gracia.
A partir del versÃculo 10 se trata de nuevo de riquezas. âEl que ama el dinero, no se saciará de dinero...â. Un avaro se parece a alguien que trata de apagar su sed con agua de mar. Cuanto más bebe, tanto más intensa es su sed. Tal es el engaño de las riquezas (Mateo 13:22). Uno tiene la ilusión de servirse del dinero, y en realidad es esclavo de él. Una de dos: o las riquezas serán conservadas en poder de sus amos para su detrimento espiritual (v. 13) o perecerán sin provecho para nadie (v. 14; Santiago 5:3). Finalmente, tarde o temprano habrá que separarse de ellas para morir (v. 15). «Una mortaja no tiene bolsillos» se suele decir. Los tesoros acumulados en ciertas tumbas antiguas no siguieron a sus propietarios al más allá. 1 Timoteo 6:17-19 resuelve perfectamente para el creyente este problema de la riqueza.
âCiertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana; amontona riquezas, y no sabe quién las recogeráâ. La experiencia del predicador confirma estas certezas del Salmo 39 (v. 5-6). El hombre, su medio ambiente, su actividad, todo esto es pasajero. Sólo su alma existe para siempre, y es justamente por ella, en general, por la que menos se preocupa. âTodo el trabajo del hombre es para su bocaâ; su alma no es saciada de bienes (v. 7 y 3). El Señor cuenta la historia de ese rico que engañaba a su propia alma al ofrecerle los bienes de aquà abajo (Lucas 4:4 y 12:16-20). Uno se siente oprimido al pensar en la multitud de existencias derrochadas, en la suma de inteligencias y energÃas consagradas ¿a qué?... a perseguir aquà y allá metas tan inconsistentes y huidizas como el aire. Al atormentarse asÃ, sin reposo (v. 5) y âsin gustar del bienâ (v. 6), estas mismas vidas habrán pasado como sombra (v. 12) y, sin embargo, tendrán que dar cuenta de ello a Dios.
Creyentes, ¡que esto nos abra los ojos! No tendremos la oportunidad de volver a empezar nuestra vida. ¡Que sea empleada, pues, enteramente para el Señor!
El predicador exploró el mundo. ¿Qué es lo que vio en todas partes? Vanidad, sufrimiento, desorden y locura. El sabio se hace entonces una pregunta: ¿Cómo debe comportarse en medio de ese estado de cosas que él no puede cambiar? Bajo la forma de sentencias que recuerdan al libro de los Proverbios, el Eclesiastés nos da ahora consejos de sabidurÃa y de prudencia.
No evitemos la casa del luto (v. 2-4). Nos recordará nuestra fragilidad y nos dará más seriedad. Ver la tristeza de los demás volverá nuestro corazón más sensible y nos dictará quizá palabras de simpatÃa apropiadas para dirigir el pensamiento de los afligidos hacia el Señor. Siguen otras recomendaciones: âNo te apresures en tu espÃritu a enojarteâ. La ira, a menudo, es hija de la precipitación y compañera de la necedad (v. 9).
âNunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que éstos?â (v. 10; Jueces 6:13). Escribió un creyente: «No creamos que es más difÃcil seguir hoy en dÃa al Señor de lo que lo fue en el tiempo de nuestros padres o abuelos... Los recursos que ellos hallaron en su Palabra y en su comunión están a nuestra disposición para conducirnos en un mundo que, moralmente, no ha cambiado».
¿Qué significa la recomendación del versÃculo 16? ¿Corremos el riesgo de ser demasiado cuidadosos en nuestro andar? ¡Por cierto que no! Nunca tendremos una conciencia demasiado delicada. Pero existe un peligro en el cual caen a menudo los recién convertidos. Son excesivos en sus actitudes o palabras; rebasan la medida de su fe. Al mismo tiempo, juzgan y critican fácilmente a otros creyentes, simplemente porque aún no se conocen bien a sà mismos (Romanos 12:3).
El versÃculo 21 nos presenta el otro lado, el de las crÃticas de que nosotros mismos somos objeto. Si tenemos la aprobación del Señor, no debemos preocuparnos por ellas. âAquel que a Dios teme, saldrá bien en todoâ (v. 18); es enseñado para hacer frente a las más peligrosas situaciones. Entre esas trampas, el versÃculo 26 cita âla mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligadurasâ. El que agrada a Dios (es decir, el que le teme y le obedece) puede contar con que será guardado y escapará, âmas el pecador quedará en ella presoâ. Dos historias opuestas ilustran esa advertencia: la de José (Génesis 39:7...) y la trágica de Sansón enlazado por Dalila (Jueces 16:4...). Jóvenes creyentes, meditemos bien acerca de esos dos ejemplos.
âPara todo lo que quisieres hay tiempo y juicioâ (v. 6). Cuando un candidato es sometido a examen, dos dÃas resultan importantes: primero el de las pruebas, luego el de los resultados. El âtiempoâ que Dios asigna a cada uno sobre la tierra corresponde al primero de esos dÃas; pero el del juicio le seguirá inevitablemente. A causa de la paciencia de Dios, el pecador, en su inconsciencia, aprovecha para abundar en el mal âpor cuanto no se ejecuta luego la sentencia sobre la mala obraâ (v. 11). âEl hombre no conoce su tiempoâ (cap. 9:12; JeremÃas 8:6, 7), ni âlo que ha de serâ (v. 7), en tanto que el sabio, enseñado por Dios, discierne todas las cosas (v. 1; 1 Corintios 2:15-16). Como a Pablo, el pensamiento del tribunal de Cristo le da temor. Al darse cuenta de lo serio del tiempo actual y de la solemnidad del juicio, (v. 5), se aplica con ardor a ser agradable al Señor (2 Corintios 5:9-11).
El Predicador no tiene, como nosotros, una revelación del porvenir. No obstante, conoce la importancia del temor a Dios y afirma que âles irá bien a los que a Dios temenâ (v. 12). Quizás encontrarán la persecución, pero no hay quien tenga potestad para retener o aprisionar su espÃritu (v. 8-9). Nada podrá separarlos âdel amor de Cristoâ (Romanos 8:35).
âTodo acontece de la misma manera a todos...â declara el versÃculo 2. En la vida de cada cual, Dios permite una sucesión de acontecimientos âque llamamos, según el caso, felices o desdichadosâ a fin de ver si uno de ellos hace que el corazón de su criatura se vuelva hacia Ãl. Por otra parte, el Señor nunca prometió que las pruebas le serÃan ahorradas al creyente después de su conversión. Pero las distintas circunstancias de la vida, sea que afecten nuestra salud, nuestro trabajo o nuestra familia, son ocasión para mostrar en qué medida la fe cristiana cambia nuestra manera de atravesarlas. Después de haber fracasado en un examen, por ejemplo, cuando un joven inconverso habla de mala suerte o de injusticia, el hijo de Dios reconocerá la mano segura y sabia de su Padre celestial. âNi es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertesâ (v. 11; comp. Romanos 9:16). Es el hombre de Dios quien las gana. 2 Timoteo 4:7 nos presenta a un pobre anciano preso que habÃa âacabado la carreraâ y âpeleado la buena batallaâ.
La parábola del hombre pobre y sabio (v. 13-15) lleva nuestras miradas hacia Jesús. Ãl nos liberó de nuestro poderoso Enemigo, âel que tenÃa el imperio de la muerte, esto es, el diabloâ (Hebreos 2:14). No seamos ingratos ni olvidadizos como los habitantes de la âpequeña ciudadâ (v. 14) y escuchemos Sus palabras: âTomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mÃâ (1Corintios 11:24).
Prestemos buena atención a la advertencia de este aviso que es el versÃculo 8: âAl que aportillare vallado, le morderá la serpienteâ. Dios ha puesto alrededor de cada uno de nosotros barreras de protección (por ejemplo la autoridad de nuestros padres o educadores). Ãl sabe lo que hay del otro lado del vallado. A veces nos figuramos que son ventajas y que Ãl nos priva de ellas. ¡Pero no! lo que Ãl quiere es evitarnos una peligrosa mordedura. La serpiente acecha y no le hace falta una ancha brecha para poder colarse. Un poco de pecado, âuna pequeña locuraâ (v.1) basta para comprometer el testimonio del hijo de Dios (comp. 1 Corintios 5:6) y reemplazar el perfume de Cristo por el mal olor de la corrupción (Gálatas 6:8).
La falta de sensatez en los que gobiernan es especialmente detestable (v. 5). Los que les están sujetos soportan las consecuencias, sea como vÃctimas de ellos, sea porque siguen ese mal ejemplo (ej: 2 Reyes 21:9, 16). Pero esto no es una razón para hablar, ni aun pensar mal de las autoridades (v. 20). Al contrario, nuestro deber de creyentes es orar por ellas: âExhorto ante todo a que se hagan rogativas... por los reyes y por todos los que están en eminenciaâ (1Timoteo 2:1-2).
El versÃculo 12 nos recuerda a Cristo, el Sabio por excelencia: âTodos... estaban maravillados de las palabras de gracia que salÃan de su bocaâ (Lucas 4:22).
ParecerÃa que âsobre las aguasâ fuese el lugar menos apropiado para echar pan. Pero este pan es la Palabra de vida y las aguas nos hablan del mundo en su estado de turbación y de agitación. Y es adonde el Señor nos envÃa a difundir el Evangelio, liberalmente (v. 2), sin mirar a las dificultades (v. 4), sin hacernos preguntas (v. 5; Juan 3:8) y sin relajar nuestro esfuerzo (v. 6). Si luego tenemos tendencia a atribuirnos algún mérito, recordemos que es Dios el que âhace todas las cosasâ (v. 5, final). El versÃculo 3 (âSi las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramaránâ) evoca la gracia, sustancia del Evangelio (IsaÃas 55:10-11). Pero el anuncio del juicio forma igualmente parte de él. âAlégrate, joven, en tu juventud... anda en los caminos de tu corazón...â. Es la manera de pensar de un joven despreocupado. Mas el fin de la frase tendrá que hacerle reflexionar: âpero sabe que sobre todas estas cosas te juzgará Diosâ (v. 9).
SÃ, Dios te pedirá cuenta de cada una de tus locuras. ¿Para quién y para qué has vivido? No se limita todo a la tierra. Hay un Dios y ese Dios es juez. Amigo lector aun inconverso, ojalá esta advertencia pueda llevarte al versÃculo 1 del capÃtulo 12: âAcuérdate de tu Creador en los dÃas de tu juventudâ.
âAcuérdate de tu Creador en los dÃas de tu juventudâ. Es el momento favorable para volverse hacia el Señor y poner a su servicio las facultades en su plenitud. Porque con la edad, las fuerzas disminuyen y el corazón tiende a endurecerse. La vejez y la muerte son evocadas mediante alegorÃas en los versÃculos 2 a 7. Luego viene la conclusión del libro trágicamente idéntico a su principio: âVanidad de vanidades... todo es vanidadâ (comp. cap. 1:2). ¡Cuánto podemos agradecer al Señor que este libro del Eclesiastés sólo presente un lado de la verdad! A la revelación del Dios Juez (v. 14) se agrega hoy la del Dios Salvador. Por eso esta porción de la Escritura, con mayor razón que cualquier otra, no debe separarse del contexto de la Palabra divina. Las distintas palabras de la Biblia son dadas âpor un Pastorâ, todas son dictadas por el mismo EspÃritu. âComo aguijones y como clavos hincadosâ (v. 11), dejemos que todas estas palabras penetren en nuestra conciencia para volverla sensible a la salvación. Contrariamente a los libros de los hombres, la Palabra de Dios nunca nos cansará si la estudiamos con oración. Nos enseñará lo que es âel todo del hombreâ: temer a Dios y guardar sus mandamientos. Todo lo demás no es más que vanidad.
No abordemos este libro sin primeramente pedirle al Señor que nos guarde de todo pensamiento profano. El Eclesiastés nos enseñó que el mundo no podÃa colmar el vacÃo del corazón humano. El Cantar nos presenta el amor divino, el único que lo puede llenar. Precisemos que ante todo se trata, en figura, de las futuras relaciones del Rey, Cristo, con Israel, su Esposa terrenal. En el momento en que empiece su reino, se reanimarán los afectos de ese pueblo, los que, por fin, responderán a los del verdadero Salomón. Pero, sobre todo, en nuestra lectura subrayaremos lo que puede aplicarse prácticamente a las actuales necesidades del creyente. El amor es el vital vÃnculo que une a cada redimido con su Salvador. ¡El de Cristo hacia nosotros es infinito e inmutable; el de nosotros hacia Ãl, cuán débil e inconsecuente es! Pidámosle que nos atraiga para que podamos correr en pos de Ãl (v. 4).
Los versÃculos 5 y 6 son la confesión del culpable pasado. La que habla aquà lo sabe bien: si ella es agradable, no es a causa de sus propios méritos (léase Efesios 1:6 fin). Pero ahora busca la presencia del Pastor (v. 7-8) y del Rey (v. 12). Le ama; Ãl está continuamente sobre su corazón como una bolsita de mirra perfumada que impregna sus vestidos y la acompaña a todas partes (v. 13; 2 Corintios 2:14-16).
Un manzano se distingue de los árboles del bosque por sus frutos (v. 3). En medio de los hombres sólo Cristo produjo para Dios ese fruto, cuya dulzura pueden saborear ahora los redimidos (v. 5; Números 18:13). Como MarÃa a los pies de su Señor, somos llamados a alimentarnos escuchando su Palabra.
âSu bandera sobre mà fue amorâ (v. 4). Soldados de Jesucristo, no seguimos a nuestro Jefe por obligación, sino por apego a su persona.
La Biblia acaba expresando su promesa: âHe aquÃ, vengo prontoâ (Apocalipsis 22:7, 12 y 20). ¡Qué eco tienen estas palabras en el corazón de los que le aman! â¡La voz de mi amado! He aquà él vieneâ (v. 8). âHasta que apunte el dÃaâ, sepamos mantenernos como la temerosa paloma en los agujeros de la peña, a cubierto de las suciedades y de los peligros (v. 14 y 17). Y desconfiemos de las zorras pequeñas que echan a perder las viñas en cierne (v. 15). Al crecer, esas pequeñas zorras se harán cada vez más tiránicas (Romanos 6:14). Además, si se hace daño a la flor, desaparece toda promesa de fruto. Hoy no toleremos tal pequeño fraude, tal pecado de insignificante apariencia, el que más tarde podrÃa dominar en nosotros y frustrar al Señor en cuanto al logro del fruto que le pertenece.
No nos extrañemos si tenemos dificultad para hallar la presencia del Señor en nuestra cama (v. 1; imagen de la pereza) o, al contrario, en la algarabÃa de la ciudad (v. 2). En cambio, de rodillas y en el recogimiento de nuestra habitación siempre podremos encontrar a aquel a quien ama nuestra alma (comp. v. 4). Pero que tampoco allà nada venga a distraernos y a turbar nuestra comunión (v. 5).
Desde el desierto, figura de un árido mundo, un perfume puede elevarse hasta Dios (v. 6). En otros tiempos, Jesús atravesó este mismo mundo y toda su vida sólo fue un grato olor para el Padre. La mirra habla de sus sufrimientos (del pesebre a la tumba; Mateo 2:11 fin; Juan 19:39), y el incienso de sus diversas perfecciones morales. Finalmente âtodo polvo aromáticoâ sugiere las experiencias cotidianas en las cuales Dios es glorificado. También somos llamados a hacer subir hacia Dios tal perfume, el de Jesús.
Para Israel, asà como para la Iglesia, pronto llegará el fin del desierto (v. 6; comp. Números 21:19-20). El verdadero Salomón lo habrá preparado todo en vista del reposo milenario (v. 7-10). âSobre Ãl florecerá su coronaâ y ese dÃa será el del gozo de su corazón (v. 11; Salmo 132:18).
Mientras el Señor considera con encanto la belleza de su Esposa, ¿a dónde se dirigen las miradas de ella? ¡Demasiado a menudo nos dejamos deslumbrar por los brillantes y exaltantes atractivos del mundo! (el LÃbano). Qué inconscientes somos; no discernimos en él âlas guaridas de los leonesâ ni los solapados leopardos (v. 8). Pero el Señor ve los peligros a los cuales estamos expuestos en ese fascinante ambiente y con dulzura busca despegarnos de él. âVen conmigo desde el LÃbanoâ¦â (v. 8). Lo que debe alejarnos del mundo es el amor por el Señor antes que el temor al peligro. âHermana, esposa mÃaâ: estos nombres son el tierno recuerdo de los vÃnculos con Ãl. El Señor tiene derechos exclusivos sobre el alma a la cual ama. Ella es una fuente sellada de la cual sólo Ãl tiene el derecho de beber, un huerto cerrado en el cual nada extraño ha de introducirse y cuyas flores, frutos y perfumes le están reservados. Pero, para que se âdesprendanâ sus aromas, a veces es necesario que sople el viento de la prueba o las brisas del mediodÃa (v. 16). Asà los afectos por Ãl serán reanimados, su presencia será deseada y Ãl mismo, respondiendo a esa invitación, se agradará en recoger, gustar y compartir lo que nuestro débil amor habrá sabido prepararle (cap. 5:1).
¡Cuántas veces podemos reconocernos en el egoÃsmo y la culpable indolencia de la amada! Jesús golpea a la puerta de nuestro corazón. Pero la tibieza espiritual, el apego a nuestras comodidades, la negligencia para juzgarnos nos hacen hallar muchas excusas para no escuchar la voz de su EspÃritu. Con tristeza el Señor pasa más allá. Entonces, para volver a hallar su comunión, sepamos desplegar el ardor de la joven esposa. Para describir a su amado, no encuentra términos bastante ardientes ni comparaciones bastante elocuentes. Y nosotros, queridos amigos, ¿qué tendrÃamos que decir si alguien nos preguntara respecto del Señor Jesús? (comp. Mateo 16:15-16). ¿Qué es Ãl para nosotros más que esto o aquello? (v. 9). ¿SabrÃamos hablar de su amor y de su poder, de su humillación y de su obediencia hasta la muerte de la cruz? ¿TendrÃamos algo que decir de su gracia y de su sabidurÃa, de las perfecciones de su andar y de su servicio? âNo hay parecer en Ãl... para que le deseemosâ decÃa Israel por boca del profeta (IsaÃas 53:2). Pero la hermosura de las glorias morales del MesÃas (ocultas al pueblo incrédulo) aquà llevan a la esposa a exclamar: âTodo Ãl (es) codiciableâ. Esta persona ¿es verdaderamente el objeto de todos nuestros deseos?
La ardiente descripción que la sulamita hizo de su amado lleva a otros a buscarle. Tal debe ser el resultado de nuestro testimonio. Los que nos rodean no se confundirán a ese respecto. Sólo los acentos que surjan de la abundancia de nuestros corazones podrán conducirlos a Jesús. Las âdoncellas de Jerusalénâ sólo oyeron hablar del esplendor del Esposo, pero ya les es visible el de la Esposa. Ella es âla más hermosa de todas las mujeresâ (v. 1, 13). La hermosura moral de la Iglesia (o Asamblea), reflejo de la de Jesús, preparará a los inconversos a recibir el Evangelio.
Pero, ante todo, esa hermosura es apreciada por el Señor (v. 4). También Ãl tiene los ojos puestos en aquella a quien amó hasta dar su vida por ella. ¿Y qué ve en su amada? Las perfecciones con las cuales Ãl mismo la vistió (comp. Ezequiel 16:7-14). Además puede llamarla âperfecta mÃaâ (v. 9), ya que le perdonó su indiferencia y recuerda sólo una cosa: ella no tuvo vergüenza de Ãl; públicamente confesó su Nombre. A su turno Ãl la reconoce como aquella que es suya ante Dios (Mateo 10:32). Y pensamos en el próximo instante en que el divino Esposo se presentará a su Iglesia (o Asamblea) a sà mismo sin mancha ni arruga ni cosa semejante, santa e irreprochable para la eternidad (Efesios 5:27; 1:4).
El salmo 45 declaraba a la Esposa terrenal: âDeseará el rey tu hermosura; e inclÃnate a él, porque él es tu señorâ. De algún modo, el Cantar contiene la respuesta a esa invitación: âYo soy de mi amadoâ dice la desposada del Rey (v. 10). Tiene conciencia de los vÃnculos que la unen a Ãl: Ãl es su Señor. Se glorÃa, no de su posición de reina, sino del amor del Esposo. Ya no es sólo su hermosura (descrita en los v. 1-9) lo que el rey desea. Ella declara con seguridad: âConmigo tiene su contentamientoâ. Se ha dicho que ahà está la nota más elevada del Cantar... y al mismo tiempo la más humilde. Estar seguro de que el Señor nos ama no es pretensión, ya que ese amor de ninguna manera está fundado en nuestros méritos. El alma está establecida en la gracia. Y esperamos que cada uno de nuestros lectores posea esa seguridad de ser amado personalmente por el Señor Jesús.
En la viña de Israel, que no ha sido guardada y lleva tanto tiempo de estéril, por fin se verán brotes y flores, promesa de una magnÃfica cosecha (v. 12). También ahora cada redimido es llamado a rendir culto a Dios por medio de Jesucristo, ofreciendo esos exquisitos frutos de la alabanza guardados para el Amado (v. 13; Hebreos 13:15; Deuteronomio 26).
Después de todas las pruebas que habrán purificado los afectos de la Esposa judÃa, éstos no tendrán la feliz serenidad de los que siente hoy la Iglesia. Ãsta goza de relaciones ya firmemente establecidas con Cristo. Bendito sea Dios, para nosotros ya no hay âsiâ ni verbo en modo potencial (v. 1 y 2). Nuestros nombres son grabados âcomo grabaduras de selloâ sobre los hombros y el corazón de nuestro Sumo Sacerdote (v. 6; Ãxodo 28:11-12 y 29). Participamos de ese perfecto amor que echa fuera el temor (1Juan 4:18). En la cruz aprendimos a conocerlo en su suprema expresión. AllÃ, el amor fue más grande que nuestro pecado y más fuerte que su castigo: la muerte. Aun las terribles aguas del juicio no pudieron apagarlo en el bendito corazón del Salvador (v. 7; Salmo 42:7).
En la âpequeña hermanaâ de Judá reconocemos a las diez tribus que sólo después de ella alcanzarán su pleno desarrollo espiritual (v. 8). Entonces reinará la paz (v. 10) y la viña entera de Israel llevará su fruto (v. 11-12). Para el verdadero Salomón habrá a la vez testimonio y alabanza (v. 13). Pero hoy el Señor desea oÃr nuestra voz, la de nuestros corazones. Con el EspÃritu la Esposa dice: âAmén; sÃ, ven, Señor Jesúsâ (v. 14; Apocalipsis 22:17 y 20).
Daniel se distingue de los demás profetas. Su libro abarca el tiempo de las naciones (Lucas 21:24 final), es decir, el muy largo perÃodo que se extiende desde la transportación a Babilonia hasta el futuro restablecimiento de Israel bajo el reinado de Cristo. Pero ese varón de Dios también nos habla mediante su ejemplo. ¡Cuántas lecciones podemos aprender de él! La primera es esa firme decisión de corazón de no contaminarse⦠(v. 8). Como joven extranjero traÃdo a la corte del monarca pagano, podrÃa hallar muchas excusas para acomodarse al régimen real (contrario a los mandamientos de la ley). ¿Qué queda del culto judÃo ahora que una parte de los utensilios del templo destruido se halla en Babilonia? (v. 2). Ãl mismo ¿no es un cautivo, objeto de una particular benevolencia, la que él menospreciarÃa si rehusara la comida del rey? ¿No serÃa peligroso atraer la atención hacia él y sus amigos? Pero, para ese hombre de fe, ni sus dificultades personales, ni el ambiente hostil, ni la ruina del culto judaico quitan algo de la autoridad de la palabra de Dios. Queridos amigos, esta palabra ¿tiene el mismo valor para nosotros? Entonces, seamos también cuidadosos como esos jóvenes para quitar de nuestro «régimen» todo lo que pueda contaminar nuestro cuerpo y nuestro espÃritu (2 Corintios 7:1).
Si tenemos el deseo de ser fieles al Señor, siempre podremos contar con su socorro. Ãl es dueño de nuestras circunstancias y, cuando valientemente nos ponemos de su lado, no permite, a causa de su gloria, que seamos confundidos ante el mundo. âYo honraré a los que me honranâ: ésa sigue siendo su promesa (1 Samuel 2:30).
Aquà Dios interviene de dos maneras acerca de Daniel y de sus compañeros. En primer lugar, dispone favorablemente el corazón de Aspenaz (comp. la historia de José, en Génesis 39:21). Luego permite que el aspecto fÃsico de los cuatro jóvenes justifique el cambio de alimento. En el plano espiritual, ciertos jóvenes cristianos que estudian pueden hallarse en la misma situación que Daniel y sus tres amigos. A los ojos del hombre, el hecho de abstenerse de ciertas fuentes de instrucción y cultura, actualmente consideradas como indispensables, deberÃa ponerlos en inferioridad de condiciones respecto de sus compañeros. Si renuncian a ellas con fe, se les asegura la bendición de lo alto.
Asà ocurre con esos cuatro estudiantes, quienes pasan su examen brillantemente. Serán fieles testigos de Dios, mientras que no oiremos hablar más de los otros jóvenes (Salmo 119:98 y 100).
¡Cuántas semejanzas hay entre el tiempo de Daniel y el de José! Dios habla a Nabucodonosor por medio de sueños como otrora al Faraón (Génesis 41). Y el intérprete que preparó para explicarlos también es un joven cautivo de la raza de Israel. Daniel fue escogido para revelar los secretos de Dios porque se habÃa guardado de toda contaminación. De modo que el Señor se complacerá en instruirnos y en servirse de nosotros en la medida en que nos abstengamos de las impurezas del mundo.
Notemos cómo Daniel se mantiene apartado hasta que sea debidamente comprobada la incapacidad de los hombres para comprender los pensamientos de Dios. Los mismos caldeos afirman: âNo hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto⦠salvo los diosesâ¦â (v. 10-11; cap. 5:11). Sólo pueden reconocer su ignorancia, como en otros tiempos los hechiceros de Egipto (Ãxodo 8:19). ¡La conclusión de los caldeos debÃa haber humillado y confundido al orgulloso monarca! Al contrario, se pone muy furioso y manda matar a todos los sabios. En oposición con esta actitud, el versÃculo 14 subraya la prudencia y el buen sentido de Daniel. Quiere tomarse el tiempo necesario para colocar todo ese asunto ante Dios.
Notemos el encadenamiento de los hechos: primero Daniel oró con sus amigos (v. 17-18). âEntonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cieloâ (v. 19). Exponer nuestras peticiones a Dios es nuestro primer deber (Filipenses 4:6). Pero Daniel también pone al corriente a sus tres compañeros a fin de aunar sus súplicas. ¡Qué privilegio compartir una dificultad con amigos cristianos y presentarla juntos al Señor! ¡Y qué eficacia tiene este privilegio, porque nos permite beneficiarnos con la formal promesa del Señor! (Mateo 18:19).
Dios no puede quedar sordo a la súplica de esos hombres que le temen. Ãl revela el secreto a su siervo (Salmo 25:14). Quizás algún otro en seguida hubiese corrido a ver al rey. Pero para Daniel hay algo más urgente: agradecer a su Dios y alabarle (comp. Génesis 24:26). Sólo después se hace llevar a la presencia de Nabucodonosor. Y todavÃa vemos brillar uno de los más hermosos rasgos de ese hombre de Dios: su humildad. Como José (Génesis 41:16), Daniel desea que la gloria sea sólo de Dios (v. 30; cap. 1:17). Queridos creyentes, cuando el Señor se haya dignado tomarnos a su servicio, sepamos pasar inadvertidos para dejarle a él todo el mérito y todos los frutos.
En un impactante resumen se le presenta al rey la historia de las naciones por medio de esa extraña estatua de un hombre, constituida de la cabeza a los pies por diferentes metales. La cabeza de oro representa el primer imperio universal, el de Babilonia, después que Dios hubo retirado su trono de en medio de Israel. Brillante, pero de corta duración, esa monarquÃa dio lugar al reino medo-persa (el pecho de plata), al cual le sucedió a su turno el imperio griego de Alejandro (el vientre y los muslos de bronce). Finalmente, las piernas y los pies del personaje evocan un cuarto reino fuerte como el hierro, brutal y destructor, en el cual no es difÃcil reconocer al imperio romano. Su historia, desde las invasiones bárbaras âcuando terminó su primer perÃodoâ, está actualmente interrumpida por lo que se ha llamado el paréntesis de la Iglesia. Pero, según la profecÃa, el imperio romano pronto debe reconstituirse por un breve tiempo. Habrá en él un elemento de debilidad figurado por la mezcla de barro cocido y de hierro (los diez reyes, distintos de la bestia romana; Apocalipsis 17:12) que lo hará vulnerable (v. 41-42). Entonces la piedra cortada de la montaña, mas no con mano de hombre, es decir, la introducción del reino de Cristo, pondrá fin a la dominación del âhombre de la tierraâ (Salmo 10:18) para la dicha de ésta.
Para dar un centro religioso común a los pueblos inconexos sobre los cuales reina Nabucodonosor, hace levantar una colosal estatua de oro en la llanura de Dura. Este acto de idolatrÃa es simbólico. Evoca lo que gobierna el corazón de los hombres:
1) la estatua es de oro, ese metal que es objeto de universal veneración.
2) Tiene la forma de un hombre; en efecto, éste tiende a adorarse a sà mismo y a colocarse en lugar de Dios.
3) Finalmente, tiene un inquietante parecido con la imagen de la bestia de los tiempos apocalÃpticos, la cual cada uno estará obligado a adorar bajo pena de muerte. Entonces, el fiel remanente de Israel será terriblemente puesto a prueba de esa manera (Apocalipsis 13:15 y sig.) Sadrac, Mesac y Abed-nego representan a ese remanente. ¿Intervendrá Dios para librarlos? ¡Tal es el desafÃo del rey! âNo es necesario que te respondamos sobre este asuntoâ declaran estos jóvenes (v. 16). La fe del creyente no tiene por qué justificarse ante los inconversos. Le basta la aprobación del Señor. Las amenazas de ahora, como anteriormente la atracción de las delicadas comidas del rey, no consiguen apartar a esos tres testigos del camino de la obediencia a Dios. HabÃan sido fiel âen lo muy pocoâ (cap. 1), ahora lo son âen lo másâ (Lucas 16:10).
Este capÃtulo nos muestra lo que el fiel debe hacer, lo que Satanás puede hacer, pero también lo que Dios hace. âNo temas⦠estaré contigo⦠Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en tiâ. Ãsa fue la promesa hecha al remanente fiel en IsaÃas 43:1-2. Y Dios va a cumplirla. Echados en el horno de fuego ardiente, los tres hombres no sufren mal alguno; además, tienen en él un maravilloso encuentro. En su misterioso compañero de un momento, no tenemos dificultad para reconocer al Hijo de Dios. SÃ, el crisol de la prueba es una privilegiada cita del Señor con los suyos.
En tanto que el fuego extermina a los hombres encargados de echar a los condenados en el horno ardiente, ni éstos, ni nada de lo que les pertenece es siquiera impregnado por el olor del fuego. Una única cosa es consumida en el horno de fuego ardiente: las ataduras con las cuales se los habÃa inmovilizado (v. 25). ¿No es a menudo éste el resultado de la prueba para el cristiano? Lo libera de tal o cual atadura con la cual el mundo lo tenÃa sujeto y le permite andar libremente en compañÃa del Señor Jesús.
La ira del rey dio lugar a la consternación (v. 24). Al exponer su vida, esos jóvenes testigos supieron demostrarle la realidad de su fe en un Dios todopoderoso.
Este capÃtulo reproduce sin comentario una proclama de Nabucodonosor. ¡A la verdad es un discurso muy diferente de los que pronuncian de costumbre los jefes de Estado! Se trata más bien de un testimonio dado ante todos los habitantes del mundo. En la medida que podamos, no temamos decir en voz muy alta lo que el Señor hizo por nosotros.
El rey empieza por recordar su antigua condición. Estaba tranquilo (v. 4), pero era una paz engañosa; era floreciente, mas la vida de un hombre no consiste en la abundancia de sus bienes (Lucas 12:15); todo lo que el Dios AltÃsimo habÃa puesto en sus manos sólo habÃa servido para nutrir su soberbia y el contentamiento consigo mismo. Para arrancarlo de su falsa seguridad se le envió un sueño que felizmente termina por espantarlo y turbarlo (v. 5). ¡Saludable espanto! A menudo la inquietud es la primera señal del trabajo de Dios en una conciencia. Pero, una vez más, solamente después de haber agotado todos los recursos humanos âmagos, astrólogos, caldeos y adivinosâ y cuando su impotencia es manifestada (2 Timoteo 3:9), Nabucodonosor está dispuesto a aceptar la interpretación de Daniel. Discierne en él âel espÃritu de los dioses santosâ (v. 8 y 18; comp. Génesis 41:38). Sólo el EspÃritu de Dios puede explicar la palabra de Dios (1 Corintios 2:11).
Se comprende la lucha interior que hay en el corazón de Daniel cuando descubre el significado del sueño. En semejantes circunstancias, decir la verdad lo expone a la muerte. Pero no flojea. El sentimiento de la misión que recibió de Dios le da la valentÃa necesaria para abrir ante los ojos del rey el libro de su porvenir, valentÃa que no excluye la sabidurÃa y la mansedumbre; sabe hablar con un espÃritu de gracia sazonada con sal (Colosenses 4:6). ¡El Señor nos aliente por medio del ejemplo de ese fiel siervo! Nosotros que sabemos por la Palabra cuál será la suerte eterna de los pecadores sin arrepentimiento, no escondamos ese terrible lado de la Verdad por miedo a desagradar a los hombres.
El gran árbol, figura del rey, también representa al mundo en general (véase Ezequiel 31:3-9). Soberbio y floreciente (v. 4), está organizado para satisfacer todas las necesidades y codicias de la humanidad. Su sombra protectora y sus variadas ramas ofrecen a cada uno su lugar y su alimento (v. 21). El mundo sólo olvida una cosa: que âel AltÃsimo tiene dominioâ (v. 25). Por eso el juicio va a caer sobre él, y Dios, mediante su Palabra, advierte a cada uno: âTus pecados redime con justiciaâ (v. 27) y reconcÃliate con Dios (comp. IsaÃas 58:6-7).
La paciencia de Dios otorgó doce meses al rey para romper con sus pecados (v. 27 y 29). Lamentablemente, su secreta raÃz, la soberbia, no hace más que crecer desmedidamente (5:20). Llega el dÃa en que Nabucodonosor mismo da la señal de su desastre: pronuncia la insensata frase por medio de la cual tiende a hacerse igual a Dios (v. 30). No ha terminado de hablar cuando la sentencia divina cae del cielo como el rayo y lo que ella anuncia se cumple âen la misma horaâ. El más grande personaje de la tierra pierde la razón y es rebajado al rango de una estúpida bestia. De hecho, la sumisión a la voluntad de Dios es la única cosa que eleva al hombre.
El rey se restablece tan pronto como aprende a alzar los ojos al cielo. El que desde lo alto de su palacio habÃa pregonado el poder de su fuerza y la gloria de su majestad, de ahà en adelante proclama ante toda la tierra: âAlabo, engrandezco y glorifico al Rey del cieloâ¦â ¡Qué cambio en el corazón de ese hombre: ayer un impÃo, hoy un adorador! Reconoce la legitimidad de la lección que aprendió. El AltÃsimo, quien eleva âal más bajo de los hombresâ (v. 17 fin), es poderoso para âhumillar a los que andan con soberbiaâ (v. 37; Lucas 18:14). A este relato puede servirle de conclusión el versÃculo 10 del Salmo 2: â¡Ahora, pues, oh reyes, obrad con cordura!â (V.M.)
El tiempo de Nabucodonosor se habÃa caracterizado por la persecución de que fueron objeto los fieles (cap. 3). El de su sucesor Belsasar se destaca, al contrario, por la indiferencia religiosa, la fácil abundancia y la búsqueda de los placeres. En la historia del mundo tales perÃodos se suceden y nuestra época esclarecida y tolerante se parece mucho a la de Belsasar. En la mayorÃa de los paÃses no se persigue más a los creyentes. Pero se ofende a Dios de otra manera; tenemos una imagen de ello en ese banquete. Para adornar se mesa, el sacrÃlego rey no teme hacer traer los santos utensilios del Templo. Y la orgÃa sigue a más y mejor⦠cuando ocurre algo espantoso. En la pared, âdelante del candeleroâ (comp. Números 8:2), una mano se perfila, escribe algunas palabras y desaparece⦠El rey palidece, sus rodillas se entrechocan; también los grandes están perplejos. ¿Cuál será el sabio que leerá la trágica escritura? (1 Corintios 1:19). El prÃncipe ligero y mundano no conoce a Daniel (comp. Ãxodo 1:8). Pero la reina madre sabrá escogerlo. Ella no asistÃa al banquete, como tampoco el profeta. Separación del mundo y discernimiento espiritual van a la par.
A los hombres de nuestra generación Dios ya no los advierte con misteriosos mensajes sino mediante su Palabra.
Por tercera vez en un momento crÃtico, Daniel entra en escena para interpretar el pensamiento de Dios. Pero aquà estamos en el último cuarto de hora de la historia de Babilonia. Y el varón de Dios ya no procede con miramiento alguno para anunciar su derrumbe. Belsasar no tuvo en cuenta el testimonio de su padre (v. 22). Daniel sólo puede traducirle la irrevocable sentencia. Tres palabras le bastan a Dios para sellar la suerte de Babilonia y su prÃncipe. âMene, Meneâ: contado y recontado. ¡Admiremos esa repetición! Es como si el justo Dios verificara con cuidado su suma antes de la decisión final (comp. Génesis 18:21). ¡Pesado! ¡Ay! ese frÃvolo monarca y sus grandes colocados âen la balanza⦠serán menos que nadaâ (Salmo 62:9). ¡Finalmente dividido! El AltÃsimo que âgobierna el reino de los hombresâ va a dar éste a otro. La Historia relata cómo Ciro el persa, después de haber desviado el curso del Eufrates (el que atraviesa Babilonia), se sirvió de su lecho desecado para introducirse en la ciudad con sus soldados, aprovechando la noche y la orgÃa del palacio. ¡Es de desear que ese solemne relato también nos instruya! Velemos y seamos sobrios para que no nos sorprenda la venida del Señor.
El imperio de la «cabeza de oro» pasó en una sola noche. Daniel, presente en sus comienzos, también asistió a su caÃda 70 años más tarde. Y volvemos a hallar al profeta, anciano de casi 90 años, dominando los acontecimientos y las personas. No le impresiona más el esplendor humano que su derrumbe. Aunque extranjero (tanto en el sentido moral como en el propio) sirvió con la misma conciencia al vanidoso Nabucodonosor, al mundano Belsasar y ahora al débil DarÃo (comp. 1 Pedro 2:18). Esa fidelidad le vale la confianza del soberano y la envidia de sus colegas. Ãstos conspiran contra él, y el rey, inducido en error por su hipócrita gestión, firma un irrevocable decreto. Pero Daniel, por más buen servidor que sea, no puede someterse a él. Fue necesaria esa inicua conspiración para que nos enteremos de que el hombre de Dios tenÃa una santa costumbre: tres veces al dÃa se arrodillaba en su habitación para invocar a su Dios (léase 1 Reyes 8:48 y 50 y Salmo 55:17).
Queridos amigos, podemos ponernos de rodillas tanto como lo deseemos sin ser inquietados. Usemos de este privilegio para hallar en él, como Daniel, la oculta fuente de la fuerza y de la sabidurÃa.
En el foso de los leones se renueva el milagro del horno ardiente del capÃtulo 3. El varón de Dios es guardado de los dientes de las fieras como en otros tiempos sus tres amigos lo fueron del ardor del fuego. Hebreos 11:33-34 nos revela su común secreto: âpor fe⦠taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuososâ. Uno puede preguntarse por qué Dios liberó a esos siervos cuando tantos otros mártires dejaron su vida en las hogueras o las arenas (comp. Hebreos 11:37). Ante todo, Dios protegió a sus testigos para mostrar su poder: aquà Ãl estaba comprometido frente a DarÃo. Este episodio de la vida del profeta corresponde palabra por palabra a la experiencia relatada en el Salmo 57 (v. 4-5 y el solemne v. 6).
¡Cómo nos hace pensar Daniel en el Señor Jesús! Asà fue Cristo, fiel del principio al fin: extranjero, separado del mundo, pero siempre dispuesto a hacer el bien y a revelar el pensamiento de Dios acerca del mundo.
Como Daniel, no dio motivo a las acusaciones y fue condenado sin razón, a causa de su misma fidelidad (comp. v. 4). Pero salió triunfante de la muerte (ese dominio del león rugiente: Salmo 22:13 y 21), la cual será la parte de los malvados. ¡SÃ, gloria a nuestro Redentor!
Recordemos el plan del libro de Daniel. En los primeros seis capÃtulos hemos visto vivir a ese varón de Dios. En los seis últimos oiremos sus profecÃas.
Ahora le toca a Daniel tener un sueño cuyo tema general es el mismo que el de Nabucodonosor en el capÃtulo 2. Pero esta vez, las cuatro sucesivas monarquÃas del tiempo de los gentiles se ven bajo la apariencia de bestias. El león con alas de águila representa a Babilonia (comp. JeremÃas 4:7; 49:19, 22 y 30), el oso feroz a Persia; el rápido leopardo al imperio griego. En cuanto a la cuarta bestia que surge âespantosa y terrible y en gran manera fuerteâ, no existe en la creación un animal lo bastante monstruoso como para prestarle su nombre (2:40). Se trata del imperio romano, especialmente bajo la forma que va a tomar: la de diez cuernos (o diez reyes) con el pequeño cuerno preponderante. Este último representa al jefe del imperio, agente de Satanás, hombre de una inteligencia sin par al servicio de una desmedida ambición, el que proferirá blasfemias. âEstuve mirando hasta queâ¦â (comp. 2:34). El âAnciano de dÃasâ, es decir, Dios mismo, súbitamente destruirá esa encarnación del espÃritu del mal, antes de dar al Hijo del hombre âdominio, gloria y reinoâ (v. 14).
Si estos temas proféticos nos parecen arduos, imitemos a Daniel, quien tiene el deseo de saber la verdad (v. 19) y pregunta por ella (v. 16). Esos acontecimientos, tan cercanos ahora, deben interesarnos por más de una razón. Primeramente, se trata de la forma que tomará el mundo, en el cual vivimos, después del arrebatamiento de la Iglesia. Y ya vemos claramente dibujarse las corrientes que convergen hacia ese espantoso cuadro final: la opresión y la violencia (v. 19); la negación de toda relación con Dios (las bestias: léase 2 Pedro 2:12), la insensata exaltación del hombre (ese cuerno que se eleva, hablando grandes cosas)â¦
No olvidemos que los testigos llamados âsantos del AltÃsimoâ atravesarán esa trágica época. Tendrán que sufrir, serán quebrantados (literalmente usados: v. 25), pero luego recibirán el reino y el juicio (v. 18 y 22; Apocalipsis 20:4). Y lo que en el versÃculo 14 fue atribuido al Hijo del hombre será igualmente dado al pueblo de los santos del AltÃsimo (v. 27). Habrán sido trillados (v. 23) por los âdominiosâ malvados (v. 27). A su turno recibirán ese dominio cuando el Señor, quien fue fiel hasta la muerte más que cualquiera, se asociará en gracia con los suyos a fin de reinar con ellos (Salmo 149:5-9).
La nueva visión otorgada a Daniel antes del fin del primer imperio (v. 1) ya concierne, sin embargo, a las relaciones del segundo reino (Persia) con el tercero (Grecia o Javán) lo mismo que a la final evolución de este último. La dominación medo-persa (el carnero) debÃa ser quebrantada y reemplazada por el âmacho cabrÃoâ, es decir, el imperio griego. A su turno, éste iba a desmembrarse a la muerte de Alejandro para ser repartido entre sus cuatro generales (v. 8). Punto por punto la visión fue notablemente confirmada por la Historia. Después de lo cual, sin transición, pasando por encima de los tiempos actuales, la profecÃa nos transporta al âtiempo del finâ (v. 17). Mientras el occidente será gobernado por âla bestiaâ (cap. 7), otro personaje extremadamente poderoso se levantará en oriente en el lugar ocupado antiguamente por uno de los demás âcuernosâ. Es el asirio, mencionado por otros profetas. Su única ambición será la de crecer y elevarse cada vez más. Se extenderá en dirección a âla tierra gloriosaâ (Israel) y en su impÃa temeridad quitará el culto de Dios de Jerusalén. Nada igualará su orgullo y locura. ¡Y sin embargo!⦠pisotear los dones celestiales y el sacrificio de Cristo, echar por tierra la verdad, ya es la actitud de todos los que hoy en dÃa niegan la fe (v. 9-12).
El ángel Gabriel está encargado de explicar a Daniel la visión que tanto lo asustó. En los últimos tiempos del reino venidero âel del norte, del imperio griegoâ, cuando la maldad de los hombres haya llegado al colmo (v. 23), se levantará un rey, llamado el asirio, diferente del pequeño cuerno del capÃtulo 7. Ese hombre utilizará su extraordinaria inteligencia para hacer el mal (v. 24-25). En último lugar se atreverá a atacar a Cristo. Entonces será quebrantado por la directa intervención de Dios (sin mano), en contraste con la historia de los imperios, en la que vemos a Dios utilizar al uno para derrumbar al otro (Job 34:20).
De esa manera, este capÃtulo nos mostró cómo los cuernos del carnero (el imperio de los medas y persas) fueron quebrantados y reemplazados por el cuerno del macho cabrÃo (el imperio griego) y finalmente por el mismo atrevido rey. Dios permite que ese hombre se eleve y elimine a sus rivales, pero su fin es ser quebrantado (Proverbios 6:15). La Historia ya nos ofrece más de un comparable ejemplo. Tal el de Alejandro, llamado el Grande, ese fogoso conquistador, quien murió a los 33 años de edad después de haber subyugado un inmenso imperio. Sin duda, él ilustra mucho mejor que otros estas palabras del Señor Jesús: âQué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?â (Mateo 16:26).
Este hermoso capÃtulo nos muestra a Daniel haciendo uso de dos recursos, los que siempre están a nuestra disposición: la Palabra y la oración. Esta vez no es enseñado mediante una visión, sino al escudriñar las Escrituras. Por ellas se entera:
1) de que la liberación de Israel está cercana (v. 2; véase JeremÃas 29:10 y sig.);
2) por qué motivos la mano de Jehová hirió y dispersó a su pueblo y en qué condiciones la restauración puede tener lugar (v. 11; léase LevÃtico 26:40 y sig.);
3) de la actitud conveniente para que Dios escuche y perdone (léase 1 Reyes 8:47 y sig.)
Vuelto su rostro hacia Jerusalén y hacia Dios el Señor, Daniel vuelve a tomar las expresiones dictadas por Salomón palabra por palabra: âHemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impÃamenteâ¦â (v. 5 y 15; cap. 6:10). Daniel no sólo nos es presentado como irreprochable, sino que aun sufrió las consecuencias del pecado de otros durante toda una vida de exilio. No obstante, confiesa la iniquidad como siendo suya; experimenta el dolor y la humillación de ella ante Dios; carga con las transgresiones de su pueblo. Es lo que Cristo hizo perfectamente. Exento de todo pecado, cargó con los nuestros, los confesó como siendo sus pecados, soportando, solo, en nuestro lugar, el castigo que habÃamos merecido (Salmo 40:12).
Aquà Daniel no obra como profeta (comp. v. 6), sino más bien como abogado de Israel. Sabe hallar los argumentos justos, exactos para tocar el corazón de Dios. Le pide que intervenga âpor amor del Señorâ (v. 17), âen tus muchas misericordiasâ (v. 18), âpor amor de ti mismo⦠porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu puebloâ (v. 19; comp. Salmo 25:11; LevÃtico 22:32). Tal oración es agradable a Dios, quien se apresura a contestarla. Su mensajero de nuevo es Gabriel, el mismo que será escogido para anunciar el nacimiento del Salvador y el de su precursor (Lucas 1:19 y 26). Pero aquà el ángel no está encargado de transmitir un feliz mensaje, ¡ni mucho menos! Esclarece la inteligencia de Daniel acerca de:
1) el rechazo del MesÃas después de 69 (7 + 62) semanas de años. Esos 483 años (69 x 7) deberán contarse a partir del comienzo de la reconstrucción de Jerusalén en el tiempo de NehemÃas;
2) la destrucción de la ciudad y del templo por los romanos al mando de Tito (v. 26); por fin, en un tiempo aún venidero, la trágica equivocación de los judÃos que, enceguecidos por Satanás, reciben en lugar de Cristo a âun desoladorâ, el Anticristo (v. 27). En el capÃtulo 24 de Mateo, versÃculos 15 y siguientes, el Señor Jesús con solemnidad confirma las profecÃas de Daniel.
A veces Dios responde inmediatamente a las oraciones de los suyos. En el capÃtulo 9:21 su palabra llega a Daniel mientras está orando. Otras veces, al contrario, como en este capÃtulo, retarda su intervención para poner a prueba la realidad de nuestros deseos y la perseverancia de nuestra fe. Pero, si a veces debemos orar mucho tiempo antes de recibir respuesta, nunca concluyamos que Dios no escucha (1 Juan 5:15). Afirma a Daniel que su oración fue oÃda âdesde el primer dÃaâ. Este versÃculo 12 nos revela el estado moral agradable a Dios, el cual, por decirlo asÃ, es la llave de las comunicaciones con el cielo. Recordemos el secreto de Daniel: disponÃa su corazón para entender y para humillarse.
Al comparar la visión de los versÃculos 5 y 6 con la del apóstol Juan en Patmos (Apocalipsis 1:13-16), comprendemos que Aquel que aparece aquà con los atributos de la soberana justicia sólo puede ser el MesÃas quitado (9:26), el que también será glorificado. En tal presencia, el más piadoso de los hombres es presa de un mortal pavor. Para ser el canal de las revelaciones divinas es necesario que primeramente la muerte haya operado en nosotros (2 Corintios 4:12). Pero la misma palabra de gracia viene a tranquilizar a Daniel y más tarde a Juan: âNo temasâ. âMuy amado no temasâ (v. 12 y 19).
Antes de considerar el lado visible de la profecÃa, el capÃtulo 10 nos hace entrever su lado oculto: la contraparte celestial de los acontecimientos de aquà abajo. Sin dejar de creerse libres, los grandes de este mundo parecen tÃteres; son dirigidos desde lo alto por âprincipados y potestadesâ satánicos mediante esos hilos que son sus pasiones (Efesios 2:2). Pero también Dios tiene sus legiones de ángeles con sus jefes (Hebreos 1:14). Y, cosa maravillosa, mediante nuestras oraciones podemos poner en movimiento sus fuerzas invisibles, entablar los mismos combates y, como ElÃas y Daniel, hacer la experiencia de que âla oración eficaz del justo puede muchoâ (Santiago 5:16).
En el capÃtulo 11 Dios abre a su profeta una amplia vista de los acontecimientos que se producirÃan. Tres monarcas persas iban a sucederse: Cambises II, Gaumata el Mago y DarÃo Hystape (respectivamente reconocidos en Esdras 4:6, 7 y 24). Después de ellos, el rico y poderoso Jerjes (el Asuero del libro de Ester) emprenderÃa una formidable ofensiva contra Grecia (Javán). Luego vendrÃa la ascensión relámpago de Alejandro el Grande (v. 3-4), la dispersión todavÃa más rápida de su reino âhacia los cuatro vientosâ (impactante ilustración del libro de Eclesiastés), seguida de largos altercados entre sus dos principales herederos.
Este capÃtulo anuncia y cuenta en detalle la rivalidad de las cuatro dinastÃas que iban a repartirse el imperio griego de Alejandro. En ese rey del norte se reconoce la estirpe de los seléucidas, la que gobernó las regiones situadas al norte de Palestina: Siria y Asia Menor; en tanto que los reyes del sur son los lágidas (o tolomeos) que poseÃan a Egipto. Entre esas dos potencias rivales debÃan alternarse guerras y tratados de alianza con los humanos halagos, chantajes, casamientos diplomáticos y asesinatos. Las relaciones entre las naciones no han cambiado desde entonces y los manuales de Historia sólo son el triste reflejo de lo que contiene el corazón humano: codicia (v. 8), violencia y crÃmenes (v. 14), malas costumbres (v. 17), fraude (v. 23), corrupción (v. 24), traición (v. 26) y mentiras (v. 27).
A dos mil años de distancia, ¡cuán vanos parecen esos conflictos en los que está en juego la tierra de Israel (v. 16) y que enfrentan a esos vanidosos monarcas durante cortos años!
La polÃtica internacional del tiempo de los reyes tolomeos y seléucidas está descrita de antemano de manera tan exacta que ciertos incrédulos, confundidos, hicieron todo lo posible por demostrar que este capÃtulo sólo podÃa haber sido escrito después de los acontecimientos que anuncia.
Ninguna profecÃa de la Escritura es de interpretación privada, es decir, no puede ser aislada del plan general de Dios (2 Pedro 1:20). A partir del versÃculo 36, como lo prueban las palabras del Señor mismo, es cuestión de acontecimientos aún venideros, a los cuales, de alguna manera, los del pasado sirvieron de bosquejo e introducción. AsÃ, AntÃoco Epifanio, rey de Siria, está designado sin equÃvoco en el versÃculo 31. Para vengarse de los judÃos, sacrificó una cerda en el templo e hizo colocar en él una estatua de Júpiter, no es más que una figura del futuro rey del norte o asirio. A ese personaje profético se aplican los versÃculos 40 a 45, mientras que los versÃculos 36 a 39 conciernen al Anticristo, «el rey», quien en ese tiempo del fin se hará adorar en Jerusalén. Será el superhombre esperado, quien, bajo el dominio de Satanás, reunirá en su persona todas las perversas y orgullosas tendencias del corazón humano. Obrar según su antojo (en absoluto contraste con Cristo: Hebreos 10:7), proferir las peores blasfemias contra Dios, despreciar a Su Cristo, elevarse por encima de todo, apoyándose en el dinero, la violencia y la mentira, tal es por cierto el espÃritu del Anticristo, el que no es difÃcil discernir en el mundo actual (1 Juan 2:18, 22-23).
El cumplimiento de los primeros sucesos de la profecÃa son la garantÃa de que los que se anuncian para el tiempo del fin ciertamente se producirán. El actual perÃodo de gracia es como un largo paréntesis que interrumpe desde hace casi dos mil años el curso de la profecÃa. Da a cada uno la oportunidad de convertirse para ponerse a cubierto del próximo juicio.
Entre el pueblo de Daniel, âtodos los que se hallen escritos en el libroâ serán libertados. Los que son llamados âlos entendidosâ resucitarán para vida eterna; los demás, para el horror de una perdición eterna. Asà se acabarán los tiempos determinados para el juicio; la suerte de cada hombre será definitivamente fijada y nada más en la tierra será obstáculo para el despliegue de los consejos de Dios. No lo olvidemos, la profecÃa siempre tiene a Israel por objeto. Aun la historia de los reinos gentiles se considera en relación con el pueblo elegido. Sin embargo, los pensamientos de Dios primeramente tienen como invariable centro la gloria de Cristo. Por eso son sellados y ocultos para los impÃos, mientras que se invita a los entendidos a comprenderlos. También los comprenderemos en la medida en que tengamos verdadero aprecio por esta gloria del Señor Jesús.
La profecÃa de Oseas, contemporáneo de IsaÃas, nos retrotrae a los tiempos del segundo libro de los Reyes, antes de las deportaciones. Se dirige principalmente a las diez tribus (a menudo llamadas con el nombre de EfraÃn, su caudillo), las cuales se hundieron en la idolatrÃa más pronto que Judá. Israel, contaminado por sus Ãdolos, infiel al pacto con su Dios, es representado por la mujer impura, y el profeta es invitado a tomarla como esposa. El mismo nombre de sus hijos significa la condenación (comp. IsaÃas 8:1-4; precisemos que los verbos âprostituirseâ o âcometer fornicaciónâ en estos capÃtulos significan abandonar a Dios y apegarse a los Ãdolos). Israel mismo rompió las relaciones con Jehová. No obstante, el versÃculo 10, citado por Pablo en su epÃstola a los Romanos, nos enseña que la transgresión de Israel tuvo una inesperada y maravillosa consecuencia: los creyentes âno sólo de los judÃos, sino también de los gentilesâ se llaman, de ahà en adelante, âhijos del Dios vivienteâ (Romanos 9:24-26). Ese Dios viviente llega a ser un Padre. A la sentencia âLo-amiâ, pronunciada sobre el Israel culpable, le sigue el llamamiento de un pueblo celestial, una familia que goza con su Dios y Padre de una relación indisoluble que aun nuestros pecados no pueden menoscabar (1 Pedro 2:10).
La causa de Israel es indefendible (v. 2; comp. IsaÃas 1:18). Después de una agobiadora requisitoria, Dios pronuncia la sanción sobre la infidelidad del pueblo: âPor tanto, he aquà yo rodearé de espinos su caminoâ¦â (v. 6). âPor tanto, yo volveré y tomaré mi trigoâ¦â (v. 9). âHe aquà queâ¦â y uno podrÃa aguardar un castigo más severo todavÃa. No obstante, ¿qué anuncia el versÃculo 14? âPero he aquà que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazónâ. ¡Incomparable gracia de Dios! El pecado de los suyos viene a ser para él la ocasión apropiada para desplegar su infinita misericordia. En lugar de echar a âla esposaâ ingrata y culpable, la toma de la mano y, a solas con ella, le habla de manera tal que conmueva su corazón. Pero, ¿por qué mencionar ese siniestro valle de Acor? ¿Acaso no evocaba el pecado de Acán y sus desastrosas consecuencias? (Josué 7:26). Sin embargo, Dios lo escoge para hacer de él, de ahà en adelante, una âpuerta de esperanzaâ (comp. IsaÃas 65:10). Y moralmente es lo mismo para nosotros. El valle de la turbación, el lugar en que tendremos que responder ante Dios por nuestras pasadas faltas, viene a ser âuna puerta de esperanzaâ. De esa manera, Dios nos muestra que el goce de la comunión con él tiene como necesario punto de partida la confesión de nuestros pecados.
En el estilo entrecortado que le es propio, el profeta hace alternar sin transición la descripción del trágico estado de Israel con las promesas de restauración (v. 18-23). La gracia de Dios establecerá nuevos vÃnculos con su pueblo. Ãste no será más siervo, como la mujer comprada (cap. 3:2) y no dirá más âmi señorâ sino âmi maridoâ (cap. 2:16). âTe desposaré conmigoâ repite tres veces Jehová como para sellar su compromiso (v. 19-20). Como anillo en el dedo de una joven novia, esa promesa deberÃa haber hablado al corazón del pobre pueblo e incitarle a guardar celosamente sus afectos para Jehová (comp. JeremÃas 2:2). Por analogÃa pensamos en la Iglesia, la que deberÃa ser toda para Cristo. âOs he desposado con un solo esposoâ dice Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2), revelando también en Efesios 5:25-27 lo que Jesús hizo, hace y hará por la Iglesia.
La corta profecÃa del capÃtulo 3 describe de manera impresionante el estado actual de los hijos de Israel: ya no tienen rey ni culto, ni el de los Ãdolos como tampoco el de Jehová (v. 4). La casa de Israel será vaciada, barrida y adornada, dispuesta para el cumplimiento de Mateo 12:45. Pero luego vendrá su arrepentimiento y su restablecimiento en la bendición divina por la bondad de Jehová (v. 5).
Los versÃculos 1 y 2 nos recuerdan Romanos 3:9-19, pasaje que se refiere no sólo a los judÃos, sino también a todos los hombres. Empero Israel, como poseedor de âla palabra de Diosâ, tiene esta responsabilidad suplementaria: haber desechado voluntariamente el conocimiento y olvidado la ley (v. 6; Romanos 3:2). Se apegó a los Ãdolos al dejar âa su Diosâ (fin del v. 12). Cristianos, ¿no nos dice nada esta última expresión? Existen mil maneras y oportunidades âcada uno tiene las suyasâ de sustraernos a la autoridad que el Señor debe tener sobre nuestra vida.
Esta vez, ¿cuál será el castigo del miserable pueblo? El más terrible que se pueda imaginar: el abandono. Su estado es incurable, sin esperanza. Dios renuncia a retenerle y declara: âMe olvidaré de tus hijosâ (v. 6). âNo castigaré a vuestras hijasâ (v. 14) y más adelante: âEfraÃn es dado a Ãdolos; déjaloâ (v. 17). Sin embargo, ese horrible cuadro de la corrupción de las diez tribus por lo menos debe servir de advertencia a Judá. Gilgal con Bet-el (casa de Dios; luego Bet-avén), lugares de promesas y de bendiciones en la historia de Israel, llegaron a ser centros de iniquidad y capitales de la religión profana. Jehová solemnemente manda a Judá que no suba a ellas (v. 15).
El profeta se dirige muy especialmente a los principales de Israel: los sacerdotes y la casa del rey. Ãstos, quienes debÃan haber dado el ejemplo, fueron un lazo para el pueblo (v. 1). El resultado es catastrófico: âSe han abismado en el degüello estos apóstatasâ (v. 2, V.M.)
En el capÃtulo 4:15 Jehová habÃa instado a Judá a que no imitara a EfraÃn. ¡En vano! Tan pronto como hubo anunciado la caÃda de este último, el versÃculo 5 agrega: âJudá tropezará también con ellosâ. ¡Qué inconsecuencia y qué soberbia la de esos desdichados israelitas! âSus malas obras no les permiten volver a su Diosâ (v. 4, V.M.) Sin embargo, como si tal cosa, se acercan a Jehová con sacrificios. Y no le hallan (v. 6), porque es ultrajar a Dios pretender cumplir un servicio religioso sin estar previamente en regla con él respecto de nuestros pecados. EfraÃn, pese a que descubre su enfermedad (v. 13), no se dirige al gran Médico, reconociéndose culpable (v. 15), sino que se vuelve hacia Asiria, al rey Jareb. De igual manera actúan muchas personas. Cuando su conciencia les molesta, antes que humillarse ante Dios, buscan ayuda y diversión en un mundo que no las puede curar.
Oseas acaba de enunciar lo que Dios espera para sanar a Israel: âque reconozcan su pecadoâ (cap. 5:15). ¿No es conmovedor ver cómo inmediatamente después el profeta toma al pueblo de la mano âpor decirlo asÃâ y le exhorta: âVenid y volvamos a Jehováâ? El que hirió vendará nuestras llagas. Un pastor de ovejas explicó cómo le fue necesario quebrar una pata a una indócil oveja para hacerla dependiente de él y para que le tomara afecto por sus cuidados. El versÃculo 4 vuelve a hacer el retrato moral del pueblo⦠y por desdicha el de muchos cristianos. ¿A cuántos que tuvieron una conversión llena de promesas, ahora se les podrÃa dirigir este reproche: âLa piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocÃo de la madrugada, que se desvaneceâ? (v. 4; Apocalipsis 2:4). ¡Oh, el Señor mantenga en nuestros corazones la frescura de nuestros afectos por él, pese a los contactos desgastantes con este mundo! EfraÃn y Judá en vano traÃan animales para los sacrificios (cap. 5:6). Jehová les dice: âMisericordia quiero, y no sacrificioâ (v. 6 que el Señor cita dos veces a los fariseos: Mateo 9:13; 12:7). El amor por Cristo y el amor al prójimo, que dimana de aquél, es el único móvil que Dios reconoce para cualquier servicio (1 Corintios 13:1-3).
âYo querÃa sanar a Israelâ (v. 1, V.M.) âYo los iba a redimirâ (v. 13, V.M.) Tal es también el pensamiento del Señor respecto a usted, amigo todavÃa inconverso. Pero es necesario que su deseo responda al Suyo (Juan 5:6). Más tarde Jesús también dirá a Jerusalén: â¡Quise juntar a tus hijos⦠y no quisiste!â (Lucas 13:34).
Ya consideramos el deplorable estado moral de Israel bajo los rasgos de una mujer adúltera (cap. 2) y de una novilla indómita (cap. 4:16). Aquà sucesivamente se lo compara con una masa de pan leudado (v. 4), una torta no volteada (v. 8), una paloma incauta (v. 11) y un arco engañoso (v. 16). Con tono irónico Jehová condena tanto su soberbia como su falta de inteligencia. Mezclarse con extraños tuvo por efecto consumir la fuerza de EfraÃn. Las âcanasâ son la señal de que está bajando la energÃaâ¦âmas él no lo sabeâ (v. 9, V.M.) En lo que nos concierne, sepamos que confraternizar con el mundo, bajo cualquier forma que sea, hace perder al creyente su comunión con el Señor y le priva, pues, de toda energÃa espiritual, sin que él tenga conciencia de ello. El ejemplo de Sansón lo confirma de la más solemne manera (Jueces 16; léase v. 19-20).
Los juicios anunciados por la trompeta caerán sobre el pueblo culpable (comp. Mateo 24:28 y 31; Apocalipsis 8:6). Por más que proteste: âDios mÃo, te hemos conocidoâ, Israel merecerá esta implacable respuesta: âOs digo que no sé de dónde soisâ (Lucas 13:27). Mateo 7:21 cita a esos falsos cristianos que exclaman: âSeñor, Señorâ, sin haberse preocupado nunca por la voluntad divina. AsÃ, los versÃculos 2 a 4 subrayan la contradicción entre la expresión âmi Diosâ y el espÃritu de completa independencia manifestada por el pueblo. Mientras que en otros tiempos era Dios quien designaba a los reyes y ordenaba lo concerniente al culto, ahora Israel mismo habÃa escogido a sus prÃncipes y habÃa echado las bases de una religión idólatra (v. 4, 5 y 11; 1 Reyes 12:20, 28-33). Hoy, en la cristiandad, cada uno cree poder decidir de qué manera rendirá culto, y en las sectas y las iglesias existe lo que satisface todos los gustos.
Los hijos de Israel serán âcomo vasija que no se estimaâ (v. 8; IsaÃas 30:14). âNo los quiso Jehováâ (v. 13). ¡Ojalá podamos ser, cada uno de nosotros, un âinstrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obraâ! Pero no olvidemos las obligaciones de âtodo aquel que invoca el nombre de Cristoâ (2 Timoteo 2:19-22).
Los acontecimientos históricos que corresponden a esas profecÃas son relatados en los capÃtulos 15:8 a 17:18 del segundo libro de los Reyes. Los últimos soberanos de Israel habÃan creÃdo que serÃa buena polÃtica apoyarse alternativamente en Egipto y Asiria (v. 3; comp. cap. 7:11-12 y 2 Reyes 17:4). Esto fue precisamente su perdición. Por su lado, los que habÃan escapado de Jerusalén y de Judá buscaron refugio en Egipto (en Memfis), antes que quedarse âen la tierra de Jehováâ como les instaba JeremÃas (v. 6; JeremÃas 42:10 y 19). ¡Ay!, ¿no nos parecemos a ellos? Cuántas veces en presencia de una dificultad buscamos la ayuda de los hombres antes que la del Señor (Salmo 60:11). EfraÃn debÃa ser privado de hijos, quedar estéril y sin fruto para Dios, como la higuera a la que el Señor maldijo (v. 16; Marcos 11:12-14). Esa profecÃa se cumplió con la actual dispersión de las diez tribus hasta su restablecimiento para el reino de mil años. En cuanto a los judÃos propiamente dichos (Judá y BenjamÃn), su suerte, desde que rechazaron al MesÃas, es la de ser âerrantes entre las nacionesâ (v. 17; Deuteronomio 28:64-65). Al no haber conocido el tiempo de su âvisitaciónâ en gracia (Lucas 19:44 fin), debÃan ser visitados por el juicio (v. 7).
âSerá, pues, el pan de ellos para sà mismosâ declaraba el versÃculo 4 del capÃtulo 9. âIsrael⦠da abundante fruto para sà mismoâ continúa nuestro versÃculo 1. He aquà la oportunidad para preguntarnos qué uso hacemos de lo que el Señor nos ha confiado: fuerzas, inteligencia, memoria, ratos de ocio, bienes materiales. ¿Los utilizamos para su servicio o para la satisfacción de nuestras codicias?
Con sarcástico tono los versÃculos 5 a 8 comentan la desaparición del becerro de oro en Bet-el (Bet-avén), la emoción de los sacerdotes idólatras y la del pueblo, luego la destrucción de Samaria y el fin de su último rey, quien lleva también el nombre de Oseas. Pero además hallamos en ellos una alusión al infortunio de Israel cuando atraviese la tribulación final que no tendrá precedente. El Señor, yendo a la cruz, citó el final del versÃculo 8 a las hijas de Jerusalén (Lucas 23:30). âVendrán dÃasâ¦â «¡Ah! âescribió alguienâ ¿no era tiempo todavÃa para sembrar en justicia, segar según la piedad, roturar un campo nuevo, empezar una nueva vida, producto de un nuevo nacimiento?â¦Â» Este versÃculo 12 se dirige solemnemente a todos los que postergan para más tarde la cuestión de su salvación: âEs el tiempo de buscar a Jehováâ. Quizás mañana usted no le halle más (léase IsaÃas 55:6-7).
El versÃculo 1 está citado en Mateo 2:15 con motivo del viaje de Jesús, cuando niño, a Egipto. Como Israel habÃa fallado por completo, Dios le sustituye por su Hijo (comp. IsaÃas 49:3). Ãl volverá a empezar la historia del pueblo y esta vez enteramente para la gloria de Dios.
Después de haber designado misteriosamente a Aquel que cumplirá sus pensamientos de gracia y salvación, Dios puede dejar que su corazón hable libremente. El castigo que se vio obligado a ejecutar fue todavÃa más doloroso para él mismo que para el pueblo. Su compasión de Padre lo conmovieron para con su hijo rebelde. Recuerda cómo habÃa enseñado a caminar a EfraÃn, tomándole de los brazos y dándole de comer (v. 3-4). Lo habÃa liberado de su esclavitud y unido a sà mismo, pero con vÃnculos de amor. Cuán triste es ver a EfraÃn inconsciente de su ruina moral (cap. 7:9) y, a la vez, de los cuidados del amor divino: âno conoció que yo le cuidabaâ (v. 3).
Amigo, si usted se ha alejado del Señor, sepa que durante todo ese tiempo él se preocupa por restaurarle. La misericordia del Señor responde a su desgracia. ¿No le conmueve? Déjese atraer, déjese traer de vuelta por las cuerdas de Su amor.
EfraÃn tiene las mismas disposiciones que más tarde tendrá la iglesia de Laodicea. Pronuncia las mismas palabras de satisfacción: âMe he enriquecidoâ (v. 8; Apocalipsis 3:17). Pero Dios no mira la prosperidad exterior. Moralmente, este pueblo es desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo, como lo es ahora para Dios la cristiandad que lo es sólo de nombre. Por medio de su mentira, su fraude, su mundanerÃa y su confianza en el hombre, EfraÃn lo hizo todo para provocar la ira de Jehová, quien le pagará su oprobio (v. 14; Deuteronomio 28:37). Sin embargo, para mostrar que el camino del arrepentimiento todavÃa está abierto, Dios se sirve de la historia de Jacob, quien fue un astuto calculador, el suplantador de su hermano. Pero un dÃa el patriarca encontró a Dios en Peniel, luchó con él y triunfó, no âcon su poderâ, sino por medio de sus lágrimas y sus súplicas. Más tarde en Bet-el, después de haber purificado su casa, aprendió a conocerle por su nombre, el Dios omnipotente (Génesis 32:24-30; cap. 35). Clamar al Señor, humillarse, quitar los dioses extraños es lo que hizo Jacob pero no EfraÃn. Nosotros, no dejemos de hacerlo, valiéndonos del versÃculo 6: âTú, pues vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confÃa siempreâ (comp. IsaÃas 31:6).
«Nada hay más conmovedor en la boca de Dios que esa mezcla de reproches, ternura y llamados a volver a momentos más felices. Pero todo fue en vano; Dios tuvo que juzgar y recurrir a su soberana gracia, la que llevará a Israel al arrepentimiento y a él» (J.N.D.) âNo conocerás a⦠otro salvador sino a mÃâ dice Jehová. EfraÃn deberá convencerse de ello después de haber esperado en vano que sus reyes y sus jueces lo librasen (v. 10). âEn ningún otro hay salvaciónâ confirma Hechos 4:12 al hablar del nombre del Señor Jesús.
Dios conoció a su pueblo en el desierto. Entonces Israel andaba en pos de él en tierra no sembrada (v. 5; JeremÃas 2:2). Como lo dijo alguien, mientras no habÃa más que Dios y la arena, le era muy necesario contar con Jehová a cada paso; más tarde, en cambio, la prosperidad con la saciedad contribuyeron a su culpable alejamiento (v. 6; Deuteronomio 32:15 y 18). Por desdicha, asà ocurre a menudo en la vida del cristiano. Tan pronto como piensa que no ha de contar con el Señor para sus necesidades de cada dÃa, corre el riesgo de enorgullecerse y olvidar al Dios de quien depende.
1 Corintios 15:55 se hace eco del grito de victoria del versÃculo 14. A partir de la promesa tocante a la liberación final de Israel, el EspÃritu eleva nuestras miradas hacia la resurrección y hacia Aquel que venció la muerte.
Como conclusión del largo debate de Jehová con su pueblo se entabla un maravilloso diálogo. El EspÃritu dicta a Israel palabras de arrepentimiento (v. 2 y 3). Dios, atento al primer movimiento de retorno (comp. Lucas 15:20), en seguida promete: âYo sanaré su rebeliónâ (v. 4). En efecto, abandonar al Señor es la más grave de las enfermedades, pues alcanza al alma. âLos amaré de pura graciaâ agrega Jehová. Entonces sus afectos podrán expresarse sin obstáculo por medio de las más ricas bendiciones (v. 5-7). ¿Y cómo responderá EfraÃn? Lo hará repudiando toda relación con los Ãdolos (v. 8). En lo sucesivo, el amor de su Dios le bastará.
En cuanto a nosotros, ¿nos es suficiente el amor de Jesús? Como dice un cántico: «Si él quiere que nuestro corazón le ame â enteramente y sin rodeos, â primero es porque él mismo â es inmutable en su amor». Y si permanecemos en su amor, se complacerá en producir fruto por medio de nosotros (v. 8 fin; Juan 15:8-10).
Asà termina esta profecÃa de Oseas, cuyo nombre era una promesa, ya que significa liberación. Si más de una vez hemos podido reconocernos bajo los rasgos de EfraÃn, aceptemos las mismas serias advertencias que él recibe. â¿Quién es sabio?â¦â ¿No es aquel que, en todo tiempo, entiende los pensamientos de Dios y anda por sus caminos? (v. 9).
El dÃa de Jehová (o del Señor) es el tÃtulo que se le podrÃa dar a la profecÃa de Joel. Evidentemente no se trata de un dÃa de 24 horas, sino de un perÃodo todavÃa venidero, en el que la voluntad de Dios se cumplirá en la tierra como se cumple ya en los cielos (Mateo 6:10). Desde su caÃda, el hombre, llevado por sus pasiones, no ha cesado de hacer lo que le agrada. Se puede decir, pues, que vivimos en el dÃa del hombre. Por eso, cuando el Señor intervenga para imponer su voluntad, será necesario que apele ante todo a golpes que finalmente hagan ceder al orgullo humano. Moralmente, en cada una de nuestras vidas el dÃa del Señor comienza en el momento en que reconocemos su plena autoridad sobre nosotros.
A diferencia de Oseas, profeta de Israel, Joel se dirige a Judá. Aprovecha la ocurrencia de una serie de calamidades, a saber, los sucesivos estragos producidos en el paÃs por diferentes clases de langostas. Pocos espectáculos son tan impresionantes como una invasión de saltamontes migratorios en Oriente. Imaginémonos ese prodigioso ejército de miles de millones de insectos que se abaten sobre una región fértil y súbitamente la reducen a desierto.
De ese desastre que ocurrió en su tiempo, Joel pasa a un azote todavÃa futuro: la invasión del asirio.
Jehová llama âsu ejércitoâ a esa nube de fieros asaltantes (v. 11 y 25), aunque tenga a su cabeza al impÃo y soberbio asirio. De hecho, este último sólo es el ejecutor de su Palabra, âla varaâ de su furor (IsaÃas 10:5). Cuando pasamos por la disciplina, nunca perdamos de vista la fiel Mano que nos la dispensa. Ese fracaso, ese contratiempo, ese accidente viene del Señor. No nos asemejemos al niño que, con ingenuidad, cree evitarse la corrección escondiendo la vara con la cual aguarda ser golpeado. Uno se representa ese gigantesco asalto como algo que âno lo hubo jamásâ. Desborda como una irresistible marea por encima del muro y hasta en las casas. La misma invasión se llama en otro lugar âel turbión del azoteâ (IsaÃas 28:15). ¡Ah!, esa visión de pesadilla ¿no está colocada de antemano delante del pueblo como un llamado a su conciencia? âPues, ahoraâ es el tiempo para él âes tiempo para todosâ de volver a Dios de todo corazón âcon lloro y lamento⦠porque misericordioso es y clementeâ (v. 12-13; léase Santiago 5:11). âTocad trompeta en Sionâ repite el profeta (v. 1 y 15; véase Números 10:9); ¡es la imagen de la apremiante oración de la fe! Entonces, en la hora del peligro Jehová se acordará de los suyos.
âConvertÃos a Jehováâ âinvitaba el versÃculo 13. â¿Quién sabe si volverá⦠y dejará bendición tras de él?â ¿Quién sabe? Por nuestra parte, sabemos bien que Dios nunca permanece insensible a las lágrimas y a las súplicas de los suyos. Lleno de compasión, enseguida multiplica sus promesas: destrucción definitiva de los enemigos del pueblo; abundancia de bienes materiales que compensan, y con mucho, las pérdidas sufridas (v. 25). Y la más preciosa de esas bendiciones que él deja âtras de élâ es: su EspÃritu, generosamente derramado sobre los hijos de Israel como testimonio para el mundo entero (v. 28). Ese tiempo todavÃa está por venir, porque Israel de ningún modo está preparado para recibir ese don. Pero el dÃa de Pentecostés, Pedro se apoya en este pasaje para explicar a los judÃos lo que acaba de acontecer (Hechos 2:17).
âTodo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvoâ afirma el versÃculo 32 citado en Hechos 2:21 y Romanos 10:13. Invocar es llamar mediante la oración, y apelar a ese nombre, el de Jesús; es el único medio por el cual podemos ser salvos. En medio del peor infortunio Dios salvará ây salva ahoraâ a todo aquel que se vuelve a él. âArrepentÃos⦠y recibiréis el don del EspÃritu Santoâ. ¡Promesa valedera hoy, valedera para usted!
El restablecimiento de Judá y Jerusalén estará acompañado por el juicio que caerá sobre las naciones. Entonces éstas harán un trágico descubrimiento: al dispersar a Israel y repartirse el paÃs (v. 2 fin) habÃan atacado a Dios mismo. â¿Qué tengo yo con vosotras?â es la terrible pregunta que cae del cielo (v. 4). También Saulo de Tarso se enteró de que, al perseguir a los cristianos, perseguÃa a Jesús (Hechos 9:4-5).
Por una completa inversión de la situación, esas naciones conocerán la suerte que hicieron sufrir al pueblo de Dios. Su âpagaâ caerá sobre su propia cabeza, lo que es un inmutable principio del gobierno de Dios (véase Génesis 9:6; Jueces 1:7 etc.) Totalmente enceguecidas, esas naciones habrán forjado su propia ruina al mismo tiempo que sus armas. Por lo tanto el soberano Juez las convocará en el lugar mismo de su desastre (v. 9-12). âMuchos pueblos en el valle de la decisiónâ (v. 14). Esa siniestra «vendimia» constituirá el último acto introductorio del DÃa de Jehová (Apocalipsis 14:18-20). En lo sucesivo, la gracia podrá correr abundantemente para un pueblo limpiado (v. 21). Y porque será limpiado âsupremo favorâ Dios mismo morará en medio de ellos.
Para negar la inspiración de la Biblia, los incrédulos hacen valer el número y la diversidad de los hombres que la escribieron. Pero ello es precisamente lo que la confirma. La perfecta concordancia de los testimonios de 40 escritores, los que se extienden por 1500 años, es un milagro indiscutible. Para preparar la ejecución de un edificio, un constructor se valdrá de varios ingenieros, dibujantes, técnicos⦠cada uno de los cuales contribuirá con sus aptitudes y cuidados. Esto no impedirá que la obra haya sido concebida por él, conducida según su plan y que lleve su nombre. Los siervos de quienes se sirvió Dios para redactar su Palabra son diferentes. Daniel era prÃncipe, JeremÃas y Ezequiel sacerdotes, Amós un sencillo pastor (v. 1). Pero el divino llamado lo colocó entre âlos santos hombres de Diosâ que âhablaron siendo inspirados por el EspÃritu Santoâ (cap. 7:14-15; 2 Pedro 1:21). Su libro sólo puede, pues, confirmar la perfecta armonÃa entre todas las partes de las Escrituras. Amós empieza donde terminó la profecÃa de Joel (comp. v. 2 con Joel 3:16). Este último habló de las naciones en su conjunto. Amós nombra sucesivamente a Siria, FelistÃa, Tiro, Edom, Amón (y Moab en el cap. 2) para declarar que cada uno de esos pueblos colmó ampliamente la medida de sus pecados.
Con Moab, la lista de los transgresores no está cerrada todavÃa. ¡Judá e Israel tienen su lugar entre los pueblos culpables! Y el pecado de Israel supera al de todos sus vecinos. Estos últimos sólo habÃan practicado su maldad contra sus enemigos, en tanto que en Israel los fuertes habÃan aplastado a los débiles, manchado a los nazareos y cerrado la boca a los profetas (v. 12). âVendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatosâ (v. 6 y 8:6); pisotearon al pobre, oprimieron al justo e hicieron perder su causa a los pobres (cap. 5:11-12). Pensamos en el Señor Jesús, tan a menudo designado como âel Justoâ (por ejemplo en Hechos 22:14), o como âel Pobreâ (Salmo 40:17; 41:1). No dejó de ser oprimido, afligido, antes de ser traicionado, vendido, y finalmente se le dio muerte (Santiago 2:6 y 5:6). Como para subrayar más los crÃmenes de su pueblo, Jehová recuerda las maravillas que otrora habÃa hecho a favor de él. Destruyó a sus formidables enemigos (v. 9); lo liberó de Egipto y lo condujo por el desierto (v. 10). ¡Hechos de poder y de amor que evocan su obra de salvación a favor de todos los hombres! Esta obra encuentra de parte de ellos una horrorosa ingratitud. ¿Qué respuesta le dio usted al amor del Salvador?
Israel era una familia que Dios habÃa escogido para él de entre todas las familias de la tierra. âPor tantoâ¦â prosigue Jehová, para mostrar que esa elección acarreaba las más estrictas obligaciones. Digámoslo una vez más: cuanto más estrecha es la relación, tanto mayor es la responsabilidad (léase Mateo 11:20-24). Una misma falta se apreciará de manera diferente si es cometida por un extraño, por un sirviente o por un hijo.
Dios se dispone a visitar a su pueblo mediante el juicio. Sin embargo, no se hará nada sin una advertencia. El rugido del león es la señal de alarma más eficaz para el rebaño. Amós, el pastor de Tecoa, lo sabe bien y procura arrancar al pueblo de su inconsciencia. âProclamad⦠OÃdâ¦â exclama él. Pero Dios va a emplear otra voz para sacudir el entorpecimiento y la dureza de Israel. Toda la profecÃa de Amós está llena de alusiones a un terremoto que iba a sobrevenir dos años más tarde (cap. 1:1; 2:13-16; 3:14-15; 6:11; 9:1, 11 etc.)
Nosotros, quienes por gracia formamos parte de la celestial familia de Dios, prestemos oÃdo a todas las maneras en que nuestro Padre nos advierte.
En otros tiempos, cuando Jehová enviaba sus plagas a Egipto, ponÃa a Israel a cubierto de ellas (Ãxodo 8:22; 9:6-7 y 26; 10:23; 12:12-13). ¡Qué «cambio radical», también en el sentido moral! (v. 11). Aquà le vemos obligado a castigar a su propio pueblo tal como a Egipto (v. 10). Hambre, sequÃa, plagas, epidemias, terremoto: cinco calamidades se suceden con el fin de hablar a la conciencia de esta nación rebelde. ¡Ay! el triste refrán se repite cinco veces: âmas no os volvisteis a mÃ, dice Jehováâ (v. 6, 8, 9, 10, 11). ¡No les arrojemos la piedra! Para con nosotros ¿no emplea el Señor la misma paciencia? Si a menudo recurre a medios que nos son penosos, siempre nos salva âcomo tizón escapado del fuegoâ (comp. ZacarÃas 3:2). ¿Nos hemos vuelto a él? Porque tarde o temprano será necesario encontrar a Dios. Si no es ahora en gracia, acudiendo al Señor con un corazón arrepentido, será él quien visitará al pecador en juicio (Lucas 12:58-59). âPrepárate para venir al encuentro de tu Diosâ.
Hoy en dÃa, ¿cuál es para todo hombre la única manera de prepararse para ese solemne encuentro? Confesar sus pecados y aceptar el perdón que Jesús otorga gratuitamente. ¿Lo ha hecho cada uno de nosotros?
âId a Bet-el, y prevaricadâ âinvitaba irónicamente el capÃtulo 4:4â âaumentad en Gilgal la rebeliónâ¦â Pero ahora Dios suplica: âNo busquéis a Bet-el, ni entréis en Gilgalâ¦â âBuscadme, y viviréis⦠Buscad a Jehová, y vividâ (v. 4-6).
Para vivir, al hombre nada le vale tener una religión; necesita un Salvador. Jesús es el camino, la verdad, la vida; nadie viene al Padre sino por él (Juan 14:6). Reconozcamos la grandeza de Aquel que hizo y sostiene los mundos (Hebreos 1:2-3). En una noche clara, cuando descubrimos las Pléyades y el Orión, estas constelaciones confunden nuestra inteligencia. En vano nos esforzamos por apreciar su fantástico alejamiento. Pero el Hijo de Dios cumplió una obra mucho más maravillosa aun. Ãl cambió en mañana la sombra amenazadora de la muerte eterna que ya nos envolvÃa, la que fue sorbida en victoria en su resurrección (v. 8; 1 Corintios 15:54). Por cierto, las tinieblas siempre reinan en este mundo. La opresión y la injusticia son cosas corrientes. Pero el cristiano no es agobiado por ellas: aun âen tiempo maloâ sabe dónde hallar a su Salvador. âBuscadleâ, tal deberÃa ser nuestra consigna cada vez que abrimos nuestra Biblia (Salmo 27:8).
El bien se identifica con Dios (Salmo 4:6). âBuscad lo bueno⦠para que viváisâ (v. 14) corresponde a: âBuscad a Jehová, y vividâ (v. 6). Sin embargo, para buscar el bien es necesario amarlo, lo mismo que se huirá del mal en la medida en que se tenga horror de él (v. 15; Romanos 12:9). Pero, dirá alguien, no siempre es fácil distinguir el bien del mal. Sin duda, y la moral humana poco nos ayudará, ya que sólo puede comparar al hombre con el hombre. El único guÃa seguro es la Palabra de nuestro Dios.
Como esas multitudes cristianas que repiten: âVenga tu reinoâ y convocan asà el dÃa de su juicio, algunos deseaban el dÃa de Jehová⦠sin darse cuenta de que significarÃa su desdicha. Multiplicaban las formas religiosas: fiestas, ofrendas, solemnes asambleas, ¡imaginándose que asà ocultaban a Dios su verdadero estado! âQuita de delante de mÃ⦠el estruendo de tus cánticosâ (v. 23, V.M.) responde el Señor severamente⦠¡Ay! cuántos cánticos y oraciones sólo son para Dios un vano ruido. No olvidemos que él reclama âla verdad en lo Ãntimoâ (Salmo 51:6).
Esteban citará los versÃculos 25 a 27 a los principales de los judÃos para hacerles tomar conciencia de la antigüedad y gravedad de su pecado (Hechos 7:42-43).
Ya anteriormente Jehová habÃa puesto el dedo sobre la dureza de corazón, la altivez, el egoÃsmo y el apego a las comodidades de su pueblo extraviado (cap. 2:6; 4:1; 5:11; comp. 1 Corintios 10:24; 1 Juan 3:17). La inteligencia de éste estaba dedicada a su propio recreo (v. 5). ¡Estado de cosas que también habla a nuestra conciencia! ¿Es honesto emplear para nuestro uso lo que el Señor nos confió para su servicio? Sin contar con que el camino de nuestras codicias nos conduce, espiritualmente hablando, a someternos a la servidumbre del enemigo (comp. v. 7). En fin, he aquà lo que va a la par de la prosperidad material y los gustos refinados: âNo se afligen por el quebrantamiento de Joséâ (v. 6). Los contemporáneos de Amós ya no sufrÃan a causa de la división de Israel en dos reinos. Hoy la misma causa, a saber, la asidua persecución de nuestras comodidades y de nuestros intereses, produce el mismo efecto: una culpable indiferencia en cuanto al estado de ruina de la Iglesia y a la división de los cristianos.
El versÃculo 8 afirma que Dios aborrece la soberbia, raÃz de todo pecado. Es de desear que el Señor nos enseñe a juzgarla en nosotros, asà en sus más groseras manifestaciones como en las más sutiles. Recordemos que él resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6).
En el capÃtulo 3:7 Jehová habÃa prometido que no harÃa nada sin primeramente revelar su secreto a sus siervos los profetas. Informa, pues, a Amós de sus intenciones y, ante esa señal de confianza, el profeta responde, como Abraham en otros tiempos, con perseverante intercesión (Génesis 18:17 y 23). Habla con la libertad de aquel que conoce Ãntimamente a su Dios: ¿No es tu castigo demasiado severo? No te olvides de que Jacob es pequeño (Dios mismo lo llama gusano en IsaÃas 41:14). Es justamente lo contrario de la jactancia del pobre pueblo que pretendÃa: â¿No hemos adquirido poder con nuestra fuerza?â (cap. 6:13).
Precisamente después de haber abogado de manera tan conmovedora por su pueblo, Amós es tratado de conspirador por uno de los jefes religiosos. ¡Cómo se parece a Jesús, a quien los sacerdotes acusaban ante Pilato: âA éste hemos hallado que pervierte a la naciónâ¦â! (Lucas 23:2).
Amós, lejos de enojarse o reivindicar el honor debido a un profeta, de buena gana reconoce su humilde origen. Su autoridad no procede de su nacimiento ni de su educación sino exclusivamente de un llamado divino (comp. Gálatas 1:1). Luego, de parte de Jehová, declara al impÃo sacerdote lo que le aguarda.
La visión del canastillo de fruta (v. 1) debe dar a entender a Amós que Israel está maduro para el juicio. A diferencia de la noche de Pascua, el destructor ya no protegerá el pueblo pasando por encima de él, sino que Israel âserá como en llanto de unigénitoâ (v. 10). El vano ruido de los cánticos (cap. 5:23) se convertirá en gemidos y las canciones en lamentos (v. 3 y 10). ¡Silencio! concluye el versÃculo 3, como para poner un término a ese inútil alboroto. De ahà en adelante toda boca se cierra ante el Señor. Y el fin del capÃtulo nos habla del silencio de Dios, el cual es el peor de los castigos.
Pocos pasajes son tan pavorosos como los versÃculos 11 y 12. Una vez que haya dejado de oÃrse la divina Palabra, tanto tiempo menospreciada, los hombres comprenderán el valor de ella. Entonces âirán errantes de mar a marâ, correrán aquà y allá en una indecible desesperación. ¡Y no la hallarán! (comp. 1 Samuel 28:6 y 15).
Queridos amigos, midamos nuestro privilegio: hoy la Palabra de Dios está todavÃa a nuestro alcance, âcerca de tiâ âdice el apóstolâ âen tu boca y en tu corazónâ (Romanos 10:8). La Biblia nunca ha sido tan ampliamente difundida como en este tiempo. Lo que falta es más bien el hambre y la sed del alma para apropiarse de sus promesa e instrucciones. ¡Dios los despierte en cada uno de nosotros!
âDios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segaráâ (Gálatas 6:7). Los capÃtulos precedentes nos mostraron lo que Israel habÃa sembrado, de manera que la siniestra cosecha no debe sorprendernos. La última visión de Amós es, con mucho, la más terrible. Ve al Señor de pie sobre el altar, ordenando la matanza final. Nadie escapará. La trastornada huida de los culpables nos recuerda el Salmo 139 (comp. v. 2 con Salmo 139:8). Pero ese salmo cuenta esencialmente la experiencia de un creyente que huye de la luz. AquÃ, al contrario, se trata de pecadores perseguidos con miras al juicio. Sin embargo, este último no constituye la conclusión del libro. A partir del versÃculo 8 aparece la gracia. De la criba por la cual pasó el pueblo fue echada toda la cascarilla, pero ningún grano se perdió (v. 9). A su debido tiempo Dios mostrará que guardó a sus elegidos. Los versÃculos 11 a 15 describen el restablecimiento y la bendición final. Entonces, todas las cosas serán sujetadas a Cristo.
Nosotros, como redimidos del Señor, no le encontraremos como Justiciero de pie sobre el altar según la visión de Amós. Le veremos coronado de gloria y de honra a la diestra de Dios (Hebreos 2:8-9). Y por la fe ya le contemplamos asÃ.
La corta profecÃa de AbdÃas está enteramente consagrada a Edom. Este pueblo era el más encarnizado adversario de Israel, pese a ser su más cercano pariente. ¿No descendÃa de Esaú, hermano mellizo de Jacob? Ese vÃnculo de parentesco debió haber hablado a la conciencia de Edom. Jehová se lo recuerda: él violentó a su hermano (v. 10).
En su rocosa guarida del monte Seir, Edom vivÃa del bandolerismo. Al creerse a cubierto de toda represalia, nada igualaba su arrogancia. âDe ahà te derribaré, dice Jehováâ (v. 4). Tarde o temprano la soberbia humana choca con un veto del Todopoderoso en un espectacular derrumbamiento (2 Corintios 10:4-5). Brutal despertar de ese viejo sueño acariciado por el hombre en todo tiempo: alcanzar hasta el cielo (Babel: Génesis 11:4) y de ese modo hacerse igual a Dios (Filipenses 2:6). Bajo su forma moderna éste consiste en los colosales esfuerzos para explorar el cosmos y poner su nido âentre las estrellasâ. âDe ahà te derribaré, dice Jehováâ.
Queridos amigos, no nos dejemos encandilar por la grandeza humana ni por los éxitos de la ciencia o de la técnica. No olvidemos que este mundo está juzgado y que Dios le pedirá cuenta del lugar que le dio al Señor Jesús en la cruz.
âNo debiste⦠no debiste⦠no debisteâ¦â Siete veces la voz del divino Juez formula acusaciones cada vez más graves. Primero se trata de culpables miradas, de una mala alegrÃa colmada por el sufrimiento y el desastre de otro. Las mismas desvergonzadas y cÃnicas miradas se posaron sobre Jesús crucificado. âEllos me miran y me observanâ (Salmo 22:17). Pero la malicia de Edom (y la de los enemigos de Jesús) también se tradujo en palabras y hechos. âEstiran la boca, menean la cabezaâ (Salmo 22:7; comp. fin del v. 12). ¿Hay peor cobardÃa que la de insultar a alguien que se halla en la desdicha? Impelido por instintos saqueadores, Edom igualmente habÃa aprovechado la calamidad de Israel para apoderarse de sus riquezas; sin piedad habÃa exterminado a los que se escapaban.. Todos esos crÃmenes no quedarán impunes. El dÃa de Jehová traerá el definitivo y completo desquite del âmonte de Sionâ contra el âmonte de Esaúâ. Mientras un remanente de las demás naciones viva feliz bajo el cetro del MesÃas, Edom será borrado del mapa del reino milenario. ¡Qué solemne desaparición la de esa raza de Esaú, quien en otros tiempos habÃa menospreciado la bendición!
A diferencia de otros profetas, Jonás nos enseña menos por medio de sus palabras que por su pasmosa historia. En otros tiempos habÃa anunciado la restauración de la frontera de Israel, lo que era una buena nueva para su pueblo (2 Reyes 14:25). Helo aquÃ, ahora, encargado de una misión que le desagrada: proclamar el castigo de NÃnive, la gran metrópoli pagana, tan culpable ante Dios. Jonás la esquiva y huye âde la presencia del Señorâ. ¡Camino de propia voluntad! A un siervo de Dios no le cabe escoger ni su mensaje, ni su lugar de trabajo. ¿Cómo escapar a Aquel que todo lo ve y que dispone de los elementos para detener al desobediente? (Lucas 8:25). Notemos que Jonás no cesa de descender (v. 3, 5; cap. 2:3 y 6), primeramente por un camino placentero (significado de Jope), pero que lleva a la destrucción (significado de Tarsis). Y ahora, después de haber bajado al fondo de la nave, duerme durante la furiosa tempestad. Es necesario que el patrón de la nave lo arranque de su inconsciencia. Ser llamado al orden por el mundo, ¿hay algo más humillante para un hijo de Dios?
Proféticamente, este relato nos muestra a Israel, infiel a su misión, objeto del castigo de Dios, echado al mar de los pueblos para salvación de las naciones (representadas por los marineros; véase Romanos 11:11-15).
Todo lo que Dios dispone, manda o prepara, alcanza su propósito final (cap. 1:4; 2:1, 10; 4:6-8). Ello es asà para Jonás y NÃnive, pero también para el Señor Jesús mismo. En la oración dolorosa y ferviente que se eleva de ese lugar de muerte (el vientre del pez), reconocemos la voz del supremo Afligido. (Comp. v. 2 con el Salmo 130:1: âDe lo profundo, oh Señor, a ti clamoâ; el v. 3 con el Salmo 42:7: âTodas tus ondas y tus olas han pasado sobre mÃâ; y el v. 5 con el Salmo 69:1-2: âSálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el almaâ). Pero Jonás conoció la angustia como consecuencia de su desobediencia, en tanto que Cristo atravesó las sombrÃas aguas de la muerte a causa de nuestra desobediencia y para nuestra salvación. Su angustia ha sido nuestra liberación.
No vacilamos en decir que esos tres dÃas han sido los mejores de la historia de Jonás. Nos enseñan que en toda circunstancia podemos invocar al Señor Jesús. Nuestra oración es oÃda y Ãl nos da la plena certeza de ello. âÃl me oyóâ (v. 2), anuncia el profeta cuando aún está en el vientre del pez.
El versÃculo 8 nos explica por qué, a menudo, gozamos tan poco de la gracia del Señor: volvemos nuestras miradas hacia las vanidades ilusorias de las cuales Satanás se sirve para distraer y extraviar a los hombres de este mundo. ¡Creyentes, no nos dejemos robar esa incomparable gracia de Dios! Es nuestra.
El pregón de Jonás a través de NÃnive es, por decirlo con propiedad, la única profecÃa que hallamos en su libro. Y ni siquiera se cumplió, porque, al oÃr la predicación, los habitantes de la malvada ciudad, con el rey a la cabeza, temen a Dios, creen su Palabra y se arrepienten. Estos sentimientos, a su vez, suben hasta el cielo (v. 10; cap. 1:2). Dios perdona (véase JeremÃas 18:7-8). Y los hombres de NÃnive serán citados como ejemplo por Jesús a los judÃos de su tiempo, cuando tienen en medio de ellos infinitamente âmás que Jonásâ. De hecho, cuánto más responsables eran estos últimos que los ninivitas paganos. El Hijo de Dios mismo se hallaba allà y habÃa venido no âa juzgar al mundo, sino a salvar al mundoâ (Juan 12:47). Reconocerse pecador y aceptar a Jesús como Salvador es el único medio de escapar de la eterna condenación. El anuncio del juicio forma parte del Evangelio. âEstá establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicioâ advierte la Sagrada Escritura (Hebreos 9:27).
Esta expresión âuna sola vezâ puede darse dentro de un instante para usted, lector inconverso. ¿Sabe usted si dispondrá aún de una prórroga de cuarenta dÃas? (véase Lucas 12:20). âPor tanto, también vosotros estad preparadosâ, dice todavÃa el Señor Jesús (Mateo 24:44). SÃ, ahora es el dÃa de salvación.
El perdón otorgado a NÃnive parecÃa contradecir y desautorizar la proclamación de Jonás. ¡Ay! la suerte de la ciudad tiene menos valor a sus ojos que su propia reputación. Olvida que acaba de ser él mismo un objeto de la gracia y no halla ningún gozo en ella, sino sólo en su propio bienestar (v. 6).
Jonás nos recuerda a ElÃas desalentado bajo su enebro (comp. v. 3 y 8 con 1 Reyes 19:4). Y como él, somos capaces de enojarnos por muy pequeñas cosas. A la menor calabacera âprecario abrigoâ que Dios nos quita, se levanta una tempestad en nuestro espÃritu, pese a estar en cuestión la vida eterna de una multitud de seres humanos a nuestro alrededor.
En lugar de permanecer allà murmurando en su puesto de observación, ¿qué nuevo servicio se presentaba ante el profeta? ¿No era el de volver a NÃnive âque habÃa sido perdonadaâ, esta vez con un mensaje muy diferente: proclamar en ella el nombre de ese Dios al que conocÃa como âclemente... piadoso... y de grande misericordia...â y que acababa de confirmárselo de un modo tan brillante? ¡Excepcional ocasión... perdida! No perdamos por egoÃsmo y dureza de corazón las que el Señor pueda colocar hoy delante de cada uno de nosotros: âNo estamos haciendo bien. Hoy es dÃa de buena nueva, y callamos... Vamos, pues, ahora...â (2 Reyes 7:9).
Miqueas es contemporáneo de IsaÃas, Oseas y Amós. Como ellos, profetiza durante los reinados de Jotam, Acaz y EzequÃas. La lamentable historia de Acaz, relatada en 2 Reyes 16, y la de los malos reyes de Israel justifican ampliamente las fuertes palabras que Jehová pronuncia aquÃ, tomando la tierra como testigo. Reivindica su santidad y proclama mediante sus juicios que no tiene nada en común con las iniquidades de Samaria y Jerusalén.
A partir del versÃculo 8 comprobamos cómo Miqueas toma a pechos el sufrimiento de su pueblo. âNo lo digáis en Gatâ¦â suplica él (v. 10; 2 Samuel 1:18-20). Esta cita del cántico del Arco (V.M.) recuerda que los enemigos del Señor âaquà los filisteosâ siempre están dispuestos a regocijarse a causa de las faltas del pueblo de Dios, hallando en ellas una fácil excusa para sus propios pecados. Por eso, cuando nos enteramos de algo enojoso respecto de otro creyente, tampoco lo contemos ligeramente. De ello resultarÃa deshonra para la Asamblea y, por ende, para el nombre del Señor.
Hasta el versÃculo 16 asistimos a la marcha triunfal del asirio, pueblo que Jehová emplea para ejercer su justicia. En esa oportunidad, el nombre de cada una de las ciudades invadidas tiene un trágico significado.
El capÃtulo 21 del primer libro de Reyes nos cuenta cómo el impÃo Acab codició la heredad de Nabot, de la cual se apoderó con violencia y abuso de poder (véase Miqueas 6:16). Contra los que planean el mal (la iniquidad; v. 1), Jehová medita el mal (el castigo; v. 3). Pero, en contraste, subrayemos la pregunta del versÃculo 7: â¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente?â ¿Podemos contestar por experiencia: âSÃ, Señor, tus palabras hacen bien; son el gozo de mi corazón? (JeremÃas 15:16; Juan 6:68).
âNo es éste el lugar de reposoâ prosigue el profeta (v. 10). Y en efecto, el mundo es tan inquieto y febril que toda persona sincera debe convenir en que el verdadero reposo no existe en la tierra. Aquà Dios nos da la razón de ello: es a causa de la contaminación moral y espiritual. Asà como Jesús no tuvo un lugar donde recostar la cabeza en un mundo arruinado por el pecado, tampoco sus redimidos pueden sentirse a gusto en medio de lo que deshonra a Dios.
En cuanto a usted, quien tal vez todavÃa no haya hecho la experiencia de que el mundo no puede dar la paz, sepa que existe un lugar de reposo para el alma cansada. ¿Dónde hallarlo? Junto a Jesús. âVenid a mÃâ âinvita el Salvadorâ ây yo os haré descansarâ (Mateo 11:28).
El capÃtulo 2 ya mencionaba a los malos profetas. ¿Cómo se los distinguÃa? Procuraban hacer callar a los verdaderos siervos de Dios tales como Miqueas e IsaÃas. Adaptaban sus discursos a las codicias del pueblo para ganar su favor (comp. Romanos 16:18). Halagaban las pasiones de sus oyentes (cap. 2:11) y adormecÃan las almas en una falsa confianza. Para colmo, además de la popularidad, sacaban dinero de ello (v. 11). TenÃan una insaciable avidez y sus mentiras se vendÃan muy caro (v. 5; IsaÃas 56:11; JeremÃas 6:13). Pero su tarea era tanto más fácil que el mundo, âde manera general y para cubrir sus malos hechosâ sólo pide que se amontonen âmaestros conforme a sus propias concupiscenciasâ (2 Timoteo 4:3). Veamos al rey Acab, ya tristemente citado en el comentario anterior: 400 profetas le engañaban para consentir su deseo; los escuchaba⦠mientras echaba en la cárcel a otro Miqueas, el único en decirle la verdad (1 Reyes 22; 2 Crónicas 18).
El siervo de Dios está âlleno de poder del EspÃritu de Jehováâ (estado que deberÃa caracterizarnos a todos: v. 8; Efesios 5:18 fin). Advierte a los responsables del pueblo: los jefes y capitanes. JeremÃas 26:17-19, citado en nuestro versÃculo 12, nos refiere cuál fue el saludable efecto de esta profecÃa.
Cuando se ha demostrado la incapacidad del hombre, para Dios ha llegado el momento de manifestarse. Cuando se ha establecido que âno es éste el lugar de reposoâ, Jehová puede hablarnos de su propio reposo. Hoy en dÃa se despliegan muchos esfuerzos a favor de la paz. En el mejor de los casos son el resultado de una ilusión tan ingenua como generosa; en el peor, de una culpable confianza en el hombre, y siempre de la ignorancia de la Palabra de Dios. Por eso tales esfuerzos están finalmente destinados al fracaso. El mundo gozará de la paz sólo cuando Dios se la haya dado. ¿Y cuándo lo hará? No antes que hayan sido reconocidos sus derechos. Pero entonces, ¡qué cambio! Todos los Ãdolos serán barridos. La admiración por las obras del hombre dejará lugar a la gloria tributada a Dios. A un mismo impulso todos los pueblos le rendirán homenaje y buscarán junto a él la sabidurÃa y el conocimiento. Creyentes, tenemos el privilegio de hacerlo desde ahora. âSubamosâ a ese lugar en el cual el Señor prometió su presencia. Ãl ânos enseñará en sus caminosâ, se agrega. ¡Qué pérdida resulta si descuidamos las reuniones en las que la Palabra es explicada y meditada! Pero no olvidemos lo que debe seguir a ello: ây andaremos por sus veredasâ (v. 2; Santiago 1:22).
Dios acaba de hablar del restablecimiento de Israel y de los acontecimientos bélicos que lo acompañarán (cap. 4). Ahora nombra a Aquel que será a la vez el dominador y el instrumento de la liberación. En Cristo, Dios cumplirá todos sus propósitos. Aquel cuyos orÃgenes han sido âdesde los dÃas de la eternidadâ debÃa nacer en Belén, pequeño pueblo de Judá (véase Mateo 2:3-6). Y él, el Juez de Israel, serÃa herido por su pueblo ciego y criminal (v. 1; IsaÃas 50:6). Entonces se comprende con qué sentimientos Dios puede anunciar su gloria al venir y declarar: âAhora será engrandecido⦠éste será nuestra pazâ. ¡Expresiones igualmente dulces para el corazón de cada redimido!
Al mismo tiempo que habla del Señor Jesús, este capÃtulo lo hace:
1) de Israel, pues la liberación y la bendición del remanente están unidas con la majestad del nombre de Jehová;
2) del asirio, el enemigo del fin. Para su perdición, éste encontrará al Pastor de Jacob, cuya responsabilidad no sólo es la de apacentar su rebaño (v. 4), sino también la de asumir su defensa. Finalmente, el mal bajo todas sus formas será extirpado del paÃs (v. 10-15). La limpieza operada por el rey JosÃas nos da una imagen de ello (2 Crónicas 34:3-7).
Un nuevo llamado (1:2; 3:1) abre la tercera división del libro. Escuchemos bien lo que dice y lo que reclama el soberano Dios, a quien se le debe la obediencia universal. ¿Está satisfecho con formas religiosas? ¡De ninguna manera! âÃl te ha declarado lo que es bueno y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Diosâ (v. 8). Este programa no varió desde los dÃas de Moisés (léase Deuteronomio 10:12). ¡Es sencillo y no tiene nada enaltecedor a los ojos de los hombres! Sin embargo, consiste en nada menos que andar âcomo es digno de Diosâ. Ãl es luz: practiquemos lo recto; él es amor: ejercitemos la misericordia.
â¿En qué te he molestado? Responde contra mÃâ pregunta Jehová en el versÃculo 3 (comp. IsaÃas 43:22). ¡Punzante pregunta! Desde Egipto todos los caminos de Dios para con los suyos obedecieron a la gracia. ¿Faltó algo de parte de él a favor de ellos o de nosotros? No; hay que reconocerlo: la causa de nuestro relajamiento siempre está en nosotros, nunca en él.
âPrestad atención al castigoâ recomienda finalmente Dios en el versÃculo 9. SÃ, este castigo habla; tiene una voz para nuestra conciencia. ¡Sepamos prestarle atención! El Señor sólo quiere nuestra felicidad (Apocalipsis 3:19).
â¡Ay de mÃ!â exclama el profeta, quien reconoce a la vez su propia miseria y la del pueblo. Si generalizamos, podemos ver aquà la amarga experiencia que el hombre hace consigo mismo. Descubre que en sà no hay recurso ni fruto (v. 1), que tampoco puede apoyarse en las autoridades ni en los grandes de aquà abajo (âel mejor de ellos es como el espinoâ; v. 4; Salmo 118: 9); finalmente, que también sus allegados le decepcionarán si confÃa en ellos. ¡Penosa pero necesaria experiencia! ¿La hemos hecho? ¿Estamos convencidos de que sólo Cristo es digno de nuestra plena confianza? âNinguno hay recto entre los hombresâ (v. 2). Pero lo que no hallamos ni en nosotros ni en los demás, lo hallamos en él (v. 7).
El Señor Jesús cita el versÃculo 6 para describir las consecuencias de su venida (Mateo 10:34-36). Ella pone a cada uno a prueba y confirma que el que no está con él, contra él está (Lucas 11:23). ¿De qué lado estamos?
Este libro termina enunciando las certezas y las promesas de la gracia. âÃl⦠echará en lo profundo del mar todos nuestros pecadosâ (v. 19). ¡Qué felicidad saber que nuestros pecados están sumergidos para siempre! A la verdad, Señor, â¿qué Dios como tú?â (v. 18).
Nahum parece ser, como Jonás, originario de Galilea1). Es prueba de que los judÃos conocÃan mal sus propias Escrituras cuando afirmaban que âde Galilea nunca se ha levantado profetaâ (Juan 7:52). Otro punto común con Jonás: esta profecÃa concierne a NÃnive. âAquella gran ciudadâ, perdonada en otros tiempos a causa de su arrepentimiento, habÃa vuelto a su maldad. La obra que Dios habÃa hecho en el corazón de los padres no se habÃa renovado en el corazón de los hijos. Y ahora, después de más de un siglo de paciencia (en lugar de 40 dÃas), ese Dios âtardo para la iraâ (v. 3; Jonás 4:2) confirma su irrevocable juicio. ¡Qué contraste entre la manera en que Dios se revela a sus adversarios y aquella en que lo hace a los âque en él confÃanâ! (v. 7). Cada uno de estos últimos es conocido personalmente por Ãl. El lector ¿forma parte de ellos? (2 Timoteo 2:19).
Al citar el versÃculo 15: âHe aquà sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la pazâ (comp. IsaÃas 52:7), la epÃstola a los Romanos (10:15) lo aplica a la buena nueva por excelencia, el Evangelio de la gracia. Nosotros, que nos desplazamos hoy con tanta facilidad, ¿sentimos en el corazón el deseo de propagar la verdad, de anunciar la salvación y la paz? Consideremos a Jesús haciendo a pie un largo y cansador viaje para encontrar a la samaritana junto al pozo de Sicar (Juan 4).
NÃnive, capital del reino de Asiria, parece haber sido fundada âpoco tiempo después del diluvioâ por Nimrod el rebelde (Génesis 10:8-12). Animada por el mismo espÃritu que el de ese âvigoroso cazador delante de Jehováâ, ella se complacÃa en cazar a las naciones como a una presa (v. 11 a 13). El libro de Dios que ha consignado su orgulloso comienzo âdesde su origenâ (v. 8, V.M.), ahora nos hace asistir a su súbito fin. Irónicamente se intima a NÃnive a defenderse contra el âdestruidorâ (v. 1). Pero âsi el Señor no guardare la ciudad, en vano vela la guardiaâ (Salmo 127:1). Se cuenta que en el transcurso del sitio, el rÃo Tigris âcuyas aguas hasta entonces aislaban y protegÃan la ciudadâ se hinchó debido a una repentina crecida y arrastró una parte de la muralla. Por esa brecha se introdujeron los implacables soldados enemigos que vemos invadir las calles y las casas con fines de asesinato y pillaje (v. 3, 4, 8-10).
âNunca más se oirá la voz de tus mensajerosâ concluye el versÃculo 13. Nos acordamos de ese Rabsaces, insolente portavoz que el rey de Asiria habÃa mandado a EzequÃas, rey de Judá (2 Reyes 18:19-36). Sus amenazas nunca se cumplieron. Del mismo modo, para siempre pasará el mundo con su gloria, su arrogancia, sus menosprecios y sus blasfemias.
En tanto que la Historia de los hombres se complace en describir la grandeza asiria y permanece casi muda acerca de su derrumbe, la Palabra de Dios consagra un libro a ese dÃa fatal. Lo repetimos, la Biblia no es un manual de Historia. Los acontecimientos relatados en ella lo son sólo en función de su relación con Israel y bajo su aspecto moral. Para los historiadores, NÃnive, debilitada, cayó bajo los golpes de una coalición de sus vasallos. Para Dios, el infortunio la alcanzó porque era una ciudad sanguinaria, llena de mentira, de violencia y de rapiña (v. 1). Al cosechar lo que ha sembrado, va a conocer la suerte que ella misma habÃa hecho soportar a Tebas (Egipto) medio siglo antes. â¿Quién se compadecerá de ella?â (v. 7). Asà es el egoÃsmo del mundo. Los que no son golpeados directamente se acomodan con facilidad al desastre de los demás. â¿Dónde te buscaré consoladores?â agrega Nahum, cuyo nombre significa precisamente consolador. En cambio, el creyente fiel es consolado por medio de la profecÃa al enterarse de que, pese a las apariencias, Dios dirige los acontecimientos del mundo. Ãl hará que todas las cosas concurran a Su propia gloria y al bien de los que le aman (Romanos 8:28).
âEs justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesúsâ (2 Tesalonicenses 1:6-9).
Este libro, que nos recuerda el de JeremÃas, se presenta como un diálogo entre el profeta y su Dios. En presencia de la creciente marea del mal, Habacuc, angustiado, derrama su corazón ante Jehová. Jerusalén no está lejos de caer bajo los golpes del ejército caldeo. Una espantosa visión muestra de antemano al profeta esos rudos y crueles guerreros, instrumentos de Jehová para castigar a las naciones rebeldes. Entonces, ¡de qué estupefacción serán presa todos los pecadores incrédulos y despreocupados! (v. 5, citado en Hechos 13:41). ¡Pero el hombre de Dios también está consternado! ¿Cómo puede Jehová dar libre curso a tal despliegue de iniquidad? (Salmo 83; Apocalipsis 10:7 llama a esta pregunta el misterio de Dios). Incluso ¿cómo puede soportar verla? âDios mÃo, Santo mÃoâ exclama el profeta, consciente de sus relaciones con Aquel que es âmuy limpio⦠de ojos par ver el malâ. SÃ, ¡qué permanente ofensa es para él el espectáculo de esta tierra en la que la corrupción y la violencia se despliegan sin reservas! Las miradas de Dios en lo absoluto de su pureza sólo pudieron detenerse con satisfacción en un solo Hombre. Pero, por ese mimo motivo, se apartaron de él cuando fue hecho pecado por nosotros.
En presencia de una prueba, cualquiera sea, hagamos como Habacuc: subamos sobre esa âfortalezaâ (o torre; comp. Proverbios 18:10) que nos protege, nos mantiene apartados del tumulto y asà nos permite considerar todo desde lo alto con la perspectiva de Dios mismo (IsaÃas 55:8-9).
El siervo de Dios recibe en ella la respuesta a su ansiedad: el justo âse le diceâ âpor su fe viviráâ. Ãsta es la llave de la presente situación. Alrededor de él nada cambió: los enemigos siguen allà y todas las formas de iniquidad continúan desplegándose. Pero la fe del justo puede apoyarse en las certidumbres de la Palabra de su Dios. Cesan sus ansiosas preguntas. Ãl cree y sabe que esta misma tierra, hoy llena de la vanidad del hombre, pronto será âllena del conocimiento de la gloria de Jehováâ (v. 14; IsaÃas 11:9). Se le enseña acerca de la suerte de los malvados, aunque su juicio todavÃa esté en suspenso (v. 6-20). Y fijémonos cómo los actos de los incrédulos contrastan con la justicia y la vida de la fe, esa fe necesaria tanto para ser salvo como para atravesar el mundo. Este versÃculo 4 está citado tres veces en las epÃstolas (Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). En ellas toma una capital importancia al establecer que la fe es el único medio para obtener la justicia y la vida eterna.
Jehová impuso silencio a las voces de la tierra (cap. 2:20), pero el fiel puede hacer subir su oración ante él. Declara lo que vio (v. 3 y 7), y lo que oyó (v. 2 y 16). La visión de los enemigos caldeos se borró. En su lugar, el profeta contempla la majestad del Dios vengador. Acompañado de espantosas señales, ese Dios avanza para juzgar a las naciones y salvar a su pueblo (v. 12-13). Ante esa solemne aparición, ¿cuáles son los sentimientos del profeta? Primero el miedo; no lo oculta. Pero sabe que puede apelar a la misericordia de Jehová, aun en Su justa ira (v. 2; Salmo 78:38). Dios siempre oye los S.O.S. del alma. ¡Luego viene el gozo! Aunque falten las bendiciones materiales (v. 17), el hombre de Dios puede regocijarse, porque no halla ese gozo en las circunstancias sino en el Dios de su salvación (comp. Filipenses 4:4). âEl Señor es mi fortaleza⦠y en mis alturas me hace andarâ (v. 19; Salmo 18:32-33). ¡El Señor nos otorgue la energÃa espiritual para trepar por esas alturas de donde la fe domina al mundo! Cercano está el juicio de éste; ya que nuestro tiempo se parece al de Habacuc, ¡deseemos por nuestra parte asemejarnos a ese hombre de Dios!
SofonÃas profetizó durante el reinado del fiel JosÃas. Entonces, ¿por qué su libro es tan severo? Porque sólo por obligación el pueblo habÃa seguido el buen ejemplo de su rey (2 Crónicas 34:33). Una misma condenación amenaza:
1) a los idólatras;
2) a los que con doblez de corazón procuran servir a la vez a Jehová y a Milcom (Moloc);
3) a los que se apartan deliberadamente;
4) por fin, a la masa de indiferentes, los que no buscan a Jehová ni le consultan (v. 4-6). Esa misma clase de personas existen hoy en dÃa y juntas corren al encuentro del mismo juicio. Porque si esas profecÃas tuvieron un cumplimiento parcial en el pasado, no olvidemos que el terrible âdÃa grande de Jehováâ está todavÃa por venir. Es evocado desde hace más de 2500 años por los profetas, confirmado por el Señor Jesús en los evangelios y finalmente por los apóstoles en las epÃstolas. Ya cercano en el tiempo de SofonÃas, lo es todavÃa mucho más ahora (v. 14). Recordemos, pues, esas palabras âque antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstolesâ, y cuidémonos de olvidar âla promesa de su advenimientoâ (2 Pedro 3:2-4).
Al tratar esas profecÃas del futuro juicio de los malos, aparentemente pueden tener un interés secundario para los hijos de Dios. Lo que ellos esperan no es la crisis final de la que se habla aquà sino el retorno del Señor para arrebatar a su Iglesia (1 Tesalonicenses 5:4-9). Sin embargo, el anuncio de esa justa retribución del mal debe abrir nuestros ojos acerca del carácter del mundo, de manera que ello nos impulse a separarnos nÃtidamente de él (2 Pedro 3:10-12). Al no ver actualmente a Dios castigar la maldad de los hombres como se lo merecen, podrÃamos olvidar cuánto horror siente Dios por ella; por lo tanto, tales mensajes contribuyen a recordárnoslo. En su arrogancia y su insensato egoÃsmo, la divisa de NÃnive es: âYo, y no másâ (v. 15). También es la de Babilonia (IsaÃas 47:8). Pero escuchemos bien si, a veces, no es igualmente el murmullo de nuestro corazón. En contraste, el versÃculo 3 nos presenta a los mansos, a los que el Señor llama bienaventurados y que se le parecen (Mateo 5:5; 11:29). Proféticamente se trata del futuro remanente judÃo (fin del v. 9; cap. 3:13), invitado a buscar a Jehová para ser puesto a cubierto en el dÃa de la ira. Además el nombre de SofonÃas significa: «Al que Jehová oculta o protege».
Después de haber castigado a las naciones, la mano de Jehová se extenderá sobre Jerusalén, la ciudad rebelde, corrupta y opresora. ¡Ay! los cuatro reproches que siguen en el versÃculo 2 hasta podrÃan ser dirigidos a los hijos de Dios que descuidan la Palabra (âno escuchó la voz, ni recibe la correcciónâ) o la oración (âno confió en Jehová, no se acercó a su Diosâ).
Entonces se cumplirán las palabras del Señor Jesús: âel uno será tomado, y el otro será dejadoâ (Mateo 24:40). Los rebeldes, los soberbios y los altaneros serán quitados (v. 11) y Jehová dejará subsistir aquà abajo un pueblo afligido, humillado, el cual sólo confiará en Ãl (v. 12). Habrá regocijo para ese remanente (v. 14) y gozo más grande aún para el Señor, cuyos afectos serán satisfechos. âDescansará en su amorâ (v. 17, V.M.) Este versÃculo se aplica al reinado de Cristo, pero desde ahora ¿no despierta un eco en el corazón de cada redimido? SÃ, pensemos en su felicidad. Querido amigo creyente, el que lloró en la tierra ya conoce un pleno y entero gozo respecto de usted (Salmo 126:6). Después del terrible âtrabajo de su almaâ (IsaÃas 53:11, V.M.) gozará eternamente ây los suyos con élâ del perfecto reposo del amor (v. 17; JeremÃas 32:41).
Hageo
ZacarÃas
MalaquÃas
Profetas que escribieron
después del exilio
El libro de Esdras nos relata cómo, al volver de Babilonia, Zorobabel y sus compañeros emprendieron la reconstrucción del templo, pero luego se dejaron detener por las maniobras de intimidación y las gestiones de sus adversarios.
Hace unos quince años que cesó el trabajo. Y esas amenazas no son más que un mal pretexto, de las cuales el profeta ni habla. Avergüenza al pueblo comparando la devastación de la casa de Jehová con el ardor desplegado por cada uno para embellecer su propia casa (Filipenses 2:21). ¡Triste egoÃsmo, pero también⦠mal cálculo! Todo su trabajo sólo habÃa producido escasez (comp. Salmo 127:1-2). Queridos amigos cristianos, hoy es âel tiempo de edificarâ la casa de Dios⦠la Iglesia del Dios viviente (1 Timoteo 3:15). ¿Cómo trabajar en ella? Preocupándonos por las almas, esas âpiedras vivasâ edificadas sobre el fundamento, el cual es Jesucristo; teniendo por la Iglesia esa solicitud que se agolpa cada dÃa sobre el apóstol; no dejando de congregarnos⦠(1 Corintios 3:10-17; 2 Corintios 11:28; Hebreos 10:25). Por desgracia, cuántas veces una falta de celo y de amor por la Iglesia va a la par con la preocupación por nuestro bienestar⦠SÃ, meditemos bien acerca de nuestros caminos (v. 5 y 7).
La primera revelación de Hageo habÃa traÃdo la reprensión. La segunda, hecha menos de un mes después que los jefes y el pueblo obedecieron, viene a hacerles exhortaciones y a darles aliento: âcobrad ánimo⦠y trabajadâ ârecomienda Jehováâ pues se trata de mi gloria. Vuestro trabajo tiene a la vista una persona: âel Deseado de todas las nacionesâ, Cristo, quien va a aparecer glorioso (v. 7).
Pero, ¿dónde hallar esa fuerza? âYo estoy con vosotrosâ es la preciosa respuesta, yo, el Dios todopoderoso, Jehová de los ejércitos. Y lo que os doy os bastará: âlas palabras⦠mi EspÃritu permanece en medio de vosotros; ¡no temáis!â (v. 5, V.M.) ¡Benditos recursos! también valen para nosotros, quienes vivimos como Hageo en un tiempo de ruina. En su tercer mensaje el profeta recuerda la santidad, sin la cual Dios no puede reconocer ningún trabajo. La doble pregunta formulada a los sacerdotes confirma este principio general: nuestros contactos con un mundo contaminado no purificarán a este último. Muy al contrario, a la larga seremos inevitablemente contaminados por un mal ambiente (1 Corintios 15:33).
âYo estoy con vosotros todos los dÃasâ prometió el Señor Jesús (Mateo 28:20). Pero, por nuestra parte, permanezcamos siempre junto a él.
El pueblo hizo la molesta experiencia de que no hay ningún provecho en el tiempo sustraÃdo a Dios. Ahora le va a ser posible hacer la contraprueba. âMas desde este dÃa os bendeciréâ promete Jehová. Trátese de un comerciante creyente que cierra su tienda el domingo con posible detrimento para sus negocios, o del industrial que declara al fisco hasta el más pequeño monto de su beneficio, el hijo de Dios siempre podrá comprobar estas palabras del Señor Jesús: âBuscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas (necesarias para la vida presente) os serán añadidasâ (Mateo 6:33).
El último mensaje de Hageo contiene conmovedoras palabras de gracia dirigidas personalmente a Zorobabel. Este nombre significa nacido en Babilonia (y Sesbasar, su nombre caldeo, significa según parece: alegre en la tribulación; Esdras 1:8). Jehová lo llama por su nombre como para decirle: Pobre librado del exilio, tengo promesas para ti. El mundo entero será violentamente sacudido, pero no temas, te reservé âun reino inconmovibleâ (v. 6 y 21-22 citados en Hebreos 12:26-28). Al mismo tiempo, podemos reconocer en ese heredero de David una figura de Cristo, el libertador escogido y establecido para reinar sobre Israel.
ZacarÃas, junto con Hageo, son los portavoces ante los hijos de Judá que subieron del cautiverio (Esdras 5:1). ¿Cuáles son las primeras palabras que Jehová dirige a este pueblo por medio de su siervo? âVolveos a mÃâ. Primero es necesario arrepentirse (Mateo 3:2; 4:17; Hechos 2:38). La promesa sólo viene luego⦠ây yo me volveré a vosotrosâ (v. 3).
Los padres murieron, y con ellos los profetas que, como JeremÃas, los habÃan advertido fielmente. Pero las palabras divinas no pasaron; se cumplen infaliblemente (Mateo 24:35). Los malos caminos y las malas obras de Judá habÃan recibido su castigo, a saber, el cautiverio en Babilonia (v. 12 final). ¡Ojalá las siguientes generaciones saquen provecho de esa cruel lección!
Desde el versÃculo 7 hasta el capÃtulo 6 el profeta relata una sucesión de extrañas visiones. Como tema general tienen al gobierno de Dios efectuado por medio de las naciones (el jinete y los caballos) y, como telón de fondo, el restablecimiento de Israel (los mirtos, alusión a la fiesta de los tabernáculos y figura de la restauración que sigue al arrepentimiento). Porque Dios siempre tiene, para los suyos que pasan por prueba y debilidad, âbuenas palabras, palabras consoladorasâ (v. 13). Son tan ciertas e inmutables como el anuncio de sus juicios.
Esas visiones que, sin duda, nos parecen muy oscuras, no lo eran menos para el joven ZacarÃas. Pero, ¿qué hace éste cada vez que se enuncia un nuevo enigma? No teme interrogar a su celeste compañero. Sigamos su ejemplo. Nuestro interés por la Palabra siempre será agradable al Señor. Para comprender las maravillas de ella, pidámosle al Señor que abra nuestra inteligencia (Salmo 119:18; Lucas 24:45; 2 Timoteo 2:7).
Los cuernos de la segunda visión corresponden a los caballos de la primera, es decir, a los grandes imperios de las naciones, vistos aquà bajo su carácter de potencia (comp. Daniel 8). Obreros suscitados por Dios (tales como Ciro) pondrán fin a su poder.
La tercera visión tiene por tema la restauración de Jerusalén. Ahora desolada, con sus muros en ruina, sus puertas calcinadas (NehemÃas 2:13), la ciudad será de nuevo habitada. El Señor será alrededor de ella un muro de fuego, y sus pobres dispersados se hallarán juntos en ella y bien abrigados. El amor de Dios por ellos es tan grande que el que los toca, toca âa la niña de su ojoâ (véase Deuteronomio 32:10). Por encima de todo, tienen la promesa de la gloriosa presencia de Jehová en medio de ellos (v. 5, 10-11). Los mismos privilegios pertenecen hoy a los hijos de Dios.
Una nueva escena se ofrece a ZacarÃas. El sacerdote Josué, que representa al pueblo, está delante del Ãngel de Jehová. Pero también Satanás está ahà en su acostumbrado papel de acusador (Apocalipsis 12:10). Porque las viles vestiduras de Josué son una muy apropiada ocasión para sus ataques. Jehová habÃa dado tan formales instrucciones para la purificación de los sacerdotes (p. ej. LevÃtico 8:6-7; Números 19:7 y sig.), que presentarse ante él con algo sucio significaba una segura condena. Pero âcomo lo leÃmosâ aquel a quien el adversario se permite tocarle es como la niña del ojo de Dios (cap. 2:8), âun tizón arrebatado del incendioâ (v. 2). El pobre acusado no tiene nada que decir en su defensa; el Juez mismo proveyó lo necesario. ¡Pero sin que por ello tolere la suciedad! âMiraâ âdeclara élâ âhe quitado de ti tu pecado y te he hecho vestirâ no sólo de vestiduras limpias, sino âde ropas de galaâ (comp. Mateo 22:12). Josué, purificado y justificado, tiene de ahà en adelante una doble responsabilidad: andar en los caminos de Jehová y cumplir fielmente su cargo (v. 7).
Querido amigo, para experimentar la gracia del Señor, es necesario que haya tomado el mismo lugar que Josué.
Los versÃculos 8 a 10 introducen al MesÃas (el Renuevo) reinando con justicia sobre un pueblo purificado.
Por sus preguntas, ZacarÃas se clasifica entre los profetas, quienes según 1 Pedro 1:10-11 diligentemente indagaron el alcance profético de sus propios escritos. Buscaban en ellos a Aquel que ahora nos fue revelado en sus sufrimientos y sus glorias (p. ej. cap. 13:5-7 y 6:13). ¡Cuántas figuras de Cristo tenemos en este capÃtulo! Ãl es el verdadero candelero de oro, la luz de este mundo (Juan 8:12). Igualmente es el divino Zorobabel, garante de la bendición de su pueblo. En el capÃtulo 3:9 era la piedra fundamental. Aquà le vemos como piedra de pináculo, clave de bóveda del edificio. Dicho de otro modo, él empieza y acaba según su gracia la obra de la Casa de Dios (Esdras 3:10; 5:15-16).
En cuanto a las siete lámparas del santo candelero, nos agrada ver en ellas a los creyentes (Apocalipsis 1:20 final). También ellos son llamados âla luz del mundoâ (léase Mateo 5:14-16). Y esa luz está alimentada por el EspÃritu Santo (el aceite), única fuente divina para la actividad del redimido. âNo con ejército, no con fuerza, sino con mi EspÃrituâ dice Jehová (Salmo 44:3-8). Cuando nos damos cuenta de nuestra incapacidad, Dios se complace en obrar y en apartar todo âmonteâ de nuestro camino (v. 7; Mateo 17:20). No menospreciemos, pues, el actual âdÃa de pequeñecesâ (v. 10); puede ser el de una gran fe y de una gran abnegación.
Dos visiones ocupan este corto capÃtulo. La primera, bajo forma de ese rollo volante, nos muestra la Palabra de Dios obrando para poner el mal en evidencia. Hebreos 4:12 confirma que esta Palabra es viva, eficaz y penetrante, (aquà entra a la fuerza en las casas; v. 4). En su luz todas las cosas están desnudas y descubiertas; ella discierne hasta los pensamientos y las intenciones del corazón. Es necesario que nos dejemos sondear por esta Palabra.
En los versÃculos 5 a 11 vemos volar un objeto todavÃa más sorprendente. Es un efa, instrumento de capacidad (y a menudo de fraude: Miqueas 6:10; Deuteronomio 25:14) en medio del cual la Maldad sentada alcanzó su plena medida. Corresponde a ese âmisterio de iniquidadâ que opera ya hoy, sin haber sido manifestado todavÃa (la tapa de plomo aún está sobre el efa; 2 Tesalonicenses 2:7). Cuando ella vuelva a tomar su lugar en su sitio de origen (Sinar = Babilonia, es decir, el mundo), la iniquidad en la persona del Anticristo será oficialmente honrada como un dios. ¡Qué contraste entre la âcasaâ del versÃculo 11, verdadero templo del pecado, y la que Dios hace edificar para morar él mismo en medio de los suyos! (cap. 4:9 y 6:12).
La octava y última visión nos recuerda la primera (cap. 1), pero con la diferencia de que aquà los caballos están uncidos a carros (los cuatro imperios) y se lanzan entre los montes de bronce (la estabilidad del gobierno de Dios). Bajo la imagen de vigorosos caballos, se puede identificar a Roma buscando extender su dominio sobre toda la tierra. Dios se sirvió de eso para que el Evangelio fuera predicado a toda la tierra habitada.
Los versÃculos 9 a 15 nos presentan a tres viajeros venidos de Babilonia para ayudar a sus hermanos con dones y aliento. Los nombres de esos hombres son significativos. Heldai (resistente, nombrado luego Helem: la fuerza), al igual que TobÃas (Jehová es bueno) y JedaÃas (Jehová sabe) son recibidos por JosÃas (Jehová soporta, quien en el versÃculo 14 es llamado Hen, es decir, la gracia). Pero el personaje central es Josué, dicho de otro modo Jesús, Dios Salvador, de quien aquél es figura, porque reúne en su persona el sacerdocio y la realeza. En el dÃa de su gloria, el Señor atribuirá a los suyos lo que por pura gracia ellos hayan preparado para él (Lucas 19:24-26). Todas esas coronas que le pertenecen (v. 11), se las otorgará a los humildes fieles que le hayan honrado en el tiempo en que era menospreciado (v. 14). ¿Formaremos parte de ellos para poder ponerlas a sus pies? (Apocalipsis 4:10).
Después del libro de las visiones (cap. 1-6) empieza el de las profecÃas. Una diligencia de los habitantes de Bet-el, para saber si debÃan seguir con el ayuno y las lamentaciones, da lugar a la primera declaración del profeta. Antes de contestar, se dirige a la conciencia de ellos (comp. Lucas 13:23-24; 20:2-3 y 22-25). ¿No era ese ayuno más bien el lamento por sus desdichas antes que la señal de un verdadero arrepentimiento? Hasta llegará a ser para los judÃos hipócritas un medio para hacerse honrar, lo que Jesús denunciará con vehemencia (Mateo 6:16). Pero, queridos amigos, la seria pregunta del versÃculo 5 parece ser como el dedo de Dios apuntado hacia nuestro corazón e interrogándonos acerca del verdadero motivo de cada uno de nuestros hechos: «¿Es realmente para mÃ⦠para mÃ?». Las formas de piedad no pueden engañar a Dios. En cambio, nada se le escapa de lo que se hace por amor a él. No se equivoca acerca del gesto de MarÃa: âBuena obra me ha hechoâ (Marcos 14:6; 8:35).
Dios, quien es luz y amor, recuerda sus exigencias de siempre: verdad y misericordia (v. 9 y sig.) ¡Ay!, lo que él halló explica y justifica su severo castigo: volvieron la espalda, taparon sus oÃdos, âpusieron su corazón como diamanteâ.
âAsà dice Jehováâ precisa incansablemente el profeta (v. 1, 3, 4, 6, 7, 9, 19, 20, 23). Cuando leemos la Biblia o la citamos a otros, nunca perdamos de vista que es Dios quien habla.
Los pobres hijos de Judá oyen promesas que corresponden a su estado actual. Porque su Dios no los olvidará (además, ZacarÃas significa: aquel de quien Jehová se acuerda). Jerusalén, inhabitada y desolada de nuevo, será poblada y animada (NehemÃas 11:1-2). Y el primero en volver será Jehová mismo (v. 3; véase cap. 1:16). Con él la bendición reaparecerá y el temor huirá. Espiritualmente, ¿no ocurre asà en la Iglesia? La presencia del Señor en medio de los suyos les garantiza todo lo que necesitan.
Tomemos para nosotros la exhortación del versÃculo 16, repetida textualmente en Efesios 4:25: âHablad verdad cada cual con su prójimoâ. Y el final del versÃculo 19 insiste: âAmad, pues, la verdadâ.
Ahora Jehová puede responder a la delegación de Bet-el respecto de los dÃas de ayuno (cap. 7:2-3): se convertirán en tiempos de gozo y alegrÃa y en festivas solemnidades (v. 19; cumplimiento del Salmo 122). ¿PodrÃan tener luto los que gozan de la presencia del Esposo en medio de ellos? (comp. Mateo 9:14-15).
Esta profecÃa concierne a los pueblos vecinos de Israel. Su conducta habÃa sido observada sin que lo supieran, âporque el ojo de Jehová está sobre los hombresâ (v. 1, V.M. y fin del v. 8). SÃ, cuántos se olvidan de esa santa mirada y se comportan como si el Señor no los viera.
Aquà Dios se dispone a destruir la sabidurÃa humana y la fuerza de Tiro, la falsa confianza de Ecrón, la soberbia y las abominaciones de los filisteos⦠Asà el camino quedará abierto al MesÃas que vendrá a anunciar la paz y dominar hasta los confines de la tierra. ¡En efecto, vino ese Rey âcabalgando sobre un asnoâ¦â! (v. 9; Juan 12:15). Pero su pueblo no recibió y, desde hace cerca de dos mil años, la profecÃa se detuvo, por decirlo asÃ, entre los versÃculos 9 y 10. Pronto volverá a tomar su curso. Después de terribles juicios el Rey reaparecerá con toda su majestad. Su bondad y su hermosura serán admiradas juntas (v. 17). âEres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labiosâ¦â proclama el cántico compuesto respecto del Rey (Salmo 45:2). Es infinitamente conmovedor pensar que entonces sus redimidos serán como las piedras preciosas de su corona (v. 16 fin): contribuirán a esa maravillosa hermosura del Rey (IsaÃas 62:3). Al mismo tiempo, el solo hecho de que estén presentes con él dará testimonio de Su inefable bondad (Salmo 31:19 y 21).
El pueblo judÃo, decepcionado por sus Ãdolos, engañado y oprimido por malos conductores, habrá sido mucho tiempo como un rebaño sin pastor (v. 2 fin; comp. Mateo 9:36). Pero Dios visitará esa âcasa de Judáâ de la cual salió Cristo, âla piedra angularâ (v. 4). La fortalecerá para combatir junto con ella. Tampoco olvidará a la casa de José, a los de EfraÃn (es decir, las diez tribus todavÃa dispersas). Los salvará, los traerá de vuelta y los oirá (v. 6). Después de tantos vanos consuelos (v. 2) ¡qué gozo llenará el corazón de ellos! (v. 7).
Querido amigo cristiano, el Señor tuvo una misericordia más grande todavÃa para con usted y para conmigo. ¡Sea ella para nosotros un continuo motivo de gozo!
Como el hijo pródigo en el lejano paÃs quien, volviendo en sÃ, menciona la casa paterna, los salvados de Israel se acordarán de su Dios en âlejanos paÃses⦠y vivirán con sus hijos, y volveránâ (v. 9; Lucas 15:17). âLos reuniré, porque los he redimidoâ promete Jehová (v. 8, 10; Juan 11:52). El amor del Señor Jesús sólo estará plenamente satisfecho con la presencia de los suyos junto a él. Antes de traer a su pueblo terrenal por completo a su paÃs, habrá introducido a sus amados redimidos en la Casa del Padre, donde les preparó lugar (comp. Juan 14:2).
El incendio mencionado en los versÃculos 1 a 3 anuncia la ira contra el paÃs y contra el pueblo a causa del crimen del cual éste se hará culpable en la cruz.
Luego se invita al profeta a personificar sucesivamente al buen Pastor, Cristo (v. 4) y al pastor insensato, es decir, el Anticristo (v. 15-17). Hasta el versÃculo 14 somos transportados al tiempo de los evangelios. Esos compradores, vendedores y malos pastores son respectivamente los romanos y los jefes de los judÃos, sean polÃticos o religiosos. Jesús los califica de ladrones, salteadores y asalariados, de lobos arrebatadores (Juan 10:8 y 12; Ezequiel 34). Ãl, el buen Pastor, venÃa para reemplazarlos y apacentar al pueblo, trayéndole la gloria y la unidad nacional (los dos cayados llamados Gracia y Ataduras). Pero, con excepción de algunos âpobres del rebanoâ (v. 11; Lucas 14:21), ese pueblo no entendió sus designios de amor. Los versÃculos 12 y 13, tan exactamente cumplidos, nos dicen a qué irrisorio precio fue estimado Jehová (Mateo 26:15). ¿A qué precio estimamos al Señor Jesús? Luego, sin transición, los versÃculos 15 a 17 introducen la dominación todavÃa futura del âpastor inútilâ (Juan 5:43). Ese satánico personaje es suscitado como castigo sobre âlas ovejas de la matanzaâ: el pueblo culpable de haber rechazado a su verdadero Conductor.
¿Quién habla aquÃ? El que extendió los cielos, fundó la tierra y formó en el hombre esa inteligencia de la cual éste se siente tan orgulloso (y que a menudo emplea tan mal; comp. IsaÃas 42:5). ¿No tendrÃa tal Dios soberana autoridad sobre los acontecimientos terrenales? Las conspiraciones tramadas por el espÃritu que él mismo creó, le tomarÃan desprevenido? ¡Es imposible! Y cuando todas las naciones de la tierra, enceguecidas por el odio, se junten para sitiar a Jerusalén, ésta será para ellas como una copa envenenada, una piedra de tropiezo. Porque âen aquel dÃaâ Jehová fortalecerá victoriosamente a los jefes de Judá y a los habitantes de Jerusalén. Obrará por medio de ellos, pero también en ellos. Dios derramará sobre su pueblo humillado y arrepentido âespÃritu de gracia y de oraciónâ. En aquel que traspasaron, por fin reconocerán los judÃos a su fiel Pastor, el Heredero del trono de David, el unigénito de Dios.
Amigos creyentes, si es cierto que el Señor se complace en trabajar por medio de nosotros, no perdamos de vista la obra que él desea cumplir en nosotros. Consiste en colocarnos siempre de nuevo ante la cruz y sus consecuencias. Y los versÃculos 11 a 14 subrayan que cada uno, personalmente, tiene que ponerse en regla con Dios respecto de sus pecados.
Las miradas de Israel (y las nuestras) acaban de posarse en la cruz (cap. 12:10). La sangre de Cristo expÃa nuestros pecados; pero de su costado traspasado también brota una fuente de agua viva. Ella evoca esa purificación práctica que la Palabra efectúa en nuestra conciencia (Salmo 51:2 y 7). En aquel dÃa los Ãdolos serán quitados (Ezequiel 36:25); las voces mentirosas callarán. Entonces el Amado contará su maravillosa historia: él vino aquà abajo como hombre, tomó forma de siervo para servir a su criatura (comp. cap. 11:12 y Ãxodo 21:2-6). Fue herido en casa de sus propios amigos (comp. con Juan 20:27). Fue castigado por Jehová mismo.
âPor lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumoâ¦â prosigue Filipenses 2:9. SÃ, pronto ese mismo Señor se presentará al mundo en el resplandor de su poder. ¿Dónde se efectuará esa aparición? En el lugar donde en otros tiempos él dejó la tierra, sobre ese monte de los Olivos, el que se partirá bajo sus pies (cap. 14:4; Hechos 1:11-12).
Pero no volverá solo. âY con él todos los santosâ agrega el fin del versÃculo 5. Cristo traerá consigo, como cortejo real, a aquellos a quienes primeramente haya arrebatado al cielo junto a él. El Nuevo Testamento confirma esta próxima y triunfal âvenida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santosâ (1 Tesalonicenses 3:13; Judas 14).
Es el fin del drama. Cuando se levante el telón del último acto, la situación habrá sido invertida por la súbita aparición del Señor de gloria. Hasta el decorado habrá cambiado. Un inaudito cataclismo trastornará la configuración del paÃs. Los pueblos sorprendidos haciendo la guerra a Jerusalén⦠y a su divino Rey, de repente se verán heridos con una horrible plaga. De ahà en adelante, en lugar de subir para sitiar a Jerusalén, las naciones deberán hacer allà anuales peregrinajes para prosternarse ante el Rey, Jehová (v. 16). Los que no obedezcan serán privados de lluvias. Aun las campanillas de los caballos âesos caballos que ocupan tanto lugar en la profecÃa de ZacarÃasâ llevarán grabada esta inscripción: âSantidad a Jehováâ. Porque todo el poder del hombre simbolizado por el caballo será entonces santificado para Dios. ¡Quiera el Señor también grabar en nuestros corazones esa señal de puesta aparte y de consagración a él! Y nada penetre en ellos que no esté en armonÃa con esta divisa: âSantidad a Jehováâ. De esa manera ya estaremos de acuerdo con âaquel dÃaâ, en el cual él será públicamente âglorificado en sus santos y⦠admirado en todos los que creyeronâ (2 Tesalonicenses 1:10).
El libro de MalaquÃas es particularmente serio. Constituye el último llamado divino a la conciencia y al corazón de ese pueblo judÃo, en medio del cual aparecerá Cristo cuatro siglos más tarde. El diálogo que se entabla entre Jehová y el pueblo, desde las primeras palabras pone en evidencia, del lado de Dios, el amor eterno, personal, fuente de toda bendición: âYo os he amadoâ. ¿Y del lado de Israel?: la ingratitud, la inconsciencia, en una palabra la insolencia con la cual se permite pedir pruebas de esa divina bondad. ¿Qué padre, qué maestro soportarÃa ser tratado con tan escandalosa falta de consideración? (v. 6). Este pueblo no sólo pisoteaba la honra debida a Jehová, sino también sus más imperativos preceptos (v. 8; LevÃtico 22:17-25) y sus más tiernos sentimientos. ¡Ay, no hemos de buscar mucho tiempo una enseñanza para nuestras almas! Nosotros también temamos dudar del amor del Señor, murmurar o hasta sublevarnos contra su voluntad. No pasemos con indiferencia, ni aún con fastidio (v. 13) al lado de tantos testimonios de la gracia de Dios, empezando por la cruz en la cual dio a su Hijo por nosotros. ¿Qué caso hacemos de los derechos y del amor de Dios?
Jehová tiene una particular instrucción para los sacerdotes. De corazón deberÃan haber dado gloria a su nombre (v. 2). El servicio cristiano no tiene otra razón de ser. Demasiado a menudo se glorifica al siervo antes que a su Señor.
¿De quién si no de Cristo se podrÃa decir que âiniquidad no fue hallada en sus labiosâ? (v. 6). Aun los alguaciles debÃan convenir en que â¡jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!â (Juan 7:46). Esta perfección sólo hace resaltar mejor el triste retrato del clero en el tiempo del Señor: sacerdotes, escribas y fariseos. Ãl guardó el pacto (v. 5); ellos lo corrompieron. Ãl anduvo con Dios en paz y rectitud; ellos se apartaron del camino. Ãl âa muchos hizo apartar de la iniquidadâ; ellos hacÃan tropezar a la gente (v. 8-9; IsaÃas 9:16). âLa ley de verdad estuvo en su bocaâ; ellos cansaban al Señor con sus palabras (v. 17; Mateo 6:7).
âGuardaos, pues, en vuestro espÃritu, y no seáis deslealesâ repiten los versÃculos 15 y 16. Nuestro espÃritu tiene la sensibilidad de una banda magnética, y conserva un rastro de todo lo que se registra en él. Estemos prontos a ocuparlo sólo con cosas verdaderas⦠puras, amables, de buen nombre⦠(Filipenses 4:8).
MalaquÃas significa mensajero de Jehová. Al citar el versÃculo 1 el Señor Jesús aplica este tÃtulo a Juan el Bautista, encargado de preparar delante de Ãl el corazón de su pueblo (Mateo 11:10). El rechazo del MesÃas después del de su precursor suspendió el curso de la profecÃa. El actual tiempo de la Iglesia es pasado por alto y en el versÃculo 2 vemos como Jehová vuelve a tomar sus propósitos acerca de los hijos de Levà mediante un trabajo de afinación y depuración (v. 2-3; Salmo 66:10; Job 28:1).
Hay quienes observaron al artesano fundidor ocupado en purificar el mineral de plata. Ãl se sienta junto al crisol mientras dura la fusión. La operación sólo se acaba cuando su propia imagen se refleja nÃtidamente en el brillante metal. ¡Notable ilustración de lo que el Señor cumple en cada uno de nosotros! Ãl sabe ordenar nuestras circunstancias; a veces atiza el fuego de la prueba a fin de quitarnos toda impura aleación. Proseguirá su paciente trabajo hasta que su radiante imagen moral se refleje en nosotros (comp. ZacarÃas 13:9; 2 Corintios 3:18). ¿Cuáles pueden ser los sentimientos del Señor, defraudado en los dones, el servicio y la confianza que se le debe? âProbadmeâ dice él a su pueblo. SÃ, el Señor se regocija cuanto nuestra fe le permite bendecirnos.
Aquà nos presenta Dios a los pocos fieles, humildes y escondidos que iban a tener el honor de acoger a su Hijo en su venida a la tierra. Son su âespecial tesoroâ; sus nombres están consignados en su âlibro de memoriaâ y el Evangelio nos da a conocer a algunos: José y MarÃa, ZacarÃas, Elisabet, Simeón, Ana⦠Hoy en dÃa ¿formamos parte de los que temen al Señor, hablan de él y esperan su retorno?
Más tarde, durante la gran tribulación, habrá un remanente que temerá el nombre de Jehová (cap. 4:2; Apocalipsis 12:17). Para ellos nacerá el Sol de justicia. Se acabará la actividad de las tinieblas, los soberbios y los impÃos serán consumidos (cap. 3:15; 4:1-2). Y con la palabra maldición termina el Antiguo Testamento, dicho de otro modo, la enteramente decepcionante historia del primer Adán. Su irremediable miseria, que acaba en la eterna desdicha, quedó definitivamente demostrada. ¿Estamos convencidos personalmente de ello en nuestra conciencia? Entonces, desde la primera página del Nuevo Testamento aprendamos a conocer el Nombre del segundo hombre, Jesús, en quien Dios halló su complacencia y en quien nosotros hallamos la salvación y la bendición.
El apóstol Pablo dirigió a las iglesias de Galacia una epÃstola severa. No se trataba de un pecado moral como el de los corintios, sino un mal doctrinal de los más graves. Estos desdichados gálatas, engañados por falsos maestros, estaban abandonando la gracia, único medio de salvación, para volverse a una religión de obras. Pablo reafirma el carácter absoluto de la Verdad divina. Es una, es completa, es perfecta, porque la Verdad es Cristo mismo (Juan 14:6).
A veces se oyen espÃritus fuertes que sostienen âen el fondo para justificar su incredulidadâ que cada pueblo ha recibido su propia revelación, es decir, la religión que mejor se adapta a su carácter y civilización. ¡Nada más falso! Existe un único Evangelio, el que proclama que ânuestro Señor Jesucristo⦠se dio a sà mismo por nuestros pecadosâ. ¿Cuál es la consecuencia de ello? âLibrarnos del presente siglo maloâ¦â, prosigue el apóstol (v. 4).
El versÃculo 10 nos recuerda otra verdad capital: la preocupación por agradar a los hombres nos hace perder la calidad de siervos de Cristo. ¿Verdaderamente deseamos agradarle a él, y sólo a él? (1 Tesalonicenses 2:4).
¡Qué dicha para nosotros poder depositar toda nuestra confianza en la Palabra de Dios! Si el Evangelio anunciado por Pablo hubiera sido âsegún hombreâ, entonces los gálatas habrÃan tenido motivo para aceptar complementos o modificaciones. Pero no habÃa nada de eso. Y para atestiguar bien la fuente divina de su ministerio, el apóstol cuenta la extraordinaria manera en que le habÃa sido confiado. Dios lo habÃa apartado (v. 15), Dios habÃa revelado a su Hijo en él, Dios incluso le habÃa formado en Su escuela, sin maestros humanos, en el desierto de Arabia. Además, Cristo lo habÃa llamado directamente desde el cielo (Hechos 9).
Por su conducta anterior a su viaje a Damasco, el apóstol Pablo nos enseña que se puede ser completamente enemigo de Dios pese a ser absolutamente sincero (Juan 16:2). Pero, ¡cuánto querÃa ahora esa Iglesia de Dios a la que, en otro tiempo, âperseguÃa sobremaneraâ! ¡Imitemos esa consagración al Señor y a los suyos, ese celo para predicar la fe! (v. 23). Pero notemos que antes de pedirnos que hablemos a otros de su Hijo, Dios se agrada en ârevelarloâ en nosotros (v. 16), y quiere producir en nuestro corazón el incomparable conocimiento de Cristo para que nuestro testimonio emane de él (2 Corintios 4:6).
El relato que Pablo hace de las circunstancias de su apostolado completa lo que sabemos de él por medio del libro de los Hechos. El Señor habÃa confiado a Pedro la predicación del Evangelio a los judÃos, mas Pablo habÃa sido elegido para predicar ese mismo Evangelio a las naciones (gentiles) (v. 8). Su encuentro con los demás apóstoles no podÃa, pues, anular un llamamiento recibido del Señor. Pero sÃ, tomó tan a pecho la recomendación que ellos le hicieron de que se acordara de los pobres que esto llegó a ser, indirectamente, el motivo de su encarcelamiento en Jerusalén (Hechos 24:17). ¿Qué nos enseñan esas relaciones de los apóstoles entre sÃ? Que debemos estimar el servicio de los demás y velar para no excedernos en el nuestro, sino cumplirlo sin desfallecer y sin hacer âacepción de personasâ (v. 6).
El libro de los Hechos confirma hasta qué punto los primeros cristianos de origen judÃo habÃan tenido dificultad para desligarse de los mandamientos: circuncisión y observancia de la ley. En Jerusalén habÃa tenido lugar una conferencia para tratar esas cuestiones (Hechos 15). Pero Satanás no renuncia gustoso a un arma de la cual ya se ha valido con éxito. A su vez los gálatas, aunque no eran judÃos, habÃan caÃdo en esa trampa, y Pablo se esfuerza en mostrarles el terrible peligro que eso conlleva.
¿En qué consistÃa la gravedad de aquel retorno a la ley? ¿Por qué Pablo lo toma tan a pecho hasta el punto que va a reprochar públicamente a Pedro su actitud equÃvoca? (v. 11-14). Porque el hecho de alentar a los creyentes a judaizar y a hacer obras querÃa decir que la obra de Jesús no era suficiente. Es lo que parecen pensar aún innumerables cristianos. Reconocen, en principio, el valor expiatorio del sacrificio de Cristo, pero al mismo tiempo fundamentan su salvación en sus propias obras y la práctica de la religión. «Hacen lo que pueden», como dice la expresión, y cuentan con Dios para el resto. Les replicaremos con el versÃculo 16: âEl hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristoâ. ¿Un medio tan simple? ¡SÃ, pero proporcionado por una persona tan grande! Es âel Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sà mismo por mÃâ (v. 20). ¿Qué parte me corresponde en esta obra? La que puede tener un muerto, es decir, ninguna. Como estoy crucificado con Cristo, estoy liberado de la ley; âya no vivo yo, mas vive Cristo en mÃâ. Amigo lector, a quien el Señor ama, ¿puede verdaderamente apropiarse de esas dichosas declaraciones?
El plan general de la epÃstola puede delinearse asÃ: capÃtulos 1 y 2: testimonio personal del apóstol Pablo; capÃtulos 3 y 4: doctrina de la salvación por la fe; capÃtulos 5 y 6: vida práctica del redimido bajo la gracia.
El corazón del apóstol estaba consternado; su celo por la verdad era duplicado por su entrañable amor hacia los pobres gálatas. ¿Qué espÃritu de extravÃo pudo haberlos seducido hasta el punto de olvidar la gracia de Dios? ¡Por desdicha, muchos creyentes hoy en dÃa se les parecen! Cristo crucificado les fue presentado (v. 1). Creyeron en él y mediante el EspÃritu Santo recibieron la seguridad de la salvación. Pero no le han confiado la conducción de su vida cristiana. âHabiendo comenzado por el EspÃrituâ, acaban por la carne (v. 3). Y ¿piensa usted que Dios, después de habernos justificado, pueda contar con nosotros para acabar su obra? No, y por eso la misma fe que nos salva es también la que necesitamos para vivir (v. 11). La justa ley de Dios, en cambio, sólo podÃa hacernos morir, maldecirnos, pues éramos incapaces de cumplirla. Fue necesario que Cristo nos sustituyera bajo esa maldición de la ley. Ãl pagó el terrible precio para rescatarnos; llevó esa maldición cuando tomó en la cruz el castigo que nosotros merecÃamos. ¡Por siempre sea bendecido!
El apóstol Pablo explica por qué la ley no cambia en nada las promesas divinas. Ãstas son anteriores a aquélla y Dios no se retracta. Y, sobre todo, han sido hechas a la simiente de Abraham, es decir, a Cristo (v. 16). Nada podrÃa anular o contradecir lo que Dios garantiza a su Amado⦠y a los que le pertenecen. âEntonces, ¿para qué sirve la ley?â (v. 19). Se la ha comparado a un espejo: la ley me muestra mi suciedad moral, pero es tan incapaz de quitármela como un espejo lo es de lavarme. Ãsta no es su función. La ley sólo me convence de pecado y por eso mismo me lleva a Cristo (v. 24). Después de haber conseguido esto, ha acabado su papel, al igual que ocurre con el instructor que ha preparado a su alumno para ascender al grado superior. ¡Qué penosa escuela la de la ley! Me enseña que soy pecador pero no me vuelve justo; me revela que estoy muerto pero no tiene el poder para hacerme vivir; me hace ver que carezco de fuerza pero no me provee ninguna. Sin embargo todo lo que me falta lo encuentro entonces en Jesús.
El bautismo es la señal pública de que el redimido ha sido puesto aparte para Cristo por medio de Su muerte. Usted que ha sido bautizado, ¿es realmente un hijo âde Dios por la fe en Cristoâ? ¿Está verdaderamente revestido de Cristo? (v. 26-27). Llevar un uniforme al que no se tiene derecho es un fraude y un abuso de confianza.
Dios habÃa dado otra cosa además de la ley: promesas incondicionales. Ãstas emanaban de su amor y de su gozo en bendecir tanto a las naciones como a los judÃos. Menospreciar semejante don es despreciar su amor. Pretender, por ejemplo, pagar el regalo que uno recibe, es ofender al donante. ¡Cuánto se aflige el corazón de Dios al ver, en particular, a tantos cristianos que olvidan la libertad del EspÃritu para sustituirla por pobres y fastidiosas prácticas! ¿Qué prueba esto? Que esos hijos de Dios conocen muy poco a su Padre celestial. Es comprensible que un inconverso se contente con âdébiles y pobres rudimentosâ porque no conoce nada mejor. âMas ahoraâ âdice el versÃculo 9â âconociendo a Diosâ y siendo conocidos por él (1 Corintios 8:3), no nos dejemos sujetar por esas ataduras, ni toleremos nada que sea indigno de él. Confiemos plenamente en su amor.
En el versÃculo 12 el apóstol interrumpe su exposición para hablar al corazón de sus queridos gálatas. Les recuerda la benevolencia y abnegación de ellos hacia él. Desgraciadamente, los afectos que la ausencia entibia son débiles afectos. Las convicciones que menguan tan pronto como se va el siervo de Dios que fue utilizado para generarlos, son débiles convicciones. ¿Qué es de nuestro amor cristiano? ¿Qué es de nuestra fe?
El apóstol Pablo estaba angustiado y perplejo. ¿HabÃa sido vano su paciente trabajo? (v. 11). Se vio obligado a enseñar nuevamente a los gálatas los primeros rudimentos del Evangelio. Aprovechemos esta ocasión para volver a aprenderlos con ellos. Pablo se lamenta por no poder enseñar de viva voz a sus hijos espirituales (v. 20), pero comprendemos la razón de ello: Dios querÃa darnos esta epÃstola. Sin embargo, usted dirá que actualmente nosotros no corremos el riesgo de volver a colocarnos bajo la ley mosaica. ¡Decir esto es conocernos mal! Cada vez que nos complacemos en nuestra conducta, con la impresión de que Dios nos debe algo a cambio, no es ni más ni menos que legalismo. Cada vez que tomamos una resolución sin contar con el Señor, cada vez que nos comparamos con otros para nuestro provecho, manifestamos ese espÃritu de propia justicia, enemigo declarado de la gracia (v. 29). Para ilustrar esta enemistad, Pablo evoca a los dos hijos de Abraham: Isaac, hijo de la promesa, es el único que puede heredar. Ismael, hijo según la carne, nacido de Agar la esclava, no tiene ningún derecho a las riquezas y bendiciones paternas. ¿Pertenecemos todos a la Jerusalén de arriba? Junto con Abraham, Isaac y Jacob, ¿somos âcoherederos de la misma promesaâ: la Ciudad celestial? (v. 26; Hebreos 11:9-10 y 16).
El hombre siempre ha considerado la libertad como el más valioso de los bienes. Pero, ¿dónde puede gozar de ella verdaderamente? Como un pobre esclavo de sus pasiones, nace y muere con cadenas remachadas a su corazón. Sólo Jesús puede liberarlo (v. 1; Juan 8:36). Entonces surge otra pregunta: ¿Qué uso hará de su libertad el redimido del Señor? ¿Volverá a ponerse deliberadamente bajo el riguroso yugo de la ley? SerÃa una actitud tan absurda como la de un presidiario que expresara el deseo de volver a la cárcel. Entonces, ¿usará su libertad âcomo ocasión para la carneâ? (v. 13). SerÃa hacer el camino inverso al de los tesalonicenses, dejar de estar al servicio de Dios para volver a someterse a la tiranÃa de los Ãdolos de este mundo (véase 4:8-9; Lucas 11:24-26; 1 Tesalonicenses 1:9). No, esa libertad tan costosamente pagada por su Salvador en la cruz, el creyente debe usarla para servir a su prójimo. De ese modo, finalmente cumplirá la ley, ya que ésta se resume en una palabra (v. 14): amor. âEl que ama al prójimo, ha cumplido la leyâ (Romanos 13:8-9). Cumple asà también con el mandamiento del Señor Jesús, cuyo último y más precioso anhelo fue que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó (Juan 13:34; 15:12 y 17).
En el capÃtulo 7 del evangelio según Mateo, el Señor explica cómo reconocer si una obra es de la carne o si proviene del EspÃritu: âNo puede el buen árbol dar malos frutosâ (v. 16-20; Juan 3:6). Los de los versÃculos 19 a 21 del presente capÃtulo sólo pueden proceder del árbol malo: la carne. Y ella está en cada uno de nosotros con las mismas temibles posibilidades. Pero, si somos âde Cristoâ (v. 24), en nosotros mora otro poder activo: el EspÃritu Santo. Ãste nos hace vivir y andar (v. 16, 25); se opone a la carne y nos conduce (v. 17-18); hace madurar su propio fruto, el cual es imposible que sea confundido con otro; precioso racimo cuyos nueve exquisitos âgranosâ enumera el versÃculo 22: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Pero un árbol puede permanecer estéril si toda su fuerza se malgasta en inútiles retoños que brotan de su pie. ¿Qué hace entonces el hortelano? Corta esos retoños para que la savia circule de nuevo en abundancia por las ramas injertadas. Ãse es el alcance del versÃculo 24. âLos que son de Cristoâ han crucificado la carne en el momento de su conversión. Por la fe han sometido a sentencia de muerte toda su naturaleza (el árbol silvestre ha sido cortado para ser injertado). De ahà en adelante tienen que juzgar las manifestaciones de su vieja naturaleza: pasiones y codicias. âSi vivimos por el EspÃritu, andemos también por el EspÃrituâ (v. 25).
Este capÃtulo nos enseña cómo obrar para con un hermano que ha caÃdo, sin perder de vista nuestra propia responsabilidad (v. 1) ni olvidar nuestro deber para con los que son agobiados por sus cargas (v. 2), para con âlos de la familia de la feâ y para con todos, haciéndoles bien (v. 10). Sembremos con miras a segar âa su tiempoâ. Hay un principio muy evidente: el fruto tendrá inevitablemente la misma naturaleza que la semilla. Sólo un loco podrÃa esperar recoger trigo allà donde sembró cardos. La carne siempre engendra corrupción, mientras que del EspÃritu brota vida eterna (v. 8; 5:22; comparar con Oseas 8:7; 10:13). AsÃ, pues, ahora es necesario elegir el modo de sembrar; más tarde todo pesar será vano.
El creyente fue declarado âmuerto para la leyâ (2:19) y muerto para la carne (5:24). Aquà se le considera muerto para el mundo y recÃprocamente (v. 14). Desde entonces, el mundo no tiene más derechos sobre mÃ, asà como yo tampoco los tengo para interesarme en él. Entre él y yo se levanta una infranqueable barrera: âla cruz de nuestro Señor Jesucristoâ, mi liberación y mi gloria. Por un lado hay âuna nueva creaciónâ, y por otro no hay ânadaâ que Dios pueda reconocer (v. 15). ¡Que podamos estar de acuerdo con él en los principios y en la práctica!
La epÃstola a los Efesios considera al creyente en su posición celestial. El cielo no sólo es la futura mansión para el hijo de Dios, pues desde ahora posee allá su morada en Cristo. A un cabeza de familia que trabaja fuera de su domicilio no se le ocurrirÃa confundir éste con la fábrica o la oficina. El estar ausente de su casa no le impide tener allà su hogar, en el que se hallan sus afectos, sus intereses, todo lo que posee. Tal es el cielo para el redimido: un hogar donde se encuentran su tesoro y su corazón (Lucas 12:34); porque allà está su Salvador. Cristo está en el cielo y nosotros estamos en Cristo. Este doble hecho nos asegura nuestro derecho a acceder a las altas y preciosas bendiciones que le pertenecen. Todo lo que concierne al Amado, igualmente concierne a los que son hechos aceptos en él (v. 6). Por eso el apóstol desarrolla el conjunto del propósito de Dios en Cristo âfuente de toda bendiciónâ en esa larga frase (v. 3-14), que no admite ninguna supresión, pues todo está unido y ligado en el pensamiento de Dios. De igual modo, lo que Dios hace por nosotros es inseparable de lo que hace por Cristo, y debe contribuir finalmente a la âalabanza de su gloriaâ (v. 12) y a la âalabanza de la gloria de su graciaâ (v. 6).
En su oración dirigida al âDios de nuestro Señor Jesucristoâ (v. 17), el apóstol intercede a favor de los santos para que sepan primeramente cuál es su posición (v. 18) y luego cuál es el poder que los introduce en ella (v. 19-20). «La plenitud de nuestra bendición surge del hecho de que somos bendecidos con Cristo. Asociados a la ruina con el primer Adán, ahora estamos asociados en gloria con el segundo hombre. Como tal, él nos hace participar de todo lo que posee, señal del perfecto amor cuya consecuencia es âla gloriaâ (Juan 17:22), âel gozoâ (Juan 15:11), âla pazâ (Juan 14:27) y el amor del Padre (Juan 17:26). No tomará posesión de la herencia sin los coherederos⦠Pablo no pide que los santos participen de estas cosas âpues ya les pertenecenâ sino que gocen de ellas» (J.N. Darby). Y nótese que son los ojos de nuestro corazón los que deben captar esas gloriosas realidades. El amor es la verdadera llave de la inteligencia (Lucas 24:31). Al alumbrar nuestros afectos, el EspÃritu nos hace contemplar a Cristo; resucitado y revestido de poder y majestad según el Salmo 8. Su cuerpo âla Iglesiaâ lo completa como hombre; él es âla cabezaâ glorificada en el cielo; ella es âla plenitud de Aquel que todo lo llena en todoâ.
Los versÃculos 1 a 3 describen en pocas palabras nuestra trágica condición de otrora. Como âhijos de iraâ, andábamos según el mundo, conforme a su prÃncipe y de acuerdo con nuestros culpables deseos. Pero Dios intervino (v. 4). âSu gran amorâ superó semejante miseria: dio vida a los muertos espirituales, los resucitó y, más aun, los hizo sentar en su propio cielo, el mismo lugar donde Cristo está sentado (v. 6; 1:20). No hay posición intermedia: estar muerto en sus pecados o estar sentado en los lugares celestiales. ¿Cuál es la del lector?
Los versÃculos 8 a 10 atestiguan, por un lado, la inutilidad de nuestras obras para la salvación y, por otro, el pleno valor de la obra de Dios: âSomos hechura suyaâ. Pero el hecho de estar sentados en los lugares celestiales, ¿nos exime de toda actividad en la tierra? ¡Al contrario! Siendo salvos por gracia, hemos sido creados de nuevo (4:24). Del mismo modo que una herramienta es hecha para un uso preciso, asà fuimos creados para cumplir las buenas obras que ese Dios de bondad (v. 7) dispuso de antemano en nuestro camino (Salmos 100:3; 119:73). No es que él tenga necesidad de nuestro trabajo, sino que quiere nuestra consagración. Por tanto, no dejemos de pedirle cada mañana: âSeñor, muéstrame lo que tú mismo has preparado hoy para mà y concédeme tu ayuda para cumplirloâ (Hebreos 13:21).
En comparación con el pueblo judÃo, el estado de las naciones era particularmente miserable. No tenÃan ningún derecho a las promesas hechas por Dios a Abraham y a sus descendientes (Romanos 9:4). Y nosotros formábamos parte de esos extraños. SÃ, recordemos (v. 11) aquel triste tiempo en que estábamos sin Cristo y, por consiguiente, sin esperanza y sin Dios en el mundo. AsÃ, todo lo que poseemos ahora en él nos parecerá mucho más precioso. Tenemos más que un pacto con Dios: una paz gratuita (Romanos 5:1), garantizada por la presencia del Señor Jesús en el cielo. âPorque él es nuestra pazâ (v. 14). Fue él quien la hizo (v. 15, al final) y pagó por ella todo el precio. Finalmente, fue él quien la anunció (v. 17). No querÃa que ningún otro la anunciara a sus queridos discÃpulos la tarde de su resurrección: âPaz a vosotrosâ, les dijo (Juan 20:21; IsaÃas 52:7); y luego agregó: âComo me envió el Padre, asà también yo os envÃoâ. Nosotros, que hemos oÃdo y creÃdo ese venturoso Evangelio, somos responsables a la vez de darlo a conocer a otros.
El final del capÃtulo nos muestra a la Iglesia de Dios como un edificio en construcción (v. 20-22 compárese con Hechos 2:47) fundado sobre Cristo, la principal piedra del ángulo. AsÃ, la Iglesia, o Asamblea de Dios, es ya en este mundo âmorada de Dios en el EspÃrituâ.
Este capÃtulo constituye un paréntesis, como para resaltar el misterio âahora reveladoâ que constituye su tema (v. 3, 9), el de Cristo y la Iglesia. La historia del hombre se divide en en perÃodos llamados âsiglosâ (1:21, 2:7), o a veces dispensaciones, economÃas (3:9), a lo largo de las cuales Dios se revela bajo cierto nombre a cierta clase de personas. Durante la dispensación de la gracia, la nuestra, caracterizada por la presencia del EspÃritu Santo en la tierra, Dios se revela como Padre y llama a un pueblo celestial.
Si bien la sabidurÃa divina puede ser contemplada en la creación (Salmo 104:24; Proverbios 3:19), ¡cuánto más brilla en los inmutables consejos de Dios con miras a la gloria y al eterno gozo de su Hijo amado! Esa âmultiforme sabidurÃaâ se manifestó de un modo soberano y enteramente nuevo âpor medio de la Iglesiaâ. Los ángeles la admiran; las naciones, hasta entonces sin esperanza, reciben esa buena nueva. A Pablo, mediante un llamado especial, le fue confiada esa revelación cuya magnitud lo disminuye a sus propios ojos (v. 8). Estaba encargado de dar a conocer a todos las riquezas de la gracia (1:7; 2:7) y de la gloria divinas (1:18; 3:16). La promesa del Salmo 84:11: âGracia y gloria dará Jehováâ, fue cumplida en la cruz. Esos dones, maravillosos y gratuitos, son desde ahora nuestra parte. No existe un tesoro más grande que esas âinescrutables riquezas de Cristoâ.
Esta nueva oración del apóstol está dirigida al âPadre de nuestro Señor Jesucristoâ (v. 14; comparar con 1:16, 17). Que âAquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemosâ (v. 20) cumpla el deseo del apóstol respecto a cada uno de nosotros. Que nos otorgue comprender algo de su gloria, la cual es insondable y eterna. Pero, por maravillosas e infinitas que sean las perspectivas de esa gloria, no fijan ni retienen nuestros afectos. Por eso el apóstol agrega: âY (de) conocer el amor de Cristoâ (v. 19). Supongamos que de repente yo sea transportado a la corte de un soberano; sin duda quedaré deslumbrado y me sentiré desorientado. Pero si allà encuentro a mi mejor amigo y veo que él es el personaje principal de esa corte, pronto me sentiré feliz y a gusto. Lo mismo ocurre con la gloria: es la de Jesús, a quien amamos.
Al igual que el apóstol, pidamos que su EspÃritu fortalezca nuestro âhombre interiorâ. Si Cristo habita en nosotros (v. 17), âtoda la plenitud de Diosâ nos llenará (v. 19; Colosenses 2:9-10), y con ella el poder, el amor, la fe y el entendimiento. Queridos amigos, el Padre nos ha preparado lugar en su casa (cap. 1 y 2). ¿Hemos dado lugar a Jesús en nuestro corazón?
âNo he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotrosâ¦â (Hechos 20:27-28). Estas palabras de Pablo a los ancianos de la iglesia de Ãfeso corresponden a las dos divisiones de la epÃstola a los Efesios. Del capÃtulo 1 al 3, el apóstol expone el maravilloso consejo divino. Luego prosigue: âYo pues, preso en el Señor, os ruegoâ¦â, mostrando en los capÃtulos 4 a 6 el andar que corresponde a una vocación tan elevada (1 Tesalonicenses 2:12). Lo que debe caracterizarla, en primer lugar, es lo contrario de un espÃritu de superioridad: la humildad con mansedumbre y la tolerancia hacia los demás en amor, en el vÃnculo de la paz. Asà como hay una misma esperanza de nuestra vocación, hay un EspÃritu que une los miembros de un Cuerpo (en cambio, los hombres han fundado numerosas iglesias y cada una cuenta sus miembros). Bajo la autoridad de un Señor nos es enseñada una fe cristiana y un bautismo confiere el nombre y la responsabilidad inherentes al cristiano (¡pero los hombres hablarán del bautismo de su religión!). Finalmente, un Dios y Padre, de quien todo y todos proceden, tiene sus derechos divinos sobre nosotros.
El Señor, como hombre glorificado, subió por encima de todos los cielos después de haber descendido a la muerte. Ahora distribuye a los suyos los múltiples dones de su gracia. ¿Nos sometemos a él?
La mayorÃa de los jóvenes sienten impaciencia por gozar de los privilegios de los adultos. En cambio, no les importa prolongar, a veces durante toda su vida, un estado espiritual infantil. Los versÃculos 13 a 16 describen el crecimiento armonioso de ese cuerpo de Cristo del que formamos parte. Ese crecimiento resulta del desarrollo individual de cada creyente. Sólo en Jesús el âvarón perfectoâ alcanza su completa estatura. Cristo en él es una âplenitudâ (v. 13; 1 Juan 2:13). En cambio el niño, por falta de afianzamiento en la verdad, permanece receptivo a todos los errores. ¡Cuán peligroso es ese estado! Podemos comprobarlo al ver en qué tinieblas morales y espirituales está hundido el mundo por ignorar a Dios (v. 17-19). Nosotros, que hemos sido enseñados según la verdad que es en Jesús, mostremos, por medio de nuestra conducta, cómo hemos âaprendido... a Cristoâ (v. 20). Nuestra doctrina, o mejor dicho, nuestra manera de vivir, es una Persona. Cristo se aprende. ¡Estudiémosle mucho y vivámosle!
Asà como una persona se cambia una prenda de ropa por otra, nos hemos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo (v. 22-24). La vestimenta de alguien no pasa inadvertida. ¿Cuál es la nuestra a los ojos de los demás: la ropa manchada del viejo hombre o cierta semejanza moral con el Señor Jesús? (Hechos 4:13).
Es verdaderamente triste que Dios deba hacer, a personas sentadas en lugares celestiales, tan elementales recomendaciones como: no mientan⦠no hurten⦠no se embriaguen (5:18). Pero él sabe de qué son capaces nuestros pobres corazones carnales, y el diablo, que también lo sabe, no perderá ninguna de las oportunidades que le ofrezcamos (v. 27).
Notemos que cada exhortación está acompañada de un motivo particularmente elevado y conmovedor, relacionado con las tres Personas divinas.
1° El EspÃritu Santo está en nosotros; cuidémonos de contristarlo (v. 30).
2° Somos los amados hijos de Dios, y nuestro Padre, quien es el Dios de amor, desea ver su semejanza en nosotros (5:1). El versÃculo 32 dice: â⦠perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristoâ. Esto va más lejos que la oración enseñada a los discÃpulos judÃos: âPerdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos debenâ (Lucas 11:4).
3° Jesús mismo es nuestro Modelo (5:2; Juan 13:14). Nos enseñó el amor amándonos hasta la muerte (1 Juan 3:16). No obstante, jamás olvidemos que él se ofreció primeramente a Dios en perfecto sacrificio; en olor infinitamente fragante.
¡Cuidado con las palabras vanas y necias que pronunciemos o escuchemos! (v. 3-6). Asà como antes éramos tinieblas, ahora somos âluz en el Señorâ. Entre las dos posiciones se halla nuestra conversión. A estos dos estados corresponden dos maneras de andar: la de antes (2:2; 4:17-19) y la que debe caracterizarnos ahora. Como hemos sido creados para buenas obras, andemos en ellas (2:10). Ya que hemos sido llamados para participar desde ahora en la gloria de Cristo, andemos de un modo digno de esa vocación (4:1). Puesto que somos hijos del Dios de amor, andemos en amor (5:1-2). Si hemos sido transformados en âluz en el Señorâ, andemos como hijos de luz (v. 8; comparar con Juan 11:10). En estos dÃas peligrosos y malos, miremos dónde pisamos; andemos con cuidado (v. 15). Todas estas encomendaciones, ¿son una penosa obligación? De ningún modo; y los versÃculos 19 y 20 muestran de qué manera el creyente traduce su felicidad y agradecimiento.
Meditemos frecuentemente en el versÃculo 16. Desgraciadamente, cada uno de nosotros conoce el pesar de haber desaprovechado repetidas oportunidades para servir al Señor o para dar testimonio de él. Por lo menos, sepamos aprovechar las que se presenten. Y no perdamos la única y maravillosa ocasión de vivir el resto de nuestra corta vida terrenal para el Señor Jesucristo. Sólo él es digno de ello.
Desde el versÃculo 22 hasta el versÃculo 9 del capÃtulo 6, el apóstol introduce el cristianismo en el cÃrculo familiar. La sumisión de una esposa a su marido actualmente es considerada, en nuestros paÃses, como un principio anticuado. Pero si el amor de Cristo constituye la atmósfera de un hogar, el marido no exigirá nada que sea arbitrario, y la mujer, por su lado, reconocerá que todo lo que se le pide corresponde a la voluntad del Señor. De hecho, el amor dictará al marido su actitud. Y de nuevo es evocado el Modelo perfecto: Cristo en sus divinos afectos por su Iglesia. En los capÃtulos 1 (v. 23) y 4 vemos a la Iglesia como su Cuerpo y a él como la Cabeza. En el capÃtulo 2 nos es presentada como un edificio del cual él es la piedra angular. Finalmente, en estos pasajes ella es su Esposa. Como tal, recibió, recibe y recibirá las más excelentes demostraciones de su amor. Ayer, Cristo se entregó a sà mismo por la Iglesia (v. 2). Hoy, la colma de sus cuidados, la purifica, la alimenta y con ternura la prepara para el glorioso encuentro (v. 26, 29; 4:11 y siguientes). Mañana se la presentará a sà mismo, para su gozo, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino gloriosa, santa e irreprochable, porque entonces estará revestida de las mismas perfecciones de Cristo (v. 27).
No pensemos que esta epÃstola, que expone verdades tan elevadas y a veces abstractas, fue escrita sólo para los creyentes experimentados, los varones perfectos del capÃtulo 4:13. Aquà el apóstol se dirige directamente a los niños. Lo que les tiene que decir es muy sencillo: âObedeced a vuestros padresâ; considerad sus amonestaciones como si fuesen las del Señor. Esta disciplina, por penosa que pueda parecer a veces, corresponde a las instrucciones que los padres han recibido de Dios acerca de sus hijos (v. 4).
En cuanto a los esclavos y a los amos, lo que se les manda se aplica a todos los que tienen jefes (v. 5-8) o subordinados (v. 9). Nuestro trabajo nos dará todos los dÃas la oportunidad de poner estos versÃculos en práctica, es decir, la de hacer âde corazónâ la voluntad de Dios. Estamos continuamente ante sus ojos. Pero necesitamos fortaleza. ¿Dónde encontrarla? En el Señor (v. 10). Sólo él nos capacitará para enfrentar a los temibles enemigos invisibles: las potestades espirituales de satánica maldad que nos amenazan. Porque Cristo mismo está sentado âen lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorÃoâ, habiendo logrado sobre ellos la victoria de la cruz (1:20-22; Colosenses 2:15).
Para mantenerse firme frente a esos terribles enemigos âespiritualesâ, las armas del hombre son totalmente ineficaces. SerÃa lo mismo que luchar con los puños contra tanques o misiles (véase Job 41:1 y siguientes). Pero Dios pone a nuestra disposición su armadura (comparar con Romanos 13:12). ¿Cuáles son las piezas que la componen? La verdad como cinto: la fuerza que da la sumisión a la Palabra. Por medio de ella, Jesús triunfó en el desierto. La justicia como coraza: una conducta irreprochable, sin falta ante los hombres. El evangelio de paz como calzado: un andar activo en la paz a fin de preparar a las almas para recibir la verdad. La fe como escudo: una confianza total en lo que Dios es. La salvación como yelmo: la misma confianza en lo que Dios ha hecho. Asà vestidos y protegidos, podremos contraatacar victoriosamente con la espada del EspÃritu y la oración.
SerÃa demasiado tarde tratar de ponernos esa armadura completa en el momento de tener que combatir. Llevémosla âen todo tiempoâ (v. 18), asà estaremos seguros de tenerla puesta âen el dÃa maloâ (v. 13). Entre las oraciones, no descuidemos las que tienen que ver con la obra del Señor. El apóstol las solicitaba. Estaba seguro de hallar, en los efesios, un profundo interés por el Evangelio y por la Iglesia. ¡Que el Señor pueda verlo también en cada uno de nosotros!
A esta epÃstola se la ha llamado el libro de la experiencia cristiana, la cual se resume en cuatro palabras: Cristo me es suficiente. Ãl es mi vida (cap. 1), mi modelo (cap. 2), mi meta (cap. 3), mi fuerza y mi gozo (cap. 4). Aquà Pablo no habla como apóstol ni como maestro, sino como un âsiervo de Jesucristoâ. ¿Cómo podrÃa hacer valer un tÃtulo más elevado que el que su Señor tomó? (2:7). Desde el fondo de la cárcel de Roma, Pablo escribe a sus amados filipenses, de los cuales conocemos a Lidia y al carcelero (Hechos 16). Su âentrañable amorâ por ellos (v. 8) se traduce en oraciones. Nótese el eslabonamiento de las peticiones: amor, verdadero conocimiento, discernimiento espiritual, andar puro y recto y fruto que permanece (v. 9-11).
Luego los tranquiliza en cuanto a su encarcelamiento. Ese golpe que el enemigo pensaba asestar al Evangelio habÃa contribuido a su progreso. La abierta oposición, calculada para desalentar a los testigos del Señor, generalmente tiene el efecto contrario: animarlos.
¿Cuál es la actitud del apóstol al enterarse de que, a veces, el Evangelio era anunciado en condiciones muy discutibles? No manifestó ninguna impaciencia ni crÃtica, como tampoco el deseo de asociarse a ello. Sólo expresó un sincero gozo al ver que la obra de Dios se efectuaba, cualesquiera fueran los instrumentos.
El corazón del hombre fue creado de tal manera que no soporta permanecer vacÃo. Siente un hambre que el mundo, semejante a un vasto almacén, se esmera en satisfacer mediante una variedad de los más apetecibles productos. Pero por experiencia sabemos que por más atrayente que sea para nosotros un escaparate a la hora de comer, deja de tentarnos una vez saciados. Esta comparación un poco trivial nos ayuda a recordar algo: nada ejerce atracción alguna sobre un corazón lleno de Jesús. Esto ocurrÃa con el apóstol: Cristo era su único objeto, su única razón de vivir. ¿Quién se atreverÃa a asumir este versÃculo 21? No obstante, el progreso del cristiano consiste en manifestar esto cada vez mejor. Cristo le bastaba a Pablo para vivir y para morir. Colocándose ante esa alternativa, no sabÃa qué escoger. Al morir, ganaba a Cristo, y al vivir servÃa a Cristo. El amor por los santos lo impulsaba más bien a quedarse.
La defensa del Evangelio, como todo combate, implica sufrimientos (1 Tesalonicenses 2:2, final). Pero éstos son un don de la gracia del Señor, al igual que la salvación, un privilegio que él concede a los creyentes (v. 29). En vez de compadecernos de los cristianos perseguidos, ¿no deberÃamos más bien tener el mismo celo? Por lo menos oremos por ellos. Asà tomaremos parte con ellos en el combate por la verdad.
Para hallar el camino hacia todos los corazones, para âganarâ a un hermano y apaciguar una disensión, existe sólo un secreto: el renunciamiento a sà mismo. Podremos aprenderlo al contemplar y adorar a nuestro incomparable Modelo. Según sus propias palabras, âcualquiera que se enaltece, será humillado (por Dios); y el que se humilla, será enaltecido (por Dios)â (Lucas 14:11; 18:14). Dos historias exactamente opuestas se pueden resumir en esta frase: la del primer Adán, desobediente hasta la muerte, seguido por su descendencia ambiciosa y rebelde; y la de Cristo Jesús, quien por amor se despojó de su gloria divina, se humilló lo máximo haciéndose hombre y luego murió por nosotros en la cruz.
La forma de un hombre, la condición de un siervo y la muerte ignominiosa de un malhechor son las tres etapas de ese maravilloso sendero. SÃ, con toda justicia, Dios tenÃa consigo mismo el compromiso de exaltarle hasta lo sumo y de honrarle con un nombre soberano. Bajo ese nombre de Jesús, tan glorioso y dulce a la vez, el cual tomó para obedecer, servir, sufrir y morir, será reconocido como Señor y recibirá el homenaje universal.
Amigo lector, ¿qué valor tiene ese Nombre para su corazón?
Como modelo de obediencia (v. 8), el Señor tiene el derecho de exigir la nuestra en todo âsin murmuraciones y contiendasâ (v. 14). La ausencia del apóstol no eximÃa a los filipenses de la obediencia (v. 12). Al contrario, ya que él no estaba más con ellos, debÃan velar por sà mismos para no malograr su carrera cristiana. Del mismo modo un joven creyente, cuando abandona el techo paterno, no por esa razón deja de estar sujeto al Señor, sino que es responsable de su propio andar. Los luminares o estrellas son objetos celestes que brillan en la noche y permiten a los hombres orientarse. Tales son los cristianos en la noche de este mundo.
La palabra griega traducida por âocupaos enâ tiene el sentido preciso de cultivar. Implica, pues, una paciente sucesión de operaciones, tales como arrancar malas hierbas (pensamientos impuros, prácticas deshonestas, mentiras, etc.). Esta tarea no podemos efectuarla con nuestras propias fuerzas (v. 13). Incluso el querer, el deseo, es producido en nosotros por el Señor. ¡Qué hermoso testimonio resulta de ello! (v. 14-16).
Veamos en este capÃtulo los diferentes ejemplos de abnegación, comenzando por el más elevado, el de Cristo, luego el de Pablo asociado con los filipenses (v. 16-17), el de Timoteo (v. 20) y el de Epafrodito (v. 25-26, 30). En cambio, cuán triste resuena el versÃculo 21. ¿A quién deseamos parecernos?
Además de hombres de Dios como Timoteo y Epafrodito, quienes debÃan ser recibidos y tenidos en cuenta, también existÃan âmalos obrerosâ de los que era necesario cuidarse. Predicaban esa religión de las obras que confÃa en la capacidad humana y se alimenta de la consideración de los hombres. Pero si alguien poseÃa tÃtulos humanos que podÃa hacer valer, ése era precisamente Pablo, judÃo que pertenecÃa al cÃrculo más elevado, sumamente respetuoso de la doctrina hebrea y celoso en cuanto a la ley⦠Ãl hizo una lista de todas esas ventajas como en un gran libro de contabilidad. Luego trazó debajo una lÃnea y escribió: Pérdida. Asà como basta que el sol se levante para hacer palidecer a todas las estrellas, un único nombre, el de Cristo glorificado, eclipsó desde entonces todas las pobres vanidades terrenales de su corazón; no sólo las estimó sin valor, sino ruinosas. ¡Y no resulta un gran sacrificio renunciar a lo que es basura! Que el Señor nos enseñe a despojarnos con gozo âcomo Bartimeo que arrojó su capaâ de todo aquello con lo cual todavÃa pretendemos hacernos una reputación y una justicia. A ese precio podremos âconocerleâ y seguirle en su camino de renunciamiento, de sufrimientos, de muerte, pero también de resurrección (Mateo 16:21, 24).
En general, los hombres que realizan algo importante en la tierra son aquellos en quienes palpita una única pasión. Ya se trate de conquistar los polos, de obtener un premio Nobel o de combatir a un invasor, siempre se hallan hombres de acción prontos a sacrificarlo todo por un gran designio. Asà era Pablo desde que Cristo lo habÃa cautivado (comparar con JeremÃas 20:7). SabÃa que estaba comprometido en la carrera cristiana y, como perfecto atleta, seguÃa esforzándose sin mirar atrás, pensando sólo en el premio final (leer 2 Timoteo 4:7). Además, se ofrece para servirnos de entrenador y nos invita a seguirle en sus mismos pasos (v. 17). Como él, olvidemos las cosas que quedan atrás: nuestros éxitos, motivo de vanagloria; nuestros fracasos, causa de desaliento. En cambio, esforcémonos para alcanzar la meta, porque esa carrera con obstáculos no es, por cierto, un paseo. Es cosa seria, y lo que está en juego es muy importante.
Tener sus pensamientos en cosas terrenales, ¡qué inconsecuencia para aquel que tiene su âciudadanÃaâ en los cielos! (v. 20). ¿De qué hablan dos compatriotas que se encuentran en el extranjero? ¡De su paÃs! Siempre tendremos un mismo sentir (v. 15) si, entre creyentes, hablamos de los gozos de la ciudad celestial.
âRegocijaos en el Señorâ, insiste el apóstol. No obstante, no le faltaban motivos para derramar lágrimas (3:18). Una infeliz discordia oponÃa a dos hermanas: Evodia y SÃntique, lo cual alteraba a la iglesia. Pablo exhortó âo más bien suplicóâ a cada una de ellas personalmente ¡que aprendieran ây nosotros tambiénâ la gran lección del capÃtulo 2:2! (comparar con Proverbios 13:10). ¿Es nuestra gentileza conocida por nuestros hermanos, hermanas y compañeros? Cuántas querellas y preocupaciones cesarÃan si tuviéramos conciencia de que el retorno del Señor es inminente. Por medio de la oración, descarguemos nuestros corazones de todo lo que los atormenta. ¿Serán inmediatamente satisfechos? No necesariamente, pero Dios podrá verter en ellos su perfecta paz (v. 7). ¿Cómo evitar los malos pensamientos? Cultivando los buenos. Utilicemos el versÃculo 8 como una zaranda: lo que ocupa mi espÃritu en este momento, ¿es verdadero, justo, puro, amable, edificante...? Pensamientos filtrados y depurados podrán traducirse sólo en hechos de la misma naturaleza (v. 9). ¿Y cuál será la consecuencia de ello? No sólo la paz de Dios, sino que âel Dios de pazâ, en persona, morará con nosotros (Juan 14:23).
Sin duda, Pablo recordaba su primera visita a Filipos, la cárcel y los cánticos que allà entonaba con Silas (Hechos 16:24-25). Aunque otra vez estaba prisionero, nada podÃa quitarle su gozo, porque nada podÃa quitarle a Cristo. Lo mismo ocurrÃa con su fortaleza: âTodo lo puedoâ âdice, pese a sus cadenasâ âen Cristo que me fortaleceâ (comparar con 2 Corintios 6:10). Como él, aprendamos a estar contentos, cualesquiera sean las circunstancias: éxitos o dificultades, salud o enfermedad, buen o mal tiempo⦠estemos siempre contentos con el Señor.
Aunque muy pobres, los filipenses, por mano de Epafrodito, acababan de mandar una nueva ayuda al apóstol (leer 2 Corintios 8:1-5). Ãste les afirma, según su propia experiencia: âMi Dios, pues, suplirá todo lo que os faltaâ, pero no dice suplirá todas vuestras codicias. Compromete la responsabilidad de su Dios, como si endosara un cheque en blanco, sabiendo que dispone, para él y sus amigos, de un crédito ilimitado: nada menos que âsus riquezas en gloriaâ (v. 19; Efesios 3:16). Que Dios nos dé la aptitud correcta para experimentar el secreto del bienaventurado apóstol: la plena suficiencia del Señor Jesucristo hasta que por fin se cumpla el anhelo expresado en el Salmo 17:15: âVeré tu rostro⦠estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanzaâ.
Esta carta se dirige a una iglesia que Pablo nunca habÃa visitado (2:1). Colosas parece haber recibido el Evangelio por medio de Epafras, siervo de Dios al que aquà (v. 7-8) y en el capÃtulo 4:12-13 se da un notable testimonio. Según su costumbre, el apóstol destaca primeramente todo lo bueno que se distingue en los creyentes a quienes escribe. Inspirémonos en su ejemplo. La fe, la esperanza y el amor eran el triple y completo fruto producido por el Evangelio en Colosas (v. 4-5). Pero lo que alimenta a la fe, sostiene a la esperanza y renueva el amor es el conocimiento de Dios (v. 10). Por eso en su oración el apóstol pidió que los colosenses fuesen llenos de ese conocimiento. Era menester que su andar ây el nuestroâ obedeciera a un doble motivo: frente a los demás, mostrarnos dignos de Aquel a quien confesamos pertenecer; y sobre todo frente al Señor, si le amamos, buscar agradarle en todo. Veamos finalmente en el versÃculo 11 para qué se requiere toda la fortaleza del Señor. No para tal o cual combate espectacular, ni aun para anunciar el Evangelio, sino simplemente para tener la paciencia y la longanimidad⦠con gozo. Son victorias que tenemos la oportunidad de lograr todos los dÃas.
El verdadero cristianismo no es una religión o un conjunto de verdades a las que se adhiere, sino el conocimiento experimental de Alguien. El cristianismo es Cristo conocido y vivido. Hemos sido puestos en relación con una persona incomparable: el amado Hijo del Padre. Dios el Padre nos hizo aptos para participar de la herencia en luz, nos dio un lugar en el reino, la redención o perdón de pecados, la paz que Cristo hizo mediante su propia sangre (v. 20). Pero lo que determina la grandeza de semejante obra es la grandeza de Aquel que la efectuó. Y el apóstol enumera las glorias más importantes de ese Amado: lo que es, lo que llegó a ser y lo que ha hecho de nosotros. Afirma su doble primacÃa: sobre el universo creado y sobre la Iglesia, e igualmente su doble tÃtulo de Primogénito de toda la creación, es decir, de heredero universal, y de Primogénito de entre los muertos. Por medio de él, la vida salió de la nada como creación y de la tumba como redención. Ãl es el Creador de todas las cosas en los cielos y en la tierra (v. 16). Ãl es el Reconciliador de todas las cosas en la tierra y en los cielos (v. 20). Finalmente, él es el Dominador, quien debe tener la preeminencia en todas las cosas: en los cielos, en la tierra y en nuestro corazón (v. 18).
Pablo, ministro del Evangelio (v. 23 final), lo era también de la Iglesia (v. 25). A costa de muchos sufrimientos, trabajaba y combatÃa por ella (v. 28-29). Anunciaba los divinos misterios, escondidos âde los sabios y de los entendidosâ pero revelados incluso al más joven creyente (v. 26; 2:2 final; comparar con Efesios 3).
En esta ocasión, notemos las numerosas semejanzas entre la epÃstola remitida a los colosenses y la escrita a los efesios. Pero, mientras que esta última muestra al creyente sentado en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2:6), la epÃstola a los Colosenses lo considera en la tierra, teniendo a Cristo en él: la esperanza de gloria (v. 27). ¡Maravilloso pensamiento! Ãl, en quien âagradó al Padre que habitase toda plenitudâ, habita ahora en el corazón de los suyos. Comprendemos que antes de mencionar las âpalabras persuasivasâ (v. 4) y los ensueños del espÃritu humano, el apóstol empiece por presentar las excelentes realidades cristianas como para hacer notar el contraste. SÃ, en Cristo tenemos verdaderamente âtodas las riquezas de pleno entendimientoâ y âtodos los tesoros de la sabidurÃa y del conocimientoâ (v. 2-3). ¿Qué podrÃamos buscar fuera de él?
Ocuparse en las glorias del Señor Jesús es el medio para ser âarraigados y sobreedificados en élâ (v. 7). Las raÃces de un árbol le aseguran alimento y estabilidad a la vez (Proverbios 12:3). Si el cristiano no está fundado y firme en la fe (1:23), corre el riesgo de ser removido o aun llevado âde todo viento de doctrinaâ (Efesios 4:14; comparar con Mateo 13:21). Precisamente, en Colosas soplaban vientos peligrosos: la filosofÃa, la tradición (v. 8), el culto a los ángeles (v. 18), los mandamientos religiosos (v. 21), en una palabra, todo lo que el versÃculo 8 llama huecas sutilezas. Con no menos imaginación, actualmente se inventan doctrinas y teorÃas. Temamos prestar oÃdos a toda enseñanza que se aparte de la Palabra de Dios. El enemigo de nuestras almas, mediante los agentes que emplea, quiere seducirnos (v. 4), engañarnos (o despojarnos), hacernos su presa (v. 8) y privarnos del premio del combate (v. 18). Mas la gran batalla ha sido librada y la victoria ha sido lograda por Otro. La cruz, donde por un momento Satanás creyó triunfar, señaló su derrota total y pública (v. 15). Ãl mismo fue despojado de su armadura y de sus bienes (leer Lucas 11:21-22). No toleremos que nos despojen o, más bien, que despojen al Señor Jesús de aquello que le pertenece.
Lo que debemos hacer o dejar de hacer procede de lo que somos. Nuestra doble posición acaba de ser señalada en los versÃculos 12 y 13.
1) Hemos muerto con Cristo (v. 20), asà que hemos muerto en cuanto a los rudimentos del mundo. No podemos tomar más, como regla de vida, los principios que rigen a este mundo con sus pretensiones morales o religiosas, y su medida del bien y del mal, frecuentemente equivocada.
2) Hemos âresucitado con Cristoâ (3:1). Como ciudadanos de los cielos, pensemos en las cosas de arriba y apliquemos los principios de lo alto a nuestras circunstancias más comunes.
SÃ, âhabéis muertoâ, confirma el versÃculo 3, y la imperecedera vida âque es la nuestra ahoraâ âestá escondida con Cristo en Diosâ. âPor esto el mundo no nos conoceâ âes decir, no puede comprendernosâ âporque no le conoció a élâ (1 Juan 3:1). Pero cuando Cristo sea manifestado, entonces todos sabrán cuál era nuestro secreto.
Aunque nuestra vida está en el cielo, en la tierra nos quedan peligrosos âmiembrosâ morales, dicho de otro modo: nuestras codicias. Apliquemos la muerte a todas esas culpables manifestaciones del viejo hombre. A causa de ellas, âla ira de Dios viene sobre los hijos de desobedienciaâ. También a causa de ellas, esa ira cayó sobre nuestro perfecto Sustituto.
Los tristes harapos del viejo hombre son señalados en los versÃculos 8 y 9: ira, malicia, blasfemia⦠Tengamos vergüenza de presentarnos asÃ. En cambio, vistámonos el luminoso vestido del nuevo hombre, cuyo perfecto modelo es Cristo (v. 10). Estos son sus adornos: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón⦠Sobre todo recubrámonos de amor, que es la naturaleza misma de ese nuevo hombre. Ese amor nos dará a conocer como discÃpulos de Jesús (Juan 13:35).
Nuestro estado interior no es menos esencial. En nosotros deben morar: Cristo, quien lo es todo (v. 11, al final), su paz (v. 15) y su Palabra (v. 16). El solo hecho de tener la Biblia en casa o sobre la mesilla de noche no nos hará el menor bien. El alimento más completo no hace su efecto mientras permanezca en el plato. Es menester que la Palabra more en nosotros abundantemente (Romanos 10:8). Otro medio en el que pensamos poco para ser enseñados y edificados es el de los âcánticos espiritualesâ que cantamos a Dios en nuestros corazones (Salmo 119:54). No privemos de esta alabanza a Dios, ni nos privemos nosotros de esta edificación. Finalmente, una doble pregunta nos servirá para probar la calidad de cada una de nuestras palabras o acciones: ¿Puedo decir o hacer esto en el nombre del Señor Jesús? ¿Puedo dar gracias a Dios Padre por esto?
Los versÃculos 10-11 del capÃtulo 3, asà como el pasaje de Gálatas 3:27-28, anulan toda diferencia entre los seres humanos para mantener sólo la distinción fundamental entre el viejo y el nuevo hombre. Pero aquà el creyente, en quien coexisten estas dos naturalezas, es considerado en su relación con los demás y con el Señor. A diferencia del resto de la epÃstola, cuyo punto central es Cristo (nuestra vida), aquà él es llamado âel Señorâ, para subrayar sus derechos y autoridad. Padres, hijos, mujeres, maridos, empleados o amos, cada uno en su lugar y desde su condición, sirve a âCristo el Señorâ. Y frente a âlos de afueraâ, ¿cuál debe ser nuestra actitud? Primero, un sabio andar que ilustre la verdad. Luego, un lenguaje lleno de gracia y de firmeza, adaptado a las oportunidades y al estado de cada cual. Por último, las oraciones (v. 3). Pablo las solicitaba incluso para sà mismo. Notemos que no era la puerta de la cárcel la que él querÃa que se abriese, sino la del Evangelio.
Los versÃculos mencionados arriba coinciden con la porción comprendida entre el capÃtulo 5:22 y el capÃtulo 6:9 de la epÃstola a los Efesios. En estos dos pasajes es muy hermoso ver de qué manera la divina doctrina entra en todos los detalles de la vida y esparce el perfume de su perfección sobre todos los deberes y todas las relaciones.
Pablo, prisionero en Roma, se sirvió del mismo fiel mensajero, TÃquico, para llevar sendas cartas a los efesios y a los colosenses (Efesios 6:21-22). Otros hermanos y siervos de Dios participaban de sus trabajos y ejercicios de corazón: Epafras, quien después de haber hablado del Señor a los colosenses (1:7), hablaba de ellos al Señor (v. 12); Onésimo, Aristarco, Marcos, Lucas⦠y también Demas, en un principio Ãntimamente asociado a la obra, pero aquà solamente nombrado. Uno puede imaginarse la sorpresa de Arquipo al oÃr su nombre en la carta leÃda ante la iglesia. ¿Cuál era ese servicio particular que habÃa recibido del Señor? Bastaba que él lo supiera. Y si el EspÃritu de Dios no lo ha determinado, bien puede ser para que cada creyente coloque su nombre en lugar del de Arquipo.
Esta carta debÃa transmitirse luego a la iglesia de Laodicea. Sin embargo, el trágico estado de esa iglesia descrito en Apocalipsis 3:17, muestra que no sacó ningún provecho de esta carta (v. 16). Permaneció pobre por haber acumulado otras riquezas que no eran âlas riquezas de la gloriaâ (1:27) y otros tesoros distintos de âlos tesoros de la sabidurÃa y del conocimientoâ (2:2-3). Permaneció desnuda por no haber sabido revestirse del nuevo hombre (3:10, 12, 14). ¡Tengamos en cuenta las advertencias de su Palabra y que ella habite en nosotros âen abundanciaâ! (3:16).
El capÃtulo 17 de los Hechos de los apóstoles nos relata la corta visita de Pablo y Silas (o Silvano) a Tesalónica. Allà habÃan anunciado y vivido el Evangelio (v. 5). Y los tesalonicenses, habiéndolo recibido (v. 6), lo vivÃan a su turno. Su obra era una prueba de su fe (compárese con Santiago 2:18); su trabajo confirmaba su amor; su paciencia proclamaba cuál era la gran esperanza que por sà sola podÃa sostenerlos (v. 3). Asà todo el mundo sabÃa que en Tesalónica existÃan cristianos (v. 7). ¿Saben todos en mi barrio o en mi lugar de trabajo que soy un creyente? Una conversión es la señal pública del nuevo nacimiento, es el cambio de dirección visible que corresponde a la vida divina recibida en el alma. Cuando uno da media vuelta, ya no tiene los mismos objetivos (Gálatas 4:8-9). De ahà en adelante, los tesalonicenses daban la espalda a los Ãdolos, estériles y engañosos, para contemplar y servir a un Dios vivo, el Dios verdadero.
Los Ãdolos de madera o de piedra del mundo pagano cedieron el lugar a los Ãdolos más refinados del mundo cristianizado, pero sigue siendo cierto que âningún siervo puede servir a dos señoresâ (Lucas 16:13). ¿A quién servimos nosotros? ¿A Dios o a nuestras codicias? ¿Y qué esperamos? ¿Al Hijo de Dios o la ira venidera?
Los ultrajes y malos tratos padecidos por Pablo y Silas en Filipos (Hechos 16:12-40), lejos de desanimarlos, les impulsaron a anunciar el Evangelio con âdenuedoâ. La furiosa reacción del Adversario probaba precisamente que el trabajo de ellos no habÃa resultado vano (v. 1). Sin embargo, no habÃan empleado ninguno de los métodos habituales de la propaganda humana: seducción, astucia, lisonjas o deseos de agradar sino que âcon sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristoâ (2 Corintios 2:17). A menudo, hoy en dÃa, el Evangelio es presentado bajo un aspecto atrayente y sentimental, o como un complemento de una obra social. El ministerio de Pablo tampoco estaba alentado por uno de los tres grandes motores de la actividad humana: la búsqueda de la gloria personal, la satisfacción de la carne y el provecho material. Al contrario, sus sufrimientos testimoniaban un completo desinterés (Hechos 20:35). Dos sentimientos le animaban: la continua preocupación de agradar a Dios (v. 4) y el amor por los que habÃan llegado a ser âsus propios hijosâ. Como una madre, él los habÃa alimentado y cuidado con ternura (v. 7); como un padre, los exhortaba y enseñaba a andar (v. 11-12). Pero ante todo querÃa que ellos tuvieran plena conciencia de su relación con Dios. ¡Qué posición la de ellos, y la nuestra! Dios nos llama a su propio reino y a su propia gloria.
Los cristianos de Tesalónica habÃan aceptado la palabra del apóstol como verdadera Palabra de Dios (v. 13; Mateo 10:40). Muchos teólogos no reconocen la absoluta inspiración de todas las partes de las Sagradas Escrituras. A menudo los escritos de Pablo son presentados como las enseñanzas de un hombre, sin duda un notable hombre de Dios, pero falible, pretexto para no someterse a ellas y rechazar lo que parece demasiado estrecho⦠Pero, bendito sea Dios, cada palabra de la Biblia posee la misma autoridad divina.
Los celos de los judÃos habÃan interrumpido la actividad del apóstol a favor de los tesalonicenses (v. 15-16; Hechos 17:5). Ãl no habÃa terminado de instruirlos. Un maestro se siente frustrado cuando ninguno de sus alumnos obtiene el diploma para el cual los preparó. Pablo les habló al corazón y les recordó que era personalmente responsable de la fidelidad de ellos. Según el caso, él recibirÃa una corona de manos del Señor o serÃa avergonzado a causa de ellos âen Su venidaâ (v. 19; 1 Juan 2:28).
Queridos amigos: como el apóstol, tengamos este pensamiento presente en nuestro espÃritu: pronto tendremos que rendir cuentas ante nuestro Señor de todo lo que hayamos hecho, como en la parábola de Mateo 25:19: âDespués de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellosâ (Véase también Romanos 14:12).
Dos veces Satanás impidió que Pablo volviera a Tesalónica (2:18). Dios permitió esa situación para que tanto los afectos del apóstol como la fidelidad de los tesalonicenses fueran manifestados. Entonces âel tentadorâ (v. 5), utilizando otra arma, habÃa suscitado grandes tribulaciones contra ellos. Pablo les habÃa advertido que esas pruebas no sólo eran inevitables, sino que ellos estaban destinados a esto (v. 3; Juan 15:20; Juan 16:33). Por esa razón, ¿permanecÃa él indiferente? ¡De ninguna manera! Pero lo que más lo preocupaba no eran las tribulaciones de los tesalonicenses, sino que se mantuviesen firmes en la fe (v. 2, 5-7, 10). ¡Qué lección para nosotros que nos detenemos fácilmente ante circunstancias exteriores âcomo dificultades materiales, enfermedades, etc.â y perdemos de vista el estado interior del creyente! âNo pudiendo soportarlo másâ (v. 1 y 5), el apóstol habÃa encomendado a Timoteo que los fortaleciese y animase. Y él mismo habÃa sido consolado y hasta regocijado en medio de su propia tribulación como consecuencia de las noticias recibidas. Porque lejos de quebrantar la fe de esos creyentes, muy jóvenes en ella, la prueba habÃa fortalecido esta fe. Los climas más rudos generalmente forjan las razas más resistentes. Una vez más, Satanás habÃa hecho una obra engañosa para sÃ, según Proverbios 11:18: âEl inicuo adquiere para sà una ganancia engañosaâ (V.M.).
¡No son nuestras pruebas las que deben movernos a esperar al Señor, sino nuestro amor hacia él! Su venida âcon todos sus santosâ (v. 13) es el gran pensamiento que debe regir todo nuestro comportamiento. Somos âsantosâ ante Dios por medio de la perfecta obra de Cristo (Hebreos 10:10). Pero al mismo tiempo somos exhortados a afirmar nuestros corazones en la santidad práctica (3:13); ella es la expresa voluntad de Dios para cada uno de los suyos (4:3). Un creyente deberá cuidarse particularmente para permanecer puro (v. 4). Al considerar su cuerpo como un instrumento de placer, peca primeramente contra sà mismo: a veces arruina su salud, su conciencia siempre se verá afectada (ésta pierde su sensibilidad frente al mal y se desarregla como un cuentakilómetros que ha sido violentado).
También puede perjudicar grandemente a otra persona (v. 6; Hebreos 13:4). ¡Cuántas vidas arruinadas, espÃritus y cuerpos mancillados al igual que hogares destrozados han pagado el precio de la vanidad de una conquista y el placer de unos momentos! Finalmente, la impureza, bajo todas sus formas, es un pecado contra Dios (Salmo 51:4). Nuestro cuerpo ya no nos pertenece, pues ha llegado a ser el templo del EspÃritu que Dios nos dio (v. 8; 1 Corintios 6:18-20). El EspÃritu Santo reclama una morada santa. Conservar nuestro cuerpo sin mancha (5:23) es honrar a Aquel que lo habita.
No es necesario cumplir obras extraordinarias âpara servir al Dios vivo y verdaderoâ (1:9). Ante todo, el cristiano debe vivir apaciblemente y cumplir fielmente su tarea cotidiana (4:11). ¡Pronto se acabará su trabajo terrenal! Al oÃr la conocida voz del Señor, cada cual dejará su herramienta para ir a Su encuentro y estar para siempre con él. El arrebatamiento de los creyentes es el primer acto de la venida del Señor Jesús (el segundo será su glorioso retorno con ellos: cap. 3:13). Ãl mismo vendrá a buscarlos; no dejará a nadie más esa labor y ese gozo. Este gozo debe ser la parte de cada redimido y su presente consuelo cuando ha fallecido un familiar o amigo creyente. Como la muerte ha sido vencida, aunque todavÃa no destruida, los muertos en Cristo simplemente âduermenâ (v. 13-15; Juan 11:11-13). Despertarán como Lázaro âmas para siempreâ a la voz de mando del PrÃncipe de la vida. Luego, en perfecto orden y asà como él dejó la tierra, los que vivamos âseremos arrebatados juntamente con ellosâ para ir a Su encuentro en el aire (v. 17; Filipenses 3:20). ¿Vivirá nuestra generación este maravilloso acontecimiento, esperado por tantas generaciones? Todo lo hace pensar. Tal vez ocurra hoy. Amigo lector: ¿Está usted preparado?
Si para los redimidos del Señor su venida significa la entrada en el gozo eterno, para los incrédulos es el comienzo de una âdestrucción repentinaâ (v. 3; Lucas 17:26-30). ¡Bienaventurada esperanza para unos, total y terrible sorpresa para otros! Por desdicha, en la práctica la diferencia está lejos de ser tan nÃtida. Ciertos âhijos de luzâ ocultan su lámpara âdebajo del almud, o debajo de la camaâ (Marcos 4:21). Duermen, y la somnolencia espiritual es un estado que se asemeja a la muerte. ¿A qué se debe? Generalmente a una falta de sobriedad. Embriagarse es hacer de los bienes de la tierra un uso que supera a lo que uno necesita (véase Lucas 12:45-46). Y cuando uno está adormecido en cuanto a los intereses celestiales y muy despierto en cuanto a los terrenales, ¿puede desear el retorno del Señor? Nosotros que somos del dÃa, âno durmamos como los demásâ, âcomo los otros que no tienen esperanzaâ (4:13), para que no seamos sorprendidos, nosotros también, por la llegada repentina de nuestro Señor. Volvamos a leer las serias palabras del Señor en 13:33 a 37. Y hagámonos a menudo esta pregunta: ¿Me gustarÃa que el Señor me encontrase haciendo lo que estoy haciendo, diciendo o pensando?
El final de la epÃstola nos enseña cuál debe ser nuestro comportamiento entre hermanos, con respecto a todos los hombres, en relación con Dios y en la Iglesia. En suma, toda nuestra vida está encuadrada en estas cortas exhortaciones. Si se trata de estar gozoso, debemos estalo siempre; si de orar, que sea sin cesar; si de dar gracias, que lo sea en todo. La fe nos permite agradecer al Señor aun por lo que puede parecernos enojoso. Orar sin cesar es permanecer en Su comunión, lo que será también nuestra protección contra el mal bajo todas sus formas (v. 22). El que nos rescató enteramente âespÃritu, alma y cuerpoâ también exige la santidad de todo nuestro ser (4:3). Las manchas del espÃritu y del corazón, aunque invisibles, son tan temibles como las del cuerpo. Pidámosle al Señor, quien es fiel, que nos conserve sin reproche, conformes a él, para el instante de la gran cita. Ningún pensamiento es más apropiado para santificarnos que el del retorno del Señor Jesús (1 Juan 3:3). Esta inestimable promesa se halla mencionada al final de cada uno de los cinco capÃtulos de esta carta. No la perdamos de vista. Y hasta entonces, que âla gracia de nuestro Señor Jesucristoâ sea con cada uno de nosotros.
Las persecuciones de las que los tesalonicenses eran vÃctimas habÃan aumentado su fe, habÃan hecho abundar su amor y manifestar su paciencia. ¿Entonces qué les faltaba? ¿Por qué el apóstol juzgó necesario dirigirles esa segunda epÃstola? Esta vez, la esperanza y el gozo del EspÃritu Santo no son nombrados (comp. 1 Tesalonicenses 1:3 y v. 6, final). Pablo coloca ante ellos las verdades apropiadas para reanimar estos sentimientos en sus corazones. El triunfo de sus perseguidores y sus propios sufrimientos no son más que temporales: El âDios de retribuciones, dará la pagaâ (JeremÃas 51:56). Esta retribución, tanto de los fieles como de los impÃos, tendrá lugar en el dÃa del Señor. Está ligada con su gloriosa manifestación. El mismo castigo ââla eterna perdiciónââ alcanzará a los paganos que voluntariamente permanecieron en la ignorancia de Dios y a los cristianos que lo son sólo de nombre y desobedecen al Evangelio (v. 8). En cambio, los santos ââtodos los que creyeronââ serán vistos en la compañÃa del Señor y asociados a su admirable gloria (v. 10; Mateo 13:43). Pero la voluntad de Dios y la oración del apóstol es que, desde ahora, el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en cada uno de los que le pertenecen.
Un grave asunto turbaba a los tesalonicenses. ¿No era inminente el dÃa del Señor? Sus tribulaciones podÃan hacerles creer tal cosa, y falsos maestros lo afirmaban. No, contesta el apóstol. Ese dÃa debe ser precedido por tres acontecimientos:
1° El arrebatamiento de los creyentes para estar junto con el Señor. 2° La apostasÃa de la falsa iglesia y de los judÃos mismos. 3° La aparición del Anticristo, llamado âel hombre de pecado, el hijo de perdiciónâ (v. 3) y el âinicuoâ (v. 8). Estos nombres subrayan, por contraste, los caracteres del Señor Jesús: justicia, salvación y entera obediencia a Dios.
En este terrible perÃodo un poder engañoso, enviado como castigo, oscurecerá la mente de los hombres. Como no creyeron la verdad, creerán la mentira. âEl misterio de la iniquidadâ (v. 7) ya está en acción, agrega el apóstol (compárese con 1 Juan 2:18). Sólo que âhay quien al presente lo detieneâ, el EspÃritu Santo; éste opone una barrera al despliegue del mal en el mundo. Cuando él haya dejado la tierra junto con la Iglesia, entonces la iniquidad no conocerá freno alguno. Pero, ¡qué contraste entre ese poder satánico (v. 1-12) y la obra de nuestro Dios y Padre! (v. 13-17). Ãl nos amó, nos escogió para salvación y nos llamó para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Ahora no dejemos de darle las gracias (v. 13; 1:3).
Pablo se encomienda a las oraciones de los santos: âOrad por nosotrosâ (v. 1 y 1 Tesalonicenses 5:25). Ãl mismo no cesaba de orar por ellos (1:11). Contaba con el fiel Señor para afirmarlos y guardarlos del mal. También contaba con la obediencia de ellos, y ésta abarcaba el muy simple cumplimiento de sus tareas cotidianas. Pero algunos en Tesalónica habÃan cesado de trabajar. Si el Señor viene âpensaban ellosâ ¿para qué cultivar el campo y ocuparse en los negocios de la vida presente? Y, como triste consecuencia de ello, se entremetÃan en lo ajeno (véase 1 Timoteo 5:13). Pablo protestó con vehemencia. Nada en su enseñanza podÃa dar pretexto a semejante desorden (v. 6-7, 11). Al contrario, él habÃa dado el ejemplo del trabajo manual âpara no ser gravosoâ a nadie. Y el ejemplo supremo es âla paciencia de Cristoâ (v. 5) que permanece a la espera del momento en que ha de presentarse a su amada Iglesia.
Con las epÃstolas a los Tesalonicenses llegamos al final de las cartas que Pablo escribió a siete iglesias muy diferentes. En ellas trata los diversos aspectos de la vida y de la doctrina cristiana, desde la adquisición de la salvación en la epÃstola a los Romanos hasta la gloria próxima. Todas esas enseñanzas tienen un gran precio para nosotros. Que el Señor nos ayude a retenerlas con miras a permanecer âfirmesâ (2:15).
Conocimos a Timoteo en el capÃtulo 16 de los Hechos. Los vÃnculos de Pablo con su âverdadero hijo en la feâ eran preciosos. Sin embargo, le escribe en calidad de apóstol para subrayar la autoridad que le confiere. A ese joven discÃpulo se le confÃa una tarea difÃcil: mandar a cada uno cómo debe conducirse en la iglesia (1 Timoteo 3:15). El propósito de este mandamiento era el amor (v. 5). Asà como los tribunales no son para la gente honesta, la ley no concierne más a los que son justificados. Lo que les conviene de ahà en adelante es el amor, cuya fuente está en Dios. Este amor ha sido derramado en nuestro corazón por el EspÃritu Santo (Romanos 5:5). Pero para que no permanezca en nosotros como agua estancada, para que nos atraviese y sea provechoso para los demás, ningún conducto debe estar obstruido. El amor emana de un âcorazón limpioâ: libre de todo Ãdolo; proviene de una âbuena concienciaâ: la que no tiene nada que reprocharse (véase Hechos 24:16); de una âfe no fingidaâ: exenta de toda forma hipócrita (2 Timoteo 1:5). Si estas condiciones no se cumplen, nuestro cristianismo no será más que âvana palabrerÃaâ (1 Timoteo 1:6).
¡Cuán brillante es el contraste entre la ley que maldice al pecador y la gracia que lo transporta al goce de la gloria y de la felicidad de Dios!
Si alguien podÃa comparar la servidumbre de la ley con el Evangelio de la gracia, ése era el fariseo Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo. Su fidelidad a los mandamientos no le habÃa impedido ser el primero de los pecadores, pues habÃa perseguido a Jesús al perseguir tan cruelmente a los Suyos. Sincera y humildemente, se declara el peor de todos aquellos pecadores enumerados en los versÃculos 9 y 10. Pero Jesucristo vino a salvar precisamente a los culpables y no a los justos (Mateo 9:13). Y puesto que el primero de ellos pudo ser salvo, nadie puede considerarse demasiado pecador para no beneficiarse de la gracia. âFui recibido a misericordiaâ, exclama el apóstol dos veces (v. 13 y 16). Mide la grandeza de esa misericordia con la magnitud de su propia miseria, y espontáneamente la adoración se eleva de su corazón (v. 17).
Si a menudo gozamos tan poco de la gracia, tal vez sea porque nuestra convicción de pecado no ha sido suficientemente profunda. âAquel a quien se le perdona pocoâ âo por lo menos, el que lo piensa asÃâ âpoco amaâ (Lucas 7:47). Amigo aún indiferente, hasta ahora la paciencia del Señor se ha ejercido también hacia usted. No le haga esperar más tiempo. Tal vez mañana sea demasiado tarde.
El apóstol, antes de hablar a Timoteo de otras cosas (3:14; 4:6 y 11), menciona la oración bajo sus distintas formas. Un servicio cristiano empieza siempre por la oración. La voluntad de Dios para salvar, la obra de Cristo y nuestra oración abarcan a todos los hombres. Nuestro deber es orar por todos sin restricción, porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos, pues Jesucristo se dio en rescate por todos. Si no todos son salvos, no se debe a Dios ni a Cristo, sino a la dureza del corazón humano. Tenemos el privilegio de orar por las multitudes que no saben hacerlo.
Que podamos llevar una vida apacible y quieta depende de âlos que están en eminenciaâ. Pidámosle a Dios que nos la conceda por medio de ellos, no para derrocharla a merced de nuestras codicias, sino para estar más libres a fin de ocuparnos en la salvación de los pecadores (véase Esdras 6:10).
Los hermanos, incluso los más jóvenes, son llamados a orar âen todo lugarâ y públicamente en la iglesia. En cambio, en ella las hermanas deben guardar silencio. Pero, por medio de su actitud y su modesto arreglo personal, pueden dar un testimonio más poderoso que con las palabras. Las consecuencias de la caÃda en Edén (véase Génesis 3:16) permanecen para la mujer; pero la fe, el amor, la santidad y la modestia son prendas de liberación y bendición, aun en la tierra.
Aspirar al obispado debe ser considerado como una prueba de amor por la iglesia. Para ejercer las funciones de obispo (o anciano) y las de diácono (o siervo), no es cuestión de estudios ni de examen, sino de condiciones morales. Ãstas son de dos tipos: 1° un buen testimonio en la iglesia y fuera de ella; 2° una experiencia adquirida en la vida cristiana.
En toda casa existe una regla de conducta, una disciplina colectiva a la que cada uno se somete. Asà ocurre en la casa del Dios viviente: la Iglesia (véase 1 Corintios 14:40). No somos libres, en absoluto, de comportarnos en ella a nuestro antojo. Ella es la columna sobre la cual el nombre de Cristo, la Verdad, está escrito para hacerlo conocer al mundo entero.
Grande es el misterio de la piedad, porque grande es la Persona sobre la cual está fundada nuestra relación con Dios. La venida de Jesús como hombre a la tierra, la perfecta justicia de todo su andar en el poder del EspÃritu Santo y bajo la mirada de los ángeles, su Nombre predicado y creÃdo aquà abajo y finalmente su elevación a la gloria, constituyen los elementos inseparables de ese misterio intangible confiado a la iglesia. Ãsta es responsable ante el Señor de sostener y guardar toda la Verdad (v. 3:15).
El gran misterio de la piedad ha sido menospreciado por muchos. Algunos han quitado lo que les molestaba. Otros han agregado prácticas legales o supersticiones. El âbuen ministroâ se nutre de âla buena doctrinaâ (v. 6; véase 1:10; 6:3). Entonces estará en condiciones de enseñar a los demás (v. 11 y 13). La piedad es una virtud para la que uno se ejercita (en griego âgymnazôâ, de donde viene nuestro vocablo gimnasia). Uno se adiestra para la piedad. El ejercicio corporal, el deporte, es útil para la salud de nuestro cuerpo: poca cosa en comparación con los progresos del alma a los que lleva la práctica cotidiana de la piedad. Notemos que es necesario ejercitarse uno mismo, pues nadie puede vivir de la piedad de otro. Con esta condición, el joven Timoteo podrÃa ser un âadiestradorâ para otros (véase Tito 2:7): un modelo en palabras, confirmado por la conducta, cuya inspiración es el amor, el cual a su vez es esclarecido por la fe, la que finalmente es preservada por la pureza (v. 12). ¿Y cómo se ejercita uno para la piedad? Ocupándose en las cosas divinas y entregándose por completo a ellas. La debilidad de nuestro testimonio a menudo proviene del hecho de que nos dispersamos en demasiadas direcciones. Seamos los campeones de una única causa: la de Cristo (véase 2 Corintios 8:5). Asà haremos progresos evidentes para todos.
En las relaciones con los demás creyentes, los vÃnculos familiares (âpadre⦠hermanos⦠madre⦠hermanasâ¦â) deben servirnos de modelo (v. 1-2). Nunca perdamos de vista que formamos una única y misma familia: la familia de Dios.
Cada uno es invitado a mostrar su piedad, pero primeramente para con su propia casa (v. 4). Los fariseos predicaban lo contrario. Mientras ostentaban devoción, anulaban el mandamiento de Dios alejando a los hijos de sus más legÃtimos deberes para con sus padres (Marcos 7:12-13).
En un solo versÃculo, el 10, se resume una vida entera al servicio del Señor. Que cada cristiana halle inspiración y fortaleza a fin de no desear otra cosa.
Los versÃculos 3 a 16, dedicados a las viudas, nos recuerdan que Dios cuida de ellas de una manera muy particular (Salmo 68:5). El evangelio de Lucas menciona a cuatro de ellas: Ana, cuya actividad en oraciones constantes ilustra el versÃculo 5 (Lucas 2:36-38); la viuda de NaÃn, a la que Jesús devolvió el hijo (Lucas 7:11-17); la que pedÃa justicia al juez injusto de la parábola del capÃtulo 18; y, finalmente, la viuda pobre que, ante los ojos del Señor ây para Su gozoâ dio al tesoro del templo todo lo que tenÃa para su sustento (Lucas 21:1-4). Una completa fe en Ãl agrada a Dios por encima de todo (Hebreos 11:6).
Pablo sigue exponiendo a Timoteo cómo debe conducirse âen la casa de Diosâ (3:15). Asunto capital por el que Dios mismo se interesa âes Su casaâ al igual que el Señor Jesucristo y los ángeles escogidos, llamados a considerar la sabidurÃa de Dios en la iglesia (5:21; Efesios 3:10). Esa âmultiforme sabidurÃaâ también debe manifestarse en los variados detalles de la vida de la iglesia: deberes de la grey para con sus ancianos, comportamiento del siervo de Dios para resolver los casos difÃciles, instrucciones dadas a los esclavos⦠(6:1-2). Cuántos desórdenes se introducen tan pronto como uno no se sujeta más a las sanas palabras, que no son las de Pablo o Timoteo, sino las de nuestro Señor Jesucristo (v. 3; 1 Tesalonicenses 4:2 y 8).
La piedad acompañada de contentamiento es en sà misma una ganancia, una gran ganancia al alcance de todos (4:8). Nuestra civilización está basada en la creación y satisfacción de nuevas necesidades. Pese a todo, el ávido corazón del hombre permanece insaciable (compárese v. 9-10 con el Salmo 49:16-20). Agradezcamos al Señor que nos asegura lo necesario: âsustento y abrigoâ y âestemos contentos con estoâ (6:8). Siempre estaremos satisfechos con lo que él nos da, si él mismo, el Dador (quien es el Objeto de la piedad), llena plenamente nuestro corazón.
¡âMas túâ¦â! El hombre de Dios ây cada hijo de Diosâ debe andar sin cesar contra corriente aquà abajo. Huye de lo que el mundo ama y busca: el dinero y las cosas que se pueden adquirir con él (v. 10). Sigue lo que agrada al Señor: justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (v. 11). Aguarda Su aparición, ese tiempo en que todo será manifestado (v. 14).
El apóstol no confunde a los que son ricos (v. 17) con los que quieren enriquecerse (v. 9). Mas proyecta sobre los bienes de âeste sigloâ la luz de la eternidad. El objeto de nuestra confianza no está en los dones, sino en Aquel que los da; la verdadera ganancia es la piedad; las verdaderas riquezas son las buenas obras (v. 18); el verdadero tesoro es un buen fundamento para el porvenir (v. 19). SÃ, sepamos discernir y echar mano âde la vida que lo es en verdadâ (V.M.).
Huye, sigue, pelea, echa mano, son las exhortaciones que hemos hallado en nuestra lectura (v. 11-12). El versÃculo 20 contiene un último imperativo particularmente solemne: âOh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendadoâ (véase también el v. 14 y 2 Timoteo 1:14). Tal es la exhortación final, e invitamos a cada uno de nuestros lectores a reemplazar el nombre de Timoteo por el suyo propio.
Esta segunda epÃstola, muy diferente de la primera, enfoca un tiempo de ruina en que el apóstol, prisionero, al final de su carrera, asiste a la rápida decadencia del testimonio por el cual habÃa trabajado tanto. Pero Dios se valió de esos progresos del mal, ya visibles en el tiempo de los apóstoles, para darnos esta carta que nos muestra el camino a seguir y los recursos de la fe en âtiempos peligrososâ como los nuestros (3:1). â¡Ãnimo! âescribe Pablo a su âamado hijoââ ¡no te dejes asustar!â. Lo que poseemos se halla fuera del alcance del enemigo y está protegido por el poder de Dios Padre, el Hijo y el EspÃritu Santo. Ãste permanece como espÃritu de poder, de amor, de consejo, y âmora en nosotrosâ (v. 14; Juan 14:17 al final).
âNuestro Salvador Jesucristoâ no ha cambiado. Su victoria sobre la muerte ha sido lograda para la eternidad (v. 10). Cuando todos los puntos de apoyo exteriores se han derrumbado, la fe es llevada a descansar sólo en el Señor (v. 12; Salmo 62:1). La fidelidad de cada uno es puesta a prueba no cuando todo va bien, sino cuando todo va mal (Filipenses 2:22). En la adversidad, muchos abandonaron al apóstol (v. 15), en tanto que uno abnegado, OnesÃforo, lo buscó y visitó en la cárcel. Ãste formaba parte de aquellos misericordiosos a quienes les será hecha misericordia (v. 18; Mateo 5:7 y 25:36).
âEsfuérzate en la graciaâ, recomienda el apóstol a su querido discÃpulo. Ãl mismo habÃa aprendido este secreto de boca del Señor: âBástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidadâ (2 Corintios 12:9). Tres ejemplos: el del soldado, el del atleta y el del labrador ilustran el renunciamiento, la obediencia y la paciencia del cristiano. ¿Qué caracteriza a un buen soldado? No se sobrecarga con inútil bagaje; es disciplinado a fin de agradar a sus superiores; sabe que el oficio de soldado implica inevitablemente sufrimientos, peligros, golpes y que éstos preceden a las menciones honorÃficas y condecoraciones. Esto es cierto y toda la Escritura lo confirma: nuestro comportamiento actual tendrá su contrapartida eternal. Hoy, los sufrimientos y la muerte con Cristo; mañana, la vida con él, el reinado y la gloria eterna. Creyentes: Cristo nos ha reclutado bajo su bandera. Por desdicha, en un ejército se pueden hallar desertores que reniegan de su bandera y de su capitán (v. 12). Existen mil maneras, aun silenciosas, de traicionar a nuestro Jefe. Que el deseo de obtener su aprobación, secreta hoy, pública mañana, haga de nosotros buenos soldados, aptos para pelear âla buena batallaâ (4:7-8 y 1 Timoteo 6:12).
Estad por Cristo firmes, soldados de la cruz,
Alzad hoy la bandera en nombre de Jesús;
A aquel que al fin venciere corona se dará,
Y con el Rey de gloria por siempre reinará.
Cuando todo va bien, cuando la obra es próspera, el obrero no tiene motivos para avergonzarse ante los hombres (1:8, 12 y 16 al final). En cambio, cuando el testimonio está en ruina, fácilmente sentimos vergüenza. Pero, ¡qué importa el menosprecio del mundo, si somos aprobados por Dios! (v. 15). Este capÃtulo traza una lÃnea de conducta que nos permite estar seguros de esa aprobación en toda circunstancia: allà donde la incredulidad y la corrupción dominan, el cristiano fiel se aparta. En relación con los individuos, él se limpia; respecto a las codicias, las rehuye; en cuanto al bien, lo sigue; a los creyentes, los busca, se une a ellos y juntos rinden culto a Dios. En la práctica, los versÃculos 19 a 22 han llevado a apreciados hijos de Dios a apartarse de diversos sistemas religiosos de la cristiandad y a reunirse alrededor del Señor para alabarle.
Ya hemos oÃdo un âhuyeâ y un âsigueâ en la primera epÃstola (6:11). Quiera el Señor grabar en el corazón de todos los creyentes este versÃculo 22: âHuye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la pazâ. Sin embargo no olvidemos que, asà como debemos ser firmes en cuanto a la verdad y a los principios, los que no sufren ningún término medio, también debemos soportar a las personas y manifestarles âmansedumbreâ (v. 24-25; Efesios 4:2).
El sombrÃo retrato moral de los versÃculos 2 a 5 se parece al del primer capÃtulo de la epÃstola a los Romanos, versÃculos 28 a 32, con la diferencia de que aquà no describe personas paganas, sino a gente que dice ser cristiana. Y, lo que es más grave, la forma de piedad âla hipocresÃaâ cubre esos horrendos rasgos con un barniz engañoso. Con un âpero túâ, vuelve a interrumpirse el apóstol (v. 10 y 14; 4:5). Por un lado están esas personas inmorales que âsiempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdadâ (v. 7); y por otro, ese joven siervo de Dios, nutrido desde la niñez con âlas Sagradas Escriturasâ (v. 15) bajo la influencia de una madre y una abuela piadosas (1:5). ¡Dichosos los que, desde su niñez, han sido asiduos lectores de la Palabra de Dios! A ellos y a todos nosotros se dirige esta exhortación: âPersiste tú en lo que has aprendidoâ (v. 14).
El versÃculo 16 establece la plena inspiración de toda la Escritura y al mismo tiempo su autoridad âpara enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justiciaâ. La Palabra de Dios alimenta y forma al hombre de Dios. Timoteo lo era pese a su juventud. Este tÃtulo de âhombre de Diosâ (v. 17 y 1 Timoteo 6:11) es más noble aun que el de âsoldadoâ, âobreroâ o âsiervo del Señorâ (2:3, 15 y 24). Aquà Dios nos muestra cómo se llega a ser un âhombre de Diosâ. ¡Que él nos dé también el deseo de serlo!
Aunque muchos apartan el oÃdo de la verdad (v. 4), el obrero del Señor debe, no obstante, predicar, advertir, instar âa tiempo y fuera de tiempoâ, convencer, reprender, exhortar⦠en resumen, cumplir plenamente su ministerio (v. 2 y 5). Pablo habÃa dado el ejemplo. Su carrera se acababa. Los deportistas saben que una competición nunca está decidida antes de la lÃnea de llegada. Abandonar o dejarse adelantar en los últimos metros es perder toda la carrera⦠juntamente con el premio. Y los últimos pasos a menudo son los más difÃciles. El amado apóstol nos da una conmovedora idea de las condiciones finales de su combate y de su carrera: la cárcel, el frÃo y la desnudez (1 Corintios 4:11; 2 Corintios 11:27; aquà pide su capa: v. 13), la maldad y la oposición de los hombres (v. 14-15), su comparecencia ante César (Nerón) y la ausencia de todos sus amigos (v. 16). Ãstos se habÃan dispersado y hasta Demas lo habÃa abandonado. No se puede formar parte de los que aman âeste mundoâ (v. 10) y de los que aman la venida del Señor (v. 8). La epÃstola se termina mencionando el supremo recurso en un tiempo de ruina: la gracia. Era el saludo del apóstol (1:2); es también su despedida (v. 22). ¡Que esta gracia esté con cada uno de nosotros!
En la epÃstola a Tito volvemos a hallar los temas que nos ocuparon en la primera a Timoteo: el buen orden en la iglesia, la sana enseñanza opuesta a la de los falsos maestros y sus frutos en la conducta de los creyentes. Pablo encargó a Tito que escogiera y estableciera ancianos en cada iglesia (Hechos 14:23). Esto es muy diferente al principio de tantas iglesias en las que un solo hombre acumula esas funciones, quien además recibe un sueldo para cumplirlas. Dignidad, sobriedad, hospitalidad y dominio propio son las condiciones morales indispensables para un anciano u obispo.
El retrato de los cretenses, trazado por su propio profeta y confirmado por el apóstol, no es nada halagador. Los rasgos más o menos destacados del hombre natural no se borran con la conversión. Uno permanece más inclinado a la mentira, otro a la pereza o al orgullo. Cada hijo de Dios debe aprender a conocer sus propias tendencias y luego velar, con la ayuda del Señor, para no permitir que se manifiesten. La insubordinación de los hijos hacia sus padres (v. 6) les hace correr el riesgo de rebelarse más tarde contra toda la enseñanza divina (v. 10). Dios no reconoce las obras del que no se somete a la autoridad de su Palabra (v. 16 al final).
Al lado de los que son ancianos en la iglesia (1:5-9), cada creyente, joven o viejo, hermano o hermana, debe dar un buen testimonio (2:2-10). Lo que está ordenado a los siervos se aplica a todos los redimidos del Señor. Son escasos los que no tienen un jefe por encima de ellos y, de todos modos, cada uno deberÃa poder considerarse como Pablo: siervo de Dios. Seamos âadornosâ que hagan resaltar la enseñanza de nuestro Maestro (v. 10; 1 Reyes 10:4-5).
Los versÃculos 11 y 12 nos muestran la gracia de Dios manifestándose de dos maneras: 1) Trae a todos los hombres una salvación que ellos no podÃan alcanzar por sà mismos. 2) Enseña al hijo de Dios a vivir sobriamente en su vida personal; justamente en sus relaciones con los demás y piadosamente en sus relaciones con el Señor. Toda la vida cristiana cabe en esos tres adverbios. Y lo que la sostiene es la esperanza (v. 13). Ãsta es llamada bienaventurada porque llena el alma de una felicidad presente (v. 13; 1:2; 3:7).
âDios nuestro Salvador⦠nuestro gran Dios y Salvador Jesucristoâ (v. 10 y 13): este tÃtulo, contenido en el nombre de Jesús (que significa Dios Salvador), recuerda que le debemos todo. Acordémonos siempre que él âse dio a sà mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sà un pueblo propio, celoso de buenas obrasâ (v. 14).
Nuestra conducta respecto a las autoridades y para con todos los hombres debe ser necesariamente un contraste con lo que âtambién éramosâ antes de nuestra conversión. Y este recuerdo de nuestro triste estado de otrora es apropiado para que mostremos âtoda mansedumbre para con todos los hombresâ (v. 2; Filipenses 4:5). Lejos de sentirnos superiores a ellos, podemos invitarlos, por nuestro propio ejemplo, a aprovechar la misma gracia que nos regeneró.
Esta epÃstola menciona seis veces las buenas obras (1:16; 2:7 y 14; 3:1, 8 y 14). So pretexto de que no tienen valor para obtener la salvación (v. 5), corremos el riesgo de subestimar su importancia y dejarnos aventajar por otros cristianos menos instruidos en otros puntos doctrinales. Por el contrario, hemos de poner âsolicitud en practicar las buenas obrasâ (V.M.), con un doble fin: primeramente, con miras a ser útiles a los hombres (v. 8); luego, para no estar nosotros mismos âsin frutoâ (v. 14). El Señor se complace en producir este fruto en la vida de los suyos, y en apreciar su naturaleza. Solamente es buena una obra hecha para él. MarÃa, si hubiera vendido su perfume en provecho de los pobres, habrÃa hecho una buena obra a los ojos del mundo, pero al derramarlo sobre los pies del Señor, supo hacer una buena obra para con él (Mateo 26:10).
En los manuales escolares, en cada lección hay una parte teórica y otra práctica. La carta a Filemón nos hace pensar en ello. No contiene ninguna revelación particular, pero muestra cómo Pablo y sus compañeros ponÃan en práctica las exhortaciones contenidas en sus epÃstolas. âVestÃos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildadâ¦â, escribÃa Pablo a los colosenses (3:12; comp. Filemón 5 con Efesios 1:15).
Era precisamente en Colosas donde vivÃa Filemón, un hombre piadoso, amigo del apóstol y rico, ya que tenÃa esclavos. Uno de ellos, Onésimo, después de haber huido de la casa de su amo, habÃa encontrado a Pablo, prisionero en Roma, y se habÃa convertido. El apóstol lo devolvió a su amo y le encargó ese conmovedor mensaje. Esto era obrar en contra de lo que la ley ordenaba: âNo entregarás a su señor el siervo que se huyere a ti de su amo. Morará contigoâ¦â (Deuteronomio 23:15-16). La ley, en efecto, tenÃa en cuenta la dureza del corazón del hombre (véase Marcos 10:5). En cambio, la gracia en el apóstol tenÃa en cuenta que esa misma gracia obrarÃa en el corazón de Filemón. Pablo conocÃa bien el amor de éste por todos los santos (v. 5); tenÃa las pruebas de este amor: âPorque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santosâ (v. 7).
Onésimo significa âútilâ. Otrora esclavo inútil, desde entonces merecÃa su nombre (v. 11). Más aun, habÃa llegado a ser un amado y fiel hermano (v. 16; Colosenses 4:9). Ningún nombre es más precioso que el de âhermanoâ; y conviene tanto al amo como al esclavo cristiano. Por su parte, Pablo no se vale de ningún otro tÃtulo más que el de anciano y prisionero de Jesucristo (v. 9). Si hubiera pensado sólo en sà mismo, no se habrÃa privado de los servicios de Onésimo. Pero querÃa que a éste le fuese dada la oportunidad de dar testimonio en la casa donde se habÃa conducido mal en otros tiempos y a Filemón, de comprobar los frutos de esa conversión y de confirmar âel amor para con élâ (2 Corintios 2:8).
Esta historia de Onésimo, en cierto sentido, es la nuestra. Ãramos siervos rebeldes que seguÃamos el camino de nuestra propia voluntad, pero fuimos devueltos a nuestro Señor; no para ser colocados bajo servidumbre, sino como aquellos a quienes llama sus hermanos amados (comp. v. 16 y Juan 15:15). Aquà Pablo es la imagen del Señor que paga nuestra deuda e intercede por nosotros.
Ojalá esta epÃstola nos enseñe a introducir en nuestra vida diaria el cristianismo práctico: el olvido de sà mismo, la delicadeza, la humildad, la gracia⦠en una palabra, todas las múltiples manifestaciones del amor.
El autor de la epÃstola a los Hebreos probablemente es el apóstol Pablo. Pero él no se nombra para dejar todo el lugar al Señor Jesús, el gran âapóstol⦠de nuestra profesiónâ (3:1). Después de haber hablado por medio de tan diversos instrumentos (JeremÃas 7:25), Dios acabó por dirigirse directamente a Israel y a los hombres por medio de su propio Hijo (Marcos 12:6).
Ãl es âla Palabraâ, la plena y definitiva revelación de Dios. Y, para darnos una idea más elevada, nos enseña quién es este Hijo: el heredero de todo, el creador del mundo, el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia, el que sustenta todas las cosas (Juan 1:1 y 18). Pues bien, el que hizo el mundo, ¡también efectuó la purificación de nuestros pecados! Mas si para crear le bastó una palabra, para esa última obra tuvo que pagar el supremo precio: su propia vida.
Una sucesión de salmos llamados mesiánicos (2, 45, 102, 110â¦) establece la exaltación y la supremacÃa del Hijo de Dios. Los ángeles son criaturas, Jesús es el Creador; ellos son servidores y él es el Señor.
Los ángeles, de un modo invisible, ministran a nuestro favor; Jesús solo cumplió la purificación de los pecados: los mÃos y los suyos. Y lo que él es realza incomparablemente lo que él ha hecho.
âDios⦠nos ha hablado por el Hijo⦠Por tanto,â âprosigue el capÃtulo 2â âes necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oÃdoâ. Ya sobre el santo monte, una voz del cielo habÃa mandado solemnemente a los tres discÃpulos que ya no escucharan a Moisés o a ElÃas, sino al Hijo amado. âY alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús soloâ (Mateo 17:5-8).
Nosotros también, por la fe, âvemos⦠a Jesúsâ (v. 9). El capÃtulo 1 nos lo presenta bajo sus tÃtulos divinos de Creador y Primogénito. Aquà aparece como el Hombre glorificado y vencedor de la muerte. En el capÃtulo 1 todos los ángeles le rinden culto; en el capÃtulo 2 Jesús ha sido hecho un poco menor que ellos a causa de esa muerte cuyo sabor infinitamente amargo tuvo que conocer (v. 9). Pero el Salmo 8, citado aquÃ, nos revela en su conjunto el propósito de Dios respecto de âJesucristo hombreâ. Una corona de gloria y de honra ciñe su frente; el dominio universal le pertenece por derecho y pronto todo se doblegará bajo su ley. Pero el lugar ocupado por âel autor de nuestra salvaciónâ proclama ya la excelencia de esa salvación. ¿Cómo escaparemos nosotros si la âdescuidamosâ? (10:29). Fijémonos bien que basta ser descuidado y postergar para más tarde⦠SÃ, apresurémonos a asir âuna salvación tan grandeâ.
A Dios le convenÃa perfeccionar âpor afliccionesâ al autor de nuestra salvación (v. 10). âQuiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimientoâ, dice también IsaÃas (53:10). ¿Y con qué objetivo? Para llevar a âmuchos hijos a la gloriaâ. âCuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linajeâ, agrega el profeta. Esos hijos que Dios ha dado a Cristo para que sean sus compañeros en la gloria son sus amados redimidos. âNo se avergüenza de llamarlos hermanosâ (v. 11). Pero, para poder tomar su causa, debÃa ser hecho semejante a ellos y llegar a ser verdaderamente hombre (v. 14). Este capÃtulo nos da varios motivos infinitamente preciosos de ese gran misterio:
âJesús vino con nuestra naturaleza para glorificar a Dios como hombre y permitirle realizar sus propósitos respecto al hombre.
âTomó un cuerpo para poder morir y asà obtener la victoria sobre el que tenÃa el imperio de la muerte, y eso en su propia fortaleza.
âFinalmente, Jesús se vistió de nuestra humanidad para entrar perfectamente en nuestras aflicciones y comprenderlas con un corazón humano. Su propia experiencia del sufrimiento le permite simpatizar plenamente con nuestras pruebas como un sacerdote fiel y misericordioso. ¡Qué consuelo para todos los afligidos!
La epÃstola a los Hebreos ha sido llamada âla epÃstola de los cielos abiertosâ. ¿Y a quién contemplamos en los cielos? A Jesús, a la vez apóstol, es decir, portavoz de Dios ante los hombres y sumo sacerdote, el portavoz de los hombres ante Dios.
Al escribir a los cristianos hebreos, el autor muestra, apoyándose en la historia del pueblo, cómo Jesús reúne y supera en su persona las glorias que veneraban los judÃos: la de Moisés (cap. 3), la de Josué (cap. 4), la de Aarón (cap. 5)⦠Pero no podemos aprender a conocer al Señor sin descubrir al mismo tiempo la perversidad del corazón natural. Dios lo llama un âcorazón malo de incredulidadâ y nos recuerda que en él está el origen de nuestras miserias. âSiempre andan vagando en su corazónâ, declara el versÃculo 10 (comp. con Marcos 7:21).
Por esa razón, quienquiera que oiga la voz del Señor (¿y quién se atreverÃa a decir que nunca la ha oÃdo?) está solemne y triplemente invitado a no endurecer su corazón: âSi oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazonesâ (v. 7, 15; 4:7). Generalmente limitamos esta exhortación al Evangelio de la cruz. Pero nosotros, que somos creyentes, ¿no tenemos cada dÃa la oportunidad de oÃr la voz del Señor en su Palabra? ¡Que seamos guardados de toda forma de endurecimiento, cualesquiera sean las exigencias de su Palabra para con nosotros hoy!
El reposo de Dios en el séptimo dÃa, después de la obra de la creación, pronto fue turbado por el pecado del hombre. Y desde entonces, âhasta ahoraâ (Juan 5:17), no ha cesado el trabajo que el Padre y el Hijo realizan conjuntamente para la redención. Mas aquà aprendemos esto:
1° Dios siempre tiene en vista Su reposo.
2° Ãste está por venir y no se confunde con el establecimiento del pueblo en Canaán bajo la conducción de Josué. Israel gozará del reposo terrenal en el milenio, y la Iglesia en la gloria celestial.
3° Si bien Dios quiere compartir su reposo con su criatura, no todos entrarán en él.
Como otrora en el desierto, la âincredulidadâ (3:19) y la âdesobedienciaâ (4:6) cierran el acceso a la promesa. Juan 3:36 nos muestra, además, que el que desobedece está en la misma situación que el que no cree, porque hacer la obra de Dios es creer âen el que él ha enviadoâ (Juan 6:29). Por desdicha, esto ocurrió con Israel como con las multitudes de hoy: âNo les aprovechó el oÃr la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeronâ (v. 2; leer Romanos 10:17).
De modo que la obediencia al Señor es la que nos permite entrar ahora en el trabajo de su gracia y nos prepara para compartir mañana el reposo de su amor (véase SofonÃas 3:17).
Hasta nuestra futura entrada en el divino reposo, para nosotros, hijos de Dios, perdurará el tiempo del cansancio inherente al andar, al servicio y al combate.
Pero no somos dejados sin recursos. De los tres que menciona este capÃtulo, el primero es la Palabra de Dios. Hoy oÃmos Su voz⦠Esta Palabra vigila sobre nuestro estado interior. Es viva: nos trae la vida; es eficaz: hace su trabajo en nosotros (Efesios 6:7 nos la presenta, al contrario, como un arma ofensiva). Es penetrante: dejemos que ella nos revele nuestro interior y examine nuestra vida.
Pero, al lado del pecado que la Palabra evidencia y condena, en nosotros hay flaqueza y debilidades. Para contrarrestarlas, Dios proveyó otros dos recursos. Nos ha dado un gran sumo sacerdote, lleno de comprensión y simpatÃa. Como hombre aquà abajo, Cristo conoció todas las formas del sufrimiento humano para poder desplegar, en el momento âoportunoâ, todas las formas de su amor en favor de sus débiles redimidos.
En segundo lugar, nos abrió el acceso al trono de la gracia. Estamos invitados a acercarnos a ese trono por medio de la oración con la libertad y confianza que debe inspirarnos el saber que allà encontramos a nuestro amado Salvador. ¿Buscamos el socorro allÃ, y solamente allÃ? (Salmo 60:11).
¡Qué contraste entre el santo Hijo de Dios y el sacerdote tomado de entre los hombres, obligado a ser indulgente a causa de su propia debilidad! El versÃculo 8 resalta otro contraste. En lo que nos concierne, necesitamos aprender la obediencia porque por naturaleza somos desobedientes. El Hijo de Dios tuvo que aprenderla por una razón muy distinta. Por ser soberano Creador no está sujeto a nadie. Obedecer era algo completamente nuevo para Ãl. Pero de este modo dio el ejemplo y, de ahà en adelante, se impuso como modelo a los que le obedecen (v. 9).
En una colectividad, ¿cuál es el jefe que tiene más autoridad? El que empezó por ejecutar personalmente, en las más difÃciles condiciones, las tareas que luego encomienda a sus subordinados. Aprendamos la obediencia en la escuela del Señor Jesús. Pero, ¿qué clase de alumnos somos nosotros? ¿No merecemos a menudo el reproche del versÃculo 11: âtardos para oÃrâ? Aquà la Palabra de Dios no es, como en el capÃtulo 4, la espada que desentraña las intenciones del corazón, sino el alimento sólido que fortalece al hijo de Dios y lo vuelve capaz de discernir por sà mismo el bien y el mal. Tal es el gran progreso del creyente: llegar a ser más y más sensible a lo que agrada y a lo que no le agrada al Señorâ¦
SÃ, avancemos espiritualmente hacia el estado de madurez. No nos contentemos, como aquellos cristianos salidos del judaÃsmo, con conocer algunas verdades elementales. Jesús quiere ser para nosotros más que un Salvador de obras muertas. Ãl quiere ser nuestro Señor, Modelo, supremo Amigoâ¦
Los versÃculos 4, 5 y 6 a menudo han sido empleados por el diablo para turbar a los hijos de Dios. En realidad, no se trata de ellos, sino de los que llevan el nombre de cristianos sin serlo. En el estado moral asà descrito, vanamente se buscarÃa la vida divina comunicada al alma de un verdadero creyente. ¡Pero es posible, por desdicha, vivir en medio de los privilegios del cristianismo sin haber sido realmente convertido! Asà era para ciertos judÃos, y asà sea tal vez hoy para algunos hijos de padres creyentes. Los verdaderos cristianos no pueden perder su salvación, pero lo que sà puede ocurrir es que se alejen del Señor.
Al lado del âtrabajo de amorâ que Dios no olvida, la fe y la esperanza no deben ser descuidadas (v. 10- 12). Se nutren de las promesas divinas. El creyente conoce su puerto de amarre aún invisible; allà echó su ancla. Por más agitado que esté el mar de este mundo, la fe es el ancla que une firmemente al redimido con el lugar celestial e inmutable donde se halla el objeto de su esperanza: Jesús.
El autor de la epÃstola tenÃa âmucho que decirâ acerca de Melquisedec (5:10-11); ese personaje misterioso que se cruza en la historia de Abraham (Génesis 14) obrando como mediador, bendiciendo a Abraham de parte del Dios AltÃsimo y luego bendiciendo a ese Dios AltÃsimo de parte de Abraham. En cambio, todo lo que concierne su persona y sus orÃgenes no nos ha sido revelado, y comprendemos el porqué. Lo que interesa al EspÃritu de Dios aquà no es el hombre, sino el oficio. Rey y sacerdote, Melquisedec es una figura del Señor Jesús cuando reine en justicia y sea sacerdote sobre su trono. El sacerdocio según el orden de Melquisedec, desde todos los puntos de vista es superior al de Aarón:
1) Su titular es más excelente que Abraham, ya que ese patriarca dio el diezmo a Melquisedec y fue bendecido por él.
2) Siendo anterior a la historia de Israel, este sacerdocio no sólo se ejerce en beneficio de ese pueblo sino de todo creyente.
3) Finalmente, es intransmisible, ya que el que está a cargo de ese oficio permanece siempre vivo (véase Romanos 8:34).
En la cristiandad muchas personas creen que es necesario recurrir a intermediarios, sacerdotes o âsantosâ. Esta epÃstola les enseña que Dios nos ha dado un único sumo sacerdote, perfecto y suficiente para siempre (10:21-22).
Hasta que no hubiera sido hecho âmás sublime que los cielosâ, Jesús no podÃa ser nuestro sumo Sacerdote. Para poder representarnos ante Dios era necesario que primeramente se ofreciera a sà mismo por nosotros. Ante todo, necesitábamos un Redentor. Pero ahora, el Salvador de nuestras almas también es el que nos salva por completo, es decir, quien se encarga de nosotros hasta nuestra entrada en la gloria. Y, como vive para siempre, tenemos la seguridad de que en ningún momento nos faltará. A la verdad, tal sumo sacerdote nos convenÃa. Su perfección moral, expresada de muchas maneras, y su posición gloriosa ante Dios nos llevan a exclamar: âMira, oh Dios⦠Y pon los ojos en el rostro de tu ungidoâ (Salmo 84:9).
Pronto no necesitaremos más su intercesión. Ãsta terminará cuando todos los redimidos hayan acabado su peregrinaje. ¿Por qué, entonces, se repite: âTú eres sacerdote para siempreâ? (5:6; 6:20; 7:17 y 21). Porque el sacerdote también es el que conduce la alabanza, ese servicio eterno que nuestro amado Salvador no será más el único en cumplir. Lo realizará juntamente con los que haya salvado enteramente, quienes serán para siempre sus compañeros en la gloria (2:12).
Por culpa de Israel, otrora se rompió el antiguo pacto del SinaÃ. Un nuevo pacto (anunciado en JeremÃas 31:31â¦) será concertado con ese pueblo. Como ha sido hecha la prueba de que el hombre es incapaz de cumplir sus compromisos para con Dios, ese nuevo pacto no le impondrá ningún requisito que satisfacer (Romanos 11:27). Su única base será la sangre de Cristo, llamada la âsangre del nuevo pactoâ (Mateo 26:28). Cuatro puntos lo caracterizan:
1° Los mandamientos del Señor estarán escritos en sus corazones, es decir, harán un llamamiento al amor.
2° Israel volverá a gozar de su relación de pueblo del Señor (v. 10; ZacarÃas 8:8).
3° El conocimiento del Señor será común a todos (v. 11; IsaÃas 54:13).
4° Dios no se acordará más de âsus pecados y de sus iniquidadesâ (v. 12).
Los cristianos, en lo que les concierne, no están bajo un pacto (¿hace falta un pacto entre un padre y un hijo?). Pero ellos gozan ya, y más allá, de todas esas bendiciones prometidas a Israel. La divina Palabra está implantada en ellos (comp. con 2 Corintios 3:3). Ahora son hijos de Dios. Conocen al Señor por medio del EspÃritu Santo que habita en ellos. Tienen la seguridad de que sus pecados han sido borrados para siempre.
¿El lector también posee esos privilegios?
Los capÃtulos 35 a 40 de Ãxodo relatan cómo fue construido el tabernáculo. LevÃtico da instrucciones concernientes a los sacrificios (1:7) y a los sacerdotes (8:10). Pero todas esas ordenanzas de un culto terrenal habÃan demostrado su trágica impotencia. El tabernáculo estaba dividido en dos mediante un velo infranqueable. El sacerdote, como pecador, estaba obligado a âofrecer por los pecadosâ de sà mismo (v. 7; 5:3). Finalmente, los sacrificios de machos cabrÃos y de becerros no podÃan âhacer perfecto, en cuanto a la concienciaâ.
Entonces Dios nos habla de un santuario celestial âmás amplio y más perfecto⦠no de esta creaciónâ (v. 11; 8:2). ¿Pero de qué servirÃa si no hubiera un sacerdote capaz de asumir el oficio? ¿Y de qué nos servirÃa un sacerdote perfecto (5:8), si el sacrificio no fuese excelente? (9 y 10). Para nuestra entera seguridad, Jesús es a la vez lo uno y lo otro. Como sacrificio, nos da la paz de la conciencia. Como sacerdote, nos asegura la paz del corazón y nos mantiene en comunión con Dios. Bajo el antiguo pacto, todo era precario y condicional. Ahora todo es eterno, tanto la redención (v. 12 final; 5:9) como la herencia (v. 15 final). Nada podrá arrebatárnoslas ni cuestionarlas.
âSin derramamiento de sangre no se hace remisiónâ (v. 22; leer también LevÃtico 17:11). Lo que cada sacrificio del antiguo pacto proclamaba, lo que Abel ya habÃa comprendido por la fe (11:4), está confirmado aquà de la manera más categórica. Porque âla paga del pecado es muerteâ, y la sangre derramada sobre la tierra es la prueba de que esa paga fue efectuada (Deuteronomio 12:23-24). La sangre de Cristo fue derramada por muchos âpara remisión de los pecadosâ (Mateo 26:28). ¿Quiénes son esos muchos? ¡Todos los que creen! La preciosa sangre de Jesús, continuamente bajo la mirada de Dios, los pone al abrigo de Su ira, porque âestá establecido para los hombres que mueran una sola vezâ¦â. No les será otorgada una segunda existencia.
Sin embargo, no todo se acaba con la extinción de la vida corporal, y la muerte es poca cosa al lado de lo que sigue. ¿Qué hay después de la muerte? Una palabra temible basta para revelarlo: ââ¦y después de esto el juicioâ (2 Timoteo 4:1; Apocalipsis 20:12). El hombre sin Dios tiene esas dos realidades terribles ante sÃ: la muerte y el juicio. Pero el redimido posee dos bienaventuradas certezas: el perdón de todos sus pecados y el retorno del Señor para su liberación final (v. 28). Que cada uno de nuestros lectores pueda formar parte de âlos que le esperanâ.
La necesidad de ofrecer una y otra vez los sacrificios del antiguo pacto mostraba que eran ineficaces. A decir verdad, constituÃan únicamente un recordatorio del pecado (v. 3). La justicia de Dios no estaba satisfecha con ellos, y menos aun podÃan agradarle. Entonces se presentó alguien que se encargó de nuestra causa. Sólo Jesús era el objeto de la complacencia del Padre, sólo él podÃa ser la ofrenda agradable, la santa vÃctima ofrecida una vez para siempre. En tanto que los sacerdotes se mantenÃan en pie porque nunca habÃan terminado su servicio, Cristo âse ha sentado a la diestra de Diosâ porque su obra está acabada. Y el que se sentó para siempre nos hizo perfectos para siempre. SÃ, perfectos, es asà cómo Dios nos ve, porque hemos sido lavados de nuestros pecados. Y no se trata del futuro; es un hecho cumplido y definitivo.
Mas no olvidemos que a la obra hecha para nosotros se le une la obra hecha actualmente en nosotros. El Señor quiere poner su amor y sus mandamientos en cada uno de nuestros corazones (v. 16; 8:10). Al entrar en el mundo Jesucristo dijo al Padre: âEl hacer tu voluntad, Dios mÃo, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazónâ. Ahora, Ãl desea que los suyos se le parezcan (v. 7, 9; Salmo 40:6-8).
La obra de la gracia se acabó. Aquel que la cumplió ha sido hecho más sublime que los cielos (7:26). Y nosotros somos invitados a acceder allà siguiendo sus pisadas, por el camino nuevo y vivo que desde entonces ha quedado abierto al adorador. La sangre de Jesús, el velo rasgado y la intervención de un gran sumo sacerdote a favor de nosotros dan a nuestra fe una completa seguridad. Acerquémonos, hermanos, con plena libertad. Que nada nos detenga para entrar en el Lugar SantÃsimo⦠ni para congregarnos con los hijos de Dios (v. 25). No nos hemos convertido para vivir solos, como egoÃstas. Alentémonos unos a otros a amar y a abnegarse.
Los versÃculos 26 a 31 son particularmente solemnes. Para los judÃos que profesaban el cristianismo, pecaban voluntariamente al volver a la ley; de esa manera, pisoteaban al Hijo de Dios, envilecÃan su preciosa sangre y se burlaban de su gracia. Pecar voluntariamente también puede aplicarse a hijos de padres creyentes que rechacen la enseñanza recibida en la juventud y deliberadamente escojan el camino del mundo.
Amigos jóvenes que poseen privilegios tan grandes: el camino al cielo no siempre estará abierto para ustedes. ¡Acérquense ahora! (Juan 6:37).
Los cristianos hebreos habÃan aceptado, y aceptado con gozo, el despojo de sus bienes terrenales (comp. Mateo 5:12). ¿Cuál era su secreto? La fe que se apropiaba de bienes mejores y fuera del alcance de los perseguidores. Pero la fe es necesaria no sólo para la conversión y en los dÃas malos, sino que ella es el principio vital del justo. Hace presente el porvenir y visible lo invisible. El que carece de ella no puede perseverar; retrocede y Dios no se agrada de él (v. 38; 4:2; 1 Corintios 10:5). Sin fe ârepite el versÃculo 6 del capÃtulo 11â es imposible agradarle. Ahora Dios nos presenta a algunos de aquellos en quienes tiene su complacencia (Salmo 16:3).
En el capÃtulo 11, los distintos aspectos de la vida de la fe son ilustrados por testigos del Antiguo Testamento. En Abel vemos esa fe apropiarse de la redención mediante la ofrenda de un sacrificio agradable a Dios. En Enoc ella camina hacia su meta celestial. En Noé condena al mundo y predica la justicia divina.
Asà la fe caracteriza toda la vida cristiana. Y cuando se llega a los últimos pasos de ese andar por la fe, no es el momento de perder nuestra confianza, pues, aún un poquito y el que âha de venir vendrá, y no tardaráâ (10:37). Esta designación es suficiente. Jesús es âEl que ha de venirâ; nosotros somos âlos que le esperanâ (9:28).
Una vez más Abraham y los suyos son elegidos por Dios para enseñarnos lo que es la fe. âAbraham, siendo llamado, obedecióâ¦â. Obedecer a alguien sin conocer sus intenciones muestra que se tiene plena confianza en él. Cuando Dios lo ordena, la fe sabe âsalirâ (v. 8), pero también sabe morar (v. 9).
Es verdad que una vez el patriarca decidió morar âen Haránâ (Hechos 7:4) cuando debió haber ido a Canaán, y otra vez resolvió salir para Egipto cuando habrÃa tenido que morar en el paÃs (Génesis 12:10). Pero Dios se complace en disimular esos pasos dados en falso; asimismo hace caso omiso de la risa de Sara, del triste fin de la historia de Isaac y del desagradable principio de la de Jacob. De la vida de los suyos solamente recuerda lo que le glorifica y sólo la fe puede glorificarle.
En principio, no es posible poseer simultáneamente dos patrias. Por eso la promesa de una ciudad celestial habÃa hecho de Abraham y los suyos unos extranjeros. No temieron confesarlo (v. 13; Génesis 23:4); pero también lo mostraron claramente al habitar en tiendas (2 Corintios 4:18; 5:1). No se avergonzaron de su Dios, y por eso él tampoco se avergüenza de ellos. Ãl reivindica ese nombre de âDios de Abraham, de Isaac y de Jacobâ.
Lector, ¿tiene usted el derecho de llamarle âDios mÃoâ?
El sacrificio de Isaac es una prueba de que Abraham creÃa en la resurrección (véase Romanos 4:17) y que amaba a Dios más que a su único hijo. La larga historia de Jacob se vislumbra por su bordón, algunas veces instrumento de pastor de ovejas y otras de peregrino o de cojo y, finalmente sostén del adorador (v. 21). De Isaac se podrÃa pensar que su discernimiento fue muy tardÃo y de José que hubiera habido otra cosa que recordar más que esa simple recomendación acerca de sus huesos.
Pero cada uno de esos patriarcas proclama a su manera su segura esperanza de las cosas venideras. Moisés rehúsa⦠escoge⦠estima⦠porque tiene puesta la mirada en la remuneración (ver 10:35). Deja⦠no teme⦠se mantiene firme porque ve al Invisible.
La fe es el único instrumento de medida que permite apreciar el verdadero valor y la relativa duración de todas las cosas. Pero al mismo tiempo, ella es la energÃa interior que da la capacidad de triunfar, tanto sobre los obstáculos âla ira del rey, el mar Rojo, Jericóâ como sobre las codicias: los deleites del pecado o las riquezas de Egipto.
SÃ, la fe es enérgica y audaz. Y si el ejemplo de Moisés nos parece demasiado elevado, seamos alentados por el de Rahab. Cualesquiera sean nuestras circunstancias, Dios aguarda un fruto visible de nuestra fe.
A partir del versÃculo 32 estamos en el paÃs de Canaán. En él hallamos a los jueces, los reyes, los profetas y la âgrande nube de testigosâ que nos rodea, que nos ha precedido y nos aguarda para entrar en posesión de lo prometido (v. 39- 40). A través de los más sombrÃos tiempos, la antorcha de la fe ha pasado de mano en mano y nunca se ha apagado. Sólo Dios conoce la lista de esos mártires olvidados y la tiene al dÃa. «Cada uno tiene que integrar su propia página en el volumen de la fidelidad» escribió un creyente.
El ejército de la fe cuenta con exploradores (cap. 11) y con un Jefe prestigioso (cap. 12); nosotros somos la retaguardia. Nos llegó el turno de ingresar en esa «carrera de relevos». ¿Qué hace falta para correr bien? No tener carga ni estorbo. Empecemos por despojarnos de todo peso y bagaje inútil. Rechacemos el pecado, esa red que nos hace tropezar tan fácilmente. Pero además es necesario que un objeto nos atraiga hacia adelante como un irresistible imán. Pongamos nuestras miradas en Jesús, GuÃa y Modelo de la vida de la fe, su Autor y Consumador. Ãl también tenÃa un objeto delante de sÃ, más poderoso que la cruz, el oprobio y todo su sufrimiento: la âplenitud de gozoâ que debÃa ser el broche final de la vida del hombre de fe según el Salmo 16:11.
En su familia, un niño está sujeto a la educación paterna. Ãsta le hará derramar algunas lágrimas, pero cuando haya crecido, será para él un motivo de agradecimiento hacia sus padres. Si somos hijos e hijas de Dios, es imposible que no tengamos que habérnosla con su disciplina (v. 8), porque el Dios santo quiere formar sus hijos a su imagen (v. 10).
Sin embargo, esa disciplina podrÃa llevarnos a dos reacciones opuestas: primero, a menospreciarla y a no hacerle caso. Pero hemos de ser âejercitadosâ en ella, es decir, aprender a juzgarnos delante del Señor al indagar por qué motivo nos manda esa prueba (véase Job 5:17). El peligro contrario es que nos desalentemos (v. 5; Efesios 3:13). Entonces, acordémonos del nombre dado al creyente disciplinado: âal que (el Señor) amaâ (v. 6). Sigamos âla paz con todosâ, pero sin que sea a costa de la santidad (v. 14). No olvidemos que nosotros mismos somos objetos de la gracia y echemos de nuestro corazón las raÃces de amargura (literalmente: gérmenes de veneno). Ocultas al principio, tarde o temprano se manifiestan si no son juzgadas enseguida (Deuteronomio 29:18).
Esaú, quien no pudo ser mencionado en el capÃtulo precedente con los miembros de su familia, lo es aquà para su eterna vergüenza. ¡Que ninguno de nosotros se le parezca!
Aquà todavÃa se establece un contraste entre lo que la ley ofrecÃa y lo que el creyente posee ahora en Cristo. Dios sustituirá el terrible Sinaà por la gracia en âSionâ en el próximo reinado del MesÃas (Salmo 2:6).
Pero el hijo de Dios ya se dirige hacia un orden de bendiciones más elevado. Está invitado a subir las pendientes de ese monte de la gracia, a penetrar por la fe en âla ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestialâ, y a saludar a sus habitantes. Encuentra a los millares de ángeles, luego a âla congregación de los primogénitosâ, es decir, a la Iglesia. En la cumbre está Dios mismo, âel Juez de todosâ, quien lo recibe como redimido en su Hijo. Al bajar hacia el pie del monte, hacia la base de todas esas glorias, halla âa los espÃritus de los justos hechos perfectosâ (cap. 11) y a Jesús, mediador de un nuevo pacto sellado por su propia sangre.
«Allà está mi morada», dice un cántico. Todas las cosas pasajeras son llamadas a desaparecer pronto; en cambio yo recibo un reino inconmovible; mi nombre está escrito âen los cielosâ (Lucas 10:20). La misma gracia que me da acceso a ellos me permite ya servir a ese Dios santo, no de una manera que a mà me sea agradable, sino que le sea agradable a él. La reverencia y el temor de desagradarle me guardarán en el camino de su voluntad.
El amor fraternal puede ejercerse bajo muchas formas: la hospitalidad que se vuelve provechosa para el que la practica (v. 2), la simpatÃa que se identifica con los que sufren (v. 3; 10:34) y la beneficencia de la que Dios mismo se agrada (v. 16).
La avaricia, por desdicha, también tiene varias caras. Se puede amar al dinero que uno posee, pero también al que se desea tener. Sepamos contentarnos con lo que tenemos actualmente. Y para las necesidades o los peligros de mañana, apoyémonos âconfiadamenteâ en la fidelidad del Señor (v. 6; Mateo 6:31-34). El que es nuestro ayudador no podrÃa cambiar. âTú eres el mismoâ, proclamaba el versÃculo 12 del capÃtulo 1. El versÃculo 8 de nuestro capÃtulo completa esa afirmación con otra de un insondable alcance: âJesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglosâ. Si él nos basta, las âdoctrinas diversas y extrañasâ no hallarán asidero en nosotros (v. 9). Asà estaremos listos para salir del campamento religioso formalista (véase Ãxodo 33:7) a fin de ir sólo hacia Jesús, al lugar en el que su presencia está prometida. Ãl ofreció el supremo sacrificio. Nuestro privilegio es ofrecer a Dios, en cambio, no sólo el culto del domingo, sino un incesante sacrificio de alabanza, ese fruto de nuestros labios que madura primero en nuestro corazón (Salmo 45:1).
En tiempos pasados tuvimos fieles conductores o âpastoresâ . Veneremos su memoria, imitemos su fe⦠y leamos sus escritos (v. 7). Pero Dios nos los da hoy también (v. 17, 24). ¿Cuál es nuestro deber hacia ellos? Obedecerles, orar por ellos (v. 18), actuar de modo que puedan cumplir su servicio con gozo âya que velan por nuestras almasâ e igualmente soportar âla palabra de exhortaciónâ cuando nos es dirigida por su medio (v. 22). No obstante, que la personalidad de ningún obrero del Señor nos haga perder de vista al âgran Pastor de las ovejasâ. Sólo él dio su vida por ellas y ahora las lleva con él fuera del campamento de la religión humana (Ãxodo 33:7).
De ahà en adelante, todos los creyentes constituyen un único rebaño, a la cabeza del cual se halla un único âPastorâ (Juan 10:4, 16). A lo largo de esta epÃstola, los elementos del judaÃsmo han sido quitados uno tras otro y reemplazados por las gloriosas verdades cristianas. Todas se hallan resumidas en Jesucristo. Finalmente, ésta es la obra que Dios cumple en nosotros (v. 21): nos libera de toda atadura, nos despoja de las formas para apegarnos a su Hijo resucitado y glorificado. Mientras aguardamos su próxima aparición, que esta epÃstola nos haya enseñado a poner los ojos en él, ya ahora por la fe (véase 12:2).
Santiago se dirige a sus hermanos cristianos que han salido del judaÃsmo, cuyas ataduras todavÃa no han abandonado totalmente. Los invita a considerar la prueba con sumo gozo: dos estados que a primera vista parecen no concordar. Sin embargo, entre los cristianos hebreos algunos lo habÃan experimentado (Hebreos 10:34). Esta experiencia concuerda con la declaración de Pablo: âNos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce (cultiva) pacienciaâ (Romanos 5:3; compárese Colosenses 1:11).
Otra aparente contradicción: en tanto que la paciencia implica aguardar lo que todavÃa no se posee, Santiago agrega: âSin que os falte cosa algunaâ. Lo que verdaderamente puede hacernos falta no son los bienes terrenales, sino la sabidurÃa. Entonces pidámosla al Señor, siguiendo el ejemplo del joven Salomón (véase 1 Reyes 3:9).
Aunque sea pobre, a un creyente no le falta nada, ya que tiene a Jesús. El que sea rico también puede gozar, con humildad, de la comunión con el que âse despojó a sà mismoâ y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. ¿EnvidiarÃamos a los que pasan âcomo la flor de la hierbaâ? Tengamos a la vista âla corona de vidaâ. Ella recompensará a los que hayan soportado la prueba con paciencia; dicho de otro modo, a los que aman al Señor (v. 12).
En los versÃculos 2 y 12 las palabras âpruebaâ y âtentaciónâ significan la prueba que viene de afuera. Dios nos la da para nuestro bien y finalmente para nuestro gozo. En el versÃculo 13, ser tentado tiene un sentido diferente: supone el mal. Esta tentación viene de dentro, de nuestro interior y es debida a nuestras propias concupiscencias. ¿Cómo podrÃa ser Dios la causa de esto? Nada tenebroso puede descender del âPadre de las lucesâ; âDios es luzâ, nos dice el apóstol Juan en su primera epÃstola (1:5). El que nos ha enviado a su propio Hijo nos da con él âtodo don perfectoâ (véase Romanos 8:32). La fuente del mal está en nosotros: los malos pensamientos, cuyas consecuencias son malas palabras y malos hechos. Pero no basta ser consciente de ello. Corremos el riesgo de parecernos a alguien que comprueba que está sucio al mirarse en un espejo, pero no se lava. La Palabra de Dios es este espejo. Ella muestra al hombre lo que es; le enseña a hacer el bien (4:17), pero no lo puede hacer en su lugar.
¿En qué consiste âla religión pura y sin máculaâ reconocida por Dios el Padre? No en vanas ceremonias religiosas. Aquel servicio emana de la doble posición en la que el Señor dejó a los suyos: en el mundo, para manifestar la abnegación y el amor; pero no del mundo, para guardarse sin mancha de éste (v. 27; Juan 17:11, 14, 16).
Estamos más influenciados de lo que pensamos por la falsa escala de valores que el mundo emplea, tal como la fortuna, el rango social⦠Aun el profeta Samuel necesitaba aprenderlo: âEl hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazónâ (1 Samuel 16:7).
¿Sabe hasta dónde la âacepción de personasâ llevó al mundo? Hasta menospreciar y desechar al Hijo de Dios porque habÃa venido como un hombre pobre a la tierra (2 Corintios 8:9). Aún hoy, el hermoso nombre de Cristo, asociado a los cristianos, es objeto de burlas y blasfemias. Sin embargo, los que lo llevan, esos pobres a quienes el mundo desprecia, son designados por el Señor como los âherederos del reinoâ (v. 5; Mateo 5:3). A ellos se impone, pues, la ley real, es decir, la del rey (v. 8). Y faltar al mandamiento de amor es faltar a la ley entera, lo mismo que basta la ruptura de un único eslabón para romper una cadena. De modo que todos éramos culpables, convencidos de pecado. Pero Dios halló una gloria más grande en la misericordia que en el juicio. Esa misericordia nos coloca de ahà en adelante bajo una âleyâ muy distinta: la de la libertad, libertad de una nueva naturaleza que encuentra su placer en la obediencia a Dios (1 Pedro 2:16).
Algunas personas han creÃdo ver una contradicción entre las enseñanzas de Santiago y las de Pablo (como las del capÃtulo 4 a los Romanos). En realidad, cada uno de ellos presenta un lado distinto de la verdad. Pablo demuestra que la fe basta para justificar a alguien ante Dios. Santiago explica que, para ser justificado ante los ojos de los hombres, las obras son necesarias (v. 24; 1 Juan 3:10). No es la raÃz de un árbol lo que permite juzgar la calidad del mismo, sino su fruto (Mateo 7:16-20).
La fe interior sólo puede mostrarse a los hombres por las obras. No puedo ver la electricidad, pero el funcionamiento de una lámpara o de un motor me permite afirmar la presencia de la corriente en el cable conductor. La fe es un principio activo (v. 22), una energÃa interna que hace mover el engranaje del corazón. Pablo y Santiago ilustran su enseñanza con el mismo ejemplo: el de Abraham, al cual se agrega aquà el de Rahab. Según la moral humana, el primero es un padre criminal, la segunda una persona de mala reputación, traidora de su pueblo. Sus hechos manifiestan tanto más la consecuencia de su fe: ésta les llevó a hacer los más grandes sacrificios para Dios.
Amigo, tal vez usted haya dicho algún dÃa que tiene fe, pero ¿lo ha demostrado también?
Asà como la fe se manifiesta necesariamente por medio de obras, la impureza del corazón también se exterioriza tarde o temprano mediante palabras. Toda máquina de vapor posee una válvula por medio de la cual la excesiva presión se escapa irresistiblemente. Si en nosotros dejamos subir esa «presión» sin juzgarla, inevitablemente nos traicionará con palabras que no podremos contener. El Señor nos hace comprobar asà la impureza de nuestros labios (IsaÃas 6:5) y nos muestra cuál es su fuente interior: âla abundancia del corazónâ (Mateo 12:34; 15:19; Proverbios 10:20).
Pero Dios nos invita a juzgarnos y a separar âlo precioso de lo vilâ (JeremÃas 15:19), a fin de ser como su boca.
Hay sabidurÃa y sabidurÃa. La que es âde lo altoâ, como todo don perfecto, desciende âdel Padre de las lucesâ (1:17). Sus motivos nos la darán a conocer: siempre es âpuraâ, sin voluntad propia y activa para hacer el bien. TendrÃamos que volver a leer estos versÃculos cada vez que estemos a punto de hacer un mal uso de nuestra lengua: contender, mentir (v. 14), murmurar, jactarse (4:11, 16), quejarse, jurar o proferir palabras ligeras (5:9,12; Efesios 4:29; 5:4)⦠¡es decir, por desdicha, muchas veces al dÃa!
Cualquier disputa entre hijos de Dios revela, sin lugar a dudas, que la voluntad de cada uno no ha sido quebrantada. Además el Señor nos enseña que esto es un obstáculo para que nuestras oraciones sean oÃdas (Marcos 11:25). Pueden ser dos las razones por las que no recibimos una contestación. La primera es que no pedimos, pues, âtodo aquel que pide, recibeâ (Mateo 7:8). La segunda es que pedimos mal. Aquà no se refiere a la forma torpe de nuestros ruegos (de todos modos, âqué hemos de pedir como conviene, no lo sabemosâ â Romanos 8:26), sino de la finalidad. ¿Oramos para la gloria del Señor o para satisfacer nuestra codicia? Estos dos principios no pueden conciliarse.
Amar al mundo es traicionar la causa de Dios, porque el mundo le declaró la guerra al crucificar a su Hijo; la neutralidad no es posible (Mateo 12:30).
La envidia y la codicia son los dos imanes con los que el mundo nos atrae. Pero Dios da infinitamente más de lo que el mundo puede ofrecer: una gracia más grande (v. 6; Mateo 13:12). De ella goza quien ha aprendido del Salvador a ser âmanso y humilde de corazónâ (Mateo 11:29). Pero, para experimentar las virtudes de la gracia, es necesario primeramente haber sentido sus propias miserias (v. 8, 9; comp. Joel 2:12-13).
Los que hacen proyectos (v. 13 a 15; IsaÃas 56:12 final) y los que acumulan bienes terrenales (5:1-6) a menudo son las mismas personas (Lucas 12:18-19). Unas y otras son ajenas a la vida de la fe. Disponer del porvenir es sustituir la voluntad de Dios por la nuestra. Es incluso algo propio de la incredulidad, pues con esto se muestra que no se cree en la próxima venida del Señor.
En cuanto a las riquezas, es muy atractivo acumularlas âpara los dÃas postrerosâ. No obstante, los riesgos que amenazan las fortunas (quiebras, robos, devaluacionesâ¦) se encargan de demostrar que son riquezas podridas, oro y plata enmohecidos (v. 2-3; Salmo 52:7). Por eso el Señor recomienda: âHaceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruyeâ (Lucas 12:33). La abundancia de bienes materiales contribuye a endurecer el corazón para con Dios, pues fácilmente se pierde el sentimiento de que se depende de él y de cuáles son las verdaderas necesidades del alma (Apocalipsis 3:17). También lo endurece para con el prójimo, porque es más difÃcil ponerse en el lugar de aquellos a quienes les falta lo necesario (Proverbios 18:23).
El otoño es la estación de la labranza. De ocho a diez meses transcurrirán hasta que, mediante frÃo y calor, lluvia y sol, madure la nueva cosecha. ¡Cuánta paciencia necesita el agricultor! Como él, tengamos paciencia, âporque la venida del Señor se acercaâ. Aprovechemos también nuestros recursos: en los momentos de alegrÃa, los cánticos; en la prueba (como en todo tiempo), la eficaz oración de fe. ¿Ha experimentado usted que esa oración âpuede muchoâ? (Juan 9:31 final). Los versÃculos 14 a 16, que sirven para justificar toda clase de prácticas en la cristiandad, guardan su pleno valor si se reúnen las condiciones mencionadas. Sin embargo, un creyente que depende de Dios raramente se sentirá libre de pedir la curación; más bien orará con los que le rodean para la apacible aceptación de la voluntad de Dios.
El fin de la epÃstola enfatiza sobre la ayuda fraternal con amor: la recÃproca confesión de las faltas, la oración de uno por otro y los cuidados hacia los que se han extraviado. La doctrina no ocupa mucho espacio en esta epÃstola. En cambio, abundan los pasajes que tratan de la puesta en práctica de nuestro cristianismo. Que Dios nos permita ser, en efecto, no solamente oidores, sino también hacedores âde la obraâ (1:25).
El Señor habÃa dicho a su discÃpulo Pedro aun antes de que le negase: âTú, una vez vuelto, confirma a tus hermanosâ (Lucas 22:32). Es el servicio que el apóstol cumple en esta epÃstola. Nos recuerda nuestros incomparables privilegios: la salvación del alma (v. 9) y una herencia celestial al abrigo de toda eventualidad (v. 4). Dios la guarda para los herederos y guarda a éstos para la herencia, por lo que ya tienen un sabor anticipado de ella: un âgozo inefable y gloriosoâ. Ãste halla su fuente en la esperanza viva que se tiene en una persona viva: Jesús resucitado (v. 3); en la fe (v. 5, 7); en el amor por Aquel a quien los redimidos aún no han visto, pero a quien sus corazones conocen bien (v. 8). Y cuanto más amemos al Señor, más nos daremos cuenta de que no le amamos lo suficiente.
Precisamente a causa del valor que Dios reconoce a la fe, se ocupa en purificarla en el crisol de la prueba. Pero se nos da una seguridad: Ãl lo hace sólo âsi es necesarioâ (v. 6).
Tales son, queridos amigos, las bienaventuradas realidades que nos conciernen, las que los profetas âinquirieron y diligentemente indagaronâ (v. 10- 11), y âen las cuales anhelan mirar los ángelesâ (v. 12). Nosotros, los beneficiarios, ¿quisiéramos ser los únicos en no interesarnos en ellas?
La verdad, tal como el apóstol la expuso en la primera parte de este capÃtulo, tiene derechos y efectos sobre nosotros. Ella es ese cinto que consolida nuestro entendimiento y frena nuestra imaginación (v. 13; Efesios 6:14). Es a la verdad a la que debemos obedecer (v. 22). Nosotros, que anduvimos en otro tiempo entre âlos hijos de desobedienciaâ (Colosenses 3:6-7), hemos llegado a ser âhijos obedientesâ (v. 14); no sólo se trata de la obediencia a sino también de Jesucristo (v. 2), es decir, conforme a la suya, motivada por el amor al Padre (Juan 8:29; 14:31).
Por otra parte, aquà todo está en contraste con el Antiguo Testamento. La plata, el oro, ni ninguna otra cosa nos puede rescatar (véase Ãxodo 30:11-16; Números 31:50), sino la preciosa sangre de Cristo. No es, como para el israelita, el nacimiento natural lo que nos permite participar de los derechos y privilegios del pueblo de Dios. ¡Que nadie piense ser un hijo de Dios porque tiene padres cristianos! Somos regenerados por la incorruptible Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre. La santidad requerida en toda nuestra conducta corresponde a nuestra nueva naturaleza; invocamos al Dios santo como Padre (v. 15-17). También es la consecuencia del valor con el cual Dios justiprecia el sacrificio del perfecto Cordero.
Un niño que llega al mundo, pronto debe ser alimentado. Por eso la Palabra de Dios, después de haber dado la vida (1:23), también provee lo necesario para mantenerla. Ella es el alimento completo del alma, âla leche espiritualâ de la que Cristo es la sustancia. Si hemos gustado que el Señor es bueno, no podremos vivir sin ese divino alimento (Salmo 34:8).
Después de la simiente viva (y la esperanza viva del capÃtulo 1), aquà hallamos las piedras vivas. Son juntamente edificadas sobre Aquel que es âla principal piedra del ánguloâ âpreciosa tanto para Dios como para nosotros los que creemos (v. 7)â a fin de constituir una casa espiritual (Efesios 2:20-22). Tú también eres una de esas piedras, habÃa dicho el Señor a Simón, hijo de Jonás (Mateo 16:18).
Pues bien, tales privilegios acarrean sus correspondientes responsabilidades. Si somos un sacerdocio santo, es para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios. Si somos un pueblo adquirido por Dios, es para anunciar sus virtudes (IsaÃas 43:21). Ya que hemos sido llamados âde las tinieblas a su luz admirableâ, ¿podrÃamos albergar en nuestro espÃritu los deseos carnales? Basta una mirada para atraerlos, y ellos âbatallan contra el almaâ (v. 11).
El cristiano está invitado a respetar el orden establecido, no por âmiedo al policÃaâ, sino por el motivo más grande que pueda obrar en su corazón: el amor al Señor (v. 13; Juan 15:10). Somos únicamente esclavos de Dios (v. 16 final), es él quien nos dicta nuestra actitud para con todos. Es cierto que no todos los amos son âbuenos y afablesâ; los hay âdifÃciles de soportarâ. Nuestro testimonio tendrá más fuerza y relevancia ante los segundos que ante los primeros. La injusticia, el ultraje y todas las formas de aflicción dan al hijo de Dios ocasiones para glorificarle. En ese camino nos precedió El que fue el Varón de dolores.
Por supuesto que en la obra de la expiación Cristo no tuvo ni tendrá jamás compañeros o imitadores. âÃl mismoâ ây sólo élâ âllevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el maderoâ (v. 24). En cambio, en su camino de justicia (por consiguiente de sufrimiento), es nuestro Modelo perfecto (1 Juan 2:6). La contradicción y la perversidad de los hombres no hacÃan más que poner de manifiesto Su paciencia, Su mansedumbre, Su humildad, Su sabidurÃa y Su entera confianza en Dios⦠huellas benditas en las que hemos de andar. Asà cumpliremos el último mandato del Señor a Pedro: âSÃgueme túâ (Juan 21:22).
âAsimismo vosotras, mujeresâ (v. 1), âvosotros, maridos (v. 7), âigualmente, jóvenesâ (5:5). Siempre es el mismo motivo âel amor al Señorâ (2:13) el que dicta a cada cual la conducta que debe seguir en su familia y en la Iglesia. Por su modo de ataviarse, una mujer cristiana revela dónde tiene sus afectos. ¿Ella se preocupa por la hermosura en lo Ãntimo del corazón, la que realmente cuenta para el Señor? ¿Busca lo que es âde grande estima delante de Diosâ: âun espÃritu afable y apacibleâ? (v. 4). Ese âadornoâ forma parte de lo que es incorruptible, al igual que la Palabra (1:23) y la herencia celestial (1:4). La moda según Dios no ha cambiado, pues, desde Sara.
Nuestro tÃtulo de herederos âde la gracia de la vidaâ (v. 7) y de la âbendiciónâ (v. 9 final) constituye, juntamente con el ejemplo que nos dio Cristo, Aquel que hacÃa el bien (v. 13; 2:21-22), un imperioso motivo para no devolver maldición por maldición.
La larga cita del Salmo 34 nos recuerda lo que es el gobierno de Dios. Si el mal se halla en nuestros labios o en nuestro andar (v. 10-11), dolorosas consecuencias, permitidas por el Señor, podrán ser el resultado (v. 12). Al contrario, un andar por el camino del bien y de la paz es el medio seguro para ser bendecido. Además de ese legÃtimo deseo de todo hombre, gozaremos entonces de la comunión con el Señor.
Cristo padeció en la cruz, el Justo, por nosotros los injustos (v. 18). Por nuestro lado se nos concede que suframos algo por él (Filipenses 1:29). Al hacer el bien padecemos con él asà como él padeció (v. 14). Finalmente, en todos nuestros sufrimientos morales el Señor simpatiza con nosotros (v. 12).
Si padecéis por causa de la justicia, afirma el versÃculo 14, bienaventurados sois (Mateo 5:10). Pidamos a Dios que nos guarde de todo temor humano y nos dé su temor juntamente con mansedumbre para testimoniar en todo momento âde la esperanza que hay en nosotrosâ. Esta esperanza, ¿la tiene el lector?
Pero, cuando nuestra conducta no es buena delante de los hombres, hablarles del Señor es echar sobre Ãl el desprecio que merecemos. Que el EspÃritu de Cristo se sirva de nosotros para advertir a nuestros semejantes como otrora se sirvió de Noé para predicar a los incrédulos de su tiempo mediante la construcción del arca (v. 19-20). El diluvio es la imagen del juicio presto a caer sobre el mundo. Nos habla de la muerte, paga del pecado. En figura, los creyentes la han atravesado en el bautismo y están puestos al abrigo en el arca, que es Cristo. Ãl padeció la muerte en lugar de ellos y ellos resucitarán con él para una nueva vida (v. 21-22).
El pecado, del cual el Señor tuvo que encargarse, ¡cuánto debió de haberle cansado! Ahora ha acabado con él por medio de la muerte. Asimismo el creyente debe acabar con las concupiscencias propias de los hombres.
Queridos amigos: ¿No nos basta haber perdido un tiempo precioso âantes de nuestra conversiónâ en un andar insensato hacia la muerte? Vivamos el resto de nuestro tiempo âconforme a la voluntad de Diosâ. Sin duda nuestro nuevo comportamiento contrastará con el del mundo que nos rodea. Y este último se extrañará de que nos abstengamos de sus corrompidos placeres. Se hará presión sobre nosotros, nos harán bromas y tal vez injurias. ¿Por qué? Porque el mundo se sentirá condenado por nuestra separación, mientras espera ser condenado por el gran Juez (v. 5).
Precisamente la inminencia de ese juicio nos dicta nuestra conducta: sobriedad, vigilancia, oración y ferviente amor (1:22 final). Ãste se traduce de muchas maneras: buscando la restauración de nuestros hermanos (v. 8 final), practicando alegremente la hospitalidad y utilizando los dones de la multiforme gracia de Dios en provecho los unos de los otros. Asà el Señor Jesús, quien está en el cielo, puede seguir glorificando a Dios en la tierra, mediante la vida de sus redimidos (v. 11; Juan 17:4, 11; 15:8).
En el cielo meditaremos, sin cansarnos, en los sufrimientos del Señor Jesús; serán el inagotable tema de nuestros cánticos. Pero la oportunidad de compartirlos habrá pasado. Sufrir con Cristo es una experiencia más profunda e intensa que la de sufrir por él. Tener parte en sus dolores, conocer la ingratitud, el desprecio, la contradicción, el insulto (v. 14) y la abierta oposición que él encontró, es conocerle a él mismo en todos los sentimientos que fueron suyos entonces. Un ferviente deseo de Pablo era el de âconocerle⦠y la participación de sus padecimientosâ (Filipenses 3:10).
Pero existe una clase de aflicciones que Cristo no podÃa experimentar: las que padecemos por haber obrado mal. No escapamos a «las consecuencias de nuestras inconsecuencias». Un cristiano deshonesto cosechará, ante los tribunales humanos, lo que haya sembrado, y aquel que se haya entremetido en los asuntos de otro tal vez reciba su castigo de mano de éste. Lo más triste, entonces, no son las miserias que atraemos sobre nosotros mismos, sino la deshonra echada sobre el nombre del Señor. Por el contrario, padecer como cristianos, es decir, como Cristo, equivale a glorificar a Dios en ese hermoso nombre (v. 16; Hechos 4:17, 21).
âApacienta mis corderos⦠pastorea mis ovejasâ, habÃa dicho el Señor a Pedro (Juan 21:15-17). Lejos de valerse de ello para colocarse por encima de los demás creyentes (posición que le fue atribuida en la cristiandad), el apóstol se designa simplemente como anciano juntamente con los otros ancianos y recomienda a estos últimos que no dominen sobre la grey del buen Pastor, sino que sean ejemplo para ella (v. 3). Las ovejas no les pertenecen, pero son responsables de ellas ante el soberano Pastor. No obstante, a los jóvenes les conviene estar sujetos a los ancianos, y a todos revestirse âde humildadâ, lo que podrÃa traducirse por «ponerse el delantal del servicio» (v. 5; comparar 3:8). âEl Dios de toda graciaâ da gracia a los humildes.
El apóstol agrega: âEchando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotrosâ (v. 7). Esta confianza y entrega a Dios no nos eximen de vigilancia. Satanás, nuestro enemigo siempre amenazante, acecha el menor relajamiento. Resistirle aún es sufrir (v. 8-9). Asà para el creyente âen su medidaâ como para su divino modelo, la Escritura una vez más vuelve a dar testimonio de los sufrimientos que, por âun poco de tiempoâ, son su parte⦠y de las glorias que vendrán tras ellos (v. 10; 1:11 final).
Pedro empieza esta segunda epÃstola recordando a los creyentes lo que han alcanzado âuna feâ muy preciosa (v. 1), âtodas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedadâ (v. 3), âpreciosas y grandÃsimas promesasâ (v. 4). Nuestra fe, que se apodera de lo que Dios da, no debe permanecer inactiva. Es necesario que esté acompañada por la energÃa, llamada la virtud, a fin de llegar al conocimiento (vocablo caracterÃstico de esta epÃstola). Al mismo tiempo, para guardar la plena disposición de nuestras fuerzas, es indispensable la templanza (o el dominio propio); luego la paciencia que sabe perseverar en el esfuerzo. En este âclima moralâ se desarrollarán nuestras relaciones:
1° con el Señor: la piedad;
2° con nuestros hermanos: el afecto fraternal;
3° con todos: el amor.
Estos siete complementos de la fe forman un todo, como los eslabones de una cadena. Cuando faltan, eso acarrea consecuencias dramáticas en la vida de un creyente: ocio, esterilidad y miopÃa espiritual. No ve lejos; su fe no alcanza a distinguir en el horizonte la ciudad celestial, meta del peregrinaje cristiano (compárese con Hebreos 11:13-16). Ya las puertas eternas se han alzado para Cristo, âel Rey de gloriaâ (Salmo 24:7, 9). ¡Que él mismo nos conceda, al seguirle, una amplia y generosa entrada en su reino eterno!
Las verdades desarrolladas en la primera epÃstola recuerdan las revelaciones del capÃtulo 16 de Mateo, es decir, los padecimientos de Cristo, la edificación de la Iglesia, casa espiritual construida sobre la Roca.
Esta segunda carta se apoya en el capÃtulo 17 del mismo evangelio anunciando las glorias que siguen. Cuando la transfiguración tuvo lugar, Pedro, Juan y Jacobo contemplaron a Jesús en âla magnÃfica gloriaâ. Pero recibieron la orden de no hablar de ello a nadie antes de Su resurrección. Ahora el tiempo de esta revelación habÃa llegado. Pedro, quien entonces estaba rendido de sueño (Lucas 9:32), despierta a los creyentes a quienes escribe mediante el recuerdo de esa escena (v. 13; 3:1). Ãl, quien inconsideradamente habÃa propuesto hacer tres enramadas (o tiendas), ahora se dispone a abandonar el cuerpo (o tienda terrenal) para gozar, esta vez para siempre, de la presencia de Cristo (v. 14). El Señor le habÃa mostrado cuándo y por medio de qué muerte habÃa de glorificar a Dios (v. 14; Juan 21:18, 19). Pronto, nosotros también seremos testigos oculares de su majestad.
A lo largo de las Escrituras, la lámpara profética dirige su haz de luz sobre la gloria próxima. Pero el hijo de Dios posee una luz más brillante aún. El objeto de su esperanza vive en él: Cristo es el lucero de la mañana que ya sale en su corazón (v. 19; Colosenses 1:27 final).
Las herejÃas destructoras (o sectas de perdición) actualmente son florecientes. Su aparición es anunciada de antemano para que no nos extrañemos ni nos desalentemos (v. 1). Ellas comercian con las almas (v. 3; Apocalipsis 18:13 final).
En el primer capÃtulo, la perspectiva de la gloria próxima es afirmada por un triple testimonio: la visión anticipada sobre el monte santo, la profecÃa y el espléndido Lucero nacido en nuestros corazones. Asimismo, la certeza del juicio que caerá sobre este mundo es testificada por tres ejemplos: el destino de los ángeles que pecaron (Judas 6), el diluvio (Mateo 24:36â¦) y el castigo de Sodoma y Gomorra (Judas 7). Pero, en medio de una generación impÃa, el Señor distingue y libera al que le teme (v. 9). Pese a su mundanalidad, Lot era un justo. El paréntesis del versÃculo 8 muestra que Dios registra cada suspiro de los suyos. Sin embargo, Lot se habrÃa ahorrado todos esos tormentos si hubiera sabido apreciar, como Abraham, el paÃs de la promesa. Una posición falsa y equÃvoca ante los hombres siempre es una fuente de miseria para el hijo de Dios. Lot es la imagen de un creyente salvo, âaunque asà como por fuegoâ (1 Corintios 3:15). No le será otorgada âamplia y generosa entrada en el reino eternoâ (1:11). ¡Que el Señor nos guarde de parecernos a él!
Para derrumbar la verdad, tal como está establecida en el capÃtulo 1, Satanás emplea dos medios, y siempre los mismos: se ensaña para corromperla, como en el capÃtulo 2, o para negarla abiertamente, como lo veremos en el capÃtulo 3. Sus instrumentos para extraviar a las almas son presentados aquà bajo su verdadero aspecto. Cuán abominable y espantoso es el retrato de esos conductores religiosos en quienes el mal moral va a la par del mal doctrinal (v. 12-17; Mateo 7:15). Estos hombres prometen la libertad a los demás y ellos mismos son esclavos de sus pasiones (v. 19). Porque, palabras serias también para el creyente, âel que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo vencióâ. Amigo lector, ¿es usted libre, ha sido liberado por el Señor? (Juan 8:34-36; IsaÃas 49:24, 25). ¿O aún se encuentra atado por una inconfesable cadena? Este mundo es cautivador en el sentido literal de la palabra. Como el lodo de un pantano (v. 22 final), retiene cautivo el pie del imprudente que se aventura en él, al mismo tiempo que contamina el alma (el v. 20 menciona âlas contaminaciones del mundoâ).
El final del capÃtulo denuncia la ilusión de aquellos a quienes un cristianismo simplemente social o intelectual ha podido hacer salir momentáneamente del hábito del pecado. Una reforma moral no es una conversión.
Pedro no teme las repeticiones. No se cansa de recordar las mismas verdades para que los hijos de Dios las memoricen (v. 1; 1:12-13; Filipenses 3:1; Judas 17). En lo que nos concierne, no nos cansemos de volver a leerlas y meditarlas. Por tercera vez el apóstol alude al diluvio. En contraste con los que âignoran voluntariamenteâ toda advertencia (Efesios 4:18), los amados del Señor no deben ignorar Sus intenciones. âEl fin del mundoâ que muchos evocan, sea con espanto o con ligereza, tendrá lugar solamente en el momento escogido por él. El cielo y la tierra que existen ahora serán destruidos. Sólo la paciencia de Dios, que tiene en vista la salvación de los pecadores, ha detenido el juicio hasta ahora. Dios no quiere que ninguno perezca (Ezequiel 33:11). Y esa paciencia se ejerce aun a favor de los burladores que la discuten y la agravian. La humanidad está empeñada en una implacable «cuenta atrás». Llegará el momento âel últimoâ en el que las promesas tan a menudo oÃdas se volverán realidad. Los acontecimientos terminarán por dar la razón a la esperanza de los hijos de Dios, para confusión de los burladores y de los impÃos. Entonces será demasiado tarde para proceder âal arrepentimientoâ (final del v. 9). Amigo lector, ¿ya lo hizo usted?
Estas últimas exhortaciones no están fundadas, como las precedentes, sobre las âpreciosas y grandÃsimas promesasâ (1:4), sino sobre la inestabilidad de todo lo que llena la presente escena. Hagamos de vez en cuando el inventario de los bienes terrenales a los que estamos más apegados y escribamos debajo: âtodas estas cosas han de ser deshechasâ¦â Asà seremos guardados de apegarnos a ellas. El hecho de saber estas cosas de antemano deberÃa estimularnos a una santa conducta (o manera de vivir); otra expresión caracterÃstica de Pedro (véase la primera epÃstola 1:15, 17, 18; 2:12; 3:1, 2, 16). Nada impulsa tanto a la separación del mal y del mundo como el pensamiento del inminente retorno del Señor. Lo mismo sucede en cuanto a la evangelización, porque su venida marcará el fin de su paciencia para salvación (v. 15). Esforcémonos para ser hallados tal como Cristo quiere encontrarnos a su retorno (v. 14): âirreprensibles para el dÃa de Cristoâ (Filipenses 1:10), habiendo hecho algún progreso en la gracia y en Su conocimiento (v. 18).
El apóstol habÃa cumplido con su servicio y ahora está preparado para âabandonar el cuerpoâ. Nos da cita en ese dÃa de eternidad que nuestra fe saluda y anticipa al dar gloria desde ahora a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
âY vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principioâ (Juan 15:27), habÃa dicho el Señor a los doce. Eso es lo que el apóstol Juan hace aquÃ. Su tema es la vida eterna primeramente oÃda, vista y palpada en el Hijo, y ahora comunicada a los que por la fe han recibido potestad de ser hijos de Dios (Juan 1:12). Es necesario distinguir entre la relación propiamente dicha y el gozo de esa relación, llamada comunión. La primera es la parte de todos los hijos del Padre. La segunda sólo pertenece a los que andan en luz (v. 7). La porción comprendida entre el versÃculo 6 del capÃtulo 1 y el versÃculo 2 del capÃtulo 2 explica cómo se puede mantener o restablecer la comunión cuando ha sido interrumpida. Por parte de Dios, una inagotable provisión responde a todas nuestras iniquidades: la sangre de Jesucristo, su Hijo. No hay pecado demasiado grande que esa preciosa sangre no pueda borrar. Ella limpia de âtodo pecadoâ (v. 7) y de âtoda maldadâ (v. 9). De nuestra parte, sólo se nos pide una cosa: la plena confesión de cada una de nuestras faltas para obtener pleno perdón (v. 9; Salmo 32:5). Mi pesada deuda ha sido pagada por Jesucristo y Dios no serÃa justo para con mi Sustituto si me la reclamara de nuevo.
Respecto al pecado, estos versÃculos reúnen varias verdades de mucha importancia: 1) Durante toda nuestra vida tendremos el pecado en nosotros (1:8); es la carne o la vieja naturaleza; 2) Hasta nuestra conversión, produjo los únicos frutos que se puede aguardar de él: hemos pecado (1:10); 3) La sangre de Jesucristo nos limpia de todos esos actos pecaminosos (1:7); 4) Podemos dejar de pecar por medio del poder de la nueva vida que nos ha sido dada (2:1) y 5) Si a pesar de todo caemos en el pecado ây, por desdicha, nuestra cotidiana experiencia lo confirmaâ el Señor Jesús aún interviene, ya no como un Salvador cuya sangre fue derramada, sino como un Abogado para con el Padre, para restablecer la comunión.
La obediencia (v. 3-6) y el amor por los hermanos (v. 7-11) son las dos pruebas de que la vida está en nosotros. La segunda, además, es el resultado de la primera (Juan 13:34). Sin embargo, si amamos al Señor, sus mandamientos nunca nos serán âgravososâ (5:3). Pero en el versÃculo 6 Dios nos da aún una medida más alta. Andar como él anduvo es más que obedecer sus mandamientos. En el evangelio de Juan hallamos lo que es verdadero en Cristo, y en su epÃstola lo que es verdadero en nosotros (v. 8). Es la misma vida y debe mostrarse de la misma manera (4:17, al final).
Pablo considera a los cristianos como quienes forman la Iglesia de Dios. Para Pedro, constituyen Su pueblo celestial y Su rebaño. Para Juan, son miembros de Su familia, unidos por la misma vida recibida del Padre. En general, en una familia los hermanos y las hermanas tienen diferentes edades y desarrollo, aunque la relación filial y la parte de la herencia del menor sean las mismas que las del hijo mayor. Sucede lo mismo en la familia de Dios. Se entra en ella por medio del nuevo nacimiento (Juan 3:3), el cual normalmente es seguido por un crecimiento espiritual. El niño que sólo sabÃa reconocer a su Padre (Gálatas 4:6; Romanos 8:15-17) pasa luego a la condición de joven y al libramiento de los combates. En estas luchas lo que se juega es su corazón: ¿será a favor del Padre o a favor del mundo? âLos deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vidaâ son las tres llaves de las cuales el âmalignoâ se sirve para hacer penetrar el mundo en todo corazón en el que encuentre lugar. Finalmente el joven llega, o tendrÃa que llegar, a ser un padre que tiene una experiencia personal de Cristo.
Es a los âhijitosâ a quienes el apóstol escribe más extensamente. A causa de su inexperiencia están más expuestos a âtodo viento de doctrinaâ (Efesios 4:14). ¡Temamos permanecer como âhijitosâ toda nuestra vida!
âÃsta es la promesa que él nos hizo, la vida eternaâ (v. 25). Juan se refiere a estas palabras del buen Pastor: âMis ovejas oyen mi voz⦠y yo les doy vida eternaâ (Juan 10:27-28). Lector, ¿la recibió usted? ¿Es usted un hijo de Dios? Otra promesa del Señor era la del don del EspÃritu Santo (Juan 16:13). Esa âunción del Santoâ descansa hoy no sólo sobre los âpadresâ sino también sobre los âhijitosâ en Cristo para conducirlos âa toda verdadâ. âYo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mÃâ, dijo el Señor Jesús (Juan 14:6). Aquà el apóstol confirma que quien niega al Hijo tampoco tiene al Padre (v. 23; Juan 8:19). El Padre no puede ser conocido fuera de Jesús (Mateo 11:27). Por eso el enemigo despliega tantos esfuerzos contra la persona del santo Hijo de Dios, especialmente para hacer dudar a los hombres de su existencia eterna y de su divinidad.
Sepamos reconocer la voz del mentiroso (v. 22). Lo que es âdesde el principioâ es valedero hasta âel último tiempoâ (v. 24, 18). En presencia de todas las «novedades», nuestra seguridad consiste en atenernos a la enseñanza del principio (Gálatas 1:8-9).
En una familia normal, lo que constituye el vÃnculo entre sus miembros es el amor. Los hijos lo reciben y lo aprenden de sus padres, luego se lo devuelven y lo experimentan entre ellos. ¡Ãsta es una débil imagen del amor que el Padre nos demostró al hacer de nosotros sus hijos! No somos llamados a comprender ese amor, sino a verlo (v. 1) y, comprobándolo, corresponder a él.
Algunos creyentes podrÃan deducir del versÃculo 9 que no tienen la vida de Dios, ya que les ocurre pecar (5:18). Comprendamos bien que el verdadero yo del creyente es el nuevo hombre y que éste no puede pecar.
La división de la humanidad entre âhijos de Diosâ e âhijos del diabloâ está establecida de la manera más absoluta en los versÃculos 7 a 12 (comp. con Juan 8:44). Hoy dÃa, en muchos ambientes religiosos se desconoce esa diferencia. Se está de acuerdo en que hay cristianos más o menos practicantes, pero a aquellos que se declaran salvos, mientras que otros estarÃan perdidos, se los tilda de orgullosos y de estrechez de miras. Pues bien, la incomprensión del mundo, que puede ir hasta el odio, nos da la oportunidad de parecernos un poco a Jesús aquà abajo (v. 1, al final; Juan 16:1-3). Pronto en la gloria también âseremos semejantes a él, porque le veremos tal como él esâ (v. 2).
El odio del mundo hacia los hijos del Padre no tendrÃa que sorprendernos (v. 13; comp. Juan 15:18â¦). Su amabilidad más bien podrÃa parecernos sospechosa. En cuanto al amor, el mundo sólo puede concebir falsificaciones; sus motivos nunca son puros ni totalmente desinteresados. Sólo el amor de Dios es verdadero; éste halla su fuente en Sà mismo y no en el objeto de ese amor. Necesitábamos ser amados con semejante amor, ya que en nosotros no habÃa nada que mereciese afecto (véase Tito 3:3). La cruz es el lugar en el que aprendemos a conocer lo infinito de ese amor divino (v. 16).
Los versÃculos 19 al 22 subrayan la necesidad de tener buena conciencia y un corazón que no nos condene. Si practicáramos sólo lo que es agradable al Señor, él podrÃa satisfacer, sin excepción, todas nuestras oraciones. Los padres que aprueban la conducta de su hijo le concederán gustosos lo que él les pida (v. 22; comp. Juan 8:29; 11:42). Permanecer en él, es obedecer. Ãl en nosotros es la comunión que resulta de ello (v. 24; 2:4-6; 4:16; Juan 14:20; 15:5, 7). Si se sumerge en el mar un recipiente sin tapa, lo hallaremos lleno y empapado a la vez . ¡Que ocurra asà con nuestros corazones y el amor de Cristo!
La verdad siempre ha tenido sus âfalsificadoresâ. Y, de la misma manera que cada ciudadano debe saber reconocer la moneda de su paÃs, debemos ser capaces de discernir de dónde proceden las diversas enseñanzas que se nos presentan. Cada una de ellas debe ser probada (v. 1; 1 Tesalonicenses 5:21). La Palabra nos da el medio seguro para no confundir las âfalsas monedasâ con las buenas. Estas últimas llevan el sello de Jesucristo venido en carne (v. 3).
En cuanto a Su naturaleza, esta epÃstola nos enseña que Dios es luz (1:5) y amor (v. 8, 16). La única fuente de todo amor está en él. Si alguien ama, eso es señal de que ha nacido de Dios (v. 7). A la inversa, el que no ama no conoce a Dios. Es necesario poseer la naturaleza del que ama para saber lo que es el amor (1 Tesalonicenses 4:9). Dios tuvo la iniciativa de amarnos (v. 10, 19), y su amor respondió perfectamente al estado de su criatura. El hombre estaba muerto: âDios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por élâ (v. 9); el hombre era culpable: âDios⦠envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecadosâ (v. 10; 2:2); el hombre estaba perdido: âEl Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundoâ (v. 14; Juan 3:17).
Estos dos hechos de indecible alcance: Cristo que pone âsu vida por nosotrosâ (3:16) y Dios que envÃa âa su Hijoâ (4:10) han manifestado a los hombres el amor divino. Y ahora aún se nos da a conocer ese amor de una tercera manera: en que los redimidos del Señor se aman unos a otros. Asà es cómo Dios debe âo deberÃaâ ser hecho visible (v. 12) desde que Jesús dejó la tierra (Juan 1:18). Es imposible amar a Dios y no amar a sus hijos. Cuando realmente amamos a alguien, automáticamente amamos también todo lo que está relacionado con él. Por ejemplo, un marido o una esposa que ama verdaderamente a su cónyuge, también ama a la familia de éste. Dios no se contenta con un amor âde palabra ni de lenguaâ (3:18). En esta epÃstola constantemente se repiten las expresiones âsi decimosâ¦â (1:6, 8, 10), âel que diceâ¦â (2:4, 6, 9), âsi alguno diceâ¦â (4:20). âNosotros le amamosâ¦â, declara el apóstol (v. 19). ¡Pues bien, demostrémoslo!
En estos versÃculos hemos hallado: 1° El amor hacia nosotros (v. 9), que es la salvación ya cumplida; 2° El amor en nosotros (v. 12, 15, 16) derramado en nuestros corazones por el EspÃritu; 3° Por último, el amor con nosotros (v. 17), el cual nos da aun la seguridad para comparecer pronto ante Dios. Tal es la perfecta actividad de ese amor divino hacia nosotros.
La epÃstola de Juan, al igual que su evangelio, atestigua que poseemos la vida eterna simplemente por la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios (comp. el v. 13 con Juan 20:31). No creer, después de tantos testimonios, es hacer a Dios mentiroso (v. 10). Pero ahora el hijo de Dios se apoya en certezas: âSabemosâ¦â no cesa de repetir el apóstol (v. 2, 13, 15, 18, 19, 20). Nuestra fe no sólo se apodera de la salvación, sino que triunfa sobre el mundo por el hecho de que, al mirar más allá, se apega a lo que es imperecedero (v. 4). ¡Qué felicidad también la de saber que Dios nos escucha y nos otorga lo que pedimos según su voluntad! (v. 14). «El mismo creyente no desearÃa que le fuera concedido algo que resultara contrario a la voluntad de Dios», escribió un siervo del Señor. Pero, ¿cómo conocer esa voluntad? Mediante el entendimiento que el Hijo de Dios nos ha dado (v. 20; Lucas 24:45). âY estamos en el Verdaderoâ, en contraste con el mundo que âestá bajo el malignoâ. Este último no tiene, en su arsenal, objeto alguno que pueda seducir al nuevo hombre. En cambio, nos ofrece muchos Ãdolos apropiados para tentar nuestros pobres corazones naturales. Hijos de Dios, guardemos nuestros afectos enteramente para el Señor (v. 21; 1 Corintios 10:14).
Después de haber expuesto los caracteres de la verdad en su primera epÃstola, el apóstol nos muestra, en dos breves cartas, esa verdad «en marcha». Aquà no escoge como ejemplo a un padre en la fe (1 Juan 2:13), sino a una madre cristiana con sus hijos, de los cuales algunos, para su gran gozo, andaban en la verdad. Creyentes jóvenes, sepan que nada regocija tanto a los que les aman como verlos aprender y andar según las enseñanzas de la Palabra (v. 4; 3 Juan 4). La conducta de los hijos constituye la prueba más evidente de que una casa cristiana es gobernada por la verdad. En una época en la que todo está corrompido, el hogar es la última célula donde el niño puede crecer protegido de la contaminación moral. Pero puede ocurrir que la verdad tenga que ser defendida contra los enemigos de fuera (v. 10; Hechos 20:30). El verdadero amor nos impone el deber de no recibir nada de tales personas. ¿SoportarÃamos a un visitante que viniera a decirnos mentiras acerca de alguien a quien amamos? ¿Y a quién podrÃamos querer más que al Señor Jesús? La Palabra nos enseña que no debemos discutir con esos falsos maestros; no debemos recibirlos. La verdad constituye nuestro más gran tesoro. ¡No la tengamos en poco! (Proverbios 23:23).
La segunda epÃstola prohÃbe recibir a los que no traen âla doctrina de Cristoâ. La tercera exhorta a los creyentes a recibir y a ayudar a los que la enseñan (comp. Juan 13:20). Velar por el bien de los siervos del Señor es tomar parte en el Evangelio (v. 8).
En esta breve carta, nos son presentadas varias personas. Gayo, su destinatario, era un amado cuya alma prosperaba; andaba en la verdad, obraba fielmente y su amor era conocido públicamente. Demetrio, nombrado más adelante, también tenÃa un buen testimonio (1 Timoteo 3:7). En cambio, en la misma iglesia, a Diótrefes le gustaba tener el primer lugar (1 Pedro 5:3), decÃa malignas palabras contra el apóstol, no recibÃa a los hermanos y expulsaba a otros de la iglesia. Juan también menciona a ciertos hermanos evangelizadores que habÃan salido âpor amor del nombre de Ãlâ (v. 7; Hechos 5:41). El Nombre por excelencia es el de Jesús; les bastaba como mensaje y orden de misión (Hechos 8:35).
âNo imites lo malo, sino lo buenoâ, recomienda el apóstol (v. 11; 1 Tesalonicences 5:15). En esta epÃstola, asà como alrededor de nosotros, hallamos buenos y malos ejemplos. ¿Cuáles imitamos? Ante todo, sigamos al Señor Jesús, el único en quien se ha hallado sólo el bien (Marcos 7:37).
Una trompeta puede sonar para el simple placer de los que la escuchan. Pero también puede resonar para llamar a la batalla. Judas hubiera querido hablar con sus hermanos de los temas más edificantes. Por desdicha, ante los progresos del mal que ya se insinuaba âentre los fielesâ, su servicio, verdadera voz de alarma, se limita a mandarles que combatan por la verdad, cueste lo que cueste. Cuántos hijos de Dios hay, a quienes siempre es necesario volverles a recordar el abecé de la verdad cristiana, en tanto que el EspÃritu quisiera ocuparles en más altas bendiciones (Hebreos 5:12). âQuiero recordaros, ya que una vez la habéis sabidoâ¦â. ¿Hemos hecho algunos progresos o, al contrario, hemos retrocedido desde nuestra conversión?
Como la segunda epÃstola de Pedro, la de Judas se vale de solemnes ejemplos del Antiguo Testamento para describirnos la apostasÃa moral de los últimos dÃas. Dos rasgos la caracterizan: el abandono de la gracia, cambiada en disolución, y el desprecio de la autoridad bajo todas sus formas (2 Pedro 2:10-11). Esta última tendencia ya se confirma en las familias, en las escuelas, en la vida social y profesional. Pero un niño que no está sujeto a sus padres, ¿cómo aceptará más tarde la autoridad del Señor?
En necesario llegar al penúltimo libro de la Biblia para aprender lo que Dios habÃa revelado cuando tuvo lugar el diluvio. La profecÃa de Enoc contempla al Señor volviendo con sus santos para el juicio de los impÃos. Entonces todos los pecadores darán cuenta de todas sus obras y de todas sus palabras de provocación, sin olvidar sus murmuraciones. Porque estas gentes âson murmuradores, quejumbrososâ¦â (v. 16; V.M.; véase 1 Corintios 10:10). Aquà tenemos una prueba de que la impiedad y la satisfacción de las codicias no hacen feliz a nadie. Velemos también nosotros para no ser ingratos ni estar descontentos con la parte que el Señor nos ha dado. âPero vosotros, amadosâ¦â. En medio de los más grandes progresos del mal siempre existe une lÃnea de conducta para el fiel: la mutua edificación, la oración, la espera del Señor y los cuidados fraternales. El EspÃritu Santo, Dios el Padre y nuestro Señor Jesucristo están nombrados juntos como para asegurarnos de que, del lado divino, nada puede faltarnos (v. 20-21). Si caemos (v. 24), sólo debemos culparnos a nosotros mismos. Aunque âguardados en Jesucristoâ (v. 1; Juan 6:39), tenemos que conservarnos en el amor de Dios (v. 21). SÃ, gocemos de él desde ahora âcon gran alegrÃaâ y rindamos a nuestro Dios Salvador homenaje y adoración.
El Apocalipsis es un libro difÃcil. Sin embargo, cuántos motivos hay para no descuidar su lectura: 1° Es âla revelación de Jesucristoâ, nuestro querido Salvador; 2° Esta revelación fue hecha por él mismo a sus siervos, entre los que se halla Juan el evangelista, exiliado en la isla de Patmos. 3° No nos habla de un vago y lejano porvenir, sino de las cosas que deben suceder âprontoâ. 4° Finalmente, no olvidemos que la seria lectura de una porción de la Escritura basta para traer bendición a nuestra alma (v. 3), porque es la Palabra de Dios. No se nos pide que la comprendamos toda, sino que la guardemos (Lucas 11:28).
Cuando se trata de las glorias de Jesús, la adoración surge espontáneamente: âA Aquel que nos ama, y que nos ha lavado de nuestros pecadosâ¦â (v. 5; V.M.). Notemos el tiempo de los verbos: Ãl nos ama; su amor está siempre presente e invariable. Ãl nos ha lavado: es una obra cumplida, acabada y perfecta. Y notemos bien el orden de estos verbos: porque él nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados. En cambio, era necesario que fuésemos lavados de nuestros pecados para ser constituidos desde ahora âreyes y sacerdotesâ para nuestro Dios y Padre (5:10; 20:6, al final). Como tales, desde ahora le expresamos la alabanza: âA él sea gloria e imperioâ. Lo que ha hecho de nosotros excede lo que ha hecho por nosotros.
El Hijo del Hombre que aparece aquà con los atributos de la justicia santa e inflexible, ¿es el humilde Jesús de los evangelios, nuestro tierno y bondadoso Salvador? Otrora Juan se recostaba sobre su pecho con confianza (Juan 13:25). Aquà cae a sus pies como muerto. ¡Qué contraste!
No debemos olvidar este lado de la gloria de Cristo. âEl Padre⦠todo el juicio dio al Hijoâ (Juan 5:22); deberá ejercerlo más tarde contra los que no hayan creÃdo (cap. 19 y 20). Pero desde ahora, mientras la Iglesia está en la tierra, se informa sobre el estado de cada una de sus asambleas (los siete candeleros de oro que deben brillar en su ausencia). SÃ, el Señor puede perdonarlo todo. Ãl murió y resucitó para darnos el perdón y la vida (v. 18). Pero tampoco puede pasar nada por alto. Sus ojos son como âllama de fuegoâ (2:18; 19:12); nada se les escapa.
El versÃculo 19 suministra el plan general del libro. 1° âLas cosas que has vistoâ: esa solemne aparición del Señor de gloria (1:12); 2° âLas que sonâ: la historia actual de la Iglesia responsable (cap. 2 y 3) y 3° âLas que han de ser después de éstasâ: los acontecimientos proféticos que pronto se cumplirán (cap. 4 al 22).
Estas cartas a las siete iglesias de Asia describen en otros tantos cuadros sucesivos la historia de la cristiandad responsable. El Señor se presenta a cada una de estas iglesias, hace un preciso inventario de lo que encuentra y de lo que no encuentra en ellas, exhorta y promete su recompensa al vencedor.
En Efeso aparentemente todo estaba lo mejor posible (v. 2-3). Pero el Señor mira el corazón (1 Samuel 16:7). Por desdicha, no ve más la respuesta a su propio amor; ¡éste ha dejado de ocupar el primer lugar en él! Si un rÃo es cortado en su fuente, los ribereños cercanos a la desembocadura no lo notarán enseguida. Mientras corra el agua, las orillas permanecerán verdes; durante algún tiempo todavÃa mostrarán la misma apariencia⦠¡Ah, queridos amigos, hagámonos la siguiente pregunta!: ¿Qué pasa, no con nuestro celo, sino con nuestro afecto por Cristo? Para detener esta decadencia, el fiel Señor usa un medio extraño: la prueba. Da rienda suelta al poder de Satanás. Después de Efeso (la amable) viene Esmirna, que significa «la amarga». Fue el tiempo de los mártires bajo el dominio de los crueles emperadores romanos (segundo siglo y comienzo del tercero). Entonces en los circos romanos, ante las fieras, los cristianos de Esmirna tuvieron la oportunidad de probar su amor por su Salvador al serle fieles hasta la muerte.
Durante el perÃodo de Esmirna, diez grandes persecuciones consecutivas no pudieron contra la fe cristiana. Al contrario, como lo escribió alguien, «la sangre de los mártires ha llegado a ser la simiente de la Iglesia». Entonces Satanás empleó otra táctica, la que se ve en Pérgamo (v. 13). Lo que la violencia no pudo producir, la benevolencia de las autoridades lo hizo. Bajo el reinado del emperador Constantino, en el año 312, la adopción del cristianismo como religión del Estado âacontecimiento que muchos consideran como un gran éxito de la verdadâ favoreció el relajamiento, el carácter mundano y la introducción de doctrinas extrañas (v. 14-15).
Pero en Tiatira, iglesia que subsiste hasta el final, el mal avanzó un paso más. Fueron las tinieblas de la Edad Media, comparadas aquà con el siniestro reinado de Acab, al cual su mujer Jezabel incitaba a hacer el mal (1 Reyes 21:25). La Iglesia se cansó de ser extranjera en este mundo y quiso reinar. Y ya conocemos el papel polÃtico que ella siempre deseó desempeñar. Pues bien, la dominación que esa iglesia de Tiatira buscó con tanta arrogancia está prometida a aquellos a quienes oprimió, torturó y quemó en las hogueras⦠pero que son los verdaderos vencedores. Ellos reinarán con Aquel que viene como la Estrella de la mañana.
Los siglos han pasado. En medio de Tiatira, Dios suscitó la Reforma, un poderoso movimiento animado por su EspÃritu. Luego, la decadencia hizo nuevamente su obra. La muerte espiritual invade la iglesia en Sardis. A pesar de su pretensión, el Señor discierne su verdadero estado: âYo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muertoâ (v. 1). âAcuérdate⦠arrepiénteteâ, se la ordena (v. 3, compárese con 2:5, 16; 3:19). ¿Quién es aquà el vencedor? El que no ha manchado sus vestiduras. ¿Conocemos esa clase de victoria; hemos permanecido puros? El vencedor en Sardis será vestido de âvestiduras blancasâ, y su nombre nunca será borrado del libro de la vida.
Filadelfia (amor de los hermanos) es hija del «Despertar» del S. XIX. La caracteriza su ¡âpoca fuerzaâ! Pero el Señor mantiene abierta para ella la puerta del Evangelio. ¡La fidelidad a su Palabra! Ãl será fiel a su promesa: âYo vengo prontoâ. ¡El apego a su nombre! El nuevo nombre del Señor será su parte. ¿Y el oprobio del mundo? El Señor le responderá con su pública aprobación: âYo haré que⦠reconozcan que yo te he amadoâ.
Somos los herederos responsables del testimonio de Filadelfia. ¡Que el Señor nos conceda manifestar esos caracteres y no perder nuestra corona! Ãl experimentará más gozo al dar esa recompensa que el vencedor al recibirla.
Un último estado de cosas caracteriza a la cristiandad. Hoy reconocemos sus rasgos: satisfacción de sà misma, indiferente tibieza, pretensiones religiosas de poseerlo todo y saberlo todo (Deuteronomio 8:17; Oseas 12:8). âDe ninguna cosa tengo necesidadâ: es lo que parecen decir también los creyentes que descuidan la oración. A Laodicea le faltan tres cosas capitales: el oro, es decir, la verdadera justicia según Dios; las vestiduras blancas, a saber, el testimonio práctico que resulta de ella y un colirio, es decir, el discernimiento que da el EspÃritu Santo. ¡Pero aún no es demasiado tarde para que el que tiene oÃdos, oiga! El Señor da sucesivamente: un consejo: que cada cual se apresure a adquirir de Ãl lo que le falta (Mateo 25:3); un aliento: a los que él ama, Cristo reprende y castiga; una exhortación a ser celoso y arrepentirse; una promesa que no tiene precio: la del versÃculo 20. A los que hayan recibido a Cristo en su corazón, Ãl, a su vez, los recibirá en el cielo, en su trono (v. 21). Queridos amigos, es el fin de la historia de la Iglesia en la tierra. Pero, por grande que sea la decadencia, la presencia del Señor aún puede ser comprobada. Ella hace arder el corazón con un indecible gozo, como lo experimentaron los dos discÃpulos cierta tarde, cuando Jesús entró para quedarse con ellos (Lucas 24:29).
Aquà empieza la tercera parte del libro, anunciada en el versÃculo 19 del primer capÃtulo. Desde luego, todos los detalles de la visión se deben comprender en un sentido simbólico. Es obvio que en el cielo no veremos un trono material; éste es simplemente el emblema del gobierno real. Pero, la interpretación de esos sÃmbolos de ninguna manera es dejada a nuestra imaginación; nos es dada por la misma Biblia en otros pasajes. (Aconsejamos la ayuda del libro titulado «Auxilio para el estudio del Apocalipsis», de H. R.).
Para contemplar âlas cosas que sucederán después de éstasâ (después de que la Iglesia haya sido arrebatada), el apóstol es invitado a subir al cielo. El creyente, para ver en su justa perspectiva los acontecimientos terrenales, debe considerarlos desde un punto de vista celestial, teniendo a Cristo como centro.
Según la promesa hecha a Filadelfia, los redimidos por el Señor serán guardados âde la hora de la prueba que ha de venir sobre la tierraâ. Cuando esta prueba vaya a empezar para el mundo (cap. 6), los redimidos ya estarán reunidos en la gloria. Se hallan representados por los veinticuatro ancianos que se prosternan y echan sus coronas delante del trono. Celebran al Dios Creador, pero en el capÃtulo 5 adoran al Dios Redentor.
Una pregunta mantiene al universo en suspense: â¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?â Dicho de otro modo, ¿quién ejercerá el juicio? Uno sólo puede hacerlo: Aquel que está sin pecado (comp. con Juan 8:7) y ha vencido, por su misma perfección, a Satanás y al mundo. Cristo es este âLeón de la tribu de Judáâ, ya mencionado en Génesis 49:9. Pero, inmediatamente después, es visto bajo la apariencia de un âCordero como inmoladoâ. Para triunfar sobre el enemigo, para llenar el cielo de una multitud de criaturas felices y agradecidas, fue necesaria la cruz de Jesús. Su sacrificio es recordado al corazón de todos los santos de la manera más conmovedora. En ese cielo, donde todo habla de poder y majestad, el recuerdo permanente de la humillación de nuestro amado Salvador hará el más asombroso contraste. Su humildad, su mansedumbre, su dependencia, su paciencia⦠todas esas perfecciones morales que Jesús manifestó en este mundo nunca dejarán de ser visibles y nos darán la medida de su amor por la eternidad.
Entonces, al nuevo cántico entonado por los santos glorificados le responderá el universal eco de todas las esferas de la creación: âEl Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabidurÃa, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanzaâ (v. 12).
Si a veces la severidad de los juicios de Dios nos asombra, es porque no sabemos subir (por la fe) al cielo. Al oÃr celebrar la perfecta santidad de Dios (4:8) y contemplar en el Cordero inmolado a la vez el amor divino y el desprecio de ese amor por parte del hombre rebelado, podrÃamos comprender cuán justo, merecido y necesario es el juicio. Además verificarÃamos que nada se debe al azar. Dios tiene el control de todo lo que ocurre en la tierra. Sus designios judiciales no sólo están descritos de antemano en este libro simbólico (5:1), sino que cada uno se produce en el preciso momento para el cual él lo decretó, cuando el sello es abierto por el Cordero. La apertura de los cuatro primeros sellos hace surgir otros tantos jinetes. Representan respectivamente la conquista territorial, la guerra civil, el hambre y las calamidades mortales que se sucederán en la tierra (comp. v. 8 y Ezequiel 14:21). Cuando el quinto sello es desatado, una compañÃa de mártires aparece, implorando al Dios soberano que les haga justicia. El sexto sello es como la respuesta a su clamor. Sugiere una terrible revolución; todas las autoridades establecidas son derribadas. ¡Cuán extraño suenan estas palabras juntas en la frase: âLa ira del Corderoâ! (v. 16; Salmo 2:12).
Este capÃtulo aparece como un paréntesis entre el sexto y el séptimo sello. Antes de adelantarse más en sus propósitos judiciales, Dios aparta y sella a los que le pertenecen. Un primer grupo (v. 4-8) está formado por judÃos de las diferentes tribus. Constituye ese remanente fiel cuyos sentimientos nos revelan los salmos. La segunda clase de personas se compone de una multitud de entre las naciones que habrá creÃdo el Evangelio del reino (v. 9â¦). Al presentarnos ya ahora a esos fieles, es como si Dios nos dijera: «Esos castigos no son para ellos; atravesarán la prueba bajo mi protección». Del mismo modo, durante la noche de Pascua, los israelitas fueron identificados y puestos al abrigo de los golpes del ángel destructor por la sangre del Cordero (Ãxodo 12:13). En esa misma sangre esos creyentes salidos de âla gran tribulaciónâ habrán lavado y blanqueado sus ropas (v. 14). Su salvación, asà como la nuestra, está asegurada por la preciosa sangre de Cristo. Luego, el mismo Cordero que los habrá purificado los pastoreará, los protegerá y los guiará a fuentes de agua de vida (IsaÃas 49:10). Dios mismo enjugará sus lágrimas. ¡Qué promesas! ¡Ãstas vienen a consolarlos de antemano con vistas a una angustia sin precedente!
El séptimo sello se abre con una corta tregua. Mientras los ángeles se preparan para ejecutar los juicios, otro ángel (Cristo en persona) cumple las funciones de intercesor (v. 3). Como él mismo padeció, está en condiciones de identificarse con los creyentes que pasan por una prueba (Hebreos 2:18; 4:15). En aquellos tiempos apocalÃpticos Cristo intervendrá a favor de los fieles de la gran tribulación (los del cap. 7). Y, a su turno, los cristianos ya juntados en la gloria, después de haber conocido penas y fatigas en la tierra, se interesarán mucho más en las circunstancias de los creyentes que atravesarán ese terrible perÃodo. Serán sacerdotes con Cristo y presentarán a Dios esas copas de oro llenas de incienso que son las oraciones de los santos (5:8 final).
Precedidos por la intercesión, cada uno de los siete ángeles se dispone ahora a tocar su temible trompeta. La primera da la señal de un juicio repentino que alcanza a los poderosos de Occidente (los árboles) y a la prosperidad universal. La segunda corresponde a la irrupción de una gran potencia terrestre y anárquica en el imperio. La tercera y la cuarta provocan la caÃda y la apostasÃa de las autoridades responsables, hundiendo asà a los hombres en las más profundas tinieblas morales.
Ciertos comentaristas han dado a estos capÃtulos las más fantasiosas interpretaciones, esforzándose particularmente en hacer corresponder las profecÃas con acontecimientos contemporáneos. Recordemos, pues, que toda esta tercera parte de la visión de Juan es futura. Concierne solamente al intervalo de algunos años que existirá entre la venida del Señor para buscar a su Iglesia y el comienzo de su reinado milenario.
La quinta trompeta, o el primer âayâ, libera del abismo a un enjambre de espantosas langostas, instrumentos directos de Satanás, las cuales infligen a los judÃos impÃos un tormento moral peor que la muerte. Con la sexta trompeta aparecen fantásticos caballos que escupen fuego, humo y azufre, y siembran la muerte a su paso. Sus jinetes llevan corazas (v. 9, 17), imagen de conciencias endurecidas (1 Timoteo 4:2). Al mismo tiempo, los aguijones y las colas semejantes a escorpiones (v. 10) o serpientes (v. 19) representan las doctrinas engañosas y envenenadas, pérfidas armas que Satanás empleará más que nunca (comp. IsaÃas 9:15).
El uso de la trompeta para anunciar esos juicios les da el carácter de advertencia para los hombres. Pero tan duros son los corazones que ni aun esos desastres sin precedente los conducirán a arrepentirse (v. 20-21).
Los capÃtulos 10 y 11 (v. 1-3) se intercalan entre la sexta y la séptima trompeta, asà como el capÃtulo 7 forma un paréntesis entre el sexto y séptimo sello. Nuevamente Cristo aparece bajo el aspecto de âotro ángelâ, aquà también acompañado con señales de gracia. La nube con la cual se envuelve y las columnas de fuego sobre las que se mantiene recuerdan los cuidados de Dios para con Israel en el desierto (Ãxodo 13:21-22); el arco iris (comp. con 4:3) habla del pacto de Dios con la tierra (Génesis 9:13). Asà sus promesas son indirectamente recordadas. Pero Cristo también posee los atributos de la autoridad: su rostro es semejante al sol; él reivindica sus derechos a poseer el mundo. Tiene en su mano un librito abierto que representa un corto perÃodo de la profecÃa ya revelada en el Antiguo Testamento. Se trata de la segunda mitad de la semana (de años) de la gran tribulación (Daniel 9:27), durante la cual Dios aún reconoce el templo, el altar y âa los que adoran en élâ. Cosa notable, esos tres años y medio son evaluados en 42 meses para hablar de la opresión (11:2), pero también en 1260 dÃas para medir el testimonio del remanente fiel. Dios ha contado esos dÃas y sabe cuánta valentÃa haya que tener y cuántos sufrimientos se deba soportar en cada uno de ellos (Salmo 56:8).
Los dos testigos representan el testimonio suficiente dado por el piadoso remanente durante la tribulación final. Se presentan con los caracteres de ElÃas y Moisés, los cuales, en tiempos sombrÃos de la historia de Israel, asumieron también un testimonio según Dios. En respuesta a la oración del primero, el cielo permaneció cerrado durante tres años y medio (v. 6; Santiago 5:17; comp. el v. 5 y 2 Reyes 1:10, 12). El segundo recibió el poder de cambiar las aguas en sangre (la vida en muerte: Ãxodo 7:19) y de herir la tierra con toda clase de plagas. Estos fieles serán ajusticiados en Jerusalén por la bestia del capÃtulo 13 versÃculo 1 y serán consolados al pensar que en ese mismo lugar, antes que ellos, su âSeñor fue crucificadoâ (Lucas 13:33-34). Su martirio será seguido por una deslumbrante y pública resurrección para consternación de sus perseguidores.
Finalmente suena el último ¡ay! Con él llegarán dos cosas: el reinado del Señor (v. 15) y también su ira (v. 18; Salmo 110:5). En el capÃtulo 6:17, los hombres creÃan, espantados, que la ira del Cordero habÃa llegado. Pero ésta ha sido contenida hasta el momento en el cual Cristo tome el gobierno del mundo. Entonces el cielo prorrumpirá en cánticos de triunfo; los santos se prosternarán y adorarán a Aquel que fue crucificado (v. 8), quien reinará de ahà en adelante por los siglos de los siglos (Lucas 1:33).
Esta nueva división es introducida por el versÃculo 19 del capÃtulo 11. El arca del pacto aparece allà en señal de gracia antes de los juicios sobre Israel. Este pueblo (simbolizado por la mujer encinta vestida del sol) es aquel del cual debÃa nacer el MesÃas, y esto excita la furiosa oposición de Satanás, el gran dragón escarlata. Esa enemistad entre la descendencia de la mujer y âla serpiente antiguaâ (v. 9), anunciada desde la caÃda del hombre, ha proseguido a través de toda la Biblia (véase Génesis 3:15; Ãxodo 1:22; 2 Reyes 11:1; Mateo 2:16). El diablo concentró en vano sus esfuerzos para impedir que, a través del nacimiento y la elevación del Señor Jesús, los designios de Dios se cumpliesen. Cristo y sus santos celestiales âel niño arrebatado hasta Diosâ están ahora fuera de su alcance. Además, Satanás pronto será precipitado del cielo a la tierra (léase Lucas 10:18 y Romanos 16:20), donde su impotente rabia se desencadenará contra el remanente de Israel. Lo que caracterizará a este último será que él guardará âlos mandamientos de Diosâ (v. 17 final). ¿Cuál fue para Cristo y cuál es hoy para nosotros el secreto de la fuerza y de la victoria sobre el maligno? La Palabra de Dios que mora en el corazón (Salmo 17:4; Mateo 4:4; 1 Juan 2:14 al final).
Arrojado a la tierra, el diablo aprovechará su âpoco tiempoâ. Se valdrá de dos instrumentos, dos âbestiasâ, término que implica la ausencia de una relación con Dios. La primera (v. 1) corresponde al imperio romano reconstituido. Reunirá los caracteres de los tres imperios precedentes: la rapidez del leopardo (Grecia), la tenacidad del oso (Persia) y la voracidad del león (Babilonia); (véase Daniel 7:4-6). En el desierto, Jesús rehusó los reinos del mundo. Satanás los da al emperador romano y obtiene asà el homenaje de toda la tierra (v. 4; Lucas 4:5-8).
En cuanto a la segunda bestia, es una imitación del Cordero, pero su lenguaje la traiciona. Es el Anticristo, el cual ejercerá el poder religioso, hará milagros y sostendrá a la primera bestia. Seducirá a multitudes de hombres que serán marcados como ganado con el sello de la bestia romana (13:1). Son llamados âlos moradores de la tierraâ (v. 8, 14; 3:10; 6:10; 8:13; 11:10) porque tienen sus intereses y todas sus aspiraciones en ella. ¡Cuán numerosa es esta clase de personas hoy dÃa! En contraste, el versÃculo 6 menciona a âlos que moran en el cieloâ (Filipenses 3:19-20). Creyentes, mostremos claramente dónde está nuestra morada (Hebreos 11:13-14).
Después de un paréntesis que nos ha presentado la trinidad del mal, a saber, el dragón (cap. 12), y las dos bestias (cap. 13), las siete visiones del capÃtulo 14 se enlazan con la séptima trompeta aún no cumplida (11:15). Pero antes de intervenir respecto al mal, Dios reconoce y pone aparte un nuevo remanente de su pueblo. Estos testigos han resistido a la corrupción general. En contraste con las masas que llevan sobre sus frentes la marca de la bestia (13:16), el nombre del Cordero está escrito sobre las suyas (v. 1). ¿Llevamos sin vergüenza el nombre de nuestro Salvador? ¿Cualquiera que se encuentre a nuestro alrededor puede ver a quién pertenecemos?
Estos creyentes son âlos que siguen al Cordero por dondequiera que vaâ (v. 4; comp. con Juan 1:36-37). Habiéndolo seguido en el oprobio y el sufrimiento, también serán sus compañeros en el Reino. Algunos morirán por fidelidad al Señor (comp. con 12:11). Las palabras del versÃculo 13 los consuelan. Lejos de perder su parte en el reinado, son llamados âbienaventuradosâ. Y sus obras les siguen (notemos que ellas no los preceden; las obras nunca abren a nadie el acceso al cielo). Queridos amigos, nuestros privilegios cristianos son más elevados todavÃa. ¿Quisiéramos ser hallado menos fiel que esos testigos de los últimos dÃas?
El Señor habÃa anunciado otrora a sus acusadores: âDesde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cieloâ (1:7; Mateo 26:64 y 24:30). Aquà está ese Hijo del hombre sentado sobre una nube blanca. Otrora coronado de espinas, ahora lleva una corona de oro; en lugar de una caña, tiene una hoz aguda. Aquel a quien los hombres juzgaban se ha convertido en su Juez. Y por este motivo Ãl ordena la gran âmies de la tierraâ, seguida por la terrible vendimia, ambas anunciadas desde hace tanto tiempo (por ejemplo: Joel 3:13; Mateo 13:30, 39).
Una última serie de juicios (las copas) empieza con el capÃtulo 15. Pero una vez más, los santos que deberán atravesarlos son vistos primeramente en un estado de seguridad (v. 2-4). Después de ello, los siete ángeles encargados de la ejecución de las plagas salen del templo y reciben siete copas llenas de la ira de Dios (comp. JeremÃas 25:15). Queridos amigos creyentes, este mundo que va a ser herido es el mismo al que Dios amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito. Los ángeles destructores aún no han recibido su terrible misión. En tanto, la que nos incumbe a nosotros es muy distinta: proclamar la divina gracia (2 Corintios 5:20).
Las siete copas derramadas sobre la tierra recuerdan las plagas de Egipto: úlceras, aguas convertidas en sangre, tinieblas, ranas, truenos, granizo y fuego (Ãxodo 7:14 a 10:27). En lugar de arrepentimiento, estas calamidades suscitan blasfemias (v. 9, 11, 21). Sin embargo, un triple testimonio es dado al Dios justo por la compañÃa de los vencedores (15:3-4), por el ángel de las aguas (v. 5) y por el mismo altar (v. 7).
Las primeras cuatro plagas hieren respectivamente las mismas esferas que las cuatro primeras trompetas (8:7-12). La quinta alcanza el trono del jefe romano (13:1). La sexta prepara âla batalla de aquel gran dÃaâ. En fin, con la última copa retumba la gran voz que viene del trono: âHecho estáâ. ¡Cuánto difiere del clamor: âConsumado esâ (Juan 19:30), pronunciado por el Hijo de Dios en la cruz, después de tomar la copa que habÃamos merecido! Aquella exclamación significó para nosotros el fin de la ira de Dios contra el pecado.
Estos terribles acontecimientos están más cerca de lo que pensamos. Ojalá siempre podamos considerar al mundo como una escena juzgada y tener conciencia de la espantosa ira de la que no puede escapar⦠Esto nos preservará de ser indiferentes, sea al mal que está en el mundo o al juicio divino que le espera.
La última copa implica el juicio de Babilonia (16:19), tema detallado en los capÃtulos 17 y 18. Se trata de la iglesia apóstata, la gran cristiandad profesante, de la cual todos los verdaderos hijos de Dios habrán sido retirados en el momento de la venida del Señor. Esa falsa iglesia, infiel a Cristo, se ha corrompido mediante alianzas impuras con el mundo y sus Ãdolos.
Se llama aquà âla gran rameraâ. Esta mujer está âsentada sobre una bestiaâ y obtiene su fuerza del poder polÃtico (v. 3). Ella ha reivindicado la dominación terrestre, en tanto que Jesús declaraba: âMi reino no es de este mundoâ (Juan 18:36). Finalmente, y sobre todo, ella ha perseguido y matado a los verdaderos santos (v. 6). A la vista de ese espectáculo, un profundo asombro se apoderó del apóstol. ¿A esto llegarÃa verdaderamente la Iglesia responsable? Por desdicha, su historia en el curso de los siglos lo ha confirmado suficientemente, mientras aguarda su forma final, descrita aquÃ. Los versÃculos 16 y 17 nos enseñan cómo perecerá esa âmadre de las abominacionesâ. Correrá la misma suerte que la que ella hizo sufrir a âlos mártires (o testigos) de Jesúsâ, expresión en la cual se discierne toda la ternura del corazón de Dios (v. 6; véase también 2:13).
Estas visiones se pueden comparar con una serie de diapositivas que proyectan los mismos cuadros o acontecimientos bajo perspectivas distintas y luminosidad diferente. El derrumbe de Babilonia es considerado aquà como cumplido directamente por âDios el Señorâ (v. 8, 20). Pero antes ha resonado un mandamiento en el versÃculo 4: âSalid de ella, pueblo mÃoâ (compárese con la profecÃa de JeremÃas contra la Babilonia histórica: 51:7, 8, 37, 45â¦). Este llamado ya se hace oÃr hoy: âSalid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señorâ (2 Corintios 6:17). Cada hijo de Dios está invitado a separarse enteramente del mundo religioso que tiene principios mezclados, el cual nos es presentado aquà en su estado final (comp. Números 16:26). Algunos nos acusarán de falta de amor, de tener un espÃritu estrecho y de estar imbuidos de superioridad. Pero lo esencial es obedecer al Señor.
Los versÃculos 12 y 13 ofrecen la larga lista de âtodo lo que hay en el mundoâ (1 Juan 2:16-17), estudiado para satisfacer las múltiples codicias de los hombres. A la cabeza está lo más estimado: el oro, y termina con lo que tiene menos precio a los ojos de esa falsa iglesia⦠pero que tiene tanto precio para Dios: las almas de los hombres.
Las lamentaciones de los mercaderes (v. 11, 15â¦) nos recuerdan las quejas de Demetrio y de los artesanos de Ãfeso, quienes temÃan perder su gran âgananciaâ y la âriquezaâ que les procuraba el culto al Ãdolo (Hechos 19). En el fondo, ¿qué diferencia hay entre la âgrande... Diana de los efesiosâ y âla gran Babiloniaâ, es decir, entre la idolatrÃa pagana y la corrupción del cristianismo? Tiene mucho éxito la religión que da al hombre todos âlos frutos codiciados por tu almaâ (v. 14), que halaga los sentidos mientras adormece la conciencia (la música desempeña en ello un papel importante: v. 22; Daniel 3:7), que favorece el comercio y sirve de pretexto para toda clase de festejos. Basta ver en el perÃodo de fin de año de qué profana manera muchos celebran el nacimiento del Señor Jesús.
âY en ella se halló la sangre de los... santosâ (v. 24). Ya en la ciudad que CaÃn edificó, al comienzo de la Biblia, se hallaba más de una cosa agradable⦠en tanto que la sangre de Abel clamaba (comp. Génesis 4:10, 17). Hoy el mundo religioso se regocija mientras que el verdadero creyente sufre y se aflige (Juan 16:20). Mañana resonarán los ayes en el mundo, pero el gozo del cielo les responderá (v. 20). ¡Que Dios nos conceda ver ya, por la fe, todas las cosas como él las ve!
La impostura de Babilonia, su pretensión de ser âla Iglesiaâ, ha sido públicamente confundida. Ahora el Señor presenta su verdadera Esposa a los convidados del banquete celestial. El cielo prorrumpe en alabanzas: â¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro⦠Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Corderoâ (v. 1, 9). A la felicidad del Esposo responderá la de la Esposa. Ella se ha preparado; su adorno consiste en las acciones justas de los santos, las que Dios les concedió cumplir mientras estaban en la tierra. Pero también los âconvidadosâ estarán llenos de gozo. Porque âel que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposoâ (Juan 3:29).
No olvidemos, mientras aguardamos ese dÃa, que hemos sido desposados âcon un solo esposoâ para ser presentados a Cristo âcomo una virgen puraâ (2 Corintios 11:2). Guardemos para él toda la frescura de nuestros afectos. Pero si Cristo es el Amado de la Iglesia, para el mundo se convierte en el gran Justiciero. Bajo el nombre tomado otrora para manifestar la gracia y la verdad, el de âVerbo de Diosâ, se adelanta para cumplir cosas terribles (Salmo 45; véase IsaÃas 59:18; 63:1-6).
Amigo, ¿cuándo y cómo quiere usted encontrar a Jesús? ¿Ahora como Salvador, o pronto como Juez?
En contraste con âla cena de las bodas del Corderoâ, he aquà lo que es llamado irónicamente âla gran cena de Diosâ (v. 17 al final; Salmo 2:4, 5; SofonÃas 1:7). El enfrentamiento final entre los ejércitos del Hijo de Dios y los del jefe romano terminará en el aniquilamiento general de estos últimos. Sin otro juicio, la bestia y el falso profeta serán lanzados vivos en el infierno (comp. Números 16:33; Salmo 55:15). Luego Dios se ocupa de Satanás, el amo de ellos. El capÃtulo 12 nos lo muestra siendo arrojado del cielo. Aquà una cadena y una llave simbólicas imposibilitan que el gran homicida pueda dañar. Finalmente, el versÃculo 10 nos lo muestra cuando, después de mil años, se reúna con sus dos cómplices en el lago de fuego âpreparado para el diablo y sus ángelesâ (Mateo 25:41). Se comprende, pues, que no hay libro de la Biblia al que el diablo tema tanto como el del Apocalipsis. Para impedir su lectura, persuade de su oscuridad incluso a los creyentes.
Una vez que Satanás esté atado, nada se opondrá de ahà en adelante al reinado glorioso del Señor. Hemos podido comprobar que ese reinado, contrariamente a lo que muchos piensan, no llegará mediante una mejorÃa progresiva del mundo, sino por medio de juicios. Queridos hijos de Dios, Cristo quiere compartir con nosotros su autoridad (Daniel 7:18). No fraternicemos hoy con un mundo al que vamos a juzgar mañana (1 Corintios 6:2).
Mil años de bendición no habrán cambiado el corazón del hombre. Satanás, una vez suelto, conseguirá levantar una última y gigantesca rebelión de las naciones, a la que Dios responderá con un breve y fulminante juicio. Ahora suena la hora más solemne; se cumple Hebreos 9:27 (pero también Juan 5:24). Todos los muertos comparecerán ante el gran Juez. Durante su vida terrenal hubo mucha diferencia entre ellos. Unos fueron grandes, honrados por sus semejantes (Lucas 16:19), otros pequeños e incluso marginados por la sociedad (Lucas 23:39). Aquà están todos reunidos sin más distinción, âpor cuanto todos pecaronâ¦â (Romanos 3:23). Para probarlo, se abren libros en los cuales cada uno, con terror, halla todas sus obras inscritas una por una (Salmo 28:4). ¡Y quién puede soportar la lectura, aunque sea de una sola página del libro de sus obras! El libro de la vida también es abierto, pero sólo para comprobar que sus nombres no se hallan en él. âEchadle en las tinieblas de afueraâ (Mateo 22:13) es la sentencia del supremo Juez. Allà se reunirán con Satanás convirtiéndose en sus compañeros de miseria en un tormento sin esperanza ni finâ¦
En cuanto al creyente, él no será juzgado según sus obras, sino según la perfecta obra del Señor Jesús.
Se ha pasado la página. La historia de la primera creación ha terminado. Empieza la eternidad de gloria en la que Dios será rodeado de benditas criaturas hechas capaces de conocerle y comprenderle⦠quienes gozarán de su propia felicidad, mientras el tiempo haya dejado de existir. Entonces el mar (sÃmbolo de la confusión y de la separación de los pueblos) no existirá más. Todos los redimidos habrán llegado al puerto, es decir, al cielo. Pero Dios no nos revela mucho de lo que hallaremos allÃ. Más bien para nuestro consuelo, nos dice lo que no encontraremos más en el cielo: en este nuevo mundo la muerte será destruida (1 Corintios 15:26, 54); no habrá más noche ni maldición (v. 25; 22:3, 5); no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; todas las consecuencias del pecado habrán terminado, porque la morada de Dios estará para siempre con los hombres (v. 4). ¿Y los que hayan quedado fuera? Su parte será la segunda muerte, las tinieblas, las lágrimas del remordimiento en un eterno alejamiento de la presencia del Dios santo. Allà estarán los incrédulos, los que hayan expresamente rehusado la salvación, pero también los tÃmidos: los que nunca quisieron aceptar francamente a Cristo. E igualmente los mentirosos y los hipócritas, los que hayan aparentado ser cristianos. Amigo, permÃtanos, hacerle una vez más esta pregunta: ¿Dónde estará usted durante la eternidad?
Después de haber entreabierto el velo sobre el estado eternal (v. 1-8), el EspÃritu vuelve atrás, al perÃodo del reinado de Cristo. Nos presenta una ciudad que no es más Roma o Babilonia, sino la santa Jerusalén, âla desposada, la esposa del Corderoâ. Toda esta descripción es simbólica. Nuestros actuales sentidos no pueden percibir, ni nuestros espÃritus concebir, lo que pertenece a la nueva creación (1 Corintios 13:12). Por ejemplo: ¿Cómo explicar a un ciego de nacimiento lo que son los colores? Por esto, Dios toma lo más hermoso y escaso que hay en la tierra âel oro, las piedras preciosasâ para darnos una noción de lo que nos reserva el cielo. Su fulgor y su muro de jaspe (v. 11, 18) nos hablan de la manifestación de las glorias de Cristo en la Iglesia y por medio de ella (4:3). Ãsta es iluminada por la luz que brilla en la lumbrera: la gloria de Dios «concentrada» en el Cordero (v. 23). A su vez, la santa ciudad irradia esa divina luz para provecho de la tierra milenaria (v. 24). Es lo que sugiere Juan 17:22: âLa gloria que me diste, yo les he dado⦠Yo en ellos y tú en mÃ⦠para que el mundo conozcaâ¦â.
¿Y cómo entrarÃa alguna âcosa inmundaâ en el lugar donde el Señor mora? (v. 27; léase 2 Corintios 7:1).
Los versÃculos 1 a 5 completan la visión de la santa ciudad durante el milenio, y notemos cuánto se parecen la primera y la última página de la Biblia. La Escritura empieza y termina con un paraÃso, un rÃo, un árbol de vida⦠Pero, como alguien escribió, el fin es más hermoso que el principio, la omega es más grandiosa que el alfa, el paraÃso futuro no es el antiguo que se ha vuelto a encontrar, sino âel paraÃso de Diosâ (2:7) con la eterna presencia del Cordero que murió por nosotros. A él únicamente accederán pecadores salvos por gracia, hombres como el malhechor convertido (Lucas 23:43). ¿Y cuál será la ocupación de sus habitantes? Servirán a su Señor (v. 3; 7:15); reinarán con él (v. 5 al final; Daniel 7:27). Pero lo que para ellos tendrá más precio que todos los reinos es que âverán su rostroâ (v. 4; Salmo 17:15).
Normalmente, un âsiervo no sabe lo que hace su Señorâ (Juan 15:15). Jesús no esconde nada de âlas cosas que deben suceder prontoâ a sus siervos que han llegado a ser sus amigos (v. 6). ¿No es extraño, entonces, que habitualmente profundicemos tan poco en esas maravillas que nos conciernen? (1 Corintios 2:9). ¿No es triste, ante todo, que no tengamos mayor interés por lo que Dios ha preparado para la gloria y el gozo de su Hijo? (véase Juan 14:28 al final).
Para Daniel y el pueblo judÃo, la profecÃa estaba sellada hasta su futuro cumplimiento (Daniel 12:9). Para el creyente ya no está oculta (v. 10). Toda la Biblia le ha sido dada para que la comprenda y la crea. Que el Señor nos ayude a sondearla con cada vez mayor profundidad (Juan 5:39), tomando directamente de la fuente a la cual esta pequeña obra no ha cesado de referirse: la Biblia. Que a su retorno nos halle entre los que guardan su Palabra y no niegan su Nombre (3:8). Este dulce e incomparable nombre de Jesús, este nombre de su humanidad, nos es recordado una vez más por él mismo: âYo Jesúsâ soy âla estrella resplandeciente de la mañanaâ, Aquel que viene (v. 16). No aguardamos un acontecimiento, sino a una Persona conocida y amada.
â¡Ven!â. A este deseo, despertado por el EspÃritu, responde su promesa: âVengo prontoâ (v. 7, 12, 20); luego se repite el eco de los afectos de la Esposa: âAmén; sÃ, ven, Señor Jesúsâ.
Hemos sido convertidos para servirle (invitar tanto a los que tienen sed como a los que quieren tomar âdel agua de la vidaâ) (v. 17) y esperarle. Pero el Señor sabe que tanto para lo uno como para lo otro, necesitamos toda su gracia (v. 21). Por eso el EspÃritu de Dios cierra este libro del juicio, y toda la Palabra, con esta promesa de la gracia, que es el perfecto y suficiente recurso que nos guardará âhasta que él vengaâ (1 Corintios 11:26; Cantares 4:6).
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With the prayerful desire that the Lord Jesus Christ will use this God-given ministry in this form for His glory and the blessing of many in these last days before His coming. © Les Hodgett
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El comienzo de un año o de una nueva etapa en nuestra vida es el momento favorable para hacer «un balance» de nuestra situación. Al mirar atrás, el creyente puede exclamar con gratitud: âSeñor, tú nos has sido refugioâ¦â (v. 1). Tener a Dios mismo como âroca de refugioâ, ¡qué dicha y qué seguridad para el fielâ! (Salmo 71:3). En cuanto al presente, él mide su corta existencia aquà abajo, antes de que para cada uno se haga oÃr la orden de volver al polvo y pide a Dios que le enseñe a contar sus dÃas con miras a adquirir un corazón sabio (v. 12). Esta sabidurÃa, según Efesios 5:15-16, nos llevará a aprovechar bien el tiempo (o a redimir el tiempo, según la expresión de la carta a los Colosenses 4:5). SÃ, estos años que se acaban âcomo un pensamientoâ, empleémoslos para el Señor (v. 9).
Y a usted, lector inconverso, tal vez sea la última oportunidad de aceptar a Jesús como su Salvador: aprovéchela sin tardar.
Este salmo, âoración de Moisés, varón de Diosâ, estará en la boca del arrepentido Israel en los últimos tiempos. Pero los redimidos del Señor que conocen su inmenso amor, pueden decir desde ahora: âDe mañanaâ âes decir, desde nuestra juventudâ âsácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros dÃasâ (v. 14).